Aretha Franklin, buen viaje. No dejes de cantar jamás.

Al enterarme de la muerte de Aretha Franklin, recuerdo aquella canción de Mecano que le pide a Salvador Dalí que no se muera porque en el mundo andamos muy justos de genios. Quisiéramos que el talento fuera eterno, que la belleza no sucumbiera al paso del tiempo, que la salud fuera perpetua y sobre todo que las voces como la de esta mujer jamás se silenciara. Pero, hay que saberlos dejar ir.

Aretha Frlankilin fue una mujer exitosa, vendió algo así como setenta y cinco millones de discos, recibió cuarenta y cuatro nominaciones al grammy y se llevó diez y ocho. Se convirtió en la primera mujer en acceder al Rock and Roll Hall of Fame y lo hizo un año antes que Los Beatles. La reina del soul, la eterna Aretha Franklin, ha fallecido. Qué pena. Tenía 76 años cuando su corazón decidió dejarla descansar.

Por suerte, su legado la sobrevive. El arte trasciende. Se le recordará por haber cantado en la inauguración del primer presidente de raza negra en los Estados Unidos, por haber luchado infatigablemente contra el cáncer, por haberse comprometido a ayudar a los enfermos de Sida, por haber cantado en el funeral de Martin Luther King.

Pero, lo mejor por lo que será recordada esta mujer es por esa voz potente y hermosa que era capaz de hacer que las lágrimas brotaran con solo escucharla. Tuvo la gran capacidad de convocar a Dios cuando hizo de la alabanza y el gospell una forma de hacer oración. Buen viaje, Aretha, no  dejes de cantar jamás.

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Lo que está haciendo Netflix

Lo que Netflix está haciendo, debió haberlo hecho Televisa. Pero, parece que la televisora mexicana no se ha dado cuenta de que el mundo cambió y que los formatos se transfiguraron. Sin embargo, la nostalgia y el recuerdo son grandes activos que se pueden explotar. Netflix lo sabe y lo aprovecha en una forma genial. Ademas sigue experimentando.

Lo que Netflix hizo con Luis Miguel fue un gran experimento que revivió a un cantante del que ya poco se esperaba. Tal como sucedía antes, cuando esperábamos el programa del domingo por la noche, cada generación tuvo el suyo —los de de la mía fueron El Hombre Nuclear, La Mujer Biónica, Los Ángeles de Charlie—, ahora jóvenes y viejos estábamos al pendiente de que se liberara el capitulo de Luis Miguel, la sierie. Ahora, ya hay playeras con la frase Coño, Mickey, y en Acapulco todos los antros tocaron las canciones del Sol y en las pantallas se proyectaron videos de sus canciones y el BabyO fue lo que siempre ha sido, el mejor lugar para ir a divertirse en las noches de Acapulco.

La casa de las flores tuvo otro tipo de entrega, liberó los capítulos de la primera temporada de un jalón. Del elenco ni Cecilia Suárez, ni Aislinn Derbez, ni las escenas sexuales me llamaron tanto como la figura de Verónica Castro. La chaparrita de oro de México, a quien recuerdo más que por sus discos o por sus novelas, por su habilidad como conductora de los programas de noche, me pareció uno de los mejores golpes de astucia de Netflix.

Por supuesto, Verónica Castro no defrauda, entrega lo que siempre supimos que seria capaz de dar. Lo que más disfruté al verla nuevamente en pantalla fue esa sonrisa simpatiquísima y esos ojos que aguantan cualquier evidencia del paso del tiempo o del bisturí. La casa de las flores en su primera temporada me hizo sonreír, sin embargo, el acierto de Netflix mas que el contenido, es la estrategia.

Netflix está reviviendo a nuestros iconos mexicanos. Nos pica la nostalgia y nos hace regresar las manecillas del reloj, también tiende puentes entre una generación y otra. Televisa los hizo grandes pero los dejó morir. Hoy, Netflix entiende los signos de los tiempos y aprovecha la ventana de oportunidad que otros dejaron pasar.

