La noche vieja del 2015

Esta noche vieja quiero prepararme para entrar a tambor batiente en el próximo año. Quiero que al terminar de sonar las doce campanadas haya un alumbramiento que permita que las bendiciones entren poderosas por la puerta de mi casa y recorran cada rincón hasta que cada una nos encuentre y nos toque. Al recorrerse el segundero y cambiar la fecha, deseo que la salud se adueñe del cuerpo, que la alegría habite la mente y la luz se apodere del alma; que la propseridad se acompañe de serenidad, que la inteligencia venga de la mano de las risas y que las ventanas de oportunidad se abran cuando las podamos aprovechar.  Esta noche vieja quiero tirar los pesos muertos que alentan el caminar y que hacen complicado seguir avanzando. Dejar atrás lo rancio, lo estorboso, lo incómodo, lo que no se puede soportar y hacerle espacio a la fuerza que viene de lo alto.

Quiero darle un lugar a las cosas buenas que han de venir, a las nuevas horas que formaran los recuerdos entrañables, a las sonrisas y a las carcajadas. Quiero extender los brazos y tender la mano, dejar de disimular para poner atención, enarbolar la verdad como la mejor bandera, la congruencia como sustento y el agradecimiento como el valor más alto. También, darle la bienvenida a las horas de trabajo duro, a la perseverancia que se necesita para salir adelante y a la tolerancia cuando hay que dar pasos lentos. Avanzar en la dirección correcta, con el plan de vuelo claro, con tranquilidad y esperanza.

Creo que mirar al frente con el timón bien afianzado y la compañía de Dios vamos por buen camino y evitamos convertirnos en estatuas de sal. Quiero disfrutar el trayecto y tener cuidado. Velar por los míos, defender mis cariños, resguardar ideales, elegir las palabras, estar atenta y ser amable. Sacarle brillo a mis afectos, abrazar a mis hijas y a Carlos, procurar a mis amigos, dar buen ejemplo, escuchar, estar presente. Vaciar el cuenco de las manos para recibir las nuevas bendiciones que nos esperan cada vez que amanece de nuevo.

Para hacerlo, para ser congruente, es necesario agradecer. Gracias por pasar a ver lo que estoy pensando. Gracias por los comentarios y los mensajes. Gracias porque este año crecimos el doble que lo del año pasado. Gracias porque este blog se lee en sesenta y tres países. Gracias a las quince mil personas que se han dado cita en este espacio. Gracias por las palabras. Especialmente, agradezco el tiempo que han dedicado a leer estas líneas y la oportunidad que me dan para hacer esto que me gusta tanto: escribir. Quiero seguir escribiendo.

Mirar al frente no es olvidar, es no quedarnos resagados en un punto que ya fue y no volvera a ser. No hay como olvidar un año en el que pasaron tantas cosas y tantas de ellas tan buenas. Olvidar, dice mi amiga Bibiana, no es posible: sólo los locos olvidan. Recordar ha de ser un ejercicio de agradecimiento. Reconocer a quienes ofrecieron ayuda, a los que consolaron, a los que acompañaron, a los que pronunciaron palabras duras que sirvieron para seguir avanzando, a los que hicieron bien,a los que compartieron, a los que nos protegieron y a los que llegaron en el momento adecuado. Dejar atras las ofensas y dar paso al perdón. 

Pedir perdón.

Esta noche vieja quiero que me gane la risa, y que me gane tanto que sea necesario reírse con todo el cuerpo, con toda la mente y con todo el corazón. Quiero que el buen humor sea una constante y una elección. Y, sobretodo, quiero tener la humildad de entender que todo esto que ha sucedido, que sucede y ha de suceder ha salido se la mano bendita y generosa de Aquel de quien vengo y a quien he de volver. 

