Una lección alemana

De los alemanes hemos aprendido muchas cosas: austeridad, orden, disciplina, hacer cerveza y la dureza de la claridad de ideas. Un alemán no hace concesiones, no traspasa límites ni por un milímetro, no olvida. Si caminas por Berlín, sientes la vergüenza de lo que se hizo mal. No se apapachan, son duros y afrontan la cicatriz del daño inflinfido con firmeza, no les tiembla la mano para levantar el dedo y juzgarse a sí mismos.

Al recorrer las calles de Berlín, al visitar sus monumentos memoriales, el museo del Holocausto no queda duda, los alemanes se hacen cargo y la severidad de su juicio no deja una rendija para que la duda se infiltre. Por si acaso, en Alemania los dichos se acompañan   con hechos: la ley prohibe hacer el saludo que se hacía para reverenciar al Fürher. Así, nadie se confunde. El símbolo nazi es una vergüenza y el que se atreva a usarlo, ya sabe las consecuencias.

En esa condición, no imagino a Angela Merkel ni a ningún ciudadano albergando dudas sobre el juicio de la historia. Seguramente, la Alemania nazi tuvo algunas cosas buenas, dentro de su maldad, alguse podrá rescatar. Así es la naturaleza humana. Pero, a los alemanes no les interesa. La cilesa fue de tal magnitud que opaca lo demás. Esa claridad es admirable. Una mancha en un mandil blanco lo hace ver suicio, está demás intentar ver los rastros de limoieza en algo que se ensució.

La lección alemana debería permear a rodos los pueblos. Especialmente, aquellos que desde su posición de vencedores, condenaron aquellos procederes y declararon la guerra a un símbolo con el que no se identificaron. El exterminio de aquellos años se hizo sobre la justificación del desprecio. Si los alemanes no toleran la mención de la iniquidad, ¿por qué esos países vencedores hoy imitan lo que ayer despreciaban? Seguro, olvidaron. Sólo los locos olvidan, valdría la pena aprender la lección de los alemanes.

La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

Los riesgos de la radicalización 

El mundo se estremece. En esta semana, la tensión brincó de Charlottesville a Barcelona. Apenas estábamos solidarizándonos con las víctimas de Las Ramblas cuando otro flash informativo nos volvía a quitar la calma: ahora era Cambrils. Los muertos y los heridos ni la deben ni la temen y les cubió la sombra del fanatismo atroz. Hoy, en el silencio del luto, la gente llora y Cataluña grita: No tinc por: No tengo miedo. Es valeroso salir a poner la cara frente al terror, pero la verdad es que nadie en su sano juicio puede decir que la vida sigue igual que siempre. El temor se aloja en el cuerpo al pensar quién será el siguiente.

Wikileaks advirtió sobre el proceso de radicalización en Barcelona. Es triste, pero la sociedad dividida se vuelve vulnerable. Romper el tejido social no es buena idea. Jugar a encender chispas pone en riesgo a la población. Frente a la tragedia, el análisis es necesario. Es indignante pero real: la unidad se ha roto por objetivos mezquinos: las aspiraciones políticas han agitado el avispero y han azuzado el odio en forma irresponsable. ¿Vale la pena esa división?

Entiendo que no es lo mismo ver el toro desde la barrera, pero esta fractura entre Cataluña y España siempre me ha resultado difícil de comprender. Entiendo las rivalidades porque se dan en todos lados. En México, en los años ochentas empezó una campaña en las ciudades de Guadalajara y Monterrey que decía: Haz patria y mata a un chilango. Chilango en aquellos años era la forma despectiva de dirigirse a los oriundos de la Ciudad de México. Los tonos iban escalando, las estridencias iban subiendo de intensidad y hubo un niño muerto. Todo empezó como un chiste, como algo gracioso. Un asesinato no da risa. Borraron las pintas y se acabó de tajo esa babosada. La sociedad se hizo cargo.

