Construir bienestar

Según la OCDE, la prosperidad no llega, hay que construirla. Sus cimientos son la gente, el planeta, la prosperidad y el desarrollo. No son palabras ni enconos ni retórica ni promesas ni quejas, hay parámetros para entender el bienestar.

El rubro de la gente incluye: erradicar la pobreza, acabar con el hambre, asegurar condiciones de salud, educación e igualdad de género. Si por ahí vamos a empezar, que es en donde debiéramos comenzar, mal andamos en un México violento y con índices de inseguridad crecientes. No podemos sentirnos bien si tenemos miedo de salir a la calle, si no podemos contar con servicios de salud que sean dignos, si me ven para abajo por condiciones de género, si me abusan, si me asaltan, si no me curan.

Mal comienza. Pero, si nos fijamos que el bienestar tiene que ver con prosperidad que se crea a base de instituciones sólidas. Se trata de contar con organizaciones que funcionen —para empezar, que funcionen— con organos de gobierno corporativo y que tengan bases que extrarradien los nepotismos, amiguismos y demás chuladas que nos llevan a ver como hay papanatas que tiene a su cargo responsabilidades con las que no van a poder porque no tienen las competencias necesarias, aun en el caso de que tuvieran buena voluntad.

Para contribuir al bienestar , para transformar para mejorar, no bastan las promesas y las divisiones poco ayudan. Hace falta pericia, conocimiento técnico y mucho apoyo. Buscar construir un bienestar sobre los cimientos de la OCDE no es un mal comienzo. Muchos de los que han arrancado por ahí, tienen buenos resultados. Valdría la pena, ¿no?

Salón Destino: Otra manera de leer

Carlos Vélez

Salón Destino

La Cifra Editorial, Secretaría de Cultura

México 2016

Cuando uno cree que todo lo sabe, que ya no hay nada nuevo, que ya todo se ha dicho y que las formas han sido agotadas; justo cuando estamos a punto de caer en la sentencia de Le Royale quien sostiene que ya no habrá novedades, me recomiendan leer Salón Destino y me quedo totalmente sorprendida frente a la genialidad de Carlos Vélez.

Salón Destino es una novela particular, se puede definir por lo que no tiene y que sí logra. Es una obra que no tiene palabras pero que tiene un hilo narrativo perfectamente hilvanado; es una novela cuyos personajes no tienen nombre, pero que podemos identificar perfectamente; no sabemos cómo se llama el protagonista y podemos atestiguar su transformación y su efecto transformador: es la historia del héroe reinterpretada en forma gloriosa, majestuosa que tiene un final feliz.

Carlos Vélez es un genio que logra contarnos una historia y que sin usar un sólo vocablo, nos deja sin palabras.

              Salón Destino  está dividida en cuatro capítulos que no tienen nombre. De hecho, las únicas palabras que aparecen son las del título de la obra y algunos carteles que adornan alguna vidiriera. Entonces, ¿cómo logra Carlos Vélez transmitirnos una historia de transformación? Salón Destino es una novela gráfica. El primer capítulo arranca con el protagonista acostado con los ojos abiertos. El dibujo es en blanco y negro con el foco de luz del lado izquierdo. Enseguida, vemos al protagonista desayunando mientras un cerdo lo contempla. El cuadro se sigue componiendo de una mezcla de blancos, negros y grises. Lo vemos trabajando en una computadora de escritorio, metido en una de esas caballerizas de oficina del mundo corporativo, caminando ensimismado, en medio de un mundo que transcurre a su lado, pero que no ve y que queda representado por un cuadro con su figura rodeado de negro.

              El momento en que inicia la transformación del protagonista es cuando se fija en el escaparate: mira a una mujer de cabello rojo. El rojo será el color con el que Vélez da un antídoto al gris y representará el baile. Es un capítulo intenso en el que el personaje principal se transforma, sonríe y se llena de color. También se confunde y llega una vuelta de tuerca que lo llevará a descubrir el color amarillo de la música. No sin antes, haber pasado por el morado de la melancolía.

