Ver París

Ver París es emocionante, es recorrer la mirada y toparte con la elegancia que se eleva en forma de torre junto al Sena, o se materializa como un Arco del Triunfo, o se transforma en el albergue de la Ópera, o se asienta en la cima de la montaña de Montmartre o sencillamente es un toldo rojo o una brasserie o un suculento crème brülée. 

Vi París a través de los ojos de mis padres, que vivieron aquí en el 68, que caminaron esas calles tan legendarias y tan modernas en donde se gestaban las ideas para cambiar al mundo y se escrbían los mejores textos, las novelas más interesantes  y los poemas más sobrecogedores. La ideas vienen de París, fue el título que Paz eligió para uno de sus mejores ensayos.Por mis padres conocí la vida  parisina que ellos tuvieron, en la que todo era tan diferente y sorprendente, la comida, los compañeros, el idioma,  que poco a poco se fueron convirtiendo en la cotidianiedad de una pareja de jóvenes que volaron a la Ciudad Luz a habitarla como estudiantes y a hacerla suya. Con sus palabras, desde chica la imaginé y la amé aún sin conocerla. 

Vi París, por primera vez, con una mochila al hombro y muy pocos billetes en la bolsa. ¿Quién se quiere ir de ahí jamás? Entonces se entiende que la elocuencia de las palabras no bastan para hacer justicia a todo lo que es la capital francesa. Ni Cortazar ni Henry Miller ni Borges ni Camus ni Fuentes ni Paz ni nadie puede hablar de París lo suficiente como lo hace ella por sí misma.  Todo fue días de sol, baguettes, un hotel muy modesto y admiración. Volví. Vine en la luna de miel para enterarme que la ciudad es muy generosa con los recién casados. También regresé con mis padres que me enseñaron más motivos para adorar París. 

Vi París cuando Roger Federer alzó la Copa de los Mosqueteros al ganar, por fin, el torneo de Roland Garros. Empujé la carreola de mis hijas por los jardines de la Orangerie, por Champs Elyseés, por la Avenida de la Ópera. Era enternecedor ver a Danny feliz cada que descubría la punta de la Torre Eiffel y a Andrea correr feliz en el Parc Floral. Entendí que cualquier motivo es bueno para volver a caminar por las calles parisinas. No hay pena que no se disuelva en una mesa en el Café de la Paix. 

Pero ver París a través de los ojos de mis hijas es una de las emociones más gratas de la vida. La una más interesada en en interior del Museo D’Orsay y la otra en perderse por las calles de la ciudad. Una enamorada de Notre Dame, la otra del Sacre Cœur. Cada una en su momento, dejó mil sonrisas y me hizo entender que ver París con ellas es lo mejor que una madre puede tener como regalo de vida. Ese es mi arco de triunfo. 

No me quiero ir, dice Dany mientras ve la Torre Eiffel iluminada. Yo tampoco. El Sena tiene un color tan lindo esta  noche anticipa el chubasco que nos despedirá temprano en la mañana. Siempre que me voy de París llueve, como si fuera un signo de alianza para volver pronto, pronto. 

 

Lo que sucedió en Palermo

Desembarcamos en Palermo temprano en la mañana, desde cubierta, la ciudad se ve grande, se extiende como una herradura montañosa que le ganó espacio al mar. Las casas parecen cajitas de cerillos que se afianzan al suelo y se confunden entre campanarios, columnas y cúpulas. Tan pronto pisamos tierra siciliana, nos abordan varios vendedores que quieren ofrecer recuerdos, tours, servicios y de todo un poco. Una chica de enormes ojos verdes nos regala un mapa de la ciudad y nos exploca que el centro está lejos. Nos sugiere tomar un taxi y luego nos explica que el viaje en calesa es una buena idea porque hay buen tiempo. 

