IV Foro México Unión-Europea

Las nuevas expediciones de Occidente que buscan motores de desarrollo económico para Europa quieren pasar por México. Parece que los modernos Colones, Magallanes, Corteses y anexas encuentran buenos vientos que los hacen mirar con simpatía hacia tierras aztecas. Ni los antiguos aventureros, ni los nuevos inversionistas son tontos. La atracción que México les ejerce no es gratuita. La Unión Europea reconoce el desempeño de la economía mexicana frente a una débil recuperación estadounidense y la persistente incertidumbre internacional vinculada con el Viejo Continente. La cosa se pone buena.
En el discurso del Foro México-Unión Europea la constante fue encontrar sinergías que puedan fortalecer la relación comercial a ambos lados del Atlántico. Sin duda esas son excelentes noticias. Pero, a decir verdad, el fiel de la balanza siempre se ha inclinado en favor de Europa. México compra mucho, Europa vende más de lo que está dispuesta a comprar. En México se habla mucho de Europa y allá casi no se menciona nada relacionado con nosotros.
Para muestra un botón. Basta hojear los diarios mexicanos y seguramente encontraremos varias noticias del Viejo Continente; en los de allá es raro ver menciones de México, si acaso el narcotráfico se cuela con alguna nota, o por ahí alguna escritora se llega a robar la noticia por ganar un premio, de ahí en fuera, nada. De igual manera, si revisamos la cantidad de artículos europeos que hay en una casa mexicana, sean electrónicos, de consumo, de limpieza, de belleza, medicinas o de lo que sea, con los objetos mexicanos que hay en un hogar europeo, nos daremos cuenta de que la cosa no es pareja.
Ciertamente es injusto ya que México le ha representado grandes utilidades a empresas europeas. En ocasiones, las filiales mexicanas han llegado a salvar la operación de sus casas matrices, si no pregúntenle al Banco Santander o al BBVA. Las inversiones e intercambios en tierras mexicanas han fructificado y al parecer pueden fructificar más dado el escenario económico actual.
Si bien los europeos saben que México tiene problemas, también hacen cuentas y del cargo y el abono nacen utilidades jugosas. Me gusta la visión que tienen banqueros, industriales, representantes y políticos de Europa que saben los terrenos que están pisando y que muestran disposición a arriesgarse e invertir en el país.
Me pareció lamentable el discurso del subsecretario Carlos de Icaza que nos habló de un México idílico en el que reina la paz y la buena voluntad, y en el que nada marcha mal y todo es perfecto. ¿Me pregunto si el antiguo embajador en Francia se ha dado una vuelta por los caminos de Michoacán? Tal vez el señor de Icaza no lee los diarios mexicanos, tal vez únicamente lee los de Europa y por eso no se entera de lo que sucede en Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León, en Morelos o en Guerrero. No dio datos duros, ni cifras, ni números para convencer a los inversionistas de que lo que él decía es verdad. Con una arrogancia absoluta menospreció a la audiencia y poco faltó para salir abucheado. Al final quiso componer las cosas, demasiado tarde, los demás ponentes sí venían preparados e hicieron evidente lo mal parado que quedó el subsecretario. Es lamentable ver a un diplomático de tan alto nivel quedar tan debajo del listón impuesto por sus colegas europeos. Menos mal que Luís Tellez sacó la casta. Para ser arrogante hace falta conocer bien el tema y llegar preparado. Tellez maneja su tema como un delfín en el agua. Así ni gordo nos cae.
Los europeos no son tontos. No se tragan los espejitos con los que de Icaza los quiere deslumbrar. Tampoco son almas de la caridad. Saben de las ventajas geopolíticas del país, de la mano de obra barata y calificada, de las bondades que México ofrece a las inversiones de largo plazo, del buen manejo macroeconómico.Por ello quieren jugar en nuestras canchas.
A pesar de la participación del representante de la secretaria de Relaciones Exteriores, la reunión fue buena, fue excelente. Las rutas de Occidente buscan motores de desarrollo económico para Europa en México. Ahora es tiempo de que aprovechemos la oportunidad y cambiemos la composición para que el fiel de la balanza comercial sea más favorable para nosotros. Se abren buenas ventanas de oportunidad.

