Recordar que también hay barcos y aviones

Es difícil mirar fuera de la caja. Es complicado imaginar rutas alternas. Dicen que cuando ya te dejó el tren, también hay barcos y aviones. Es verdad, pero la cotidianidad nos encierra entre muros que nos impiden ver que el mundo no se acaba cuando las cosas no resultan como uno quiere. Dentro de nuestra realidad particular, podemos sentir que las posibilidades de agotan y la mayor parte de las veces sí se agotan, por ese camino.

Emprender rutas alternas es tan sencillo como lo fue para Ulises dejar Itaca. Nos causa temblores en el cuerpo y nos enchina la piel, pero Odiseo volvió triunfante. Tomar un camino distinto no significa entrar a la posibilidad del no retorno. O, tal vez no signifique cambiar la ruta, quizá sea buscar otro vehículo para llegar al destino. Sin embargo, hace falta valor. Lo que pasa es que esta audacia, esta temeridad está poblada de dudas y es normal. Lo que nos detiene es el temor a los desconocido, a lo distinto.

Por suerte, hay antídotos. La reflexión y el análisis son buenos remedios. Son la forma de darles el justo valor y de conocer aquello que nos atemoriza. Así, aquella sombra que nos puso la piel de gallina se transforma en un pequeño obstáculo que se sobredimensionaba en la penumbra. O bien, efectivamente, era un monstruo enorme y en vez de enfrentarlo, decidimos rodearlo. Es decir, la temeridad no debe ser estupidez, el cambio no es siempre un salto mortal. Sí, pero hay que darnos cuenta que un obstáculo no es el final del camino.

Recordar que frente a una oportunidad que se cierra hay otras que se abren es dar espacio a la esperanza. Es aceptar la invitación a construir círculos virtuosos. Claro, hay quienes los saben hacer a mano alzada y los que necesitamos compás para que queden bien. Pero, atreverse es de valientes ya que los caminos alternos siempre tendrán un riesgo, aunque sea mínimo.

Albert Einstein dijo: si quieres resultados diferentes, haz cosas diferentes. El arrojo, el titubeo, la aventura y la zona de seguridad no tienen que ver con la edad, tiene que ver con el impulso que cada persona aloja en el espíritu. El tren se va en el momento que debe partir y a veces no nos toca ser su pasajero. ¿Eso significa que nos debemos quedar a la vera de las vías llorando porque no nos pudimos subir? No. No, necesariamente. Tal vez, lo que signifique sea que debemos salir de la estación de tren para ir al embarcadero o al aeropuerto a disfrutar de otro tipo de viaje.

En esta época, vale la pena detenernos a analizar y tomar decisiones. Viajar en tren es delicioso, pero no es la única forma de avanzar.

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Museo internacional del barroco

¡Ah, qué chula es Puebla! Ayer, fuimos a conocer el Museo Internacional del Barroco, un esfuerzo de los poblanos por mostrar la riqueza de ese periodo artístico en México y en el mundo. El resultado es espectacular en el más literal de los sentidos. Desde el edificio hasta las salas el grandioso montaje hace consonancia con la forma monumental de concebir el arte que se dio en este periodo.

El arquitecto japonés Toyo Ito fue el encargado del proyecto del museo. Por fuera, se aprecia una construcción moderna, vanguardista que llama la atención por lo blanco y redondeado de sus formas. Por dentro, el vestíbulo de doble altura da la bienvenida al visitante. La entrada tiene un precio moderado si se compara con museos internacionales y hay descuentos para maestros, estudiantes, personas de tercera edad. Ito dice: “La arquitectura no es mas que un árbol que debe crecer en concordancia con su entorno” y claramente, su edificio no cumple con esta premisa. El museo destaca en el ambiente de Cholula. Es diferente a todo lo que se ve a sus alrededores.

Las salas de exhibición son modernas, a la última tendencia de la moda museográfica. El visitante tiene a su disposición enormes pantallas táctiles para interactuar y enterarse de lo que fue el Barroco en sus distintas manifestaciones. Hay una sala para pintura, para literatura, música. Sin duda, la más impresionante es la que nos muestra diferentes catedrales barrocas en el mundo. En una proyección monumental, sobre una pantalla cóncava, se aprecian las cúpulas deconstruidas en múltiples elementos que se van integrando al corpus arquitectónico, al tiempo que escuchamos a Haendel. Ahí el ritmo del corazón se acelera y se logra una intención artística y didáctica.

