Mezquindad contra los muertos

El alcalde de Ferrol amenaza con depositar en la fosa común los restos de cuatro familiares de Franco.

La paz de los sepulcros es cada vez mas difícil de encontrar. Los que creen, los que no, los que dudan y los que tienen certezas mientras están vivos habitan en un cuerpo. Al morir, el destino de los restos tiene diversos derroteros. Hay quienes prefieren enterrar a sus muertos, otros optan por incinerar los cuerpos y dejar las cenizas en una urna que dejaran en sus casas, depositaran en un nicho, las arrojaran a una maceta, al mar o terminarán sirviendo de relleno para un cigarro. También, hay quienes son transformados en piedras preciosas.

Cada religión tiene sus ritos, los judíos no están de acuerdo con la incineración. En la India, los restos se creman en el Ganges. En Oriente hay pudrideros en los que se les facilita el trabajo a los carroñeros para disponer de alimento. Los católicos hemos sido reconvenidos por el Papa Francisco y llamados a dar una santa sepultura a los restos humanos. Nada de ponerlos en una maceta o aventarlos al drenaje. Mejor que descansen en un lugar santo.

Hasta hace muy poco hubiera estado de acuerdo con Su Santidad. Pero, después de visitar en Dublín una bar que se ubica en lo que antes era un templo, empiezo a tener mis dudas. Me pareció terrible tomarme una cerveza en la tumba de un matrimonio que seguro creyó que sus restos quedarían en un lugar de perpetua oración y bueno… no fue así. Se me ponen los pelos de punta.

Luego, leo que el alcalde de Ferrol amenaza con despolitizar los restos de cuatro familiares de Francisco Franco en la fosa común. Resulta que en el cementerio municipal de Ferrol descansan los restos de los abuelos paternos, una tía y una hermana pequeña del dictador fueron traslados al camposanto de Catabois cuando se clausuró el antiguo cementerio de Canido. Ahora, con la decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos ha comenzado a acaparar la atención de los grupos de izquierda en el Consistorio. Este lunes el pleno municipal aprobaba una moción en la que se reclama la expropiación de la tumba para evitar un eventual traslado del dictador a su ciudad natal. El Ayuntamiento requerirá a la familia el pago de las tasas del tumulto de los últimos cuatro años, el resto de recibos ya están prescritos. Si no abonasen la factura, la tumba pasará automáticamente a manos municipales. La familia tendría que decidir entonces qué hacer con sus allegados. Si la familia tampoco quiere hacerse cargo de estos restos serán llevados a una fosa común, dijo el alcalde, Jorge Suárez, de la confluencia rupturista Ferrol en Común.

Perdón, pero ¿qué culpa tienen los muertitos? Me parece una mezquindad absoluta eso de andar profanando tumbas, moviendo huesos, removiendo restos.

En serio, ¿en eso nos hemos convertido? Seguro ya no nos da miedo que nos vengan a jalar las piernas en las noches.

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El juicio de los hijos (Tú no eres como otras madres, Angelika Schrobsdorff)

 

Más que una vida

Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff

Traducción Richard Gross

Periférica y errata naturae

España, 2017

El éxito editorial de Tú no eres como otras madres es innegable. Desde la primera edición en 2016 hasta el momento, van once ediciones agotadas. Es la primera novela de la autora Anglelika Schrosbdorff quien la publicó a los ochenta años, los datos metaliterarios son para llamar la atención y, por lo tanto, decidí leer el libro para enterarme qué era lo que estaba causando tanto revuelo. Parece que las novelas en las que se habla de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con Hitler y que sufrieron los estragos de ser los perdedores de las guerras mundiales se están poniendo de moda. La exploración de ese mundo que se vivió en la primera mitad del siglo XX y en el que muchos quedaron atrapados, rodeados de injusticia está dando motivos para que las plumas de vuelquen sobre la hoja en blanco. La intención subyacente es dejar clara la diferencia que existe entre un alemán y un nazi.

