Salvador Novo

Cada que me voy a referir a un favorito, la pluma se me hace moño y me cuesta trabajo rendir un homenaje cercano a lo que quiero manifestar de aquellos a los que admiro. Siempre es así y siempre lo sigo intentando. Ayer fue cumpleaños de Salvador Novo y me dieron ganas de escribir sobre este hombre de quien me hubiera gustado ser amiga.
Nació el treinta de julio de 1904 en la Ciudad de México. Vivió sus primeros años en Torreón, Coahuila y a los doce años regresó con su madre a vivir con su familia, separado de su padre a quien no vio morir. Fue vecino de Coyoacán y cronista de la Ciudad de México desde 1965 por decreto del presidente Díaz Ordaz, también fue poeta, ensayista, dramaturgo, en fin, fue escritor. Novo fue un hombre elegante por los cuatro costados, también muy fino. Tal vez demasiado, a juicio de muchos.
Su prosa es impecable, hábil y rápida, pero lo que más encanta es esa picardía que usó al escribir. Le gustaba, según lo narra en Estatua de sal : la fineza del aroma a aceite de los conductores de camión. Los conductores son mi gran debilidad. Se interesó en plasmar la transformación de un México rural en uno urbano desde los ojos curiosos e ingenuos de un chico provinciano que llega a una ciudad poblada de ruidos y olores novedosos. Return ticket es un ejemplo de ello.
Muchos le reclaman que no escribió jamás una novela de largo aliento como ni fue un poeta de altas grandilocuencias, ni fue un acróbata que logrará subir alto en la escalera de la burocracia, pero pocos tienen la intensidad de escritura que Novo alcanzó.
Los escritores debemos estarle agradecidos, Novo fue un gran recolector de pasado, un minero de datos que dejó en sus páginas periodísticas los cimientos de una novela. Es autor de poemas que por sus pocos renglones alcanzan la perfección,
Digo que me gustaría imaginar que pude ser su amiga. Un compañero culto y sofisticado con quien platicar y con el que me podría enterar de tantas cosas. Un hombre que le escribió a la amistad, tal vez porque en su época no podía hablar del amor como a él le interesaba. El amor —que mueve al sol y a las estrellas— ha recibido infinidad de tributos de todos los escritores, la Amistad como tema reduce el campo en que pueden, en cambio, espigarse las reflexiones que esta fraterna, serena, depurada y perdurable manifestación del amor ha inspirado, a través de los tiempos, a los más selectos espiritus.
Desde el primer párrafo, Novo exhibe su cultura, cita la,última frase de la Comedia de Dante, nos hace ver el anhelo de la escritura del amor a la que el mismo se impone una restricción y pone foco y acento a uno de los sentimientos más nobles. Ese que se cimienta en las cualidades más admirables del se humano, al que dedica prosa y poesía con una altura de vuelos que lleva alto al lenguaje.
A mí me gustaría pertenecer a esos selectos espíritus que gozaron de su amistad. Estaría en la lista de Torres Bodet, Pellicer, Villaurrutia, Cuesta, Vasconcelos, Owen y Nandino. A la de los jóvenes que renovarían la Literatura del primer tercio del siglo XX. Ser parte de Los contemporáneos.
Sin duda, me gustaría haber sido amiga de un hombre que dentro de su petulancia tuvo la sencillez de declarar Confieso que tengo más libros que tiempo para leerlos.
Y, tal vez sí sea su amiga. Lo leo sin morbo, sin juicios por sus gustos ni por sus preferencias. Lo hago con gusto, porque me gusta. Porque lo admiro y creo que esa es una buena base de amistad. Tal vez lo sea porque lo recuerdo en el día de su cumpleaños y eso hacen los amigos.

