Taquitos de piloncillo

Venir a San Miguel de Allende es como abrir una caja de sorpresas, es encontrar algo nuevo cada vez que estás aquí. Hay quienes se circunscriben al área del centro y otros que se atreven a explorar e ir más allá del cuadro peatonal cercano al jardín de la Parroquia de San Miguel Arcángel.

En el barrio de San Juan de Dios, hay una tradición cuaresmeña curiosa y sorprendente. Frente al atrio la iglesia o en la banqueta que está en la calle de San Antonio Abad, pegado a la barda que divide al templo de la escuela, rumbo al panteón, sólo en los días previos a Semana Santa, se ponen unos puestos que venden una mercancía peculiar e interesante: taquitos de piloncillo.

Las personas que los venden ponen sus anafres, cazuelas con aceite hirviendo, comal caliente, prensa para hacer tortillas. La masa es color rojiza, le ponen chile y la combinación con el maíz da este color entre bermellón pálido y carmín clarito. Las mujeres hacen bolitas pequeñas que aplastan en la prensa para conseguir un círculo perfecto. Le ponen en el centro piloncillo hecho polvo, y doblan la masa para forman una media luna que ponen en el comal o en el aceite.

Les llaman taquitos de piloncillo y pueden ser duros o suaves. Son pequeños, del tamaño de la palma de la mano de un niño chiquito. El sabor es singular y el paladar tarda en entender qué acaba de probar. Son crujientes o esponjosos, dependiendo si fueron cocidos en comal o en aceite, son picositos y dulces a la vez. Son una delicia sibarita de la gastronomía de San Miguel de Allende que sólo,conocen los locales y los que se animan a caminar unas cuantas cuadras más allá del centro.

Al principio pides uno de cada uno, para probar. Te los entregan en bolsitas de papel de estraza. Luego pides otros más, como tratando de descifrar el sabor, de conectar la lengua y el cerebro. Es una delicia que vale la pena probar. Son tradiciones cuaresmeñas que hay que preservar.

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

Ken Follet y el amor por una catedral (Notre Dame)

Follet, Ken (2019), NotreDame, penguin Random House

En cuanto supe de la edición de este libro, lo compré. Fue en preventa y tuve que esperarlo más de seis meses. Por fin llegó, envuelto como si fuera un regalo. A diferencia de sus novelas, este libro de ensayos es corto, tiene sesenta y dos páginas en las que se destilan dos aspectos que los hacen dignos de ser leídos: erudición y amor.

El libro compila seis ensayos en torno a la Catedral de París. Arranca en 2019 con el evento del incendio y explica la tragedia y la lógica de destrucción del fuego. También lleva a valorar la suerte de que esta devastación haya tenido esos resultados, pudo ser peor.

“Exactamente, ¿cómo se incendia una iglesia? (p. 5)

“Mis presunciones fueron correctas, sólo que su estimé la fortaleza de los pilares”. (p. 7)

Notre Dame nos plantea un cuestionamiento profundo y nos lleva a reflexionar que nada es eterno. Al igual que Follet, siempre creí que al visitar París, ahí me estaría esperando la catedral y darme cuenta de que no es así, hace que se cimbre algo en lo profundo de mi ser.

“Notre Dame siempre parecía eterna y los constructores medievales creyeron que duraría hasta el día del juicio final”. (p. 9)

En los demás ensayos, Follet aborda con erudición el tema de la Catedral de París, desde su construcción, los años que tardó en erigirse, el compromiso de obispos, benefactores, arquitectos, obreros y el tremendo amor que cada uno puso en un trabajo dedicado a Dios.

Nos enteramos de que Notre Dame era una pequeña iglesia de madera, de la que ya no quedan mas que dibujos, que se cayó dos veces y que el obispo Sully, que fue el principal ideador, el líder del proyecto, murió antes de verla terminada.

