El libro que me habría gustado escribir

Segovia, S. (2017), El murmullo de las abejas, De Bolsillo, México

Siempre nos hacen ese tipo de preguntas y cada vez que me enfrento a ellas, contesto lo primero que se me viene a la mente. ¿Cuál es tu canción favorita? No sé, tengo muchas, me gustaría contestar; ¿cuál es tu libro preferido? Híjole, son tantos que sería injusto darle ese lugar a uno nada más; ¿quién es tu autor predilecto?, y así una serie de preguntas que buscan, me imagino, encontrar señas que revelen datos importantes que definan a la persona. Así que cada vez que me preguntaban ¿qué libro te habría gustado escribir?, contestaba que la Comedia de Dante y todos me veían con una cara de aprobación, como si hubiera pasado una prueba con calificación excelente. Así fue hasta que cayó en mis manos el verdadero libro del que me habría gustado ser la autora: “El murmullo de las abejas”.

              Por esas cosas que tienen la tecnología, en la que un bot me conoce más que yo misma, el programa de Amazon me recomendó el libro. Lo compré por impulso o por un conjunto de pulsiones metalitararias. La portada es hermosa y en la recomendación —que casi nunca leo— decía que era una historia que se desarrollaba en Linares, Nuevo León. Y, por un recuerdo olfativo que se me vino a la mente, decidí aceptar la sugerencia y comprar el libro. Me alegro de haberlo hecho.

              El murmullo de las abejas es una novela entrañable que cuenta muchos sucesos en forma envolvente. La escritura de Sofía Segovia es circular, toca un tema, presenta un personaje en cierto momento y juega con el tiempo para mandarnos al pasado, contarnos su historia, regresarnos al instante en el que nos lo presentó y tirar líneas al futuro. Así, iniciamos una novela con el llanto de un bebé que fue abandonado debajo de un puente, y así como alguien lo dejó ahí, la autora la suelta para contarnos de una serie de personajes que irán pasando por ahí, ignorando la presencia de quien será uno de los personajes centrales.

              “En esa madrugada de octubre el llanto del bebé se mezclaba con el ruido del viento… Se comentaría por años como Don Teodosio debió pasar al lado del pobre bebe… Lupita, la lavandera de los Morales, cruzó el puente… Sin embargo, en este caso nadie sabía nada”. (p.9)

              Dice Sofía Segovia que ésta no es la historia que le contaron, es sólo un cuento que inspiraron. Y, ya sea que le decidamos creer o que pensemos que sólo está protegiendo a quienes le narraron la anécdota; sea que investigó mucho o que haya hecho acopio de una inspiración prodigiosa, El murmullo de las abejas es una novela que toca el corazón de quienes nos vemos inmersos en el Linares de principios del siglo XX y vamos acompañando a la familia Morales en su integración, a la tierra en su transformación, a los hombres y mujeres en sus alegrías y sus padeceres y en la vida palpitante de un Nuevo León que ya no existe más que en las hojas de este sublime libro. El lenguaje, los comentarios nos introducen en un clima de provincias que fue elegido para dar tono y ritmo.

“Nadie, ni el propio marido, sabía decir con precisión en qué había sido mejor Mercedes Garza, pero, como Dios manda, de los muertos siempre se debe decir lo mejor” (p. 69)

              El murmullo de las abejas es una novela que nos irá narrando una historia que se ha escuchado, se escucha y se escuchará muchas veces, y tal vez, Segovia haya apelado a ese sentimiento mexicano y universal que se tiene de esa familia que era y ya no es. Nos podemos sentir cercanos y entender que muchos de los elementos que componen a la familia Morales, pudieron haber sido los de la nuestra: la nana sabia y cariñosa, la Lupita diligente, la abuela que hace los postres deliciosos, la madre que sostiene el timón, el padre que toma decisiones, las hijas que se van de la casa para formar su propio hogar, el hijo que llegó sin ser esperado, la generosidad de los que trabajan y de los que dan empleo y, sí, la envidia, la arrogancia, el celo y la traición que se entremezclan en un México que se corrió a la izquierda.

“Era un historia que esperaba con paciencia. Que esperaba a ser” (p.159)

              Segovia se vale de múltiples narradores, tendrá omniscientes y en primera persona, hará uso del lente del testigo para ir envolviendo al lector mientras enrolla y desenrolla la vida de los personajes que nos dejarán ver su tradición, su fe, su ciencia, sus vacíos y su voluntad.

