La represión de la Jefa de Gobierno

Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.

El Príncipe, Nicolas Maquiavelo

Nos conviene echar la mirada a lo que está sucediendo en la Ciudad de México y observar con puntual distancia los procederes de la Jefa de Gobierno ya que Claudia Scheinbaum es la favorita del presidente de la República y la que presumibemente será apuntada por el dedo que determina quién será la futura candidata a suceder a López Obrador en la silla presidencial. Es importante apreciar cómo se comporta una persona que ejerce el poder cuando se sabe favorita y goza del espaldarazo que llega desde el poder. Es relevante porque nos permite abrir una ventana para atisbar un posible futuro.

            Habríamos de recordar las palabras de Maquiavelo. Efectivamente, unos cuantos ven lo que somosn y lucimos lo que aparentamos. Claudia se nos muestra como una mujer analítica, se formó en el terreno de la ciencia; habla pausado y parece que mide sus palabras ni se le ve boquifloja ni se le aprecia como una persona de mecha corta. Casi podríamos creer que es una mujer tímida y frágil, es sumamente delgada y no parece disfrutar del reflector y los micrófonos. Eso es lo que se ve, pero si por sus hechos los conocereis, entonces la Dra. Scheinbaum nos puede sorprender.

            Entre esa suavidad de palaras, se nos puede estar destilando otra cosa. Bsta fijarse, la Jefa de Gobierno aprieta el puño y ejerce una autoridad represora. En la intmidad de su oficina, se le ha de notar el carácter apretado y avinagrado que le quedó después de la derrota política que sufrió al perder en los comicios del seis de junio. No es para menos. Se le fue más de la mitad del territorio de la capital del país, lo que se traduce en ocho alcaldías cedidas a la oposición. Con sobrada razón trae los ímpetus revanchistas alborotados contra los capitalinos que votaron a favor de la coalición conformada por el PAN, PRI, y PRD.

Claro que las evidencias nos dejan adivinar que a la Dra. Scheinbaum se le ha recrudecido la sed de venganza y todo lo ha llevado a un grado tal que ordenó afectar presupuestalmente a sus alcaldes electos. De esa forma, recuperaría el control de las alcaldías que no son morenistas, pondría de rodillas a la oposición y los dejaría a su albedrío. Máxima felicidad, habrá creído. Lo que no imaginó fue que los funcionarios electos tienen inteligencia y voz. Quisieron ir a dejar una petición al Palacio Legislativo en Donceles y se encontraron con un edificio pertrechado por un grupo policial que anteriormente conocíamos como Granaderos.

Aquí no pasarán, la imaginamos dando golpes de mano sobre el escritorio. Ya me la hicieron, ya me la pagarán. Y, como si se tratara de manifestantes rijosos y no de políticos civilizados, les aventaron al cuerpo policial y se llevaron el merecido que se planeó desde el edificio del Ayuntamiento en el Zócalo de la Ciudad de México, faltaba más. Mauricio Tabe recibió toques eléctricos, a Santiago Taboada le llovieron los golpes, a Sandra Cuevas le tocaron empujones y a Lía Limón la lastimaron y hasta le sacaron sangre. Muy bonito, muy bonito.

Los cuerpos policiales llegaron por instrucciones del gobierno de la Capital, la responsabilidad de lo que sucedió con los alcaldes que no pertenecen al partido de la Jefa de Gobierno es de Claudia Scheinbaum, aunque parece que todo fue idea de su operador político Martí Batres. Ni modo, ella tiene que dar una explicación y ofrecer una disculpa. Claro que para hacerlo, se necesita estar hecha de un material raro y escaso que resulta de la mezcla de humildad —para reconocer el error— y valentía para hacerse cargo de las consecuencias.

Ya veremos. Por lo pronto, queda la actitud asumida por la Jefa de Gobierno. Este aire de represora ya sopló por sus terrenos. Además, ha empañado una transición que debió ser respetuosa y pacífica en el relevo de alcaldes en la Ciudad de México y con ello, la ha manchado su aspriración de llegar a ser la primera presidenta del país. De tan mal planeado, hasta parece que fue a propósito y que alguien de su propio equipo le metió el pie.

En fin, nos convierte echar una mirada a la capital de la República y ver a la Jefa de Gobierno con aspiraciones presidenciales. Parece que no tiene la capacidad ni las competencias sociales y políticas para ello. En cambio, muestra un lado represor y un resentimiento que no tiene empacho en destilar durante sus los actos públicos o en sus conferencias de prensa.

