Más análisis y menos juicios

Las dicotomías tronadoras, las opciones divergentes, el bien y el mal, lo que se piensa a bote pronto puede llevarnos a tomar opciones equivocadas. La lógica se compromete cuando sin pensar, emitimos un juicio y condenamos. La ignorancia es la mejor amiga de la condena automática. La intuición muere ante el impuso de elevar el dedo y señalar lo que está mal, así porque lo digo yo. Rasgamos el tamiz del análisis y rompemos la criba por la que se han de filtrar los datos. Al son de: o estás conmigo o estás contra mí se concibe la estupidez. 

Lo más común es dejarnos ir por el embaucamiento, por esa tentación de emitir un juicio por el simple hecho de que se puede. Los chismes y las grandes tragedias brotan del mismo germen, opinamos sin saber. En un gran sinsentido, ponemos a un lado los argumentos y preferimos dejar de ver la evidencia para abrir la boca porque sí. Y, en pleno siglo XXI, con tanto adelanto, preferimos desandar los pasos y volvernos tan flamígeros como si fueramos perseguidores de la Santa Inquisición.

Entonces, con estos criterios, pongo ante el paredón lo mismo a una madre soltera que a un hermano voraz, a un hombre que le gustan  los tacones que a un delincuente, a alguien con la piel de color distinto que a una enfermedad contagiosa, al que se viste diferente, al que come algo que no he probado, al que huele a algo que no identifico, a una mujer que decidió ponerse corbata, al que extiende la mano para pedir limosna… En fin, todo lo que resulta ajeno se constituye objeto de juicio y no de análisis.

Cuando juzgamos de primera intención aumentamos el riesgo de equivocarnos. Reducimos el campo de la inteligencia. Las innumerables veces en las que hemos elevado la voz en contra de algo, lo que sea, porque no lo entendemos, trae como resultado errores que más tarde tenemos que enmendar. Caemos en la tentación del juicio a priori. El camino al error se pavimenta por todos estos actos de soberbia en los que despreciamos lo que nos resulta irreconocible. 

Todo empieza con un simple mecanismo de defensa que se transforma en un hábito destructivo. Es absurdo. Las señas de intolerancia hablan más de quienes las emiten que de sus juzgados. Pero, criticamos con una autoridad que no tenemos a las mujeres que luchan solas, a las parejas que se han vuelto a casar, al par de chicos que se arreglan demasiado, a las que usan tacones dorados, a los que se pelean, a los que viven de otra forma. No obstante, esos juicios se desbaratan por la incongruencia que los conforma.

Antes de caer en la tentación flamígera de juzgar, siempre es mejor analizar. No hay tema que no quepa en el análisis. Y, entonces, a partir de la observación, de la comparación, del estudio, se podrá concluir con mejores bases. Antes de abrir la boca, sería bueno reflexionar. Desde el chisme más sabroso hasta la negociación más intrincada, si pasa por un proceso de  disquisición, llegaremos a mejores puertos.

Por eso, ante un mundo tan revuelto, con escenarios tan encontrados, con tanto bocazas que tienen acceso a micrófonos, con tanto violento por las calles, con tanto burro haciendo gestos y arrugando la nariz, lo mejor es la prudencia del análisis. Lo demás nos pone en evidencia.  

Vida de un falsificador, Yasushi Inoue

Luna Llena y otros cuentos,
Yasushi Inoue,
Traducción de Gustavo Pita Céspedes,
Sexto piso, México 2016

Yasushi Inoue escribe en medio de la metamorfosis que sufrió Japón en los años cincuentas. Con palabras sencillas, muy bien elegidas, nos revela la tensión de un país destruído por la guerra que está dando a luz a una nueva nación. Se sitúa en la línea tirante que se dibuja para separar un pasado enigmático que puede caer en la tentación de desdibujarse ante un futuro tan incierto.

Inoue se hace cargo de esta sensación y entiende de la fuerza y el poder que necesita Japón como pueblo milenario, rico en tradiciones pero que fue vencido. Comprende el esfuerzo que se necesita para alcanzar el futuro y se da cuenta del cansancio de un pueblo que además de una bomba, padeció hambre, ausencia y mucho dolor. En esta condición, escribe Luna llena, una antología en la que se encuentra Vida de un falsificador, cuento cuya emoción regente es la mediocridad y, sobre todo, cuya intención autoral es la comparación entre un ser gris y otro luminoso, así como las consecuencias que devienen de ello.