Dany y yo nos animamos. Suena una extraordinaria sugerencia, además de inmediato nos ofrecen un descuento y estamos tan contentas que aceptamos el trato. Subimos al carruaje y, por supuesto, el siciliano que lo conduce, Francesco, es amabilísimo. Salimos del puerto y nos lleva a ver el Teatro Massimo. Nos invita a bajar, nos toma fotografías con las impresionantes esculturas de leones de bronce y en la escalinata para que salgan las columnas románicas. Luego vamos al Teatro Politema y a la esquina de las Quattro Fontani, cada fuente es de cuatro pisos labrados en marmol blanco. El amanle cochero sigue tomando fotos. 

Pasamos por el mercadillo Della Vucciria y Francesco nos anima a bajar a ver. Lo recorremos y nos damos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol, en todos los lugares del mundo hay un mercado sobre ruedas lleno de articulos chinos que se venden con margenes de utilidad exorbitantes. 

Vamos a la Chiesa de San Giuseppe y nos conduce por los pasillos hasta una puerta que guarda el secreto reservado para los lugareños: el manantial de agua bendita de la Virgen de la Salud. Dany toma un poco de agua en el dedo y se hace una señal en la frente. Francesco le dice que no, que se moje la cara y la nuca y le enseña como hacerlo. Luego recorremos con toda calma los pasillos de la iglesia que tiene tanta riqueza en pinturas, en grabados, en mosaicos, en estatuas que es imposible dejar de abrir la boca. El cochero nos indica que  la recorramos con calma. 

Francesco nos lleva a la Piazza Pretoria que tiene en el centro una fuente de marmol con estatuas que exaltan la belleza de la figura humana, caminamos unos cuantos pasos para encontrar de frente un par de iglesias diferentes y únicas. La primera fue decorada según la tradición del cristianismo ortodoxo y en ella se encuentran iconos con la Pasión y Resurrección de Cristo, mosaicos en el techo y un crucifijo al estilo bizantino. Todo es lujo de hoja de oro y no queda un espacio sin decorar. La de enfrente fue una mesquita, ahora critianizada. Es una construcción de piedra con tres cúpulas y tres ábscides. Es la iglesia de San Catoldo, ahí descansan sus restos. Las paredes son sencillas, de piedra, desnudas de todo adorno. En el centro un crucifijo ortodoxo se ilumnina con la luz del sol que atraviesa las pequeñas ventanitas en la linterna de las cúpulas. 

Salimos y no vemos a Francesco, ¿dónde estará? Miramos a un lado y a otro. Nos asomamos a la calle, nada. ¡Qué raro! Pasan diez minutos y ya estamos impacientes. Por fin aparece. Nos dice que falta ir a la catedral pero que ya nos excedimos en tiempo, que es un abuso y que debemos pagar el tiempo extra. ¿De qué habla el tipo? Le digo que no sé a lo que se refiere y parece que le pisé un callo. Comienza a gritar y agita las manoa a granvelocidad cerca de mi cara. Me dice que le debo cien euros y yo me empiezo a reír. Creo que está bromeando. No, es en serio. El Hombre grita más fuerte y Dany se pone nerviosa. Le digo que eso no fue en lo que quedamos y con el rostro enrojecido aulla y escupe palabras en un italiano inintelegible. Mamá, págale ya, vámonos. Este hombre nos va a hacer daño.

Veo como se aleja el carruaje con mis cien euros. Me siento robada. Cuando uno sale de viaje, no todo sale bien. Pero Dany me enseña un café en una plaza medieval y decido que Francesco me robe el dinero pero no la felicidad de estar en Sicilia. Nos sentamos en la terraza, bajo un cielo maravillosamente azul y despejado. Abro el mapa de la ciudad y me doy cuenta que el recorrido lo hubieramos podido hacer a pie. Ni modos. También me entero que a pocos metros está el pueblo de Corlenone. Ahora todo me queda claro. Otro cochero se acerca y nos ofrece darnos una vuelta por todo Palermo por veinte euros. La cabeza me estalla en mil pedazos, peor, está dispuesto a  negociar un descuento. Ahora todo está más que claro.