Habla de Hugo y su espectacular novela, a la que Follet le dedica un ensayo magnífico, se refiere a Viollet le Duc como al arquitecto que nos permitió gozar de la Notre Dame que llegó hasta nuestros días.

Pero, el último ensayo no tiene desperdicio. Es un homenaje a las catedrales en general y a Notre Dame con particular énfasis. Nos lleva de la mano a entender que estos recintos son los últimos monumentos antiguos que siguen respetando la misión para la que fueron creados, que son lugares de culto y que está bien que sean visitados por muchos turistas a quienes equipará con peregrinos. Nos habla del esfuerzo de un equipo que generó derramas económicas en su construcción. Este último ensayo con el que cierra el libro es un tratado de alta dirección, liderazgo, teoría económica y sobre todo un escrito que nos lleva a comprender lo que es una catedral, un lugar en el que se puede expresar amor a Dios.

“Cuando la vemos, nos anonadamos; cuando las caminamos, nos dejamos capturar por su luz y su gracia; cuando nos sentamos, nos posee un sentimiento de paz. Cuando una se incendia, lloramos.” (p. 62)

El amor que nos pone nerviosos

El tema nos sigue poniendo nerviosos. Causa reacciones, lo mismo pudor que frescura, condena que aplausos pero jamás indiferencia. Nos pone a hablar y a pensar. También a sentir. Su evocación, su invocación, su sugestión y su representación son una de las principales fuentes de las que se ha nutrido el arte. Eros provoca.

Así es. Así ha sido siempre. El amor representa una de las más profundas liberaciones del hombre. ¿Cómo no figurar ese momento en el que se desatan las caricias y suspiros y ya no te puedes detener? El instante de los besos apasionados y las palabras dulces, la llave que desboca las emociones, transforma a la pasión en frenesí desesperado cuando la temperatura del cuerpo sube y la humedad brota. El deseo de explorar un mundo pleno de gozo. Cruzar el umbral, traspasar el límite del yo para compartir la otredad, alcanzar la combinación insuperable. 

A partir de sus primeros pasos la Humanidad ha experimentado la curiosidad de entrar al laberinto de las sensaciones. Lo mismo con juegos paganos que con rituales sagrados, ya sea solos o acompañados. Desde la antigüedad los secretos amorosos han sido compilados para instruirnos. Entre los más conocidos están el Kama Sutra, el Ananga Ranga, el Jardín Perfumado, las Posiciones de Aretino, Sade. Tantos otros. La diferencia radica en las formas en que reaccionan las diferentes culturas. Textos y estampas para entrar en los misterios del placer. 

Algunos libros revelan los secretos del amor místico al que se llega primero por los goces externos que han de anteceder al goce interior. El Kamasutra, que se ha convertido en una especie de marca para cuestiones de erotismo es un libro sagrado. Otro libro parecido proveniente de la India es El Anga Ranga, escrito especialmente para instruir en los secretos amorosos a una chica de la casta de los poderosos, dentro de una filosofía del amor místico, su lectura resulta sumamente instructiva y curiosa. También gráfica.

El Jardín Perfumado es un manual árabe sobre el arte del amor, escrito por Jeque Nefzawi en Túnez. Es considerado como una obra maestra de la literatura amorosa, trata el tema del erotismo con un estilo poético muy elegante y lo presenta en forma de parábolas para facilitar el entendimiento del mensaje que pretende transmitir. 

La Grecia clásica tuvo la ventaja de no tener que poner límites, el amor se encontraba en todas partes y se desarrollaba en la espontaneidad y la evidencia.  La Edad Media conservó la cuasi-libertad de manifestación hasta que se marcó una distinción ideológica rigurosa y estableció un punto de partida entre lo decente y lo que no lo era. Así nace la literatura amorosa que toma consciencia de sí misma justamente cuando se le condena como deshonesta.

