La luz de una vela apagada

Y me preguntaba cómo se vería la luz de una vela apagada.

Lewis Caroll

Alicia en el país de las maravillas

La cita la tomó prestada Guillermo Cabrera Infante para dar inicio a su novela Tres tristes tigres y lo hace para referirse a esa Habana que está a punto de morir pues está a punto de estallar la Revolución Cubana. Y, con esa mezcla extraña de hartazgo y melancolía, Cabrera le da paso a un documento en el que detiene las manecillas del reloj y nos permite asomarnos a la Isla para entender el aburrimiento, el enojo, la tristeza y, en fin, los usos y costumbres de una nación que estaba a punto de desaparecer. Hoy, a unas horas de que exista una Cuarta Transformación en mi México querido recuerdo la sensación que me causó leer estos renglones y creo que estamos atestiguando como la llama del PRI se apagó y aunque todavía percibimos el olor a esa cera y podemos ver esa línea de humo que precede la luz y aunque estamos a punto de escuchar como se talla el cerillo para alumbrar una nueva forma y aunque ya habíamos pasado por otra transformación —la de Vicente Fox—, no puedo dejar de pensar en esa nostálgica cita de Alicia en el país de las maravillas.

Ya están echadas las cartas. La mudanza en los cuarteles generales de la transición ya está en marcha. En los rumbos de la colonia Roma una casa quedará vacía. No es la única: Los Pinos se quedará sin residentes. Por las instalaciones del Estado Mayor Presidencial corre un airecillo que huele a tristeza, se acabó esa fracción heroica que cuida al presidente, a su familia y a su gabinete. Siento que en la panza se encuentran un par de sensaciones: es el fin de excesos y prepotencias o se está pateando al grupo leal al ejecutivo.

Es que en medio de tanta promesa que encendió tantas esperanzas, me gustaría irme en ese impulso y creer que todo lo que prometieron será cierto y luego caigo en la cuenta de lo difícil que le será a López Obrador estar a la altura de tanta que prometió si elige ciertas compañías que le manchan las buenas intenciones. Claro, si pienso en sus antecesores y recuerdo que el pueblo bueno —como él lo llama— más que sabio, es paciente, entonces doy un paso atrás y creo que va a ser fácil pues nos conformamos rápido y el olvido se hace cómplice.

Andamos asustados, con esa cara que trae el propio Enrique Peña Nieto, con una clase de azoro que no entiendo. Anda entre adolorido y aliviado. No se supo conectar con la sabiduría popular, no supo comunicar las cosas que hizo bien, pagó facturas que no le correspondían, se rodeo de malas compañías, la corrupción que se adivina fue rapaz e insaciable, pero lo más triste de este sexenio fue la frivolidad que le dio tono a ese mandato.

Así, a unas horas del relevo presidencial, igual que Cabrera, igual que Lewis, me pregunto como se ve la luz de una vela apagada. Me gustaría estar tan feliz como muchos que creen que en el momento en el que López Obrador se ajuste la banda presidencial, se acabará con la corrupción, con la pobreza, con la desigualdad, con la inseguridad, con la injusticia… y que todo será como ese país de maravillas al que fue a dar Alicia, pero, ya saben que me da por desconfiar.

No crean, siento ganas de entusiasmarme. Pero, no veo muchos motivos. En fin, la vela recién se esta apagando y estaré atenta a ver como se enciende esta nueva.

La disculpa de Paco Ignacio Taibo II

Me parece que la disculpa que ofreció el futuro titular del Fondo de Cultura Económica es pertinente. Las huestes que todo lo defienden ya están disculpando aquello que el propio emisor del mensaje admite como una vulgaridad. En fin, qué pena con las visitas, pues semejante improperio se emitió en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Sea como sea, Paco Ignacio Taibo II se exhibió sin necesidad de hacerlo. Más allá de lo soez, lo misógino, grosero y lo extremadamente descuidado del comentario, el señor tiene razón: su jefe, el próximo presidente, le va a cumplir su gusto a como dé lugar. ¿Así van a estar? Parece que ese es el nivel que se permiten los integrantes del próximo gobierno.

