Regresar

Dejar tu lugar de seguridad, el espacio favorito en el mundo, abandonar el pedacito de cielo parece un sinsentido y tal vez lo sea. Siempre es igual, cada verano llego con el corazón sonriente y regreso con ganas de quedarme otro ratito. Lo que pasa es que esta vez es algo distinto.

Llegué hace cuatro meses a refugiarme con mi familia y siempre creí que regresaríamos cuando ya todo hubiera pasado. Tambíen, estaba segura de que por más que durara, ésto no iba a durar tanto y la verdad es que no se le ve final a esta crisis pandémica.

Los que crean que no tengo llenadera están en lo correcto. Sigo con esa convicción infantil y verdadera de que en el mar la vida es más sabrosa. Y, no es que el deber me llame, desde aquí podría seguir cumpliendo con mis labores, pero es algo más fuerte. Me voy porque hay que ser solidarios y acompañar a la familia a seguir su camino.

Así que como cada año, aprovecho los últimos rayos de sol, me doy un chapuzón, miro al cielo y doy gracias. Acuérdate de mí, Acapulco porque lo que es yo, te llevo a donde quiera que voy, aquí en el corazón.

El libro que me habría gustado escribir

Segovia, S. (2017), El murmullo de las abejas, De Bolsillo, México

Siempre nos hacen ese tipo de preguntas y cada vez que me enfrento a ellas, contesto lo primero que se me viene a la mente. ¿Cuál es tu canción favorita? No sé, tengo muchas, me gustaría contestar; ¿cuál es tu libro preferido? Híjole, son tantos que sería injusto darle ese lugar a uno nada más; ¿quién es tu autor predilecto?, y así una serie de preguntas que buscan, me imagino, encontrar señas que revelen datos importantes que definan a la persona. Así que cada vez que me preguntaban ¿qué libro te habría gustado escribir?, contestaba que la Comedia de Dante y todos me veían con una cara de aprobación, como si hubiera pasado una prueba con calificación excelente. Así fue hasta que cayó en mis manos el verdadero libro del que me habría gustado ser la autora: “El murmullo de las abejas”.

              Por esas cosas que tienen la tecnología, en la que un bot me conoce más que yo misma, el programa de Amazon me recomendó el libro. Lo compré por impulso o por un conjunto de pulsiones metalitararias. La portada es hermosa y en la recomendación —que casi nunca leo— decía que era una historia que se desarrollaba en Linares, Nuevo León. Y, por un recuerdo olfativo que se me vino a la mente, decidí aceptar la sugerencia y comprar el libro. Me alegro de haberlo hecho.

              El murmullo de las abejas es una novela entrañable que cuenta muchos sucesos en forma envolvente. La escritura de Sofía Segovia es circular, toca un tema, presenta un personaje en cierto momento y juega con el tiempo para mandarnos al pasado, contarnos su historia, regresarnos al instante en el que nos lo presentó y tirar líneas al futuro. Así, iniciamos una novela con el llanto de un bebé que fue abandonado debajo de un puente, y así como alguien lo dejó ahí, la autora la suelta para contarnos de una serie de personajes que irán pasando por ahí, ignorando la presencia de quien será uno de los personajes centrales.

              “En esa madrugada de octubre el llanto del bebé se mezclaba con el ruido del viento… Se comentaría por años como Don Teodosio debió pasar al lado del pobre bebe… Lupita, la lavandera de los Morales, cruzó el puente… Sin embargo, en este caso nadie sabía nada”. (p.9)

              Dice Sofía Segovia que ésta no es la historia que le contaron, es sólo un cuento que inspiraron. Y, ya sea que le decidamos creer o que pensemos que sólo está protegiendo a quienes le narraron la anécdota; sea que investigó mucho o que haya hecho acopio de una inspiración prodigiosa, El murmullo de las abejas es una novela que toca el corazón de quienes nos vemos inmersos en el Linares de principios del siglo XX y vamos acompañando a la familia Morales en su integración, a la tierra en su transformación, a los hombres y mujeres en sus alegrías y sus padeceres y en la vida palpitante de un Nuevo León que ya no existe más que en las hojas de este sublime libro. El lenguaje, los comentarios nos introducen en un clima de provincias que fue elegido para dar tono y ritmo.

“Nadie, ni el propio marido, sabía decir con precisión en qué había sido mejor Mercedes Garza, pero, como Dios manda, de los muertos siempre se debe decir lo mejor” (p. 69)

              El murmullo de las abejas es una novela que nos irá narrando una historia que se ha escuchado, se escucha y se escuchará muchas veces, y tal vez, Segovia haya apelado a ese sentimiento mexicano y universal que se tiene de esa familia que era y ya no es. Nos podemos sentir cercanos y entender que muchos de los elementos que componen a la familia Morales, pudieron haber sido los de la nuestra: la nana sabia y cariñosa, la Lupita diligente, la abuela que hace los postres deliciosos, la madre que sostiene el timón, el padre que toma decisiones, las hijas que se van de la casa para formar su propio hogar, el hijo que llegó sin ser esperado, la generosidad de los que trabajan y de los que dan empleo y, sí, la envidia, la arrogancia, el celo y la traición que se entremezclan en un México que se corrió a la izquierda.