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Teléfonos en el avión

Uno de los pocos sitios en los que podemos estar sin estar con un teléfono celular en uso es la cabina de un avión. Tan pronto como el piloto avisa a la tripulación que pueden armar los toboganes, se alumbra el anuncio de no fumar y de abrocharse los cinturones, sabemos que debemos de apagar el teléfono móvil. Antes de que el avión empiece a moverse para taxear por la pista, el aparato debe estar apagado. ¿Cuántas veces hemos visto a personas que se rehusan a obedecer las instrucciones de la azafata? Yo, muchas. Lo más simpático de la desobediencia es que en muchos casos no se trata de que estén interrumpiendo una conversación sumamente urgente, o que se este dejando pendiente algo de importancia extrema. La mayor parte de las veces son novios que se despiden, amigas que no han terminado de contarse algo, jefes que no dieron una indicación menor. En fin, por lo general, esas conversaciones interrumpidas no pondrán en peligro la vida de la nación, ni la continuidad de la rotación de la tierra.
Lo cierto es que la prohibición para usar el necesitadísimo aparato se basaba en que las ondas celulares interferían con los aparatos de navegación del avión. Siempre sospechamos de la veracidad de esas razones, especialmente porque muchos de los aviones de distintas líneas aéreas contaban con teléfonos de tarjeta de crédito que cobraban tarifas sumamente caras tasadas en monedas internacionales. ¿Por qué unos eran inofensivos y otros no? Las explicaciones sonaban endebles y los usuarios sospechamos que todo era un pretexto.
Pues, efectivamente, teníamos razón, todo eran puros pretextos. Las autoridades aeronáuticas de Estados Unidos han reconocido lo que todos ya sabíamos: el uso de teléfonos celulares dentro de un avión no pone en riesgo nada que tenga que ver con la navegación aérea. ¿Por qué no nos causa sorpresa esta noticia?
Sin embargo, lo que sí causa es un poco de angustia. Basta imaginar lo que sería un vuelo de cuarenta y cinco minutos con todo el mundo pegado al teléfono. Eso sería algo similar a un gallinero en efervescencia. Peor. Imaginemos un viaje transatlántico. No sería suficiente padecer al señor que ronca, ni al bebé que llora, ni al niño que cada dos segundos pide permiso para ir al baño, ahora tendríamos que escuchar una serie de conversaciones, timbres que anuncian llamadas, pleitos, reconciliaciones, órdenes y tal vez hasta intimidades. ¡Qué chulada!
Hace tiempo me tocó viajar en el tren de Alta Velocidad Española de Madrid a Sevilla. En el tiempo que duró el trayecto, un hombre fue hablando, a voz en cuello, de lo terrible que había estado el partido de fútbol de la noche anterior, del mal arbitraje, del triste desempeño de los jugadores y de una suerte de temas futbolísticos que para el que hablaba eran de tan alta importancia que no podían esperar a ser ventilados en una conversación persona a persona con un café o una cerveza enfrente. La urgencia lo obligaba a tratar tan delicado asuntó frente a todos los viajeros de tren. Los demás pasajeros tuvimos que escuchar todas y cada de las palabras de este sujeto. A mí nada me interesaba su conversación. Me sentí invadida. No pude leer el periódico, ni dedicarme a ver el paisaje por la ventana, ni platicar con mi acompañante. La voz del individuo inundaba el vagón completo. Hoy, por fortuna, en muchos de los sistemas ferroviarios en Europa se prohíbe el uso de teléfonos celulares. No porque interfieran con radares o con los equipos sofisticados del tren, si no por consideración. Por consideración a los pasajeros.
El silencio es un acto de delicadeza que nos debemos los unos a los otros para no ser molestos y ser molestados. Es una muestra de educación tan importante como no hacer ruido al comer, como no chuparse los dedos, como no rascarse la cabeza o apretarse los barros frente a la gente. Hay acciones reservadas para la intimidad, hablar por teléfono es una de ellas. Lo malo es que lo hemos olvidado.
La cabina de un avión es un lugar de confinamiento del que no se puede escapar mientras dura el vuelo. Para algunos, volar es estresante. Lo será peor si no se imponen reglas claras en cuanto al uso de teléfonos durante el viaje. Eso sí. Pero que nos digan la verdad. No se trata de que interfiera con otros aparatos, se tratará, de ahora en adelante, de un tema de buenas costumbres y de mejores prácticas. Por mi, será mejor que el uso de celulares se siga restringiendo. Es una cuestión de salud mental.

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Evangelii Gaudium

A mí este Papa jesuita que eligió el nombre de Francisco me cae muy bien. Es un hombre inteligente y práctico que no se anda por las ramas. En su primer texto de gran calado —Evangelii Gaudium—, plantea una revolución en la Iglesia Católica. Propone democratizar la institución y replantear los valores humanos. Así, simple y sencillamente, sin mucho rebuscamiento, Su Santidad, le dice al mundo lo que ya todos sabíamos: las cosas en casa no andan bien. Pero no se queda ahí, está dispuesto a arreglarlas. Nada mal, ¿no?
Este Papa, se baja del cerro Vaticano y se prepara a arreglar las cosas para devolverle a la Iglesia la orientación que debe tener. “Me corresponde estar abierto a sugerencias que se dirijan a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización.” dice el Sumo Pontífice.
Así habla Francisco y con estas palabras reconoce dos cosas, una: la Iglesia se ha alejado de la doctrina de Cristo y dos la Iglesia se ha alejado de la grey de Cristo. Entonces, a la voz de reorientar y de acercar, el Papa toma el timón para redireccionar y aproximar. Ha llegado la hora de la refundación, menos poder a Roma, más voz a las Conferencias Episcopales. Más credibilidad de una Iglesia cuyos pastores estén más cerca y más del lado de los pobres. Menos monarquía y más pastoral. Sin disimulos, Francisco pide abiertamente una conversión del papado.
El Papa pide, ruega a Dios por una visión en la que la indiferencia por el marginado se cambie. Francisco quiere gente, políticos, curas, feligreses a los que les duela la verdad de la vida de los pobres. Personas que tiendan la mano y ayuden a los desprotegidos, a los enfermos, a los ancianos, a los analfabetas, a los que están al margen del privilegio. ¿Qué no debía ser así desde el principio? Es maravilloso ver que se retoma el rumbo.
Me cae bien este Papa que en su primer documento no se ocupa de cuestiones teologales, sino que aborda temas terrenales. Los ángeles y serafines del cielo deberán estar encantados de la vida, santos y potestades han de estar de pie aplaudiendo. ¿Qué nos importan las jerarquías celestiales sí nosotros vivimos en la Tierra? Es aquí y ahora lo que se debe de arreglar. El Papa lo sabe. Me encanta que hable de alegría y que titule su primer texto pontificio como La Alegría del Evangelio. La revolución que el Papa Francisco plantea ha de ser basada en los preceptos del Evangelio y por ello ha de ser gozosa. Me uno a los cánticos de festejo de los coros celestiales por tan acertadas decisiones terrenales.
No está nada mal el panorama que nos pinta el Pontífice. Nos habla de un compromiso de verdad, de ese que tomó al elegir el nombre de aquel originario de Asís al que el Cristo de la ermita de San Damián le pidió renovar la Iglesia. Pues, yo creo que a este Francisco no le pidieron renovarla,le pidieron refundarla y si por sus obras los conoceréis, parece que este Papa va en serio.
Sí, me cae bien un Papa serio que le añade a su compromiso un toque de alegría. Me gusta más un Papa que no se Andrés por las ramas, que quiere ser pastor y piedra del legado de Cristo.

