El día que Denise Dresser se fue de bruces

Leo Zuckerman tiene un programa de debate que se llama La hora de opinar. Tiene invitados con los que busca armar un programa que busca nutrirse de diferentes puntos de vista. A veces, como suele suceder en este tipo de formatos, los invitados se exasperan, se arrebatan la palabra, discuten al mismo tiempo y el espectador pierde porque no entiende nada.

Es un buen programa y Zuckerman a tenido el buen tino de incluir a voces jóvenes para darles la oportunidad de ponerlos a cuadro. El jueguito es algo perverso, debo decirlo, porque pone a debatir a viejos buitres con avechuchos que acaban de romper el cascarón. Ser viejo no debiera ser un defecto, pero lo es o así se percibe, más en este mundo en el que los millennials se sienten los verdaderos forever young y peor si quien es viejo es una mujer, ni modo así son las cosas; ser joven tampoco es una virtud en sí misma, sin embargo, serlo tampoco es sinónimo de ser estúpido o ignorante. Insisto en que el juego es perverso y adquiere peores tintes cuando los participantes ponen en la mesa sus kilos de arrogancia.

Para muestra un botón. Ya tenemos tiempo viendo a Denise Dresser compartir mesa de debate con Gibrán Ramírez. Las diferencias entre ambos son evidentes a primera vista. No obstante, si algo los hermana es que la humildad no es una virtud que tengan a flor de piel. La cosa se recrudece cuando el joven Ramírez presume la felicidad de haber apoyado la cuarta transformación y se asume como parte del triunfo frente a las experimentadas razones de los otros experimentadísimos expertos que comparten esta mesa de debate, entre los cuales se encuentra Denise Dresser.

Entiendo la desesperación de Denise Dresser al observar a Ramírez, al que seguramente ve como a alguno de sus alumnos, al que seguro juzga que le falta experiencia, lectura, tamaño, conocimiento, vocabulario y mucho más para sentarse con ella a debatir. En síntesis, hace evidente que no ve a su compañero de mesa a la altura para polemizar con ella.

Debo decir que ninguno de los dos resulta simpático, pues los dos se perchan en el columpio de la arrogancia.

Está claro que cuando alguien no tiene argumentos, da golpes bajos. Está claro, también que dar golpes bajos habla de una cortedad de miras pues evidencias que estas fuera del terreno de juego. Denise Dresser se evidenció en la peor forma. Planeó un golpe bajo, llevó un libro para regalarle a Ramírez —lo que pudo ser un gesto hermoso— pero lo hizo con un dejo de desprecio, como si se lo estuviera dando a un caracol que oliera a humedad. Gibrán Ramírez no se lo aceptó y brincó ofendido. Leo Zuckerman tuvo que entrar al quite para distender la mesa de debate. Elogió el libro que se quedó solo en la mesa. Denise sonreía divertida.

Si Gibrán hubiera tenido un poco más largos los colmillos, hubiera aprovechado la oportunidad para evidenciar la pobreza de la Doctora Dresser. Pero, se enojó. La tenía colocada para hacerla polvo por lo pobre de su argumento. Parece que no hizo falta, el tropiezo lo notamos todos. Ahora, Denise Dresser, por su propia boca, se proclama vieja y poco experimentada. Escupió al cielo y sintió como se le ensució la cara con su propio veneno.

Por supuesto, las redes son implacables. La denominan la esposa de Chabelo. La inmortal Denise Dresser, la única que pueden opinar ya que ella estuvo ahí. Pobre, ya hasta siento un poco de ternura por ella. La imagino sentada en una mecedora, acariciando el libro que le despreciaron, confundida sin saber cómo le hizo para caer tan bajo. De los peores tropezones que una mujer puede dar es de aquellos en los que se dejan ver las costuras. El otro día, con Zuckerman, nos enseñó las puntadas y nos dejó ver demás. Nos mostró de qué está hecha.

