Fidelidad

La fidelidad es ese estado del alma que te permite permanecer leal sin distorsiones ni estridencias. Es confiar en la elección que se tomó y defenderla a pesar de los vientos contrarios, de las opiniones que se escuchan , de las críticas feroces, de las tentaciones que presentan otras alternativas. Ser fiel es ser fuerte, es tomar el timón con energía para salvar los escollos del presente con la mira puesta en lo alto.

El valor de la fidelidad no se refiere únicamente a un contrato de exclusividad que firman dos que se aman. Eso es sólo una parte. Se debe ser fiel a aquello que conforma nuestro ser, nuestra identidad. La vocación es tema de lealtad. Los que hoy quieren una cosa y mañana otra, avanzan poco. Los que viven titubeando tienen la recompensa de ser como veletas con la consistencia de la brisa. Quienes se mueven al son de un soplido corren el riesgo de estar deteniendo el agua entre las manos. Al final, queda tan poco.

Las tendencias no favorecen mucho a la fidelidad. Se cambia de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Si algo que antes me gustaba y formaba la pasión de mi alma, ahora me genera algo de molestia, lo hago bolita y lo arrojo al bote de basura. No hay una valoración al compromiso, no hay resistencia al temporal. Entonces, si veo el cielo nublado, abandono el puesto de mando y me encierro a hacer un berrinche. Si es posible, me bajo del barco y me subo a otro. Y, así sucesivamente. La inconstancia y la dejadez son malos consejeros.

La fidelidad y la perseverancia son buenas recetas. Es confiar en que tenemos herramientas suficientes para pasar la tormenta y salir triunfantes. Ser fiel no es ser estúpido ni aguantar sufrimientos que no llevan a ningün lugar. Ser fiel significa buscar soluciones antes que rupturas, ser consistente y congruente. Hacer y decir. Se vale cambiar de rumbo, se vale admitie que hay otros caminos. El riesgo de hacerlo un día sí y el otro también es terminar siendo víctima de la deslealtad, deshecho como una pastilla efervescente que dejó su escencia diluida en algún lado. 

Anuncios

De entreactos y consecuencias

De repente, siento como si estuviera sentada en una silla de lona, mirando desde una terraza como algunos bañantes están en la playa corriendo alegremente hacia el mar, mientras un tsunami se eleva para tragarlos enteros. Grito ¡cuidado! Y siento que estos personajes me miran con ternura y con fastidio, me dicen espérate tantito, y siguen su ruta tan felices y contentos sin que me presten la menor atención. Pasa en lo muy partícular, como un salón de clases cuando le adviertes a los alumnos que estudien para el examen, o cuando lees que en Cataluña ya se despertó —otra vez— en ansia independentista, o cuando te enteras de que en pleno G7 hay que darle clases a Trump porque no entiende nada de lo que están hablando.

Me refiero a ese entreacto en el que ya te resignas, ya sabes que no te van a escuchar y no sabes si cerrar los ojos y ajustarte el cinturón o sentarte a acariciar al gato y dedicarte a ver el impacto. Lo cierto es que nadie aprendemos en cabeza ajena y parece que hay momentos en los que podemos detener el avanzar del tiempo con un suspiro, que nos podemos meter los segundos entre los dientes para advertir que el lobo anda cerca. No obstante, de nada sirve. Los pastores dejan que sus animales sigan pastando, total, así están felices. Luego queda el refuego de sangre que mancha el suelo y quienes debieron haber evitado semejante tragedia se quedan con ojos llorosos, se lavan las manos y apuntan a todos lados para endosarle la responsabilidad a alguien más.

Los te lo dije son simpre odiosos. Los gritos de advertencia son inevitables. En el entreacto, los terceros vemos con claridad lo que va a suceder y de buena voluntad queremos evitar un choque de trenes. Los involucrados, con razón, te dicen: a ti qué te importa. Y, nos dedicamos a ver el espectáculo que da el camino al precipicio. Entendemos, porque también hemos sido protagonistas. Sí, ni hablar. Hemos mascullado nuestras propias consecuencias. 