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Dinero del narcotráfico

El narcotráfico es un buen negocio, deja utilidades, el margen de ganancias es importante, está en expansión, tiene un producto altamente demandado, sus precios de venta están a la alza, su mercado objetivo es poco sensible al cambio de precio, la elasticidad de su demanda le es favorable, genera empleos y provoca derramas económicas importantes. El análisis nos deja ver que es una maravilla de negocio. Lo malo es que es ilegal. Ese es el pequeño detalle.
En un mundo en el que se crece con cifras raquíticas y el empleo es un bien escaso, el narcotráfico resulta un negocio atractivo. Lo es también porque es una fuente de dinero creciente. En este nicho de mercado hay billetes y sus operadores están dispuestos a repartirlo para garantizar su permanencia. Lo malo es que este negocio es ilegal.
Por ello, la logística se les complica y los costos de operación se elevan, pero, quienes administran el narcotráfico están dispuestos a pagar para que todo vaya sobre ruedas. Dada su naturaleza ilegal, el dinero del narcotráfico es un agente corruptor. Su efecto corrosivo tiene un brazo largo. Muchos se ven atraídos, no sólo los más pobres que tienen necesidades, ni los más desesperados que no encuentran un empleo remunerado, también resulta atractivo para otros.
Aquí las instituciones pasan por el fuego y las conciencias personales rechinan. Hemos visto como líderes religiosos se toman fotos con capos de la droga, como artistas amenizan las fiestas particulares de líderes de carteles y como políticos comparten la mesa con malandrines buscados por la DEA. En las fotos hay cantantes, sacerdotes, pastores, militares, diputadas, gobernadores, candidatos, líderes sindicales y de todo. Lo único que hace falta es verlos en las secciones de sociales para cerrar el círculo. A veces pienso que no falta mucho para ver en portada a estos personajes y las fotos de sus fincas en las páginas interiores de las revistas de corazón.
El dinero del narcotráfico es peligroso. Su poder corruptor seduce en primera instancia. Parece que es dinero fácil que compra morales y tuerce escrúpulos como si se estuviera jugando con plastilina. Se equivocan quienes creen que esto es un juego de niños. Las drogas generan dinero que está manchado con sangre.
La PGR tiene un caso complicado y a la vez sencillo con Rodrigo Vallejo Mora. Es fácil porque todos saben lo que se debe de hacer, es difícil por sus implicaciones. El dinero del narcotráfico es como la humedad de una pared, se extiende de forma infecciosa y oculta, pero tarde o temprano llega a la superficie. Mientras más arriba llega, más complicado es resolver el problema. ¿Cuántos más están implicados en el caso de Michoacán? ¿Cuántos se han dejado seducir? ¿Quiénes son los que cayeron en la trampa? ¿Qué tan alto han llegado? Esas respuestas son las que le complican el caso a la PGR.

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Las conversaciones de Rodrigo

Dice el dicho: “El que entre lobos anda, a aullar se enseña”. Es decir, hay que aprender a escoger las amistades, porque tarde o temprano estaremos haciendo lo que nuestros amigos hacen. No siempre es así, pero es difícil volar sobre el fango y salir con las alas limpias.
Pues sí, otra vez agarraron a Rodrigo Vallejo Mora. Exhiben al hijo de Fausto Vallejo, ex gobernador de Michoacán, en un video, cotorreando con Servando Gómez Martínez, La Tuta, Líder de los Caballeros Templarios. Se les ve en tono muy afable, analizando la situación del Estado, platicando sobre la salud del entonces gobernador y, así, entre risas y mucha armonía dan su opinión de quién detenta el mando en Michoacán.
Ya se sabe que desde el pasado mes de Junio, el Secretario de Gobierno del Estado, Vinicio Aguilera, dijo que Rodrigo no forma parte del equipo, ni trabaja en la Administración Pública Estatal y le aventó la bronca a las agencias investigadoras y a las Procuradurías para que ellas se hagan cargo.
Entonces, se publicó una fotografía de Rodrigo Vallejo con La Tuta, hoy es un video de casi veinte minutos. En aquella oportunidad, cuando se publicó la fotografía, el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio garantizó que en el caso de que se descubrieran elementos vinculatorios, se procedería conforme a derecho. Pues, dadas las evidencias, ya se sabe qué vendrá.
Cuando se dio a conocer la fotografía, Osorio fue prudente y se limitó a decir que habría que verificar la autenticidad de la evidencia y, en caso de ser real, se entraría en otra etapa. ¿Cuál será esa etapa?
Las cosas siguen complicadas en Michoacán. No hace falta mucho para agitar el avispero en la tierra de mis padres. Fausto Vallejo sale a decir que el desconoce si su hijo sale en un video o no. Pobre padre, ¿qué le queda decir? Declara que aparecer con un criminal no implica en automático ser delincuente. Tiene razón. Sin embargo, al ver las imágenes, al escuchar las palabras, saltan dudas. Es difícil creer que una persona puede ser tan afable con un maleante y no andar en malos pasos. Además, Los Caballeros Templarios no son gente con la que se juega matatena o se va a tomar el té.
Los dichos, dice mi mamá, son evangelios chiquitos. No siempre es cierto que el que entre lobos anda a aullar se enseña, pero casi siempre lo es. Repito, es muy complicado andar entre la mugre sin salir sucio.
Las conversaciones de Rodrigo Vallejo con la Tuta lo dejan mal parado, por decir lo menos. Con el revoltijo que hay en el Estado, ¿qué necesidad hay de andar haciendo cosas buenas que parecen malas? Aunque por lo que se ve, no son buenas, más bien son malas.

