Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

¿Cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector? ( Recursos Inhumanos Pierre Lemaitre )

 

Recursos Inhumanos

Pierre Lemaitre, Juan Carlos Durán Romero (Traducción)

Negra Alfaguara, México 2017

En serio, ¿cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector?, o lo qué es lo mismo, ¿cuánta confianza tiene el autor en su prosa como para someter a la paciencia del lector a semejante prueba? Por suerte, Recursos inhumanos, ganadora de varios premios de novela negra, cuenta con una prosa infernal muy bien escrita que atrapa la atención y muerde la curiosidad. En una especie de alquimia, Pierre Lemaitre nos hace pasar un buen rato haciéndonos sentir angustiados, enojados, perturbados y sin duda, identificados con Alain Delambre, el protagonista de la trama.

Recursos inhumanos es una espiral narrativa en la que los giros de la trama son parte fundamental de la forma de contar la historia y de desarrollar un thriller que nos toca el corazón, nos sienta en la orilla del sillón, nos lleva a querer lanzar el libro lo más lejos posible y nos fuerza a acabarlo a unas horas de haberlo empezado a leer.

El tema es fuerte: habla de la actualidad y de la realidad a la que se enfrenta gente con fuerza, experiencia, buenas credenciales, entusiasmo y ganas pero que carece de un bien fundamental: trabajo digno. ¿Por? Porque el tiempo pasó y después de los cuarenta y cinco ya eres un viejo. ¿Quién lo dice? Los cánones de recursos humanos. Pero, para no afectar las variables macroeconómicas y no hacer frente al terrible concepto de desempleo, simulamos el plenoempleo de Keynes a partir de un concepto ultramoderno y mega indigno: el miniempleo, como lo llama Lemaitre. Es decir, en términos económicos: el subempleo. ¿Qué es eso? Es la condición en la que una persona está desempeñando un trabajo para el que está sobre calificado, pero se contrata porque no tiene otra alternativa y, principalmente, porque tiene que seguir viviendo y pagando sus cuentas.

Pierre Lemaitre estructura la novela en tres grandes bloques: Antes, cuyo narrador es el protagonista, Durante en la que el narrador es Fontana, un exmilitar al que le fue encargado el operativo de un juego situacional y Después que es la conclusión de la novela y en donde la voz se le regresa al protagonista. La línea narrativa es progresiva, sigue un orden cronológico dentro de la novela. Los capítulos son cortos y van numerados en orden ascendente.

La trama es sencilla: Alain Delambre, un antiguo ejecutivo de recursos humanos que había tenido un éxito profesional aceptable, pierde el empleo —sin hacer muchos esfuerzos por conservarlo— y lleva cuatro años buscando trabajo, ha perdido la esperanza de encontrar empleo:

“La esperanza es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia” (p. 15)

Entonces, lleva años aceptando trabajos, cada vez más sencillos, más alejados de sus capacidades, menos suficientes para cubrir sus necesidades y tan sencillos que en ocasiones podrían dolerle a la familia.

“A mi edad, uno no se levanta a las cuatro de la mañana para ganar un cuarenta y cinco por ciento del salario mínimo simplemente para que no se te queden rígidas las articulaciones… No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería” (p.17)

Desde el primer capítulo nos muestra el hecho disruptivo que detonará la acción en la novela y que nos revelará la emoción regente: una combinación explosiva entre ira acumulada y desesperanza:

“No puedo leer los códigos sin gafas y eso para mí es un lío. Tengo que sacarlas del bolsillo, ponérmelas, contar los números… Y pierdo tiempo. Si me vieran hacerlo, la Dirección se enfadaría. Y precisamente esa mañana, el primer paquete que agarré no tenía código. Mehmet se puso a gritar. Me agaché, y en ese momento, me dio una patada en el culo. Eran poco más de las cinco de la mañana. Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy directivo en paro” (p.16)

Con una economía irresistible de palabras, el autor nos ha dejado claro de qué va la novela. También la tragedia de un francés que está súper calificado y se tiene que someter a la autoridad de un migrante turco que tiene un vocabulario semejante al de un niño de diez años y no sabe hablar el idioma. En tres pinceladas nos muestra el cuadro de la escena.