En el entreacto, pasa algo similar al olor a humedad que anticipa el aguacero. Quieres regalar paraguas y las persona te dice no gracias, te ven como al loco de la cuadra y hasta te dan una palmada en la espalda. Elevamos la mirada al cielo,  nos ponemos el impermeable porque efectivamente, olerá a tierra mojada. Habrá lodo.

Me refiero a cosas mínusculas y a enormes. A una pareja que está engañando a su cónyuge y embelesado por la aventura ni cuenta se da de todo lo que va a perder cuando lo agarren. A una serie de votantes que les quieren convencer sobre la conveniencia de independizarse sin dalres razones de pesos y números que serán las que precedan una decisión semejante. A un pueblo que pone a un ganso como presidente y abandona el liderazgo mundial para convertirse en una fuente de risas y burlas mundiales.

Después del entreacto vienen las consecuencias. Los bañantes quedan revolcados por las olas, tirados en la playa escupiendo arena. Los que no estudiaron, se arrodillan suplicantes y se esfuerzan por subir la calificación a base de chillidos, en vez de demostrar competencia. Los mandatarios se despeinan y enfrantan crisis de poder y juicios para quitarlos de donde nunca debieron estar. Las peores consecuencias se las llevan los más desprotegidos, esos que ni pudieron opinar, esos a los que no se les tomó en cuenta.

Lo curioso es que en estos entreactos, no importa los esfuerzos que hagas ni cuanto te desgañites en advertir. Habrá quienes te miren y hasta con un guiño te digan esperate tantito, como quien quiere decir, no me interesa escucharte, ¿está claro? Entonces, a apretar los dientes o a acariciar al gato. Cada quien tendrá una mejor elección. 

Cuatro taxistas

Parece que fuera el título de una novela de detectives. De hecho, la anécdota da para urdir una buena trama: la semana pasada fueron encontrados cuatro taxistas muertos. No tenían nada en común, más que el oficio con el,que se ganaban la vida. El escenario resulta inmejorable, un lugar que está designado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO, un pueblo tranquilo que muchos extranjeros han elegido para vivir un retiro cosmopolita. De pronto, esa tranquilidad se ve peeturbada por un misterio que queremos descifrar, ¿qué pasó ahí?

Pero, no es una idea traída por las musas, ni una ocurrencia autoral que busca escribir algo que atrape el interés del lector. Se trata de cuatro crímenes reales que sucedieron esta semana en San Miguel de Allende. La explicación que ilumina todas las sospechas parece un eterno lugar común: narcomenudeo. Las drogas como hilo conductor de una serie de asesinatos que quieren explicarse cuando no hay otra forma de entender.

El Procurador del Estado de Guanajuato ha sido muy prudente, no ha querido dar explicaciones. Ha medido con cautela cada una de sus declaraciones y ha cuidado las palabras. El reflejo de estos cuatro crímenes nos da para pensar qué sucede en lugares hermosos, en los que la gente de bien vive en paz. De repente, en momentos las cosas cambian de ser gloriosas a ser de horror. El miedo nos atrapa en formas que terminan robando aquello que costó tanto trabajo construir.

Al diablo le gusta meter la cola, ¿o será que nosotros le estamos abriendo la puerta? Las cosas empiezan a ir algo mal y nos hacemos de la vista gorda, ponemos los ojos en otro lugar y disimulamos. ¿No sería mejor meter las manos y solucionar? San Miguel de Allende es un lugar maravilloso que merece respuestas certeras. Si cuatro taxistas fueron asesinados, es preciso saber qué sucedió. 

Si se está abriendo una rendija al narmomenudeo, hay que cerrarla. En el momento en que empiezan los problemas es cuando se deben atacar. Es cuando aún son manejables y se pueden remediar. Si la demanda de drogas está creciendo, es vital advertir que un vicio es el,principio de un camino de dolor, para quien consume, para sus familiares y para su entorno.

