Amenezas que no son bastante duras

Es la típica situación que se repite en todos los hogares del mundo. Un hijo hace algo que no debería haber hecho, una travesura, una grosería, algo que no fue correcto.para que se corrija y cambie su comportamiento se recurre a una amenaza:  un castigo ejemplar,  un azote, no poder jugar con los juguetes, no salir al parque o lo que sea que le ponga sobre aviso. Si haces algo vendrá una consecuencia. Pero, si la amenaza no se cumple, el límite se desgasta. Si vamos a amenazar y no estamos dispuestos a cumplir, mejor deberíamos cerrar la boca. Las consecuencias de intimidar y que luego no pase nada, es que nos convertimos en el hazmereír del amenazado.

El que amenaza muestra miedo. Si te digo que te voy a pegar, me asusta levantarte la mano. Cuando alguien quiere hacer algo y está convencido de ello, no anda advirtiendo, sencillamente lo hace. Andarle haciendo al gallito con los hijos tiene consecuencias fatales para su formación. Andar intimidando, cuando eres el Presidente de los Estados Unidos es otra cosa. El apercibimiento de un mandatario es cosa seria, a menos que se trate de Donald Trump vociferando frente a Corea del Norte.

El anciano de la Casa Blanca eleva el dedo adminitor y le advierte al escuincle maleducado de Corea del Norte que le llegará un castigo terrible si hace algún movimiento contra Guam. El mocoso le saca la lengua al viejo. Entonces, como si estuvieramos viendo un cuadro cómico de Groucho Marx o del mismísimo Charles Chaplin, vemos al abuelito hacer un berrinche mayúsculo y proferir amenazas como una cafetera destartalada a punto de deshacerse entre vapores y chiflidos. El niño le hace una trompetilla y el hombre añoso, rojo y con un lenguaje cercano a Cantinflas, vuelve a amenazar. 

La escena nos da risa y luego se nos quita al momento en que caemos en la cuenta de lo que estamos hablando. El mundo mira con horror la torpeza norteamericana, no podemos decidir si nos dan ganas de reír o llorar. ¿Qué está pasando en un país cuyas flias y fobias los sacaron de la realidad? El odio a ultranza, la falta de reflexión, los valores trastocados, la ignorancia y la patanería han dado como resultado a un engendro que no sabe mandar y quiere resolver todo a base de amenazas, que no va a cumplir.

La diplomacia es una herramienta más elegante y, sin duda, más eficaz. Pero, eso es pedirle peras al olmo. Ser firme no significa ser violento o actuar a base de gritos histéricos. Se trata de entender y planear, de ser un estratega y tener la talla de un mandatario. Para ello, hay que tener claro el motivo de la disputa y el objetivo que se quiere alcanzar. Por supuesto, siempre hay que intentar de ser los más coherente posible para poder defender argumentos y que tu contraparte note que tienes claro el camino a seguir. 

Pero, eso hoy por los rumbos de la calle de Pensilvania, es mucho pedir. Casa nación tiene el gobierno que merece. Pobres estadounidenses, se conformaron con poco, se dejaron encandilar. El mundo los miraría con ternura si no fuera porque están agitando el avispero atómico. 

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Nuevas formas de guerra

El antentado en el metro de San Peteraburgo me confirma que las estrategias para hacer guerra están cambiando. Las campañas napoleónicas quedaron atrás. Los campos de batalla en los que dos ejércitos combaten parecen cosas del pasado. La lógica de las formas bélicas se mueve de lugar y deja en desuso ciertas armas. Los tanques, las metralletas, los cañones pierden uso, ahora las armas de destrucción son menos sofisticadas, una bomba de clavos, una camioneta todo terreno, un trailer sirven de la misma forma en que antes lo hacían las bayonetas.

