El vestido rojo de Hillary

Ayer, se llevó a cabo el primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump. Ambos subieron al estrado como buenos competidores, se dieron la mano en forma civilizada y desde su trinchera cada quien, independientemente de los golpes mediáticos y discursivos, lució lo que en realidad es. Si el debate no hubiera sido en Estados Unidos, Clinton debería estar muy tranquila pues fue muy superior a su adversario.

Hillary llegó brillante, con un hermoso traje rojo, que la hizo lucir bonita, por primera vez en su vida de imagen pública. Se le veía feliz, sonriente y en control. Hablaba fluídamente de cifras, datos, información. Entanto Trump se exhibía como un ganso que camina con torpeza en territorios que no le son conocidos. Donald se veía cansado, trastabillante y confundido pero, al ser un hombre de medios, supo sacar raja a su favor. 

Si Hillary atacaba, él usaba sus palabras para mostrar concordancia y a partir de ello la atacaba. Fue cínico, seductor a su manera, moderado en su estridencia pero no dejó de ser Trump. Eso debería jugar a favor de la candidata democrata pues los hechos y las cifras están de su lado, por lo que si el debate no hubiera sido en Estados Unidos, ella estaría sintiéndose más cerca de la Casa Blanca.

Un acierto que mostró el debate fue tener una pantalla en la que los candidatos siempre estuvieron a cuadro. Los que quisimos, pudimos ver las caras de ambos en todo momento: sus gestos, sus manoteos, sus sonrisas y todo lo que nos dijeron sin palabras y expresaron con el cuerpo. Ella con el reflejo del vestido rojo  y una sonrisa amplia lució radiante mientras él con un traje azul marino se veía cenizo y apagado.

Digo que si el debate hubiera sido en otro lada, la candidata debería sentirse muy segura, pero Estados Unidos es una sociedad de consumo. El impulso rige las decisiones de la mayoría de sus habitantes, el filtro del análisis se usa realmente poco y les gusta más la imagen, los gritos, las bravatas, no hay otra forma de explicar el fenómeno de un candidato republicano tan impresentable. Por eso, Hillary debe estar preocupada, porque Trump sigue siendo una estrella de medios y aunque eso no lo transforma en estadista, si puede generarle votos.

Ayer, Hillary lució mejor. Pero, ¿cuántos norteamericanos la habrán escuchado como debe de ser? Espero que si no atendieron sus palabras, sí se hayan dado cuenta de que la mujer del vestido rojo dio una mejor imagen que el hombre del traje azul.

De marchas y matrimonios 

No hay fecha que no llegue. Las marchas en favor de la familia y del matrimonio igualitario salieron a las calles, cada quien a defender lo que creen que es la verdad y lo que dicen es su derecho. A decir verdad, cada bastión está en su lado en forma fundada y légitima viendo por sus intereses. En realidad, no deberían ser antagónicos si cada cual pasara su punto de vista por el filtro de la reflexión. Todos estamos acreditados a pensar como nos venga en gana y eso no nos autoriza a ver feo al que lo hace en forma distinta.

Ni Tirios ni troyanos tienen la Verdad en la mano. Los extremos se juntan cuando los intolerantes de cada bando se suben a un ladrillo y se marean con las palabras de desprecio que pronuncian. Las burlas que se profieren a uno y otro lado lastiman de igual forma. Los que se ríen de los entaconados están en el mismo lugar que los que se mofan de los persignados. No es a punta de golpes de pecho ni de amenazas ni de intolerancia que vamos a construir un mundo mejor. Arrugar la nariz, ofende y separa.

Ante el tema, lo recomendado es la serenidad. El prisma del entendimiento es el que trae la mejor forma de convivencia. El hecho de ser gay o ser heterosexual no nos reviste con un aire de pureza. No nos gustan la promiscuidad ni los vicios ni los maltratos ni las estridencias de unos y de otros. Es desagradable ver peleas entre dos que se aman, niños maltratados, pasiones desbordadas, engaños de pareja, casas chicas y casas grandes, ni de bugas ni de homosexuales. Ser de un lado o del otro no es garantía para ser prístino e inmaculado. En ambos lados hay manchas y lunares.

