Los simpatizantes de El Chapo

Es duro ver las imágenes de gente manifestándose a favor de un capo. Parece ilógico que existan personas que salgan a las calles a dar su apoyo a Joaquín Guzmán Loera y, sin embargo, ayer varios grupos en las ciudades de Mocorito, Guamuchil y Culiacán elevaron la voz para pedir la libertad de “El Chapo”, o ya de perdida, un juicio justo. La verosimilitud sobra, es lo inverosímil lo que impera.
Ojo, que no se piense que era un grupo de salvajes, o de gente que ignoraba lo que estaba haciendo ahí. Eran grupos organizados, uniformados, que vestían con camisetas blancas, confeccionadas para la ocasión, que portaban pancartas para hacer públicas sus exigencias. Arrugar la nariz, elevar el dedo índice para señalarlos y apuntar lo equívoco del acto es no entender nada. Lo interesante será preguntarnos por las razones que le dieron valor a todas estas personas que, conociendo de la gravedad de la situación, se atrevieron a retar al Gobierno Federal de semejante forma.
Hay que entender que la enfermedad que nos aqueja como sociedad y que se llama narcotráfico tiene muchas aristas. Es un animal que tiene varias espinas. Un modelo que se alimenta de una gran cantidad de variables que se deben de atender con cuidado.
Para llegar a una evaluación correcta es preciso entender que el tema económico-financiero es de muy alta importancia. La derrama de la actividad del narco genera prosperidad para muchas regiones. Atención. No estoy construyendo un panegírico de la ilegalidad, pero ver el tráfico de drogas como una operación de sicarios, sangre, balas, traiciones, miedo y armas es tener una vista parcial del fenómeno. Eso funciona para las series de televisión, para escribir una novela sangrienta, para la vida real, no. Hoy en día los carteles son corporaciones trasnacionales, con redes logísticas sofisticadas, con estrategias financieras que involucran a instituciones en varios países del mundo que están dirigidas por personas preparadas y que saben de lo que están haciendo. También son grupos que ayudan a las comunidades.
Dejar de lado que los grupos de mafiosos construyen iglesias, pavimentan calles, generan empleos, pagan bien el trabajo de campo, es no estar viendo en forma global el problema.
Por eso la gente quiere al Chapo Guzmán. En las regiones de influencia de estas organizaciones criminales ha habido progreso y eso es muy duro de reconocer. Los carteles de la droga han sido eficientes en rellenar los huecos que los gobiernos —municipal, estatal y federal— han dejado. Esos hoyos que se han formado por incompetencia, por corrupción o por las dos cosas, los delincuentes los han aprovechado a su favor.
Duele ver que en Sinaloa haya grupos que apoyen a un asesino, a un delincuente de la talla de Guzmán Loera, pero hay que entender las razones del hambre, del desempleo y de la injusticia que este hombre aprovechó a su favor.
Claro que El Chapo no es Robin Hood ni Chucho El Roto. No es un santo, es todo lo contrario. Desde luego, lo que sí es, es un empresario que supo darle a la gente mucho de lo que le hacía falta. Lo hizo para su propia ventaja y en beneficio de sus actividades. Al hacerlo, muchos también gozaron de las mieles de la gestión y operación del cartel. Por eso lo quieren. Eso es muy duro.
Es muy intenso enfrentarnos con la simpatía sincera a un hombre de la talla de Joaquín Guzmán Loera. Por eso pudo andar a salto de mata tantos años, tiene muchos adeptos que le son fieles. No sólo en Sinaloa. ¿A poco en Chicago no tuvo cómplices? ¿O en Texas la droga se distribuía sola? ¿O anduvo tocando de puerta en puerta para vender sus productos por toda la Unión Americana? Yo creo que allá también tiene sus simpatizantes, pero de eso nadie habla.

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¿Por qué me gusta Villoro?

En el mundo de la escritura hay de todo, autores eruditos que son petulantes, escritores entrañables que saben contar buenas historias pero que no les gusta hablar mucho, palabreros arrogantes, genios que andan todo el tiempo despeinados, amantes de la crítica, gente con o sin prestigio, enormes totems a los que se guarda culto, principiantes, grandes, chiquitos, en fin de todo. Es un mundo difícil, muy competitivo, a veces elitista, en el que es complicado abrirse camino. Para triunfar, el grado de complejidad aumenta. Que logres el reconocimiento del gremio es un límite que tiende a lo imposible. Pocos lo logran.
Juan Villoro pertenece a este mundo. Es un espécimen del gremio sumamente extraño. Conjunta varias cosas, sabe escribir y escribe de todo: novela, cuento, crónica, y una sencillez que cautiva. Ni él ni sus textos suenan afectados ni ampulosos. La inspiración le alcanza para hilvanar una novela y la capacidad de síntesis le permite narrar maravillas en los mil caracteres de su columna de los viernes. Lo mismo habla de fútbol que de París, de poesía que de los desfavorecidos; puede ser serio y conmover, o irónico y arrebatar carcajadas.
Me gusta Villoro por su buena pluma, espero sus entregas semanales con verdadera ilusión, no me las pierdo. También me gusta la sencillez con la que recibe el aplauso y la naturalidad con la que cita a James Joyce. Su pluma es ágil y accesible, como él mismo. No necesita valerse de grandilocuencias ni de vericuetos pseudoliterarios para demostrar su dominio en las letras.
Villoro toma el traje del éxito y se lo pone sin trabajos, parece que en la sastrería del triunfo le hicieron una confección a la medida. Se le ve cómodo, ni le queda grande, ni chico. Disfruta, se ve alegre lo mismo entre políticos, intelectuales, escritores, estudiantes que con aficionados al fútbol. Igual en una conferencia para muchachos de la escuela de mis hijas que ingresando al Colegio Nacional.
Pero, lo que más me gusta de Villoro es la generosidad que le demuestra a los que están interesados en ser escritores. Juan habló con Andrea como quien habla con un colega. La felicitó por haber escrito una novela a los catorce años y por haberla publicado a los quince. A mi me guiñó un ojo y elevó el pulgar derecho. Fue la nobleza de un padre que con empatía dice ¡qué bien, buen trabajo!, y la delicadeza de un caballero que le da todo el lugar y el espacio a alguien que inicia sus pasos por un mundo que resulta difícil de entender.
Es refrescante saber que en los entresijos del laberíntico mundo de la escritura, hay una persona que en vez de hacer —y hacerse— la vida complicada, la hace sencilla y accesible. Tal como lo refleja en sus textos.
Me gusta Villoro, me gusta que haya entrado al Colegio Nacional y que haya sido arropado por el claustro y que en él se encuentre su padre. Lo acompañaron muchos, de entre ellos celebridades como Cuauhtémoc Cárdenas o Elena Poniatovska. Ahí estuvo su familia, su madre brillaba orgullosa. En su discurso de ingreso se hizo acompañar por Navokov, Rulfo, Borges y Onetti, al invocarlos en sus líneas. ¿Cómo no me va a gustar Villoro?
Deseo que sus letras mantengan vivo el fervor de la lectura y esa eterna sonrisa en el rostro.

