Primas

En la familia de mi papá habemos muchas mujeres, tuve la fortuna de que mis tíos tuvieran hijas. Con mis primas forjé los recuerdos más entrañables de la infancia. Cuando era niña, las vacaciones las pasábamos en La Piedad, Michoacán y desde días antes de que nos fuéramos para allá yo anhelaba estar en la tierra de mis padres donde sabía que me iba a divertir jugando damas chinas, turista, stop, yendo a la plaza a comer papitas, buñuelos, andar a caballo recorriendo el rancho de mi abuelo, jugando a las casitas en casa de mi tía Tolla, acompañando a mis primas a la clase de piano con la señorita Angelina o a la de mandolina en la academia del padre Guante.

En la adolescencia la diversión también se mezclaba con confidencias. Platicar con mis primas era una delicia. Ellas eran súper valientes, se fueron muy chicas a Guadalajara a estudiar y esa autonomía siempre me llamó la atención. La responsabilidad para manejar tanta libertad a mí me admiraba porque mientras yo seguía en la comodidad y protección de mi casa paterna, ellas ya estaban haciendo frente a la vida. Pero, cada vacación nos reuníamos y ellas me contaban de la universidad, de como se divertían, de los amigos y novios, de lo que creían que debía ser el futuro. Yo las escuchaba con admiración. Alguna vez las visité en su departamento de estudiantes y, una vez más se construyó un recuerdo padrísimo en el que las risas y la emoción se hizo presente.

El destino nos llevó por caminos en los que nos hemos reunido y nos hemos separado. Pily vivió con nosotros un tiempo en la Ciudad de México y volvió a Guadalajara a convertirse en una Oftalmóloga exitosísima. Mary y yo trabajamos juntas por años en uno de los mejores proyectos profesionales en los que he participado, luego se casó y se fue a vivir a Cancún. Betty estudió lo mismo que yo y actualmente vive en en paraíso de Panajachel, Guatemala: es una empresaria a todo terreno.

Este verano, tuve la fortuna de recibirlas en casa y reunirnos después de muchos años de no vernos y mucho menos pasar una vacación juntas. Por un lado, fue como retroceder las manecillas del reloj, como echar para atrás el tiempo y como si los años no hubieran pasado. La conversación surgió de la misma forma natural de toda la vida, los recuerdos de infancia se revivieron, nos pusimos al día con el entusiasmo de adolescentes. Al mismo tiempo, a todas se nos notan las medallas que nos ganamos al luchar en la vida, cada una tenemos las señas que nos dejaron los afanes y combates que nos ha tocado pelear. Por otro lado, fue como si el reloj se hubiera vuelto loco y avanzara el tiempo en forma vertiginosa sin que hubieran pasado tantos años, mas de los que quisiéramos confesar.

Reunirnos fue reconocernos, reconocernos fue mirarnos y sonreírnos con ternura. Fue adivinar y atinar. Fue reírnos de los chistes rancios, desgastados por el tiempo pero que igual nos hacen reír, enterarnos de lo nuevo, anticipar lo que vendrá, contarnos nuestros proyectos. Fue ver a Diego y a Carla, Pili, a Ann y a Danny. Fue hablar de nuestros viejos y de lo actual. Fue hacer cosas que no habíamos hecho juntas como salir a caminar, ir al kayak, forjar nuevos recuerdos.

Insisto, por fortuna en mi familia paterna hay muchas mujeres. Tener a mis primas es una maravilla.

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La ciudad del silencio

Caminar por las calles de Mdina, Malta es una experiencia extraña, la afonía te envuelve, el sigilo te acoge y al ir al paso por sus callejones estrechos y sus calles de piedra no hay forma de no quedar integrado al misterio. Entre el calor de cuarenta grados, el sol intenso, el reflejo de la luz sobre sus casas y edificios el visitante tiene la impresión de haber regresado al pasado, a una vida anterior, a una dimensión alterna. Es esta extraña falta de ruidos lo que hace que el lugar de haya ganado el apodo de Ciudad del Silencio.

Entramos a la Mdina amurallada y entendemos las razones que tuvieron para venir a filmar Game of thrones. El cerebro tan acostumbrado al ruido de la cotidianidad, a las prisas, al tráfico y al barullo encuentra un remanso en la calma de este lugar en el que los segundos se arrastran y casi podemos escuchar los granos que caen despacio en el reloj de arena.

