Otros valores

Algunas veces caigo en la tentación y el asombro se parece mucho al juicio. Y, es que en ocasiones, la insensibilidad de la gente hace que se me salten los ojos y la quijada me llegue hasta el suelo. Qué fácil es elevar el dedo y empezar a ver en los demás los defectos que nos agobian.

Lo que pasa es que ante la indolencia frente al dolor ¿cómo no sentir miedo y vergüenza? No se trata de criticar a los que todo lo tienen y enfrentarlos con los que de todo carecen. Esas dicotomías me parecen estupideces. Sin embargo, me irrita hasta el enojo que cualquiera se sienta conquistador y se suba a los lomos de la soberbia acompañado de la ignorancia y la sinrazón.

Ante la putrefacción de tanto niño consentido que se convirtió en adulto echado a perder, ante la bajeza del racismo que raya en la xenofobia de baja intensidad, ante la burla que se hace a un profesor cuando trata de hablar del dolor del migrante, del hambre de los que viven en pobreza extrema, ante el acoso que se ejerce al que no piensa como uno, los sueños se empañan y dan ganas de aventar la toalla.

Pero, sería caer en lo mismo que se critica. Nos asustamos de lo troglodita que se escucha el que a base de miedo, intimidación y burlas consigue lo que quiere. Y, cuando los oigo, me da vueltas el estómago, siento que la cara me arde, se me pone la piel de gallina y mas que empatía y compasión por esta gente que tiene infravalores, me dan ganas de pedirle que se calle, que cierre la boca antes de ponerle un buen bofetón. Pero, no sé darlos. Sólo se entender que hay otros valores y que. O los compartimos.

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Fuera prejuicios sobre la autopublicación: No fotografíes soldados llorando

Jordi Sierra i Fabra,

No fotografíes soldados llorando,

Amazon Publishing,

Luxemburgo, 2017

Siempre he creído que cada libro tiene un camino específico para llegar a su mejor lector. Por años y desde que me dedico a ésto, las ideas sobre la autopublicación tienen un halo de valentía y mal olor. Los panegíricos en torno a dejar de lado la edición tradicional y lanzarte a la libertad de publicar lo que venga en gana contrastan con el cuidado editorial y los argumentos sobre la calidad del texto. Al escuchar ambas posiciones siempre he dudado sobre hacia dónde se debe inclinar el fiel de la balanza y me queda claro que cada caso es distinto. El autor y el libro en sí mismos hacen la diferencia. Para muestra No fotografíes soldados llorando de Jordi Sierra i Fabre.

No recuerdo como fue que llegó este libro a mis manos. Sé que lo pedí a Amazon —no hay otra manera de conseguirlo—, sin embargo, no me acuerdo quién me lo recomendó. Sospecho que pudo ser el propio programa de Amazon que me conoce y sabe de mis gustos mejor que yo misma. Tiene mejor memoria. En este caso, las razones metatextuales cuentan. La portada y el titulo tienen un maridaje espléndido. No fotografíes soldados llorando es una orden que viene acompañada con la imagen de un uniformado abatido. Eso, a querer o no, jala la atención del lector curioso. También, pica la curiosidad enterarte de que un autor que ya tiene experiencia en el medio, que cuenta con una obra extensa y ha sido publicado por grandes casas editoras, como Jordi Sierra i Fabra haya optado por Amazon Publishing.

Más allá de lo que rodea al libro, No fotografíes soldados llorando es una novela clara y con un objetivo autoral bien planteado. El lector se enfrenta a un texto que fue escrito por alguien que sabe mover la pluma y que es eficiente. No gasta más palabras de las necesarias, no se va por las ramas, no rodea: es directo y contundente. La novela arranca con un par de notas que son una especie de advertencia al lector que bien valen la pena releerlas al terminar la lectura del libro.