“Era un historia que esperaba con paciencia. Que esperaba a ser” (p.159)

              Segovia se vale de múltiples narradores, tendrá omniscientes y en primera persona, hará uso del lente del testigo para ir envolviendo al lector mientras enrolla y desenrolla la vida de los personajes que nos dejarán ver su tradición, su fe, su ciencia, sus vacíos y su voluntad.

“En su opinión, la Virgen de Guadalupe marcaba el fin de los tiempos milagrosos” (p.83)

“Era una casa viva la que me vio nacer… En esa casa no hay fantasmas, me decía mi papá: lo que oyes son los ecos que ha guardado para que recordemos a cuantos han pasado por aquí… La casa dejó en mí sus propios ecos”. (p. 23)

              El murmullo de las abejas nos descorre el telón de esas tradiciones familiares:

“Las familias debían permanecer cerca, porque, como ella había aprendido, uno nunca sabe qué pueda pasar” (p. 173)

              La pluma de Segovia escribe personajes a los que se les nota que la autora les tuvo cariño. Los dotó de características humanas con las que el lector se identifica, por los que quien recorre los renglones para acompañarlos siente cariño, admiración, ternura o miedo según sea el caso. Nos permite ver la fortaleza de Beatriz y el amor tan grande que le tuvo a su esposo Francisco. El significado del deber, el precio de no tomar una buena decisión a tiempo, lo corrosivo de la envidia.

“Mientras hubiera gente deseando la tierra del prójimo no habría paz. No habría seguridad”. (p.306)

              Y, con esa habilidad para unir letras y palabras, Segovia nos lleva al extremo de la ternura al componer a un personaje tan bien logrado como Simonopio al que te gustaría tener enfrente para llenarlo de besos.

“Los recuerdos dejan de ser lejanos. Dejan de medirse en años y empiezan a medirse en emoción pura. Ahora me da la mano. Le doy la mía. Me pide que siga a las abejas por el camino de Reja, porque al final de éste nos espera nuestro hermano. “ (p. 475)

“Al destino de los azahares, al de Simonopio, al propio, al suyo, al mío, antes de que caiga el sol. Porque una vez ahí tomará con su mano pequeña —ya sin venas aparentes, sin manchas y sin líneas—, la mano de su joven hermano… Caminamos sin mirar atrás, porque en este viaje, lo único que nos importa es nuestro destino” (p. 477)

Hacía mucho tiempo que una lectura no me ilusionaba tanto. Tanto así que no quería que terminara el libro porque no quería renunciar a la compañía de todos esos personajes por los que se me despertó un cariño auténtico. Tanto así, que en ninguna otra ocasión afloró el llanto fuerte al estar leyendo, es verdad, que en otras ocasiones uno que otro libro me ha hecho llorar, pero hubo algo único en El murmullo de las abejas: lloré porque este es el libro que me habría gustado escribir y eligió a alguien más para hacerlo.

Salió el Cuauhtémoc

Salió el buque escuela velero de la Armada de México “Cuahtémoc”. Dejó su lugar de anclaje en las playas de Icacos, donde se me hizo costumbre verlo al amanecer y al anochecer todos estos días de pandemia en que me vine a refugiar a la tierra que algún día fue el Paraíso Terrenal del que nos habla el Génesis y que hoy es un pedacito de cielo que ven Dios y María Santísima.

Izó sus velas por lo alto de sus mástiles, permitió que se hincharan con la brisa acapulqueña y se hicieron a la mar. Con la quilla en equilibrio su avance fue lento, como si no quisiera irse, como si le costara despegarse de la patria. El signo del que lo quisiera ver era la bandera tricolor a media asta que se agitaba, enorme, con el dolor de todos los caídos en esta guerra con el enemigo que no podemos ver y que tantas vidas ha cobrado en Acapulco, en México y en el mundo.

Con el botavara mirando a Oriente, el Cuauhtémoc surcó las aguas tranquilas de la Bahía de Santa Lucía. Desde donde estoy, lo vi zarpar de Icacos, ocultarse tras la montaña de Guitarrón y detenerse frente a mi casa, como si quisiera darme un mensaje: no estés triste. Lo nuestro es irnos y volver. Lo acompañé en su camino, lo vi ocultar el Farrallón del Obispo, enfilarse a la Roqueta y por fin, salir al mar abierto.

Qué sola y vacía se ve la playa de Icacos. La sal del mar se me escapa de los ojos y me humedece las mejillas. Nunca, nunca, nunca me quiero ir. También me tocará izar las velas y tensar los estayes. Izaré el foque aunque tengo ganas de arriarlo, el puño de drisa me dará impulso para partir, los amantillos sostendrán el botavara para ayudarme a ir, porque me han dicho que ya es tiempo.

Pedí una señal al cielo y vi en el mar al Cuauhtémoc. Salió el Cuauhtémoc para darme el ejemplo de lo que debo hacer. Hizo acopio de valor y con el timón bien firme fue a cumplir con el deber impuesto. Haré como el buque escuela y lo haré idéntico: partiré con la bandera a media asta y el alma humedecida.

Se va el Cuauhtémoc que fue mi compañía en este tiempo, al llegar hace ya tanto tiempo, me sorprendió verlo en Icacos cuando regularmente a estas alturas siempre anda lejos. Supongo que él también se sorprendió de verme en Acapulco cuando regularmente no estoy aquí en estas épocas del año. Me dio la bienvenida y fue el símbolo de que aquí debía estar. Se va él y me voy yo. Regresara él, regresaré yo.