Hay, como en todo sitio turístico, los recuerdos de Malta hechos en China que nos recuerdan a los templarios, a las cruzadas, a los guerreros y las expediciones para recuperar Tierra Santa. Hay grupos de visitantes pero por curioso e increíble que parezca, no hacen ruido. Se dejan invadir por esa tranquilidad silenciosa que sus habitantes cuidan y hacen respetar en forma suave.

Al entrar a Mdina la calma y el sosiego te llevan a una magnitud en la que por fuerza al contemplar lo de afuera te jala la profundidad interior y en silencio admiras el exterior y entras a las honduras del propio ser. Y así, te enteras de quién puede ser la identidad que te habita.

Comparar

Es curioso y muy cierto lo que dice Antonio Tabucchi en Sostiene Pereira respecto a como se descubre el tono de un país: hablando con meseros y con taxistas. Cuando uno está de vacaciones, esa es la mejor oportunidad para enterarse de la médula de lo que sucede.

En Estambul la gente está contenta, el cambio de alcalde los tiene felices, Imamoglu les entusiasma, aunque Erdogan sigue siendo una figura fuerte a la que respetan y por la que expresan algo muy cercano al cariño. Los turcos son amistosos y les gusta platicar. La mayoría solo hablan turco pero se valen de su teléfono celular y con el traductor se comunican en forma muy ingeniosa.

Los griegos también están contentos, pero de otra manera. Hablan con autoridad de lo enfadados que están de las promesas que les hicieron y no pudieron cumplir. Reconocen que era imposible que todo lo que les prometieron se cumpliera, pero, no tuvieron empacho en mandar a Tsipras a su casa y dejar fuera esos gobiernos populistas que quieren renovar todo, cambiar todo y dan atole con el dedo.

En Italia el turismo es tan abundante que les da para vivir cómodos. Se quejan de la migración.Hablan con crudeza de lo que no les gusta. Se lamentan de la mendicidad, de la piratería, de que al establecerse , muchos quieren imponer condiciones y tradiciones en un país en el que el orgullo histórico es un emblema y tuétano de la identidad.

En Malta su primer ministro es joven, tiene alrededor de cuarenta años. Limpió la isla, hermoseó los edificios, invitó a las navieras para que sus cruceros paren ahí, te invitan a visitar Valleta, la capital pero te llevan a conocer sus demás ciudades. Son muy amigables y te hablan en el idioma que quieras y no le dan la vuelta a ningún tema que les preguntes.

Erdogan acaba de inaugurar el aeropuerto más grande el mundo, Turquía se ve listo para recibir inversión. Grecia e Italia ven al mundo, están acostumbrados a la globalización pero, en términos de bienestar no tiene dudas: primero los de casa. Los malteses aprovechan que están en el centro del Mediterráneo a su favor.

Vuelvo a México y me encuentro con que tenemos que sobrevolar cuarenta y cinco minutos por el tráfico aéreo. Nos tardamos siglos en recibir las maletas, la terminal 2 esta saturada. El nuevo secretario de Hacienda tiene cara de dolor de estómago, el antiguo ya regresó a dar clases y por fortuna, yo sigo de vacaciones. Comparar y valorar.

Estambul

Estambul no es otra cosa más que una ciudad maravillosa. Nos trae de sorpresa en sorpresa. Desde el aeropuerto tan moderno hasta el sabor de los dulces de dátil, uno no entiende por qué las palabras se quedan cortas en esta ciudad tan especial.

La antigua Constantinopla es una ciudad generosa y compleja. Los turcos son gente amable que sonríe mucho. Casi nadie sabe hablar ingles. Muchos hablan español y cuando decimos que somos mexicanos, sonríen más, nos ponen boleros y les caemos mejor.

El clima es estridente igual que el tráfico. Amanecimos a veinte grados y a las once de la mañana ya sobrepasábamos los treinta. Levantarnos temprano fue buena idea. Entramos a las mesquitas sin hacer filas. El problema fue que, aunque llegué con la cabeza cubierta, para no mostrar el pelo; iba enseñando las rodillas. Pero, eso no representó problemas, me prestaron una falda para que pudiera entrar sin problemas. No me cobraron un quinto por ir a ver la Mesquita Azul y admirar la belleza que puede motivar el amor a Dios.