Evidentemente, Lemaitre apela a la empatía que el lector tendrá a su protagonista, a la solidaridad que habrá con Nicole, esposa del protagonista, con hijas. Sabe que habrá un rechazo hacia los grandes ejecutivos que se deshacen de sus trabajadores como un jugador de cartas deja sus piezas en el pote. Nos sube a una trama que en la sección de Antes se encarga de dibujar con una precisión de milímetro para no dejarle dudas al lector.

“El suelo de linóleo ya se comba de manera lamentable en las esquinas. Furiosa, en medio del desastre, Nicole lleva ese cárdigan de lana gastado que no puede reemplazar y que le da un aspecto enjuto. Un aire pobre” (p. 53)

“Deudas, problemas profesionales en un empleo anterior, familia problemática, hermana pequeña en una residencia para incurables, esposa alcohólica, vicios, excesos de velocidad, orgías, líos de faldas, amantes, dobles vidas, taras…, cosas de ese tipo” (p.91)

Hasta ahí, la novela es impecable, tal vez un poco trágica y victimizante, pero corre adecuadamente. Durante marca el punto de quiebre. Aquí la narración se convierte en un thriller que no parará de moverle el piso al lector. Cuando creemos que ya se está desanudando la trama, otro giro, otra vuelta de tuerca, más información, más datos, más posibilidades, otros desenlaces probables.

Lemaitre se enreda con la verosimilitud. A veces, lo hace en forma muy peligrosa y daña el escenario de credibilidad. Pero para resultar creíble, el autor se sustenta en la teoría moderna de Recursos Humanos y de Administración por Competencias, lo cual es loable. Encontramos ecos administrativos: el señor ha leído a Porter, Mayo y sabe del ciclo administrativo. También ha repasado economía y, sin mencionarlo, podemos descubrir a Keynes y a Adam Smith, también a David Ricardo.

Sin duda, encontraremos referencias directas, aunque no explícitas a Derridá, Proust, Sartre, Fiszgerald, Dante y a varios filósofos en los planteamientos reflexivos en torno a lo correcto, especialmente se puede reconocer la teoría kantiana.

Al llegar al punto final, el lector se siente cansado. Es posible que la novela brillara más si no se hubiera abusado tanto de la paciencia del lector en las secciones de Después y de Durante. Me queda claro que es una gran novela que apela a un problema muy concreto que se ha generalizado en el mundo y con el que muchos en varias partes de la Tierra nos podemos sentir identificados.

“Tengo que convertirme en alguien real, un hombre de carne y hueso, con rostro, un nombre, una esposa, hijos y una tragedia ordinaria que podría sucederle a cualquier lector. Debo convertirme en algo universal” (p. 281)

De la traducción de Juan Carlos Durán digo que está sumamente castellanizada. Como dijera Octavio Paz: Traduttore, traditore. Pierre Lemaitre es un escritor experimentado y su pluma luce por encima de la traducción. Hace varios guiños al lector y no le importa revelarse frente a quien recorre sus renglones con atención:

“Soy un novelista que busca información muy precisa sobre un secuestro con rehenes.” (p. 89)

“No estoy escribiendo mis memorias, solo estoy dejando constancia de mi historia” (p. 252)

“¿Si quisiera contarme su vida, que me contaría en primer lugar” (p. 261)

Recursos inhumanos es una lectura recomendable, con cierto toque moralizante que puede resultar algo chocante. Sin embargo, Pierre Lemaitre tuvo la puntería de dar en un blanco sumamente doloroso para cierto sector de la población que además es purulento, apestoso, viscoso con el que el resto de las personas no queremos tener contacto, no nos queremos identificar y nos llena de terror. ¿No son esos los elementos de un excelente thriller?

 

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

Con Trump en París

En lo único que no pensé fue en la posibilidad de coincidir con Donald Trump en París. La Ciudad Luz se desquicia con semejante visitante. Desviaciones, guardias, ejército en las calles, alertas, antipatía, críticas, todo eso flota entre el ambiente. A los parisinos no les gusta la visita. A mí también se me saltan las tuercas. Entre el tráfico, los parisinos fuera de casa, los miles de turistas y la lluvia nocturna, el clima se nos desordena. 