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Cheto

Hace ocho años, tal vez nueve, recibí un peculiar regalo de día de las madres: un perico México bebé. Un animal de plumaje eminentemente verde, con alas azules y copete rojo y amarillo. Sus ojos son perfectamente redondos y están adornados por una que otra pestaña despeinada.
Lo recibí fascinada. Le puse Cheto y ya me imaginaba siendo la dueña de un perico pícaro de esos que dicen groserías, cantan y bailan todo el día. Pero no. Cheto jamás aprendió a decir picardías. A veces imitaba el timbre de los nexteles, o gritaba ¡Pooobre Cheto! Pero lo hacía muy poco. La verdad es que mi perico era más bien mudo.
Así, silente y todo, era, como buen perico, muy simpático. Comía chile serrano y se perchaba en su jaula y se mecía en su columpio. Si le dábamos un juguete, se tardaba dos segundos en destruirlo y luego muy satisfecho se quedaba sonriendo. Sí, en serio. Cheto sabe sonreír.
Mi perico viajaba con nosotros de México a Acapulco. No hubo vacación en estos ocho años en que yo no cargara con el perico. Para Cheto y para mí, Acapulco es el paraíso terrenal, aquí se nos acaban las penas y no sabemos de corajes. Aquí su plumaje adquiere más color y siempre está de buenas. En México, no tanto. Allá echaba gritos de guacamaya desde que despuntaba el sol hasta el ocaso. Los vecinos se quejaron del ruido y la junta vecinal nos pidió que controláramos el borlote del perico. ¿Cómo ? Por más que busqué, no encontré el botón de volumen para bajarle al nivel de decibeles. Cheto no entiende palabras, por más que le supliqué siguió gritando. La solución era tenerlo tapado todo el día. Eso no es vida.
En cambio, acá en Acapulco, Cheto es todo un personaje. Es el rey de la casa, se mece todo el tiempo y el día se le va en hacer cosas chistosas. Sigue sin hablar, pero está feliz de la vida viendo la bahía, disfrutando de la brisa del mar en el calor más rico del mundo.
Ni hablar. Es lo mejor. Regreso a México con el corazón partido, en mi camioneta, que es un Arca de Noé modelo siglo XXI, falta un integrante. Cheto se queda en Acapulco. Sé que es por su bien y que en Acapulco el es más feliz, pero ¡qué rayos! Voy a extrañar los gritos de mi perico.

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Pena de muerte en Arizona

Justicia es dar con ecuanimidad a cada quien lo que le corresponde. Lo mismo para lo bueno que para lo malo, la justicia es una virtud que se sustenta en el derecho, la razón y la equidad. Esto se debe acentuar especialmente cuando se habla de imponer un castigo, más aún si se trata de la vida. Mayor énfasis y cuidado debe haber si se trata de una condena de muerte.
Es frecuente darnos cuenta que en nombre de la justicia se llevan a cabo actos de venganza, muchos de los cuales son peores que la falta que dio origen a la sanción. Hay castigos que son acciones de lesa humanidad, como cuando un niño es golpeado por sus padres por una travesura o un reo es sentenciado a una inyección letal que lo someterá a una agonía de horas. ¿Será eso justicia?
Según el Washington Post, la semana pasada la ejecución de un reo en Arizona se prolongó casi dos horas. ¡Dos horas! Durante esos minutos el hombre boqueaba, se retorcía, jalaba aire, se convulsionaba y la muerte no aparecía. El interno Joseph Rudolph Wood, sentenciado por el delito de asesinato, falleció una hora y 57 minutos después de que se le suministrará la inyección letal. Me pregunto, ¿es esa una forma civilizada de ejercer la justicia?
Durante la ejecución, los abogados de Wood interpusieron una apelación de emergencia ante una corte federal en la que exigían la suspensión inmediata de procedimiento ya que su cliente estuvo “jadeando y resoplando durante más de una hora”. No obstante la propia Gobernadora de Arizona insistió en que el recluso falleció de una manera legal y “con testigos presenciales e informes médicos que acreditan que no sufrió”. ¿Cómo de que no?
No me imagino lo que la Gobernadora clasificara de sufrimiento si piensa que morir así no es padecer. Por lo pronto las ejecuciones en el estado de Arizona se han suspendido, ojalá la medida fuera permanente. Ojalá que la pena de muerte no fuera una forma de administrar justicia.
El laboratorio que producía anteriormente la inyección que se aplicaba a los condenados a muerte se rehusa a seguir fabricándola. Declararon que un laboratorio farmacéutico debe ver por la vida, no generar la muerte. Pero, como siempre sucede, alguien aprovechó el hueco e intentó proporcionar el mismo servicio. Lo malo es que el producto que ofrecen provoca la muerte de reo en forma lenta y poco tranquila. A pesar de lo que diga la Gobernadora, la nueva inyección causa una muerte cruel, lenta y dolorosa, con sufrimiento.
La pena de muerte en Arizona se ha suspendido en tanto se investiga lo que sucede con la inyección. Esperemos que sea de forma permanente. Si las autoridades quieren seguir matando reos, ojalá que el nuevo laboratorio que tenga consciencia y haga lo que el anterior. Especialmente cuando el producto que fabrican no les sale bien, es de tan mala calidad y con efectos secundarios tan terribles.