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Por una fotografía

Una fotografía es algo más que una imagen fija en un material sensible a la luz. Es la posibilidad de perpetuar un instante, de atrapar un segundo y liberarlo de las manecillas del reloj. Es alejarlo de la posibilidad de extinción inmediata y condenarlo a la caducidad del material impreso. Sí ese material es digital, el daguerrotipo brincará a los niveles de la eternidad.
El ser humano del siglo XXI ha desarrollado un tórrido romance con la fotografía. Hoy, Joseph Nicéphore Niépce, se debe sentir sumamente orgulloso del invento que generó siendo un soldado retirado del ejército francés, mientras disfrutaba el ocio en el pequeño pueblecito de Le Gras.
En estos momentos, hay cientos de personas subiendo fotografías en Instagram, publicándolas en Facebook, colgándolas en Twitter, enviándolas por Whatsapp. En la era de la autopromoción, la fotografía vale más que mil discursos y sobrepasa cien mil ideas. Mientras más te vean, más te adoran.
Atrás quedaron los días en que los paparazzi eran los únicos que harían cualquier cosa por obtener la imagen anhelada, la valentía y la imprudencia de estos seres se ha reproducido con virulencia y se ha instalado en el código genético de miles de seres alrededor del mundo. Hay un hambre por invadir el espacio con imágenes. Sí el la propia, cuánto mejor.
No estoy hablando de la frivolidad exclusiva de púberes y adolescentes. Me refiero a los grandes esfuerzos que primeros mandatarios hacen por retratarse y dejarle así un legado a la Humanidad. Aunque sea ese tipo de legados. Lo de menos son los sacrificios, las carretonadas de billetes y monedas que eso implica, las molestias que generan y se autoinfligen. Lo relevante es obtener la imagen.
Fíjense si no. Vladimir Putin gasta fortunas para tomarse la foto inaugurando los Juegos Olímpicos de Invierno, a pesar de que sabe que el valor presente neto de esa inversión es negativo. El presidente Mariano Rajoy viaja por horas, hace fila de espera para tomarse una foto con Barack Obama en la Oficina Oval y regresa con el preciado tesoro en las manos; no se lleva nada más de la visita. Toluca se paraliza. Hay movilizaciones de las fuerzas armadas mexicanas, del servicio secreto estadounidense y de inteligencia canadiense para la Cumbre de los Líderes de Norteamérica. La foto quedó muy chula. Eso y la piropeada que le dieron al chorizo toluqueño, que resultó imposible de degustar. Miles de pesos, dólares y monedas canadienses se invirtieron en una foto en que Enrique Peña se veía muy bajito. De visas, migración, tráfico de armas, violación de derechos humanos, nada. ¿A poco querían que nos señores estadistas salieran con la cara avinagrada? Dios guarde la hora. Podrían haberse despeinado. No, eso sí que no.
Claro que hay algunos que cotizan muy caro posar para la cámara. Fidel Castro se toma la foto, si y sólo si, le condonan la deuda. Concedido. Todo con tal de que el Presidente de todos los mexicanos tenga su foto del recuerdo. ¿Se la habrán autógrafiado? A lo mejor no. Tal vez por una firma de Fidel haya que pagar más. Sí, aún más.
Lo triste es que mientras los mandatarios gastan los dineros de sus pueblos en tomarse las imágenes que nos heredaran para la posteridad, la mayoría ni cuenta se da por estar posando para sus propias cámaras.
Por obtener una foto, por esa fotografía, valen todos los esfuerzos. Al menos eso parece pensar la mayor parte de la humanidad. ¿No es por eso que ahora encontramos en los diccionarios en inglés la palabra selfie? ¿Cómo lo diremos en español? ¡Es lo de menos! Lo importante es no moverse y salir en la foto.

