FIL Guadalajara

Para ser México un país con un índice tan bajo de lectura con respecto a otros países, la Feria Internacional del Libro en Guadalajara es un evento sorprendente. El recinto de Expo Guadalajara luce vibrante, lleno de gente que entra feliz y con gran entusiasmo. En momentos, tanta alegría llega a niveles de euforia. El gusto radica en la posibilidad de encontrarse con ese artilugio mágico que es un libro y de toparse con uno de esos seres tan extraños que se dedican a escribir. 

¡Qué curioso! Desde el primer día, los pasillos están llenos de gente, especialmente de jóvenes. Los auditorios en los que se dictaron conferencias o se presentaron libros tenían todos los lugares ocupados. En el ambiente, la combinación de libros y más libros, de letras, renglones, puntos, signos, escritores y lectores resultaba en un festival de sonrisas. 
¿Cómo, no que en México no nos gusta leer? No sé. Pero si de buscar lectores se trata, la FIL funciona como esa red en la que entran cientos de mariposas. Muchos caen. Ya sé que muchos van por curiosidad, que otros acuden porque sus maestros los enviaron, que hay gran cantidad de asistentes que entran acompañando a otros. Sí. Cada quien tiene un motivo, hay escritores que van a presentar su obra, otros que van en busca de editores, de oportunidades, hay poetas que ahí mismo se topan con sus musas. Y, claro está, hay muchos incautos que caerán en los brazos abiertos en forma de pastas de libro.

Cada quien sabe que lo hizo ir a la FIL, pero también es cierto que muchos encontraron esa ventana de oportunidad para recorrer con la mirada esos renglones, que ahí descubrieron a sus autores favoritos, que pudieron platicar de algo interesante. Hubo un momento en el que al caminar por los corredores, dejé de ver libros y vi a la gente. Todos sonreían. Todos escudriñaban libros. Muchísimos estaban formados para pagar y llevarse a casa lo que encontraron.

La FIL empieza a tambor batiente. Todos entramos a paso redoblado y de alguna forma, el corazón se llena de calor. He visto este recinto ferial en muchas ocasiones, jamás luce con este halo. Muchos no creen ni en las musas ni en la magia ni en la fantasía, muchos ni siquiera se interesan en lo que brota entre las páginas que albergan palabras, pero en un raro misterio, todos entramos encantados de la vida a perderos en el laberinto que nos lleva a encontrarnos con ese artilugio tan extraño que le dicen libro y con esos seres tan raros que se dedican a escribir.

  

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Alto a la violencia contra las mujeres

El dato duro es apabullante. Es un hecho que no admite pareceres ni se sujeta a puntos de vista. Ese es el privilegio que otorgan los  números, son objetivos. Una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo  de violencia. Si esto fuera una enfermedad, se le llamaría pandemia. Si lograramos formar a todas las mujeres que habitan este mundo y les pidieramos a las que han sido maltratadas que dieran un paso al frente, más del treinta y tres por ciento  lo harían. Si a eso le sumamos el trato desigual, la discriminación, las ofensas verbales, el porcentaje aumentaría alarmantemente. 

La violencia contra la mujer se puede clasificar como una epidemia mundial, pero no es una enfermedad. Uno no elige estar enfermo. No obstante, la elección de la violencia entra dentro del campo del libre albedrío. El violento elige serlo, también puede optar por dejar de serlo. Lo malo es que no se ve mucha intención de abandonar estas prácticas. El hombre violento tiene mucha complacencia entre sus pares y, en el colmo de la incongruencia, entre las mujeres también. La modernidad nos lleva a espiar lo que sucede en otras galaxias pero una de cada tres mujeres sigue estando callada y detrás de la puerta. 

Hay hombres que se ríen de esta condición, que sostienen que somos unas lloronas exageradas y que desde luego, los grados de histeria nos llevan a quejarnos de lo que ellos consideran, debe ser un estado natural de lo femenino. No hay nada de chistoso en un ojo morado, en un brazo roto, en una violación, en una mutilacion genital. Nada.