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Jueves pozolero

Por fin es jueves y si estás en Acapulco eso quiere decir que llegó el día pozolero. La tradición marca que llegada la hora de la comida llego también el momento del banquete y el festín. Será le festival de sabores y texturas que se despliega en la mesa para seducir los sentidos del comensal.
Pero, ¡cuidado! El jueves pozolero sigue un rito especial, con pasos y etapas específicas que se deben respetar para disfrutar en serio.
Lo primero que hay que hacer para abrir el apetito y forjar al estómago es tomarse un amargo. El amargo es el mezcal de la región de Guerrero, un alcohol fuerte que sirve como liquido bautismal y umbral necesario para abrir puertas. En la etiqueta ceremonial se dice que después del primer trago, los espíritus propiciatorios arreglan el cuerpo para recibir lo que sigue. Por eso, mientras más largo sea el trago, mejor.
En seguida llegan las botanas, un desfile de antojitos guerrerenses de la mejor factura. Taquitos dorados, tamalitos de frijol, cazuelitas de carne deshebrada, chilitos jalapeños rellenos de atún, tostaditas de tinga, sopecitos, pedacitos de queso fresco y miles de delicias que han de ser en diminutivo. Es preciso que la probadita sea pequeña para alcanzar a comer de todo. El pozolero experimentado es prudente, no se avalanza sobre los primeros platos. Se sirve, pero poquito, para llegar a la meta habiendo saboreado todo.
Por fin llega el momento estelar. El rey de la tarde se abre camino y entra en escena. El plato humeante trae el manjar bien caliente. Puede ser rojo, blanco o verde. En gustos se rompen géneros. Hay quien prefiere las maravillas del rojo, o los atrevidos que eligen el verde y mezclan la carne de cerdo con sardinas. A mí me gusta el blanco. Los afeites son de mil colores, rojo de rábanos y chile piquín, verde del orégano y la lechuga, ocre de las tostadas.
Pero lo que más me gusta del jueves pozolero es el ambiente festivo que propicia. Las platicas animadas que hay en las mesas, las carcajadas y los chistes, el pretexto de la reunión y de la convivencia es lo que más me gusta del jueves pozolero.
Las mesas del jueves pozolero son muy divertidas. Hoy la compartimos con mi prima Pily, con su hija que es la prima consentida de mis hijas y con sus amigas de La Piedad. Entre las platicas se mezclan las anécdotas de mi familia, con nuestros recuerdos de infancia y con las experiencias que ellas acaban de vivir en la playa. Risas y risas, gestos, caras sorprendidas y sonrisas enormes. El pasado remoto, el reciente, el de hace una hora forman el milagro del presente perfecto.
Por fin es jueves pozolero y si estás en Acapulco eso quiere decir que llegó el día de la fascinación que propicia el compartir el pan y la sal.

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Entre paréntesis

Hay vacaciones que sirven para recargar las fuerzas, otras para acabar con el aburrimiento de la rutina y algunas son de tipo inspiracional. La maravilla de los días de asueto es que nos permiten hacer una pausa para situarnos en el presente.
La cotidianidad nos obliga a vivir en piloto automático, suena el despertador y empiezan las carreras. Hay prisa para bañarse, desayunar, salir de casa, y nos pasamos el día brincando de un lado a otro, de una actividad a la que sigue, sin mucha conciencia no reflexión. No nos fijamos en el olor del jabón que usamos en la ducha, ni en la intensidad del café de la mañana, ni, mucho menos nos detenemos a platicar. Damos instrucciones en forma apresurada, nos despedimos al aire y recorremos las horas del día a la pasada.
El paréntesis que ponemos a la vida con las vacaciones nos da la oportunidad de sentirnos en presente, podemos bajar la velocidad para ver un amanecer, para disfrutar una puesta del sol, para sentir la brisa que acaricia el cuerpo y gozar del hoy. Es abrir la posibilidad para platicar de corrido y dejar que las palabras tomen el rumbo del alma.
El peor error y el más común es ver gente que en vacaciones sigue atada a la rutina diaria. Personas angustiadas y preocupadas por cosas del día a día que no gozan la posibilidad del ahora. Vacacionistas atados a teléfonos inteligentes y pantallas interactivas. Hombres y mujeres preocupados en el mañana o angustiados por lo que sucedió ayer.
Lo increíble es que al concentrarnos en meter el pie a la alberca o a la sensación de caminar descalzos en la playa, se abren posibilidades inimaginadas. Situarse en el presente es colocarse en el tiempo de las ocasiones factibles. Es ahora que puedo, lo de ayer es palabra dicha y el futuro tiene sus grados se incertidumbre. Concentrarse en el momento actual y sonreír es ponerse en el punto de serenidad. Una mente descansada es una mente creativa. Una mente agotada es un callejón sin salida.
Aprovechar el espacio que nos brindan los paréntesis vacacionales, no solo es una buena idea, es crear el espacio para que la potencia creativa germine y, si no, ya de perdida, es ganar descanso y relajación.

¡Auxilio, socorro, nos roban el petóleo!

Creo que la intención de Lázaro Cárdenas era buena. Quiso que la operación de la industria petrolera diera beneficios a los mexicanos y que estos no terminaran en manos ajenas. Desde chica aprendí que el petróleo es nuestro, que Pemex nos pertenece y que forma parte de nuestra identidad nacional. Los mexicanos somos petroleros, nos decían en los libros de texto de primaria y por aquellos años vi a un Presidente de la República llorar en pro de la defensa de la riqueza nacional, el mismo que nos advirtió que nos preparáramos a administrar la abundancia.
¡Puras patrañas!
Ni Pemex es mío, ni los beneficios del petróleo llegan a mi bolsa, ni la abundancia nacional se nota, ni nada de lo prometido se volvió realidad. El petróleo en México a servido a las administraciones presidenciales como fuente de ingresos a la caja chica y a sus partidas secretas. Está en manos de un sindicato corrupto y clientelar cuyos líderes viven a todo lujo a expensas de la riqueza de los mexicanos.
Los gritos en defensa del petróleo me confunden. Hay gente que clama a favor de que las cosas no se modifiquen. La reforma petrolera, dicen los del Ejecutivo, es para modernizar un fósil. Eso no suena tan mal. Lo que está terrible es ver como los senadores protegen y garantizan las canongías que goza el sindicato de petroleros.
Seguiremos viendo a líderes sindicales con relojes que cuestan más que un departamento de interés social, a perros fifís viajando en avionetas y a mascotas que comen caviares y langostas. Contemplaremos los yates y mansiones, sin entender bien a bien quién defiende a quién.
No, no es que le,petróleo se vaya a privatizar, como nos han advertido siempre. Es que ya está en manos de unos cuantos. Y, parece, según se ve en la reforma que se aprobó en el Senado, que así seguirá.
Sí, ¡auxilio, socorro, nos roban el petróleo!

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El Jilguero de Donna Tartt, una fórmula para ganar el Pulitzer

 

The Goldfinch,

Donna Tartt.

Little Brown and Company,

New York, 2013

 

Debo de confesar que compré The Goldfich por curiosidad, quise saber qué era lo que llevaba al jurado de un premio tan prestigiado a sancionar una novela con el primer lugar. Fue, lo tengo que admitir, una especie de morbo y una curiosidad literaria lo que me hizo ordenar el libro cuando aún no había llegado a México. ¿Cuáles son los elementos, los materiales que elige un autor para conformar una novela exitosa en el siglo XXI? Como casi todos los libros que pido a Amazon, éste tuvo que esperar su turno. Me abstuve de leer las reseñas y los comentarios. Así que cuando empecé a leerlo lo hice con la ingenuidad de quien no se quiere enterar, pero no hay quien se pueda engañar a sí mismo. Sabía que tenía un premio Pulitzer entre las manos.

Decir que The Goldfinch es una novela negra es lo correcto, pero también lo es clasificarla como una novela de formación y también es acertado clasificarla como una cruenta crítica social y una denuncia al descuido al que se condena a muchos niños-adolescentes en un país acostumbrado a no ver lo que les sucede. Así de vasta es la novela de Donna Tartt. Sin duda, la autora pensó acomodar todo en un jarrito y supo poner todo en su lugar. La novela es enorme, no sólo por su extensión, sino por su profundidad y cercanía con que aborda el tema. Son 771 páginas, divididas en doce capítulos que a su vez se distribuyen en subcapítulos, en los que acompañamos a Theodore Decker, el personaje principal, en su camino de transformación. Una transformación que la autora nos hace creer que será una evolución, nos hace esperar hasta las últimas páginas para saber si Theo devino bien o no. Sí, también es una novela de suspenso.

La obra, para mi sorpresa, tiene un narrador en primera persona, que para abrir el telón confiesa estar en un hotel en Amsterdam, después de haber cometido un crimen y cuenta la historia en pasado.

“He estado encerrado en mi hotel por más de una semana, asustado de telefonearle a alguien, de salir; y mi corazón se revolvía ante los ruidos más inocentes…” (5)[1]

 Me sorprende que la autora escriba con herramientas que han quedado en desuso: primera persona, pasado; pero de inmediato nos manda a un flashback y nos presenta a un narrador niño. A una criatura que ha perdido a su madre y  se lamenta de ello:

“Las cosas se hubieran desenvuelto mejor si ella hubiera estado viva” (7)[2]

Donna Tartt nos toma por el cuello y nos pica el interés, nos hace la promesa de contarnos una historia de crímenes y de orfandad. La combinación es muy tentadora.

No nos enteraremos si la voz del narrador es femenina o masculina hasta la página trece, lo cual no me parece un acierto. La autora juega con la paciencia del lector y en algunos casos se arriesga a perderlo. En el primer capítulo reina la confusión. Sabemos que ha sucedido una desgracia, aunque bien a bien, no queda claro qué tipo de desventura se está viviendo. Lo sabremos con precisión hasta la página ochenta. Sí, el lector que se enfrenta a The Goldfich debe ser perseverante, debe tener paciencia porque deberá someterse a descripciones confusas y exhaustivas que intentan generar suspenso y que resultan en demasiada confusión. Tanta que hay momentos en que en verdad es innecesaria.

La novela tiene un comienzo demasiado largo, pero la promesa sigue vigente: hay un crimen y un  huérfano. Alguien se robó una pintura, The Goldfinch, que es de amplia factura en el mundo del arte. Tartt nos hace guiños salpicando nombres como Henry James o Graham Greene y tiene buenos finales de capítulos. Nos da motivo para seguir adelante en la lectura a pesar de lo tortuoso del camino.

Sin embargo, Donna Tartt acierta. Si el lector logra vencer las primeras ochenta páginas del texto, logrará adentrarse en un thriller psicólogico, con un contenido crítico que nos desnuda la pobreza de la sociedad norteamericana que desampara a un niño en sus años de formación. No hay crítica más cruenta y efectiva que la que nos muestra el desamparo de un chico al que le pudo ir bien en la vida. Con pluma experta nos hace sentir la incertidumbre de un niño que fue abandonado por su padre y cuya madre muere por accidente en un ataque terrorista. Un preadolescente que se queda solo en Nueva York, desprotegido.

“Era como un sordo o un ciego frente a mi futuro” (13)[3]

“Nunca me acostumbré a la tristeza de sentarme en un lado de la cama, a comer papas fritas como cena, solo, o un arroz frío salido de un contenedor de cartón” (396)[4]

“Sabía qué pertenecía con quién y que yo no le pertenecía a nadie” (398)[5]

Theodore Decker tiene suerte y es rescatado provisionalmente por una familia de millonarios que vive en la Quinta Avenida: Los Barbours. Andy Barbour era el mejor amigo de Theodore Decker en la escuela y va a vivir con su familia entre tanto. ¿Entre tanto qué? Se pregunta el lector junto con Theo y vemos como el niño trata de ser una visita comedida y justo cuando piensa que será admitido en la familia de forma definitiva, la autora nos administra una vuelta de tuerca: el padre aparece en la narración y se lleva al narrador a vivir a Las Vegas.

La soledad a la que se condena a un niño que perdió a su madre, cuyo padre trabaja en la ciudad del juego, que vive con Xandra, una mujer totalmente diferente a su mamá, que no lo incluyen en su vida, que lo dejan abandonado en una casa inmensa, en una colonia despoblada, en donde empezará la transformación del personaje:

“Antes de Boris, llevé mi soledad con estoicismo, sin darme cuenta lo solo que estaba”[6] (265)

Theo entrará a un mundo en el que la cotidianidad se compone de alcohol, juego y drogas. Vodka, vicodin, baccarat.

“Revolver, roadside, roof” (335)

“El daño metal causado por un alto consumo de alcohol y drogas duras nunca tuvo remedio” (472)[7]

“Había estado tomando mucho, y eso ya no estaba funcionando para mí. Los opiáceos me relajaban y me hacían más tolerante.” (527)[8]

Vemos la transformación de un niño de trece años en un joven de quince al que Donna Tartt pone al microscopio, junto con la sociedad norteamericana, situándolo en un mundo de vicios, en el que los adultos son hedonistas e irresponsables, y la accesibilidad a las drogas y al alcohol se da gracias al descuido de quienes debieran estar al pendiente.  

A lo largo de la narración aparecerán nombres conocidos importados de la Literatura, autores y personajes: Ebaneezer Scrooge (182), Samuel Taylor Coleridge (187), Chejov, 245, Emerson 257, Saint Exúpery (280), Dostoievsky (285) Pushkin (308) Maupassant (498), Nabokov (574), Washington Irving (622), Yeats (692), Proust. Pero no me queda claro si la herramienta la usa la autora para enriquecer la narración o para hacerme saber si ha leído mucho. En los casos de la referencia del poema del Viejo marinero en combinación con las ilustraciones de Dorée (187), y del Idiota de Dostoievsky(745) son afortunadas, las demás sobran.

También, la autora, entreteje en los renglones de la novela, nombres de pintores y pinturas famosas: Velazquez(487), Vermeer, Picasso y desde luego el telón de fondo el mismísimo Jilguero (la traducción de la casa editorial, en realidad se trata de un gorrión). La edición en papel tiene el acierto de mostrar una reproducción de la pintura para que el lector sepa en todo momento a que se está refiriendo. Pero tantas referencias, aunque se diluyen a lo largo de las casi ochocientas páginas del libro, en ocasiones muestran deslices e imprecisiones. Por ejemplo, una desafortunada descripción de Diego Rivera, como un jugador empedernido que se adorna en demasía y usa anillos en todos los dedos. Sobra el exceso.

Pero, el lector perseverante tiene siempre un reto. Si logra sobrepasar ciertas exuberancias, si perdona ciertos ritmos desacompasados, por ejemplo, descripciones exhaustivas y luego prolepsis injustificadas, se encontrará con una narración entrañable de una mujer que entiende los graves estragos del abandono infantil.

Donna Tartt tiene en Theodore un personaje redondo, un chico al que el lector encontrará difícil no enamorarse, no empatizar, pero del que verá los grandes defectos de falta de honestidad, de vicios duros como el alcoholismo y drogadicción.  

“Ese niño pequeño, dijo Boris en el carro camino a Amberes. El pintor lo vio, no estaba pintando el pájaro de memoria, él lo vio, ¿sabes? Ese el niño pequeño, encadenado a la pared, ahí. Si lo viera, entremezclado con otros pájaros, de la misma especie. Lo encontraría sin problemas.” (264-265) [9]

Las prolepsis de las que la autora se vale para hacernos llegar a la edad adulta de Theo sorprenden después de que hemos acompañado exhaustivamente al personaje casi, casi por segundo en su devenir. Conocemos bien a los personajes secundarios: Hobie, el anticuario, Mrs Barbour, la corrección humana, Pippa, el amor igual que por serlo es próximo e imposible.

El final nos reserva un ensayo que nos hace entender la voluntad de los jueces. Hace un panegírico del arte, del oficio de la escritura y de la Literatura. Habla de ese espacio en el que el hombre se escapa de la muerte y se reserva ese lugar para crear y trascender al tiempo. Ese punto en el que el lector se conecta con el autor y vive la ilusión de que eso que se acaba de leer fue escrito, única y especialmente para él.

La fórmula para ganar el Pulitzer puede estar integrada por herramientas literarias, por sembradíos de nombres de libros, cuadros, restaurantes, músicos, películas, drogas, alcohol, arte y corrupción. Puede sustentarse en la denuncia de los que se rehúsan ver el cochinero que tienen en su propio patio y que ataca al corazón mismo de su sociedad: sus jóvenes. Puede tener un guiño simpático al destino para desafiarlo, preguntándole si habrá alguien que quiera leer el libro. Lo que no puede faltar y Tartt lo hace con oficio, es la conexión con el lector. Con el que leerá hoy. Con el que leerá en el futuro.