Hay otra sala espléndida en la que hay una maqueta del centro de la ciudad. Al tiempo que se ilumina alguno de los edificios que ahí se representan, se ve una proyección del interior y se disfruta la belleza barroca de cada uno de esos espacios. ¡Qué linda, qué chula es puebla! Las salas en las que podemos apreciar mobiliario, retablos, tienen el auxilio de espejos que dan la opción de ver la reproducción con comodidad sin tener que torcerse el cuello mirando hacia arriba.

Es un museo pensado en el visitante. Es didáctico y busca la interacción tanto como la educación de quien lo visita. De repente, parece que el visitante está en un aula y los anfitriones de las salas son los maestros. Para los que no conocen de arte, es un gran recurso y una atención de un anfitrión mostrando su riqueza. No obstante, puede llegar a ser molesto si la persona es un tipo de visita que gusta de recorrer en solitario y de convivir a solas con las exhibiciones. No te lo permiten, a menos que escapes y te conviertas en forajido. Te buscan y te integran a un grupo, quieras o no. Los vigilantes del museo no permiten que masques chicle y tampoco que veas la exposición en el orden que tú quieres sino en el que debe de ser. No permiten esa libertad.

Insisto, el museo es espectacular, de clase mundial. Valió la pena cada uno de los esfuerzos que hicimos por llegar de la Ciudad de Mexico hasta allá. El tráfico de la salida, las colas eternas en la caseta, las admoniciones de las vigilantes, todo se olvida al salir de ahí queda un excelente sabor de boca. Hay una exposición invitada de ilustraciones hechas por Salvador Dalí sobre la Comedia de Dante que es una de las mejores sorpresas ya que ni Dante ni Dalí pertenecieron al barroco. Está muy bien dispuesta.

El MIB, Museo Internacional del Barroco, es una muestra magnífica de la tendencia que siguen los museos. No es un espacio en el que se conviva directamente con la obra, hay pocas piezas, sino una invitación a visitar los sitios barrocos ya con información que permita el disfrute ya sabiendo lo que se verá. Es un acto de difusión que deja al visitante esa cosquilla para volver y ver.

La elección de Time

Como cada diciembre, la revista Time elige al personaje del año. La elección se refiere a una figura de impacto y trascendencia que pone el reflector de atención del mundo en el ojo del huracán. Por supuesto, la designación de La persona del año es una especie de tributo, un acto para honrar la obra, la acción, el ejemplo del elegido. La selección de este año es gloriosa. Son las mujeres del silencio, o mejor dicho, las que decidieron romper el silencio para denunciar que fueron víctimas de abuso.

Una víctima que decide hablar es una persona que trasciende el dolor a base de valor. El conjunto de valientes es tan diverso que causa admiración. Lo mismo está Ashley Judd, Taylor Swift, Susan Fowler —de Uber—, Adama Iwu —de Visa, la mexicana Isabel Pascual y una persona más de la que no conocemos su identidad.

La fotografía de la portada de Time me resulta sobrecogedora. Las mujeres miran de frente, vemos las caras valerosas, heroicas, de todas menos de una. No sé de quién es el brazo y ese dorso que decidió quedar en el anonimato. La figura, como la define Auerbach, es un signo, un símbolo que representa y completa el significado. Se hace presente en nuestra imaginación y ocupa un espacio vacío. Esa manga de terciopelo que no tiene rostro sustituye a todas las que siguen en silencio y nos lleva a reflexionar sobre la decisión que la lleva a quedarse callada.

Ese brazo y ese dorso pueden ser el tuyo o el mío, el de una madre o una hermana, el de una amiga o el de tu hija. Puede ser el de una mujer en plenitud, con fuerza o el de una anciana débil o el de una niña inocente. Todas las representaciones de las indefensas que padecieron el exceso de fuerza, el abuso de poder, la extralimitación, la transgresión, la invasión. Todas merecen una portada para sí mismas. Sin embargo, ese brazo nos reúne a todas las mujeres que hemos padecido el dolor de un abuso y ni tenemos la fuerza para gritar lo que sucedió ni el valor para poner la cara. No importa el rostro. Lo que importa es llamar la atención sobre una de las muestras de insensibilidad más grandes de la Humanidad.