Pero, por si caso, cuando vengan a Sicilia, caminar en Palermo es la recomendación. Todo esta cerca y accesible. Y, por si las moscas, si una hermosa italiana de ojos verdes se acerca a ofrecer un descuento, desconfíen y si les presenta a un cochero llamado Francesco, lo mejor es salir huyendo a toda velocidad, antes de que te roben cien euros.

Leer frente al mar

Leer frente al mar, lejos de la costa, cuando lo único que se ve son las olas que rodean un barco es una experiencia maravillosa. Por lo general, los cruceros son lugares con mucho ruido, llenos de gente, bullicio y actividades. Pero siempre hay un rincón especial que se presta para la lectura. Una tumbona, en una esquina oculta, en la que hay una bocina de alta fidelidad que deja escuchar la música en el volumen perfecto para que sirva de fondo a la lectura.

En ese casi santuario al que nadie llega, se puede combinar el sonido con los rayos del sol que atraviesan la ventana y entregarse a recorrer las aventuras de un protagonista sin mirar el reloj. Día en altamar que muchos aprovechan para subir y bajar, para aprender a bailar merengue o hacer pilates, para comer una y otra vez. Quizá por eso a nadie le interese ese rinconcito en el que se puede leer frente al mar.

Tomar el libro y perderse entre renglones, elevar la mirada y distinguir que el mar tiene mil tonos de azules que cambian con el reflejo de los rayos del sol o con la sombra de las nubes, divertirse con la forma en que el autor del libro combina palabras o viendo como el agua hace remolinos, forma espuma y la deshace y apreciar la línea del horizonte en la que es fácil y también dificil saber donde acaba el mar y donde comienza el cielo.

Volver a las páginas del libro y regresar a las olas del mar que mecen el barco. Imaginar que esa edificación de catorce niveles o más, es un corcho que viaja saltando entre los valles y las crestas onduladas del agua y los vaivenes del peotagonista toman un ritmo especial. Al leer frente al mar la elasticidad del tiempo se confirma. Parece que el segundero en el reloj no se mueve y, apenas nos sentamos a leer, ya llevamos más de cien páginas y ya nos llaman a cenar.   

 

Porque Louis XIV tuvo razón

Al estar frente al castillo del Louvre uno se pregunta en qué estaría pensando Louis XIV cuando decidió construir Versalles. ¿Quién querría salir de París? ¿Por qué alejarse de la ciudad más bella del mundo? Las excentricidades del absolutismo hacen que la afición por la cacería traslade, de facto, no de forma oficial, la corte a las afueras de la Capital e irse a residir a Versalles. Desde París nadie entiende la necesidad de irse y tal vez por eso se justifique a Robespierre, a Marat y Danton.

Sí, tal vez tuvieron razón, y los hijos de Francia lo saben, pero al caminar desde la estación del tren rumbo a la entrada izquierda del palacio y dar la vuelta en la esquina, cualquiera se queda sin aliento. Más cuando el día es espléndido y el cielo con nubes aborregadas combina perfectamente con la reja dorada, los motivos azules y las figuras del Rey Sol que adornan el palacio que todos los monarcas quisieron reproducir en sus reinados y que nunca llegaron a igualar. Versalles es inigualable, ni la belleza de Peterhof, ni la elegancia de Postdham, ni la opulencia de Viena tocan la majestad de Versalles. Ningún otro rey lo logró más que Louis XIV. 

Entrar a Versalles es una de las experiencas más impactantes. Desde la magnificencia de la capilla hasta el menor detalle en los frescos del techo, desde la acústica que ayuda a que el órgano se escuche como venido del cielo hasta los muebles, todo es para quedarse extasiado. Es sobrecogedor estar en el salón de los espejos. Los jardines son una delicia, son la tentación que no se debe resistir aunque los pies acaben molidos y las plantas cocidas. ¿Cómo no entender a María Antonieta, tan lejos de París en sus habitaciones? Era díficil que supiera lo que sucedía con el Rey en el edificio principal de Versalles si ella estaba en el extremo del lago, más lo era imaginar que había una vida tan diferente al traspasar los límites del palacio. No se le puede juzgar de la misma forma después de haber estaso ahí. 