“En su opinión, la Virgen de Guadalupe marcaba el fin de los tiempos milagrosos” (p.83)

“Era una casa viva la que me vio nacer… En esa casa no hay fantasmas, me decía mi papá: lo que oyes son los ecos que ha guardado para que recordemos a cuantos han pasado por aquí… La casa dejó en mí sus propios ecos”. (p. 23)

              El murmullo de las abejas nos descorre el telón de esas tradiciones familiares:

“Las familias debían permanecer cerca, porque, como ella había aprendido, uno nunca sabe qué pueda pasar” (p. 173)

              La pluma de Segovia escribe personajes a los que se les nota que la autora les tuvo cariño. Los dotó de características humanas con las que el lector se identifica, por los que quien recorre los renglones para acompañarlos siente cariño, admiración, ternura o miedo según sea el caso. Nos permite ver la fortaleza de Beatriz y el amor tan grande que le tuvo a su esposo Francisco. El significado del deber, el precio de no tomar una buena decisión a tiempo, lo corrosivo de la envidia.

“Mientras hubiera gente deseando la tierra del prójimo no habría paz. No habría seguridad”. (p.306)

              Y, con esa habilidad para unir letras y palabras, Segovia nos lleva al extremo de la ternura al componer a un personaje tan bien logrado como Simonopio al que te gustaría tener enfrente para llenarlo de besos.

“Los recuerdos dejan de ser lejanos. Dejan de medirse en años y empiezan a medirse en emoción pura. Ahora me da la mano. Le doy la mía. Me pide que siga a las abejas por el camino de Reja, porque al final de éste nos espera nuestro hermano. “ (p. 475)

“Al destino de los azahares, al de Simonopio, al propio, al suyo, al mío, antes de que caiga el sol. Porque una vez ahí tomará con su mano pequeña —ya sin venas aparentes, sin manchas y sin líneas—, la mano de su joven hermano… Caminamos sin mirar atrás, porque en este viaje, lo único que nos importa es nuestro destino” (p. 477)

Hacía mucho tiempo que una lectura no me ilusionaba tanto. Tanto así que no quería que terminara el libro porque no quería renunciar a la compañía de todos esos personajes por los que se me despertó un cariño auténtico. Tanto así, que en ninguna otra ocasión afloró el llanto fuerte al estar leyendo, es verdad, que en otras ocasiones uno que otro libro me ha hecho llorar, pero hubo algo único en El murmullo de las abejas: lloré porque este es el libro que me habría gustado escribir y eligió a alguien más para hacerlo.

Más cerca de lo que uno cree

Westover, T. (2018) Una educación (Traducción, Martín, A.) Lumen, USA

Empecé a leer este libro por una recomendación. Fue una especie de curiosidad la que me llevó a comprarlo: se trataba de la vida de una mujer que pertenece a la tradición de los mormones. Como sé muy poco de ellos, me pareció interesante adentrarme en las páginas de Una educación de Tarawestover. Al principio creí que se trataba de una novela, es una biografía. No fue el único tropiezo, pensé que se trataría de alguien retratando la comunidad y dejándonos ver las tradiciones para lograr entender y no fue así.

              Tara Westover es una mujer norteamericana nacida en Buck´s Peak, en las montañas de Idaho en 1986, sin embargo, su historia parece desarrollarse en un tiempo lejano. De repente, uno piensa que se sitúa en la Edad Media o a principios del siglo XIX, a mediados del XX y la verdad es que es difícil imaginar que vidas como estas, se estén desarrollando en la actualidad en algún rincón del mundo. Lo cruel de esta narración es que se trata de una historia real.

              “Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, de las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado, significaba que nada había cambiado”. (p. 15)

              Westover nos va a contar una vez más la historia de transformación del héroe, no obstante, las peculiaridades de este cambio son las que hacen de este texto algo especial. Se trata de una ruptura en la que se decide que se abandona un mundo para entrar a otro, sin que esta decisión deje de ser dos cosas a la vez: lógica y dolorosa.

              “el cambio no era esencial, sino tan sólo cíclico”. (P.14)

              Una educación nos permite ver a una familia cuyo estilo de vida es un par de rieles de tren: rígidos y sin posibilidades alternas; en el que las modificaciones no se permiten y todo gira en torno a la forma particular en la que ellos se relacionan con una tradición de fe. Es a partir de estos rieles que se juzga todo: la salud, las jerarquías, las relaciones familiares, la actividad económica, la forma en la que se gasta el dinero. Todo se mueve alrededor de una espera: el día del juicio final. En esa condición, Dios es la gran presencia que determina todos los movimientos, sin que medie la libertad del hombre:

“No te preocupes, cariño. Dios está aquí, trabajando con nosotros. No permitirá que te hagas daño. Y si te lo haces es porque así estaba dispuesto”. (p. 93)

              Tara Westover abre la puerta para que espiemos la vida de una familia mormona a ultranza. Y, tal como lo expresa Tolstoi en la primera línea de Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia es infeliz a su manera”, así Tara nos muestra como su familia podría parecerse a tantas otras, como hay rasgos con los que nos podemos identificar, particularidades que logramos creer y como en ese estilo de vida en el que se somete la razón a lo que se interpreta como la voluntad de Dios, se permea la violencia, la complicidad, se tuerce la verdad y se llega a desmembrar el cuerpo familiar.