El relato cuenta la historia de un hombre al que se le encarga la biografía de un pintor emblématico y muy exitoso, Keigaku, lo que lo lleva a toparse con la figura de Hara Hósen un falsificasor. Con gran sencillez, lo que demuestra la buena pluma de Inoue, nos presenta el contraste de la vida de un hombre que sabe apreciar la belleza de las formas y que es incapaz de crear algo similar, entonces, copia, falsifica y vende pinturas firmadas por el autor de moda sin ser auténticas. El falsificador y el pintor eran amigos y Hósen lo traiciona. El pintor se entera de lo que está haciendo su amigo y al confrontarlo, pierde cara y es humillado. Pero esa no es la historia principal, ese es el motivo narrativo. La verdadera línea corre alrededor de la mediocridad. 

El protagonista, un periodista cultural, se topa en repetidas ocasiones con la historia de Hósen al hacer las investigaciones para redactar la biografía del pintor. Así vemos la forma de la mediocridad de un hombre que desperdició su talento pictórico por dedicarse a falsificar. Lo que más interés despertó en mí del contenido del diario fue descubrir que el pintor, quien insolente y arrogante en su genialidad, no había tenido en su vida ni siquiera lo que se dice un amigo en el verdadero sentido de la palabra, lo que sí tuvo fue un compañero de nombre Shinozaki. Llegué a la conclusión de que era Hósen. (P. 15)

Inoue nos introduce en la curiosidad absurda que causa un hombre fracasado, gris, poco atractivo pero que genera una gran interés, Más que la brillante imagen del genial pintor Keigaku en los días de su juventud era la desventurada vida de Hara Hósen la que tendía a adueñarse de mi pensamiento. En la investigación de la biografía póstuma de Keigaku, el protagonista descubre que hay más obra falsificada que auténtica, las falsificaciones superan a los originales. Hósen tuvo un gran impulso creador, incluso superior al del gran genio, pero decidió falsificar en vez de desarrollar su propia obra. 

¿Cuántas veces nuestro fantasma evaluador llega a la conclusión correcta de que alguien hace mejor las cosas y entonces bajamos las manos y nos rendimos? ¿Cuantas ventanas de oportunidad nos hemos cerrado ante la certeza de que hay una genialidad mayor, tal vez más pura, sin duda superior y en vez de admirarla y seguir construyendo nuestras propias propuestas aventamos todo por la borda y nos conformamos? ¿Cuántas ocasiones decidimos rendirnos antes de librar la batalla por contmplar a otro guerrero mas fuerte en vez de usar la fuerza propia? Inoue nos hace reflexionar en este punto, ¡Qué tipo tan tonto! ¡Acaso no hubiera sido mejor que se dedicara a pintar sus propias obras en lugar de hacer algo tan fútil como falsificar! (P.27)

Así como la historia de Hósen se entremete en la cabeza del narrador, así Inoue nos lleva a sospechar que habrá grandeza en Hósen y juega con nuestra mente para hacernos entender el terror de la mediocridad: la magnificencia que Hósen creaba le pasaba desapercibida. Estaba tan ocupado en falsificar que no pudo ver su propio potencial. Hay gente así, que como Hósen, no lucha, quiere llegar al primer asiento sin recorrer el camino y si eso no se da a la primera, se opacan y pierden brillo. Está bien pintada, ¿no es cierto? Una cosa así supera incluso a la original… Y, es que una falsificación inevitablemente tiene que revelar por alguna parte su falsa naturaleza.  (P. 22)

La traduccion de Gustavo Pita Céspedes es impecable, tal vez elige palabras un tanto anticuadas, aunque es probable que haya hecho como una forma de fidelidad al texto original, ¿quién sabe? Traduttore, traidori, decía Octavio Paz. La sabiduría japonesa plasmada en setenta páginas de un cuento espléndido. La sencillez con la que un autor hace brillar su talento nos lleva a disfrutar la escritura de Inoue. Tantas historias grises que se encuentran después de una guerra, tantas cotidianidades pintadas de hollín, corroídas ante la genialidad ajena. Sucedió en el Japón de la posguerra y sucede el el mundo hípercomunicado de hoy. Muchos no puedne lidiar con la virtud ajena, pero la contemplan con esa curiosidad mórbida y dañina que ciega, enotropece, paraliza y mata.

