MIST

Algo esta sucediendo en el concierto económico de las naciones y al parecer es bueno para México. Una vez más el país luce interesante y atractivo en el escaparate de las economías emergentes.
México se pone guapo y los analistas financieros reconocen ciertos atributos que hacen que el país adquiera el brillo necesario para seducir al mercado internacional. ¿Qué es lo que estos personajes tan delicados encuentran atrayente?
Varios aspectos. México tiene una mezcla adecuada de factores demográficos: cuenta con un sector financiero sólido y en crecimiento, las variables económicas se perciben estables y controladas. La manufactura de exportación tiene potencial para desarrollarse con una rentabilidad elevada. A pesar de lo controversial que pueda ser la cifra, en México la última cifra de desempleo es de 5.4 por ciento, nada mal si la comparamos con la terrible condición que se vive en España, donde la tasa es del 25 por ciento y entre los jóvenes se eleva al 50 por ciento.
Por otro lado los países del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China) están perdiendo lustre. El panorama económico en México se ve prometedor. No es que tengamos niveles de crecimiento acelerado, pero al menos en la segunda mitad del 2009 se recuperó el ritmo de crecimiento y no lo hemos perdido. Sorprendente pero cierto, tenemos un nivel de crecimiento superior al de Estados Unidos.
En una reciente publicación el periódico The Guardian dijo: After BRIC, MIST comes, refiriéndose al nuevo empuje que las economías de México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía. Un bloque interesante. Sin embargo, no será fácil ser competitivos.
México debe hacerle sencillo el camino a los inversionistas. Simplificar el sistema tributario, adelantar con la reforma laboral, cuidar que el empresario se sienta a gusto y no atacado por tener negocios rentables. Si, todo eso, y sobretodo, debe garantizar la seguridad. Primero lo primero.
México está frente a una oportunidad magnifica. A diferencia de Estados Unidos y Europa que no ven todavía luz al final del túnel, el país puede y debe aprovechar esta coyuntura mundial.
Sí, la debemos aprovechar, la “guapura” no dura toda la vida.

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Topless

Quitarse el top del bikini durante unas vacaciones privadas puede sonar a travesura, a algo normal, grotesco, sensual, escandaloso, exquisito o a pecado mortal, dependiendo de quién, dónde y como lo haga. Si lo haces en Acapulco, en la playa de un hotel familiar, lo más seguro es que te pidan que te cubras, aunque si lo expuesto tiene valor estético, tal vez la petición tarde un poco más en hacerse. En Costa de Marfil a nadie le impresionaría que una nativa expusiera los pechos al sol. Una monja sería expulsada del convento. En cambio, si lo haces en la terraza de un palacio en la costa sur de Francia, donde la desnudez es algo común, la cosa cambia. Cambia más si en tu destino cabe la posibilidad de que seas reina, peor si eres la esposa del segundo en la línea sucesora al trono de Inglaterra. Los Windsor resultan ser una familia política muy delicada.
El fotógrafo, que evidentemente violó la intimidad de los Duques de Cambridge, no me interesa. No me resulta atractivo un tipo que invade la privacidad de una pareja. No hay nada de sorprendente en su conducta, fue un sabueso que vio la oportunidad de robar el filete de la mesa y lo hizo. Está en su naturaleza hacerlo, se topó con la oportunidad y la aprovechó.
Me llama la atención que estos personajes de cuento de hadas intenten vivir como gente común y corriente. No lo son y lo saben. Ahí el cuento cambia de registro y se convierte en drama. Más para el príncipe que para la duquesa. Él no decidió su linaje, así nació. Ella sí que decidió, hizo una elección. Dejó su condición para convertirse en una figura pública. Él ya vivió la tragedia de perder a su madre al huir de los paparazzi, ella no, pero lo sabía. El hijo de Diana nació y morirá siendo una celebridad por condición no por elección.
Es cierto, la futura reina de Inglaterra debió sentirse en la seguridad de un lugar privado, arropada por un cuerpo de seguridad entrenado en las mejores escuelas. No se imaginó que los guardias de protección fallarían. Si hubiera intuido que alguien la observaba jamás se hubiera atrevido a desabrocharse el top del bikini. Hay quienes piensan que la duquesa de Cambridge fue imprudente, que asolearse topless es una de las muchas actividades que están reservadas para plebeyos que a nadie interesan. Pues sí, fue una falta de sensibilidad, un tropezón de esos que la gente adora. ¿Para qué exponerse? Ni modo, el escudo se rompe por la parte débil. En todo caso, menos mal que fue un fotógrafo y no un francotirador el que disparó.