              “Nos dábamos cuenta de que la disolución de la familia de nuestra madre representaba la inauguración de la nuestra”. (p.52)

              “…qué ha de hacer una persona cuando sus obligaciones con su familia están reñidas con otras obligaciones, con las que tiene con sus amigos, con la sociedad, consigo misma”. (p. 448)

              “Me había construido una vida nueva y además feliz, pero experimentaba el sentimiento de pérdida que iba más allá de la familia”. (p.449)

              Una educación está dividida en tres partes que a su vez se dividen en capítulos. En la primera parte, leemos sobre la infancia de Tara, nos cuenta sobre su casa, los movimientos domésticos, la convivencia con sus padres, los ejercicios de autoridad, los niveles jerárquicos que existen, los valores que se manejan y cómo ciertos hechos históricos nos anclan a las fechas en las que se dan esos eventos. Nos enteramos:

              “Mi padre vivía atemorizado por el tiempo. Sentía que lo acechaba”. (p. 91)

              La autora nos narra tiene una sensación que la acompaña desde la infancia. Es la vida en esa familia de la que ella es parte activa y actuante, sin embargo:

              “La verdad es esta: no soy una buena hija. Soy una traidora, una loba entre ovejas; soy diferente y esa diferencia no es buena… No estoy arrepentida, sino avergonzada”. (p.218)

              Los últimos capítulos de la primera parte nos permiten ver la vida de una niña entrando a la adolescencia, que había sufrido varios accidentes, que creció en una familia que aseguraba que la medicina alópata es cosa del demonio y las hierbas y los ungüentos preparados por la madre eran la respuesta que Dios daba para los que se querían curar de algún mal o alguna dolencia. Vemos como los hermanos varones y las mujeres toman sus roles y vemos como la violencia familiar tiene brotes muy agresivos, sin que aparentemente, nadie se dé cuenta.

              “—La primera vez que me puse brillo de labios, Shawn me llamó ramera”. (p.170)

              “A fin de cuentas, había estado a punto de desmayarme y luego habría olvidado el incidente. Al cabo de un par de días ni siquiera habría sido real; se habría convertido en una pesadilla, y al cabo de un mes, en el eco de una pesadilla. En cambio, Tyler lo había vuelto real al presenciarlo”. (p.179)

              Una educación nos narra como una familia puede hacer todo lo posible por ocultar los incidentes graves, por justificar la violencia de un hijo golpeador, manipulador y psicópata, con tal de sostenerse en el espacio en el que ellos creen tener la razón. Así, una versión de las cosas, se oficializa y se convierte en realidad, aunque esté plagado de mentiras.

              En la segunda parte del libro, vemos a Tara acceder a la educación universitaria y el camino que debe recorrer para romper con sus prejuicios. La verdadera transformación inicia en la primera parte, pero se desarrolla en este segmento. Leemos la vida de una joven que mira con juicio y que no acepta ayuda porque no cree necesitarla. Rechaza ayuda de su obispo, de sus compañeros, de autoridades escolares. Se niega a ir a un hospital cuando se enferma y no acepta la medicina para aliviar sus dolores.

              “Las enfermedades no se eligen…Habíamos sufrido contusiones, cortes y conmociones. Nos habíamos quemado las piernas y nos habíamos quebrado la cabeza. Habíamos vivido en un estado de alerta, en una especie de terror constante… porque papá siempre anteponía la fe a la seguridad”. (p. 304)

              La tercera parte narra el sedimento de la transformación, el momento en el que el cambio se asienta en la mente y en el cuerpo de una mujer que no es expulsada del seno familiar por sus elecciones, por su brillantez universitaria, por su carrera exitosa, sino por el hecho de haber tenido padres que amaron más a un hijo que a ella y por mantenerse en un terreno que los hiciera sentirse seguros, incluso sabiendo que lo que ellos decían era mentira.

              “El sentimiento de culpa es miedo a nuestra propia vileza”. (P. 461)

A eso se arriesga uno cuando hay un cambio de ser, cuando hay un cambio de esencias. O, eso es lo que Tara Westover llama: Una educación. Y, eso que parece tan lejano, puede estar sucediendo hoy en un pueblo de Idaho o a unos metros de nosotros, puede pasar en el espacio en el que nosotros llamamos normalidad.

