Tanto drama (Tan poca vida)

Cecilia Durán Mena

Hanya Yanagihara,

Un poco de vida,

Los libros ancla

Nueva York, 2015

A primera vista, Tan poca vida ( A little life) el lector se da cuenta de que el reto de leerla será arduo y no se imagina lo difícil que será llegar al final. Es un libro gordo de ochocientas dieciséis páginas, con una portada en blanco y negro que nos anuncia que fue finalista del prestigiado premio Man Booker. Entonces, con gran entusiasmo e ingenuidad, uno se da a la tarea de navegar entre los renglones de un texto que por momentos parece interminable, asfixiante, doloroso y que es muchas cosas y no es muchas otras.

              Hanya Yanagihara nos engaña con una narración oficiosamente confusa. El lector que quiera aventurarse a leer este libro deberá dotarse de la fuerza de un acorazado rompe hielo para poder avanzar entre una serie de renglones que parecen decir mucho y no dicen nada, que presentan de forma errática a los protagonistas de la novela. Desde el principio, la autora corre el riesgo —y lo seguirá corriendo a lo largo de todas las páginas—, de que el lector aviente la novela porque resulta muy complicado seguir el hilo narrativo. Sin embargo, no ceja en su intento de hacer que la voz narrativa funcione.

              Tan poca vida es una novela que está divida en siete capítulos, el primero y el último llevan en mismo título, que tiene como escenario la ciudad de Nueva York. Sí, otra novela en Nueva York. La novela arranca como una serie de televisión de esas que siguen a un grupo de amigos neoyorquinos. Se cuelga del cliché eterno: muchachos cultos y guapos, sin mucho dinero y con mucha ambición. Pero, conforme va avanzando la lectura, Tan poca vida se convierte en una tragedia en la que, para continuar leyendo, había que saltarse páginas. Los lectores tendríamos que hacerle igual que en el cine, cerrar los ojos cuando el dolor es insoportable. Y, al final, la trama desemboca en un melodrama predecible al que se le quiso dar tintes de compromiso gay y en el que la amistad masculina se convertía en una relación más romántica que erótica, pero no del todo inocente y menos célibe, que termina en una muerte de ópera.

Jude Saint Francis es el personaje principal de una novela de dolor en dosis inmoderadas, es un hombre que ha caído, por las circunstancias de su vida, en un desconsuelo crónico al que sólo puede darle salida de formas tóxicas: autocompasión hasta la estridencia, daño autoinflingido, una enorme capacidad para despreciar el cariño que se ofrece y una gran proclividad para engancharse en relaciones tóxicas. El lector no puede dejarse engañar, en medio del dolor hay mucho amor y mucho desprecio al cariño ofrecido. El lector, al enfrentar al personaje se pregunta si es posible convivir con un hombre tan frágil como una copa de cristal.

“Da diez pasos, pero cada uno toma un mayor y un mayor esfuerzo — el movimiento es tan difícil, toma mucha energía mental, tanta que tiene nauseas, y se sienta de nuevo en el borde de la cama. No dejes que Caleb te vea así”.[1]

              Está escrita con muchas anacronías, se juega con el tiempo narrativo para ir hacía adelante y para regresar al pasado. Se nos anticipan ciertos datos y luego se regresa a contar los detalles que dieron lugar a los hechos. Se ve la intención de la autora de escribir una obra compleja y lo que logra es complicar el avance de la lectura. En contraste, usa muchos pronombres personales y construcciones gramaticales sencillas para tratar de ocultar la identidad del narrador:

“Ellos podrían hacer mal arte, inservible y sin valor durante generaciones y aún así serían capaces de comprarlo”[2] (p.8)

              Nos enteraremos de que es Jude Saint Francis el protagonista en el capítulo titulado Postman y encontraremos un resumen de lo que la autora repite hasta el infinito a lo largo de más de ochocientas páginas.

“Se fue el hermano Lucas, el hermano Pedro y el Padre Gabriel, Judes Saint Francis, y con él el monasterio y los consejeros en el hogar y su vergüenza y miedos y inmundicia “(p. 216)[3]

              La emoción regente de la novela es el dolor. La autora atiza al lector con sentimientos de vergüenza, de identidad mal conformada, de pena, autoconmiseración hasta niveles de estridencia. La frase más repetida a lo largo de Tan poca vida es: “lo siento”. La decisión autoral de narrar desde los ojos de la víctima y la lástima que despierta en todos los personajes llega a niveles de rudeza innecesaria.