La narración arranca en la página uno, lo que generalmente no sucede en otro tipo de ediciones. El narrador es omnisciente, sin embargo, hay varias oportunidades en las que el lector sentirá que está escrito en primera persona. La obra está dividida en un prólogo y en capítulos que nos irán dando dirección y orden cronológico. La anécdota corre sobre los rieles de un fotógrafo de guerra al que le han advertido que tiene libertad para retratar lo que quiera menos soldados llorando y, desde luego, desobedece.

“Eres un reportero de guerra, no un fotógrafo de emociones… No es bueno para la moral. Publicar una foto así es un riesgo.” (p. 1)

La primera parte: La guerra (Bosnia-Herzegovina 1995) sitúa a Damián Roca en su primera misión y ha sido asignado a una base española que está participando en el conflicto como un punto de apoyo a la población. En su primera salida al terreno, son víctimas de un ataque, se hace la confusión y Damián se pierde y pasa la noche intentando volver. Por la mañana, logra regresar y a la distancia ve a un soldado llorando. La tentación es mucha: dispara el obturador y toma la foto.

“Estaba sentado en el suelo, con el casco a un lado y su arma al otro. La cabeza entre las manos. Lloraba. Damián se detuvo. La distancia no era excesiva y, utilizando el objetivo de 200 milímetros, podía incluso captar únicamente su cara, en primer plano. No fotografíes soldados llorando. Pero, ¿cómo no hacerlo?” (p.34)

La novela tiene claridad en la intención. Se vale de una anécdota que se irá desenvolviendo a lo largo de doscientas diez páginas de fácil lectura. El tema que explora es la guerra, la limpieza étnica, el honor y como todos se revuelven y se convierten en una misma intención.

“Hay muchas formas de hacer limpieza étnica. No hace falta disparar un tiro. Violan a una bosnia y listos. Ella queda deshonrada para siempre. Nadie va a quererla. Violada y despreciada por los suyos. Encima si o se suicida, la mata el padre o el hermano mayor, para limpiar el deshonor” (p.9)

En la segunda parte de la novela, La paz (España 2000), Damián ha ganado experiencia. Es un fotógrafo reconocido y busca la imagen que lo lleve a tomar esa imagen que detenga el tiempo y rasgue el corazón. Es un hombre que ha cambiado:

“Se miró al espejo y trató de reconocerse. No era fácil. Se le había endurecido el rostro, llevaba el cabello muy largo y revuelto, barba de dos o tres días, la piel tostada y estaba tan delgado que los pómulos destacaban formando ángulos de noventa grados en toda la cara.” (p.34)

Damián tiene una vida tranquila, una relación estable e incluso piensa en dejar el ajetreo para optar por una vida menos nómada y con mayor arraigo. Se le notan las ganas de echar raíces pero un encuentro lo lanzará a una búsqueda.

La búsqueda es la tercera parte en la que Damián iniciará una investigación con miras a escribir un reportaje de guerra con la distancia de tiempo que le pueda dar objetividad, o eso es lo que le dice al editor del periódico en el que trabaja y así consigue viáticos para visitar a ciertos soldados españoles implicados en su búsqueda y para volver a Bosnia. En estas páginas, Jordi Sierra i Fabra hace una crítica dura sobre miembros del ejército español. Entendemos las razones por las que esta novela debió de ser publicada de manera independiente. Una crítica tan dura a las fuerzas castrenses es difícil que alguien quisiera comprometerse y publicar. Sin embargo, y aunque es ficción, creemos lo que leemos. Sabemos que en la guerra se comenten atrocidades innecesarias y que quienes debieran defender o simplemente observar, desciende a la parte animal del ser y comete actos atroces por el simple gusto de hacerlos.

El regreso (Bosnia-Herzegovina 2000) es el cierre de la novela. Es la reflexión en torno a la rudeza de la guerra sobre el ser humano, más allá de las balas.