La palabra y el deseo (La Wanda de Masoch)

Sarmiento, M.E. (2020) La Wanda de Masoch, Amazon

Lo femenino es un concepto que nos sigue poniendo nerviosos. Nos aumentan los nervios cuando tendemos puentes al erotismo. La palabra y el deseo forman un vínculo que genera reacciones. Nadie es inmune. La temperatura del cuerpo se eleva, los colores suben de intensidad, las miradas cobran intención. Hay suspiros y de eso se trata. Hoy, Mará Elena Sarmiento nos convoca a pensar en torno al tema y nos invita a recorrer el camino. Estamos reunidos para hablar de la novela La Wanda de Masoch que es la última obra publicada de esta autora que se ha especializado en escribir sobre mujeres, que ha tenido el ojo puesto en aquellas, que han padecido una idea estrecha de identidad, pero, cuya imagen es una coalición fuerte e intensificadora que al ser mostrada, atrae la mirada de las personas.

En el centro de la novela, se encuentran las sensaciones. El erotismo no es sólo un reflejo literario de coloración tonal apropiada para una atmosfera de apertura y libertad sino también es un hilo conductor de amplias posibilidades lingüísticas, estructurales e ideológicas en esta novela. La autora se vale de estos recursos para desvelarnos el camino de transformación que sufre la protagonista a lo largo de la novela. La relación matrimonial entre Leopold Sacher Mascoh y Angelica Rümelin gira en torno al placer, tal como ellos lo entendieron, lo acordaron, lo consensuaron y lo desgastaron.

En La Wanda de Masoch, el erotismo es un juego de reciprocidad que refleja la vivencia de la sexualidad y el placer. Revela la relación de dos personajes que buscan juntos la satisfacción y el gusto que les da disfrutar de las sensaciones. El erotismo queda en el extrarradio del juicio porque lo que busca es una finalidad estética y desinhibidora. En este caso, es la confirmación de que la sensualidad y el placer son un vehículo de emancipación, de libertad y soberanía. En este sentido, concuerdo con la afirmación de Judith Butler quien sostiene que “Las diferencias en la posición y el deseo marcan los límites de la universabilidad como un reflejo ético. La crítica de las normas de género debe situarse en el contexto de las vidas tal como se viven y debe guiarse por la cuestión de qué maximiza las posibilidades de una vida habitable, qué minimiza la posibilidad de una vida insoportable o, incluso, de la muerte social o literal.”

              Escribir sobre erotismo es entrar a un terreno sembrado de curiosidad, juicio y crítica estética. María Elena Sarmiento se adentra en un territorio con mucha testosterona.  “La mujer va invadiendo campos que habían sido territorio exclusivos del varón”, dijo Almudena Grandes al ser galardonada por su libro Las edades de Lulú.  A María Elena le gusta observar a otras mujeres y escribir sobre ellas. Para traspasar ese umbral, hace falta valor. Se trata de caminar por un sendero estrecho para llegar a una creación estética. María Elena desafía a Cortázar cuando declaró que el castellano no era una lengua que se prestara para la descripción erótica. Es verdad, escribir sobre este tema no es sencillo, aunque la autora lo haga parecer en esta novela que es de lectura muy fácil. Una erótica sangrienta.

Tal como lo afirma Judith Butler, “El matrimonio debe ser abierto a cualquier pareja de adultos que quieran entrar en ese contrato, sin fijarse en su orientación sexual. Es un asunto de igualdad de derechos civiles”, María Elena nos muestra la apertura del matrimonio Sacher Masoch.

              La Wanda de Masoch nos lleva a viajar en el tiempo. El XVIII, marcado por una apertura impúdica en las cortes europeas, fue la época que vio nacer una literatura erótica en la pluma del Marqués de Sade en la cual se ponía en evidencia la imaginación de un goce sin ataduras ideológicas. Eso, obviamente le costó treinta años de cárcel. Un siglo después Sacher–Masoch vendrá a describir en sus novelas otro tipo de práctica erótica en la cual lo central será un goce relacionado con la esclavitud amorosa. No se podría decir que las visiones de Sade y Sacher–Masoch se complementan —como muy bien lo han señalado Gilles Deleuze— sin embargo, los psiquiatras del siglo XIX encontrarán en la lectura de estas obras literarias la justificación para crear dos cuadros nosológicos complementarios: el de sadismo y el de masoquismo. La influencia de esta visión psiquiátrica será tal, que desde entonces el sadomasoquismo se ha conceptualizado como una pareja, es decir, como dos posiciones vistas en espejo e identificadas en dos compañeros distintos que juegan en dos lados opuestos pero que a la vez se complementan.