Por las que no tienen esa voz, por las que el dolor no les permite mostrarse, por las que la vergüenza les prohibe delatar al agresor, por las que tienen miedo, por las que murieron antes de poder abrir la boca, por las que dejamos morir gracias a nuestro disimulo, por los que creen que ellas se la buscaron, por los que se pasaron de listos, por la impunidad que los protege, por tantas lágrimas que se han quedado en la penumbra, por ellas, por nosotras, me alegro tanto que Time haya dejado un espacio a las que queriendo, aun no pueden romper el silencio.

Lágrimas por Jerusalem

“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.” Lc 19:41-44.

Para los creyentes de muchas religiones, Jerusalem es el centro del universo. La llamamos Tierra Santa. Los pasos de Dios y su mirada han quedado plasmadas en las calles y murallas de esta ciudad sagrada. Pero, la tierra prometida, la roca del profeta Mahoma, el sitio de la Resurrección de Jesús es un espacio que no encuentra calma desde hace años.

Caminar por las calles de Jerusalem es algo único. El misterio de lo divino, la diversidad de los cultos, el recelo de la fe se mezclan en un conglomerado tan diferente como entrañable. Es peligroso, es fuerte, es conmovedor. Amo Jerusalem con ese amor entrañable y apasionado que nada me detuvo para recorrer la Ciudad Santa antes del amanecer y llegar a centro de mi fe. Por eso, la piel se me enchina al ver la necedad de quienes sin deberla ni temerla meten ruido político que no suma paz.

Jesús lloró al ver Jerusalem desde el Monte de los Olivos. Sabía lo que esta ciudad iba a padecer.

No entendemos. La paz es el vehículo de la verdadera felicidad. Los muros, las separaciones, los detectores de metales, no sirven. Al revés, generan resentimiento. El muro que divide a Palestina de Israel es más alto que el que inicia en Belén y termina en Sisjordania. El respeto a las diferencias no se manifiesta con imposiciones. La tranquilidad huye presurosa frente a los gritos y a los golpes de poder.

La embajada de cualquier país en Jerusalem es una manifestación de falta de sensibilidad. La de Estados Unidos es un signo de imperialismo. Qué lejos lucen los acuerdos de Camp David, qué distantes están Arafat y Rabin, qué pequeños lucen Netanyahu y Trump, qué pena más grande siento por una ciudad que sin pedirlo, se ha convertido en un bastión político sin que le sea respetada su santidad.

Coplas

https://wsimag.com/es/cultura/21692-coplas-el-testimonio

Emanciparse

El lenguaje es un elemento vivo que crece, se modifica y genera nuevos significados. Por eso, lo que antes representaba una cosa, hoy expresa algo distinto. El término emancipación es un excelente ejemplo. Para la generación de mis padres fue algo tan diferente a lo que quiere decir para sus nietos. La emancipación se refiere a acceder a un estado de autonomía por cese de la sujeción a alguna autoridad. El antecedente histórico de la emancipación viene del Imperio Romano, la venia aetatis era concedida por el emperador a los varones mayores de veinte años, por virtud de la cual esos menores de edad disfrutaban de una capacidad que les permitía disponer de sus bienes muebles. La mayoría de edad en Roma se alcanzaba a los veinticinco años. En general, el que se emancipa sale de la comodidad del nido parental para volar con sus propios medios. Claro, ahora emanciparse significa muchas cosas diferentes, dependiendo de muchas variables, que no necesariamente devienen en dejar de depender de los padres.

Mi papá por ejemplo, salió de su pueblo natal a los trece años para continuar con sus estudios. Evidentemente, llegó a la Ciudad de México contando con el apoyo de su familia, aunque mi padre ya era independiente antes de terminar la carrera universitaria. Es decir, alcanzó la autonomía cuando rondaba los veinticinco, muy al estilo romano. Yo, en cambio, viví en casa de mis padres hasta que me casé. Seguí gozando del abrigo familiar a pesar de que yo empecé a trabajar muy pronto y era económicamente autosuficiente. El apoyo de mis padres me ayudó a ahorrar y era frecuente que mi papá pagara muchas de mis cuentas, mientras estaba soltera. Pero, era una cortesía. Ya no era una obligación.

