Estúpida esperanza

Parece el título de alguna canción cursi y en realidad es la declaración que hizo Susana Zabaleta en un twit a Sergio Sarmiento. Hace referencia a la euforia que le causó el triunfo de López Obrador y el gusto por ver a La Gaviota volar fuera de Los Pinos porque ahora sí iba a haber dinero para la cultura. Pobre.

La desolación que le causa la realidad, la desilusión de ver que aquello que soñó se está convirtiendo en pan con lo mismo, lejos de darme ternura, me da rabia. Los líderes mesiánicos tienen procedimientos muy similares: prometen y cumplen poco. Ya en campaña, ver como AMLO tocaba niños que le acercaban con la esperanza de sanación nos hacían sospechar en una especie de acto pentecostal más que en uno de campaña.

Pero, así son las caras bonitas. Zabaleta creyó lo que quiso creer, igual que muchos mexicanos. Eso no es culpa de quien promete, es responsabilidad de quien se traga el anzuelo y lleva a muchos que admiran su figura a abrir la boca y engancharse en lo imposible. Es lo de siempre, prometen cielo y estrellas y al final, lo que dan son puros palos.

La esperanza debe de tener fundamentos. Claramente, Zabaleta que quiere dinero para la cultura, no se dio una vuelta por los textos de George Orwell ni leyó Animal Farm, o si lo hizo,olvidó. La ingenuidad se sustenta en un lugar distinto a la estupidez. Un ingenuo no sabe y por eso corre el riesgo de irse de bruces.

Los adoradores incondicionales de AMLO se la quieren comer cruda, sus detractores acarician al gato y dicen: te lo dije. Pero, a decir verdad, no podíamos esperar peras del olmo, ¿o sí?

Ni modo, Susana, esto es lo que hay porque esto fue lo que votaron.

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Ayudar

Ayudar, pero, qué tanto. Hasta que duela, habría contestado Santa Teresa De Calcuta. Ya nos está empezando a doler. La condición de la peste es contagiar el mal. Por eso, la prudencia al prometer siempre es recomendable. Ni modo, hemos criticado a quienes han abusado de los migrantes. Especialmente, hemos alzado la voz en defensa de los abusos a mexicanos que han cruzado la frontera en busca de lo que aquí no pudieron encontrar.

Por fortuna, la expulsión de mexicanos de nuestras tierras va en descenso. Parece que si México no es la tierra que mana leche y miel, para muchos es mejor quedarse aquí que irse para allá. El problema es que los migrantes extranjeros que llegan a nuestro país se enfrentan con corrupción, maltrato, condiciones miserables y con un Estado Mexicano que prometió bondades y los está deteniendo para contener una crisis diplomática con Estados Unidos.

Si ayudar hasta que duela tiene límites, en México estamos empezando a ver las consecuencias de recibir a más gente de la que podemos ayudar. La casa es frágil, el conductor de nuestro barco anda dudoso, la tripulación no se ve muy hábil, la violencia va en aumento y, de repente, nos topamos con un problema que nos estalla en la nariz.

Me parece que México es como esta casa en la que hay adolescentes en crisis y en un momento, al papá se le aflojó la boca e hizo promesas. De repente, su hermana le manda a sus hijos para que le ayude porque ella no puede con ellos. Los sobrinos no quieren estar ahí, van de paso, pero comen, duermen, van al baño en su casa. La mamá no está nada contenta de recibir a los hijos de la cuñada en casa y tiene que estirar el gasto aún más, cuando ya de por sí, no le alcanzaba. Hay que ayudar, dirá el papá. ¿Cómo?, preguntará la madre mostrándole el monedero con billetes de baja denominación. Unos sobrinos se portan bien y otros muy mal. ¿Qué hacemos?, preguntarán los hijos que tienen sus propias necesidades.

Dar un trato solidario a cualquiera, sin importar dónde haya nacido, es un imperativo. Ni hablar, pero al decidir a quién ayudar primero, a propios o a extraños, la panza se nos hace nudos. Hemos sido contagiados por la peste porque en el fondo, sabemos la respuesta.

Siete años

Hace siete años empecé a escribir este blog. Como todo lo que se inicia, hubo incertidumbre, ¿quién me leerá?, dudas, ¿es serio escribir un blog?, cuestionamientos, ¿para qué? Y entre todas las preguntas que se me ocurrieron antes de empezar, la que jamás se me ocurrió plantearme fue ¿por cuanto tiempo? Seguro pensé que lo que durara seria bueno.