Por eso, durante siglos este tipo de literatura fue rechazada por Occidente. Los sonetos lujuriosos de Pietro Arentino se mantuvieron en secreto, eran algo así como el paradigma de la poesía licenciosa. Se escribieron para comentar literariamente las imágenes del acto amoroso en diversas posiciones dibujadas por Giulio Romano y grabadas por Marcantonio Raimondi. Estas composiciones son divertidas e incitantes, nos mueven a la complicidad. Su gracia y su ingenio se transforman en poesía, hacen del amorun objeto de risa, aunque no por eso dejan de ser profundamente bellos.   

Tras la reacción puritana del siglo XIX, la literatura del amor sufre, causa escándalo. Tal es el caso de Baudelaire, D.H. Lawrence cuyas novelas, relatos y ensayos provocaron alboroto a principios del siglo pasado. Por un lado atrajeron condena pero al mismo tiempo conquistaron la curiosidad de un público ansioso por destruir los prejuicios sociales de la Inglaterra victoriana. Sin embargo, el autor del Amante de Lady Chatterley nunca pretendió ser un autor ni erótico ni anarquista. “Simplemente quise ser un artista”, dijo.

Henry Miller huyó del puritanismo estadounidense y se fue a escribir a Paris. Narró sus experiencias, contó las historias de sus amigos, a menudo extraños individuos, de sus numerosos amores y de la “pesadilla climatizada” como él le llama a la censura norteamericana. Miller se comunica con el lector y da cuenta de sus andanzas en un tono vivo y alegre con fondo negro. “Cuando escribí Trópico de Cáncer elegí un tono feliz, lejos de la sangre, el remordimiento y las lágrimas”.

Imposible pasar por alto la obra de Juan García Ponce. Un trabajo que traza un juego de inteligencias, de imágenes, de palabras y amor, un amor que es una celebración a la vida. La obra del autor yucateco se caracteriza no sólo por su extensión sino más bien por su intensidad.  Sus libros nos llevan de la mano y con detalles nos enseñan los símbolos más sobresalientes de la narrativa erótica contemporánea. Amor, pasión, lados oscuros, intimidad, desasosiegos, aventuras, arte y el logro de romper esquemas con una sociedad que hace escándalo del amor y que conlleva a que el lenguaje sea un silencio. Silencio que se convierte en escritura poética y que después de leer La Invitación o Inmaculada o los placeres de la inocencia, nada es igual.

La literatura del amor ha pasado a ser en la actualidad un género literario noble. Es la búsqueda por humanizar el entorno. Las expresiones culturales han proyectando las emociones y han sensualizado el universo. La magia afrodisíaca teje los ciclos de la vida del hombre y por ello los mitos, rituales y las artes desde las antiguas civilizaciones expresan una amplia variedad de temas sensuales. 

​Pero, el amor sicalíptico también se expresó a Dios. Santa Teresa de Ávila. Palabras apasionadas que se elevan a lo alto de los cielos: Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti. De tal suerte pudo amor, alma, en mí te retratar, que ningún sabio pintor supiera con tal primor tal imagen estampar. La vehemencia de las palabras nos dan muestra de un amor arrebolado que la mujer plasmó para dar cauce a ese sentimiento inspirado por el amor más alto: el amor a Dios. 

El artista de hoy y el del pasado a través de estos temas buscan el tesoro más preciado: la provocación, el cortejo, la seducción: el amor. Ante Eros no cabe la indiferencia y sólo existen dos opciones la sonrisa y el placer o la mueca y la condena. ¿Cuál eliges? Si. El tema nos sigue poniendo nerviosos.

BoJack

Bob-Waksberg,R. (2014), Bojack Horseman[Serie], Netflix

Cuando una serie te mantiene al filo de una crisis de nervios porque no sabes si odiar o amar al personaje, cuando te tiene pegada a una pantalla en vez de salir a caminar y prefieres dejar de leer por ver un capítulo tras otro no hay duda de que estás frente a una magnífica pieza de creatividad. Eso es BoJack Horseman.