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Los enamoramientos de Javier Marías

Lo había dejado en el librero. Se quedó ahí por meses, empacadito, quietecito sin hacer ruido, como lo hace un buen libro que espera su turno para ser leído. Por fin le llegó su momento. Lo saqué de su lugar con gran ilusión, con la misma con la que llega una chica a su segunda cita. Y, digo segunda porque Javier y yo ya nos conocíamos. O, mejor dicho, yo ya había tenido un encuentro con Javier Marías en Tu rostro mañana. De ahí surgió la emoción, curiosidad y deseo por ver lo que este autor tenía que decir de Los enamoramientos. También de que en su momento fue uno de los libros más recomendados en las listas de top ten de periódicos, revistas y suplementos literarios. Aunque eso fue hace dos años, el piquete de interés ya estaba inoculado.
“La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última vez que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, yo en cambio era una desconocida…” así inicia la novela, lo cual no deja de ser extraño. Me sorprendió que Marías, un escritor de pluma tan masculina, eligiera una voz femenina. De igual forma me sorprendió que el tiempo de la narración se ubicara el pasado. No habían pasado ni diez renglones y el autor ya me había sorprendido dos veces. La sorpresa se fue transformando en desconcierto.
Creí, ingenua de mí, que la novela trataría de ese estado previo al amor, de ese espacio tan gozoso que se da después de que alguien te gusta y empiezas a desarrollar sentimientos que aún no alcanzan el rango de amor. Ya dije, ingenua de mí. Sí, evidentemente, se aborda el asunto, sin embargo, Los enamoramientos tiene como tema central la muerte desde el punto de vista de los que se quedan viviendo en este mundo.
Marías aborda los efectos que la muerte de Miguel Desvern causa en su viuda, en los hijos, en un amigo y hasta en una chica –no tan chica– que lo vio de lejos desayunar con su mujer todos los días durante una temporada, por casualidad. Ahí la genialidad del autor que borda fino al imbuirnos en la felicidad que le causa a la narradora estos momentos de observación prudente, casi contemplación de un par de desconocidos. Pero la alegría nace rota, desde el principio sabemos que Miguel está muerto. Luego corre el telón y le dar voz a Luisa, la mujer que enfrenta la tragedia de un marido muerto a cuchilladas por un gorrilla que lo asesinó casi, casi por equivocación. O eso nos hace creer.
El autor va de una anécdota sencilla, casi irrelevante, como ver desayunar a un par de esposos, a las reflexiones desde la mirada atea que el autor tiene sobre la muerte. También sobre el muerto o los muertos, que son cuadros acabados. Javier nos toma de la mano y nos hace ver el desfallecimiento de una viuda, la solidaridad de un amigo del muerto, el impacto que causa una muerte sorpresiva en una persona casi desconocida, en la preocupación de la hija del muerto por su madre, en la mortificación de la madre por los hijos huérfanos. Nos muestra ese lado de la muerte que causa impactos y reacciones. Nos lleva a tal extremo por medio de palabras que sentimos la garganta gruesa y la necesidad de que el muerto no lo esté, queremos que regrese. ¿Quién no ha querido que un ser querido regrese del más allá?
Será en la segunda parte, el libro está dividido en tres, en la que empezaremos a ver los aspectos del enamoramiento. Los engaños que nos creemos, las píldoras que nos tragamos con tal de estar cerca de esa persona por la que aún no se siente amor pero con la cual se desea estar. Marías nos enseña las oportunidades que se abren a partir de la muerte de una persona. El amigo de Miguel Desvern se llama Javier y está enamorado de Luisa, la viuda. Máría, la observadora prudente se enamorará de Javier y alrededor de estos enamoramientos se irán descubriendo motivos para descubir que el asesinato de Desvern no fue tan casual, ni tan equivocado como nos lo dejaron ver las primeras páginas del libro. También nos contará historias escritas por Balzac y Dumas, en las que los personajes se topan con otros que creían muertos y en verdad no estaban. A los vivos en verdad no les gusta que los muertos regresen. Hay viudas que se volvieron a casar, herencias que ya se repartieron y no se quieren regresar, incomodidades y sustos.
La tercera parte intenta ser una vuelta de tuerca en la que se pretende justificar y enredar el tema del asesinato y el enamoramiento. Digo intenta porque Javier Marías en lugar de sorprenderme me hizo enojar. Ahí estoy de acuerdo con Chesterton cualquiera puede narrar una buena historia pero no cualquiera puede contar bien un misterio. En el caso de Los enamoramientos se trata de una historia bien escrita y ya. Del misterio mejor no hablamos. Ya dije, me hizo enojar. El golpe de timón que el autor le da a la narración resulta fallido. La voz femenina del narrador se distorsiona y tiene tonos tan masculinos que en ocasiones llegan a ser estridencias de testosterona. Así es Marías, hay demasiada tinta azul para que de su pluma emerja el rosa. No. No le creemos la voz femenina.
En términos de escritura, de frases, de reflexiones, Javier Marías no defrauda. El libro atrapa y cuando comienza la desilusión ya es demasiado tarde como para dejar de leerlo.
Como dije, tomé este libro con la ilusión con la que una chica llega a su segunda cita, Marías y yo tenemos más encuentros pendientes. Por lo pronto, cada semana seguiré fiel a su columna en la revista dominical de El País. Ni modo, así son los enamoramientos.

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Sin presencia

Hay una tendencia, una fuerte tendencia en el mundo que busca eliminar la presencia física. Existe una marcada ruta que busca privilegiar lo virtual sobre lo real, sobre lo que se puede tocar. Se sustituye el libro impreso por el ebook, se cambia el trabajo en fábricas y oficinas por el home office, se reemplaza el aula por la educación a distancia, se privilegia la capacitación on line por encima de la presencial. Mutamos. Suplimos el contacto humano por el de una pantalla.
Sin duda, el sentido que toma la humanidad de intercambio de presencias físicas por virtuales se hace en muchos sentidos por comodidad, facilidad, economía y conveniencia. ¿Pero, realmente conviene?
Hoy es fácil estudiar un doctorado en la Universidad Complutense sin tener que vivir en Madrid, basta con tener un aparato de ciertas especificaciones para poder cursar el plan de estudios a distancia. Se puede ser alumno en casi cualquier universidad del mundo son haber pisado sus instalaciones. Estudiar en línea es una realidad. Si nos situamos en el entendido de que muchas universidades prestigiadas tienen programas en línea, y que ellas, para cuidar su prestigio, no bajarán el nivel de exigencia, que los debates se pueden dar por medio de chats y que básicamente el tiempo de estudio se da a conveniencia del alumno, el paquete resultante parece una maravilla. Sin embargo, ¿cómo sustituir las caminatas por los pasillos, el sonido de las pláticas en el salón de clases, las bromas entre compañeros, las anécdotas de los profesores, el peso de los libros bajo el brazo? Yo no cambiaría por nada en el mundo mi tiempo de convivencia en las épocas de la licenciatura, ni la emoción de salir de la casa paterna a vivir en otro país para estudiar un postgrado. No hay pantalla que iguale la sensación del frío de Toledo, el sabor de boquerones en vinagre, la plática de Ana mi roomate, la sensación de ser extranjera, mi habitación en San Juan de la Penitencia y cada una de las penurias de ser una estudiante con una beca reducida que está lejos de casa. No hay forma de equiparar la experiencia presencial con la virtual. Sin embargo, esa es al tendencia.
Creo que todo empezó con el email. Resulta más barato y más inmediato mandar un Mail que una carta. Pero, no es lo mismo una cosa que la otra. A pesar de que ambos medios traen noticas, la experiencia es lo que las hace distintas. Recuerdo cuando llegaban las cartas a la recepción de la Fundación Ortega y Gasset, el cartero dejaba los sobres alrededor de la hora de la comida y Juan, el conserje, llamaba por altavoz a los privilegiados que recibían noticias de casa. Era una fiesta. Primero la zozobra de escuchar tu nombre, luego salir corriendo y regresar al comedor con el tesoro en la mano, agotándolo con entusiasmo, presumiéndolo a todos los compañeros. ¿Cómo presumes un Mail? Luego está el tema de la destrucción. Un Mail se elimina con gran facilidad. Destruir una carta es más difícil. Requiere de mayor determinación. No es lo. Mismo pulsar la tecla delete que rasgar un pedazo de papel. Yo conservo todas las cartas que recibí en aquel tiempo. Las de mis padres, de mis hermanos, de mi cuñado, de mis amigas, de mis amigos, del que me hacia suspirar, del que me hacía pensar. Todas las tengo conmigo. En cambio, no tengo idea de cuántos mails he borrado en mi vida. ¡Vaya, no tengo idea de cuántos borré ayer!
Algo similar sucede con el ebook. Me gusta más tener un libro entre las manos que en una pantalla. Desde luego veo las ventajas de almacenamiento, una serie de libros electrónicos no se desparrama por mi estudio, ni causa desórdenes monstruosos; leer en una pantalla tiene la ventaja de traer diccionario integrado y notas auxiliadoras que son una delicia, pero por alguna razón —me temo que generacional— me resulta más fácil olvidarme de leer un libro electrónico que uno físico. Me es más sencillo elegir del estante de mi librero que del de kindle. Además, con un libro físico sé el avance de mi lectura, puedo de una ojeada saber cuántas hojas me hacen falta, en cambio con uno electrónico eso es otro misterio más. Eso y el olor a papel me resultan indispensables en la experiencia de leer.
Home office es un concepto que me cuesta trabajo entender. Veo que muchas empresas quieren dejar sus edificios corporativos y mandar a sus ejecutivos a trabajar desde sus casas. Dicen que el ahorro de energía es muy alto, que ya no se gastará en iluminar, calentar y refrigerar oficinas y que eso es una ayuda para el planeta; que la huella de carbón se disminuye, que ya no se gastará tanto en papel de baño, ni en toallas para secar las manos, ni en jabón, ni en artículos de limpieza tan contaminantes. ¿Y el trabajo en equipo? ¿Y la comunicación entre pares? ¿Y la camaradería? ¿Y el café? Siento que la sensación de integración se pierde sí la compañía no está en un sitio físico.
Puedo ver que La capacitación on line tiene sus ventajas, la gente se entrena en el momento en que más le conviene y no se le distrae de sus actividades, ni se le molesta cuando está ocupado. Yo misma he diseñado cursos en línea. Sin embargo, la presencia del instructor, el enriquecimiento que se da en el aula, la experiencia que se transmite al calor de una exposición no se puede experimentar desde una pantalla.
Pero la tendencia mundial es sustituir la presencia real en favor de la virtual. Los profesores tienden a ser sustituidos por hologramas, las aulas por computadoras, las discusiones por chats, los periódicos por publicaciones electrónicas, las experiencias por imágenes. El hombre no necesitará salir de casa. Desde su cuarto podrá estudiar, informarse, trabajar, ordenar el súper, pagar luz, agua, teléfono, ver películas, evaluar y ser evaluado. Podrá vivir sin salir de se habitación. ¿Podrá?
El ser humano se aislará, se quedará recluido en su cueva. ¿Es eso progresar? Me parece que no lo es. A mí que me gusta el contacto físico, caminar por la calle, disfrutar el sol, el ruido de las hojas de los árboles, el olor a café, a tinta, a hojas y a lápiz, el cambi de tonos y de colores entre la mañana, la tarde y la noche. Pero reconozco que tal vez la mía sea una percepción generacional. Prefiero asistir a clases en un salón, padecer la vicisitudes de un becario pobre, morirme de risa con compañeros de trabajo, darle de abrazos a mis alumnos, compartir el aula en curso de capacitación, agarrar a besos a los míos. Pero la tendencia es fuerte. Tanto es así que ya no escribo cartas, ni compro timbres postales, público en un blog.
Y… Sin embargo, sigo prefiriendo el contacto físico que el virtual.

