Mal praxis financiera

Antonio Muñoz Molina nos advierte de la dificultad de escribir del presente. Es verdad, la inmediatez de los sucesos nos impide tener la visión sosegada que regala el tiempo. Tal vez diez, quizás quince, en ocasiones veinte años serán apenas suficientes para ganar perspectiva.
Hace veinte años México vivió el regodeo de sentir que casi, casi, alcanzábamos el primer mundo. Nos hicimos socios comerciales de la economía mas poderosa del mundo y lo mexicano estaba de moda. En 1994, un error de diciembre nos regresó brutalmente a un lugar en el que no queríamos estar. El drama del desahucio. Inflación, crecimiento de las tasas de interés, devaluación del tipo de cambio, deudas impagables que superaban el valor de mercado de lo adquirido. Preferible el embargo que liquidar los prestamos que gracias a la tasa variable se habían quintuplicado.
En ese territorio de la desposesión concurrieron lo mismo los que pidieron un crédito para comprar muebles, auto, casa… Que los que se los facilitaron. Pero ¿quién en aquellos años no cayó en la tentación de querer vivir mejor? ¿Qué persona fue la que se resistió a aceptar una tarjeta de crédito adicional si era tan fácil conseguirlas? Supe de gente que tenía una hipoteca, muebles de pagos en abonos, auto pagadero en 18 meses y hasta diez tarjetas de crédito. Vacaciones, ropa, restaurantes, fiestas…Ni con siete vidas lograrían pagar sus deudas.
Evidentemente la burbuja se reventó. La fantasía terminó y los créditos se hicieron exigibles a tasas imposibles. Hubo quienes intentaron pagar, simplemente no lo lograron. Otros huyeron, algunos devolvieron lo que ya no se pudo pagar, otros, de plano, esperaron a que les fueran a cobrar. Llanto y rechinar de dientes.
En síntesis mal praxis financiera.
En estas malas practicas hubo dos partes involucradas: quienes ofrecieron y quienes aceptaron. Unos los que ofrecieron sueños de progreso y mejoría otros los que aceptaron echarse a las espaldas una carga imposible de soportar. Ligereza en ambos extremos. Se otorgaron facilidades sin llevar a cabo investigaciones, sin verificar si las personas eran sujetos de crédito o no. Al final el dinero publico sustraído a los ciudadanos se destinó a enmendar los estropicios de la irresponsabilidad.
Mi abuela, una mujer de otra época, me aconsejó, nunca gastes más de lo que ganas; en vez de eso procura ahorrar. Ten siempre un guardadito para hacerle frente a las emergencias. Prudencia. En esos días faltó prudencia. Para dar y para recibir. Para administrar. Para reaccionar. La catástrofe estaba a la vista, muchos, a pesar de que lo sabían, prefirieron volver la mirada a otro lado.
Antonio Muñoz Molina tiene razón, hay que dejar que el tiempo pase para hablar de las cosas. Desde México veo a España, la cifra de desempleo avanza implacable, serán seis millones los que no tengan trabajo en invierno. Se han incrementado un 25% los lanzamientos, las expulsiones de la gente de sus casas o de sus lugares de trabajo. Los despojos, legales y criminales al mismo tiempo.
La solución en aquellos años se encontró negociando. Pactando, cada parte debía ceder, cada extremo hizo esfuerzos para encontrarse en el medio. Hubo abusos de ambas partes, cada quien tuvo que hacerse responsable de su parte.
Los dadores de crédito que insistieron en el despojo se quedaron con estacionamientos atestados de autos que pronto se convirtieron en chatarra, con edificios a los que no se les pudo dar mantenimiento y se volvieron ruinas; los que no negociaron perdieron sus posesiones, sus empleos, su estabilidad.
Quiebras y gente a la intemperie no resultan un buen panorama.
Escribir de lo que está sucediendo en España es complicado porque la inmediatez de los hechos nos niegan el ángulo para hacerlo con serenidad. Por eso, mejor escribo de lo que sucedió en México hace casi veinte años. Una burbuja se reventó por una sencilla razón: mal praxis financiera. Faltó prudencia, diría mi abuela.