Debo confesar que no la empecé a ver desde el estreno de la primera temporada, sino que la descubrí gracias a una recomendación que me hizo mi hija Dany. Claro que caí irremediablemente hechizada desde el primer capítulo que vi. Me tuvo enganchada varios años. El guión me sorprendió, la trama me intrigó, el protagonista me enganchó, odié a muchos de sus personajes y a otros los adoré. Con algo de pudor, debo de reconocer que me identifiqué muchas veces con algunos personajes y con el mismísimo BoJack.

Dijo Carlos Fuentes que después de leer un buen libro no puedes volver a ser la misma persona que antes. No soy la misma después de ver BoJack, nadie puede. La serie se te mete en la cabeza, en el corazón y entre la piel. Como sucede cuando estás enganchada con un gran libro que quieres que nunca acabe pero mueres por saber cómo será el final, así me pasó con esta magnífica serie.

La creación de personajes fue magnífica, igual que los dibujos y el enfais en la personificación; los tickers de tiempo estuvieron bien logrados, el desarrollo de la serie, el ritmo, las elipsis y prolepsis, las vueltas de tuerca fueron geniales. BoJack me hizo reír y llorar, claro está, sin embargo, lo que mas me generó esta serie es admiración.

Bovine, San Miguel de Allende (la necedad de tratar mal a un cliente)

Debimos haber sospechado, pero no lo hicimos. El lugar está muy bien decorado, sin embargo, se ubica en una segunda planta y por eso creímos que estaba vacío. Creo que la verdadera razón es que la voz se ha extendido: en ese lugar abusan del cliente.
Apenas nos sentamos, el mesero abrió una botella de agua B´ui y nos sirvió, no nos preguntó si queríamos agua o no. Como una botella no bastó, trajo otra y terminó de servirle a todos los comensales.
Al ver la carta, nos enteramos de que estábamos sentados en uno de los lugares más caros de San Miguel de Allende y de que el servicio no estaba a la altura de lo que cobraban.
El mesero se confundía, pensaba que la petulancia es sinónimo de elegancia. La actitud arrogante nos invitaba a salir de ahí corriendo, sin embargo, era tarde y teníamos hambre.
La cosa fue empeorando. El servicio fue lento, el trato displicente. Cuando buscamos al gerente para decirle que llevábamos 45 minutos esperando nuestra comida, el tipo nos maltrató. Pedimos la cuenta y nos topamos con un saldo de 500 por botellas de agua que no pedimos y que fueron abriendo, sin consultar, mientras esperábamos nuestros alimentos.
Al llegar la hora de la verdad, es decir, cuando la propina fue equivalente al maltrato recibido: no dejamos nada porque no se ganaron nada don semejante servicio, la gente se puso agresiva y majadera. Se burlaron y al decirles que nos quejaríamos con el dueño nos dijeron entre risas: hágalo, total, no pasa nada.

Entonces, decido hacer lo que es esperado. Si denunciarle al dueño no sirve de nada, advertirle al consumidor sí que servirá. El,cliente decide si quiere ir a gastar su dinero para recibir malos tratos o no. Por lo pronto, jamás volveré a ese lugar. Adiós para siempre.

Un caballero en Moscú o la corrección y las formas

Cecilia Durán Mena

Towles, A. (2016)

A gentleman in Moscow

Large Print Random House

Dicen por ahí que la prueba de verdadero disfrute de una lectura se da cuando sientes una combinación entre tristeza y logro cuando notas que estás a punto de terminar un libro. Por otro lado, uno no deja de tener ciertas sospechas cuando alguien te recomienda leer un best seller. Algo así como las antenitas críticas se eleva y termina uno elevando los hombros, torciendo la boca y accediendo a ver si efectivamente la lectura valió la pena o no. Este es el caso de Un caballero en Moscú del autor estadounidense Amor Towles. ¿Cómo no sospechar de un graduado de Yale que estudió literatura inglesa en Stanford y escribe sobre un caballero en Moscú? Y, al mismo tiempo, sus credenciales podrían darnos indicios de la pluma a la que nos podríamos enfrentar.