La paz de los sepulcros

La muerte, dónde está la muerte, nos pregunta San Pablo. Parece que la muerte se hace evidente en los sepulcros. Pero, los cementerios, las tumbas, los nichos, las urnas donde depositamos a los muertos no son lugares tan pacíficos como quisiéramos creer. La Humanidad ha hecho poco por preservar la paz de los sepulcros.

Desde toda la vida, hemos sabido que las tumbas son profanadas por diversas razones: roban las joyas con las que los muertos fueron enterrados, sacan cadáveres para venderlos a los estudiantes de medicina, sacan a la gente para volver a vender el espacio, ocupan los nichos desatendidos para guardar todo tipo de cosas. Si acaso te toca ser un muerto célebre, o te llenan de flores o te llenan de insultos, depende.

Si, además elegiste un campo de futbol para que tus restos fueran depositados, ya sabrás que si te sacan de ahí, como sucedió en el Camp Nou, no habrá sorpresas. Pero, si moriste hace siglos y fuiste un donador para que se construyera una iglesia y de repente la institución decide vender el inmueble y el nuevo propietario lo convierte en un bar, como sucedió en Dublín, en un hotel, como pasó en Canadá, como que la cosa se pone algo terrorífica.

Hay algo de morbo que pica a la gente cuando se trata de lo que sucederá con los restos de la gente. En España, cuando se enteraron de que iban a exhumar los restos de Franco, las visitas al Valle de los Caídos se elevaron significativamente. De repente, se pone de moda ir a visitar lo que dejará de ser un templo y se convertirá en algo más.

Tal vez soy demasiado conservadora, puede que sea romántica y llegar a la estridencia del gótico, pero, ¿sería mucho pedir que dejen a los muertos en paz? No sé. Entiendo que el cuerpo es un envase y que los despojos mortuorios no contienen a la persona. La ventaja de creer en el más allá, me deja ver que la muerte no es el punto final. Pero, eso de estudiar con el cráneo de alguien, o de echarte una cerveza sobre la tumba de alguno, me pone la piel de gallina.

Si le pones nombre, pues es peor. Este es el occipital de don Juan, o salud por Mr. and Mrs. O’Higgins cuyos huesos están aquí junto mientras me como una hamburguesa con papas fritas sí que está de terror, ¿o no?

El juicio de los hijos (Tú no eres como otras madres, Angelika Schrobsdorff)

 

Más que una vida

Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff

Traducción Richard Gross

Periférica y errata naturae

España, 2017

El éxito editorial de Tú no eres como otras madres es innegable. Desde la primera edición en 2016 hasta el momento, van once ediciones agotadas. Es la primera novela de la autora Anglelika Schrosbdorff quien la publicó a los ochenta años, los datos metaliterarios son para llamar la atención y, por lo tanto, decidí leer el libro para enterarme qué era lo que estaba causando tanto revuelo. Parece que las novelas en las que se habla de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con Hitler y que sufrieron los estragos de ser los perdedores de las guerras mundiales se están poniendo de moda. La exploración de ese mundo que se vivió en la primera mitad del siglo XX y en el que muchos quedaron atrapados, rodeados de injusticia está dando motivos para que las plumas de vuelquen sobre la hoja en blanco. La intención subyacente es dejar clara la diferencia que existe entre un alemán y un nazi.

Tú no eres como otras madres es una novela biográfica. Narra la vida de Elsie, una alemana judía de posición acomodada que nació en Berlín el 30 de junio de 1893 y que fue escrita por su hija menor —que también es personaje de la novela, evidentemente— a partir de un manuscrito de la propia protagonista que fue complementado por cartas que ella escribió a amigos, hijas y por entrevistas que la autora realizó a amistades y a personas allegadas a su madre. El narrador tiene un tratamiento muy peculiar: es un narrador con al que algunas veces se le da tratamiento de omnisciente que combinado con testimonios y con un estilo epistolar se entrelazan para dar curso a la historia. La lectura es fácil, no implica grandes retos para el lector y el hilo narrativo nos hace recordar esas pláticas entre amigas, cuando cuentan algo que le pasó a alguien cercano pero que o está presente.