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Códigos

Un código es un conjunto de normas que regulan una materia determinada, así existe el código civil, el código penal, etc. Un código también es una combinación de signos que tiene un valor específico en un sistema establecido, por eso tenemos el código binario o el código de barras, de igual forma, un código es un sistema de símbolos y reglas que nos ayudan a comprender un mensaje. Es una forma de clasificar.
Los seres humanos, al igual que otros seres vivos, usamos códigos para organizarnos. Las abejas y las hormigas son ejemplos maravillosos de sociedades que conviven ordenadamente en torno a un sistema de reglas que se obedecen y respetan. En el momento en que algún miembro deja de seguir los estatutos son expulsados de la comunidad, sea por que se les niega la entrada al hormiguero o al panal, o porque son asesinados. En todo caso la desobediencia se castiga con la muerte. Para estos y para muchos animales el respeto a estos códigos les significa la supervivencia ya que por medio de ellos se marcan las reglas para el buen convivir, es decir, las etapas productivas y reproductivas, las señales de alerta, de invasión, de abundancia, de carencias, de descanso y de recreo se apoyan en estas convenciones.
En el caso de los seres humanos, los códigos son útiles por ser mensajes que nos permiten hacer una clasificación de diversos conceptos, por eso existen códigos postales, de vestir, de conducta, etc. y conviene conocer los que rigen nuestro entorno, ya que un buen manejo de ellos nos ayudará a tener, por lo menos un mejor desempeño.
Podemos estar de acuerdo o no con éstos pero ignorarlos nos deja en una posición vulnerable. Conocer los códigos facilita el entendimiento de la conducta y las formas de operar de ciertas organizaciones y de ciertas personas. No es lo mismo tratar con un despacho de abogados que con un consultor de marketing, tampoco es igual trabajar en una empresa situada en la costa que en una que se ubica en la montaña, es diferente hablar con un japonés que con un chino. Los códigos de vestir, comer y de actuar son diferentes. Ninguno es mejor que el otro, sencillamente son distintos y es preciso conocerlos si queremos relacionarnos adecuadamente en esos ambientes.
Romper los códigos nos deja fuera de lugar y eso, dependiendo de la situación, puede ir de lo molesto a lo peligroso. No es lo mismo llegar en estado inconveniente a una reunión de trabajo que fumar en una gasolinera, sin embargo, ninguna de ambas se puede clasificar como agradable. No representa lo mismo un pez para un musulmán que para un cristiano. El velo tiene un significado diferente si se usa en Arabia Saudita, en Irán o en París.
Lo malo es que somos rebeldes, no nos gusta que nadie nos imponga su parecer. Hace poco leí un articulo de un editorialista en el que se quejaba por no haber sido admitido en un restaurante debido a su forma de vestir, iba muy informal. El lugar ofreció a esta persona un saco para poder pasar. En respuesta este señor denunció al lugar por discriminación. Dijo que le impidieron lucir los tatuajes de su espalda desnuda. Se generó una avalancha de tuits censurando la discriminación.
Desde mi punto de vista no debemos equivocarnos. Discriminar es una cosa y violar un código es otra. Discriminar es aplicar un código diferente en circunstancias iguales, es decir, permitir que alguien pase con saco o sin saco a cierto lugar, dependiendo del color de piel, religión, sexo, preferencia sexual, nacionalidad o número de tatuajes. Violar un código es pretender que me dejen de aplicar las reglas por mi condición racial, nacional, de fe, mis gustos, o mis caprichos. El ejemplo puede parecer frívolo. No lo es, créanme, es un tema de respeto y consideración a los demás.
Cuando la abeja reina rompe el código estatutario del panal, es decir, deja de producir huevos, las obreras se apañuscan a su alrededor, elevando la temperatura hasta que la reina muere asfixiada. No hay diálogos ni mesas de negociación. Todos en el panal saben lo que sucede si alguien no cumple con las reglas. Los seres humanos no siempre somos tan radicales. Sin embargo, no debiéramos sorprendernos cuando nos aplican ciertas sanciones por romper códigos. Es más, a partir de los sucesos del 11 de septiembre y las Torres Gemelas, el desconocimiento y el mal manejo de reglas te puede llevar a la cárcel. Cualquiera que intente hacer una broma en los puntos de revisión de algún aeropuerto terminará tras las rejas, así grite que lo están discriminando o que le violentan su libertad de expresión. Mi condición de mujer no me permite pasar a ciertos lugares sagrados en las mezquitas y caería en un grave error al exigir el paso esgrimiendo un derecho de igualdad de género. Tampoco hay que confundirnos. Si se desconoce el código de ética de la empresa en la que se trabaja un comentario puede ser la razón para ser despedido.
No, los códigos no son frivolidades como muchos creen, son convenciones para una mejor convivencia, para un mejor entendimiento. Aceptarlos y seguirlos es un signo de civilidad.