La división profunda que causó la campaña de Trump tiene costos y ya están empezando a pagar el precio. Las fobias y los odios que antes estaban guardadas en el closet, se exhiben en forma vulgar y tienen consecuencias. En Barcelona las pintas de odio se podían leer en todos lados. Desde el odio a los turistas hasta el desprecio a cualquiera que no hable catalán hay un arco de radicalización que termina sacando lágrimas. Es necesario conseguir serenidad y parar. 

El fundamentalismo es como la humedad en las paredes, se instila sin que nos demos cuenta y va dañando la estructura. De pronto, el paisaje urbano se mancha con desprecio y enseguida, el lenguaje ya se ensució con arrogancia y terminamos con ultrajes y vilipendios. Nos volvemos hijos de la soberbia y, llena la boca y la actitud de esa supremacía que me da ser quien soy, termino llorando una desgracia.

Los riesgos de la radicalización es que nos quedamos expuestos a la violencia. La petición del señor Hayer, padre de la víctima de Charlottesville, es lo conduscente: es urgente parar el odio. Decir que no tenemos miedo es una manera de continuar el camino, pero hay que recomponer la dirección. Si no, el hueco que forma la división entre la población seguirá siendo un riesgo y una oportunidad para que el mal penetre.

La petición de la Guardia Civil en Barcelona 

Otro golpe de terror. Barcelona cae víctima de la intolerancia, del odio y de la crueldad. El desprecio vuelve a protagonizar la narrativa de las lágrimas. La noticia recorrió los kilómetros y me llegó en forma de imagen al celular. No supe ni lo que estaba abriendo cuando ya enfrentaba el horror. La agencia noticiosa que daba a conocer los hechos en Las Ramblas subió un video de alguien que iba caminando, filmando a personas en el suelo, unas inmóviles y otras lastimadas junto a un charco de sangre. Ahora le tocó a Barcelona, trece muertos y más de cien heridos. Los sucesos tenían algunos minutos de haber tenido lugar.

En instantes, antes que nada, la primera reacción fue tocar base con la gente querida que vive en Barcelona. En seguida, la reflexión. Las imágenes eran brutales. Las redes sociales se poblaron de fotografías dramáticas. Las personas que vi, estaban en el suelo, victimizadas, dolientes, sin defensa. La pregunta gira en torno a lo que se debe hacer: mostrar e informar o abstenerse y respetar. Si difundir esas fotos es señalar y exhibir lo que es el terrorismo o si es dar escenario y servir de propaganda. 

La respuesta es de cada consciencia. La Guardia Civil pide que no se suban fotos a la red. Entiendo lo que dicen quienes se acogen a la libertad de expresión. Pero, pienso en ese ojo y en esa lente. En la necesidad de enseñar. En el temblor de las manos y en los esfínteres flojos, en las lágrimas y en las ideas que se agolpan sin encontrar coherencia. Sólo así se entiende que alguien pueda ir dando pasos, saltando heridos y muertos sin soltar el aparato y poner las manos libres a disposición de ayudar. 

El aturdimiento inmediato a la tragedia obnubila la sensatez. No se puede pedir prudencia a los que se escaparon por un suspiro de la casualidad de la tragedia. Pero, en la serenidad que llega en los minutos posteriores, se escucha la petición de la Guardia Civil. Por favor, no difundas las imágenes. El dolor es de todos.

Llevan razón. La necesidad de informar se debe subordinar al respeto de quienes perdieron la vida, de sus deudos, de sus heridos y de su gente. Barcelona llora. Lo de menos es si lo hace en la lengua catalana o castellana, si eres local o turista, si vas de izquierda o de derecha. Los que vimos las imágenes nos hermanamos con el sentimiento. Vayan las condolencias llenas de respeto. El dolor es de todos. Basta de odio. Basta ya. 

El padre de Heather Haye

El funeral de Heather Haye, víctima de los eventos de Charlottesville, acaparó la atención de los medios y de la gente en Estados Unidos. El presente se impusó al futuro. El inicio de las renegociaciones del tratado de libre comercio en América del Norte quedaron en un segundo lugar, relegados a un rincón de las redes sociales, de los informativos, de los medios de información. Las declaraciones de Donald Trump encendieron la ira de propios y extraños y fueron el cerillo que incendió los ánimos de todos los que no pueden creer los niveles de cinismo al que se ha llegado en terminos de racismo. En medio de esta estridencia, el panegírico del padre de Heather fue de gran impacto.