              Pero, la corrección nos dice que al autor hay que juzgarlo por su obra. Un caballero en Moscú es una novela que trata de la cortesía de las formas, de lo que significa ser una persona correcta y elegante y sobre todo, de que la distinción y la inteligencia no están peleadas. Amor Towles eleva la pluma y vierte palabras para demostrarnos que a través del lenguaje podemos encontrar el reflejo perfecto de una educación refinada, de un personaje que con los elementos que tuvo a la mano, logró hacerle frente al reto y salir victorioso.

              Alexander Rostov, es decir, el Conde Alexander Ilich Rostov es un noble ruso, un aristócrata culto que desde el principio de la novela —que arranca en 1922— es condenado a causa de un poema, por un comité revolucionario, que no sabe bien qué hacer con él. La condena es un arresto domiciliario perene en el Metropol, un lujoso hotel en el centro de Moscú donde él vivía. Nada mal, para una condena. Claro que no todo es lo bueno que parece y, para hacer justicia, tampoco todo o malo. Rostov se queda en el Metropol como una figura literaria interesante: allí, enquistado como una reliquia viva y bastante incómoda de una época desaparecida de zares y cortes, águilas bicéfalas, duelos, bailes y samovares, observará el paso del tiempo y cómo va a desmoronarse su mundo frente a los cambios que trae la Revolución del `17 y, como aquello que se quería cambiar, encontró formas para prevalecer.

“Un rey se fortalece con un castillo, un caballero lo hace con un escritorio” (p. 16)[1]

              Amor Towles elige un narrador avec que permanece muy próximo a los personajes, casi tanto que logra meterse dentro del personaje, cuando eso le es conveniente a la historia y también se aleja para tomar una distancia similar a la de un narrador omnisciente cuando lo considera pertinente. Se acerca para mostrarnos intenciones:

“Para Edmond Dantés, eran los pensamientos de venganza los que lo mantenían con la mente clara” (p. 45)[2]

              Y se aleja para describir y dar claridad:

“Su modelo de dominar sus circunstancias sería de un tipo diferente de prisionero: sería de una especie de serenidad anglicana”. (p. 45)[3]

              Un caballero en Moscú representa un gran reto lector que será recompensado con una novela a carta cabal. En una novela como esta que nos presenta Amor Towles cabe un poema, que es el punto que desata el hilo narrativo, caben anécdotas, cuentos, historias, refranes, referencias históricas. Podemos decir que esta es una novela costumbrista, ya que retrata los modos de una época que se acaba y otra que inicia; es realista por el detalle que le merecen las descripciones; es de misterio que germina en la última parte de la novela o el que se genera por el propio poema; es de formación ya que nos muestra la forma en que Rostov va evolucionando a lo largo de setecientas diecinueve páginas.

“Porque cuando la vida hizo imposible que un hombre persiguiera sus sueños, se encontrará el modo para que logre perseguirlos de todos modos.” (p 526)[4]

              Amor Towles demuestra que es posible sostener un lenguaje refinado y afectivo a lo largo de toda una novela de largo aliento. No se cae el tono en ningún momento. Además hace gala de su erudición con espléndidas citas históricas:

“Mientras que para Napoleón en Elba, paseaba entre pollos y defendía de las moscas y pisaba charcos de barro, fueron las visiones de un regreso triunfal a París las lo que galvanizaron su voluntad de perseverar.” (p.45)[5]

              El cautiverio del Conde Rostov en el Metropol, nos muestra la batalla contra la preconcepción de frivolidad de la aristocracia. Los personajes son una constelación prefigurada en torno al personaje principal. La costurera, el barbero, camareros, cocineros, bolcheviques, turistas, diplomáticos, todos para dejarnos ver como la nobleza de un personaje basta para crear un universo:

Rostov y Nina representan la amistad y la tutoría.