Ver Versalles es comprender que un gran monarca es el que deja como herencia para su pueblo y para la Humandiad una huella de admiración como el Palacio de Versalles.  Sí, la Historia se ha encaegado de acentuar el punto de vista de Marat, Danton y Robespierre, pero la edificación del palacio es un defensor del Rey Sol. 

Sin embargo, más allá de monarcas y cortes, más allá de las desigualdades y los excesos, está la belleza del lugar. De ese Versalles que hoy podemos disfrutar turistas y lugareños, que trae una derrama económica y da trabajo a la gente del lugar. Que genera más de tres millones de visitas anuales y que contribuye a la producción de souvenirs y recuerdos entrañables.  

 Hay que ver Versalles para ver que precisamente eso que tanto le criticaron es lo que hoy justifica a Louis XIV. Sin duda, creo que Louis XIV tuvo razón. 

Entre nubes

Siempre que viajo en avión sospecho que suceden cosas extrañas. Siento que se opera una especie de cambio de dimensión en la que por fuerzas desconocidas, me vuelvo pequeña, casi minúscula y gracias a ello, los edificios de mi ciudad se ven diferentes, y México se vuele una cuadrícula multicolor que poco a poco se desvanece entre las nubes que envuelven al avión. Casi de inmediato se oscurece y la interminable fila de lucecitas que titilan sin parar, como despidiéndose, se quedan atrás.

El avión es un artefacto moderno, un  Dreamliner 787, de lo más nuevo que hay en el mercado y por suerte no es de esos animales enormes que alojan en su vientre una horda de viajeros, sino un aparato de filas de tres en tres. Nuestro compañero de viaje es un francés, flaco y callado. Estupendo, sonríe y no platica mucho. Tampoco ocupa mucho espacio y casi no se mueve. ¿Qué más se puede pedir?

La comida es decente, pasta o pollo: pasta. Vino o refresco de dieta: dieta. Sí, a dormir. Dormir hasta que casi sin darnos cuenta ya se cruzó mas de medio Altántico y las costas de Irlanda se ven en el mapa . Estamos más cerca de París que de mi casa. En las ventanillas ya brilla el sol, ¿en qué momento se hizo se día? Y por lo pronto, desayunamos antes de cambiar el horario y darnos cuenta de que allá abajo la gente ya terminó de comer. 

Las nubes siguen envolviendo al avión, son tan parecidas a las que ví hace una cuntas horas que me da la impresión de que no nos hemos movido mucho, tal vez nada, sin embargo, abajo ya está la riviera del Sena, ya se distingue la cúpula tan blanca del Sacre Coeur y el Stade de France se ve tan diminito. Ya se ve la punta de la Torre Eiffel y parece que efectvamente, ya estamos llegando a nuestro destino. Dejaremos de estar entre nubes para sentir que vamos a caminar entre estrellas. 

Sí ahora la cuadrícula de mil colores poco a poco se hace más grande,  nos da la bienvenida. Los edificios del aerpuerto son tamaño real y lo que a lo lejos parecían hormiguitas, son más aviones, más autocares con maletas,  más pipas con combustible, más personas. Regresamos a la dimensión de siempre, pero cada que me subo a un avión, algo pasa y lo,que debería se igual, ahora es extraordinamriamente diferente, aunque parezca que todo es igual.  

 

Ombudsman para Pymes

Es curioso que en un país en el que el las fuentes de empleo no crecen y la gente no encuentra trabajo aunque lo busque, en vez de apoyar a quienes quieren emprender, se les ataque. Es cierto que en el discurso oficial, tanto a nivel local como federal, se sostiene vehementemente que se apoya la inversión, que se brinda ayuda a los que quieran empezar un proyecto productivo, generar empleos y crear una forma digna de llevar el pan a la mesa. Pero ya sabemos que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Hay apoyos sí, pero las amenazas son terribles.