              Sacher Masoch, en su novela La Venus de las pieles, se convierte en el referente para todos los masoquistas europeos al exhibir la voluptuosidad de las pieles, los perros y los caballos, el látigo, el cuchillo o los tacones. Esas fantasías no las crea él, pero las populariza, permite que otros se reconozcan en ellas. Y, como pasa tan a menudo, es de él de quien se habla y a quien se reconoce. Esta novela rescata la historia contada desde el otro punto de vista. Wanda es el personaje a quien María Elena le dedica esta novela y nos la deja ver como “dos caras de una misma moneda” pueden ser irremediablemente concurrentes y al mismo tiempo cismáticos. Sin embargo, la autora nos pone de manifiesto, a lo largo de las páginas de la novela, que el orden de la literatura sadiana es el de la institucionalización del maltrato, mientras que el del masoquismo es el contrato, el acuerdo.

              La relación entre el erotismo y el amor en la literatura ha sido ampliamente debatida. María Elena elige ciertos aspectos que le ayudan a resaltar el erotismo de sus personajes, tales como el momento histórico, la organización social, el tema económico, las relaciones familiares, las diferencias sociales, que le sirven para generar tensión en el hilo narrativo. Es a través del relato que se va creando un ambiente sexual que va cobrando cada vez más importancia.

              La flagelación se convierte en un en un placer sexual y no en un acto de contrición. El erotismo se convierte en un vehículo de liberación y la incorporación de las fantasías hace posible la exploración erótica. El lector se vuelve un cómplice que observa lo que sucede y el grado de complicidad irá aumentando conforme se avanza en las páginas de la novela. Sucede cuando vemos lo que pasa en la cotidianidad de la casa de los Sacher Masoch y cuando entramos con ellos a ver lo que sucede en su intimidad. Con lo erótico, conocemos los anhelos de los personajes.

En la Wanda de Masoch, María Elena nos lleva a recorrer el camino de trasformación de Angelika Aurora Rümelin. Si bien es cierto que no es ella la primera mujer de Sacher Masoch, se inició con Anna von Kottowitz, siguió con Fanny von Pistor— fue ella con la que  finalmente se casó y la que adoptó el nombre de Wanda, la cruel protagonista de La Venus de las pieles. Con las dos últimas inauguró la práctica masoquista por excelencia, la firma de un contrato de sometimiento.

El contrato con Fanny fue temporal; con Wanda, en cambio, Sacher-Masoch juró someterse de por vida siempre y cuando el destino de su ama estuviera ligado al suyo. Además de libertad para acostarse con otros hombres, Wanda demandó potestad sobre las finanzas del hogar. “Realizar el sueño de un poeta —escribió— es un acto digno de un Dios”. Y eso fue lo que hizo, aunque en las memorias que publicó en 1907 se mostrara como víctima. Las volutas de fuego que fantaseó Sacher-Masoch, justamente inmortalizadas en el tiempo, se materializaron gracias a Wanda. No sé si al verse conviviendo con una mujer que accedía a sus excentricidades moderó su pesimismo. Al menos debió haber reconocido su enorme suerte. Convirtiéndose en Wanda, Aurora hizo realidad lo que apenas asomaba en la mente de muchos como ensueño.

Dany tiene XX años, cumpleaños feliz

Siempre que es día de tu cumpleaños, hijita querida, me parece imposible que ya hayan pasado veinte años de que te tuve por primera vez entre mis brazos. Cada 18 de mayo, elevo los ojos al cielo con el corazón lleno de gratitud porque, como bien sabes, desde muy temprano en el embarazo andabas inquieta y querías salir a ver el mundo demasiado pronto. Pero, por gracia de Dios, esperaste lo suficiente y aunque te adelantaste un mes a tu fecha probable de nacimiento, llegaste sana y llena de vida, con esa seguridad que te caracteriza y con esa fortaleza que te ha distinguido siempre.

Cuando te tuve por primera vez entre mis brazos y vi que Dios me había regalado a una bebé perfecta, sentí una gran felicidad y un orgullo tan grande que ha perdurado y ha crecido con el tiempo. Pero, también sentí una zozobra enorme, ¿cómo llegar a estar a la altura de este reto? En estos magníficos años, ha habido risas, regaños, juegos, mortificaciones, lágrimas, risas, uno que otro berrinche a todo fuego y carcajadas que nos han matado de risa.

Me tocó ser de esas madres que tienen gozaron de la fortuna de siempre tener cerca a mis hijas, a pesar de tener responsabilidades laborales. Y, como toda madre que trabaja, corrí y corrí para acompañarte en tus festivales, ir a tus partidos de tenis, gritar porras en el futbol y emocionarme hasta la médula al verte meter un gol.

Pero, en el fondo, uno siempre quiere estar todo el tiempo ahí. Estar cerca para consolar, aconsejar, acompañar. No siempre ha sido posible. Hay palabras que no se pronunciaron, abrazos que no se dieron, diversiones a las que le faltaron cosas. En fin, esas brechas que se forjan entre lo que se quiso decir y las palabras que quedaron sin ser dichas.

