Se van los Castro

Guillermo Cabrera Infante da comienzo a su maravillosa novela: Tres Tristes Tigres con un epígrafe de Lewis Carol  “Y trato de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada” que me parece viene muy a la mano hoy. Si lo tropicalizamos: trato de imaginar cómo se vería Cuba cuando un Castro ya no esté al mando. Sí, a punto de que el reloj de arena marque el fin de la era de control de Fidel y Raúl, en la que un país fue gobernado por la misma famila por casi sesenta años, casi resulta complicado ver a la isla con un timonel que tenga un apellido distinto. ¿Qué irá a pasar?

Desde 1959, Cuba no sabe lo que es vivir sin un presidente que se apellide Castro. Muchos han nacido sin conocer otra opción. La isla confinada en sí misma, apartada del mundo por un embargo cruel y atrapada entre las telas de una familia que agarró puesto y no lo soltó. Si no fuera por la sangre del maravilloso pueblo cubano que baila al son que le toquen y sabe reír, no se entiende ese padecimiento. Fidel le pasó la estafeta a su hermano Raúl que se quedó diez años y todavía hay quienes agradecen porque se pudo haber quedado más. Dicen que no hay mal que dure cien años, pero los cubanos tuvieron que aguantar casi sesenta.

Si a Porfirio Díaz se le denomina dictador, no sé como se le debiera llamar a este par de hermanos que son tan admirados por fracciones izquierdosas que también se atreven a aplaudir al regimen chavista, desde que estaba Hugo y aún con Maduro al frente. Pero, los pueblos latinoamericanos son aguantadores y sufridores. Lo que no se aguanta es a esos perejilientos que siguen aplaudiendo el sometimiento de un pueblo al arbitro de una familia y crean que eso es una maravilla.

Se llamará Miguel Díaz-Canel el nuevo presidente cubano, es de otra generación. Tiene 57 años. Nuestros jóvenes creen que un hombre de esa edad ya debiera entrar a un ancianato, en Cuba se ve súper joven junto a un mandatario que tiene 86. Sin duda, todo es cuestión de perspectiva. Están que se van y se van y no se han ido. Por eso, el epígrafe utilizado por Cabrera Infante viene tan a la mano, el reloj marca las horas y el mundo quiere enloquecer: ellos ¿se irán para siempre? Tal vez, lo que sí es un hecho es que estamos viendo una imagen que pronto se va a desvanecer.

Lo único que espero es que el porvenir de los cubanos sea mejor, de mayor apertura y conexión al mundo, de bienestar que es lo que necesitan; porque contentos, contentos siempre están: lo llevan en la sangre.

 

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Sergio Pitol, en paz descansa

Crudo, cruel, petulante, sagaz, ácido, extraño, entrañable… así era el narrador que salió de la pluma de Sergio Pitol, uno de los escritores más cosmopolitas que ha dado la tierra mexicana. Murió a los ochenta y cinco años en la ciudad de Jalapa. Confesó haber leído todo lo que le cayó en las manos y eso habla de la curiosidad de un hombre y de la grandeza de una mente que ningún prejuicio lo detuvo al momento de perderse entre las líneas de un libro.

Imagino a Monsiváis y a Pacheco felices esperándolo en el más allá. Te tardaste en llegar, le habrán dicho. No importa, ya está ahí. Un hombre festejado por ser un traductor valiente, de lenguas extrañas; un viajero de travesías exóticas; un niño que creció entre historias de la Revolución Mexicana; un profesional que ocupó cargos diplomáticos; un hombre del cual nos interesa la lucidez con la que escribió y no los chismes que le rodearon al final de sus días.

Muere, Sergio Pitol, el hombre. A ese ser de carne y hueso se le abrieron las puertas del paraíso, desde el que podrá ver que sus letras no lo dejarán morir. Domará a la divina garza, mirará al mago de Viena, en fin, lo recordaremos por esa herencia de renglones, puntos y comas que nos dejó. De esa forma, seguirá entre nosotros.

Ay, Dios. Cuando te llevas a nuestros tesoros nacionales, nos quedamos tan solos. Basta mirar al rededor para darse cuenta. Y, claro, Sergio Pitol pertenece a otra generación, a otros tiempos, a otra vida. Por eso, los que veíamos en él una especie de eslabón en la cadena del tiempo —de ese otro tiempo que se nos deshace como si fuera una ráfaga de polvo—, sentimos pesar.

