La bocana

En Acapulco, al despuntar el día, abro los ojos y me topo con la superioridad del espectáculo: la inmensidad del cielo se viste de los mejores tonos que van desde el azul más intenso hasta el rosa apasionado. El sol se refleja en el mar y las nubes se dibujan entre las olas. Hay que poner atención para no terminar confundiendo la bóveda celeste con la profundidad de las aguas. 

Las lucecitas de la ciudad se apagan porque los rayos del sol se encienden. Esa es la señal para saltar de la cama y salir a caminar. Digo que voy a hacer ejercicio pero mi verdadera intención es permitir que la mañana se me meta en el cuerpo y el el milagro de un nuevo día se encarne en mí. Es la sensación de la brisa salada que se combina con los veintidós grados a las ocho de la mañana. 

Hay varias rutas y circuitos que me gusta hacer, sin embargo, el que más me reta es el camino que me lleva a la bocana. Es un trayecto de casi seis kilómetros de subidas y bajadas, de pendientes con altos grados de inclinación que exige fortaleza física y voluntad. Es un sendero que en ir y venir se invieten dos horas de caminata intensa. En esta ruta me entrené para hacer el Camino de Santiago. Por eso, caminar rumbo a esta entrada de mar siempre tiene evocaciones especiales.

El tramo final lleva al mar. Es una vereda ecológica en la que se respetó el entorno original. Al caminar por ahí te salen al encuentro amates muy altos con raices de grandes dimensiones, laureles, papayos y mangos. El olor a fruta combinado con los aromas de sal revigorisa el cuerpo. El sonido del arroyo que busca encontrarse con el mar es una especie de mantra alegre que alaba la inmensidad. El agua corre entre las rocas y piedras de rio.

Hay un punto en el que el agua dulce se funde con agua salada. Los remolinos que se forman por este encuentro confunden al observador que ya no sabe cuál corriente es de esa agua clara y joven y cuál es el comienzo de la infinidad del Pacífico. Ahí, en ese punto, el arroyo se convierte en algo superior, cambia de nivel y se eleva. Es una transición similar al alumbramiento de la vida, es dejar la pequeñez que ya no puede contener al bebé para lanzarlo a la grandiosidad del mar.

La fusión es tranquila, los remolinos son círculos concéntricos que se hacen y deshacen para dar continuidad, para dejar correr el cauce de las aguas. Es una imagen perfecta que la naturaleza nos ofrece para entender que la vida no es un antónimo de la muerte, simplemente son etapas que llevan un mismo sentido. Unos ni siquiera lo ven, otros lo desestiman, para algunos adquiere un significado, para mí, que casi puedo ver entre la maleza como se  dibuja una flecha amarilla, el significado del verano, del agua, del cielo significa la evidencia de la mano de Dios.

Me gusta observar esos remolinos y elevar la mirada a ese punto en el que la redondez de la tierra forma una línea  en la que el mar toca el firmamento. Pensar en Dios y agradecer. Después emprender el camino de regreso que me lleva al descanso de verano que me prepara para los día de trabajo que vendrán y me llevarán a un entorno tan distinto.

  

  