Con ideas sencillas, claras y sentidas, con una economía  de palabras el señor Haye deja al mundo una lección necesaria: Dejen el odio y perdonen como Jesús perdonó en la Cruz. En pocos meses, la sociedad norteamericana se ha dividido, casi  podemos escuchar el desgarre de ese tejido social y es momento de pararlo. Radicalizar no es buena idea. El escándalo de lo que este hombre ha hecho es lamentable. Vemos como movimiento racistas brotan de la misma forma que hongos en la humedad. Los que estaban ocultos, moviéndose entre las sombras, salen envalentonados y embravecidos.

Del dolor de un padre que despide a su hija brota una solución: dejar de odiar. Me impactan las palabras. Bajarle al desprecio que siento por este sujeto, por sus palabras y actitudes, no es fácil. Yo estoy lejos, los que están cerca lo deben tener más complicado. Dejar el odio es la mejor alternativa. Esta noche, en Charlottesville la gente salió a la calle con velitas encendidas para tratar de darle batalla al desprecio y lugar al perdón. Ojalá muchos sigan ese ejemplo y encuentren la generosidad para disculpar. 

Me asombra la potencia de las palabras del padre de Heather Haye, que se pone a la cabeza, lo dice en primera persona y empieza a dar pasos para ir adelante, espero que su ejemplo se pueda seguir. Estados Unidos está dividido y en esa condición, se debilita. No es ese el camino de la grandeza, es al revés. 

Las tentaciones del odio

Las tentaciones son esas atracciones que tenemos para seguir un camino que no siempre es el correcto. Funciona como una seducción que nos embauca y nos hace preferir aquello de lo que nos debieramos alejar. Los sentidos se adormecen y las alertas se desestiman y miramos a la oscuridad con cierto anhelo. Pero, generalmente, la consciencia llega en nuestro auxilio y nos toma de la mano o de la oreja para regresarnos al sentido correcto.

Por desgracia, no siempre hacemos caso.

Las tentaciones que tiende el odio son tan sutiles que no nos damos cuenta cuando caemos en sus redes. De repente, arrugamos la nariz frente a un olor desagradable, o nos alejamos de la suciedad, o se nos revuelve el estómago cuando vemos algo que estimamos asqueroso y dejamos de ver que esa reacción no la causa un objeto sino un sujeto. Cuidado, ahí ya nos mordió la os uridad y nos instiló su veneno.

Las advertencias frente al abuso, la discriminación al diferente, la marginación al desposeído son conceptos fuerte y hay gente a la que le dan poder. Es triste. El mundo se ha empeñado en trazar líneas de injustica. Si alguien tiene la piel de color diferente, habla distinto, se comporta, le gusta, come, cree, vive a su modo y no al mío: rechazo. Así se empezó a conformar una tendencia que sedujo amuchos.

El deber ser, timidamente, se arinconó y dejó que la estridencia de esas voces brincara a la escena mundial. Los nombres que más nos alarman son esos del Kukuxklan, Neonazis, Racistas, Sexistas, Pederastas y piensen en tantos otros que podemos recordar. Sí, claro. El problema empieza cuando soy capaz de elevar el dedo juzgón y señalar al otro y no en mi propia dirección.

Los discursos de odio empezaron a tener éxito. No sólo Theresa May y su tendencia separatista o la ultraderechista Marine Le Pen o el mismisímo Donlad Trump han contribuido a ello. El desprecio al migrante, al débil, al que nada tiene, al que está viejo o enfermo se difundió como una bacteria contagiosa y muy infecciosa. La población se sivide y el Ser Humano explota lompeor de sí. Pero ver las cosas a la distancia es infantil e irresponsable.

Si me da risa un chiste misógino o que se burle de un gay o me alejo de alguien porque se viste distinto o porque cree en algo que yo no, o porque no sabe ni leer ni escribir o por cualquier motivo irracional: malas noticias, ya nos mordieron la mano, ya caímos en la tentación del odio.