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Día de festejo, El Chapo está preso

No hay porqué confundirnos. Sin lugar a dudas, los mexicanos tenemos que unirnos al festejo del Gobierno y de las Fuerzas Armadas mexicanas por la captura de uno de los delincuentes más peligrosos que haya conocido la historia de la humanidad. Joaquín El Chapo Guzmán desde ayer duerme en una celda de la prisión de alta seguridad del Altiplano.
No se trata de aplaudir como focas a los uniformados que lucieron tan bien puestos y planchados, ni de darle loas al Secretario de Gobernación o al Procurador a los que se les vio tan descorbatados. Se trata de ponerse de pie ante la captura del criminal más buscado en la faz de la tierra.
Pero nos gusta la suspicacia y nos llama la duda. Por aquí y por allá escucho de todo. Desde cuestionamientos sobre la verdadera identidad del hombre capturado hasta el posible acuerdo con capos de otros carteles. Dejamos que las visiones apocalípticas de lo que está por venir en términos de violencia en la guerra contra el crimen organizado le gane a la proeza lograda.
No sé. Tal vez soy muy ingenua pero yo sí creo que el hombre que se presentó a los medios es El Chapo Guzmán.También creo fervientemente en los motivos de festejo que debe haber, no por el relumbrón que le da este golpe a la administración de Peña Nieto justo al concluir la visita de sus homólogos norteamericanos. No. Mi alegría se gesta por todos aquellos soldados y marinos que cayeron en el campo de batalla tratando de atrapar a este siempre prófugo y por todos los que hicieron las cosas tan bien que no hubo necesidad de una sola bala. ¿Les entregarán las recompensas prometidas por el Gobierno mexicano y por las agencias de inteligencia estadounidenses a los captores del Chapo? ¿Y las familias de los que perdieron la vida en este intento, verán algún beneficio? ¿Habrá condecoraciones y reconocimientos? Claro que los aplausos duran poco, es preferible que los vítores sean acompañados por algo más contante y sonante. Especialmente cuando hablas de viudas y huérfanos.
Ojalá que ellos no sean olvidados.
Esos valientes que aguantaron balazos de pólvora y cañonazos de billetes verdes —o de cualquier color—, esos que se mantuvieron firmes y no fueron vende patrias. Esos héroes merecen nuestro reconocimiento y nuestra alegría por una tarea bien hecha.
Escucho al alcalde de Chicago alegrarse de que por fin el enemigo número uno de la ciudad ya está en prisión. Todos aprovechan la oportunidad para tomar el micrófono. Me pregunto si ahora las tiendas de recuerdos en la Ciudad de los Vientos, venderán sudaderas, gorras, llaveros, y todo tipo de souvenirs con el rostro del Chapo, tal como hoy se venden los de Al Capone. ¿Habrá restaurantes con el nombre del capo? Sería injusto que a Joaquín Guzmán no se le rinda el mismo tributo que a Scareface. ¿No hicieron los dos, en su momento respectivo, un imperio alrededor de la venta de sustancias prohibidas?
Desde luego, Capone palidece ante Guzmán, el primero jamás fue catalogado en la lista de millonarios de Forbes. De crueldad, ninguno jugaba a las muñecas. Tan malo uno como el otro. Veremos. Tal como son allá, pronto veremos pastilleros de porcelana adornados con los bigotes de Guzmán Loera.
Espero, por el bien de todos, que la puerta del penal del Altiplano sea más chica que la de Puente Grande, que Joaquín Guzmán encuentre lo que se merece ahí adentro y que por el bien de todos, los jueces hagan el trabajo tan bien como lo ejecutaron los marinos que agarraron al Chapo en Mazatlán.
Son días de festejo, de recibir felicitaciones, de dar declaraciones, de levantar los brazos en señal de victoria. Sí, los que dan la cara son unos. Los que merecen los laureles son otros. Hay héroes en México que pusieron tras las rejas al que anduvo prófugo en los anteriores dos sexenios. Vayan los aplausos a ellos.