“Nadie olvida la guerra. Muchos muertos, muchas familias tristes, mucho odio, muchas ganas de venganzas. La paz es falsa.” (p. 188)

“No había mucha gente. Vieron a un hombre sentado en una ventana, a una mujer cargando un hato de leña y a una anciana caminando. Los miraron más que como extraños, como a intrusos.” (p.198)

“Todos parecían muy quietos, como estatuas cargadas de recelos” (p.199)

Jordi Sierra i Fabra cierra la novela y no pierde la oportunidad de dar su punto de vista en forma explícita sobre lo que piensa y siente sobre la religión, el honor y la guerra. Ojalá no lo hubiera hecho en forma de moraleja.

No fotografíes soldados llorando es una novela que se lee en forma fácil y rápida. Es una crítica fuerte y un recorrido ligero, la combinación le resulta bien al autor. Es la expresión de un acto terrible, sólo uno, dentro del terror que causa una guerra.

Danny, bienvenida a la vida adulta

Hijita, te veo caminar con tanta alegría y llena de ilusión para inaugurarte en la vida adulta que no puedo sino emocionarme contigo y mirar al cielo para pedir que todo tipo de bendiciones te cubran siempre.

La sorpresa que me causa pensar en lo rápido que ha avanzado el segundero desde que te tuve por primera vez entre mis brazos contrasta con el enorme cúmulo de recuerdos que hemos ido forjando juntas. Entre regaños y complicidades, el péndulo ha dibujado una trayectoria en la que el gran cariño que te tengo busca el balance entre la formación y el consentimiento. Claro, unas veces se inclina a un lado duro y la mayor parte ganan las ganas de hacerte sonreír, aunque parezca lo contrario.

A veces siento que si cierro los ojos, te veré recostadita en la cuna, con el uniforme del Kinder Hills, aprendiendo a andar en bici sin rueditas, con la raqueta en la mano, rescatando a Bodo, abrazando a Gis, jugando con Chai, trayendo a Shekel a la casa, enseñándome a usar Netflix, metidas en la alberca, viendo los atardeceres más lindos en Acapulco, caminando por San Miguel.

Y, hoy cumples dieciocho años y la ley dice que mi chiquita ya es adulta. A lo largo de estos años, tu padre y yo hemos elegido las mejores semillas para sembrarlas en el campo fértil de tu persona. Quiero entregarle al mundo a un ser humano extraordinario, excelente, creativa, honesta, respetuosa. Pero, tú hijita siempre rebasas nuestras expectativas. Mi imaginación se queda corta frente a los alcances que llegas a desarrollar.

Entrar a la vida adulta significa ser valiente para defender ideales, determinación para concretar los sueños, inteligencia para discernir, bondad para los semejantes, fuerza para avanzar sobre un camino recto, convicción para ser fiel a los valores, humildad para recomponer lo que no se hizo bien, amor a la vida y temple para enfrentar la adversidad y para aprovechar las oportunidades.

Danny, tienes dieciocho años y no puedo más que mirar al cielo para darle a Dios las gracias por haberme dado el privilegio de ser tu mamá. Le pido al Padre que te llene de bendiciones, te rodee de ángeles que te protejan, que los arcángeles te escolten siempre, que la muchedumbre de los santos de aconseje siempre y que la Virgen te cubra con su manto.

Yo me siento tan orgullosa de ser tu mamá. Felicidades, mi niña hermosa. Eres adulta, eres grande, enorme y siempre serás mi niña hermosa.

Mis razones y las de Margarita

Estoy enojada con Margarita Zavala. Debo decir, ahora que se bajó de la contienda, que mi intención de voto nunca apuntó en su dirección. No me gusta que un cónyuge le pase a otro la estafeta con tan poca distancia en el tiempo. Y, aunque voté por Felipe Calderón en su momento, la frivolidad del equipo del que se rodeo, el amiguísimo, el círculo tan cerrado que hubo en esa administración harían que no quisiera votar por esa continuidad de proyecto. Mi enojo con Margarita no va por la vía de la desilusión de ver a la candidata independiente bajarse del caballo.