Lo que jamás me imaginé al empezar a escribir este blog hace siete años fue la cantidad de satisfacciones que me iba a traer. Gracias a este blog, he recibido mucho. Me ha dado la posibilidad de reencontrarme con gente del pasado, de comunicarme con mis alumnos, lo mismo con los que están en el aula, como con aquellos que hace muchos tiempo que pasaron por mi salón, me ha acompañado al andar por el Camino de Santiago, ha viajado conmigo a Sudamérica, a Europa, a Asia. Ha contado sobre mi experiencia en Jerusalén, en el Roland Garros, en aquella final en que Roger Federer alzó por única vez la Copa de los Mosqueteros, ha felicitado a los míos en sus logros y ha contado mis tristezas y preocupaciones. Se ha metido conmigo en las pastas de los libros y me ha impulsado a escribir columnas de opinión en publicaciones como Forbes, WSI, Correo. Ha reportado sobre los premios y se a topado con uno que otro tropiezo. Vienen conmigo a San Miguel de Allende y a Acapulco.

En este blog se reúnen muchos lectores de tantas partes del mundo y esa diversidad me sigue pareciendo un misterio. Y, lo más importante que me ha dado son lectores. Gracias a los que han estado aquí desde el primer día, a los que van llegando, a los que no se han ido. Estas ventanas se abren para mostrar lo que estoy pensando. Gracias a los que se asoman desde España, Colombia, Puerto Rico, Australia, Austria, Dinamarca, Israel, Noruega, Francia, Italia, Estados Unidos, Japón, a los de cada rincón de este mundo que vienen a ver lo que hay por aquí, gracias a mis paisanos, a cada mexicano que me sigue.

Escribir.

Escribir es como lanzar una botella al mar que lleva un mensaje, es la esperanza de que alguien la encuentre, le quite el tapón, saque el mensaje y lo lea. Gracias, porque cada día tengo la satisfacción de que esa botella sufre el milagro de la multiplicación. Gracias por darme la satisfacción de saber que me leen. Cada año se aumentan el número de visualizaciones y mi agradecimiento se vuelve exponencial.

Gracias por ayudarme a cumplir estos primeros siete años.

Un pedazo de vida (Shakespeare Palace)

Shakespeare Palace,

Ida Vitale,

Lumen, México (2017)

Asomarse a la vida de un escritor tiene algo de curiosidad y de metichería a la que el propio autor invita cuando presenta una autobiografía. En el caso de Ida Vitale, con Shakespeare Palace la invitación que nos extiende es prudente, nos dejará asomarnos, pero poquito. Nos narra un fragmento de su vida, diez años: de 1974 a 1984, en los que vivió el exilio en México.

Ida Vitale nació en Motevideo en 1923, es una de las poetas más importantes de la Generación del 45 de Uruguay, que reunió a autores tan diversos como Idea Vilariño, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Amanda Berenguer, Emir Rodríguez Monegal o Ángel Rama. A pesar de que Ida Vitale rechaza el criterio generacional para organizar la literatura, hay un hilo conductor y de unión que este grupo tuvo en común: ideales políticos bien definidos, la actitud rebelde típica de la juventud de cualquier parte del mundo. Ida Vitale se casó con Ángel Rama: tuvieron dos hijos y más tarde se divorciaron. Con su segundo marido, el escritor Enrique Fierro, la poeta huyó del golpe de Estado que sufrió su país en 1973. Su exilio mexicano duraría diez años, hasta que en 1984 los militares sometieron a plebiscito su permanencia en el poder. Acataron el resultado contrario y la pareja regresó a Montevideo para marcharse, años después, a Austin, Texas.

“Existe un dolor previo a operación y confiamos que se anulará con lo que aceptamos padecer. El resto le incumbe al cirujano. En el exilio, las responsabilidades pasan a ser mayoritariamente nuestras.” (p. 64)

“El exilio a veces implica el alejamiento de una sociedad, que siendo la nuestra, es decir, estando vinculados a ella por obligaciones y derechos, de pronto deja de correspondernos, de ser acogedora”. (p. 65)

Shakespeare Palace es un guiño que la autora uruguaya hace al lector que está a punto de meter la nariz entre las pastas del libro que cuenta parte de su vida, es la memoria del exilio de Vitale en México que le abrió las puertas y la recibió durante la dictadura uruguaya. Es el relato narrado por una mujer de 95 años que conserva sana la lucidez e intacta la elegancia poética. Vitale nos permite entrar a su cotidianidad, a la forma en que se enfrenta con la magnitud de la Ciudad de México, a la generosidad que muchos funcionarios y artistas mexicanos le dispensaron, primero a ella que llegó antes que su marido y luego a su esposo, para integrarlos a una sociedad que siempre ha recibido con brazos abiertos a exiliados y, para ella, lo que significó aceptar esas gentilezas.