Subimos al autobús turístico, que hace paradas y te puedes subir y bajar las veces que quieras y decidimos hacer el recorrido completo. El tráfico es cómo el calor de este verano, duro e irritante. Pero al estar frente al Bósforo, todo se olvida y volvemos a jurar amor eterno a esta ciudad gloriosa.

Creí que iba a llegar siendo una gran conocedora de Estambul por haber leído a Pamuk. Esta metrópoli es un misterio. Crees que estás lejos de algo y lo encuentras a la vuelta. Estás seguro de que puedes llegar caminando a algún lado y las distancias son crueles.

El Gran Bazares un universo limpio, divertido y seguro. Adoré estar ahí, comprando chácharas y viendo y comparando. Somos idénticos a los turcos y radicalmente distintos. China impera, por todos lados vemos souvenirs turcos hechos en China.

Pero venir y no comer falafel o probar dulces de dátil es algo próximo al crimen como lo sería no tomar te o beber café. Estambul es mágica con su cielo azul lleno de nubes que forman toros, bailarinas y medias lunas. Hay gatos preciosos por todos lados.Con los los enormes de su gente y su disposición a contarnos todo, aunque yo no entienda nada de árabe.

Siete años

Hace siete años empecé a escribir este blog. Como todo lo que se inicia, hubo incertidumbre, ¿quién me leerá?, dudas, ¿es serio escribir un blog?, cuestionamientos, ¿para qué? Y entre todas las preguntas que se me ocurrieron antes de empezar, la que jamás se me ocurrió plantearme fue ¿por cuanto tiempo? Seguro pensé que lo que durara seria bueno.

Lo que jamás me imaginé al empezar a escribir este blog hace siete años fue la cantidad de satisfacciones que me iba a traer. Gracias a este blog, he recibido mucho. Me ha dado la posibilidad de reencontrarme con gente del pasado, de comunicarme con mis alumnos, lo mismo con los que están en el aula, como con aquellos que hace muchos tiempo que pasaron por mi salón, me ha acompañado al andar por el Camino de Santiago, ha viajado conmigo a Sudamérica, a Europa, a Asia. Ha contado sobre mi experiencia en Jerusalén, en el Roland Garros, en aquella final en que Roger Federer alzó por única vez la Copa de los Mosqueteros, ha felicitado a los míos en sus logros y ha contado mis tristezas y preocupaciones. Se ha metido conmigo en las pastas de los libros y me ha impulsado a escribir columnas de opinión en publicaciones como Forbes, WSI, Correo. Ha reportado sobre los premios y se a topado con uno que otro tropiezo. Vienen conmigo a San Miguel de Allende y a Acapulco.

En este blog se reúnen muchos lectores de tantas partes del mundo y esa diversidad me sigue pareciendo un misterio. Y, lo más importante que me ha dado son lectores. Gracias a los que han estado aquí desde el primer día, a los que van llegando, a los que no se han ido. Estas ventanas se abren para mostrar lo que estoy pensando. Gracias a los que se asoman desde España, Colombia, Puerto Rico, Australia, Austria, Dinamarca, Israel, Noruega, Francia, Italia, Estados Unidos, Japón, a los de cada rincón de este mundo que vienen a ver lo que hay por aquí, gracias a mis paisanos, a cada mexicano que me sigue.

Escribir.

Escribir es como lanzar una botella al mar que lleva un mensaje, es la esperanza de que alguien la encuentre, le quite el tapón, saque el mensaje y lo lea. Gracias, porque cada día tengo la satisfacción de que esa botella sufre el milagro de la multiplicación. Gracias por darme la satisfacción de saber que me leen. Cada año se aumentan el número de visualizaciones y mi agradecimiento se vuelve exponencial.

Gracias por ayudarme a cumplir estos primeros siete años.

Un pedazo de vida (Shakespeare Palace)

Shakespeare Palace,

Ida Vitale,

Lumen, México (2017)

Asomarse a la vida de un escritor tiene algo de curiosidad y de metichería a la que el propio autor invita cuando presenta una autobiografía. En el caso de Ida Vitale, con Shakespeare Palace la invitación que nos extiende es prudente, nos dejará asomarnos, pero poquito. Nos narra un fragmento de su vida, diez años: de 1974 a 1984, en los que vivió el exilio en México.