Clases híbridas

El regreso a clases es un hito que de debemos superar. No podemos seguir encerrados, aunque a decir verdad, la tentación de quedarnos en la tibieza de la madriguera es sumamente seductora. Nos quejamos del encierro y ni cuenta nos dimos de lo cómodos que estábamos en casa. Los profesores hemos tenido que hacer uso de la resiliencia y aprovechar nuestros recursos al máximo. Aprendimos a usar diferentes plataformas, nos confundimos y nos aclaramos; nos hicimos moño y nos desenredamos; dejamos que el ingenio y la creatividad llegarán a nuestro auxilio para seguir dando clases. Logramos que el show pudiera continuar. Siempre supimos que esta sería una época de transición.

Las clases virtuales fueron un espacio virtuoso por medio de el cual logramos que el mundo no se parara en seco. Pero, no han sido pocas las veces en que nos sentimos sometidos a la soledad de la pantalla. No estábamos seguros si detrás de ese cuadro oscuro en el que leíamos un nombre había o no una persona. Era claro que si no encendían su cámara, el estudiante que se encontraba al otro lado no quería mostrar algo. Y, ese algo era sus espacios privados, su intimidad pero también significaba que muchos estaban dormidos, en pijama, acostados o en un estado inconveniente y poco apropiado para tomar clases. Era preciso volver.

Sin embargo, se entiende que muchos sigamos teniendo miedo de regresar. Las cifras de contagios alarman al más tranquilo, ¿cómo no? La ocupación hospitalaria crece, la población vacunada aún no garantiza la inmunidad de rebaño y aunque tengamos ganas de volver, la cautela marca que tal vez sea momento de esperar. La cautela y la incomodidad. Dar clase con cubrebocas es muy incómodo. Ni modo. La dicotomía sobre el tema es ineludible, ir o no ir, ¿es ese el dilema? Me temo que no. El dilema que se enfrenta es el de la continuidad y en ese sentido, hay claridad. Es preciso continuar.

Y, como la mente humana está buscando soluciones todo el tiempo, las clases híbridas le dan la oportunidad a todos de continuar a su modo y a su ritmo. Pondremos a la tecnología a que trabaje a nuestro favor. Los que ya no resisten en encierro, pueden ir a clases presenciales con medidas de protección. Los que quieran quedarse en casa, o harán ya que seguirán tomando clases como hasta ahora. Los maestros, una vez más, haremos acopio de resiliencia para que la vida siga. Atenderemos a los que tenemos enfrente y a los que están frente a una pantalla. Y, de esa manera, echaremos a andar la rueda de la vida una vez más.

Aulas híbridas

La vida tiene que continuar. No hay forma de pararla. El flujo vital no se detiene y el mundo está harto del encierro y de la falta de proximidad. Somos seres sociales. Necesitamos nuestros espacios de convivencia. Uno de esos lugares es el aula que es la esfera en la que se busca conocimiento a través de lo que se aprende del profesor y de lo que nos enseñan los compañeros. Los salones de clase son esos territorios sagrados en los que se enciende la luz del saber. La pandemia nos hizo abandonarlos, en el encierro los extrañamos, los añoramos con todas nuestras fuerzas. El confinamiento los transformó. Los salones de clases dejaron de ser paredes con pizarrón y bancas para transformarse en pantallas con muchas ventanas. Nos adaptamos, pero nos moríamos por volver. O, eso decíamos. Unos tienen miedo. En esa condición muchas instituciones dieron la opción de que regresaran los que quisieran y se quedaran en casa los que así lo eligieran. Esa prerrogativa se les dio más a los estudiantes que a los maestros. Volvimos a abrir las universidades, bueno, algunas universidades.

            La opción que se calificó como óptima, fue dar la elección de seguir en forma virtual a quienes así lo decidieran y permitir que regresaran a clases presenciales los que ya no pudieran quedarse en casa. A los profesores nos enfrentaron a otra prueba de resiliencia, una vez más. Nos enseñaron a usar tecnología de punta que nos permite dar clases en una plataforma y en un aula del campus universitario al mismo tiempo. El reto no es menor. Tuvimos que volver aprender. Nos enseñaron en poco tiempo el procedimiento: enciende esto, conecta aquello, sube el volumen, ajusta la cámara, este es el único rango en el que te puedes mover para que te pueda enfocar la cámara y no te salgas de radio o los de casa te dejan de ver. Muchos hablan de eso en este momento, pero no es lo mismo ver los toros desde la barrera que en la arena. Cualquiera podría pensar que el máximo desafío es dividir la atención entre los estudiantes presenciales y los virtuales. No. La batalla máxima de la que tenemos que salir triunfantes es la que luchamos con el cubrebocas. Tenemos una relación dicotómica con ese protector, de esos tratos de odio y amor que podríamos clasificar como tóxicos, aunque nos previene las toxinas. Es confuso.