Vértigo

Tanta aceleración me da vértigo. Son tantas cosas las que han sucedido y están por suceder en un lapso de tiempo tan corto que no se si estoy en pasado, futuro o presente. Por lo pronto tengo la certeza de despertar en mi casa, entre los míos. Ya llegué de dónde andaba y, todavía mareada y convaleciente del jetlag de un vuelo de casi once horas, que salió retrasado de Madrid por más de cuarenta y cinco minutos, que aterrizó al mismo tiempo que los vuelos que venían de Tokio, Nueva York y Frankfurt, lo que nos obligó a hacer una fila de casi una hora para pasar migración, y ya empezó la diversión.Pongo los pies en mi tierra y tiembla, suena la alerta sísmica que me hace salir corriendo en pijama al umbral de la puerta de mi casa. A penas hace quince días la lluvia en Acapulco me mojaba el alma, me llevé la lluvia a Europa, en donde brillaba el sol y la temperatura era de treinta grados con cielo despejado, para hacer la inauguración formal y triunfal del otoño en tierras portuguesas. Nubes, chubascos, tormentas.
Los pasos que me llevaron de la majestuosidad de la Quinta de las Lagrimas, en Coimbra a la sencillez de un hostal de peregrinos en Albergaría, del cielo nublado y viento tibio que nos llevó a Agueda, a las lluvias furiosas que nos recibió Mealhada al consuelo tan dulce de las Natas de Belén y el pan rústico preparado en una panadería del camino se me enredan en la mente. Del tropezón de Sao Joao de Madeira a la vista de la Catedral de Oporto. Del atuendo de peregrino al de escritora para presentar en sociedad un proyecto que me llena de satisfacción. Última mirada en Madrid, parece que todo fue un sueño. Un buen sueño. Un extraordinario sueño.
Entre el vértigo de tantas imágenes entrañables, de señales que indican el camino, de flechas y de conchas, de pasos sobre senderos de asfalto, adoquín o barro, me quedo con la del amigo constante. De ese que es capaz de modificar su ruta y cambiar su destino. De Merick que sabe ser y estar. Me quedo con su sonrisa y atesoro su compañía.
Las peticiones están hechas, las ofrendas han sido entregadas y fueron recibidas. Las puertas se han abierto, estoy segura. Me lo dice la serenidad del corazón. Me lo confirma mi Compostela. Ahora, a mirar al frente. A ser compañera, y reafirmar, que Dios con nosotros, lo que viene para la próxima semana es lo que conviene.
Que el bisturí repare, y con la gracia de lo alto el médico encuentre la forma de sanar lo que no está bien. Que la columna de Carlos quede lista y todo sea como lo he imaginado, como lo he pedido con el alma, corazón y cuerpo.
No ha sido en vano. He recorrido el Camino de Santiago, el Camino Portugués, de Coimbra a
Santiago de Compostela, así como lo hizo Santa Isabel de Portugal, reina y peregrina, se ha cerrado el ciclo y lo que fue principio ayer hoy es final. El campo de la estrella nos ha otorgado la bendición pedida. Hoy, en el vértigo de lo que fue y de lo que viene, prevalece la fe en la promesa que se ha de cumplir. La serenidad es.

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Misa para una peregrina

Llegó el fin de este camino. Entramos a la Catedral de Oporto que felizmente está abierta. Al traspasar el umbral veo al sacerdote que sale de la sacristía. Hemos llegado justo a tiempo. La misa está por comenzar. Si lo hubiéramos planeado, no nos sale.
Desde el coro se escuchan los cantos de la antífona de entrada. Las voces son educadas y melódicas, ninguna destaca más que la otra, nadie desafina. Me pongo de rodillas, recuerdo todas y cada una de las intenciones que me trajeron a caminar, las mías, las de los míos, las que me encargaron. Las de salud, las de trabajo, las de ahora, las de mañana. Las que puedo verbalizar y las que ni siquiera me imagino.
Se lee la primera lectura. No hablo portugués, pero entre las palabras escucho: la serenidad nace de la confianza en el Altísimo. El salmo ayuda a dar gracias a Dios por los pasos de la vida. El evangelio dice Yo soy el camino la verdad y la vida</. ¿Así o más claro?
Tomamos nuestros asientos para oír el sermón del padre y me entero que es el obispo de Oporto. Unos turistas entran tomando fotos, se atraviesan emitiendo flashes con lentes de sol y sus cachuchas puestas. No se enteran de que están en medio de una ceremonia. Para ellos este recinto es un museo. Sí, también lo es, no hay duda de ello.
Como también, según su significado, el Camino de Santiago es distinto para cada quién. Para unos es un reto físico, para otros es una justa deportiva, hay quienes caminan por hacer eco turismo o por llevar a cabo una aventura. También habemos los que buscamos un significado trascendente.
Ninguno es mejor que el otro, según lo que se busque, eso será lo que se encuentre.
En esta misa, en la que hablemos sólo dos peregrinos, rodeados de turistas y de ancianos que escuchan misa, es palpable la diferencia. Son los mundos paralelos que coexisten en el reino de Dios. Me acerco a la comunión. El mío, mi mundo, quiere estar cerca del que me prometió ser camino, verdad y vida.
Confío, confío con toda el alma. Con huesos y sangre. Con cada paso, cada gota que me llovió, cada ampolla que brotó y que sanó, con las cuestas pronunciadas y las bajadas resbalosas, con los puentes derruidos y los que sí me franquearon pasos, con la caída y la puesta de pie, con el olor a sudor húmedo y con el agua escurriendo por el cuerpo. Con los pies hinchados, con los hombros adoloridos que me recuerdan que sí, sí caminé. No fue un sueño. Confió con lo bueno y a pesar de lo malo de mi. Confió con esa pasión de la que brota la serenidad.
Ya sabes el camino, todo lo que pidas en mi nombre, te será concedido para Gloria de Dios, mi padre esta promesa de Jesús en el evangelio de Juan precede la otra en la que se concede al Espíritu Santo, el paráclito del Mesías.
Por eso, entre turistas, ancianos que desde el coro elevan voces celestiales y mi compañero de camino, esta peregrina dice, Yo confío.
Confió en que se abrirán las puertas que tienen atrapado al amor, se borraran las excusas para seguir albergando rencor, entrará la luz. Entrará la luz y llegará en forma de dones.
Por ello, confió, y salgo de la Catedral de Oporto con gran ilusión. Afuera, una flecha amarilla me recuerda que el camino sigue y me da dirección.