Una esencia que el personaje Hara Hósen… Insufrible por su oscuridad.  Cuando pensaba en lo que llaman miseria humana, lo que de algún modo venía a mi mente era la imagen de un individuo delgado, de piel morena, semblante apático y sombrío… quien sin poder ver los fuegos artificiales que lanzaba, e indiferente al clamor del público, continuaba su labor… La tragedia de una persona mediocre , quien, en su roce con un genio y abatido por el peso de su figura, había acabado por desgastarse a sí mismo. (P.69)

Inoue tiene la asertividad de correr el velo, la mediocridad, gris por fuera carcome las entrañas hasta dejar un cascarón vacío que tarde o temprano se convertirá en cenizas y luego en olvido.



De armas y miedo

Según el Instituto para la Paz en Estocolmo, Estados Unidos es el primer exportador de armas en el mundo. Curiosamente, creo que también es el país que tiene más miedo y en el que el susto se convierte en la mejor arma de convencimiento para la gente en general. En el país del sueño americano, la pesadilla provoca temblores tan fuertes que la propuesta de vivir aislados, confinados por un muro, en vez de provocarles claustrofobia, causa simpatía. No se entiende mucho esta incongruencia.

Parece que el miedo que sienten, ellos mismos se lo están provocando. ¿Les gusta el dolor auto infligido? Los atentados se perpetran con armas que los propios estadounidenses están poniendo en el mercado. Cada bala, cada misil, cada tanqueta, cada avión de guerra, cada dron que ataca hoy al mundo tiene altas posibilidades de haber sido fabricado en territorio estadounidense. Según Zachary Cohen de CNN, EE.UU. es responsable de casi el 33% de las exportaciones de armas en todo el mundo —siendo, por mucho, el mayor exportador de armas del planeta— ¿pero qué países con los que más le compran?

¿A quiénes les venden? El top 10 lo completan Turquía, Corea del Sur, Australia, Taiwán, India, Singapur, Iraq y Egipto. El dato parece un despropósito, según los expertos de CNN, creen que Oriente Medio seguirá siendo un destino de primera para armas durante algún tiempo —actualmente representa alrededor del 40% de las exportaciones de armas de Estados Unidos— especialmente teniendo en cuenta el ascenso militar de ISIS. Es decir, el planteamiento de encerrarse a piedra y lodo para evitar los desaguisados que están provocando tiene un tinte de seguridad pero un origen económico. El bolsillo de alguien se llena cada que se vende un arma y no importa que muchos tiemblen de susto y se metan debajo de la cama. En todo caso, mejor.

Lo triste de la carrera armamentista es que se piensa que el cañón está apuntando a otro lado y no es así. La amenaza de las balas es genuina. La sangre que corre es verdadera. La muerte no es una ilusión. Las metralletas que tienen los terroristas le generaron utilidades a alguien y amargura a muchos más. Y, también sirve para asustar a la gente y convencerla de que el temor es lamforma de enfrentar al diferente.

Las razones del dinero no debieran ser argumento y lo son. El tema de la seguridad parece ser una argucia que incrementa la inseguridad y fomenta el miedo. Todo toma sentido en la rueda que gira dando vueltas al disparate. Unos cuentan billetes mientras otros tiritan buscando la forma de encerrarse a piedra y lodo. 

Los diez países que más compran armas dan luz del destino que pueden tener y del porque en Estados Unidos sienten que el cañón les está apuntando.

El adiós de López Dóriga

Joaquín López Dóriga se despide del noticiero estelar de Televisa. Las razones que lo llevan a decir adiós han generado una serie de rumores que alimentan la curiosidad de algunos. Hay quienes dicen que se peleó con empresarios poderosos, o que su mujer provocó a mujeres acaudaladas, o que se enemistó con políticos encumbrados. También hay los que opinan que la salud le está cobrabdo factura por los excesos de juventud. Se descosen hablando de vicios y consecuencias de los mismos. Lo cierto es que Joaquín se va y está como la canción, esta que se va y se va… Y no se ha ido.