            El cubrebocas es protección para profesores y alumnos, pero es una barrera que se erige entre quien imparte la clase y quien la escucha. Además, falta el aire, sientes que no puedes llenar los pulmones con el oxígeno suficiente, hiperventilas, te mareas, te da vértigo, mojas el tapabocas y encima, hay que usar lentes y careta. Todo se empaña, se obnubila la visión y se corre el riesgo de chocar con los escritorios. A veces creo que me voy a volver loca, otras veces me da risa al imaginarme lo que ven los alumnos: una especie de astronauta que lucha contra sí misma para poder dar la clase. Van dos semanas así.

Créanme, hace falta valor. Se necesita coraje para dejar de ver las cifras de muertes y contagios, para ignorar las advertencias que se detonan en el entorno, para no romper a carcajadas cuando pasas frente a un espejo y ves tu imagen disfrazada como navegante espacial. Me gustaría aventar el esparadrapo que me cubre los labios y poder dar una clase como antes. Quisiera abrazar a mis alumnos y decirles lo feliz que estoy de volverlos a ver. No lo hago ni lo voy a hacer porque sé que muchos de mis alumnos aún no están vacunados. No es suficiente que yo ya lo esté.

Las aulas híbridas son un lugar complejo y complicadísimo. Me da miedo no seguir los pasos tal como deben ser y descomponer uno de esos aparatos carísimos. No soy la única, así estamos todos. Pero hemos luchado peores batallas. La vida tiene que continuar y no era posible seguir dando clases a una pantalla en la que se iluminaban una serie de nombres porque todos los estudiantes tenían la cámara apagada. En ocasiones sentía que estaba dándole clases al tostador o al microondas. No era posible que los alumnos siguieran atendiendo desde su cama, acostados en pijama, adormilados y sin poner atención. Era necesario darles una opción a los que ya no tuvieran las fuerzas para seguir confinados y atados a una pantalla.

Fue por ellos por los que muchos profesores decidimos cerrar los ojos y no mirar las cifras elevadas de contagios ni las de los fallecimientos. Decidimos correr el riesgo y salir de nuestra zona de seguridad. Las aulas híbridas son un terreno incómodo en el que falta el aire, pero es lo que hay. Es el lugar en el que la Humanidad se pone de pie y empieza su marcha. Una nueva marcha. Hay que continuar. Ya no podemos parar.

Saigón-Kabul

“Rezamos a Jesucristo con todas nuestras fuerzas,

Nuestras armas eran pesadas.

Nuestros vientres estaban tensos”.

Good night, Saigon. Billy Joel

Dicen que si no entendemos las lecciones, las tendremos que repetir hasta que logremos aprenderlas. A veces, da la impresión de que la Humanidad es de cabeza dura y no entendemos. Más nos valdría aprender a la primera. En la tosudez, nos aferramos a un clavo caliente y no lo soltamos aunque tengamos las manos ampolladas. Para muestra, está el botón de lo que sucede en Medio Oriente y su impacto en la escena internacional. La canción de Billy Joel, Good night, Saigon empieza con el sonido de las aspas de un helicoptero, rememorando aquellas imágenes que recorrieron el mundo en las que se apreciba a la gente subiendo en forma trabajosa, desde la azotea del edificio de la Embajada de los Estados Unidos  en Saigón, al artefacto que sobrevolaba el espacio aéreo. Huían de Vietnam. Se verificaba la victoria Norvietnamita. Ahora, vemos algo similar sucediendo en Kabul.