“Un distinto estado de espíritu, una para mí sorprendente aptitud para aceptar lo que viniese, me llevaba a no discutir nada, predispuesta al nuevo trance.” (p.33)

 Esta autobiografía nos permite atisbar la vida de la intelectualidad mexicana desde la visión de una extranjera que describe lo que significa vivir el exilio en México y nos ayuda a comprender y valorar los pequeños quehaceres cotidianos que, al cabo, configuran nuestras vidas. O, como lo expresa la propia Ida Vitale:

“Como todo lo bueno, suele ser ignorado” (p. 113)

Escribe para pensar en lo suyo, para legitimar su efímero paso por el mundo y para acreditar que no estuvo sola en ese paseo, que hubo hombres y mujeres con un nombre propio y una vida que merece ser recordada. Habla lo mismo de su casero que de Octavio Paz, habla de sus quehaceres en el Colegio de México y de cómo es manejar un VW en el tránsito de la Ciudad de México, habla de otros exiliados: uruguayos, argentinos, chilenos. Escribe para recuperar recuerdos:

“No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad… Sin embargo, la libertad tiene sus recursos y los usa en la elección de sus recuerdos”. (p. 11)

En Shakespeare Palace, Ida Vitale consigue una amalgama bellísima y extraña de desorden y pulcritud, de recuerdos azarosos y análisis clarividentes. Nos lleva a presenciar junto a ella, la comida de una fonda que las cenas en casa de Alvaro Mutis. Transforma la neblina del pasado en una literatura radicalmente contemporánea: no nos cuenta la sucesión de años de vivir en México sino sucesos. No sigue un orden cronológico sino que libera los acontecimientos del yugo del tiempo: un fulgor apenas que sin duda merece ser contado.

“Mi empleo del tiempo no conocía digresiones, porque siempre estaba llamada por una urgencia muy concreta tendiente a hacer del vago futuro una construcción más o menos amable, dotada de perfiles no agresivos en medio de la irregularidad implícita en el hecho de ser extranjeros”. (p. 67)

Ida Vitale afloja la pluma y condensa con lucidez y elegancia poética el estupor y el desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio. Es prudente ya que en sus recuerdos aparecen celebridades como Gabriel García Márquez, —y nos sorprende con un anacoluto extraviado en Crónica de una muerte anunciada— de Octavio Paz y la generosidad que siempre tuvo para las letras de Elena Garro, Juan Rulfo o Julio Cortázar. Al mismo tiempo, nos narra de poetas maravillosas y desconocidas como la mexicana Enriqueta Ochoa o la argentina Elena Jordana, que fue su vecina y fundadora de las ediciones de El Mendrugo donde publicó, sin ir más lejos, Nicanor Parra. Personajes en este texto que han muerto y ella sigue viva.

“Corredores in fin de la memoria, decía Octavio. Corredores que van entre la oscuridad y la luz y en lo que me pierdo por momentos, pero en lo que tambióne registo amigos que lo son desde un tiempo cuyo comienzo me cuesta fijar.” (p. 196)

 En las memorias de Vitale hay también gente de la que habla y que no tienen nombre en el texto: colegas, compañeros de trabajo, indígenas con vestidos de manta, vecinas divinas y caseros hermosos; como siempre, algún impresentable al que se refiere sin dar nombre: vidas que ya fueron y que, sin embargo, se empeñan en no irse porque, como afirma la poeta, existen los “muertos-río”: seres queridos que siguen con nosotros mientras nosotros los pensemos. Vitale nos enseña que los seres queridos son extensiones de nosotros mismos, prolongaciones de nuestras carnes, tuétanos de nuestros huesos. Por eso, la poeta uruguaya convierte esta autobiografía en un homenaje a la vida de los otros: huellas y ausencias imborrables.

“Sin duda, pertenecía a esa clase de seres cuyas importantísimas actividades, horarios y requerimientos deben ser conocidos y acatados por el resto de la insignificante humanidad” (p. 102)

Abrir la cortina y permitir que otras generaciones de asomen a ese México, a esa América Latina y a esa intelectualidad de los años setentas y principios de los ochentas justificaría por sí sola la existencia de este libro que, más allá de un mero ejercicio sentimental, es una fuente riquísima de imágenes de la Ciudad de México. Pero, Ida Vitale es poeta y se fina en los pequeños detalles: el canto de los clarines, el tráfico urbano, el sabor sin escapatoria del chile o el hacinamiento de los transportes públicos. El recuerdo de una lluvia de polvo asfixiante y la nieve sanadora casi mágica por inusual en México. Un día nevó en el monte Ajusco y la poeta uruguaya escribió: “Hacer bello lo otro / es gloria de la nieve”.

La escritura de Vitale es enigmática y certera, metafórica y clarísima en la disección de las emociones más íntimas e intrincadas de la experiencia humana. Sin embargo, algunas veces, nos resulta fría. Aleja el ojo del narrador, especialmente cuando narra que sus hijos, exiliados también y que vivían con su padre, o cuando nos cuenta que su marido murió. Lo hace desde la distancia narrativa que le permite el dominio de la pluma. Nos muestra la nostalgia de una mujer que vuelve la vista sobre su propia vida:

“La nostalgia raramente llegaba unida a paisajes, luces, olores o sabores. Siempre nacía del recuerdo de una amiga o amigo o de la cuidada memoria de sus veneraciones mayores” (p.112)

Gracias a estas memorias, comprendemos el estupor y el peso del desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio y accedemos a la extrañeza del recién llegado que desconoce el léxico cotidiano, esos otros nombres que les dan a las verduras y sin los cuales es imposible ingresar en la comunidad de acogida.

