La estupefacción en Puerto Rico

En Puerto Rico se va de la inquietud a la incredulidad. Esto de ser un Estado Libre Asociado los deja con una brecha de identidad terrible. Situados en el medio de ser o no ser parte de la nación más poderosa del mundo, con algo que no se entiende muy bien como la definición de ser un territorio con autogobierno cuyos habitantes viajan al extranjero con pasaporte estadounidense, viven hoy uno de los abandonados más graves de la Historia.

Desde Washington, se les percibe lejos. Son una isla rodeada de agua, dijo el Presidente Trump mostrando los niveles de sabiduría que siempre le han caracterizado, pero dando cuenta de la gran grieta que separa a los habitantes de la Casa Blanca y a los puertorriqueños que hoy parecen mas latinos que otra cosa. Por allá, no les gusta el acento en español y se les olvida que Puerto Rico  forma parte de la nación. Qué los ayuden los que están cerca. 

Tan distantes son percibidos que si un huracán los devasta, no encuentran forma de auxiliarlos rápidamente. Han de creer que, como están tan cerca de Haití y de Dominicana, son más hermanos de estos que de aquellos. Puerto Rico se ve tan fuera de la mirada estadounidense, tan poco enfocada por la gente en Washington, tan apartado de Capitol Hill, tan separados de su madre patria continental que los dejan a su suerte mientras se entretienen con temas deportivos que les resultan más urgentes.

¡Qué desilusión deben sentir en Puerto Rico! Borinquen, la tierra del Edén, la Preciosa te llaman los bardos que cantan tu historia. No importa el tirano te trate con negra maldad. Nunca la música pudo encontrar mejores palabras para expresar el sentir isleño. Porque, como cantan en el Caribe, como los propios puerto riqueños sienten en la letra de su segundo himno: Porque ahora es que comprendo, Porque ahora es que comprendo,Que aunque pase lo que pase, Yo serepuertorriqueño, Yo seré puertorriqueño, Por donde quiera que ande, ooohhh,Por que lo llevo en la sangre, Por herencia de mis padres,Y con orgullo repito:Yo te quiero Puerto Rico…Yo te quiero PuertoRico,  Y por eso es que me nace hoy, Dedicarle este canto, A ese noble jibarito Raphael, Y a mi isla del encanto.

Pero, en el lejano continente esos ritmos no resuenan ni significan gran cosa. Es muy triste ver como los latinos nos condolemos con la angustia hermana, mientras la tierra que les da nacionalidad los ignora desde una posición en la que se deshonra un compromiso. Duele ver al gobernador pidiendo ayuda, indigna ver a la alcaldesa de San Juan suplicando atención y atestiguar como la que ellos pensaron que seria su patria, hoy les voltea la cara y los deja a su suerte.


 

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México sobre una laguna

El ombligo del mundo que los aztecas buscaron desde Aztlán, lo vinieron a encontrar sobre una laguna. El símbolo tan ansiado del águila devorando a la serpiente, estaba en un nopal que creció en un islote y los peregrinos indigenas con fe absoluta en la figura que hoy da identidad al país entero, decidieron asentar su civilización en un espacio con agua. La belleza de lo que crearon nuestros antepasados sorprendió a tal nivel a nuestros conquistadores que la llamaron la Ciudad de los Palacios. Pero, los aztecas no eran estetas nada más, parece que fueon muy inteligentes. 

Según científicos del Cinvestav, aquella laguna y toda esa agua que nos empeñamos a entubar y hundir en el subsuelo hoy nos sirve como una especie de Tamper protector. De acuerdo con Wen Yu Liu, Jefe del Departamento de Control Automático del Cinvestav, para contrarrestar los eventos la decisión de construir sobre una laguna fue un gran acierto, espacialmente al tratarse de terremos que se encuentran en una zona telúrica. ¿Qué es un Tamper? Son swithces se pueden encontrar en diferentes dispositivos electrónicos, como detectores de movimiento, paneles de alarma, paneles de detección de incendio, controles de acceso, sirenas, cámaras, etc.

