Cambios rápidos

Nos dijeron que la vida puede cambiar en un segundo y descolocarnos tan rápido que ni nos vamos a enterar. Nos advirtieron que de poco sirve la resistencia al cambio y que cerrar los ojos y oponer resistencia sólo complica mas las cosas. Pero, algunos decidieron dar batalla para defender los bastiones cotidianos, la tibia zona de confort y mientras pelean, dejan de ver que el suelo se acaba de desintegrar y que si no corren a otro sitio, la caída será irremediable.

Me dijeron que un hombre salió a la puerta de su casa a poner una señal para que la pandemia pasara de largo y que una mujer encendió una veladora para que se iluminara una luz en el camino. Me contaron de un anciano que elevó los ojos al cielo y le preguntó a su padre lo que debía hacer y que una viejecita abrazó fuerte su almohada para sentirse acompañada.

Escuché la historia de un joven que se perdió en la profundidad de una pantalla y la de un par de padres que no se dieron cuenta de que su hijo se había extraviado en el laberinto de su propio ser. Oí que una chica aprendió a rechinar los dientes y otra a morderse las uñas.

Supe de un hombre que salió al balcón a tocar su armónica y de un flautista que compuso una melodía para que un ejército de seres minúsculos y agresivos lo siguieran hasta salir del poblado donde vivía. Por ahí se escuchaban las risas burlonas de los que no creían en la existencia de lo invisible, de los desobedientes que hacían lo contrario a lo que se les indicaba, de los burlones que seguían sin entender que la infección ya los había atacado. Se veían los pedazos de inteligencia tirados por el suelo y hubo quien quiso ponerle una campana a todo aquel que estornudara y sacarlo a las periferias para que no se convirtiera en un foco de virulencia.

Están los que retiemblan desde las entrañas y dejan que les brinque el corazón, pero van a hacer lo que les toca. Están los que desoyen los gritos de la jauría necia y se ponen a recoger lo que se cayó, a limpiar lo que se ensució, a pegar lo que se rompió.

Vi a la mujer del espejo titubear. El balancín iba de la mezquindad tentadora a la esperanza que desgarra las entrañas. En todo caso, la tibieza había cambiado de temperatura, el escenario ya no es el mismo. Al filo del barranco, lo mismo se ve la oscuridad más profunda que el brillo de las estrellas. Dicen que en las alturas, hay ángeles volando. Son pocos los que los pueden ver.

Unas palabras en medio de la pandemia

Dice Noah Harari que la tormenta va a pasar, pero las decisiones que tomemos para enfrentarla podrán afectar nuestras vidas permanentemente. Es verdad, la forma en que enfrentamos nuestras crisis, personales y comunitarias, nos dibujan de cuerpo entero como las personas que somos. Por eso, es preciso reflexionar en torno a lo que queremos ser en medio de esta pandemia.

Ya empezamos, nuestras reacciones son espontáneas. Frente al pánico, nos quitamos las caretas. Lo que dejamos ver, no siempre es nuestro lado más hermoso. Algunos actuamos con chabacanería, nos andamos riendo y fingimos ser Juan sin miedo, otros van de irresponsables abrazando, besando y mordiendo gente, otros usan tapabocas, se lavan las manos, usan gel antibacterial, obedecen las reglas y respetan la sana distancia, hay los que ven al semejante como una amenaza y les asusta la proximidad, hay quienes quieren huir despavoridos (pobres, ¿a dónde irán?) y tristemente, están los que quieren sacar una raja a su favor: los traidores, los que apuñalan por la espalda para quedarse con lo tuyo, los que se acorazan, los que se avorazan.

Por fortuna, están los héroes que sacan lo mejor de sí para sortear el temporal. Los médicos, enfermeras, científicos que están en el frente de batalla y se parten en alma para salir adelante. Los maestros que frente a la crisis trabajan más horas y dedican más tiempo a sus alumnos para sacar a flore sus cursos. Los dependientes de tiendas, fondas, lavanderías que están detrás del mostrador; los carpinteros, jardineros, albañiles que salen por su sustento; los emprendedores que no bajan la cortina, los empresarios que aguantan los embates.

