El apoyo a un presidente

No hay duda, Andrés Manuel López Obrador sigue gozando del apoyo popular. Mucha gente lo quiere, confía en él, siente devoción por su persona y se rinde ante su presencia. El fenómeno siempre me ha sorprendido. Esa fidelidad a toda prueba que brota de mentes sencillas, de intelectuales, de jóvenes, de viejos siempre me ha despertado curiosidad. ¿Qué ven que yo no alcanzo a ver?

Desde mi trinchera, veo a un hombre que se levanta temprano a dar conferencias de prensa larguísimas, en las que la información se mezcla con imprecisiones, en las que se usa un lenguaje coloquial, en las que el Presidente hace gala de su carisma y me recuerda a Fidel Castro a quien le encantaba dar discursos eternos que se prolongaban por horas y horas. Oigo muchas razones que me parecen sinrazones, escucho buenos motivos que no se concretan: la lucha contra el huachicol ya cobró víctimas mortales en un accidente terrible y no hay responsables que den la cara, las pérdidas por las fallas en la distribución de combustibles se siguen acumulando, los ductos se siguen pinchando todos los días, no se ven muchos avances y sí se esgrimen muchos pretextos. La gente aplaude los esfuerzos presidenciales.

Veo que López Obrador llegó al poder cobijado por el magisterio, sin embargo, son maestros los que tiene tomadas las vías del tren, los que están bloqueando el libre transito de mercancías, que están causando daños a la industria, al comercio, al empleo, a su gobierno y esos maestros no escuchan el llamado presidencial para hacerse a un lado y dejar que la vida económica siga su cauce. La gente apoya al presidente.

Hay huelgas en el sector de la maquila, huelgas que se han declarado inexistentes, hay trabajadores que quieren volver a trabajar, hay gente que está a punto de perder empleo y prestaciones que han ganado por años y años de trabajo porque un grupo de personas les bloquean la entrada a su lugar de trabajo. Parece que la Secretaria del Trabajo no está operando para solucionar el problema, parece que el senador Monreal anda meriendo las manos por ahí, aunque él dice que no es cierto. Las consecuencias en el sector son graves. Nadie puede hacer entrar en razón a quienes están estorbando, se supone que es gente que está del lado del presidente y están haciendo daños irreparables. No importa. La gente sigue fiel al presidente.

El presidente apoya a Nicolas Maduro, decide alinearse a la política que lo aproxima a Uruguay, Turquía, China, Rusia y dar la espalda a la evidente crisis humanitaria que hay en Venezuela, a la falta de legitimidad democrática del sucesor de Chávez y le da la espalda a la visión de la OEA, de Europa, de Estados Unidos. Todo son intereses, está claro. ¿Por qué nos interesa estar del lado de Putin, Erdogan o de Maduro? La gente continúa expresándole devoción al presidente.

Pero, ¿cuánto dura el apoyo leal de un pueblo bueno? Queda claro que las razones para estas expresiones de amparo a un presidente son reflejo del hartazgo de la gente frente a la frivolidad, el saqueo, la corrupción, la indolencia de una clase política que se creyó monárquica y que hizo de la corrupción su sustento. La alternativa que expresa repudio resulta preferible. Pero, cuando la gente empieza a ver que su trabajo está en riesgo, cuando sus deudas aumentan, cuando los bienes escasean y los servicios fallan, cuando las buenas voluntades no se convierten en hechos, cuando las intenciones vuelan por los aires y cuando las promesas se transforman en un peor escenario, yo no sé si la gente siga con esa devoción al presidente.

Es muy pronto para elevar el dedo y dar un fallo contra el Presidente, es muy pronto para sancionar su actuar, pero lo que se ve no se juzga. Las calificadoras no están tan seguras de que López Obrador tenga un buen equipo de trabajo y ya nos bajaron la calificación en Pemex. La pasión que un pueblo siente por sus mandatarios así como da quita. Es necesario sustentar con hechos todos los dicho y, hasta el momento, hemos visto poco y lo que nos han dejado ver, preocupa. Es cierto, nos preocupa a unos cuantos. Muchos siguen dando su apoyo al presidente.

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El candil de la casa

Escúchanos en el programa de radio UP EL candil de la casa

medialab.up.edu.mx

Paredes de fuego

La pregunta es ¿cómo es que no había pasado antes? El robo de combustible es peligroso y ayer se vivieron las consecuencias de perforar ductos que transportan líquidos inflamables. Las imágenes de la explosión llamaron la atención del mundo entero y ¿cómo no? La gente que estaba alrededor del ducto extrayendo combustible quedó atrapada entre paredes de fuego y el infierno se hizo presente en suelo hidalguense.

Los videos que están circulando dan cuenta de militares advirtiendo a la gente que se retire de ahí, nadie hizo caso. En las fotografías previas a la explosión, aparecen mujeres, hombres y una muchedumbre con bidones que ignoraron las advertencias que con prudencia les hacían los elementos del ejército.

Como si se tratara de la boca de un dragón vengativo, el ducto estalló con furia y cercó a todos los que lo habían ordeñado ese día hasta el agotamiento, como si el tubo fuera un animal extenuado, sacó de sus entrañas el coraje contenido y cercó a sus depredadores con un muro infernal de fuego del que no pudieron salir sino muertos o terriblemente heridos.

Quemados.

Muchos llegaron en helicóptero al Centro Médico Nacional 20 de Noviembre. Quienes los recibieron decían que jamás habían visto a personas tan lastimadas, tan deshechas, con tan pocas posibilidades de reconocerse en un espejo. Hay ochenta y un quemados según el Secretario de Salud. Setenta y nueve muertos. La tragedia es de la proporción del problema del huachicoleo.

