Viernes Santo

El día más triste para los cristianos es el Viernes Santo. El misterio de la Pasión de Cristo, la muerte de cruz, la violencia contra un hombre bueno, el más bueno que ha pisado la faz de la tierra, el dolor son elementos que escapan mi limitado entendimiento. Por eso, más que tratar de entender a Dios, lo siento.

La Vía Dolorosa, el camino al Gólgota, El Calvario, La Cruz, Los Clavos, La Corona de Espinas no tienen una explicación científica, no hay lógica que abarque el suceso histórico, la mente es un pozo pequeño para abarcar la inmensidad del significado. Por eso, aproximarse con la razón es intentar meter el mar en un hoyito. La duda emerge y da paso a la desesperación y a la desesperanza. El corazón es un mejor aliado en los temas que el cerebro no logra discernir.

¿Estar triste después de dos mil años? Parece un sinsentido. Para muchos, no lo es. Incluso, para los que sabemos que la historia no acabó en el sepulcro. El silencio al que invita el Viernes Santo es a la parte que nos lleva a hacerle mal a quien nos hizo bien. Al rencor que gana, a la violencia que no se controla, a la agresión que se inflige porque se puede, al abuso sobre el débil, el autoritario que humilla, al desprecio por el diferente. A todo eso que puedo ser y he sido de pensamiento, palabra y omisión no está demás echarle una revisada.

El silencio de Viernes Santo y los pensamientos que convoca ha de ser ese quedarse callado, como sucedió en el hueco en que José de Arimatea puso el cuerpo lastimado y sin vida de Jesús nuestro Señor. ¿Qué pena tan grande habrán sentido? Se retiraron en silencio después de cerrar la puerta con una piedra enorme. Pero, ahí no todo estaba dicho. El silencio del Viernes Santo ha de ser no para entender sino para sentir que cuando parece que hemos sido abandonados, ahí está el que viene a salvarnos.

Otra forma de ver la escritura (Mi verdadera historia, Juan José Millás)

 

 

Mi verdadera historia,

Juan José Millás,

Seix Barral, Madrid, 2017

Breve, brevísimo brebaje de angustia, ironía y misterio que deja perplejo al lector que siente que se acercó al barranco. Juan José Millás nos presenta una novela que casi parece un cuento porque se lee de una sentada. Bastan unas horas para dar cuenta de Mi verdadera historia sin embargo, al acabarlo de leer sientes que un mosquito te acaba de inocular un veneno que no tienes idea de los efectos que te acaba de dejar.

Mi verdadera historia se trata de un librito de apenas 107 páginas de letra muy grande, podrían haber sido menos de cien. Es la historia que contiene varias historias, por eso es novela y no es cuento, en la que se nos da cuenta de un crimen, se nos narra la transformación del personaje principal, se nos presentan personajes sumamente extraños, por lo tanto humanos, y entendemos las razones que tiene el protagonista para escribir.

Máscaras fuera, Juan José Millás llega al corazón de muchos escritores y nos deja expuestos en medio de un escenario en el que por fuerza nos vemos reflejados de una u otra forma. La novela arranca precisamente con las palabras que dan motivos a la escritura del personaje principal:

“Escribo porque mi padre leía” (p.7)

La novela está escrita con un narrador en primera persona que constantemente está interpelando al lector y lo mete en la escena que está describiendo. Aunque no es un recurso constante que utiliza el autor, es uno frecuente:

“Miradme en el salón de la casa de entonces, los muebles oscuros, oscuro yo también detrás de la butaca” (p.7)

“Sentid en vuestro corazón como se detiene el mío. Notad mi dolor en vuestro pecho. Padeced como si os perteneciera mi asfixia.” (p. 12)

“Miradme en mi habitación, sentado a la mesa, con el libro de Geografía abierto delante de los ojos” (p. 34)

El narrador es un adolescente casi niño que va creciendo a lo largo de la obra. Sí, en ese sentido también es una micro novela de formación y Juan José Millás hace del lenguaje un aliado para construir al personaje. Las palabras son sencillas pero lo que dicen no, lo cual es un gran acierto de la novela.

“Cada uno en cada sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres” (p.34)

El secreto no es tal, el lector lo va a ir viviendo con el personaje, estará con él al momento de cometer el crimen y Millás nos llevará a sentir ternura por los motivos que lo llevan a perpetrar el delito.

“Entonces, con las lágrimas cayendo sobre un mapa, como para representar un río, tomo una decisión liberadora.” (p. 35)

El lenguaje es a la vez ácido y lleno de ternura, pero Juan José Millás es un autor que debe leerse con cautela. Y, aunque tengamos precauciones, terminaremos picado el anzuelo. Nos convierte, a su gusto, en observadores amables. Nos da consejos y los aceptamos:

“Si dices que sí a todo, la gente te toma por normaol” (p.19)

El protagonista es un escritor que equipara la escritura con orinarse en la cama cuando ya no tienes edad para ese tipo de accidentes. La escritura, vista por el personaje, es una especie de descarga y, cuando estamos más entretenidos por la analogía, cuando nos morimos de risa por la metáfora, Millás nos toma por sorpresa y nos desnuda de cuerpo entero:

“Escribir se ejercerá extrañamente como un modo de dequite.” (p. 90)

“¿Y por qué escribes?, pregunta él. Porque tú lees, respondo yo.” (p103)

Millás escribe una novela con proporción aurea. Nos va llevando de la mano hasta el clímax hasta la tercera parte de la cortísima novela y luego nos lleva a la conclusión y al desenlace en el que veremos un personaje transformado.

Novela de pocos personajes: protagonista, padre, madre, novia (Irene), crimen, efectos. Es como una especie de filigrana, un bonsái al que no se le permiten frondosidades porque la brevedad será su mejor cualidad.

 

El tema de Javier Marías (Bertha Isla)

Berta Isla

Javier Marías,

Alfaguara,

Madrid, 2017

Hay una obsesión que atormenta a Javier Marías, es el tema del que lleva escribiendo por casi veinte años. Es el unitema que aborda siempre, es una especie de sello de agua que mete en su prosa para que sepamos de quien es la pluma. Unas veces, lo ha hecho con poco provecho y otras a logrado cosas interesantes. El personaje que se va, desaparece y lo que sucede en la vida de los seres queridos del desaparecido.

Berta Isla recurre al tema nuevamente, parece como si Marías no pudiera apartarse de la mente el argumento, como si la propia pluma decidiera por si misma no darle tregua al asunto y vuelve a ello, otra vez:

“Tengo la sensación de que yo no he escogido tanto como me ha escogido a mí” (p. 215)

Vuelve a recurrir al texto de Balzac, a la historia del Coronel Chabert cuyo destino se ha convertido en la fascinación de Marías que lo ha querido reinterpretar a lo largo de sus novelas de todas las formas posibles. Un soldado al que se da por muerto sin estarlo, un hombre que sobrevive de milagro una batalla en los campos rusos, un coronel del ejército de Napoleón al que dejan tirado en el campo de guerra que no murió y pasa muchas penurias para volver y más le habría valido no hacerlo, lo que encuentra no es del todo agradable.

“Seguramente no ha leído El Coronel Chabert de Balzac. A ese desdichado militar todo el mundo le niega la existencia y lo tacha de impostor, porque los Anales del Ejército figura como caído y fenecido en la batalla de Eylau.” (p. 353)

Berta Isla arranca en la típica forma que un escritor experimentado tiene para agarrar al lector de las solapas y no dejarlo ir:

“Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado.” (p.11)

Desde luego, nos pica la curiosidad. ¿Por qué será que Berta Isla no tiene certezas sobre su marido Tomás Nevinson? La respuesta quedará más que respondida a lo largo de la novela. Un amor adolescente, un matrimonio, hijos y un misterio que ronda al protagonista masculino que tiene la misma fuerza y contundencia que el personaje protagonista femenino que le da nombre a la novela.

En esta oportunidad, Javier Marías sí logra el tono adecuado para hacernos creer que es una mujer la que narra. Se le nota al autor el amor que le tiene al personaje. Se siente que se le metió a la cabeza y que está enamorado de ella. La describe hermosa, inteligente, la acompaña en sus cavilaciones, en sus tristezas y el lector siente al personaje y avala el amor del autor y de Tomás Nevinson por Berta Isla. Le creemos al autor cuando es ella la que toma la voz narrativa. Lo mismo que le creemos a él cuando es Tomás Nevinson el que narra.

La emoción regente que habita en Berta Isla, la novela, es la angustia de la fragilidad del recuerdo. Lo fácil que olvidamos, incluso a quienes tenemos cerca y dejamos de ver, las voces, los olores: la gente.

“… y a mí que sólo me resta el proceso de perder y olvidar. Mejor que todo continúe, así como esta: indeciso y flotante y en la absoluta indefinición” (p. 340)

Marías vuelve a reflexionar sobre la vida, su significado, sus impactos y la contrasta con la muerte a la que semeja con la ausencia. ¿Qué diferencia hace si alguien murió o si desapareció? Y, se hunde en el pensamiento de lo que sucede a los que se quedan, a los que no mueren, a los que siguen con vida.

“─Se sobrevive a esa muerte, Mr. Southworth. Se sobrevive al aire muerto, yo lo sé y puedo decírselo. Yo he experimentado eso… Es muy difícil acabar con la vida, cuando ésta no quiere marcharse. Es difícil hasta matar a alguien, cuando la vida decide que aún no es tiempo de abandonarlo, no está dispuesta a abandonarlo.” (p. 424)

El ambiente de la novela transcurre en ambientes académicos, bilingües que a Marías le parecen tan fascinantes. Sigue con esa fijación de creer que es una novedad, un gran mérito hablar inglés en forma fluida, lo cual llega a dar un poco de ternura a cualquier lector que haya estudiado en alguna escuela bicultural o que tenga dominio de más de una lengua. Eso ya no es tan portentoso, sin embargo, para el autor esa es la mejor cualidad que le da a Tomás Nevinson y es el mejor elemento que puede elegir para ser seleccionado por La corona para quedar al servicio de la Reina, aunque la Reina jamás sepa que le están prestando ciertos servicios.

Es una novela que juega con el misterio, con la tristeza y con los efectos de las ausencias, temas favoritos y muy repetidos en la obra de Marías.

“Me digo que todos tenemos nuestras tristezas secretas… toda criatura humana está destinada a construir un profundo secreto y misterio para todas las otras.” (p. 540)

Vale la pena leer Berta Isla, es una novela bien escrita que transmite adecuadamente el vacío, el desconsuelo, la pérdida y que al final nos termina dando una vuelta de tuerca que desde sus novelas anteriores ya podemos anticipar.

Por cierto, la portada del libro es gloriosa.

Por las mañanas

Hay un momento glorioso que por su brevedad es sumamente disfrutable. Es ese instante en que te despiertas y te quedas quieta en la cama, entre las sábanas y te aferras a la almohada, es una fracción mínima de tiempo en la que abres los ojos y tal vez todo sigue oscuro y crees que ya es tiempo de levantarte y caes en la cuenta de que no, no hay prisa: es sábado. Te puedes quedar otro ratito.

Entonces, hay un estallido de felicidad, un gozo único que llena el corazón y pone el alma en un estado de contento que es difícil encontrar una comparación que le haga justicia al sentimiento. El cerebro se entera de que puede descansar, que se puede desconectar y que no hay porqué empezar a correr, te puedes quedar.

Y se valora la textura de las sábanas, lo mullido del colchón, lo cómodo de la almohada. Y, tal vez no sea posible volver a conciliar el sueño. No importa. Ese estado glorioso de quedarse en la cama, esperando a que arranque el día, cuando estamos despeinados, en ayunas y sin prisas tiene un efecto mágico, sentimos que tenemos el tiempo atrapado en los dedos. Y, aunque sea por un instante, así es.

Esa es la gloria de una mañana de sábado.

Reflexiones sobre una alarma que sonó por más de nueve horas

Fueron más de nueve horas, parece increíble pero, efectivamente, durante todo ese tiempo padecimos el ruido de una alarma que nos torturó con un método similar al que la Gestapo utilizaba para hacer sufrir a sus prisioneros. La diferencia es que nosotros no estábamos presos, estábamos en casa disfrutando de un fin de semana largo.

Despertamos con la angustia que estalla en medio de la noche con un estruendo que se confunde con la alarma sísmica, la de un auto que se están robando o con la pesadilla de la que acabas de despertar para entrar a otra pero peor. La sirena se combina con un martilleo constante. ¿Qué pasa? Es la alarma de los vecinos nuevos, los que acaban de mudarse y de los que nadie tiene siquiera el dato de cómo se llaman. Además salieron de la ciudad y le echaron a perder el descanso a todos los que vivimos a la redonda.

Lo primero que pensamos fue si les habría sucedido algo, después de una hora supimos que al lado de la casa no había ninguna emergencia. Algo había activado los sensores de protección y botó la sirena estruendosa. Hablamos al 911, sirvió de poco. Los policías llegaron y se retiraron por sus fueros. No podemos hacer nada. No estamos facultados. La alarma seguía aullando a decibeles insoportables sin solución.

Llamé a la compañía ADT desde la 1am que comenzó el estruendo. No atendió nadie. Lo posteé en Facebook, en Twitter, la compañía en Estados Unidos me informó que la de México no tiene que ver con ellos. Atendieron hasta las 7 de la mañana. Me toman el reporte y me dicen que como yo no soy cliente de ADT no pueden hacer mucho. Tratarán de contactar al vecino. A las ocho de la mañana seguía la tortura. Me estalla la cabeza, el ruido no para. Vuelvo a hablar a ADT, la persona que me atiende me dice que nada más el vecino puede apagar el ruido. El vecino no está en la ciudad. Estamos condenados. Nadie puede hacer nada. Por fin, después de nueve horas, se hizo el silencio.

Las reflexiones sobre el tema no son alegres.

La primera y más evidente es que el servicio de ADT no sirve para los fines que se vende. La compañía no monitorea la alarma, jamás mandó nada ni a nadie a verificar la casa de su cliente, fuimos nosotros, personas externas a la compañía y a los clientes los que tuvimos que avisarles que la alarma se había activado.

La segunda reflexión es que en una emergencia el 911 protege menos de lo que creíamos. Si hay una emergencia dentro de un domicilio, nadie puede entrar si no les abren la puerta. Así que alguien puede estar amagado por un maleante o con una urgencia médica que tendrá que quedarse con el problema dentro hasta que les puedas salir a abrir.

La tercera es que hay una gran facilidad para convertir el entorno en un infierno, fastidiarle la vida a tus vecinos sin intención y sin darte cuenta.

La cuarta reflexión es ver como ADT decide ignorar el problema. Las alarmas que se disparan cuando los dueños están fuera son un problema común. Esta historia que padecimos se ha repetido muchísimas veces sin que la compañía ofrezca una solución, parece que no le preocupa.

Cuando milagrosamente se hizo el silencio, quedaron las secuelas. Migraña, aturdimiento, enojo, frustración. Nadie ofreció una disculpa —ni vecinos ni empresa— y, por supuesto, tampoco se ve una solución en vías de desarrollo. ¿Qué podemos hacer? En el período vacacional que se acerca, muchos saldrán de su casa, programarán su alarma y se quedarán tranquilos creyendo que dejan su casa vigilada. ¡Pobres! Y, pobres de los que vivan cerca de alguno de esos a los que se les active la alarma, sabrán lo que es el llanto y la desesperación. No habrá mucha ayuda y si su vecino se fue por varios días… sólo ellos podrán desactivar el ruido.

La última reflexión es en torno a ser buen vecino. Estos que son nuevos en el barrio ya se hicieron notar en forma horrible. Cuando saquen a pasear al perro, serán señalados por ruidosos. Al llegar a un nuevo barrio, hay que presentarse y dar los daros de contacto a las personas que viven junto a ti. Tal vez, no sea de interés trabar una amistad, pero tender lazos armoniosos con la gente que te rodea siempre es buena idea.

ADT @adt @adtmex

La alarma de mi vecino lleva 7 horas sonando y nadie atiende. Me imagino que ellos están fuera por el fin de semana largo. No hay nadie. He llamado a reportar al teléfono de ADT y dicen que están en mantenimiento. ¿Entonces?

Lo cierto es que queda en evidencia el servicio de esta compañía. ¿De qué sirve tener una alarma si no te van a atender?

Pésimo. Y, a estas alturas, la alarma sigue suene y suene, la cabeza me estalla y no hay solución posible.

Ayuda,

Una novela o muchos cuentos entrecosidos (La regata de Manuel Vicent)

La Regata,

Manuel Vicent,

Alfaguara, Madrid (2017)

Si algún día era propicio para terminar de leer La regata de Manuel Vicent, era precisamente el domingo que es cuando se publica su columna en el diario El País y fue donde me aficioné a sus letras. Por la sección Babelia del propio diario, me enteré que Vicent acababa de publicar su última novela y como todavía no se encontraba en las librerías en México, tuve que contribuir a que la fortuna de Jeff Bezos se hiciera aún más grande. El paquete de Amazon llegó con el libro y empecé a leerlo casi de inmediato. Sucede pocas veces, pero La regata se brincó varios lugares y me metí en las hojas de la novela.

Me atrevo a decirle novela porque así la clasificó su autor, sin embargo, me quedo con la duda de que eso sea. En realidad, me parece que es una serie de cuentos alrededor del Mar Mediterráneo que Vicent quiso entrecoser para presentarlo como un todo que en realidad está fragmentado. La regata está dividida en varios capítulos que inician con un epígrafe que más tarde encontraremos inserto en el capítulo. El primer lema con el que nos topamos, lo reencontraremos como las últimas palabras que el autor consignó en esta novela.

“─Algún día te llevaré al valle donde florecen los limoneros. Y, luego iremos a navegar─le dijo el pez gordo a la joven estrella.

              ─Cariño, pídeme una ración de gambas─le dijo la joven estrella al pez gordo.” (p.7 y p. 233)

Vicent juega con el lector, nos lanza un anzuelo que tragamos gustosos. Creemos que la novela irá sobre la historia de Dora Mayo y su amante Pepe California y desde las primeras páginas nos administran semejante vuelta de tuerca al ver a California caer muerto víctima de un infarto sobre el cuerpo atado a los pedestales de la cama de su novia tan joven. El inicio me recuerda el comienzo de esta novela de Alessandro Baricco: Sin sangre. Pero no, de eso no va La Regata. Esa es sólo una de las varias historias que se nos contarán en la novela.

Veremos como se desenredan varias anécdotas: la de Ismael un joven aprendiz de escritor que va de invitado del doctor Fraud, un cirujano que le acaba de extirpar una verruga y están a la espera del resultado del laboratorio para saber si es maligna o no, que se enredará con Laia, una pelirroja mística que también va invitada por el médico. Nos enteraremos que en el yate Lidia van una familia de pijos que llevan como invitado a un exministro que tiene problemas con la ley. Pepito Cobaleda es otro personaje que no puede participar más que al final de la competencia porque sufrió un infarto que lo imposibilitó, dejándolo postrado en la sección de terapia intensiva de un hospital de Valencia.

Cada yate cuenta una historia, con cierta ironía algo forzada, salpimentado con un lenguaje muy marinero, en donde aprendemos términos como foque, palo de mesana, mástil, babor, estribor. Se mete a temas como la corrupción y la belleza del mar, la frivolidad y las noches llenas de estrellas, la riqueza y la migración. Se burla del mundo contemporáneo.

“Esa mañana de agosto en Madrid, en la plaza de Lavapiés se agitaba el oleaje de otra clase de mar turbio e interracial. Otra regata tenía lugar en el asfalto. Un grupo de africanos invocaba los espíritus de la selva tocando los tambores sincopados; en la puerta de un supermercado Carrefour unos solidarios recogían alimentos para los necesitados; unos ecologistas cultivaban una huerta alternativa de lechugas y tomates en un solar, una anciana con bata guateada se asomaba por una ventana y gritaba: Mohamed, súbeme pan y una botella de leche.” (p. 97)

La intención de Vicent es clara: nos quiere dar a leer un mosaico de aquello en lo que se está transformando Europa, nos quiere inocular la inquietud de la migración y nos lleva a observar la deuda que tenemos con todos estos migrantes que se suben a una balsa y se hacen a la mar para buscar un mejor futuro, cuando a veces ese mejor futuro es la muerte. Claro que el autor entiende que para no atormentar al lector hay que ponerle algo de picante y, falla. Enrosca algunas escenas de erotismo muy facilonas que le restan mucho a la narración.

Merma para la novela los nombres que utiliza Vicent para sus personajes. Son obvios y aunque intentan ser chistosos no lo son. Pepe California, Doctor Fraud, Pepito Cobaleda. Las descripciones eróticas llegan a ser grotescas y parece que se metieron con calzador en la narración. Se puede, fácilmente prescindir de ellas. Pero, el autor es agudo al narrar contrastes:

Pese a esto, ya se sabe que la felicidad del amo la proporciona el criado.” (p. 25)

“Sin esclavos no hay libertad, no hay imperios, no hay historia, no hay nada.” (p. 26)

“Este patrón, que al parecer se sentía emperador de Bizancio, acostumbraba a humillar a la marinera siempre que se disponía a zarpar los domingos.” (p. 26)

En un mismo párrafo nos puede llevar del disfrute a la catástrofe:

Ismael asentía, dando por hecho que este jodido mundo se había convertido en una puta mierda, pero no por ello estaba dispuesto a renunciar al placer de contemplar los labios carnosos, los muslos torneados y las pecas encendidas de los hombros y del rostro de la esquiva pelirroja” (p.172)

“En adelante, los argonautas navegarían con ese náufrago, como un tripulante más a bordo, aunque en alguna manera también estaban satisfechos de haber presenciado una operación de salvamento y de haber sido testigos directos de la catástrofe de la humanidad de la que todo el mundo hablaba.” (p. 172)

Manuel Vicent nos hace partícipes de su amor al mar. Cualquiera que lea La regata adivina el enamoramiento que tiene el autor por las olas y el agua salada. Se nota que las experiencias que cuentan tienen un acento autobiográfico, que son recuerdos vívidos:

Si el silencio del planeta estuviera a la venta, el que se produce en altamar sería, sin duda, el más caro” (p. 156)

              Tal como se está acostumbrando en las últimas obras de literatura contemporánea, los autores nos dejan un resumen de la novela en las últimas páginas. Así como Paul Auster tiene la cortesía de hacernos una sinopsis, en las últimas dos páginas de la novela Vicent nos corre esta atención que ahora se ha puesto de moda.

Cierro el libro y me parece que es una lectura recomendable para verano, para la vacación, para leerse junto a la alberca. La regata se lee rápido, no requiere de mucho esfuerzo, es ligera, con todas las cualidades y defectos que el adjetivo tiene. En general, es disfrutable, pero me gusta más el columnista de domingo que es Manuel Vicent que el novelista que escribió esta novela o colección de cuentos.

Stephen Hawkin

Stephen Hawkin vivió una vida larga. Murió en las últimas horas del 14 de marzo del 2018 a los setenta y seis años. Tuvo una mente enorme que habitó en un cuerpo frágil. Pero lo de él era el pensamiento en grande y las limitaciones físicas no detuvieron el flujo de las ideas.

Su máxima preocupación fue concebir una pregunta que lo abarcara todo. Quería llegar al fundamento, a la base para entenderla y así poderla explicar. La capacidad de análisis y de síntesis lo llevó a reflexionar sobre el todo en concreto e intentar dar con una teoría, con una expresión que nos dejara entender.

El espacio sideral, las relaciones espacio temporales, las singularidades de la relatividad, fueron los temas que le obsesionaron y sobre los que trabajo con éxito. Todos saben que obtuvo doce doctorados Honoris Causa, era miembro distinguido de la Academia Británica, de la Real Sociedad de Londres, de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia de las Ciencias de Estados Unidos. Fue titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas (Lucasian Chair of Mathematics) de la Universidad de Cambridge desde 1979 hasta su jubilación en 2009. Pero, lo que pocos saben es que su voz forma parte de un disco de Pink Floyd.

En el album The division bell se incluye una canción que se llama Keep talking que inicia con la voz de Stephen Hawking. La voz electrónica dice en inglés: Por millones de años los seres humanos vivimos como animales, entonces, algo sucedió que desencadenó el poder de la imaginación y empezamos a hablar. También hubo otra canción que se tituló Talking Hawking que habla de las posibilidades que se abren a partir del discurso. Por la palabra trabajamos juntos, comunicamos ideas, construimos lo imposible. Un hombre que no tenía voz, cantó con Pink Floyd.

La vida le dio la oportunidad de ser un hombre funcional a pesar de sus padecimientos físicos. Tenía una enfermedad motoneuronal relacionada con esclerosis lateral que lo fue paralizando poco a poco y lo dejó atado a una silla de ruedas, dependiente de aparatos para poderse comunicar, pero con un cerebro hiperfuncional.

De todas las preguntas que hizo, seguramente hoy ya tendrá la respuesta. Murió una mente brillante.

En contra del resentimiento, la ira y el miedo (Para combatir esta era, Rob Reiman)

Para combatir esta era,

Rob Reiman,

Traducción Romeo Tello,

Taurus, 2017. México

Los caminos que recorre un libro para llegar a manos de sus lectores son variados. Algunas veces, las razones son metaliterarias: tienen que ver con la portada del libro, con lo sugerente del título o, como fue en este caso, haber escuchado hablar a su autor. En ocasión de la FIL de Guadalajara de 2017, Rob Reiman vino México a presentar su último libro Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Las palabras de este autor venido de los Países Bajos captaron mi atención y encendieron la curiosidad. Fui a comprar el libro que se saltó el turno de varios para que pudiera empezar a leer.

Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo es un ensayo traducido por Romeo Tello de fácil lectura, no se necesita ser un experto politólogo ni un gran conocedor de filosofía para poder seguir el hilo de pensamiento que se nos plantea. Sin embargo, la reflexión que nos plantea es profunda. Pone al Hombre del siglo XXI frente al espejo y nos invita, no sólo a reflexionar en el reflejo que nos pone a contemplar sino que nos lleva más lejos: quiere que analicemos aquello que vemos.

El libro está dividido en tres partes: Introducción, El eterno retorno del fascismo y El regreso de Europa. Sus lágrimas, sueños y hazañas. Son tres ensayos en los que reflexiona sobre la Humanidad del principio del milenio desde la perspectiva de pensamiento de la posguerra mundial. Aunque el mejor título es el del íltmo ensayo, no cabe duda que el mejor es que habla de la amenaza de que los regímenes totalitarios regresen gracias al miedo que nos están inoculando y a la frivolidad de la sociedad que, ensimismada en su propio ser, ha renunciado a la capacidad de analizar, de creer, de comprometerse y de cuidar al alma.

En la introducción Riemen nos invita a llamar a las cosas por su nombre:

“Hombres sabios como Confucio y Sócrates sabían que para poder entender algo, debes llamarlo por su justo nombre” (p. 13)

Nos advierte en contra del populismo como una amenaza que vive la sociedad contemporánea:

“La civilización caerá, no porque sea inevitable sino porque las élites gobernantes no responden adecuadamente a las circunstancias cambiantes o sólo atienden a sus intereses propios” (p.13)

Y, ya desde el principio nos lanza advertencias en contra de aquellos que quieran avivar el miedo, la ira y el resentimiento. Nos plantea que estos personajes, a falta de un discurso real, nos quieren engañar: sustituyen su falta de propuestas con el humo de falsas promesas sin que nos detengamos a verificar la factibilidad de lo que ofrecen.

“Las sociedades dominadas por el miedo son sensibles a las falsas promesas.” (p. 16)

En el segundo ensayo, sin duda el mejor del libro, nos quita el velo de la cara y nos enfrenta a la realidad del signo de nuestros tiempos:

“…se sufre por las cosas más pequeñas; nuestro cuerpo está mejor protegido, pero nuestra alma está más enferma” (P. 29)

En esta condición, tenemos como resultado un diluvio de trivialidades, sensacionalismo y tontería. Pasamos cualquier cosa sin filtrarlo por la razón que debiera estar al cuidado del alma. Estamos más obsesionados por la cantidad por la calidad, el consumo acelerado no sólo se expresa por una necesidad de compra compulsiva, sino por la ausencia de contenido, por la falta de profundidad. Nos conformamos con cualquier cosa, nos reímos del escándalo y nos dejamos atrapar por una cortina de humo que nos impide ver con claridad. Estamos tan ávidos de tanto, que hemos perdido la calma:

Hemos renunciado a nuestro tiempo libre… al descanso interior, a ser libres de todas las cosas, la distancia mental que necesitamos, con respecto al mundo, para dejar espacio a los elementos más delicados de nuestras vidas. Nos dejamos llevar por la velocidad, la inercia —todo debe ocurrir ahora— y los impulsos.” (p.33)

Ya nada es duradero. Y, a pesar de todo este vértigo, de toda esta necesidad de entretenimiento y de toda la oferta de distracción, el Hombre no es más feliz. Así, se fomenta el resentimiento y para Riemen, al igual que para Nietzsche, las personas resentidas son más débiles:

El resentimiento no está realmente interesado en soluciones, se centra en estimular la agresión y el enojo” (p. 37)

Para Riemen la crisis que estamos viviendo se debe a:

La crisis moral, la cresciente trivialización y embrutecimiento de la sociedad” (p.49)

La verdadera amenaza que estamos enfrentando en nuestros días es la frivolización del Ser Humano. Es el chantaje al que sometemos a nuestros valores fundamentales a los que hemos renunciado, a los que decidimos dejar de defender. No nos gusta pensar, no nos gusta la incomodidad que nos puede causar el compromiso y vencemos nuestro albedrío a la estupidez de la trivialidad, todo menos tomarme la molestia de pensar, de habitarme y encontrar mi alma. Y, nos propone:

“Sólo mediante la práctica del arte de la vida y del dominio de las virtudes y los valores espirituales que dignifican la existencia podemos convertirnos en personas justas y felices y verdaderamente libres.” (p.59)

Tristemente, el magnífico nivel del segundo ensayo no se encuentra en El regreso de Europa. Sus lágrimas, sueños y hazañas. Aunque Riemen es fiel a su lucha en contra de la frivolidad y a favor de la Humanidad, el último ensayo parece más bien un texto novelado en el que nos narra un viaje a Sils Maria del que hace una especie de diario. En el ambiente en el que Rilke, Nietzsche, Mann y otros sabios escribieron sus grandes obras, Riemen nos sitúa en un ambiente académico, como de simposium en el que narra discursos moralizantes que no le parecen pertinentes. Busca, por medio del contraste, decir lo que no es la realidad soñada para el mundo actual.

Entonces, Riems abandona el tono de las páginas anteriores y se vuelve enciclopédico, crítico pedante y trata de introducirnos por medio de personajes pedantes a las grandes amenazas de la civilización. Un sacerdote arrogante hace un panegírico equívoco sobre la unificación de Europa y un hombre hindú que vive en California nos presenta la tecnología como la panacea. Ni valores sin realidad contextual ni avances científicos sin humanidad. La idea es legítima, sin embargo, la técnica que utiliza, como si se tratara de un cuentito que le está platicando en forma condescendiente a sus lectores me parece un desacierto. De este ensayo rescato:

“Los valores son reemplazados por los poderes, y donde los poderes rigen, los números son el criterio más alto, y la fe en la cantidad desplazará el aprecio por la calidad” (P. 82)

Para combatir esta era, de Rob Riemen es una lectura que nos mete a un tono reflexivo de nuestros tiempos. Es una invitación a dejar la pereza, a abandonar la frivolidad y a volver la mirada a los valores que realmente nos acerquen más a nuestra naturaleza humana en vez de convertirnos en seres catatónicos que se aíslan más y se convierten en personas más manipulables.  

 

 

Mujeres

El ocho de marzo recordamos y honramos los esfuerzos que se han hecho a lo largo de la Historia para que las mujeres tengamos igualdad de oportunidades. Por supuesto, hombres y mujeres somos diferentes, nuestras formas son distintas, nuestras dimensiones y morfologías no son iguales. En estricto sentido, celebramos esas diferencias. Hablar de equidad de género no significa querer mujeres metamorfoseadas en machos alfa. Es más bien, abordar el tema de los techos de cristal, la violencia que padecen niñas, ancianas, jóvenes, la discriminación, la objetivización, los asesinatos. La misoginia es un terrible padecimiento que ha aquejado a la Humanidad, muchas veces con permiso de las mujeres.

Hemos avanzado mucho. Hemos accedido a terrenos que fueron exclusivos para hombres. He tenido el privilegio de entrar a un salón de clases universitario en el que sólo había mujeres. Y, no, no estábamos hablando de corte y confección, estábamos hablando de modelos de negocios en el milenio. Sin embargo, también me ha tocado ver que alguna de mis alumnas llegó con el ojo morado, con un moretón en el brazo, con signos de violencia. Reconozco el miedo de una jovencita cuando está de la mano con su novio, he presenciado como muchos chicos prometen maravillas para actuar como zánganos y luego reírse del cariño o de la buena voluntad. Sé que hay padres que se desesperaron al ver que su primer bebé fue niña y de madres que lloraron por no poder parir niños. Conozco de casos en que empleados valiosos se van y abandonan sus puestos de trabajo al saber que su jefe será una mujer. Nos sabemos montones de chistes y nos hemos reído de ocurrencias misóginas.

Pero, sé que hay hombres que saben tratar a la mujer con delicadeza y respeto. Son muchos los que honran la inteligencia femenina, hay los que agradecen el esfuerzo de madres que se parten la espalda, que entienden el trabajo colaborativo de la esposa, que admiran a la hermana o a la prima, que veneran a la hija. Lo sé en primera persona. También entiendo que he corrido con suerte y que hay muchas mujeres que en este momento están recibiendo un golpe, que serán humilladas o que perderán la vida el día de hoy por la sencilla razón de ser mujeres.

Es cierto, la feminidad no es salvoconducto de santidad.Hay mujeres despreciables, crueles, abusivas, oportunistas. Hay las que se esconden entre los pliegues de la falda y se justifican sin otro sustento que ser mujeres. Ese es el peor desprecio, el que nos hacemos entre nosotras mismas a nosotras mismas. Las cuotas de género me resultan ridículas, por decir lo menos. Las mujeres tenemos méritos suficientes para dar batalla y contamos con las herramientas necesarias para desempeñarnos favorablemente.

De repente, estas discusiones sobre las competencias femeninas me parecen como las dudas lascasianas. Me recuerdan las tribulaciones de Fray Bartolomé de las Casas que se cuestionaba si los esclavos negros tenían o no alma. Así de absurdo como se lee con una mente del sigo XXI, en el que un hombre cuestionaba la humanidad de otro, así —espero— leerán en el futuro que hubo un tiempo en el que las capacidades femeninas fueron tema de debate.

Sin embargo hoy, el techo de cristal es una realidad, el maltrato, los golpes, el abuso existen.

El ocho de marzo sirve para recordar que hombres y mujeres somos diferentes, que ha habido avances y que hoy hay personas que, por su condición femenina están sufriendo desprecio, violencia y muerte.

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