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El amor por un personaje

Walt Disney murió un año después de que yo nací, sin embargo, pertenezco a esa generación que fue tocada por la productividad creativa de este hombre. Esta influencia me impresionó en más de un sentido. La primera vez que fui al cine —en La Piedad, por cierto y de la mano de mi Tía Marta— fue para ver Mary Poppins. Para mí Disneyland sí era el lugar más feliz del mundo y el en carrusel en el centro de Magic Kingdom vi como mi papá se transformó, dejó la envoltura de hombre serio para ser un niño que daba la vuelta en el tiovivo. Fui de las que tuvo su Mickey de peluche y de las que esperaba los domingos para ver el programa de televisión El mágico mundo de Disney. Mis hijas creyeron volar en el juego de Peter Pan y todavía conservan el cuaderno de autógrafos de los personajes de sus películas favoritas.
Por todo esto al decir que la película Saving Mr. Banks me tocó profundamente no tendría razón para sorprender a nadie. Pero, a mi favor debo decir que no fue la estupenda actuación de Emma Thompson, ni la personificación que Tom Hanks hace de Walt Disney, ni Mary Poppins como telón de fondo lo que me conmovió. Fue otra cosa.
La película nos muestra el complicado camino que tuvieron que andar el propio Disney y la autora de Mary Poppins para llevarla a las pantallas. El personaje de P.L. Travers le puede resultar odioso a una gran parte de la audiencia de la película, y la magistral interpretación de Thompson inclina mucho la balanza a ello. A mí la autora me resultó entrañable.
Mrs. Travers, como se hace llamar en la película, me fascinó por la fidelidad y el cariño a prueba de balas que le tuvo a sus personajes. La historia de la niña con el padre alcohólico sirve de lugar común para desarrollar una defensa a ultranza de la creación literaria. Eso es digno de conmoción.
Una apología que parecía en ocasiones una defensa desesperada enmascarada de una intransigencia inflexible. ¿Quién ama tanto a sus personajes como para acorazarlos durante veinte años? ¿Quién ante la seducción de Hollywood, y de la parafernalia del estrellato en los sesenta, protege así sus ideas? P.L. Travers lo hizo.
Con independencia de si los estudios Disney de hoy sublimaran o no la trama, más allá de sí el propio Walt Disney se encaprichó con el personaje, o si en verdad quería cumplir una promesa, lo hermoso de esta película Saving Mr. Banks, o El sueño de Disney, como le pusieron en español, es el amor por seres fantásticos, salidos de la imaginación, de la mente creativa de una mujer que las prefiguró con tal grado precisión que no se permitió —ni permitió— que le quitaran o le adicionaran algo si no era por medio de una lucha quasi campal.
Hace poco Juan Villoro le dijo a Andrea: “Los escritores somos esas personas que no nos conformamos con la realidad, por eso la alteramos para hacerla mejor.” Sí. Los escritores empuñamos las letras para darnos nuestros finales felices, aunque el final de la historia que escribimos no lo sea; es feliz para nosotros por ser el final que siempre quisimos. Porque tenemos esa capacidad de alterar esa realidad, a veces sólo para nosotros, a veces también para nuestros lectores y de decir lo que concebimos como mejor desde nuestra imaginación. A veces nos apoyaremos en la fantasía únicamente, a veces alteraremos la concepción del mundo real, otras nos apoyaremos en la verdad, siempre nos nutriremos del capital simbólico que nos regaló la vida. Al fi y al cabo, eso es escribir.
He visto a muchos autores rendir sus obras en favor del cine. Hay tantos que han permitido que sus creaciones se alteren, no nada más en detalles, cambian los finales, los comienzos, se hacen adaptaciones que le roban la esencia misma que le instiló el autor. Obras que pierden la voz, la estructura, la trama para ser llevadas a la pantalla grande. Cada quién sabe por qué hace las cosas.
Por eso, el personaje que interpreta Emma Thompson, P.L. Travers me resulta entrañable, aunque a muchos les resulte odioso. Tal vez por eso para mi generación Mary Poppins sigue siendo un icono, como lo es para tantas otras. Seguro fue por esto mismo que Walt Disney espero veinte años y se sometió a ese resguardo inflexible que la autora hizo de su creación.

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Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (Alice Munro)

Reseñar un cuento parece ridículo, en todo caso es mejor recomendar su lectura, lo que desde luego hago. Sin embargo, cuando el cuento en cuestión se trata de Odio,amistad, noviazgo, amor, matrimonio de Alice Munro, la cosa cambia. Se trata de una historia que desde la sencillez diáfana de la cotidianidad de la provincia canadiense, con un lenguaje relativamente sencillo, alcanza la profundidad necesaria para descubrir la naturaleza del Hombre.
No hace falta enterarnos de que la autora ganó el premio Nobel de Literatura en 2013, ni verla en la prensa tan hermosa, tan sonriente, para enterarnos de que estamos frente a un texto escrito con por una pluma destacada. El cuento, como debe ser, se defiende a sí mismo.
En un extraordinario perímetro de cincuenta y cuatro hojas, Munro nos toma de la mano y nos muestra la esencia de la vejez, la niñez, la adolescencia, la madurez siempre en dos líneas que contrastan y nos hacen ver con pericia de que estamos hechos los humanos.
La vejez de Mr. McCauley no es la misma que la de Mrs. Willets. El primero fue un hombre discreto hasta que se sintió estafado por su yerno — cosa que no sucedió— y deja que el corazón se le pudra por el odio, pierde toda la buena reputación labrada a través de los años con trabajo duro y honesto, al ir contando su desgracia a todo el mundo, en el pueblo, que por cierto, no se quería enterar. En cambio, Mrs. Willets, a quien no vemos en el relato —es un recuerdo, una referencia— es una mujer generosa que heredó a Johanna, la protagonista, no sólo dinero, o la ropa que siempre usaba, sino que por encima de todo, la enseñó a ser una mujer útil. Cocinar, manejar, cuidar a un enfermo, llevar una casa y convertirla en un espacio habitable es lo que Johanna aprendió de Mrs. Willets.
Otro contraste se da entre las amigas Sabitha y Edith.La primera es nieta de McCauley, huérfana de madre, vive con el abuelo y con Johanna, su nana, y en el relato se ve la transformación de una niña de pueblo que acaba de regresar de unas vacaciones con unos primos ricos. Vuelve con vocablos diferentes a los que se usan en el lugar, contando maravillas de las costumbres diferentes y, habiéndose desarrollado físicamente para parecer más mujer que niña. Edith es hija de los zapateros del pueblo, una criatura inteligente que anhela salir de las cuatros paredes del taller familiar para experimentar el mundo. Munro nos deja ver la diferencia entre la frivolidad de Sabitha y la sencillez de Edith, entre lo que Edith anhela de su amiga y aquello que Sabitha respeta en su compañera de juegos. Antes de que Sabitha saliera de vacaciones, las amigas iniciaron una travesura que dará forma al relato.
Otro contraste se da entre Johanna y Ken Boudreau, padre de Sabitha y yerno de Mr. McCauley. Ella es una mujer que nació en Glasgow, huérfana, que viajó a Canadá siendo beneficiaría de un plan de trabajo que la llevó a casa de Mrs. Willets, para cuidarla en sus últimos doce años; en dónde ella se paraba se generaban soluciones. Él es un hombre que perteneció a la fuerza aérea canadiense, fue soldado de guerra, tal vez fue héroe, (maybe a hero p. 30), pero que jamás pudo establecer ningún tipo de relación laboral fructífera y duradera. Ella es una mujer “como una viejecita que contaba las monedas del cambio…no como una vieja… pero uno sabía que no le perdía la vista a un centavo”( Like an old lady. She counted her change… Not the way an old lady would count it… But you could tell she didn’t miss a penny, p.5). En contraste él era guapo.
Son cincuenta y cuatro páginas en las que Munro nos hace inteligentes descripciones de los personajes a partir de modales, forma de vestir, contrastes, la escena en la que Johanna entra a comprar a la tienda elegante del pueblo no tiene desperdicio.
El misterio en torno a una boda de la que no se debe de hablar, la narrativa tan genial que va recorriendo el camino resbaladizo de una circunferencia, el inicio que ella eligió en forma inteligente, una mujer que se va de un pueblo. Una mujer insignificante que nadie conoció en un pueblo en el que todos se conocían. Un hombre conocido que se vuelve desconocido por la reacción frente a la sorpresa. La transformación que se sufre por un aparente robo y la complicidad de dos amigas que generan una intriga y un final feliz, cuando en realidad sólo tramaron una forma de burlarse de la protagonista.
Munro es maestra al entreverar los hilos narrativos. No es fácil lograr el resultado que ella consiguió con esa economía de palabras. La elegancia impera. Si algunos piensan que el final es cursi es que necesitan leer el cuento de nuevo y poner atención en el personaje de Edith.
Sin duda reseñar un cuento puede ser ridículo, lo mejor será extender una invitación para leer esta narración. Entrar al mundo de Munro es muy buena idea.

(Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage, 2001), Vintage International, Random House, cuentos.

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Los dardos de Fernando Vallejo

En esta era de la autopromoción, a veces nos da por hablar. Es fácil expresarnos y ser atendidos. Eso, en ocasiones, son buenas noticias y en otras, pues, no tanto. Es una maravilla cuando tenemos la oportunidad de estar en contacto con palabras sabias y con sentido que nos hacen reflexionar, o con fórmulas simpáticas que nos arrancan risas o lágrimas. Pero es un horror cuando nos topamos con palabreros que juntan vocablos de forma estupenda, que construyen ensayos que parecen decir mucho y que al final no dicen nada. Toparse con vendedores de espejos es frecuente en esta era.
Estos palabreros saben moverse en el mundo de las letras, conocen las formas para ganarse cinco minutos de fama. La ecuación es sencilla: pégale a las instituciones y a los valores del común de la gente y llamarás la atención. Entonces, hablar de la Iglesia Católica, del mundo homosexual, de la vida y la muerte —sea aborto, eutanasia, asesinato, o genocidio—, de política, o de temas del corazón, les ganan sus cinco minutos de fama y el sustento del día, tal vez.
Fernando Vallejo, escritor colombiano, nacionalizado mexicano, es un hombre de pluma fuerte y cruel. De él he leído únicamente La Vírgen de los Sicarios y la crudeza de sus descripciones me revolvió el estómago. Debo de decir que su prosa es es excelente. Tiene una escena de la muerte de un perro, que le quita el sueño al más insensible. Es un escritor cinemático, sumamente visual y es un hombre vinculado al cine. Tal vez por eso se le ocurrió filmar esos documentales conTufic Makhlouf.
¿En qué pensaba Fernando Vallejo al lanzar sus dardos al ciberespacio? Él dice que toma la red para exponer su ideario en una serie de videos. Son
cinco entregas que arrancan con el sonido de un balazo y terminan con el tintinar de una moneda. Vallejo aparece en una toma medium close-up, leyendo ensayos donde arremete lo mismo contra las leyes de la física, la Iglesia Católica que contra la Monarquía Española.
Vi tres que son los que están disponibles en YouTube. Los ensayos están bien entreverados, estructurados como debe ser: puntos y comas en su lugar. Hasta ahí Vallejo lleva todo bien. Lo malo son las ideas. Habla por hablar, por lo menos en dos de ellos, en el otro peca de imprudente.
En el que crítica la Teoría de la Gravedad de Newton y para no caer en el mismo bache que Vallejo, sólo digo que los ingenieros piensan que el señor reprobó física.
El que me molestó fue la crítica que hace en contra de la Iglesia Católica, no porque la institución carezca de motivos de crítica. La molestia viene por la falta de fundamento en ella. Se centra en la crítica al nuevo Papa a quién llama traidor por ser jesuita y haber elegido el nombre de Francisco. Por ahí empieza, —imagínense nada más—luego dice que tal vez eligió ese nombre por que el santo fue un mendigo sin oficio que lo único que supo hacer fue pedir limosna, como lo hace la gente que no sabe trabajar. Vallejo luce su ignorancia. Francisco no fue nada más un junior consentido, fue un soldado que salió a la guerra, eso aquí, en Asís y en China es un oficio, antiguo, por cierto. ¿Qué opinarán los generales o los soldados rasos de las palabras del señor? Ser sacerdote también es un oficio. Se estudia para ello, pero sobre todo es una vocación, un llamado de vida que merece respeto. Pensar que el trabajo de un sacerdote es únicamente pedir limosna, es tanto como decir que el trabajo de un escritor es hacerse tonto con las letras y eso sí calienta. Claro que hay sacerdotes flojos y escritores chafas, pero generalizar es muy peligroso. Hablar a la ligera, lo es más.
Al referirse a Jesús, dice en su favor jamás haber leído que estuvo mendigando, pero que jamás supo de su oficio en la tierra. Lea, señor Vallejo, antes de salir al aire, Jesús era Maestro, un gran oficio, fue maestro de pescadores de hombres. (Mc1:16-20) Pero claramente, el señor no se documentó para hacer su documental, lo cual me suena mal. Parece un golpe mediático de un oportunismo cínico. Comparar a Bergoglio con Eva Perón o llamarle lavapatas es solamente parte del circo que montó el palabrero.
En el último video critica al Rey de España. Es fácil darle la razón a un hombre que censura a otro que es capaz de dejar colgada a su hija menor con tal de defender su posición de monarca a pesar de que el mundo puede ver los resbalones que se ha dado. Negarle el respaldo a uno de los tuyos es reprobable para un rey y para un plebeyo. Ni modo. Sin embargo, no se puede pasar por alto la intervención y el papel de Juan Carlos de Borbón en los Tratados de Moncloa. La España de aquel tiempo se rompía entre la gente ultraconservadora que detentaba el poder y la urgencia que los españoles tenían por romper ese cascarón. Las consecuencias positivas y negativas ya las conocemos. Criticar al Rey de España, ahora que es viejo y que le están sacando sus trapitos al sol, resulta imprudente si no se es español. Llama a España un lugar oscuro, tal vez no haya tenido oportunidad de pasar alguna tarde en una terraza en Chueca, o caminar a Santiago, o asolearse en Torremolinos. Se regocija, dice, al ver a los españoles dándose contra Molinos de Viento. Dice que la nación tiene las rodillas hinchadas y que viven postrados por su obstinación ontológica. ¿No habrá oído, Don Fernando, el dicho este que dice mi hijo tuertito sólo yo.
Vallejo inicia el video de la crítica a la Monarquía de España con una cita muy bien elegida que tomó del Cantar del Mío Cid, en donde Diaz de Vivar reclama tener un mejor soberano. Ahí sale el espejo que nos hechiza y nos puede confundir, pero se le escucha por un minuto con atención y entonces se cae en la cuenta de que todo es un golpe mediático.
Tal vez por eso al final de cada video se escucha el tintinar de una moneda.

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El error de Canadá

Todos sabemos que al proteger algunas cosas desprotegemos otras. El problema es que al hacerlo, a veces nos sale el tiro por la culata, resulta que lo que se trató de cobijar era menos relevante que lo que quedó descobijado. Parece que así les sucedió a los canadienses con las visas que impusieron a los turistas y a gente de negocios que quieren entrar a la nación de la Hoja de Maple.
Según cifras reportadas por el Periódico Reforma, el turismo proveniente de México ha disminuido en un 45%, lo cual no es poco, y además tiene muy preocupado al sector turístico, de convenciones y educativo.
¿Quiénes viajaban a Canadá? Aquellos que veían en Canadá una opción menos cara que Estados Unidos y menos restrictiva. Pero al cambiar esas variables, los mexicanos optamos por hacer nuestras convenciones en otro lado, por mandar a los jóvenes a otros campamentos de verano y por vacacionar en otros sitios.
Robert Maddox trabaja en hotelería en la ciudad de Montral. Se queja. Dice que ahora con la visa impuesta a los mexicanos, sus anteriores clientes han optado por otras ciudades. “Nos pegó todo, nos alejamos de México. Mexicana de Aviación cerró y por meses no tuvimos vuelo directo a la Ciudad de México, luego la visa. Muchos mexicanos se enfurecieron y con razón, perdieron vuelos y boletos de crucero y nadie se hizo responsable. Además, para llegar Montreal o Quebec hay que hacer vuelos de casi seis horas por las escalas, así que para venir hasta acá tienen que pasar migración dos veces, una en Estados Unidos y otra aquí, eso es muy incómodo. Muchos mexicanos prefieren volar a Londres o de plano irse a París o a Madrid. Ahí no les ponen restricciones. Y la apreciación del dólar canadiense tampoco obró a nuestro favor. Ha sido un despropósito esto de la visa.”
Maddox tiene razón. Mucho del turismo de Canadá tiene que ver con los eventos que se organizan en el país. El Gran Premio de Canadá, que se corre en Montreal, es un evento maravilloso, muy bien organizado en una pista de ensueño que está en una isla rodeada por el lago. Se accede muy fácilmente en metro. Las prácticas y la competencia son en la mañana y por la tarde se puede visitar la ciudad. Lo malo es que el evento es el mismo día que el Abierto de Tenis de Francia, muchos turistas mexicanos han optado por volar a París en vez de a Montreal. El Abierto de Tenis de Canadá, la Rogers Cup, un año se juega en Montreal y otro en Toronto, también ha visto como el público mexicano ha dejado de asistir, prefieren ir a Cincinnati o de plano al US Open. Esta falta de interés de los mexicanos ha repercutido mucho, lo que antes eran eventos Sold out, ahora tienen huecos y precios de remate. Ha habido una pérdida cuantiosa en el sector turístico.
Las escuelas y campamentos de verano en el norte de Estados Unidos se han beneficiado con los alumnos que ya no llegan a Canadá, ahora van a. Maine, Massachusetts, Nueva Inglaterra, Nueva York, Washington, y otros.
El trámite de la visa es caro y engorroso. Preguntan de todo y cosas que son difíciles de contestar. Por ejemplo, preguntan por datos de hermanos, dónde viven, estado civil,cuántos hijos tienen, cuánto ganan. ¡Ja! Ya me imagino lo que mi hermana me contestaría si le pregunto cuánto le pagan. O mis cuñados, no puedo ni pensar la cara que harían al escuchar la pregunta. No, pues mejor no voy. Además sé de mucha gente a la que le han perdido el pasaporte al hacer el trámite. Desde luego, nadie se hace responsable. La embajada dice que es cosa de la compañía de mensajería y viceversa, mientras tanto el viaje pende de un hilo y el pasaporte sólo Dios sabe por dónde anda.
Ya he viajado a Canadá en la era de las visas. Lo he hecho por placer, por ir a algún evento específico y también he sido de las que ha preferido llevarse su dinero a otro lado. Maddox, ciudadano canadiense, lo resumió muy bien ” ¿qué prefieres? ¿tomar un vino canadiense o uno español; escuchar palabras en francés recorriendo París o Quebec, comer en Roma o en Toronto, pasear en Madrid o en Halifax, cuando como mexicano vas a gastar lo mismo o un poco más? Los mexicanos son turistas conocedores y traen una gran derrama económica a sus destinos de preferencia, Canadá se ha alejado de ellos y ha hecho mal. Mal en perjuicio de nosotros mismos que resentimos la ausencia del turismo de México que ha diferencia de otros, no es gente que viene a la fiesta barata. ”
Será cuestión de que el gobierno canadiense evalúe si lo que protegió vale más o menos de lo que descobijó. Veremos que nos dice el señor Harper, ahora que está en tierras mexicanas.