“El exilio puede ser la réplica a una amenaza que se teme grave o inminente y que proviene de una ajena voluntad humana o de un Estado. O, en el peor de los casos, refleja sí, el sentir de una mayoría poco a poco dominada, pervertida por una minuciosa dirección que anula la sensibilidad y los principios morales que se declaran errados y por lo tanto nulos. “ (p. 69)

La experiencia de Ida Vitale nos lleva a entender qué significa tener amigos y haber nacido con suerte: ser privilegiada en un mundo terrible marcado por la raza y por la clase. Tuvo la fortuna de trabajar como profesora, traductora y periodista desde los primeros momentos de su llegada a México, el placer siempre de la escritura a pesar de todo. De la mano de la poeta uruguaya tomamos conciencia de cómo el tiempo opera en nuestro cuerpo y en nuestro modo de pensar y cuán importante es la generosidad.

“Aquellos fulgores de lo vivido, prolongan un momento, efímero, como todo lo humano y a la vez duradero, aunque ya sólo en mí.” (p. 195)

Shakespeare Palace es el nombre irónico y cariñoso que Enrique Fierro e Ida Vitale dieron a su primer hogar mexicano. Allí, al final de unas escaleras oscuras, la poeta descubrió que “contra lo sordo / te levantas en música, / contra lo árido, manas”. Estos versos del exilio nos recuerdan que el don de Vitale para el manejo del léxico no es exclusivo de estas memorias luminosas, sino que es una cualidad esencial y reconocible en toda su obra poética. Ella, Premio Cervantes 2018 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2015, sigue siendo poco conocida en nuestro país. Ojalá la lectura de Shakespeare Palace sirva para que ustedes lleguen a su poesía

Construir bienestar

Según la OCDE, la prosperidad no llega, hay que construirla. Sus cimientos son la gente, el planeta, la prosperidad y el desarrollo. No son palabras ni enconos ni retórica ni promesas ni quejas, hay parámetros para entender el bienestar.

El rubro de la gente incluye: erradicar la pobreza, acabar con el hambre, asegurar condiciones de salud, educación e igualdad de género. Si por ahí vamos a empezar, que es en donde debiéramos comenzar, mal andamos en un México violento y con índices de inseguridad crecientes. No podemos sentirnos bien si tenemos miedo de salir a la calle, si no podemos contar con servicios de salud que sean dignos, si me ven para abajo por condiciones de género, si me abusan, si me asaltan, si no me curan.

Mal comienza. Pero, si nos fijamos que el bienestar tiene que ver con prosperidad que se crea a base de instituciones sólidas. Se trata de contar con organizaciones que funcionen —para empezar, que funcionen— con organos de gobierno corporativo y que tengan bases que extrarradien los nepotismos, amiguismos y demás chuladas que nos llevan a ver como hay papanatas que tiene a su cargo responsabilidades con las que no van a poder porque no tienen las competencias necesarias, aun en el caso de que tuvieran buena voluntad.

Para contribuir al bienestar , para transformar para mejorar, no bastan las promesas y las divisiones poco ayudan. Hace falta pericia, conocimiento técnico y mucho apoyo. Buscar construir un bienestar sobre los cimientos de la OCDE no es un mal comienzo. Muchos de los que han arrancado por ahí, tienen buenos resultados. Valdría la pena, ¿no?

Salón Destino: Otra manera de leer

Carlos Vélez

Salón Destino

La Cifra Editorial, Secretaría de Cultura

México 2016

Cuando uno cree que todo lo sabe, que ya no hay nada nuevo, que ya todo se ha dicho y que las formas han sido agotadas; justo cuando estamos a punto de caer en la sentencia de Le Royale quien sostiene que ya no habrá novedades, me recomiendan leer Salón Destino y me quedo totalmente sorprendida frente a la genialidad de Carlos Vélez.

Salón Destino es una novela particular, se puede definir por lo que no tiene y que sí logra. Es una obra que no tiene palabras pero que tiene un hilo narrativo perfectamente hilvanado; es una novela cuyos personajes no tienen nombre, pero que podemos identificar perfectamente; no sabemos cómo se llama el protagonista y podemos atestiguar su transformación y su efecto transformador: es la historia del héroe reinterpretada en forma gloriosa, majestuosa que tiene un final feliz.

Carlos Vélez es un genio que logra contarnos una historia y que sin usar un sólo vocablo, nos deja sin palabras.