Tú no eres como otras madres es una novela biográfica. Narra la vida de Elsie, una alemana judía de posición acomodada que nació en Berlín el 30 de junio de 1893 y que fue escrita por su hija menor —que también es personaje de la novela, evidentemente— a partir de un manuscrito de la propia protagonista que fue complementado por cartas que ella escribió a amigos, hijas y por entrevistas que la autora realizó a amistades y a personas allegadas a su madre. El narrador tiene un tratamiento muy peculiar: es un narrador con al que algunas veces se le da tratamiento de omnisciente que combinado con testimonios y con un estilo epistolar se entrelazan para dar curso a la historia. La lectura es fácil, no implica grandes retos para el lector y el hilo narrativo nos hace recordar esas pláticas entre amigas, cuando cuentan algo que le pasó a alguien cercano pero que o está presente.

“Que no dependía de ella, dijo Else, sino en primer lugar del padre de Erich… Que eso era el colmo, se escandalizaron los Kirschner…, Que qué había pasado en el caso de Fritz…, Que una cosa no podía compararse con la otra…” (P. 168)

El hilo narrativo va sobre la vida de la protagonista. Es una vez más la historia del héroe contada a partir de su deconstrucción. Es un cuento del privilegio de una niña judía que es muy mimada, que lleva una vida de consentimientos, se transforma en una adolescente caprichosa, en una mujer que se ve atraída por el desenfreno y los excesos que tiene una vida acomodada, es el retrato de la frivolidad de las primeras décadas del siglo XX y el contraste con los tiempos de guerra, la esperanza por llegar a vivir de nuevo una era de paz y el desencanto que viene con el fin del conflicto. Además, la protagonista tiene un desenvolvimiento cronológico que la lleva a coincidir con el momento histórico: cuando ella está en la flor de la belleza y salud, Alemania vive años de esplendor; cuando ella envejece y enferma, Alemania padece los años de la postguerra.

“Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole un contenido y una dirección a su vida” (p. 257)

La novela aborda, como lo hacen tantas otras, el preludio de la guerra y las miserias que se vivieron durante y después del conflicto. En ese aspecto, encontramos poca novedad, es una anécdota muy explotada, sumamente explorada y muy conocida. La desintegración de la nación alemana, el desmembramiento de las familias, la pulverización del tejido social y, los tristísimos padecimientos y carencias de ese momento histórico han sido narrados ya con anterioridad. De hecho, podemos adivinar el contenido y la anécdota con sólo enterarnos que la autora es una judía nacida en Berlín en 1927, lo demás es rellenar el espacio en blanco. No obstante, los puntos de vista que se están siendo recurrentes en las narraciones son las que hablan de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con el régimen nazi y que padecieron sin tener responsabilidad y en muchos casos, sin haber estado de acuerdo.

“¿Cómo era posible que aquel mequetrefe embravecido, al que ninguno de ellos había tomado en serio, llegara al poder con su banda de criminales terroristas” (p. 222)

El éxito editorial viene de la forma en que la autora decide narrar hechos conocidos, desde un punto de vista diferente, de un sector de la población que, siendo alemana, padeció los daños colaterales de una guerra en la que su nación salió vencida de un pleito para el que ellos no fueron tomados en cuenta. También de la manera en que se decide abordar la Historia, la gran virtud que tiene esta novela es su gran defecto: la frivolidad con la que se abordan temas como la muerte, la vida, la fe, el hambre, la maternidad, el matrimonio. Desde la ligereza y a la distancia, es más fácil observar y dejar testimonio de los horrores de la Humanidad.

Angelika Schrobsdorff nos presenta la disección de un ser humano real y entra en la terrible disyuntiva del autor que muestra las costuras de su propia familia, descorre el telón de su vida familiar y nos describe a su propia madre. En algunas páginas leemos la gran ternura de una hija amorosa y en otros sentimos un alejamiento que nos lleva a imaginar un desprecio total hacia el personaje. De repente, el lector se cuestiona si tanta sinceridad puede ser abrumadora.