Algunos detectores y en muchos casos el mismo panel de control incorporan un par de terminales llamados Tamper. Estos son dispositivos que atemperan y amortiguan en caso de una situación de daño. Estos interrumptores operan  cuando alguien intenta quitar la cubierta del detector o en el caso del panel intenta abrir la tapa de la caja frontal, se abren dando condición de alarma. Estos contactos deben ser conectados a una zona de 24 horas del panel de control y es recomendable usarlos para evitar sabotajes del sistema cuando está desactivado.
La laguna de Texcoco funciona como un Tamper natural que sirve al mismo tiempo para ayudar a dar una alarma que para amortiguar la intensidad de onda de un movimiento telúrico, que según Yu Liu, si no existiera esta capa de agua en el subsuelo, los terremotos alcanzarían grados superiores. Hizo hincapié en la importancia de cuidar en la capital mexicana uno de los mayores tampers naturales con los que se cuenta; es decir, el agua que aún existe bajo la ciudad, pues de acuerdo con la opinión de algunos expertos mundiales en el tema de ingeniería, este líquido amortigua los movimientos telúricos. El científico señaló que hasta el momento los terremotos no pueden evitarse ni pronosticarse con mucha antelación, pero pueden implementarse medidas preventivas que harán que se reduzcan los riesgos potenciales.

A partir de estas observaciones, en Cinvestav está desarrollando un sistema de construcción que estabilice las estructuras durante el movimiento de la tierra por medio de dispositivos con tampers. Pero, lo importante es resguardar nuestro propio amortiguador que está hundido en el suelo. Esa herencia que nos dejaron nuestros antepasados y que como tesoro perdido, hoy que lo hemos encontrado, debieramos valorarlo y cuidarlo.

Espacio para llorar

A una semana del sismo del 19 de septiembre, después del susto, de las prisas por ayudar, de la necesidad de sostener la esperanza en alto, de la urgencia por dar, llega el momento de inclinar la cabeza, de llevarnos las manos al pecho y de dar tributo a los caídos.

Algunos, pensarán que todavía no es tiempo, que hay que seguir escarbando en los escombros, que es muy pronto. Tendrán razón. Tendrán toda la razón. Sin embargo. Llega un momento en el que debemos desatar el nudo que tenemos en la garganta para dejar fluir el llanto.

Todo sucedió tan rápido que ni tiempo nos dio para despedirnos. Andabamos tan ocupados tratando de servir en algo, que no hemos encontrado el momento para decir adiós. Por eso, la idea de formar un memorial de flores y mensajes dedicados a los trescientos veinte —o más— que perdieron la vida a causa del sismo es para apaludirse, para respetarse. 

Un grupo de floristas organizó en el Parque México un vergel para darle espacio a todos los capitalinos donde llorar. Lo mismo los que ayudaron donando, que los que perdieron a un ser querido, los que pusieron sus manos o contribuyeron con talento, todos podemos participar, ir a colgar una nota de solidaridad a los deudos, de ánimo a los desalojados, de pena extrema, de luto. 

Habilitaron un espacio para llorar.

Para dejar que se vacíe el cuerpo de la perplejidad que nos dejó este temblor, que se nos salga la amargura, que se viertan lágrimas. Que nada de eso se quede adentro porque le quita espacio al recuerdo de los que se fueron, al agradecimiento para los que ayudaron, a la admiración frente a tanta solidaridad.

Entre la solidaridad y la rapiña

En México, la mayoría nos tomamos de la mano frente a la adversidad. Unidos le damos cara al dolor, a la destrucción, a los escombros, al polvo, a la muerte. Pero, también existen los contrastes. La realidad nos pone frente a lo mejor y a lo peor que tenemos y una raya separa claramente a los mejores de los peores. Por fortuna, la multitud de gente maravillosa supera a la minoría de abusivos, de estúpidos, de rateros, de chistosos que abusan del dolor ajeno.

Las redes sociales jugaron, frente a la tragedia del terremoto vivido el martes pasado, un lugar preponderante. En segundos, sabíamos dónde hacía falta ayuda y manos solidarias se hacían presentes sin mayor trámite que la convocatoria. Tristemente, algún payaso ponía información falsa. Gente con palas, picos, guantes de carnaza, comida, agua, llegaba para encontrarse que ahí no se necesitaba ayuda, que algún pasado de listo quiso reírse de la buena voluntad y mando una alerta de ayuda a un lugar en donde todo estaba bien. Lo peor era el descuido con el que la gente replicaba esa información sin verificar si era cierto o no.