Pero, ambos lados se enrollan en la bandera de la pureza y se avientan del quicio de la banqueta a defender una vida inmaculada que no existe ni en un lado ni en el otro. Todos somos humanos susceptibles ha fallar, así que no nos hagamos los santos. ¿Y si mejor, en vez de andar peleándonos en las calles, buscaramos tener amores más duraderos, fidelidades a toda prueba, cariño y cuidado para los nuestros? 

Una familia es el lugar en el que nos debemos sentir queridos, respetados y aceptados. En donde me enseñan lo que es bueno y lo que no lo es, en donde se encaminan los pasos correctos y en donde se lucha por no caer en el error. Pero es el sitio donde te curan si te enfermas, te sostienen cuando te has caído, te limpian cuando te ensucias, te consuelan cuando lloras. Donde te hacen notar que ese no es el camino y en algunos casos, también te regañan. Pero, la regla de convivencia es el amor. No lo es la preferencia de ninguna índole. Si un Dios amoroso busca como sí hacerse presente y no se obstina en condenar si no en dar esperanza, ¿por qué habría yo de hacer lo contrario?

De mentiras y odios

No mentirás. El decálogo que recibió Moisés no da concesiones ni habla de estados de excepción. Es sencillo de comprender y difícil de ejecutar. Desde el dile que no estoy, hasta la sofisticación más alta, desde el mejor deseo de no lastimar hasta la más grande traición llevan adosadas una mentira. La mentira es mala y por eso está prohibida. Antes, al que mentía se le cortaba la lengua, después se le lavaba la,boca con jabón, hoy con la estupidez de los tiempos, se vitorea al mentiroso y se le pone en posibilidad de mover los hilos de la Humanidad.

Después de años, la Ley de Moisés se sustuyó por un mandamiento nuevo, el del amor. Sin embargo, el odio toma velocidad y parece ganar la carrera. El odio se manifiesta por las cosas más nimias y no hay pudor para mostrarlo abiertamente. Se odia al que tiene la piel de color diferente, al que huele distinto, al que tiene mucho, al que nada tiene, al que huye, al que da refuigio, al que no comparte mis gustos, mis ideologias, al que no vive como yo creo, al que dice idioteces y al que es muy inteligente.

La combinación de mentiras y odio es explosiva. Las dice Trump y ya está a las puertas de un empate técnico con Hillary. Odia el que debiera sustentar el amor como bandera, lanzamos a la gente a las calles a críticar formas de vida para que   protesten con furia sobre las formas que deben tener las familias. Unos y otros van a salir ¿a qué? La confrontación me resulta aturdidora. ¿No debemos amar al prójimo? O, ¿será que el prójimo también tiene castas y clasificaciones? Entonces, ¿si eres soltera,divorciada, dejada, vieja, pobre, gay, analfabeta, solo, indigente, discapacitado, prieto, naco, mal educado, hermoso, rico, poderoso, espectacular, estridente, o lo que sea, eres menos prójimo?

Odiar y mentir parece ser una fórmula muy efectiva. Venden espejitos y lo pagamos a precio de oro. Es tiempo de echar un paso atrás para que prive la reflexión. Analizar el rumbo que llevan las mentiras y los resultados del odio. Tal vez, contemplando el desfiladero, podamos entender que el abismo no es camino. Amar y decir la verdad son mejor opción. No hay duda.

Donación de órganos

En ocasiones, la muerte trae vida. Un cuerpo que ya dejó de vivir puede traer esperanza a otro que está maltrecho y que tiene posibilidades de volver a funcionar bien si alguien tiene un gesto de generosidad. La donación de órganos es un tema delicado que merece ser tratado con cuidado, que debe tener un proceso de educación y conscientización. No es tan fácil como iniciar una campaña masiva y convencer a la gente de donar sus órganos una vez que la vida haya acabado.

En la consciencia colectiva, nos han querido hacer entender que donar es regalar algo que a uno ya no le va a servir y que puede ayudar a un tercero, sin embargo, es mucho más. Donar un órgano es regalar una transformación, es dar a alguien el boleto para pasar de la enfermedad a la salud. Las campañas en pro de la donación de órganos se han hecho con las personas que al morir puedan regalar las partes de el cuerpo que le  servan a alguien más. Así, con ese enfoque, todos estaríamos de acuerdo en donar, porque no nos vamos a llevar nada al otro mundo. Pero, no es tan fácil.