Desde que Margarita se convirtió en candidata y tal vez un poco antes, su figura se empezó a desdibujar. Cuando el partido en el que militó no la tomó en serio como aspirante a la presidencia, perdimos a la mujer ecuánime, serena, bien articulada y vimos a una persona a la que habían metido en una faja mediática a la que le hicieron repetir como merolico un guión que no le venía bien y que era evidente que ni le gustaba ni lo sabía interpretar. Se le vio dubitativa, irritada, torpe y perdió el atractivo con el que pudo seducir a esa parte del electorado que le tenía consideración.

Ella se quejó de que el piso no era parejo, que no tuvo oportunidades y se sostuvo en tantos pretextos que la llevaron a renunciar. Ahí me empiezo a enojar, ella sabía las condiciones antes de renunciar al PAN y lanzarse por una candidatura independiente. Más me enoja cuando la escucho decir esto como una víctima. Me molesta pensar en que Margarita tuvo posibilidades y se abalanzó anticipadamente, como quien al llegar a un banquete se atiborra con el entremés por no tener la paciencia de esperar al plato fuerte. Si ella se hubiera esperado seis años, hoy no la veríamos despeñándose en una intención de voto de cinco por ciento, no la veríamos diluyéndose en un triste último lugar de preferencias —y eso que ahí está El Bronco, qué pena—.

No le creo a Margarita Zavala que sólo la reflexión la haya llevado a anunciar su renuncia en el programa Tercer Grado de Televisa, francamente los modos me hacen sospechar. Tanta inocencia no existe.

Pero, mi enojo con Margarita Zavala va más por la vía de verla serena, sonriente y clara cuando ya no es candidata. Eso me confirma que su búsqueda por la presidencia fue precipitada. No estaba lista. Para entrar a estas contiendas hay que llegar preparada y bien entrenada. Le falló en cálculo. Como candidata nunca tuvo esa claridad ni conectó con la audiencia. Las pocas oportunidades que tuvo para hacerse escuchar las desperdició y es una pena. Lo bueno es que en este país siempre hay otras oportunidades para candidatos presidenciales, la perseverancia es todo un activo, ya se ve.

¿Quién pierde con esta renuncia? Perdemos las mujeres una presencia en la boleta, —aunque su nombre aparezca, ya no es opción— , pierden sus seguidores que le tuvieron fe a su proyecto, pierden las candidaturas independientes. Aquí la pregunta clave es ¿quién gana? Adivinen quién, está claro y no es evidente.

Entiendo las razones que tuvo Margarita para hacerse a un lado, aquí están las mías para estar enojada con ella, aunque, como lo dije, mi intención nunca fue votar por ella. Puedo apostar que, en breve, la veremos sumarse al proyecto del que se beneficiará con esta renuncia.

Los efectos en Jerusalén

Cuando un paquidermo se mueve, el entorno no sólo percibe su movimiento, también retiembla la tierra. El cambio de la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén es una decisión que tiene daños colaterales mas allá de la soberanía de dos naciones. Sí, Estados Unidos puede decidir con entera libertad dónde poner sus sedes diplomáticas, pero la diplomacia tiene tiempos, formas, protocolos que buscan el entendimiento. Por lo tanto, la diplomacia busca promover el dialogo, no cerrar puertas y abrir barreras.

Pero la frivolidad, la insensibilidad y la ignorancia son ingredientes peligrosos así solitos, ni duda cabe de lo letales que son cuando se mezclan. Ver a la hija de Donald Trump abriendo las puertas de la embajada estadounidense en Jerusalén me puso la piel de gallina, me revolvió el estómago y me indignó verla tan sonriente como si estuviera asistiendo a la inauguración de una tienda departamental de lujo y no se enterara de la ofensa que buena parte del mundo estaba recibiendo con ese acto. Ofender y sonreír es humillar. Todo tiene consecuencias.

Por lo pronto, van mas de medio centenar de muertos en la marcha mas sangrienta en Gaza desde el inicio de las manifestaciones contra el traslado de la embajada de los Estados Unidos. La ceremonia festiva de inauguración de la sede diplomática, la sonrisa y el peinado perfectos de Ivanka Trump daban miedo. No es para menos. Ese vestido sin arrugas, esas manos tan bien manicuradas, ese pelo perfecto ya se mancharon con la sangre de los protestantes heridos y muertos por una decisión controvertida y la falta de prudencia y discreción de los norteamericanos.

