Una historia sobre las fantasías y la crisis de los cuarentas

La uruguaya,

Pedro Mairal

Editorial Planeta, EMECÉ,

Buenos Aires, 2017

La uruguaya es una novela que apela a sorprendernos a partir de elementos que son conocidos. La tarea es difícil porque causar asombro a partir de hechos cotidianos no es fácil. Un hombre que está traspasando la barrera de los cuarenta años, que tuvo pasadas glorias, que vive en un país con falta de oportunidades, en medio de una crisis económica que afecta la vida personal, no tiene nada de espectacular ni asombroso. Es tan común que todos nos podemos identificar. Pedro Mairal aprovecha esta coyuntura para convertir esta sensación que está en el colectivo mundial para apelar a un sentimiento universal.

Según Mairal, La uruguaya es la historia de un naufragio. Se trata de la historia de un fracaso, lo cual es una paradoja dado que la novela ha triunfado. Ganó el premio literario Tigre Juan 2017 y una serie de entusiastas lectores y críticos que alaban el testo. Pedro Mairal nos relata la historia del héroe a la inversa. Lucas Pereyra, un escritor que acaba de entrar en la complicada edad de los cuarenta viaja desde Buenos Aires hasta Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y acaso, también, para buscar un romance. Una historia de reveses donde madurez, insatisfacción y literatura se reúnen.

Lucas Pereyra, el protagonista, está casado y tiene un hijo. No atraviesa su mejor momento. Ni el matrimonio ni su carrera ven un buen porvernir. La economía no le ayuda, se ve obligado a buscar su dinero en un lugar donde no se devalúe. En esta novela, todo pierde valor.

“Estabas harta, de mí, de mi nube tóxica, mi lluvia ácida. Te noto derrotado, me dijiste, vencido” (p. 13)

Pero una escapada corta y la perspectiva de cruzar el Río de la Plata para acudir, entre otras cosas, al encuentro de una joven amiga parece motivo suficiente para proporcionarle cierto alivio. Una vez en Uruguay —que parece algo así como la tierra prometida donde todo será felicidad y dulzura— las cosas no terminan de salir tal como se habían planeado, así que no le quedará más remedio que afrontar la realidad.

“Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible” (p. 153)

El tratamiento dado por Mairal a la anécdota demuestra el dominio de la pluma. Está narrada en primera persona, pero tiene un tratamiento especial: se trata de una confesión. La acción que transcurre en un día, La uruguaya puede ser una fotografía venerable de la crisis de los cuarenta que pudo ser un culebrón trágico de una anécdota insulsa, pero el tratamiento jocoso redime a la novela. Pero, quedarnos en ese punto sería perdernos la riqueza que entraña este libro, hay algo más detrás de estas páginas. Es la burla de los reveses de la insatisfacción, es la ironía sobre el atolladero de las expectativas, es la falla del triunfo y de las esperanzas insatisfechas. Más que una novela más sobre el desamor, La Uruguaya es una novela sobre las fantasías estridentes de un adulto que se comporta como un adolescente.

“Guerra me mandaba esas cosas y yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad en la que vivía. Y, todo me lo inventé, casi todo.” (p. 49)

Mairal entreteje hilos narrativos que van de lo extraordinario a lo cotidiano con tanta facilidad que no se le notan las costuras. Sin duda, creo que hay más insatisfacción que desamor. El libro y en el personaje exsudan frustración. Lucas se siente asfixiado en una situación de pareja y deposita en esa desgracia otras que tienen que ver con no estar trabajando, no estar escribiendo, no ganar dinero. Busca una puerta.

“El paisaje ondulado, amable, quebrado, ya lejos de la jodida pampa metafísica, la mañana, un caballito pastando, la entrega de ese ─no ser─ que se siente al viajar, las nubes… Arriba en el vidrio la ventana decía Salida de emergencia, sólo esas palabras contra el fondo del cielo. Parecía la metáfora de algo. La posibilidad de escaparse hacia la nada celeste” (p. 23)

El humor es lo que salva el libro de ser muy amargo, de otra forma, la anécdota no hubiera dado para tanto y la novela habría perdido sabor, se habría diluido. La uruguaya es la historia de un derrumbe. Ese gran fracaso provoca identificación, en la medida que tiene humor. Un humor tragicómico. Montevideo aparece como una ciudad idealizada, hecha de canciones, poemas y fragmentos de novelas. Y se confronta con el Montevideo más áspero y real. Sin duda. Para el argentino, para el porteño, Montevideo es un espacio idealizado, quizás un poco ingenuamente.