Si inhibimos la demanda, la oferta irá disminuyendo hasta llegar a cero. Tolerar no es tener mente abierta, es ser temerario. Ahí hay cuatro taxistas que sirven de testimonio a estas palabras.

Cuando las fallas en la prudencia cuestan vidas

Algunos líderes de naciones poderosas no son prudentes. La llegada de Donald Trump afectó al mundo y por instantes la prudencia no fue un valor apreciado. Actuar con precaución se sustituyó por movimientos atropellados. La Primer Ministra de Gran Bretaña llegó a trompicones a Washington a tomarse la foto con el flamante Presidente de Estados Unidos que se estrenaba en la oficina. A la pobre Theresa May le ganó la ansiedad de querer agradar a un hombre que sabe poco de moderación al hablar y al actuar. Hablaron y hablaron, se contaron secretitos y se sacaron la foto. Ella se regresó a Londres, el se quedó en la Casa Blanca. Ya se están pagando tristes consecuencias de esa ausencia de reflexión. En la tormenta, cuando todo se desajusta, los movimientos deben ser lentos, cautos.

Desde Londres, las cosas se ven más grises. Las nubes que se reflejan en el Tamesis se ponen del mismo tono que el ánimo de los ingleses, ellos tan cautos, tan exactos, tan discretos, se den sentor muy incómodos ante la estridencia que se produce por la falta de comedimiento. La vulgaridad siempre les ha puesto el pelo de puntas pero, eso es una cosa y otra distinta son los temas que ponen en riesgo a la población.

De acuerdo con el periódico The Guardian, Theresa May confrontará a Donlad Trump por el flujo de fuga de información crucial de inteligencia que devino del ataque en Manchester al finalizar en concierto de Ariana Grande. La flema britanica arde en coraje. La policía y los oficiales del Reino Unido están furiosos al ver que The New York Times pubicó fotografías forenses de la sofisticada bomba que estalló en la Arena. Temen que al publicar la información se haya comprometido la investigación. ¿Por qué habrá hecho algo así? ¿Es frivolidad o estupidez extrema?

Ha habido una serie de fugas de información confidencial a medios de comunicación estadounidenses que vienen de fuentes de inteligencia de Estados Unidos.  Información que se comparte en forma natural entre aliados que buscan cooperación entre naciones que tienen como fin común luchar contra el terror. En la tragedia, la indiscreción cuesta vidas, genera vulnerabilidad. “Las imagenes que salen del sistema de inteligencia de los Estados Unidos son inaceptables, son faltas de respeto a las víctimas”.

El buen juicio, la moderación son valores que a principios de año estaban despostillados. Las ofensas que resultaban tan chistosas, las miradas de desprecio, los sentimientos de superioridad, vuelven a tomar el lugar que les corresponde. El tema de líderes que no son prudentes es muy serio. Los Estados Unidos y la Gran Bretaña lo están padeciendo y el mundo entero con ellos. Sin embargo, parece que todo volverá al lugar del que jamás debieron haber salido. 

Tristemente, las fallas de prudencia ya costaron vidas.

¿Leer canciones?

Hay en las redes sociales un asombro que cruza los límites y entra al entorno de la indignación. Maluma, un cantante colombiamo cuyo mejor atributo es el cuerpo y no la voz, se gana la vida frente a un micrófono diciendo vulgaridades y atrocidades. Tiene un éxito mayúsculo. La fórmula es genial, un ritmo pegajoso, una carita agradable y una parafernalia publicitaria que se encarga más de lo visual que de lo auditivo. Un producto del reguetón, música de ritmos latinoamericanos, entre afroantillanos y caribeños que combina notas jamaiquinas con hip hop y letras de tonos sexuales explícitos. 

Maluma no es el único que canta vulgaridades. El regetón tiene letras que objetivizan al ser humano y otras que buscan ser chistosas, que hablan de amor, de corazones rotos, de crímenes. El problema es que los ritmos nos llevan a repetir letras que en otro contexto nos pondrían la carne de gallina. Tampoco es que el regetón tenga esa exclusividad. Recuerdo haber, cantado feliz de la vida, Bohemian Rapsody de Queen, sin caer en la cuenta de lo que en realidad decía. 

