Irrupción en la intimidad (Spring, Karl Ove Knausgaard)

Spring

Karl Ove Knausgaard

 (Traducción, Ingvild Burkey, Ilustraciones Anna Bjerger)

Penguin Press, 2016, U.S.A.

Desgarrar la protección que te da la cortina de intimidad es una decisión autoral complicada. Por un lado, muchos conocen tu cotidianidad y eso de la vida diaria no siempre es luminoso ni perfecto; y por otro lado qué se hace con una tristeza tan profunda, con una situación que te desgarra el alma. Escribir es una forma de catarsis, especialmente cuando eres un escritor en serio de la talla de Karl Ove Knausgaard. Sin embargo, eso de quedar expuesto es duro. Claro, eso de generar utilidades cuando tu propia tragedia está bien escrita puede ser tentador.

Spring es la novela con la que Karl Ove Knausgaard decide regresar al oficio. Después de haber escrito el último volumen de Mi lucha, una saga de 6 libros, cuya última frase fue: Ya no soy escritor, regresa con otra serie continuada de cuatro libros que están titulados conforme a las estaciones del año. El tema es, como el lo denomina, la enfermedad de una familia.

La novela nos hace saber que se trata de una epístola para su hija que aún no ha nacido pero que ya nació. Vemos al narrador, protagonista, que también es el escritor, como un padre muy presente y muy comprometido con sus cuatro hijos. Lo acompañamos a darle la mamila a una bebita recién nacida lo mismo que cuando mete la ropa a lavar a la lavadora, lo vemos recoger la casa, lavar los trastes, llevar a los niños a la escuela, prepararles el desayuno, ponerles la pijama. Nos muestra una cotidianidad bucólica, en una casa en el medio un bosque en el que los vecinos están lejos y se necesita coche para llegar a cualquier lado.

“La vida que vivo está separada de ti por un abismo. Está lleno de conflictos, deberes, cosas que no han sido atendidas… y en una corriente continua donde casi nada se detiene pero todo está en movimiento. [1]

El lenguaje es preciso y las palabras que se seleccionaron fueron para tomar al tiempo por las manecillas y ralentizarlo. La traducción del noruego es fiel a esa forma en que Ove Knausgaard hace que los segundos se arrastren a lo largo de la narración. Las descripciones nos recuerdan al realismo francés de Balzac, muy al estilo de Eugenie Grandet. Todo parece ser como una tacita de porcelana, no obstante, tanta perfección nos hace sospechar y el lector tiene razones para la duda.

Spring nos pone frente a una familia de tres hijos justo cuando la pareja decide tener un cuarto. Estamos en la mente del narrador que disfruta de esa vida familiar, alejada de las grande metrópolis, que le acomoda vivir entre árboles y en contacto con la naturaleza ya que eso le acomoda para invocar a las musas. No se entiende bien a bien a qué hora escribe un padre que está tan ocupado de las tareas parentales. La mujer es una figura desdibujada que no se le ve. No se muestra mucho en la novela, aunque será la parte central y motivo de la anécdota en la que se centra la novela. Este libro se trata de la depresión de su mujer y las consecuencias de que la vida siga adelante aunque ella no pueda con ese ritmo.

“Era como si toda la energía de la casa estuviera siendo succionada hacia ella”[2] (p. 123)

La novela nos hace sentir el enojo y la frustración que tiene el protagonista alrededor de una situación en la que vemos que este padre de familia actúa prácticamente como si fuera un viudo, la presencia de la mujer es más bien una ausencia que causa una gran molestia.

“Obviamente, la gente se quedaba mirando, yo los dejaba mirar fijamente. Yo estaba en un lugar donde otras personas y sus opiniones no importaban. Después, los lamentos salvajes, la desesperación salvaje.” (p. 32)[3]

Y, efectivamente, a Karl Ove no le importa que miremos fijamente, le da lo mismo que el lector se entere de lo que está sucediendo en la intimidad de su casa, no tiene pudor frente a quien está leyendo y muestra a sus hijos jugando, a su esposa ausente, a un padre desbordado por las actividades diarias, la soledad de una familia que necesita ayuda y cuyo día a día pudiendo ser bello se descompone en una serie de cosas que se necesitan hacer para seguir viviendo y que parecen rebasar las capacidades familiares.