Pero, esta pandemia me ha dado la oportunidad de tenerte 24/7 para poderte decir todo lo que he querido, para hacerte patente el orgullo que siempre me ha invadido por ser tu madre, lo presumida que me pongo cuando digo llena de emoción: esa es mi hija. Y, también, me ha abierto la ventana para aprender de tu entusiasmo, de tu perseverancia, de tu buen humor y de todas la lista de virtudes que tienes y que se resumen en forma muy simple: eres muy buena, eres muy linda.

Mucha gente recordará esta etapa de pandemia con hartazgo, con tristeza o con confusión. Yo no. Yo la recordaré como una etapa que me permitió cerrar brechas y llenar huecos. Dije, acompañe, aconsejé, consolé, me reí, aprendí y disfruté intensamente el privilegio de ser tu mamá.

Feliz cumpleaños, Hijid. Te quiero con el alma, te quiero más que a mis ojos, pero quiero más a mis ojos, porque mis ojos te vieron primero a ti.

Los maestros y la pandemia

Para ser maestro se requiere tener vocación. No cualquiera se para frente a un grupo a dejar lo que sabe y lo que es. Enseñar es un trabajo duro, que requiere de preparación, de preparación previa, de desempeño frente a los estudiantes, de tareas que se deben realizar después del horario de trabajo. El magisterio es una especie de peregrinar en el que los maestros tenemos que caminar contracorriente para lograr nuestro objetivo que es luchar contra la ignorancia y hacer del conocimiento un triunfo.

Nuestra cotidianidad transcurre entre salones de clases, pizarrones, gises, plumones, tareas, PowerPoint. Nos dijeron que eso es arcaico y que la enseñanza debía cambiar. Nos movieron el tapete y tuvimos que cambiar nuestros instrumentos. Adiós al aula, a la escuela, a la universidad, al calor de la convivencia y nos tuvimos que adaptar en horas a medios electrónicos.

Nuestras casas se transformaron en recintos de enseñanza, nuestra computadora en canal de comunicación. Aprendimos a usar plataformas que fueron nuestros nuevos salones, video conferencias que nos cortaban la comunicación cada cuarenta minutos, nos desgañitamos frente a una pantalla y sustituimos las caras de los alumnos por nombres para que el rendimiento del ancho de banda fuera mejor.

Además, nos llenaron de formatos para justificar que sí estábamos trabajando, nos auditaron para verificar que no nos hacíamos tontos, se metieron nuestros salones virtuales a ver lo que hacíamos y por poco se compromete la libertad de cátedra. Nos angustiamos y nos sobrepusimos. Ahora si el modem falla, se nos ponen los pelos de punta y si picamos un botón que no es, sentimos que se nos para el corazón. Hablamos frente a una pantalla y no tenemos la certeza de que nos estén haciendo caso, contamos un chiste sin saber si nos oyeron o si se lo va a llevar el viento, nos partimos el alma para mantener la atención a distancia. Transformamos la lejanía y nos hicimos presentes. Nos cambiaron las reglas del juego y aprendimos de volada.

Si los médicos y enfermeras han estado en la primera línea del frente de batalla, a nosotros nos tocó la segunda trinchera. Los maestros de preescolar y primaria son campeones, les tocó lidiar en campos complicadísimos: tratan con alumnos pequeños y con padres furiosos a los que nada les parece. Los de educación media tienen que traspasar las fronteras de la distracción propia de los adolescentes. Los que estamos en educación superior nos las ingeniamos para generar debate que mueva las neuronas de nuestros alumnos. A todos nos ha tocado contener la tristeza, manejar la apatía, controlar los nervios —ajenos y propios— para hacer posible la comunicación y transmitir conocimiento.

Muchos van a recordar esta pandemia como un periodo difícil. No hay duda. Pero, pocos van a saber decir qué fue lo que hicieron en este tiempo Yo sí que lo sé. En este tiempo tuve el privilegio de estar dando la batalla al Covid19 desde la segunda trinchera. Yo estuve dando clase.

Felicidades, maestros. Lo volvimos a hacer.

El regalo del Coronavirus a las madres de hoy

Todos podemos hacer un recuento de lo que el coronavirus nos a quitado. Nuestra lista puede ser tan larga o tan cortacomo nuestras situaciones personales nos lo dejen apreciar. Hemos perdido libertad de movimiento, tranquilidad, espacios, por enunciar los que son transversales a casi todos los habitantes de la tierra. Sin embargo, esta pandemia nos trae a las madres un regalo que, tal vez, no hayamos gozado antes: tiempo.