La voz de Freddy Mercury y la maravilla de los instrumentos me hacían pasar por alto el hecho de que la letra tratara de un hijo que con frialdad le decía a su madre que acababa de matar a un sujeto, poniendo una pistola y jalando el gatillo. A mi favor diré que no era la única. Todos cantabamos felices de la vida un asesinato y nos moviamos encantados de la vida al oír el exitazo de Queen. Incluso hoy, lo hacemos.

Pero, claro, el poder de las letras hechas palabras nos tira la venda auditiva y nos da un estado de conciendia que le quita la diversión a la barbaridad. Maluma no es Freddy Mercury ni de cerca, no tiene la voz ni la educación musical, y por suerte para el colombiano, tampoco el físico del solista de Queen. Tampoco tiene su éxito, pero no le va nada mal. Lo curioso es que las aberraciones que canta, fascinan a muchachitas que repiten las letras de sus canciones con un gusto que nos asombra. ¿En serio te gustaría que te trataran así? Claro que no. Ni siquiera se han dado cuenta de lo que cantan. Pero, igual pasa con letras de Marc Anthony y de otros reguetoneros. Lo hicieron igual Ozzy Osborne, Los Beatles, La Arrolladora Banda Limón, Los Bukis y tantos otros. La gente repite sin dar significado. No todos pueden cantar que están presos entre las redes de un poema y se concentranen un  amor de cuarenta y veinte. 

La música aletarga, amanza leones. Cantamos por el gusto de repetir un ritmo y no reparamos en lo que decimos. Así, se repiten panegíricos al narco, a los asesinatos, al adulterio, a los golpes, a la guerra, al desamor, a la canallada, a los rincones oscuros del alma. Leer canciones tiene un efecto poderoso, de repente entendemos que las palabras significan algo. Y, entonces, o se potencia el gusto o nos amarra la lengua. Pero, a decir verdad, volvemos a cantar. 

Maluma es un efecto, es un producto de nuestro tiempo. Muchos de estos golpes efectistas se diluirán con el tiempo y quedarán en el olvido. Insisto, no es Freddy Mercury aunque él nos haya puesto a cantar sobre un asesinato.

Una mañana de domingo con Ceci

La casa amanece en calma. Hijas y marido están fuera. La casa está en calma, habitada por los ruidos del cucú, del péndulo del reloj de pie, del ronroneo del avión que nos pasa por encima y de uno que otro pajarito que dice buenos días con sus trinos. El calor de la noche fue sofocante, pero el rocío  de la mañana hace agradable salir a recoger el periódico que está en el pasto del jardín.

Acompaño el café oscuro con pan rústico, jamón y queso. También jugo de naranja y noticias escritas en papel periódico. El rayo de sol que se atreve a entrar a la sala, cae justo en el sillón en el que me gusta sentarme a leer. Me brinco las noticias de la primera plana, las de los estados, las internacionales. Titubeó y me brinco también las columnas de opinión y me voy directo a la sección de cultura. Me concentro en las sugerencias de nuevos libros, las novedades que vendrán en el verano para leer sin reloj. 

Caigo en la tentación y en un impulso pido tres libros. Justo cuando termino de dar el click recuerdo la de libros que tengo pendientes de leer. Me emociona pensar en que ahora tendré tiempo para leer y más leer, como le gustaba a Sor Juana. Tendré tiempo porque estamos acabando el semestre y vendrá la temporada de vacaciones. Será la recompensa de la misión cumplida.

Más de trescientos estudiantes pasaron por mis aulas este primer semestre del año. Cuando lo pienso siento un choque eléctrico de sorpresa. Más de seiscientos oidos y ojos fueron convocados a mi entorno y han concluido su periodo de clases. Muchos, conmigo, terminan su vida estudiantil. Seré su última maestra antes de convetirse en licenciados o en maestros de algo. Para muchos fui su acompañante desde segundo semestre y vi la transformación que sufrieron. Cambiaron sus caritas de muchachos asustados ante el reto universitario y ahora les veo como jóvenes que se preparan a entrar a paso firme a la vida profesional.