 

 

 

 

[1] I´d been shut up in my hotel for more than a week, afraid to telephone anybody or to go out; and my heart scrambled and floundered at even the most innocent noises…

[2] Things would have turned out better if she had lived.

[3] I was blind and deaf to the future.

[4] I’d never gotten used to the sadness of sitting on my bed, with a bag of potato chips for dinner or a dried up container of rice left over.

[5] He knew what belonged to whom, and I belonged to no one.

[6] Before Boris, I had borne my solitude stoically enough, without realizing quite how alone I was.

[7] The mental damage from hard core drinking and drugs never went away.

[8] I´d been drinking too much and that really wasn’t working for me; with opiates I was relaxed, I was tolerant.

[9] That little guy, said Boris, in the car on the way to Anthwerp. You know the painter saw him, —he wasn´t painting tht bird from his mind, you know? That´s the real little guy, chained up on the wall, there. If I saw him, mixed up with a dozen other birds all the same kind, I could pick him out, no problem.

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Cuando Domino’s incumple

Conste, el que avisa no es traidor y cuando uno promete algo hay que cumplirlo. A mí, que me educaron para dar valor a la palabra y que me enseñaron a honrar las promesas, si alguien se compromete a algo, le creo. Ese es el código de conducta por el que rijo mi vida.
Por eso, luego ando haciendo unos corajes enormes. Por creer. Pero si alguien anuncia por todo el mundo que es capaz de entregar una pizza en menos de treinta minutos o si no el producto es gratis, no tengo razones para no creer.
Tampoco tengo razones para dudar si la promesa se ha cumplido consistentemente en el pasado en circunstancias similares. Es decir, en el mismo domicilio, en un horario casi igual. Pero de un tiempo para acá las cosas han cambiado.
Resulta que ayer quise consentir a mis hijas y perdirles una pizza. La buena intención se convirtió en una pesadilla infernal. Hablé a Domino’s Pizza, la señorita que me atendió recitó la letanía aprendida de memoria, la música de fondo, banda a todo volumen, le hacía imposible escuchar con claridad lo que yo estaba ordenando. Las risas ahogadas interrumpieron varias veces mi solicitud y cuando por fin finalizamos la proeza de concluir la orden de una pizza, después de decirle que iba a pagar con un billete, ya que no me podían cobrar con tarjeta de crédito, me pidieron la dirección para hacer la entrega. Entonces muerta de risa, la señorita me dijo que Domino’s de Punta Diamante no me correspondía, que hablara a Costa Azul. Me colgó ahogada de risa. Ni siquiera me dio el número telefónico de la otra sucursal.
Como mis hijas deveras tenían antojo de pizza, tomé la sección amarilla y encontré el teléfono de Domino’s Costa Azul. ¡Qué pesadilla! Ahora era un chico quien me atendía, pero era la misma música a todo volumen, la misma letanía y la misma desatención. Ordené la pizza con la misma facilidad con la que en México se pide una concesión para explotar una mina. Permítame un momento, risas, interrupciones, permítame, por favor. Pedir una pizza a Domino’s en Acapulco es un procedimiento que lleva al mismo fin, no se puede ¿por qué?, pregunté desesperada. ¡Por que no!
¡Ah, qué caray! Insistí. Pedí hablar con el supervisor, me colgaron. Marqué de nuevo, el supervisor no está, risas, risas y más risas. Nada de pizza. Oiga joven, esto no está bien. ¿Y el servicio que prometen? Risas y más risas. Lo voy a reportar. Haga lo que quiera. Conste, el que avisa no es traidor.
El sabor amargo de la promesa incumplida es pastoso y de largo aliento. El slogan de la pizzeria mas global del mundo es Fácil y rápido, disfruta de una pizza con nuestra garantía de treinta minutos. Malas noticias, ni fácil, ni rápido, ni garantía, ni pizza, nada. Domino’s hace cuatro promesas que no es capaz de cumplir. Al menos en las sucursales de Diamante y Costa Azul de Acapulco. Lo malo es que estos establecimientos manchan a los demás.
El sitio de internet de la empresa tiene un espacio que te explica paso a paso para pedir una pizza. Lo malo es que a su personal no lo entrenan para dar el servicio al que se comprometen en su publicidad.
Consulté los términos y condiciones para la entrega de una pizza. No hubo razón para que no cumplieran el compromiso de traerla. Ellos se anuncian como una empresa que vende pizzas y yo soy una cliente dispuesta a pagar por el producto. Un contrato rápido y fácil de entender.
¿Qué pasa cuando Domino’s incumple? Vas a comprar tu pizza a otro lado.

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