En mi generación eran pocos los que salían de sus casas antes de casarse, si vivías en una ciudad en la que pudieras continuar tus estudios. Si no, salías de casa con el apoyo familiar y al terminar muchos enfrentaban la decisión de regresar al hogar o de buscar vida independiente. Lo que sí quedaba claro era que al emanciparse, la autonomía implicaba hacerse cargo de uno mismo al cien por ciento.

Hoy, emanciparse no significa ser independiente. La mayoría de los jóvenes salen de la casa familiar sin que ello represente que los padres dejen de apoyar. Los hijos se van, especialmente si en su lugar de nacimiento no hay posibilidades de estudio y reciben una mensualidad para mantenerse: se les paga renta, servicios, vestido, diversión. El paquete incluye menaje de casa, gastos de auto, salud, libros, colegiaturas, y un etcétera tan amplio como la profundidad de las carteras de los progenitores. Se emancipan pero poquito. Se independizan pero no tanto.

El apoyo que los emancipados reciben de papá y mamá no sólo incluye dinero, también incluye comida —que se llevan del refrigerador de los padres o que mamá les prepara para que se lleven a casa—, servicio de lavandería, tintorería, lavado del auto, zurcido y lo que haga falta. Normal, si hablamos de estudiantes. Pero, los emancipados siguen recibiendo ayuda incluso cuando han concluido los estudios y están en el trance de ver qué harán con sus vidas. Es decir, mientras piensan si quieren trabajar o hacer una maestría, si hacen un examen de colocación o si logran una posición laboral, los papás siguen apoyando. A veces esos periodos de incertidumbre se prolongan por años y encontramos a estos neoemancipados cumpliendo treinta y tantos años y recibiendo apoyo de los papás.

Las razones de este nuevo lado de la emancipación tiene que ver con los salarios simbólicos, los bajos sueldos, los alquileres tan caros, los tiempos de estudio que se han alargado y la escasez de fuentes de empleo. El problema se ha generalizado, pasa en México, en España, en Francia, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo. Esta pseudo emancipación tiene consecuencias a nivel sociológico. Los jóvenes no entienden que han alcanzado la vida adulta porque falta algo fundamental: independencia económica. Es triste ver a personas que están a punto de cumplir treinta años dependiendo de sus padres sin llegar a ser completamente adultos. ¿Qué pasó?

La cifra es objetiva y refleja los alcances de esta pseudo emancipación. Según El Pais, el 79% de los jóvenes —emancipados o no— reciben apoyo de sus padres. La cifra creció con respecto a 2008 en el que el porcentaje era del 52%. ¿Será que los padres de estos tiempos se han encargado de construir nidos tan cómodos que ya nadie quiere salir de ahí? ¿Será que siempre ha sido así? Lo cierto es que entre el miedo, la ilusión, los riesgos, las ideas chocan con la realidad que descarrila los sueños de muchas generaciones.

Lo que quedará de los Estados Unidos

La presidencia de Donald Trump parece un chivo en cristalería. Los movimientos de este sujeto parecen torpes y violentos pero se mueven en una línea estratégica que lo lleva a conseguir sus metas. Sus convicciones son tan firmes como la roca de Gibraltar y su perseverancia es inquebrantable. No le gusta el libre comercio, no entiende de economía, no le caen bien los migrantes, le interesan poco los derechos humanos, no sabe de diplomacia, considera que el cambio climático es una tontería.Así ejerce su mandato, entre gritos y sombrerazos, va derecho y no se quita. Se ve a sí mismo y tiene tantos puntos ciegos que se parece al personaje principal del cuento El traje nuevo del emperador.