Ya acabé Ceci, dicen al referirse a la materia de Emprendimiento, de Planeación Financiera, de Modelos de Negocios, de Análisis de Casos, de Alta Dirección. Mis alumnos transforman estas materias en mi nombre y eso me hace sentir enorme. Feliz. Acabar Ceci es un logro que ambas partes celebramos. Los abrazos de agradecimiento son de ida y vuelta. Los alumnos se transforman en colegas y eventualmente, en amigos. 

Empezará Ceci el siguiente semestre. Para muchos, no hay otra alternativa. Pero, para la mayoría, empezar Ceci es una elección. Ver que mis grupos se llenan y que algunos no alcanzaron lugar me da una satisfacción impúdica. Ni modo, así es. Pero eso será el Agosto. Ahora. Tocará leer sin reloj. Escribir hasta acabar la novela que se resiste a abandonar mi dedicación. Hacer ejercicio. Tener cuidado de no quedarme encerrada en el torreón. Salir a caminar. Y, aunque no me guste, arreglar el tilichero que he ido acumulando a lo largo de semestre. Tendré que tirar basura.

Pero, hoy es la mañana de domingo que me gusta. Es la que está entre el fin de semestre y las entregas  y los examenes finales. Es la que antecede a las actas de calificaciones, a los exámenes profesionales, es la que me permite sonreir porque ya hice mi parte. 

Doy un trago largo al café, me sirvo un vaso de jugo de naranja, muerdo el pan rústico y disfruto las maravillas de estar a punto de entrar de vacaciones.  Me distraigo viendo como Chai se entretiene mirando a la ventana. Me arrebujo en el sillón y doy gracias a Dios, hay mañanas que son muy doradas.

Para Dany

Supongo que, como todas las madres, me gustaría echar las manecillas del reloj para atrás. Supongo que me encantaría volver a aquel momento en que le pedí a Dios que me volviera a bendecir con el regalo de la maternidad. Nunca hubo una petición que yo hiciera con tanta consciencia de lo que quería. Estaba tan segura de querer ser mamá de nuevo que el Padre en el cielo me bendijo y tu corazón empezó a latir al ritmo del mío. Supongo que quisiera volver a vivir la alegría que sentí cuando me confirmaron que estaba embarazada otra vez y la emoción de saber que venías en camino. El vértigo de tu llegada, el susto de que tu fecha de nacimiento se adelantara un mes, la maravilla de que llegaras a este mundo sana, fuerte y hermosa serían el anticipo de una vida llena de retos y desafíos.

Supongo que me gustaría volver a verte con el uniforme del kinder Hill’s, o escucharte cantar en la estimulación, o decir que eras  mu mediana con esa vocecita tan grave y determinada. Supongo que sonreiría si te viera llegar con una estrellita en la frente o si me dieras un dibujo hecho con crayolas o si te viera tomar lechitas de chocolate de Hershey’s o si te escuchara cantar qué fácil número. Estoy segura que el corazón se me derretiría si pudiera volver a meterte en el hueco de mis brazos y acunarte y volver a arrullarte como lo hice tantas noches.

Digo que supongo que me gustaría experimentar toda esa sorpresa, todo ese gusto, toda esa emoción de verte crecer y me detengo en seco. Todo eso ha sido tan bello que volverlo a vivir le podría quitar lo perfecto que ya de por sí ha sido. La ruta no ha sido sencilla, ha sido gloriosa. No pude haber recibido un mejor privilegio. Llevarte de la mano es el honor que me llegó de lo alto. Cuando estaba esperando a que llegaras, jamás me imaginé que tendría una nena tan linda que se transformaría en una persona tan independiente, intrépida y resuelta. 