              “Desperanza. La elección ahora parecía obvia: la única pregunta es por qué había tardado tanto “(pág. 444)

              Ellos verían cuánto tiempo les había robado; entendería lo que era un ladrón, cómo había amamantado su energía y atención, cómo los había desangrando. (p. 445)[4]

              Los personajes de la novela son planos, sólo poseen unos pocos rasgos de personalidad y son demasiado simples y mucho menos creíbles. El protagonista de una novela que debiera ser un personaje redondo, es un ente sufriente, predecible, con diálogos e ideas que se repiten una y mil veces y no cataloga en la clasificación de héroe ya que no sufre ninguna transformación. Jude Saint Francis llega al final de la novela sin variación y nos queda la pregunta de por qué la autora se tomó tantas páginas si al final todo lo que había que dibujar, ya había quedado claro en las primeras trescientas páginas. Por su parte, algunos los personajes principales son inverosímiles en términos de la paciencia infintita, casi santificadora como Harlod y Willem, en cambio, personajes secundarios menores resultan más interesantes, como JB o Richard.

              Entiendo que Man Booker Prize no le haya dado el primer lugar a esta novela y entiendo que el tema candente de pederastia, abuso infantil, violación, cutting, le haya llevado a la organización a contemplarla como finalista. En épocas recientes, se ha venido difundiendo una tendencia que sostiene que las relaciones entre hombres y niños puede ser vista como algo natural. En esa condición, Yanagihara tiene la puntería para dejarnos claro como la vida de un ser humano se puede desintegrar a partir de las experiencias traumáticas de un niño que no podrá repararse en la edad adulta. La fragilidad de Jude Saint Francis nos lleva como lectores a ser empáticos hasta tenerle lástima; a ver su fragilidad y reaccionar con furia al ver que ni siquiera intenta recomponerse.

“No dejes que Caleb te vea así. Él mismo está en el baño arrastrándose sobre sus brazos en la ducha. Piensa en la silla de ruedas de repuesto en el coche”[5] (p.371)

              La autora no tiene piedad con la dignidad del personaje, lo arrastra, lo pisotea, lo humilla una y otra y otra vez con una crueldad que resulta innecesaria. La narración es confusa, feroz y poco amable. Hay momentos en los que Yanagihara parece narrar un cuento de dioses griegos y hay páginas en las que escribe una novela hiperrealista sobre ferocidad y culpa para al final, dar vueltas y vueltas sobre un mismo eje y terminar, de nuevo, en amor, sexo y dolor.

              Uno como lector se pregunta ¿qué tipo de novela leí? No es una novela de amor, es una fantasía en la que se lleva al ser humano a un punto irreal de no retorno en el que la principal destrucción del personaje se perpetra por su propia mano. ¿Es una novela de desesperanza? Sí, en grado superlativo. ¿Es una novela de denuncia? Si, se pone el dedo en la yaga del daño que se le pude hacer a un ser humano y el dolor posterior que este daño generará por siempre. Es una novela de desamor, en donde triunfa la desesperación de las almas buenas que quieren ayudar a quien ya, desde la página número uno, estaba condenado.

              Si el lector se quiere enfrentar a un inventario sobre lo roto, lo incompleto, lo que no se puede arreglar, a adicciones, traumas, con un contrapeso de devoción y éxito lánguido, esto es lo que va a encontrar en esta novela. Ojo, si alguien se salta las páginas, no hay de qué preocuparse, el tono repetitivo de la narración lo enfrentará con lo mismo, así que no hay temor de perderse de mucho.


[1] He takes ten steps, but each one takes a greater and a greater effort— the movement is so difficult, takes to much mental energy, that he is nauseated, and sits down again on the edge of the bed. Don´t let Caleb see you like this

[2] They could make bad, insalable, worthless art for generations and still be able to buy it.

[3] “Gone would be Brother Luke, Brother Peter and Father Gabriel, Jude Saint Francis, and with him the monastery and the counsellors at the home and his shame and fears and fith” (p. 216)

[4]“ Hopefulness. The choice now seemed obvious; the only question is why it had taken so long” (p.444)

              “They would see how much time he had stolen from them; they would understand what a thief he had been, how he had suckled away their energy and attention, how he had exsanguinated them”. (p. 445)

[5] Do not let Caleb see you like this. He drags himself to the bathroom on his arms into the shower. He thinks of the spare wheelchair in the car”.