A ver, esto no se trata de algo más que de fijar una postura. La ocurrencia que arranca risotadas y provoca burlas no me parece el tono que debiera usar un funcionario. Uno puede saberse las groserías y puede usarlas, faltaba más, pero hay un lugar para cada cosa y cada cosa debe tener su lugar.

Si el señor está acostumbrado a expresarse con esa chabacanería está bien, siempre y cuando lo haga en su casa, con su gente. Incluso, cuando lo hace a motu propio, cada quien es libre de elegir el vocabulario con el que se expresa. El problema es que lo estaba haciendo como un futuro funcionario que ocupará un puesto que legalmente no puede ocupar.

Entonces, para decir que sus chicharrones van a tronar sea como sea, nos avienta semejante expresión para dejar claro que estamos regresando a los tiempos en los que el ejercicio del poder se trata de ganar a como de lugar y si la cosa no es favorable, entonces se arrebata para empatar. Muy bonito.

Más allá de las disculpas, por ahí más que arrepentimiento se nota una soberbia que da mucho miedo.

La porosidad de los recuerdos

Me parece que la memoria es una especie de queso gruyere, algo así como una calle mal pavimentada. Desde el ángulo del presente, los hoyos del recuerdo no se notan y el cerebro va completando, componiendo, remediando el hilo narrativo de lo que sucedió ya que algunas veces —la mayoría— no tenemos los datos exactos de lo que sucedió.

Pasa con lo que sucedió ayer mismo, con lo que pasó hace unas horas y con esos hechos añejos que los años llenaron de polvo y telarañas. Me parece que recordar tiene similitudes con la relectura. Creemos que las cosas fueron de cierta manera y seríamos capaces de apostar que así fueron. Entre esos hoyos que se hacen por la porosidad de los recuerdos, se nos pueden escapar hechos relevantes que huyen con rumbo al laberinto del olvido. En ocasiones, se van para no volver.

No obstante, hay recuerdos que estuvieron adheridos a los muros de la maraña del olvido y que de repente se despegan para hacerse presentes en la actualidad e iluminar aquella oscuridad que nos dejó un bache en la realidad. Eso sucede, por ejemplo, cuando regresamos a un lugar al que hacía tiempo no volvíamos.

Ayer, acompañé a Dany a hacer su examen de admisión. Mientras la esperaba en la cafetería, me puse a jugar con el iPad, a mandar mensajitos de WhatsApp, a leer y cuando ya no podía del aburrimiento, empecé a observar lo que sucedía en ese lugar.

Vi a profesores ayudando a sus alumnos, vi a muchos estudiantes comiendo y cotorreando con sus amigos, había mucha gente estudiando. Me di cuenta de lo mucho que las condiciones del lugar habían cambiado desde que yo hice ahí mi propio examen. Y, así, como ese rayo que tiró a Saulo del caballo, me llegó un recuerdo que de tan olvidado, hasta me sorprendió.

Recordé que hace más de treinta años, mi mamá estuvo ahí conmigo, esperando a que yo terminara de hacer lo que tenía que hacer. Mi mamá, igual, que yo, estuvo sentada en el mismo lugar, viendo como pasaba el tiempo, de la misma forma en la que lo estaba haciendo yo. No me acordaba de eso y estoy segura de que si me hubieran preguntado, habría dicho que claro que había ido sola. Con la porosidad de los recuerdos, la mente trata de decirme que eso no es un recuerdo, es un anhelo. Pero…, más que una imagen, está la certeza que brota de dentro. Sé que igual que lo hice con Dany, ella lo hizo conmigo. Estoy agradecida.

Lo único que espero es que mis hijas no se olviden de que mientras ellas hacían su examen de admisión, yo estaba afuera, esperándolas, tal como lo hicieron conmigo.