Tampoco causa risa que se tengan que se tengan que padecer insultos por la forma de vestir ni que las formas de un cuerpo sirvan de provocación ni que un vagón de metro sirva de pretexto para un manoseo. ¿Qué le da derecho a un individuo a faltar al respeto, a golpear, a burlarse, a violentar? Lo peor es que la violencia empieza a muy temprana edad. Las niñas son las víctimas más frecuentes, las más indefensas.

Crece la impotencia y pensamos que no hay forma de parar esta espiral. La violencia contra la mujer  no es inevitable, se puede detener, se debe prevenir. Ya sé que no es una enfermedad, ojalá lo fuera. Así inventaríamos una vacuna para erradicarla. Por desgracia, no es algo tan fácil como acabar con un virus. No hay un medicamento, no hay una cura. Tampoco hay un único motivo por el que ocurre. 

Tristemente, la violencia y el abuso empieza en casa. Niñas maltratadas por tíos, por hermanos mayores, por padres y madres pasan a ser mujeres golpeadas por sus parejas, despreciadas en el lugar de trabajo, discriminadas por su condición. Madres que no escuchan las denuncias de sus hijas, padres que no las protegen, maestras que miran a otro lado, gente que las quiere tener hincadas. 

Pero podemos hacer algo. Empezar a escuchar es el primer paso. Creer y no desestimar la denuncia de una pequeña. Poner atención a esos golpes continuos, a esas fracturas frecuentes, a esos ojos morados. Ofrecer consuelo y protección. El enemigo a vencer es el silencio. No hay denuncias porque hay miedo. Hay panico de la reaccion, si digo me irá peor. Hay vergüenza. Hay pudor. La indiferencia es el mejor complice de los que abusan.

Luego, las propias mujeres no ayudamos. Educamos machos, disculpamos golpes, protegemos abusadores, escondemos asesinos, perdonamos todo. Regañamos a las valientes que se atreven a decir algo, las obligamos a cerrar la boca y les recriminamos todo lo que han provocado. ¡Ya ves lo que ocasionas!

Elevar la voz, denunciar a quienes le faltan a las mujeres, aborrecer las malas prácticas, retirar el apoyo a los que nos ven por debajo del hombro y nos sienten inferiores por ser mujeres, dejar de ser complaciente ante el dolor generado, enfrentar el matrato es una forma de empezar a evitar la violencia que sufre una de cada tres mujeres en el mundo.  

La cifra va más allá de cualquier opinión, es un hecho apabullante. Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido de violencia. ¿Qué más se puede decir?

  

Ciclistas y educación vial

La movilidad en las áreas urbanas se ha convertido en el tema de moda. El transporte colectivo, dicen, ha de preferirse sobre  el individual; caminar es mejor que manejar un automóvil y se ha de privilegiar el uso de bicicletas como un medio de transporte que presenta varias ventajas: es un vehículo que no contamina y el usuario se ejercita a la vez que se desplaza. La teoría que marca tendencia, luce de maravilla, sin embargo, las cosas desde un escritorio son muy diferentes a como son en el terreno de juego.

La Ciudad de México, una de las más grandes del mundo, busca sus caminos de movilidad moderna. Quiere privilegiar el uso de la bicicleta y lanzó el programa de ecobicis, muy similar al que existe en París, Barcelona o Londres . El problema es que ésta es una ciudad enorme, mucho más grande que cualquiera de las mencionadas y tiene problemas graves de movilidad. El transporte público es insuficiente, las calles están saturadas de automovilistas, llenas de baches, banquetas rotas y las autoridades pretenden que  todos convivamos pacificamente compartiendo las vías de asfalto.

No se puede.

La teoría dice que la civilidad debe poder sentar las bases para que un ciclista avance entre un autobús y un camión de carga y se mueva entre coches mientras el peatón usa la banqueta. Me parece que eso es una locura. La velocidad de crucero, los intereses de cada uno, los tamaños y vulnerabilidad la son distintos. Un trailero no alcanza a ver por el retrovisor a un ciclista. Evidentemente al combinar estas variables enfrentadas, se genera un caos en vez de dar una solución. 