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Fracaso

A nadie le gusta hablar del fracaso. Hay una especie de tabú, una cortina de humo con la que nos gusta vestir a la palabra. Parece como si al pronunciarla se estuviera formulando un conjuro, como si su sola mención obrara el hechizo de hacerlo presente. Tal vez por eso evitamos hablar de él, sin embargo, existe. Ignorarlo no es buena idea.
Pero nadie habla del fracaso, no existe una preparación para enfrentarlo; al evitarlo, lo elevamos al grado de misterio y por lo tanto es muy difícil de identificar lo que es y lo que no es un fracaso. Se habla de ello como de los fantasmas: por ahí se dice que hay quienes los han visto, se describen en forma imprecisa y hay algunos que no creen en ellos. Igual el fracaso, pero a diferencia de los fantasmas, el fracaso existe. Se le teme, nos saca sudores fríos, rechinar de dientes y temblores incontrolables. Pero nadie lo define. Por otro lado, se habla del éxito, y pasa lo mismo. Nadie sabe lo que es.
Fíjense si no, las principales universidades del país y del mundo educan para el éxito, sin tomar en cuenta el fracaso. Hacen promesas de que se revelará la fórmula del fulgor profesional, y bueno, no siempre es posible cumplir la promesa. Momento, no estoy diciendo que se deba educar para el fracaso, eso sería un contrasentido, pero sí es una obligación preparar para el fracaso.
Me explico, analicen los slogans de las instituciones educativas que aparecen en el escenario: Yo siempre alcanzo mis metas, Líderes de acción positiva, Aliados del triunfo , El arte del éxito, La llave de la superación. Sí, todo suena muy bonito. Todos entramos a los salones de clase en busca de las mejores alternativas de desarrollo para nosotros y los nuestros, pero el éxito no constituye la única posibilidad en el camino. Ver así la vida es sumamente infantil y fantasioso. El riesgo de que las cosas no salgan bien a la primera es muy alto. Educamos a jóvenes para administrar resultados felices, para vivir en la punta de los mejores resultados y les prometemos que al salir de las aulas estarán preparados para gestionar los puestos de mayor jerarquía o para emprender los negocios más entronizados, cuando la realidad es otra.
Luego, vemos a chicos que no aceptan oportunidades de trabajo, que prefieren el desempleo, muchachos que se van de bruces en un mundo sumamente complicado. No tienen tolerancia a la frustración. Se les ve confundidos, extrañados, sin la posibilidad de descifrar la realidad de que Bill Gates y Steve Jobs son garbanzos de a libra, en otras palabras, son extraordinarios. Se salen de lo común, por eso son casos de estudio. Mecano tenía razón, Nadie habla del Capitán Scott, y deberíamos.
Hablar de fracaso no significa otra cosa que desmitificarlo. Hay que definirlo para saberlo manejar. Hay que identificarlo para reconocerlo y saber en qué terrenos estamos pisando.
Fracaso es no cumplir con un estándar determinado, es presentar una insuficiencia para un resultado esperado, es no alcanzar la medida, el peso, la velocidad, la calificación, las ventas que se necesitan. Es decir, tenemos que parametrizarlo para poder jerarquizarlo.
Por eso me gusta el tenis. Hay un terreno de juego y reglas para participar. Hay parámetros para distinguir sí vas ganando o vas perdiendo. Existe una definición clara del momento en que ya ganaste o del que ya perdiste. Existe una clasificación del triunfo y del fracaso. No es lo mismo un marcador de 6/0, 6/0 a uno 6/3, 3/6, 6/4, o 6/4, 6/4. En el último caso, la pelea estuvo reñida, pero hubo siempre un escenario para el ganador y otro para el perdedor; hubo posibilidades de ganar, pero el contrincante hizo algo mejor, o hubo algunas cosas que se podrán afinar. En el segundo caso, hubo momentos ganadores y otros perdedores, hay que analizar las cosas buenas para repetirlas y las malas para evitarlas. En el primer caso siempre tocó perder, el análisis arroja que es mejor reflexionar porque no se estuvo al nivel del competidor. No se pudo dar batalla. También hay que revisar por qué se llegaron a esos números y tomar decisiones.
Un campeón entrena para triunfar pero está preparado para perder. Sabe que es imposible ganar todas, no se amarga con el fracaso. El error que comentemos los consultores, coaches, capacitadores, profesores, padres, formadores es que no hablamos del fracaso como posibilidad. Recuerdo que en mis clases de presupuestos planteábamos tres tipos de escenarios optimistas, conservadores e intermedios. Nunca presupuestábamos el fracaso. Eso ha tenido consecuencias terribles: emprendedores que no saben identificar cuando su proyecto fracasó, y siguen desperdiciando dinero y esfuerzos en algo que ya murió; personas frustradas que no saben analizar las razones que los llevaron a perder; gente estancada en la tristeza, huyendo de la palabra fracaso y hundida en él.
Ojo. Hay un secreto que no nos dijeron, aceptar el fracaso es bueno. Cuando entendemos que ya se cayó en ese escenario, podemos mover os de lugar; tenemos la posibilidad de empezar algo que sí vaya a fructificar.
Hay otro secreto que tampoco nos dijeron, el fracaso no es permanente. Tampoco es contagioso, ni mucho menos es una enfermedad incurable. Es al revés, una vez que lo identificamos, estamos en posibilidades de analizar lo que salió mal y corregirlo.
Por lo pronto, me hago cargo de esta falla y hablo del fracaso y de su manera de administrarlo. El fracaso no es un fantasma, ni un mito, ni una leyenda. El fracaso existe y la mejor manera de gestionarlo es ponerle parámetros, medirlo y a partir de ellos analizarlo. Meter la cabeza en un hoyo e intentar ignorarlo será la mejor forma de hundirse en él, de seguir tragando tierra, de quedarse como aquel que le tiene miedo al muerto y se abraza de la mortaja.