“Que no dependía de ella, dijo Else, sino en primer lugar del padre de Erich… Que eso era el colmo, se escandalizaron los Kirschner…, Que qué había pasado en el caso de Fritz…, Que una cosa no podía compararse con la otra…” (P. 168)

El hilo narrativo va sobre la vida de la protagonista. Es una vez más la historia del héroe contada a partir de su deconstrucción. Es un cuento del privilegio de una niña judía que es muy mimada, que lleva una vida de consentimientos, se transforma en una adolescente caprichosa, en una mujer que se ve atraída por el desenfreno y los excesos que tiene una vida acomodada, es el retrato de la frivolidad de las primeras décadas del siglo XX y el contraste con los tiempos de guerra, la esperanza por llegar a vivir de nuevo una era de paz y el desencanto que viene con el fin del conflicto. Además, la protagonista tiene un desenvolvimiento cronológico que la lleva a coincidir con el momento histórico: cuando ella está en la flor de la belleza y salud, Alemania vive años de esplendor; cuando ella envejece y enferma, Alemania padece los años de la postguerra.

“Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole un contenido y una dirección a su vida” (p. 257)

La novela aborda, como lo hacen tantas otras, el preludio de la guerra y las miserias que se vivieron durante y después del conflicto. En ese aspecto, encontramos poca novedad, es una anécdota muy explotada, sumamente explorada y muy conocida. La desintegración de la nación alemana, el desmembramiento de las familias, la pulverización del tejido social y, los tristísimos padecimientos y carencias de ese momento histórico han sido narrados ya con anterioridad. De hecho, podemos adivinar el contenido y la anécdota con sólo enterarnos que la autora es una judía nacida en Berlín en 1927, lo demás es rellenar el espacio en blanco. No obstante, los puntos de vista que se están siendo recurrentes en las narraciones son las que hablan de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con el régimen nazi y que padecieron sin tener responsabilidad y en muchos casos, sin haber estado de acuerdo.

“¿Cómo era posible que aquel mequetrefe embravecido, al que ninguno de ellos había tomado en serio, llegara al poder con su banda de criminales terroristas” (p. 222)

El éxito editorial viene de la forma en que la autora decide narrar hechos conocidos, desde un punto de vista diferente, de un sector de la población que, siendo alemana, padeció los daños colaterales de una guerra en la que su nación salió vencida de un pleito para el que ellos no fueron tomados en cuenta. También de la manera en que se decide abordar la Historia, la gran virtud que tiene esta novela es su gran defecto: la frivolidad con la que se abordan temas como la muerte, la vida, la fe, el hambre, la maternidad, el matrimonio. Desde la ligereza y a la distancia, es más fácil observar y dejar testimonio de los horrores de la Humanidad.

Angelika Schrobsdorff nos presenta la disección de un ser humano real y entra en la terrible disyuntiva del autor que muestra las costuras de su propia familia, descorre el telón de su vida familiar y nos describe a su propia madre. En algunas páginas leemos la gran ternura de una hija amorosa y en otros sentimos un alejamiento que nos lleva a imaginar un desprecio total hacia el personaje. De repente, el lector se cuestiona si tanta sinceridad puede ser abrumadora.

Algunas ideas que expresa la autora lucen anticuadas y tan lejanas al mundo del siglo XXI y son tan contundentes que cuesta trabajo digerirlas:

“El amor entre el hombre y la mujer no era más que pura fantasía. El único gran amor y la única felicidad verdadera de la mujer eran los hijos, y con tal fin se contraía matrimonio, un matrimonio razonable, meditado y planificado por los padres” (P. 13)

Otras ideas son entrañables y nos podemos identificar con ellas en cualquier contexto y en todo lugar:

“Todos queremos superar, íntimamente unidos, estos tiempos difíciles y no tener que reprocharnos en el futuro haber fracasado. Afanémonos, atormentémonos, seamos infelices, pero guardemos la compostura. La recompensa llegará sin falta.” (p. 448)

Tú no eres como otras madres, parece un libro catártico que la autora escribió para poder redimir con palabras tantas experiencias vividas. El juicio de los hijos suele ser implacable. Tiene la frescura de la primera novela y puede resultar una buena lectura de pasatiempo.