Algunas ideas que expresa la autora lucen anticuadas y tan lejanas al mundo del siglo XXI y son tan contundentes que cuesta trabajo digerirlas:

“El amor entre el hombre y la mujer no era más que pura fantasía. El único gran amor y la única felicidad verdadera de la mujer eran los hijos, y con tal fin se contraía matrimonio, un matrimonio razonable, meditado y planificado por los padres” (P. 13)

Otras ideas son entrañables y nos podemos identificar con ellas en cualquier contexto y en todo lugar:

“Todos queremos superar, íntimamente unidos, estos tiempos difíciles y no tener que reprocharnos en el futuro haber fracasado. Afanémonos, atormentémonos, seamos infelices, pero guardemos la compostura. La recompensa llegará sin falta.” (p. 448)

Tú no eres como otras madres, parece un libro catártico que la autora escribió para poder redimir con palabras tantas experiencias vividas. El juicio de los hijos suele ser implacable. Tiene la frescura de la primera novela y puede resultar una buena lectura de pasatiempo.

Nómadas digitales

Cuando uno piensa en salir de viaje, sabe de antemano que las condiciones van a cambiar. De hecho, una de las principales razones que nos llevan a dejar la cotidianidad es el cambio. Queremos ver cosas nuevas, cambiar de aires, respirar en otras latitudes, pero también quisiéramos seguir en contacto. Irnos, pero no tanto.

La ilusión de estar en dos lados al mismo tiempo casi se materializa con Internet. Podemos transformarnos en esa especie extraña, aunque cada vez más común, de nómadas digitales. Esos trotamundos que incluyen en el equipaje dispositivos, computadoras portátiles para tener acceso a llamadas telefónicas, mensajes de WhatsApp, redes sociales, el banco, la oficina, los amigos, la familia y, en resumen, de todo.

Es más, hay quienes han hecho un estilo de vida eso de ser nómadas digitales. Salen, cierran la puerta y no vuelven más. Inician un viaje eterno. Total, ¿a qué quedarse si el clima es malo, si las condiciones no son agradables, si los artefactos se descomponen, si las paredes se deslavan, si la ropa se arruga? Mejor correr tras un clima que sea de agrado, a lugares en los que todo marche perfectamente, a hoteles en los que si el grifo gotea, te cambian de habitación. Mejor olvidarse de refrigeradores, estufas, sofás, lavadoras y planchas.

Pero, el mundo del nómada digital tiene la fragilidad de la conexión. ¿Quieres ver a un trotamundos digital nervioso? Dile que no hay conexión WIFI y ya verás. Sin una conexión a Internet confiable, todo se viene abajo. No hay listas de amigos ni fotos ni acceso al banco ni a la agenda virtual ni WhatsApp. Se materializa el llanto, la desesperación y el rechinar de dientes.

Salir de viaje tiene dos maravillas implícitas: saber que te irás y saber que vas a volver. El mundo de los nómadas digitales me causa cierto escozor. Desde verlos correr detrás de espacios con conexiones robustas a Internet hasta el desarraigo absoluto y sus implicaciones me causan acidez estomacal.

El viaje permanente tiene la ventaja de la novedad, pero la sorpresa continua es difícil de sostener. Las desventajas me resultan pesadas de sobrellevar: no hay posibilidades de tener un perro con el que salir a caminar o una gatita que ronronee al verte llegar. No hay un rincón favorito para leer ni una cobija de puntitos para cubrirte. No está el abrazo solidario ni el beso de buenas noches. No hay un buenos días ni la taza especial para servirte café.