              Salón Destino  está dividida en cuatro capítulos que no tienen nombre. De hecho, las únicas palabras que aparecen son las del título de la obra y algunos carteles que adornan alguna vidiriera. Entonces, ¿cómo logra Carlos Vélez transmitirnos una historia de transformación? Salón Destino es una novela gráfica. El primer capítulo arranca con el protagonista acostado con los ojos abiertos. El dibujo es en blanco y negro con el foco de luz del lado izquierdo. Enseguida, vemos al protagonista desayunando mientras un cerdo lo contempla. El cuadro se sigue componiendo de una mezcla de blancos, negros y grises. Lo vemos trabajando en una computadora de escritorio, metido en una de esas caballerizas de oficina del mundo corporativo, caminando ensimismado, en medio de un mundo que transcurre a su lado, pero que no ve y que queda representado por un cuadro con su figura rodeado de negro.

              El momento en que inicia la transformación del protagonista es cuando se fija en el escaparate: mira a una mujer de cabello rojo. El rojo será el color con el que Vélez da un antídoto al gris y representará el baile. Es un capítulo intenso en el que el personaje principal se transforma, sonríe y se llena de color. También se confunde y llega una vuelta de tuerca que lo llevará a descubrir el color amarillo de la música. No sin antes, haber pasado por el morado de la melancolía.

              Ya no hay grises, la paleta de color cambia a los amarillos y ocres. Aparecen guitarras, bandoneones, pianos, violines, violonchelos y voces. El personaje se deja inundar por el amarillo y entiende que hay combinaciones posibles: entra en escena el verde. Se puede bailar y cantar. Se puede ser verde, rojo, azul, pero también naranja, rosa. Se puede adoptar el color por turnos y también se puede combinar. Se puede ser muchos colores y se puede convivir con todos.

              Vélez hace un mosaico de parejas de diferentes colores con rasgos diversos. Dos rojos, una ocre y un dorado, un gris y un morado, una rosa no tan espigada y un negro muy elegante, una verde algo pasada de peso pero muy ágil y un encorbatado, una pequeña magenta que baila con uno más grande, una anaranjada que contagia de color a su pareja, una más alta y uno más bajito, una aguamarina anciana con uno de tirantes joven. Parejas elásticas, dibujos bien definidos que van pasando a ser manchones de tinta que representan a pares de seres en pleno goce y disfrute de la diversidad.

De repente, vemos al personaje embelesado bailando sobre fondos de color muy parecidos a las pinturas de Delaunay y de Miró. Trazos incompletos que nos recuerdan la novela de La gran obra desconocida de Balzac. Páginas en las que reconocemos la influencia de Henri Toulousse Lautrec y el cierre magistral de la novela que en las últimas páginas nos muestra que el transformado es ahora un elemento transformador.

Tener Salón Destino entre las manos es un gozo, un libro que se mete dentro del cuerpo, que cala debajo de la piel y que te deja con el corazón contento. Los detractores de la novela gráfica deben de leer esta maravilla para alejarse de su error existencial. Le Royale está equivocado, siempre hay nuevas formas, nuevos modos, sorpresas que el genio y la genialidad del artista nos tienen reservadas a aquellos que nos aproximamos a la experiencia estética con el corazón abierto.

Esperando el verano

Cada año, a estas alturas, tengo la misma sensación. A punto de acabar el semestre, cuando ya no hay clases y los exámenes están en curso, es decir, cuando la actividad disminuye pero todavía no se acaba, siento que estoy al límite y me paro de puntitas para ver cuanto me falta para estar dedicada a eso que tanto me gusta y por lo que trabajo a lo largo del año: la época para leer y leer, para escribir sin consultar el reloj.

En verano, me reúno con gente que quiero y me alejo de esos prietitos que vienen en la vida de todo ser humano. Tomo rumbos al sur o al Bajío y amparada Santa Lucía y su hermosa bahía o bajo las alas del Arcángel Miguel y me voy a desintoxicarme de la cotidianidad. Marido, hijas, perro, perico, libros, series, hojas en blanco por llenar hacen las ilusiones de que en cinco semanas voy a lograr la proeza de olvidarme y dedicarme a disfrutar.

Pero, desde luego, como sucede cuando estás en mente y alma en un lugar, pero el cuerpo sigue atado a la obligación de permanecer, entra esa angustia de ya querer llegar. El sabor es agridulce. Y, tal como pasa cada año, surge la pregunta: ¿y si en vez de aguantar los prietitos, los borrara y me dedicara a vivir como un verano eterno? La tentación es grande, a estas alturas del año.

Esperar el verano se ha vuelto una actividad vocacional. Y, cuando estoy a punto de que llegue, de abrazar mi mejor temporada del año, me entra esa cosquillita y me gustaría, no sólo que ya llegara si no que nunca acabara.

Muchos festejos para Danny

Cuando una piensa en sus hijos, el corazón se pone en alto. Para mí, cada dieciocho de mayo me recuerda que uno de los mejores regalos que Dios me dio, una de las bendiciones más hermosas que he recibido, llegó precisamente en esta fecha. Hace diecinueve años llegó mi pequeñita, un poco antes de lo que la esperábamos, con el susto que da un parto anticipado y la ilusión de abrazar a esa hija que llegó del cielo, que entró en la vida con paso firme.