Nómadas digitales

Cuando uno piensa en salir de viaje, sabe de antemano que las condiciones van a cambiar. De hecho, una de las principales razones que nos llevan a dejar la cotidianidad es el cambio. Queremos ver cosas nuevas, cambiar de aires, respirar en otras latitudes, pero también quisiéramos seguir en contacto. Irnos, pero no tanto.

La ilusión de estar en dos lados al mismo tiempo casi se materializa con Internet. Podemos transformarnos en esa especie extraña, aunque cada vez más común, de nómadas digitales. Esos trotamundos que incluyen en el equipaje dispositivos, computadoras portátiles para tener acceso a llamadas telefónicas, mensajes de WhatsApp, redes sociales, el banco, la oficina, los amigos, la familia y, en resumen, de todo.

Es más, hay quienes han hecho un estilo de vida eso de ser nómadas digitales. Salen, cierran la puerta y no vuelven más. Inician un viaje eterno. Total, ¿a qué quedarse si el clima es malo, si las condiciones no son agradables, si los artefactos se descomponen, si las paredes se deslavan, si la ropa se arruga? Mejor correr tras un clima que sea de agrado, a lugares en los que todo marche perfectamente, a hoteles en los que si el grifo gotea, te cambian de habitación. Mejor olvidarse de refrigeradores, estufas, sofás, lavadoras y planchas.

Pero, el mundo del nómada digital tiene la fragilidad de la conexión. ¿Quieres ver a un trotamundos digital nervioso? Dile que no hay conexión WIFI y ya verás. Sin una conexión a Internet confiable, todo se viene abajo. No hay listas de amigos ni fotos ni acceso al banco ni a la agenda virtual ni WhatsApp. Se materializa el llanto, la desesperación y el rechinar de dientes.

Salir de viaje tiene dos maravillas implícitas: saber que te irás y saber que vas a volver. El mundo de los nómadas digitales me causa cierto escozor. Desde verlos correr detrás de espacios con conexiones robustas a Internet hasta el desarraigo absoluto y sus implicaciones me causan acidez estomacal.

El viaje permanente tiene la ventaja de la novedad, pero la sorpresa continua es difícil de sostener. Las desventajas me resultan pesadas de sobrellevar: no hay posibilidades de tener un perro con el que salir a caminar o una gatita que ronronee al verte llegar. No hay un rincón favorito para leer ni una cobija de puntitos para cubrirte. No está el abrazo solidario ni el beso de buenas noches. No hay un buenos días ni la taza especial para servirte café.

La cotidianidad se sustituye por un movimiento perenne. Los saludos se cambian por mensajes. Los besos se convierten en caritas digitales. El acompañamiento virtual deja un vacío que es difícil de compensar. Aunque, todo en esta vida son pareceres. En lo personal, prefiero salir y saber que regresaré. Me gustan mis pantuflas, el agua que corre por mi regadera. Me hacen sonreír los rechinidos de la casa. Añoro mis caminatas con Shekel, las gracias que hacen Chai y Gis. Me gusta el café caliente y el periódico que me deja manchas de tinta en los dedos. No hay sustituto para un abrazo de mis hijas y a Carlos prefiero darle un beso que mandarle uno digital. Hay cosas que siguen siendo mejor cuando son presenciales.

Irse y volver.

Irse, volver, descansar, desconectarse. Apreciar esos pequeños desperfectos de la vida cotidiana y, sí ¿por qué no? Aprovechar las ventajas de los adelantos tecnológicos sin convertirnos en esclavos digitales.

Después del silencio

Jamás en los poco más de seis años que tiene este blog, había habido un periodo de silencio tan prolongado como éste. Fueron catorce días en los que las ventanas no fueron escritas, fue un tiempo de descanso en el que la poca conectividad no me permitía tener acceso y no pude publicar.