Es verdad: el que se va, nada se lleva. Tampoco tiene la posibilidad de regresar a verificar que su voluntad sea respetada. Debe haber campañas enfocadas en los deudos. Los que nos quedamos, tenemos que tener la intención de ayuda y la generosidad para dar. La situación no es nada sencilla. Por un lado, se enfrenta la pérdida que deviene de la muerte y por el otro, la urgencia de entrgar partes de tu ser amado porque si no se hace rápido, después no sirve para nada.

También hay que entrenar a los integrantes del cuerpo médico. En la prisa por utilizar los órganos, se presiona a las familias que apenas están procesando la muerte y de repente se ven presionados a decidir. Es duro hacerse cargo de que te entregarán un cuerpo roto, vacío. Hay creencias que no permiten que los cuerpos sin vida sean perturbados. Hay dolores cuya intensidad no permiten ver más allá.

Por eso, las campañas deben estar enfocadas tanto en el que dona como en sus deudos y en quienes van a llevar a cabo el procedimiento. La donación debe ser un proceso amoroso de generosidad y empatía. En mi familia, estamos a favor de las donaciones. Fuimos beneficiarios de la dadivosidad de un joven que donó sus corneas y del desprendimiento de una familia que aceptó entregarlas para que mi abuelita pudiera volver a ver. Sé de la angustia que se vive al estar en una lista de espera y de la gratitud con la que se recibe ese regalo. También entiendo que hay personas que, en medio del dolor, no pueden con la pena y dicen no. Hay quienes después de haber dicho no, se arrepienten y hubieran querido decir sí.

No basta con salir con campañas para que yo diga que quiero donar mis órganos. También hay que acompañar esa decisión con una plática que le informe a los nuestros esa voluntad de dar. Los caminos de la donación se deben preparar desde antes y tienen que venir acompañados de una comunicación asertiva de esa decisión de dar. Es responsabilidad del donador hacer saber a los suyos esa intención. No obstante, no son ellos los que ejecutaran esa determinación, por ello, no debemos olvidar a los deudos.

Lo que nos ocupa

La semana ha estado dificil y llena de información, tanto local como global. El mundo pudo atestiguar la serie de mandatarios que en fila pronunciaron discursos en el estado de las Naciones Unidas. El círculo financiero estuvo pendiente de la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos para enterarse qué sucedería con las tasas de interés. Hubo disturbios en Charlotte por temas raciales, Angela Merkel pierde popularidad, un grupo de actores salen a hacer un video para apoyar a Hillary Clinton y tratar de frenar a Trump, Vicente Fernández le canta a la candidata demócrata, en la Ciudad de México secuestraron a una ciudadana española cuyo cadaver fue encontrado después de haber pagado un rescate negociado siguiendo portocolos, según la autoridad y entre tanto ajetreo la noticia que más llama la atención es la ruptura de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Evidentemente, los impactos de la inseguridad que pueden derivar en una crisis de relaciones internacionales, la decisión de mover la tasa de referencia, lo que los mandatarios tienen que decirle al mundo, el discurso flamígero — y a destiempo— de Ban Ki Moon, las consecuencias de dejar aue un tirano llegue a la oficina oval, el liderazgo alemán, la violencia étnica,son  temas que afectan la vida de propios y extraños en forma indirecta y, a veces tan directa que nos mueve la cotidianidad. No obstante, la Humanidad prefiere hablar de la ruptura de una de las parejas más bellas en la faz de la Tierra. 

¿Será que el tema resulta más accesible o se tratará de un mecanismo de defensa? Tal vez sea una forma primitiva de consuelo: los ricos y los bellos también lloran. Un matrimonio qque nace torcido, jamás su rama endereza. Si Angelina mató a hierro a Jennifer Aniston, a hierro muere a manos de la Cotillard. Brad Pitt se deprime a pesar de la perfección estética de su rostro y de lo abultado de su cuenta de cheques. Qué me importa que tengamos a un ganso a las puertas de la Casa Blanca si Angelina llora en silencio sin dar declaraciones a la prensa, pensarán algunos. Nada me interesa que la Reserva Federal haya sido consciente de la situación mundial, lo importante es que una familia famosa está padeciendo algo similar a lo que veo de cerca. 

No nos mueve la violencia racial, nos enfadaron los temas de terrorismo neoyorkino, nos interesan poco los discursos presidenciales en la ONU, hablar de la inseguridad en la Ciudad de México ya no asusta a nadie, lo que se convierte en el tema de la semana es que Brangelina ya no existe más. ¡Qué curioso! 