Son tantos recuerdos los que me llegan, tantas sensaciones y tantos sentimientos que parecen corredores infinitos que vienen cargados de vivencias y el cerebro se hace moño cada que quiero decir tanto y termino decidiendo que lo mejor es lo más sencillo: te quiero, hijita adorada.

Me has dado muchos motivos para sentirme orgullosa, pero justo hoy, tenemos doble motivo de festejos. Son esas coincidencias que Dios permite, en las que tu cumpleaños converge con la fecha en la que se cierra un período de estudios escolares. Acabas la preparatoria y yo todavía te veo con el uniforme del Kinder Hills, diciéndome que ya no eras chiquita, sino muy mediana. Te imagino corriendo con tus zapatos de velocidad y jugando a las escondidas.

Pero, esa chiquitina que caminaba como un barquito tambaleante se transformó en una persona que es capaz de pararse frente a una audiencia a presentar argumentos que no son fáciles de pronunciar y que fueron defendidos con inteligencia y mucha valentía. ¡Cómo no se me va a poner en alto el corazón al verte!

Eres la hija que sabe ser cómplice de gustos compartidos, la que busca, incansable, formar puentes, la que quiere ir a jugar tenis con su mamá, la que consuela, la que consiente, la que escucha y la que es capaz de decir lo que le gusta o no le gusta, que sabe expresar desacuerdos, la que lucha.

Porque, siempre, incluso desde antes de nacer, haz sabido luchar. No te asusta el rechazo, no te amedrentas con facilidad, ni te achicopalas, sabes darle el espacio a la tristeza y el tiempo suficiente para que la felicidad vuelva a germinar en tu corazón.

Te gradúas y cumples años. Muchos festejos para mi Danny. Muchos motivos de felicidad y razones para estar orgullosa. Eres fuente de millones de significados, de sentimientos, de alegrías, de satisfacciones, eres todo lo que una mamá quiere en una hija y más: te quiero con el corazón y con el alma.

Eres, hijita mía, la niña que le pedí a Dios. Para la que pido bendiciones, protección, salud, felicidad y un camino lleno de amor.

Maestros

Hablar del magisterio es abordar un tema desgastado por situaciones políticas, clientelares, circunstanciales que poco tienen que ver con la verdadera relación que existe entre una persona que está dispuesta a recibir conocimiento y otra que quiere compartir lo que sabe. Recuerdo que en algún momento, el Dr. Roberto Regueiro me decía que si el magisterio no se entiende como un apostolado, no hay para que pararse frente a un grupo de estudiantes. Esto aplica a todos niveles y abarca todas las modalidades: desde preescolar hasta programas posdoctorales; desde clases presenciales o virtuales. El maestro tiene un compromiso con sus alumnos que trasciende el aula: tiene la responsabilidad de formar.

En esta condición, los maestros somos artesanos de la Humanidad. Somos una especie de carpinteros que recibimos materiales crudos que hemos de trasformar en personas de bien. A diferencia de otras profesiones, un maestro jamás deja de serlo, ni siquiera si ya está jubilado, mucho menos si sigue activo. Al salir del salón de clases, no se puede aventar la cachucha y dejarla en el perchero: un verdadero maestro es imagen, es ejemplo, es modelo. Un profesor sale de dar clases y corrige tareas, prepara clases, planea formas de enseñar, plantea retos, examina, evalúa. Es un esfuerzo que trasciende límites espaciales y temporales: va más allá de los límites del recinto educativo y no se acaba cuando termina el curso.

Pero, a juzgar por lo que se ve, el trabajo se está complicando. Los alumnos siempre hemos sido distraídos, pero ahora la distracción raya en la práctica sistemática de ignorar al profesor. Un maestro debe competir con las redes sociales, con los juegos electrónicos, con el desinterés, con la apatía y el terreno de juego es muy disparejo: los aparatos llevan ventaja. Por varios medios, nos enteramos de la queja constante de los maestros que no sienten que su trabajo sea valorado por estudiantes, padres, instituciones educativas. Por si fuera poco, es ampliamente conocido que la labor docente no es bien pagada. Hablamos de los profesores como pobresores, de ahí que el Dr. Regueiro tuviera razón: el apostolado del magisterio busca una causa que no se equipara con cuestiones monetarias. El que pretenda hacerse rico de dar clases, es probable que tenga una visión equivocada. Al menos no desde la trinchera del pizarrón y del gis. El tema político y clientelar tiene muy poco que ver con lo que es el verdadero llamado vocacional del que quiere enseñar. El panorama para un maestro luce nublado.