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Nican Mopohua

Acepté la sugerencia de Bernardo Barranco y me puse a leer el Nican Mopohua. La invitación a la lectura es pertinente en estas fechas ya que el texto narra las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Con independencia de la fe que se profese o del fervor —o la falta de devoción—, el texto vale la pena de ser leído por su calidad literaria.

Guadalupe es una seña de identidad mexicana, es una devoción que crece como un manantial insaciable. He conocido ateos guadalupanos, judíos que aman a la gudalupana, extranjeros que vienen a México con la única intención de acercarse al Tepeyac. La imagen de Santa María de Guadalupe se encuentra desde Canadá hasta la Patagonia y en tantas partes del mundo como en la Praga que tiene un porcentaje de creyentes muy bajo, en París cuya imagen es la más visitada en Montmatre, en Madrid y Cadiz, en Palos de la Frontera, en Lourdes y en Fátima. La Villa es el templo católico más visitado del mundo, sí más que San Pedro en el Vaticano y más que el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Enfrentarse al Nican Mopahua es estar delante a un texto amoroso que despierta la ternura. El uso de la palabra es suave y muestra un cariño entre quien escribe y la historia que narra.

Antonio Valeriano inicia el texto con las palabras en náhuatl nican mopahua, aquí sucedió y es parte de un texto más amplio el Huei tlamahuitoça que quiere decir El Gran Suceso. El título de esta obra en realidad es Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan Tepeyácac (en náhuatl, “Por un gran milagro apareció la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran atépetl de México, ahí donde llaman Tepeyacac“).

El texto que leí estaba escrito en español junto a la versión del náhuatl. El cuidado de las palabras, los diminutivos, el tono cariñoso con el que la Madre de Dios se dirige al indio Juan Diego es de un grado de hermosura que llama la atención. El autor describe el escenario con una economía de palabras muy bien lograda. En unas cuantas páginas nos da cuenta del milagro guadalupano en forma tierna, hasta candorosa que despierta admiración y recogimiento.

Antonio Valeriano emociona y logra la mística entre autor y lector. Enciende la chispa que recogió del testimonio del propio Juan Diego y nos muestra la relación que se forjó entre Guadalupe y su mensajero. La Virgen se dirige de esta forma:

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la señal que le llevarás al obispo” (137)

Y el propio Juan Diego le habla a la madre de Dios así:

“Mi jovencita, hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá estés contenta.” (110)

El texto no sólo recoge las hermosas palabras de un par de seres que se tienen un trato cariñoso, sino las andanzas del indito —la palabra se plasma tal cual en el texto—desde Cuautitlán a la Ciudad de México, de Tlatilolco al Tepeyac. Se percibe el temor de Juan Diego para ir a ver a Fray Juan de Zumarraga, obispo de la Nueva España, la enfermedad del tío Bernardino y su vuelta a la salud. Nos cuenta las peripecias de Juan Diego para convencer al obispo para edificarle una casita a la Virgen María, madre de Dios.

Conocemos las apariciones de la Virgen y recogemos las palabras que hoy consuelan a todos los que somos guadalupanos:

“Que no se preocupe tu corazón, tu rostro. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy yo la fue te de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?” (119)

Conocer la historia tan conocida desde el texto que recogió de los protagonistas la anécdota tiene un efecto que entra derechito al corazón. El texto tiene treinta y cinco páginas, incluida la introducción. Es de fácil acceso, se baja gratis en Internet. Su lectura es un gozo para quienes amamos a Guadalupe y nos encomendamos a ella. Es un escrito dividido en 218 estrofas y concluye con la certeza de que ningún hombre pintó la amada imagen.

Vale la pena leer el Nican Mopahua por el valor del texto en sí mismo. Vale para los que le tenemos amor a las letras y para quienes somos guadalupanos de todo corazón.