Claro, antes había el honor de los ejércitos. Los soldados se enfrentaban para defender las causas de cada lado y los civiles sufrían el hambre y el desastre de los esteafos de la guerra. Pero, poco a poco ese honor se fue perdiendo. Los efectos colaterales se transformaron en víctimas inocentes que tuvieron la mala fortuna de estar ahí. Es verdad, las guerras siempre han cobrado vidas inocentes. Pero, el día que en Enola Gay abrió sus compuertas para liberar a Little Boy y estallar sobre Hiroshima y días después Backscar hizo lo propio sobre Nagasaki se abrieron las puertas desastrosas de Pandora. ¿Cuántos japoneses murieron sin haberse enterado de las razones que hubo para bombardear Japón? ¿Cuántos niños, mujeres, ancianos y hombres de bien quedaron hechos cenizas sin haber hecho daño alguno en su vida? Y lo mismo aplica para esos drones que matan sin precisión, que se equivocan y caen en hospitales o en refugios o en campamentos de la Cruz Roja. 

La desesperación que causa la guerra es igual siempre, pero el honor es un parámetro diferenciador.  

Parece que esas formas en las que se piden disculpas por el fuego amigo, o en las que ni siquiera se preocupan de decir lo siento, están siendo copiadas por terroristas. Pero, la sofisticación de sus procedimientos se están simplificando. No necesitan bombas de destrucción masiva, ni robots teledirigidos. Se valen de artículos cotidianos, casi domésticos y sin dar importancia a la inocencia o identidad de sus víctimas, perpretran el crímen, casi sin invertir grandes cantidades de recursos.

Ni en Niza, ni en Londres ni en San Petersburgo se vieron tanques, ni metrallas. Ni siquiera se vieron pistolas o cuchillos. La guerra adquiere otras formas. Las medidas preventivas e intimidatorias a las que se vio sometido el mundo desde la adminsitraciónnde George Bush, no han surtido efecto. Parece que la maldad no se inhibe por decreto, a las pruebas me remito. Es tiempo de buscar los origenes verdaderos y reconciliar con el mundo a estos personajes que son capaces de matar porque ya no tienen nada que perder.

El honor que antes llevaba a un soldado a batirse cuerpo a cuerpo sin meter en la lucha a quienes no formaban parte del ejército se perdió y con ello, la transformación de la guerra nos deja con ojos llorosos y dientes rechinando.

Confusiones

Algunas veces me confundo y dejo de entender las cosas. Cuando los conceptos se mueven de lugar y quedan descolocados, la cabeza empieza a dar vueltas, las preguntas germinan en terreno fértil pero las respuestas escasean, se vuelven tan fáciles de encontrar como un estanque de agua clara en medio de un desierto arenoso.
Escucho el discurso, airado y sentido del Presidente Obama. Agita el puño y golpea el atril al informar que su respuesta ante la captura, martirio y degollamiento de periodistas es la guerra. Contra los terroristas, unidad global y mano dura. Lo dijo en la sede de las Naciones Unidas, casa donde se resguarda la amistad internacional, sitio en el que se vela por la armonía del mundo. Mi cerebro se confunde, las ideas se me hacen moño y, desde luego, dejo de entender. ¿Qué no es este sujeto al que le dieron el Premio Nobel de la Paz? ¿Qué no es la ONU la organización encargada de salvaguardar la concordia mundial?
Me cuesta trabajo encontrar una diferencia entre matar a control remoto o asesinar cuchillo en mano. Para las dos acciones se necesita la misma sangre fría. En ambos casos, la muerte triunfa.
El Premio Nobel de la Paz es uno de los cinco premios que fueron instituidos por el inventor e industrial sueco Alfred Nobel. Este premio se otorga “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”, según dice el testamento del propio Nobel. En mi confusión, yo veo a Obama trabajando al revés de lo que Nobel testó.
La ONU es la mayor organización internacional existente. Se define como una asociación de gobierno global que facilita la cooperación en asuntos como el derecho internacional, la paz y seguridad internacional, el desarrollo económico y social, los asuntos humanitarios y los derechos humanos. No entiendo como un discurso para justificar una guerra se pudo pronunciar en el centro de operaciones de la institución que vela por tan altos valores sin venirse abajo.
Entiendo la rabia y la impotencia que siente el presidente Obama al ver esos videos sanguinarios y de crueldad extrema. Lo entiendo porque yo misma siento ese hoyo de terror en las entrañas. Sin embargo, sé que la violencia engendra violencia, una más brutal y con mayores potencias. La contestación de una agresión con otra tiene un efecto multiplicador que provoca mayor ira, resentimiento y sed de venganza.
Entonces dejo de entender. ¿Qué pasó ayer en las Naciones Unidas con el Presidente Obama a quien se le otorgó un Premio Nobel de la Paz? Discúlpenme, no lo entiendo. Avanza la confusión.

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Últimos minutos

La imagen me dejó helada. La vi sin sonido, por los subtítulos me enteré de lo que pasaba. Un reportero estadounidense estaba a punto de ser degollado por un uniformado iraquí.
El ejecutante, portando uniforme militar y con la cara oculta tras un pasamontañas, elevaba una especie de guadaña y hablaba frente a la cámara.
El sentenciado, hincado junto a su verdugo, miraba al frente, no hacia la cámara, sino al frente. Cerraba los ojos mientras el militar pronunciaba su discurso. Tensaba los músculos del cuello y apretaba los labios.
El uniformado elevó la guadaña y sucedió algo sorprendente. El sentenciado abrió los ojos, miró a la cámara y empezó a hablar. No sé que dijo, porqué donde yo estaba no había audio. Pero su actitud se ganó mi admiración. No lloraba, ni suplicaba. Enfocaba a la cámara y pronunciaba sus ultimas palabras. Aprovechó el momento para demostrar valor y honor. Estoy segura de que sus palabras fueron espléndidas, a pesar de que no las pude escuchar. No hizo falta. Su actitud frente a la muerte lo dijo todo.
Entonces guardó silencio. El militar bajó la guadaña. El video terminó antes de que acabara la vida del reportero. No vimos el final, gracias a Dios.
La siguiente imagen fue la del Presidente Obama, distinguido Premio Nobel de la Paz, sin corbata, con la camisa arrugada y el saco mal puesto. El rostro era pálido y los labios se le veían secos. Tampoco pude oír lo que dijo. Gracias a Dios.
No sé porqué ejecutaron a este reportero, imagino que el motivo fue su nacionalidad. Casi puedo adivinar que su muerte fue un mensaje sangriento para las autoridades estadounidenses. Lo malo es que lo vimos muchos, también su familia. No les servirá de consuelo, pero es de admirar la fortaleza y la dignidad con la que enfrentó en sus últimos minutos lo que le llegó por nacimiento.

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Un clavo que duele

Hace tiempo escuché al representante de la Organización para la Liberación de Palestina en México, que hubiera sido como el embajador si en aquellos años se le hubiera dado reconocimiento al territorio como país, preguntar qué sentiríamos si de repente un extraño que ni vela en el entierro tiene, decretara que mi casa es de otro. Qué sentiríamos si de un día para otro perdiéramos todo y fuéramos expulsados del lugar que conocimos como patria.
Pero cuidado, el tema es escabroso y lleno de minas. Hay odios milenarios, tierras prometidas, un pueblo errante que siente en el centro del corazón que Dios les asignó ese pedazo. Pero esa región desértica lejos de manar leche y miel, se ha convertido en fuente de sangre, rencor y hiel.
Golda Meyer, primera Primer Ministro de Israel dijo que esa guerra terminaría en el momento en que los hombres y mujeres involucrados le dieran mayor intensidad al amor por sus hijos que al odio que heredaron de sus padres. No ha sido posible.
¿Ante quién inclinar el fiel de la balanza de la justicia? Imposible decir. Hay mentiras, hay abusos, traiciones, tortura y golpes bajos de ambos lados. Todos han derramado lágrimas genuinas. Familias enteras han desaparecido, cada quien tiene un padre, una madre, un hermano, una tía, un primo o una hija que perdió la vida en este conflicto.
Las olas de este enfrentamiento llevan el ritmo del mar, a veces se enfurecen y a veces son tan tenues que el mundo se regocija pensando que ya se resolvió . Nada. Revive con furia y nos hace sentir el terror.
Israel o Palestina. Palestina, Israel. Es un clavo que le duele a la humanidad. Sin duda es tierra sagrada para mí, para ellos y para muchos. Debería ser Tierra Santa, espiritual y amorosa. No lo es. La virulencia de esos odios tiene víctimas civiles y eso sí que no es justo. Ataques a escuelas, a niños son canalladas sin sentido. El rencor es el rey y asfixia a la misericordia.
Lo complicado del asunto recae en las negociaciones. No hay confianza, no hay forma de creer en el que mató a tu esposo, que hirió a tu hijo que dejó huérfano a tu hermano, a ti. Traiciones justificadas en odios. La combinación no es buena. Tampoco les ha dado buenos resultados. La acumulación de cadáveres sigue. Esa tierra bendita mana sangre y hiel. Es un clavo que le duele a la humanidad. Ya sería momento de sacarlo y acabar con ese dolor.

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Cuando el tiempo es sangre

Inicia, como cada año la reunión de Ginebra para hablar de la paz. La cita en la que se reúnen los poderosos de la tierra ya llegó y los invitados están sentados a la mesa. La cumbre inicia con el antónimo del propósito que sirve de convocatoria, no es La Paz, es la guerra el tema central. Violencia, terrorismo, muerte. Siria toma el papel protagónico, se se pone en el centro de la discusión.
Ban Ki Moon opina, Kerry también. Dan soluciones con la autoridad del que habla de su propia casa. El Canciller sirio resiente el tono de las palabras y las acciones de los países vecinos, no se le ve contento. Les recrimina diciendo que ambos opinadores viven muy lejos, que desde Nueva York y Washington las cosas no se ven igual que desde la línea de golpeo. Tiene razón. La oposición también tiene voz, dice que los minutos son vitales, que el tiempo es sangre.
El norte de África se ha visto convulsionado, a lo lejos se percibe como los viejos caciques caen y llegan nuevos regímenes que parecen ser democráticos. Sin embargo, la nube de los liderazgos religiosos acecha. Sabemos, porque lo sabemos que mezclar las cuestiones políticas con las de Dios nos acerca más al infierno que al cielo. Salman Rushdie en los Versos satánicos toca el tema. En la novela El Profeta confunde las palabras del Arcángel y decide aceptar la adoración de una diosa pagana a cambio de gobernar una ciudad de arena. Sí todo el simbolismo alrededor de la laicidad que debe prevalecer en el gobierno de los estados. El Profera de la novela es repudiado por sus seguidores, ha caído en la peor de las tentaciones. Así no debe de ser. Su rostro se llena de vergüenza.
Dejar separados el terreno político y el religioso es lo mejor que le puede suceder al ser humano. Los de Dios a trabajar la tierra de labranza del Señor y los otros a hacer un trabajo honesto y democrático. En los terrenos de Dios hay que tener fe, en los de la política no, ahí hay que rendir cuentas. Si los términos se mezclan, las cosas se confunden y terminamos en violencias irracionales como las guerras religiosas. Te mato en el nombre de Dios. ¡Santo cielo!
Mientras tanto los civiles lloran la falta de paz.
Nueva York y Washington están muy lejos y ven las cosas a su modo, unos dicen que a sus conveniencias. Las eminencias de la ONU y de Estados Unidos elevan el dedo para opinar y a veces no queda claro si se entiende el problema o no. Las guerras son del diablo, la violencia es mala por dónde se vea. El origen de ellas es lo que se tiene que analizar y eso es sumamente difícil. Se complica más si el análisis se hace desde la lejanía de un escritorio. Peor si las cosas se dejan crecer hasta convertirse en un monstruo sin pies ni cabeza. Eso y las mentalidades tan diferentes.
Lo veo aquí, en Michoacán. La maraña entre las autodefensas, el ejército, La Familia, Los Templarios, son muchos nombres y muchas armas. Son muchas balas para gente que habita tierra buena. Si desde la capital del país no se pueden resolver las cosas, si los metros entre Morelia y Apatzingán parecen alargarse, imaginen la distancia entre Siria y Estados Unidos.
Lo cierto es que allá como acá, el tiempo es sangre y cuando eso sucede, más vale apretar el paso y llegar a una solución. Mientras más rápido, menos sangre será derramada.

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Guernica y Acteal

A Roger Cohen, articulista del New York Times, el 75 aniversario de que Pablo Picasso pintó el Guernica, le evoca recuerdos de su tío Bert Cohen, un joven oficial que peleó en la Segunda Guerra Mundial en Italia, cerca de Finale Emilia.
Los Cohen recuerdan los estragos de la batalla que dejaron vehículos ardiendo en flamas, caballos agonizantes, con las fosas nasales calcinadas, jadeando de terror. El hedor a carne quemada, masas humanas de alemanes e italianos regados por doquier, cuerpos de jóvenes, niños, mujeres, ancianos que se quejaban o pedían a gritos la muerte. Una horrible imagen del caos.
Otra imagen de guerra, la de Guernica, fue pintada por Picasso, cuando se enteró del bombardeo fascista al poblado vasco. Murieron más de 1500 personas. Pablo Ruiz plasmó la imagen que dio a conocer alrededor del mundo el terror y la agonía de la guerra, la esencia de la angustia. Picasso en su ira e impotencia, plasmó las emociones en una expresión eterna a través de su forma artística. Instiló el dolor de los muertos, de los deudos, de los heridos e hizo de un ataque sin sentido el símbolo de la protesta eterna que bien puede representar los asesinatos en cualquier parte del mundo.
A los Cohen, el Guernica les evoca recuerdos de la Segunda Guerra, a mi me trae a la memoria la masacre de Acteal. Sí, el 22 de diciembre de 1997, un grupo de indígenas Tzoltziles que habían sido desplazados de sus tierras, rezaban en la iglesia de Acteal, Chiapas, cuando un grupo armado abrió fuego. Los cadáveres de hombres, ancianos, niños y mujeres quedaron regados dentro y fuera del recinto sagrado. Entre los muertos se encontraron cuerpos de mujeres embarazadas y niños que no alcanzaban los tres años de edad. Se disparó a gente indefensa que estaba reunida en un sitio de oración. De los perpetradores sabemos poco.
Después de casi quince años, un grupo de diez indígenas Tzoltziles que no hablan español estuvieron a punto de hacer historia, llevar al expresidente Ernesto Zedillo, al banquillo de los acusados, por crímenes de guerra en una corte estadounidense, en Connecticut, donde tiene su residencia el ahora profesor de Yale. El argumento para el juicio es que el entonces presidente apoyó y ayudó a ocultar al grupo paramilitar que perpetró esta masacre.
Es claro que Ernesto Zedillo no jaló el gatillo asesino. No es muy claro quien sufraga los gastos de estos indígenas, cuya identidad está protegida por el anonimato Parece que se trata de un ajuste de cuentas entre políticos.
Eso es cierto, pero en mi opinión, todos merecemos un día en la corte. Zedillo para defenderse, para dar su opinión, para decir su verdad. Los indígenas y sus deudos merecen una justificación de lo que sucedió. Nosotros como mexicanos también somos dignos de saber lo que pasó.
No nos debería escandalizar ver a un ex mandatario rindiendo cuentas por sus hechos. Pero no. Eso no sucedió. La Secretaría se Relaciones Exteriores solicitó inmunidad para proteger al ex funcionario y la administración Obama la concedió. Con esto las autoridades mexicanas, celosas protectoras de connacionales en desgracia, han dado muestras de solidaridad pero han tendido un manto que nos impedirá saber de boca del Dr. Zedillo lo que pasó. La inmunidad otorgada dio fin al proceso judicial antes de empezar. Se opacó la transparencia y la posibilidad de enterarnos por boca de un personaje tan importante en la historia de los hechos. Se silenció una voz importante. Ni hablar.
El Guernica a los Cohen les evoca recuerdos. A mí, al igual que a ellos, al igual que al pintor, me hace sentir el sinsentido de los asesinatos a personas que de forma pacifica se reunieron a orar y encontraron la muerte. Me recuerda las propias palabras de Picasso ” ¿Qué crees que es un artista? Es un ser político, constantemente sensible a acontecimientos desgarradores, intensos, o alegres, a los que responde en todo sentido”.
Reconozco el mandato del artista, por eso pongo al servicio de las víctimas de Acteal estas palabras. Lo hago con humildad, también con energía. No sea para ellos el olvido. Eso jamás.

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