              Ya no hay grises, la paleta de color cambia a los amarillos y ocres. Aparecen guitarras, bandoneones, pianos, violines, violonchelos y voces. El personaje se deja inundar por el amarillo y entiende que hay combinaciones posibles: entra en escena el verde. Se puede bailar y cantar. Se puede ser verde, rojo, azul, pero también naranja, rosa. Se puede adoptar el color por turnos y también se puede combinar. Se puede ser muchos colores y se puede convivir con todos.

              Vélez hace un mosaico de parejas de diferentes colores con rasgos diversos. Dos rojos, una ocre y un dorado, un gris y un morado, una rosa no tan espigada y un negro muy elegante, una verde algo pasada de peso pero muy ágil y un encorbatado, una pequeña magenta que baila con uno más grande, una anaranjada que contagia de color a su pareja, una más alta y uno más bajito, una aguamarina anciana con uno de tirantes joven. Parejas elásticas, dibujos bien definidos que van pasando a ser manchones de tinta que representan a pares de seres en pleno goce y disfrute de la diversidad.

De repente, vemos al personaje embelesado bailando sobre fondos de color muy parecidos a las pinturas de Delaunay y de Miró. Trazos incompletos que nos recuerdan la novela de La gran obra desconocida de Balzac. Páginas en las que reconocemos la influencia de Henri Toulousse Lautrec y el cierre magistral de la novela que en las últimas páginas nos muestra que el transformado es ahora un elemento transformador.

Tener Salón Destino entre las manos es un gozo, un libro que se mete dentro del cuerpo, que cala debajo de la piel y que te deja con el corazón contento. Los detractores de la novela gráfica deben de leer esta maravilla para alejarse de su error existencial. Le Royale está equivocado, siempre hay nuevas formas, nuevos modos, sorpresas que el genio y la genialidad del artista nos tienen reservadas a aquellos que nos aproximamos a la experiencia estética con el corazón abierto.

Esperando el verano

Cada año, a estas alturas, tengo la misma sensación. A punto de acabar el semestre, cuando ya no hay clases y los exámenes están en curso, es decir, cuando la actividad disminuye pero todavía no se acaba, siento que estoy al límite y me paro de puntitas para ver cuanto me falta para estar dedicada a eso que tanto me gusta y por lo que trabajo a lo largo del año: la época para leer y leer, para escribir sin consultar el reloj.

En verano, me reúno con gente que quiero y me alejo de esos prietitos que vienen en la vida de todo ser humano. Tomo rumbos al sur o al Bajío y amparada Santa Lucía y su hermosa bahía o bajo las alas del Arcángel Miguel y me voy a desintoxicarme de la cotidianidad. Marido, hijas, perro, perico, libros, series, hojas en blanco por llenar hacen las ilusiones de que en cinco semanas voy a lograr la proeza de olvidarme y dedicarme a disfrutar.

Pero, desde luego, como sucede cuando estás en mente y alma en un lugar, pero el cuerpo sigue atado a la obligación de permanecer, entra esa angustia de ya querer llegar. El sabor es agridulce. Y, tal como pasa cada año, surge la pregunta: ¿y si en vez de aguantar los prietitos, los borrara y me dedicara a vivir como un verano eterno? La tentación es grande, a estas alturas del año.

Esperar el verano se ha vuelto una actividad vocacional. Y, cuando estoy a punto de que llegue, de abrazar mi mejor temporada del año, me entra esa cosquillita y me gustaría, no sólo que ya llegara si no que nunca acabara.

Muchos festejos para Danny

Cuando una piensa en sus hijos, el corazón se pone en alto. Para mí, cada dieciocho de mayo me recuerda que uno de los mejores regalos que Dios me dio, una de las bendiciones más hermosas que he recibido, llegó precisamente en esta fecha. Hace diecinueve años llegó mi pequeñita, un poco antes de lo que la esperábamos, con el susto que da un parto anticipado y la ilusión de abrazar a esa hija que llegó del cielo, que entró en la vida con paso firme.

