Veintidós pinos ocoteros

Ayer recibí veintidós pinos ocoteros. Son árboles niños, flacos y despeinados, los más desarrollados miden metro y medio, los pequeños apenas pasan del medio metro. Están destinados a crecer, a desarrollarse hasta medir diez, veinte o treinta metros; generarán oxígeno, servirán como pulmones, darán flores amarillas y frutos en forma de cono. Pero, antes que nada serán fuentes de esperanza.
La idea fue de Ricardo De la Vega. Él me contó que en la puerta 1 de los Víveros de Coyoacán, la SEMARNAT regala arbolitos para los que quieran ayudar en la labor de reforestación. El único requisito es llevar una credencial de elector y te dan cuatro arbolitos que ellos acunaron hasta dejarlos listos para partir al destino en el que deberán ser plantados, en el que echarán raíces y se convertirán en árboles que den sombra y protección.
Estos veintidós pinos ocoteros son un símbolo. En ellos viene inscrito el signo de la esperanza. ¿Qué otra cosa puede significar un arbolito que crecerá? Los plantaré en la casa de blanca de Coyoacan y será como llenar una hoja de papel con letras. Vienen a sanar heridas, a curar las cicatrices que quedaron después de las maravillas burocráticas que frenaron tan abruptamente los planes que hoy han de florecer.
Ricardo y Mónica, su esposa, me acompañaron por ellos. En más de un sentido fue como una adopción, me hicieron firmar en el libro de registro antes de salir con mis nuevos familiares. Salimos felices con estos seres flacos y despeinados. El lunes serán plantados en la tierra que los verá crecer y desarrollarse, en dónde los veré ganar tamaño y fuerza. Así, cada que el desgano quiera ganar terreno, tendré estos recordatorios de vigor y buen augurio.
Tener hijos, escribir libros, plantar árboles. Cerrar círculos e iniciar circuitos virtuosos. Veintidós razones para sonreír, para tener la conciencia de que siempre para iniciar, lo primero es la buena voluntad.
Así, con los símbolos del crecimiento, de aire nuevo, de protección y de belleza, como pretexto para mirar al frente, para iniciar con el pie derecho, para hacer las cosas bien, este lunes daré suelo y tierra a veintidós pinos ocoteros que ocuparán el espacio de esta casa que ya debe de dar sonrisas.
Será la casa blanca, con letras, y veintidós pinos ocoteros en la que podré escribir y de la que saldrán muchos y muy lindos proyectos. ¿Y cómo no? Hay veintidós razones para estar segura de que así será. No son ideas, ni buenos deseos o menores intenciones. Son una realidad que únicamente está espera a la espera de crecer.
Mis veintidós pinos ocoteros.

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Hay modos

No siempre podemos darle gusto a todos. Al emitir una opinión no hay forma de creer que todos estarán de acuerdo. No tengo esas fantasías. Al revés, me gusta que la gente me diga, que se genere el dialogo, que me muestre su punto de vista y que me haga ver otros horizontes. Del debate, que no del pleito, surge la posibilidad de afiliarse a la opinión ajena. Ya ha sucedido. Otras también me ha pasado que mientras más escucho la defensa de una posición más me gusta la mía.
Esta semana he escuchado los puntos de vista de quienes defienden las manifestaciones de los maestros en la Ciudad de México. Me dicen que los maestros tienen razón pues la propuesta que el Ejecutivo le envió al Congreso no fue consensuada con el magisterio, con los alumnos, con los padres de familia. De acuerdo. Me explican que las evaluaciones propuestas para los maestros son una imposición de la OCDE y que no funcionaran en México, que generarán la misma corrupción que el ENLACE, no se pero, o.k., de acuerdo. Me informan que la reforma educativa salió de un escritorio y que no contempla la realidad de las aulas, ni respeta la libertad de cátedra. No me extrañaría que así fuera, y eso es grave.
Concedo que muchos de los maestros tengan razón en sus protestas. Respeto profundamente su derecho a decir que NO. Pero, no hay forma de que yo entienda que para hacerlo se falte a la civilidad, se apachurre a los inocentes, se quemen vehículos, se lastime a otros seres humanos. No. No hay forma de que yo apruebe esos modos.
Ya me dijeron ignorante, patricia, me acusaron de ser de ultraderecha y casi, casi amante de Porfirio Díaz, ni modo. Hay formas que no me gustan. No me gusta la violencia, no hay forma de justificarla. No hay forma de que se pueda simpatizar, por más reivindican le que se su causa, que se dañe a inocentes, y se destruyan patrimonios en aras de un ideal, por más alto que este sea. No me gusta la forma en que el CNTE nos afecta para hacerse escuchar. Esos no son modos.

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Schoenberg en la Sala Nezahualcóyotl

En México hay muchas cosas que se hacen bien. Muy bien. Hay un México de clase mundial y no me refiero a ese país diseñado y operado para una clase específica inalcanzable para los mortales que no pertenecemos a un partidazo o a un sindicato, que no tenemos padrinos, o que no manejamos una chequera forrada de billetes. Hay un México que está a la mano del que se quiera acercar, en el que todo marcha melódicamente y que está al nivel de Alemania o Austria y a veces superior a Inglaterra y Francia. Sí, no exagero y no estoy soñando.
Me refiero al México que es capaz de acunar en sus seno a la Orquesta Sinfónica de Minería a la que califico, sin que me tiemble la mano, de clase mundial y les diré por qué. El próximo fin de semana, en la maravillosa Sala Nezahualcóyotl se llevará a cabo el Concierto de Gala por el fin de la temporada de verano 2013 y se hará, nada más y nada menos que con Gurrelieder de Schönberg.
Gurre-lieder, Canciones de Gurre, es un ciclo de canciones compuesto por Arnold Schönberg (1874-1951) al comienzo de su carrera. Esta enorme pieza orquestal requiere monumentales fuerzas para su ejecución, por ello sus lecturas son poco frecuentes. Basado en textos del poeta danés Jens Peter Jacobsen y traducido al alemán por Robert Franz Arnold, este oratorio con canciones para cinco voces, narrador, coros y orquesta está compuesto en el primer estilo del compositor, antes del dodecafonismo que le dió fama, y está fuertemente influenciado por Wagner y Mahler. La primera parte fue terminada en 1901 y la segunda en 1911, ambas difieren completamente en estilo mostrando la evolución de Schönberg hacia la dodecafonencia, se aproximan más al estilo romántico alemán del que el autor se abrevó desde la juventud. Schönberg empezó a componer muy joven. Franz Schreker lo estrenó en Viena en 1913 y Leopold Stokowski hizo el primer registro integral en 1932.
La plantilla orquestal/coral para Gurrelieder es inmensa. La orquestación de la obra en cuestión es 4 flautines, 4 flautas, 3 oboes, 2 cornos ingleses, 5 clarinetes, 2 clarinetes bajos, 3 fagotes, 2 contrafagotes, 10 cornos, 6 trompetas, 1 trompeta baja, 7 trombones, 4 arpas, 6 timbales, celesta, percusión con platillos, campanillas, triángulo, tam-tam, bombo, xilofón, tamboril, redoblante, una desmesurada sección de cuerdas, más cinco voces solistas (soprano, mezzo, dos tenores y barítono), un recitante, tres coros masculinos (a cuatro voces) y un coro mixto (a 8 voces). Son 401 almas las que se necesitan para tocar esta pieza, si contamos al director.
Esa es la razón por la cual es tan raro ponerla en escena. En México la Orquesta Sinfónica de Jalapa la trajo hace veinte años. En el mundo es muy extraño encontrarla en los programas de conciertos. Tan extraño es que cuando se solicita la partitura a la editorial, los nietos son avisados para que puedan asistir a escuchar la obra del abuelo. Cada que Gurrelieder se incluye en un programa es un acontecimiento mundial. Los conocedores viajan de todas partes del mundo al lugar en el que se efectuará el concierto para tener la oportunidad de escuchar las maravillas de Schönberg.
Pues Gurrelieder estará en la Sala Nezahualcóyotl y yo cuento con la fortuna de tener boletos para mí y para mi familia. Nos los regaló el maestro Juan Arturo Brennan, quien tuvo la gentileza de explicarme todo esto que hoy leen. Me contó la historia del mal amor del Rey Valdemar, de eso van los cantos de Gurre, y sobretodo, me dibujó una sonrisa en el rostro. Me recordó que hay un México de clase mundial accesible a todos. Los boletos del concierto cuestan $300.00, es decir, menos de 20.00€.
Por eso digo que estamos a nivel de Austria y Alemania, en dónde hace tiempo no se escucha este oratorio. Ni París, ni Londres lo han hecho en fechas recientes. Por eso, por eso precisamente no me tiembla la mano al decir que hay un México de clase mundial accesible a quién se quiera acercar.
Dicen que la música tiene efectos curativos. Juan Arturo y su música me pusieron los lentes con los que me gusta ver a mi México. Me llenó los oídos y me dio una lección que va más allá de las notas musicales.

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Imponer el orden

Yo no se si los estudios del CISEN estuvieron mal hechos, si calcularon mal el activismo del CNTE, si no previeron los daños colaterales, o si el Gobierno del Distrito Federal rechaza o apapacha a al turba de maestros que tienen casi paralizada a la capital de la República Mexicana. Ayer todo el día oí claxonazos. La gente, harta del caos magisterial se pegaba a la bocina de sus vehículos y la hacía sonar, como si eso fuera a obrar la maravilla de hacer entrar en razón a estos salvajes que indignamente se hacen llamar maestros.
Lo de los bocinazos, que empezaron desde antes de las ocho de la mañana, es un pálido reflejo de la desesperación y la rabia de los ciudadanos de bien que quieren salir a trabajar para llevar de forma honrada el pan y la sal a sus mesas. El mal humor, el dolor de cabeza y el tiempo perdido de los habitantes de la ciudad son males menores frente a la serie de delitos que este enjambre de revoltosos están perpetrando en absoluta impunidad. Ayer, además de bloquear el Periférico, destrozaron banquetas en Avenida Chapultepec; se roban la luz en el Zócalo, cierran estaciones del Metro, usan tanques de gas sin cuidado alguno, y vandalizan autos y microbuses. ¿Y las autoridades?
Recuerdo que en las clases de Civismo me enseñaron que mis derechos terminan en dónde empiezan los de los demás. Claramente, a los señores maestros les faltaron muchas clases de civismo. A lo mejor se fueron de pinta o de plano no entraban a esa clase. En esa clase nos decían que los seres humanos, al vivir en sociedad, renunciábamos a la facultad para imponer el orden por nuestra propia mano y le dejábamos esa responsabilidad a las autoridades. Eso, en teoría, porque se persigue el bien común. ¿Será que el bien común está más cerca de los maestros vandálicos que de los hombres y mujeres de buena voluntad que queremos hacer las cosas bien?
Mancera dice que no quiere derramamiento de sangre. Ja, lo mismo dijo Pilatos. A veces la cobardía se esconde detrás de los derechos humanos.
¿Cómo estará la cosa que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal ya se pronunció en favor de que se use la fuerza? ¡Claro! Nadie debe exceder los límites de la legalidad. El que los traspase debe ser sancionado. Estos sujetos no se cansan de pisotear la ley y lo hacen muertos de risa. Dado que los ciudadanos, civilmente hemos dejado el ejercicio de la fuerza a las autoridades, es momento de exigir que los gobiernos, federal y de la ciudad, pongan manos a la obra.
Por favor, no me refiero a mesas de negociación. Esas son ridiculeces. Estos malandrines no entienden con palabras y buenas razones. Sus prácticas no son civilizadas, son vandálicas. Para acabar con el abuso que han hecho de su derecho a manifestarse es necesario contestar de forma contundente. Necesitamos acciones de las autoridades, que defiendan a los ciudadanos inocentes que sufren los desmanes de gente que pelea por seguir en la flojera. ¿Quién va a pagar por todos sus destrozos? ¿Quién va a resarcir los daños? Llegó el momento de meter en cintura a esta gente.
Es tiempo de imponer el orden. Ya.

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¿Por qué no se hunde España?

La pregunta la plantea Juan José Toharia en un articulo que aparece en el periódico El País del domingo. España se mantiene de pie a pesar de las variables macroeconómicas, del castigo del desempleo y de las presiones por parte de Europa. La pregunta va más allá de la molestia por el aumento de impuestos, de sus enojos con Rajoy y de los escándalos por tantos abusos. A pesar de los pesares, la evaluación que los españoles hacen de las instituciones, entidades y grupos sociales es positiva.
El porcentaje de españoles que dan un respaldo a cuerpos y organismos de la organización pública es superior al 70%. Es decir, las Fuerzas Armadas cuentan con un porcentaje de aceptación del 72%, la Policía del 83%, la Guardia Civil de 85%, los médicos de las Instituciones de Sanidad Pública del 92%, se puede decir que los respetan y hasta los admiran.Únicamente los Inspectores de Hacienda cuentan con un porcentaje de aceptación de 53%, el más bajo del Sistema de Administración Pública de España.
Del sistema político en el que se encuentra la familia real, el Principe de Asturias tiene el porcentaje de aceptación más alto, 62%. El rey, después de todos sus tropezones, cuenta con un nivel por debajo de los señores de hacienda, con un 50%, el parlamento tiene 24% y los políticos 6%. En eso las cifras no son tan diferentes. Se parecen a las del resto del mundo.
Los españoles confían y aprecian a sus militares, a sus policías y a sus guardias. Confían en que sus medios de comunicación les dicen la verdad. Piensan que sus instituciones, públicas y privadas, contribuyen al bien común.
En México, donde a inicios de año y a pocos días de haber estrenado presidente, las cosas se percibían bien, y en donde las variables macroeconómicas no se ven tan descompuestas, hoy los ciudadanos no opinan como los españoles. Ni la guapura de la primera dama, ni el regreso del partidazo,ni el Pacto por México, ni el copete del Presidente ayudan. Los mexicanos opinamos casi, casi al revés de como lo hacen los españoles. Según la encuesta del diario Reforma, el 88% de la población que contestó dice que en México se percibe a los políticos como muy corruptos. El 85% da la misma calificación a diputados y policías. El 82% ve como muy corruptos a senadores y agentes de tránsito. El 77% califica así al Gobierno Federal, el 74% a los Gobiernos Municipales y el 73% a los Gobiernos Estatales. La escala de calificación iba desde nada corruptos hasta muy corruptos. Casi todos los evaluados entraron en la última clasificación.
En México avanza el corruptometro. Los mexicanos no confiamos nada en nuestros representantes. En España un ciudadano sentirá confianza al ver a un policía. En México nos dará miedo toparnos con uno. En España la gente confía en sus maestros tanto como para darles un 85% de aprobación. En México los percibimos tranzas, flojos y revoltosos. Conste, los españoles no son un pueblo suave, ni complaciente. Son críticos e informados. El nivel de aprobación que dan a sus instituciones no lo hacen de manera inocente. En medio de su tempestad, encuentran una tabla de salvación en sus instituciones.
Me gustaría que en México hubiera motivos para opinar como lo hacen los españoles. ¿Por qué no se hunde España? Por que hay confianza.

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Güevonazis

Paco Calderón es uno de los caricaturistas más agudos que tenemos en México. En sus cartones se produce la magia que sintetiza el sentir de muchos por medio de la imagen. Sus caricaturas tienen esa capacidad, nada fácil de lograr, de integrar el tema de tal forma que a un tiempo, critica y nos dibuja una sonrisa. Es más, a veces hasta nos gana la risa. Calderón es bueno para dibujar y es mejor para abreviar. A él, a su ingenio, se debe el mérito de esta maravillosa palabra que da título a esta entrada.
En México escribimos la palabra güevón con g para destacar que es una grosería, que es un insulto. Así se designa a una persona que ha llevado la pereza a un grado superlativo. Es tal el nivel de flojera que el acto ejercido por un güevón, es decir, una güevonada, es casi un sinónimo de tontería. La palabra en el diccionario editado por la Real Academia Española aparece escrita con h, no con g, y es definida como un adjetivo de uso vulgar para definir a alguien que además de perezoso es imbécil. La g que adopta la palabra es para ponerle acento peyorativo.
Según José Rafael Herandez Ferrerira, la h devino g por una curiosa génesis que se traspasó del lenguaje oral al escrito. La historia es que a los trabajadores petroleros que eran cesados por flojear en las horas de trabajo, sus jefes extranjeros les decían go home, la g se adquiere por la primera letra del verbo en inglés. ¿Será cierto? No sé, no importa.
Lo cierto es que el idioma es un ente vivo que se transforma. Huevón se vuelve güevón para darle potencia al adjetivo. Pero si se quiere definir a un flojo con ideología se gesta la palabra güevonazi.
Insisto, la capacidad de síntesis de Paco Calderón es extraordinaria. Un güevonazi será algo así como un flojo con ideas cercanas al Führer. O sea, un sujeto baldragas, negligente pero dispuesto al sacrificio que sea necesario con tal de no mover un dedo. Si el sacrificio es colapsar la Ciudad de México, cercar el aeropuerto de una de las metrópolis más grandes del mundo, tomar por asalto la plancha del zócalo, poner entre las cuerdas al Jefe de Gobierno, o traer al salto de mata al Congreso, mejor.
A un güevonazi no le interesa si el pronóstico de crecimiento de la economía cayó, si el tipo de cambio sufre alteraciones, si la inflación se eleva o si el turismo se aleja a toda velocidad del país. Les importa un pepino si la corrupción va a la alza, tal vez eso hasta les alegre, o si la lógica está o no de su lado. Para ellos lo relevante es salirse con la suya a como de lugar. Lo de menos es que ellos mismos estén aniquilando a la gallina de los huevos —con h— de oro que los sustenta. Tal vez ni cuenta se den.
También en México de le denomina güevón a aquel que es un cínico. La referencia es en torno a los genitales masculinos. Si se expresa que son grandes, significa que quien los poseé tiene mucha cara para hacer algo sumamente desfachatado. No tienen vergüenza de dar una versión falsa o distorsionada de los hechos y lo hacen con suma tranquilidad.
Sí, no hay duda de la capacidad de síntesis de los caricaturistas mexicanos, en especial la de Paco Calderón. Nos hace reír y al mismo tiempo nos hace pensar en estos personajes de la vida nacional que brotan de un sistema que tolera conductas que son mejores escritas con g en vez de con h. Aunque en el diccionario aún no existe la palabra para denominarlos en forma oficial, ya sabemos de qué se trata. ¿O no?

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Creatividad en acción

Hay una tendencia seria para incorporar el tema de creatividad en las actividades de todos los días, lo mismo en la vida profesional, laboral y personal. Universidades como Stanford están impulsando cursos de creatividad en sus programas científicos, de negocios y en sus clases de educación continua. Compañías trasnacionales están acercándose a pedir cursos de capacitación en los que se ponga acento en el tema de despertar el aspecto creativo en equipos de trabajo. En muchos sectores de gobierno me han solicitado programas en los que se hable de creatividad a servidores públicos en puestos de alta dirección. Parece que la tendencia es ubicarnos en una zona creativa y eso me llena de entusiasmo.
Por años la creatividad se reservó a los artistas que, viviendo cerca de la casa de las musas, eran los únicos que podían aspirar a crear piezas musicales, pinturas, esculturas, versos, cuentos destilados de la belleza susurrada por estas hadas maravillosas y volubles que hoy visitan y mañana quién sabe. Entonces, ser creativo significaba algo más próximo a ser artista y más alejado de la cotidianidad. Eso es un mito. Para ser un artista se requiere talento. Para ser creativo lo único que se necesita es poner atención. Todos podemos poner atención.
Resulta que un estudio de la universidad de Stanford en asociación con MIT sobre productividad llegó a la conclusión de que lo más fácil para el ser humano es seguir rutinas, a pesar de que ellas no sean las mejores para llevar a cabo, en forma óptima, cierta actividad. Uno de los experimentos del estudio fue darle a un grupo de personas una ruta fija para ir de un punto a otro. El trayecto no era ni el más largo, para no hacerlo evidente, ni el más eficiente. Esa ruta se debía seguir durante veinte días y después estaban en libertad de modificarla. Nadie del grupo de prueba modificó la ruta durante la siguiente semana. Siguieron con la ruta prefijada. Por fin, se les pidió que encontraran una forma creativa de realizar el trayecto.
Los resultados fueron sorprendentes. Se encontraron formas que ni los propios líderes del proyecto, conociendo las variables, habían imaginado. El grupo de estudio que no se movió en veinte días, descubrió mejores rutas, y sobre todo mejores métodos para llegar de un punto a otro. Formas más eficientes para hacer las cosas, es decir, en menos tiempo, a menores costos, con mejores rendimientos. ¿Qué hizo falta? ¿Qué detonó el cambio? Una llamada a la creatividad, una invitación para encontrar una mejor forma de hacer las cosas. Muchas veces las mejores prácticas están sentadas en la punta de la nariz y no las vemos porque tenemos fija la atención en otro lado, porque estamos acostumbrados a una rutina que seguimos sin ningún tipo de racionalidad. Pero siempre hay mejores formas para hacer lo que sea. No es extraño que las grandes compañías, las instituciones de gobierno y las universidades estén volviendo su mirada a la creatividad.
Ser creativo es iluminar un camino diferente y mejor para hacer algo. Es movernos. Es aventurarnos a ver las cosas desde otra perspectiva. El que no se mueve se va rigidizando hasta quedarse paralizado totalmente. La parálisis lleva al empequeñecimiento y, al perder dimensiones llegará el momento en que de tan pequeño nadie lo perciba y al final termine por desaparecer. ¿Cuántas empresas, chicas o grandes, hemos visto desvanecerse por no evolucionar? ¿A cuántas personas les pasa lo mismo?
A mi me da gusto que cada vez más y más empresas, instituciones y personas incorporen el aspecto creativo a su vida, especialmente en estos tiempos en los que es más fácil estar atentos a una pantalla que a la persona de al lado. Ser creativo es un reto y aquellos que lo toman terminan con una gran sensación de satisfacción. Estar en la zona creativa es una buena idea.
¿Quién dice yo?

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Mata más una esperanza

Nunca como hoy entiendo el dicho este que dice Mata más una esperanza que una desilusión. La agonía de los padres de los doce jóvenes del barrio de Tepito que fueron secuestrados en el antro Heavens After de la Zona Rosa de la Ciudad de México terminó. Ya saben la verdad.
Aparecieron trece cadáveres en las inmediaciones de Talamanalco en una fosa clandestina en el rancho La Negra. Aarecieron trece, sólo cinco han sido identificados.
Es una desgracia, sin duda, pero ya saben lo que sucedió. La vida dejó de estar en pausa, la duda se despejó. La verdad, por más dolorosa que sea, libera. Es evidente que para estos padres no fue agradable recibir la llamada en la que fueron notificados de lo que sucedió con sus hijos. Pero, en medio de todo, la espera terminó.
Se acabó la duda. No habrá más días esperando que la puerta se abra para verlos entrar, ni habrá horas y horas junto al teléfono pidiéndole que suene para oír su voz, ni juntas con la policía para escuchar que el realidad no saben nada, ni con la autoridades que, en apariencia, daba golpes de ciego y no daban respuestas contundentes.
Después de noventa días les llegó la respuesta, no la que querían, sin embargo, sí la que esperaban. Después de tantos y tantos días, es obvio que estarían sospechando que la llamada no les iba a traer una noticia buena. Pero la esperanza es necia, se arraiga a pesar de que no haya razones, brota porque es lo último que debe morir.
Hoy la verdad, aunque dura, ya se conoce. Podrán las familias llorar a sus hijos. Enterrarlos. Decirles adiós. Darles una tumba. En estos momentos, después de noventa días de espera, pocos sabemos de la importancia de saber la verdad; de lo relevante de un pedazo de piedra que tenga grabados el nombre y las fechas de nacimiento y muerte de aquel ser tan querido. De un lugar para lograrlos y ¿por qué no? Para orar por ellos.
No. No hay consuelo. Pero hay que dar las condolencias. Acompañar ese dolor y esa herida que, siendo de ellos, también es nuestra.

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¿A qué le tienen miedo?

Los miedos, ya sabemos, son extraños y en ocasiones brotan de lo absurdo. Para aliviar el miedo es necesario buscar su origen y resolver aquello que nos asusta. No hay como caminar con un niño en la oscuridad para demostrarle que no hay porque temer, para darnos cuenta de que debajo de la cama no hay monstruos basta con asomarse.
El miedo, al ser una sensación tan primitiva, detona reacciones que se aproximan más al instinto que a la razón. ¿A qué le tienen miedo los maestros? Quedarse sin trabajo en estas épocas es una amenaza que sin duda asusta, pero me temo que la cosa no va por ahí. Sospecho que los libros les causan una fobia inconfesable y por ello se alejan del salón de clases y toman las calles de la Ciudad de México para no enfrentarse a esos enemigos de más de cien hojas.
¿Y los diputados? ¿A qué le tienen miedo nuestros legisladores? No entiendo la necesidad de andar en sedes alternas, brincando de un lado al otro de la ciudad, como sacándole la vuelta a los manifestantes de la CNTE. Hay que dialogar y hacer uso de la palabra para hacerles entender que México necesita maestros que al pararse frente a un salón de clase sepan de lo que están hablando; que no les de miedo presentar un examen y ser evaluados; que sientan la confianza de que al corregir a sus alumnos lo están haciendo sobre bases bien fundadas. Me temo que los señores representantes del pueblo tienen miedo de enfrentar al magisterio, pues es por todos sabido que no hay mejor técnica de enseñanza que el ejemplo, y…, ejem, ejem, tal vez ellos no tengan mucho para presumir.
¿Y el Jefe de Gobierno? ¿A qué le tiene miedo? Es probable que la enorme silla en la que le tocó sentarse todavía no le acomode, a lo mejor no se ha dado cuenta que es su obligación preservar el orden y garantizar la seguridad a los ciudadanos. Seguro no se ha dado cuenta que la Ciudad no es un ring boxístico ni el es un arbitro. El es el Jefe de Gobierno. En sus funciones no está poner mesas de dialogo, es más, ¿para qué querría la CNTE hablar con él? ¿Será posible que Miguel
Ángel Mancera aún no se entere de sus funciones? ¿A poco no sabe que en su descripción de puestos no está incluido el legislar? ¿Ni andar ofreciendo intermediación es en asuntos que no le corresponden? Su obligación es enterarnos de lo que sucedió con los muchachos de Tepito que llevan una eternidad desaparecidos. Tal vez le parecen pocos todos los pendientes de la Ciudad y el aburrimiento que le causan sus pocas responsabilidades lo lleven a ofrecer, desinteresadamente, su valiosa y eficaz ayuda, en temas que claramente no son de su competencia.
¿Y el Secretario de Educación a qué le tendrá miedo? De todos, él es el que luce más asustado. Se le percibe arrinconado. No se le ve en escena. ¿Por qué se asustan si la razón está de su lado?
Tal vez le teme al entuerto que quedó sin las evaluaciones magisteriales.
¿Y si enfrentaran el miedo? ¿Y si caminaran por la oscuridad y descubrieran que no hay monstruos? ¿Y si leyeran? ¿Y si se dieran cuenta de que los libros no les van a hacer daño y estudiar no los va a lastimar? ¿Y si estudiaran?
Tal vez así sí se les quitaría el miedo.

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Lo siento mucho

Cuando uno ofende a alguien hay que ofrecer disculpas. Eso es lo que hoy, en forma sentida, estoy haciendo. Ayer escribí una frase desafortunada que recorrió el camino y se transformó en ofensiva.
En un afán que terminó siendo despectivo, me referí a los maestros que tienen bloqueadas las instalaciones de San Lázaro, y hoy las del Centro Bancomer, de esta forma:
“No nada más porque en vez de parecer un gremio de maestros parecen de apaches…”
Mi amigo Danilo me hizo esta observación:
Aquellos que somos de origen indígena, mi padre era Ben-Saab (zapoteco dicen los blancos),
sentimos profundamente que cuando alguien quiere describir una turbamulta nos toma como
ejemplo de desorden y salvajismo.
Es momento de superar esos abusos de lenguaje; muchos de ellos aprendidos desde la más temprana infancia en el marco de una sociedad hipócrita y racista; y que muchos no han aprendido a evitar y utilizan sin pensarlo mucho.
Los Apache hicieron lo que tuvieron que hacer frente a la agresión que en su tierra, población, y cultura recibieron por parte primero de los españoles, después de mexicanos y de estadounidenses. Tuvieron que escoger entre la esclavitud y la muerte. En el marco de lo que ahora llamamos una guerrilla devolvían los golpes que recibían siempre que podían. La guerra fue desesperada, extremadamente cruel y sangrienta…para los Apache era un desesperado intento de preservar su vida…para sus adversarios era una guerra de rapiña y despojo…una guerra de exterminio. Nadie resultó vencedor; en tal tipo de contienda nadie puede ganar…solamente pueden sufrir los desmanes del “enemigo” acumulando odio y encono.
Si defender la vida de la familia, y la propia, tu cultura, costumbres, religión, y estilo de vida ante la agresión de un extranjero es un acto de salvajismo…entonces tendré que conceder que los indígenas somos un “gremio de apaches”.

Tienes razón Danilo, mi referencia fue un abuso de lenguaje. No hay más que decir, sólo ofrecer un millón de disculpas. Lo siento mucho.

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