Amenezas que no son bastante duras

Es la típica situación que se repite en todos los hogares del mundo. Un hijo hace algo que no debería haber hecho, una travesura, una grosería, algo que no fue correcto.para que se corrija y cambie su comportamiento se recurre a una amenaza:  un castigo ejemplar,  un azote, no poder jugar con los juguetes, no salir al parque o lo que sea que le ponga sobre aviso. Si haces algo vendrá una consecuencia. Pero, si la amenaza no se cumple, el límite se desgasta. Si vamos a amenazar y no estamos dispuestos a cumplir, mejor deberíamos cerrar la boca. Las consecuencias de intimidar y que luego no pase nada, es que nos convertimos en el hazmereír del amenazado.

El que amenaza muestra miedo. Si te digo que te voy a pegar, me asusta levantarte la mano. Cuando alguien quiere hacer algo y está convencido de ello, no anda advirtiendo, sencillamente lo hace. Andarle haciendo al gallito con los hijos tiene consecuencias fatales para su formación. Andar intimidando, cuando eres el Presidente de los Estados Unidos es otra cosa. El apercibimiento de un mandatario es cosa seria, a menos que se trate de Donald Trump vociferando frente a Corea del Norte.

El anciano de la Casa Blanca eleva el dedo adminitor y le advierte al escuincle maleducado de Corea del Norte que le llegará un castigo terrible si hace algún movimiento contra Guam. El mocoso le saca la lengua al viejo. Entonces, como si estuvieramos viendo un cuadro cómico de Groucho Marx o del mismísimo Charles Chaplin, vemos al abuelito hacer un berrinche mayúsculo y proferir amenazas como una cafetera destartalada a punto de deshacerse entre vapores y chiflidos. El niño le hace una trompetilla y el hombre añoso, rojo y con un lenguaje cercano a Cantinflas, vuelve a amenazar. 

La escena nos da risa y luego se nos quita al momento en que caemos en la cuenta de lo que estamos hablando. El mundo mira con horror la torpeza norteamericana, no podemos decidir si nos dan ganas de reír o llorar. ¿Qué está pasando en un país cuyas flias y fobias los sacaron de la realidad? El odio a ultranza, la falta de reflexión, los valores trastocados, la ignorancia y la patanería han dado como resultado a un engendro que no sabe mandar y quiere resolver todo a base de amenazas, que no va a cumplir.

La diplomacia es una herramienta más elegante y, sin duda, más eficaz. Pero, eso es pedirle peras al olmo. Ser firme no significa ser violento o actuar a base de gritos histéricos. Se trata de entender y planear, de ser un estratega y tener la talla de un mandatario. Para ello, hay que tener claro el motivo de la disputa y el objetivo que se quiere alcanzar. Por supuesto, siempre hay que intentar de ser los más coherente posible para poder defender argumentos y que tu contraparte note que tienes claro el camino a seguir. 

Pero, eso hoy por los rumbos de la calle de Pensilvania, es mucho pedir. Casa nación tiene el gobierno que merece. Pobres estadounidenses, se conformaron con poco, se dejaron encandilar. El mundo los miraría con ternura si no fuera porque están agitando el avispero atómico. 

El viejo dinosaurio 

El PRI más que un gato al que jamás se le acaban las vidas, es como un viejo dinosaurio que cada día adquiere nuevas mañas. Cualquiera entiende que un anciano tiene manías, pero se le disculpan por la sabiduría que ha alojado a lo largo de los años. Lo malo es que el Partido Revolucionario Institucional parece cada vez menos listo, menos ilustrado, menos prudente. La sapiencia no está en los inventarios registrados en su almacén.