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Masako

La futura emperatriz de Japón es una mujer tímida que ha recibido el mote de Princesa Triste dados sus largos períodos de depresión. Por diez años estuvo apartada de la convivencia pública, recluida en su palacio. Unos le atribuyen tanto pesar a la rigidez del protocolo japonés, sin embargo, ella sabía a lo que habría de someterse al casarse con el príncipe Naruhito. Masako es una mujer inteligente.

No podríamos imaginar que la futura emperatriz se imaginara protagonizando el cuento de la Cenicienta, ni mucho menos. Es sabido por todos que es una persona inteligente y preparada, que estudió en Harvard y que habla cinco idiomas. Claro, no es lo mismo ver los toros desde la barrera. Entiendo la pena de someterse a la presión de engendrar a un varón que continúe la línea sucesoria de la Casa Imperial Japonesa. Sin embargo, esa melancolía le puede derivar convertirse en un símbolo en pro de las mujeres. El varón no llegó, la pareja imperial tuvo a una niña y en la dinastía más antigua del planeta sólo los hombres pueden acceder al trono. Si las cosas no cambian, será el hijo del hermano menor del príncipes Naruhito quien siga con el linaje de la Casa del Crisantemo.

Y, tal vez sea la tristeza de Masako la que la lleve a lograr un triunfo sin precedentes: que los japoneses voten para que las mujeres puedan ser quienes ocupen el trono. Masako se convierte en un signo del paradigma que enfrentamos las mujeres, en una figura de lucha a favor de los derechos femeninos en una sociedad machista y eminentemente dominada por hombres. Tal vez sea la oportunidad de que la Casa Real Japonesa siga los pasos adelantados que su propia sociedad ya dio.

Ida Vitale, Premio Cervantes

Si no fuera porque al fondo de la imagen se ce al Rey de España de pie aplaudiendo, la fotografía pareciera la de una abuelita tan dulce y mirada de una mujer con cabellera totalmente blanca, arrugas marcadas y una sonrisa que parece que va a estallar en llanto. Pero, no es cualquier persona la que se lleva los brazos al pecho, es Ida Vitale la que abraza el Premio Cervantes.

Novelista, traductora, ensayista, académica y sobre todo, poeta, esta mujer uruguaya sabe de un tema que nos ocupa y nos preocupa: el exilio. Salió de aquel Uruguay agitado, con el salvoconducto del embajador de México en Montevideo y vino a estudiar a este país que ha sido tan afortunado al abrirle las puertas a tantas personas a lo largo de la Historia. “Un país de acogida que, a la vez, se benefició de la presencia de escritores…” dijo atinadamente el Rey de España sin dejar a un lado que sus propias tierras los habían expulsado. Sí, si no fuera por México tantos exiliados no habrían encontrado cobijo.

Ida Vitale recibió el premio como lo hacen las grandes: con humildad. Bella, a sus noventa y dos años, con la emoción que nos tocó como tantos de sus poemas, le arrebató ovaciones a su público que estalló en aplausos a favor de la premiada al recibir el Cervantes.

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

Cuando el lenguaje es fondo y forma

Ayer, fui a comer a uno de estos restaurantes que están clasificados como lugares de negocios, aunque a decir verdad, el lugar estaba lleno de grupos de amigas, de mamás con niños chiquitos que estaban sentadas entre grupos de ejecutivos. Mientras esperaba a que llegaran las personas con las que iba a comer, escuchaba como las pláticas iban de un tema a otro y eran totalmente distintos. Unos grupos hablaban del mercado futuros de Chicago, otros de pañales, unos de chismes de la asociación de padres de familia y otros de las perspectivas de negocio en tiempos de la cuarta transformación. La verdad, el ambiente era muy variado, tal vez, demasiado.

La plática que más me llamó la atención fue la de la mesa de al lado. Era un grupo de tres muchachos, dos de ellos vestidos de saco y corbata, camisa blanca, zapatos de agujeta, calcetines altos, olor a loción, el otro usaba camisa de cuadros, pantalón de gabardina y mocasines. Los encorbatados hablaban y hablaban, gesticulaban mucho mientras le proponían el negocio de la vida a su contraparte.