Veintiséis años de casada

Si hace veintiséis años, que me desperté con esa mezcla de emoción, felicidad e incertidumbre, alguien me hubiera dicho todo lo que iba a vivir en estos años de matrimonio, seguro habría pensado que estaba exagerando. Y no, estos años han sido una vida plena en la que los claros han sido más abundantes que los oscuros.

Tengo que reconocer que Carlos y yo somos personas muy diferentes. Cada uno tenemos una visión distinta de las cosas y creo que esa ha sido la sal y la pimienta de este matrimonio. En todos estos años de vida en común, la sorpresa sobre lo que mi marido ve y yo no percibo sigue siendo el elemento que continúa con la chispa del asombro encendida.

Claro, ese siempre fue y ha sido el primer escalón de una serie de actos de solidaridad, paciencia, perseverancia y mucho, mucho cariño. De otra manera, no hay forma de explicarse que sigamos caminando de la mano con una sonrisa y queriéndonos con amor del bueno.

Hemos tenido que tragar sapos y ranas, ni modo que no, los dos tenemos un carácter fuerte. Ha valido tanto la pena. El haz y en envés de este matrimonio nos han conducido por un camino de proyectos compartidos, satisfacciones y sinsabores que han dado como resultado una vida lograda.

Pareciera difícil lidiar con esta colección de caracteres, rasgos de personalidad y temperamentos tan diferentes, sin embargo, la receta se ha logrado a base de respeto, libertad y hábitos creativos. Parece simple y es verdad: nos casamos y hemos sido felices. Muy felices.

Estamos de manteles largos, de festejo y celebración. Es un gran éxitoque nos llena de orgullo y alegría.

Encontrar la plenitud de vida con un hombre como Carlos es un privilegio de vida por el que siempre estaré agradecida. La bendición de Dios ha formado parte de nuestra unión Gracias, mi Gog adorado. Te quiero con el alma.

El difícil arte de desmitificar la toma de decisiones

A cada ser humano nos toca desarrollarnos en un espacio y en tiempo específicos lo que nos lleva a tomar posición ante la realidad. Con esta visión que se construye sobre la base de nuestros valores, tradiciones, creencias, tomamos decisiones. También, no podemos negarlo, lo hacemos teniendo presentes nuestros miedos, prejuicios, angustias y todo esto nos envuelve en un velo por el que traspasan los mitos y leyendas que nos hemos creído. En el caso de las personas, de las organizaciones y de proyectos empresariales, tomar postura implica una doble connotación, ya que no solo se expresa desde el ser vital personal, sino también desde el hacer observable, es decir, el producto social-trabajo creativo u objetivo.

Y, en esta condición, en forma natural, a partir de lo que somos, tomamos decisiones. Asumimos una postura crítica o complaciente frente a un contexto histórico marcado por lo que nos toca vivir. Algunos enarbolamos la pluma como bandera, otros asumen un compromiso social desde el ejercicio profesional, algunos lo hacen en un quehacer empresarial.

Tomamos decisiones al elegir la posición desde la cual queremos dirigir nuestra vida. Emergemos de los márgenes para situarnos como personajes centrales de nuestro propio relato, nos convertimos en protagonistas que cuestionan y ponen en evidencia gustos y desagrados.

Algunas ocasiones, nuestra forma de decidir es reflexiva, analítica, busca un método cuidadoso y otras nos brota de la piel de manera natural. Es como si fuera parte de nuestra biología, como si viniera enredado en nuestra cadena genética. Pero, nos ha dado por generar todo un constructo sobre el tema de decidir. Nos formamos en la fila de un modelo cultural de titubeo, nos dejamos ganar por el miedo al error y perdemos la valía del que después de fallar, compone las cosas.

Entorpecemos la toma de decisiones cuando nos olvidamos de una verdad básica: errar es humano. Por eso, habría que empezar a desmitificar la gravedad de los errores, derribar esos modelos culturales de sumisión al éxito como única posibilidad y desmontar los estereotipos.

Ni hablar, no siempre se gana y poner en entredicho ese discurso autoritario e inhumano, no es volverse derrotista ni frívolo ni mediocre, es humanizar la mirada. No se trata de un panegírico a la irreflexión, ni una invitación a alejarse del análisis. Todo lo contrario. Se trata de desmitificar lo terrible que se vuelve tomar una decisión. Se trata de legitimar la dominación sobre la razón, sabiendo que en el camino no hay nada cierto. Si el camino se nubla, no hay que parar: hay que seguir caminando con precaución.

Creo que nos tomamos demasiado en serio. Y, cuando nos forjamos esas imágenes prístinas e inmaculadas de lo que somos, o deberíamos ser, vamos rigidizado tanto las expectativas de lo que esperamos que nos inmovilizamos. Si no logramos que se corresponda la realidad con nuestras fantasías, no nos movemos. Y, en esta búsqueda de la perfección, perdemos color y dejamos pasar oportunidades que otros pueden tomar, aunque no hayan sido tan perfectas.

Es difícil desmitificar estos modelos en los que nos presentan a gente ideal teniendo éxito permanentemente. Hay que decirlo de una vez: son irreales. Todos tenemos una cicatriz, a todos nos a salido un grano y todos nos hemos tropezado una o muchas veces. No hay perfecciones, no es humano. Pero, lo único cierto es que todo cambia y nada es para siempre. Desmitificar es disminuir o privar de atributos míticos a una persona o una cosa o a una actividad poniendo en evidencia sus características reales. Por lo tanto, animarnos a tomar decisiones, en todo tipo de contextos, controlados o difíciles, no debiera estar asfixiado por la oscuridad. Habría que darle luz a la razón y confiar que si las cosas salen mal, tendremos preparado un plan para que salgan mejor.

