Más análisis y menos juicios

Las dicotomías tronadoras, las opciones divergentes, el bien y el mal, lo que se piensa a bote pronto puede llevarnos a tomar opciones equivocadas. La lógica se compromete cuando sin pensar, emitimos un juicio y condenamos. La ignorancia es la mejor amiga de la condena automática. La intuición muere ante el impuso de elevar el dedo y señalar lo que está mal, así porque lo digo yo. Rasgamos el tamiz del análisis y rompemos la criba por la que se han de filtrar los datos. Al son de: o estás conmigo o estás contra mí se concibe la estupidez. 

Lo más común es dejarnos ir por el embaucamiento, por esa tentación de emitir un juicio por el simple hecho de que se puede. Los chismes y las grandes tragedias brotan del mismo germen, opinamos sin saber. En un gran sinsentido, ponemos a un lado los argumentos y preferimos dejar de ver la evidencia para abrir la boca porque sí. Y, en pleno siglo XXI, con tanto adelanto, preferimos desandar los pasos y volvernos tan flamígeros como si fueramos perseguidores de la Santa Inquisición.

Entonces, con estos criterios, pongo ante el paredón lo mismo a una madre soltera que a un hermano voraz, a un hombre que le gustan  los tacones que a un delincuente, a alguien con la piel de color distinto que a una enfermedad contagiosa, al que se viste diferente, al que come algo que no he probado, al que huele a algo que no identifico, a una mujer que decidió ponerse corbata, al que extiende la mano para pedir limosna… En fin, todo lo que resulta ajeno se constituye objeto de juicio y no de análisis.

Cuando juzgamos de primera intención aumentamos el riesgo de equivocarnos. Reducimos el campo de la inteligencia. Las innumerables veces en las que hemos elevado la voz en contra de algo, lo que sea, porque no lo entendemos, trae como resultado errores que más tarde tenemos que enmendar. Caemos en la tentación del juicio a priori. El camino al error se pavimenta por todos estos actos de soberbia en los que despreciamos lo que nos resulta irreconocible. 

Todo empieza con un simple mecanismo de defensa que se transforma en un hábito destructivo. Es absurdo. Las señas de intolerancia hablan más de quienes las emiten que de sus juzgados. Pero, criticamos con una autoridad que no tenemos a las mujeres que luchan solas, a las parejas que se han vuelto a casar, al par de chicos que se arreglan demasiado, a las que usan tacones dorados, a los que se pelean, a los que viven de otra forma. No obstante, esos juicios se desbaratan por la incongruencia que los conforma.

Antes de caer en la tentación flamígera de juzgar, siempre es mejor analizar. No hay tema que no quepa en el análisis. Y, entonces, a partir de la observación, de la comparación, del estudio, se podrá concluir con mejores bases. Antes de abrir la boca, sería bueno reflexionar. Desde el chisme más sabroso hasta la negociación más intrincada, si pasa por un proceso de  disquisición, llegaremos a mejores puertos.

Por eso, ante un mundo tan revuelto, con escenarios tan encontrados, con tanto bocazas que tienen acceso a micrófonos, con tanto violento por las calles, con tanto burro haciendo gestos y arrugando la nariz, lo mejor es la prudencia del análisis. Lo demás nos pone en evidencia.  

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La voz de Pedro Ferriz de Con