Los efectos de la frivolidad, la insensibilidad y la ignorancia ya se sienten en Jerusalén.

Los maestros y su apostolado

Ser maestros es algo similar a ser sembradores que van lanzando semillas sobre surcos con la esperanza de que germine algo bueno, hermoso y mejor. Desde la trinchera tan peculiar que es pizarrón, con el poder que dan el gis y el borrador, la voz se eleva y muchas veces se hace la soledad. Competimos contra tantos focos de distracción: las preocupaciones personales de cada estudiante, las pantallas que proporcionan tantas posibilidades para que no nos hagan caso, la inquietud que hay para platicar y mientras el profesor habla y habla, la mente de los pupilos anda volando en los universos paralelos que se desenrollan en la imaginación a la que sentimos que no tenemos acceso. Así es el peregrinaje del magisterio, es un apostolado para el que se requiere sí o sí una vocación a prueba de balas para no morir en el intento de seguir lanzando nuestras semillas.

Sin embargo, en este camino, los maestros caemos en una serie de tentaciones como el abatimiento, el cansancio y el peor de todos: la frivolización de nuestro quehacer. En un ataque de soberbia que se encubre de buena voluntad, menospreciamos las capacidades de nuestros estudiantes, subestimamos su inteligencia y les tratamos de resolver todos los problemas, bajamos el nivel de exigencia, dejamos pasar ciertas fallas, nos apartamos del rigor académico. Les queremos entregar todo peladito y en la boca para después quejaros amargamente del rendimiento pobre y del aprovechamiento mediocre. Nos olvidamos de que la responsabilidad es nuestra, de que el timón está en nuestras manos.

Pero, este apostolado implica resistir con valentía la tentación de olvidarnos que el aula es un lugar sagrado en el que se transmite conocimiento. El compromiso por la educación tiene que ver con la lucha que le damos a la apatía de nuestros pupilos y con la nuestra. También va directamente relacionado con la altura de miras que le demos a la responsabilidad de pararnos frente a un grupo, con independencia de si el alumno está pensando en sus problemas personales, si está distraído porque esta chateando con un amigo, si se queda mirando el techo o si se queda arrobado con nuestras palabras.

Cada quince de mayo me gusta recordar a esos maestros que tuve la suerte de tener, que me enseñaron, me formaron, me entendieron, me ayudaron y me exigieron. Dar gracias a esos maestros que siempre han sido ejemplos y que invoco en mis salones y en cuyos ejemplos me apoyo cada que el ánimo desfallece. Gracias a mi queridísima Miss Úrsula, al Padre Sanabria, al profesor Argumedo, a Ramón Moreno, a Robert McCabe y a tantos y a todos. He sido tan afortunada de haber tenido maestros maravillosos. Y, también he tenido tanta suerte de tener alumnos espléndidos, de los buenos siempre me han tocado los mejores.

En este apostolado he sido privilegiada al tener aulas en las mejores instituciones del país. Gracias a la Ibero, mi alma mater, a Universidad Humanitas, a la Universidad Anáhuac México, a la Universidad Panamericana, a la Universidad del Claustro de Sor Juana que me han permitido ejercer el magisterio con la más absoluta de la libertades y que me han dado la posibilidad, no sólo de lanzar mis semillas en surcos fértiles sino que han sembrado en mi hermosos simientes que germinan en mi corazón y me llenan el alma de alegría.

Este apostolado no es sencillo, ¿cuál lo es? Y, de todos los que conozco, de todos los que he ejercido, este me recuerda que debo ser paciente, humilde, permanecer actual, con la mente abierta para poder cosechar frutos tan dulces y satisfactorios. Porque, este oficio es un privilegio en el que hay muchos llamados, pero para quedarse, hace falta valor y entrega. Ser maestro es una actividad permanente, de veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días al año. Y, aunque el cansancio es real, la ilusión nos ayuda a llevar nuestros pasos al salón y dar nuestra clase cada día.