Saber quién soy

“—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías. “

Miguel de Cervantes Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha I, Cap V.

La pregunta debiera tener una respuesta fácil, quién mejor que uno mismo para poder darle al mundo la definición de la propia identidad. Sin embargo, al colocarnos frente al espejo, es sorprendente lo poco que entendemos al propietario de la imagen. Es tan frecuente ver un reflejo distorsionado. Hay dos posibilidades: ver una persona aumentada con respecto a la realidad o ir por el camino opuesto y percibir algo empequeñecido que no es verdad. Unos aumentarán sus cualidades y otros sus defectos. Unos sumarán más fallas y otros más fortalezas. Pero, vernos de cuerpo entero y dar una definición en justicia, no es sencillo. Por eso, el pasaje en el que Don Quijote le dice a Sancho, con esa contundencia: Yo sé quien soy, me despierta una admiración rayana en la ternura. La búsqueda de nuestra identidad es un trabajo íntimo que requiere sinceridad.

              Es válido tener dudas al mirarnos, preguntarnos sobre si estamos en el camino correcto que nos lleve al destino deseado de conocernos. Podríamos creer que extraviarnos es fácil y a la distancia, vemos a un hombre con un bacinica como yelmo, subido en los lomos de un caballo macilento al que decidió llamar Rocinante y “unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. (Cervantes I, p. 101). La persona entera es don, con sus debilidades, fortalezas, limitaciones y capacidades, porque la existencia le ha sido dada, precisamente a él, sin merecerlo, sin méritos​, admitir que sabe quién es, nos tranquiliza: tal vez no debiéramos tener tantas dudas. Don Quijote tiene la certeza porque conoce los dones que le dan esa sabiduría. No sólo eso, asume sus posibilidades.

Si un personaje de ficción nos refleja esa certeza, en la realidad y en la medida en que cada persona asume y acepta el don que le es dado, decimos que encarna un don. Trasciende la dimensión del “tener” porque, al acogerlo, sube de nivel y se convierte en una piedra de construcción. Damos un brinco de calidad entre el cómo soy para llegar al estadio de quién soy, como lo expresa Barahona, en la entrevista “Dar o no dar, esa es la cuestión”. En esa condición, sl ser una parte constitutiva, le hace ser quien es: don único e irrepetible. Y porque el don no solamente se “tiene”, no solamente se da, sino que es uno mismo quien se dona.​

​              Para ello, habría que descubrir cuál es nuestro don, y para ello hay que ser como Don Quijote que se lanza a ese descubrimiento. La maravilla es que mientras me voy descubriendo, me voy afirmando porque tengo más conciencia de quién soy y puedo ser más yo, mostrándome con autenticidad: sintiendo esa comodidad al habitar mi piel. Por eso, al ser capaz de acogerme, posibilito la aceptación de debilidades y fortalezas, con mis limitaciones y capacidades. ​ Y, entonces, uno entiende la alegría de Don Quijote al asumir su identidad.

              Por supuesto, hace falta ser valiente y generoso. Hay que tener valor para mirarnos al espejo con objetividad y la grandeza de espíritu para compartir ese don que está encarnado en nuestro ser. Desde luego, habrá quienes prefieran guardar ese don para sí mismos. Pero, ¿de qué sirve un texto guardado en el cajón, una pintura olvidada en el rincón de una bodega, o un lápiz que no se usa? Sirva para lo mismo que una fruta que no se corta a tiempo, como un manjar que no se disfruta en el momento: se echa a perder.

              No es extraño, entonces, ver a quienes no supieron donarse, con cara avinagrada, con piel enverdecida, con el ánimo ennegrecido; mientras que quienes sí lo hicieron experimentan esa felicidad natural de hacer aquello para lo que fueron diseñados y que cumplen con la misión para la que fueron convocados en el concierto de la historia. El ser humano está hecho para llegar a esa meta. La frustración deviene de querer usar el don en favor de nuestra misión e imponerse el freno. La plenitud llega cuando, con independencia de que unos crean que eres un viejo que enloqueció y vean a un desquiciado que va sobre un caballo famélico y debilucho, él sí sabe su identidad y la asume con alegría. Por ello, se levanta después de luchar contra gigantes, aunque le digan que son molinos, y va en busca de su Dulcinea, aunque le digan que es una tabernera del Toboso que se llama Aldonza.

              Para entender esto, dice Barahona en la entrevista, “parece que por eso somos más abiertos, pero el relativismo es cerrazón, si todo vale nada vale, si no hay límites no hay contrastes, si no hay contrastes no hay belleza. Si nos amoldamos a lo que hay no hay posibilidad de interactuar, de establecer un encuentro real. Solo un conversacionismo banal: me acomodo a los gustos, modas, opiniones, a ver el mundo solo desde mis gafas de color verde que me hacen creer que todo es verde. etc… Por eso el asombro (Guardini y toda la filosofía personalista y católica con él) es la actitud del que vive abierto a lo real, abierto a los contrastes”.

En esta condición, tener una mirada profunda, verme en el haz y el envés, tener el valor de observarme en forma objetiva y descubrir mi don —desenterrar mi talento, como en la parábola(Mt 25:14)— y ponerlo a trabajar, donando mi comunidad de dones, llegamos al descubrimiento magnífico: saber cuál es mi contribución única e irrepetible, conocer el propósito por el que estoy aquí y disfrutarlo.  ​

Fuentes consultadas:

Cervantes, M. (2004), Don Quijote de la Mancha, Edición del IV Centenario, RAE, Asociación de Academias de la Lengua Española,  España.

Barahona, A. [UFVedu]. (2017, enero, 18). Dar o no dar, esa es la cuestión. [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=Hzai9yQavs8​

Sobre la rama de un sauce llorón

Imagina, porque los seres humanos tenemos ese privilegio, que estás cómodamente sentada en la rama de un sauce llorón a la orilla de un río. Te recargas en el tronco a descansar. Para subir, tuviste que conquistar esas rocas tan resbaladizas y puntiagudas. Pero, lo lograste. Controlaste cada movimiento para no derrapar y caer a esas aguas embravecidas. Venciste el miedo. Triunfaste. Llegaste al lugar al que querías. Al estirar los pies, para guardar el equilibrio, escuchas un crujido. La rama se está venciendo. Tienes que tomar una decisión.

Las opciones evidentes son: aferrarte a la rama, porque al fin y al cabo, ese es el lugar que elegiste y ahí es donde quieres estar o abandonar el proyecto, saltar al vacío. Por un lado, aferrarse puede traer como consecuencia que la rama se rompa y te caigas. Por el otro, abandonar ya de por sí es terrible y puede ser peor terminar encajado en una piedra. Claro, esas son las opciones evidentes, las que casi cualquiera puede ver. Pero, cabe la opción de que existan otras formas de salir bien librado.

Por lo general, a primera instancia, la mente nos presenta lo evidente. Sin embargo, pareciera que en este caso, hay algo que se debe perder. Nos gustaría que existiera una solución en la que el sacrificio fuera menos contundente, más ligero. Para ello, es necesario buscar una toma de decisiones creativa.

La creatividad es uno de los factores más complejos a explicar, no obstante, hablamos de ella como la piedra angular de los grandes proyectos. Lo primero será definir el concepto. La creatividad es la capacidad para innovar, “inventar”, dar soluciones imaginativas, generar nuevas ideas o ideas diferentes. Más concretamente, es la capacidad de desarrollar nuevas asociaciones de ideas que desemboquen en resultados diferentes a los obtenidos hasta el momento.

Por otra parte una persona creativa es aquella que no se pone límites a la forma de llegar a alcanzar la solución al problema o situación frente a la que se encuentran. Asimismo, cuentan con altas dosis de flexibilidad y adaptabilidad a las circunstancias de cada momento. También son conocedores de sus fortalezas y de las oportunidades del entorno.

Para tomar una decisión creativa, necesitamos elevar las miras. Seguramente, hay más posibilidades en ese sauce llorón que aferrarte a una rama que se está resquebrajando o que lanzarte a las piedras puntiagudas. Por supuesto, decidir en forma creativa tiene que relacionarse directamente con escuchar las advertencias para ponerlas a trabajar a nuestro favor. ¿Cuál es la elección que tú tomarías en esta situación?

Las virtudes de fracasar y aprender de prisa

Los expertos de Silicon Valley y los teóricos del emprendimiento elogian el fail fast —fracasar deprisa—, lo cual parece un contrasentido porque cualquiera que quiera empezar un proyecto nuevo, que quiera iniciar un negocio o aventurarse en un terreno nuevo lo que busca es tener éxito.  Las mediciones de riesgo, las precauciones y la prudencia tienen que ver con la forma en que la gente le da la vuelta al fracaso para enfilarse al triunfo y la consecución de sus metas. No obstante, lo que ellos plantean no es fracasar para quedarse ahí. De lo que se trata es de hacer lo que hacen las gallinas cuando se tropiezan: se levantan, se acomodan las plumas y siguen caminando como si nada.

Las nuevas tendencias que alaban el fracaso rápido ponen valor el concepto: fail fast, learn fast —fracasar deprisa, aprender deprisa— es decir, le ponen nombre y apellido porque consideran que los fracasos en vez de ser un punto final deben ser asumidos como errores que forman parte la vida y del trabajo. Es más, son un elemento fundamental. En esta condición, no es un problema equivocarse sino permanecer en el error. Y ahí empezamos con la complicación. Para poder aprender, necesitamos un elemento indispensable: humildad. La humildad no es sinónimo de apocamiento, sino que debe ser entendida como la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Es una cualidad humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus condiciones e impotencias y obra en consecuencia.

La humildad es relevante hasta el punto que los gurús de la Costa Oeste resaltan la capacidad de sacar inmediatamente lecciones de todo aquello que se les resiste. Fracasar no es humillarse, es la oportunidad de ver lo que falló para corregirlo. Han descubierto que la fuerza de estas experiencias fallidas suele hacer progresar a las personas y a las compañías más aprisa que las mejores teorías de emprendimiento.

En esta condición, vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Desgraciadamente, una de las deficiencias que presenta este punto de vista es que muchos emprendedores se apadrinan de la arrogancia y son incapaces de ver errores o de escuchar críticas constructivas. A lo largo de mi práctica profesional he visto como quienes inician algo distinto, aceptan mal la crítica. No les gusta que les digan que hay mejoras y caen en el terrible error de ver sus proyectos como hijos: no lo son. Si alguien critica un frutito de las entrañas de alguien más, se meterá en problemas sí o sí. Si alguien da una opinión del fruto de la mente y es divergente o, peor aún, contraria, lo peor que se puede hacer es no escucharla ya que se trata de posibles mejoras, puntos que se pasaron por alto o usos alternativos que no se habían considerado en un principio.

Lo cierto es que en torno al fracaso, hay diversos pareceres que se relacionan directamente con nuestra identidad y nuestros rasgos culturales. En Estados Unidos, pero también en el Reino Unido y en los países nórdicos, a los empresarios, los políticos o incluso a los deportistas les enorgullece explicar cómo superaron los fracasos iniciales, como si se tratara de cicatrices de guerra que les han hecho mejores. Mientras más fracasados fueron al principio, mejor resulta contar la forma en que consiguieron remontar y retomar el camino. Se cuelgan la medalla del perdedor que ya es triunfador y eso los llena de orgullo.

En cambio, en la Europa del sur y en los países latinoamericanos eso no es igual. Según Marius Carol, director editorial del periódico La Vanguardia, en nuestros países estos temas operan al contrario, intentamos protegernos detrás de nuestros títulos y nomenclaturas. Andamos escondiendo obstáculos o frustraciones, pensando que eso nos debilita o muestra nuestras flaquezas. Sentimos que si exponemos nuestros raquitismos quedamos listos para la burla, el escarnio y la tortura. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto. A nadie le gusta fracasar ni estar cerca de los fracasados. El meollo del asunto está en que aquellos presumen sus tropiezos porque consiguieron triunfar, no se quedaron ahí. Por lo tanto, aconsejan que si van a recorrer el camino amargo del desengaño, lo hagan rápido.

Sí, nos gusta pasar rápido los tragos medicinales con sabor desagradables. Pero, si hacemos eso son aprender será tan útil como quien se toma la medicina asquerosa y la escupe de inmediato. Por eso, no estoy de acuerdo con eso de fracasar rápido. ¿De qué sirve tratar de disimular o minimizar o justificar si lo que necesitamos es corregir? En cambio, el binomio virtuoso de fracasar y aprender tiene más sentido. Las elogias que se hacen del fracaso son tan efectivas como los aplausos que se dan cuando el teatro está vacío.

El profesor francés Charles Pépin ha escrito un tratado, Las virtudes del fracaso, donde muestra su extrañeza por el hecho de que en la vieja Europa el error esté mal visto. Y pone ejemplos de cómo Steve Jobs, J.K. Rowling o Thomas Edison vivieron incontables fracasos antes de alcanzar su objetivo. Hoy nos cuentan las historias de tropiezos estrepitosos cuando la espectacularidad no está en morder el polvo sino en la enseñanza que se debe de obtener.

Aprender de los errores a base de humildad. Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus fracasos que luego se convirtieron en éxitos y logros. Por eso, la humildad es un valor opuesto a la soberbia. Quien obra con humildad no se vanagloria de sus acciones: rechaza la ostentosidad, la arrogancia y el orgullo, y prefiere ejercitar valores como la sobriedad y la mesura. En esta condición, el aprendizaje es como una buena semilla que germina en terreno fértil.

La humildad no supone una renuncia a la dignidad propia como personas o del proyecto, por eso no le teme al error. Finalmente, la humildad es también la actitud de quien se somete o rinde a la autoridad de una instancia superior: la realidad. Comportarse con humildad implica también evitar actitudes de prepotencia ante lo evidente sino optar por el acatamiento de lo que no funciona para remplazarlo por lo que sí va a funcionar. Se apela a la voluntad de entender y así aprender.

La sabiduría milenaria de Lao Tse se refleja en sus palabras: En el centro de tu ser tienes la respuesta; sabes quién eres y sabes lo que quieres. El hombre vulgar cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla. Apresurarnos a fracasar, como una forma de pasar rápido el trago amargo puede significar un golpe duro si no tenemos la fortaleza de asumir y aprender para corregir.

Más cerca de lo que uno cree

Westover, T. (2018) Una educación (Traducción, Martín, A.) Lumen, USA

Empecé a leer este libro por una recomendación. Fue una especie de curiosidad la que me llevó a comprarlo: se trataba de la vida de una mujer que pertenece a la tradición de los mormones. Como sé muy poco de ellos, me pareció interesante adentrarme en las páginas de Una educación de Tarawestover. Al principio creí que se trataba de una novela, es una biografía. No fue el único tropiezo, pensé que se trataría de alguien retratando la comunidad y dejándonos ver las tradiciones para lograr entender y no fue así.

              Tara Westover es una mujer norteamericana nacida en Buck´s Peak, en las montañas de Idaho en 1986, sin embargo, su historia parece desarrollarse en un tiempo lejano. De repente, uno piensa que se sitúa en la Edad Media o a principios del siglo XIX, a mediados del XX y la verdad es que es difícil imaginar que vidas como estas, se estén desarrollando en la actualidad en algún rincón del mundo. Lo cruel de esta narración es que se trata de una historia real.

              “Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, de las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado, significaba que nada había cambiado”. (p. 15)

              Westover nos va a contar una vez más la historia de transformación del héroe, no obstante, las peculiaridades de este cambio son las que hacen de este texto algo especial. Se trata de una ruptura en la que se decide que se abandona un mundo para entrar a otro, sin que esta decisión deje de ser dos cosas a la vez: lógica y dolorosa.

              “el cambio no era esencial, sino tan sólo cíclico”. (P.14)

              Una educación nos permite ver a una familia cuyo estilo de vida es un par de rieles de tren: rígidos y sin posibilidades alternas; en el que las modificaciones no se permiten y todo gira en torno a la forma particular en la que ellos se relacionan con una tradición de fe. Es a partir de estos rieles que se juzga todo: la salud, las jerarquías, las relaciones familiares, la actividad económica, la forma en la que se gasta el dinero. Todo se mueve alrededor de una espera: el día del juicio final. En esa condición, Dios es la gran presencia que determina todos los movimientos, sin que medie la libertad del hombre:

“No te preocupes, cariño. Dios está aquí, trabajando con nosotros. No permitirá que te hagas daño. Y si te lo haces es porque así estaba dispuesto”. (p. 93)

              Tara Westover abre la puerta para que espiemos la vida de una familia mormona a ultranza. Y, tal como lo expresa Tolstoi en la primera línea de Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia es infeliz a su manera”, así Tara nos muestra como su familia podría parecerse a tantas otras, como hay rasgos con los que nos podemos identificar, particularidades que logramos creer y como en ese estilo de vida en el que se somete la razón a lo que se interpreta como la voluntad de Dios, se permea la violencia, la complicidad, se tuerce la verdad y se llega a desmembrar el cuerpo familiar.

              “Nos dábamos cuenta de que la disolución de la familia de nuestra madre representaba la inauguración de la nuestra”. (p.52)

              “…qué ha de hacer una persona cuando sus obligaciones con su familia están reñidas con otras obligaciones, con las que tiene con sus amigos, con la sociedad, consigo misma”. (p. 448)

              “Me había construido una vida nueva y además feliz, pero experimentaba el sentimiento de pérdida que iba más allá de la familia”. (p.449)

              Una educación está dividida en tres partes que a su vez se dividen en capítulos. En la primera parte, leemos sobre la infancia de Tara, nos cuenta sobre su casa, los movimientos domésticos, la convivencia con sus padres, los ejercicios de autoridad, los niveles jerárquicos que existen, los valores que se manejan y cómo ciertos hechos históricos nos anclan a las fechas en las que se dan esos eventos. Nos enteramos:

              “Mi padre vivía atemorizado por el tiempo. Sentía que lo acechaba”. (p. 91)

              La autora nos narra tiene una sensación que la acompaña desde la infancia. Es la vida en esa familia de la que ella es parte activa y actuante, sin embargo:

              “La verdad es esta: no soy una buena hija. Soy una traidora, una loba entre ovejas; soy diferente y esa diferencia no es buena… No estoy arrepentida, sino avergonzada”. (p.218)

              Los últimos capítulos de la primera parte nos permiten ver la vida de una niña entrando a la adolescencia, que había sufrido varios accidentes, que creció en una familia que aseguraba que la medicina alópata es cosa del demonio y las hierbas y los ungüentos preparados por la madre eran la respuesta que Dios daba para los que se querían curar de algún mal o alguna dolencia. Vemos como los hermanos varones y las mujeres toman sus roles y vemos como la violencia familiar tiene brotes muy agresivos, sin que aparentemente, nadie se dé cuenta.

              “—La primera vez que me puse brillo de labios, Shawn me llamó ramera”. (p.170)

              “A fin de cuentas, había estado a punto de desmayarme y luego habría olvidado el incidente. Al cabo de un par de días ni siquiera habría sido real; se habría convertido en una pesadilla, y al cabo de un mes, en el eco de una pesadilla. En cambio, Tyler lo había vuelto real al presenciarlo”. (p.179)

              Una educación nos narra como una familia puede hacer todo lo posible por ocultar los incidentes graves, por justificar la violencia de un hijo golpeador, manipulador y psicópata, con tal de sostenerse en el espacio en el que ellos creen tener la razón. Así, una versión de las cosas, se oficializa y se convierte en realidad, aunque esté plagado de mentiras.

              En la segunda parte del libro, vemos a Tara acceder a la educación universitaria y el camino que debe recorrer para romper con sus prejuicios. La verdadera transformación inicia en la primera parte, pero se desarrolla en este segmento. Leemos la vida de una joven que mira con juicio y que no acepta ayuda porque no cree necesitarla. Rechaza ayuda de su obispo, de sus compañeros, de autoridades escolares. Se niega a ir a un hospital cuando se enferma y no acepta la medicina para aliviar sus dolores.

              “Las enfermedades no se eligen…Habíamos sufrido contusiones, cortes y conmociones. Nos habíamos quemado las piernas y nos habíamos quebrado la cabeza. Habíamos vivido en un estado de alerta, en una especie de terror constante… porque papá siempre anteponía la fe a la seguridad”. (p. 304)

              La tercera parte narra el sedimento de la transformación, el momento en el que el cambio se asienta en la mente y en el cuerpo de una mujer que no es expulsada del seno familiar por sus elecciones, por su brillantez universitaria, por su carrera exitosa, sino por el hecho de haber tenido padres que amaron más a un hijo que a ella y por mantenerse en un terreno que los hiciera sentirse seguros, incluso sabiendo que lo que ellos decían era mentira.

              “El sentimiento de culpa es miedo a nuestra propia vileza”. (P. 461)

A eso se arriesga uno cuando hay un cambio de ser, cuando hay un cambio de esencias. O, eso es lo que Tara Westover llama: Una educación. Y, eso que parece tan lejano, puede estar sucediendo hoy en un pueblo de Idaho o a unos metros de nosotros, puede pasar en el espacio en el que nosotros llamamos normalidad.

Qué combinación más extraña: literatura y deporte

Lo raro ha dado motivos de inspiración a la literatura. Las relaciones extrañas que se forjan entre dos puntos distantes son el caldo de cultivo en el que germinan las buenas historias. Y, sí, es tan difícil ver a un deportista leyendo un libro como a un escritor creyendo que el deporte puede ser materia de literatura. Alérgicos, líneas divergentes, polos opuestos, que casi por convención se repelen unos a otros, la literatura y el deporte han crecido en mundos paralelos. O, eso fue lo que nos dijeron.

No podemos negarlo. El deporte como espectáculo y sus protagonistas se ven como el terreno de las bajas pasiones, de los sentimientos más simples, casi obscenos, de las masas; hay quienes creen que la literatura, y todas las bellas artes, encarnan el reino de lo refinado, el entendimiento, el placer de la razón, la metáfora y la imaginación. Dicho eso, no nos podemos engañar, la literatura también se nutre de horror, de las pasiones, de los vicios y del reflejo de las emociones: en ello está el punto de encuentro indefectible entre la literatura y el deporte.   

En el principio fue la palabra. La palabra escrita. La palabra es sagrada, o eso es lo que la mayoría de las tradiciones religiosas nos enseñan. Antes que con la voz, con la radio, con la imagen televisiva, el deporte se contaba con palabras que despertaban la imaginación y el deseo de quien no podía verlo allí donde se competía. Los enviados especiales de los periódicos, los narradores deportivos, sus escritores más talentosos y de imaginación más libre, contaban la acción reinventándola de acuerdo con el mejor instrumento que tenían: una mirada soberana. Ellos tomaron prestada de Homero la épica para convertirla en un elemento inherente a la narración deportiva. Y la gozaron sus lectores que al día siguiente de un buen partido y hasta meses y años después la recreaban en su interior, y se seguían emocionando y generando ilusiones.

La desconfianza entre ambos mundos tiene Historia. Desde que el poeta Juvenal en la Antigua Roma dijera: “al pueblo pan y circo”, hasta la anécdota en España sobre lo dicho por un ministro del dictador Franco que proclamó “más deporte y menos latín”, los deportistas desconfiaron de la gente de la cultura y los miopes se quitaban los lentes, no fuera ser que los confundieran; los de las letras escondían el suplemento deportivo, por si acaso. En México, el deporte y la cultura crecieron entrelazados, inimaginables el uno sin el otro. Muchos intelectuales confiesan a bocajarro su amor por los deportes y los aficionados al deporte se muestran deseosos de conocer sus historias. Material ha habido de sobra.

En esta tierra bendita, saber de las vidas de los ídolos deportivos, genera gran curiosidad. Más que noticias y cuentos de los que se leen en las revistas del corazón, queremos conocer la raíz de la que surgieron, saber sobre sus tradiciones, sus raigones. Nos interesa la metáfora de la vida humana reflejada en un corredor de fondo, siempre solo; de los futbolistas que debían buscar en tierras extranjeras el éxito.

Pero, sólo los que tenían oportunidad de viajar al extranjero, encontraban alimento para su espíritu hambriento. No se encontraban libros serios que hablara de ídolos deportivos. Había suertudos, sí, siempre que supieran leer en otros idiomas, francés, inglés o italiano. Hasta hace nada, la literatura deportiva sobrevivía en las catacumbas.

Por fortuna, la literatura se atrevió a entrar al terreno de juego. Bajó a nivel de cancha. Se interesó por mirar a estos héroes y por desmitificarlos para transformarlos en personajes redondos. Y, es que en México hay mucho material: desde la vida de figuras emblemáticas como El Santo o Blue Demon, hasta boxeadores como Sal Sánchez o Mantequilla Nápoles; anécdotas como la del Tibio Fernández que se llevó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México en 1968 gracias a las porras que lo animaron a nadar más rápido aunque ya casi desfallecía.

Pero, de un tiempo para acá, se ha producido el milagro.  Se avanza a pasos para recuperar el terreno perdido. No hay que buscar en el extranjero lo que ya en casa se produce abundante y bueno, o se traduce. Han nacido editoriales que no desprecian la llamada literatura deportiva, dos palabras que juntas ya no conforman un oxímoron, y algunas, incluso piensan solo en ella y en sus autores. Parece que el agua y el aceite lograron convivir y las líneas paralelas se torcieron para poder tocarse.

En el siglo XXI, la literatura deportiva se ha renovado en el mundo con diversas actividades que exaltan la relación entre inteligencia y deporte y promueven el equilibrio entre la mente y el cuerpo. En México, las relaciones entre el deporte y la literatura comprenden hoy una cancha múltiple con, al menos, cinco centros de interés: la producción, la comunicación, la mitología, el conocimiento y la promoción de la lectura y de las letras. Parece que hemos encontrado un punto de encuentro y dejamos de lado el contrapunto de separación.

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