Carne y arena va a Washington

Muchos no están de acuerdo con el hecho de que el arte tome una postura política. Sin embargo, cuando tenemos frente a nosotros una pieza artística que nos conmueve y que tiene una bandera ideológica, la combinación resulta virtuosa en dos sentidos: cumple con el objetivo artístico y transmite un pensamiento que nos hace reflexionar.

González Iñarritu es una mente creativa e inteligente. Sabe hacer germinar arte y reflexión, tiene una mirada que nos pone en la mira aquello que no hemos visto por desconocimiento, desprecio, obviedad, o porque sencillamente no quisimos. Carne y arena es una producción que nos mete a la experiencia de un migrante en forma virtual. Desde la seguridad de estar viviendo una situación de mentiritas nos ponemos en los zapatos de un inmigrante y vemos lo que se siente.

Ganó un Oscar honorarios por Carne y arena, la montó en La Ciudad de México, en Cannes y ahora lo hará en Washington. La noticia llega justo cuando el presidente Trump está mandando guardias armados a la frontera. ¿Querría ir este señor a vivir esta experiencia? Dice González Iñarritu que al vivirla busca generar empatía para estos seres humanos. Busca que al entrar en esos zapatos caminantes se les entienda y, tal vez, se les pueda amar.

En fin, ¿no es eso el arte? El arte busca una expresión estética en la que se transmitan emociones, ideas y se refleje una realidad del mundo, ¿no es así? Pues, Carne y arena está en la ciudad de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca. ¿Alguien se atreverá a llevar a Donald Trump?

Bondad, maldad, justicia y abuso

Cuando nos da por prometer, ponemos nuestra mejor cara. Planteamos nuestros mejores argumentos, elegimos las palabras más adecuadas, nos ponemos los vestidos más lucidores y elevamos la vara lo más que podemos. A la hora de cumplir, la cosa se pone fea. En esa condición, quien honra su palabra es una persona honorable. Lo malo es que la honorabilidad es un bien muy escaso y estamos enfrentados a gente que no es capaz de concretar sus promesas.

Lo malo son esas caras bondadosas, esas palabras condescendientes, esas figuras hermosas que seducen y nos llenan de esperanza. Nadie tiene la exclusividad, el mundo esta lleno de ejemplos: Lula tiene una cara de benignidad que casi se nos olvida que está imputado por corrupción, Puigdemont tuvo palabras tan bien estructuradas que por poco pasamos por alto que llevó a su pueblo a montarse en una fantasía muy cara, Sarkozy sedujo con esa figura y esa pareja tan hermosa y llevó a los franceses a creer en una realidad alterna, Donald Trump le untó miel en la oreja a sus votantes, Benjamin Netanyahu está siendo investigado por la policía israelí y piensen en los que quieran, todos se parecen.

Ejemplos de las caras que vemos y de los corazones no sabemos. Pero, por sus obras los conoceréis. La justicia y su brazo largo que parece muy corto, a veces toca a los grandes y no sólo a los que no pueden pagar para demostrar su inocencia. La maldad de quien ejerce el poder tiene un efecto multiplicador y el abuso de autoridad tiene consecuencias terribles en el ánimo de la gente. Tendríamos que tener mayor cuidado al estarle jalando los bigotes al tigre.

Vemos, oímos y ya no queremos callar. Las caritas de bondad que son abusivas ya nos tienen enfadadísimos, el exceso al que nos han sometido merece que les llegue su momento de justicia. Para algunos así está siendo, para otros aún no. Lo terrible es que la mayoría de estos figurines que se extralimitan en el uso de poder llegaron ahí por nuestra voluntad: votamos por ellos. Sería bueno poner más atención.

Las vidas que no son interesantes y atrapan nuestra atención (La caza del carnero salvaje)

La caza del carnero salvaje salvaje

Haruki Murakami

Tusquets Editores, S.A.

 Barcelona,2016

Pensamos que no lo haría y lo volvió a hacer. Haruki Murakami nos vuelve a atrapar entre las redes de una vida de un joven con una cotidianidad poco interesante cuya característica más asombrosa es que fuma como loco y que acaba de pasar por un proceso de divorcio. La fórmula se repite: una existencia muy común, rayana en lo corriente y aburrida, que tiene una vuelta de tuerca que nos engancha desde el arranque.