Poner un negocio en México es cosa de valientes. No sólo hay que enfrentar el riesgo inherente, sino que también hay que agregarle la serie de trámites inacabables que hay que cumplimentar, las inonsistenicas de la ley, los problemas de interés social y las visitas de inspeccion que cada nuevo empresario tiene que padecer. En vez de ayudar, parece que la consigna es destruir. Todo, evidentemente , se reduce a un tema de corrupción. Un invesionista puede haber recorrido el largo camino de tramitología, haber cumplido con los requisitos y aún así estar en riesgo de que le clausuren su negocio si no paga su cuota de extorsión.

Probar que alguien está siendo extorsionado por las autoridades es complicado y caro. El dinero que se debería estar ocupando en la operación del nuevo negocio se va para pagar abogados que defiendan a los que tienen la osadía de abrir por la buena un negocio o en el pago de extorsiones y mordidas. El que no quiera entrarle, ya sabe. Los sellos de clausura son un efectivo disuasor del progreso económico y del retraso de un país. También es fuente de dinero mal habido del que se nutren una serie de sinvergüenzas que un día sí y el otro también salen de su casa con los bolsillos vacíos y regresan forrados de dinero. Así, no hay quien aguante. 

Los empresarios nóveles miran a un lado y al otro en busca de ayuda. Las cámaras no tienen la fuerza suficiente para apoyar a sus agremiados, hacen lo que pueden y es muy poco, las propia Secretaría de Economía en el Distrito  Federal advierte estos problemas y en vez de meterle mano a fondo, trata de disuadir a los inversionistas. Con un, les advierto que será díficil, inician los procesos de apoyo. Las delegaciones dejan sin atender las citas de la gente que se acerca a pedir ayuda y pasan semanas y meses sin devolver las llamadas. Parece que la apuesta es acabar con la paciencia de quienes quieren invertir, desesperarlos y acabar con las iniciativas. 

Los emprendedores van de un lado al otro, pidiendo ayuda, como perros persiguiéndose la cola. No hay defensa real para ellos. Peor si son pequeñas y medianas empresas. Por eso, la idea de un ombudsman para Pymes es estupenda. Una figura que con objetividad abogue por la generación de empleos, por la creatividad, por el trabajo y por echar a rodar la rueda económica. Parece un sinsentido y no lo es. Cualquiera se iría con la finta del discurso oficial del apoyo a los emprendedores. Viven en la indefensión. 

Ojalá la idea salga adelante, sea apoyada como debe ser. Dotada con capacidad de enderezar chuecuras, de transparentar tanto humo alrededor de los empresarios que no los dejan trabajar, de poner quieto a tanto mordelón , de aplacar el hambre voraz de tanto corrupto y de tanto glotón envidioso que con vileza mata el espiritu de empresa, que es el que puede dar la vuelta  al circulo vicioso y empezar uno de productividad. 

 

Grandes transformaciones

Uno de los grandes favores que le debemos a los avances tecnológicos es la voz que se le ha otorgado al ciudadano. El poder individual de cada persona que tiene acceso a un teléfono inteligente ha hecho que la Humanidad cambie. La capacidad de denuncia se ha incrementado y ya no es tan fácil abusar o maltratar como lo era en el pasado. Basta que haya aguien con un aparatito que atrape a otro haciendo una fechoría y lo suba a redes sociales, para que quede huella.

Hemos visto hijas que con prepotencia han amenazado con clausurar lugares y tener como resultado la destitución de su padre; nos hemos reído de legisladores que llegan tarde a un vuelo y quieren, a base de gritos y malos tratos exigir privilegios, también nos hemos burlado de las faltas de orotografía que exhiben a los populares cuando comparten algo en redes sociales. Hemos denunciado a policias corruptos que extorsionan y abusan de los débiles. Ha habido movimientos sociales que se han sustentado en estos avances y que de otra forma jamás hubieran prosperado. Dictadores han caído y sabemos lo que está sucediendo con las niñas en el Africa  ecuatorial.

Las barreras de acceso se están derrumbando, antes eran pocos los que tenían acceso a un teléfono móvil, hoy casi cualquiera lo tiene. Tanto han cambiado las cosas, que el otro día pasó un hombre pidiendo limosna y hablando por teléfono al mismo tiempo. Esa ventana que permite estar al pendiente de lo que pasa al lado o a miles de kilómetros, es accesible para mucha gente incluso en un país con pobreza alimentaria.