Sobre el Brexit

En la fotografía aparece una mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo, se asoman las canas del nacimiento del pelo, tiene la frente arrugada, con la expresión permanentemente fruncida, los ojos parecen dos hoyos negros que se confunden con las cejas. No se ven más partes del rostro porque las cubre un letrero que dice Save Brexit. LEAVEMEANSLEAVE.EU que sos tiene con manos enguantadas junto a una bandera de Gran Bretaña.

El pueblo sabio británico quiere irse y no se pone a considerar todo lo que eso les puede costar. ¿Por qué? La libra va en picada perdiendo valor frente al dólar y, por supuesto, frente al euro. La primera ministra se rehusa a convocar a un nuevo referéndum —que muchos esperan, sea lo que de reversa al Brexit— diciendo que de esa manera se va a dividir más a la gente.

Y, el cartel que sostiene la anciana nos da muestras de que hay gente que quiere deshacer los vínculos estrechos entre los pueblos europeos. A lo lejos, uno se pregunta por las razones que tienen los ingleses para balancearse un pie. Mientras Theresa May declara que no busca frenar el Brexit y se negocia por debajo de la mesa por un nuevo referéndum, el valor de la libra esterlina empieza a crujir y a dar signos que son poco alentadores.

Al ver los ojos en esa imagen, al centrarme en esta anciana que pese al frío, sale a manifestarse frente al Parlamente británico, me gustaría entender sus razones, saber que la mueve a separarse, a exigir una salida que, desde el otro lado del océano parece muy mala. Me encantaría escucharla y decirle que la moneda de su país está depreciándose y explicarle que eso no será bueno para ella.

Me gustaría hablar sobre el Brexit para entender lo que me resulta tan complicado, dadas las circunstancias.

Familias endeudadas

El tema de la economía familiar ha cambiado poco a lo largo de los años. Los extremos que hay en la recta de la distribución del ingreso no son nuevos. Por un lado, los que tienen de todo en exceso y por el otro los que no logran salir adelante con sus ingresos. El sistema de reparto de riquezas ha engendrado desigualdades desde que la Humanidad vive en sociedad. No hay novedad.

Desde Víctor Hugo hasta los chalecos amarillos, en Francia ha habido una especie de tolerancia tensa. Se aguanta y se aguanta con un estoicismo casi elegante hasta que la burbuja revienta en forma violenta y se arma la revolución. Pero, más allá de estos movimientos colectivos y multitudinarios, está la amargura de entender que el esfuerzo diario no alcanza.

Entonces, se recurre a la deuda. Desde la época victoriana hasta nuestros días, pedir prestado alivia una situación temporal, se atiende la emergencia en el presente y se posterga al porvenir. ¿Se vale? A veces, no hay de otra; pero otras se abusa del endeudamiento y se infla una pompa que llega a cubrirlo todo y que termina en una tragedia fatal. Eso le sucedió a la familia Shelley.

Percy se endeudó a niveles que Mary desconocía. Ella estaba concentrada en cuidar a su hija enferma que acababa de nacer. Por eso, aquella noche en que fueron expulsados de su casa y salieron a pedir posada en medio de la lluvia, le causó tanta sorpresa. No lo vio venir. Como Percy no se imaginó que endeudarse a tal nivel los dejaría en la calle, se llevaría la vida de su hija y sumiría a su mujer en una de las depresiones más tristes que puede haber.

Con este contexto, se entiende mejor a ese monstruo que salió de la mente atormentada de Mary Shelley. Pero, no todos contamos con una mente tan prodiga como para hacer de la tristeza y la desesperanza una obra literaria que se convierta en un clásico.

Es mejor hacer cuentas, entender que lo que entra debe ser mayor a lo que sale de nuestra cartera y así, en la medida de lo posible, acercarse a la deuda cuando sabemos que estaremos en condiciones de pagarla. Sé que en ocasiones, las circunstancias se salen de control. Basta leer Frankenstein para entenderlo.

Temporada de reuniones

Llegó diciembre y con el último mes del año, también llegan las reuniones. En esta temporada aprovechamos a reunirnos con gente con la que convivimos en el día a día o para ver a aquellos que sólo son amistades decembrinas —nada más nos vemos para cargar los peregrinos y… hasta el año que entra—. Cenas de compromiso, reuniones de trabajo, pachangas entre amigos, fiestas familiares, de todo hay.

Entre los brindis, los manteles largos, los villancicos, las luces del árbol de Navidad, el pesebre, los ponches, las burbujas hay algo que me llena de gusto. Muchos de los que nos reunimos lo hemos hecho por años y eso es un privilegio. Seguimos aquí. Claro, están los que se han ido, los que no quisieron estar, los que no pudieron venir, los que se alejaron y volvieron a aparecer y una que otra nueva adquisición. Pero, en general, seguimos siendo los mismos.

Será que diciembre nos plantea la tentación de olvidarnos de todos los propósitos que hicimos y no pudimos concretar. O, será que la dieta se esfuma ante tanta delicia. O, será que queremos ser más indulgentes y decidimos abrazarnos tal como llegamos. Ya vendrá enero para ponernos a dieta, ser prudentes y soñar con algo mejor. En diciembre nos damos la oportunidad de poner los pies en la tierra y aceptar lo que tenemos; nos dan lo mismo los cientos de urgencias y ponemos pausa para reunirnos y decir ¡salud! Que dicho sea de paso, es el mejor deseo que podemos expresar. O, será que diciembre nos vuelve más humanos.

En esta temporada de reuniones, nuestra parte social se engrandece y nos dejamos abrazar. Extendemos los brazos y acunamos a muchos, con ese gusto que da el hacerlo porque podemos. Entonces, aflojamos el cuerpo y nos permitimos caer a merced de la risa. Porque, al fin y al cabo, el año se está acabando. Ya llegará enero con su seriedad. Ya habrá momentos para hacer una pausa para ponernos a pensar.

Por lo pronto, la temporada de reuniones llega con ese aroma festivo que nos permite ser más divertidos, relajados, humanos y sobretodo, más felices.

Bajo las faldas de Claudia

Sí, la Ciudad de México amanece cada mañana con una Jefa de Gobierno. Es la primera mujer electa para gobernar la capital de la República. No es poca cosa. Claudia Sheinbaum toma las riendas y con un tono de voz tranquilo, con un lenguaje cuidadoso, con actitud femenina mete a veinte millones de habitantes bajo sus faldas. Así, sin decir agua va, le avisa a los granaderos que su corporación va a desaparecer y al estilo de su jefe, Andrés Manuel nos deja con los ojos redondos como plato.

En campaña, Claudia se forjó una imagen a la sombra de López Obrador. Nos dijo que es científica, tiene un doctorado en ingeniería energética, se asume de izquierda, sonríe con un dejo de timidez y a diferencia del Presidente, se nota que hace un gran esfuerzo por gritar consignas.

Me gusta su forma cautelosa que huye de las promesas grandilocuentes, me gusta la austeridad que dice abrazar y que sea ella la que escribe sus discursos —o eso dice—, se viste en forma sencilla: sus pantalones caqui, su blusa blanca, su mascada amarrada al cuello es el conjunto de todos los días que casi parece un uniforme.

Me irrita que una científica tenga argumentos tan endebles para explicar sus acciones. Dijo que desaparece a los granaderos porque se lo pidieron los estudiantes del 68. ¿Qué son esas ocurrencias? Un científico observa, analiza, comprueba, tiende escenarios y toma decisiones sustentadas en los resultados esperados que salieron del análisis y la observación.

¿Será que la Jefa de Gobierno no ha visto cómo los manifestantes rompen vidrios, lanzan bombas molotov, incendian autos? ¿Nadie le dijo lo que pasa en los partidos de futbol con las barras? ¿No se enteró que hubo quien le prendió fuego a la Puerta Mariana de Palacio Nacional? O, ¿será que esta mujer trae compromisos pasados o que su propio pasado la determina? Hay muchas preguntas que se responderán observando.

El reto que se plantea es tan grande como la extensión de la Ciudad de México y la población de veinte millones que habitamos aquí. No todos estudiamos en el sesenta y ocho —la mayoría de los que vivimos aquí no pertenecemos a ese grupo—, necesitamos una Jefa de Gobierno que se deje de romanticismos y se ponga a la altura de la encomienda. En esta ciudad hay muchos problemas y el principal es la seguridad. ¿Así lo piensa combatir?

Es bueno que quien dirige la Ciudad de México sea una mujer, que Claudia haya roto ese techo de cristal, pero la cuota femenina da poco combustible. Ser mujer no es un atributo que la vaya a llevar lejos si no da elementos que demuestren que es competente y que sirvan para evaluar su desempeño.

Por lo pronto, aparentemente sin granaderos, amaneceremos bajo las faldas de Claudia en esta ciudad hermosa y complicada.

¿Hay esperanza para el NAICM?

De repente, eso de separar a la economía de la política no resulta tan buena idea. Las finanzas se apoyan en las matemáticas y los números son fríos, objetivos, leales: dicen la verdad y no hay manera de matizarlos. Así que, aunque nos pintemos de rojo, de azul, de verde, o de todos los colores del arco iris, dará lo mismo. Poco valen consultas ciudadanas, porque si el pueblo sabio no entiende, si los legisladores no saben y los asesores no se atreven a decirlo, no importa, los números están ahí con su contundencia para explicar porque suspender la obra del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México es una estupidez. Las cifras van descorriendo el telón y por ahí se ve una esperanza. Pareciera que la cuarta transformación no entendió nada sobre los bonos del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de Mexico.

El hecho es que están metidos en un lío. Los bonos emitidos para la construcción del aeropuerto en Texcoco son de seis mil millones de dólares. Insisto, es deuda que se emitió para la construcción del proyecto en Texcoco y no se puede cambiar a Santa Lucía o ningún otro lugar. Los contratos marcan que, en caso de un conflicto, como éste del que hablamos, las cortes que median son las de Nueva York. Los tenedores, en caso de que haya juicio, tienen derecho a que se las pague anticipadamente sus 6 mil millones y a otro tanto por penalización. Ante la amenaza de litigios, Urzúa, el secretario de Hacienda y Herrera, su subsecretario, se adelantaron y trataron de generar un signo de confianza comprando 1,800 millones de dólares en el mercado. No estuvo nada mal ya que los bonos han bajado ya por la decisión de esta administración sobre el aeropuerto un 30-37%.

Además, la canasta viene llena. La Secretaría de Hacienda entiende lo que la de Comunicaciones y Transportes debiera haber explicado. Como hay esta deuda pendiente, es decir los bonos tan comentados, no puede suspender la construcción. Por eso es que la obra sigue.Y, aquí surge un rayo de esperanza para el proyecto de Texcoco, sale peor cancelarlo que seguir adelante. Es como tener un préstamo para una casa y usar el dinero para hacer otra sin avisar al Banco. Sería suicida repudiar esta deuda. En Argentina, por un problema de este tipo, se contaminó la deuda externa, porque las calificadoras la degradaron. Entonces, como nadie está peleado con el dinero, ni la economía se puede divorciar de la política, la administración lopezobradorista toma acciones. Por eso anuncian que continuarán con las obras “mientras evalúan”. El problema de fondo es que no pueden controlar a los inversionistas extranjeros, donde predomina la influencia de grandes inversionistas de Estados Unidos tan poderosos que ni Trump, con toda su popularidad y respaldo se ha metido con ellos. Lo más sensato sería que tras la evaluación que los señores de la cuarta transformación están haciendo, decidan que siempre si va el proyecto original del aeropuerto. Los números no mienten y no fallan.

Es el peor error en la historia moderna de México después de la nacionalización de la banca de José López Portillo es la cancelación de este proyecto, eso nos indican los números, los expertos internacionales y el sentido común.

Nos puede salir más caro el caldo que las albóndigas. Es mejor reconocer que calcularon mal y que se fueron de bruces, es más sensato y conveniente seguir y terminar el aeropuerto de Texcoco. Las necedades no llevan lejos a nadie, las decisiones sustentadas en números, sí.

El vuelo del presidente

Me sorprende ver al Presidente en funciones sentarse en la incómoda silla de la sala de espera de un vuelo comercial en lo que le toca abordar. Me hace sonreír verlo esperar su turno para abordar. Me inquieta verlo ahí, aparentemente solo, sin que nadie lo guarde ni le vele la espalda ni le cargue la maleta ni le respire el aliento ni le adivine el pensamiento ni le sople el aire.

No le da miedo estar entre la gente.

No, estar rodeado del pueblo no lo asusta, parece disfrutar de verse rodeado de personas que le recuerdan que no puede fallar. Él mismo se afirma y se reafirma, como si se tratara de un mantra, que no va a extraviar el camino, que será fiel a sus promesas. Y, para muestra están los botones de su viaje a Veracruz y de la puesta a la venta del avión presidencial.

El camino de la austeridad planteado por López Obrador es sorprendente. Adiós a tanto exceso con que los antecesores se dieron vuelo. Dice el presidente que éste es un pequeño gesto que demuestra que la transformación va en serio.

Ver partir al avión presidencial para ser puesto a la venta me causa una sensación rara, me lleva a preguntarme si la transacción será rentable para México, creo que no. Ver al presidente sentado en la sala de espera, sonriente formado para abordar, como lo haríamos nosotros me genera una simpatía extraña. Y, digo extraña porque, aunque sus antecesores priístas se daban sus baños de pueblo, ésto parece una forma de desempeñarse más que un acto efectista, el tiempo lo dirá.

Y, digo extraño porque me parece que el presidente se va a enfrentar a muchas esperas, a muchos retrasos y entenderá la urgencia de un aeropuerto de talla mundial. Entonces, él que hará uso de estos servicios, como cualquier fifí que tiene que volar, padecerá estas molestias. Porque, ni modo que la torre de control le de prioridad al vuelo del presidente.

En fin, creo que el tiempo hablará y nosotros tendremos que escuchar.

Lo que debo de entender

Desde hace algunos meses, me cuesta trabajo entender al mundo. Ya lo he dicho, lo que me parece lógico no tiene una correspondencia con lo que sucede. Hay muchos que pegan de brincos de gusto y no comparto su entusiasmo.Creo que me convertí en esa persona que va en sentido contrario y todavía no se da cuenta. Lo bueno es que ya me enteré. Son muchos los que están felices y, evidentemente, no es posible que ellos estén fuera de lugar y yo con los pies en el terreno de juego.

Pero, ya me está cayendo el veinte. En México, se eligió a un presidente que es un líder social, algo así como un ícono que representa los anhelos de muchos. Es una figura que, como Martin Luther King o Nelson Mandela —guardando la proporción entre los personajes— representa algo más que su propia persona. Los que lo han seguido no ven al sujeto, ven lo que representa. Por eso, aunque ellos hagan algo que en otra persona sería criticado, en ellos todo se disculpa pues se trata de algo más.

Por eso, López Obrador entusiasma a gente de todo tipo y entre ellos a personas que saben usar el cerebro. Es que Andrés Manuel ha sido fiel a una lucha que lleva dando. Y, poco importa si tiene o no presupuesto para cumplir sus promesas; si tira a la basura una inversión que tenía obras adelantadas; si de nada sirve vender un avión presidencial; si invita y departe con dictadores; si muestra inconsistencias; nada importa pues ya no se escucha lo que dice sino que se le valora como un ícono.

Entonces, para entender lo que sucede y descifrar lo que sucederá en estos días, hay que saber qué papel juega cada quien. En esa condición, no importa si estoy o no de acuerdo. Lo que verdaderamente importa es saber que nuestro presidente trae una carta blanca tan amplia como nunca jamás se había visto.

La luz de una vela apagada

Y me preguntaba cómo se vería la luz de una vela apagada.

Lewis Caroll

Alicia en el país de las maravillas

La cita la tomó prestada Guillermo Cabrera Infante para dar inicio a su novela Tres tristes tigres y lo hace para referirse a esa Habana que está a punto de morir pues está a punto de estallar la Revolución Cubana. Y, con esa mezcla extraña de hartazgo y melancolía, Cabrera le da paso a un documento en el que detiene las manecillas del reloj y nos permite asomarnos a la Isla para entender el aburrimiento, el enojo, la tristeza y, en fin, los usos y costumbres de una nación que estaba a punto de desaparecer. Hoy, a unas horas de que exista una Cuarta Transformación en mi México querido recuerdo la sensación que me causó leer estos renglones y creo que estamos atestiguando como la llama del PRI se apagó y aunque todavía percibimos el olor a esa cera y podemos ver esa línea de humo que precede la luz y aunque estamos a punto de escuchar como se talla el cerillo para alumbrar una nueva forma y aunque ya habíamos pasado por otra transformación —la de Vicente Fox—, no puedo dejar de pensar en esa nostálgica cita de Alicia en el país de las maravillas.

Ya están echadas las cartas. La mudanza en los cuarteles generales de la transición ya está en marcha. En los rumbos de la colonia Roma una casa quedará vacía. No es la única: Los Pinos se quedará sin residentes. Por las instalaciones del Estado Mayor Presidencial corre un airecillo que huele a tristeza, se acabó esa fracción heroica que cuida al presidente, a su familia y a su gabinete. Siento que en la panza se encuentran un par de sensaciones: es el fin de excesos y prepotencias o se está pateando al grupo leal al ejecutivo.

Es que en medio de tanta promesa que encendió tantas esperanzas, me gustaría irme en ese impulso y creer que todo lo que prometieron será cierto y luego caigo en la cuenta de lo difícil que le será a López Obrador estar a la altura de tanta que prometió si elige ciertas compañías que le manchan las buenas intenciones. Claro, si pienso en sus antecesores y recuerdo que el pueblo bueno —como él lo llama— más que sabio, es paciente, entonces doy un paso atrás y creo que va a ser fácil pues nos conformamos rápido y el olvido se hace cómplice.

Andamos asustados, con esa cara que trae el propio Enrique Peña Nieto, con una clase de azoro que no entiendo. Anda entre adolorido y aliviado. No se supo conectar con la sabiduría popular, no supo comunicar las cosas que hizo bien, pagó facturas que no le correspondían, se rodeo de malas compañías, la corrupción que se adivina fue rapaz e insaciable, pero lo más triste de este sexenio fue la frivolidad que le dio tono a ese mandato.

Así, a unas horas del relevo presidencial, igual que Cabrera, igual que Lewis, me pregunto como se ve la luz de una vela apagada. Me gustaría estar tan feliz como muchos que creen que en el momento en el que López Obrador se ajuste la banda presidencial, se acabará con la corrupción, con la pobreza, con la desigualdad, con la inseguridad, con la injusticia… y que todo será como ese país de maravillas al que fue a dar Alicia, pero, ya saben que me da por desconfiar.

No crean, siento ganas de entusiasmarme. Pero, no veo muchos motivos. En fin, la vela recién se esta apagando y estaré atenta a ver como se enciende esta nueva.

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