“Yo estaba harto de todos los susurros, toda la inmovilidad, la falta de iniciativa, la impotencia, el desvío de mirar a otro lado.” (p.106)[4]

La novela gira en torno a la reflexión de lo que es la depresión en uno de los miembros de la familia y de como los demás deben de seguir tirando, de como los demás debes seguir adelante y de como afecta las vidas de los otros integrantes de la familia. La vida sigue pero tiene repercusiones cuando alguien decide ponerse en pausa:

“La enfermedad tiene que hacer contigo no tomar responsabilidad por ti mismo. Cuando estás abajo, usted no asumes la responsabilidad sobre ti, cuando estás arriba, tampoco asumes la responsabilidad de tu persona” (p. 125)[5]

Spring nos deja claras las razones por las que el autor, narrador y protagonista está enojado con su mujer y con la decisión terrible que decide tomar cuando está embarazada de la niña a la que se dirige esta novela. Karl Ove nos dice que la intención es que su hija entienda lo que sucedía mientras los demás vivían el trance previo a su nacimiento y semanas después de que ella llegó a este mundo. Comparte la dureza y la crueldad que tiene que enfrentar un padre solo cuando sus hijos están tan pequeños. Contrasta con mucha habilidad la inocencia de los niños, sus ganas de jugar, de ver la tele, de salir al patio, con la oscuridad de su madre y la desesperación del padre. Contrasta los elementos de una vida casi perfecta con el infierno de una tristeza que llega y se instala sin que logremos entender bien a bien qué fue lo que la provocó. Nos enteraremos de forma tangencial, y el lector debe estar muy atento para no pasar desapercibidas las razones.

Belleza y terror, oscuridad cuando debe haber alegría, la vida de diario y sus secretos son el hilo narrativo que se entreteje en las páginas de Spring.

“La gran y aterradora belelza no nos abandona, está allí todo el tiempo, en todo lo que es siempre lo mismo, en el sol y las estrellas, en la hoguera, anuncio la oscuridad, en la alfombra azul de flores bajo el árbol” (p. 177) [6]

La novela llega en una traducción al inglés de Ingvild Burkey y con ilustraciones espléndidas de Anna Bjerger. La contracubierta tiene colores brillantes en los que se contrastan diferentes tonos de azules que se van degradando en contraste con ocres que se van oscureciendo y una niña que está acostada en la arena cerca de una playa. La novela se divide en tres partes y un epílogo.

Depués de leer Spring me queda claro que es un texto bien escrito que transmite sentimientos universales y esto le da un rango de Literatura que no se le puede regatear. Sin embargo, en otro nivel, no sé que tan válido es exponer tu vida a ese nivel, que tan necesario es dejar que los lectores se enteren de ese nivel de intimidad. Porque, todo cambia cuando sabes que los personajes son reales, que no es ficción, que todo lo que lees —novelado o no— verdaderamente sucedió. ¿Qué necesidad hay de narrar y dejar tan expuesta a una mujer que se obnubiló por la tristeza? No lo sé. Al terminar de leer, queda una especie de desarmonía que me hace reflexionar su una pluma tiene derecho a desgarrar tanto. Insisto, no lo sé.

[1] The life that I live is separated of You by an abyss. It is full of conflicts, duties, things that have not been answered… and in a continuous stream where almost nothing stops but everything is moving.

[2] It was as if all the energy in the house was being sucked towards her

[3] Obviously, people stared, I let them stare. I was in a place where other people and their opinions did not matter. Afterwards, wild regrets, wild despair.

[4] I was fed up with all the whispering, all the immobility, the lack of initiative, the helplessness, the turning away.

[5] The illness has to do with you not taking responsibility for yourself. When you are down, you do not take responsibility for yourself, when you are up, you do not take responsibility for yourself either

[6] The great and terrifying beauty does not abandon us, it is there all the time, in everything that is always the same, in the sun and the stars, int the bonfire ad the darkness, in the blue carpet of flowers beneath the tree.

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Volver a ver Vaselina

Hay películas que envejecen bien, Vaselina es una de ellas. Hace cuarenta años que John Travolta y Olivia Newton John salieron a escena a reinterpretar una versión de los años cincuenta. Y, aunque la consciencia te hace saber que esa película se estrenó hace mucho tiempo, el número impacta. Sí son muchos años. Tenía miedo de ir y de reencontrarme con un vejestorio que me desilusionara. No sucedió. Le tengo cariño especial a esa película. Cuando la fui a ver, fue la primera vez que mis padres me dejaban salir sola con mis amigos, sin adultos de la familia que nos acompañaran.

Nos llevó Miss Theresa Robinson, nuestra maestra de inglés a todo un grupo de niños de su grupo de sexto de primaria. La mujer era valiente. Llevábamos la advertencia de portarnos súper bien y nos comportamos. Fuimos al Dorado 70, un cine enorme en Plaza Universidad y nos sentamos en la última fila. Cantamos todas las canciones que Miss Theresa nos había hecho aprender de memoria. Salimos felices y nuestros héroes Sandy y Tony no nos defraudaron.

No, no defraudaron ni entonces ni ahora.

En aquella época veía a Rizzo algo vieja para estar en la escuela y con trabajos Olivia Newton John se ajustaba a la edad del personaje. Ahora, me di cuenta de cosas que entonces me pasaron desapercibidas: el tratamiento hollywoodense de los personajes, el estereotipo de la escuela, el baile como motor de alegría dieron y siguen dando a los jóvenes una gran motivación y a los que hacen películas mucho dinero. Hay cosas que no cambian.

Pero, cambiamos nosotros. Pensé en esa niña que fue a ver con sus amigos Vaselina. La vi y ella me vio. Ambas nos sorprendimos de que lo que bien se aprende no se olvida. Recordé y canté todas las canciones con ese entusiasmo infantil de la primera vez. Me enternecí al recordar las sensaciones y preocupaciones de esos años. Espero que aquella niña tan inquieta, tan traviesa, tan malportada, se sienta satisfecha de lo que vio. Estoy segura de que se sorprendió, eso sin duda. Nos sonreímos, eso sin duda.

Al final, ver Vaselina, cantar como niña, ver a ese Travolta que me hizo suspirar, ver los bailes y escuchar las canciones me remitió a esa etapa bendita de la Escuela Emerson en la que mis amigos y yo sentíamos y teníamos en mundo para comernoslo a puños. Recordar es traer al presente esa posibilidad. También, es darnos cuenta que el tiempo no pasó en vano.

Todos los adioses (Rosario Castellanos)

Todos los adioses es una película sobre fragmentos escogidos de la vida de Rosario Castellano. Son pedazos que nos muestran la complicada vida amorosa que tiene una escritora prolífica que se casa con alguien que no tiene la misma capacidad creativa.

Algunos de podrán confundir y pensar que se trata de una exposición de motivos de una autora luchando por los derechos de la mujer, no creo que sea sólo eso, sería restringir el argumento a algo importante, sin duda, pero pequeño en términos del gran tema que sí se trata: el retrato del creador en su entorno.

Pocos podrán entender la mente de una escritora que vive obsesionada con sus personajes, sus tramas, sus versos al nivel de no poder elevar la mirada de la hoja que está tecleando para tener una conversación con su marido, o no dejar el mundo de fantasía para abrazar a un hijo que le costó el alma parir.

En todos los adioses no hay juicios. Es una sutil secuencia de provocaciones, de puntos que muestran para que el que observa los conecte y llegué a sus propias conclusiones. Es entrar a la cotidianidad de una mente creativa exitosa y femenina y ver lo que sucede y enterarnos de que en la vida de un poeta no todo es poesía.

Aretha Franklin, buen viaje. No dejes de cantar jamás.

Al enterarme de la muerte de Aretha Franklin, recuerdo aquella canción de Mecano que le pide a Salvador Dalí que no se muera porque en el mundo andamos muy justos de genios. Quisiéramos que el talento fuera eterno, que la belleza no sucumbiera al paso del tiempo, que la salud fuera perpetua y sobre todo que las voces como la de esta mujer jamás se silenciara. Pero, hay que saberlos dejar ir.

Aretha Frlankilin fue una mujer exitosa, vendió algo así como setenta y cinco millones de discos, recibió cuarenta y cuatro nominaciones al grammy y se llevó diez y ocho. Se convirtió en la primera mujer en acceder al Rock and Roll Hall of Fame y lo hizo un año antes que Los Beatles. La reina del soul, la eterna Aretha Franklin, ha fallecido. Qué pena. Tenía 76 años cuando su corazón decidió dejarla descansar.

Por suerte, su legado la sobrevive. El arte trasciende. Se le recordará por haber cantado en la inauguración del primer presidente de raza negra en los Estados Unidos, por haber luchado infatigablemente contra el cáncer, por haberse comprometido a ayudar a los enfermos de Sida, por haber cantado en el funeral de Martin Luther King.

Pero, lo mejor por lo que será recordada esta mujer es por esa voz potente y hermosa que era capaz de hacer que las lágrimas brotaran con solo escucharla. Tuvo la gran capacidad de convocar a Dios cuando hizo de la alabanza y el gospell una forma de hacer oración. Buen viaje, Aretha, no  dejes de cantar jamás.

Lo que está haciendo Netflix

Lo que Netflix está haciendo, debió haberlo hecho Televisa. Pero, parece que la televisora mexicana no se ha dado cuenta de que el mundo cambió y que los formatos se transfiguraron. Sin embargo, la nostalgia y el recuerdo son grandes activos que se pueden explotar. Netflix lo sabe y lo aprovecha en una forma genial. Ademas sigue experimentando.

Lo que Netflix hizo con Luis Miguel fue un gran experimento que revivió a un cantante del que ya poco se esperaba. Tal como sucedía antes, cuando esperábamos el programa del domingo por la noche, cada generación tuvo el suyo —los de de la mía fueron El Hombre Nuclear, La Mujer Biónica, Los Ángeles de Charlie—, ahora jóvenes y viejos estábamos al pendiente de que se liberara el capitulo de Luis Miguel, la sierie. Ahora, ya hay playeras con la frase Coño, Mickey, y en Acapulco todos los antros tocaron las canciones del Sol y en las pantallas se proyectaron videos de sus canciones y el BabyO fue lo que siempre ha sido, el mejor lugar para ir a divertirse en las noches de Acapulco.

La casa de las flores tuvo otro tipo de entrega, liberó los capítulos de la primera temporada de un jalón. Del elenco ni Cecilia Suárez, ni Aislinn Derbez, ni las escenas sexuales me llamaron tanto como la figura de Verónica Castro. La chaparrita de oro de México, a quien recuerdo más que por sus discos o por sus novelas, por su habilidad como conductora de los programas de noche, me pareció uno de los mejores golpes de astucia de Netflix.

Por supuesto, Verónica Castro no defrauda, entrega lo que siempre supimos que seria capaz de dar. Lo que más disfruté al verla nuevamente en pantalla fue esa sonrisa simpatiquísima y esos ojos que aguantan cualquier evidencia del paso del tiempo o del bisturí. La casa de las flores en su primera temporada me hizo sonreír, sin embargo, el acierto de Netflix mas que el contenido, es la estrategia.

Netflix está reviviendo a nuestros iconos mexicanos. Nos pica la nostalgia y nos hace regresar las manecillas del reloj, también tiende puentes entre una generación y otra. Televisa los hizo grandes pero los dejó morir. Hoy, Netflix entiende los signos de los tiempos y aprovecha la ventana de oportunidad que otros dejaron pasar.

La paz de los sepulcros

La muerte, dónde está la muerte, nos pregunta San Pablo. Parece que la muerte se hace evidente en los sepulcros. Pero, los cementerios, las tumbas, los nichos, las urnas donde depositamos a los muertos no son lugares tan pacíficos como quisiéramos creer. La Humanidad ha hecho poco por preservar la paz de los sepulcros.

Desde toda la vida, hemos sabido que las tumbas son profanadas por diversas razones: roban las joyas con las que los muertos fueron enterrados, sacan cadáveres para venderlos a los estudiantes de medicina, sacan a la gente para volver a vender el espacio, ocupan los nichos desatendidos para guardar todo tipo de cosas. Si acaso te toca ser un muerto célebre, o te llenan de flores o te llenan de insultos, depende.

Si, además elegiste un campo de futbol para que tus restos fueran depositados, ya sabrás que si te sacan de ahí, como sucedió en el Camp Nou, no habrá sorpresas. Pero, si moriste hace siglos y fuiste un donador para que se construyera una iglesia y de repente la institución decide vender el inmueble y el nuevo propietario lo convierte en un bar, como sucedió en Dublín, en un hotel, como pasó en Canadá, como que la cosa se pone algo terrorífica.

Hay algo de morbo que pica a la gente cuando se trata de lo que sucederá con los restos de la gente. En España, cuando se enteraron de que iban a exhumar los restos de Franco, las visitas al Valle de los Caídos se elevaron significativamente. De repente, se pone de moda ir a visitar lo que dejará de ser un templo y se convertirá en algo más.

Tal vez soy demasiado conservadora, puede que sea romántica y llegar a la estridencia del gótico, pero, ¿sería mucho pedir que dejen a los muertos en paz? No sé. Entiendo que el cuerpo es un envase y que los despojos mortuorios no contienen a la persona. La ventaja de creer en el más allá, me deja ver que la muerte no es el punto final. Pero, eso de estudiar con el cráneo de alguien, o de echarte una cerveza sobre la tumba de alguno, me pone la piel de gallina.

Si le pones nombre, pues es peor. Este es el occipital de don Juan, o salud por Mr. and Mrs. O’Higgins cuyos huesos están aquí junto mientras me como una hamburguesa con papas fritas sí que está de terror, ¿o no?

El juicio de los hijos (Tú no eres como otras madres, Angelika Schrobsdorff)

 

Más que una vida

Tú no eres como otras madres

Angelika Schrobsdorff

Traducción Richard Gross

Periférica y errata naturae

España, 2017

El éxito editorial de Tú no eres como otras madres es innegable. Desde la primera edición en 2016 hasta el momento, van once ediciones agotadas. Es la primera novela de la autora Anglelika Schrosbdorff quien la publicó a los ochenta años, los datos metaliterarios son para llamar la atención y, por lo tanto, decidí leer el libro para enterarme qué era lo que estaba causando tanto revuelo. Parece que las novelas en las que se habla de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con Hitler y que sufrieron los estragos de ser los perdedores de las guerras mundiales se están poniendo de moda. La exploración de ese mundo que se vivió en la primera mitad del siglo XX y en el que muchos quedaron atrapados, rodeados de injusticia está dando motivos para que las plumas de vuelquen sobre la hoja en blanco. La intención subyacente es dejar clara la diferencia que existe entre un alemán y un nazi.

Tú no eres como otras madres es una novela biográfica. Narra la vida de Elsie, una alemana judía de posición acomodada que nació en Berlín el 30 de junio de 1893 y que fue escrita por su hija menor —que también es personaje de la novela, evidentemente— a partir de un manuscrito de la propia protagonista que fue complementado por cartas que ella escribió a amigos, hijas y por entrevistas que la autora realizó a amistades y a personas allegadas a su madre. El narrador tiene un tratamiento muy peculiar: es un narrador con al que algunas veces se le da tratamiento de omnisciente que combinado con testimonios y con un estilo epistolar se entrelazan para dar curso a la historia. La lectura es fácil, no implica grandes retos para el lector y el hilo narrativo nos hace recordar esas pláticas entre amigas, cuando cuentan algo que le pasó a alguien cercano pero que o está presente.

“Que no dependía de ella, dijo Else, sino en primer lugar del padre de Erich… Que eso era el colmo, se escandalizaron los Kirschner…, Que qué había pasado en el caso de Fritz…, Que una cosa no podía compararse con la otra…” (P. 168)

El hilo narrativo va sobre la vida de la protagonista. Es una vez más la historia del héroe contada a partir de su deconstrucción. Es un cuento del privilegio de una niña judía que es muy mimada, que lleva una vida de consentimientos, se transforma en una adolescente caprichosa, en una mujer que se ve atraída por el desenfreno y los excesos que tiene una vida acomodada, es el retrato de la frivolidad de las primeras décadas del siglo XX y el contraste con los tiempos de guerra, la esperanza por llegar a vivir de nuevo una era de paz y el desencanto que viene con el fin del conflicto. Además, la protagonista tiene un desenvolvimiento cronológico que la lleva a coincidir con el momento histórico: cuando ella está en la flor de la belleza y salud, Alemania vive años de esplendor; cuando ella envejece y enferma, Alemania padece los años de la postguerra.

“Si de verdad quería ayudarla y evitarle penas y pesares, sin duda no lo conseguiría con sombríos pronósticos políticos, sino dándole un contenido y una dirección a su vida” (p. 257)

La novela aborda, como lo hacen tantas otras, el preludio de la guerra y las miserias que se vivieron durante y después del conflicto. En ese aspecto, encontramos poca novedad, es una anécdota muy explotada, sumamente explorada y muy conocida. La desintegración de la nación alemana, el desmembramiento de las familias, la pulverización del tejido social y, los tristísimos padecimientos y carencias de ese momento histórico han sido narrados ya con anterioridad. De hecho, podemos adivinar el contenido y la anécdota con sólo enterarnos que la autora es una judía nacida en Berlín en 1927, lo demás es rellenar el espacio en blanco. No obstante, los puntos de vista que se están siendo recurrentes en las narraciones son las que hablan de los alemanes que no estuvieron de acuerdo con el régimen nazi y que padecieron sin tener responsabilidad y en muchos casos, sin haber estado de acuerdo.

“¿Cómo era posible que aquel mequetrefe embravecido, al que ninguno de ellos había tomado en serio, llegara al poder con su banda de criminales terroristas” (p. 222)

El éxito editorial viene de la forma en que la autora decide narrar hechos conocidos, desde un punto de vista diferente, de un sector de la población que, siendo alemana, padeció los daños colaterales de una guerra en la que su nación salió vencida de un pleito para el que ellos no fueron tomados en cuenta. También de la manera en que se decide abordar la Historia, la gran virtud que tiene esta novela es su gran defecto: la frivolidad con la que se abordan temas como la muerte, la vida, la fe, el hambre, la maternidad, el matrimonio. Desde la ligereza y a la distancia, es más fácil observar y dejar testimonio de los horrores de la Humanidad.

Angelika Schrobsdorff nos presenta la disección de un ser humano real y entra en la terrible disyuntiva del autor que muestra las costuras de su propia familia, descorre el telón de su vida familiar y nos describe a su propia madre. En algunas páginas leemos la gran ternura de una hija amorosa y en otros sentimos un alejamiento que nos lleva a imaginar un desprecio total hacia el personaje. De repente, el lector se cuestiona si tanta sinceridad puede ser abrumadora.

Algunas ideas que expresa la autora lucen anticuadas y tan lejanas al mundo del siglo XXI y son tan contundentes que cuesta trabajo digerirlas:

“El amor entre el hombre y la mujer no era más que pura fantasía. El único gran amor y la única felicidad verdadera de la mujer eran los hijos, y con tal fin se contraía matrimonio, un matrimonio razonable, meditado y planificado por los padres” (P. 13)

Otras ideas son entrañables y nos podemos identificar con ellas en cualquier contexto y en todo lugar:

“Todos queremos superar, íntimamente unidos, estos tiempos difíciles y no tener que reprocharnos en el futuro haber fracasado. Afanémonos, atormentémonos, seamos infelices, pero guardemos la compostura. La recompensa llegará sin falta.” (p. 448)

Tú no eres como otras madres, parece un libro catártico que la autora escribió para poder redimir con palabras tantas experiencias vividas. El juicio de los hijos suele ser implacable. Tiene la frescura de la primera novela y puede resultar una buena lectura de pasatiempo.

Nómadas digitales

Cuando uno piensa en salir de viaje, sabe de antemano que las condiciones van a cambiar. De hecho, una de las principales razones que nos llevan a dejar la cotidianidad es el cambio. Queremos ver cosas nuevas, cambiar de aires, respirar en otras latitudes, pero también quisiéramos seguir en contacto. Irnos, pero no tanto.

La ilusión de estar en dos lados al mismo tiempo casi se materializa con Internet. Podemos transformarnos en esa especie extraña, aunque cada vez más común, de nómadas digitales. Esos trotamundos que incluyen en el equipaje dispositivos, computadoras portátiles para tener acceso a llamadas telefónicas, mensajes de WhatsApp, redes sociales, el banco, la oficina, los amigos, la familia y, en resumen, de todo.

Es más, hay quienes han hecho un estilo de vida eso de ser nómadas digitales. Salen, cierran la puerta y no vuelven más. Inician un viaje eterno. Total, ¿a qué quedarse si el clima es malo, si las condiciones no son agradables, si los artefactos se descomponen, si las paredes se deslavan, si la ropa se arruga? Mejor correr tras un clima que sea de agrado, a lugares en los que todo marche perfectamente, a hoteles en los que si el grifo gotea, te cambian de habitación. Mejor olvidarse de refrigeradores, estufas, sofás, lavadoras y planchas.

Pero, el mundo del nómada digital tiene la fragilidad de la conexión. ¿Quieres ver a un trotamundos digital nervioso? Dile que no hay conexión WIFI y ya verás. Sin una conexión a Internet confiable, todo se viene abajo. No hay listas de amigos ni fotos ni acceso al banco ni a la agenda virtual ni WhatsApp. Se materializa el llanto, la desesperación y el rechinar de dientes.

Salir de viaje tiene dos maravillas implícitas: saber que te irás y saber que vas a volver. El mundo de los nómadas digitales me causa cierto escozor. Desde verlos correr detrás de espacios con conexiones robustas a Internet hasta el desarraigo absoluto y sus implicaciones me causan acidez estomacal.

El viaje permanente tiene la ventaja de la novedad, pero la sorpresa continua es difícil de sostener. Las desventajas me resultan pesadas de sobrellevar: no hay posibilidades de tener un perro con el que salir a caminar o una gatita que ronronee al verte llegar. No hay un rincón favorito para leer ni una cobija de puntitos para cubrirte. No está el abrazo solidario ni el beso de buenas noches. No hay un buenos días ni la taza especial para servirte café.

La cotidianidad se sustituye por un movimiento perenne. Los saludos se cambian por mensajes. Los besos se convierten en caritas digitales. El acompañamiento virtual deja un vacío que es difícil de compensar. Aunque, todo en esta vida son pareceres. En lo personal, prefiero salir y saber que regresaré. Me gustan mis pantuflas, el agua que corre por mi regadera. Me hacen sonreír los rechinidos de la casa. Añoro mis caminatas con Shekel, las gracias que hacen Chai y Gis. Me gusta el café caliente y el periódico que me deja manchas de tinta en los dedos. No hay sustituto para un abrazo de mis hijas y a Carlos prefiero darle un beso que mandarle uno digital. Hay cosas que siguen siendo mejor cuando son presenciales.

Irse y volver.

Irse, volver, descansar, desconectarse. Apreciar esos pequeños desperfectos de la vida cotidiana y, sí ¿por qué no? Aprovechar las ventajas de los adelantos tecnológicos sin convertirnos en esclavos digitales.

Después del silencio

Jamás en los poco más de seis años que tiene este blog, había habido un periodo de silencio tan prolongado como éste. Fueron catorce días en los que las ventanas no fueron escritas, fue un tiempo de descanso en el que la poca conectividad no me permitía tener acceso y no pude publicar.

Entre los días de desconexión, brotó la reflexión. La maravilla de estar presente y atenta a lo que sucedía en el aquí y el ahora ayudó a pensar bien en la posibilidad de escribir, de comunicar ideas y de expresar acuerdos y concordancia. Las vacaciones y la lejanía me ayudaron a dar perspectiva. Los acontecimientos en mi país me llevan a darme cuenta que por primera vez en mi vida adulta no voté por el candidato ganador. Aunque, este blog no es un espacio en el que toquen temas políticos únicamente, sí que se abordan.

Ahora, criticar debiera ser más fácil. Los elementos que me llevaron a votar diferente a las mayorías siguen ahí y no hay dificultades en elevar la piedra y acertar. Pero, eso se llama mezquindad. Por eso, tomar nuevos aires funcionó para limpiar esos ánimos y regresar a esa posición en la que la objetividad sea la mejor consejera. Seguir escribiendo será, en este espacio, como seguir platicando.

Después del silencio, vendrán las palabras. Será, como siempre, un deleite compartir. Ven, asómate a ver lo que estoy pensando.

Ver jugar a Roger Federer

Siempre he dicho que ver jugar a Roger Federer, a quien tanto admiro, es como estar entre nubes. Sin embargo, cuando realmente estás viendo un partido de cuartos de final de Wimbledon, en tiempo real, desde el avión y te asomas por la ventanilla y ves cúmulos a tu alrededor, la sensación es extraña pero muy agradable.

Volar y ver un partido de tenis es muy padre. Por momentos, te olvidas que estás en un artefacto que te lleva a cruzar el Atlántico y te concentras en el marcador. Podría decir que es relajante pero sería mentir. Los primeros sets fueron para Federer, pero Kevin Anderson despertó y ya ganó el tercero y el cuarto sets.

Estar sentada al borde del asiento, como si estuviera en casa sí es agradable. Tres horas de buen juego aligeran el viaje y se quitan los nervios, o mejor dicho, se sustituyen por otros más manejables y más disfrutables. El set decisivo empieza cuando nos aproximamos al destino. No me quiero bajar del avión sin saber el resultado del partido.

Sin duda, ver a Roger Federer entre nubes puede ser mas que una metáfora muy cursi. De hecho, puede ser glorioso.

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