​Entiendo que muchas lectoras eleven las cejas y pongan los ojos en blanco. Imagino a todas las mamás con niños pequeños a les pueda resultar especialmente difícil detectar la maravilla del regalo, pero créanme, es una bendición. La maternidad es compleja en todas las etapas. La imagen de la madre ideal se aproxima mucho a la de la mujer abnegada y sufriente que representaban las actrices de la época del cine de oro mexicano. Las cosas han cambiado. Hoy las mujeres salen a generar ingresos para el hogar y ya son pocas las que se dedican únicamente a las labores domésticas. Así, las mujeres ejecutivas, emprendedoras, empresarias salen por las mañanas de sus casas y regresan después de un día de batallar en el trabajo. Pero, hoy tenemos tiempo para dedicárselo a los nuestros.

​Entiendo que hay madres trabajadoras oyen a los bebés llorando, a los niños pequeños emberrinchinados, a los niños en edad preescolar pidiendo atención mientras tienen que atender al jefe que les está exigiendo llenar formatos o atender a juntas vía remota. Ahora las madres que se quedan en casa no cuentan con parques en los que desfogar la ansiedad de sus pequeños, ni mandados que hacer para sus adolescentes ni motivos para escapar de la anarquía en casa.El desafío es grande, no hay duda. Pero, también es un regalo. Tenemos cerca a nuestros hijos. 

​Es verdad, el reto del Covid-19 nos tiene conviviendo veinticuatro horas del día, en espacios que antes se usaban para una cosa y ahora se convirtieron en aulas, salas de juntas, despachos de trabajo y todos tenemos que luchar por la conquista de nuestro propio lugar. Pero, jamás como ahora, las madres hemos tenido el tiempo para estar con nuestros hijos con tanta intensidad. Para muchas mamás, está es una oportunidad única para ver a sus hijos crecer porque están con ellos y no en su lugar de trabajo.

​Uno de los lamentos que tenemos las madres que hemos trabajado toda la vida, se refieren a esos momentos que nos perdimos porque no pudimos estar ahí. Aquellos primeros pasos que no presenciamos, esas palabritas que no escuchamos, aquella plática que nos perdimos, esa ocasión en que nos hubiera gustado estar ahí para ofrecer consuelo. Pero, no estábamos. Y, no andábamos de fiesta, sino que estábamos trabajando, buscando sustento para nuestra familia. Ese es el caso de muchas mamás que salen a complementar el ingreso del hogar o que son el único sustento.

​Pero, hoy existe esa posibilidad. Hoy, con este confinamiento podemos saldar todos esos pendientes que teníamos. El chiste es dar el encuadre necesario. Si en nuestra cuenta debíamos abrazos, cariños, pláticas, juegos: hoy podemos los abonar. Además, lo podemos hacer sin prisas: hay tiempo. Si nos detenemos y lo miramos desde otro enfoque, caeremos en la cuenta de que nuestras vidas eran demasiado agitadas antes, siempre tratando de encajar en cada evento social y actividad profesional que teníamos que desempeñar. Las madres hemos sido como estos animadores de circo que tienen que desempeñarse en tres pistas y hacerlo en forma coordinada y gloriosa.

El regalo de día de las madres de esta pandemia es que podemos estar menos estresadas por estar en algún lugar al mismo tiempo cinco veces al día, y ahora lo podemos pasarcon nuestros hijos. Así, sin forzar situaciones, sin atropellar explicaciones, podemos comunicarnos y decir lo que hemos guardado en el corazón. En este espacio se siente más genuino y natural. lo mejor no tenemos que hacer una gran confesión, ni nada extraordinario que decir, pero podemos centrarnos en el momento, sólo estar con ellos, y ver a dónde nos lleva el día, sin mayor pretensión que la de disfrutarlos.

Si logramos aprovechar esta oportunidad, podremos apreciar la bondad que nos llegó envuelta para regalo en este 10 de mayo.

Todo cambia

Cuando le pones nombre y apellido a la pandemia, todo cambia. Me enteré a mediados de semana que una de mis alumnas es víctima de este raro enemigo que se ha hecho famoso a nivel mundial. Si la enfermedad de circunscribe a cifras, curvas exponentes y explicaciones, creíbles o no, es una cosa; otra distinta es cuando el Covid19 tiene una cara conocida.

La cosa cambia porque deja de ser algo abstracto y al concretarse la amenaza, los sentimientos se revuelven. La piel se enchina al caer en la cuenta de que el contagio es real, se alertan los sentidos, se prende el foco más rojo en nuestro tablero de control y sudamos frío.

Pensamos en la persona enferma, en su familia, en los cuidados que deberá tener. Damos vuelo a la imaginación y nos crece la empatía. Queremos hacer una llamada solidaria sin ser imprudentes, la intención es hacerse presente sin molestar.

Todo cambia cuando el enemigo dio en un blanco conocido, tangible y concreto. El trago es gordo y amargo.

Taquitos de piloncillo

Venir a San Miguel de Allende es como abrir una caja de sorpresas, es encontrar algo nuevo cada vez que estás aquí. Hay quienes se circunscriben al área del centro y otros que se atreven a explorar e ir más allá del cuadro peatonal cercano al jardín de la Parroquia de San Miguel Arcángel.

En el barrio de San Juan de Dios, hay una tradición cuaresmeña curiosa y sorprendente. Frente al atrio la iglesia o en la banqueta que está en la calle de San Antonio Abad, pegado a la barda que divide al templo de la escuela, rumbo al panteón, sólo en los días previos a Semana Santa, se ponen unos puestos que venden una mercancía peculiar e interesante: taquitos de piloncillo.

Las personas que los venden ponen sus anafres, cazuelas con aceite hirviendo, comal caliente, prensa para hacer tortillas. La masa es color rojiza, le ponen chile y la combinación con el maíz da este color entre bermellón pálido y carmín clarito. Las mujeres hacen bolitas pequeñas que aplastan en la prensa para conseguir un círculo perfecto. Le ponen en el centro piloncillo hecho polvo, y doblan la masa para forman una media luna que ponen en el comal o en el aceite.

Les llaman taquitos de piloncillo y pueden ser duros o suaves. Son pequeños, del tamaño de la palma de la mano de un niño chiquito. El sabor es singular y el paladar tarda en entender qué acaba de probar. Son crujientes o esponjosos, dependiendo si fueron cocidos en comal o en aceite, son picositos y dulces a la vez. Son una delicia sibarita de la gastronomía de San Miguel de Allende que sólo,conocen los locales y los que se animan a caminar unas cuantas cuadras más allá del centro.

Al principio pides uno de cada uno, para probar. Te los entregan en bolsitas de papel de estraza. Luego pides otros más, como tratando de descifrar el sabor, de conectar la lengua y el cerebro. Es una delicia que vale la pena probar. Son tradiciones cuaresmeñas que hay que preservar.

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

Ken Follet y el amor por una catedral (Notre Dame)

Follet, Ken (2019), NotreDame, penguin Random House

En cuanto supe de la edición de este libro, lo compré. Fue en preventa y tuve que esperarlo más de seis meses. Por fin llegó, envuelto como si fuera un regalo. A diferencia de sus novelas, este libro de ensayos es corto, tiene sesenta y dos páginas en las que se destilan dos aspectos que los hacen dignos de ser leídos: erudición y amor.

El libro compila seis ensayos en torno a la Catedral de París. Arranca en 2019 con el evento del incendio y explica la tragedia y la lógica de destrucción del fuego. También lleva a valorar la suerte de que esta devastación haya tenido esos resultados, pudo ser peor.

“Exactamente, ¿cómo se incendia una iglesia? (p. 5)

“Mis presunciones fueron correctas, sólo que su estimé la fortaleza de los pilares”. (p. 7)

Notre Dame nos plantea un cuestionamiento profundo y nos lleva a reflexionar que nada es eterno. Al igual que Follet, siempre creí que al visitar París, ahí me estaría esperando la catedral y darme cuenta de que no es así, hace que se cimbre algo en lo profundo de mi ser.

“Notre Dame siempre parecía eterna y los constructores medievales creyeron que duraría hasta el día del juicio final”. (p. 9)

En los demás ensayos, Follet aborda con erudición el tema de la Catedral de París, desde su construcción, los años que tardó en erigirse, el compromiso de obispos, benefactores, arquitectos, obreros y el tremendo amor que cada uno puso en un trabajo dedicado a Dios.

Nos enteramos de que Notre Dame era una pequeña iglesia de madera, de la que ya no quedan mas que dibujos, que se cayó dos veces y que el obispo Sully, que fue el principal ideador, el líder del proyecto, murió antes de verla terminada.

Habla de Hugo y su espectacular novela, a la que Follet le dedica un ensayo magnífico, se refiere a Viollet le Duc como al arquitecto que nos permitió gozar de la Notre Dame que llegó hasta nuestros días.

Pero, el último ensayo no tiene desperdicio. Es un homenaje a las catedrales en general y a Notre Dame con particular énfasis. Nos lleva de la mano a entender que estos recintos son los últimos monumentos antiguos que siguen respetando la misión para la que fueron creados, que son lugares de culto y que está bien que sean visitados por muchos turistas a quienes equipará con peregrinos. Nos habla del esfuerzo de un equipo que generó derramas económicas en su construcción. Este último ensayo con el que cierra el libro es un tratado de alta dirección, liderazgo, teoría económica y sobre todo un escrito que nos lleva a comprender lo que es una catedral, un lugar en el que se puede expresar amor a Dios.

“Cuando la vemos, nos anonadamos; cuando las caminamos, nos dejamos capturar por su luz y su gracia; cuando nos sentamos, nos posee un sentimiento de paz. Cuando una se incendia, lloramos.” (p. 62)

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