Por andar en otras cosas no me enteré del rumor de lavadero que devino en la decisión de que Pedro Ferriz de Con dejara la emisión de radio matutina del noticiero de Grupo Imagen. ¿Cómo fue que un enredo de faldas escaló desde los niveles de una revista de chismes hasta bajar del micrófono a un personaje con una audiencia importante?
Con independencia de si nos gustaba o no su línea editorial, el formato de su noticiero, la hora de la emisión, los comentaristas que lo acompañaban, o cualquier aspecto de su trabajo, es lamentable que una persona acabe su vida profesional de esa forma y por esa razón.
Suficientemente comentado está por sus amigos y por sus enemigos si un lío de infidelidad es materia periodística o un hecho del ámbito personal, si es correcto salir con la nota o si hacerlo ensucia al que la da a conocer, o si suceden ambas cosas.
Me parece extraño que un tema como éste precipite a alguien al tobogán del desprestigio. En México no somos tan puritanos como en Estados Unidos, ni Ferriz es Ted Kennedy. Tampoco somos como los franceses que ven esos hechos como una forma lateral de hacer plática, si no pregúntenle a François Hollande, su desliz tuvo un costo sentimental, privado y personal, pero no por ello perdió la oficina del Eliseo. Los franceses se divirtieron con el hecho sin linchar a nadie.
A mí me hace sospechar el tema de Ferriz. La natural hubiera sido que todos estuviéramos chismeando y criticando la conducta poco leal y que pasado el tiempo, es decir, cinco o seis días, se nos hubiera olvidado todo y él tuviera que dar cuentas en su casa y ya. Tal como sucedió con el escándalo de Loret de Mola, lo agarraron en un hotel de paso, todos se burlaron y el siguió al frente de su noticiero y a nadie más que a su esposa le interesó pedirle justificación al respecto. Pero con Ferriz fue diferente.
Lo lamento. A mí Pedro Ferriz de Con me evoca los tiempos de la universidad cuando salía temprano de casa y en el trayecto encendía el radio de mi vochito gris para escucharlo. Era una voz fresca, alejada del acartonamiento de los modos de aquel entonces, él era Pedro, no licenciado, se atrevía a morirse de risa frente al micrófono y a contarle chistes a la audiencia. Se ganó al público con un estilo coloquial y fue un contrapunto frente a las formas rígidas que se encontraban en todos los demás medios. Fue una apuesta arriesgada y le salió.
Desde mi punto de vista, su mejor época fue cuando hizo equipo con Carmen Aristegui y con Javier Solorzano. Entre los tres lograron un equilibrio por la diversidad de puntos de vista. Luego vinieron los pleitos, las rupturas, las separaciones y la arrogancia.
Confieso sin pudor que fui fan de Pedro Ferriz de Con por años y que dejé de escucharlo porque sus opiniones se aproximaban mucho a las mías y prefiero escuchar y leer a quienes ven la vida desde otro ángulo, distinto al mío. A veces, sintonizaba su emisión y lo escuchaba con alegría y otras, cuando notaba la complacencia con la que aceptaba elogios de sus subordinados, cambiaba a toda velocidad de estación.
El Pedro de hoy me gustaba menos que el de hace veinte años, pero me seguía gustando. Me encantaba oírlo hablar del espacio, de ciencia o de viajes. Era como estar platicando con alguien simpático. Me chocaba escucharlo complaciendo a los poderosos y me afiliaba a sus críticas cuando se le iba a la yugular a la izquierda mexicana en sus incongruencias y en sus barrabasadas. Ferriz no tenia miedo de escucharse políticamente mal porqué no le tenía miedo a los idolitos sociales. Esa voz crítica la voy a extrañar. Esa que no se le doblega por fórmula a López Obrador, como lo hacen muchos.
Por eso lamento que se vaya por la puerta de atrás. Mi padre dice que hasta de las cantinas hay que salir por la puerta de enfrente, sólo los que deben algo se van por la de atrás. ¿Que debe Pedro? Sospecho que aquí hay algo más y para averiguarlo hay que ver quienes son los gatos que se están relamiendo los bigotes.
En está salida hay muchos tropezones y sin sentidos. Dicen que se quiere dedicar a la política, con este escándalo empieza mal. Su mujer sale al aire concediendo una entrevista a Fernanda Familiar en la que quiere darle apoyo a su marido, se oye sumisa y leal pero confirma la infidelidad. Lo exhibe como un abuelo que tuvo ganas de aventura, mientras la novia o sabrá Dios quién filtra una grabación que lo hace lucir como un amante impetuoso. Vaya,vaya. Quién ayuda y quién ensucia resulta confuso.
No entiendo este extraño caso de Pedro Ferriz de Con y cuando no entiendo, me da por sospechar. ¿Cuál será la verdadera razón para apagar esa voz?

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