La salida de López Dóriga no sorprende. Ya la habían pronosticado los chismes con mucha anticipación. Lo que sí llama la atención es que se haya tardado tanto en anunciarlo y sobretodo que nos diga que se va, pero no de inmediato. Parece que quisiera alargar una agonía y quisiera exponerla a los medios. Ver el Noticiero se convierte en la contemplación de una vela que se acaba la cera y apaga la luz. Pronto, ni el reflejo quedará.

Me recuerda el epígrafe de Tres tristes tigres de Cabrera Infante que hace referencia al brillo de La Habana que se acaba de apagar como resultado de la Revolución Cubana. Cambio Cuba y cambian los medios. El tiempo transforma lo que antes era normal y lo vuelve anticuado.

Más allá de chismes y efectos mediaticos, estamos frente a un cambio de paradigma. López Dóriga se va por las razones personales y particulares que sean, la verdad es que en el cambio de época, la fórmula del noticiario en horario primetime dejó de tener vigencia. Los jóvenes no se informan viendo la televisión. Eso es cosa de viejos. Los tiempos en los que la vida   nacional se paraba para escuchar a la estrella noticiosa, se acabaron.

Las verdades históricas se ven vulneradas ante las redes sociales. Los tiempos en que se informaba selectivamente y la gente se comía lo que le servían, fueron aniquilados por la posibilidad que tiene el público de acceder a otros medios. Las voces partículares no se callan por decreto, los manotazos en el escritorio, pasaron de moda. El poder de un comunicador está en el espacio virtual y la tele está transformando su formato.

Los modelos de comunicación se modificaron con la aparición de Internet. Las barreras de accesibilidad se están derrumbando. Los aparatos para conectarse los tiene casi todo el mundo. En México, el 82% de los usuarios de Internet lo hacen por medio de un dispositivo móvil, según el Inegi. Eso hace que el consumo de entretenimiento e información se haga más frecuentemente con un teléfono inteligente, una tableta o una lap top. 

Desde luego, la profundidad de los contenidos está directamente relacionada con la inmediatez o con el proceso editorial del medio. La confianza en lo que se consulta tiene que ver con el prestigio de quién lo dice y con la forma de decirlo. Los formatos transmediales, es decir, que transitan por múltiples plataformas, son la tendencia. Además, lo relevante es la accesibilidad. Si alguien tiene que esperar a ser informado en cierto horario, vuelve su interés a otro espacio. El público no está dispuesto a quedarse atento a que las manecillas del reloj den cierta hora para enterarse, menos si hay otras formas de conseguir el mismo resultado. 

Así, el formato de la televisión cambia. Los programas pregrabados pierden vigencia. Los horarios estelares pierden brillo. Los eventos deportivos son la mejor alternativa para la televisión dado que no hay forma de que todos los fanáticos estén en un estadio al mismo tiempo. Eso, por lo pronto, sigue igual; lo demás, no. La radio, a quienes ya muchos le habían aventado coronas mortuorias, resurge como un fénix al que todos le encuentran lustre y conveniencia. Puedes oír la radio y hacer algo más. Funciona si vas manejando, si lees, si estudias, si estas esperando… es accesible y algo importante: gratuito. Ahí es donde hay que estar. Ahí está López Dóriga, también.

Pero, se va de la tele. No importa que nos presuma su lista enorme de seguidores en Twitter, ni que tenga cuenta en Snapchat o que suba fotos a Instagram, esos complementos no sirvieron de pilares. El adiós de López Dóriga se puede deber a muchas causas, una de ellas es que el cambio de modos. La innovación es un mandaro que se convierte en un deber y el que no lo cumpla, se queda fuera del círculo. 

Fosas

Pareciera que el territorio nacional se está convirtiendo en una gran fosa común. Encontrar cadáveres apenas se rasca un poco la tierra se convierte en algo cotidiano. Abrir las páginas de un periódico, leer las noticias, enterarnos de muertos que encontraron el descanso eterno sin una lápida que nos revele de quién se trata, resulta tan espantoso como el peor de los cuentos góticos y, tristemente, es el reflejo de una realidad cruel.

Cuántos desaparecidos nos hace falta encontrar, cuántas madres que lloran a sus hijos sin saber qué les sucedió, cuántas mujeres vieron salir a sus esposos y nunca se enteraron qué fue de ellos. Sin un adiós de por medio, los círculos quedan incompletos y desde una tumba a cielo abierto los clamores de identidad no se escuchan.