La crisis va a pasar. Pero, las decisiones que tomemos nos van a acompañar cuando la pandemia haya acabado. Cuando lleguemos al feliz momento en el que seamos inmunes, cuando volvamos a nuestro día a día, ese que fuimos en la emergencia se va a quedar. Al borde del abismo podemos arrancarnos los cabellos, llorar a moco tendido, morder a nuestros semejantes o contemplar el vacío, mirar al cielo, sonreír al prójimo, consolar, contener la tristeza, buscar la trascendencia. Hablar con Dios, confiar.

La pandemia pasará y muchos querrán olvidarse de sus reacciones, tratarán de borrar lo que les pasó. Mejor nos anticipamos. Esto va a pasar y al mirar lo que hicimos, lo deseable será sentirnos orgullosos de nuestras reacciones. Ojalá.

Lo inimaginable y lo que tenemos que imaginar

Sin mucho aviso de por medio, el planeta está viviendo lo inimaginable. Fronteras cerradas, gente confinada en sus casas, ejércitos en las calles. Empezó una guerra contra un enemigo invisible para el que no tenemos armas con las cuales defendernos.

La soledad de la Humanidad, esa a la que se metió, casi sin darse cuenta, tiene a personas solas padeciendo una cuarentena en compañía de sus pantallas y con ganas de salir a caminar de la mano de alguien. A muchos no les gusta esta soledad y añoran compañía.

Los gobiernos padecen y los pequeños negocios están heridos de muerte. Tanto encierro no podrá ser permanente. No podrá. Pero, el pequeño enemigo es un desconocido al que no sabemos darle tregua.

Hacemos lo que se puede, los que tienen esa posibilidad , trabajan a distancia. No todos pueden y, en muchos sentidos dependemos de aquellos que deben salir a cumplir las tareas que les tocan.

En medio de esta situación inimaginable, tenemos que empezar a imaginar cómo será nuestro mundo después de la pandemia del Covid-19. Los que puedan dibujar la recuperación del mundo serán los héroes que necesitamos.

En este periodo, ya hay ejemplos heroicos: médicos y enfermeras que no se rajan ni se echan para atrás. Profesores que se adaptan a nuevas formas de enseñanza y que en cosa de una semana tienen sus clases puestas en marcha. Héroes a los que hace falta aplaudir.

Así como nuestros abuelos salieron adelante, después de las guerras; así nosotros tendremos qué ingeniarnos caminos de salida y salvación. Imaginar, desde nuestras trincheras, cómo queremos ser después de ésto. Analizar. Pensar. Prefigurar. Mejorar.

¿Qué nos toca hacer en esta contingencia?

El mundo se está encerrando, el confinamiento nos va alcanzando conforme pasa el tiempo. Mientras en Wuhan parece que las cosas se están controlando poco a poco, en Europa la gente se encierra en sus casas y en los países del resto del mundo se toman medidas variopintas al respecto. Más allá de las medidas que cada Estado tome en forma libre y soberana, cada uno de nosotros somos responsables de lo que decidamos hacer y cómo queramos enfrentar esta crisis.

Tristemente, veo que las reacciones del mundo tienden a ser individualistas y no individuales. La desesperanza se esparce con más velocidad que el virus, el miedo es la pandemia más cruel y cuando estamos asustados las reacciones suelen ser violentas y poco virtuosas. Más allá de las suspicacias y de los efectos secundarios que padeceremos después, nos queda lo que haremos ahora que tenemos que hacer las cosas en forma diferente.

Esta pandemia es una desgracia, no hay duda, pero también es una oportunidad. Tenemos que adaptarnos y mientras más rápido lo hagamos, padeceremos menos. Va una lista de actividades que podemos hacer mientras estamos confinados.