Falta educacion vial.

Un conflicto entre un automovilista y un ciclista acabó, respectivamente, en el Ministerio Público y el hospital. Esas noticias se vuelven parte de la cotidianidad en la Ciudad de México. Rogelio Andrés Gallardo Muñoz, de 23 años, circulaba sobre Paseo de la Reforma para acceder a la ciclovía, pero el conductor Carlos Ramírez Sánchez, de 38 años, le impidió el paso y le gritó: ¡por eso los atropellan!”… además de otros insultos. Testigos señalaron que entonces, el ciclista pateó el espejo lateral del auto, sin romperlo. Así comenzó una discusión mientras ambos avanzaban, uno sobre la ciclovía y sobre la lateral, en la Colonia Juárez. Y a la altura de Milán, el conductor le aventó el auto a Gallardo Muñoz, hiriéndolo en la pierna y el brazo, además de causar destrozos en la ciclovía y en su propio vehículo.

No debió suceder, pero pasa todos los días. Estos incidentes se convierten en el pan de cada día. Ramírez Sánchez fue detenido y llevado a una agencia del Ministerio Público, donde determinarían su responsabilidad en las lesiones del ciclista y los daños al mobiliario urbano. Otro caso en el que un ciclista fue tirado de su bici, pero ahí, el vehículo implicado fue un camión de granaderos de la Secretaría de Seguridad Pública. ¡Faltaba màs!  El usuario de Ecobici Iván Ortega circulaba por la ciclovía cuando, a la altura de Villalongín, el camión dio vuelta a la derecha desde los carriles centrales. 

Cuando digo que no hay educación vial, también me refiero a las autoridades. 

A la altura de Ángel Urraza y Patricio Sanz, una viejita fue atropellada por un conductor de ecobicis que circulaba  sobre la banqueta. La mujer caminaba lentamente cuando la ciclista dio vuelta a toda velocidad en la esquina y no pudo evitar arrollar a la anciana.

La movilidad es un reto del siglo XXI, no es un tema de moda es una cuestión seria. La gente está perdiendo vidas porque se ha puesto a convivir una serie de alternativas sin reglas y sin espacios propicios. Las invenciones y las ocurrencias están saliendo caras. Cada día hay gente accidentada, ciclistas heridos y que causan heridas. 

Lo curioso es que estos ciclistas han desarrollado una arrogancia que los hace sentir personas a toda prueba y conductores a todo terreno. Van por donde no deben, invaden áreas que no les corresponden, van sin casco y sin protección. ¿Por qué se sentirán tan protegidos? ¿Por qué no se darán cuenta de su vulnerabilidad?

El problema es que no hay un espacio para que cada quien lo use y si lo hay, está invadido por alguien más. Las ciclopistas no son adecuadas y están llenas de autos que circulan por ahí sin ninguna pena. Las banquetas tienen puestos ambulantes que impiden el libre paso y las autoridades, desde el escritorio, piensan que la Ciudad de México tiene una propuesta de movilidad de última generación.

No es así. Falta educación vial y eso está  costando vidas.

  