La chica del tren (Paula Hawkins)

The girl on the train,

Paula Hawkins,

Riverhead Books, Penguin House,

USA
Después de trabajar quince años como periodista, Paula Hawkins decide darle una vuelta de tuerca a su carrera y escribe su primera novela La chica del tren. Rapidamente se convirtió en best-seller, aclamado por el New York Times, recomendado por The New Yorker y escaló las cimas de la popularidad. Sin embargo, no fue eso lo que me llamó la atención, sino el hecho de que se tejiera una trama desde el punto de vista de una mujer que diariamente toma el tren a Londres. Craso error. Esa no es la mejor atribución del libro sino la forma en que la autora nos va sembrando pistas y nos sorprende al descorrer telones que no imaginamos.

La historia está narrada en primera persona, sin embargo, la estructura ayuda a la escritora a construir la verosimilitud que va atrapando y envolviendo al lector que piensa, en un principio, que se trata de una novela costumbrista sobre una mujer alcoholica. Rachel, Megan y Anna nos van contando la historia que se desarrolla en los suburbios de Londres, en una colonia cercana a la vías del tren. Tan cercana, que los pasajeros pueden ver, por instantes, la cotidianidad en la que transcurre la vida de gente con casas hermosas, familias perfectas, parejas felices. Pero, como ya sabemos, no todo lo que brilla es oro.

En las primeras páginas, la autora nos desconcierta. No sabemos quién está narrando, los enteramos que es Rachel hasta la pagina once y entonces caemos en la cuenta que los encabezados de cada capítulo corresponden a una narradora. Habrá tres que contarán lo que pasa en las mañanas y en las tardes, así divide Hawkin cada uno.

Conforme avanza la trama, nos enteramos que Rachel, es una alcoholica que no recuerda las cosas: No recuerdo lo que sucede. Tengo black outs y no puedo recordar dónde estuve o lo que hice. Algunas veces me pregunto si no he hecho cosas terribles.(189) Nos enteramos que esta narradora fue abandonada por su esposo hace dos años, que intentaron tener hijos sin éxito y eso desencadeno un vicio incontrolable que le causó problemas con Tom quien finalmente la abandonó para irse con Anna. Rachel vive repitiendo el mismo drama Tomo aliento, siento que la cara se pone roja. No importa cuántas veces lo tengas que admitir, siempre es devastador. Estaba tan borracha que no recuerdo.(256)

Anna, otra de las narradoras cuenta sobre lo terrible que es tener todo para ser feliz: una hermosa casa en los suburbios, un marido guapo y enamorado con quien acaba de tener una hermosa bebecita, pero con una exesposa alcoholica que interrumpe y estorba su alegría continuamente. Tom quiere que su nueva esposa se sienta menos agobiada y le recomienda que  contrate a Megan como nana de Evie, la pequeña bebita. Viven en la misma casa en la que vivieras n Tom y Rachel: Nos sentábamos en la ventana, en el mismo lugar en el que nos encontrábamos cuando ella se iba a Londres a trabajar y no había peligros de que regresara y nos encontrara en su casa (139)

Megan es la tercera narradora. Está casada con Scott, un hombre muy atractivo, experto en tecnologías de información. Está aburrida, acaba de cerrar su galería y siente que la vida perfecta de los suburbios no le parece tan maravillosa. Le sugiere distraerse y ayudar a sus vecinos a cuidar a la pequeña Evie. Lo hace, pero siente una gran nostalgia, una especie de dolor Trato de no pasar por ahí, si lo hiciera me toparía con mi galería, con lo que fue mi galería, con el local vacío y, no quiero, porque todavía me duele un poco. (25) Cuida a la niña, aunque no sea una nana de carrera: me hicieron venir por la niña, aunque en realidad no era por eso, no era por la bebita, era por ella. Claro que la niña no paraba los berrinches y eso lo hacía todo más difícil. Complicaba las posibilidades de quererla (26).  

Pronto nos enteraremos de un asesinato. Megan es asesinada y la novela de las costumbres de una alcoholica que no tiene la posibilidad de recordar, de una amante que se convirtió en ama de casa y de una esposa aburrida que trabaja de nana de una espléndida vuelta de tuerca y se convoen una novela de suspenso que a cada momento va sembrando pistas y revelando datos que sorprenden y tienen interesado al lector.