Hubo alertas de destrozos en vigas del segundo piso, peticiones de peritos para casas que no existían, listas de desaparecidos con nombres falsos, derrumbes que eran falsos. Mentiras viles. La onda expansiva de la desinformación se hacía más grande porque, en una necesidad genuina de ayudar, se propagaba la necedad de algún imbécil, que en la insensibilidad frente al horror se moría de risa, sin  que hubiera freno. Los memes aparecieron y afortunadamente, no han sido tantos.

Hubo topos falsos, binomios de perros que no estaban entrenados, gente que quiso meterse a los derrumbes con chalecos falsas, noticias adulteradas que se difundieron, nombres de niños que no existieron. Por eso, de repente, había personas que se ofrecían a llevar los víveres que habían comprado, o centros de acopio que se formaron de manera espontánea y la gente prefería llevarlos personalmente para verificar que todo llegara a buen puerto, o de plano entregarlo en manos del Ejército o a las universidades para que no se hiciera mal uso de la ayuda.

Sí, seguimos creyendo en el Ejército y en la Marina, que han sido héroes que siguen trabajando día y noche para encontrar vida..

Lo asombroso era ver como las filas de gente que quería ayudar, las pilas de comida, medicina, agua, ropa que se formaban en los centros de acopio. Era tanta que conmovía el corazón. Pero, una línea divide y pone a la gente en lugares distintos. Por suerte, la solidaridad opaca a la rapiña. Las justificaciones de los que difundieron noticias falsas, no valen. No se puede jugar con la buena voluntad de la gente.

Infatigables 

Infatigables, así son nuestros héroes. Gente espontánea que se une a los escuadrones de ayuda y se convierten en rescatistas para apoyar a las víctimas. Unos preparan comida, otros corren a comprar víveres, otros ofrecen manos para clasificar la ayuda, otros orfecen mirada experta, opinión profesional, otros ponen las manos, otros talento, todos hacemos lo que mejor podemos con el corazón en la mano.  

Lo mismo los topos que militares que gente de la Armada de México e integrantes de la Sociedad Civil trabajan a pleno rayo del sol, en la oscuridad, entre polvo, bajo la lluvia, todos estos héroes mexicanos han dado su apoyo en forma masiva, a tal nivel que los centros de acopio y brigadistas han comunicado que ya no se requiern voluntarios. En la Ciudad de México, hay personas que hacen fila para empezar a ayudar.

El entusiasmo de los jóvenes emociona hasta los huesos. Se organizan en brigadas, forman líneas de producción, ayudan, se pintan en los brazos nombres, tipo de sangre, modos de identificación. Me asombra ver la forma entregada en la que se ofrecen manos y recursos. En medio de la desespeación, inyectan esperanza.

Los perros han sido rescatistas maravillosos. Estos animalitos son generosos y eficientes. Todos trabajan contra el tiempo. Las maniobras son cada vez más complicadas, más precisas, mas delicadas, en fin, más lentas. Frente a la impotencia de querer ayudar, de apresurarse y no poder, los héroes ponen sus fuerzas, su trabajo, au entusiasmo, sus oraciones, su esperanza.

La fatiga que provoca tanto dolor, no quita a nadie el impulso para poner su grano de arena. Restauranteros ofrecen café y pan, las filas son larguísimas y son para ofrecer ayuda. Los escombros nos abuman, la solidaridad que no acaba, nos conmueve. Nos unimos y si se eleva el puño cerrado, nos callamos. El silencio que se indica con el puño en alto, nos genera esperanza.

No nos podemos quedar sin hacer nada, es lo que decimos todos. Aplaudimos al Ejército y a nuestras Fuerzas Armadas, a nuestros Topos y por fin entendemos que todos somos héroes frente a la desgracia. Infatigables, eso somos hoy en México.

Otra vez 19/09

Como si se tratara de un chiste macabro, justo después de haber hecho un simulacro para honrar a las víctimas del sismo de mil novecientos ochenta y cinco y para saber qué hacer en un terremoto, empezó a temblar la tierra. Fue violento. Fue increíble. Fue de 7.1 grados. Se sintió más fuerte. 

Minutos antes, cuando todo era simulado, cuando era de mentiritas, las cosas funcionaron a la perfección, en cuarenta segundos habíamos evacuado el edificio. La realidad del terremoto nos rebasó. Si minutos antes lo hicimos en forma ejemplar, en esos momentos los nervios hicieron de las suyas. No pude bajar. Las escaleras estaban abarrotadas y no había forma de pasar.