París se siente extrañame te sola. Las colas interminables se acortan, podemos pasar a ver la Saint Chapelle rapidísimo, las colas al Museé D’Orsay son cortísimas, en L’Orangerie casi no hay gente. Es una delicia. Pero, claro que me da por aospechar. ¿Que pasa aquí? Si preguntas, la gente sonríe para ocultar los nervios.Los profesionales te dicen que todo está bien ¿será? Hay cierta desarmonía.

No hay nada que indique que hay algo raro, sólo la historia reciente. Por lo demás todo en su lugar, como debe de ser. Pero el tráfico se nota. Trump está en París y su presencia desquicia a todos. Macron lo ve con un dejo dedesprecio. Le dice que es el representante de un país amigo, pero le pone distancia. Podemos concluir que estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo.

Veo a loa dos mandatarios, uno parece un ganso que sonríe mientras la casa se le desmorona, el otro es un cisne educado que sabe poner las palabras adecuadas para sus ideas. Dice que la reunión que tuvieron se contrastará con una cena amigable en la Torre Eiffel, al buen entendedor, pocas palabras.

El ganso habla de su gansito, dice que sus reuniones con abogados rusos no tuvieron importancia. Aquí se burlan de el hombre que se cree tan poderoso y propios y extraños se aguantan la risa. Cenaron. Estarán juntos en la ceremonia del 14 de Julio. Melania tiene permanente cara de angustia mientras Mme. Macron sonríe  con serenidad. Hay electricidad en el ambiente.

Cerca de los Tres Caracoles

Muchos creen que el Código Romanoff no es verás, para el efecto no importa. Leonardo Da Vinci había llegado al taller de Verocchio en donde conoció a Sandro Boticelli y se hicieron amigos. El documento sostiene que la verdadera vocación de Leonardo era la de ser cocinero pero a su padre eso le parecía poco y por ello siempre lo impulsó a ser artista y lo hizo aprendiz del mayor artista de Florencia, uno de los más protegidos por los Medici. Pero, el gran Leonardo seguía escuchando el llamado de la estufa, las ollas, las especias y la sal.

Convenció a Sandro Boticelli de tomar el local en la esquina del PonteVecchio para abrir un restaurante. Algunos dicen que los maesteos le pusieron Los Tres Caracoles, otros que ese nombre era el que ya tenía. Las delicadezas que servían, como zanahorias hechas esculturas, platos simétricos y coliridos fueron acogidos en forma tal que tuvieron que salir corriendo del lugar y volver a las bellas artes. Muchos historiadores sostienen que esta narración es falsa, es una leyenda más alrededor de esros grandes florentinos. A mí me hace gracia.

Caminando por Florencia, recorrimos las calles desde la estación de Santa María la Novella hasta Il Duomo de Santa María de Fiori. Dicen que si el cielo tuviera puertas, serían las de Bautisterio de esta hermosa catedral. El calor es terrible, treinta y seis grados y nada de nubes. Parece que el cielo decidió ponerse a temperatura de comal. Nos estamos friendo. Pasamos la Plaza de la Signoria y nos dirigimos al Ponte Vecchio, nos detenemos en cada ventana, cruzamos el Arno, hacemos fotos y llegamos a un pequeño restaurante  al otro lado del río.

La vista del puente es inmejorable. Desde esas ventanas puedo verlo en toda su extensión y con aire acondicionado. El Paraíso existe. El Arno refleja la imagen del puente y de los edificios. Pienso en Sandro y en Leonardo como dos amigos que cocinan juntos mientras miran la vista que tenemos frente a nosotros. Sin nacimientos de Venus, ni Caballos, ni Giocondas, ni altares, sino con papas, cebollas, fogones, cacerolas. 

Florencia nos trata bien, comemos felices las delicias de la Toscana. Entiendo la tristeza de Dante que fue expulsado de la ciudad y nunca pudo volver. Lo quisieron traer de regreso, pero el poeta no se quiso arrodillar. Y, aunque murió en Mantua, puedes toparte con su figura casi en cada esquina.  Pienso en Virgilio, en Maquiavelo, en los Medici, siento a Dante. Siempre es así.

Lo más valiente de Florencia es la capacidad que tiene para honrar a sus grandes con humor. Así, Sandro y Dante quedan plasmados en las calles y hacen reír a quien pone atención y los alcanza a ver.