Como si fuera de humo

Dicen que las palabras se las lleva el viento. No en vano el jeroglífico chino que representa la palabra tiene un significado poético: humo en la boca. Es decir, es algo que quiere deshacerse en el aire. Pero, pronunciamos y escuchamos un montón de intenciones, acciones, compromisos a través de vocablos que constituyen nuestra visión de la vida, nuestras opiniones y en última instancia, aquello que somos. Para que la palabra persista, decía Alfonso Reyes en su lúcido ensayo Hermes o la comunicación humana, para que ligue y comprometa la conducta de quien la profiere es preciso materializarlas.La diferencia entre el hombre mudo y aquel que olvida sus palabras es ínfima. El que no se expresa y el que no se compromete están en un plano similar. 

Es como el ave que se lanza al aire en la vanguardia de la parvada y las demás le siguen fielmente, sin cuestionar, confiadas de que sabe cuál es la dirección y que ha tenido la mejor iniciativa. Pero, los pájaros no lo hacen en forma consciente, es más bien una suerte de imitación. Por lo tanto, si el animal que le da dirección, cambia de opinión, le seguirá sin cuestionar. No piensan, no recuerdan. Sencillamente, rompen a volar cuando ya sus compañeras están en el aire, como un movimiento unánime y simultáneo, como si su medio de comunicación y coordinación fuera una especie de rayo anódico que cruza la voluntad de cada integrante del grupo y con ello consiguieran fidelidad absoluta.

Entender la naturaleza de ese rayo subliminal nos llevaría a comprender muchas de las situaciones que se viven en el mundo de hoy y en el México de nuestros días. Los sistemas de comunicación que se basan en las palabras que comunican un mensaje parten de la base de que quienes lo escuchan, decodifican. Es decir, lo interpretan. Pero, para ello, tenemos que pasar por un proceso de entendimiento. Sólo entendiendo, podemos interpretar y en esa condición recordar. 

Pero, como lo dice la sabiduría china, las palabras son humo en la boca. Sin duda, hay a algunos a los que les cuesta más que a otros hacerse cargo de sus palabras. Cuando existe una concordancia entre lo que decimos y lo que hacemos, llegamos al punto glorioso de la congruencia. No obstante, cuando hoy digo una cosa y mañana me pronuncio en forma contraria, estoy en el punto antagónico. Es curioso como nuestros políticos han sido criticados por hacer eso precisamente: por hablar en un sentido y luego contradecirse. 

Lo triste es cuando aquellos que fueron oposición elevaron palabras flamígeras para criticar lo que desde su posición era deleznable. Lo lamentable es que esos ataque tan apasionados hoy se diluyen como pastillitas efervescentes y se convierten en justificaciones de aquello mismo que en el pasado reprocharon. Las amonestaciones se convierten en aplausos. La mafia del poder se convierte en un grupo de consejeros, los que no piensan igual son fifís, los proyectos que en un lugar destruyen la ecología en otro ayudan al crecimiento, la economía se subordina al poder político para defender a los más pobres sin que interese mucho que la tasa de interés tenga que subir y afecte a los que menos tienen.

La palabra tiene que contar con la memoria. El que habla establece la cadena magnética de la que habla Platón, boca y oreja se conectan con el cerebro. Si no tenemos memoria, las palabras desaparecerán en el espacio como ese humo que se disgrega, las ideas se disolverán y un día amaneceremos convertidos en un pueblo amnésico.

La palabra es el signo más elemental y si se la lleva el viento, ya no seremos capaces de remontarnos al cielo como las aves, terminaremos escondidos debajo de la tierra como los ratones, cruzando los pantanos como las ranas, sin darnos cuenta de que pudimos haber estado en el firmamento.

Más nos vale recordar y recordarles a los que hablan que tenemos memoria. Olvidar lo que nos prometieron no nos va a llevar muy lejos. Mejor cultivar un espíritu crítico y respetuoso. Si todos imitan y no se detienen a valorar el rumbo, habrá un regusto a humo viejo en nuestra consciencia e irremediablemente, iremos perdiendo consistencia y nos perderemos en el viento.

 

Fractura: metáfora de ansiedad y efecto contrario

 

Fractura

Andrés Neuman

Alfaguara, México 2018

Fueron tantas las recomendaciones que me hicieron para Fractura que decidí adelantarme y darle un empujoncito para que llegara al lugar del siguiente de la lista. El libro me atrapó de inmediato y estaba tan contenta de empezar a leerlo, sin embargo, me resultó difícil continuar tan entusiasmada conforme iba avanzando en la lectura. Es decir, Andrés Neuman es un escritor con oficio y en ello no hay falla. No obstante, hubo momentos en que sentí que la anécdota no iba para ningún lado y que si le hubiera metido algo de recorte al texto, le habría hecho un favor a la novela.

La metáfora elegida por Neuman busca reflejar ansiedad y peligro, pero el hecho de que haya decidido tender la novela sobre la base de esa figura habla al mismo tiempo de ambición y de riesgo: el de que se haga del kintsugi, —artesanía japonesa entretejida que consiste en convertir las fracturas de un objeto en parte explícita de su propia belleza—es una referencia tan conocida que se acerca peligrosamente al lugar común.

“Cuando una cerámica se rompe , los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte en donde se quebró. Las fracturas y sus reparaciones quedan expuestas en vez de ocultas y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto.” (p. 25)

Por lo tanto, partiendo desde ahí, se adivina a un narrador demasiado confortable, demasiado obvio y en muchas ocasiones, demasiado extraviado. Es verdad, la mayoría de sus casi quinientas páginas se leen con agilidad y podemos encontrar estímulos valiosos que nos impulsan a seguir leyendo. Pero, con Fractura pasa lo mismo que cuando esperamos probar un platillo delicioso y resulta que le falta sabor. Además, podemos anticipar su estrategia y eso lleva a que su ejecución resulte demasiado adivinable. La consecuencia obvia es que el lector puede llegar a perder interés, distraerse o llegar a fastidiarse en el camino.

En estricta justicia, Fractura tiene una estructura que no se rompe nunca, lo que demuestra el mérito notable de un narrador experimentado. Lo malo es que frecuentemente se entrevén hilos de la red que sostiene en pie el juego de voces y conceptos, es como si a Neuman, siendo un sastre diestro, le hubieran quedado las costuras expuestas, como si hubiera tenido tanta prisa o como si hubiera decidido no darle acabado a su trabajo.

La narración empieza en Tokio con un terremoto que le sirve como pretexto de ignición.

“Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria” (p. 19)

La novela propone varias líneas narrativas y analepsis curiosas. Conoceremos al protagonista, un superviviente de Hiroshima que, ya anciano, recibe la noticia de la tragedia nuclear de Fukushima.

“Hay novedades sobre la central nuclear de Fukushima. Y ahora sí son alarmantes. El radio de evacuación se ha triplicado…” (p.33)

Serán las mujeres de su vida, quienes nos narrarán las diferentes etapas de Yoshie Watanabe. Al mismo tiempo, leeremos la vida solitaria del personaje que ya está viejo y está de regreso en Tokio y lo conoceremos en voz de la francesa Violet, de la estadounidense Lorrie, de la argentina Mariela y de la española Carmen las que por orden de aparición nos contarán al protagonista joven que va a estudiar a Francia y que irá migrando por requerimientos de la empresa Me en la que trabaja. La otra línea narrativa es la que nos presenta a Watanabe solo y que por alguna extraña razón —que raya en lo inverosímil—  tiene un impulso que lo  fuerza a emprender un viaje hacia la zona del desastre que ocasionó el terremoto.