  

Cambios en la sociedad

Me sorprende una nota que leo en el Diario de Yucatán. La sociedad yucateca, dice, está cambiando pero no para bien, según el sociologo Othón Baños Ramírez. Sostiene que los cambios de identidad en la familia yucateca se están modificando: el ensamble familiar no es únicamente una cuestión de afectos, sino de necesidad, de conveniencia. Además agrega: La precariedad económica en la que vive la mayoría de las familias y el fomento del individualismo más que promoción de una sociedad que responda de manera organizada, se está propiciando la pérdida de valores. Los yucatecos tienden a ser más egoistas y a dar poca relevancia a la relación con la familia.

En realidad, es injusto que se diga eso sólo de la sociedad yucateca, en el mundo las sociedades caminan alegremente hacia lugares que no llevarán necesariamente a una convivencia más armónica. Aquí no se trata de ir en contra de las nuevas estructuras familiares que ya no son la típica pareja de padre, madre e hijos. Esta  configuración del sistema familiar hace rato dejó de ser el único modelo. Hoy, las familias más comunes se integran por madres solas que sacan adelante a sus hijos, por abuelos que cuidan a sus nietos, por parejas heterosexuales que no optan por la paternidad, por parejas homosexuales que mueren por tener hijos… Y la diversidad marca el tono. Eso no me parece una involución, simplemente así son las cosas.

Sin embargo, la familia, cimiento de la sociedad, se ha hecho más débil. No por su composición, ni por los elementos que la integran, sino por sus dinámicas.La fragilidad deviene del poco cuidado que le tenemos como individuos. Se nos olvida que debemos estar al pendiente de aquellos a los que queremos, que la familia es ese espacio sagrado en el que podemos ser individuos que integran una organización amorosa, en la que la solidaridad y el cariño deben imperar. La familia debiera ser un sistema que da seguridad y alegría, por lo mismo debe ser atendido, custodiado y defendido.

Por desgracia, y ahí estoy de acuerdo con Othón Baños, perdemos de vista lo que es la familia y la descuidamos. Al primer grito, pleito o desencuentro, la desquebrajamos. Los matrimonios se dejan de cuidar y se separan, prefieren aguantar el dolor de una desunión que preservar la promesa de amor. Los esposos abandonan, las esposas ahuyentan. Los hijos descuidan a sus padres, los dan por hecho y los recuerdan si necesitan algo. Los padres se obsesionan con trabajos, televisores, pantallas, amistades y alejan a los hijos. Se sacrifica la convivencia, se interrumpen las conversaciones para atender un teléfono inteligente que escisiona a las personas e interrumpe el flujo del cariño.

Tambien los problemas macroeconómicos agravan el problema. La falta de empleos, las jornadas largas de trabajo, los compromisos y pagos mensuales, el agobio del no me alcanza, irritan a las familias que por quítame estas pajas, estallan en mil pedazos. Los integrantes de una familia se encierran, se ensimisman, se aislan y el egoismo triunfa sobre la convivencia. Los síntomas son sutiles, al principio, pero van enraizadose profundamente hasta tocar las bases mismas de la sociedad. No exagero. Fíjense en la mesa de cualquier cafe o restaurante, las familias reunidas en torno a la mesa están distraidas mirando pantallas en vez de verse a los ojos. Cada vez es más frecuente ver a bebés jugando con un aparato electrónico mientras la madre chatea.

No sólo los yucatecos avanzan en el egoísmo y le dan poca relevancia a la familia. Es una condición que va aumentando en el mundo y sobre la cual deberíamos reflexionar. El Papa Francisco dice que la familia debe ser un lugar privilegiado en donde se experimete la alegría del perdón. El perdón es la escencia del amor, que sabe comprender el error y poner remedio. La familia debe ser ese espacio en el que nos sentimos entendidos, en el que equivocarse tiene remedio y un dónde si alguno se cae, los otros llegarán a levantarlo.

El crecimiento del egoismo no es una buena señal. Tapar el sol con un dedo es peor. Lo mejor es hacernos cargo y empezar a cuidar ese sistema familiar nuestro. Es privilegiar el cariño y la solidaridad, la continencia y la tolerancia. Es pugnar por la continuidad por encima de la disrupción, por la ayuda por sobre la ventaja, la empatía más que el berrinche personal. Es mirar el largo plazo para seguir acompañados y no despertar una mañana totalmente solos, sin que nadie se acuerde de nosotros, sin que a nadie le importe. Es una cuestión de hacernos cargo de nuestra responsabilidad de preservar a la familia.

El rumbo que llevamos como socidead no parece llevarnos a una vida en común. No obstane, el Ser Humano es un ser social. Es tiempo de hacer cambios. Cambios para bien, no al revés. 

  
 

En la blanca Mérida

  Los yucatecos son personas que valoran mucho las palabras. Dicen las que les parecen justas con un acento entrecortado que de apega mucho a la pronunciación melodiosa del maya. No le tienen miedo a lo que han de decir y, como lo dicen sonrientes, el visitante puede confundirse y creer que no escuchó adecuadamente. O, de plano, perderse por el tono amable de lo que acaban de escuchar, del verdadero sentido de las cosas.

Mérida, la ciudad blanca, me entero que fue una aspiración de la época de La Conquista. Los colonizadores querían una ciudad sólo para peninsulares ibéricos , en la que no habitaran ni criollos, ni originales de la península de Yucatán, ni negros: unicamente blancos. Los diferente no debía entrar a Merida. Había de ser un bastión de pureza y uniformidad.

Siempre creí que Mérida era la ciudad blanca por limpia, por impecable —porque lo es—. Basta darse una vuelta por sus plazas, por el majestuoso Paseo Montejo, por el centro y casi por cualquier calle. Sin embargo, la explicación del origen de esta consigna la recibo con una sonrisa yucateca que suaviza la dureza de semejante ilusión. Por eso, al entrar a la Catedral de esta capital yucateca, sorprende que en el altar principal nos reciba un enorme Cristo de madera, con los brazos abiertos que tiene la inscripción: El Cristo de la Unidad. 

Así son las cosas enYucatán y me gusta. Son sutiles y quedan a la vista de quien las quiera entender. No obstante, hay que estar atentos. Cualquiera puede entender otra cosa y pasarla por alto. Sin confusiones, los yucatecos dicen la verdad endulzada con esas caras tan amables, incluso cuando dicen cosas terribles. 

Está bien pasar el día de la Sagrada Familia en Mérida a los pies del Cristo de la Unidad. El caleidoscopio en las calles es muy especial: turistas, locales, extranjeros, nacionales, huipiles, faldas, camisetas, guayaberas se mezclan dando cuenta de que la segregación de una Merida blanca fue y es  imposible. 

Venir a Mérida, la blanca, es entender que en la diversidad, la mejor opción es la unidad. Cómo me gustaría que muchos pudieran decifrar el misterio de esta metáfora.

Sé que están pasando cosas

Sentada en el desayunador de la casa, acompañada de una taza de café bien caliente, después de haber estado en la tierra de mis padres, tengo una sensación de tibieza en el corazón que muchos podrían denominar como paz. Hay algo muy especial que mueve fibras interiores y acomoda lo que está descolocado cuando pisas ese lugar bendito. Tal vez sea el encuentro con lo nuestro, con lo que fue y sigue siendo, con el origen y con la cercanía de los que en la cotidianidad creemos lejos lo que le da ese calor tan especial al pecho y logra distender el alma.

Fueron apenas unas horas de estar ahí y parece que los efectos serán de duración prolongada. Ya en casa y a punto de volver a salir hay algo que se infiltró en las venas. Imagino que por eso, cada año, hay tantos que vuelven de tan lejos. Seguro buscan este calor que se queda en el pecho y que por una razón inexplicable llena de alegría.

No es lo mismo que cuando vas a lugares nuevos o cuando regresas a esa ciudad que te gustó o a ese pueblo que se ganó la fascinación. No, claro que no es lo mismo,ahí, aunque todo sea lindo,es ajeno; acá a pesar del tiempo, de los cambios, de las evoluciones propias de los lugares, hay un encuentro con esa parte intengible que no cambia.

En ese ensueño, sé que en el mundo están pasando cosas. Que la tierra gira, que el tipo de cambio se mueve, que el precio del petróleo oscila, que hay modificaciones políticas importantes en mi ciudad y que muchos aprovechan para hacer de las suyas. No importa. Con esta ilusión que queda después de sentirte reconocido y querido, después de recibir hospitalidad y cariño, nada parece relevante, sólo conservar esa sensación de tibieza que me traje de esas tierras tan queridas.

  

Al otro lado del puente

Sí, ¡qué emoción! Ya estoy al otro lado del puente, el la tierra de Gilberto el Valiente que quería vivir con La Lupe, novia de Don Julián. Dejo atrás la tierra de José Alfredo y entro a la de mis padres, mi familia y mi gente. Pili, mi sobrina me enseña la nueva estatua del Perro Negro que no conocía. Al cruzar el puente veo el emblemático puente de cantera rosa: el Puente Cavadas.

Hay cosas que cambian. El Río Lerma ya no es tan caudaloso, ni se parece a aquel de las terribles inundaciones, ahora esun  tímido hilo de agua que circula por un cauce que le queda grande. La cúpula de la Parroquia del Señor de La Piedad sigue tal como la dejé la última vez que vine. Ya pasaron dos años de aquella vez.

Desde entonces, he escrito mucho de La Piedad. Muchos de mis cuentos y narraciones se han inspirado en este lugar, en los recuerdos que aquí se forjaron entre juegos con mis primas, consentimientos de mis tías, tradiciones y costumbres que se repetían cada vacación. Entre las papitas de la plaza, el camote del cerro, la salsa Maga, las enchiladas y los buñuelos, alrededor de los portales de abajo y de arriba, de la Parroquia y el Santuario surgen recuerdos que hilvanan fantasías.

Hay cosas que no cambian y eso me hace mucha ilusión. Las posadas callejeras, con sus rezos, cantos, piñatas, ponches, buñuelos de viento. Con esos olores y sabores que pensé se habrían perdido entre los días de la infancia y que siguen como en aquellos días. El Señor de La Piedad ya está en el altar principal, espera el día 25 que es su fiesta para estar al pie del altar, cerca de sus fieles para prodigar miles de milagros.

Hay cosas que cambian. Muchos lugares nuevos, el que más me hizo ilusión fue el restaurante de Mago. Hay cosas que siguen igual: la plática de mi tía Tolla, el entusiasmo de mi tía Marta, la hospitalidad de mi tía Rosita, la calidez de Pily, mi prima, la sonrisa de Mary, mi otra prima. Faltó Betty, mi complice.

Hay cosas que van a cambiar y no quiero que cambien. En esas no quiero pensar. Mejor, sonrío. Estoy al otro lado del puente, en La Piedad, Michoacán. Está la estatua del Perro Negro, que no conocía y el Puente Cavadas que siempre espera.

  

Concierto navideño

Las temporadas navideñas en la Ciudad de Guanajuato me hacen recordar tradiciones que se pierden entre los recuerdos de la infancia. Las decoraciones del Centro son tan tradicionales, la felicitación iluminada que cuelga de la copa de los árboles del Jardín Unión, los Nacimientos  que nos recuerdan que el festejo se debe a que estamos esperando a que la Nochebuena se rememore a Dios entre nosotros. En Guanajuato no se dice felices fiestas, se desea Feliz Navidad.

En el Museo Iconográfico del Quijote hay un concierto navideño. Se presenta el Coro Allegro de Guanajuato y Sembradores de Talento. Se siembra con la esperanza de cosechar. Ellos siembran notas en niños para cosechar artistas que tocan violines, violas, violonchelos. Miembros de la Orquesta Filarmónica de la Universidad  de Guanajuato decidieron aprovehcar la capacidad de los niños y se dedicaron a enseñar  a los pequeños a ejecutar instrumentos. 

Desarrollar talento no es tarea fácil, hay que poner dedicación, paciencia, constancia,entusiasmo, hay que saber explotar ese deseo que un niño tiene para lograr que se genere música. También se necesita un ojo especial para entender quién sí y quién no tiene un don. A nosotros nos tocó sentarnos en el vestíbulo central del Museo a ver y apreciar el resultado. Nos tocó cosechar los frutos.

Fue muy agradable escuchar cascabeles, cuerdas y tonos navideños deseando felicidad, llevándonos a un paseo en trineo, invitandonos a ver a la Virgen María peinandose mientras por ahí van los peces en el río, sinitendo la Noche de Paz y recordando que aquí no es mesón, sigan adelante, hasta que entre santos peregrinos estalla la felicidad que nos lleva a romper la piñata. 

En Guanajuato, las temporadas Navideñas tiene un sabor especial, saben a pasado, a tradición que va sembrando esperanza. Son niños que con violines nos dicen que las costumbres se puedne preservar y que cantarle a la temporada de Navidad puede generar gran alegría. Es una sensación que llena el corazón y hace que las sonrisas se aniden en el rostro.
  

 

Una curiosa sensación

El tañido es dulce, marca las horas, los cuartos y las medias. Es distinto al de las llamadas a misa que es más grave, más fuerte y mas prolongado. Abro los ojos. Una curiosa sensación me toma de la mano. Veo de perfil la estatua de San Diego que esta en el frontispicio del templo y la única musa del Teatro  Juárez que no mira al triangulo del Jardín de la Unión me ve a mí. Con solo mirar a través de la ventana encuentro motivos para amar a Don Porfirio, los mexicanos tenemos formas muy únicas de hermanar lo distante. 

Entrar a la habitación en la que se perpetró un crimen y quedarse a dormir ahí es una curiosa sensación. Más cuando la autora del crimen fui yo. Puedo reconocer cada espacio y puedo valorar los acietos y errores, las exactitudes y presiciones; y me doy cuenta, que como todo en la vida, pudo haber sido mejor. Mi justificación es que todo fue hecho con una gran ilusión.

Estoy durmiendo en la hanitación de Marina, la protagonista de Última mirada, y claro que la sensación es muy peculiar. A pesar de que fue escrita hace cuatro años y publicada hace dos, el cerebro se convierte en un cúmulo de esferas que confunden y descolocan espacios reales y ficticios. El Teatro Juárez, el kiosko de la Plaza, la dulcería emblemática, la fiesta eterna, el rumor de las palomas, la temperatura a ocho grados centígrados y la sonrisa que refleja un gusto especial.

Ayer llegué a Guanajuato y estaré por acá tres días, igual que lo hizo Marina. Me llevo las manos al cuello, como lo hizo ella. Espero toparme con Francisco Riverol y no con el hombre de los lentes. La musa que me observa desde el teatro Juárez es tan blanca, majestuosa y derechita y yo estoy amaneciendo tan despeinada y con la imaginación alborotada. No cabe duda, para atrapar algunos motivos, hay que darse ciertas satisfacciones, aunque estas pergeñen una curiosa sensación. 

  
 
 

Policías de chaleco amarillo

Ayer me regalaron un ejemplar del Nuevo Reglamento de Tránsito vigente en la Ciudad de México. Las nuevas reglas pretenden que la movilidad en esta Capital sea mejor, moderna, amable y a favor del peatón. La bicicleta se convierte en el mejor vehículo de transporte individual y los automovilistas son la fuente de recaudación más jugosa. 

El Nuevo Reglamento de Tránsito ha sido muy criticado, llega a una Ciudad que no es Londres, París o Madrid ni en extensión ni en número de habitantes  ni en infraestructura ni en educación vial ni en vías para las bicis. Las autoridades piensan que el progreso se logra por medio de decretos. Así de avanzados vamos.

Ahora, los únicos facultados para infraccionar son los policías de chaleco amarillo. En caso de cometer alguna falta de tránsito, los conductores y peatones serán detenidos y sancionados —o amonestados— por uno de los mil 400 agentes facultados para ello. Desde luego, es necesario estar informados de los ocho pasos que se deben seguir para infraccionar alguien. Hay un protocolo específico y es bueno que lo conozcamos para no ser extorsionados.

Las protestas han llegado como lluvia después de la sequía. En medio la tormenta de quejas sobre las reglas rídiculas que se impondrán a quienes circulen en la Ciudad de México hay que decir algo. Los policías de chaleco amarillo están muy bien entrenados y son muy amables. Son corteses y muy diferentes a los que no tienen chaleco y tienen uniforme de otro color. Estos son jóvenes, están en forma y tiene una buena actitud. Los otros son gordos, cínicos y quieren extorsionar a quien se deje. Lo comprobé en primera persona y fui gratamente sorprendida.

Ayer, justo después de que me dieron el reglamento, estuve circulando por las calles del Centro Histórico y sus alrededores. Con desconfianza vi que las esquinas parecían panales con abejas amarillas. Sentí miedo de que me fueran a quitar dinero por cualquier tontería o que se quisieran llevar mi coche al corralón por cualquier motivo. En honor a la verdad, cada uno de los muchos que se acercaron, se dirigieron a mi con corrección, amabilidad y me tuvieron mucha paciencia.

Tuve que detenerme en la esquina de Isabel la Católica y Madero para que uno de mis alumnos bajara del coche y entregara unas revistas en el Museo del Estanquillo. Un par de policías de chaleco amarillo, un hombre y una mujer, me indicaron que estaba prohibido que me estacionara ahí. Cuando le dije que sólo estaba bajando un pasajero del auto, se retiraron sin dar lata. Su tono fue respetuoso y cordial.

En la Antigua Escuela de Médicina, los policias de chaleco amarillo me indicaron en que zona me podía parar a esperar por unos cuantos minutos. Supongo que les hacía gracia mi cara de incredulidad al escucharlos tan correctos y colaboradoroes.Pensé  que estaba en una especie de ensueño.

Más tarde, tuve oportunidad de platicar con varios de ellos. El tono fue de una autoridad respetuosa que está bien capacitada para llevar a cabo su trabajo. No hubo miradas insolentes ni frases resentidas. Eran personas que se sentían contentas y orgullosas de su trabajo. Me dio gusto. Ojalá así se queden, espero que hagan buen trabajo y no les gane el mal espíritu   de la corrupción.

  

¿Quién es Andrés V.F.?

Andrés V.F. Es el joven gallego que lo dió un puñetazo en la cara a Mariano Rajoy en pleno acto de campaña. Para unos, el incidente puede ser muy gracioso y en cierta forma lo es. Pegarle a la autoridad es un acto de rebeldía que tiene tines pícaros que pueden robar cierta risa. Sin embargo, dada la situación mundial, el hirno no está para bollos. Golpear a un primer mandatario deja de ser chistoso por los alcances y repercusiones, también por lo que refleja.
Sé que el mundo de los hubieras no existe. Sin embargo, Andres V.F. Tuvo suerte. Pudo haber sido acribillado por las guardias de Rajoy y el chiste en vez de ser gracioso hubiera sido lamentable, como también lo es. Los alcances de un golpe así se alejan de la arena política y entran al terreno de la seguridad. 
¿Qué refleja el puñetazo a Rajoy? Una falla en el equipo de resguardo del Presidente español. Así como Andrés V.F. lo golpeó, pudo haberlo matado. Claro que refleja descontento, en general, en el mundo los líderes políticos gozan de mala reputación y hay a muchos que se les antoja majarlos a palos, pero un estado de lucidez nos impide hacerlo. Si no es la lucidez, hay guardias que deberían ocuparse de ello. Rajoy nomtuvo esa suerte.
Por su parte Andrés V.F. sí tuvo la suerte de toparse con al prudencia del equipo de seguridad de Rajoy. No lo mataron. Lo inmovilizaron, lo metieron a una mueblería, esperaron a que la multitud se diluyera y luego lo llevaron a la comisaría a enfrentar cargos por sus hechos. Si Andrés V.F. Hubiera estado en San Bernardino otro hubiera sido su destino. No importa que Rajoy sea o no popular, las cuestiones políticas se hacen de lado. El señor es autoridad de España, lo hecho por este muchacho, menor de edad, fue algo sumamente idiota que pudo haber llegado más lejos y en peores circunstancias para él.
¿Quién es Andrés V.F.? Un chico estúpido con suerte.  

  
  

El Papa Franciaco, Nostradamus y las palabras transitivas

No sólo los verbos son transitivos, también hay palabras que exigen la presencia de un objeto directo para ser plenas y escapar del vacío. Son conceptos universales que se han usado tanto en discursos que se les ha provocado un desgaste que les quita el lustre y nos confunde la falta de brillo. Son las típicas buenas intenciones que caen en el hueco concavo que no se acompaña de la acción y eso, por fuerza, destinta y desaliña las palabras. El Papa Francisco en la bula Misericordae vultos, con la que da inicio al jubileo, nos hace conscientes de que si el amor, el perdón y la misericordia no tienen una contraparte que reciba la acción, estamos hablando de palabras vacias.

El Papa Francisco juega con las predicciones de Nostradamus que dijo que el penúltimo Papa sería negro. Las interpretaciones decían que el color no era la piel sino del hábito, y los jesuitas, congregación a la que pertenece el Pontífice, usa sotana negra. Pues si he de ser el penúltimo en sentarme en la Sede de San Pedro, que sea con provecho, pesará  el Papa y nos abre una puerta a la Misericordia. Los católicos iniciamos un año litúrgico con una intención concreta, buscar el rostro de Dios para abandonarnos en el amor que no conoce límites. 

El Papa Francisco dice que se abre la Puerta Santa para”el pueblo cristiano pueda reflexionar sobre las obras corporales y espirituales de misericordia. Será una manera de despertar nuestra conciencia, demasiado a menudo sorda frente a la pobreza”, y añadió que la misericordia es “el fundamento mismo de la vida de la Iglesia” y que “toda su actividad pastoral debe ser contenida en la ternura que hace presente a los creyentes”. La misericordia ha de ser transitiva, ha de iniciar en quien la da para llega a quien la recibe. Es Dios en contacto directo con su creación. Es Dios dirigiendo a su grey y abriendo los brazos para dar ánimo y amor.

“Nunca en su predicación y en su testimonio ante el mundo puede faltar la misericordia. La credibilidad misma de la Iglesia se ve en la forma en que muestra el amor misericordioso y compasivo”. No únicamente desde el púlpito sino cerca de quienes necesitan consuelo, de los que creen que el amor de Dios ya no les toca, de los que caminan sin ver que ahi está la presencia que eternamente ama y recibe a sus criaturas con ternura, sin reproches.

A cincuenta años del Concilio Vaticano II, Francisco recuerda que Misericordia es dintel de la Iglesia. Es el “camino que une a Dios y el hombre, ya que abre el corazón a la esperanza de ser amado para siempre, a pesar de los límites de nuestro pecado; ley fundamental que vive en el corazón de cada persona; dintel que apoya la vida de la Iglesia; ideal de la vida y criterio de credibilidad para nuestra fe” son las numerosas definiciones que Francisco da de misericordia, haciendo hincapié en que no es “un signo de debilidad, sino más bien la calidad de la omnipotencia de Dios.”  En Jesús, todo es amor y misericordia.

El sostén de este jubileo es “el perdón es la herramienta en manos humanas frágiles para alcanzar la serenidad del corazón y vivir felices.” Franciso es el pastor que apacienta las ovejas. Si el mundo se va a acabar, la Humanidad debe saber que ese tránsito ha de ser tranquilo y feliz.  Por lo tanto, la exhortación es a la Iglesia para que se enfrente a la “carga de la alegría del perdón, fuerza que resucita a una nueva vida y le da coraje para mirar hacia el futuro con esperanza.

El Papa nos deja la invitación por medio de esta jubileo que terminará el próximo 20 de noviembre, a todos y a casa uno nos queda acepta la invitación para cruzar ese dintel.  

   
 

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