Entre los días de desconexión, brotó la reflexión. La maravilla de estar presente y atenta a lo que sucedía en el aquí y el ahora ayudó a pensar bien en la posibilidad de escribir, de comunicar ideas y de expresar acuerdos y concordancia. Las vacaciones y la lejanía me ayudaron a dar perspectiva. Los acontecimientos en mi país me llevan a darme cuenta que por primera vez en mi vida adulta no voté por el candidato ganador. Aunque, este blog no es un espacio en el que toquen temas políticos únicamente, sí que se abordan.

Ahora, criticar debiera ser más fácil. Los elementos que me llevaron a votar diferente a las mayorías siguen ahí y no hay dificultades en elevar la piedra y acertar. Pero, eso se llama mezquindad. Por eso, tomar nuevos aires funcionó para limpiar esos ánimos y regresar a esa posición en la que la objetividad sea la mejor consejera. Seguir escribiendo será, en este espacio, como seguir platicando.

Después del silencio, vendrán las palabras. Será, como siempre, un deleite compartir. Ven, asómate a ver lo que estoy pensando.

Ver jugar a Roger Federer

Siempre he dicho que ver jugar a Roger Federer, a quien tanto admiro, es como estar entre nubes. Sin embargo, cuando realmente estás viendo un partido de cuartos de final de Wimbledon, en tiempo real, desde el avión y te asomas por la ventanilla y ves cúmulos a tu alrededor, la sensación es extraña pero muy agradable.

Volar y ver un partido de tenis es muy padre. Por momentos, te olvidas que estás en un artefacto que te lleva a cruzar el Atlántico y te concentras en el marcador. Podría decir que es relajante pero sería mentir. Los primeros sets fueron para Federer, pero Kevin Anderson despertó y ya ganó el tercero y el cuarto sets.

Estar sentada al borde del asiento, como si estuviera en casa sí es agradable. Tres horas de buen juego aligeran el viaje y se quitan los nervios, o mejor dicho, se sustituyen por otros más manejables y más disfrutables. El set decisivo empieza cuando nos aproximamos al destino. No me quiero bajar del avión sin saber el resultado del partido.

Sin duda, ver a Roger Federer entre nubes puede ser mas que una metáfora muy cursi. De hecho, puede ser glorioso.

A la Roqueta, ida y vuelta

Hace relativamente poco tiempo, descubrí la maravilla de subirte a un kayac a remar en el mar. Me enseñó Blas, el encargado de la playa de la Bocana en Acapulco. Fue él quien me animó a subirme, el que se convirtió en mi maestro y el que me alentó a ir traspasando fronteras. Me he subido al kayac sola pero es mas divertida remar en compañía.

Un día le dije que quería ir en el kayac desde la Bocana a la Roqueta y me dijo que él me acompañaba. Tenía dos años diciendo que algún día lo haría. En mi lista de propósitos de Año Nuevo, figuró el dichoso viaje a la Roqueta y cada que venía a Acapulco, miraba a la isla y hacía mis cálculos sobre lo fácil o lo difícil que podría ser recorrer la distancia y llegar hasta allá.

Mis hijas y mi marido me veían con cara de desconfianza y buscaban apretar el tornillo que se me había aflojado. Yo seguía haciendo cuentas, a veces veía la isla muy lejana y otras no me parecía tan descabellado remar hasta allá. Recordé una conferencia en la que Bill Gates le preguntaba a la audiencia hacía cuánto que no se planteaban una locura, hacía cuánto que no imaginaban algo imposible de lograr y me acordé que muchas cosas importantes en mi vida empezaron así, con una idea disparatada.

Por eso, con esa misma insensatez con la que hice el Camino de Santiago, con las mismas dudas y las mismas caras de mis familiares, la idea fue tomando forma y el anhelo se convirtió en plan. Tenía que lograrse este año y para ello era necesario encontrar compañeros de viaje. Alguien que aceptara el reto de venir con Blas y conmigo. Nada es imposible cuando el planteamiento es claro, aunque sea disparatado.

Pues, mi prima Pily y su hija fueron mis mejores cómplices. Como ya se hizo tradición cada verano, vinieron con nosotros a Acapulco. Le dije a Pily y luego, luego se animó, también mi sobrina se unió al plan. Buscamos a Blas, pusimos fecha y hora. Una noche antes de salir, sentí que la dimensión de la locura se me venía encima. Todas las razones de porqué no debía hacerlo me mordieron por la noche, soñé pesadillas, desperté echa polvo y Blas habló para atrasar la salida: no nos veríamos a las 7:30 a.m. sino a las 8:30. ¿Sería una advertencia divina?

Ya se sabe, el que espera desespera. Pero, mis compañeras de travesía estaban listas y animadas. Salimos de la casa. Mi marido me despidió con preocupación. Al llegar a La Bocana el mar nos recibió con gusto. Una garza imperial nos despidió desde una roca. Me sentí la protagonista de El viejo y el mar. Salimos alrededor de las 9:00. Primero mi prima, luego mi sobrina, luego salí yo y al final Blas se hizo a la mar. Al principio todo fue normal, el paisaje familiar. Al pasar el primer hito, es decir, al cruzar la máxima distancia a la que había llegado otras veces, me sentí una conquistadora. Era como la Magallanes del siglo XXI. Luego empecé a pensar en la profundidad del mar y como Burro de Shrek me decía: no miro abajo, no miro abajo. Se me revolvió el estómago y me empecé a marear. La Roqueta se veía tan lejos.

Blas gritó: miren, ahí va una tortuga. Era un animal enorme y muy simpático. Nadaba rapidísimo y nos fue acompañando un rato. Blas apuntó a lo lejos, había unos puntitos blancos. Son pescadores, salieron por cazones. Ahí hay un arrecife y la gente va a pescar. En poco tiempo, los puntitos se transformaron en lanchas, los hoteles de la costera se empezaron a acercar y el faro frente a Caleta ya estaba a la vista. La Roqueta estaba cerca, pero teníamos que rodear para evitar las corrientes cruzadas.

Rodeamos. Tres pelícanos nos dieron la bienvenida. Entramos a la playa de la isla. El mar se transformó, paso de ser azul profundo a un turquesa claro. Parecía que estábamos en El Caribe. Blas llegó primero, le ayudó a bajar a Pily, a mí y por último a mi sobrina. Lo logramos, lo logramos, levantábamos el remo en señal de victoria. Tardamos una hora veinte en el recorrido. Descansamos quince minutos, tomamos agua y fotos. Caí en la tentación de ir a buscar una lancha para que nos llevara de regreso, no había. El plan seguiría como al principio. A remar de regreso.

La bocana se ve lejísimos desde La Roqueta. Blas nos dijo que el regreso se trataba de gozar el deleite del mar, de la brisa y del sol. Fue un buen consejo. Especialmente, cuando sientes que las cuerdas de los brazos se están haciendo nudos, que el sol te da de frente y que la sal del mar te pica en la piel. Porque efectivamente, ver Acapulco desde el centro de la Bahía de Santa Lucía es un privilegio. El regreso fue rápido, a pesar de que la corriente agitaba el kayac.

Misión cumplida. Llegamos a la Boca a. Blas sonreía complacido. Nosotras, victoriosas corrimos a quitarnos la sal en la regadera de agua dulce. Le pusimos palomita al propósito de Año Nuevo, La Roqueta ida y vuelta fue posible.

Hoy, miro al mar con mucho agradecimiento. Tengo una relación diferente con Poseidón. Tengo otro motivo más de amor profundo con el Acapulco de mi alma. Blas, mi prima y mi sobrina me ayudaron a cumplir un sueño que rayaba en la locura, sin ellos hubiera sido imposible. Así, con esas ideas insensatas y con buenos compañeros de viaje, la vida es tan bella.

Una historia sobre las fantasías y la crisis de los cuarentas

La uruguaya,

Pedro Mairal

Editorial Planeta, EMECÉ,

Buenos Aires, 2017

La uruguaya es una novela que apela a sorprendernos a partir de elementos que son conocidos. La tarea es difícil porque causar asombro a partir de hechos cotidianos no es fácil. Un hombre que está traspasando la barrera de los cuarenta años, que tuvo pasadas glorias, que vive en un país con falta de oportunidades, en medio de una crisis económica que afecta la vida personal, no tiene nada de espectacular ni asombroso. Es tan común que todos nos podemos identificar. Pedro Mairal aprovecha esta coyuntura para convertir esta sensación que está en el colectivo mundial para apelar a un sentimiento universal.

Según Mairal, La uruguaya es la historia de un naufragio. Se trata de la historia de un fracaso, lo cual es una paradoja dado que la novela ha triunfado. Ganó el premio literario Tigre Juan 2017 y una serie de entusiastas lectores y críticos que alaban el testo. Pedro Mairal nos relata la historia del héroe a la inversa. Lucas Pereyra, un escritor que acaba de entrar en la complicada edad de los cuarenta viaja desde Buenos Aires hasta Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y acaso, también, para buscar un romance. Una historia de reveses donde madurez, insatisfacción y literatura se reúnen.

Lucas Pereyra, el protagonista, está casado y tiene un hijo. No atraviesa su mejor momento. Ni el matrimonio ni su carrera ven un buen porvernir. La economía no le ayuda, se ve obligado a buscar su dinero en un lugar donde no se devalúe. En esta novela, todo pierde valor.

“Estabas harta, de mí, de mi nube tóxica, mi lluvia ácida. Te noto derrotado, me dijiste, vencido” (p. 13)

Pero una escapada corta y la perspectiva de cruzar el Río de la Plata para acudir, entre otras cosas, al encuentro de una joven amiga parece motivo suficiente para proporcionarle cierto alivio. Una vez en Uruguay —que parece algo así como la tierra prometida donde todo será felicidad y dulzura— las cosas no terminan de salir tal como se habían planeado, así que no le quedará más remedio que afrontar la realidad.

“Estaba hecho mierda, derrotado, pero invencible” (p. 153)

El tratamiento dado por Mairal a la anécdota demuestra el dominio de la pluma. Está narrada en primera persona, pero tiene un tratamiento especial: se trata de una confesión. La acción que transcurre en un día, La uruguaya puede ser una fotografía venerable de la crisis de los cuarenta que pudo ser un culebrón trágico de una anécdota insulsa, pero el tratamiento jocoso redime a la novela. Pero, quedarnos en ese punto sería perdernos la riqueza que entraña este libro, hay algo más detrás de estas páginas. Es la burla de los reveses de la insatisfacción, es la ironía sobre el atolladero de las expectativas, es la falla del triunfo y de las esperanzas insatisfechas. Más que una novela más sobre el desamor, La Uruguaya es una novela sobre las fantasías estridentes de un adulto que se comporta como un adolescente.

“Guerra me mandaba esas cosas y yo quedaba partido, colgado de esa emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad en la que vivía. Y, todo me lo inventé, casi todo.” (p. 49)

Mairal entreteje hilos narrativos que van de lo extraordinario a lo cotidiano con tanta facilidad que no se le notan las costuras. Sin duda, creo que hay más insatisfacción que desamor. El libro y en el personaje exsudan frustración. Lucas se siente asfixiado en una situación de pareja y deposita en esa desgracia otras que tienen que ver con no estar trabajando, no estar escribiendo, no ganar dinero. Busca una puerta.