Así ganó la presidencia, así abandonó el TPP, el Acuerdo de París, el Tratado de Refugiados. Así va como una aplanadora arrasando con todo lo que tiene a su alcance. Y, así fue como le prometió a sus conciudadanos hacer de su nación algo grande otra vez. Lo está logrando: está haciendo un gran desastre. La imagen del estadounidense ignorante, bobalicón, pedante y súper racista ha agitado el desprecio mundial vuelve por los fueron de este sujeto. Pasaron muchos años para que se borrara esa caricatura mal planteada del gringo que come sin modales, que viste de shorts y usa camisas floreadas, que no quiere usar zapatos y jamás se pone una corbata.

Y, luego vino la imagen desdibujada de los Chicago boys, de los bostonianos civilizantes, de los yuppies que se comían el mundo a puños pero que no hacían ruido con la boca, conocían de vino y buen vivir. Creímos que todos eran Paul Auster, Michael Porter, Michelle Obama o Reese Witherspoon. Nos olvidamos de los gambusinos, del kukuxklan, de las sectas como la de Waco Texas, de las señoras que guardan cadáveres en el congelador y de los sujetos como Harvey Weinstein.

Y, Trump les habló a ellos. Lo escucharon. Lo llevaron a la presidencia. Lo apoyan. Su presidente es fiel a ellos. Es consistente. Con la consciencia, o inconsciencia, de hacer y luego reparar, va tirando acuerdos y deshaciendo lo que tardaron años en levantar.

En esa consistencia, Trump toma lo que le conviene a sus intereses, usa a quien le ayuda y cuando deja de serle útil lo abandona. La lista de colaboradores que se han quedado colgados en el aire y caen al precipicio es larga y no hay novedades. Desde Spicer hasta Flynn sobran ejemplos de las traiciones de la administración trumpista. Muchos auguran que ya empezó la recta final de este mandato. Se le desmorona el entramado, el problema no es ese, es responder a una pregunta elemental. ¿Qué quedará de Estados Unidos después de Trump?

Rodrigo y la firma de Michael Porter

A Rodrigo Mansilla

Hay épocas en las que la vida te da satisfacciones. Parece que estoy enrachada. Últimamente, he tenido muestras de cariño, de esas que son resultado de reflexión y análisis, que han tenido la intención estratégica de hacerme sonreír. Si el agradecimiento es el camino a la felicidad plena, hoy quiero agradecer.

Rodrigo es uno de mis alumnos destacados en más de un sentido. Su voz es especial, tiene el reflejo y los tonos de Guatemala, su país de origen. Es un chico con una sonrisa franca y una mirada inteligente. Es capaz de citar a Walter Benjamin y a Auerbach y de cocinar un quichelorraine con la misma naturalidad. Ha pasado varias veces por mis aulas en diferentes materias. Lo vi llegar con esa actitud de curiosidad y precaución que tienen los estudiantes de primeros semestres y he presenciado su evolución a lo largo de la carrera. He tenido el privilegio de acompañarlo en ese crecimiento.

A Rodrigo como a muchos demisalumnosles tocósometerse al escrutinio del rigor académico, al tumulto de lecturas, ensayos, entregas, a escuchar las mieles de la ventaja competitiva, de la cadena de valor, de las virtudes de la estrategia, de la fuerza que da una misión bien pensada, una visión planeada y un conjunto de valores elegidos y asumidos con convicción. Le tocó aprenderse los esquemas, entender las cinco fuerzas, medir la importancia de la comunicación efectiva y de la competencia.

Cualquiera que haya entrado a mi salón —creo que hasta los de taller de narrativa—sabe de mi admiración por Michael Porter. Estoy convencida, en carne propia, de las bondades de su teoría y he recogido los frutos de llevar a la práctica sus postulados. No me imaginé que aun me faltaba recibir un premio adicional por ser porteriana de conviccion. Por eso, en mis clases hago énfasis en sus propuestas y no me canso de hablar de sus aplicaciones y sus explicaciones.

Me da lo mismo que muchos digan que Porter ya fue, que su reinado ya pasó, que hay novedades en términos administrativos. Es cierto, pero también lo es que las teorías y modelos de vanguardia se sustentan en las bases que este profesor de Harvard le dejó a la disciplina. También sé que hoy Michael Porter parece una estrella de rock de los ochentas, de esos que siguen dando conciertos, repitiendo las mismas canciones que los hicieron famosos y sintiendo que no han pasado los años. Lo sé. Y, también sé que sus palabras siguen siendo vigentes, más allá del personaje.