Los besos de Emmanuel Macron y la cordura de Merkel

No hay duda, el entusiasmo por besar a alguien más siempre ha estado presente en el ánimo humano. Pero, ¿besar a Trump? A la pobre Melania no le queda otra, pero esas efusiones cariñosas entre el presidente de Estados Unidos y Emmanuel Macron pasaron de la sorpresa, a la risa hasta llegar al dolor de estómago. La pregunta que todos nos hicimos fue ¿a qué viene tanto amor?

Los papeles se voltean y entre tanta simpatía advertimos que detrás hay una agenda que no alcanzamos a comprender. ¿Cómo? Y, por fin, sale el peine y Trump convertido en el vocero del líder francés anuncia la salida del acuerdo de paz con Irán de Estados Unidos y dice que va acompañado por Francia.

No quiero imaginarme la cara de Macron al enterarse de lo hecho por Trump. Sin duda, hay que cuidar las amistades. No hay que dejarse besar por cualquiera. Los conflictos están a las puertas de Europa y las ocurrencias de Trump cuestan más en territorio europeo que en el estadounidense. Y, en todo caso, que cada quien se haga responsable de sus palabras.

Merkel le viene a componer la nota a Macron, ¿Qué haríamos sin su cordura? El medio oriente es un avispero que no necesita la imprudencia de un troglodita agitando, a ver qué pasa. Alemania busca arreglar las cosas y evitar males mayores. Por fin, Macron declara que es necesario fortalecer la política exterior y buscar la paz.

Europa ya no puede confiar en Trump, ojala Theresa May escuchara con atención. Estos angloparlantes han servido para fortalecer la unión de Europa aunque no por las mejores razones. Merkel se encarga de componerle la nota a Macron. Hay que mirar al largo plazo. Fijar la vista al horizonte, en donde ya no estén sujetos tan ocurrentes como Trump y tan oportunistas como May.

Macron recibió la medalla Carlomagno para afirmar, con este símbolo, que su compromiso está con Europa y con el fortalecimiento del proyecto europeo, besos a parte y con la cordura de Merkel, que así sea.

Haciendo maletas

Parece que las campañas políticas van cayendo cada vez en estrategias mediáticas de niveles de chiste. Hace años, cuando Cuauhtémoc Cárdenas era candidato a la presidencia se contaba un chiste en el que en un mitin había un muchacho bien vestido, muy perfumado y con un reloj muy caro vitoreando al candidato. Resaltaba junto a las huestes de gorrudos — así iba el chiste—. Cuando le preguntaron al elegante qué hacía ahí, el contestaba que su papi le había dicho que si ganaba Cárdenas, harían las maletas y se irían a vivir a París. Bueno, pues estos días, Marina Taibo, tan mediática como su padre, mandó a todos los que no apoyen a AMLO a hacer maletas. Es un chiste que cae muy mal a quienes no estamos con su candidato.

El hecho de que yo no apoye al candidato de Morena no me deja en condición de querer salir del país a vivir a otro lado. Ni a mí ni a muchos. México es mi tierra, aquí está mi gente y gane quien gane aquí quiero seguir trabajando porque amo ser mexicana y tengo el orgullo y ejerzo el privilegio de haber nacido en esta bendita tierra.

El impulso fajador y de golpeteo está empezando a rasgar el tejido social. Agitar el avispero es mala idea. Gane quien gane tendrá que gobernar para sus apoyadores y para sus detractores. Insistir en esa estrategia boxística es una muestra del resentimiento que se quiere irritar y de la visión cortoplazista que tiene quien la usa. Después de la elección, los que no queremos a López Obrador aquí vamos a seguir. ¿Qué van a hacer con nosotros?

Y, esa estrategia que les ha dado tanto apoyo popular está fastidiando a muchos. Sería mejor que le bajaran a la intensidad de su encono y le subieran al nivel de su discurso. ¿Hacer maletas? No, no creo.