Duelo, Francisco Toledo

La muestra que se expone en el Museo de Arte Moderno del maestro oaxaqueño Francisco Toledo es sobrecogedora. El nombre de la exposición nos anticipa sin tapujos a lo que nos vamos a enfrentar. Para dar el efecto, Toledo retoma la técnica que no usaba desde los años 1980, la cerámica de alta temperatura. Se trata de un centenar de piezas de reciente creación que el autor ha trabajado durante 2015 en el Taller Canela del maestro ceramista Claudio Jerónimo López en el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa) que nos índican de que se trata el dolor que viene después, del que pervive y se queda. Del duelo que nos evita el olvido.
En estas obras las cualidades de color, textura, materiales e imágenes que irradían el sello del trabajo de Toledo se muestra la pena. Desde el punto de vista estético, la forma más expresiva a la cerámica es la paleta de rojos subidos, contrastados con tonos grafitos y ocres, que confieren al conjunto un acento dramático. Es el dolor que asalta.
Para el maestro Francisco Toledo, la expresión artística sirve para contribuir a la justicia. De forma gráfica, explícita y sensible retoma en la obra expuesta la escencia del arte, iluminar la conciencia y propiciar la reflexión. Hay una serie de esculturas relativa a la lucha contra el maíz transgénico, otra serie se inspira en los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa y en la violencia que padece nuestro mundo contemporáneo.
Duelo.
La aflicción que siente el Hombre ante los acontecimientos, ante la violencia y el desprecio. El padecer esta tristeza y referente que se conforma a partir del material primigenio, del barro. Sí, pero también la reunión en torno a eventos que no deben ser aventados a un olvido frívolo. 
Toledo nos toma del rostro que quiere volver la mirada a otro lado. ¡Qué no se te olvide jamás de lo que hemos sido capaces de hacer! Así, con conciencia y reflexión se intenta que lo que pasó no vuelva a suceder.
   
 

  

Las pequeñas historias 

Cada que sucede una tragedia del orden que sea, sin importar que se trate de un fenómeno natural, un accidente, un atentado, un acto de guerra, hay una tendencia a deshumanizar los hechos. Nos enteramos de cifras, números, datos. Cuántos muertos, montos de los daños, cantidad de armas, recuentos de las afectaciones y, si acaso aparece un nombre por ahí, es el del terrorista que jaló el gatillo, el del chofer que iba a exceso de velocidad, el del huracán o tormenta tropical. En la grandilocuencia, gana el anonimato, sin embargo, en cada tragedia hay pequeñas historias que merecen ser contadas.

Por lo general, esas pequeñas historias revelan la mejor parte de la Humanidad frente a la desgracia. Son anécdotas de solidaridad, de buen actuar, de generosidad y desprendimiento. Pero, por lo general, estas acciones son ignoradas y se pasan por alto para dar privilegio al acontecimiento que causó dolor. Así es, ante la confusión de un bombazo, las noticias que salen a flote son las que hablan de lo tenebroso. 

No obstante es preciso contar de tantas manos solidarias que salen a las calles a ayudar cuando se les necesita. Brazos que se prestan, alimentos que se ofrecen, puertas que se abren. El viernes 13 de noviembre pasado, en medio del caos de París, hubo muchas pequeñas historias que dan esperanza.

Un joven sostuvo a una mujer embarazada que estaba colgada a su brazo mientras pendía a una altura de tres pisos. Una mujer que abrió la puerta de un edificio para dar refugio a gente que huía de restaurante la Petite Cambodya, una mujer que abrazó a otra cuando estaban tiradas en el suelo sin entender de dónde llegaban los disparos.

En medio del caos, hay pequeñas historias que merecerían ser contadas, pero que, ante la magnitud de ciertos hechos, se dejan de lado y luego poco a poco se disuleven ante la urgencia informativa que nos ofece números, cantidades, datos y no nombres. No sabemos el nombre del héroe que sostuvo a la mujer para que no cayera desde las alturas ni el de la mujer que abrió la puerta para ofrecer refugio ni el de la que  con un abrazo solidario dio compañia y consuelo en el peor momento.

Las grandes historias causan miedo, nos dan angustia y el peso de la impotencia nos avate. Por fortuna, las pequeñas historias surgen como brotes florecientes. No es poco lo que se puede hacer desde la individualidad para atenuar la maldad. Estas historias que se disuelven entre tantos datos, que se evaporan con esos números tan grandes, desde lo chiquito encienden una mejor luz. Esas son las que merecen ser contactadas.

  

Los culpables

¿Por qué será que en París no han pasado tres días y ya atraparon al supuesto autor intelectual de los atentados del viernes y aquí no lo logramos? Pasan las semanas, los meses, los años y no queda claro lo que pasó en Ayotzinapa, en Ciudad Juárez, en el Penal del Altiplano,en Lomas Taurinas. ¿Será que allá el brazo de la justicia es más largo o que aquí nos quedamos cortos?