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Ocre

Parece como si bajara la marea, pero no, es el verano que se va. Así como Agustín no pudo contener al océano en un hoyito, así tampoco pude retener el periodo estival. Es inevitable, cambiaremos las telas vaporosa por tejidos pesados, sustituiremos los colores brillantes por los tonos ocre, el mercurio en los termómetros tomará una posición más modesta y se mudarán las hojas verdes para dar paso a las doradas. Extrañaremos al sol rubicundo que adoptará una postura más lejana, más serena y tal vez más elegante. Sin duda lo echaremos de menos pero sabemos, que al igual que las golondrinas, algún día volverá.
¿Qué hacer para no perderte?, le grito al mejor verano de mi vida. No sé, por más que intento apretar la mano, los granos de arena se escapan sin remedio. Si la duda es el método de respuesta, tendría que poner a andar el mecanismo de la convicción que se forjó a base de buenos hábitos, más allá de las resignaciones. Depresión posvacacional, bajón ante el marrón otoñal que se nos avecina no suenan nada apetecibles.
Prefiero pensar en la luna de octubre que añorar los calores tropicales, apostar a que esta vez el Premio Nobel a las letras se irá al Oriente. Comeré dulce de calabaza, aprovecharé el tono naranja de la temporada y sonreiré como las catrinas de Posadas. Vendrá el cordonazo de San Francisco y el pantone del café al dorado se detendrá en el Ocre. Brindaremos entre burbujas por el cumpleaños otoñal, no sin antes haber festejado a todos los santos y haber recordado a nuestros difuntos. Vendrá la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y celebraremos a las plumas australes. Muy importante, veré una gaviota posarse en el descansabrazos de la silla presidencial mientras la banda cambia del tono azul al viejo rojo que tanto nos ha gustado.
Parece como si bajara la marea, en realidad es el otoño que llega. El océano se repliega para dejar pasar un cielo cuajado de estrellas, testigos omniscientes de lo que ha de suceder.