Entreverado al relato de ese viaje, escuchamos las voces de las mujeres que marcaron la vida del señor Watanabe en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Insisto en que las voces femeninas son perfiles psicológicos muy logrados; pero las fórmulas lingüísticas utilizadas para caracterizarlas se abusan y pecan de evidentes. Fastidia leer el capítulo de  Lorrie y las cicatrices que nos muestra a una mujer neoyorquina, con un discurso poblado por anglicismos traducidos de una charla americana.

“Yo tenía, ya sabes, una sensación fuera de contexto.” (p.161)

“Cuando te decidas hablar en serio, querida, seguiremos conversando”. (p. 166)

Son hilos que asoman demasiado; en palabras Lorrie utiliza para hacer evidente que Yoshie Watanabe no habla bien inglés:

“Y lo repitió varias veces, Lorrie, Lorrie (o más bien Lohie, Lohie) (p.162)

Me refiero a estas decisiones estilísticas, son decisiones destempladas. Por otra parte, entretejiendo biografía e historia, los personajes de Fractura representan ejes culturales y geográficos diversas que incrustar incrustar los grandes temas de la Historia contemporánea a la existencia de Watanabe: Hiroshima, la postguerra, y cuanto más indirecto Neuman juega con esos elementos, mejor le funciona. En este sentido, las páginas argentinas son mejores. En cambio, las voces de Violet y Lorrie serpentean los peligros de la mera dispersión o de un uso estratégico de momentos estelares, como si no quisiera dejar de aprovechar el once de septiembre neoyorkino o madrileño el once de marzo en tono tan cercano que rechina y puede lucir algo forzado.

Además, Neuman mete con calzador a un periodista argentino, Jorge Pinedo, simulando mal un alter ego del autor, que quisiera escribir un reportaje sobre los desastres nucleares. Lo curioso es que el pobre no logra entrevistar al huraño Watanabe. Tampoco se entiende qué extraña curiosidad le despierta ese misterioso señor japonés. Y en el colmo, no logra ni rematar un trabajo que debería ser fríamente periodístico. No le funciona el ejercicio.

Watanabe, durante buena parte de la novela va perfilándose y desdibujándose simultáneamente bajo la mirada que ellas ofrecen. También lo muestra en el viaje que hace a la región de desastre. Ahí la voz de Neuman se parece mucho a la de Murakami, se vuelve muy ja`ponés A partir de ahí, el estilo se vuelve abstracto, las frases son sintéticas. A partir del aterrizaje en Sendai Watanabe va adquiriendo rasgos de identidad del último personaje con el que convivió.

“Con el segundo té, Watanabe descubre que la aparente serenidad de Ariichi esconde otra inquietud. Su mayor preocupación son las tumbas de sus ancestros que se hayan en el cementerio más al norte” (p. 467)

Watanabe afirma que, con los años, uno pierde opiniones y gana ideas: es justo lo que ocurre con esta novela. Aquí están sus mejores páginas, concentradas en aquello que de verdad convoca al lector y lo conmueve: la memoria del superviviente y su soledad, precaria pero bellísimamente conectada con el otro. Watanabe deambulando solitario es la redención de la novela.

“Empezó a preocuparse más por su salud. Antes nunca quería ir al médico, huía de las consultas como de la peste. Prefería aguantar un dolor que hacerse una prueba. Pisar el hospital te hace sentir más enfermo” (p.429)

El lenguaje es impecable, la mirada en ningún sitio me hace sospechar que aunque los capítulos finales son los mejores de toda la novela, Neuman no supo cómo terminar su Fractura.

 

Populismo acelerado

Algo está sucediendo en el mundo: hay un populismo acelerado que recorre las fronteras con gran facilidad y mucha aceptación. Tal como lo califica Nigel Farange, el tsumami populista ocupa las conversaciones en los cuatro puntos cardinales del globo terráqueo. Pareciera que ser populista significa estar en contra de un sistema que tiene enfadadísima a la población mundial. En esa condición, el populismo se entiende como una forma primaria de antielitismo, lo cual puede ser una forma de reflejo que encandila.