Rostov y la hermana representan la nostalgia.

Rostov y Anna Urbanová el amor.

Rostov y Sofía el amor paternal.

Rostov y el Gerente del Hotel; la envidia y el resentimiento.

Rostov y el poema; la fidelidad a un amigo.

Rostov y el Triumbirato; la amistad.

Rostov y Emile y Viktor Stepanovich; el respeto.

Rostov y el Metropol representan la posibilidad de libertad en cautiverio.

              Con el Conde Rostov, Amor Towles conquista un reto difícil de llevar a cabo: describir una transición —la de una nación y una época— el devenir de Rusia en la Unión Soviética, a partir de una visión crítica, jamás panfletaria. Rostov es la metáfora de un mundo viejo que no encaja con la nueva época. Por eso, el tono arcaico, la corrección, la elegancia sirven y son indispensables: son la llave que abre la puerta de salvación. Alexander Rostov cae bien a los empleados del hotel, resulta interesante para los nuevos del poder, útil para quienes quieren aprender de él y desde la simpatía de un personaje muy bien construido, refleja los cambios y los absurdos de aquellos que pretenden acabar con todo el pasado de la noche a la mañana.


[1] A King fortifies himself with a castle, observed the Count, a gentleman with a desk.

[2] For Edmond Dantés, it was the thoughts of revenge that kept him clear minded.

[3] His model of mastering his circumstances would be a different sort of captive altogether: an Anglican washed ashore.

[4] For when life made it impossible for a man to pursue his dreams, he wil convive to persue them anyway.

[5] While for Napoleon on Elba, strolling among chickens and fending off flies and stepping puddles of mud, it was visions of a triumphal return to Paris that galvanized his will to persevere.

Empezar ganando tiempo

El tiempo es un concepto extraño, se pierde con facilidad y raras veces se le gana. No sé si en realidad se le puede ganar, pero cuando vuelas del este al oeste, vas contra corriente —por decirlo de algún modo y si se le ve como un flujo continuo de segundos y minutos—. Así que, en el caso de ir de Asia a Europa y de Europa a América, el reloj echa las manecillas para atrás y le ganas la carrera. Sales después de la hora de llegada.

Así que, este año lo empecé como Phileas Fogg y regresé a casa el mismo día, después de un viaje de casi 24 horas, lo cual me dice que eso de echarle carreritas a Cronos te deja exhausto y confundido. Ahora, estoy cansada, tengo sueño y no me puedo dormir. Le dicen jet-lag pero creo que competir con el tiempo tiene sus estragos.

Claro, también tiene sus ventajas. Recuperar el tiempo es una satisfacción, es guardar los minutos en el bolsillo para usarlos al llegar al destino. Es dejarse acariciar por el reloj y consentirse por el calendario.

Empezar el año recuperando el tiempo parece una buena idea. La pregunta es ¿qué haremos con esas horas que tenemos oportunidad de volver a vivir?

Matera

Al Salir de viaje, hay aspectos que una planea con precisión para evitarse sorpresas. Pero, es inevitable terminar sorprendido cuando una sale de casa y es una fortuna. Matera fue uno de esos regalos que recibes sin esperarlos y por eso el grado de asombro es mayor.

A unos kilómetros de la ciudad de Bari, hay una ciudad de piedra caliza que cautiva por su rareza. La presumen por haber sido el escenario en el cual Mel Gibson filmó La Pasión de Cristo —la selección fue impecable—, sin embargo, ese no es su mejor atributo.

Matera es una ciudad cuyo casco antiguo está edificado sobre y dentro de rocas. Hay casas que se alojaron en el hueco de una piedra. La mejor definición de Piedradura sería Matera. Por supuesto, el contraste de un cielo limpio y azul tan claro con el color arena logran un efecto que conmueve.