Leer es una gran actividad que nos distrae y nos lleva a mundos diferentes que nos alejan del aburrimiento y mantienen la mente activa. Si lo nuestro todavía no es la lectura de largo aliento, les recomiendo empezar con lecturas cortas. Pretextos literarios por escrito es una revista literaria que se puede descargar en forma gratuita en el siguiente link: https://www.porescrito.org/revista/

También podemos escuchar la radio. El oído es un sentido que asociamos con la compañía. En estos momentos, es importante combatir la sensación de soledad. Además, la música eleva los sentidos y los programas de revista nos pueden entretener mucho. Por escrito tiene un programa literario con un menú muy amplio que se puede descargar en el siguiente link: https://www.porescrito.org/radio/ . También se puede escuchar en Spotyfy: https://open.spotify.com/show/5LYpYJ95pkkjMprBgAeon7 y en Himalaya y en IVox.

Código Libre es radio por internet que tiene un gran abanico de programas que satisfacen cualquier tipo de gustos: Código Libre https://www.facebook.com/codigolibreradio/

Aprender es una opción. Esta crisis nos a abierto la oportunidad de saber de cosas nuevas. Coursera tiene gran cantidad de cursos de universidades de prestigio de todo el mundo. Acabo de tomar un curso de literatura contemporánea rusa cuyo anfitrión es la Universidad de San Petersburgo.

Los juegos de mesa son una opción divertida que nos aleja de las preocupaciones y nos acerca a los nuestros. Es una forma relajada de convivencia que siempre es propiciatoria de diálogo y comunicació.

Podemos aprovechar el tiempo para platicar. El arte de la conversación se ha perdido y la hemos sustituido por medios electrónicos. Pero el sabor de una plática de uno a uno con los nuestros puede ser un gran regalo de la crisis y el confinamiento.

Por supuesto, podemos aprovechar los adelantos de la tecnología y encontrar formas alternas para trabajar y estar ocupados y productivos. Lo importante es no sentirnos agobiados, cuidarnos y mantenernos sanos. Esa sí es nuestra responsabilidad individual, no individualizante.

De lejecitos, por favor

Los mexicanos ya tenemos callo en eso de las emergencias. Entre terremotos, huracanes, enfermedades, crisis económicas, abusos institucionales, guerras y todo eso, si tuviéramos que elegir un verbo que nos describiera, sería sin duda: aguantar. Al menos, así lo sostiene el escritor francés Clotaire Rapaille en su libro El Verbo de las Culturas. Gracias a la información que obtuvo a través de múltiples viajes, entrevistas y lecturas, pudo conocer varios países y asignarles un verbo que los identificara. A México, le asignó este ya que le sorprendió la resistencia que tiene esta raza de bronce. Los mexicanos aguantamos un piano, decimos con frecuencia.

              Me gustaría decir que los mexicanos somos solidarios, unidos y dispuestos cuando se trata de tender la mano a quienes se encuentran en desgracia. Sin embargo, hay crisis que nos han unido y otras que nos separan. Cuando se han dado desventuras por eventos naturales, como terremotos y huracanes, la gente se vuelca en las calles y está lista para ayudar, compartir y respaldar a los demás. En verdad, me ha tocado ver a gente que teniendo poco, comparte lo que le queda con aquellos a los que les quedó menos. También a personas que salen de su casa con alimentos, agua y medicamentos para ir a ayudar a los que les tocó la desventura. Nos unimos y mostramos empatía y disposición de ayuda.

              Cuando la gente se queda sin casa porque se cayó por un estremecimiento de la tierra o porque el mar se la tragó o el viento se la llevó volando, sobran las invitaciones para quedarse —por un tiempo—, en la casa. Ofrecemos el techo y abrimos la puerta de la casa a los parientes que se encuentran en las zonas afectadas y vemos cómo le hacemos para echarle más agua a la olla de frijoles y para que rindan el pan y la sal.

              Pero, si se trata de una pandemia, la cosa empieza a cambiar. Peor, si se trata de una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Todavía no entendemos muy bien de qué se trata ni las consecuencias que tiene el padecimiento, se nos ponen los pelos de punta y se nos eriza la piel. Se nos activan los nervios y si la recomendación es no saludarnos, dejamos de tender la mano; si escuchamos que alguien estornuda, lo miramos con alarma; y si estimamos que alguien viene de una zona de riesgo, de plano nos damos la media vuelta y empezamos a caminar a toda velocidad en sentido contrario para alejarnos.

              A los que somos efusivos en los saludos y generosos con los abrazos, nos cuestan mucho trabajo estas crisis. Los niveles de estridencia van en concordancia con nuestro carácter y nuestras fobias y filias. Lo curioso de estas crisis es que nos quitan la solidaridad y como que nos salen los rasgos que no nos dejan lucir lo buenas personas que somos, más bien al revés. Eso sucede porque tenemos miedo. ¿A qué le tenemos miedo?

              Podríamos creer que nos asusta la posibilidad de morir, o los dolores que nos causa una enfermedad de la que no sabemos mucho. Pero, ya nos dijeron que el índice de letalidad no es tan amplio. ¿Entonces? La realidad es que en la mayoría de los casos le tenemos miedo a cambiar nuestras rutinas y a renunciar a nuestra zona de confort. Dicho de otra manera, demostramos resistencia al cambio. No queremos que las cosas dejen de estar como siempre han estado ni estamos dispuestos a modificar nuestra cotidianidad.

              Si, como Rapaille piensa y el verbo que nos da identidad es “aguantar” es porque ya sabemos que el mexicano no se raja. Por lo tanto, antes que cambiar, mejor me aguanto. En algunas ocasiones esto puede tener connotaciones positivas y en otras puede ser la semilla para no corregir aspectos negativos o que no funcionan y optar por aguantarlos. Para colmo, entre más aguanta un mexicano, más orgulloso se siente. Por eso, antes que modificar nuestras prácticas de todos los días, mejor le echamos ganas y nos aguantamos. 

El desafío que enfrenta el planeta debiera acercar a la Humanidad en vez de alejarla. Una de las máximas de Borges, “todos los pueblos son iguales, incluso en su pretensión de sentirse diferentes”, nos recuerda que, en el fondo, todos los seres humanos compartimos la misma naturaleza sin importar nuestro lugar de origen. Hoy, México y el mundo enfrentamos un reto que nos tiene a niveles de emergencia, según la Organización Mundial de la Salud. Espero que, a pesar de todo, sigamos siendo solidarios y ayudadores, aunque ahora nos saludemos de lejecitos, por favor.

Un día después del paro de mujeres

Amanezco como si estuviera entumida y me asomo al mundo, tratando de enterarme qué sucedió mientras estuve apagada sin participar en el concierto mundial. Es verdad, no existe un silencio absoluto ni una ausencia total. Las tentaciones grandes iban en torno a consultar el teléfono, ver qué estaba pasando en las redes: participar.

Pero, apagué mi teléfono celular, me alejé de la computadora. No caí en la tentación de avanzar trabajo ni de irme a barrer o a lavar trastes (creo que en la tentación de hacer labores domésticas, caigo pocas veces). Hice, como recomienda Sor Juana: leer y más leer.

La semana nos empezó distinta, hubo mucha testosterona en el ambiente y todavía no logro saber que resultó de todo este paro femenino. Lo que sí se, es que en este caso la semana se inició con serias complicaciones. Esperamos que las conversaciones que tienen lugar en torno a los temas que nos ocupan sean enérgicas, constructivas y estimulantes. Entre el riesgo que corre PEMEX por que las calificadoras ven con preocupación la generación de utilidades de la empresa de todos los mexicanos, la caída del precio del petróleo porque los integrantes de la OPEP tomaron la decisión de abrir la llave de la producción petrolera, la amenaza de que el coronavirus y las mujeres que buscamos hacer consciencia de que los niveles de violencia a los que hemos llegado son insostenibles, no podemos negar que estamos viviendo días turbulentos.

              Entre feminicidios, bombas molotov, tumbos del peso frene al dólar —que hasta ahora la fortaleza del peso nos tenía tranquilos—, países que toman medidas extremas frente a la amenaza de una pandemia, desde Palacio Nacional se percibe una especie de desconexión con la realidad. El presidente habla del pasado y cuenta de cuando se subía a los camiones con sus volantes a dar su propaganda. ¿Y eso qué?, se pregunta uno. La casa en llamas y nosotros con tonterías.

Las amenazas de problemas económicos, que con tanta anticipación nos han ido advirtiendo diversos organismos a nivel mundial, hoy dadas las condiciones internacionales, ya dejó ver sus primeros síntomas en un lunes que pegó a las bolsas de valores internacionales. Y, pareciera que desde la presidencia hay una clara intención de alejarse de la realidad. En un lunes donde buena parte del país estaba paralizado por la protesta de las mujeres, cuando el precio del petróleo se caía dramáticamente y el peso se devaluaba, el presidente López Obrador se concentra en hablar de la exitosa subasta de bienes decomisados y de su rifa tan extraña, pero cuando se le pregunta sobre los temas que nos ocupan, cuando en las mañaneras lo encaran con cuestionamientos que nos preocupan, no entra en ellos. Desestima la epidemia de violencia que vivimos en México, que es ámbito de su competencia y no la considera una calamidad.

Sigue en el discurso de polarización, de la manipulación de los conservadores y pareciera que desde el pináculo del poder no se ve ni se percibe nada. Ojalá las cosas fueran como las ve el presidente, pero tenemos noticias de los gritos que reclaman equidad, justicia, seguridad, no violencia y con cosas más concretas: medicinas. El presidente López Obrador debe tomar el timón de la nación y tranquilizar a los mercados y a sus gobernados. No podemos llamarnos a sorprendidos. Todos sabíamos que el lunes iba a comenzar con mercados turbulentos. Y, mientras tanto, no hubo un sólo anuncio que permitiera tranquilizar el nerviosismo económico y de las personas. No en valde, el pesimismo va aumentando en el círculo de los empresarios y la desilusión entre la gente.

En un escenario de inseguridad, violencia, feminicidios, la protesta legitima de las mujeres, devaluación del peso, caída de los precios del petróleo y peligro de una pandemia de coronavirus, ¿por qué será que a López Obrador sigue con el tema de la rifa del avión presidencial? Una de las cualidades que sus seguidores y quienes votaron por él le reconocieron fue esa cercanía, esa capacidad que tuvo de hacerle sentir a la gente que a él sí le importaba. Pero, en la turbulencia de estos días, al presidente se le ve caminando muy contento y admirando como las pedradas van volando de un lado al otro, mientras el va silbando tan campante. Más que desconexión de los mandatarios necesitamos un capitán que sepa tomar el manubrio y dar dirección.

Algunas veces, si al capitán no se le ve muy fortalecido, sus subalternos sirven de puntales que ayudan a dar confianza de que se saldrá adelante. No es el caso. El presidente se ve rodeado de una serie de focas que aplauden entusiasmadas cualquier ocurrencia del tlatoani supremo que más que darle claridad, le obnubilan el horizonte.

Nos gustaría tener un estado laico, en paz, en el que todos: conservadores y liberales, fifís y chairos, hombres y mujeres tuviéramos un espacio social en el que se garanticen salud, educación, trabajo. Es decir, que podamos caminar en la calle con tranquilidad, en el que no se maten a diez mujeres a diario, en el que los criminales se amparan bajo la impunidad. Ante la turbulencia, nos gustaría interlocución, que nos permitan participar en la solución, no que nos ignoren. Es tiempo de que el Estado cumpla con sus obligaciones, especialmente si vivimos días turbulentos.

Falsos piratas

Recuerdo que hace años, había un muchacho tullido que pedía limosna en la esquina de Amores y Ángel Urraza. Caminaba chueco, apoyando en una muleta. Extendía la mano torcida para recoger lo que los automovilistas le daban. Llegaba a las diez de la mañana y se iba a las doce. Antes de irse, iba con los de la tienda a cambiar sus monedas por billetes. No me sorprendió lo mucho que recibía —que era mucho—sino que antes de irse a su casa, le pedía a los de la tienda permiso para entrar al baño. Salía transformado. Derechito, ágil, sin muleta. Parecía otra persona. Ese pasaje me impactó tanto que lo consigné en mi primera novela Hermana querida.

A la gente le gusta dar lástima para causar impactos. El tullido desapareció con el tiempo de esa esquina y se llevó su mentira a otro lado. Engañó a quien con su generosidad quiso ayudarlo. Hay los que inventan historias para llamar la atención. Los escritores inventamos rasgos que dan identidad. Recuerdo a Catalina Creel, personaje de Cuna de Lobos que usaba parches de colores sin necesitarlos. Así ejercía una suerte de control.

El efecto es efectivo, tanto es así que aún recuerdo al tullido y a Catalina Creel. Es tan bueno, que se sigue usando. Paul Velázquez es un sujeto que acude a las mañaneras de López Obrador con un parche en el ojo, como pirata. Hay quienes dicen haberlo visto ponérselo antes de entrar a la conferencia de medios y quitárselo al salir. Muy sus ganas de parecer bucanero. Tal vez, sólo así llama la atención; es posible que necesite esos utensilios para que lo miren porque los méritos de su trabajo requieren de ese apoyo; tal vez necesite el parche para estar feliz en la mañanera.

El tipo es un personaje que se pinta de cuerpo entero llamando a las reporteras que cubren la fuente, prostitutas de la información, es de ese grupo de personajes que necesitan el reflector y lo consiguen a base de escándalo vulgar. Se le va la lengua y en su estridencia, amenaza a una reportera. Le manda decir que le desea que la baleen como a él lo balearon.

Isabel Gonzalez fue quien recibió la amenaza. Lo acusó con López Obrador y el presidente le aconsejó abrazos o que denunciara ante la autoridad pertinente. Ojalá lo haga. Ojalá que levante una denuncia y que el señor Velázquez reciba su merecido por andar de machito alfa, regando insultos pasados de límite. Ojalá que insista y no se quede en una anécdota. Es tiempo de desenmascarar a tanto pirata falso que piensa que puede elevar el garfio y rasgar la seguridad de una mujer sin sufrir consecuencias.

Taquitos de piloncillo

Venir a San Miguel de Allende es como abrir una caja de sorpresas, es encontrar algo nuevo cada vez que estás aquí. Hay quienes se circunscriben al área del centro y otros que se atreven a explorar e ir más allá del cuadro peatonal cercano al jardín de la Parroquia de San Miguel Arcángel.

En el barrio de San Juan de Dios, hay una tradición cuaresmeña curiosa y sorprendente. Frente al atrio la iglesia o en la banqueta que está en la calle de San Antonio Abad, pegado a la barda que divide al templo de la escuela, rumbo al panteón, sólo en los días previos a Semana Santa, se ponen unos puestos que venden una mercancía peculiar e interesante: taquitos de piloncillo.

Las personas que los venden ponen sus anafres, cazuelas con aceite hirviendo, comal caliente, prensa para hacer tortillas. La masa es color rojiza, le ponen chile y la combinación con el maíz da este color entre bermellón pálido y carmín clarito. Las mujeres hacen bolitas pequeñas que aplastan en la prensa para conseguir un círculo perfecto. Le ponen en el centro piloncillo hecho polvo, y doblan la masa para forman una media luna que ponen en el comal o en el aceite.

Les llaman taquitos de piloncillo y pueden ser duros o suaves. Son pequeños, del tamaño de la palma de la mano de un niño chiquito. El sabor es singular y el paladar tarda en entender qué acaba de probar. Son crujientes o esponjosos, dependiendo si fueron cocidos en comal o en aceite, son picositos y dulces a la vez. Son una delicia sibarita de la gastronomía de San Miguel de Allende que sólo,conocen los locales y los que se animan a caminar unas cuantas cuadras más allá del centro.

Al principio pides uno de cada uno, para probar. Te los entregan en bolsitas de papel de estraza. Luego pides otros más, como tratando de descifrar el sabor, de conectar la lengua y el cerebro. Es una delicia que vale la pena probar. Son tradiciones cuaresmeñas que hay que preservar.

La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

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