Este populismo viral tiene como sello de la casa la afirmación de que son ellos los que tienen en exclusiva la solución de vida de los ciudadanos a quienes representan. Cualquier otra forma de representación no es válida y si alguien opina en contrario se les tacha de traidores, se les descalifica y se les desaprueba por decreto. La gente parece fascinada por esta forma de comportamiento y les da un apoyo sin límites: los sienta en el trono del poder y los defiende con fe ciega. Están blindados, aparentemente.

Lo triste es que estos populistas que critican el sistema se comportan de forma autoritaria, no ven ni escuchan razones, desde luego no atienden a nadie que tenga un punto de vista diferente y califican en formas ofensivas a los que se atreven a hacerles ver que están equivocados. Así, sustentados por una popularidad a prueba de balas, se emborrachan de poder y van como chivos en cristalería sin importarles los trastos rotos que van dejando en el camino.

Este tipo de populismo puede ocasionar un daño significativo a la cultura política y demócrata pues van en contra de números, cifras, datos duros y se enrollan en la bandera de la democracia para hacer lo que se les da la gana. ¿Eso es ser democrático? Es fácil subir a la gente al carro antisistema, pues la demagogia siempre ha tenido adeptos: es sencillo encandilar a la gente. Salir a postularse como la esperanza y la solución a toda dolencia, enciende la pasión de la gente. Generar rabia y resentimiento tiene un efecto mediático inmediato.

Lo más sensato sería resistir esta hondonada de gente que abre la boca y se resiste a aceptar la crítica. Tratar de evidenciar la fantasía colectiva que se está inoculando en la población. El populismo acelerado que estamos viviendo en el mundo rechaza la tolerancia, la transparencia, el respeto y la pluralidad. Cuando nos demos cuenta de que estamos siendo encandilados por un espejismo, el populismo comenzará su desaceleración. Basta mirar lo que está sucediendo con el Brexit para darse cuenta. A Trump ya le empezaron a frenar el carro. Maduro tiene un éxodo de venezolanos. En México, apenas vamos a sentir los efectos.

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Más divididos

Más divididos

https://ceciliaduran.wordpress.com/2018/11/07/mas-divididos/
— Leer en ceciliaduran.wordpress.com/2018/11/07/mas-divididos/

Más divididos

La sentencia estaba dictada desde antes. La elección confirmó lo que ya nos sospechábamos. Estados Unidos amanece más dividido que ayer, si es que esto es posible. Las elecciones de medio término son una muestra de la polarización profunda que existe en la sociedad estadounidense. El miedo volvió a rendir frutos, sálvese quien pueda.

Ni demócratas ni republicanos son peritas en dulce, en realidad ambas fracciones le han pasado facturas amargas al mundo. Sus visiones están encontradas y la división afecta la objetividad. Los medios de comunicación se polarizan y en vez de analizar en forma seria, se dedican a atacar y a lanzar jitomatazos a diestra y siniestra elevando el encono. Claro, ellos no son los únicos. El Presidente Trump les ha ayudado muchísimo.

El discurso de lavadero se está poniendo de moda. Los golpes de timón y los manazos sobre la mesa se vuelven prácticas comunes. A muchos, todo esto les parece normal. Usar vocabulario soez, provocar la desinformación, apoyarse en datos falsos, mentir, manipular ya resultan naturales en el ejercicio de la cotidianidad. Lo hacen demócratas y republicanos, lo hace Fox News y CNN, y muchos en el planeta observan, aprenden y copian el estilo. No falla poner atención.

Lo cierto es que las elecciones intermedias en Estados Unidos era aburridas y ahora jalaron la atención mundial. Las casas encuestadoras cumplieron y ahora sí dieron en el clavo: resultado dividido. Veremos si la voluntad del pueblo estadounidense sirve para darle impuso a la democracia y si le dieron fuerza al autoritarismo.

Hoy, lo primero que se ve en la escena es un país dividido. Aún más dividido, si es que eso podía ser posible.