Son tantos recuerdos los que me llegan, tantas sensaciones y tantos sentimientos que parecen corredores infinitos que vienen cargados de vivencias y el cerebro se hace moño cada que quiero decir tanto y termino decidiendo que lo mejor es lo más sencillo: te quiero, hijita adorada.

Me has dado muchos motivos para sentirme orgullosa, pero justo hoy, tenemos doble motivo de festejos. Son esas coincidencias que Dios permite, en las que tu cumpleaños converge con la fecha en la que se cierra un período de estudios escolares. Acabas la preparatoria y yo todavía te veo con el uniforme del Kinder Hills, diciéndome que ya no eras chiquita, sino muy mediana. Te imagino corriendo con tus zapatos de velocidad y jugando a las escondidas.

Pero, esa chiquitina que caminaba como un barquito tambaleante se transformó en una persona que es capaz de pararse frente a una audiencia a presentar argumentos que no son fáciles de pronunciar y que fueron defendidos con inteligencia y mucha valentía. ¡Cómo no se me va a poner en alto el corazón al verte!

Eres la hija que sabe ser cómplice de gustos compartidos, la que busca, incansable, formar puentes, la que quiere ir a jugar tenis con su mamá, la que consuela, la que consiente, la que escucha y la que es capaz de decir lo que le gusta o no le gusta, que sabe expresar desacuerdos, la que lucha.

Porque, siempre, incluso desde antes de nacer, haz sabido luchar. No te asusta el rechazo, no te amedrentas con facilidad, ni te achicopalas, sabes darle el espacio a la tristeza y el tiempo suficiente para que la felicidad vuelva a germinar en tu corazón.

Te gradúas y cumples años. Muchos festejos para mi Danny. Muchos motivos de felicidad y razones para estar orgullosa. Eres fuente de millones de significados, de sentimientos, de alegrías, de satisfacciones, eres todo lo que una mamá quiere en una hija y más: te quiero con el corazón y con el alma.

Eres, hijita mía, la niña que le pedí a Dios. Para la que pido bendiciones, protección, salud, felicidad y un camino lleno de amor.

Maestros

Hablar del magisterio es abordar un tema desgastado por situaciones políticas, clientelares, circunstanciales que poco tienen que ver con la verdadera relación que existe entre una persona que está dispuesta a recibir conocimiento y otra que quiere compartir lo que sabe. Recuerdo que en algún momento, el Dr. Roberto Regueiro me decía que si el magisterio no se entiende como un apostolado, no hay para que pararse frente a un grupo de estudiantes. Esto aplica a todos niveles y abarca todas las modalidades: desde preescolar hasta programas posdoctorales; desde clases presenciales o virtuales. El maestro tiene un compromiso con sus alumnos que trasciende el aula: tiene la responsabilidad de formar.

En esta condición, los maestros somos artesanos de la Humanidad. Somos una especie de carpinteros que recibimos materiales crudos que hemos de trasformar en personas de bien. A diferencia de otras profesiones, un maestro jamás deja de serlo, ni siquiera si ya está jubilado, mucho menos si sigue activo. Al salir del salón de clases, no se puede aventar la cachucha y dejarla en el perchero: un verdadero maestro es imagen, es ejemplo, es modelo. Un profesor sale de dar clases y corrige tareas, prepara clases, planea formas de enseñar, plantea retos, examina, evalúa. Es un esfuerzo que trasciende límites espaciales y temporales: va más allá de los límites del recinto educativo y no se acaba cuando termina el curso.