Paula Hawkins mueve las manecillas del reloj a su antojo, usa flashbacks. La narración no es lineal y hay que poner atención en las fechas en que cada narradora está contando los sucesos. En cierta medida, al jugar con  los tiempos, nos mete en esa sensación de intoxicación y sobriedad de Rachel y nos hace amarla y odiarla a la vez. Acierta en la construcción de los personajes que son redondos, les da características humanas tan creíbles que llegamos a justificar conductas y a perdonar defectos. Incluso los personajes secundarios están bien armados, Cathy la arrendadora de Rachel es un personaje impecable es su estructura.  Cathy es una buena persona, en un sentido agresivo. Ella te hace notar su bondad. (8)

La chica del tren es una novela fácil de leer, entra en el ojo del huracán del alcoholismo y hace una crítica dura sobre la cotidianidad de los suburbios de Londres. Critica a esa clase media tan liberal en sus conceptos, tan indiferente con sus semejantes, tan cruel en sus juicios, tan chismosa, lista para meter la nariz y huidiza a la hora de tenderle la mano al semejante. Llama la atención la soledad en la que Hawkins mete a sus personajes, no hay madres que auxilien, ni hermanas que ayuden ni familia que arrope. Es cada uno en la circusntancia que les toca vivir. Los asuntos de otras familias son impenetrables (243)

La chica del tren es una novela interesante que cumple con la anatomía del thriller y logra incorporar una crítica a esta sociedad que no acompaña, que abandona y deja que la soledad consuma a sus personajes. No hay lecciones, no hay moralejas, hay un final bien escrito que sorprende y deja al lector conforme.



El galimatías del gobierno en España

Parece que España no se deja gobernar. Pasa y pasa el tiempo y no hay manera de que se forme gobierno. Por lo que se ve, la tendencia seguirá complicandose. Votar en Navidades parece dificil y podemos prever que los españoles comerán turrón sin que exista una cabeza que guste para dirigir el Estado. Las posibilidades se les complican por la forma en que se puede votar: sí, abstención y no. Se puede votar en contra de algún candidato y ahí se anida la imposibilidad de integrar una solución.

Las diferencias en pareceres se deben a las divisiones que existen en España:  nacionalismos y autonomías, visiones políticas e ideológicas y la brecha de edades de los votantes. Por esas fisuras se filtra la oportunidad de que se cuaje cualquier opción. Tristemente, este estado de indefinición no favorece a nadie. No obstante, la fuerza regente parece ser la de oponer resistencia a cualquier intento de solución.

Derechas e izquierdas tradicionales han pintado los colores de España por años. Desde la Guerra Civil y el regimen franquista dejaron en los españoles de más de sesenta años huellas imborrables en términos de convicciones que no logran reconciliarse. El Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español ven el mundo desde trincheras antagónicas y parece complicado que se extiendan las manos y se den un apretón de tregua. 

Los partidos jóvenes no tienen razones históricas de separación, sus ideologías difieren pero no dividen. Lo que los divide es el hambre de protagonismo. Quieren estar en la escena política y son capaces de sacrificar la posibilidad de gobierno antes de ceder un espacio del reflector. En el apasionamiento que da el anhelo de estar en la escena política, no hay forma de ceder nada.

España sigue sin Gobierno.

Alguien necesita ceder. El Partido Popular se mancha con acusaciones de corrupción, los jóvenes los acusan de ser opacos y tienen razón. Han seducido al PSOE, pero no se concreta nada. Entre ellos se ven con desconfianza, pero se necesitan unos a otros. Viejos y jóvenes, expertos y nóveles, buenos y malos se deben poner de acuerdo para organizarse y dejarse gobernar. Pero no quieren, entre todos matan la posibilidad que se termina muriendo sola.

No está fácil resolver el galimatías del gobierno en España. Parece que la opción que más les seduce es la de mantenr firme el bastión de cada quien, en vez de ceder. No se conforman con ninguna alternativa, prefieren la nada. Así, seguro pasarán las fiestas navideñas y no pasará nada. A menos, claro está, que alguien decida hacer lo heróico y quiera ceder. Sin duda, está complicado. 