Ida Vitale nació en Motevideo en 1923, es una de las poetas más importantes de la Generación del 45 de Uruguay, que reunió a autores tan diversos como Idea Vilariño, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Amanda Berenguer, Emir Rodríguez Monegal o Ángel Rama. A pesar de que Ida Vitale rechaza el criterio generacional para organizar la literatura, hay un hilo conductor y de unión que este grupo tuvo en común: ideales políticos bien definidos, la actitud rebelde típica de la juventud de cualquier parte del mundo. Ida Vitale se casó con Ángel Rama: tuvieron dos hijos y más tarde se divorciaron. Con su segundo marido, el escritor Enrique Fierro, la poeta huyó del golpe de Estado que sufrió su país en 1973. Su exilio mexicano duraría diez años, hasta que en 1984 los militares sometieron a plebiscito su permanencia en el poder. Acataron el resultado contrario y la pareja regresó a Montevideo para marcharse, años después, a Austin, Texas.

“Existe un dolor previo a operación y confiamos que se anulará con lo que aceptamos padecer. El resto le incumbe al cirujano. En el exilio, las responsabilidades pasan a ser mayoritariamente nuestras.” (p. 64)

“El exilio a veces implica el alejamiento de una sociedad, que siendo la nuestra, es decir, estando vinculados a ella por obligaciones y derechos, de pronto deja de correspondernos, de ser acogedora”. (p. 65)

Shakespeare Palace es un guiño que la autora uruguaya hace al lector que está a punto de meter la nariz entre las pastas del libro que cuenta parte de su vida, es la memoria del exilio de Vitale en México que le abrió las puertas y la recibió durante la dictadura uruguaya. Es el relato narrado por una mujer de 95 años que conserva sana la lucidez e intacta la elegancia poética. Vitale nos permite entrar a su cotidianidad, a la forma en que se enfrenta con la magnitud de la Ciudad de México, a la generosidad que muchos funcionarios y artistas mexicanos le dispensaron, primero a ella que llegó antes que su marido y luego a su esposo, para integrarlos a una sociedad que siempre ha recibido con brazos abiertos a exiliados y, para ella, lo que significó aceptar esas gentilezas.

“Un distinto estado de espíritu, una para mí sorprendente aptitud para aceptar lo que viniese, me llevaba a no discutir nada, predispuesta al nuevo trance.” (p.33)

 Esta autobiografía nos permite atisbar la vida de la intelectualidad mexicana desde la visión de una extranjera que describe lo que significa vivir el exilio en México y nos ayuda a comprender y valorar los pequeños quehaceres cotidianos que, al cabo, configuran nuestras vidas. O, como lo expresa la propia Ida Vitale:

“Como todo lo bueno, suele ser ignorado” (p. 113)

Escribe para pensar en lo suyo, para legitimar su efímero paso por el mundo y para acreditar que no estuvo sola en ese paseo, que hubo hombres y mujeres con un nombre propio y una vida que merece ser recordada. Habla lo mismo de su casero que de Octavio Paz, habla de sus quehaceres en el Colegio de México y de cómo es manejar un VW en el tránsito de la Ciudad de México, habla de otros exiliados: uruguayos, argentinos, chilenos. Escribe para recuperar recuerdos:

“No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad… Sin embargo, la libertad tiene sus recursos y los usa en la elección de sus recuerdos”. (p. 11)

En Shakespeare Palace, Ida Vitale consigue una amalgama bellísima y extraña de desorden y pulcritud, de recuerdos azarosos y análisis clarividentes. Nos lleva a presenciar junto a ella, la comida de una fonda que las cenas en casa de Alvaro Mutis. Transforma la neblina del pasado en una literatura radicalmente contemporánea: no nos cuenta la sucesión de años de vivir en México sino sucesos. No sigue un orden cronológico sino que libera los acontecimientos del yugo del tiempo: un fulgor apenas que sin duda merece ser contado.

“Mi empleo del tiempo no conocía digresiones, porque siempre estaba llamada por una urgencia muy concreta tendiente a hacer del vago futuro una construcción más o menos amable, dotada de perfiles no agresivos en medio de la irregularidad implícita en el hecho de ser extranjeros”. (p. 67)

Ida Vitale afloja la pluma y condensa con lucidez y elegancia poética el estupor y el desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio. Es prudente ya que en sus recuerdos aparecen celebridades como Gabriel García Márquez, —y nos sorprende con un anacoluto extraviado en Crónica de una muerte anunciada— de Octavio Paz y la generosidad que siempre tuvo para las letras de Elena Garro, Juan Rulfo o Julio Cortázar. Al mismo tiempo, nos narra de poetas maravillosas y desconocidas como la mexicana Enriqueta Ochoa o la argentina Elena Jordana, que fue su vecina y fundadora de las ediciones de El Mendrugo donde publicó, sin ir más lejos, Nicanor Parra. Personajes en este texto que han muerto y ella sigue viva.

“Corredores in fin de la memoria, decía Octavio. Corredores que van entre la oscuridad y la luz y en lo que me pierdo por momentos, pero en lo que tambióne registo amigos que lo son desde un tiempo cuyo comienzo me cuesta fijar.” (p. 196)

 En las memorias de Vitale hay también gente de la que habla y que no tienen nombre en el texto: colegas, compañeros de trabajo, indígenas con vestidos de manta, vecinas divinas y caseros hermosos; como siempre, algún impresentable al que se refiere sin dar nombre: vidas que ya fueron y que, sin embargo, se empeñan en no irse porque, como afirma la poeta, existen los “muertos-río”: seres queridos que siguen con nosotros mientras nosotros los pensemos. Vitale nos enseña que los seres queridos son extensiones de nosotros mismos, prolongaciones de nuestras carnes, tuétanos de nuestros huesos. Por eso, la poeta uruguaya convierte esta autobiografía en un homenaje a la vida de los otros: huellas y ausencias imborrables.

“Sin duda, pertenecía a esa clase de seres cuyas importantísimas actividades, horarios y requerimientos deben ser conocidos y acatados por el resto de la insignificante humanidad” (p. 102)

Abrir la cortina y permitir que otras generaciones de asomen a ese México, a esa América Latina y a esa intelectualidad de los años setentas y principios de los ochentas justificaría por sí sola la existencia de este libro que, más allá de un mero ejercicio sentimental, es una fuente riquísima de imágenes de la Ciudad de México. Pero, Ida Vitale es poeta y se fina en los pequeños detalles: el canto de los clarines, el tráfico urbano, el sabor sin escapatoria del chile o el hacinamiento de los transportes públicos. El recuerdo de una lluvia de polvo asfixiante y la nieve sanadora casi mágica por inusual en México. Un día nevó en el monte Ajusco y la poeta uruguaya escribió: “Hacer bello lo otro / es gloria de la nieve”.

La escritura de Vitale es enigmática y certera, metafórica y clarísima en la disección de las emociones más íntimas e intrincadas de la experiencia humana. Sin embargo, algunas veces, nos resulta fría. Aleja el ojo del narrador, especialmente cuando narra que sus hijos, exiliados también y que vivían con su padre, o cuando nos cuenta que su marido murió. Lo hace desde la distancia narrativa que le permite el dominio de la pluma. Nos muestra la nostalgia de una mujer que vuelve la vista sobre su propia vida:

“La nostalgia raramente llegaba unida a paisajes, luces, olores o sabores. Siempre nacía del recuerdo de una amiga o amigo o de la cuidada memoria de sus veneraciones mayores” (p.112)

Gracias a estas memorias, comprendemos el estupor y el peso del desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio y accedemos a la extrañeza del recién llegado que desconoce el léxico cotidiano, esos otros nombres que les dan a las verduras y sin los cuales es imposible ingresar en la comunidad de acogida.

“El exilio puede ser la réplica a una amenaza que se teme grave o inminente y que proviene de una ajena voluntad humana o de un Estado. O, en el peor de los casos, refleja sí, el sentir de una mayoría poco a poco dominada, pervertida por una minuciosa dirección que anula la sensibilidad y los principios morales que se declaran errados y por lo tanto nulos. “ (p. 69)

La experiencia de Ida Vitale nos lleva a entender qué significa tener amigos y haber nacido con suerte: ser privilegiada en un mundo terrible marcado por la raza y por la clase. Tuvo la fortuna de trabajar como profesora, traductora y periodista desde los primeros momentos de su llegada a México, el placer siempre de la escritura a pesar de todo. De la mano de la poeta uruguaya tomamos conciencia de cómo el tiempo opera en nuestro cuerpo y en nuestro modo de pensar y cuán importante es la generosidad.

“Aquellos fulgores de lo vivido, prolongan un momento, efímero, como todo lo humano y a la vez duradero, aunque ya sólo en mí.” (p. 195)

Shakespeare Palace es el nombre irónico y cariñoso que Enrique Fierro e Ida Vitale dieron a su primer hogar mexicano. Allí, al final de unas escaleras oscuras, la poeta descubrió que “contra lo sordo / te levantas en música, / contra lo árido, manas”. Estos versos del exilio nos recuerdan que el don de Vitale para el manejo del léxico no es exclusivo de estas memorias luminosas, sino que es una cualidad esencial y reconocible en toda su obra poética. Ella, Premio Cervantes 2018 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2015, sigue siendo poco conocida en nuestro país. Ojalá la lectura de Shakespeare Palace sirva para que ustedes lleguen a su poesía

Tanto drama (Tan poca vida)

Cecilia Durán Mena

Hanya Yanagihara,

Un poco de vida,

Los libros ancla

Nueva York, 2015

A primera vista, Tan poca vida ( A little life) el lector se da cuenta de que el reto de leerla será arduo y no se imagina lo difícil que será llegar al final. Es un libro gordo de ochocientas dieciséis páginas, con una portada en blanco y negro que nos anuncia que fue finalista del prestigiado premio Man Booker. Entonces, con gran entusiasmo e ingenuidad, uno se da a la tarea de navegar entre los renglones de un texto que por momentos parece interminable, asfixiante, doloroso y que es muchas cosas y no es muchas otras.

              Hanya Yanagihara nos engaña con una narración oficiosamente confusa. El lector que quiera aventurarse a leer este libro deberá dotarse de la fuerza de un acorazado rompe hielo para poder avanzar entre una serie de renglones que parecen decir mucho y no dicen nada, que presentan de forma errática a los protagonistas de la novela. Desde el principio, la autora corre el riesgo —y lo seguirá corriendo a lo largo de todas las páginas—, de que el lector aviente la novela porque resulta muy complicado seguir el hilo narrativo. Sin embargo, no ceja en su intento de hacer que la voz narrativa funcione.

              Tan poca vida es una novela que está divida en siete capítulos, el primero y el último llevan en mismo título, que tiene como escenario la ciudad de Nueva York. Sí, otra novela en Nueva York. La novela arranca como una serie de televisión de esas que siguen a un grupo de amigos neoyorquinos. Se cuelga del cliché eterno: muchachos cultos y guapos, sin mucho dinero y con mucha ambición. Pero, conforme va avanzando la lectura, Tan poca vida se convierte en una tragedia en la que, para continuar leyendo, había que saltarse páginas. Los lectores tendríamos que hacerle igual que en el cine, cerrar los ojos cuando el dolor es insoportable. Y, al final, la trama desemboca en un melodrama predecible al que se le quiso dar tintes de compromiso gay y en el que la amistad masculina se convertía en una relación más romántica que erótica, pero no del todo inocente y menos célibe, que termina en una muerte de ópera.

Jude Saint Francis es el personaje principal de una novela de dolor en dosis inmoderadas, es un hombre que ha caído, por las circunstancias de su vida, en un desconsuelo crónico al que sólo puede darle salida de formas tóxicas: autocompasión hasta la estridencia, daño autoinflingido, una enorme capacidad para despreciar el cariño que se ofrece y una gran proclividad para engancharse en relaciones tóxicas. El lector no puede dejarse engañar, en medio del dolor hay mucho amor y mucho desprecio al cariño ofrecido. El lector, al enfrentar al personaje se pregunta si es posible convivir con un hombre tan frágil como una copa de cristal.

“Da diez pasos, pero cada uno toma un mayor y un mayor esfuerzo — el movimiento es tan difícil, toma mucha energía mental, tanta que tiene nauseas, y se sienta de nuevo en el borde de la cama. No dejes que Caleb te vea así”.[1]

              Está escrita con muchas anacronías, se juega con el tiempo narrativo para ir hacía adelante y para regresar al pasado. Se nos anticipan ciertos datos y luego se regresa a contar los detalles que dieron lugar a los hechos. Se ve la intención de la autora de escribir una obra compleja y lo que logra es complicar el avance de la lectura. En contraste, usa muchos pronombres personales y construcciones gramaticales sencillas para tratar de ocultar la identidad del narrador:

“Ellos podrían hacer mal arte, inservible y sin valor durante generaciones y aún así serían capaces de comprarlo”[2] (p.8)

              Nos enteraremos de que es Jude Saint Francis el protagonista en el capítulo titulado Postman y encontraremos un resumen de lo que la autora repite hasta el infinito a lo largo de más de ochocientas páginas.

“Se fue el hermano Lucas, el hermano Pedro y el Padre Gabriel, Judes Saint Francis, y con él el monasterio y los consejeros en el hogar y su vergüenza y miedos y inmundicia “(p. 216)[3]

              La emoción regente de la novela es el dolor. La autora atiza al lector con sentimientos de vergüenza, de identidad mal conformada, de pena, autoconmiseración hasta niveles de estridencia. La frase más repetida a lo largo de Tan poca vida es: “lo siento”. La decisión autoral de narrar desde los ojos de la víctima y la lástima que despierta en todos los personajes llega a niveles de rudeza innecesaria.

              “Desperanza. La elección ahora parecía obvia: la única pregunta es por qué había tardado tanto “(pág. 444)

              Ellos verían cuánto tiempo les había robado; entendería lo que era un ladrón, cómo había amamantado su energía y atención, cómo los había desangrando. (p. 445)[4]

              Los personajes de la novela son planos, sólo poseen unos pocos rasgos de personalidad y son demasiado simples y mucho menos creíbles. El protagonista de una novela que debiera ser un personaje redondo, es un ente sufriente, predecible, con diálogos e ideas que se repiten una y mil veces y no cataloga en la clasificación de héroe ya que no sufre ninguna transformación. Jude Saint Francis llega al final de la novela sin variación y nos queda la pregunta de por qué la autora se tomó tantas páginas si al final todo lo que había que dibujar, ya había quedado claro en las primeras trescientas páginas. Por su parte, algunos los personajes principales son inverosímiles en términos de la paciencia infintita, casi santificadora como Harlod y Willem, en cambio, personajes secundarios menores resultan más interesantes, como JB o Richard.

              Entiendo que Man Booker Prize no le haya dado el primer lugar a esta novela y entiendo que el tema candente de pederastia, abuso infantil, violación, cutting, le haya llevado a la organización a contemplarla como finalista. En épocas recientes, se ha venido difundiendo una tendencia que sostiene que las relaciones entre hombres y niños puede ser vista como algo natural. En esa condición, Yanagihara tiene la puntería para dejarnos claro como la vida de un ser humano se puede desintegrar a partir de las experiencias traumáticas de un niño que no podrá repararse en la edad adulta. La fragilidad de Jude Saint Francis nos lleva como lectores a ser empáticos hasta tenerle lástima; a ver su fragilidad y reaccionar con furia al ver que ni siquiera intenta recomponerse.

“No dejes que Caleb te vea así. Él mismo está en el baño arrastrándose sobre sus brazos en la ducha. Piensa en la silla de ruedas de repuesto en el coche”[5] (p.371)

              La autora no tiene piedad con la dignidad del personaje, lo arrastra, lo pisotea, lo humilla una y otra y otra vez con una crueldad que resulta innecesaria. La narración es confusa, feroz y poco amable. Hay momentos en los que Yanagihara parece narrar un cuento de dioses griegos y hay páginas en las que escribe una novela hiperrealista sobre ferocidad y culpa para al final, dar vueltas y vueltas sobre un mismo eje y terminar, de nuevo, en amor, sexo y dolor.

              Uno como lector se pregunta ¿qué tipo de novela leí? No es una novela de amor, es una fantasía en la que se lleva al ser humano a un punto irreal de no retorno en el que la principal destrucción del personaje se perpetra por su propia mano. ¿Es una novela de desesperanza? Sí, en grado superlativo. ¿Es una novela de denuncia? Si, se pone el dedo en la yaga del daño que se le pude hacer a un ser humano y el dolor posterior que este daño generará por siempre. Es una novela de desamor, en donde triunfa la desesperación de las almas buenas que quieren ayudar a quien ya, desde la página número uno, estaba condenado.

              Si el lector se quiere enfrentar a un inventario sobre lo roto, lo incompleto, lo que no se puede arreglar, a adicciones, traumas, con un contrapeso de devoción y éxito lánguido, esto es lo que va a encontrar en esta novela. Ojo, si alguien se salta las páginas, no hay de qué preocuparse, el tono repetitivo de la narración lo enfrentará con lo mismo, así que no hay temor de perderse de mucho.


[1] He takes ten steps, but each one takes a greater and a greater effort— the movement is so difficult, takes to much mental energy, that he is nauseated, and sits down again on the edge of the bed. Don´t let Caleb see you like this

[2] They could make bad, insalable, worthless art for generations and still be able to buy it.

[3] “Gone would be Brother Luke, Brother Peter and Father Gabriel, Jude Saint Francis, and with him the monastery and the counsellors at the home and his shame and fears and fith” (p. 216)

[4]“ Hopefulness. The choice now seemed obvious; the only question is why it had taken so long” (p.444)

              “They would see how much time he had stolen from them; they would understand what a thief he had been, how he had suckled away their energy and attention, how he had exsanguinated them”. (p. 445)

[5] Do not let Caleb see you like this. He drags himself to the bathroom on his arms into the shower. He thinks of the spare wheelchair in the car”.

Masako

La futura emperatriz de Japón es una mujer tímida que ha recibido el mote de Princesa Triste dados sus largos períodos de depresión. Por diez años estuvo apartada de la convivencia pública, recluida en su palacio. Unos le atribuyen tanto pesar a la rigidez del protocolo japonés, sin embargo, ella sabía a lo que habría de someterse al casarse con el príncipe Naruhito. Masako es una mujer inteligente.

No podríamos imaginar que la futura emperatriz se imaginara protagonizando el cuento de la Cenicienta, ni mucho menos. Es sabido por todos que es una persona inteligente y preparada, que estudió en Harvard y que habla cinco idiomas. Claro, no es lo mismo ver los toros desde la barrera. Entiendo la pena de someterse a la presión de engendrar a un varón que continúe la línea sucesoria de la Casa Imperial Japonesa. Sin embargo, esa melancolía le puede derivar convertirse en un símbolo en pro de las mujeres. El varón no llegó, la pareja imperial tuvo a una niña y en la dinastía más antigua del planeta sólo los hombres pueden acceder al trono. Si las cosas no cambian, será el hijo del hermano menor del príncipes Naruhito quien siga con el linaje de la Casa del Crisantemo.

Y, tal vez sea la tristeza de Masako la que la lleve a lograr un triunfo sin precedentes: que los japoneses voten para que las mujeres puedan ser quienes ocupen el trono. Masako se convierte en un signo del paradigma que enfrentamos las mujeres, en una figura de lucha a favor de los derechos femeninos en una sociedad machista y eminentemente dominada por hombres. Tal vez sea la oportunidad de que la Casa Real Japonesa siga los pasos adelantados que su propia sociedad ya dio.

Ida Vitale, Premio Cervantes

Si no fuera porque al fondo de la imagen se ce al Rey de España de pie aplaudiendo, la fotografía pareciera la de una abuelita tan dulce y mirada de una mujer con cabellera totalmente blanca, arrugas marcadas y una sonrisa que parece que va a estallar en llanto. Pero, no es cualquier persona la que se lleva los brazos al pecho, es Ida Vitale la que abraza el Premio Cervantes.

Novelista, traductora, ensayista, académica y sobre todo, poeta, esta mujer uruguaya sabe de un tema que nos ocupa y nos preocupa: el exilio. Salió de aquel Uruguay agitado, con el salvoconducto del embajador de México en Montevideo y vino a estudiar a este país que ha sido tan afortunado al abrirle las puertas a tantas personas a lo largo de la Historia. “Un país de acogida que, a la vez, se benefició de la presencia de escritores…” dijo atinadamente el Rey de España sin dejar a un lado que sus propias tierras los habían expulsado. Sí, si no fuera por México tantos exiliados no habrían encontrado cobijo.

Ida Vitale recibió el premio como lo hacen las grandes: con humildad. Bella, a sus noventa y dos años, con la emoción que nos tocó como tantos de sus poemas, le arrebató ovaciones a su público que estalló en aplausos a favor de la premiada al recibir el Cervantes.

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

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