“Un desastre Guerra. No está bueno enterarse de tanto… La verdad a veces es demasiado” (p. 89)

“Me costaba hacerla coincidir con mi delirio de meses. No digo que no estuviera linda —de hecho con esos jeans y esa remera medio abierta en la espalda estaba más buena que las vacaciones —pero el fantasma de Guerra que me había acompañado era tan poderoso que me resutlaba extraño que fuera ella ahora, frente a mis ojos, la verdadera.” (p. 85)

La primera persona es arma fina para contar esta historia. Está hablando Catalina, su mujer. La uruguaya es una confesión es la liberación del mea culpa y el reconocimiento humillado de que se cometió un error que rompió el equilibrio. Para lograr ese nivel de intimidad que necesitaba el relato, la primera persona que utilizó Marial fue ideal. Es lo que provoca empatía y lo que da esa sensación de intimidad y de pudor. Lucas parece estar diciendo cosas que no hay que decir. Habla del dinero, que siempre es un tabú. Habla de la infidelidad, de la intimidad más profunda de la pareja, del miedo a los hijos. Todos los temas que toca son los que se prefieren callar. Por eso la primera persona le permite moverse libremente. Las partes que están como en segunda persona son los momentos álgidos de la confesión. Es una primera persona que a veces cambia a segunda, en ocasiones tienen momentos de primera persona del plural. El yo permite el tú, el él, el ella. Así Mairal demuestra el dominio de la pluma.

La uruguaya es de lectura fácil y rápida. Permite avanzar rápidamente y llegar al punto final. La última frase del libro es una joya que vale la pena leer.

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Pasividad, culpabilidad, rencor y una ciudad que cambia (Una sensación extraña, Orhan Pamuk)

Una sensación extraña

Orhan Pamuk

 Traducción de Pablo Moreno González

Literatura Random House. Barcelona, 2015

La pluma de Pamuk nos toma de la mano y nos regresa en el tiempo para contarnos una historia que se desarrolla entre 1969 y 2012.  El autor nos propone una novela en la que invita al lector a recorrer la anécdota desde diversos puntos de vista. Se trata de la transformación que sufre un espacio urbano de la mano de su gente. Es la historia que nos deja ver como se modifican los usos y costumbres de una ciudad que crece mientras subyace Una extraña sensación. Pamuk nos confronta con opiniones personales y versiones oficiales y nos deja ver cuáles son los sentimientos de los involucrados. Se trata del preludio que nos permite anticipar un cambio y nos da oportunidad de atisbar y anticipar lo que los propios personajes aún no son capaces de sospechar. Por supuesto, el personaje principal, según el autor se llama Mevlut, pero no podemos dejar engañarnos, el personaje principal es Estambul y su antagonista es Turquía. Una sensación extraña nos cuenta la intimidad de una nación y de lo que sucede en su capital.

Estambul es la protagonista que se transfigura y en esa transformación, modifica sus tonos y sus ritmos y el personaje relevante que es Mevlut —que encarna al turco que vive en una forma tradicional que está a punto de desaparecer—   recorre las calles a pie vendiendo Boza por las noches, gritando para que la gente salga a comprar, pero para darle identidad a Estambul y a Turquía, a través de un oficio que se fue preservando y defendiendo de la extinción. Así, el oficio sirve de metáfora complementaria de la que se vale el autor para llevar un hilo conductor de la novela en la que también se narra la vida de Mevlut, su familia, su padre, sus primos, sus esposas, sus hijas y da cuenta de lo que sucede en el entorno.

En esos momentos se daba cuenta de que la ciudad en la que llevaba cuarenta años viviendo, en la que había cruzado miles y miles de puertas y conocido las interioridades de las casas de tanta gente, era en realidad algo tan efímero como la vida que había vivido en ella y los recuerdos que había forjado en ella.” (p. 589)

Mevlut, el vendedor ambulante de boza, llega a Estambul a comienzos de los sesenta procedente del pueblo. Abandona el ambiente rural en busca de la vida esperanzadora de la ciudad. El progreso urbano de Estambul se dibuja a través de la trama de aprendizaje de una especie de merolico que se va haciendo de mañas mientras para ejercer el oficio que le enseña el padre, que a su vez emigró, buscando un futuro mejor, y sólo consigue corroborar el peso de su propia extracción social y la falsa fábula del hombre hecho a sí mismo.