Es cierto que hoy, para pararse frente al aula —en todos los niveles educativos— hace falta valor. Es decir, hay que ser muy valiente para enfrentar desde la soledad del pizarrón, grupos desinteresados en lo que se les preparó, que desestiman a quienes quieren entregarles algo importante en su formación, que muestran una arrogancia que da ternura, que responden con grosería cuando se les intenta señalar un error. Hace falta valor para vencer nuestra propia apatía, para renovar el compromiso, para seguir actualizándonos, para salir de nuestra área de confort y entregar algo que sea relevante para nuestros alumnos, algo que les abra las perspectivas, que los lleve a detectar oportunidades, que los haga más competentes, que los impulse a ser mejores. Insisto, hace falta valor para ser una persona que enseñe valores que tanta falta hacen en la sociedad, que de ejemplo de reconstrucción del tejido social, de responsabilidad social y de ética. Es necesaria mucha valentía para que no se nos rompa el corazón al mirar el recibo de pago.

Pero, hay un dicho español que dice: “Mañanita nebulosa, tarde de paseo”, algo así como que cuando la noche es más oscura es que está a punto de amanecer. De pronto, en medio de un salón adormilado, hay uno que sonríe porque ya entendió; en la calle te topas una cara conocida de la que no recuerdas el nombre, que se acerca a agradecerte ese consejo, esa clase que diste y te cuenta cómo le sirvió haber estado en tu salón; escuchas que al recibir un premio, tu alumno te menciona en su discurso de agradecimiento. Entonces, la mañanita nublada se convierte en ese paseo agradable que le da sentido a la labor cotidiana.

Un maestro de verdad entiende que su vocación es un apostolado, lo que significa que su actividad tiene un sentido alto. Para muchos, dar clases significa estar en el último peldaño de la pirámide de Maslow, es decir, encontrar un nivel de autorrealización en el que compartir lo que uno sabe le da significado a la vida.

Gracias a mis formadores, ángeles que cumplieron su misión en mí vida: Úrsula Tommasi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Roberto Argumedo, Mario Paoletti, Abraham Nosnik, Ramón Moreno, por tanto y por todo. A mis colegas por ser ejemplo y compañeros de trinchera y todos los que he tenido el privilegio de llamar alumnos, gracias.

Familias funcionales, empresas disfuncionales

Uno de los grandes enigmas que ensombrece el terreno empresarial es la evidencia de que familias integradas, de esas que parecen salidas de una postal, de esas que se pueden presumir, que usaríamos de ejemplo y hasta aspiraríamos a ser como ellos, al momento de entrar al mundo empresarial no son capaces de hacerlo en forma armónica. El contraste entre las mesas de domingo en las que los platillos son deliciosos, la plática es cariñosa y se pide que pasen la sal con educación es asombroso cuando el hermano es capaz de ensartarle la quijada de burro a la hermana para romperle la cabeza con tal de sacarla del negocio familiar y cuando vemos que el cuñado se atreve a conjurar en contra de aquel que alguna vez le tendió la mano.

              Uno se pregunta con justificada razón, ¿qué fue lo que pasó ahí? Resulta un misterio entender cómo es que la disciplina que se respetó en casa no pudo transmitirse a la empresa, no se comprende cómo es que en el ámbito de la familia cada quien sabe su lugar y en el negocio no. Y, dicen por ahí que el dinero tiene cara de hereje y que los intereses económicos traen de la cola al diablo. ¿Se trata de falta de valores? Puede ser, pero no lo creo. Me parece que una familia integrada y unida tiene valores que se hunden cuando no existe una forma de convivencia profesional adecuada. Hay una verdad que debiera estar escrita en letras de oro: el cariño debe cuidarse y blindarse porque o es a prueba de balas.

              Los lazos de sangre tienden a desdibujar la objetividad que debe privar en el ámbito empresarial y cuando los parentescos políticos aparecen en escena, las complicaciones florecen en forma exponencial. Si hasta en los jardines más cuidados aparecen hierbajos, en las empresas también hay lunares que pueden manchar y acabar en historias terribles si la gente no sabe ocupar su lugar. Si no ponemos atención, una peca se convierte en cáncer mortal? Lo verdaderamente triste y complejo del tema es que el riesgo tan alto de mortalidad que tienen estos proyectos empresariales se deriva de los elementos que los debieran preservar: los familiares.

              Una de las principales razones por las que las familias funcionales dan a luz empresas disfuncionales es porque en el hogar, un golpe en la mesa hace que una discusión acalorada acabe de inmediato. Si los hermanos se pelean, mamá llega y los manda a la esquina a reflexionar. Sabemos en carne propia que muchas veces fuimos castigados injustamente, que a la hermana matalascallando nunca la regañaron porque con una miradita derretía a los padres, mientras que a la que contestaba para defenderse le iba peor. Entendemos que los padres tratan de balancear para que todos los hijos tengan las mismas oportunidades, pero en los negocios, no se trata de compensar, se trata de las competencias que tiene cada uno para ocupar posiciones, operar, dirigir, formar parte o de plano entender que hay muchos que ayudan más si no estorban.