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La paz de los sepulcros

Recuerdo el tiempo en que a los panteones se les llamaba camposantos. Eran épocas en las que se les consideraba un lugar de respeto en el que se encontraba la última morada terrenal de los que vivieron en otros momentos.
El cementerio, se decía, es el lugar para gozar del sueño de los justos, la antesala de la luz perpetua, del descanso eterno. El hoyo del que no se ha de salir.
Claro que los mexicanos tenemos una relación extraña con la muerte, nos reímos de ella, nos la comemos, la dibujamos, jugamos con ella, le dedicamos una casilla en el jugo de lotería, hay quienes la disfrazan con un habito y una hoz y le llaman santa. En el país en el que la vida no vale nada, diría José Alfredo, parece que la muerte tampoco. De ahí que, casi nada debería sorprendernos con respecto a la muerte, sin embargo, me ganó la sorpresa.
Cercanos al día de muertos y con los festejos de Patzcuaro y Mixcquic, en el panteón de Pachuca ayer hubo fiestecita. Diferente, eso si. Los mexicanos estamos acostumbrados a festejar a nuestros muertos. Les llevamos tequila, mezcal, mole, tamales, tacos y todo lo que les gustaba como una muestra de cariño y respeto. Nos reímos con la muerte, no de ella. Respetamos y amamos a los que ya no están.
La profanación de tumbas, con independencia de creencia, militancia o parentesco, me parece un escándalo agraviante. Los muertos, decía mi abuelita, ya están juzgados por Dios, hay que dejarlos en la paz de los sepulcros.
Ayer, en el panteón municipal de Pachuca se exhumaron las tumbas de los familiares de Humberto Lazcano para tomar muestras de ADN y corroborar la identidad del capo cuyo cuerpo está desaparecido.
Parece una ficción escrita para celebrar el próximo día de muertos. Un texto hecho con la intención macabra de asustar y en una de esas, hasta de hacer reír. Y no, se trata de una investigación policiaca. En realidad se trata de una forma espantosa de enmendar un error.
Con independencia de quién se trate, me parece que a los muertos habría que dejarlos descansar en paz. Pero en estos tiempos violentos, parece no ser importante respetar la paz de los sepulcros.

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A domicilio

Enciendo el radio y me entero. El formato para la entrega del Premio FIL se ha modificado en esta ocasión. Por primera vez en veintidós años se llevará el premio a domicilio. Un representante de la Feria del Libro de Guadalajara viajará a Lima a darlo en propia mano. Por primera vez en veintidós años no se escuchará la voz del galardonado en el discurso de aceptación. No, eso no suena bien. Tal parece que deberá de ser así por las múltiples protestas de maestros, cibernautas, escritores, articulistas e intelectuales que no están de acuerdo con la selección del jurado calificador.
Alfredo Bryce Echenique no podrá recibir el premio en Guadalajara.
Sus detractores dicen, y tienen razón, que un escritor que plagia no debe ser premiado. Sus defensores dicen, y tienen razón, que las obras que lo hicieron merecedor del premio no fueron plagiadas. Entre los malestares de unos ya las protestas de otros está el autor.
Las razones que llevan a un escritor a empuñar la pluma y vencer a la hoja en blanco son tan personales, tan variadas que juzgarlas es además de estúpido, arrogante, en mi opinión. Los motivos que llevan a un autor a aceptar un premio tienen que ver con el honor, con el prestigio, con la distinción que se hace para alabar el trabajo de hilvanar palabras. Es un momento de fiesta. Recuerdo la cara de José Emilio Pacheco cuando anunció en la FIL que había ganado el premio Cervantes. Se le veía orgulloso, feliz, honrado; y con él todos los que, por una u otra razón, estábamos en el recinto de la feria. El premio fue motivo de regocijo.
Tal parece que este premio a Alfredo Bryce Echenique, el premio FIL, no lo bañará de gloria. El hecho de que el formato de entrega se haya modificado sin siquiera tomarlo en cuenta me parece que deja ver las huellas que un buen entendedor puede interpretar. Es así de sencillo, el homenajeado no puede hacer acto de presencia en la fiesta. Recibirá el premio en lo oscurito. No, definitivamente, esto no suena bien.
Hay eventos que cada persona, según sus apetencias, prefiere celebrar en la intimidad de su hogar. Hay cosas que uno agradece que le lleven a la puerta de su casa, una pizza, por ejemplo. Sin embargo, un premio es algo que uno desea festejar y compartir con los demás. El premio FIL no es una pizza. Insisto, en mi opinión.

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Enhorabuena, Cuba.