En aquella época tan hermosa había mucho trabajo y tenía que entregar a tiempo los pedidos de los clientes habituales, con los que solía apresurarse y marcharse sin poder disfrutar de esas invitaciones ni de cariño.” (p. 50)

Mevlut asiste melancólicamente al ocaso de su mundo. Los vendedores de boza y yogur desaparecen, y especuladores y caciques, mafiosos paternalistas, aprovechan las leyes de amnistía catastral para ir acumulando tierras. La resistencia al cambio, la necesidad de volver una y otra vez sobre los mismos pasos, la certeza de que darle la vuelta al destino no traerá nada bueno es la sombra con la que Mevlut revuelve melancolía, ternura, cotidianidad y pobreza.  El contraste con la familia de su tío, el progreso de sus primos y el engaño de Süleyman van pergeñando una serie de hilos narrativos melodramáticos.

Multitudes ruidosas, dinámicas y pretenciosas. Mevlut había experimentado estos grandes cambios en pequeñas dosis diarias, no en forma brutal y repentina, y por eso nunca se lamentaba como otros de la transformación que había sufrido Estambul.” (p.39)

“El diablo del cambio había hecho desaparecer con su toque mágico todo ese entramado, esa gente se había marchado, esa gente se había marchado, aquellos lugares de diversión donde se cantaban canciones turcas y occidentales al estilo otomano y europeo habían cerrado, y en su lugar se habían abierto lugares donde comer brochetas y carne a la parrilla al estilo de Adana y donde beber raki.” (p.40)

El cambio que sufre Estambul hace que los turcos vayan empezando a anidar esta extraña sensación que le da nombre a la novela:

“Mevlut entró al salón donde se sintió pobre y fuera de lugar. Se produjo un silencio, todo se detuvo” (p.44)

Finalmente, el autor nos deja clara la referencia a la novela en la que se centra toda la narración:

“El sentimiento de carencia e insatisfacción que albergaba en su en su corazón cuando llegó por primera vez a la ciudad se había intensificado después de la muerte de Rayiha, y sobre todo en los últimos cinco años… lo único que él quería era una casa y vivir tranquilo hasta el final de sus días.” (p. 590)

Más allá de lo universal, a Pamuk le importa reflejar el paisaje  y la historia: el ser humano es su territorio e incluso, entre las colinas chabolistas de Kültepe y Duttepe donde se comen los mismos alimentos y se ven los mismos programas de televisión, existen diferencias políticas irreconciliables.

“…la ciudad en la que llevaba cuarenta años viviendo, en la que había cruzado miles y miles de puertas y conocido las interioridades de las casas de tanta gente, era en realidad algo tan efímero como la vida que había vivido en ella y los recuerdos que había forjado en ella” (p. 589)

La traducción de Pablo Moreno González es agradable y no estorba para nada la intención ni la emoción regente que el autor quiso imprimirle al texto. Se lee con sencillez y no molestan los vocablos en castellano.

Pamuk sigue siendo un autor amable, nos da pistas tanto en los títulos y frases de cada capítulo, como una especie de organigrama de los personajes, un resumen de sucesos importantes que ayudan al lector a no naufragar en el intento. Esa misma intención que le da sentido a la fugacidad en la última frase de la novela. Así, después de 620 páginas, Pamuk cierra la novela en forma magistral.

En Una sensación extraña comprobamos que la función de la Literatura es abrirnos mundos alternos a los que podemos acceder sin temor a que algún secreto quede sin ser revelado.

Primer certamen literario Nelson Mandela

http://www.porescrito.org (bases del concurso)

Rajoy

Veo en la imagen a un hombre vestido de pantalón corto, camiseta de piqué negro y mangas cortas, zapatos tenis que camina por el malecón de Santa Pola tan quitado de la pena como cualquier ciudadano. Sinceramente, la fotografía me hace sonreír. Independientemente de si Rajoy fue o no un buen presidente para España, hay muestras de que será un buen expresidente.

El hombre de la foto va solo. No está rodeado por guardaespaldas ni lo sigue un séquito de huelelillos. No le van cargando el portafolios. Se ve a un Mariano Rajoy sereno que camina a gusto a su nueva oficina en donde tendrá a su cargo a cinco o seis personas.

Me parece admirable ver como Rajoy mira al frente y no cede a la tentación de voltear para atrás. No hace lo que la esposa de Lot, seguro no quiere transformarse en estatua de sal. Las críticas en España sobre Rajoy y los ánimos encendidos ante la salida tan rápida del gobierno del Partido Popular no permiten ver la gloria de un hombre que se va sin hacer ruido.

Mariano Rajoy renunció a los privilegios que le da ser expresidente. Entra a la vida del ciudadano común a paso relajado y lo del pasado ya quedó escrito. No dará lata ni le deja cargas extras a sus sucesores. Se va a Santa Pola a trabajar. Buena suerte, señor Rajoy. Me gustaría que muchos políticos siguieran su ejemplo.

Asociaciones judías elevan la voz a favor de los niños migrantes separados de sus familia

La nota la tomo de Jerusalem Post, Donald Trump está logrando lo insólito. Está uniendo al mundo en una ola de indignación y protesta en contra de los actos de crueldad que se están perpetrando en contra de criaturas inocentes. Por ejemplo, veintisiete grupos judíos -incluyendo, una rara muestra de unanimidad y liderazgo de los cuatro principales movimientos religiosos judíos estadounidenses- firmaron una carta abierta a Sessions denunciando la política de la Casa Blanca, diciendo que “socava los valores de nuestra nación y pone en peligro la seguridad y el bienestar de miles de personas”. La declaración es dura y es vehemente, deja ver que se han abierto heridas que el paso del tiempo no borran no se deben olvidar.

“No he visto nada como esto en este campo desde que salió la primera orden ejecutiva”, dijo Mark Hetfield, presidente de la organización nacional HIAS, en referencia a la prohibición de viajar de enero de 2017 a siete países musulmanes. Casi todos los principales grupos judíos estadounidenses se opusieron a esa política también. Esta administración está desorbitada, desbordada, desordenada, es momento de alzar la voz.

Rothschild, un demócrata, dijo que debido a que la separación familiar es un resultado de la política federal, no hay mucho que pueda hacer directamente como alcalde de Tucson para obstaculizarlo. Pero firmó una carta conjunta este mes con los alcaldes de Los Ángeles, Houston y Albuquerque, Nuevo México, calificando la política de “cruel”, “moralmente reprensible” y “completamente inconsistente con nuestros valores de decencia y compasión”. Aunque Arizona como estado tiene una historia de estricta legislación de inmigración, Rothschild dice que sus electores se oponen en gran medida a la política de separación familiar. “Tenemos una comunidad donde muchas personas tienen amigos, familiares y parientes que viven en ambos lados de la frontera”, dijo. “En Tucson, el consenso abrumador es que estas son malas políticas”.

Uno de los constituyentes de Rothschild es Alma Hernández, una mujer judía mexicano-estadounidense que se postulará este año para la Cámara de Representantes de Arizona. Hernández, de 24 años, renunció como coordinador del Consejo de Relaciones Comunitarias Judías de Tucson para postularse para un cargo. Este año, al percibir la falta de acción política progresiva de la comunidad judía establecida, cofundó el grupo activista Tucson Jews for Justice, que planea participar en mítines contra la política de separación y otros asuntos.

El mundo siente que el estómago se revuelve frente a hechos tan atroces y crueles como si se tratara de una guerra en la que la debilidad del adversario impulsara los peores instintos. No hay nobleza. No hay moral. No hay entrañas. Sé que esto no es una novedad, que se hacía en el mandato de Obama, pero ellos tuvieron el pudor, la hipocresía, o la prudencia de no presumirlo. Esta administración se regodea en sus actos y muestra al mundo todo lo que se requiere para indignar y repudiar.

El día que Estados Unidos cambió

Una terrible crisis humanitaria está sucediendo en la frontera sur de Estados Unidos. Una serie de actos que muestran que la arrogancia y la estupidez de un líder pueden causar tanta pena y tanto miedo en los más vulnerables. Como si no fuera suficiente escuchar a Donald Trump decir que los latinos somos animales, su administración le sube al tono y trata a los migrantes como animales. La Patrulla Fronteriza captura a las familias, las mete en una bodega, las separa como si fueran ganado: mete en jaulas a las hembras, a los machos los mete a otras y los separan de sus crías. Con esa brutalidad se está tratando a seres humanos.

Ayer, CNN transmitió la grabación de niños llorando en el momento en el que eran separados de sus padres. Pequeños cuyas edades varían, desde chiquitines de menos de seis años hasta preadolescentes muertos de miedo porque no entienden qué está sucediendo y lloran con amargura. No saben cuándo podrán ver a sus padres o si los volverán a ver. Las familias son tratadas como delincuentes por cruzar la frontera en forma ilegal y les dan trato infrahumano.

Cuando nos advertían que Donald Trump era un loco de las proporciones de Hitler, siempre pensé que eran exageraciones. No lo eran. El desprecio al diferente, el castigo doloroso, la tolerancia cero, la crueldad con niños es la ley que rige en Estados Unidos. No nos engañemos, con Obama esto también sucedía. Las deportaciones se llevaban a cabo, había jaulas para migrantes y gente en condiciones de horror. El problema es que ahora todo se acelera.

La crudeza y la crueldad están tomando notas de estridencia alarmantes. ¿Dónde andan los gobiernos de los países que están al sur del Río Bravo? Están maltratado a su gente y no veo notas diplomáticas ni quejas ante la ONU. ¿Qué esperan? Estados Unidos cambió y el país de la esperanza se está convirtiendo en una tierra desconocida que da miedo. Ese faro de libertad que ellos decían ser, se convierte en un territorio oscuro en el que los derechos humanos se aplican a unos sí y a otros no. Son letra muerta, conceptos olvidados. La perversidad de la Guardia Fronteriza nos recuerda a los uniformados con escudo de svástica.

El partido que llevó a Lincoln a la presidencia hoy levanta la mano sobre los inocentes y los azota con el peso de una ley. Los niños no entienden, lloran solos en una jaula y sus lágrimas no conmueven a nadie. No podemos bajar la voz, si los gobiernos se quieren hacer los disimulados, nosotros no debemos dejarlos solos.

Mexico no ganó el mundial, pero le ganó a Alemania

Es cierto, los mexicanos podemos llegar a ser exagerados. Nos entra la pasión y nos da por festejar con toda el alma. Así somos. Creo que las victorias hay que celebrarlas, las cosechas hay que recogerlas y las oportunidades hay que aprovecharlas: no se dan todos los días. No se trata de ser ingenuos, se trata de estar felices cuando hay motivos y ganarle al campeón del mundo es para estar muy contentos.

Tampoco se trata de ser mezquinos y de regatear aplausos. Los que salen a advertir con esa mirada agria y expresión de suficiencia que no hay porqué pegar de brincos, se les agradece el toque de prudencia pero, sería muy bueno que aprendieran a aplaudir.

Todo en su justa proporción, la selección mexicana de futbol ganó ayer y eso nos hizo estar al borde de la silla durante noventa minutos. El gol de Hirving Lozano, el pase del Chícharo, las atajadas de Memo Ochoa nos hicieron pegar de saltos de gusto y de angustia. Todos queríamos que ganara México y pocos teníamos esperanza de que pudiera hacer un buen papel en el partido.

¡Ganamos!

La selección del criticado Juan Carlos Osorio le ganó a Alemania. No es un éxito menor. Es el primer partido y se arrancó con el pie derecho. Eso es. Ni referencias políticas, ni comentarios mordaces, ni arrogancias desorbitadas. Simplemente, el goce que sentimos después de noventa minutos al ver el marcador México 1, Alemania 0.

Es cierto, hay otros partidos, pero hoy, se ganó éste. Por lo pronto, tenemos esta semana para andar sonrientes, para olvidarnos de otras cosas y aferrarnos a esta alegría. Como dice Pamuk, defender la felicidad mientras nos dure. Nos toca defender nuestra alegría mientras esté presente. Otro día nos preocupamos de los asuntos relevantes, hoy hay pan y el circo fue bueno. Ni modo. Así funciona.

Sin otro afán, ganó México. ¡Viva México!

Valle de los Caídos

En 1989, estaba en los jardines del Escorial con Mario Paoletti quien era el director de la Fundación Ortega y Gasset. En aquellos años, yo era una alumna que estudiaba becada en Toledo y que fue al monasterio de San Lorenzo del Escorial en una visita de escuela a conocer. En ese tiempo, las heridas aún estaban frescas.

Don Mario y yo estábamos solos. Echábamos la mirada larga al paisaje y yo preguntaba y mi maestro me iba explicando. ¿Qué es aquello? La sonrisa se le cayó del rostro, se le avinagró la expresión y me dijo que era El Valle de los Caídos. ¿Vamos a ir a visitarlo? Desde luego que jamás. Es un oprobio. Decidí guardar silencio. Ver lágrimas y no entender es una llamada a cerrar la boca.

La cocinera de la Fundación, Conchi, era una señora regordeta que me quería mucho por ser mexicana, allá hacen muy buenas telenovelas y de allá era Jorge Negrete, decía. Le pregunté por el Valle de los Caídos y le dije lo que pasó con Don Mario. Ay, niña. Hay que tener morro. ¿Cómo le preguntaste eso? Y me explicó.

Me dijo que en esa grandilocuencia, en ese templo con dimensiones tan exageradas, es casi tan grande como lo Basílica de San Pedro, estaban enterrados los restos del Generalísimo Franco. Es una ofensa para muchos. Mira donde están los dictadores de las naciones, mira donde quedó Hitler y donde está Mussolini, mira el lugar que se mando hacer Franco. Ella no lloró, escupía fuego al referirse a Franco. Nos espió, nos aterrorizó, nos tenía viviendo con miedo. Nos robó la calma. Pero, tú eres mexicana, ve a ver lo que es y me cuentas.

Pedro, era un toledano que tenía un puesto de periódicos, me dijo que lo de Franco saca ampollas. Cuando murió, en España hubo gente que lo clamaba a gritos. Gente que le lloró. Es lo malo de los caudillos, o estás con ellos o estas contra ellos. Estar contra Franco en tiempos de la dictadura es mala idea.

La casa de mis padres está en una colonia que fue habitada por refugiados españoles. Los Fonellosa eran gente amable y siempre fueron nuestros amigos. Al hablar del Valle de los Caídos ellos elevaban los hombros, por fortuna no hemos visto ese lugar. No hemos vuelto a España y entiendo muy bien a quienes quisieran derrumbar ese lugar.

El Valle de los Caídos representa un monumento a la persona de Franco. El nuevo gobierno socialista ha retomado el plan de mover los restos del Generalísimo para cambiar el significado del lugar y convertirlo en un museo de memoria. Es un golpe de autoridad y de respeto a las víctimas del franquismo. Es atender una recomendación de la ONU sobre las fosas comunes y la comisión de la Verdad.

Entregaran los restos de Franco a su familia. Aquí los modos son importantes. No se puede correr sobre lápidas y restos humanos, sería caer en lo criticado. Se presentará un proyecto de ley y esto suele tardar por lo menos un año. Han pasado tantos años de la muerte de Francisco Franco y la herida sigue supurando.

Recuerdo la cara de Mario Paoletti aquel día en El Escorial, han pasado casi treinta años. Visité El Valle de los Caídos como me lo recomendó Conchi, Don Mario se enojó conmigo. Los dos escucharon mis apreciaciones del lugar. Me alegro de que no lo tiren, es mejor destino un museo de memoria.

Al final, el,objetivo de un museo de memoria es no repetir los errores de pasado. Está claro que el Hombre olvida muy rápido.

Separar familias

No sé en qué cabeza puede caber la idea de que separar familias es buena idea. Me quisiera imaginar qué argumentos se dicen para hacer entender a la gente que arrebatar hijos de los brazos de sus padres puede ser bueno. No puedo imaginar al caradura que enarbole la justificación de la ley para perpetrar semejante acto. ¿A dónde hemos llegado?