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Sin llover y sin prisas.

Es la primera noche que no llueva de continuo. Es más no llueve nada. La mañana amanece radiante, despejada, con un cielo azul adornado con pocas nubes. La temperatura de diecisiete grados nos abraza. La sensación matinal es de calma. No hay prisas por levantarse a desayunar y salir corriendo para aprovechar el momento en el que la lluvia escampa y avanzar en el camino.
Hoy, esta mañana, el apuro no existe. Me dejo acariciar por las sabanas y me acurruco en la almohada. Abro el ojo y lo cierro de inmediato. Así, varias veces.
Son las ocho de la mañana. Puedo quedarme al menos quince minutos más entre las cobijas y no pasará nada. Las piernas, esta vez no sienten el impulso de dar un paso y otro, tienen ganas de estirarse y repararse. El dolor de los hombros por cargar la mochila quiere quedarse en el colchón.
Huele a café. Seguro en la planta baja ya están sirviendo el desayuno. El café que se sirve en Portugal es delicioso, tiene un sabor amargo, es un liquido de tonos muy oscuros y aromas fuertes que contrastan con la pastelería que es muy dulce. El maridaje perfecto, él amago y ella dulce. Los contrastes potencian todo.
Decido descorrer la cortina, la vista desde la habitación es la pared de otro edificio. Esta adornada con la maquinaria de aires acondicionados, tubos escurregotas, ventanas cerradas. El edificio de al lado se esta cayendo. El techo de tejas tan rojas esta pandeado de un lado, abobado del otro, pel barandal luce un trabajo de hierros retorcidos y oxidados que revelan pasadas glorias y el marco de la puerta de madera ya no existe.
Dice Fede, un catalán que conocí en Joao de Madeira, lugar donde trabaja, que Portugal a diferencia de España, no llegó a despegar. Su tragedia fue haber comparado el lado esa de Europa que trajo tantos beneficios, haber visto las ventajas que vivieron sus vecinos españoles y jamás haber probado esas mieles,es más, ellos nunca derrocharon porque nunca llegó el momento del derroche.mal quiebra les llegó antes del despegue.
Las palabras me parecen duras, tal vez sean ciertas, tal vez Fede extrañe Cataluña, no hay catalán que no extrañe su rincón. no hay ser humano que no añore lo suyo.
Me alejo de la ventana y doy gracias a Dios por este ritmo lento del día de hoy. No hay para qué apresurarse, nada corre prisa. Sea la tranquilidad del día en el que no llueve. A disfrutar, a dar gracias por ello. En Oporto ya salió el sol, para mi ese es un signo.