La corrupción mancha al partido tricolor, se les notan las costuras y da vergüenza ver el legado. Claro que no es lo mismo Diaz Ordaz que Peña Nieto, la metamorfosis se ha dado. Y, justo es decir, que no todo ha sido malo. Pero al paso del tiempo, las cualidades de antiguos mandatarios priistas se han perdido: la capacidad oratoria de José López Portillo, la sagacidad de Carlos Salinas de Gortari, la sobriedad de Miguel de la Madrid, la disciplina económica de Ernesto Zedillo. Y, desde luego, estos notables tampoco fueron brillantes del todo, tuvieron lunares muy oscuros que ensombrecieron su gestión. También hubos cosas buenas de otros priistas: las formas de Jesús Reyes Heroles, las ideas de Jesús Silva Herzog, los conocimientos del Ing. Félix Valdés, aspectos positivos que hubo y que de verdad existieron. 

No se trata de hacer un panegírico del PRI, es al revés. En otras épocas hubieron sujetos como Fidel Velázquez, Jongitud Barrios o la mismísima Elba Esther Gordillo. Se trata más bien de ver que el dinosaurio se está poniendo peor. El presidente Peña no tiene esa capacidad para hablar en público como la de José López Portillo, ni es capaz de disciplinar a su equipo y mantenerlo en unidad como Diaz Ordaz, ni tiene gente en su gabinete de la talla de Javier Barros Sierra. Se extrañan  presencias al frente del país que tengan madera de estadistas, se echan de menos esas mentes estrategas que tenían visión y amor por México.  Me imagino al primer secretario de Comunicaciones y Transportes frente a Ruiz Esparza y lo que le diría sobre entubar un manantial en una vía rápida de largo itinerario sin que se verifique el peso del transporte que va a pasar por ahí. El socavón es sólo una muestra del envejecimiento del PRI.

El partido es como ese viejito necio y soberbio que no se da cuenta de que todos a su alrededor se están enfandando de tener aue cuidarlo. Este dinosaurio viejo está sacando chispas pues sus usos y costumbres ni encajan con la actualidad ni le gustan a la gente. Basta ver anuncios espectaculares pagdos, dando gracias al señor presidente por los favores recibidos. ¡Ay, Dios! Y, si esto es así, ¿por qué sigue ganando? Parece que las opciones que tiene el electorado tampoco convencen mucho que digamos. Pero, no se deben confiar. Sus márgenes de éxito se han reducido mucho. 

Pobre dinosaurio viejo. Abre candados para una candidatura que lleva a un ciudadano a postularse a la Presidencia de la República. Como ya está viejito, le falla la memoria. Ya se le olvidó que cuando hizo algo similar con Ernesto Zedillo, se enfrentó a la alternancia del poder. Perdió la silla grande. Claro, fueron circunstancias muy diferentes. Hoy, Margarita o Roberto no se acercan a lo que fue el fenómeno de Vicente Fox y López Obrador no es Cuahutémoc Cardenas. 

Parece que este viejo, además de experiencia, tiene suerte. ¿Le alcanzará?

La deuda de los estadounidenses 

Relacionar dos puntos que no tienen nada que ver y hacerlos concurrir en el mismo escenario trae resultados sorprendentes. Especular alrededor de datos inconexos puede servir de poco aunque nos lleva a reflexionar sobre realidades que otros no ven. Por ejemplo, qué tiene que ver el incremento récord en la deuda de tarjetas en Estados Unidos con el liderazgo que Donald Trump ejerce desde la Casa Blanca. Puede ser que nada, que imaginar un punto de contacto entre estos dos datos sea forzar las cosas, o puede que lleguemos a conclusiones sustentadas.

Mi hipótesis es sencilla. Me parece que el pueblo estadounidense no está deteniéndose a pensar. Se cree lo que le dicen sin pasar por el filtro de la reflexión más sutil. Les dicen, por ejemplo, que un país extranjero pagará la construcción de infraestructura en su propio territorio, un muro, y no les explican ni cómo ni cuándo. Les venden crédito caro y lo compran sin recordar lo que sucedió con su sistema financiero por no saber administrar sus deudas.

Desde lejos, pocos entendemos cómo es que Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos. Tampoco entendemos cómo es  posible que los niveles de deuda con tarjeta de crédito hayan superado el hito ominoso de 1.02 billones de dólares al mes de junio, rompiendo el registro establecido justo antes de que el modelo se colapsara en 2008.  Vemos a un pueblo   estadounidense que no quiere ver al futuro, conformándose con un presente que vibra como bomba de tiempo y está por estallar.