              Hay tías que son adorables, primos que son simpatiquísimos pero que no saben —o no quieren trabajar— y que lo mejor es tenerlos lejos del negocio. Hay amigos que son divertidísimos para salir de fiesta pero a los que es mejor no invitarlos a trabajar con nosotros. Los consejos del abuelo pueden ser sabiduría de vida y no de operación empresarial. Pero, caemos en la terrible tentación de confundir el terreno de los parientes con el de los negocios. Nos enteramos de que el esposo de la prima se quedó sin trabajo o que el amigo del hijo la está pasando mal y tenemos la buena intención de ayudar. El problema es que ser esposo, amigo, cuñado, compadre no nos convierte de inmediato en una persona capaz para desempeñarnos eficientemente en una posición, y ya hecha la invitación ¿cómo nos desdecimos? Despedir a un familiar o a un amigo es una de las experiencias más complicadas que puede haber. Entonces, la intención de ayudar se convierte en una terrible caja de Pandora de la que emergen tormentas y batallas que nos debimos evitar.

              Si la objetividad falla en casa, no pasa mucho; si falla en el negocio el riesgo aumenta. Familia y empresa tienen parámetros diferentes y divergentes. Si una mamá ve hermoso al frutito de sus entrañas y se lo dice a todo el que lo quiera escuchar, no pasa nada, tal vez uno que otro la vea con ternura y en casos extremos hasta se rían de ella por lo bajo. Pero, si esa misma madre hace lo mismo y pone al frente de su negocio a un hijo incompetente o a una hija que no está preparada, los efectos negativos son como las fichas de dominó que van cayendo una tras otra sin poder detenerlas.

              Sucede frecuentemente que en las familias nos enseñan a ser prudentes, a sonreír, a ser educados y eso lo traducimos a no decir, a ser amables, a minimizar errores y a maximizar las cualidades. El amor es la fuerza aglutinante que todo lo puede y que vence cualquier obstáculo. Los rieles del cariño sostienen valores trascendentes. Y, por lo general, las familias funcionales no permiten que los problemas se desborden. La disciplina va aparejada con el respeto y el amor y entonces todo se alinea. Se cuidan los sentimientos de la gente y es inadmisible decir algo que lastime a nuestra gente.  Claramente, en los negocios no.

              En los negocios los parámetros son diferentes, existe disciplina, sí; pero debe haber unidad de mando, de dirección, objetivos, metas, tiempos perentorios, presupuestos, competencias, propuestas de valor, leyes, procesos: vocación. La experiencia y la preparación son pilares fundamentales que se deben aparejar con resultados. Si no estás aportando, te lo dicen y mientras más claro y oportuno seas, mejor.

              En las familias funcionales también hay pleitos, envidias, competencias, zancadillas. Es parte de la vida y de la convivencia de cualquier unidad social. Hay hermanos que quieren jugar con el carrito que tiene el otro en la mano, a pesar de que hay uno idéntico que está libre y eso es suficiente para empezar con el zafarrancho. De pequeños, las riñas se resuelven fácil, de grandes no es tan sencillo. Las cosas se complican cuando los chiquitos crecen y traen invitados. Un cuñado flojo, una concuña ambiciosa, un tío irresponsable, una prima abusiva hacen una mala receta. En casa, te pueden decir que calladito te ves más bonito. Si en la empresa, eso se vuelve política, los resultados son devastadores.

              He visto problemas empresariales que iniciaron por una rivalidad entre parientes políticos. Nietos que se vuelven contra el abuelo fundador porque sintieron que a la madre —nuera del dueño—, le hicieron un desprecio. Yernos que no supieron guardar lealtad a sus empleadores porque les ganó la avaricia. Concuños que salen resentidos porque no los supieron valorar. Estos ejemplos son la historia de todos los días que se topa uno lo mismo en proyectos empresariales, en pequeños emprendimientos o en corporativos internacionales. Échenle un ojo a casos como el de Vega Sicilia y verán de lo que estoy hablando.

              También pasa que estas familias bien integradas quieren extender esos lazos a la empresa. Acostumbrados a comer juntos, a vacacionar juntos, a veces el negocio requiere que la unidad de las tradiciones se resquebraje. ¿Qué hacer si todos quieren ir a la boda de la sobrina y alguien se tiene que quedar a cargo? ¿Qué pasa con el primo que siempre ocupa de pretexto la empresa para zafarse de esos compromisos engorrosos? Parecen frivolidades y no lo son.

Hay muchas preguntas cuyas respuestas evidencian porque familias funcionales dan negocios disfuncionales: qué pasa si la heredera no quiere hacerse cargo del negocio porque ni le gusta ni le entiende; que hacer con un familiar que tiene una proporción de la empresa pero no le gusta trabajar, cómo integrar a la cuñada que no tiene idea de nada pero es parte de la asamblea de accionistas, qué hacer con el hijo que no entiende, cómo lidiar con los Caínes que le quieren dar madruguete a los Abeles, qué hacer con el pariente enfermo, que tiene un vicio, que no es ordenado con el dinero, con el que gasta más allá de sus posibilidades. ¿Cómo preservar la familia y al negocio al mismo tiempo? Si muchas familias funcionales se hicieran estas preguntas, habría menos empresas disfuncionales, me parece.

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