Muchas vidas

Cada 5 de noviembre pasa algo similar, me pongo en tono reflexivo. Eso de cumplir años me pone a pensar, creo que eso es una de las ganancias. También me da por recordar. Algunos recuerdos son propios, otros vienen recuperados por la voz de mi mamá, de mis tías, de mis primas, de mis amigos, incluso de palabras de mis hijas o de mi marido: de mi gente.

Es curioso, a veces siento que he vivido varias vidas. En esas muchas vidas, la protagonista parece una persona distinta a la que soy. A la distancia y con el tiempo, las cosas cambian. De todos los cumpleaños que me ha tocado vivir, hay muchos que no recuerdo. Mi mamá me cuenta que cuando me festejaron el primero, todo era de Caperucita Roja, ahora me explico todo. En mis XV años, me vestí de largo y usé un vestido azul clarito, un tono como de bebé, me he puesto vestidos blancos, huipiles oaxaqueños y yucatecos. En las fiestas he tenido payasos, Tontolín vino cuando cumplí nueve y Platanito hace como once años. Ha habido mariachis, marimba, trío. He tenido regalos envueltos, llamadas telefónicas, risas y silencios dolorosos. De todo.

En general, mis cumpleaños han sido muy divertidos. De niña, una vez mis papás me llevaron con mis amigas al Teatro Lírico a ver Papacito piernas largas, otra fuimos a ver a Jorge Kaiser a un lugar que se llamaba Kloster y me cantó las mañanitas desde el escenario y yo me sentí súper importante. Hace tres años, mis alumnos me llevaron a cenar y en otras ocasiones me han llevado pastel al salón. Muchos cumpleaños me ha tocado trabajar y partir pastel con mi equipo de trabajo. Los he festejado en La Piedad, con gelatinas de pescaditos que hacía mi tía Rosita y piñatas de cántaro que mi Tía Marta decoraba. Mi Mami Lolita me hacía chile chino porque me encantaba. Me ha tocado estar en Acapulco con los míos, una vez fuimos a San Miguel,de Allende. Creo que la mayoría los he pasado en mi amadísima Ciudad de México. Por suerte, siempre he estado acompañada por gente que me quiere.

Fue un 5 de noviembre cuando Carlos me pidió que me casara con él.

No me ha tocado estar sola, aunque unas he estado rodeada de muchas personas que hoy ya no están cerca; otras nada más he festejado con mis hijas. Unos han sido sencillos y otros complicados. Me imagino que viene en el paquete de ser quien soy. Los chistoso es que en esta fecha, siento que he sido muchas personas a lo largo del tiempo. Casi me parece increíble que fui una niña que era pésima para comer o que alguna vez en secundaria se me ocurrió que estudiaría química, parece que fue en otra vida cuando jugaba atrapados en el patio de la Escuela Emerson o en la que usaba uniforme del Colegio Simón Bolívar o en la que manejaba un VW Sedan todo destartalado para ir a la Ibero. No me sorprende que en ocasiones la imagen del espejo me agarre desprevenida. ¿Quién le diría a todas esas que hoy me gusta recibir libros como regalos de cumpleaños? Segura era otra Cecilia Durán Mena la que podía leer sin lentes.

De todas las que he sido, algunas me caen mejor que otras. Pero, con sinceridad, con todas he disfrutado mucho. Me gusta como se oye mi nombre completo, con apellido de padre y madre, y la piel que habito. En todas esas vidas corre un hilo conductor que soy yo misma, que es la identidad de ser quien soy. Por años he ido a la Basílica de Guadalupe a dar gracias, a encomendarme y a pedir protección. He recibido muchos milagros, ni duda cabe.

Cumplir años y sonreír, cumplir años y agradecer. Sí, agradecer por todas esas vidas, por esta vida. Repetir la oración que me enseñó Bibi, siempre así, señor, siempre así. Siempre cerca de ti.

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