Elevo los ojos al cielo, que siempre me escucha, para pedir todas las bendiciones, para que Dios te acompañe en los momentos de alegría y te sostenga en los de duda máxima, que el gran consolador te cubra con su luz y cuentes con su favor. Que Dios te regale fe para que creas que de su mano todo es posible, esperanza para seguir avanzando con determinación y fuerza y una mirada amorosa para enfrentar al mundo. Le pido que te rodee de ángles que te cuiden y que la muchedumbre de los santos te aconsejen y que la Virgen María te proteja siempre. 

Le pido al Dios tan bueno que en tu camino siempre brille el sol, que si se nubla, sea para refrescarte; que si llueve, sea para fertilizar tus campos; que si baja la temperatura y empieza a nevar, sea para que hagas los monos más hermosos, que si hace viento sea para que puedas elevar tus sueños como papalotes. 

Verte hijita, así sonriendo, es lo que le pedí a Dios y, mira nada más lo que me concedió. Para ti, Dany, mi niña, pido que tengas lo mejor del mundo para que puedas construir, triunfar, vivir y verte feliz.

¡Muchas felicidades, mi vida! ¡Feliz cumpleaños!

A favor de la diversidad

Nos parece increíble, pero hubo un tiempo en que la homosexualidad era catalogada como una enfermedad mental. En esa condición, ser homosexual significaba estar enfermo y las enfermedades se deben curar. Es decir, si alguien se sentía atraído por una persona del mismo sexo, tenía una alteración de la salud que afectaba el funcionamiento de su persona y de la colectividad. El enfermo que padece un mal, puede contagiar a otros que estén sanos e infectar con su mal a personas que no lo padezcan, es preciso curarlo. Pero, ser gay no es lo mismo que tener gripa. No se cura con pastillas ni con inyecciones ni con choques eléctricos. No se cura, como no se cura ser mujer o ser hombre. Es una condición del ser. 

Por suerte, el 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud borró del catálogo de enfermedades mentales la homosexualidad. Ser lesbiana, un hombre que le gustan los hombres no es estar malito ni significa ser prerverso, promiscuo, malvado, pervertido, ni nada oscuro. Al descatalogar la homosexualidad como una enfermedad se busca eliminar razones para discriminar, para rechazar, para temer.

La homofobia, según su significado etimológico, es el miedo a quienes prefieren a los que son iguales, es decir, a los que son del mismo género. Entonces, asusta que alguien se sienta atraído por otro del mismo sexo. Genera miedo la intimidad de una pareja. Las sensaciones de alerta se  disparan cuando veo a dos mujeres darse un beso y se siente angustia cuando dos hombres se toman de la mano. Se siente  peligro cuando veo que dos personas actúan en forma diferente a lo que yo creo que debe ser, o peor aún, a lo que yo quiero que sea. Se activa el absurdo.

El miedo deviene en odio. Desprecio a los que no ven el mundo como yo lo veo, a los que no siguen las reglas que yo impongo. El 17 de mayo se ha convertido en el día de la tolerancia a la diversidad. Tolerar es aguantar las diferencias, soportar al que no ve la vida  como yo. Eso, que es un avance frente al odio y al temor, pero no es suficiente. Este día debiera promover el respeto a la intimidad del ser humano. Cada quien es libre de hacer lo que quiera cuando cierra la puerta de su habitación,  mientras no lastime a nadie. ¿Qué daño engendra una expresión de amor en privado? Si te gusta el rosa o el azul, debo de respetar tus preferencias de la misma forma en la que tú estás obligado a respetar las mías.

El odio se genera cuando se intenta imponer mi punto de vista. Cuando queremos meter la nariz en la vida de otros y dictarles las reglas de vida. No se trata de soportar a los que viven distinto a mí. Pero eso nos incluye a todos.  Los heterosexuales y los homosexuales nos debemos respetar. Ser homosexual no implica ser mejor que ser heterosexual o viceversa. Un gay no debe de verme con odio porque soy buga. No me debe despreciar, de la misma forma en la que yo no tengo razones para juzgarlos. 