Invocar la práctica de cero tolerancia a familias que, sin duda, cruzaron la frontera de forma ilegal, me parece tan pertinente como intentar justificar un genocidio para preservar la pureza de una raza. No hay discurso que se pueda pronunciar y logre justificar una atrocidad de este estilo.

La crueldad humana se encarna en una mujer que con tal de no perder su trabajo, se para frente a los medios de comunicación y con cara de palo dice que su jefe actúa bien. La fealdad del alma se le refleja en la cara a Sara Sanders. Los votantes duros de Donald Trump tendrán que aprender a tragar el bulto de la amargura que causa la decisión de un radical que lo que tiene es cero cerebro.

Los que se atrevan a decir, son ilegales y ellos se la buscaron, tengan cuidado: con la vara que midas serás medido. Los radicales que crean que arrancarle de las manos a un padre o a una madre a sus hijos y que encuentren satisfacción en la angustia y la desesperación de estas familias que están siendo desmembradas ni se imaginan que esa crueldad que hoy avalan, en el futuro les golpeará la cara cuando menos lo piensen.

Las justificaciones y quienes las plantean confían en la estupidez de la gente. Lanzan palabras con el efecto de un anzuelo que le desgarra las entrañas a los peces que abren la boca alegremente, engañados por la carnada. No podemos contemplar el,espectáculo y quedarnos callados, no podemos ser indiferentes a tanto dolor y a tanta lágrima derramada.

La deshumanización y la frivolidad son como un bumerán que se lanza con fuerza y con la misma regresa a golpear en la nuca. Los que escupen al cielo, tendrán su recompensa. La ley de la gravedad no hace excepciones. Es una pena que el sueño americano se convierta en una tragedia. El reflejo de una nación está en sus hechos. Pobres, están rompiendo espejos a mazazos y ni cuenta se dan de los años de mala suerte que se están echando encima.

Lo malo de los caudillos

Dice Enrique Krauze que México no debe volver a ser un órgano de un sólo individuo y tiene razón. Los liderazgos que se centran en una persona terminan pudriendo el corazón de quien ejerce el poder y obnubilándole la mente. Puede ser que el líder tenga muy buenas intenciones, excelentes ideas, ideales altos, pero también tiene puntos ciegos como cualquier ser humano. Por más que quiera, jamás me podré ver la nuca. Lo malo de los caudillos es que se rodean de gente que les endulza el oído con alabanzas y no sale de sus labios crítica alguna que valga la pena escuchar.

Entonces, como en el cuento del Traje nuevo del emperador, nos encontramos mandatarios que endiosados por sus asesores son capaces de desfilar desnudos y ser la burla de un pueblo. Es difícil es escuchar críticas, es complicado luchar contra el ego y las cosas se hacen más duras cuando los lacayos que acompañan a un líder acomodan las cosas a su favor, tapan la verdad y hacen de las suyas.

López Obrador está viviendo la experiencia de ser caudillo. Al escuchar hablar a sus asesores uno percibe el amor que le tienen algunos, se nota lo auténtico de la admiración que le tienen; a otros se les ven los colmillos afilados y las uñas largas. Así son los caudillos, se rodean de muchos y se creen todas las alabanzas que reciben y descuidan la autocrítica.

Hemos visto como López Obrador permite que le lleven niños enfermos y los toca, como abraza a mujeres en lágrimas y le promete soluciones, como camina entre las multitudes y se le ve la tentación de empezar a dar bendiciones y prodigar indulgencias. Y, también sabemos que tiene a Elba Esther Gordillo, a Nestora Salgado, a Napoleón Gómez Urrutia y a Layda Sansores a su lado.

Abraza a sus compinches y les tolera sus debilidades, esas mismas que critica en otros. Para un caudillo, lo que en los suyos es alegría en los otros es vicio y borrachera. Layda nos metió a los contribuyentes un sablazo para que le paguemos desodorantes, tintes, pasta de dientes y setecientos mil pesos en chuchulucos. Lo hizo Ernesto Cordero y lo han hecho otros, es verdad. También es cierto que los excesos de la señora son legales porque hay presupuesto para servicios generales que ella ejerció. ¿Es correcto que le paguemos a una cortesana de López Obrador esos gastos?

En un mundo de caudillos, la respuesta correcta es la que diga el señor. A ese mundo, casi monárquico, estamos a punto de entrar. Siento una gran tristeza.

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