La cotidianidad se sustituye por un movimiento perenne. Los saludos se cambian por mensajes. Los besos se convierten en caritas digitales. El acompañamiento virtual deja un vacío que es difícil de compensar. Aunque, todo en esta vida son pareceres. En lo personal, prefiero salir y saber que regresaré. Me gustan mis pantuflas, el agua que corre por mi regadera. Me hacen sonreír los rechinidos de la casa. Añoro mis caminatas con Shekel, las gracias que hacen Chai y Gis. Me gusta el café caliente y el periódico que me deja manchas de tinta en los dedos. No hay sustituto para un abrazo de mis hijas y a Carlos prefiero darle un beso que mandarle uno digital. Hay cosas que siguen siendo mejor cuando son presenciales.

Irse y volver.

Irse, volver, descansar, desconectarse. Apreciar esos pequeños desperfectos de la vida cotidiana y, sí ¿por qué no? Aprovechar las ventajas de los adelantos tecnológicos sin convertirnos en esclavos digitales.

Después del silencio

Jamás en los poco más de seis años que tiene este blog, había habido un periodo de silencio tan prolongado como éste. Fueron catorce días en los que las ventanas no fueron escritas, fue un tiempo de descanso en el que la poca conectividad no me permitía tener acceso y no pude publicar.

Entre los días de desconexión, brotó la reflexión. La maravilla de estar presente y atenta a lo que sucedía en el aquí y el ahora ayudó a pensar bien en la posibilidad de escribir, de comunicar ideas y de expresar acuerdos y concordancia. Las vacaciones y la lejanía me ayudaron a dar perspectiva. Los acontecimientos en mi país me llevan a darme cuenta que por primera vez en mi vida adulta no voté por el candidato ganador. Aunque, este blog no es un espacio en el que toquen temas políticos únicamente, sí que se abordan.

Ahora, criticar debiera ser más fácil. Los elementos que me llevaron a votar diferente a las mayorías siguen ahí y no hay dificultades en elevar la piedra y acertar. Pero, eso se llama mezquindad. Por eso, tomar nuevos aires funcionó para limpiar esos ánimos y regresar a esa posición en la que la objetividad sea la mejor consejera. Seguir escribiendo será, en este espacio, como seguir platicando.

Después del silencio, vendrán las palabras. Será, como siempre, un deleite compartir. Ven, asómate a ver lo que estoy pensando.

La basura que va dejando Trump

Me sorprendió que un taxista en Bruselas me dijera con tanta precisión las palabras que resumen el sentimiento de Europa tiene por el presidente de Estados Unidos, Trump es una persona sucia que va dejando basura tras de sí.

Efectivamente, Donald Trump estaba en Bruselas y la ciudad era un caos. La capital de Europa, acostumbrada a recibir y atender mandatarios no podía creer el desquiciamiento causado por una persona. Todo bloqueado, calles cerradas, trabas para pasar de un lado al otro, templetes grandilocuentes para desplegar la presencia del tipo por el que la gente salió a mostrar repudio.

En público, fue grosero. Fue agresivo con sus anfitriones, pasa y como dicen que sucedía con Atila, va secando el terreno que pisa. En Londres no lo quieren recibir. Hay una alerta para los ciudadanos americanos, deben ser discretos, temen agresiones de los locales. Podrían desquitarse con los civiles por lo que hace su presidente.

Esa es la basura que Trump va dejando a su paso, que triste será ser recordado así, que pena me dan los estadounidenses que son representados por un personaje de esta talla.

Sin reconocer a su aliado

Nos pasa algunas veces, no entendemos por qué pero dejamos de entender las razones que tienen nuestros amigos para actuar de ciertas formas y en el peor de los casos, estamos en un punto de desacuerdo tan fuerte que ya ni los reconocemos. Eso sucede con la gente y con las naciones. Europa deja esa relación cordial con Estados Unidos y se pregunta qué está pasando.

No sólo se trata de las estridencias, de los terrores de lesa humanidad que se están perpetrando, del racismo rampante y el desprecio al migrante, ahora también hay agresiones directas a quienes debieran ser aliados. La diplomacia se encarga de recibir a Trump en la sede de Europa, pero la gente en las calles no se siente cómoda de tenerlo como visitante.