Entonces, de lo que estamos hablando es de arrogancia. La homofobia es el grado superlativo de la altanería. El antídoto es elevar las miras. Es dejar de creer que yo estoy del lado correcto.  Es respetar la diversidad. Es entender que lo que pasa en el interior de cada casa que no es la mía, no es mi asunto. Mis gustos no me determinan más allá de lo que prefiero, por eso, más que tolerancia, tenemos que abrir los brazos a aquello que me resulta diferente. Sin juicios. Total, ya entendimos, no es enfermedad, no se contagia. Ver el mundo con esa perspectiva es lo que celebramos el 17 de mayo, es entender la mirada del,otro. Créanme, es sorprendente y gratificante. 

Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo... Las primeras palabras de la novela de Rulfo son deslumbrantes. El lector recorre las líneas y entra a un mundo sin saber a dónde va a llegar. Se traspasa el umbral en forma inocente, y la magia de las letras empieza a apretar el cuello y no te suelta. Creemos que el oxígeno no llega al cerebro y por eso no entendemos. Tal vez no se trate de entender, se trate de resistir. 

La curiosidad que mata al gato fuerza al lector a seguir leyendo, a toparse con la locura de Susana San Juan que la mantiene a salvo, con la fraternidad de Abundio que guía a Juan Preciado, con el desprecio a Miguel Páramo y el circo de su muerte, con el pecado del Padre Rentería. Nos subimos a una ráfaga de viento polvosa que nos mete al centro de Comala que vive oyendo murmullos de los muertos que la habitan.

Rulfo escribió y luego guardó la pluma. No volvío a publicar nada. ¿Para qué? Ya estaba escrito y lo había hecho muy bien. Hoy, el hombre cumpliría cien años. Ese que en su juventud fue tan guapo y que logró cubrirse con un halo de misterio que se confeccionó a la medida para transformarlo en leyenda.

Recuerdo que un día, cuando era una niña pequeña, fuimos a cenar tacos a un lugar en la calle de Miguel Ángel de Quevedo que se llamaba Los Tecolotes, o Los Búhos o algo así. Al entrar, mi papá se agachó y me dijo: mira ese señor es Juan Rulfo, es escritor. El tono que ocupó fue casi reverencial, me dejó claro que eso de escribir era algo importante y que se le reserva a los grandes.

Lo recuerdo sentado en una mesa, como si estuviera esperando a alguien. Estaba solo, vestido de traje negro, bien peinado, con canas, camisa blanca, un lunar en la mejilla izquierda. Podría decir que lo que más me impresionó fue su mirada, pero lo que me llamó la atención fue la corbata de formas geométricas que usaba. Fumaba. En ese teimpo era normal y permitido que la gente sacara sus cigarros y los encendiera en todos lados. Me gustaría decir que esa noche hablamos de la fuerza narrariva de Rulfo, del uso austero del lenguaje, de la potencia de su palabra, de la estructura de Pedro Paramo, de la influencia del Llano en Llamas sobre los autores de boom, pero sería mentir. Rulfo no fue tema en nuestra mesa.

Buenas noches, dijimos al entrar y él respondió con una sonrisa. Mi mamá me dijo que era mala educación estarlo viendo, asi que me concentré en mi plato para que mi mamá no me regañara. Por eso, no puedo decir que desde niña me adentré en el misterio del silencio rulfiano, del testimonio de abandono que se imprime en el Comala individual de cada mexicano o que tuve la certeza de estar a unos metros de quien tuvo el poder infinito de crear. 

Me gustaría decir que Rulfo me sonrió, que me invitó a su mesa y que platiqué con él sobre la forma en la que escribió tantas maravillas y, desde luego, serían patrañas. Me encantaría presumir que Rulfo me reveló los secretos de la escritura y no haría más que evidenciar que soy una mentirosa. Me gustaría decir que no obedecí a mi madre y que me pasé toda la noche viendo a Juan Rulfo, pero no es cierto.