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Teresa de Francia

¿Cuántas veces más lo tengo que repetir? Mi hermano está muerto. No tengo dudas al respecto. Nunca lo volví a ver, pero escuché sus lamentos todos los días durante un año. Les supliqué, les pedí mil veces que me dejaran consolarlo. No me escucharon. Soy la criatura más infeliz del mundo. Poco a poco sus gritos se transformaron en suspiros. ¡Qué fortuna ser una Borbón, nieta de la emperatriz Teresa de Austria a quien le debo mi nombre! ¡Qué suerte ser la hija de María Antonieta y Luis XVI y la hermana mayor del delfín de Francia! Fui tan anhelada, llegué después de siete años de matrimonio cuando todos los monárquicos del país murmuraban preocupados, preguntándose por la fertilidad de la joven pareja. No exagero al decir que mi pequeño hermano y yo fuimos recibidos con entusiasmo. Había grandes planes para nuestro futuro. Nuestra infancia correspondió a nuestra dignidad de herederos del trono francés: lujo y consentimiento.
Padre, mírame desde el cielo ¿Por qué la vida se volvió tan cruel? De Versalles a la celda de Temple. Nos separaba una pared de piedra, húmeda, delgada e intraspasable. Sus quejidos, me dijeron, eran por las pústulas. Se llenó de ellas. Te dolían y las sentía en mi propia carne. Luego el silencio. ¿Por qué ya no gritas? ¡Guardias! ¡Guardias! ¿Qué pasa que ya no grita? Ya no escucho su voz. Su majestad, el Delfín ha muerto. Lo sabía. Escrófula y sarna consumieron tu cuerpo desnutrido. ¿Qué fue de él? Descansa en el cementerio de Santa Margarita. Sin lápida, para que nadie sepa que estás ahí. Sin lápida, sin honores, así quedó el último delfín de Francia. Una piedra sin nombre coronó tu tumba para protegerte de los enemigos. ¿Qué más podrían haberte hecho?
Murió Robespierre. Paris huele a muerto. Fui la única sobreviviente, que suerte tuve. No pude enterrar a ninguno de los míos pero salí de la Torre de Temple, que buena fortuna. Viena, Lituania y de regreso a París. Huir y volver, esa fue mi vida. Exilio y restauración de la monarquía. En eso se transformaron los grandes planes de mi futuro. Mi tío, Luis XVIII, me necesitaba cerca, gracias a eso regresé a París. A su muerte, Carlos X lo sucedió en el trono. Me convertí en Madame la Dauphine, es decir, yo era la primera en la línea de sucesión del rey. Pero el Duque de Orleans, mi primo, me traicionó y el movimiento antimonárquico creció, se salió de control, de nuevo a Viena, otra vez el exilio.
Mi vida en Frohsdorf, a las afueras de Viena, ha sido buena, paseo en los jardines de la mansión, leo, me entretengo cosiendo, y rezo. Sobretodo eso. Rezo mucho para no llorar. Vivo con mis sobrinos, los duques de Berry, Luisa y Enrique de Borbón, a quienes cuido. Todos somos legítimos herederos al trono francés. El movimiento monárquico en Francia se niega a morir. ¿Podré volver a verte, París? No lo creo. No al precio que me quieren hacer pagar. Pretenden que yo legitime una mentira. Quieren que diga que sigues vivo. Que te reconozca en el usurpador. ¡Jamás! Me presionan, me visitan. Intentan convencerme. No lo haré.
¿Por qué me mortifican? Señora, se lo suplico, recíbalo, tiene usted que identificarlo, es su hermano. ¿Otro? Ay, no ¿una vez más el relojero? Naundorff es un impostor. El de mayor persistencia. Es un ruso, burdo y maleducado del que los monárquicos se han valido para llevar a cabo sus planes, de él y de tantos otros. Entiéndanlo ya, Luis XVII murió. Mi hermano está muerto. No me dejaron ver tu cuerpo, ni falta hizo. Estas muerto. Lo sé. Tu corazón hecho piedra en la Catedral de Saint Denis no les dice nada, y para mí el silencio fue suficiente evidencia.