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Oporto

Oporto nos recibe con sol. La tarde es espectacular, hay buena temperatura, la brisa del Duero nos da la bienvenida. No ha llovido en todo el día y no hay intenciones de que vaya a caer la lluvia. Parece que el norte de Portugal se rehusa a seguir el patrón climático del resto del país. Aquí el buen tiempo impera.
Después de días de caminar por senderos boscosos, por acotamientos de autopistas, por puentes y caminos rurales, después de llegar a pueblecitos que parecen no tener habitantes, llegar a Oporto es todo un acontecimiento. El ruido se percibe más fuerte, los autos parecen más intrusivos y el aire ya ni huele a eucalipto. La segunda ciudad de Portugal no es muy grande, tiene poco mas de doscientos mil habitantes. Pero tiene una infraestructura avanzada. Tranvías, metro, buses urbanos, trenes, vagones de cercanías y uno de los aeropuertos con mayor tránsito de
Europa. En esta ciudad ya se percibe el movimiento de una gran urbe. Seguimos las flechas amarillas que nos llevan a la catedral, está cerrada. Será hasta mañana.
El año pasado iniciamos en Oporto el Camino. Esta vez es el finales la ruta. Reconectamos los puntos de la ruta portuguesa y cerramos el circuito. El camino está completo, está cumplido.
No es lo mismo salir de Oporto que llegar a Oporto. No es igual ser punto de partida que final del recorrido. En un caso hay mucha expectación, en el otro mucha seguridad y una enorme certidumbre.
Por acá se dice que en el peregrinar no importa el destino, importa el camino en sí mismo. Es verdad, sin embargo, llegar sanos y salvos a la meta es un gran motivo de alegría. El caminar este año fue difícil, incluso antes de iniciar. Ya entrados en los pasos, el clima fue el gran reto. El agua fue fiel y constante compañera. Si el agua remueve montañas y desgaja cerros, no hace falta mucho para imaginar lo que hace con el peregrino.
Esta lluvia, que se metió por los ojos, nariz y boca, dio brillo a la voluntad y paso a la serenidad. Es verdad, también generó miedo, incomodidad y en ocasiones nos obligó a rodear y modificar la ruta. Bendito GPS y bendito mil veces mi compañero. Sin él, no hubiera habido Camino. Entiendo porque Jesús mandó a sus apóstoles de dos en dos. Sólo es más difícil.
Como siempre sucede, el Camino da regalos de diverso alcance: unos se reciben de inmediato, otros son de largo aliento y muchos más se irán alcanzando a lo largo del itinerario de la vida. Mañana será día de ir a misa a dar gracias por las Compostelas recibidas. Día de ponerme de rodillas ante Dios para ofrecer y agradecer la maravillosa bendición de haber caminado, de la misma forma en que lo hizo Santiago, su enviado. Por haberlo hecho por segunda vez.
Oporto recibe al peregrino entre turistas que vienen a conocer la ciudad patrimonio de la humanidad, entre fanáticos del futbol que vienen a ver jugar al equipo local contra el
Atlético de Madrid. Los caminantes pasamos desapercibidos. En ocasiones siento que nos disolvemos en el remolino de prisas del movimiento típico de una ciudad.
La flecha amarilla me recuerda que hemos llegado al destino.

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Sao Joao de Madeira

En el camino a Sao Joao de Madeira la lluvia se convierte en nuestra compañía constante. El piso está resbaloso y cuando vamos en medio del bosque hay charcos en todos lados. También montículos de lodo. Si la lluvia para, los enjambres de moscas llegan a bailar a nuestro alrededor. Si el camino está inundado hay que buscar la forma de dar la vuelta. Es imposible pasar por ahí, la profundidad del charco es imposible de calcular. Parecen zanjas. Claro, al dar la vuelta nos topamos con platas que tienen espinas y pican fuerte.
Hay muchas distracciones y es necesario concentrarse para no perder el rumbo. Éste ha sido uno de los tramos más difíciles. No sé si es tanta agua, si es que la ruta tiene muchas subidas con pendientes prolongadas, o que estoy cansada. No sé.
Pasamos varios cafés y restaurantes. Cerrados. ¿Quién querría salir con este clima? Seguimos y seguimos. A pesar de las condiciones seguimos avanzando. Nos aproximamos al destino. Hay grupos de patos que vuelan en grupos formando una especie de flecha que señala en dirección al norte. Lo chistoso es que la humedad no llega de afuera para adentro. Es el esfuerzo y el sudor lo que tiene empapada la camiseta. La chamarra resguarda del agua de lluvia. No importa, estoy mojada.
Así es, a veces más que las incomodidades externas y las inclemencias del camino, están las que uno se auto impone. Los tropezones se deben en mayor sentido a las situaciones internas que a lo resbaloso de la superficie.
Hoy todo el día se ha tratado de evitar un resbalón. Llegamos, por fin a Sao Joao de Madeira. Un pueblo de mayor tamaño, famoso por su industria del calzado y por una fábrica de autos. Por más que quise evitarlo, me resbalé. En el momento menos pensado, no me fijé y ¡Zaz! No hay duda, lo que he querido evitar me sale al encuentro. Me caí. Ni modo. Me levanto, hago el recuento de daños. Manchas y abolladuras, nada grave, tomo todo lo mío y sigo el camino. Pido disculpas por el embarrón de lodo. Algo me dice que son cosas del camino. Algo me dice que no debo darle mucha importancia.
Mejor, concentrada y mirando al frente.

