Aferrada

A punto de cortar la última hoja del calendario, leo el texto de Manuel Vincent en el que cuenta de una isla de los mares del sur habitada por esas tribus primitivas cuyos moradores celebran el nacimiento de la nueva luz con un rito singular.
Al ritmo de los timbales y las tamboras, los jóvenes obligan a los más viejos a subir a lo alto de las palmeras cocoteras más elevadas y una vez allá, los urgen a aferrarse con fuerza a las ramas, a las hojas o a lo que puedan. En seguida empieza la ceremonia. Agitan con energía los troncos. Al son de la música y con el ímpetu de la juventud, los chicos mueven los árboles y las palmeras tiran los cocos maduros y a los viejos que no lograron agarrarse con el vigor suficiente o que no encontraron un sostén firme.
Los que se estrellan en el suelo, enfrentan la muerte, los que consiguen superar la prueba, aferrándose con fuerza, protegiéndose a sí mismos, bajan en medio de aplausos y reconocimientos. Son los más respetados, por lo menos hasta que llegue la siguiente prueba. Para los isleños la vida le vale a los que están dispuestos a aferrarse, a los otros no. Parece brutal, pero el rito tiene sus símbolos.
La palmera cocotera es un signo del trayecto de la vida y el vaivén de los troncos son esas pruebas que nos da la existencia para aferrarnos a nuestros planes y proyectos, a nuestros sueños. Si los soltamos, es posible que nos partamos en dos, como cocos maduros. Pero, si nos aferramos con fuerza, no habrá turbulencia que nos haga caer. Eso es así, con independencia de la etapa de vida que este se viviendo. Mientras más turbulento sea el escenario, se necesita de mayor entusiasmo y más garra.
Empezar el año, con una lista de sueños que se transformen en planes y luego en realidades, es sólo el primer paso. Hay que aferrarse, tener la fuerza suficiente y un buen soporte. El que claudica a la mitad del camino no alcanza a ver la meta y muere un poco.
Algunos creen que la fuerza viene de dentro, otros que llega de lo alto. Lo importante es encontrarla y aferrarse a ella.
Sé que la necedad y la perseverancia se parecen. También la desidia y la holgazanería. Mejor ser faro que veleta.
A veces, aferrarse significa abrir los ojos y disfrutar la vida. Amar cada momento y gozar. Encontrar motivos para morirse de risa, para recibir besos y dar cariño. Abrazar al cocotero, con fuerza, y sonreírle al futuro que nos espera el próximo año. En ocasiones, es necesario saltar de una palmera a otra y aferrarse a la nueva. Soltar un asidero y tomar otro. Siempre es necesario aferrarse, el que se suelta, se cae.
A punto de cortar la última hoja del calendario, pienso en los sueños del año que está por terminar, los que se llevó el viento y los que se lograron concretar. El balance me dice que lo que más se desvaneció fueron los miedos, que se hicieron realidad los buenos propósitos y que lo que se quedó en el tintero, es fácil de retomar. Hubo bendiciones que dieron fuerza y el cielo sirvió de buena base. Las caídas nos llevaron al hospital, pero no nos derribaron. Hubo buena cosecha y seguimos aferrados a nuestra palmera.
Lo sorprendente de la historia de la tribu primitiva es que los viejos que cayeron fueron los que no eligieron un buen soporte, los que agarraron una rama débil y los que por su rigidez dejaron de percibir la música. En cambio, los que llevaban el ritmo, los que sonreían y dejaban que todo fluyera, eran los que pasaban la prueba. En la apertura del corazón al disfrute de los timbales y las tamboras encontraron el secreto.
Deseo que las agitaciones del 2014 se suavicen en 2015, que disfrutes la música y goces el fluir de la vida. Deseo que te aferres bien, que elijas buen soporte con ramas fuertes y consigas bajar entre aplausos. Que los sueños se traduzcan planes y ellos en bellas realidades dignas de compartir. Deseo todos los bienes del mundo, pero de todos ellos, con cariño espero que haya salud, amor y prosperidad. Que el 2015 empiece a tambor batiente y que la melodía te sea grata.¡Mil felicidades!