Siempre tuve miedo de que un terremoto me sorprendiera dando clase, pensé que no sabría qué hacer. Pero, hoy no puedo dudar de las posibilidades de una voz potente. Instintivamente, grité: No empujo, no grito, no corro. Mis alumnos salieron tranquilos y en orden. Siguiendo el ejemplo de Ricardo Bernal, que en otra ocasión me enseñó que un profesor es el último en salir, yo fui quien me quedé a cerrar la puerta. 

Al tratar de bajar, me di cuenta que jamás lograría bajar. Una persona estaba fuera de sí, llorando, tirada en el suelo, bloqueando el paso. Imposible llegar a la planta baja. Uno de mis alumnos, Dios lo bendiga, me tomó de la mano. Nos pegamos a la pared para formar un triángulo de vida. Se unieron otros dos: nos tomamos de la mano. La Torre Latinoamericana se movía como si  fuera de chicle, el campanario de Regina Coelli parecía de plastilina. El suelo se movía con fuerza. Creí que nos íbamos a morir. En ochenta y cinco, la zona del Centro fue devastada. 

Cerré los ojos. 

Fue eterno. Duró una perpetuidad. Fue infinito.

El movimiento empezó trepidatorio y luego comenzó a oscilar. Todo rechinaba. Un estruendo. Una nube de polvo. El movimiento no paraba. La gente lloraba. Yo quería gritar. Pero me amarré la garganta. Me hicela valiente. Estoy hecha migajas.

Por fin acabó de moverse la tierra.

Tratamos de tranquilizar a la persona que lloraba en forma descontrolada. Bajamos lentamente. Rostros pálidos. Cuerpos temblorosos. Espíritus solidarios. Nos reunimos en el punto de encuentro. No alcancé a tomar mi celular. Estuve cuarenta y cinco minutos esperando para que los expertos de la brigada inspeccionaran el edificio y nos dejaran pasar por nuestras cosas. Las noticias de la gravedad de las consecuencias. El corazón se me salía. Pedía a Dios por mi marido y mis hijas. No me podía comunicar.

Miro al cielo. Agradezco. Otra vez fue un diecinueve de septiembre. Otra vez lo puedo contar. Tengo una tristeza en el alma que no se quiere salir. Es verdad, la emergencia no es igual que la que se vivió hace de treinta treinta y dos años, es cierto que aprendimos de aquella lección, pero hay muerte, hay gente atrapada, hay niños que son víctimas, hay pena. 

Me sorprende la capacidad que tenemos los mexicanos para ayudar, para organizarnos de inmediato y poner las manos al servicio de los demás. Los mexicanos crecemos frente a las desgracias. Hoy, nos necesitamos grandes.

Mexicanos

A mí podrán decirme lo que quieran, que si todo esto es para darle pan y circo al pueblo, que la fiesta se la inventó Don Porfirio —qué buena puntada— que no hay nada que celebrar, que el presidente de la República, que el PRI, PAN, PRD y demás secuaces, que si somos patrioteros y vivamexiqueros y me podrán recriminar todo lo que se les antoje, a mí la ceremonia del 15 de septiembre me encanta. Siento que nos da identidad y no hay nada igual a escuchar que te interpelen así: Mexicanos.

Será porque yo soy mexicana hasta la médula, a mí no me interesa andar buscando orígenes extranjeros en mi sangre. Soy de esta tierra de colores fuertes y de sabores exquisitos. Pertenezco a este país en el que nos morimos de risa y pintamos una muerte divertida. Soy huipil y chapulines con queso, soy tamal amarillo y pozole verde, blanco y rojo, soy salsa molcajetrada, soy marimba y jarana. Me gusta usar guayabera y rebozo cuando se puede. Me como con tanto gusto un taco bien hecho lo mismo que un ceviche con limón y rajas de chile serrano.

Me emociona el mariachi y los acordes de José Alfredo. Me gusta el cielo que se confunde con el mar, las torres de cantera, los altares de hoja de oro, las pirámides y la eterna primavera que se vive en el corazón de la gente. Admiro a las bordadoras lo mismo a quienes saben echar una tortilla al comal o sacarle flores y frutos a la tierra o torcer hilos en un telar de cintura. Me reflejo en los colores de una trajinera  de Xochimilco. Soy guadalupana de hueso colorado y entiendo el sincretismo que se alberga dn la figura del Niño Pa.