Hace aire y es tan poderoso que parece que tiene la intención de lanzarnos al vuelo, la temperatura no es tan baja, pero la sensación térmica es más fría. El café es sabroso, el panetone de Navidad es delicioso y la gente del lugar es muy amable.

Si alguna vez viajas a Bari —la ciudad de San Niclolás—, vale la pena hacer el esfuerzo de ir a Matera, después se podrá visitar Bari que es muy bella, pero Matera es única. Fue una ciudad sorprendente por original y porque nadie me había hablado de ella y conocerla fue una muy buena sugerencia: el hallazgo valió la pena.

Cuando muere una amiga

Leticia Blázquez Pons fue mi mejor amiga en los años de Preparatoria. La conocí en la escuela, estudiamos juntas en el Simón Bolívar. Ambas llegamos en primero de secundaria a 1A con la madre Lucila como titular. En tercero ella se fue a vivir a Torreón y volvió al año siguiente. Fue entonces cuando nos hicimos mejores amigas.

Íbamos en 4D. Nos sentábamos juntas en el salón, ella a mi izquierda junto al pasillo. La recuerdo por su hermoso pelo negro, brillante y largo. Si cierro los ojos puedo ver sus manos largas y cuidadas. Ponte crema, me decía. Siempre arreglada, sabía maquillarse y aprendí a hacerlo con ella. Fue mi compañera de estudios, de aventuras, de travesuras. Era buena en matemáticas, física y tenía una habilidad para dibujar. Pero, lo suyo eran los idiomas.

La recuerdo en su Pacer, un auto de moda en los años ochentas. Manejaba muy bien. Oíamos música juntas y nos pasábamos las tardes viendo MTV videos de Duran Duran, Culture Club, Journey, Michael Jackson. Salíamos a tomar café y hablábamos de nuestros sueños, del futuro y de la vida.

Lety era una chica inteligente, sensata y muy interesante. Viajó mucho desde pequeña. Su padre era piloto de AeroMéxico y eso le facilitó recorrer el mundo desde muy niña. La imagino caminando en el atrio del monasterio del Escorial o recorriendo las calles de París de la mano de sus padres.

Hablábamos del futuro como si jamás se nos fuera a acabar. Al acabar la prepa ella decidió su vocación: sería maestra de inglés. Fue de las mejores. La vida nos separó. Lety se casó joven y se fue a vivir a Holanda. Le perdí la pista. Nos reencontramos casi quince años después. Ella era madre de dos niñas bellísimas y yo me acababa de casar. Nos prometimos vernos seguido. No cumplimos.

Coincidimos en una fiesta de generación. La vi luminosa, llena de éxito, triunfante en el mundo profesional, feliz. Así la quiero recordar. Plena, con ese brillo en los ojos tan de ella, con esa fuerza y determinación que hacía parecer que las dificultades eran nimiedades. La invité a las presentaciones de mis libros, a los aniversarios de la revista. Tuve la suerte de concretar algunos proyectos con ella. Su presencia en mi vida fue virtuosa. La quiero mucho.

Supe por ella de su enfermedad. Cuando me lo dijo, no se le notaba. Así de fuerte fue siempre. La última vez que nos vimos, nos tomamos una botella de tinto por el gusto de hacerlo. Me enteré por Facebook. Lety Blázquez, mi mejor amiga de los años hermosos de sueños y planes murió. Al saberlo, sentí que el mundo dejó de girar y creo que sí se paró el tiempo. Algo me jaló el ombligo.

Cuando una amiga muere, hay una parte que se va con ella. Lety: amiga de tantas aventuras, de travesuras y descubrimientos. La vida nos reunió siendo muy jóvenes. Vuelas, amiga querida y le pido a Dios que tengas buen viaje y que llegues sana y salva a tu destino.

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