En las coplas de la Llorona que se extienden en la tradición de todo México, encontramos reflejada la  tristeza de la perdida. La Llorona llora ante el río y busca las cenizas de sus hijos. Eleva la mirada al cielo, arquea la espalda y emite un gemido que hoy nos resulta tan actual. En la desesperación, vamos buscando sin encontrar y también encontramos sin buscar. Esa es la tragedia de un espacio en el que, como dijo José Alfredo, la vida no vale nada.

No vale ni una lápida ni una señal ni nada. No vale nada. Por eso, con tan sólo rascar, la tierra nos vomita huesos que sabrá Dios de quiénes serán. Jóvenes, viejos, niños, mujeres que perdieron la vida, que se las arrebataron y fueron lanzados a una fosa común en la que convertimos este territorio nacional.

Andamos perdidos, buscando culpables. Nos queremos lavar las manos y señalar en otra dirección. También, nos tapamos los ojos y miramos a otro lado, como si la tragedia fuera una enfermedad contagiosa que nos puediera atacar y como si el mejor antídoto fuera el disimulo. Cerramos los oídos ante el lamento sordo de México que grita: ¡Ay, mis hijos! Y, como no escuchamos, nos avienta los huesos a la cara. A ver si así hacemos caso.

Tiempos, inicios y un compromiso

Estamos en los tiempos de graduaciones, fines de cursos, exámenes finales, en el vértigo de acabar etapas, lo que significa estar  en los albores de otras. Finalizar nos pone a las puertas del inicio de algo distinto. Esta semana estuve en el cierre de la vida estudiantil  de varios de mis alumnos, me tocó darles la última clase de licenciatura, de maestría y fungir como sinodal de varios exámenes profesionales. Con frecuencia, me gusta hablar con mis alumnos de mis experiencias, no por otra cosa, sino porque es la forma de compartir vida desde la línea de golpeo sin la máscara de la teoría. Habló con sinceridad de lo que de verdad pasó.

Mi historia de inicios de la vida profesional es diferente. En la Ibero, donde tuve la suerte de estudiar, me dijeron —y lo creí— que me estaban educando para dirigir empresas, para coordinar grupos, para planear, fijar metas, determinar visiones, alcanzar objetivos. Por eso, cuando me ofrecieron dirigir una empresa de minisúpers en la Ciudad de México, lo más normal fue aceptar, sin interesarme que tenía cero experiencia.  A casi unos minutos de haber dejado las aulas, sin que me hubieran dado el título todavía, yo ya tenía oficina con puerta, secretaría, café y una sonrisa en la cara que no me cabía. Mi mamá en cambio tenía una preocupación del tamaño de la responsabilidad que yo no había sabido medir. 

La historia, como muchos podrán imaginar, cambió de ser el sueño dorado a la pesadilla de un compromiso enorme para el que yo no tenía los tamaños. Tuve que crecer rápidamente. El proceso fue doloroso, lleno de muchas angustias, dudas, malas y buenas decisiones, titubeos y una autoexigencia que me llevó a una flagelación peor que una monja en la Edad Media. Mientras tanto, mis compañeros ocuparon puestos que los hicieron escalar los peldaños profesionales con una velocidad adecuada y, sobre todo con menos angustia y más goce de vida. 

La vida tiene compensaciones, los equilibrios me han llevado a entender los claroscuros de dirigir. He tenido la enorme fortuna de estar al frente de equipos de trabajo, de formar directores, de capacitar ejecutivos, de pararme en salones de clase. Hoy, veo a mis alumnos con grandes posibilidades de entrar al mundo profesional a posiciones en las que deberán coordinar esfuerzos, determinar metas y fijar objetivos. Hoy como nunca, podran empezar proyectos de emprendimiento y subirse a ese pegaso dorado con el que siempre soñaron mientras estuvieron en clase. Muchos lo harán sin tener, como fue mi caso, un periodo de crecimiento y maduración.

Por ello, al finalizar su periodo estudiantil me gustaría, además de desearles toda la suerte del mundo, decirles que les toca tomar la rienda del mundo. Que no les cuenten cuentos. Hay tres batallas que se deben librar: la del ego, la de los vicios y la de los obstáculos. El grado de peligrosidad es el que les acabo de proponer. El ego es el peor enemigo, los vicios son el peor refugio y los obstáculos implican el desaliento que pueden generar.

Para todo lo anterior, el mejor antídoto es tener los pies en la tierra y la esperanza puesta en lo Alto. Las grandes batallas, las peores traiciones, los éxitos rutilantes, los logros apabullantes, las lambisconerías, las felicitaciones sinceras, los descubrimientos majestuosos, las caídas precipitadas, —que de todo ello, algo habrá en el camino profesional— siempre tendrán la dimensión real cuando somos objetivos y estamos atentos. 

Si a ello le sumamos que nada es eterno, que el triunfo es una probadita de cielo y el fracaso nunca es para siempre, lo mejor que me queda es la satisfacción de reiterarles mi compromiso como su maestra: aquí estoy siempre que les haga falta. Esta primesa no expira en las aulas. 

Al enemigo la ley

La frase atribuida a Juárez, Al amigo justicia, al enemigo el rigor de la ley, parece ser la moneda de cambio que se utiliza con cinismo en México. Es siniestro y también irritante ver como las autoridades disimulan por un lado y aplican severidad por otro. Sabemos que este es un país de contrastes, pero duele el estómago al contemplar tanta diferencia.

Por un lado, el discurso oficial habla del emprendimiento como la panacea. Dicen que es la esperanza que tiene el país y que se confía más en el emprendimiento que en el petróleo. Eso dice el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México con una sonrisa en el rostro. Pero, la serie de trámites que se deben salvar para concretar un proyecto evidencian lo contrario. Para hacer realidad un proyecto hay que tener un compadre poderoso, parece ser la consigna.

No hablo de opiniones, son hechos. La serie de sellos que clausuran negocios se encuentran en todas las delegaciones de la Ciudad de México en la que Miguel Ángel Mancera trabaja, o gobierna, o tiene su despacho. El nuevo nombre no cambia esta realidad de terror. Cada sello significa un sueño roto y dinero que se fue al caño. Al verlos, las terribles palabras Clausurado por violar la ley, nos hace sospechar que más que un laboratorio de metanfetaminas, ahí hubo un pobre al que no le alcanzó para la mordida.

Pero, igual que se ven sellos de clausura por doquier, también se ven construcciones en todos lados. La mayoría presumiblemente ilegales y en espacios que, a simple vista, son objetables. Nos preguntamos cómo es posible que se sigan consiguiendo permisos para edificar en lugares que ya no cuentan con agua, en espacios que no tienen infraestructura, en terrenos peligrosos. 

En un contraste manifiesto, vemos miscelaneas, tintorerias, restaurantes y, en general, pequeños negocios que son obligados a cerrar sus puertas y enormes edificaciones que se elevan sin problema alguno. Y, no hay otra que sospechar. ¿Por qué cerraron ese negocio y este otro no? ¿Por qué se toleran más complejos habitacionales en donde no se debe? Entonces, invocamos a Juárez. ¿Si no, cómo?

Si uno va y pregunta, las clausuras han seguido un procedimiento legal. Tratar de revertirlo es tardado y costoso. En la mayoría de los casos, la gente desiste. El dinero que se debió ocupar en producir valor, va a parar a gestores, abogados, coyotaje…, en fin, al caño putrefacto de la improducción. Al enemigo la ley, no hay duda. La severidad de los reglamentos, la dureza de las reglas, lo inflexible de las normas se aplica a los que ni tenemos conocidos, ni somos compadres de alguien importante o tuvimos el desatino de no entrar al círculo de privilegio.

Los merecimientos no se ganan por méritos. El mayor talento es contar con el beneplácito de alguien que pueda aligerar la carga legal y lograr que en vez de fijar la mirada en uno, lo hagan en alguien más. Para ello, no es necesario ser hijo del Tlatoani. Ser sobrino del que está en el mostrador, ahijado de la secretaria, vecino del que tiene el sello es suficiente. Ya ni hablar de ser amigo del señor delegado, del director general, del oficial mayor y de todos esos títulos neonobiliarios que pueden alcanzar la disoensa anhelada.

La sonrisa de los discursos oficiales y la lejanía de la realidad nos hace pensar en Juarez, al enemigo, la ley.


La adopción en parejas homosexuales

Juan 8:10 ¿Dónde están, ya nadie te condena?

El Presidente Enrique Peña Nieto es un hombre conservador. Lo dicen sus formas, su peinado, su vestir, sus opiniones sobre el uso y consumo de drogas, su vocabulario, su origen de formación. En esta tesitura, sorprende que ayer haya propuesto reformar el Código Civil para permitir que las parejas homosexuales adopten. Muchos lanzan vítores y otros se desgarran las vestiduras. 

La adopción en México ha tenido como vocación fundamental el cuidado de los niños. Es un proceso en el que se vigila que una criatura no vaya a cambiar una situación de desgracia por otra peor. Lo malo es que se ha velado tanto por estos intereses que se ha caído en el extremo y se ha privado a muchos pequeños de un mejor porvenir. El proceso para adoptar es largo, complicado y costoso. Conozco a parejas que han desistido y soy testigo de la felicidad que traen un par de niños a una familia que sin ellos tendría el nido vacío.

Cuando era pequeña, mi abuela materna nos llevaba a los orfelinatos a llevar juguetes a los niños. El recuerdo no es feliz. Nada feliz. Los niños vivían en condiciones tristes, a pesar de que las monjas que los cuidaban les daban lo mejor a su alcance. Vivían en condiciones dignas, sin duda.  Pero, la sensación de abandono se les dibujaba en el rostro. Los niños no sonreían. Daban las gracias por sus juguetes pero seguían tristes. Eran chicos entre cinco y once años. Nadie los iba a adoptar, ya estaban muy grandes.

Me pregunto si esos niños hubieran tenido de vivir en una casa con papás y hermanos, ¿estarían tan tristes? Tal vez no. En México hemos negado la posibilidad de generar felicidad a quienes quieren dar cariño y a quienes están ávidos de recibirlos. Así que, ordénense quienes se rasgan las vestiduras y aullan elevando la mirada desesperada al cielo. Si una pareja quiere adoptar, lo mejor que podemos hacer es construirles un pueste de plata y facilitarles el camino. 

En esta condición, ¿quién soy yo para levantar la mano y lanzar una piedra? Los modelos familiares han cambiado. Las familias con papá y mamá siguen siendo, desde mi punto de vista, la opción natural, pero no la única. Es más, lo común es encontrar familias uniparentales en las que el padre está ausente. Lo más frecuente son situaciones en las que el papá ni siquiera se conozca  y es la madre con la abuela o las tías las que sacan adelante a la familia. ¿Quién puede apedrear a todas esas mujeres valientes que toman la responsabilidad en sus manos y dan la cara por los suyos? Si un hogar puede dar cariño, es mejor dejar de criticar y abrirle paso al amor verdadero. 

Así, si una pareja formada por dos mujeres o dos hombres están en condición de dar amor y felicidad a un niño ¿por qué negar esa posibilidad? Sí, sé que muchos se estarán rasgando las vestiduras, otros estarán pegando de brincos. Yo estoy del lado de esos pequeños que pueden dejar la tristeza y transformarla en alegría porque una pareja será capaz de darles un mejor futuro. Que nadie condene un camino de felicidad. Hay que tenderle puentes de plata. 

Una llave para Dany

Hijita, cada que llega tu cumpleaños, el corazón se llena de tantas cosas que te quiero decir que crece y crece hasta sentir que va a estallar. Las palabras no siempre encuentran el mejor camino para hacerle justicia a los sentimientos. Se quedan tantas en el tintero y confio en que el cariño sepa interpretar todo lo que te quiero hacer saber. Tal como sucedió hace dieciséis años, todo se mezcla: el miedo del porvenir, el anhelo de que todo lo bueno, lo mejor y lo más hermoso te rodee y también, el susto de no haber dado suficientes herramientas, el orgullo de ver como haz crecido, las carcajadas que se nos han salido, la ternura que me provoca tu presencia y es tan grande lo que quiero decirte que la lengua se me hace moño y la palabra se tropieza. 

Quisiera, como lo quiere cada madre en el mundo, evitarte todas las amarguras, propiciarte todas las risas, ver sólo las lágrimas que salen por felicidad, darte las mejores alas para que vueles alto, advertirte que no las eleves tanto, ser mejor que Dédalo, prevenirte todos los peligros, amortiguar los golpes de la vida, explicarte mis motivos, darte mis ojos, mis manos, mis pies y todo lo que te hiciera falta. Pero, te digo, las palabras se me complican y las intenciones se desdibujan. 

Lo que quiero decirte es que te quiero con el alma y el corazón enteros. 