Cada quince de septiembre se me pone la piel de gallina al oir el repicar de la campana de Dolores. Así que todos los que andan justificando sus orígenes en tierras extranjeras para sentirse superiores en esta tierra que Dios y María Santísima quisieron bendecir, pueden quejarse lo que quieran, pueden destestar al presidente —¿cuándo a habido uno que nos llene el ojo?—, pueden echarme encima todos los problemas que tiene esta Nación —que padezco todos los días—, en fin pueden decirme todas las verdades terribles que quieran y que me atromenta. Nada me quita el gusto, hoy al grito de Mexicanos yo digo con un corazón sincero: ¡Viva México! 


 

Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

¿Cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector? ( Recursos Inhumanos Pierre Lemaitre )

 

Recursos Inhumanos

Pierre Lemaitre, Juan Carlos Durán Romero (Traducción)

Negra Alfaguara, México 2017

En serio, ¿cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector?, o lo qué es lo mismo, ¿cuánta confianza tiene el autor en su prosa como para someter a la paciencia del lector a semejante prueba? Por suerte, Recursos inhumanos, ganadora de varios premios de novela negra, cuenta con una prosa infernal muy bien escrita que atrapa la atención y muerde la curiosidad. En una especie de alquimia, Pierre Lemaitre nos hace pasar un buen rato haciéndonos sentir angustiados, enojados, perturbados y sin duda, identificados con Alain Delambre, el protagonista de la trama.

Recursos inhumanos es una espiral narrativa en la que los giros de la trama son parte fundamental de la forma de contar la historia y de desarrollar un thriller que nos toca el corazón, nos sienta en la orilla del sillón, nos lleva a querer lanzar el libro lo más lejos posible y nos fuerza a acabarlo a unas horas de haberlo empezado a leer.

El tema es fuerte: habla de la actualidad y de la realidad a la que se enfrenta gente con fuerza, experiencia, buenas credenciales, entusiasmo y ganas pero que carece de un bien fundamental: trabajo digno. ¿Por? Porque el tiempo pasó y después de los cuarenta y cinco ya eres un viejo. ¿Quién lo dice? Los cánones de recursos humanos. Pero, para no afectar las variables macroeconómicas y no hacer frente al terrible concepto de desempleo, simulamos el plenoempleo de Keynes a partir de un concepto ultramoderno y mega indigno: el miniempleo, como lo llama Lemaitre. Es decir, en términos económicos: el subempleo. ¿Qué es eso? Es la condición en la que una persona está desempeñando un trabajo para el que está sobre calificado, pero se contrata porque no tiene otra alternativa y, principalmente, porque tiene que seguir viviendo y pagando sus cuentas.

Pierre Lemaitre estructura la novela en tres grandes bloques: Antes, cuyo narrador es el protagonista, Durante en la que el narrador es Fontana, un exmilitar al que le fue encargado el operativo de un juego situacional y Después que es la conclusión de la novela y en donde la voz se le regresa al protagonista. La línea narrativa es progresiva, sigue un orden cronológico dentro de la novela. Los capítulos son cortos y van numerados en orden ascendente.

La trama es sencilla: Alain Delambre, un antiguo ejecutivo de recursos humanos que había tenido un éxito profesional aceptable, pierde el empleo —sin hacer muchos esfuerzos por conservarlo— y lleva cuatro años buscando trabajo, ha perdido la esperanza de encontrar empleo:

“La esperanza es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia” (p. 15)

Entonces, lleva años aceptando trabajos, cada vez más sencillos, más alejados de sus capacidades, menos suficientes para cubrir sus necesidades y tan sencillos que en ocasiones podrían dolerle a la familia.

“A mi edad, uno no se levanta a las cuatro de la mañana para ganar un cuarenta y cinco por ciento del salario mínimo simplemente para que no se te queden rígidas las articulaciones… No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería” (p.17)

Desde el primer capítulo nos muestra el hecho disruptivo que detonará la acción en la novela y que nos revelará la emoción regente: una combinación explosiva entre ira acumulada y desesperanza:

“No puedo leer los códigos sin gafas y eso para mí es un lío. Tengo que sacarlas del bolsillo, ponérmelas, contar los números… Y pierdo tiempo. Si me vieran hacerlo, la Dirección se enfadaría. Y precisamente esa mañana, el primer paquete que agarré no tenía código. Mehmet se puso a gritar. Me agaché, y en ese momento, me dio una patada en el culo. Eran poco más de las cinco de la mañana. Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy directivo en paro” (p.16)

Con una economía irresistible de palabras, el autor nos ha dejado claro de qué va la novela. También la tragedia de un francés que está súper calificado y se tiene que someter a la autoridad de un migrante turco que tiene un vocabulario semejante al de un niño de diez años y no sabe hablar el idioma. En tres pinceladas nos muestra el cuadro de la escena.

Evidentemente, Lemaitre apela a la empatía que el lector tendrá a su protagonista, a la solidaridad que habrá con Nicole, esposa del protagonista, con hijas. Sabe que habrá un rechazo hacia los grandes ejecutivos que se deshacen de sus trabajadores como un jugador de cartas deja sus piezas en el pote. Nos sube a una trama que en la sección de Antes se encarga de dibujar con una precisión de milímetro para no dejarle dudas al lector.

“El suelo de linóleo ya se comba de manera lamentable en las esquinas. Furiosa, en medio del desastre, Nicole lleva ese cárdigan de lana gastado que no puede reemplazar y que le da un aspecto enjuto. Un aire pobre” (p. 53)

“Deudas, problemas profesionales en un empleo anterior, familia problemática, hermana pequeña en una residencia para incurables, esposa alcohólica, vicios, excesos de velocidad, orgías, líos de faldas, amantes, dobles vidas, taras…, cosas de ese tipo” (p.91)

Hasta ahí, la novela es impecable, tal vez un poco trágica y victimizante, pero corre adecuadamente. Durante marca el punto de quiebre. Aquí la narración se convierte en un thriller que no parará de moverle el piso al lector. Cuando creemos que ya se está desanudando la trama, otro giro, otra vuelta de tuerca, más información, más datos, más posibilidades, otros desenlaces probables.

Lemaitre se enreda con la verosimilitud. A veces, lo hace en forma muy peligrosa y daña el escenario de credibilidad. Pero para resultar creíble, el autor se sustenta en la teoría moderna de Recursos Humanos y de Administración por Competencias, lo cual es loable. Encontramos ecos administrativos: el señor ha leído a Porter, Mayo y sabe del ciclo administrativo. También ha repasado economía y, sin mencionarlo, podemos descubrir a Keynes y a Adam Smith, también a David Ricardo.

Sin duda, encontraremos referencias directas, aunque no explícitas a Derridá, Proust, Sartre, Fiszgerald, Dante y a varios filósofos en los planteamientos reflexivos en torno a lo correcto, especialmente se puede reconocer la teoría kantiana.

Al llegar al punto final, el lector se siente cansado. Es posible que la novela brillara más si no se hubiera abusado tanto de la paciencia del lector en las secciones de Después y de Durante. Me queda claro que es una gran novela que apela a un problema muy concreto que se ha generalizado en el mundo y con el que muchos en varias partes de la Tierra nos podemos sentir identificados.

“Tengo que convertirme en alguien real, un hombre de carne y hueso, con rostro, un nombre, una esposa, hijos y una tragedia ordinaria que podría sucederle a cualquier lector. Debo convertirme en algo universal” (p. 281)

De la traducción de Juan Carlos Durán digo que está sumamente castellanizada. Como dijera Octavio Paz: Traduttore, traditore. Pierre Lemaitre es un escritor experimentado y su pluma luce por encima de la traducción. Hace varios guiños al lector y no le importa revelarse frente a quien recorre sus renglones con atención:

“Soy un novelista que busca información muy precisa sobre un secuestro con rehenes.” (p. 89)

“No estoy escribiendo mis memorias, solo estoy dejando constancia de mi historia” (p. 252)

“¿Si quisiera contarme su vida, que me contaría en primer lugar” (p. 261)

Recursos inhumanos es una lectura recomendable, con cierto toque moralizante que puede resultar algo chocante. Sin embargo, Pierre Lemaitre tuvo la puntería de dar en un blanco sumamente doloroso para cierto sector de la población que además es purulento, apestoso, viscoso con el que el resto de las personas no queremos tener contacto, no nos queremos identificar y nos llena de terror. ¿No son esos los elementos de un excelente thriller?

 

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

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