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Terrorismo y blasfemias

¿Qué le da valor a alguien para matar en el nombre de Dios? ¿Será el mismo arrojo que anima al atrevido a ofender las creencias sagradas de otro? Este no es un debate ocioso, ni santurrón que una creyente plantea en un momento de ocio. No. En mi opinión es intolerable que en nombre de la libertad de expresión algunos quieran hacer añicos las convicciones religiosas de otros. Pero…¿Tanto como para tomar la vida de otro para reivindicar el nombre del Altísimo, sea como sea que le llamemos? No lo creo. Eso no quiere decir que las ofensas y agravios lanzados contra lo que se considera sagrado sean aceptables.
¿Cómo hacer para evitar explosiones de odio causadas por ofensas contra la fe que no se comparte? Ciertamente a balazos, no. Aunque también hay que reconocer que es imposible aplaudir el disfraz de un desprecio imperial hacia las creencias que son ajenas.
Lo sagrado no es irrelevante, no es un chiste con el que se pueda jugar, ni un tema que se deba abordar desde la falta de respeto. Tampoco se trata de hacer una defensa desproporcionada de aquellos que sí creemos. A cada quien le toca medir las dimensiones de su espíritu.
El tema de las blasfemias y las reacciones que causan es serio. Desde el momento en que hay una persona muerta estamos en el terreno de la desproporción. Nada menos hace unos días el embajador de Estados Unidos y otros tres funcionarios perdieron la vida en Libia por un atentado terrorista perpetrado como represalia a cierta película calificada como ofensiva al Islam.
Las burlas contra las religiones son tan peligrosas como lo es permitir que en un país circulen libremente las armas. Unos y otros hacen su parte. Poner a salvo a la gente es sumamente difícil en un contexto mundial en el que la libertad de expresión se usa de manera tan irresponsable como lo es el que vende metralletas.
Los efectos colaterales de blasfemar los pagan, la mayoría de las veces, los inocentes. Nadie saca provecho de estos dos extremos, aquellos que se sienten valientes para ofender lo sagrado y aquellos que se las cobran vía el terror.
La historia es cruelmente inoportuna, suele pasar factura en el peor momento. Es injusto, dirán aquellos blasfemos y pensaran que la razón les asiste. Ciertamente no hay justificación válida para un ataque terrorista, pero ¿para qué jalarle los bigotes a un tigre enfurecido?
El resentimiento suscitado por una blasfemia es profundo. La mancha causada por aquellos que denigran la fé es difícil de borrar. Pregúntenle a Salman Rushdie cuyo juego con sus versos satánicos lo llevó según sus propias palabras “…a vivir en un túnel de oscuridad y silencio al que no quiero volver” . (Reforma 18 de Septiembre)
Las heridas que infringe un terrorista son hondas y cobardes. Los fanáticos no conocen la razón. La libertad del habla no está destinada a jugar con la dignidad. Las expresiones religiosas no son compatibles con la muerte. No hay apología posible para las burlas, menos para las balas.

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Estado de cuenta

Estado de cuenta.

Estado de cuenta

Si tuvieras mil dólares ¿En que preferirías gastarlos, en un fin de semana en Nueva York, en un vestido de Moschino o en un boleto de asientos preferentes para ver un partido de fútbol en la Premier League?
Cada opción representa una seña de identidad, una pista que le damos al mundo de quienes somos a través de nuestras preferencias. El tipo de consumos que hacemos marca un estilo de vida. ¿Insistimos en gastar en nosotros mismos? ¿Somos dadores compulsivos? ¿Adquirimos cosas como televisores, autos, computadoras, gadgets? ¿Preferimos las experiencias como viajes, salidas especiales, aventuras que recordar? El estado de cuenta habla. Nos dice a gritos quienes somos a través de nuestras preferencias.
El análisis de este balance mensual de consumos que el banco hace por medio del estado de cuenta de la tarjeta de crédito puede revelar información importante de quienes somos. Indica qué tan ordenados somos con nuestras finanzas y no sólo eso, también las cosas que compramos sin pensar, al primer impulso, así como aquellas que nos exigieron tiempo de reflexión antes de adquirirlos. ¿Nos dejamos enganchar por la promesa de meses sin intereses? ¿Pagamos la totalidad de la deuda o únicamente el saldo mínimo? ¿Hemos comprado cosas que pasaron de moda incluso antes de terminarlas de pagar? ¿Las hemos dejado de usar, las hemos tirado incluso antes de concluir con los pavor en abonos?
Hay objetos que nos brindan pistas del personaje principal de nuestras vidas, del protagonista de nuestra historia y que con un momento de atención nos pueden dar luz. Cada mes nos llega un informe de nosotros mismos. Si queremos saber como hemos cambiado a lo largo de tiempo basta echarle un ojito a nuestro estado de cuenta que nos revelará nuestros hábitos de consumo.
Esta pequeña hoja a la que en ocasiones tanto tememos revisar, nos clasifica de forma objetiva:, gastamos más en diversión ¿de qué tipo?, en alimentos ¿en tiendas de descuento o en una tienda gourmet?, en bebidas alcohólicas ¿destiladas o para servir en forma de cocktail?, en escuelas, ¿propias o de los hijos?, en salud¿preventiva o correctiva? en seguros ¿De autos, gastos médicos o de casa?, en accesorios deportivos ¿De juegos individuales o en equipo?, cosméticos y artículos de cuidado personal ¿de diseñador o de laboratorio? ¿En moneda nacional o extranjera?Información que nos clasifica dependiendo del rango de la edad, del sexo,de la educación, de la región del mundo en la que vivimos, de la posición social que queremos reflejar, de los anhelos que albergamos.
Por las preferencias de consumo registradas en el estado de cuenta podemos deducir cuales son nuestras prioridades, que muchas veces difieren de las que discursivamente expresamos. Incluso, si nos fijamos con detenimiento, tal vez hasta podamos escuchar nuestros sueños.
¿Si tuvieras mil dólares, en qué los gastarías? Dime y te diré que reflejas.