Pero, digo que llegan épocas en la vida que están llenas de satisfacciones. Digo que recibir un regalo siempre es para agradecerse, pero, hay muestras de cariño que conmueven todas las células que constituyen mi ser. Hay veces que ser maestro es algo así como caminar en el desierto en medio de una tormenta de arena y otras, es como subirse a un columpio en el parque. Ese es el apostolado del magisterio.

Y, Rodrigo llegó el último día de clase de el último curso que tomará conmigo a darme una sorpresa maravillosa. Antes de extender las alas y volar, antes de salir del nido, volvió y me entregó un signo que me tiene con los ojos desorbitados, las manos temblorosas, el corazón engrandecido y con una felicidad que ni me cabe en el cuerpo.

A veces, en la soledad del aula, un profesor se pregunta si compartir experiencia vale la pena. Y, en días como hoy entiendo el valor que tienen mis alumnos en la vida. Rodrigo se tomó el tiempo de ir a ver a Michael Porter y conseguir que plasmara su firma junto al nombre de su maestra. Jamás, en todos los años que tengo de admirar a Porter su firma había tenido tanto significado.

Volver a visitar

Pueden pasar los años sin que se sienta que pasó el tiempo. Basta volver a los lugares que nos eran cotidianos, a los que acudíamos a diario para darnos cuenta que se movieron las manecillas del reloj. Ya son más de tres años y no había regresado a mi escuela. Creí que no era tanto, pero sí.

Traspasar el umbral de Casa Lamm fue permitir que los recuerdos me penetraran la piel y me habitaran de cuerpo entero. Recorrer los ojos por los rincones, por los techos tan decorados, sentarme a escuchar la disertación de la última de mis compañeras que publicó su tesis doctoral me transportó a los días de gran disfrute.

La mente me llevó a escuchar la voz de María Elena Sarmiento hablar de Lou Salomé, a Merick explicarme porqué le decían así, a Norma Elizondo contarme las razones que la trajeron a estudiar ahí. Mis amigos aparecían tan materializados que podía sentirlos tan cerca como cuando nos sentábamos a escuchar la clase o nos íbamos a tomar café o cruzábamos la calle de Álvaro Obregón a comer ensalada de jitomate y quesillo. El sabor del Alvariño y el de los sueños rotos que se estaban reconstruyendo ahí.

Cada uno hemos recorrido nuestros caminos. Algunos pasos nos han llevado a destinos más lejanos. Logramos el cometido: nos graduamos y seguimos mirando al frente. Pero, volver tiene un gusto sabroso. También un poco amargo. Lo que fue parte de mí hoy esta ahí, en otra forma. Alfredo que siempre nos ayudaba con todos los apoyos técnicos se acercó a saludarme. Le di un gran abrazo. Entonces, sentí esa ausencia de esa patria pequeña y de mi gente tan querida. Entonces, me di cuenta de lo que te quita el paso del tiempo.

Me quitó la inocencia del que escribe sacándose el corazón y escurriéndose las tripas. Me quitó la ingenuidad al creer que escribir era un dictado de las musas. Me retiró la venda de los ojos y las espinas del corazón. Me quitó la fantasía frívola y la ñoñería de la arrogancia.

Y, también pude sonreír. El tiempo me ha dado mucho. Lo que entonces era incertidumbre, hoy es certeza. Lo que se sembró en aquellos años ya está germinando, estamos cosechando. Escribir y leer. Me dio a tantos autores y tantas letras que se han quedado en cientos de renglones. La imagen del pasado me llena de aire los pulmones y el corazón atesora cada día que pasé ahí, desde el primer día cuando entré como perro mojado hasta el último en que salí de la mano de María Elena y Merick cruzando el umbral al mismo tiempo.

Caminé por los pasillos, entré a los salones, fui al baño, toqué la barandilla de piedra, subí los escalones, me enteré de los cambios, movieron la oficina, ya no está el Café de las Musas ni la librería ni la joyería. Ya no estamos. Ya nos fuimos.

Salí sonriendo y con los ojos algo húmedos. Creo esos son los contrastes que se dan al volver a visitar esos lugares tan queridos.

Ven, asómate a ver lo que estoy pensando…

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