Al poner atención, me di cuenta de los argumentos que usaban, que no eran nada malos, pero el vocabulario con el que se expresaban me puso la piel de gallina. De repente, empecé a voltear para ver si estaba en un restaurante y no en una cantina. Por el lenguaje, parecía que me encontraba en una pulquería o en un billar. Mientras los encorbatados hablaban como cargadores, diría mi abuelita, el de la camisa de cuadro los escuchaba, sin decir palabra.

El episodio duró algo así como siete minutos. Porque, incluso antes de que pudieran ordenar algo más que las bebidas, el joven de la camisa de cuadros se paró y les dijo, señores así no es posible hacer negocio. Salió del restaurante y los dejó con un palmo de narices, confundidos, pero en cinco segundos se les quitó. Se murieron de risa y siguieron platicando tan felices como si no acabaran de perder un cliente.

A lo largo de la comida, me distraía y miraba a los de la mesa de al lado. Comieron felices de la vida, pidieron una botella de vino, después de los aperitivos y antes de los digestivos. Me imagino que la cuenta fue cara, pero no importaba tanto, pagaron con una tarjeta corporativa. Los meseros se veían felices, seguramente les dejaron una propina generosa.

No cabe duda, dicen que el hábito no hace el monje, sus hábitos tampoco. El lenguaje sigue siendo una seña de identidad y, aunque pareciera lo contrario, también es forma y fondo.

 

Casillero número 42

Por más años de los que me gustaría confesar, guardé mis cosas en el casillero número 42 del área del vapor en el baño de mujeres del Club Asturiano de México. Fue un regalo que mi papá me hizo para guardar las cosas cada que fuera a hacer ejercicio. Era uno de los casilleros más chiquitos, les decía que era un guardacosas de interés social. Cabía muy poco: mis canasta con el shampoo, el enjuague, el jabón, el rastrillo, la esponja; mi perfume, mis emblemáticas chanclas de hule con pequeñas pelotitas de tenis, mi pistola de aire para secarme el pelo y no mucho más. Otras tenían suites de lujo para guardar sus cosas, pero el privilegio del casillero 42 era el lugar en el que estaba.

Ahí tuve muchas vecinas que fueron mis amigas por muchos años. Vi llegar a una gran cantidad de gente nueva, acomodarse a mi lado. Vi que muchas se iban, porque conseguían un casillero más grande. Mucha gente rotó por el pasillo en el que yo tenía el cuarenta y dos. Una vez, me tocó ver como una nieta iba por las cosas de su abuelita que ya no volvería más al club. Muchas de las amigas que hice en el club se fueron a otros lugares, a vivir a otras ciudades, al cielo y yo seguí, por años, fiel a ese pequeño espacio que me vio llegar a guardar mis cosas, luego entraron también las de mis hijas, jamás cupieron mis raquetas, pero había lo suficiente para arreglarme después de mis partidos de tenis, de nadar o de ir al gimnasio. Cupieron una gran cantidad de recuerdos hermosos, de risas, de complicidades, de maravillas que hacen la vida.

No creí que llegaría el día en que tuviera que dejarlo ir. Pero, siempre llega el momento de decir adiós. Hoy fui a sacar las cosas de mi casillero 42. Me pude despedir de Jose, de Ceci y de Maripaz. No quise hacer un gran evento de algo que me estaba partiendo el corazón. Sin embargo, hay que ser prácticos en esta vida. El Club Asturiano que me vio sonreír tantas veces, que vio crecer a mis hijas y en el que he sido tan inmensamente feliz, hoy me queda muy lejos, ya casi no voy. Mis hijas ya no se paran por ahí y mi marido tenía más de dos años sin ir.

Hoy vacié el casillero cuarenta y dos, le di las gracias y lo bendije. Espero que la persona que llegue a ocuparlo lo tenga tantos años como lo tuve yo, que lo disfrute como yo, que lo quiera tanto como yo lo quise y que si algún día vuelvo a pasar por ahí, no se me salgan tantas lágrimas como las que derramé hoy. Hoy vacié el casillero cuarenta y dos pero me llevo todo lo que guardé ahí, momentos entrañables que siempre me devolverán tiempos felices.

Por escrito en Spotify

Por escrito está en el aire, escuchen nuestro primer programa… Lo van a disfrutar. Del click al siguiente enlace…

https://open.spotify.com/episode/2TcxWeDbG0L0wpOfLr6gYO?si=hh1F947MQBytmQoySH7iJg

Las formas de dar testimonio (Sostiene Pererira)

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi,

Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira,

Anagrama, Barcelona 1999

Algunas veces, las razones metaliterarias te llevan a volver a un libro, como quien regresa a los brazos un amor antiguo. En este caso, la esplendida edición limitada que editó Anagrama de Sostiene Pereira fue lo que obró la magia de la seducción. Un hermoso contraforro que semeja los azulejos marino y blanco, como aquellos que hay en las fachadas de las casas lisboetas, sirvió de pretexto para releer uno de los libros que logró el consenso de la crítica: Tabucchi es un gran escritor.

Con la genialidad del escritor que es Antonio Tabucchi, nos narra la cotidianidad de un periodista —Pereira, el personaje principal— que dirige la página cultural de un diario vespertino que se edita en Lisboa en plena dictadura de Salazar. Los retruécanos de Tabucchi nos muestran el gran amor que tiene por Portugal, su tierra adoptiva, y por la capital portuguesa. En Sostiene Pereira Lisboa es escenario y es personaje, es las dos, a veces una, a veces la otra y muchas veces toda a un tiempo. Lisboa es un conjunto de producción escrita que realza la belleza por medio de la palabra. La creación lisboeta se refiere a la transformación de la realidad, a la trasformación de ambientes, situaciones, emociones y personajes en donde los autores dan su propia visión del mundo, que por más realista que parezca, será siempre ficticia. En Lisboa, Tabucchi encuentra ese grado de misterio, de aventura, de contraste en el que se revuelven temas políticos, la anchura del Tajo, el contraste entre las fortalezas y las casitas con fachadas decoradas de azulejos y techos de color de arcilla.

La relación entre el autor y la ciudad en la que narra los sucesos es de suma importancia en Sostiene Pereria. Antonio Tabucchi es un escritor italiano, y también portugués por voluntad y nacionalización. Nació en Pisa el 24 de septiembre de 1943 y murió en Lisboa el 25 de marzo del 2012. En su primer año de universidad en la Sorbona, en 1960, descubrió a Fernando Pessoa y se enamoró del escritor y de Portugal. Aprendió portugués y se convirtió en experto en la obra de Pessoa. Con su esposa, nacida en Lisboa, fueron los traductores de este escritor al italiano. Sus conceptos de saudade, ficción y heterónimos provienen de él. Se especializó en literatura portuguesa e hizo de Portugal su segunda patria. Una visita a Lisboa inició su amor por esta ciudad. Tabucchi eligió vivir seis meses en Lisboa y otros seis en la Toscana donde enseñaba literatura portuguesa en la Universidad de Sienna.

Sostiene Pereira, publicada en 1994, es una novela que transcurre en Lisboa y que le atrajo mucha fama. Ganó con ella el Premio Super Campiello y el Jean Monnet de Literatura Europea. Se filmó  la película sobre esta novela con Marcelo Mastroianni como Pereira. Tabucchi participó en el guión (1996). Sostiene Pereira es una de esas novelas en las que sientes que entraste a un mundo aparte, perfectamente sostenido. Un mundo ficcional que transcurre principalmente en Lisboa. Una ciudad que se percibe umbrosa, oxidada, tensa, en la que está sucediendo algo tras bambalinas.

La novela trata sobre un periodista viudo, Pereira, que habla con el retrato de su esposa y escribe la página cultural del Lisboa, este periódico olvidable, conservador, proportugués. Es muy gordo, suda mucho, tiene problemas de corazón y de presión alta. Conoce a un joven, Monteiro Rossi, porque se interesa en un artículo suyo que trata sobre la muerte y su relación con la vida:

“La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que una la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida” (p. 9)

Entonces, busca en la guía telefónica al autor, lo encuentra y le encarga escribir necrológicas y efemérides para el Lisboa, que él personalmente le paga, no el periódico. No las puede publicar porque están politizadas como está todo en ese momento en Lisboa. Al avanzar la narración nos enteraremos que Monteiro Rossi está involucrado en un movimiento en contra de la dictadura de Salazar.

La novela comienza el 28 de julio de 1938:

“Lisboa refulgía en el azul de la brisa Atlántica” (p. 11)

La novela describe todos los movimientos de Pereira, qué come, qué tranvía o taxi toma, por qué calle pasa, si le es difícil subir una de las muchas colinas de Lisboa, si prefiere caminar o si ese día tomará limonada con hielos. La primera oración nos da una pista que ya adivinamos desde el título mismo de la novela, y que se repetirá en múltiples ocasiones a lo largo de las páginas:

“Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía…” (p. 7)

Quizás leer algunas citas muy cortas sobre Lisboa nos lleve a entender como Tabucchi enreda la ciudad con el tema político:

“De improviso, cesó la brisa atlántica, del océano llegó una espesa cortina de niebla y la ciudad se vio envuelta en un sudario de bochorno. Antes de salir de su oficina, Pereira apagó el ventilador, se encontró en las escaleras a la portera, aspiró una vez más el olor a frito que flotaba en el zahuán y salió por fin al aire libre. Frente al portal se hallaba el mercado del barrio y la Guardia Nacional Republicana estaba estacionada allí.” (p. 12)

“Porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora” (p. 13)

“Y, mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, mirba la Avenida Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praca de Rossio, de estilo inglés; y en el Terreiro do Paco se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo…” (p.15)

Es decir, Tabucchi nos deja claro como el personaje principal está totalmente ligado con el entorno de Lisboa y, también, de su tiempo político, la dictadura de Salazar. Lisboa y el calor del verano, envuelven al personaje que escapa en dos ocasiones a ciudades cercanas. Nos muestra detalles como el Café Orquidea, donde va nuestro personaje continuamente,  porque ahí solo sirven omelettes que es lo que a este personaje le gusta comer.

La estructura que Tabucchi eligió para narrar esta novela es muy efectiva. Los capítulos son cortos, lo que permite avanzar rápidamente en la lectura. El narrador es un testigo, ya que en realidad, estamos leyendo un testimonio. Es decir, el narrador no se compromete con la historia, simplemente deja registro de los hechos que le contó alguien más: el declarante. Entonces, el narrador le avienta la responsabilidad de los hechos a quien protagoniza: Pereira y se da el lujo de ser imparcial y frío frente a los sucesos.

Tabucchi lleva las riendas de la narración, en algunos casos la contiene. Parece que nos va a proveer de una nueva rama narrativa y como si se tratara de un jinete experimentado que va montando un animal inquieto, jala la rienda y juega con el lector:

“Sostiene Pereira que pensó en su infancia… pero de su infancia no quiere hablar, porque sostiene que no tiene nada que ver con esta historia” (p. 125)

“Al día siguiente por la mañana Pereira fue despertado por el teléfono, sostiene. Todavía estaba sumido en su sueño, un sueño que le parecía haber soñado durante toda la noche, un sueño larguísimo y feliz que no considera oportuno revelar porque no tiene nada que ve con esta historia” (p. 137)

“Se pasó una buena parte de aquella tarde así, pensando en su infancia, pero eso es algo de lo que Pereira no quiere hablar, porque no tiene nada que ver con esta historia, sostiene.” (p. 148)

Sostiene Pereira nos cuenta sobre la relación que tiene el protagonista con Monteiro Rossi y con su novia Marta. Tabucchi sabe como irritar al lector que constantemente se pregunta por qué Pereria accede a los abusos de estos jóvenes, los invita a cenar, les paga los cafés, consiente que le siga entregando artículos impublicables y se los paga de su bolsa, los ayuda a extremos que son inentendibles, como llevarlo a su casa:

“Pereira le acompañó al baño y le dio una camisa limpia, su camisa color caqui. Le estará un poco ancha, dijo, pero qué le vamos a hacer… Había aparecido de repente en su casa y otras cosas más… No dijo nada, aplazó la conversación para más tarde y volvió al salón.” (p. 149)

“Había caído la noche y las velas difundían una luz tenue. No sé por qué hago todo esto por usted, Monteiro Rossi, dijo Pereira” (p. 152)

“Pereira apagó las velas y se preguntó por qué se había metido en aquella historia, ¿por qué alojar a Monteiro Rossi, por qué telefonear a Marta y dejar mensajes en clave, por qué inmiscuirse en historias que no le atañían?” (p. 154)

Sostiene Pereira es una novela que no tiene desperdicio, es una suma de contrapuntos entre: la vida y la muerte; la soledad y la compañía; la trascendencia y la cotidianidad; el valor de la literatura y la libertad de expresión; la política de una dictadura y la represión militar.

Antonio Tabucchi nos deja a los lectores de la décima edición una nota que nos lleva a entender la visión del autor y es verdaderamente entrañable. Insisto, Sostiene Pereira es una novela tan bien estructurada en la que nada le sobra y nada le falta. No tiene desperdicio.

 

 

El tequila, buenas noticias

Entre el combate al huachicol, la reducción en las estimaciones de crecimiento de la economía mexicana, la posible crisis en los Estados Unidos, la derrota brutal de Theresa May frente al Parlamento, las acusaciones que hacen los testigos del caso del Chapo en Nueva York, nos llega una buena noticia: el tequila rompe récords de exportación.

Según el Consejo Regulador del Tequila, por noveno año consecutivo la industria tequilera abate sus propios números de ventas globales y deja detrás las expectativas de venta que quedaron rebasadas, La noticia llega como agua de mayo en plena cuesta de enero.

Los parámetros para dimensionar esta buena noticia son importantes: ocho de cada diez litros de tequila que se exportan son consumidos en Estados Unidos. El tequila se consume regularmente en ciento veinte países del mundo. Por quinto año consecutivo, Jalisco exportó poco más de ciento cuarenta millones de litros en el 2018.

Un soplo de buenas noticias que llegan acompañadas de datos, se agradece. Especialmente, cuando hemos estado sujetos a una serie de ambigüedades en las que nos quieren vender espejitos, nos dicen que vivimos en lalaland pero ni nos dicen por qué ni avalan sus dichos.

Alcemos el caballito de tequila y digamos salud por esta buena noticia.

Sin gasolina

Dicen que estamos exagerando con el tema de desabasto de gasolina. Desde la Ciudad de México, veíamos los toros lejos desde la barrera. Contemplábamos con solidaridad lo que sucedía en Guanajuato, Michoacán, Jalisco y demás estados del interior de la República. Incluso, cuando escuchamos que alguien dijo que el problema ya estaba aquí y que seis gasolineras habían cerrado en la Ciudad de México, pensamos que todavía no había de qué preocuparse. En la conferencia matutina del Presidente López Obrador se nos aconsejó llenar el tanque y entonces se nos puso la piel de gallina.

Le hice caso al Presidente, quise ir a llenar el tanque de gasolina de mi auto. Las gasolineras que hay alrededor de mi casa están cerradas. Todas están cerradas. No hay ni diésel, ni magna, ni premium. Por mis rumbos no hay gasolina. ¿Qué hacer? Gastarme lo poco que me queda de combustible en ir a buscar o regresarme y esperar a ver si durante el día la cosa se normaliza.

La disyuntiva que se presenta es curiosa. Entrar en pánico o guardar la calma. Trabajar desde casa y restarle un integrante al caos puede significar ver que ahí viene la tormenta y quedarme quieta mientras todos huyen; correr como loca por toda la ciudad buscando gasolina puede resultar tan fructífero como dibujar rayas en el agua. No hay forma de saber si el desabasto tiene dimensiones de desastre o si estamos exagerando las dimensiones del problema.

¿Será que no hay combustible, que no tenemos reservas, que no hay gasolina y que todo esto es una cortina que se oculta detrás del combate a los huachicoleros? ¿Será que nuestras refinerías no funcionan y no queremos importar lo que nos hace falta? ¿Estamos frente a las consecuencias de la impericia administrativa? El presidente dice que el problema se resolverá rápido pero no nos dice cuándo. No tenemos un compromiso ni una fecha que le ponga fin al problema.

Medio tanque no es mucho y parece que tampoco es poco. Tengo miedo de quedarme sin gasolina. Las distancias que debo recorrer en esta ciudad no se logran andar en bici o caminando. Tal vez sea momento de quedarse quieta, las colas y los bocinazos en las gasolineras ya al alcanzaron a la Ciudad de México. Siento un hoyo en el estómago. El instinto me dice que debo correr a conseguir combustible, la razón me advierte que eso no es buena idea. No me quiero quedar sin gasolina.

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