Me tengo que conformar con decir que una noche que fui a cenar tacos con mi familia, vi a Juan Rulfo. No es mucho y tal vez sea demasiado. La anécdota no está para encender fuegos narrativos, pero me valgo de ella para recordar a un escritor —lo digo con la reverencia que usó mi padre— que nació hace cien años. Es preciso celebrar esas mentes que nos dejaron legados tan maravillosos. 

El privilegio de ser maestro

El que crea que el aula es un espacio protegido, cómodo y tranquilo es que jamás se ha enfrentado a un grupo. Ser maestro es algo tan fácil como capitanear un barco de velas en medio de un torbellino de aires acelerados con una tripulación distraída. Desde el puesto de mando, el timón no es dócil y dar rumbo parece complicado. Frente al oleaje, quisiéramos cerrar los ojos, los pronósticos no son nada buenos, la tormenta arrecia, las nubes son oscuras, los truenos y los relampagos caen tan cerca y nos sentimos tan poderosos como un corcho que flota sobre aguas embravecidas. 

En esa condición, nos creemos tan sólos, advertimos a los cuatro vientos sobre las amenazas que atisbamos desde el puesto de mando y creemos que nadie escucha. Elevamos los ojos al cielo y nos preguntamos ¿qué hacemos ahí, metidos en semejante lío? Pero, por alguna extraña razón, confiamos. Seguimos adelante. Nos aferramos a ese timón, nos llenamos las manos de polvo de gis, nos manchamos los dedos de tinta, llenamos pizarrones enteros que borramos y volvemos a llenar, hablamos y hablamos, sentimos que predicamos en el desierto, que somos sembradores que vamos aventando semillas en el desierto. Suspiramos. Jorobamos la postura. Elevamos los hombros. Volvemos a suspirar. Miramos al cielo. Volvemos a insistir.

De repente, sale el sol. Acaba la tormenta y te enteras que la tripulación que juzgaste distraída no sólo sacó a flote el barco de velas sino que lo transformó en un acorazado que rompió barreras. Entonces, no antes, en ese preciso momento, nos entra un golpe de realidad y entendemos que éste es un oficio de alto riesgo y de enormes grados de satisfacción. El privilegio de un maestro es ver que esa semilla sí germinó, que las palabras llegaron a su destino y que, en efecto, la tripulación superó al capitán. Llegamos a buen puerto, incluso a un mejor puerto que el que habíamos planeado.

Un maestro es como un marinero. Al llegar al puerto, besamos el suelo y nos limpiamos el sudor con el dorso de la mano. Caminamos tierra adentro y nos refuigiamos en nuestro lugar de seguridad favorito. Buscamos el descanso y la reflexión sobre las emociones vividas. Y, pasado un tiempo, el gusanito de la tentación nos vuelve a morder. No importa cuanto nos resistamos, queremos regresar. Necesitamos la adrenalina del gis, el pizarrón y el borrador. Desandamos los pasos, salimos de la concha de seguridad y nos enfrentamos al mar como barco de velas. 

Nos gusta el riesgo de enfrentar preguntas difíciles, a las que tenemos que ir a encontrar respuestas. Nos enciende esa indiferencia, ese desinterés, esa falta de ánimo que se transforma en esa chispa que cambia a un endeble velero en un barco fortificado. ¿Qué hago aquí, metida en semejante lío? Es la pregunta que cada maestro se hace cuando cree que las cosas no saldrán bien, cuando falta la fe y desfallece el empuje. La respuesta viene con la perseverancia del que siembra. El maestro está ahí porque el llamado es tan fuerte que ni lo podemos dejar de escuchar ni lo queremos resistir. 

El que crea que ser maestro es para valientes, es que tuvo la suerte de tener a verdaderos capitanes de barco en el salón. Mis mejores capitanes tienen nombre y apellido: Úrsula Tomassi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Ramón Moreno, Fernando Bermúdez  Barreiro, Abraham Nosnik, Andreas Koch, Mario Paoletti, John McCabe… También he tenido alumnos entrañables que han sido los mejores contramaestres que cualquier capitán pueda desear. Así, ¿cómo no agradecer el privilegio de ser maestra?

Anteriores Entradas antiguas

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: