El grito de López Obrador

No se trata de ser mezquinos y criticar todo con una espada flamígera. Emitir una opinión, especialmente de alguien con quien fundamentalmente no se está de acuerdo, permite apreciar aquellos aspectos que parecen adecuados. Ni modo, muchos pueden pensar en contrario, pero a mí el primer grito de López Obrador, en el marco de las celebraciones de la Independencia, me gustó.

Debo decir que como muchos, vi el grito con algo de morbo y unas gotas de mala entraña. Me sorprendí. El Presidente dio un grito largo, su arenga duró casi minuto y medio. Se le veía sobrio, tal vez un poco tenso. Serio. Salió al balcón acompañado por su esposa y ya. No hubo una multitud de hijos, amigos, compinches, colaboradores, que ni le daban oportunidad al Presidente de agitar la bandera sin sacarle el ojo a alguno de sus acompañantes.

Me gustó la sobriedad de los López. Me llamó la atención como la plancha del Zócalo estaba a reventar. La gente se congregó en torno al Presiente y le gritaban que no estaba solo. Se le veía más acompañado en ese balcón en el que estaba con su esposa y ya que sus antecesores que se llevaron hasta al perico para hacer bola.

Pero, lo que más me gustó fue su arenga. Veinte vivas a los héroes que nos dieron patria y libertad. Consideró a los de siempre y anexó a los que aportaron para la construcción de esta nación y se quedaron en el anonimato, pidió un viva por la democracia y por la paz. Gritó por nuestra grandeza cultural.

No cabe duda, López Obrador hizo la tarea. Llegó preparado y bien plantado. Tocó la campana y recibió la ovación del pueblo que lo llevó a la posición que hoy tiene. No son muchas las veces que me gusta lo que hace el presidente, no sé si me pongo sentimental en septiembre. Me encantan las fiestas patrias y me fascina afirmarme con orgullo que soy mexicana. Por eso, cuando alguien hace algo bien: hay que decirlo. Me gustó el grito de López Obrador.

Así que ¡Viva México!

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Calidad docente

Nos han dicho tanto que sacar diez de calificación todo el tiempo no es importante, muchos de los más aplicados en el salón terminaron dando resultados mediocres fuera del aula. Y, como toda generalización, esa es muy mala. Muchos de los que obtuvieron buenas calificaciones se las ganaron a pulso, unos a base de constancia, otros de inteligencia y esas cualidades ayudan mucho en la vida real.

Pero, tenemos que reconocer que los maestros juegan un papel determinante. Tuve la fortuna de contar con profesores extraordinarios a quienes les debo mi formación, jamás terminaré de darle las gracias a Miss Ursula que siendo una jovencita nos abrió los brazos y nos enseñó a base de cariño y paciencia o el padre Sanabria que siendo un hombre con muchos años repartía conocimiento y experiencia entre los estudiantes.

Podríamos estar de acuerdo en que la juventud o la acumulación de años no se traducen en calidad docente. Sin embargo, la OCDE recomienda que por cada profesor de menos de treinta años debe haber dos mayores de cincuenta. La edad no es limitación ni sinónimo de buena docencia. Los profesores jóvenes son magníficos para asimilar tecnología y avances científicos, sociales y tener sensibilidad. Pero, es poco lo que pueden aportar de experiencia de vida. Es frecuente ver a profesores muy jóvenes abordando temas en forma muy académica sin que hayan podido corroborar en la práctica si lo que dicen y enseñan es cierto o si funciona. Son muy teóricos.

Por su parte, los profesores que ya cuentan con años de experiencia pueden hablar con ejemplos de vida de aquello que abordan en el salón de clases. Combinan la teoría con la práctica y se convierten en una fuente de conocimiento profundo por el acervo que la vida les ha permitido acumular. Es cierto, pueden resultar pedantes al hablar de sus ejemplos, a algunos les cuesta actualizarse y suelen ser menos tolerantes.

Insisto, toda generalización es inexacta. Hay profesores que siendo jóvenes son intolerantes y hay viejos que son tan dulces y accesibles que son los consentidos de sus alumnos. No hay duda, combinar experiencia e innovación es la fórmula perfecta para contar con una planta de profesores de calidad.

Que me disculpen quienes creen que con certificaciones internacionales, con códigos compartidos, con exámenes estandarizados, planes magisteriales plastificados y haciendo que los docentes llenen formularios no se logra la calidad académica. Son años de experiencia profesional, conocimiento teórico y sobre todo amor por la educación. La academia es una labor comprometida que requiere pasión y energía.

Algunas consideraciones sobre La Celestina

En el Renacimiento español el escritor culto no sólo lee con admiración a los clásicos y los imita, sino también a los escritores en lengua romance del siglo XV o a sus mismos contemporáneos; no hay más que mirar al fondo de sus textos para descubrir objetos, ideas o palabras imitadas de esas obras: en La Celestina podemos descubrir versos de Jorge Manrique; en el Lazarillo e incluso en los poemas de fray Luis de León o de san Juan de la Cruz asoma el Orlando furioso de Ariosto en la traducción de Jerónimo de Urrea.

              Toda gran obra literaria tiene en su texto elementos de otras creaciones anteriores que su autor ha leído, y al mismo tiempo se convierte en materia de imitación para los escritores que la leen, que a veces reconocen también hilos literarios de esa estofa que la forma. La imprenta va a favorecer y a ampliar esa corriente creativa porque la difusión de la obra literaria se multiplica y también lo hace la misma creación.

              En ese momento fundacional de los géneros literarios que es el siglo XVI, en el que deberían incluirse los últimos años del XV —y lo es precisamente por el auge de ese sistema revolucionario de difusión—, se van a escribir unas obras geniales, como La Celestina o La vida de Lazarillo de Tormes, que enseguida se van a convertir en textos a imitar, en lugares de irradiación de formas narrativas, de ideas, de palabras.

              La Celestina es uno de los pilares de la literatura, no sólo por la originalidad y belleza de la obra en sí misma, sino por el rastro que dejó y sigue dejando en toda la literatura posterior. Muy cercanas a ella están las continuaciones que llevan su nombre: la Segunda Celestina de Feliciano de Silva, impresa en 1534, la Tercera parte de la Tragicomedia de Celestina de Gaspar Gómez, de 1536; y la mejor, sin duda alguna, la Tragicomedia de Lisandro y Roselia de Sancho de Munón, publicada en Salamanca en 1542.

La influencia de La Celestina en la literatura posterior es amplísima. Desde el principio fue objeto de continuaciones como la Segunda Celestina de Feliciano de Silva. Su influencia fue grande en obras de Lope de Vega como La Dorotea y El Anzuelo de Fenisa. También la tuvo presente el autor de La Lozana Andaluza y el género de la novela picaresca. Fue traducida durante el siglo XVI al italiano, alemán, francés y holandés.

Fernando de Rojas usa un lenguaje culto y latinizante, cargado de artificios, y un habla popular lleno de refranes y de expresiones vivaces. Sin embargo, la separación no es nítida; el uso de los diferentes registros del lenguaje no corresponde de forma absoluta a los estamentos sociales distintos – señores y plebeyos. -, sino que se entrecruzan ambas tendencias, dependiendo no sólo del emisor, sino también del interlocutor y del asunto tratado. No obstante, hay que apreciar una clara tendencia a la diferenciación.

El estilo elevado, por su parte, presenta una cierta moderación, si bien encontramos aún la frecuente colocación del verbo en el final de la frase, consonancias, amplificaciones, latinismos léxicos y sintácticos como el uso frecuente del infinitivo y el participio de presente. En cuanto a la crítica sobre el exceso de erudición, hay que decir que la abundancia de sentencias y alusiones históricas y mitológicas se interpretan hoy como una convención estilística análoga al hecho de que en el Siglo de Oro todos los personajes hablasen en verso.

También el lenguaje popular, tan rico en La Celestina, está sujeto a cierta mesura; es prudente el uso de los modismos del hambre y prescinde de dialectalismos y de formas de ambientación localista que le hubieran proporcionado fáciles elementos de comicidad y colorismo. En cambio, es de destacar la gran abundancia de refranes.

En La Celestina la técnica del diálogo se manifiesta con suma perfección, pudiéndose distinguir diferentes tipos según la intención del autor: monólogos caracterizadores y ambientadores – importantísimos, ya que, al no estar destinada la obra para la representación, sirven a su vez de acotaciones dramáticas-, diálogos oratorios y diálogos breves de gran riqueza.

La Celestina es una obra única en cuanto a la creación de caracteres. Aunque Calisto y Melibea aparecen como protagonistas, es Celestina la que señorea la obra entera; éste es el hecho que justifica el cambio de título. Es, sin duda el personaje mejor logrado y a la vez el más complejo de los personajes creados por Rojas. Sobre este personaje se han cargado todos los calificativos imaginables, hasta el demoníaco. Y Celestina no es un personaje demoníaco sino humano en el sentido de que su existencia sólo es posible porque existe una sociedad urbana que de alguna manera la necesita.

Celestina es un personaje que vive del vicio y de las bajas pasiones de los demás. Y todo esto lo aprovecha en beneficio propio. Pero sin los vicios y miserias morales de la ciudad, Celestina no sería posible. Lo que sí hace Celestina es servirse de todas las artes, desde la hechicería a las ocasiones para lograr su propósito: dinero. Porque la gran pasión de Celestina es la avaricia. La avaricia es la que la lleva a pervertir a los criados de Calisto: por avaricia no se detiene ante nada ni le importan los medios. Sus conocimientos de la naturaleza humana, el engaño, la falsedad, la pretendida compasión, el cinismo y la ironía, la hechicería y sobre todo su inmensa experiencia, todo lo pone al servicio de su gran pasión, que no es la lujuriar sino la avaricia.

Celestina ha pasado a la posteridad como la encarnación de la moral sin escrúpulos, puramente utilitaria, para lo que todo es lícito si es en provecho propio No repara en medios para lograr sus objetivos, y el proceso de perversión a que somete a los criados de Calisto es algo cercano a lo demoníaco.

Es importante también es señalar que Celestina ama su oficio y lo realiza con el interés de un profesional, como otros realizan el suyo, según ella misma dice. El fundamento de dicho comportamiento lo constituyen dos aspectos: su filosofía del amor y una definida actitud psicológica.

Para ella, el amor es una fuente de vida que la naturaleza proporciona y, por lo tanto, es bueno, es obra de Dios; además, en su vida ha sido ley y norte. Psicológicamente, ella goza al revivir, realizando su oficio, el esplendor de su juventud.

Cuando las bestias lloran

Hay momentos en el que la vida nacional se detiene para ponerse a llorar. No es para menos, andamos tan escasos de talentos y los pocos que nos quedan se van. El último aliento de un artista no puede pasar desapercibido y menos si se trata de una figura como la de Francisco Toledo quien con un pincel en la mano y una mente habitada por imágenes fantásticas, se convirtió en referente para la plástica nacional otra luminaria que el mundo admira y aprecia. El cáncer ganó la batalla y murió a los setenta y nueve años.

El arte pierde a uno de los autores de mundos fantásticos que se obsesionó con un universo lleno de bestias que sólo a él se le pudieron haber ocurrido. Animales coloridos, tonos brillantes, seres fantásticos en la más fiel extensión de la palabra, que salían de la cabeza de un autor que creció en un ambiente rural, con orgullo por sus raíces indígenas. Vivió enamorado de su tierra. Hizo lo que un hijo cariñoso haría: defendió, elevó la voz, mostró desacuerdos, estuvo ahí para dar cara por su patria chica y orgullo a la nación.

En Oaxaca, toparse con Francisco Toledo no era algo raro. Se le podía ver sentado en alguna banca del centro, oyendo al marimbero. No fue un hombre de reflectores. Era esquivo con la cámara fotográfica y evitaba andar dando entrevistas. Quien no lo conociera, podría pasar por alto que se trataba del gran pintor que nació en Juchitán. Y, es que el maestro era toda una leyenda, la figura se construía de una cabellera despeinada, una barba algo tupida, no mucho, su porte daba un dejo de humildad. Un par de ojos prejuiciosos no habrían podido abarcar la grandeza de este pintor oaxaqueño. 

Su carrera artística como la de muchos de sus contemporáneos, lo llevó a Europa, aunque antes ya había expuesto en galerías del estado de Texas. Se fue a Italia con la ayuda de Octavio Paz y de Rufino Tamayo. Después se fue a París a la Casa de México y, ahí en la Ciudad Luz se complicaron un poco las cosas. Al maestro Toledo se le enredaron los amores entre las faldas de una de las mujeres más bellas de la época: Bona Tibertelli. Encontrar el amor, en general, es una fortuna: salvo cuando te enamoras de la amante de tu benefactor.

Efectivamente, Bona había dejado a su marido por Octavio Paz cuando conoció a Francisco Toledo quien se ofreció a pintarla desnuda. En el estudio las cosas subieron de temperatura y Tibertelli prefirió al humilde maestro oaxaqueño que al refinado poeta que fungía como diplomático en Francia. Parece que vale más tener un excelente sentido del humor —como dicen que lo tuvo Toledo— que una refinadísima conversación —como estoy segura que las tendría el poeta—. Por supuesto, cuando Paz se enteró de lo que estaba sucediendo, se sintió traicionado y juró jamás volver a ayudar a Toledo en ninguna circunstancia. Entre oaxaqueños se siguieron ayudando. Rufino Tamayo le continuó tendiendo la mano y fue el gran apoyo para la carrera artística de Toledo.

Francisco Toledo se convirtió no sólo en un gran pintor, reconocido por sus pinturas y grabados que siguieron la tradición rural de un México que estaba a punto de desvanecerse, también fue un generoso promotor cultural —apoyó a jóvenes creadores y cedió su beca vitalicia a favor de nuevos talentos—, un auténtico defensor de los recursos naturales y tradiciones de los pueblos indígenas abrió una fábrica de papel, de huipiles, de barro negro, entre muchas otras labores a favor del pueblo oaxaqueño—, fue un guerrero que quiso ver por el progreso de su gente.

Elevemos un papalote al cielo, corramos para que salga volando, con un poco de suerte, tal vez se interne entre las nubes y permita que el maestro recorra el hilo de regreso y nos venga a visitar. O, quizás, sólo para que nos vea desde allá arriba y vea que aquí ya se le empezó a extrañar. 

Hay gente que se pasa una vida entera preguntándose para qué vino a este mundo. Francisco Toledo supo que su misión fue darle a este planeta un mundo fantástico salido de esa cabeza de cabellera alborotada, un giro de colores brillantes, de animales curiosos, una zoología única. Las bestias que salieron de los pinceles del maestro Toledo están de luto. Cuando las bestias lloran, nosotros tenemos que acompañarlas en su dolor.

Una novedad detectivesca: Muerte en Estambul de Petros Márkaris

Mákaris, Petros

Traducción del griego de Ersi Marina Samará Spiliotopulu

Muerte en Estambul

Editorial Tusquets, 2008

De cuando en cuando, uno se topa con novedades que sobresalen y llaman la atención. Muerte en Estambul es el extraño caso de una novela de policías y ladrones en la que suceden cosas extrañas gracias a la magnífica pluma de Petros Márkaris. Se teje una línea narrativa en la que un detective está investigando a un asesino serial y cae en la conclusión peculiar: no quiere atrapar al malo de la novela. En realidad, llega un momento en que el lector está de acuerdo con el planteamiento del autor y con las reflexiones del detective.

Kostas Jaritos es el detective que aparece en una serie de novelas de Petros Márkaris y es un personaje que sobresale por ser un investigador atípico. Se aleja de las figuras emblemáticas de Sherlock Holmes —que todo lo sabe—, de Hercules Poirot —que todo lo deduce—, de Phillipe Marlowe —que está al tanto de todo el teje y maneje de los casos—, sino que es un hombre contemporáneo que al que se le ve interactuando con su esposa, se le conocen los problemas familiares y expresa opiniones económicas, políticas, migratorias y nos permite ver un mundo ajeno en ojos cotidianos. Muerte en Estambul, cuyo título es una especie de homenaje a otros de Agatha Christie es una rareza que envuelve temas contemporáneos alrededor de una línea narrativa de detectives.

Muerte en Estambul no es la primera de las novelas protagonizadas por el comisario Jaritos. La serie, que arrancara en 1995 con Noticias de la noche, llega hasta 2016 y, por el momento, para regocijo de los seguidores de Márkaris, no está a la vista la jubilación de su irónico, tierno y muy humano protagonista. Esta novela pertenece a lo que se ha dado por llamar el género de novela negra mediterránea y otro de sus representantes es Manuel Vincent.

El acierto de esta novela es que Márkaris nos mete de inmediato en el escenario que será una de las grandes mesuras que el autor tiene para el lector. Estamos en Hagia Sophia, en Estambul acompañando a un grupo de turistas en su recorrido por el lugar:

“La altura de la cúpula de Santa Sofía es de cincuenta metros con sesenta centímetros… suena la voz de la guía.” (p. 11)

El comisario Kostas Jaritos y su mujer, Adrianí, han viajado hasta Estambul con la idea de descansar unos días y mitigar algunos de sus problemas cotidianos. Entre ellos, ocupa un lugar preeminente el matrimonio civil de su hija Katerina, cuya negativa a casarse por la iglesia, a la manera tradicional, no abandona en ningún momento el pensamiento de su padre y, mucho menos, el de su ofendida y temperamental madre.

“¿Qué hacer cuando las decisiones de los hijos atormentan a los padres?” (p.17)

Las relaciones entre los miembros del grupo griego que comparte visitas, autocar y hotel, tampoco ayudan a que la estancia sea idílica.

“La cháchara informativa de la guía turística, más que ilustrarme, confunde.” (p. 12)

Pero todo puede empeorar: entre visitas a catedrales, mezquitas, tiendas y mucha, mucha comida local, Jaritos traba contacto casual con el escritor Markos Vasiliadis; ello lo lleva a embarcarse en la búsqueda de una anciana dama, María Jambu, la que fuera nana de la familia de Vasiliadis. Poco más se sabe de la señora, aparte de su viaje a Estambul desde la zona rural en la que habían transcurrido los últimos años de su vida.

“Se llama María Jambu, anoche quise averiguar si había viajado con ustedes” (p. 37)

Lo que parece inicialmente un simple caso de desaparición, se complica con el hallazgo del primero de una serie de cadáveres, griegos unos, otros turcos, que trastocará los días de ocio de Jaritos para transformarlos en una desafiante, y a ratos gravosa, colaboración con las fuerzas turcas de la ley.

“—¿Cabe la posibilidad de que también a ella la envenenaran? —Pinta que no. Si hubieran comido juntos, la habríamos encontrado en la casa. De haber muerto más tarde, estaría en algún hospital. En todo caso, la estamos buscando.” (p. 40)

Entre los elementos más interesantes de la obra, se encuentra la necesidad, propia de la novela negra, de plasmar la realidad social de las circunstancias de los personajes; en el caso de Muerte en Estambul, parece cumplirla con pasmosa facilidad.

“Supongo que me quedaré con la duda porque, cuando se trata de Adrianí, es imposible distinguir entre la verdad y la ficción.” (p. 55)

Así, encontramos multitud de escenas perfectamente reconocibles para quien esté familiarizado con el tradicional carácter griego, donde la familia ocupa un lugar primordial y las tradiciones, insertas en un mundo constantemente cambiante, son casi intocables.

“Todos los opresores tienen la misma cara, y todos los edificios construidos bajo su mandato, el mismo estilo.” (p. 59)

Su compromiso con el trabajo y la investigación complica sobremanera la relación del comisario con Adrianí, vivo retrato de la típica esposa griega; con todo, la mayor parte de las escenas cotidianas funcionarían igualmente en otros escenarios, por ejemplo, uno en el que la lengua fuese el español en cualquiera de sus variantes.

“Será que mi mujer tiene poderes de adivinación o que su maldición ha sufrido efecto, porque en cuanto salimos del comedor… pregunto aliviado pensando que podré disfrutar el resto de mis vacaciones y, al mismo tiempo, podré cerrarle la boca a Adrianí.” (p. 56)

Ahí es donde cobra más sentido la subclasificación de novela negra mediterránea que el propio Márkaris y gran parte de la crítica han dado a la serie del comisario Jaritos. Por oposición a la novela negra nórdica, los crímenes de la mediterránea son tal vez menos retorcidos, menos sangrientos. Lo importante no son los balazos, los chorros de sangre o la imagen del crimen sino la crítica social que se adhiere al género, haciendo una denuncia con sustento económico y político.

“Estampamos los nombres de Atatürk o de Venizelos en cualquier calle o pasaje que se nos ponga por delante, sea una avenida, un callejón o un camino de cabras.” (p. 58)

Pero ello no obsta para que la crítica social, principal aditamento del género, mantenga intacta toda su fuerza. Los problemas de convivencia entre culturas enfrentadas desde hace siglos se ponen de relieve a través de reflexiones en torno a la posición de las minorías en Europa o sobre la vida de los griegos que permanecieron en Estambul a pesar de las crudas presiones para expulsarlos tras los diversos desastres de los años cincuenta. No sale bien parado, gracias al eficaz retrato de caracteres de Márkaris, el oportunismo de quienes aprovecharon la presión política para enriquecerse con la pobreza y la miseria de otros.

“Soy un hijo de la minoría turca en Alemania. Cada vez que un turco mataba, robaba o agredía a alguien, le cargaban las culpas a la comunidad entera, porque los alemanes creen que todos somos iguales.”. (p. 164)

En medio de todo esto, la figura de quien comete los crímenes, acción desencadenante del núcleo de la investigación del comisario, se erige prácticamente en espíritu vengador de las injusticias sufridas en sus propias carnes y en las de sus seres queridos. La empatía del lector, guiado por el protagonista, así como el aprecio por la justicia poética de la obra, resultan inevitables.

“Por lo demás, la estancia está vacía. En la cama está tendida una mujer con el cabello blanco, labios carnosos y vello sobre el labio. Está en los huesos, y las mejillas, hundidas, se le han pegado a las encñias.” (p. 231)

En esta joya de la ambientación geográfica, política y humana, no solo Jaritos, también el comisario Murat, su esposa, las amigas grecoturcas de Adrianí, incluso la propia esposa e hija de Kostas Jaritos, se encuentran, al igual que Estambul (o Constantinopla), entre dos mares: la tradición frente a la modernidad, las obligaciones familiares frente a la libertad, la responsabilidad frente al deseo. El choque entre lo griego y lo turco queda, por tanto, convertido en mero símbolo, denotativo de una dicotomía de ingentes dimensiones y prácticamente irresoluble.

“Le doy una palmadita amistosa en la espalda, sin añadir ningún comentario, No quiero decirle que podría ser el último destello de luz antes de la muerte” (p.233)

También, vemos la claridad de la estructura del personaje:

“Por suerte, Adrianí nunca se ha engañado a sí misma, siempre ha sabido quien soy: Kostas Jaritos, madero griego” (p. 35)

Para concluir, la novela negra mediterránea tiene un toque de felicidad con el que Márkaris nos redime en las páginas finales:

“Intento borrar de mi mente la imagen de María y sustituirla con la de Katerina y Fanis. Por fin, mientras el coche baja hacia el puerto, lo consigo.” (p. 24)

El líder como impulsor del progreso

Un líder contemporáneo fomenta y premia la creatividad entre sus seguidores, pues comprende qué es necesario para conseguir el cambio que busca.

Hablar de liderazgo es entrar a una especie de territorio en el que todo son buenas intenciones: se persigue el éxito, se administra adecuadamente cada recurso, se propician procesos de eficiencia, se rentabilizan los proyectos, se da buen ejemplo y un sinfín de requerimientos y requisitos que se le van acumulando a la lista que debe cumplimentar un buen líder. Los cambios tecnológicos, los avances científicos y las nuevas visiones que existen en torno al terreno laboral nos llevan a preguntarnos sobre las definiciones de liderazgo así como lo que significa ser un buen líder en la actualidad.

              Un líder, según la Real Academia de la Lengua, es la persona que encabeza y dirige.  La definición se ha trillado bastante y con suficientes razones: quien lleva el timón del barco le da rumbo, dirección, ritmo y tono al viaje. Y, si bien es cierto, que mover voluntades y coordinar esfuerzos no es un tema nuevo, es verdad que la forma de dirigir se está modificando. El reto en estos tiempos en los que el progreso parece esquivo, es cómo lograr brincar el estancamiento y conseguir un impulso que nos lleve hacia adelante.

              La respuesta que la mayoría busca puede estar llena de fantasías. Es fácil ser impulsor de progreso cuando todos los ingredientes están a la mano: una economía boyante, un producto deseado, una compañía sólida, un equipo de trabajo comprometido y además, todo en tiempo y forma. El problema es que entre el deber ser y lo que hay siempre existe un hueco que se llama realidad. No se puede tener todo en forma ideal, eso no es humano —lo peor es que hay ocasiones en que aunque esto se de así, siempre queremos algo más—. Lo curioso es que un liderazgo que promueva el progreso sabe que los elementos los tiene al alcance de la mano, en la mayoría de las ocasiones. Pero, debe aprender a alcanzarlos o a desarrollarlos.

Un líder sabe poner los pies en la tierra y reconocer que no todos en un equipo son de alto rendimiento. Algunos miembros pueden sentirse con derecho a ser holgazanes; otros pueden pensar que obtendrán un pase en blanco por sus errores. Algunos integrantes tienen errores o están instalados en su área de confort y otros viven felices en un estado de ceguera de taller. No se trata de rechinar dientes y apretar puños. Un líder busca formas para transformar la realidad, para aprovechar sus recursos y generar progreso. La piedra fundacional de un líder es la retroalimentación. ¿Cómo le das a alguien retroalimentación en estas situaciones?

Para variar, la observación sigue siendo el principal punto de partida. El antiguo método socrático puede ser de gran ayuda. La mayéutica propicia un diálogo metódico por el que el interlocutor interpelado descubre las verdades por sí mismo. Por lo tanto, es preciso comenzar un análisis haciendo preguntas que ayudarán a entender cómo la persona ve su trabajo y lo que quiere contribuir. Escuchar atentamente, y luego responder con una descripción amable pero inequívoca de las expectativas de su papel es la labor de un líder. Hacer esto establecerá el escenario para que se ofrezcan más comentarios sobre el rendimiento que se espera de cada persona. Si la dinámica hace que la conversación sea demasiado arriesgada o incómoda, considere la posibilidad de que un tercero acompañe al transmitir los comentarios.

Por otro lado, un líder sabe identificar si la persona no es una buena opción para su papel. En ese caso, sería útil pensar qué otra área de la empresa puede interesarse en las habilidades de la persona.  Los movimientos laterales son de gran ayuda ya que el bajo desempeño se puede deber a que la persona no está en una posición en la que puede desarrollar todo su potencial. Es decir, un líder busca alternativas.

Pero, sabemos que hay personas que están teniendo un desempeño pobre y que moverlas de lugar no resolverá el problema. Un líder que impulsa el progreso sabe como poner rampas que ayuden a que los baches en el camino sean salvados. Es decir, una persona que está a la cabeza dirigiendo un proyecto no baja las manos a las primeras de cambio. Recuerdo a mi padre contar sobre un ingeniero que era responsable de la edificación de un puente. Cuando la construcción iba a la mitad, el pilote central se derrumbó. El responsable fue a presentarle su renuncia al superior. El jefe no la aceptó. Le preguntó si sabía porque había ocurrido ese derrumbe y el ingeniero le dio todos los argumentos por los que había hecho ciertos cálculos que salieron mal. ¿Ya sabe dónde está el error? Pues, corríjalo.

Un líder entiende que en algún momento es posible que deba considerar alternativas que preserven la dignidad de los miembros de su equipo mientras despejan el camino para los empleados más productivos.  Un líder que busca el progreso, entiende. Hay situaciones en los que alguien puede reconocer que ya no está en la carrera para un trabajo superior, pero no está listo para retirarse, o se siente atascado porque sabe que no puede obtener un trabajo comparable en el mercado abierto y que una persona al frente debe saber reconocer y entender para tomar decisiones. Considerar la posibilidad de diseñar un proceso sabático para empleados de larga carrera, o experimentar con tareas a tiempo parcial, horarios flexibles o remotos pueden propiciar soluciones. Lis Kislik, consejera de empresas y profesora de NYU dice que uno de sus clientes creó un rol de mentor “de guardia” que sirve como el “guardián de la llama” e historiador para contar las historias y describir los antecedentes y la misión de la empresa de una manera que está inspirando un papel diario. Es decir, un liderazgo que propicia el progreso, entiende sobre las ventajas de tener a alguien que mantenga viva la misión, visión y valores de la empresa.

Las oportunidades para liderar grupos comunitarios o de la industria pueden ayudar a los miembros marginados del equipo a preservar el estado y la conexión en un rol de cabeza de figura que también sirve al negocio. Podrían dirigir actividades del consejo, organizar eventos comunitarios, o tomar parte en actividades con menos presión y exposición que en el negocio, pero todavía ofrece los placeres y satisfacciones tanto de la toma de decisiones como del liderazgo activo.

Por supuesto, un líder sabe que si alguna de estas rampas eventualmente conduce a la jubilación, debe asegurarse de celebrar de una manera que el miembro del equipo se sienta reconocido por su lealtad, años de servicio y su permanencia. Preparar placas, recuerdos y discursos apropiados para que la transición sea suave, satisfactoria y minimice la interrupción.

Un líder que impulsa el progreso entiende como jugar con los recursos que tiene a la mano, sabe estimular a los que andan desmotivados, espolear a los que están desperdiciándose, inspirar a los que traen la semilla que está lista para germinar y despedir en forma digna a aquellos que definitivamente no podrán formar parte de ese equipo.

Desconfianza

Cuando dejamos de creer que alguien va a actuar en forma correcta, cuando la suspicacia se hace presente, hay un freno que se aplica y el flujo normal de la vida se ralentiza por pura precaución. Sucede a nivel global y personal. Cuando falla la certidumbre y creemos que las cosas terminaran diferente de lo que nos prometieron, desconfiamos.

La confianza es un elemento frágil, se rompe pronto si no la cuidamos. Por eso, el prestigio debe cuidarse, el buen nombre debe construirse. El que no lo hace, pierde credibilidad y un chaparrón de infortunios te vienen encima. En el caso de Rosario Robles, no es que la gente le quite de entrada la presunción de inocencia, es que no le tenemos confianza.

Ayer escuché a cierta locutora que defendió a Robles sosteniendo que la prisión precautoria impuesta por el juez es excesiva ya que el delito que ella supuestamente cometió no merece ir a la cárcel. Imaginando que este punto de vista tuviera sustento, el problema que tiene Rosario es que hay sospechas que justifican la falta de confianza que se le tiene.

La historia de Robles nos lleva a recordarla como una mujer inteligente, sí, pero siempre metida en enredos. Rosario se ha rodeado de asuntos espinosos que llevan a la gente a no tenerle confianza a pesar de que dio la cara, cosa que no han hecho otros implicados.

Es verdad, tal vez Rosario Robles tuvo el arrojo de presentarse y enfrentar los cargos. Es posible que al juez se le haya pasado la mano. Es cierto que otros de sus compinches andan a salto de mata. Pero, ella perdió la confianza. Es una pena, tal vez la estén usando de chivo expiatorio. Sí, pero ella anduvo metida en un ajo que tiene que explicar y pocos creen que haya actuado en forma correcta.

Proteger la vida

Después de los atentados de Dayton, Ohio y de El Paso, Texas, con el regusto amargo y la tristeza de ver la capacidad de odio que tienen esos jóvenes es preciso reflexionar. Como si el mundo estuviera puesto al revés, vemos que los antivalores se ponen de moda y el odio germina como hierba salvaje en el corazón de muchos humanos.

Hemos condenado a Caín como el hermano malvado y elevamos la quijada de burro a cualquier semejante que ni vea la vida como yo ni comparta mi punto de vista. Por quítame estas pajas, una bala acaba con una vida. Mientras el mundo lloraba la muerte de inocentes en atentados absurdos, en Guanajuato y Michoacán se rebasaba la cifra de muertos.

Con una frialdad cercana a la frivolidad, un hombre seguía atendiendo su puesto y vendiendo sus cosas mientras pendían sobre él una serie de cadáveres. No hubo ni empatía ni miedo ni consciencia ni nada, mejor mirar cortito y voltear a otro lado sin meterme en lo que no me importa.

En este momento, algún semejante está muriendo ahogado tratando de cruzar una frontera que lo lleve a una mejor vida; una mujer está siendo asesinada porque se puede, un bebé sin nacer pierde la oportunidad de vivir, una persona recibe una bala y ni se entera porqué.

Es momento de proteger la vida y dejarnos de babosadas.

La visita de Trump

Hoy, Donald Trump como presidente de Estados Unidos visitará Dayton y El Paso. Lo hará, dicen, como jefe de estado. Irá a dar el pésame a las familias que perdieron a los suyos, rezará con las víctimas, los acompañará en el dolor. Se hará acompañar por su esposa. Buena suerte.

La tarea se ve difícil, incluso para para él que es un hombre de espectáculo acostumbrado a mover emociones. Trump sabe conmover a la gente, pero, a decir verdad, lo hemos visto arengado odio y a partir de ello generando simpatía y fanatismo. ¿Podrá convencer de que va en buena lid, que sus intenciones son buenas, que no cree que los mexicanos —es decir, los latinos— son malos hombres y todas las ofensas que ha vociferado? Dirá que eso de Shoot them! era lenguaje figurado.

Qué difícil será para Trump este día. Si vence este reto pasará de ser un cómico a ser un estadista. Es un salto mortal con un alto riesgo en su desempeño. La verdad, no se le ven tamaños. Aunque, el hombre puede sorprender. Sin embargo, su pasado lo atestigua y sus palabras lo acompañan.

El hombre es un bully, un narcisista, un supremacista blanco, un tipo que hizo de la ignorancia su mejor cantera y, si bien lo disparó ni jaló el gatillo, si pidió que alguien lo hiciera. Los habitantes de Dayton y de El Paso tendrán que hacer acopio de generosidad y valentía para recibirlo y no perder el control.

Ni hablar, ¿veremos a Donald Trump pedir perdón? Ojalá. No quiero ni pensar lo que sienten todos los latinos que se deslumbraron con el show de este sujeto. ¿Seguirán adorándolo? Todo puede ser. Pero el que juega con fuego de puede quemar y este hombre está chamuscado.

El odio como seña de identidad

Sería fácil hablar de la terrible actitud de odio que el Presidente Trump ha adoptado para ganar elecciones, generar voto y construir una cantera de adoradores. Pero, dadas las circunstancias, sería mezquino. El atentado en El Paso, Texas estuvo a horas de distancia del de Dayton, Ohio. Pero, tampoco está alejado de lo que sucedió en Nueva Zelanda, en Niza, en Barcelona o en Sandy Hook. El odio es un hilo comunicante que esta presente.

Muchas voces se elevan para señalar que este ha sido el atentado en el que ha habido más mexicanos muertos. A mí ese dato me parece irrelevante, estamos hablando de vidas humanas que se apagaron por una bala, de gente inocente que fue a hacer la compra y la asesinaron por el simple hecho de estar ahí. Al hacer esos señalamientos vamos en sentido contrario, hay que condenar la muerte, independientemente de la raza de quien perdió la vida para no caer en aquello que criticamos con dolor. Las autoridades aún no revelan la identidad de las víctimas. Pero, se sabe que hay una nena de 10 años.

El odio a los hispanos es terrible y sus consecuencias ponen a temblar. Igual que el odio a los judíos, a los de raza negra, a los gitanos, a los indios, a los musulmanes, a los que no son como yo. Las declaraciones xenófobas han traído consecuencias. Los candidatos que azuzan el odio han conseguido popularidad y han ganado elecciones, pero ¿se sentirán responsables por estos atentados? Parece difícil que alguien se atribuya influencia en hechos tan delicados. Sacarán las manos, esconderán el brazo qué lanzó la piedra, silbarán su disimulo mientras otros lloran la desgracia.

Pero, criticar a la distancia es tan sencillo. Buscar qué es lo que estamos haciendo mal, complica el día de cualquiera. Patrick Cruisus, el asesino de El Paso, era un solitario aficionado a la informática, presuntamente víctima de acoso escolar. Un tipo de carácter explosivo que en su confusión de valores, creyó estar actuando como héroe defendiendo a su país. Pero, el tipo perdió, según expresaba en sus redes sociales, que había perdido el sentido de la vida.

El odio trae esas consecuencias: amargura y destrucción. Le hemos dado la espalda al amor, a la caridad, a la esperanza y a la fe. Los episodios sangrientos han sido perpetrados en su mayoría por jóvenes que expresaron un gran vacío en la vida. Los vecinos de Patrick Crusius no sabían que él vivía ahí porque no interactuaba con nadie. Se marinaba solo en el odio de alta intensidad y en el hueco de su ocio. Se sumió en n el abismo de su oscuridad.

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