Copiarle a Ámsterdam

De repente, a las autoridades de la Ciudad de México les da por copiar o por querer hacerlo. Quisieran que la capital del país tuviera características similares a otras ciudades y se les olvida que la nuestra es un caso peculiar. De Ámsterdam han querido copiar la relación de los ciudadanos con las bicicletas y se ha querido improvisar una red de carriles para que los ciclistas se lancen a las calles dejando el coche de lado, tal como lo hacen en Holanda. Pero, olvidan que  la población total de Holanda es menor a la de Iztapalapa y la extensión de su capital es equivalente a la de la Colonia del Valle. Copiar así es poner un parche mal pegado.

Pero, hay cosas que valdría la pena copiar. Sin duda, hay cosas que vi en Ámsterdam que me gustaría ver la la Ciudad de México. Por ejemplo, las autoridades municipales y los restaurantes y comercios están trabajando en conjunto para producir energía. Los negocios clasifican la basura en cuatro categorías: vidrio, aluminio, papel, orgánica. Las dos primeras se reciclan y se aprovechan para hacer vidrio y aluminio nuevo, las dos segundas se aprovechan para generar energía. La basura no es un problema, es una fuente de vida y movimiento para la ciudad. Me gustaría que en vez de tener problemas sobre dónde poner tanta basura que generamos a diario, la pudiéramos transformar de la misma forma que lo hacen en esta ciudad.

De la misma forma, imágenes de La ronda de noche pueblan la ciudad, se pueden ver fragmentos del cuadro de Rembrandt por todos lados. Lo mismo sucede con Van Gogh, girasoles, autorretratos, recamaras son temas con los que se convive en cada esquina. En México, Diego y Frida son tema pero ni de chiste tan intenso, Siqueiros, Cuevas, Coronel, el Calendario Azteca, no están tan presentes y las invitaciones a los museos no inspiran la arquitectura urbana. Debiéramos copiar el amor que Ámsterdam le tiene a sus artistas. 

Me encantaría que la Ciudad de México recuperara sus canales y poder transitar en trajinera de Xochimilco a Azcapotzalco, y eso sería hermoso. Aunque, podríamos conformarnos con cuidar la belleza de los parques y el disfrute de las calles. Caminar con seguridad por la ciudad, independientemente de la hora que sea o del barrio en el que nos encontremos. En Ámsterdam los turistas podemos caminar por la zona roja sin temor, con una sensación de seguridad, se puede salir a cenar y caminar por barrios turísticos sin enfrentarnos a locales clausurados, negocios que no pueden operar porque autoridades y vecinos los bloquean a placer. Sería hermoso copiarle a Ámsterdam el empuje económico y la capacidad de generar empleo.

Pero, hay una suerte de empeño de copiar e improvisar adaptaciones, cuando debiéramos copiar las virtudes alcanzables. Me gustaría que en la Ciudad de México se usara el claxon como lo hacen en Ámsterdam, no oí un sólo claxonazo. Me encantaría ver policías  a los que les tuviera confianza. Toparme con gente sonriente y amable que atienda al público con amabilidad y eficiencia. Porque, si vamos a copiarle algo a Ámsterdam, deberíamos ver qué de todas esas cualidades nos son compatibles, útiles y virtuosas. 

Misa primera

Las calles de la Ciudad Antigua en Jerusalén están vacías. Caminamos rumbo a la Puerta de Damasco pero nos equivocamos, entramos por la Puerta de León. Al traspasar el umbral nos topamos con grupos de musulmanes que acuden a la primera oración de la mañana. Todavía está oscuro, aún no amanece. Nos perdemos en el laberinto de callejuelas. Preguntamos pero no logramos darnos a entender. Por fin, alguien nos da instrucciones, tenemos que rodear la Mesquita de la Roca para llegar a la Basílica del Santo Sepulcro. El día comienza a clarear.

No fue nuestra intención pero recorremos el camino de la Vía Dolorosa. Vamos solos. Somos Carlos y yo de la mano movidos por esa fuerza que levanta de la cama, te saca del hotel, te lleva a las calles y te conduce al destino, como si todo estuviera acordado entre el porvenir y el universo y nosotros nada más pusieramos la voluntad de dejarnos dirigir. Damos pasos y cuando dudamos qué dirección tomar, alguien aparece, nos topamos con un anuncio, una flecha o algún transeúnte que nos dice por donde ir.