La prensa holandesa se pregunta qué argumento podrá sustentar un oficial para separar una criatura de los brazos de sus padres. No se trata de un problema de migración sino de la crueldad extrema que se inflige a inocentes e indefensos. ¿En eso se está transformando Estados Unidos? No se trata de otra cosa más que de reflexionar sobre la calidad ética de una nación que abusa sin pudor.

Hoy, Europa se siente más lejos de Estados Unidos y siente que el fuego amigo es duro e incomprensible. No se entiende con Donald Trump que mezcla temas, negocia en forma errática y declara sin datos exactos, lo hace con ambigüedades. Desde Europa, la visión es que Estados Unidos está generando una crisis migratoria y que pronto no sabrán qué hacer al respecto.

Trump llega a la reunión de la OTAN con arrogancia a frotar sal sobre las heridas de sus aliados. En las reuniones privadas se reporta a un Trump cordial, en público escupe fuego. En las fotografías aparece aburrido. No entiende a Macron ni a Merkel.

Los ataca. Macron mira al cielo, Merkel sonríe. Europa deja de reconocer a su aliado. En las calles, la gente se expresa. Los cárteles son elocuentes.

Ver jugar a Roger Federer

Siempre he dicho que ver jugar a Roger Federer, a quien tanto admiro, es como estar entre nubes. Sin embargo, cuando realmente estás viendo un partido de cuartos de final de Wimbledon, en tiempo real, desde el avión y te asomas por la ventanilla y ves cúmulos a tu alrededor, la sensación es extraña pero muy agradable.

Volar y ver un partido de tenis es muy padre. Por momentos, te olvidas que estás en un artefacto que te lleva a cruzar el Atlántico y te concentras en el marcador. Podría decir que es relajante pero sería mentir. Los primeros sets fueron para Federer, pero Kevin Anderson despertó y ya ganó el tercero y el cuarto sets.

Estar sentada al borde del asiento, como si estuviera en casa sí es agradable. Tres horas de buen juego aligeran el viaje y se quitan los nervios, o mejor dicho, se sustituyen por otros más manejables y más disfrutables. El set decisivo empieza cuando nos aproximamos al destino. No me quiero bajar del avión sin saber el resultado del partido.

Sin duda, ver a Roger Federer entre nubes puede ser mas que una metáfora muy cursi. De hecho, puede ser glorioso.

A la Roqueta, ida y vuelta

Hace relativamente poco tiempo, descubrí la maravilla de subirte a un kayac a remar en el mar. Me enseñó Blas, el encargado de la playa de la Bocana en Acapulco. Fue él quien me animó a subirme, el que se convirtió en mi maestro y el que me alentó a ir traspasando fronteras. Me he subido al kayac sola pero es mas divertida remar en compañía.

Un día le dije que quería ir en el kayac desde la Bocana a la Roqueta y me dijo que él me acompañaba. Tenía dos años diciendo que algún día lo haría. En mi lista de propósitos de Año Nuevo, figuró el dichoso viaje a la Roqueta y cada que venía a Acapulco, miraba a la isla y hacía mis cálculos sobre lo fácil o lo difícil que podría ser recorrer la distancia y llegar hasta allá.

Mis hijas y mi marido me veían con cara de desconfianza y buscaban apretar el tornillo que se me había aflojado. Yo seguía haciendo cuentas, a veces veía la isla muy lejana y otras no me parecía tan descabellado remar hasta allá. Recordé una conferencia en la que Bill Gates le preguntaba a la audiencia hacía cuánto que no se planteaban una locura, hacía cuánto que no imaginaban algo imposible de lograr y me acordé que muchas cosas importantes en mi vida empezaron así, con una idea disparatada.

Por eso, con esa misma insensatez con la que hice el Camino de Santiago, con las mismas dudas y las mismas caras de mis familiares, la idea fue tomando forma y el anhelo se convirtió en plan. Tenía que lograrse este año y para ello era necesario encontrar compañeros de viaje. Alguien que aceptara el reto de venir con Blas y conmigo. Nada es imposible cuando el planteamiento es claro, aunque sea disparatado.