Termino de leer Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante el mismo día que se da a conocer la noticia de que Cuba está relajando los trámites para que sus ciudadanos puedan salir y regresar al país.
Guillermo Cabrera Infante, el mago de la oralalidad, el prestidigitador de palabras, nos regala en los renglones de Tres tristes tigres un reflejo de la Cuba de finales de los años 50, una crónica de la noche habanera, del Tropicana, del Capri, de la música, de los bongoes y los timbales, de las mujeres de cuerpos excepcionales y de voces extraordinarias. Del libro se desprende la Cuba misteriosa, bulliciosa, turística, melodiosa que murió después de los acontecimientos del 59. Todo esto lo escribió el autor mientras estaba lejos, viviendo en Europa, concretamente en España, Bélgica e Inglaterra. Murió en Londres sin haber pisado la isla otra vez, murió nostálgico, añorando su tierra. El máximo amante de las calles y de la noche y de la fiesta cubana no conoció bien las calles de Londres. Se recluyó en su departamento y vivió en el recuerdo de su ciudad amada. De esa que según sus palabras se extinguió como la luz de una vela.
Hoy los cubanos festejan. Tendrán mayor flexibilidad para ir y volver a la isla, quieren ver mundo, visitar a sus familiares que viven fuera, en Miami, en México, que están allende el mar; quieren pasear, conocer, salir de ahí. Enhorabuena.
Si. Así como Guillermo Cabrera Infante dice que la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, así espero que el vuelo de los cubanos a la libertad sea tan agradable como las letras de este autor que amó entrañablemente La Habana.
Sus autoridades no tienen nada que temer, la gente de Cuba jamás se va de ahí, aunque estén lejos. ¿No me creen? Lean Tres tristes tigres y ya verán. Claro que para eso deberán permitir, finalmente, su publicación en la isla.

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Cherchez la femme

Cherchez la femme es una expresión francesa que proviene de la novela de Alexandre Dumas, Los mohicanos de París. La traducción literal es: Busca a la mujer.
La frase representa un cliché de la literatura pulp detectivesca: no importa cuál sea el problema, una mujer es a menudo la causa del mismo, o bien la pista que se debe seguir para resolverlo.
Hoy en día, ese parece ser el mejor consejo que Hercules Poirot, Phillip Marlow o Sherlock Holmes le podrían dar a aquellos que buscan el cuerpo de Heriberto Lazcano.
¿Dónde quedó el cadáver de Lazcano? Parece ser el máximo misterio que debe resolverse hoy en México. Lo que pudo ser el gran golpe de los últimos días del sexenio calderonista, se conviertió en una pifia y eso es una lástima.
Cherchez la femme, pardieu! Cherchez la femme, suplica Dumas varias veces a lo largo de la novela y añade: tan pronto me traen un informe, digo, busquen a la mujer. Siempre hay una mujer involucrada. Sí, siempre hay una y generalmente tendrá información.
Valdría la pena buscar a esta mujer. Una chica que salió de su casa a los dieciséis años y no ha vuelto. Una jovencita que es buscada por su madre, aunque a estas alturas ya no sea una niña. Es una mujer de poco mas de veinte años y se dice que es madre del hijo del Lazca.
Tal vez si la buscan la puedan encontrar llevando flores a una tumba, esa que hoy están buscando.

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¿Quién entiende la victoria de Hugo Chávez?

¿Quién entiende la victoria de Hugo Chávez?, se pregunta un joven de Caracas que no disimula su decepción, al conocer los resultados de la contienda electoral más competida en décadas. Los venezolanos decidieron nuevamente en favor del caudillo, le han otorgado otros seis años en el poder. Las urnas hablaron a favor de Hugo Chávez y dejaron atrás a Henrique Capriles, un hombre de cuarenta años que recorrió Venezuela haciendo campaña, después de haber gobernado satisfactoriamente su municipio y su provincia. Un hombre alejado del poder y despilfarro de los presidentes anteriores al chavismo. Una opción viable para cambiar el rumbo.
Sin embargo, el presidente venezolano en funciones ganó su tercera reelección con un margen de ventaja de más de 9 puntos, es decir, 1.2 millones de electores lo prefirieron por encima de su opositor que obtuvo 44.97%. Invicto desde 1998, se aseguró en el poder y afianzó la continuidad de su autodenominada revolución bolivariana. Pero Chávez está enfermo. Tres veces ha sido operado en Cuba y el mal no cede. El cáncer se anida en su cuerpo con la misma pasión con la que Hugo se aferra al poder. Él se dice curado, el color de su piel, lo demacrado de su rostro, lo poco que se movió para hacer campaña nos mandan un mensaje distinto.
Capriles al conocer la derrota, felicitó a su oponente, ” Ojalá lea con grandeza la expresión de nuestro pueblo, hay un país que tiene dos visiones y ser un buen presidente significa trabajar para todos, ” declaró a los medios.
El joven se queja, Venezuela, dice, es uno de los países más inseguros del mundo, el grado de violencia es terrible, los homicidios se han multiplicado y nos faltan oportunidades. Sí. La tasa de desempleo en este país hermano es de 8 por ciento, pero se calcula que la gente en edad de trabajar lo hace en economía informal.
Me iré, son las palabras del joven. Muchos lo han hecho ya, la diáspora venezolana ha lanzado emigrantes a Estados Unidos, España, Gran Bretaña y también han venido a México. No encuentran razones para quedarse en su país.
No lloverá plomo sobre la oposición, la amenaza fue en vano, el candidato ganó con amplio margen, el opositor tuvo la generosidad y el valor de reconocer su triunfo. Podrán respirar tranquilos esos países que reciben el subsidio petrolero por la generosidad de Chávez.
El reelecto salió sonriente al balcón del Palacio de Miraflores, a festejar su triunfo.
¿Quién entiende el triunfo de Hugo Chávez? La respuesta tal vez no sea ni simpática ni feliz, pero así es. La democracia es la única forma en la que se entiende esta victoria. Los venezolanos, por las razones que hayan sido, ya decidieron.

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EL pesimismo está de moda

El pesimismo está de moda. Tal vez sea por el clima, pero no está fácil encontrar motivos que orienten la tendencia en otra dirección. Las sonrisas se cotizan caras cuando en el panorama mundial no se ven indicios de que la temporada de vacas flacas vaya a cambiar. El entusiasmo es cada vez más raro y las caras largas, los pensamientos oscuros son día a día más comunes. ¿Cómo encontrar motivos para ser optimistas cuando vemos un entorno tan complicado? Una nueva crisis ha venido a acentuar la incertidumbre en el seno de una generación que creció conviviendo con devaluaciones, inflación, escasez, desaceleración y, a pesar de ello, casi de forma mágica, logró crear un ámbito familiar de mejora incesante del nivel de vida. Así, con todo y problemas en la economía, se podían encontrar motivos para ser optimista. Cuando en lo individual tú sabes que hay problemas pero encuentras la manera de sortearlos y salir adelante, tienes motivos para sentirte exitoso, feliz. Claro, a diferencia de ahora, entonces había empleo.

En la actualidad las condiciones laborales: precariedad, infraempleo, desempleo nos confrontan. No en vano los jóvenes ya no ven las ventajas de la formación académica. Las prerrogativas de ser joven en una sociedad más rica y tecnológica, más democrática y tolerante, contrastan con las dificultades crecientes para emanciparse y desarrollar un proyecto vital de futuro. Y es que nunca como hasta ahora, en siglos, se había hecho tan patente el riesgo de que la calidad de vida de los hijos de clase media sea inferior a la de los padres. Éste es un extraordinario cambio para una generación cuyo logotipo fue un colorido signo de exclamación y quien por décadas ha estado despiadadamente animado. Pero la cuerda se revienta por lo más delgado y el optimismo va a la baja, rinde su soberanía a la majestad del pesimismo.
No está mal que el pesimismo gane bonos. El pesimismo puede ser una herramienta defensiva para aprovechar la ansiedad y rendir al máximo. El problema con los optimistas es que no saben qué hacer cuando el mundo se va a pique. Un pesimista se anticipa, llevará paraguas a una fiesta en un día soleado; todos lo verán feo pero puede ser que sea el único que no termine mojado. En un mundo que puede ser lúgubre e implacable, es mejor ver que algo malo puede pasar después de que ya ocurrió otra cosa nefasta, así que a mí me parece que estar siempre preparado para lo peor es lo mejor.
El pesimismo, durante décadas estuvo muy mal visto. Vivimos prisioneros de una visión positiva del mundo forjada a prueba de balas. Nos aferramos a que todo estaba de maravilla a pesar de que el cosmos se nos caía a pedazos encima. Vegetamos creyendo que el monopolio del éxito lo tenían los optimistas, los que a pesar de todo seguían teniendo confianza. Confianza es lo que se siente antes de entender el problema, nos advirtió Woody Allen y no quisimos escucharlo. Neceamos durante años, sonreímos buscando siempre el mejor lado de las cosas.
El pesimismo deberá ser desestigmatizado e invitado a salir a la luz. Por encima de todo, se debe dejar de pretender que vemos el vaso medio lleno de agua, sólo para estar de acuerdo con los optimistas. Debemos proclamar con orgullo que, para nosotros, el vaso siempre estuvo medio vacío. El pesimismo puede ser una forma de resistencia a la adversidad extrema, dejar de caer en la trampa del maná crediticio y de la prosperidad económica sin fin. Llevados por el entusiasmo consumista cometimos errores que han acabado en llanto, desesperación o en caer de refugiados en la casa del padre o de la suegra. Pareciera que al optimismo le faltó astucia y le sobró ingenuidad. La confusión está clarísima. Verle el lado malo a las cosas puede no estar tan mal, después de todo. Tal vez así estemos mejor preparados para esta temporada de vacas flacas. Quizás eso nos obligue a llevar paraguas en días soleados. Sí, el pesimismo está de moda y… ¡Qué bueno! Aunque tampoco hay que exagerar.

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Los espíritus del mezcal

Del alambique sale el líquido plateado, aromático, fuerte desde el nacimiento. Dicen que cada bebida tiene su propio espíritu. Por su origen de agave, este sin duda, será fuerte. En la retorta sigue calentándose la mezcla que se extrajo de las piñas que fueron colocadas en el aro de piedra donde fueron trituradas. De sus entrañas brota generosa la emulsión del maguey. A penas hace dos días que las pencas fueron cocidas al horno en el palenque, ese pozo en forma de cono cavado en la tierra. Ahí se quedaron para absorber los sabores del suelo, de los petates y de la madera, también de las piedras con que fueron cubiertas.
Ya en el destilador, los vapores emitidos por la mezcla que se está cocinando, salen por la parte superior, poblando los alrededores con los aromas del mezcal recién nacido. El líquido se enfría al pasar por el serpentín. Se evaporan primero los fluidos con menor temperatura, y tras la condensación, se encuentran en el tramo final más concentrados. De este modo se anidan los aromas o alcoholes. Los espíritus del mezcal.
El tequila y el mezcal comparten linaje y destino, ambas son bebidas para ser besadas. Sin embargo, sus espíritus son diferentes, el del tequila es festivo, el del mezcal es reflexivo. Antes de verterlo en la olla de barro negro hay que hacer la prueba. Se toma una gota del destilado y se frota entre las manos hasta que seque. Si permanece el olor a maguey cocido puede depositarse en el cuenco de tierra negra. Para probarlo hay que servirlo en una jícara de bule o en un vaso de boca ancha, tomar un pequeño trago para enjuagar la boca, para purificarla. Pasear el líquido por la boca, suave y lentamente, inspirando y sosteniendo el mezcal sin tragarlo para poder descubrir sus sabores y sus aromas. Entonces se da el trago. El cuerpo le da la bienvenida a la caricia del potente líquido. Los sabores que regresan del estómago en ese instante son los más finos y exquisitos del mezcal. Pasados algunos minutos, la lengua y el paladar estarán impregnados con el sabor y aroma del maguey cocido, sensación que puede durar más de 1 hora.
El mezcal sirve de puente entre el adentro y el afuera, crea las condiciones propicias para la introspección. A cada sorbo se abre la posibilidad de ver colores antes no revelados, olores que de otro modo no se percibirían, sensaciones insospechadas. Es el arrumaco del mezcal con quien lo bebe. No en vano los pueblos indígenas oaxaqueños la consideraban una bebida ritual.
Néctar humilde, nacido de la tierra, el mezcal quiere correr por las mismas rutas del tequila, darse a conocer, encontrar alas y ser universal. Yo observo la sencillez con la que nace y veo al mundo que me rodea. Le deseo buena suerte al mezcal. Hace falta la compañía de este espíritu que pueda acompañarnos por los caminos de la introspección. Merece esa oportunidad. El mundo merece la seducción del espíritu del mezcal.

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