Llegamos. La maravilla de estar ahí al amanecer es que no hay multitudes. La recompensa de los peregrinos que decidieron madrugar es esa intimidad, ese silencio y recogimiento que hay en el santuario. Podemos entrar al Santo Sepulcro y estar ahí todo el tiempo que queramos. Somos pocos, pero no somos los únicos. El ambiente huele a incienso, a flores y el silencio es tan abrigador que no hay más que arrodillarse y dejarse abrazar por el amor que va desde el Alfa hasta el Omega.

El tiempo se detiene para dejar pasar a Dios.

Salimos del lugar más bendito. Nos sentamos en las bancas frente a la entrada del Sepulcro. Entran los monjes ortodoxos y los sacerdotes. Cantan, leen y nos bendicen. Luego, llegan los franciscanos a preparar todo para la misa primera. Son pocos los que pasan, es un lugar muy pequeño. Se cierra la puerta y da inicio la misa primera. Las bendiciones hacen que el corazón lata a un ritmo distinto. 


Jerusalem

No hay mejores palabras que las del Rey David:

¡Qué alegría cuando me dijeron:

“Vamos a la casa del Señor”!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel.

Poco más se puede decir después de visitar tierra tan santa. El corazón salta de felicidad, lleno de eso que da la fe que quienes creemos llamamos amor de Dios.

Tierra bendita, momentos de amor, grandes bendiciones. 

I amsterdam

A veinticuatro grados centígrados, el cielo azul con nubes aborregadas, almendros que se mueven con la brisa que llega de los canales y el sol que brilla como si fuera un gran girasol, claro que amar Amsterdam es fácil. No tenía un buen recuerdo de esta ciudad que, como si supiera que le tenía cierto recelo, se ha mostrado maravillosa. Como una seductora experimentada que tiene interés en borrar esa impresión sombría, lluviosa, agresiva de hace más de veinticinco años. 

Decían que la decisión de convertir Amsterdam en una ciudad en la que se pudiera fumar mariguana con libertad le haría mucho daño. Creo que los primeros años fueron peores. En los primeros días de esa liberación, a mí me tocó estar en la ciudad. Efectivamente, lo que vi entonces ni me gustó ni me dejó un recuerdo grato. Hoy, en cambio, veo que Amsterdam devino bien. Es cierto, casi en cada esquina huele a hierba quemada. Más en ciertos barrios que en otros. Es cierto que el barrio rojo sigue con la fama que le pica la curiosidad a los turistas y en el que hay que tener la mente amplia para poder visitarlo. Pero, Amsterdam es mucho más.

Recuerdo que la primera vez que vine, estuve con mi hermana, con mi prima Pily y con mi amiga Paty. Eramos estudiantes. Quisimos entrar al Rijks Museum pero o pagabamos la entrada o nos sentábamos a desayunar. Por eso, me perdí de uno delas  mejores atractivos de la ciudad. Hoy, en cambio, pude entrar y ver de frente La Ronda de Noche. Visitamos el Museo de Van Gogh y tuvimos la suerte de entrat al Moco Museum a ver a Dalí y a Banksy. Cada visita fue única, con un sabor especial y con una sopresa particular. 

Evidentemente, el más abarrotado fue el Museo de Van Gogh. El mejor consejo es comprar las entradas por Internet para evitar las colas. La mejor hora para visitar es a las diez de la mañana, hora en que abren, para evitar empujones, aglomeraciones y poder ver las obras mejor. Nosotros lo hicimos a las cuatro de la tarde y el lugar estaba abarrotado. Los demás también estaban muy llenos, pero no al grado de que la gente no te deje ver.

El paseo por los canales fue una delicia. La cerveza sabe muy bien en las terrazas de Amsterdam. Si alguien cree que ver a gente fumando hierba por doquier es terrible y que las bicicletas son lo más increíble de la ciudad, se equivocan. Los ciclistas tienen prioridad por sobretodo. Una bici te puede arrollar lo mismo si vas caminando por la banqueta, si vas a cruzar la calle con la luz verde, si te distraes y pisas el carril exlusivo para ciclistas. Un turista despistado puede terminar flotando en el canal, empujado por alguien en bici, o con el manibrio de corbata. Cualquiera con una bici se vuelve rey y todos se tienen que subordinar a este imperio. 