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Prometimos poco, pero vamos a cumplir

Llegamos al pueblo de Albergaria, uno de los solos del recorrido. Me sorprende el tamaño del supermercado que está a las afueras, es enorme. Las calles están desiertas, ni siquiera los fantasmas salen en esta tarde lluviosa. ¿A qué? Sólo los peregrinos se mojan. Las banquetas húmedas, los restaurantes y comercios cerrados. Es domingo y ni siquiera las puertas de la iglesia están abiertas. Raro, aunque ni tanto, es el día de las elecciones.
Llegamos al albergue. Un verdadero lugar para peregrinos, sencillo, muy sencillo. La máquina del tiempo funciona. El albergue parece uno de los años sesenta. Es una casona con muchos cuartos, todos amueblados con camas y roperos de los tiempos de María Castaña. Te preguntan si quieres una habitación con o sin baño. Sí, eso existe todavía. Del Internet mejor ni hablamos. La alfombra, las cortinas y las toallas parecen traídas de otra época. No hay tele. Todo es sumamente austero.
Vamos a cenar, delicioso y acto seguido a dormir. No hay nada más que hacer. Apagamos la luz y justo cuando estamos apunto de caer en los brazos de Morfeo, entra de la calle el ritmo de una batucada. Gritos y vítores. Bocinas de autos. Ratatatá, ratatá. Tambores. Hay festejo.
Imposible conciliar el sueño. Abrimos la ventana para ver qué sucede. La gente,,por fin, ha salido de sus casas.Albergaría no es un pueblo fantasma. El resultado de la elección ya se conoce. El candidato ganador se reúne con su gente para agradecer. A eso se debe le jolgorio.
Bajamos a la plaza a ver el festejo. El vencedor da su discurso. Dice que no prometió mucho, pero que va a cumplir. Escuchar eso me impresiona.
Cumplir, me quedo con esas palabras. El empeño de las mismas. ¿Para que prometer las perlas de la virgen si no se van a poder conseguir? Mejor empeñar la palabra en lo poco para poder honrarla. Sin embargo, entre las palabras portuguesas alcanzo a entender que la promesa es trabajo. Mayores fuentes de empleo. No es una promesa menor. Pero, en apariencia, esa fue la promesa que los llevó al triunfo.
En el festejo hay viejos, jóvenes, mujeres, niños y dos peregrinos. Todos felices. El candidato da voces de entusiasmo. Portugal no la está pasando bien. Hemos visto puebos abandonados, hay mucha migración. Las personas buscan trabajo. Los políticos lo ofrecen. ¿Serán capaces de cumplir?
A pesar de que la lluvia es fuerte, la gente escucha a los ganadores, se resiste a regresar a sus hogares. Aguanta el embate de la lluvia que se hace más fuerte. Decidimos regresar al albergue. Pienso en que el trabajo se ha convertido en el oro que hace emigrar a las personas. Es el tesoro anhelado y, por desgracia, un bien escaso. No únicamente en Portugal, en muchos lugares del mundo.
No sé si este político de cuyo nombre no me voy a acordar va a cumplir la palabra empeñada. A mí me marcaron esas que dijo: No prometimos mucho, pero lo que prometimos lo vamos a cumplir/.
Esa es la enseñanza. Comprometerse a lo que se va a cumplir.