Cada persona con un celular tiene voz y la ejerce. No hay forma de evitar o de menguar su capacidad de elección. No hay manera de evitar los memes y los vines. Cada uno, de acuerdo a su inteligencia, elige el contenido de lo que consume y de lo que ofrece. Esa es una gran trasnformación.

La que hace falta es la consecuencia posterior, el análisis de contenido. Hay mucha basura  mediática. De repente, la violencia asalta la pantalla, la brutalidad se hace presente y la vulgaridad impera. Hay videos de asesinatos, fotografías de niños pequeños y de jovencitas que no tienen nada de tierno, comentarios racistas, clonación de tarjetas, robo de identidad y muchos cambios que no han sido agradables. A veces, lo mejor es cerrar esa ventana para que no nos alcance la intoxicación.

También hace falta la consecuencia que trae la denuncia, ¿de que sirve exhibir a alguien haciendo el mal si no pasa nada? La sensación de impunidad es un cáncer que corroe a quienes se sienten afectados por un delito no castigado y a quienes se envalentonan ante la posibilidad mínima de ser sancionados. 

Sí, hay grandes transformaciones y falta mucho por hacer con ellas. Eso es bueno, queda tanto en qué pensar, por reflexionar y tenemos el espacio abierto para ello.  

 

¡Cállate!

Desde chica me ha gustado hablar. Esa predilección por la palabra me ha dado grandes satisfacciones y me ha traído problemas, sobre todo cuando no las he sabido elegir bien. En el jardín de niños, las maestras se quejaban con mis padres porque me la pasaba platicando con mis compañeritos, en primaria me castigaban porque me ponía a cotorrear con mi compañero de banca todo el día, lo distraía a él y luego a todo el salón. Recuerdo que una vez me hicieron jalar el escritorio hasta adelante, frente al de la miss, y hasta con ella me la pasaba conversando. ¡Cállate!, era la súplica constante de mis padres, que una semana sí y la otra también tenían que ir a firmar reportes, que en estricta justicia no eran de mala conducta, sino de incontinencia discursiva. No te calles, me dijo la extraordinaría Miss Úrsula Tomassi, en tercero de primaria. La voz es un instrumento valiosísimo, aprende a usarla.

En la adolescencia, ¡cállate! Se convirtió en el grito que me hacía la guerra y en la frase más escuchada. Si preguntaba algo incómodo, si contestaba mal, si metía la nariz donde no era correcto, si faltaba al respeto, me mandaban a callar. Mi abuela decía, entiende, la gente se arrepiente más de lo que dice que de lo que calla. Hay que aprender a usar las palabras, elegir de entre las buenas las mejores. Eso se llama prudencia. En aquellos años yo confundía la prudencia con la cobardía y me parecía que andar de bocafloja, jalándole los bigotes al tigre era una gracia. El dicho de calladita te vez más bonita, me revolvía el estómago.

El tiempo me ha enseñado que la prudencia se lleva bien con la valentía y que hablar menos no significa ser cobarde. No es de sabios abrir la boca y soltar al vapor todo lo que se nos pasa por la mente. El tamiz del análisis es indispensable, especialmente cuando se quiere expresar enojo, indignación y molestía. El acento se hace más importante cuando se trata de denunciar algo, hay que tener los argumentos en una mano y las pruebas en la otra. Aún así, con razones y evidencias, abrir la boca trae consecuencias. El que habla, sufre los efectos, ya se sabe. Unas veces sin positivos y otras todo lo contrario. Por lo tanto, siempre hay dos caminos al escuchar un ¡cállate! Obedecer y guardar silencio o rebelarse y abrir la boca.