Los holandeses son muy amables y me alegro mucho de haber venido. Amsterdam nos trató muy bien. La disfruté muchísimo. Pareciera otra cosa, pero es una ciudad a la que se le disfruta en familia. Sin duda, I amsterdam, como dicen aquí.

Escuela Moderna Americana 

Como sucede con los grandes acontecimientos, parece que fue ayer que Carlos y yo estábamos a punto de tomar una de las decisiones más importantes de nuestra trayectoria de padres: la escuela a la que deberían ir nuestras hijas. La elección no fue fácil, especialmente por ese halo que cubre a la escuela en la que estudió mi marido. Oí todo tipo de opiniones, de propios y extraños, que si muy pesada, que si generadora de estrés, que si elitista, que si agresiva, que si sumamente competitiva. Y, efectivamente, todo eso es verdad. Decidimos que la Escuela Moderna Americana era la mejor opción que teniamos para heredar lo mejor que se le puede dar a un hijo: educación. 

La Escuela Moderna Americana es una escuela de alto rendimiento. Exige y forma. Prepara para enfrentar los obstáculos de un mundo competitivo. Sus egresados, en general, no se amedrentan con los riesgos, no se achican ante el riesgo, ni aceptan por cierto lo primero que se les dice. Saben defender sus ideas, aprenden a debatir, luchan por sus resultados. Al revés de lo que sucede en otros sistemas educativos, aquí los alumnos tienen que demostrar para ganarse una calificación. No hay prefectos que pongan contra la pared al profesor, no hay tutores que aboguen a posteriori para que se mejore una nota en forma artificial, no valen los ruegos, ni las amenazas. Vale el esfuerzo y se evalúa el mérito. 

Algunas veces, los egresados se quejan de la falta de apoyo que reciben de la escuela. Sienten que fueron dejados a su suerte al enfrentar una prueba o al tratar de defenderse de un acto de autoridad. Y, efectivamente, la Escuela Moderna Americana no apapacha, no acaricia, no consiente. Y, en esa condición, forma. Un egresado de la escuela no estará de rodillas pidiendo que se le suba puntos en el trabajo o en las pruebas. Ya saben que así no ganaran nada. Es verdad, bloquean en camino a la mediocridad. 

Lo sé porque he sido madre de dos alumnas de la Escuela Moderna Americana y ayer vi como Andrea uso toga y birrete en la ceremonia de graduación. Conozco de cerca, desde dentro, las quejas que hay, los actos de pequeña autoridad que ejercen algunos mandos administrativos, los puntitos que no brillan. No hay instituciones perfectas. Pero, en la evaluación global, la institución es magnífica. Así son las escuelas de alto rendimiento, preparan para la vida, dan herramientas para la reflexión que lleva a una buena toma de decisiones.

Si por sus hechos los conoceréis, veo a Carlos y en él reconozco los puntos admirables que le fueron grabados en la escuela. Miro a Andrea, sonriente y segura, no se traga el primer anzuelo, es prudente, reflexiva y tiene bases de análisis tan sólidas que me hacen valorar todo lo que la Escuela Moderna Americana le dio.

Ayer, mi hija Andrea traspasó el umbral, dejó de ser alumna, ya es egresada. Las palabras tienen la contundencia del agradecimiento por el trabajo realizado durante quince años: gracias, muchas gracias. A Miss Lilly, a Miss Ambar, a Miss Deny, A Miss Lourdes, a Miss María Luisa (qepd), al profesor Carlos Martínez del Toro, a Yara, a Tex, a Isabel Arregui, Fernando Trigo, Nuri Contreras, Miss Angie, a Javier García-Salcedo, a Yamil Narchi que pusieron en el corazón de Andrea las mejores herramientas para salir al mundo a enfrentar la vida. Gracias a la señora Rodríguez por haber tomado a mi Andrea en sus brazos que mirando a Carlos le dijo: gracias por haber vuelto y por tenernos la confianza para educar a tu hija. Te prometo que lo vamos a hacer bien, como lo hicimos contigo. No te vamos a fallar.  Efectivamente, después de quince años puedo decir que cumpmieron la promesa.

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