Los límites de la vida

La Humanidad con toda su inteligencia, con los enormes progresos y con la carrera tecnológica a toda velocidad aún no puede resolver un tema esencial: ¿dónde empieza y dónde acaba la vida? Decía Albert Einstein que si planteamos adecuadamente la pregunta, será más fácil encontrar la respuesta.

Hace algunos años, Javier Bardem se hizo famoso fuera de España al interpretar a Ramón Sampedro, un personaje real, un hombre gallego que quedó tetrapléjico después de un accidente y que se hizo a la batalla de despenalizar la eutanasia. No lo logró, aunque consiguió suicidarse con la ayuda de once personas. Sampedro murió hace veinte años y no hay muchos avances en el tema.

En general, la sociedad está en contra de una muerte dolorosa. Una agonía angustiante es terrible para quien la padece y para quienes aman a la persona que está sufriendo. Hay momentos en los que un enfermo ya no va a mejorar, en donde el escenario que ha de venir es doloroso y terrible, ¿hay una necesidad imperiosa que obligue a alguien a seguir ese camino de padecimiento?

La cuestión es delicada, reconocer la libertad que alguien tiene para decidir en que momento ha de poner punto final a su vida es un tema controvertido. Sin embargo, meterlo en un cajón y guardarlo es un contrasentido. El debate sustentado, las ideas y el respeto a diferentes puntos de vista debiera privilegiarse. Someterse a una condición que ya no es digna, ¿es vida? Dejar a una persona atrapada al sufrimiento extremo, ¿es vida?

¿Dónde empieza y dónde acaba la vida? La respuesta tiene varias contestaciones posibles, la biológica es la más sencilla. Sin embargo, las cuestiones intangibles que tienen que ver con la ética y con la trascendencia son las más complicadas. En Holanda y Bélgica el tema está regulado desde hace veinte años. Abrir la mente y el corazón para tratar estos temas, será un buen comienzo.

Focos de violencia

Estamos inmersos en una sociedad que ha activado muchos focos de violencia. Salimos a la calle y escuchamos bocinazos de los coches que no avanzan por el tránsito tan pesado, los ciclistas se lanzan sin el menor cuidado lo mismo contra los autos que contra los peatones, hay abuso escolar, infantil, en la oficina, corremos peligro de que nos asalten en la calle o en el transporte público, nos enteramos de asesinatos a jóvenes, mujeres, hombres, niños, viejos. Andamos por la vida con los puños apretados y el ceño fruncido. Miramos por encima del hombro si escuchamos pasos detrás de nosotros y sospechamos que nos están siguiendo, aunque no sea así. Hemos embrollado la madeja de la vida en exceso.

Y, por si fuera poco, al llegar a la casa, en vez de sentirnos en paz, empezamos a pelear porque uno le va al pinto y otro al colorado. En familia, nos dividimos, nos enojamos con los amigos que no piensan votar por el que yo quiero. Nos abruma la estupidez ajena y la brizna en el ojo ajeno nos resulta más insoportable que la viga que vamos cargando. Y, nos enoja ver encabezados que nos avisan que en México disolver un cuerpo en ácido cuesta ciento cincuenta dólares. ¿Cuándo perdimos el buen humor?

Andamos tan enojados que se nos nota y poco hacemos por controlarnos. La ira se apodera del escenario y, apenas nos rascan tantito ya nos andamos peleando. Los medios de comunicación tampoco ayudan, estamos siendo bombardeados por mensajes de encono: la irresponsabilidad política no conoce límites. El respeto, valor olvidado en el pasado, impedía que un adversario se expresara de otro con calificativos despreciativos y descalificaba con argumentos sólidos. El enojo exacerbado enciende focos de violencia de todo tipo.

Los delitos de ira están fracturando a nuestra sociedad y seguimos atizando el fuego. Me gustaría que eleváramos el nivel y que respiráramos para insuflar paz en el ambiente. La violencia acarrea barbarie, nubla la razón y no hay forma de que tengamos algo virtuoso que tenga como madre a la violencia.

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