Vemos un pueblo estadounidense algo ingenuo que va arrastrando alegremente sus saldos en tarjeta de crédito, mes con mes, cocinándole el caldo gordo a los bancos que están haciendo el negocio más lucrarivo gracias a la credulidad. Nos da ternura escuchar a un presidente que es aclamado por los ineducados, mientras el vociferante les espeta en la cara su falta de preparación.

La deuda de los estadounidenses alarma a los que vemos lo que está sucendiendo por allá. Las alertas en el tablero de control ya se encendieron desde enero. Puede ser coincidencia, puede que no tenga nada que ver, pero las señales están ahí desde los primeros días del año. Todos miramos a Estados Unidos con nerviosismo. La palabra que nos angustia se llama incumplimiento. No podrán cumplir lo prometido. Ni el señor Trump, ni aquellos que sacaron la tarjeta y la deslizaron felices. No queremos ver lágrimas. Ahí están los signos. Puede que, al final, sí sean datos concurrentes.

Agentes migratorios

Elevar el dedo para criticar al otro es una práctica común y un deporte con mucha afición. Ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que traemos cargando es tan antiguo que ya es palabra de Dios. Los temas migratorios sacan chispas, especialmente cuando nos referimos a los agentes encargados de este tema. Por supuesto, siempre nos imaginamos a un estadounidense abusivo de mala entraña que se pasa de listo con un pobre migrante latino. La escena la conocemos y sabemos que se repite todos los días y que ahora las prácticas en las que se atropellan los derechos humanos son más frecuentes. Sí del otro lado de la frontera no respetan al migrante. Pero, para nuestra tristeza, de este lado tampoco.

Zorayda Gallegos nos pone el dedo en la herida que más queremos esconder. Los agentes migratorios mexicanos no son peritas en dulce. Gallegos reporta para el periódico El País que estos oficiales extorsionan a las familias de los migrantes que están a su cargo en centros de reclusión. No son casos aislados, es un mal que se ha generalizado. Las malas prácticas son un mal sistémico en los diecisiete centros a cargo del Instituto Nacional de Migración. En estos lugares, lo cotidiano es el uso excesivo de fuerza, el abuso, el trato inhumano, hacinamiento, malas condiciones de higiene y una serie de atropellos para las personas que violaron la ley al entrar sin documentos al territorio nacional.

El comité ciudadano del Instituto Nacional de Migración documentó ciento veintidós casos y recisaron ciento cincuenta expedientes. La gran mayoría de los revisados son migrantes centroamericanos, especialmente de Guatemala, Honduras y El Salvador, aunque también hay nicaragüenses. Lo que encontró el comité pone los pelos de punta. El migrante que se tope con un agente migratorio ya se puede poner a temblar y a elevar sus mejores orwciones al cielo.

Los principales delitos que comenten los agentes migratorios contra los migrantes son: robo, extorsión, privación ilegal de la libertad y homicidio. Lo hacen portando uniformes oficiales y luciendo el escudo nacional. Es una vergüenza. Mientras nos quejamos del trato inhumano que reciben los nuestros en Estados Unidos, aquí le damos vuelo a la hilacha y nos portamos igual o peor que aquellos a los que criticamos y nos queremos comer vivos. Evidentemente, una cosa no redime a la otra. Tal mal allá como acá. El tema migratorio es doloroso.

Duele al que se va  por lo que deja, por los sueños rotos, por la esperanza que se acabó, por la necesidad de huir. Duele al que se queda por la incertidumbre de no volver a ver al ser amado, por el susto que da saber lo que va a padecer, por el terror de enterarte de todos los padecimientos que enfrentará. El migrante, sinembargo, es un valiente que ante la adversidad busca alternativas en vez de achicarse y conformarse. Pero, apenas sabemos de estos pesares que causamos. 

Los mexicanos debemos exigir a nuestras autoridades lo mismo que se exige a los Estados Unidos, trato humano a un semejante que busca un sueño. ¿Es muy difícil?

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