Tal vez seamos más desconfiados. No creemos. Nos muestran caras, nos cuentan versiones oficiales, nos dan a conocer la verdad histórica y nosotros torcemos la boca y nada más no creemos. Ni Aburto ni la pareja presidencial de Iguala ni las explicaciones sobre la línea 12 del metro nos llenan el ojo. Lo cierto es que allá ya hay detenidos y aquí avanza la impunidad. 

Nos atarantamos o sencillamente nos hacemos de la vista gorda. Nos creemos las versiones que nos dan a conocer ni nos conformamos con lo que nos dicen, pero tampoco hacemos nada. Sabemos que secuestrar camiones, que romper vidrios, que vandalizar establecimientos está mal y lo seguimos tolerando. Se quema la puerta Mariana del Palacio Nacional y al año siguiente pasa lo mismo. Se detiene a unos cuantos y salen tan campantes tres días después con planes de hacer lo mismo el año que entra. 

Los franceses respiran sabiendo que el que les hizo mal afrontará las consecuencias, los mexicanos temblamos ante la idea de que el mal perpetrado se podría repetir porque el culpable anda suelto. Sentimos que los rostros que nos muestran y los cuentos que nos narran no son ciertos. Queda la sensación de que nos están dando atole con el dedo y no nos falta razón. Las cárceles en México están llenas de gente que no tiene dinero para pagar un buen abogado. Muchos culpables andan sueltos.

Nos da la impresion que ser culpable en México no es lo mismo que serlo en Francia. ¿Por qué será? Será que allá confían más y aca nos da por sospechar de todo. Será que allá son más confiados y aquí no. Tanto franceses como mexicanos tenemos razones para ser como somos. Lo cierto es que no han pasado más que unas cuantas horas y en París ya está detenido el supuesto autor intelectual de los ataques, aquí seguimos esperando tantas respuestas. 

  

Pienso en París

Pienso en París y digo que no entiendo lo que pasó allá. El destino es un concepto tan ambiguo. El orden de las cosas y la búsqueda del autor de la Historia parece tan grandilocuente, tan altisonante, tan ostentoso. Dejar que el pensamiento vuele en el sentido de que resulta imposible no dejarse arrastrar, de que no importa si te pones duro y opones resistencia, no va a servir de nada. Lo que ha de pasar, pasará. Si no, ¿qué llevó a un niño a perder la vida de manos de un terrorista? No se entiende lo que pasó allá ni lo que pasó en Beirut o en el río Cocula.

Pienso en París y creo que todo es una especie de mecanismo complicado que tiene goznes y picaportes que, como máquina de feria, se activan para dejar salir una pesada bola de boliche que rodará a toda prisa cuesta abajo sobre un riel y hará colisión contra un botón  que accionará un resorte que volteará de cabeza un vaso con agua y mojará al que vaya pasando. ¿Por qué mojaron al que iba pasando? Para demostrar que el mecanismo funciona. Lo de menos es quién se cruzó por el camino, daría igual que fuera un payaso, que un equilibrista que el domador de leones. 

Pienso en París y digo que no entiendo porque no me gusta entender la maldad humana. Me da comezón y calambres darme cuenta que la lucha de poder se quiere esconder detrás de la cara de Dios. No es una novedad, así ha sido a lo largo de la Historia. Así se pergeñó la frase París bien vale una misa. Todas las guerras inician de esa manera y con independencia del resultado, arrojan dolor y manchan de sangre. 

Pienso en París y entiendo. Como dijera Kant, entender no significa estar de acuerdo. Las bombas estallaron cerca del lugar en el que la guillotina soltó le cuchillo pafa descabezar a tantos. Las razones de Rousseau opacaron la rivera del Sena, los extremos de Marat mancharon tanto como los consejos de Richelieu. Cada quien mira a su parcela de intereses, Ayotzinapa no está cerca de Beirut, de Siria, de la franja de Cisjordania de la frontera con los Estados Unidos de la vera del Mediterraneo, de Lapedusa, de los discuros de Donald Trump y todos tienen un mismo hilo conductor. 

Pienso en París y recuerdo a la familia Bush y a Osama Bin Laden. El pensamiento vuela de Nueva York a Atocha a Londres y también a Nigeria a Siria a Nianmar, a Teheran, a Ciudad Juárez, a la periferia de Wahington, D.C. Las armas capturan mi atención.

Pienso en París y me pregunto, ¿dónde consiguieron las armas los que ayer causaron tanto dolor? ¿Quién se las vendió? Y a ellos, ¿también les dolerá la consciencia? Claro que de entender, entiendo. Claro que eso no significa estar de acuerdo. Claro que sería mejor indagar quién se beneficia con estos sucesos. Claro que sería mejor acabar con tantas armas. 

  

El dolor en París

No se entiende. No se entenderá jamás. Cuando el odio habla brota la indignación. La Ciudad Luz es atacada una vez más. Todavía no entendemos bien lo que sucedió, ni quién lo hizo. Sabemos que murieron más de cien personas. Los mataron. Estallidos como los que se escucharon en los tiempos de guerra, sirenas de carros de policías, ambulancias, confusión. Nadie sabe. Nadie entiende.

Tiroteos, bombas, rehenes, ataques terroristas coordinados. Dispararon a civiles, a niños, ataques suicidas. Ruidos sordos. Detonaciones. La gente corrió a protegerse, sin saber bien a bien qué pasaba, quién los atacaba o por qué.

¿Por qué?

Hollande conmovido frente a las cámaras, se dirige a los franceses. conmovido, cierra las fronteras. La gente se encierra en sus casas, en sus cuartos de hotel, en donde pueden. Inocentes terminaron secuestrados, los que tuvieron menos suerte murieron, los que  tuvieron peor, vieron a sus semejantes morir. Fueron testigos de atrocidades. 

Entender, ¿cómo?

Las autoridades ordenaron que nadie saliera a la calle. ¿Qué lleva a alguien a odiar tanto? ¿Qué lleva a un semejante a elevar la quijada de burro para matar? Imposible entender. No hay forma. El odio es inexplicable. El luto de París nos viste de negro a todos.

¿Cómo se hace llegar un abrazo solidario hasta París para todos los que vivieron lo que nadie nunca debiera vivir? Que en París sea la paz.

  

Una pausa en Cataluña 

Las prisas por la independencia catalana se toparon con la cordura. En un segundo intento por conservar la investidura de presidente de la Generalitat, Artur Mas ha fracasado. Al parecer los catalanes han decidido que si la desconexión se va a dar, no será el proyecto de una persona, sino una decisión de conjunto. Gana la prudencia. El tiempo y los cambios que vendrán en los próximos meses obrarán a favor de la cautela y de caminos más convenientes para españoles y catalanes.

Sin Mas en el escenario y muy seguramente sin Rajoy en la Moncloa, el panorama luce favorecedor para ambas partes. La teoría de negociación advierte que cuando los acuerdos se convierten en desacuerdos y las discrepancias crecen; cuando las desavenencias se vuelven peligrosas y las necedades prevalecen, es tiempo de cambiar de actores. En una negociación los protagonismos sobran. Parece que así se entendió en Cataluña y decidieron apartar a Artur Mas. 

La desconexión de Cataluña se ve complicada si se hace a la brava y sin corrección. A Europa no le gustan los que desobedecen la ley y todo se puede lograr dialogando. Los gritos han reflejado, más que ánimos caldeados, falta de argumentos. No podemos dejar de ver que hay muchos que apoyan la independencia pero hay muchos que están en contra. A la distancia que da un océano, eso resulta  tan claro.

Más allá de razones históricas, están el presente y el futuro de esa región. Hace falta hacer una pausa y analizar, en frío, las ventajas y desventajas que conlleva estar sin el yugo de la Corona española. Entiendo el peso que esto representa para un sector republicano cargar un símbolo que ni es suyo, ni les aporta nada, ni les resulta querido. Liberarse del gasto que representa mantener a una familia señalada por el dedo de Dios para tener sangre azul, cuando la evidencia dice que es roja y ellos son ateos, resulta sumamente atractivo, pero no es suficiente.