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Jirafas en Copenhague

Ser jirafa en Copenhague no es buena idea en estos días. Parece que los parámetros para sobrevivir en el zoológico de una de las ciudades más lindas del mundo se han elevado y no basta con nacer para ser bienvenido; la vida en sí misma no vale nada, hay que agregarle características específicas si es que se quiere ganar el derecho a permanecer vivo. Le dan la razón a José Alfredo por los fríos rumbos del Báltico.
Resulta que en la hermosa tierra de Tívoli Gardens, de la Sirenita y de los hermanos Andersen no es suficiente con abrir los ojos a la vida, hay que tener un código genético sin mácula para ganar el boleto a la supervivencia, si no es así, entonces servirás de alimento para los leones y de espectáculo para adultos y niños. Espectáculo científico, dicen las autoridades del zoológico que llaman al descuartizar de una pobre jirafa, disección. Ser jirafa en Copenhague no es muy favorable.
La búsqueda de a perfección es un anhelo terrenal, preferimos aquello que no tiene fallas, que no presenta errores, que está lisito y sin arrugas. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Las perritas al momento de dar a luz separan a sus crías y a las que no les ven posibilidades de sobrevivir, las apartan. Los griegos sacrificaban a los niños que nacían sin los estándares de belleza fijados por la estética. Sin embargo, la perfección no existe, es un punto en el espacio al que se le contempla con deseo, con ilusión. Se aspira a ella con la consciencia de que por más que nos aproximemos, no vamos a llegar jamás.
Por ello, justificar el asesinato de un animal por cuestiones de imperfección genética, me parece inhumano. Decir que una jirafa merece la muerte por no ser un espécimen apto para la reproducción, raya más cerca de la crueldad que del terreno científico. Los zoólogos daneses no están de acuerdo conmigo.
Fueron muchos los que ofrecieron darle albergue a esta pobre jirafa y fueron más los que protestaron. De nada sirvió. Tampoco sirvieron de mucho esos ojos enormes, ni ese cuello tan largo y estilizado, ni esas piernas musculosas y llenas de cuadros tan sexys.
Destazaron al pobre cuadrúpedo y lo hicieron frente a niños que vieron como el animal se transformaba en alimento para leones. Ya no servirá de inspiración para poetas, ni habrá ángeles que se enreden en esos cuernillos que le coronaron la cabeza; ya no habrá cielos que se inclinen para acariciar sus crines, ni nubes que se quieran enredar en sus pestañas, tampoco estrellas que envidien el vaivén de su cola tan larga.
Hay un vacío en una jaula del zoológico de Copenhague. Un hueco que se repite en el corazón de muchos que no entendemos este tipo de selecciones en las que ser imperfectos resulta en una sentencia de muerte. Hay miedo, parece que no será la única, parece que hay más candidatos a recibir la misma sentencia. Parece que los cuentos de los hermanos Andersen no son tan hermosos como nos los muestran en las películas de dibujos animados, ni por los alrededores de Tívoli Gardens vuelan hadas tan fantásticas como las vio Walt Disney. Parece que el frío de Copenhague no sopla desde el polo, viene desde una oficina de zoológico. Parece que la nieve no congela los corazones tanto como enterarse de la muerte de una jirafa que fue rendida a favor de las fauces de un león.
Los científicos daneses quieren aproximarse al estado de perfección eliminando lo imperfecto. Acercarse así resulta sumamente inhumano.

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