Pero, a juzgar por lo que se ve, el trabajo se está complicando. Los alumnos siempre hemos sido distraídos, pero ahora la distracción raya en la práctica sistemática de ignorar al profesor. Un maestro debe competir con las redes sociales, con los juegos electrónicos, con el desinterés, con la apatía y el terreno de juego es muy disparejo: los aparatos llevan ventaja. Por varios medios, nos enteramos de la queja constante de los maestros que no sienten que su trabajo sea valorado por estudiantes, padres, instituciones educativas. Por si fuera poco, es ampliamente conocido que la labor docente no es bien pagada. Hablamos de los profesores como pobresores, de ahí que el Dr. Regueiro tuviera razón: el apostolado del magisterio busca una causa que no se equipara con cuestiones monetarias. El que pretenda hacerse rico de dar clases, es probable que tenga una visión equivocada. Al menos no desde la trinchera del pizarrón y del gis. El tema político y clientelar tiene muy poco que ver con lo que es el verdadero llamado vocacional del que quiere enseñar. El panorama para un maestro luce nublado.

Es cierto que hoy, para pararse frente al aula —en todos los niveles educativos— hace falta valor. Es decir, hay que ser muy valiente para enfrentar desde la soledad del pizarrón, grupos desinteresados en lo que se les preparó, que desestiman a quienes quieren entregarles algo importante en su formación, que muestran una arrogancia que da ternura, que responden con grosería cuando se les intenta señalar un error. Hace falta valor para vencer nuestra propia apatía, para renovar el compromiso, para seguir actualizándonos, para salir de nuestra área de confort y entregar algo que sea relevante para nuestros alumnos, algo que les abra las perspectivas, que los lleve a detectar oportunidades, que los haga más competentes, que los impulse a ser mejores. Insisto, hace falta valor para ser una persona que enseñe valores que tanta falta hacen en la sociedad, que de ejemplo de reconstrucción del tejido social, de responsabilidad social y de ética. Es necesaria mucha valentía para que no se nos rompa el corazón al mirar el recibo de pago.

Pero, hay un dicho español que dice: “Mañanita nebulosa, tarde de paseo”, algo así como que cuando la noche es más oscura es que está a punto de amanecer. De pronto, en medio de un salón adormilado, hay uno que sonríe porque ya entendió; en la calle te topas una cara conocida de la que no recuerdas el nombre, que se acerca a agradecerte ese consejo, esa clase que diste y te cuenta cómo le sirvió haber estado en tu salón; escuchas que al recibir un premio, tu alumno te menciona en su discurso de agradecimiento. Entonces, la mañanita nublada se convierte en ese paseo agradable que le da sentido a la labor cotidiana.

Un maestro de verdad entiende que su vocación es un apostolado, lo que significa que su actividad tiene un sentido alto. Para muchos, dar clases significa estar en el último peldaño de la pirámide de Maslow, es decir, encontrar un nivel de autorrealización en el que compartir lo que uno sabe le da significado a la vida.

Gracias a mis formadores, ángeles que cumplieron su misión en mí vida: Úrsula Tommasi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Roberto Argumedo, Mario Paoletti, Abraham Nosnik, Ramón Moreno, por tanto y por todo. A mis colegas por ser ejemplo y compañeros de trinchera y todos los que he tenido el privilegio de llamar alumnos, gracias.

Familias funcionales, empresas disfuncionales

Uno de los grandes enigmas que ensombrece el terreno empresarial es la evidencia de que familias integradas, de esas que parecen salidas de una postal, de esas que se pueden presumir, que usaríamos de ejemplo y hasta aspiraríamos a ser como ellos, al momento de entrar al mundo empresarial no son capaces de hacerlo en forma armónica. El contraste entre las mesas de domingo en las que los platillos son deliciosos, la plática es cariñosa y se pide que pasen la sal con educación es asombroso cuando el hermano es capaz de ensartarle la quijada de burro a la hermana para romperle la cabeza con tal de sacarla del negocio familiar y cuando vemos que el cuñado se atreve a conjurar en contra de aquel que alguna vez le tendió la mano.