            Insisto, ojalá hubieramos aprendido. Ojalá no se hubiera tenido que repetir la escena. Desde los aires, un helicoptero se acercó al techo de la Embajada de los Estados Unidos en lam capital de Afnainstán para desalojar a las personas que trabajaban ahí y que colaboraron con los estadounidenses después de que el presidente afgano huyera del país después de que los talibanes conquistaran Kabul. Muchos medios se sorprenden de la rapidez con la que el ejército talibán tomó control de Afganistán, sin embargo, era de esperarse. Donald Trump ya había anunciado el regreso de las tropas y Joe Biden honró ese compromiso. De hecho, Barak Obama ya había dicho que se daría fin a esa guerra —y se le otorgó el Premio Nobel de la Paz— pero ni sacó al ejército de territorio afgano ni cesó la ocupación. La pregunta de Biden resuena como un eco a lo largo y ancho de la superficie terrestre: ¿cuántas generaciones de norteamericanos tenemos que mandar para preservar el orden? Pareciera que veinte años no fueron suficientes.

            El envío de las tropas estadounidense se dio después del derrivamiento de las Torres Gemelas en Nueva York, de los ataques al Pentagono y todo lo que sucedió aquel terrible día que la Humanidad recuerda como 9/11. En la confusión de los sucesos, Osama Bin Laden fue marcado como el promotor actuante de esas atrocidades y Afganistán fue el país en el que se dijo que estaba escondido. Fue George W. Bush y su administración las que iniciaron los movimientos bélicos contra un Estado Islámico sumamente agresivo, extremista y bélico.

            La interpretación que se hizo del Islam fue extrema. Las mujeres debieron de ocultarse tras la burka que es una especie de túnica que deben usar cuando ellas se encuentran fuera de su casa o frente a un hombre que no es integrante directo de la familia. La ley se aplcia a la letra y la única válida es la que emana del Corán. Los infieles, es decir, aquellos que no siguen las tradiciones tal como ellos las marcan, caen en la calidad de enemigos que, o se alinean a sus reglas o serán castigados. Es frecuente que se administre la pena de muerte en juicio sumanrio, es decir, sin juicio que tenga acceso a defensa.

            Ahora, la realidad en Afganistán tiene al mundo de un hilo. ¿Qué va a pasar en aquellos territorios? Será algo similar a lo que sucedió en Saigón en aquellos años. Se instalará un nuevo regimen. El Estado Islámico se contuvo dadas las circunstancias que mantuvieron a militares norteamericanos allá. Y, uno se pregunta si ese tipo de intervenciones son válidas o si un gobierno que se instla a base de balas y fuerza es legítimo. En fin, las cosas se ponen a punto de ebullición en Medio Oriente. Los estadounidenses se fueron y ahora el escenario cambió radicalmente.

            Ojalá se hubiera aprendido la lección. Ojalá no hubiesémos tenido que ver imágenes de la Embajada de los Estados Unidos siendo desalojada de esa forma, una vez más. Entonces, queda plantearnos la pregunta: ¿cuál es la lección que no hemos aprendido?

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Accidentes en carretera

Cualquiera creería que la principal causa de accidentes viales en carretera es el alcohol pero es falso. La principal causa es la velocidad, el exceso de velocidad. Y, como esas verdades que todos sabemos y que parecen un jarro de adorno, muchos creen que los anuncios que marcan el límite que no se debe rebasar son ornato. Pues, no.

El domingo pasado terminó con saldo rojo en la autopista México-Cuernavaca. Fueron tres accidentes a diferentes horas los que cobraron la vida de conductores de motocicletas. La velocidad fue la causa. Eso dicen los informes. El exceso cobra con la muerte. Es un precio muy caro para pagar la diversión.

Mi padre que es un experto en ingeniería de tránsito decía que además de la velocidad, este tipo de accidentes se dan por las diferencias entre los vehículos que circulan. En México, las combinaciones son letales. Hay desde tráilers de doble caja hasta ciclistas. Hay automovilistas y motociclistas. Todos conviviendo en un espacio pensado para conducir a límites de velocidad que se deben respetar, en el que la regla debiera ser la cortesía. No hay tal, se ha perdido.

Y, por alguna razón, todos se sienten dueños del camino. Los ciclistas salen a rodar con valentía y los traileros llevan sus cargas, los motociclistas y los conductores de vehículos van avanzando juntos. Vemos a ciclistas que van pedaleando solos por los carriles de alta velocidad sin ropa reflejante, a motociclistas que serpentean alegremente sobre la cinta asfáltica, chóferes de trailer que te avientan el vehículo y autos que corren rápidamente. Todos se sienten los dueños del camino.