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Lluvia en el Camino

Es domingo y salimos de Águeda con el cielo nublado. Me despido de los simpáticos paraguas colgantes que adornan las calles del pueblo. Caminamos unos cien metros y aquello a lo que le tenía tanto miedo se hace presente. Empieza a llover con fuerza. El mercurio baja su nivel varias rayas en el termómetro. Lo que quise evitar me sale de frente. No hay nada más que hacer más que seguir caminando. No hay forma de darle la vuelta. Las nubes son una larga cortina gris que se extiende por kilómetros y kilómetros y no deja ver la luz del sol. La chamarra impermeable impide que el agua llegue a la piel. pero… Ni modo, hay que avanzar. Siento una enorme tentación de volver hacia atrás, sin embargo, recuerdo a la esposa de Lot, no quiero terminar como estatua de sal. Respira, respira, me digo. Tengo miedo y ganas de llorar. Piso un charco, el agua me salpica hasta las cejas. Recuerdo que me gustaba saltar sobre ellos. Por fin la atención se aleja del malestar de sentir un arroyo que corre desde la frente, por la nariz hasta llegar a la boca; se centra en los sonidos.
Son conciertos difíciles de describir, no hay fonemas para recrear el choque de las gotas contra el charco, o las ramas de los eucaliptos que se mueven por el peso del agua, o las botas que pisan a veces, arena mojada, adoquines húmedos o montículos de lodo. tampoco hay una manera exacta de decir la diferencia entre el rumor de las gotitas finas y delgadas contra la chamarra que el tamborileo de las gototas gordas y pesadas.
En el camino hay de dos, o te centras en la incomodidad, o ves más allá. Con la lluvia es difícil elevar la mirada. Lograr un mayor alcance es complicado. Si el chipi chipi es ligero se puede platicar con el compañero, si la tormenta es fuerte, hay que guardar silencio. La tormenta de hoy es fuerte, a veces. se alterna con ratos de lluvia moja tontos. Hay tramos en los que de plano no llueve nada y hasta sale el sol. Pasamos por caseríos, pueblos, veredas entre los bosques, zonas industriales y acotamientos muy estrechos de la autopista a Oporto.
Caminar cuando está lloviendo no es agradable. Tampoco es tan desagradable como imaginé en un principio. Es verdad, a todo se acostumbra uno. Soy cuidadosa, en tiempos de lluvia los pasos deben ser seguros para no tropezar y llenarse de lodo. Que las suelas se llenen de barro, eso sí, pero una caída, eso no.
Al caminar bajo la lluvia pensé en Santiago, en su misión de evangelizar y llevar la buena nueva hasta el fin del mundo. Pensé en la mía, en todas las puertas que quiero abrir, las promesas que quiero alcanzar y las Compostelas que espero para mí y para los míos. ¿Me pregunto si el apóstol también tuvo dudas? El acotamiento se hace cada vez más estrecho y los camiones pasan cada vez más cerca. Seguro en algún momento hasta tuvo miedo. Encima la flecha que marca el camino no es clara, ¿Derecha o izquierda? Derecha. Vamos a dar a un tramo de la autopista, en el que el acotamiento está invadido de plantas, la barra de protección está caída y caminamos junto a un precipicio de unos treinta metros de profundidad. Al fondo, el río. Estoy segura de que nos equivocamos, pero no digo nada. Si abro la boca se me mete toda el agua.
A lo lejos vemos la flecha, era por el otro lado. ¡No! Sin embargo, el camino corre paralelo a la autopista. ¡Vaya, por lo menos! Seguimos, con la esperanza de reconectar. Llegamos al puente que cruza el río Vouga. Al mirar al frente vemos que el puente que está sobre el camino que señalaba la flecha, está roto. No hay paso. En el que nosotros estamos nos permite cruzar sin problemas. ¡Sí! Continuamos dando pasos. Al final del puente encontramos una flecha amarilla que marca la dirección, hay que seguir derecho. El puente roto me recuerda que las líneas paralelas por más que se extiendan jamás se tocan. Es mejor dejar de aspirar a mundos paralelos, pueden llevarnos a senderos rotos.
La lluvia le sube la potencia a aroma eucalipto. La lluvia en el camino tiene su razón de ser.

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Los paraguas de Águeda Portugal

El camino de Santiago nos trajo a Águeda un pueblecito en el centro norte de Portugal, de tres calles, en dónde ahora llueve y al rato también. Empieza un chipipipi de gotitas muy finas y en un segundo se suelta una tromba que parece no tener fin para segundos después darle paso a los rayos del sol. Los rayos del sol son tímidos y huidizos. A la menor provocación se esconden detrás de las nubes. No me queda claro que los incita a salir, ni que los motiva a ocultarse.
El otoño ya entró en Águeda, para recibirlo los moradores del pueblo cuelgan paraguas en las tres calles principales –y casi las únicas– del pueblo. En una calle son de colores, en otra con dibujos de limones y en la última son blancos sostenidos por unas piñatas en forma de humanos de colores brillantes. Es el festival de esta ciudad que está en busca de su identidad. Antes era un pueblo industrial que vivía de la fabricación de bicicletas, hoy busca un nuevo rostro. Recibe turismo y peregrinos que van, ya sea a la ruta de Santiago o van por el camino a Fátima. En Portugal los dos caminos se marcan y se distinguen. Uno el azul, va al Santuario de la Virgen, el otro, amarillo va al del apóstol.
Es sábado y no hay mucho que hacer. Los comercios cierran a la hora de la comida y los restaurantes tampoco tienen mucha gente. El vinho verde es delicioso, comemos muy bien y, en comparación de otros lugares, relativamente barato.
A la hora del postre, visitamos una pastelería típica portuguesa. Al entrar el olor a café fuerte nos despierta el antojo por un pan de la región. Los panaderos heredaron la tradición de los monjes por lo que los nombres de los panes parecen benditos: pan de Belén, obispos, jesuitas –juro que hay un pan que se llama así– clarisas, pan de Dios. La mayoría tienen como relleno una pasta de naranja con un sabor delicado, no muy dulce pero sí muy anaranjado. Las natas tienen crema pastelera, hay flanes y jericayas. Hay porciones grandes y dulces diminutos que sirven de un bocado.
Las casas del pueblo tienen mosaicos en todos los tonos de azul. Algunos incluso tienen relieve. Eso le da personalidad al pueblo. Las campanas de la iglesia se oyen en todo Águeda. Es una construcción blanca, con techo en dos aguas y está en la cima de un montículo. Se llega por un callejón con escalones que es una vía dolorosa. Tiene marcadas las estaciones del viacrucis con grandes cruces de madera y en mosaicos se representa el cuadro de la estación del camino doloroso de Jesús al Gólgota. A la iglesia, entran y salen personas muy elegantes. Es día de boda. Habrá fiesta. La novia entra al recinto antes de mojarse. Hay charcos en el atrio y en cada rincón del pueblo.
Mañana a caminar. Miro el cielo y veo muchas nubes que se mueven muy rápido. Espero que corran y podamos caminar sin lluvia pero sí con sombra. Por lo pronto, el viento sopla y agita los paraguas de mil colores que adornan las calles de Águeda.

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Mealhada

Llovió toda la noche, el cielo está gris y siguen cayendo gotas gruesas. Hemos decidido no caminar el día de hoy. No siempre se puede avanzar. El agua está helada y el viento muy frío. El cielo está totalmente gris, no hay un pedazo que se pinte de azul.
Detenerse es una oportunidad de reflexión. No es posible controlar todo y hay que tener la humildad para reconocer y entender aquello que no está en nuestra mano modificar. Paciencia. Hay que esperar a que pase la tormenta.
Por momentos parece que la lluvia cede, el rumor de las gotas se aligera, pero en un segundo el ritmo se acelera y el torrente de agua aumenta. Plop, plop, plop. En los charcos se forman círculos concéntricos que se hacen y se rehacen constantemente. Círculos que crecen y se expanden de un diámetro diminuto hasta abarcar el total de la dimensión del charco. Así, una y otra y otra vez. Entre las tejas chorrean ríos de agua que tiñen el techo de un rojo mas intenso. El suelo está resbaloso.
No hoy no es día de caminar. Es día de observar para descubrir la voz del camino que en ocasiones habla como hojas de arboles movidas por el viento, como el aroma a bosque y eucalipto, como zumbidos de mosca o ladridos de perro. Hoy es gotear de lluvia. Hoy es ver círculos que aparecen y desaparecen.
Las flechas y las conchas están mojadas. Muchas están recién pintadas. Otras han sido sustituidas por mosaicos que tiene la flecha amarilla ya la concha. Marcan una nueva ruta al peregrino. Se nota el trabajo recién hecho. Eso siempre me sorprende. La gente que se encarga de guiar al peregrino. Su trabajo es discreto y poco valorado, sin embargo, es indispensable, sin esas marcas no hay forma de segur una ruta.
La seguiremos mañana, cuando deje de llover.

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