Los rebeldes pueden asumir dos papeles, el de héroes o el de víctimas. Un héroe asume las resposnabilidades que conlleva haber abierto la boca y de pie, da la batalla en la defensa de su dicho, con pruebas, con argumentos, mostrando evidencia y aclarando las razones que lo llevaron a decir las cosas. Una víctima enseña heridas, llora, usa lágrimas, busca culpables y responsabiliza a todo el mundo como si fuera un agente externo a la situación, como si su persona no hubiera hecho nada por desatar el chaparrón. Chantajea. Cada quien sus metodos.

Antes, callar a alguien era muy sencillo. Los niños eran más obedientes y los adolescentes menos respingones. La gente obedecía las instrucciones que se daban con la mirada. Actualmente, un golpe en el escritorio no asusta a nadie y un ¡cállate!, es una provocación para hablar más. Sí se puede callar a alguien en un momento determinado,  pero el rumor de su voz queda. Si una autoridad quiere prescindir de una voz incómoda, puede cerrar un micrófono, puede quitar una cara para salir a cuadro, pero el silencio no es tan contundente como en el pasado. 

La radio, la televisión, los periódicos, siguen siendo medios masivos de comunicación que prueban su capacidad de llegar a más audiencia frente a las posibilidades que ofrece Internet. Sí. Pero, la posibilidad que ofrece la red es real y poderosa. Aquí, la capacidad de convocatoria es importante. Es verdad que no tiene el mismo alcance, pero es una opción. Ya sé. El trabajo se duplica y los esfuerzos para que una voz no se apague se multiplican, pero el recurso existe y es importante explotarlo. 

¡Cállate! Es una orden que cada día más está perdiendo vigencia. 

 

Día de la felicidad

El día 20 de Marzo, como sucede desde hace tres años, se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Felicidad. La alegría tiene reservada una fecha en el calendario de acuerdo al pacto firmado por los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas. A muchos esta iniciativa les resultará rídicula o intrascendente, pensarán que la felicidad no se alcanza por decreto ni se sustenta en el convenio firmado por una asamblea de diplomáticos y tendrán razón. Sin embargo, la iniciativa es más interesante de lo que parece ser a primera vista.

El día de la felicidad tiene que ver con un proyecto de vida, como una forma de moverse por el mundo, como un estado de ánimo que se debe de cultivar y que no merece dejarse al azar. Es una forma de vivir que se debe construir en vez de dejarla a la casualidad. Desde ese punto de vista, la alegría se edifica a partir de una cadena de toma de decisiones. La dicha es como una ventana cuya visagra se abre y se cierra con fuerza de voluntad, es decir, está en nuestra mano optar por el optimismo o la desesperanza. Pero es necesario planearla.

No hay nadie que puesto a elegir, escoja estar triste o malhumorado en vez de estar encantado de la vida. Pero para ser felices hay que luchar por ello. Una buena parte del bienestar del alma depende del entusiasmo que pongamos para conseguirlo. Así, para conquistar la felicidad se requiere de voluntad, consciencia y perseverancia.  Lo cierto es que pareciera que la desgracia va ganando terreno. Cada día, miles de personas abandonan la tierra que los vio nacer para buscar una suerte mejor. En este momento hay un niño que está siendo explotado, que está trabajando en condiciones inhumanas. Hay niñas que están siendo despreciadas por su condición femenina y que por esa  razón, pierden oportunidades. Hay viejos olvidados y personas que padecen los efectos de la corrupción. En este momento hay personas que no pieden expresar con libertad sus pensamientos o que son juzgadas por sus preferencias. La diferencia entre los que todo lo tienen y los que carecen de lo elemental se hace cada día más grande.  Hay personas que tienen hambre. ¿Así, cuál festejo?

Es evidente que el tema de la felicidad no es sencillo pero tampoco debería de ser complicado. No se trata de frivolizar, todo lo contrario. Se trata de desbancar a la desgracia y darle un golpe de estado al reinado de la amrgura, aunque sea a la propia. Esa conquista puede tener un valor multiplicador por la suma de las alegrías particulares. Entonces el contento se convierte en índice y se trata de convertir en una medida del desempeño de los gobiernos y las economías.  La Felicidad Nacional Bruta mide en forma cualitativa y cuantitativa el grado de prosperidad que los habitantes de ciertos países perciben en su entorno y en su vida partícular.  

Según Pilar Jericó, el Journal of Happiness Studies pone al microscopio los motivos que acercan los buenos sentimientos y alejan la tristeza, la amargura y la angustia. Dice que la gente materialista encuentra menos razones para estar contenta, en cambio la extroversión aligera el peso y abona los motivos para sentirse feliz.Los individuos que valoran las pequeñas cosas se dan más oportunidades para sentirse satisfechos que los que sólo valoran los grandes acontecimientos. La risa se contagia y las sonrisas se expanden rápido, por lo tanto, la gente sonriente se convierte en un agente de felicidad. La felicidad es un bien fácil de encontrar pero hay que salir a buscarlo, sin embargo, no llega sin invitación. Hay que ir por ella. No existen fórmulas mágicas que otorguen alegría, pero hay actitudes que la aproximan. Lo increíble es que hay gente en pobreza extrema que está muerta de risa todo el tiempo y personas que viven en la abundancia que arrastran los píes al caminar, tienen ojeras y joroban la postura. Entonces la forma de ver la vida tiene mucho que ver. 

Hay quienes piensan que esto es una babosada, que no es posible pensar en la felicidad dadas las evidencias que hay en el mundo para entronizar el desgano. Sí, hay quienes opinan que hay que ser bobo para ser feliz. También habemos los que creemos que para se feliz hace falta valor y es cuestión de inteligencia. Sea lo que sea, ¡feliz día de la felicidad!



Economía colaborativa

El mundo está cambiando y hay transformaciones que son para bien. Hoy, existen nuevas formas de hacer las cosas, que apenas salen del cascarón encuentran un impulso desarrollador y en poco tiempo extienden su influencia alrededor del mundo. También, en estas épocas, estamos viendo como conctos viejos se recliclan y vuelven a ganar vigencia para convertirse en una práctica que a un tiempo sorprende y se vuelve común. Algo así está sucediendo con la economía colaborativa. 

La nueva realidad en expansión está impulsando modelos económicos que se basan en la abundancia de compartir. Es buscar una forma de cooperar apoyándo las cadenas de distribución y consumo en forma responsable. Es dar la mano y hacer negocio. Este concepto que suena como una utopía del nuevo milenio se hace realidad gracias a los desarrollos tecnológicos que han llenado vacíos y acortado distancias. Ya todo es posible en el mundo de Internet.

La economía colaborativa es una forma de hacer negocios que tiene una base que no parece tan empresarial y que, a pesar de ello, funciona. Es centrar al ser humano como una creatura creativa que es el núcleo de un sistema activo, con capacidad de pensamiento y decisión, en vez de visualizarlo como un consumidor pasivo, receptivo y sin capacidad de elegir.

Hoy, es cada día más común hablar de economía colaborativa, de lo mejor que es hacer las cosas cooperando, de tomar el presente en las manos y ser creadores del futuro que esperamos, en vez de espectadores quietos y obedientes. No es un llamado de guerra, es todo lo contrario, es generar riqueza por medio de la ayuda mutua que beneficia a cada parte de la cadena de valor.

Su más grande fortaleza es el avance tecnológico que posibilita impactos sociales, ambientales

 y económicos positivos. La debilidad que lo vuelve más vulnerable son las viejas formas de pensar que dictan un actuar egoísta y temeroso que impide la colaboración. Claro, no hay que ser ingenuos, para entrar a un esquema de economíacolaborativa  y que todos ganen hay que pasar por un proceso de reflexión y análisis. Debe haber claridad tanto en los benedicios y las responsabilidades.

Eso que suena tan ídilico y dificil de aterrizar, por esos misteriosos reglones que escribe el dedo de Dios, se está convirtiendo cada vez más en una realidad maravillosa, que esá sacando negocios adelante, con buenos margenes de utilidad. Sí, en el mundo las cosas están cambiando, algunas de ellas para bien, otras para mejor.

Anteriores Entradas antiguas

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: