El invitado que no se sabe comportar

La imagen habla por sí misma. Angela Merkel está al centro, de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa, con el tronco echado adelante. Está rodeada por sus asesores, al lado de un Emmanuel Macron con la frente fruncida, la mira Shinzo Abe mientras cruza los brazos a la altura del pecho. ¿Quién está del otro con una sonrisa mal disimulada.

Las cartas están sobre la mesa, ni lo quieren ni los quiere. Trump amenaza con dejar de comerciar con sus aliados. Se oyen los crujidos de la fractura del bloque occidental. Lo que no pudieron hacer los países del eje, lo que no han hecho las amenazas del terrorismo, lo está haciendo el antiguo líder del G7.

Parece que el presidente de Estados Unidos cree que puede solo, que su país no necesita aliados, que vivir encerrados y para ellos mismos es lo mejor que puede sucederles y que meter distancia es la manera gloriosa de conducir una nación.

Se empieza a romper el orden. Hay cambios, los cambios no siempre son para mejorar. Para muestra basta este botón. No sé si Donald Trump esta loco, pero eso de cerrar los ojos, taparse los oídos, aislarse del mundo, no parece muy cuerdo que digamos.

Las caras de los líderes del mundo hablan por sí mismas. La de Trump también. Incluso, en el borde superior se adivina la figura de una apocada Theresa May. El invitado que nadie quería recibir, llega tarde, se porta mal, hace groserías y se va pronto. ¿Será que así logrará mejorar las exportaciones estadounidenses? Ya se verá.

Por lo pronto, el mundo se queda con la misma cara con la que aparece Angela Merkel en la imagen. La de ella se puede interpretar y se comprende. La de Trump nos provoca un hormigueo en las manos y quisiéramos correr por la chancla y arreglar las cosas como lo hacían los padres de antes.

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Buen viaje, Bodo

Hay dolores que te parten en dos y cariños que te reivindican para siempre. Hoy, traigo el alma herida. Bodo ya no pudo seguir luchando y decidió irse al cielo a vivir con Muffin, Vito y Luca. Despedirme de mi perrito, así tan repentinamente, me tiene con una tristeza tan honda que sólo los que amamos a los animales podemos entender.

Bodo llegó a mi casa porque Danny lo descubrió. Una mujer y su hija lo dejaron amarrado a un basurero una mañana de Octubre. Por suerte, al pasar por ahí, mientras íbamos caminando para ver una exposición en el Museo Tamayo, Danny lo vio y decidió rescatarlo. Lo trajimos a la casa y desde hace tres años esa alma enorme que se contenía en un cuerpecito minúsculo nos llenó de dicha.

Es que Bodo tenía un encanto especial. Con todo el mundo tenía que ver. Vivía sonriendo. Tenía una mirada color miel que era tan dulce y que se intensificaba cuando nos veía. Era traviesísimo, le gustaba saltar a los muebles y morder mis libros. Banana Yoshimoto pasó a ser parte de su dieta, lo mismo que algunos calcetines de Andrea, pijamas de Carlos y cuadernos de Danny.

Con Bodo caminaba en Acapulco, le gustaba salir conmigo por las mañanas y recorrer los caminos hasta la playa o hasta la parte más alta de la colonia para ver la Bahía. Creo que el puerto era el lugar de felicidad de mi perrito. Se comportaba como un buen anfitrión y cuando algo o alguien no le parecía bien, ladraba con la potencia de un león, aunque en realidad era como un diminuto Chihuahua.

Uno de los días más felices de su vida fue cuando llegó Shekel a la casa. Jugaban y peleaban todo el día como los buenos hermanos que siempre fueron. Recientemente, empezamos a salir al Parque Hundido a pasear y a correr. Tristemente, el martes yo no pude llevarlos. Fueron a pasear y un Akita sin correa atacó a Bodo, su dueña no lo pudo retirar.

La vida de Bodo resistió para verme llegar esa tarde y para quedarse con nosotros esa noche. Luchó como el guerrero que siempre fue, pero no siempre se puede ganar. Los colmillos del Akita hicieron un daño fatal y la vida de mi perrito se extinguió hoy a medio día. Le salieron alas y voló al cielo, donde nos estará esperando.

Mi Bodo hermoso, espérame, sé que algún día nos reuniremos. Te quiero con el alma, no te olvides de estar ahí, del otro lado, junto a Luca, a Vito, a Muffin, a Chester, a Bob, y a todos mis seres queridos que me recibirán el día que me toque ir con ustedes.

Déjenme llorar, extraño mucho a Bodo.

Leer comics

En las vacaciones de Semana Santa, Andrea me puso un libro entre las manos: toma, una persona que le gusta leer debe darle oportunidad a estos formatos. Por supuesto, la resistencia me llevó a arrugar la nariz. No dije mucho. Gracias y empaque el libro sin mucho entusiasmo. Se trataba de Persepolis de Marjane Satrapi.

El prejuicio me llevaba a no creer en que las novelas gráficas fueran Literatura, muchos críticos piensan igual. Opinan que llamar novela a una secuencia de dibujitos es grandilocuente. El veredicto es contundente: es un error. Desde luego que es un arte narrar a base de trazos y con economía de palabras.

Marjane hizo la magia. Leí Persepolis en una tarde. Luego compré Bordados y fue una maravilla. Satrapi fue la puerta a una experiencia muy gratificante. Me hizo reflexionar en como los trazos ayudan a complementar las palabras. Cualquiera podría pensar que la potencia narrativa está en el dibujo pero la simbiosis con la palabra es gloriosa.

Lo cierto es que Andrea despertó en mí una afición dormida. De niña, mis padres se preocuparon por fomentar en su hija el hábito de la lectura. Uno de los primeros libros que tuve en las manos fueron las compilaciones de la tira de Mafalda. Lo cierto es que me fascinaba leer a Quino y pasaba las tardes metida entre las pastas de esos libros. Recuerdo que mis tías me miraban con recelo y decían que me hacía al tonta y que no entendía nada. Seguro que ellas tenían razón. Tal vez mis papas me regalaban esos libros para demostrarle a la gente lo inteligente que era su hija mayor y seguro que no entendía todo lo que se expresaba, especialmente al principio.Pero, así es la magia de la lectura. Quino me picaba la curiosidad, yo preguntaba y mis padres me contestaban. Se armaba el perfecto círculo de la comunicación lectora.

Luego, en vacaciones, mis primas me enseñaron a leer La pequeña Lulu, Archie, Lorenzo y Pepita, Tintin hasta llegué a leer Superman, El Hombre Araña, Batman y Robin. Mis primas tenían cajas y cajas de esos tesoros. Con el domingo en la mano corríamos al puesto de periódico a comprar nuestros cómics y luego que los terminábamos, nos prestábamos los otros para leer. Así se cerró una comunidad lectora que moriría con el tiempo.

Ahora, estoy leyendo Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle y me ha dejado ver aspectos de la ciudad que no conocía o que no me fueron evidentes al momento de estar ahí. En esta ocasión, el avance no ha sido tan rápido, la obra de Delisle hay que enfrentarla en dosis homeopáticas para disfrutarla.

En fin, se ha despertado una vieja afición, Andrea me ayudó a recuperar un gusto que llegué a disfrutar con enorme entusiasmo. Leer cómics es sabroso, es interesante y es una experiencia que vale la pena probar. A lo mejor, los que tienen dudas y están en el bando de los escépticos cambian de parecer si le dan oportunidad a este formato.

Fuera prejuicios sobre la autopublicación: No fotografíes soldados llorando

Jordi Sierra i Fabra,

No fotografíes soldados llorando,

Amazon Publishing,

Luxemburgo, 2017

Siempre he creído que cada libro tiene un camino específico para llegar a su mejor lector. Por años y desde que me dedico a ésto, las ideas sobre la autopublicación tienen un halo de valentía y mal olor. Los panegíricos en torno a dejar de lado la edición tradicional y lanzarte a la libertad de publicar lo que venga en gana contrastan con el cuidado editorial y los argumentos sobre la calidad del texto. Al escuchar ambas posiciones siempre he dudado sobre hacia dónde se debe inclinar el fiel de la balanza y me queda claro que cada caso es distinto. El autor y el libro en sí mismos hacen la diferencia. Para muestra No fotografíes soldados llorando de Jordi Sierra i Fabre.

No recuerdo como fue que llegó este libro a mis manos. Sé que lo pedí a Amazon —no hay otra manera de conseguirlo—, sin embargo, no me acuerdo quién me lo recomendó. Sospecho que pudo ser el propio programa de Amazon que me conoce y sabe de mis gustos mejor que yo misma. Tiene mejor memoria. En este caso, las razones metatextuales cuentan. La portada y el titulo tienen un maridaje espléndido. No fotografíes soldados llorando es una orden que viene acompañada con la imagen de un uniformado abatido. Eso, a querer o no, jala la atención del lector curioso. También, pica la curiosidad enterarte de que un autor que ya tiene experiencia en el medio, que cuenta con una obra extensa y ha sido publicado por grandes casas editoras, como Jordi Sierra i Fabra haya optado por Amazon Publishing.

Más allá de lo que rodea al libro, No fotografíes soldados llorando es una novela clara y con un objetivo autoral bien planteado. El lector se enfrenta a un texto que fue escrito por alguien que sabe mover la pluma y que es eficiente. No gasta más palabras de las necesarias, no se va por las ramas, no rodea: es directo y contundente. La novela arranca con un par de notas que son una especie de advertencia al lector que bien valen la pena releerlas al terminar la lectura del libro.

La narración arranca en la página uno, lo que generalmente no sucede en otro tipo de ediciones. El narrador es omnisciente, sin embargo, hay varias oportunidades en las que el lector sentirá que está escrito en primera persona. La obra está dividida en un prólogo y en capítulos que nos irán dando dirección y orden cronológico. La anécdota corre sobre los rieles de un fotógrafo de guerra al que le han advertido que tiene libertad para retratar lo que quiera menos soldados llorando y, desde luego, desobedece.

“Eres un reportero de guerra, no un fotógrafo de emociones… No es bueno para la moral. Publicar una foto así es un riesgo.” (p. 1)

La primera parte: La guerra (Bosnia-Herzegovina 1995) sitúa a Damián Roca en su primera misión y ha sido asignado a una base española que está participando en el conflicto como un punto de apoyo a la población. En su primera salida al terreno, son víctimas de un ataque, se hace la confusión y Damián se pierde y pasa la noche intentando volver. Por la mañana, logra regresar y a la distancia ve a un soldado llorando. La tentación es mucha: dispara el obturador y toma la foto.

“Estaba sentado en el suelo, con el casco a un lado y su arma al otro. La cabeza entre las manos. Lloraba. Damián se detuvo. La distancia no era excesiva y, utilizando el objetivo de 200 milímetros, podía incluso captar únicamente su cara, en primer plano. No fotografíes soldados llorando. Pero, ¿cómo no hacerlo?” (p.34)

La novela tiene claridad en la intención. Se vale de una anécdota que se irá desenvolviendo a lo largo de doscientas diez páginas de fácil lectura. El tema que explora es la guerra, la limpieza étnica, el honor y como todos se revuelven y se convierten en una misma intención.

“Hay muchas formas de hacer limpieza étnica. No hace falta disparar un tiro. Violan a una bosnia y listos. Ella queda deshonrada para siempre. Nadie va a quererla. Violada y despreciada por los suyos. Encima si o se suicida, la mata el padre o el hermano mayor, para limpiar el deshonor” (p.9)

En la segunda parte de la novela, La paz (España 2000), Damián ha ganado experiencia. Es un fotógrafo reconocido y busca la imagen que lo lleve a tomar esa imagen que detenga el tiempo y rasgue el corazón. Es un hombre que ha cambiado:

“Se miró al espejo y trató de reconocerse. No era fácil. Se le había endurecido el rostro, llevaba el cabello muy largo y revuelto, barba de dos o tres días, la piel tostada y estaba tan delgado que los pómulos destacaban formando ángulos de noventa grados en toda la cara.” (p.34)

Damián tiene una vida tranquila, una relación estable e incluso piensa en dejar el ajetreo para optar por una vida menos nómada y con mayor arraigo. Se le notan las ganas de echar raíces pero un encuentro lo lanzará a una búsqueda.

La búsqueda es la tercera parte en la que Damián iniciará una investigación con miras a escribir un reportaje de guerra con la distancia de tiempo que le pueda dar objetividad, o eso es lo que le dice al editor del periódico en el que trabaja y así consigue viáticos para visitar a ciertos soldados españoles implicados en su búsqueda y para volver a Bosnia. En estas páginas, Jordi Sierra i Fabra hace una crítica dura sobre miembros del ejército español. Entendemos las razones por las que esta novela debió de ser publicada de manera independiente. Una crítica tan dura a las fuerzas castrenses es difícil que alguien quisiera comprometerse y publicar. Sin embargo, y aunque es ficción, creemos lo que leemos. Sabemos que en la guerra se comenten atrocidades innecesarias y que quienes debieran defender o simplemente observar, desciende a la parte animal del ser y comete actos atroces por el simple gusto de hacerlos.

El regreso (Bosnia-Herzegovina 2000) es el cierre de la novela. Es la reflexión en torno a la rudeza de la guerra sobre el ser humano, más allá de las balas.

“Nadie olvida la guerra. Muchos muertos, muchas familias tristes, mucho odio, muchas ganas de venganzas. La paz es falsa.” (p. 188)

“No había mucha gente. Vieron a un hombre sentado en una ventana, a una mujer cargando un hato de leña y a una anciana caminando. Los miraron más que como extraños, como a intrusos.” (p.198)

“Todos parecían muy quietos, como estatuas cargadas de recelos” (p.199)

Jordi Sierra i Fabra cierra la novela y no pierde la oportunidad de dar su punto de vista en forma explícita sobre lo que piensa y siente sobre la religión, el honor y la guerra. Ojalá no lo hubiera hecho en forma de moraleja.

No fotografíes soldados llorando es una novela que se lee en forma fácil y rápida. Es una crítica fuerte y un recorrido ligero, la combinación le resulta bien al autor. Es la expresión de un acto terrible, sólo uno, dentro del terror que causa una guerra.

Los maestros y su apostolado

Ser maestros es algo similar a ser sembradores que van lanzando semillas sobre surcos con la esperanza de que germine algo bueno, hermoso y mejor. Desde la trinchera tan peculiar que es pizarrón, con el poder que dan el gis y el borrador, la voz se eleva y muchas veces se hace la soledad. Competimos contra tantos focos de distracción: las preocupaciones personales de cada estudiante, las pantallas que proporcionan tantas posibilidades para que no nos hagan caso, la inquietud que hay para platicar y mientras el profesor habla y habla, la mente de los pupilos anda volando en los universos paralelos que se desenrollan en la imaginación a la que sentimos que no tenemos acceso. Así es el peregrinaje del magisterio, es un apostolado para el que se requiere sí o sí una vocación a prueba de balas para no morir en el intento de seguir lanzando nuestras semillas.

Sin embargo, en este camino, los maestros caemos en una serie de tentaciones como el abatimiento, el cansancio y el peor de todos: la frivolización de nuestro quehacer. En un ataque de soberbia que se encubre de buena voluntad, menospreciamos las capacidades de nuestros estudiantes, subestimamos su inteligencia y les tratamos de resolver todos los problemas, bajamos el nivel de exigencia, dejamos pasar ciertas fallas, nos apartamos del rigor académico. Les queremos entregar todo peladito y en la boca para después quejaros amargamente del rendimiento pobre y del aprovechamiento mediocre. Nos olvidamos de que la responsabilidad es nuestra, de que el timón está en nuestras manos.

Pero, este apostolado implica resistir con valentía la tentación de olvidarnos que el aula es un lugar sagrado en el que se transmite conocimiento. El compromiso por la educación tiene que ver con la lucha que le damos a la apatía de nuestros pupilos y con la nuestra. También va directamente relacionado con la altura de miras que le demos a la responsabilidad de pararnos frente a un grupo, con independencia de si el alumno está pensando en sus problemas personales, si está distraído porque esta chateando con un amigo, si se queda mirando el techo o si se queda arrobado con nuestras palabras.

Cada quince de mayo me gusta recordar a esos maestros que tuve la suerte de tener, que me enseñaron, me formaron, me entendieron, me ayudaron y me exigieron. Dar gracias a esos maestros que siempre han sido ejemplos y que invoco en mis salones y en cuyos ejemplos me apoyo cada que el ánimo desfallece. Gracias a mi queridísima Miss Úrsula, al Padre Sanabria, al profesor Argumedo, a Ramón Moreno, a Robert McCabe y a tantos y a todos. He sido tan afortunada de haber tenido maestros maravillosos. Y, también he tenido tanta suerte de tener alumnos espléndidos, de los buenos siempre me han tocado los mejores.

En este apostolado he sido privilegiada al tener aulas en las mejores instituciones del país. Gracias a la Ibero, mi alma mater, a Universidad Humanitas, a la Universidad Anáhuac México, a la Universidad Panamericana, a la Universidad del Claustro de Sor Juana que me han permitido ejercer el magisterio con la más absoluta de la libertades y que me han dado la posibilidad, no sólo de lanzar mis semillas en surcos fértiles sino que han sembrado en mi hermosos simientes que germinan en mi corazón y me llenan el alma de alegría.

Este apostolado no es sencillo, ¿cuál lo es? Y, de todos los que conozco, de todos los que he ejercido, este me recuerda que debo ser paciente, humilde, permanecer actual, con la mente abierta para poder cosechar frutos tan dulces y satisfactorios. Porque, este oficio es un privilegio en el que hay muchos llamados, pero para quedarse, hace falta valor y entrega. Ser maestro es una actividad permanente, de veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días al año. Y, aunque el cansancio es real, la ilusión nos ayuda a llevar nuestros pasos al salón y dar nuestra clase cada día.

Sergio Pitol, en paz descansa

Crudo, cruel, petulante, sagaz, ácido, extraño, entrañable… así era el narrador que salió de la pluma de Sergio Pitol, uno de los escritores más cosmopolitas que ha dado la tierra mexicana. Murió a los ochenta y cinco años en la ciudad de Jalapa. Confesó haber leído todo lo que le cayó en las manos y eso habla de la curiosidad de un hombre y de la grandeza de una mente que ningún prejuicio lo detuvo al momento de perderse entre las líneas de un libro.

Imagino a Monsiváis y a Pacheco felices esperándolo en el más allá. Te tardaste en llegar, le habrán dicho. No importa, ya está ahí. Un hombre festejado por ser un traductor valiente, de lenguas extrañas; un viajero de travesías exóticas; un niño que creció entre historias de la Revolución Mexicana; un profesional que ocupó cargos diplomáticos; un hombre del cual nos interesa la lucidez con la que escribió y no los chismes que le rodearon al final de sus días.

Muere, Sergio Pitol, el hombre. A ese ser de carne y hueso se le abrieron las puertas del paraíso, desde el que podrá ver que sus letras no lo dejarán morir. Domará a la divina garza, mirará al mago de Viena, en fin, lo recordaremos por esa herencia de renglones, puntos y comas que nos dejó. De esa forma, seguirá entre nosotros.

Ay, Dios. Cuando te llevas a nuestros tesoros nacionales, nos quedamos tan solos. Basta mirar al rededor para darse cuenta. Y, claro, Sergio Pitol pertenece a otra generación, a otros tiempos, a otra vida. Por eso, los que veíamos en él una especie de eslabón en la cadena del tiempo —de ese otro tiempo que se nos deshace como si fuera una ráfaga de polvo—, sentimos pesar.

Carne y arena va a Washington

Muchos no están de acuerdo con el hecho de que el arte tome una postura política. Sin embargo, cuando tenemos frente a nosotros una pieza artística que nos conmueve y que tiene una bandera ideológica, la combinación resulta virtuosa en dos sentidos: cumple con el objetivo artístico y transmite un pensamiento que nos hace reflexionar.

González Iñarritu es una mente creativa e inteligente. Sabe hacer germinar arte y reflexión, tiene una mirada que nos pone en la mira aquello que no hemos visto por desconocimiento, desprecio, obviedad, o porque sencillamente no quisimos. Carne y arena es una producción que nos mete a la experiencia de un migrante en forma virtual. Desde la seguridad de estar viviendo una situación de mentiritas nos ponemos en los zapatos de un inmigrante y vemos lo que se siente.

Ganó un Oscar honorarios por Carne y arena, la montó en La Ciudad de México, en Cannes y ahora lo hará en Washington. La noticia llega justo cuando el presidente Trump está mandando guardias armados a la frontera. ¿Querría ir este señor a vivir esta experiencia? Dice González Iñarritu que al vivirla busca generar empatía para estos seres humanos. Busca que al entrar en esos zapatos caminantes se les entienda y, tal vez, se les pueda amar.

En fin, ¿no es eso el arte? El arte busca una expresión estética en la que se transmitan emociones, ideas y se refleje una realidad del mundo, ¿no es así? Pues, Carne y arena está en la ciudad de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca. ¿Alguien se atreverá a llevar a Donald Trump?

Las vidas que no son interesantes y atrapan nuestra atención (La caza del carnero salvaje)

La caza del carnero salvaje salvaje

Haruki Murakami

Tusquets Editores, S.A.

 Barcelona,2016

Pensamos que no lo haría y lo volvió a hacer. Haruki Murakami nos vuelve a atrapar entre las redes de una vida de un joven con una cotidianidad poco interesante cuya característica más asombrosa es que fuma como loco y que acaba de pasar por un proceso de divorcio. La fórmula se repite: una existencia muy común, rayana en lo corriente y aburrida, que tiene una vuelta de tuerca que nos engancha desde el arranque.

Haruki Murakami ha sido considerado como uno de los escritores más prolíficos de la literatura japonesa de las últimas dos décadas. Su literatura ha sido un fenómeno de ventas, y con ello, se ha transformado en el autor japonés con mayor número de traducciones alrededor del mundo. Sus obras hacen parte de un fenómeno de masas y ante ello, la crítica no es ajena ni a esas características que lo acercan al arte ni las que lo llevan a ser un creador de oficio.

Con un estupendo inicio, Murakami nos toma de las solapas y no nos deja ir. Así abordamos la lectura de La caza del carnero salvaje. La historia arranca como si se tratara de una trama policíaca. Nos mete a la trama sin que estemos muy seguros hacia dónde nos dirigimos. La maestría de la pluma hace que el autor tome al lector por su cuenta y no lo deje ir.

“Un amigo mío se enteró por casualidad mientras hojeaba el periódico y me llamó para comunicarme que ella había muerto” (p. 13)

Por supuesto, queremos enterarnos de quién murió, que relevancia tiene ella en la historia, cómo se relaciona con el protagonista. Murakami hace bien el trabajo y nos monta en la narración desde el primer momento. Tenderá una línea narrativa y muchas más que nos darán vueltas y vueltas y terminaremos enfrascados en una estructura de historias aparentemente inconexas que tendrán un hilo conductor sutil.

Como es común en este autor, no nos enteramos de los nombres de los personajes hasta ya avanzada la historia. Una página antes de terminar el primer capítulo leemos el nombre de Yukio Mishima. En La caza del carnero salvaje nos da la impresión de que darle nombre a los personajes no le resultó muy importante a Murakami, incluso un gato ─elemento recurrentísimo en el mundo murakamiano─ empieza sin nombre y le es dado uno (sardina) en una forma tan a la ligera que el lector puede fruncir el ceño.

Pero Murakami tiene derroteros que no podemos sospechar. La novela policíaca se convierte en un thriller político, en una crítica a la sociedad japonesa, en una reflexión sobre la actualidad. El autor nos forma una caja de letras en la que todo cabe. Los temas que aborda, abarcan una gran cantidad de argumentos dispares que corresponden desde el Jazz y la musicalidad de sus obras, hasta mundos cuánticos, universos paralelos, zoología, cibernética e incluso el mismo fenómeno de japonización de su obra, la apreciación de lo japonés y el autor actuando como un mediador cultural que privilegia a Occidente, en medio de una ambigüedad ante una literatura que homogeniza Occidente y Oriente generando una hibridación cultural.

Aún cuando su literatura sea aplaudida con mayor efusividad fuera de su país natal, Haruki Murakami ha sido, en gran medida, un promotor cultural del Japón contemporáneo que es ajeno a exotismos de Geisha, samuráis, flores de cerezo, ceremonias de té, entre otras que han permitido explorar al espectador Occidental el nuevo Japón, inmerso en tecnología y sumido en el consumo, pero que al mismo tiempo sigue configurado en sus tradiciones. Y, el aburrimiento como telón de fondo que le sirve para lograr una transformación:

“Quizás había captado una luz especial en medio de aquella mediocridad  o simplemente había pensado que estaría bien contar con una chica normalita.” (p. 43)

El grupo del carnero es uno muy poderoso que nos llevará a la búsqueda de un animal o de una figura y no hay forma de escapar a esa búsqueda. Pero, ¿qué vamos a buscar? Murakami nos mete a un mundo de símbolos, el carnero es el emblema de poder. El narrador, acompañado por su amante, se verá lanzado a una ardua investigación, digna de las mejores novelas policíacas americanas: antes de un mes debe encontrar el lugar donde fue hecha la fotografía y el animal que aparece en ella. Si no lo hace no sólo llevarán a la ruina a su pequeña agencia; también le convertirán en un paria en su propia sociedad. El grupo del carnero es lo bastante poderoso como para poder aniquilarle económica y socialmente. Y corresponde al lector internarse, junto con los protagonistas de la fascinante novela de Murakami, en esta contemporánea búsqueda de un Grial nada santo, el carnero mítico que, cuando es mirado por alguien a quien él elige, posee al desprevenido espectador, convirtiéndole en su morada y su instrumento. Un carnero que -dice la leyenda- se apoderó de Gengis Khan y que tal vez no sea más que la encarnación del poder absoluto.

El verdadero arranque de la novela es hasta la página 61

“En fin, así empezó La caza del carnero salvaje”.

La estructura de la novela se compone de un capítulo inicial muy corto. Los tres primeros capítulos inician con fechas y se dividen en subcapítulos de diferentes extensiones 1,2,3, 6 (como si 1+2=3 *2=6). El cuarto y el sexto son La caza del carnero salvaje I y II respectivamente. El ritmo de la narración es lento, sin embargo, la narración es amena. Las reflexiones sumergen al lector a un mundo en el que los símbolos son más importantes que las acciones. La oreja como signo de sexualidad.

La trama va sobre el protagonista, un hombre con una agencia de publicidad debe emprender la búsqueda del carnero mítico sin más pistas que una extraña fotografía. Una fotografía que le envió un antiguo amigo que desapareció hace años y que le envía cartas desde lugares desconocidos.

La estructura de los personajes es aparentemente sencilla El protagonista que se mete a una búsqueda extraña sin que tenga muchas esperanzas de tener éxito, su socio en el negocio de publicidad, un alcohólico anodino. Una amiga que conoce de forma extraña cuyas orejas le tienen fascinado. El secretario de una poderosa organización, que le hace el encargo de la búsqueda del carnero. Él chófer del secretario, una extraña persona fascinada con la religión y que dice tener el número de teléfono de Dios. La presencia de su amigo desaparecido que flota por toda la historia. Un anciano que ha pasado la mayor parte de su vida encerrado en su habitación estudiando a los carneros. Frente a este escenario desalentador, Murakami inscribe su literatura como una crítica social en la que sus personajes demandan salir de ese sistema, en la búsqueda de una identidad al tiempo que demuestra una fuerte resistencia al proceso modernizador que tuvo que vivir el Japón en un ritmo acelerado, en el que se celebraba la imitación de Occidente como triunfo del proyecto, sin importar el desprestigio de las tradiciones o el precio social que aquella aspiración implicaría para sus habitantes.

El propio Murakami juega con el lector:

“No tenía ni idea de qué estaba intentando contarme aquel hombre” (p.147)

Para entender el verdadero papel de la literatura contemporánea en Japón en la pluma de Murakami,  debemos evaluar el proceso que llevó el país desde su política de confinamiento, hasta el triunfo económico y gran recuperación de los años 60. Sólo así es posible responder la pregunta sobre la crítica a la indiferencia política y homogenización cultural que impone el status quo social, producto de la sobrestimación del individuo por el consumo y la promesa de una mercancía personalizada.

“En el mundo existe dinero así: te cabrea el simple hecho de poseerlo, usarlo hace que te sientas desgraciado; cuando lo terminas, te odias a ti mismo” (p. 178)

La modernidad se presenta como un fenómeno del progreso a través de la conciencia de un tiempo narrativo específico, lineal y continuo que no se detiene. Murakami crea, además de un tiempo histórico real en el que sumerge a sus personajes, enfatiza su cualidad de ser irrepetible permitiendo a la humanidad avanzar bajo la premisa de un futuro utópico. La caza del carnero salvaje reflexiona en el cambio de paradigma que generó la racionalidad como un nuevo renacer contrario al pensamiento de la fe, que correspondió al medio evo. Aquel despertar, generó un impulso por poner a la naturaleza al trabajo del hombre y con ello se generó un proceso que permitió a través de la instrumentalización y el auge de la técnica, la capacidad de generar bienes de consumo en masa que no le ha resultado suficiente al Hombre.

“Para llevar una vida de nómada durante largo tiempo haga falta una de estas inclinaciones: la religiosa, la artística o la espiritual.” (p.102)

El mosaico de Haruki Murakami nos vuelve a recetar una fórmula conocida que en La caza del carnero salvaje nos vuelve a atrapar.

Otra forma de ver la escritura (Mi verdadera historia, Juan José Millás)

 

 

Mi verdadera historia,

Juan José Millás,

Seix Barral, Madrid, 2017

Breve, brevísimo brebaje de angustia, ironía y misterio que deja perplejo al lector que siente que se acercó al barranco. Juan José Millás nos presenta una novela que casi parece un cuento porque se lee de una sentada. Bastan unas horas para dar cuenta de Mi verdadera historia sin embargo, al acabarlo de leer sientes que un mosquito te acaba de inocular un veneno que no tienes idea de los efectos que te acaba de dejar.

Mi verdadera historia se trata de un librito de apenas 107 páginas de letra muy grande, podrían haber sido menos de cien. Es la historia que contiene varias historias, por eso es novela y no es cuento, en la que se nos da cuenta de un crimen, se nos narra la transformación del personaje principal, se nos presentan personajes sumamente extraños, por lo tanto humanos, y entendemos las razones que tiene el protagonista para escribir.

Máscaras fuera, Juan José Millás llega al corazón de muchos escritores y nos deja expuestos en medio de un escenario en el que por fuerza nos vemos reflejados de una u otra forma. La novela arranca precisamente con las palabras que dan motivos a la escritura del personaje principal:

“Escribo porque mi padre leía” (p.7)

La novela está escrita con un narrador en primera persona que constantemente está interpelando al lector y lo mete en la escena que está describiendo. Aunque no es un recurso constante que utiliza el autor, es uno frecuente:

“Miradme en el salón de la casa de entonces, los muebles oscuros, oscuro yo también detrás de la butaca” (p.7)

“Sentid en vuestro corazón como se detiene el mío. Notad mi dolor en vuestro pecho. Padeced como si os perteneciera mi asfixia.” (p. 12)

“Miradme en mi habitación, sentado a la mesa, con el libro de Geografía abierto delante de los ojos” (p. 34)

El narrador es un adolescente casi niño que va creciendo a lo largo de la obra. Sí, en ese sentido también es una micro novela de formación y Juan José Millás hace del lenguaje un aliado para construir al personaje. Las palabras son sencillas pero lo que dicen no, lo cual es un gran acierto de la novela.

“Cada uno en cada sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres” (p.34)

El secreto no es tal, el lector lo va a ir viviendo con el personaje, estará con él al momento de cometer el crimen y Millás nos llevará a sentir ternura por los motivos que lo llevan a perpetrar el delito.

“Entonces, con las lágrimas cayendo sobre un mapa, como para representar un río, tomo una decisión liberadora.” (p. 35)

El lenguaje es a la vez ácido y lleno de ternura, pero Juan José Millás es un autor que debe leerse con cautela. Y, aunque tengamos precauciones, terminaremos picado el anzuelo. Nos convierte, a su gusto, en observadores amables. Nos da consejos y los aceptamos:

“Si dices que sí a todo, la gente te toma por normaol” (p.19)

El protagonista es un escritor que equipara la escritura con orinarse en la cama cuando ya no tienes edad para ese tipo de accidentes. La escritura, vista por el personaje, es una especie de descarga y, cuando estamos más entretenidos por la analogía, cuando nos morimos de risa por la metáfora, Millás nos toma por sorpresa y nos desnuda de cuerpo entero:

“Escribir se ejercerá extrañamente como un modo de dequite.” (p. 90)

“¿Y por qué escribes?, pregunta él. Porque tú lees, respondo yo.” (p103)

Millás escribe una novela con proporción aurea. Nos va llevando de la mano hasta el clímax hasta la tercera parte de la cortísima novela y luego nos lleva a la conclusión y al desenlace en el que veremos un personaje transformado.

Novela de pocos personajes: protagonista, padre, madre, novia (Irene), crimen, efectos. Es como una especie de filigrana, un bonsái al que no se le permiten frondosidades porque la brevedad será su mejor cualidad.

 

El tema de Javier Marías (Bertha Isla)

Berta Isla

Javier Marías,

Alfaguara,

Madrid, 2017

Hay una obsesión que atormenta a Javier Marías, es el tema del que lleva escribiendo por casi veinte años. Es el unitema que aborda siempre, es una especie de sello de agua que mete en su prosa para que sepamos de quien es la pluma. Unas veces, lo ha hecho con poco provecho y otras a logrado cosas interesantes. El personaje que se va, desaparece y lo que sucede en la vida de los seres queridos del desaparecido.

Berta Isla recurre al tema nuevamente, parece como si Marías no pudiera apartarse de la mente el argumento, como si la propia pluma decidiera por si misma no darle tregua al asunto y vuelve a ello, otra vez:

“Tengo la sensación de que yo no he escogido tanto como me ha escogido a mí” (p. 215)

Vuelve a recurrir al texto de Balzac, a la historia del Coronel Chabert cuyo destino se ha convertido en la fascinación de Marías que lo ha querido reinterpretar a lo largo de sus novelas de todas las formas posibles. Un soldado al que se da por muerto sin estarlo, un hombre que sobrevive de milagro una batalla en los campos rusos, un coronel del ejército de Napoleón al que dejan tirado en el campo de guerra que no murió y pasa muchas penurias para volver y más le habría valido no hacerlo, lo que encuentra no es del todo agradable.

“Seguramente no ha leído El Coronel Chabert de Balzac. A ese desdichado militar todo el mundo le niega la existencia y lo tacha de impostor, porque los Anales del Ejército figura como caído y fenecido en la batalla de Eylau.” (p. 353)

Berta Isla arranca en la típica forma que un escritor experimentado tiene para agarrar al lector de las solapas y no dejarlo ir:

“Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado.” (p.11)

Desde luego, nos pica la curiosidad. ¿Por qué será que Berta Isla no tiene certezas sobre su marido Tomás Nevinson? La respuesta quedará más que respondida a lo largo de la novela. Un amor adolescente, un matrimonio, hijos y un misterio que ronda al protagonista masculino que tiene la misma fuerza y contundencia que el personaje protagonista femenino que le da nombre a la novela.

En esta oportunidad, Javier Marías sí logra el tono adecuado para hacernos creer que es una mujer la que narra. Se le nota al autor el amor que le tiene al personaje. Se siente que se le metió a la cabeza y que está enamorado de ella. La describe hermosa, inteligente, la acompaña en sus cavilaciones, en sus tristezas y el lector siente al personaje y avala el amor del autor y de Tomás Nevinson por Berta Isla. Le creemos al autor cuando es ella la que toma la voz narrativa. Lo mismo que le creemos a él cuando es Tomás Nevinson el que narra.

La emoción regente que habita en Berta Isla, la novela, es la angustia de la fragilidad del recuerdo. Lo fácil que olvidamos, incluso a quienes tenemos cerca y dejamos de ver, las voces, los olores: la gente.

“… y a mí que sólo me resta el proceso de perder y olvidar. Mejor que todo continúe, así como esta: indeciso y flotante y en la absoluta indefinición” (p. 340)

Marías vuelve a reflexionar sobre la vida, su significado, sus impactos y la contrasta con la muerte a la que semeja con la ausencia. ¿Qué diferencia hace si alguien murió o si desapareció? Y, se hunde en el pensamiento de lo que sucede a los que se quedan, a los que no mueren, a los que siguen con vida.

“─Se sobrevive a esa muerte, Mr. Southworth. Se sobrevive al aire muerto, yo lo sé y puedo decírselo. Yo he experimentado eso… Es muy difícil acabar con la vida, cuando ésta no quiere marcharse. Es difícil hasta matar a alguien, cuando la vida decide que aún no es tiempo de abandonarlo, no está dispuesta a abandonarlo.” (p. 424)

El ambiente de la novela transcurre en ambientes académicos, bilingües que a Marías le parecen tan fascinantes. Sigue con esa fijación de creer que es una novedad, un gran mérito hablar inglés en forma fluida, lo cual llega a dar un poco de ternura a cualquier lector que haya estudiado en alguna escuela bicultural o que tenga dominio de más de una lengua. Eso ya no es tan portentoso, sin embargo, para el autor esa es la mejor cualidad que le da a Tomás Nevinson y es el mejor elemento que puede elegir para ser seleccionado por La corona para quedar al servicio de la Reina, aunque la Reina jamás sepa que le están prestando ciertos servicios.

Es una novela que juega con el misterio, con la tristeza y con los efectos de las ausencias, temas favoritos y muy repetidos en la obra de Marías.

“Me digo que todos tenemos nuestras tristezas secretas… toda criatura humana está destinada a construir un profundo secreto y misterio para todas las otras.” (p. 540)

Vale la pena leer Berta Isla, es una novela bien escrita que transmite adecuadamente el vacío, el desconsuelo, la pérdida y que al final nos termina dando una vuelta de tuerca que desde sus novelas anteriores ya podemos anticipar.

Por cierto, la portada del libro es gloriosa.

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