              Uno se pregunta con justificada razón, ¿qué fue lo que pasó ahí? Resulta un misterio entender cómo es que la disciplina que se respetó en casa no pudo transmitirse a la empresa, no se comprende cómo es que en el ámbito de la familia cada quien sabe su lugar y en el negocio no. Y, dicen por ahí que el dinero tiene cara de hereje y que los intereses económicos traen de la cola al diablo. ¿Se trata de falta de valores? Puede ser, pero no lo creo. Me parece que una familia integrada y unida tiene valores que se hunden cuando no existe una forma de convivencia profesional adecuada. Hay una verdad que debiera estar escrita en letras de oro: el cariño debe cuidarse y blindarse porque o es a prueba de balas.

              Los lazos de sangre tienden a desdibujar la objetividad que debe privar en el ámbito empresarial y cuando los parentescos políticos aparecen en escena, las complicaciones florecen en forma exponencial. Si hasta en los jardines más cuidados aparecen hierbajos, en las empresas también hay lunares que pueden manchar y acabar en historias terribles si la gente no sabe ocupar su lugar. Si no ponemos atención, una peca se convierte en cáncer mortal? Lo verdaderamente triste y complejo del tema es que el riesgo tan alto de mortalidad que tienen estos proyectos empresariales se deriva de los elementos que los debieran preservar: los familiares.

              Una de las principales razones por las que las familias funcionales dan a luz empresas disfuncionales es porque en el hogar, un golpe en la mesa hace que una discusión acalorada acabe de inmediato. Si los hermanos se pelean, mamá llega y los manda a la esquina a reflexionar. Sabemos en carne propia que muchas veces fuimos castigados injustamente, que a la hermana matalascallando nunca la regañaron porque con una miradita derretía a los padres, mientras que a la que contestaba para defenderse le iba peor. Entendemos que los padres tratan de balancear para que todos los hijos tengan las mismas oportunidades, pero en los negocios, no se trata de compensar, se trata de las competencias que tiene cada uno para ocupar posiciones, operar, dirigir, formar parte o de plano entender que hay muchos que ayudan más si no estorban.

              Hay tías que son adorables, primos que son simpatiquísimos pero que no saben —o no quieren trabajar— y que lo mejor es tenerlos lejos del negocio. Hay amigos que son divertidísimos para salir de fiesta pero a los que es mejor no invitarlos a trabajar con nosotros. Los consejos del abuelo pueden ser sabiduría de vida y no de operación empresarial. Pero, caemos en la terrible tentación de confundir el terreno de los parientes con el de los negocios. Nos enteramos de que el esposo de la prima se quedó sin trabajo o que el amigo del hijo la está pasando mal y tenemos la buena intención de ayudar. El problema es que ser esposo, amigo, cuñado, compadre no nos convierte de inmediato en una persona capaz para desempeñarnos eficientemente en una posición, y ya hecha la invitación ¿cómo nos desdecimos? Despedir a un familiar o a un amigo es una de las experiencias más complicadas que puede haber. Entonces, la intención de ayudar se convierte en una terrible caja de Pandora de la que emergen tormentas y batallas que nos debimos evitar.

              Si la objetividad falla en casa, no pasa mucho; si falla en el negocio el riesgo aumenta. Familia y empresa tienen parámetros diferentes y divergentes. Si una mamá ve hermoso al frutito de sus entrañas y se lo dice a todo el que lo quiera escuchar, no pasa nada, tal vez uno que otro la vea con ternura y en casos extremos hasta se rían de ella por lo bajo. Pero, si esa misma madre hace lo mismo y pone al frente de su negocio a un hijo incompetente o a una hija que no está preparada, los efectos negativos son como las fichas de dominó que van cayendo una tras otra sin poder detenerlas.

              Sucede frecuentemente que en las familias nos enseñan a ser prudentes, a sonreír, a ser educados y eso lo traducimos a no decir, a ser amables, a minimizar errores y a maximizar las cualidades. El amor es la fuerza aglutinante que todo lo puede y que vence cualquier obstáculo. Los rieles del cariño sostienen valores trascendentes. Y, por lo general, las familias funcionales no permiten que los problemas se desborden. La disciplina va aparejada con el respeto y el amor y entonces todo se alinea. Se cuidan los sentimientos de la gente y es inadmisible decir algo que lastime a nuestra gente.  Claramente, en los negocios no.