Haruki Murakami ha sido considerado como uno de los escritores más prolíficos de la literatura japonesa de las últimas dos décadas. Su literatura ha sido un fenómeno de ventas, y con ello, se ha transformado en el autor japonés con mayor número de traducciones alrededor del mundo. Sus obras hacen parte de un fenómeno de masas y ante ello, la crítica no es ajena ni a esas características que lo acercan al arte ni las que lo llevan a ser un creador de oficio.

Con un estupendo inicio, Murakami nos toma de las solapas y no nos deja ir. Así abordamos la lectura de La caza del carnero salvaje. La historia arranca como si se tratara de una trama policíaca. Nos mete a la trama sin que estemos muy seguros hacia dónde nos dirigimos. La maestría de la pluma hace que el autor tome al lector por su cuenta y no lo deje ir.

“Un amigo mío se enteró por casualidad mientras hojeaba el periódico y me llamó para comunicarme que ella había muerto” (p. 13)

Por supuesto, queremos enterarnos de quién murió, que relevancia tiene ella en la historia, cómo se relaciona con el protagonista. Murakami hace bien el trabajo y nos monta en la narración desde el primer momento. Tenderá una línea narrativa y muchas más que nos darán vueltas y vueltas y terminaremos enfrascados en una estructura de historias aparentemente inconexas que tendrán un hilo conductor sutil.

Como es común en este autor, no nos enteramos de los nombres de los personajes hasta ya avanzada la historia. Una página antes de terminar el primer capítulo leemos el nombre de Yukio Mishima. En La caza del carnero salvaje nos da la impresión de que darle nombre a los personajes no le resultó muy importante a Murakami, incluso un gato ─elemento recurrentísimo en el mundo murakamiano─ empieza sin nombre y le es dado uno (sardina) en una forma tan a la ligera que el lector puede fruncir el ceño.

Pero Murakami tiene derroteros que no podemos sospechar. La novela policíaca se convierte en un thriller político, en una crítica a la sociedad japonesa, en una reflexión sobre la actualidad. El autor nos forma una caja de letras en la que todo cabe. Los temas que aborda, abarcan una gran cantidad de argumentos dispares que corresponden desde el Jazz y la musicalidad de sus obras, hasta mundos cuánticos, universos paralelos, zoología, cibernética e incluso el mismo fenómeno de japonización de su obra, la apreciación de lo japonés y el autor actuando como un mediador cultural que privilegia a Occidente, en medio de una ambigüedad ante una literatura que homogeniza Occidente y Oriente generando una hibridación cultural.

Aún cuando su literatura sea aplaudida con mayor efusividad fuera de su país natal, Haruki Murakami ha sido, en gran medida, un promotor cultural del Japón contemporáneo que es ajeno a exotismos de Geisha, samuráis, flores de cerezo, ceremonias de té, entre otras que han permitido explorar al espectador Occidental el nuevo Japón, inmerso en tecnología y sumido en el consumo, pero que al mismo tiempo sigue configurado en sus tradiciones. Y, el aburrimiento como telón de fondo que le sirve para lograr una transformación:

“Quizás había captado una luz especial en medio de aquella mediocridad  o simplemente había pensado que estaría bien contar con una chica normalita.” (p. 43)

El grupo del carnero es uno muy poderoso que nos llevará a la búsqueda de un animal o de una figura y no hay forma de escapar a esa búsqueda. Pero, ¿qué vamos a buscar? Murakami nos mete a un mundo de símbolos, el carnero es el emblema de poder. El narrador, acompañado por su amante, se verá lanzado a una ardua investigación, digna de las mejores novelas policíacas americanas: antes de un mes debe encontrar el lugar donde fue hecha la fotografía y el animal que aparece en ella. Si no lo hace no sólo llevarán a la ruina a su pequeña agencia; también le convertirán en un paria en su propia sociedad. El grupo del carnero es lo bastante poderoso como para poder aniquilarle económica y socialmente. Y corresponde al lector internarse, junto con los protagonistas de la fascinante novela de Murakami, en esta contemporánea búsqueda de un Grial nada santo, el carnero mítico que, cuando es mirado por alguien a quien él elige, posee al desprevenido espectador, convirtiéndole en su morada y su instrumento. Un carnero que -dice la leyenda- se apoderó de Gengis Khan y que tal vez no sea más que la encarnación del poder absoluto.

El verdadero arranque de la novela es hasta la página 61

“En fin, así empezó La caza del carnero salvaje”.

La estructura de la novela se compone de un capítulo inicial muy corto. Los tres primeros capítulos inician con fechas y se dividen en subcapítulos de diferentes extensiones 1,2,3, 6 (como si 1+2=3 *2=6). El cuarto y el sexto son La caza del carnero salvaje I y II respectivamente. El ritmo de la narración es lento, sin embargo, la narración es amena. Las reflexiones sumergen al lector a un mundo en el que los símbolos son más importantes que las acciones. La oreja como signo de sexualidad.

La trama va sobre el protagonista, un hombre con una agencia de publicidad debe emprender la búsqueda del carnero mítico sin más pistas que una extraña fotografía. Una fotografía que le envió un antiguo amigo que desapareció hace años y que le envía cartas desde lugares desconocidos.

La estructura de los personajes es aparentemente sencilla El protagonista que se mete a una búsqueda extraña sin que tenga muchas esperanzas de tener éxito, su socio en el negocio de publicidad, un alcohólico anodino. Una amiga que conoce de forma extraña cuyas orejas le tienen fascinado. El secretario de una poderosa organización, que le hace el encargo de la búsqueda del carnero. Él chófer del secretario, una extraña persona fascinada con la religión y que dice tener el número de teléfono de Dios. La presencia de su amigo desaparecido que flota por toda la historia. Un anciano que ha pasado la mayor parte de su vida encerrado en su habitación estudiando a los carneros. Frente a este escenario desalentador, Murakami inscribe su literatura como una crítica social en la que sus personajes demandan salir de ese sistema, en la búsqueda de una identidad al tiempo que demuestra una fuerte resistencia al proceso modernizador que tuvo que vivir el Japón en un ritmo acelerado, en el que se celebraba la imitación de Occidente como triunfo del proyecto, sin importar el desprestigio de las tradiciones o el precio social que aquella aspiración implicaría para sus habitantes.

El propio Murakami juega con el lector:

“No tenía ni idea de qué estaba intentando contarme aquel hombre” (p.147)

Para entender el verdadero papel de la literatura contemporánea en Japón en la pluma de Murakami,  debemos evaluar el proceso que llevó el país desde su política de confinamiento, hasta el triunfo económico y gran recuperación de los años 60. Sólo así es posible responder la pregunta sobre la crítica a la indiferencia política y homogenización cultural que impone el status quo social, producto de la sobrestimación del individuo por el consumo y la promesa de una mercancía personalizada.

“En el mundo existe dinero así: te cabrea el simple hecho de poseerlo, usarlo hace que te sientas desgraciado; cuando lo terminas, te odias a ti mismo” (p. 178)

La modernidad se presenta como un fenómeno del progreso a través de la conciencia de un tiempo narrativo específico, lineal y continuo que no se detiene. Murakami crea, además de un tiempo histórico real en el que sumerge a sus personajes, enfatiza su cualidad de ser irrepetible permitiendo a la humanidad avanzar bajo la premisa de un futuro utópico. La caza del carnero salvaje reflexiona en el cambio de paradigma que generó la racionalidad como un nuevo renacer contrario al pensamiento de la fe, que correspondió al medio evo. Aquel despertar, generó un impulso por poner a la naturaleza al trabajo del hombre y con ello se generó un proceso que permitió a través de la instrumentalización y el auge de la técnica, la capacidad de generar bienes de consumo en masa que no le ha resultado suficiente al Hombre.

“Para llevar una vida de nómada durante largo tiempo haga falta una de estas inclinaciones: la religiosa, la artística o la espiritual.” (p.102)

El mosaico de Haruki Murakami nos vuelve a recetar una fórmula conocida que en La caza del carnero salvaje nos vuelve a atrapar.

Andaba de parranda

Por suerte, apareció Fabián Hipólito Enemecio vivo y sin rastro de violencia. El periodista fue reportado como desaparecido de 30 de marzo y claro que en este México que duele, enterarse de que un comunicador que no tiene la costumbre de desvanecerse sin dejar rastro puso a la familia y a la sociedad en su conjunto con los pelos de punta y la carne de gallina. Por fortuna, emergió a la escena pública sano y apenado explicando que se le acabó el saldo del teléfono y por eso no se había comunicado.

Mas allá del suspiro de alivio de propios y extraños, mas allá de la suspicacia —¿con quién se andaría paseando?—, queda en el ambiente ese regusto angustioso que envuelve a la tarea de publicar opinión. La libertad de expresión es un derecho humano, decir lo que quiero con responsabilidad es un pilar de la democracia. Si una sociedad se debe preocupar por lo que dice o deja de decir ya que en eso se le puede ir la vida, estamos frente a pilares de sal.

La canción El muerto vivo, una rumba catalana basada en hechos reales, aplica más que bien para la broma. Pero, tristemente, no todos los periodistas desaparecidos en México regresan. Eso es lo que nos duele en México. Hoy, por suerte, podemos respirar, Fabián Hipólito andaba de parranda.

Viernes Santo

El día más triste para los cristianos es el Viernes Santo. El misterio de la Pasión de Cristo, la muerte de cruz, la violencia contra un hombre bueno, el más bueno que ha pisado la faz de la tierra, el dolor son elementos que escapan mi limitado entendimiento. Por eso, más que tratar de entender a Dios, lo siento.

La Vía Dolorosa, el camino al Gólgota, El Calvario, La Cruz, Los Clavos, La Corona de Espinas no tienen una explicación científica, no hay lógica que abarque el suceso histórico, la mente es un pozo pequeño para abarcar la inmensidad del significado. Por eso, aproximarse con la razón es intentar meter el mar en un hoyito. La duda emerge y da paso a la desesperación y a la desesperanza. El corazón es un mejor aliado en los temas que el cerebro no logra discernir.

¿Estar triste después de dos mil años? Parece un sinsentido. Para muchos, no lo es. Incluso, para los que sabemos que la historia no acabó en el sepulcro. El silencio al que invita el Viernes Santo es a la parte que nos lleva a hacerle mal a quien nos hizo bien. Al rencor que gana, a la violencia que no se controla, a la agresión que se inflige porque se puede, al abuso sobre el débil, el autoritario que humilla, al desprecio por el diferente. A todo eso que puedo ser y he sido de pensamiento, palabra y omisión no está demás echarle una revisada.

El silencio de Viernes Santo y los pensamientos que convoca ha de ser ese quedarse callado, como sucedió en el hueco en que José de Arimatea puso el cuerpo lastimado y sin vida de Jesús nuestro Señor. ¿Qué pena tan grande habrán sentido? Se retiraron en silencio después de cerrar la puerta con una piedra enorme. Pero, ahí no todo estaba dicho. El silencio del Viernes Santo ha de ser no para entender sino para sentir que cuando parece que hemos sido abandonados, ahí está el que viene a salvarnos.

Otra forma de ver la escritura (Mi verdadera historia, Juan José Millás)

 

 

Mi verdadera historia,

Juan José Millás,

Seix Barral, Madrid, 2017

Breve, brevísimo brebaje de angustia, ironía y misterio que deja perplejo al lector que siente que se acercó al barranco. Juan José Millás nos presenta una novela que casi parece un cuento porque se lee de una sentada. Bastan unas horas para dar cuenta de Mi verdadera historia sin embargo, al acabarlo de leer sientes que un mosquito te acaba de inocular un veneno que no tienes idea de los efectos que te acaba de dejar.

Mi verdadera historia se trata de un librito de apenas 107 páginas de letra muy grande, podrían haber sido menos de cien. Es la historia que contiene varias historias, por eso es novela y no es cuento, en la que se nos da cuenta de un crimen, se nos narra la transformación del personaje principal, se nos presentan personajes sumamente extraños, por lo tanto humanos, y entendemos las razones que tiene el protagonista para escribir.

Máscaras fuera, Juan José Millás llega al corazón de muchos escritores y nos deja expuestos en medio de un escenario en el que por fuerza nos vemos reflejados de una u otra forma. La novela arranca precisamente con las palabras que dan motivos a la escritura del personaje principal:

“Escribo porque mi padre leía” (p.7)

La novela está escrita con un narrador en primera persona que constantemente está interpelando al lector y lo mete en la escena que está describiendo. Aunque no es un recurso constante que utiliza el autor, es uno frecuente:

“Miradme en el salón de la casa de entonces, los muebles oscuros, oscuro yo también detrás de la butaca” (p.7)

“Sentid en vuestro corazón como se detiene el mío. Notad mi dolor en vuestro pecho. Padeced como si os perteneciera mi asfixia.” (p. 12)

“Miradme en mi habitación, sentado a la mesa, con el libro de Geografía abierto delante de los ojos” (p. 34)

El narrador es un adolescente casi niño que va creciendo a lo largo de la obra. Sí, en ese sentido también es una micro novela de formación y Juan José Millás hace del lenguaje un aliado para construir al personaje. Las palabras son sencillas pero lo que dicen no, lo cual es un gran acierto de la novela.

“Cada uno en cada sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres” (p.34)

El secreto no es tal, el lector lo va a ir viviendo con el personaje, estará con él al momento de cometer el crimen y Millás nos llevará a sentir ternura por los motivos que lo llevan a perpetrar el delito.

“Entonces, con las lágrimas cayendo sobre un mapa, como para representar un río, tomo una decisión liberadora.” (p. 35)

El lenguaje es a la vez ácido y lleno de ternura, pero Juan José Millás es un autor que debe leerse con cautela. Y, aunque tengamos precauciones, terminaremos picado el anzuelo. Nos convierte, a su gusto, en observadores amables. Nos da consejos y los aceptamos:

“Si dices que sí a todo, la gente te toma por normaol” (p.19)

El protagonista es un escritor que equipara la escritura con orinarse en la cama cuando ya no tienes edad para ese tipo de accidentes. La escritura, vista por el personaje, es una especie de descarga y, cuando estamos más entretenidos por la analogía, cuando nos morimos de risa por la metáfora, Millás nos toma por sorpresa y nos desnuda de cuerpo entero:

“Escribir se ejercerá extrañamente como un modo de dequite.” (p. 90)

“¿Y por qué escribes?, pregunta él. Porque tú lees, respondo yo.” (p103)

Millás escribe una novela con proporción aurea. Nos va llevando de la mano hasta el clímax hasta la tercera parte de la cortísima novela y luego nos lleva a la conclusión y al desenlace en el que veremos un personaje transformado.

Novela de pocos personajes: protagonista, padre, madre, novia (Irene), crimen, efectos. Es como una especie de filigrana, un bonsái al que no se le permiten frondosidades porque la brevedad será su mejor cualidad.

 

El tema de Javier Marías (Bertha Isla)

Berta Isla

Javier Marías,

Alfaguara,

Madrid, 2017

Hay una obsesión que atormenta a Javier Marías, es el tema del que lleva escribiendo por casi veinte años. Es el unitema que aborda siempre, es una especie de sello de agua que mete en su prosa para que sepamos de quien es la pluma. Unas veces, lo ha hecho con poco provecho y otras a logrado cosas interesantes. El personaje que se va, desaparece y lo que sucede en la vida de los seres queridos del desaparecido.

Berta Isla recurre al tema nuevamente, parece como si Marías no pudiera apartarse de la mente el argumento, como si la propia pluma decidiera por si misma no darle tregua al asunto y vuelve a ello, otra vez:

“Tengo la sensación de que yo no he escogido tanto como me ha escogido a mí” (p. 215)

Vuelve a recurrir al texto de Balzac, a la historia del Coronel Chabert cuyo destino se ha convertido en la fascinación de Marías que lo ha querido reinterpretar a lo largo de sus novelas de todas las formas posibles. Un soldado al que se da por muerto sin estarlo, un hombre que sobrevive de milagro una batalla en los campos rusos, un coronel del ejército de Napoleón al que dejan tirado en el campo de guerra que no murió y pasa muchas penurias para volver y más le habría valido no hacerlo, lo que encuentra no es del todo agradable.

“Seguramente no ha leído El Coronel Chabert de Balzac. A ese desdichado militar todo el mundo le niega la existencia y lo tacha de impostor, porque los Anales del Ejército figura como caído y fenecido en la batalla de Eylau.” (p. 353)

Berta Isla arranca en la típica forma que un escritor experimentado tiene para agarrar al lector de las solapas y no dejarlo ir:

“Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado.” (p.11)

Desde luego, nos pica la curiosidad. ¿Por qué será que Berta Isla no tiene certezas sobre su marido Tomás Nevinson? La respuesta quedará más que respondida a lo largo de la novela. Un amor adolescente, un matrimonio, hijos y un misterio que ronda al protagonista masculino que tiene la misma fuerza y contundencia que el personaje protagonista femenino que le da nombre a la novela.

En esta oportunidad, Javier Marías sí logra el tono adecuado para hacernos creer que es una mujer la que narra. Se le nota al autor el amor que le tiene al personaje. Se siente que se le metió a la cabeza y que está enamorado de ella. La describe hermosa, inteligente, la acompaña en sus cavilaciones, en sus tristezas y el lector siente al personaje y avala el amor del autor y de Tomás Nevinson por Berta Isla. Le creemos al autor cuando es ella la que toma la voz narrativa. Lo mismo que le creemos a él cuando es Tomás Nevinson el que narra.

La emoción regente que habita en Berta Isla, la novela, es la angustia de la fragilidad del recuerdo. Lo fácil que olvidamos, incluso a quienes tenemos cerca y dejamos de ver, las voces, los olores: la gente.

“… y a mí que sólo me resta el proceso de perder y olvidar. Mejor que todo continúe, así como esta: indeciso y flotante y en la absoluta indefinición” (p. 340)

Marías vuelve a reflexionar sobre la vida, su significado, sus impactos y la contrasta con la muerte a la que semeja con la ausencia. ¿Qué diferencia hace si alguien murió o si desapareció? Y, se hunde en el pensamiento de lo que sucede a los que se quedan, a los que no mueren, a los que siguen con vida.

“─Se sobrevive a esa muerte, Mr. Southworth. Se sobrevive al aire muerto, yo lo sé y puedo decírselo. Yo he experimentado eso… Es muy difícil acabar con la vida, cuando ésta no quiere marcharse. Es difícil hasta matar a alguien, cuando la vida decide que aún no es tiempo de abandonarlo, no está dispuesta a abandonarlo.” (p. 424)

El ambiente de la novela transcurre en ambientes académicos, bilingües que a Marías le parecen tan fascinantes. Sigue con esa fijación de creer que es una novedad, un gran mérito hablar inglés en forma fluida, lo cual llega a dar un poco de ternura a cualquier lector que haya estudiado en alguna escuela bicultural o que tenga dominio de más de una lengua. Eso ya no es tan portentoso, sin embargo, para el autor esa es la mejor cualidad que le da a Tomás Nevinson y es el mejor elemento que puede elegir para ser seleccionado por La corona para quedar al servicio de la Reina, aunque la Reina jamás sepa que le están prestando ciertos servicios.

Es una novela que juega con el misterio, con la tristeza y con los efectos de las ausencias, temas favoritos y muy repetidos en la obra de Marías.

“Me digo que todos tenemos nuestras tristezas secretas… toda criatura humana está destinada a construir un profundo secreto y misterio para todas las otras.” (p. 540)

Vale la pena leer Berta Isla, es una novela bien escrita que transmite adecuadamente el vacío, el desconsuelo, la pérdida y que al final nos termina dando una vuelta de tuerca que desde sus novelas anteriores ya podemos anticipar.

Por cierto, la portada del libro es gloriosa.

Por las mañanas

Hay un momento glorioso que por su brevedad es sumamente disfrutable. Es ese instante en que te despiertas y te quedas quieta en la cama, entre las sábanas y te aferras a la almohada, es una fracción mínima de tiempo en la que abres los ojos y tal vez todo sigue oscuro y crees que ya es tiempo de levantarte y caes en la cuenta de que no, no hay prisa: es sábado. Te puedes quedar otro ratito.

Entonces, hay un estallido de felicidad, un gozo único que llena el corazón y pone el alma en un estado de contento que es difícil encontrar una comparación que le haga justicia al sentimiento. El cerebro se entera de que puede descansar, que se puede desconectar y que no hay porqué empezar a correr, te puedes quedar.

Y se valora la textura de las sábanas, lo mullido del colchón, lo cómodo de la almohada. Y, tal vez no sea posible volver a conciliar el sueño. No importa. Ese estado glorioso de quedarse en la cama, esperando a que arranque el día, cuando estamos despeinados, en ayunas y sin prisas tiene un efecto mágico, sentimos que tenemos el tiempo atrapado en los dedos. Y, aunque sea por un instante, así es.

Esa es la gloria de una mañana de sábado.

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