Pues, mi prima Pily y su hija fueron mis mejores cómplices. Como ya se hizo tradición cada verano, vinieron con nosotros a Acapulco. Le dije a Pily y luego, luego se animó, también mi sobrina se unió al plan. Buscamos a Blas, pusimos fecha y hora. Una noche antes de salir, sentí que la dimensión de la locura se me venía encima. Todas las razones de porqué no debía hacerlo me mordieron por la noche, soñé pesadillas, desperté echa polvo y Blas habló para atrasar la salida: no nos veríamos a las 7:30 a.m. sino a las 8:30. ¿Sería una advertencia divina?

Ya se sabe, el que espera desespera. Pero, mis compañeras de travesía estaban listas y animadas. Salimos de la casa. Mi marido me despidió con preocupación. Al llegar a La Bocana el mar nos recibió con gusto. Una garza imperial nos despidió desde una roca. Me sentí la protagonista de El viejo y el mar. Salimos alrededor de las 9:00. Primero mi prima, luego mi sobrina, luego salí yo y al final Blas se hizo a la mar. Al principio todo fue normal, el paisaje familiar. Al pasar el primer hito, es decir, al cruzar la máxima distancia a la que había llegado otras veces, me sentí una conquistadora. Era como la Magallanes del siglo XXI. Luego empecé a pensar en la profundidad del mar y como Burro de Shrek me decía: no miro abajo, no miro abajo. Se me revolvió el estómago y me empecé a marear. La Roqueta se veía tan lejos.

Blas gritó: miren, ahí va una tortuga. Era un animal enorme y muy simpático. Nadaba rapidísimo y nos fue acompañando un rato. Blas apuntó a lo lejos, había unos puntitos blancos. Son pescadores, salieron por cazones. Ahí hay un arrecife y la gente va a pescar. En poco tiempo, los puntitos se transformaron en lanchas, los hoteles de la costera se empezaron a acercar y el faro frente a Caleta ya estaba a la vista. La Roqueta estaba cerca, pero teníamos que rodear para evitar las corrientes cruzadas.

Rodeamos. Tres pelícanos nos dieron la bienvenida. Entramos a la playa de la isla. El mar se transformó, paso de ser azul profundo a un turquesa claro. Parecía que estábamos en El Caribe. Blas llegó primero, le ayudó a bajar a Pily, a mí y por último a mi sobrina. Lo logramos, lo logramos, levantábamos el remo en señal de victoria. Tardamos una hora veinte en el recorrido. Descansamos quince minutos, tomamos agua y fotos. Caí en la tentación de ir a buscar una lancha para que nos llevara de regreso, no había. El plan seguiría como al principio. A remar de regreso.

La bocana se ve lejísimos desde La Roqueta. Blas nos dijo que el regreso se trataba de gozar el deleite del mar, de la brisa y del sol. Fue un buen consejo. Especialmente, cuando sientes que las cuerdas de los brazos se están haciendo nudos, que el sol te da de frente y que la sal del mar te pica en la piel. Porque efectivamente, ver Acapulco desde el centro de la Bahía de Santa Lucía es un privilegio. El regreso fue rápido, a pesar de que la corriente agitaba el kayac.

Misión cumplida. Llegamos a la Boca a. Blas sonreía complacido. Nosotras, victoriosas corrimos a quitarnos la sal en la regadera de agua dulce. Le pusimos palomita al propósito de Año Nuevo, La Roqueta ida y vuelta fue posible.

Hoy, miro al mar con mucho agradecimiento. Tengo una relación diferente con Poseidón. Tengo otro motivo más de amor profundo con el Acapulco de mi alma. Blas, mi prima y mi sobrina me ayudaron a cumplir un sueño que rayaba en la locura, sin ellos hubiera sido imposible. Así, con esas ideas insensatas y con buenos compañeros de viaje, la vida es tan bella.

Vender el avión presidencial

Imagino que vender el avión presidencial será una complicación. Seguro que a los aciones les pasa algo similar a lo que les sucede a los coches que apenas salen de la agencia ya se devalúan. Entonces, salir a la venta de un aparato con las características tan especiales no sólo va a ser complicado, me parece que va a ser mala idea.

Primero, lo obvio. ¿Cómo hará el nuevo presidente para viajar con su comitiva? A lo mejor les sale más caro el caldo que las albóndigas, pagar tanto boleto de avión puede ser más costoso que irse todos juntos en la que ya tienen, tal vez con la depreciación y la pérdida que implica salir a ofrecer el aeroplano alcanzaría para pensar que no es buena idea. Seguro es peor que mandar a todos los morenistas en primera.

Luego viene la complicación de a quién se lo van a vender, porque si se lo venden a Evo Morales, a Correa, a Maduro o al nuevo presidente de Cuba, francamente se prestaría a sospechas. ¿Por qué malbaratar algo que funciona y darlo a un mandatario como los mencionados? Sospecharíamos que ahí hay gato encerrado aunque no lo hubiera.

Eso es lo malo de prometer ocurrencias. Si no cumples, malo; si cumples peor. Pero López Obrador es el tipo de líderes que gobiernan para sus bases y la palabra empeñada está escrita en oro, al menos eso es lo que dijo. Cumplirá, aunque sea contraproducente. Algunos aplaudirán gozosos, otros arrugaremos el rostro. Ni hablar, con o sin avión presidencial, es recomendable ajustarse el cinturón.

Nos tocará ser oposición

La democracia es así, no siempre se gana. México cambia, las instituciones salieron fortalecidas. Queda claro de que no hubo fraude electoral. Se respetó el voto. La gente que apoyó al ganador está feliz, entre los que no, hay miedo. El triunfo es indiscutible, tanto es así que los opositores de Andrés Manuel López Obrador ya salieron a reconocer su derrota, nobleza obliga.

Las promesas que se hicieron y que inflamaron esperanza ahora tendrán su momento de verdad. Si creemos todo lo que se dijo, habrá motivos de felicidad y entenderemos a todos los que hoy sonríen de oreja a oreja y tuvieron fe en AMLO. Adiós a la corrupción y bienvenidas las propuestas que nos lleven a tener un país mejor. En el discurso en el que se asumió como presidente electo, Andrés Manuel dijo que habrá libertad y garantizó que podremos decir lo que queramos, emprender y buscar un modo productivo de vida, dijo que apoyara a los empresarios y que México será un país en el que se podrá ser feliz. ¿Qué más queremos?

Los Pinos se convertirán en un espacio público, el avión presidencial se pondrá en venta, el presidente electo prescindirá de las escoltas que lo cuiden, se acabarán las pensiones de los expresidentes, se revisarán ciertos contratos y tantas cosas que le escuchamos a él, a sus cercanos y a sus seguidores que nos llevarán a ser el vestíbulo del cielo. Nada me haría más feliz que creer que así será. Soy una mujer de fe, elevo la mirada al cielo y le pido a Dios porque así sea. Pero, me gana el escepticismo.

Hay que saber perder y acatar el mandato del pueblo. La mayoría optó por López Obrador y no podemos convertirnos en aquello que criticamos. Hay que poner la fuerza y la voluntad para que el próximo presidente salga adelante con la responsabilidad que se echó a la espalda. No lo tendrá fácil. Es momento de tender la mano y fincar puentes. Nos llegó el tiempo de ser oposición, de presentar en forma respetuosa nuestros desacuerdos y servir de testigos cuando lo que se prometió, se haya cumplido. También, nos toca vigilar si sucede lo contrario. Nos llegó el momento de ser contrapunto. De nada sirve llorar ni quejarse, es momento de asumir que somos diferentes y que nos une un interés genuino: si López Obrador logra su cometido y le va bien a México, nos irá bien a todos los mexicanos.

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