Me gustaría tener una varita mágica para que puedas conjurar los encantos que te lleven a la felicidad. Me gustaría tener una esfera para mirar el camino que te toca recorrer. Me doy cuenta que no hace falta. Llegaste al mundo dotada de tantas cualidades. La cajita de herramientas que Dios te regaló antes de nacer, es mucho mejor que lo que yo puedo figurar. Siempre ha sido así. Debes saberlo. Debes ser consciente de ello. Haz uso de tantos y tantos dones que tienes, a tu favor. Atrapa lo mejor de los tiempos en el puño de tus manos.

Así pasó cuando te pusieron entre mis brazos. En un parpadeo, pasaron dieciséis años. Desde entonces, he elevado los ojos al cielo para pedir las mejores bendiciones para ti. He rogado para que los angeles estén siempre a tu lado y los santos del cielo te acompañen. He pedido a la Madre de Dios que te cuide y no se aprate. Se suplicado a Dios que te guarde en el hueco de su corazón.

Me gustaría darte la llave que abre el mundo.No puedo. Esa llave la tienes que encontrar tú. Tienes que descubrirla y usarla en la mejor forma posible. Y aunque no puedo darte esa llave, te doy otra como signo de mis mejores deseos, de todo ese cariño y de todas las bendiciones que te quiero dar. El llavecín no abrirá cada puerta que se cierra, cada corazón que se priva, cada voluntad que se aleja. Esas las vas a abrir, resolver, acercar, descubrir, tú. Pero aquí voy a estar yo, que soy tu madre.

Estaré a pesar de las frustraciones, de los enojos, las desviaciones, las lágrimas y los sustos. Estaré lo mismo si hay cansancio, distancia, debilidad o alegría, fuerza y salud. La llave que te quiero dar, no existe, pero te doy una que puedas llevar contigo para recordan que a mamá se le hace moño la lengua cuando te quiere decir el inmenso cariño que te tengo. La llavecita de los secretos, de las complicidades, de los tesoros. Para que nunca te quede duda que eres capaz de abrir todas las cerraduras que te propongas. 

Feliz cumpleaños, hijita linda.

Letargo

Llega un momento en el que, consciente o inconscientemente, se baja el ritmo y se entra en un estado de sopor. El desfallecimiento impide mover los músculos y sin darnos cuenta tampoco se mueve la mente. No es cansancio y si lo es no se debe a la fatiga del deber cumplido, de la faena diaria o del desempeño cotidiano. Es un aburrimiento superlativo que llega un día y no se puede sacudir, es una especie de insecto que va acabando con la iniciativa, que se come la voluntad y en grado extremo hasta la sensibilidad.

El que lo padece, ni cuenta se da. Vive mirandose las uñas, metido entre las sábanas, refugiado en una pantalla y sus escasos contactos con el exterior son para reclamar, gritar o echar la culpa a alguien mas de lo que le sucede. Tomar las riendas de la responsabilidad resulta una proeza imposible de lograr. Y, en esta condición, se empieza a perder todo: no hay belleza, inteligencia, fortuna o cariño que alcance.

El letargo es una especie de ceguera que lleva a quien la padece al desfiladero. Es una sordera que imposibilita  escuchar las voces de alerta. Se deseña la mano amiga que quiere ayudar, se pasa por alto cualquier señal que indica peligro y los pasos se encadenan hasta llegar al acantilado y caer. El aletargado ve el sufrimiento que se instala a su alrededor y no parece importarle,  ve las heridas que provoca y no le duelen. 

A su alrededor, hay llanto y desesperación, pero ni lo entiende, es más parece no importarle. Se puede desmoronar el piso sin que les resulte relevante. El caos a su derredor no interesa. El letargo es una condición terrible que daña más que una enfermedad y destruye más que un incendio, precisamente porque quien lo padece no siente. Entones, eleva el dedo y señala al entorno, culpa a terceros y, en un caso extremo, se siente víctima de quien intenta ayudar. 

El letargo mete en un callejón sin salida al adormilado y a su entorno. Todos, excepto él, alcanzan a ver lo sencillo que es ponerse de pie, espabilarse y caminar derecho y feliz. Pero, la solución llega no cuando otros quieren, sino cuando el aletargado lo decide. El problema es que generalmente no decide. El letargo se come la voluntad y a veces, acaba con la inteligencia.

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