Los dueños del camino se creen con el derecho de hacer lo que les de la gana en las autopistas y los excesos, los distintos intereses, las velocidades de crucero, la confianza exacerbada matan, mutilan y la vida no retoña. Unos salen a hacer ejercicio, otros a trabajar, otros a pasear. La combinación es muy peligrosa. Los choques y accidentes a muchos kilómetros por hora no terminan bien. Hay que regular, sí, urge, pero también hay que tener conciencia.

Una autopista no es un lugar para ciclistas porque son vehículos lentos y vulnerables. Los que manejan vehículos de carga deben tomar el volante cuando estén descansados. Los que van en motocicleta tienen que darse cuenta que una contingencia como una mancha de aceite o una piedra los pone en riesgo fatal, un auto que no sabe las reglas de las autopistas es un arma mortal.

Esas son las variables perfectas para causar accidentes que se traducen en situaciones que arrebatan la salud y la vida, incluso cuando los que van manejando están sobrios.

La infancia del universo

Una de las grandes inquietudes que ha tenido la Humanidad se basa en sus orígenes. ¿De dónde venimos? Nos tratamos de imaginar cuál fue la chispa que detonó la existencia, nos preguntamos qué fue lo que provocó el estallido que dio paso al universo. Por lo general, miramos al cielo en busca de esas respuestas. La mente humana es magnífica e inquieta, no cesa en el empeño de encontrar soluciones. Por eso, en unas cuantas semanas, el telescopio espacial James Webb se hará a la mar desde California, cruzará el Canal de Panamá y de irá a instalar a Kourou, Guinea Francesa para observar el cielo e indagar sobre la infancia del universo.

            La intención de los científicos que están participando en este proyecto es que los dieciocho hexágonos espejo cubiertos de oro y de berilio se abran como los pétalos de una flor y formen una superficie reflejante que capture la luz que ha estado viajando por más de trece mil millones de años. Al menos, eso el lo que el equipo espera. Se trata de capturar ese brillo viajero y de hacer que su brillo nos traiga noticias sobre los años infantiles del universo.

            Es fácil olvidar que la luz es una viajera inquieta y que lleva años moviéndose en el universo. Es inquietante pensar que lo que vemos en el cielo en este momento no sea necesariamente lo que está arriba en este preciso instante. Existe una especie de delay —de retraso y falta de sincronía temporal— entre lo que nuestros ojos captan y lo que en realidad hay. Por ejemplo, si miramos al cielo para contemplar la luna, lo que en realidad estamos viendo es la imagen de la luna con un desfase de 1.3 segundos; si somos capaces de distinguir Júpiter en el firmamento, lo que estamos observando tiene un retraso de cuarenta y cinco minutos. Esa brecha temporal entre lo que observamos y lo que es crece conforme aumenta la distancia del objeto avistado.

            Por esta razón, lo que los científicos han visto de Andrómeda, que es la gran galaxia más próxima a la Tierra y el cuerpo celeste más distante que alcanzamos a ver sin telescopios, tiene una brecha de tiempo de dos y medio millones de años. Es la luz que emiten los cuerpos celestes, es esta viajera incansable la que estamos contemplando al mirar al cielo. Me encanta la definición de David Helfand, un astrónomo de la Universidad de Columbia que sostiene que el viaje de la luz es una gran ventaja: “Significa que el universo es como la hoja de un libro que tenemos dispuesta a nuestra disposición para leerla; podemos cambiar la página al momento que queramos; si queremos leer lo que pasó hace diez mil millones de años, hay que enfocar la vista en esa dirección”.

            Es una belleza darnos cuenta de que la luz nos puede revelar tanta información, de que somos capaces de ver el pasado y encontrar los rastros que ha ido dejando. Claro, el ojo humano no es capaz de ver todo el espectro luminoso. Entonces, al mirar el firmamento estamos viendo sólo lo que podemos. Es como si estuviéramos en un magnífico concierto y nada más tuviéramos la capacidad de apreciar ciertas notas. Por supuesto, queremos gozar de toda la belleza y eso es lo que busca el telescopio James Webb, ayudarnos a apreciar, ser una especie de traductor que nos ponga a disposición eso que está disponible y no podemos ver.

            El telescopio Webb buscará mirar la infancia del espacio en el que habitamos. Sucedió lo mismo con el Hubble. Nos empezó a mandar imágenes sublimes que nos emocionaron. Gracias a este telescopio pudimos ver las posibilidades del polvo de las estrellas, el ojo del águila que formó en el universo que emerge del vapor de agua y de las oscuridades de los hoyos negros. El intento es interpretar ese libro abierto que tenemos encima de nuestras cabezas. Ya lo dijo Kepler en el siglo XVII, “parece que Dios nos dejó un libro con las claves de la naturaleza”. Los científicos tienen curiosidad de ver qué es lo que dice.

Sé que mirar en dirección los orígenes puede resultar inquietante. De hecho, pone muy nerviosos a algunos, para muestra, Galileo es el botón. Pero, mirar al cielo y saber que hay alguien que quiere leer la página en donde está inscrita la infancia del universo, me da esperanza. ¿De dónde venimos?Los científicos buscan esa respuesta. Es curioso como en esos términos, la ciencia está llena de fe.

Leer por entretenimiento y diversión

Musso, G. (T. García A.) (2019), La vida secreta de los escritores, Alianza de novelas

Sor Juana Inés de la Cruz en su carta a Sor Filotea de la Cruz escribe: “leer, leer y más leer sin otro afán que los puros libros”, lo que implica que la afición lectora puede ejercerse sin otro afán que el de la lectura misma.  Hay diferentes intenciones al enfrentarnos a un texto, una puede ser la de informarse, otra la de aprender, también está el goce de las sensaciones estéticas y existe la que se hace como divertimento. Tratar de jerarquizar los niveles de lectura es pretencioso y a la vez inútil.  Leer para entretenerse es tan valido como hacerlo con cualquier otra intención.  La lectura por placer es una forma de juego, es una actividad libre en la que cada lector encontrará sus motivos para hacerlo. Guillaume Musso nos lo advierte en las primeras páginas de la novela La vida secreta de los escritores:

            “Puede que la gente lea de forma distinta, pero sigue leyendo… Acabáramos, la famosa “literatura de verdad”. (p. 33)

            Por otro lado, cada libro es un universo. Hay libros que nos convocan al pensamiento, textos que nos elevan el criterio y otros que simplemente nos ayudan a despejar la mente y nos acompañan en momentos de ocio. La vida secreta de los escritores es un libro que está escrito para entretener. Guillaume Musso nos presenta esta novela, siguiendo su tradición de escritor de thrillers y novelas negras. Le plantea al lector un reto juguetón que se adivina desde el primero momento: habrá un misterio y cada uno decide o no aceptar ese reto. Es una novela ligera, de lectura fácil que no le plantea tropiezos a quien decía leerla. El autor sostiene que no hay que dejar que nos digan qué debemos leer o qué no:

“Pero resulta que yo una había dejado que nadie me dijera qué leer y qué no. Y esa forma de erigirse en juez para decidir qué se podía considerar como literatura o no me parecía pretencioso a más no poder”. (p. 33)

            La novela tiene una estructura que pretende ser juguetona: plantea un pesudoprólogo al que titula: El misterio de Nathan Fawles para que nos quede duda del género que estamos empezando a leer. En páginas anteriores, ofrece el mapa de la Isla de Beaumont, que puede ser totalmente prescindible si el lector se concentra únicamente en la lectura. La estructura de La vida secreta de los escritores es muy simple: después del pseudoprólogo, el texto se divide en cuatro partes que se subdividen en capítulos.

            La anécdota que nos narra es la intriga que le causa a un joven escritor, Raphael Bataille —con un juego algo pretensioso, da nombre a sus personajes— el hecho de que Nathan Fawles, un prominente escritor, se haya retirado en el pináculo de su carrera. Lo va a buscar a la isla de Beaumont, lugar elegido para su retiro con la esperanza de que le lea el borrador de su primera novela. Por eso, toma un trabajo provisional en la única librería de la isla, en el que le ofrecen además de un sueldo, alimento y alojamiento. Y, casi a su llegada habrá un crimen. Bataille también tiene otro interés: quiere que Fawles lea el manuscrito de La timidez de las cúspides, su primera novela y le de sus impresiones.

            La llegada del joven escritor a la isla no es la única, también llega una reportera Mathilde Monney que también va de visita a la isla de Beaumont en busca de Fawles. Evidentemente, el joven escritor, el librero que le ofrece trabajo, la reportera, el escritor retirado estarán interactuando en torno al crimen. El cadáver de una mujer aparece en un lugar completamente apacible.

La vida secreta de los escritores es una novela que tiene un ritmo ágil. Se nota la pluma experta de Musso quien ya tiene mucha tinta echada y muchos bestsellers escritos. El autor sabe mantener un equilibrio entre la tensión y el interés.  Es un buen engañador, en el momento que creemos que la trama tomará un rumbo, se va en otra dirección distinta. Es bueno para darle vueltas de tuerca a la narración, es justo en cada momento para colocar los giros argumentales en el lugar apropiado. Uno de sus mejores atributos es que se trata de una novela que se lee casi de un tirón y que deja buen sabor de boca, la lectura es divertida.

Es necesario ser cuidadoso para notar ciertos guiños que nos hace el autor, por ejemplo, el párrafo de la página veintitrés es idéntico al de la página setenta y siete, lo que nos da una referencia circular:

“Las velas restallaban al viento bajo un cielo resplandeciente. El velerito había zarpado de la costa de Var poco antes…” (p.23 y p. 77)

Musso juega con Bataille. Musso escribe La vida secreta de los escritores y Bataille está escribiendo una novela sobre los acontecimientos que dan la anécdota de la novela. Harán referencia a la escritura y a los escritores a lo largo del libro:

“El escritor es un pobre animal encerrado consigo mismo”. (p. 112)

Se agradecen los epígrafes que fueron bien seleccionados, aunque de repente nos hagan sospechar que fueron algo presuntuosos. Al final, tiene un apartado con todas las referencias bibliográficas que se agradecen de verdad. (p. 247)

            La traducción de Amaya García Gallego es una combinación curiosa entre muy castellana y muy mexicana. De repente, leemos un narrador con expresiones que no parecen ser muy francesas o a personajes usando expresiones muy mexicanas:

“Karim Amrani al salir del bote” (p. 107)

“Leí tu texto, chavo” (p. 109)

“A todas luces, Fawles se había metido una guarapeta”. (p. 137)

“Ahora sí te va a cargar la chingada”. (p.180)

            Tal vez, la intención de la traductora fuerse tener una cercanía con los lectores hispanohablantes y me parece que el intento es fallido. Por otro lado, elige palabras exquisitas, como denominar mistral a la brisa:

“Un buen lote de truenos y relámpagos, conocido localmente como “mistral negro”. (p. 168)

Es una novela que tiene buenas costuras, se ve la mano experta que conduce el hilo narrativo y al lector que busca leer sin otra pretensión que la de entretenerse con algo ligero, La vida secreta de los escritores le puede venir muy bien.

Y la vida sigue

Regresamos a la cotidianidad en el ámbito académico. Muchos ya lo habían hecho meses antes, otros jamás pararon. El encierro va cediendo ante las ansias de socialización. Somos seres sociales antes que racionales, está claro. Lo cierto es que el flujo de la vida no para, no puede detenerse. Es imposible quedarse parado permanentemente.

Ayer, mi amigo Francis O’Brien me contó que sus abuelos habrían cumplido cien años de casados si vivieran. Imagínate, me dijo, vivieron en Dublín la hambruna, la epidemia de gripa española, las guerras mundiales, los ataques terroristas, y vivieron felices, tuvieron ocho hijos que a su vez continuaron con la vida.

Lo escuché con atención mientras veía a los estudiantes entrar a los salones usando cubrebocas, lentes, caretas y le di la razón a Francis. La vida sigue, debe continuar a pesar de las tragedias, de las amenazas, de los miedos, de la resistencia al cambio. No podemos quedarnos quietos, es necesario fluir.

Pienso en los abuelos de Francis en medio de semejantes acontecimientos históricos y observo a los chicos que regresaron a clases universitarios. Vienen felices, se sienten triunfantes y tienen razón. Se aburrieron de estar en sus habitaciones, pegados a la computadora o viendo la televisión. Están ejerciendo el privilegio de continuar con la vida. Esa es una razón suficiente.

El fenómeno de Lionel Messi

Es increíble lo que sucedió en París con la llegada de Lionel Messi. La Ciudad Luz se volvió un torbellino, vibraba con emoción y el motivo era la llegada de esta estrella del futbol, de este hombre que es considerado por muchos como el mejor jugador de la historia de ese deporte. Más allá de controversias y pareceres, lo cierto es que los parisinos están encantados de la vida con el fichaje que logró el equipo Paris-Saint Germain. Lo que es júbilo y motivos de fiesta en la capital francesa, en Barcelona es fuente de tristeza, de amargura y, puede ser que hasta de arrepentimiento.

            Ver las escenas de Lionel Messi en París me sorprende. El hombre es un fenómeno mediático. Los que creyeron que Messi después del Barcelona ya sólo sería leyenda, quienes imaginaron que había llegado el punto final en la carrera deportiva, los que pronosticaron que ahora sería un personaje secundario para el balompié, se equivocaron rotunda y radicalmente. La potencia del hombre sigue a tope. Nada es tan fuerte como haber escuchado al jugador argentino declarar que hizo todo lo posible por quedarse jugando en el club de sus amores, por seguir portando la camiseta blaugrana, por continuar en el Futbol Club de Barcelona.

            Pero, en el amor y en las negociaciones, cuando sólo una parte pone todo y la otra no pone nada, no hay posibilidades de concreción. Me imagino que los directivos de Barcelona se fueron con la finta y creyeron que la figura se forjó a partir de la Ciudad Condal y que fuera de ella se desvanecería como un espejismo. No, no fue así. El delantero estrella llegó a un acuerdo con el equipo París-Saint Germain lo que le permitirá seguir jugando a muy alto nivel y quién sabe, tal vez esta contratación le traiga suerte al equipo galo y llega a alzar la orejona. Sus posibilidades en la Champions League se han incrementado.

            Y, sí. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Al Barcelona le pasó lo mismo que a los Patriotas de Nueva Inglaterra. Justipreciaron mal el talento, se hicieron bolas y terminaron perdiendo. Si equiparamos la figura de Messi con la de Tom Brady, ya podemos imaginarnos que lo que le pasó al equipo de Tampa Bay, le puede suceder al PSG. Se trata de entender la estrategia. ¿Por nqué no le echaron un telefonazo al señor Belichick?

Se armó la fiesta y el festejo. El avión en el que llegó Messi aterrizó a París provocó reacciones que nadie esperaba pero que cuando uno las ve, entiende. Llegó listo para iniciar un nuevo capítulo de vida, tanto profesional como personal. Se fue de Barcelona con su esposa y tres hijos. La leyenda del fútbol mundial le legó a su antiguo club seiscientos setenta y goles en casi setecientos ochenta partidos. No le bastó para que lo retuvieran.

Le Bourget, un aeropuerto a 17 kilómetros al norte de París, lo recibió con un importante contingente de periodistas y fanáticos que se había congregado para intentar verlo en persona mientras coreaban “Ici est Paris”: “Aquí es París”. Sonriente, la ‘Pulga’ saludó a los eufóricos fanáticos que le aguardaban. Gritaban “Messi, Messi”.  Mientras en el aeropuerto del Pratt hubo tristeza por la despedida. Desde que juego, Lionel Messi ha sido un referente en el futbol contemporáneo. Hay quienes opinan que si no fuera por él, el deporte sería muy diferente. Inspira a todos a mejorar su juego. Y, ahora lo vemos, en París que es dónde está su próximo sueño.

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Un día antes de volver a clases

El día previo al inicio de clases es especial, hay nervios. En mi caso, así ha sido siempre. El olor a cuadernos nuevos, la ilusión de volver a ver a los amigos, de conocer a los nuevos estudiantes, de entrar al salón era de esas ilusiones agridulces. Las vacaciones largas se habían terminado, no más mañanas de levantarse tarde o de desayuno en la cama. Arrancaba la temporada de despertadores, despertar temprano, prisas. Y, entre lágrimas y aplausos, disponíamos a regresar.

Así hoy, con la misma emoción pero aumentada. La tercera ola de contagios merma el anhelo del regreso. A lo largo de los meses de encierro he soñado con volver y ahora que estoy a horas de hacerlo, tengo miedo. No sé si es prudencia o resistencia al cambio o las dos. Las razones para quedarse son reales y contundentes. Son las mismas que nos obligaron al encierro, no me quiero contagiar.

Estoy vacunada. Esa es la diferencia. Eso me hace sospechar que el temblor es mas una resistencia que otra cosa. Y, luego miro las noticias y el estómago se me hace un nudo. Las autoridades universitarias de la UNAM, la UAM, la UP han optado por la cautela. No habrá clases presenciales hasta nuevo aviso. El Tecnológico de Monterrey y la Anáhuac han optado por cercos sanitarios y volver.

No sé dónde está lo correcto. El tiempo lo dirá. Por lo pronto, al arreglar mis cosas para tomar el caminito de la escuela, no puedo negar que tengo miedo.

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