En silla de ruedas

La perspectiva desde una silla de ruedas te obliga a ver el entorno de forma diferente. El punto de vista de quien empuja una silla de ruedas cambia en el momento en que toma la empuñadura para empezar a andar. Ya se sabe que el mundo está diseñado para el homo erectus y que las excepciones en este caso, prácticamente no interesan. Las calles, las banquetas, las mesas, las perillas, los botones de un elevador, el diseño de las llaves de un lavabo y casi cualquier cosa que uno pueda mencionar, está pensado para la gente normal, es decir, sana.
Antes de causar una revolución, debo decir que sí, efectivamente existen lugares preferentes reservados para discapacitados, que hay rampas en las esquinas en muchas ciudades del mundo y que mientras más desarrollado sea un país mayores facilidades se da a quienes andan en silla de ruedas. No son suficientes.
La gente que puede caminar no se entera de la dificultad que enfrenta una persona en silla de ruedas. Un pequeño borde se convierte en un obstáculo insalvable, una rendija puede ocasionar un accidente y la altura de un mostrador hace que quien está sentado no se vea.
En general, las personas se divide en dos: los que ayudan y los que no respetan. Son muchos los que ofrecen auxilio a los discapacitados, pero basta la desconsideración de unos cuantos para causar grandes problemas. La falta de empatía con la gente de silla de ruedas es, en muchos casos, por falta de educación. Nadie nos hace consientes de que hay que hacerle espacio a la silla en un elevador, aun si eso significa bajarse y esperar el siguiente turno.
Ahora que me a tocado empujar una silla de ruedas, entendí la brecha abismal que se abre entre quienes podemos caminar en dos piernas y quienes se tienen que auxiliar con ruedas. Me tocó experimentar que alguien se ofreciera a abrir la puerta y muchos aprovecharan el viaje para pasarse antes, o que una persona se subiera al taxi mientras nos acercábamos con la silla. Las madres con carritos compiten y avientan la carreola para ganar espacio. Cuidadito y las mires feo, son capaces de golpear. Los peores son los que por ir distraídos, pendientes de una pantalla, de teléfono o de cámara fotográfica, se tropiezan con la silla, unos hasta se van de bruces.
También pude darme cuenta que los niños son los que más ayudan. Fueron los más pequeños los que me tendieron la mano con mayor frecuencia, los que ofrecieron apretar el botón del elevador, abrir la puerta o ceder su lugar en la fila.
El de la silla de ruedas tiene que sacar diez de sus cinco sentidos para cuidarse. El que empuja tiene que estar dotado con veinte. Por eso hay muchos que van siempre con cara de angustia y preocupación. Hasta que aprendes a tomar las cosas con buen humor. Entonces, las cosas se aligeran y hasta puedes hacer chistes.
El mundo de los de la silla de ruedas también se divide en dos, los que resienten su estado y los que ya lo han aceptado. Saben que las cosas tienen otra velocidad y se toman el tiempo que sea necesario, no hay muchas alternativas.
Otra división para los de silla de ruedas se da en términos del tiempo: los que la usan mientras se rehabilitan y los que lo harán en forma permanente.
La experiencia de empuñar el manubrio de una silla de ruedas ha sido muy enriquecedora, me ha dado una perspectiva diferente y me ha enseñado la importancia de la empatía. He recibido múltiples atenciones de gente que no conocía y que seguramente no volveré a ver. Me ha llenado el corazón de esperanza y gratitud.