Las familias de ayer y hoy

El concepto de familia ha venido modificándose hace muchos años. En mi caso, tuve la suerte de tener a un padre presente, amoroso y responsable que nos formó al lado de una mujer inteligente, valerosa y atenta que nos transmitieron los valores con los que nos educaron e hicieron vida. Cada uno de nosotros, mis hermanos y yo, aprovechamos a nuestro leal saber y entender, el legado de valor de nuestros padres. Sin embargo, mis papás tuvieron familias poco tradicionales, mi abuela materna y mi abuelo paterno fueron viudos siendo muy jóvenes. Cada uno resolvió la situación como mejor pudo.

Mi abuela materna quedó viuda con dos chiquitas, una de brazos y otra que apenas estaba aprendiendo a caminar. Se partió la espalda para sacarlas adelante y no hubo una figura paterna física, hubo la que llegó como recuerdo, como una imagen venerable que siempre se respetó. No obstante, fue una famila uniparental, distina a la propuesta de una familia normal. Mi abuela crió a dos hijas espléndidas en forma autónoma y digna.

Mi abuelo paterno, al perder a su esposa y a un bebé que venía en camino, llevó a sus hijos con sus padres, que vivían en el pueblo y el se quedó en el rancho para seguir trabajando y poderles dar sustento. Mi papá y mis tíos eran tan chiquitos que la verdadera figura materna fue la de su abuela —a la que le decían mamá—, el abuelo salía a trabajar todo el día y ellos estaban a cargo de la abuela y de la tía, que los cuidaban y los educaban. En ese sentido, tampoco fueron criados en una familia normal. Todos son personas excelentes.

Mi papá y mi mamá son gente de bien que formaron una familia de acuerdo a los cánones de la corrección.

No obstente, hay tantos ejemplos de familias normales, en las que papá y mamá tienen hijitos que están a cargo de nanas y choferes y cada quien tiene su novio y novia respectivamente, y, en apariencia, son tan normales y guardan las apariencias mientras enseñan a sus hijos a mentir, a traicionar, a poner una pantalla que luzca hermosa para afuera y no deje ver nada hacia adentro. Hay viudas, mujeres divorciadas, madres solteras, padres abandonados, viudos, amigos que viven juntos para compartir gastos, novios que decidieron probar suerte juntos, matrimonios estables en segundas nupcias, abuelos que salen al quite, tías que cuidan sobrinos, padrinos que se hacen responsables, tantas modalidades como particularidades existan.

No sé qué es lo correcto. No me atrevo a lanzar piedras ni contra los que aparentan ni contra los que salieron del clóset y quieren casarse y adoptar hijos ni contra las parejas heterosexuales que engendran hijos. Contra nadie. Todos tenemos derecho a buscar la felicidad sin ofender a los demás. A mí nada me debe interesar lo que sucede en casa de mis vecinos cada que ellos cierran la puerta de su casa. No me interesa si ahí viven un par de amigas, de hermanos, una pareja, una mujer sola, un hombre solo. Cada uno tiene su historia y vive su circunstancia. Mejor me ocupo de hacer con mi pedazo de vida lo mejor que se vaya pudiendo.

Si acaso debo acogerme como católica practicante que soy a alguna idea, lo hago a la de nuestra recién estrenada santa: Madre Teresa de Calcuta. Ella en su decálogo nos instruyó sobre el amor y la ternura. Nos dijo: Aceptación, sin condición, hacia cualquier persona. Sin condición, nada de que yo te quiero si vives en pareja en santo matrimonio, si no, no. Aceptación sin condición quiere decir eso, sin andarle buscando tres pies al gato. Es acercarse a la palabra del propio Cristo y obedecer el nuevo mandamiento que nos dejó: Ámense unos a otros como yo los he amado.

Jesús no le hizo ascos a fariseos, prostitutas, leprosos, recaudadores de impuestos. Se sentó a comer a todo tipo de mesas y tuvo una mirada misericordiosa. Insisto, no sé que es lo correcto. No importa. En el camino del amor, lo que importa es que no gane el odio. Los católicos debemos elegir el camino de la comprensión, el juicio no nos corresponde a nosotros, es potestad más alta.

Mientras tanto, me gustaría elegir el camino del respeto al semejante, de amor al prójimo. Prefiero ir en busca de Dios que andar proclamando los fuegos del Infierno. Me parece que eso es darle publicidad a la competencia. Mejor estarentre los   bienaventurados que del otro lado. Prefiero imaginar la cara de Jesús que me mira porque no levanté el brazo que arrojó la piedra. No me gustaría imaginar cómo verá a los que sí lo hicieron.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

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