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Patria, patria…

A mí me gustan las celebraciones y las fiestas de Septiembre. Nada me quita la ilusión de dar el grito de Independencia, ni siquiera la evidencia de que esta ceremonia se haya instituido para celebrar el cumpleaños del General Díaz. ¡Gracias Don Porfirio! Sin duda para mi el grito de ¡Viva México! Me llena de alegría y orgullo patrio. La arenga despierta en mí el valor de Hidalgo, la visión de Morelos, el arrojo de la Corregidora, la estrategia de Iturbide, el amor de Mina, el honor de todos los héroes que nos dieron Patria y libertad.
Siempre ha sido así, desde niña esta ha sido una de mis fiestas favoritas. Lo mismo en el pueblo de mis padres que desde palacio nacional, con mayor razón cuando me ha tocado estar fuera de México. La comida, los colores, los castillos de luces, los toritos y cuetones, la botana charra, los cascarones rellenos de confeti, pero sobretodo la música del mariachi y en especial la de la banda de guerra cuando interpreta el Himno Nacional.
El amor a la patria es una seña de identidad. La nacionalidad nos da pistas de quienes somos, nos deja huellas imborrables de personalidad. El orgullo por la tierra primigenia en épocas de brillo y esplendor es fácil, sin embargo, el cariño se prueba en las épocas difíciles, únicamente los que se han forjado con ese temple de acero, del que habla González Bocanegra, son capaces de expresar ese pundonor que hace falta para defender ante propios y extraños esa dignidad de lo que significa ser mexicanos.
Desde pequeños, al entonar el Himno Nacional, nos asumimos hijos de la Patria que juramos: “exhalar en tus aras su aliento,
si el clarín con su bélico acento
nos convoca a lidiar con valor.”
Los mexicanos debemos ser hijos valientes de la Patria para defenderla en estas épocas en que parece fácil arrebatarnos la paz, quitarnos el impulso de salir a trabajar, robarnos la necesidad de ser productivos, secuestrarnos la iniciativa de invertir. En estos tiempos en que cada uno de nosotros tenemos que luchar como en campo de batalla para proteger lo que honestamente hemos generado, los mexicanos debemos de mostrar arrojo. No debemos olvidar lo que cantábamos desde pequeños:
“antes, patria, que inermes tus hijos
bajo el yugo su cuello dobleguen,
tus campiñas con sangre se rieguen,
sobre sangre se estampe su pie.
Y tus templos, palacios y torres
se derrumben con hórrido estruendo,
y sus ruinas existan diciendo:
de mil héroes la patria aquí fue”
Ese es el estilo de hijos que necesita esta Patria para salir adelante, ese es el tipo de gente que México merece. Únicamente esos son los que con orgullo podremos llamarnos mexicanos.
Sí, a mí me gustan las fiestas de Septiembre. Son un recuerdo de mis juramentos, de gloria y honor.