              En los negocios los parámetros son diferentes, existe disciplina, sí; pero debe haber unidad de mando, de dirección, objetivos, metas, tiempos perentorios, presupuestos, competencias, propuestas de valor, leyes, procesos: vocación. La experiencia y la preparación son pilares fundamentales que se deben aparejar con resultados. Si no estás aportando, te lo dicen y mientras más claro y oportuno seas, mejor.

              En las familias funcionales también hay pleitos, envidias, competencias, zancadillas. Es parte de la vida y de la convivencia de cualquier unidad social. Hay hermanos que quieren jugar con el carrito que tiene el otro en la mano, a pesar de que hay uno idéntico que está libre y eso es suficiente para empezar con el zafarrancho. De pequeños, las riñas se resuelven fácil, de grandes no es tan sencillo. Las cosas se complican cuando los chiquitos crecen y traen invitados. Un cuñado flojo, una concuña ambiciosa, un tío irresponsable, una prima abusiva hacen una mala receta. En casa, te pueden decir que calladito te ves más bonito. Si en la empresa, eso se vuelve política, los resultados son devastadores.

              He visto problemas empresariales que iniciaron por una rivalidad entre parientes políticos. Nietos que se vuelven contra el abuelo fundador porque sintieron que a la madre —nuera del dueño—, le hicieron un desprecio. Yernos que no supieron guardar lealtad a sus empleadores porque les ganó la avaricia. Concuños que salen resentidos porque no los supieron valorar. Estos ejemplos son la historia de todos los días que se topa uno lo mismo en proyectos empresariales, en pequeños emprendimientos o en corporativos internacionales. Échenle un ojo a casos como el de Vega Sicilia y verán de lo que estoy hablando.

              También pasa que estas familias bien integradas quieren extender esos lazos a la empresa. Acostumbrados a comer juntos, a vacacionar juntos, a veces el negocio requiere que la unidad de las tradiciones se resquebraje. ¿Qué hacer si todos quieren ir a la boda de la sobrina y alguien se tiene que quedar a cargo? ¿Qué pasa con el primo que siempre ocupa de pretexto la empresa para zafarse de esos compromisos engorrosos? Parecen frivolidades y no lo son.

Hay muchas preguntas cuyas respuestas evidencian porque familias funcionales dan negocios disfuncionales: qué pasa si la heredera no quiere hacerse cargo del negocio porque ni le gusta ni le entiende; que hacer con un familiar que tiene una proporción de la empresa pero no le gusta trabajar, cómo integrar a la cuñada que no tiene idea de nada pero es parte de la asamblea de accionistas, qué hacer con el hijo que no entiende, cómo lidiar con los Caínes que le quieren dar madruguete a los Abeles, qué hacer con el pariente enfermo, que tiene un vicio, que no es ordenado con el dinero, con el que gasta más allá de sus posibilidades. ¿Cómo preservar la familia y al negocio al mismo tiempo? Si muchas familias funcionales se hicieran estas preguntas, habría menos empresas disfuncionales, me parece.

Tanto drama (Tan poca vida)

Cecilia Durán Mena

Hanya Yanagihara,

Un poco de vida,

Los libros ancla

Nueva York, 2015

A primera vista, Tan poca vida ( A little life) el lector se da cuenta de que el reto de leerla será arduo y no se imagina lo difícil que será llegar al final. Es un libro gordo de ochocientas dieciséis páginas, con una portada en blanco y negro que nos anuncia que fue finalista del prestigiado premio Man Booker. Entonces, con gran entusiasmo e ingenuidad, uno se da a la tarea de navegar entre los renglones de un texto que por momentos parece interminable, asfixiante, doloroso y que es muchas cosas y no es muchas otras.

              Hanya Yanagihara nos engaña con una narración oficiosamente confusa. El lector que quiera aventurarse a leer este libro deberá dotarse de la fuerza de un acorazado rompe hielo para poder avanzar entre una serie de renglones que parecen decir mucho y no dicen nada, que presentan de forma errática a los protagonistas de la novela. Desde el principio, la autora corre el riesgo —y lo seguirá corriendo a lo largo de todas las páginas—, de que el lector aviente la novela porque resulta muy complicado seguir el hilo narrativo. Sin embargo, no ceja en su intento de hacer que la voz narrativa funcione.

              Tan poca vida es una novela que está divida en siete capítulos, el primero y el último llevan en mismo título, que tiene como escenario la ciudad de Nueva York. Sí, otra novela en Nueva York. La novela arranca como una serie de televisión de esas que siguen a un grupo de amigos neoyorquinos. Se cuelga del cliché eterno: muchachos cultos y guapos, sin mucho dinero y con mucha ambición. Pero, conforme va avanzando la lectura, Tan poca vida se convierte en una tragedia en la que, para continuar leyendo, había que saltarse páginas. Los lectores tendríamos que hacerle igual que en el cine, cerrar los ojos cuando el dolor es insoportable. Y, al final, la trama desemboca en un melodrama predecible al que se le quiso dar tintes de compromiso gay y en el que la amistad masculina se convertía en una relación más romántica que erótica, pero no del todo inocente y menos célibe, que termina en una muerte de ópera.

Jude Saint Francis es el personaje principal de una novela de dolor en dosis inmoderadas, es un hombre que ha caído, por las circunstancias de su vida, en un desconsuelo crónico al que sólo puede darle salida de formas tóxicas: autocompasión hasta la estridencia, daño autoinflingido, una enorme capacidad para despreciar el cariño que se ofrece y una gran proclividad para engancharse en relaciones tóxicas. El lector no puede dejarse engañar, en medio del dolor hay mucho amor y mucho desprecio al cariño ofrecido. El lector, al enfrentar al personaje se pregunta si es posible convivir con un hombre tan frágil como una copa de cristal.

“Da diez pasos, pero cada uno toma un mayor y un mayor esfuerzo — el movimiento es tan difícil, toma mucha energía mental, tanta que tiene nauseas, y se sienta de nuevo en el borde de la cama. No dejes que Caleb te vea así”.[1]

              Está escrita con muchas anacronías, se juega con el tiempo narrativo para ir hacía adelante y para regresar al pasado. Se nos anticipan ciertos datos y luego se regresa a contar los detalles que dieron lugar a los hechos. Se ve la intención de la autora de escribir una obra compleja y lo que logra es complicar el avance de la lectura. En contraste, usa muchos pronombres personales y construcciones gramaticales sencillas para tratar de ocultar la identidad del narrador:

“Ellos podrían hacer mal arte, inservible y sin valor durante generaciones y aún así serían capaces de comprarlo”[2] (p.8)

              Nos enteraremos de que es Jude Saint Francis el protagonista en el capítulo titulado Postman y encontraremos un resumen de lo que la autora repite hasta el infinito a lo largo de más de ochocientas páginas.

“Se fue el hermano Lucas, el hermano Pedro y el Padre Gabriel, Judes Saint Francis, y con él el monasterio y los consejeros en el hogar y su vergüenza y miedos y inmundicia “(p. 216)[3]

              La emoción regente de la novela es el dolor. La autora atiza al lector con sentimientos de vergüenza, de identidad mal conformada, de pena, autoconmiseración hasta niveles de estridencia. La frase más repetida a lo largo de Tan poca vida es: “lo siento”. La decisión autoral de narrar desde los ojos de la víctima y la lástima que despierta en todos los personajes llega a niveles de rudeza innecesaria.

              “Desperanza. La elección ahora parecía obvia: la única pregunta es por qué había tardado tanto “(pág. 444)

              Ellos verían cuánto tiempo les había robado; entendería lo que era un ladrón, cómo había amamantado su energía y atención, cómo los había desangrando. (p. 445)[4]

              Los personajes de la novela son planos, sólo poseen unos pocos rasgos de personalidad y son demasiado simples y mucho menos creíbles. El protagonista de una novela que debiera ser un personaje redondo, es un ente sufriente, predecible, con diálogos e ideas que se repiten una y mil veces y no cataloga en la clasificación de héroe ya que no sufre ninguna transformación. Jude Saint Francis llega al final de la novela sin variación y nos queda la pregunta de por qué la autora se tomó tantas páginas si al final todo lo que había que dibujar, ya había quedado claro en las primeras trescientas páginas. Por su parte, algunos los personajes principales son inverosímiles en términos de la paciencia infintita, casi santificadora como Harlod y Willem, en cambio, personajes secundarios menores resultan más interesantes, como JB o Richard.

              Entiendo que Man Booker Prize no le haya dado el primer lugar a esta novela y entiendo que el tema candente de pederastia, abuso infantil, violación, cutting, le haya llevado a la organización a contemplarla como finalista. En épocas recientes, se ha venido difundiendo una tendencia que sostiene que las relaciones entre hombres y niños puede ser vista como algo natural. En esa condición, Yanagihara tiene la puntería para dejarnos claro como la vida de un ser humano se puede desintegrar a partir de las experiencias traumáticas de un niño que no podrá repararse en la edad adulta. La fragilidad de Jude Saint Francis nos lleva como lectores a ser empáticos hasta tenerle lástima; a ver su fragilidad y reaccionar con furia al ver que ni siquiera intenta recomponerse.

“No dejes que Caleb te vea así. Él mismo está en el baño arrastrándose sobre sus brazos en la ducha. Piensa en la silla de ruedas de repuesto en el coche”[5] (p.371)

              La autora no tiene piedad con la dignidad del personaje, lo arrastra, lo pisotea, lo humilla una y otra y otra vez con una crueldad que resulta innecesaria. La narración es confusa, feroz y poco amable. Hay momentos en los que Yanagihara parece narrar un cuento de dioses griegos y hay páginas en las que escribe una novela hiperrealista sobre ferocidad y culpa para al final, dar vueltas y vueltas sobre un mismo eje y terminar, de nuevo, en amor, sexo y dolor.

              Uno como lector se pregunta ¿qué tipo de novela leí? No es una novela de amor, es una fantasía en la que se lleva al ser humano a un punto irreal de no retorno en el que la principal destrucción del personaje se perpetra por su propia mano. ¿Es una novela de desesperanza? Sí, en grado superlativo. ¿Es una novela de denuncia? Si, se pone el dedo en la yaga del daño que se le pude hacer a un ser humano y el dolor posterior que este daño generará por siempre. Es una novela de desamor, en donde triunfa la desesperación de las almas buenas que quieren ayudar a quien ya, desde la página número uno, estaba condenado.

              Si el lector se quiere enfrentar a un inventario sobre lo roto, lo incompleto, lo que no se puede arreglar, a adicciones, traumas, con un contrapeso de devoción y éxito lánguido, esto es lo que va a encontrar en esta novela. Ojo, si alguien se salta las páginas, no hay de qué preocuparse, el tono repetitivo de la narración lo enfrentará con lo mismo, así que no hay temor de perderse de mucho.


[1] He takes ten steps, but each one takes a greater and a greater effort— the movement is so difficult, takes to much mental energy, that he is nauseated, and sits down again on the edge of the bed. Don´t let Caleb see you like this

[2] They could make bad, insalable, worthless art for generations and still be able to buy it.

[3] “Gone would be Brother Luke, Brother Peter and Father Gabriel, Jude Saint Francis, and with him the monastery and the counsellors at the home and his shame and fears and fith” (p. 216)

[4]“ Hopefulness. The choice now seemed obvious; the only question is why it had taken so long” (p.444)

              “They would see how much time he had stolen from them; they would understand what a thief he had been, how he had suckled away their energy and attention, how he had exsanguinated them”. (p. 445)

[5] Do not let Caleb see you like this. He drags himself to the bathroom on his arms into the shower. He thinks of the spare wheelchair in the car”.

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