Incluso, un golpe de timón, un movimiento drástico le complicaría la cida a los independentistas. ¿Con qué pasaporte viajarían, qué utilizarían como DNI, quién expediría sus licencias de conducir? ¿Estarán preparados para enfrentar esos gastos? La cotidianidad se volvería más cara y sabemos que los catalanes son frugales y les choca eso de abrir la billetera sin razones contundentes. ¿Pueden los catalanes asumir el gasto de un Estado independiente? ¿Están preparados para afrontar la administración de un gobierno que se desconecta de España y de Europa?

Para lograr  un análisis objetivo, hay que echar un paso atrás. En la línea de golpeo, sólo se ven los pleitos. A la distancia se gana perspectiva. La prudencia avanza una casilla. Si los peleoneros se bajan del ring, es probable que los relevos de las partes vengan con buena voluntad y con la intención de sentarse a negociar.

Una pausa al negociar implica una oportunidad para hacer las cosas mejor. Tal vez, sin loa ánimos tan caldeados se puedan ver las verdaderas razones que cada parte tiene para proponer su postura. Abajo la necedad, es tiempo de privilegiar la prudencia.

  

En torno al tema de la mariguana

En torno al tema de la mariguana hay muchos pareceres. En los últimos días, se agitó el avispero. Las voces se elevan para discentir o para mostrar acuerdo. Qué bueno. Estamos escuchando un sin fin de opiniones, se abre el debate se instaura el análisis, se habla del tema. Insisto, eso está bien.

Lo que no resulta tan bueno son los juicios de valor. Muchos ya elevan las cejas y crítican a los que están a favor del uso recreativo de la hierba, otros se mueren de risa de los santurrones que miran con recelo a los que fuman. Las opiniones en ese sentido son lo de menos. Son cortinas de humo que deben disiparse para entrar en el tema de fondo.

Si las opiniones son irrelevantes o importantes, no interesa. Lo que debería captar nuestra atención es el análisis científico de lo que conlleva el consumo de mariguana. Mi parecer ni el de nadie debe de fijar postura, la evidencia analitica debe sentar las bases de elección. Aquí no hay nada que juzgar, es mejor observar.

Si yo opino que fumar mariguana no es algo que yo quiera para mí o para los míos, eso es algo que debo reservar para la intimidad familiar, tal como lo es el consumo de alcohol, o el abuso de cualquier sustancia que dañe al cuerpo. Si me gusta o no, si es lo que quiero para los míos o es de lo que quiero que se alejen, debo hablarlo en casa con ellos. Como se debería hacer en torno a cualquier tema que necesite fijar una postura. 

Lo curioso es que muchos elevan el dedo juzgón para criticar y ni cuenta se dan de lo que traen a cuestas. Sabemos que el alcoholismo infantil crece, que la sexualidad se ejerce a edades muy tempranas y que los embarazos en la niñe sin cada vez mas frecuentes. No se trata de elevar torres de pureza, creo que lo mejor es hablar con los nuestros. Hay que prevenirlos. Hay que explicar. Hay que educar. 

Son los médicos, los psiquiatras, los psicólogos que han recabado datos sobre los efectos que tiene el consumo de mariguana los que necesitan ser escuchados. Es imprescindible tener información para poder tomar decisiones sobre bases sustentadas y no sobre pareceres. 

Lo cierto es que las drogas que se legalizan en otras partes del mundo aquí han generado una guerra sangrienta. Las lágrimas y los muertos se han puesto de este lado de la frontera. La prohibición para comercializar la hierba no ha desincentivado el consumo y decirle a alguien lo que debe de hacer mientras las balas corren más para un sentido que para el otro no resulta congruente.

En torno al tema de la mariguana, más nos vale que sea el análisis lo que prevalezca. Ojalá se privilegie el método científico y a partir de sus conclusiones se pueda tomar mejores decisiones. Opinar, vendrá después, pero… Primero lo primero.

  

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