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Guernica y Acteal

A Roger Cohen, articulista del New York Times, el 75 aniversario de que Pablo Picasso pintó el Guernica, le evoca recuerdos de su tío Bert Cohen, un joven oficial que peleó en la Segunda Guerra Mundial en Italia, cerca de Finale Emilia.
Los Cohen recuerdan los estragos de la batalla que dejaron vehículos ardiendo en flamas, caballos agonizantes, con las fosas nasales calcinadas, jadeando de terror. El hedor a carne quemada, masas humanas de alemanes e italianos regados por doquier, cuerpos de jóvenes, niños, mujeres, ancianos que se quejaban o pedían a gritos la muerte. Una horrible imagen del caos.
Otra imagen de guerra, la de Guernica, fue pintada por Picasso, cuando se enteró del bombardeo fascista al poblado vasco. Murieron más de 1500 personas. Pablo Ruiz plasmó la imagen que dio a conocer alrededor del mundo el terror y la agonía de la guerra, la esencia de la angustia. Picasso en su ira e impotencia, plasmó las emociones en una expresión eterna a través de su forma artística. Instiló el dolor de los muertos, de los deudos, de los heridos e hizo de un ataque sin sentido el símbolo de la protesta eterna que bien puede representar los asesinatos en cualquier parte del mundo.
A los Cohen, el Guernica les evoca recuerdos de la Segunda Guerra, a mi me trae a la memoria la masacre de Acteal. Sí, el 22 de diciembre de 1997, un grupo de indígenas Tzoltziles que habían sido desplazados de sus tierras, rezaban en la iglesia de Acteal, Chiapas, cuando un grupo armado abrió fuego. Los cadáveres de hombres, ancianos, niños y mujeres quedaron regados dentro y fuera del recinto sagrado. Entre los muertos se encontraron cuerpos de mujeres embarazadas y niños que no alcanzaban los tres años de edad. Se disparó a gente indefensa que estaba reunida en un sitio de oración. De los perpetradores sabemos poco.
Después de casi quince años, un grupo de diez indígenas Tzoltziles que no hablan español estuvieron a punto de hacer historia, llevar al expresidente Ernesto Zedillo, al banquillo de los acusados, por crímenes de guerra en una corte estadounidense, en Connecticut, donde tiene su residencia el ahora profesor de Yale. El argumento para el juicio es que el entonces presidente apoyó y ayudó a ocultar al grupo paramilitar que perpetró esta masacre.
Es claro que Ernesto Zedillo no jaló el gatillo asesino. No es muy claro quien sufraga los gastos de estos indígenas, cuya identidad está protegida por el anonimato Parece que se trata de un ajuste de cuentas entre políticos.
Eso es cierto, pero en mi opinión, todos merecemos un día en la corte. Zedillo para defenderse, para dar su opinión, para decir su verdad. Los indígenas y sus deudos merecen una justificación de lo que sucedió. Nosotros como mexicanos también somos dignos de saber lo que pasó.
No nos debería escandalizar ver a un ex mandatario rindiendo cuentas por sus hechos. Pero no. Eso no sucedió. La Secretaría se Relaciones Exteriores solicitó inmunidad para proteger al ex funcionario y la administración Obama la concedió. Con esto las autoridades mexicanas, celosas protectoras de connacionales en desgracia, han dado muestras de solidaridad pero han tendido un manto que nos impedirá saber de boca del Dr. Zedillo lo que pasó. La inmunidad otorgada dio fin al proceso judicial antes de empezar. Se opacó la transparencia y la posibilidad de enterarnos por boca de un personaje tan importante en la historia de los hechos. Se silenció una voz importante. Ni hablar.
El Guernica a los Cohen les evoca recuerdos. A mí, al igual que a ellos, al igual que al pintor, me hace sentir el sinsentido de los asesinatos a personas que de forma pacifica se reunieron a orar y encontraron la muerte. Me recuerda las propias palabras de Picasso ” ¿Qué crees que es un artista? Es un ser político, constantemente sensible a acontecimientos desgarradores, intensos, o alegres, a los que responde en todo sentido”.
Reconozco el mandato del artista, por eso pongo al servicio de las víctimas de Acteal estas palabras. Lo hago con humildad, también con energía. No sea para ellos el olvido. Eso jamás.

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