“El paisaje ondulado, amable, quebrado, ya lejos de la jodida pampa metafísica, la mañana, un caballito pastando, la entrega de ese ─no ser─ que se siente al viajar, las nubes… Arriba en el vidrio la ventana decía Salida de emergencia, sólo esas palabras contra el fondo del cielo. Parecía la metáfora de algo. La posibilidad de escaparse hacia la nada celeste” (p. 23)

El humor es lo que salva el libro de ser muy amargo, de otra forma, la anécdota no hubiera dado para tanto y la novela habría perdido sabor, se habría diluido. La uruguaya es la historia de un derrumbe. Ese gran fracaso provoca identificación, en la medida que tiene humor. Un humor tragicómico. Montevideo aparece como una ciudad idealizada, hecha de canciones, poemas y fragmentos de novelas. Y se confronta con el Montevideo más áspero y real. Sin duda. Para el argentino, para el porteño, Montevideo es un espacio idealizado, quizás un poco ingenuamente.

“Un desastre Guerra. No está bueno enterarse de tanto… La verdad a veces es demasiado” (p. 89)

“Me costaba hacerla coincidir con mi delirio de meses. No digo que no estuviera linda —de hecho con esos jeans y esa remera medio abierta en la espalda estaba más buena que las vacaciones —pero el fantasma de Guerra que me había acompañado era tan poderoso que me resutlaba extraño que fuera ella ahora, frente a mis ojos, la verdadera.” (p. 85)

La primera persona es arma fina para contar esta historia. Está hablando Catalina, su mujer. La uruguaya es una confesión es la liberación del mea culpa y el reconocimiento humillado de que se cometió un error que rompió el equilibrio. Para lograr ese nivel de intimidad que necesitaba el relato, la primera persona que utilizó Marial fue ideal. Es lo que provoca empatía y lo que da esa sensación de intimidad y de pudor. Lucas parece estar diciendo cosas que no hay que decir. Habla del dinero, que siempre es un tabú. Habla de la infidelidad, de la intimidad más profunda de la pareja, del miedo a los hijos. Todos los temas que toca son los que se prefieren callar. Por eso la primera persona le permite moverse libremente. Las partes que están como en segunda persona son los momentos álgidos de la confesión. Es una primera persona que a veces cambia a segunda, en ocasiones tienen momentos de primera persona del plural. El yo permite el tú, el él, el ella. Así Mairal demuestra el dominio de la pluma.

La uruguaya es de lectura fácil y rápida. Permite avanzar rápidamente y llegar al punto final. La última frase del libro es una joya que vale la pena leer.

El invitado que no se sabe comportar

La imagen habla por sí misma. Angela Merkel está al centro, de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa, con el tronco echado adelante. Está rodeada por sus asesores, al lado de un Emmanuel Macron con la frente fruncida, la mira Shinzo Abe mientras cruza los brazos a la altura del pecho. ¿Quién está del otro con una sonrisa mal disimulada.

Las cartas están sobre la mesa, ni lo quieren ni los quiere. Trump amenaza con dejar de comerciar con sus aliados. Se oyen los crujidos de la fractura del bloque occidental. Lo que no pudieron hacer los países del eje, lo que no han hecho las amenazas del terrorismo, lo está haciendo el antiguo líder del G7.

Parece que el presidente de Estados Unidos cree que puede solo, que su país no necesita aliados, que vivir encerrados y para ellos mismos es lo mejor que puede sucederles y que meter distancia es la manera gloriosa de conducir una nación.

Se empieza a romper el orden. Hay cambios, los cambios no siempre son para mejorar. Para muestra basta este botón. No sé si Donald Trump esta loco, pero eso de cerrar los ojos, taparse los oídos, aislarse del mundo, no parece muy cuerdo que digamos.

Las caras de los líderes del mundo hablan por sí mismas. La de Trump también. Incluso, en el borde superior se adivina la figura de una apocada Theresa May. El invitado que nadie quería recibir, llega tarde, se porta mal, hace groserías y se va pronto. ¿Será que así logrará mejorar las exportaciones estadounidenses? Ya se verá.

Por lo pronto, el mundo se queda con la misma cara con la que aparece Angela Merkel en la imagen. La de ella se puede interpretar y se comprende. La de Trump nos provoca un hormigueo en las manos y quisiéramos correr por la chancla y arreglar las cosas como lo hacían los padres de antes.

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