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Desavenencias

¿Cuántas veces nos hemos tallado los ojos, nos hemos llevado la mano a la boca o hemos movido la cabeza de un lado al otro ante la violencia que se genera alrededor del dinero? ¿Cuántas historias de envidia o de avaricia ha protagonizado la humanidad? Desde Caín y Abel hasta nuestros días son muchas. Los seres humanos se dividen en dos clases, los que se pelean por cuestiones económicas descaradamente y los que lo hacen discretamente. Todos los habitantes de este planeta luchamos por nuestra chuleta diaria y eso es lo normal desde que nos desterraron del Paraíso Terrenal. La diferencia radica en que algunos se ganan el pan con el sudor de su frente y otros simplemente se sientan a la mesa a exigir su parte.
Mientras el mundo gira y muchos trabajan para forjarse un patrimonio, otros exigen lo que no han trabajado. Mientras unos se ensucian las manos y hacen crecer un negocio, otros reclaman derechos —legítimos o no—, exigen privilegios, elevan el tono de voz, aprietan los puños, empuñan armas, no siempre de fuego, y una chispa empieza el incendio. Entonces, familias discretas, bien avenidas, amorosas, se rompen en mil pedazos. Padres se vuelven en contra de sus hijas, hijos atacan a sus madres, hermanos elevan al quijada de burro y la entierran en el cráneo del hermano y la historia del Génesis parece un cuento de niños. Todos esgrimen razones poderosas para justificar sus acciones. No hay justificación que valga. Es una lucha por dinero y aunque los protagonistas del pleito quieran disimular, no hay forma, la verdad siempre se nota. Yo creí que no, pero sí, siempre se nota.
El caso de Grupo Eulen, dueño, entre otras cositas, de las bodegas de Vega Sicilia, es otra historia de familias rotas por interés. Los pleitos familiares han salido de los muros y de los pasillos y la familia Álvarez airea sin pudor sus desavenencias, mostrando al que los quiera ver, que no lograron lavar los trapos sucios en casa y ahora es preciso hacerlo en los tribunales.
David Álvarez, un hombre trabajador y discreto fundó una empresa exitosa de esas que le dieron a la familia el glamour para codearse con jefes de Estado, reyes y nobleza. Su negocio factura miles de millones de euros al año. A los ochenta y seis años se resiste a las presiones de relevo de cinco de sus siete hijos.
Pero una mala sucesión manchó a la familia Álvarez. Después de haber elegido a Pablo, un hombre conocido en el medio empresarial como capaz y respetable, para dirigir el negocio, Don David el jefe se arrepintió. Parece que no le gustaron las decisiones que su vástago estaba tomando, especialmente por haber despedido a uno de sus amigos que formaba parte del Consejo de la empresa. Las razones que iniciaron los líos son lo de menos. Lo cierto es que las que reporta la prensa no siempre son ciertas, cada grupo cuenta sus mentiras para llevar agua a su rancho. La verdad se nota. El pleito tiene nombre y se llama cientos de miles de euros. Nada nuevo bajo el sol.
Es muy triste ver que los lazos familiares se rompen por dinero. Hay que tener cuidado, la naturaleza humana es así, todos queremos nuestra chuleta y la queremos lo mejor presentada posible. También dije que hay de dos tipos de seres humanos, los que trabajan un patrimonio, como David Álvarez y los que exigen lo que no han trabajado. Así empiezan los dimes y diretes entre los que tienen la misma sangre, aunque eso parece no importarles mucho. Unos declarando al padre incompetente, otros llamando al otro bando parias, malagradecidos. Unos y otros tratando de quedarse con la rebanada de pastel más grande. Don David se alía con un par de hijos, a los otros los llama díscolos frente a los medios de comunicación. Los díscolos dicen que la tercera mujer con la que se casó su padre a los ochenta y dos años y el amigo que siempre se ha beneficiado de su amistad con el señor
Álvarez, lo aconsejan mal y que los hermanos que lo apoyan se hacen de la vista gorda con tal de heredar más. Los herederos agitan la bandera de buenos hijos y gritan en contra de los otros hijos de su madre. Todos pelean por su tajada de la billetera que construyó alguien más. Es verdad que el señor David Álvarez tiene más de ochenta y cinco años pero lo cierto es que fue el sudor de su frente el que forjó semejante patrimonio. El hombre está llegando al ocaso de su vida con la chequera forrada y la familia rota. Los díscolos quieren ver a su padre. Los herederos les cierran el paso. Los Álvarez pierden. Los abogados, la prensa, las revistas del corazón hacen su agosto a costa de una familia rota.
Pero hay otro tipo de personas, uno que decide decir no al pleito. Hay gente que ante la ruptura, que no se evita, prefiere retirarse y decir,quédenselo todo. A esos el mundo los llama idiotas. Esos idiotas se alejan de la zona de los trancazos y prefieren tomar distancia en vez de mancharse las manos. De todas formas salen salpicados, pero al menos no participan del espectáculo.
Las bodegas de Vega Sicilia se han pintado de envidia y tienen gusto de ambición. Por desgracia, ahora, cada vez que nos llevemos a los labios una copa con el tinto del ensueño de la Rivera del Duero, nos quedará un gusto amargo. Por eso dicen que la ropa sucia se lava en casa.

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¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacan?

¿Dónde están los buenos vecinos en Coyoacán? La buena convivencia entre los vecinos de los barrios que conforman el centro de Coyoacán se ha perdido. El trato amable ya no existe. Parece que los que viven en esa zona se han avinagrado. Las prácticas como ayudar al que vive al lado, dar la bienvenida al que llega a la colonia, ofrecer una tácita de azúcar son cosas del pasado. Por desgracia, esta falta de armonía ya se nota. Las banquetas están rotas, hay esquinas en las que se apilan costales de basura, hay plagas de roedores en los parques, hay registros que no tienen tapa, hay baches en las calles.
El Coyoacán colonial que antes servía de paseo para los capitalinos, al que presumíamos y era lugar obligado para llevar a turistas nacionales y extranjeros está grafiteado, lleno de pintas, de casas abandonadas, clausuradas, que sirven de foco de infección, de albergues de vagabundos, de puntos de reunión para maleantes. No dudo que en esas propiedades tapiadas por sellos se oculten delincuentes que hacen sus fechorías y que encuentran en estas propiedades un refugio maravilloso por el que además no tienen que pagar.
Lo que sí se es que detrás de cada clausura hay un vecino que pertenece a una de las múltiples asociaciones vecinales que están al pendiente de cada remodelación, de cada construcción, de cada nuevo negocio, de cada actividad. En Coyoacán los vecinos vigilantes no se ocupan de ver que se recoja la basura, que se arreglen las banquetas, que se tapen los hoyos o que se repare lo que se descompuso. Están al pendiente del otro y vigilan, como si no tuvieran otra cosa que hacer, para buscar clausuras.
No es lógico que la vocación de un comité vecinal sea clausurar propiedades. Nadie daña así porque sí. A nadie le gusta tener una propiedad abandonada junto a su casa, que sirva de nido de cucarachas y de cueva de rateros, a menos que tengan un beneficio. ¿Qué beneficio puede haber de la clausura continúa y constante de propiedades si la colonia se ve fea, se deteriora y pierde valor? Fácil: el moche.
He estado platicando con varios vecinos de Coyoacán que se sienten hartos y desesperados de que los comités vecinales se enrollen en la bandera protectora de la zona cuando en realidad están tendiendo una cortina de humo para hacer sus porquerías. Hay la sospecha de que por cada sello de clausurado, por cada trámite que se hace para regularizar la situación de las propiedades ellos se llevan su mochada. Parece lógico. ¿Quién querría, en su sano juicio, vivir cerca de un muladar abandonado, pintarrajeado, sucio y lleno de sellos? Sólo aquel que se ve beneficiado por esta situación.
Recientemente, este grupo de vecinos trató de organizarse para buscar un mejor Coyoacán. Imposible, los cotos ya están dados. Aquí este tipo de beneficios no se reparten. Los que están ya cerraron la puerta y entre ellos se reparten el botín. Sí tratas de acercarte a dialogar con ellos, amenazan con sus poderosos sellos. De la mano de sus contactos en la Delegación, hacen de las suyas y se han convertido en pseudo virreyes que elevan el índice para decir tú sí y tú no. El negocio es bueno. Corren buenas cantidades de dinero, tanto es así, que hay gente que vive de eso y lo hace cómodamente. Se arropan con la marca de protectores de Coyoacán y basta darse una vuelta para caer en la cuenta del mal trabajo que han hecho para la comunidad y el extraordinario beneficio que le han hecho a sus bolsillos.
Personas a las que no les importa que las banquetas estén rotas, que los hoyos sean profundos, que la basura se acumulé en las esquinas. Los nidos de ratas crecen en Coyoacán, los de roedores y los de vecinos que se dedican a extorsionar al de la lado. ¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacán? Esos que en el pasado sí protegían el barrio y buscaban preservar su hermosura, no los cuatreros que lo tienen sucio, roto y descuidado.

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¿Cómo no querer a Joseph Blatter?

¿Cómo no vamos a querer a Joseph Blatter? Mientras en Europa piden a gritos su dimisión, en México lo queremos a cuatro pulmones. Al otro lado del Océano Atlántico muchos sospechan del perpetuo color rojo de su nariz, del parecido que tiene al ex presidente ruso Boris Yeltsin, no sólo por los rasgos físicos sino por sus costumbres, lo critican por su amor al alcohol y se desgarran las vestiduras por los chistes que hace. Acá, en cambio, amamos con pasión al suizo que preside la FIFA.
Insisto, ¿cómo no lo vamos a querer sí nos acaba de entronizar en los altares a un nuevo santo? San Piojo Herrera. Si no hubiera sido por Blatter, Miguel no hubiera podido demostrar sus dotes como timonel de la selección de futbol nacional. Jamás hubiera podido lucir sus habilidades estratégicas contra la majestuosa selección de Nueva Zelanda, cuyos jugadores, prófugos del rugby, padecieron la furia y la puntería de la magnífica selección mexicana. Sin Don Joseph Blatter, El Piojo jamás le hubiera podido decir Haste pa’llá a Vucetich para llegar al relevo y ser la salvación de todo un pueblo.
Nos da lo mismo que el suizo haya hecho alguna bromita a costa de Cristiano Ronaldo. No entendemos las razones para sentirse tan ofendidos del portugués y del presidente del equipo merengue. El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, ha pedido al presidente de FIFA, nuestro amadísimo Joseph Blatter, que rectifique las declaraciones que realizó durante una intervención en la Oxford Union Societ, en la que mostró sus preferencias por Leo Messi antes que por Cristiano Ronaldo, de quien dijo que “gasta más en su peluquero”. El Real Madrid, molesto por las declaraciones de Blatter, ha pedido por carta que el máximo mandatario de FIFA se retracte de las palabras que pronunció. Tal vez hasta el presidente portugués exija una satisfacción a nuestro suizo favorito.
No aguantan nada. Tan lindo Blatter y allá no lo aprecian. En cambio en estas tierras no nada más los aficionados al futbol lo aman, también los dueños de televisoras, los fabricantes de playeras, los que tienen agencias de viajes, los que trabajan en líneas aéreas, los fabricantes de maletas, los anunciantes, las agencias de publicidad, las cerveceras, las refresqueras, los que fabrican botanas, los que venden salsas, hombre, todos aman por acá a Joseph Blatter.
Tanto en México como en Brasil estamos agradecidísimos con el presidente de la FIFA por darle tantas oportunidades a la selección mexicana para lograr un boleto al Mundial. Creo que hasta el presidente Enrique Peña quiere hablarle para darle las gracias. No dudo que Dilma Rouseff tenga las mismas intenciones.
Lo que sucede es que la afición mexicana genera una derrama económica, para nuestro país y para el anfitrión del Mundial, sumamente jugosa. ¿Si no, por qué tanto interés y tantas oportunidades para que México participe? Ni modo que sea por el deseo de ver a Giovanni, al Cepillo o a Rafa Márquez en la cancha. ¿A poco creían que era por amor auténtico al Tri?
Pero en México nos da igual. Por fin la selección nacional nos quita la mortificación de quedarnos con los boletos para ir a Brasil a echarle porras a otro equipo. Finalmente nos pondremos la camiseta del equipo nacional en vez de usar otra de un país que a lo mejor ni sabemos en dónde está. El presidente de la FIFA nos exenta de la necesidad de jugar bien fútbol para ir al torneo más importante de este deporte. Eso es mérito suficiente para amar a cuatro pulmones a Blatter. ¿O, no? ¿Cómo no lo vamos a querer?

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¿Ideas vanguardistas?

Siempre he pensado que mis padres son una pareja conservadora que educó a sus hijos con rigidez y energía. Nos inculcaron valores, nos educaron en la fe, nos hablaron de valores y el machismo triunfante se dio más por el consentimiento a mi hermano que por una vocación de tener mujeres cargadas y detrás de la puerta. Más bien fue al contrario. Por años mis padres impulsaron y apoyaron las carreras profesionales de sus hijas. En mi juventud, jamás escuché que el único destino de la mujer fuera el matrimonio y que la realización de la mujer dependiera de la presencia autoritaria de un hombre. Para mis padres el matrimonio era y es una forma de compartir en un estado de igualdad. A lo lejos, su matrimonio se veía como el de un hombre que salía a trabajar y una mujer ama de casa. Pero no. Mi mamá siempre fue la socia que apoyó e impulsó a mi papá desde distintas trincheras. Gracias a la inteligencia de mi madre, mi papá consiguió grandes logros. Una pareja muy tradicional, tal cómo se puede ver.
Tal vez por eso me sorprendí tanto este fin de semana. Asistí con mi marido e hijas a una comida que resultó interesante. La escala de edades iba desde los ochenta años hasta los trece. La de ochenta es una química muy prestigiada que ha trabajado toda su vida en el sector de la salud. La de trece es mi hija Dany. La anfitriona, me imagino, tendrá unos cincuenta y cinco y habíamos de cuarentas, veintes y adolescentes. Había de todo, el común denominador era que todos los asistentes mayores a veinticinco habían concluido una carrera universitaria, es decir, las dos terceras partes de la concurrencia. La plática fluyó fácilmente.
No sé ni cómo llegamos a tocar el tema del papel de la mujer en la actualidad. A mí, al principio me dio risa, luego me puse sería. La anfitriona insistía en que el papel de la mujer era casarse, tener hijos y quedarse en casa a cuidarlos y a educarlos. Ella es una dentista que ejerce y que además tiene una serie de negocios andando y dando utilidades, por eso su postura me dejó de dar risa y me comenzó a interesar. Ella sostiene que sí más madres hubieran estado al pendiente de sus hijos, en vez de dejarlos al garete, o en manos de nanas y sirvientas, no habría tanto maleante caminando por el mundo. ¿Será?
Un par de chicas universitarias pegaron el grito en el cielo y hablaron del desperdicio que significaría quedarse en casa a zurcir calcetines, a fregar ollas y a peinar escuincles. Es más, ninguna de ambas se mostraba interesada en tener hijos y sólo una de ellas, eventualmente pensaría en la posibilidad de casarse.
La señora de ochenta años, que sigue ejerciendo, suspiró y dijo que a ella le hubiera gustado pasar más tiempo junto a su hijo cuando éste era niño. Uno de los chicos invitados dijo que el sí se quería casar y que al hacerlo esperaba que su mujer fuera ama de casa. Él había sido un niño de guardería. Por momentos imaginé que en la generación de mis padres está conversación sonaría anticuada. ¿Qué está pasando?
Uno de los varones asistentes defendió la postura de las chicas universitarias, pero su esposa no trabaja, es ama de casa y básicamente oye y apoya cualquier cosa que diga su marido. Vaya, vaya. Dadas las circunstancias, prefiero ocupar el lugar de espectadora y me dedico a ver como la bola va de un lugar al otro de la cancha entre los que apoyan y atacan la sumisión que debe guardar la mujer frente al varón.
Al llegar a casa, trato de llenarme de modernidad, abro las páginas del periódico y me topo en la sección de sociedad con la reseña de un libro publicado en España por la editorial Nuevo Inicio. El título no tiene desperdicio Cásate y sé sumisa. Por momentos tengo la sospecha de que me subí en la máquina del tiempo y que estoy perdida entre las hojas de la novela de Wells. Me fijo en la fecha del diario para cerciorame de que no ha retrocedido el tiempo. Tengo miedo de haber regresado muchos años.
Pero no. La periodista italiana Constanza Miriano escribió sobre la actitud de la mujer frente al matrimonio en la actualidad y dice Ahora es momento de aprender obediencia leal y generosa, la sumisión. ¡wow! la sumisión como donación de amor, no como una relación de poder que infecta y envenena las relaciones entre el hombre y la mujer.
El libro Cásate y sé sumisa está escrito en forma epistolar. Da cuenta de cartas que la autora le ha enviado a sus amigas. Mirano dice que la sumisión no es sinónimo de inferioridad, es en todo caso, un regalo que se da desde la libertad. basa el éxito del matrimonio en la sumisión.
¿Me preguntó que pensará mi mamá de esta teoría? Creo que hasta mis abuelos elevarían las cejas con una concepción tan poco moderna. Sin embargo, ya no tengo risa. No es un tema que se trate en un pueblo pequeño de las provincias mexicanas de la sierra o de la selva, entre familias de personas que no han tenido oportunidad de salir de ahí. Es un tema que se ventila en Europa, en España e Italia y que es tratado por gente que ha tenido oportunidad de cursar una carrera universitaria. Es decir, por personas que tienen opciones para elegir.
Veo a mi alrededor a muchas mujeres obedientes que caminan dos pasos atrás de sus maridos. Veo a esposas que son incapaces de abrir la boca y contradecir a sus esposos. Muchas tienen miedo de regresar con el pico en la nuca. Muchas tienen la vista fija en el suelo. La mayoría de ellas son profesionistas que se parten la espalda en una oficina y llegan a servir al señor de la casa. ¿Habrán leído ya el libro de Miriano? También veo a mujeres que optaron como vocación por ser amas de casa. Algunas de ellas son menos obedientes que las que salen de sus casas y se van a trabajar desde temprano. ¿A poco ellas no han leído el libro Cásate y sé sumisa?
Me pregunto qué hubiera sucedido sí Isabel de Castilla se hubiera subordinado a Fernando de Aragón, también me cuestiono lo que hubiera pasado si Juana de Castilla —La Loca— no se hubiera sometido a la voluntad de Felipe, su hermoso marido, de Fernando su padre o de Carlos su hijo. Tal vez el imperio dónde nunca se pone el sol no habría existido. Ser sumisas o no serlo. La insumisión tampoco es un tema tan vanguardista como creemos. Miren a Merkel. ¿Hubiera sido feliz el esposo de la canciller si ella se hubiera quedado en cada a barrer y sacudir el departamento? No lo sé.
Mis hijas se divirtieron en la comida escuchando la conversación. Disfrutaron de los dimes y diretes en pro y en contra de la sumisión, de la vida matrimonial, de la maternidad y del papel de la mujer. En casa me preguntaron qué opinaba de todo esto. Les mostré el periódico y soltaron la carcajada. ¿En serio mamá, qué piensas?
En serio pienso que la elección del rumbo de la vida debe estar sustentada en un plan de vida. Creo que es responsabilidad de cada quién prefigurar desde antes qué quiere para su vida y cómo quiere hacerle para lograrlo. El chiste es que sea por elección no por imposición. Lo demás son pareceres. De la sumisión creo sin duda que entré en una máquina del tiempo o que por alguna razón las ideas de mis padres ya no me resultan tan conservadoras como yo las creía.

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Agua de baño (eau de toilet)

Hay pocas cosas tan gratificantes como iniciar el día haciendo ejercicio, meterse al vapor y al salir de la ducha, frotar el cuerpo con agua de baño. Mi abuela decía que la primera parte del maquillaje era siempre el aroma. Tiene razón. Las siluetas ultra femeninas, cuidadas que tienen todo en su lugar, los encajes llenos de misterio y glamour, los colores que evocan las noches parisinas, los oros y platas, los escarlatas de los labios, en fin todo se rompe con un mal olor.
Ninguna mujer se puede dar el lujo de oler mal. No hay mirada, ni piernas, ni pompas, ni pechos que aguanten un mal olor. Se podrá admirar la perfección de las formas pero el mal aroma desdibuja todo. En cambio una mujer que huele a limpio aumenta en automático su nivel de belleza, de percepción y de aceptación en el mundo.
Salir al mundo oliendo bien abre un abanico de posibilidades insospechadas. Aromatizarnos, sin mayor pretensión que sentirse limpia y oler rico es buena idea. Frotarse la piel con agua de colonia tiene un efecto revigorizante de amplio espectro. Es increíble lo poquito que se necesita para encontrar motivos de felicidad que se multiplican a lo largo del día. Las abuelas casi siempre tienen razón. Friccionar la nuca con un líquido fresco abre la puerta de las ideas. En el cuerpo, te hace sentir ligera, en otras partes, te hará sonreír.
También , esparcir un poco de agua de baño en tu espacio personal ayudará a que proyectes una identidad fresca. Te dará una seña de personalidad. La gente te recordará al estar en contacto con el aroma, aunque tú no estés ahí.
El olfato es uno de los sentidos más primitivos, pasa de la nariz al cerebro sin el tamiz de la reflexión. Por eso es tan efectivo. Es un gatillo que dispara imágenes, recuerdos y sensaciones mide forma instantánea. Con sabiduría, las mujeres de antes daban este tipo de consejos. Sólo que algunas veces la modernidad nos ciega y no nos permite ver la efectividad que tienen. Con soberbia decimos que son cosas del pasado, pero no es verdad. Hay aspectos del ser humano que son inmutables, como su sentido olfativo.
El agua de baño penetra y se fija en la piel pero también perfuma nuestros suéteres, blusas, vestidos, mascadas. Recuerdo cuando mi abuela me prestaba alguna cosa de ella, cuando me extendía un pañuelo o me envolvía un una de sus cobijas, todo tenía su aroma. Incluso después de haber fallecido sus cosas olían a ella. Para calmar la necesidad de verla me enfundaba en su bata, cerraba los ojos y aspiraba profundamente. Resultaba tan consolador como una caricia salida de su mano. Así de potente es un aroma.
Por ello, darse la oportunidad de iniciar el día con un rocío de agua de baño se puede convertir en una aliada para el bienestar, en una huella de personalidad que, aún sin saberlo, puede estar actuando a nuestro favor. Puede hacernos presentes incluso cuando no estamos ahí.

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