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Dios ha nacido

La buena nueva se confirma, como cada año. Dios ha nacido, ha decidido tomar la forma humana y ha bajado del cielo para nacer en un pesebre. Los cristianos del mundo nos reunimos en torno a este misterio glorioso y festejamos una de las fiestas más grandes de la fe: Dios quiso estar con nosotros.
La manifestación de este amor tremendamente grande es el centro de nuestro júbilo. Tan difícil de entender, tan poco accesible a los medios que da la razón, es tan fácil si se abre el corazón. Es tan sencillo como extender los brazos y alcanzar esa fuente de consuelo inagotable, esa amistad perpetua, omnipresente y, sin duda, misteriosa.
Vemos el pesebre llenos de ternura y curiosidad, así como lo hicieron los pastores que corrieron al lado del niñito recién nacido por el llamado de los ángeles.
El camino de la curiosidad es largo, tortuoso y confuso, aunque lleva al mismo lugar. El del amor es sencillo y gozoso. Cada quien recorre el camino para el que fue llamado. Hay quienes alternan la ruta y en tramos corre por la curiosidad y otros por la ternura. Es mejor cuando el corazón manda.
Dios ha nacido, nos espera en la serenidad del pesebre. Nos convoca, por medio de sus ángeles, a acercarnos. Nos ofrece esa amistad y nos invita a entrar al misterio que entraña el amor sin límites. Podemos aceptar o no y también podemos elegir la forma en la que lo vamos ha hacer. Es nuestra elección aceptar de inmediato o dejarlo para después, cultivarla o descuidarla.
Pero, como toda amistad, lo mejor es cuidarla, procurarla y nutrirla. Hablar con Dios continuamente a lo largo del día, platicar con él, pedirle consejo, hacer bromas, agradecer, en fin, contar con él. Estar cerca.
Para los que les resulte difícil la figura del Dios omnipotente, ahí tienen la de Jesús Niño esperando en el pesebre. Aleluya, Dios ha nacido y quiere estar con nosotros. La invitación se hizo hace muchos años y, como cada año, se reitera esa Navidad.

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Donar adecuadamente

Es la temporada para dar y recibir, son los días en los que el corazón se pone de modo y tenemos el ánimo listo para compartir. Hemos hecho el balance del año y sea que nos haya ido mejor o peor, si tenemos deseos de dar algo a los desfavorecidos lo mejor que podemos hacer es analizar.
Dar porque sí, es un acto de generosidad, sin embargo, entregar dinero sin pensarlo bien, en lugar de ayudar puede resultar lo contrario. Si entregamos dinero a alguien en la calle, lo más seguro es que termine gastándose en drogas o alcohol, o si a caso, en una ayuda efímera de corto aliento.
También es posible estar entregando dinero a estafadores que aprovechan la ocasión para pedir dinero y embolsárselo. Lo hacen grandes instituciones y lo hacen vagos en la calle. Luego, vemos a los administradores de causas caritativas gastar en artículos de uso personal, o a vagos que se quitan los andrajos al subirse a su coche de último modelo. El peor escenario es el de los vivales que poner a niños a pedir para luego quitarles el dinero. La indigencia como industria es un mal terrible. No hablo de la gente en pobreza extrema, o de los que no tienen techo o tienen hambre, sino de los que abusan de aquellos que tienen buena voluntad.
La generosidad es un bien escaso, por eso hay que administrarlo bien. En ocasiones se trata de un impulso de temporada que no se repite muy a menudo, por eso resulta imprescindible pensar bien a a quienes queremos beneficiar al hacer un donativo. Al analizar, podemos entregar dinero a causas que administren bien los recursos y que la ayuda sirva durante más tiempo y mejor que una dadiva fugaz que calme las cosquillas del corazón en la época navideña.
También podemos focalizar nuestra ayuda en esos aspectos que, desde nuestro punto de vista, ayudarán a hacer un mundo mejor. Algunos preferirán cooperar para la causa de los ancianos, otros se inclinarán por los niños, algunos por los que sufren una discapacidad, otros por los enfermos. El centro está en ayudar de forma inteligente para que instituciones que en verdad dan auxilio, puedan recibir recursos que prolonguen su actividad y favorezcan adecuadamente a quien necesita ayuda.
Si en está temporada sientes la tentación de ayudar, lo mejor es donar adecuadamente, dando recursos a instituciones que puedan continuar con su labor por más tiempo.

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La sorpresa que nos dará Cuba

Los que piensan que con la reciente amistad entre Cuba y Estados Unidos empezará una nueva era, tienen razón. Sin embargo, aquellos que crean que la isla se quedó anclada al pasado y que como el reino de la Bella Durmiente todo quedo aletargado, se llevarán una gran sorpresa. En los últimos años grandes cambios se han llevado a cabo.
Desde que Raúl Casto llegó al poder en el 2008 se han implementado ajustes en la economía que hizo que medio millón de trabajadores cambiaran su condición laboral, de trabajadores del estado a empleados de empresas privadas. Los cubanos pueden vender y comprar casas y automóviles,los servicios han mejorado notablemente y los adelantos científicos son de los más avanzados en el mundo, específicamente en el terreno de la medicina.
La sorpresa es que en Cuba las cosas no están tan adormiladas como los estadounidenses creen. Sin embargo, también tienen razón los que se quejan de que en la Isla los activistas, los luchadores por los derechos humanos y los que quieren emitir opiniones en forma libre, siguen siendo perseguidos, golpeados, vejados. Sigue habiendo presos políticos.
Sí, pero Raúl a suavizado mucho la intervención estatal que operaba en los tiempos de Fidel. Ya el Estado Cubano no controla cada negocio ya hay hoteles privados, restaurantes de particulares y hay un mercado que deja de ser centralmente controlado para optar por el libre mercado.
Los más duros piensan que efectivamente hay una nueva Cuba, que se parece tanto a la anterior que les resulta idéntica. La sorpresa puede ser que en Cuba habrá lo que hay en todo el mundo, una elite de gente con muchos ingresos y una base que carece de todo. La sorpresa puede ser que la brecha entre los pobres y los ricos sea profunda y el último bastión comunista confirme, otra vez, las razones por las que el Comunismo falló.

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Scrooge

Al Cuento de Navidad de Charles Dickens le pasa lo que a la novena sinfonía de Beethoven, todo el mundo la ha interpretado y pocos son los que no han oído hablar de ella, pero también son muy pocos los que se han detenido a ver de qué se trata.
El Canto a la Alegría ha sido abordado por orquestas sinfónicas de primera talla, por Los Muppets, forma parte del repertorio básico de la enseñanza de flauta en las escuelas elementales, ha sido reinterpretado, hay rap, pop y en casi todas las ceremonias de fin de año se toca la novena de Beethoven. Pocos han recorrido los versos de Schiller y se han detenido a escuchar la obra en su totalidad. Pero es tan bella que se ha convertido en parte del imaginario colectivo.
Lo mismo sucede con Ebenezer Scrooge, protagonista de Un cuento de Navidad, se ha transformado en el eterno lugar común, en el antihéroe favorito de miles que ni siguiera saben quién es Charles Dickens, muchos ni siquiera saben el primer nombre del personaje, se refieren a él como si se tratara del Grinch y se olvidan de los detalles de la circunstancia que plantea el cuento.
Así como El Himno a la Alegría, El cuento de Navidad ha tenido película, caricatura y hasta Walt Disney puso a Rico McPato a interpretar a Scrooge. Pero cuando uno pregunta por qué se identifican con Scrooge, pocos saben qué contestar.
Ebanezer Scrogge no es un hombre que odie la Navidad por sí misma o por lo que representa. Es un personaje miserable que en su codería ha dedicado la vida a trabajar sin sentido y ha amado al dinero por encima de cualquier otra pasión. Hasta ahí se entiende la filiación inconsciente de muchos con el personaje, pero también es una reinterpretación que Dickens hace de la parábola de Lázaro y el hombre rico consignado en el evangelio de Lucas, versículo 12.
Pero Dickens, como dice Villoro, se vale de la Literatura para dar un curso diferente a la historia. A Scrooge se le da la oportunidad que al rico de la parábola se le niega. Ebanezer sí recibe la visita de ultratumba para advertirle lo que sucede a quien se deja seducir por el amor a lo terreno y por posponer lo bello en favor de lo miserable. Lo hermoso del cuento de Dickens es situar en el ambiente navideño el relato, pues el la época en la que recordamos la venida del Salvador y de aquel que representa al amor e su mas alta dimensión.
La historia empieza con una aclaración Marley estaba muerto, así arranca el cuento, tan frío como el clavo que cerró el ataúd, la pluma de Dickens hará florecer las metáforas más efectivas para dejarnos claras las características centrales de los personajes. A Scrooge le gustaba la oscuridad porque era barata. Scrogge era un hombre de solvencia mercantil, su firma era muy conocida.
Dickens advierte en el prefacio que el cuento es una provocación, quiere despertar un mejor sentimiento en la época de Navidad, quiere incitar a una reflexión, en estos tiempos es bueno hacer un alto en el camino y festejar lo realmente importante de la Navidad.
Scrooge es héroe porque entiende le mensaje que le da Marley, porque cambia y recorre el camino de transformación. Si los que aman a Scrooge hubieran leído a Dickens se enterarían de lo ridículos que se escuchan al atribuirle cualidades que se alejan del verdadero personaje.
Una buena lectura invernal, es el Cuento de Navidad de Charles Dickens por muchas razones, porque forja en la oscuridad y el frío a un personaje, solitario y amargado que lejos de pretender hacerlo una celebridad intenta reinterpretar una parabola y le da un final a Scrooge distinto al que muchos piensan.
Reseñar un cuento es invitar a su lectura. El cuento sorprende pues a la vez de ser una historia navideña es un texto de fantasmas, costumbres y lecciones. Se puede andar por el Londres de Dickens y por su corazón también.

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Cuando Cuba y Estados Unidos vuelvan a ser amigos

De los recuerdos de niñez y adolescencia viene la voz de mi padre que muerto de risa nos decía cuando le pedíamos permiso para algo imposible: Sí, claro, puedes… el día que Cuba y Estados Unidos vuelvan a ser amigos y, así nos íbamos con la cola entre las patas sabiendo que jamás nos darían el consentimiento solicitado. Sin embargo, parece que las cosas están cambiando.
El último vestigio de la Guerra Fría se viene abajo. Los años de enemistad parecen terminar. Castro, el hermano y Obama, el demócrata, le dan el mensaje al mundo de que, por fin, la Isla y su vecino más próximo se tienden la mano y para empezar habrá embajadas en Washington, D.C. y en La Habana. Lo curioso es que mientras el mundo está de plácemes y los cubanos de la isla festejan, la Cuba del exilio no se ve feliz.
Dicen y con cierta razón que no están dadas las condiciones para festejar, los dos maleficios que han postrado a los cubanos siguen asfixiando a la isla: Castro y el embargo. Tienen razón. Desconfían.
Es difícil creer en el nuevo amor de dos que en los últimos tiempos se han tratado tan mal. Difícil, no imposible. Hay que concederle a los que no se sienten contentos con el anuncio su parte de verdad, pero es preciso entender que el restablecimiento de relaciones entre esas dos naciones no se puede dar en un sólo paso, hace falta un plan y un proceso que parece largo, si se quiere obtener resultados de largo aliento.
Hace años, Guillermo Cabrera Infante, desde su Cuba particular asentada en Londres, tomó la cita de Lewis Carroll para iniciar su novela Tres tristes tigres: «Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada.», haciendo referencia a una Habana que estaba a punto de desaparecer, de sufrir una transformación radical.
Hoy, Cuba está frente a un momento similar. El reloj que detuvo el tiempo en la isla y cuyas manecillas se negaron a avanzar, parece que está a punto de despertar de un letargo de décadas.
Sé que no es lo que los cubanos del exilio quieren para su Cuba, entiendo que ser cubano fuera de la isla es un dolor fuerte y un estigma que acompaña siempre, es un anhelo de ver lo que ese pueblo necesita y les fue arrebatado: su libertad.
Sé del dolor que entraña un exilio y de lo duro que es entender que el motivo de dolor ya se acabó. Lo entiendo, porque así como el gran Cabrera Infante anticipó la luz de una vela apagada, yo puedo ver condiciones iniciales para que el escozor llegué a su fin. Lo que pasa es que es muy pronto para entender que lo que queda puede ser un reflejo.
Enhorabuena, cubanos, es posible que la herida haya sanado y que los motivos de pena estén a punto de morir. No hay mal que dure cien años.
Parece que el día en que Cuba y Estados Unidos vuelvan a ser amigos ya llegó.

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La hora del Presidente

Otra vez, nos duele la frivolidad de nuestros gobernantes. Nos tropezamos con la misma piedra que nos hizo ampolla a lo largo de los gobiernos priistas del siglo XX y que fue heredada por los panistas en los últimos años. Nadie se salva, ni la izquierda ni la derecha ni el centro ni gobernadores ni legisladores ni jueces ni nadie.
Nuestros gobernantes no están a la altura de los tiempos y mientras la Universidad de Berkley apoya una investigación periodística que nos da a conocer la nueva versión del caso Ayotzinapa, aquí le aparecen casas a los funcionarios de la primera línea del poder.
En el humo de la banalidad y en pleno Guadalupe-Reyes, confiando en que estamos distraídos entre festejos y posadas, un Secretario de Hacienda sale a dar explicaciones inverosímiles sobre la forma de operar un crédito personal. El señor Videgaray nos exhibe dos alternativas, o es un imbécil que no sabe de finanzas, lo cual está mal o es un corrupto que dice mentiras, lo que es peor. Es peor porque su figura mancha el prestigio de México y porque con su credibilidad por los suelos le será muy complicado operar las reformas, en casa y fuera de ella.
Antes, la Primera Dama nos de cátedra del mal actuar, de pésimo oficio y con la cara llena de fastidio da una explicación absurda que, es claro, ni entiende ni quiere dar. La pusieron a representar un papel que le quedó grande y a entregar cuentas que no sabe procesar. Su imagen, popular entre la gente a la que le gustan los dramas de telenovleas, cayó, incluso entre ellos.
El Procurador de la República está cansado y ya no quiere dar explicaciones, parece como si estuviera caminando sobre la cuerda floja y eso, además de complicarle la vida lo hubiera dejado exhausto. En vez de tener un funcionario empático, tenemos a un tribuno fastidiado que desea retirarse a sus aposentos a ver cómo se incendia Roma.
El Presidente huye, en plena efervescencia nacional, a justificarse frente al gobierno Chino del porque le canceló un contrato a una compañía constructora y abandona a padres de familia angustiados y a mexicanos que queremos un estadista, no un maniquí. De los integrantes de la familia presidencial, mejor ni hablamos. No les falta asesoría, les falta estatura.
En medio de un cochinero en el que de un momento a otro aparecieron Guerreros unidos, alcaldes criminales, esposas que se dedican al crimen organizado y aún sin entender qué hacían los muchachos de la normal de Ayotzinapa en Iguala, ahora nos enteramos de una supuesta intervención de la Policía Federal, del Ejército y de la presunción de que el mismísimo Secretario Osorio estaba enterado, en tiempo real, de los acontecimientos.
Enardecidos unos, indignados otros, con los ojos del mundo puestos en México, no le vemos tamaño a los que debieran estar en control. No hay sorpresas, más bien nos deberíamos estar acostumbrando a la frivolidad de los gobernantes.
En el centro de la crisis, la hora del presidente, esa en la que el señor que despacha en Palacio Nacional debe salir a resolver el conflicto, ya pasó. No lo hizo. Se le fue en un viaje absurdo y en apagar el fuego de una casa blanca que quedó manchada. Se le fue poniendo a una mujer que nos aclaró que no es funcionaria pública, pero que goza de las mieles del presupuesto, a dar la cara por él. En estos momentos, la hora del presidente que esperamos los mexicanos no es la de pedir perdón por sus faltas o por sus incapacidades, es la hora de rendir cuentas, de salir a decir la verdad de lo que sucedió. Es la hora de desmentir lo que no sea cierto, de acabar con los rumores que hacen ruido, de asumir responsabilidad y de ajustar su gabinete.
Es la hora de demostrar que está ahí para gobernar y no para robar. No queremos regresar al presidencialismo al ultranza, queremos que se ponga a trabajar, que nos de cuentas y nos diga, en verdad, qué pasó. Es hora de dejar a un lado la frivolidad y crecer a la altura que México necesita. ¿Podrá?

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Preparándonos

Los cristianos en esta época del año estamos de festejo. Nos preparamos para una de las celebraciones más solemnes e importantes del calendario litúrgico, esperamos fervorosamente la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios. Por eso estamos alegres y con el espíritu lleno de felicidad.
Para nosotros estos días significan un tiempo de espera que anticipa la dicha que nos trae la salvación. Es un periodo de agradecimiento y reflexión que precede la gracia que nos llegó por un Hijo que quiso venir al mundo para traernos palabras de amor, cercanía y una nueva visión del mundo: la de la luz que viene de lo alto.
Nos alistamos con devoción para que se verifique el designio que encierra el misterio del advenimiento de Dios para compartir en todo nivel la naturaleza humana menos la del pecado.
Navidad es recordar que el Señor se hizo presente y habitó entre nosotros . Es creer que Jesús Niño vino a traer la buena nueva a los pobres de espíritu, salud a los enfermos, ánimo a los de corazón quebrantado, perdón y libertad.
Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para recibir al Redentor, al enviado de Dios. En estos días aprovechamos para dejar el corazón listo para recibir el efecto santificador que nos cubrirá en cuerpo, alma y espíritu.
Pedimos un corazón sencillo, como el de un niño, para purificarnos de nuestras faltas y con el alma limpia permitir que brote el gozo que nos dan las fiestas que han de culminar con la adoración del Niño nacido en Belén.
Por eso en las casas se pone el nacimiento, se disponen las figuras de La Virgen María, de San José, de los pastores, la mula, los borreguitos, los Reyes Magos en torno a un pesebre que todavía está vacío.
Ese hueco en el pesebre es un signo que representa el lugar en el alma que debemos hacer para recibir al Salvador, es decir, tenemos que hacer espacio. Sacar lo malo para recibir la Gracia, lanzar fuera la oscuridad para dar entrada a la luz, arrojar el pesimismo para que pase la esperanza y dejar a un lado lo horrible para alojar el esplendor y la belleza de un niño recién nacido que trae palabras de vida eterna.
Los cristianos en esta época entendemos que para recibir la Navidad debemos ordenar el alma y hacerle un espacio a Dios.

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Leer en invierno

Leer en invierno es distinto a leer en verano. No es lo mismo leer sin reloj, hasta que el cuerpo aguante, tumbado en una hamaca con el aire cálido como compañero que hacerlo con temperaturas bajas que no te entusiasman a salir a sentarte en una banca al aire libre a pasar hojas y recorrer renglones.
En invierno, las cosas tienen otro ritmo y otras velocidades. Las vacaciones vienen aparejadas con múltiples compromisos. Brindis, abrazos, fiestas, compras, regalos, tráfico, ruido y ajetreo que no dan oportunidad de leer sin que el reloj esté marcando la hora para arreglarse y salir a cumplir el siguiente compromiso. El minutero se manda sólo y las medidas de tiempo invernales rinden menos. El segundero inicia una carrera vertiginosa al arrancar y se le hace tarde por dar la vuelta a la carátula del reloj. El titilar de la iluminación nos marca un compás acelerado en el que corremos de aquí para allá tan rápido que llegamos a olvidar si ya llegamos o estamos por salir.
Pero la lectura en invierno tiene un sabor especial. Entre los aromas a ponche, canela, tejocotes o a chocolate espumoso, las páginas de un libro adquieren sabor. Incluso el café de todos los días mezclado con la página del periódico adquiere un sabor especial. No sé si es el frío, o las luces navideñas, o el tono de fin de año lo que hace que las palabras tengan un gusto distinto.
Tal vez sea una especie de magia la que se confabula en estas épocas la que nos lleva a elegir autores que nos marcan tiempo y ritmo, aunque hay quienes no creen en eso y más bien optan por pensar que las en elecciones la voz cantante la lleva el subconsciente y hay otro grupo que afirma categóricamente que la responsabilidad es de quien elige.
Yo, que tengo fe y que creo que las musas tienen su parte en la selección, digo que leer en invierno sabe diferente y que hay autores que se aprecian mejor si se leen enrollados en una cobija, entre cojines y acariciando a un gato.
Es posible que entre el almíbar del pastel de frutas, los moños, el papel brillante de las envolturas, los abrazos, las felicitaciones y los buenos deseos, los libros cobren movimiento y aprovechen para acercarse y quedar a la distancia precisa para saltar a nuestras manos y hacernos correr aventuras.
Las lecturas invernales conllevan un misterio especial que es inútil explicar. Descifrar cómo fue que ese libro llegó a nosotros, sin importar que haya sido un regalo, que lo haya dejado un duende en nuestro buró es inútil. Lo mejor de las lecturas invernales es arrebujase en el sillón y disfrutar de entrar ese mundo sin límites que es un libro.

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