Tlahuelilpan es la comunidad en donde viven todas las personas que quedaron atrapadas en este cerco de lumbre. El infierno existe, la gente que tiene más de ochenta por ciento de quemaduras en el cuerpo. La perspectiva tiene mal pronóstico. Las paredes de fuego de este averno rodearon a la gente que estaba alrededor de la toma. La explosión fue de tal naturaleza que destrozó todo lo que había ahí, sólo quedó el terreno pelón.

Los subtítulos en Roma (las diferencias del lenguaje)

Me causó mucha gracia ver la discusión que generaron los subtítulos que algún genio decidió ponerle a la película Roma de Alfonso Cuarón. Por años, siglos, el español ha unido a Iberoamérica. Evidentemente, cada quien tenemos formas diferentes para denominar y para decir las cosas. En un territorio tan extenso sería iluso pensar que todos habláramos igual. Ni por geografía, ni por la diversidad de flora, fauna, clima y ecosistemas lo podríamos hacer, ya no hablemos de elementos más profundos como la manera de expresar los sentimientos, como el enojo, sólo por citar al que más expresiones idiomáticas propone.

Digo que me hizo gracia pues el país en el que más he publicado novelas ha sido España y parte del encanto por el que se han publicado allá es por los mexicanismos. Este blog tiene montones de entradas con expresiones idiomáticas propias de mi ser mexicana y jamás he tenido que poner explicaciones de los que escribo para mis lectores peruanos, argentinos, puertorriqueños, dominicanos, uruguayos o españoles.

Me temo que quien tomó la decisión de subtitular el español en Roma es un mal lector. ¿Qué hubiera sido de Borges, Vargas Llosa, de Rulfo si se hubieran topado con un editor así? ¿Cómo seríamos capaces de leer a Tirso de Molina, a Lope de Vega o al mismo Cervantes si siguiéramos esas lógica?

Estoy leyendo con gran interés y con sumo embeleso, Ágata ojos de gato de Caballero Bonald. La lectura reta pues el vocabulario del autor es rico y extraño. El lenguaje es poético y resulta una delicia correr por esos renglones. No se puede estar parando para consultar en el diccionario cada palabra, el que eso hiciera estaría leyendo la verdadera historia sin fin. Para leer a Caballero Bonald, como para leer a Lezama Lima o a Cabrera Infante o a tantos otros, hay que ser como esos veleros que se deslizan sobre la superficie del mar, es decir, hay que dejarse ir con el impulso. Dejar que la lectura fluya y que la intención autoral se ilumine en nuestras mentes.

Así debe ser vista Roma, con la conciencia de que la propia película nos llevará a buen puerto, sin necesidad de subtitular al español el español mismo.

El tequila, buenas noticias

Entre el combate al huachicol, la reducción en las estimaciones de crecimiento de la economía mexicana, la posible crisis en los Estados Unidos, la derrota brutal de Theresa May frente al Parlamento, las acusaciones que hacen los testigos del caso del Chapo en Nueva York, nos llega una buena noticia: el tequila rompe récords de exportación.

Según el Consejo Regulador del Tequila, por noveno año consecutivo la industria tequilera abate sus propios números de ventas globales y deja detrás las expectativas de venta que quedaron rebasadas, La noticia llega como agua de mayo en plena cuesta de enero.

Los parámetros para dimensionar esta buena noticia son importantes: ocho de cada diez litros de tequila que se exportan son consumidos en Estados Unidos. El tequila se consume regularmente en ciento veinte países del mundo. Por quinto año consecutivo, Jalisco exportó poco más de ciento cuarenta millones de litros en el 2018.

Un soplo de buenas noticias que llegan acompañadas de datos, se agradece. Especialmente, cuando hemos estado sujetos a una serie de ambigüedades en las que nos quieren vender espejitos, nos dicen que vivimos en lalaland pero ni nos dicen por qué ni avalan sus dichos.

Alcemos el caballito de tequila y digamos salud por esta buena noticia.

La dureza de una pluma (No, mamá, no)

 

No, mamá, no

Verity Barbgate

(Traducción Mireia Bofil y Edhasa)

Editorial Alba, Rara Avis, Barcelona

Duro, durísimo es el lenguaje que utilizó Verity Bargate al escribir No, mamá, no, una novela que sorprende por el tono áspero y por la sencillez del vocabulario. La autora se da el privilegio de escribir de la tristeza que causa la maternidad, la pérdida de la firmeza del cuerpo que las mujeres sufrimos después del parto, el cansancio del embarazo que culmina el día del nacimiento con el que empiezan una serie de tareas que sólo la madre puede llevar a cabo.

Mamá, no, mamá es una novela valiente que se atreve a poner frente a los ojos del lector la gravedad de la depresión postparto, aunque la autora jamás la denomina así. Desde la primera frase, Verity Bargate nos introduce en de un modo directo, sin rodeos, al tema que será el hilo conductor de toda la obra:

“Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada.” (p. 13)

Jodie es una mujer que vive en el Soho londinense, está casada con David y tiene dos hijos Mathew de menos de dos años y Orlando que acaba de nacer. A simple vista, parece una familia normal, con las felicidades y las presiones que tienen todos los padres primerizos con un par de niños pequeños. Pero, Jodie además de estar cansada y estar triste, tiene otros problemas:

“Creo que fue entonces cuando nuestra incapacidad de comunicarnos se hizo irreversible. Nuestro dolor era tan distinto, los motivos tan divergentes; el mío todavía no articulado, el suyo ya casi superado” (p.14)

Verity Bargate nos abre la puerta de la intimidad de este matrimonio y nos deja ver a rajatabla lo que sucede en la mente de la protagonista. Para fortuna del lector, lo hace sin edulcorantes, ni anestesias. Nos toma por las solapas y de forma cruda nos deja ver la tristeza de una mujer que quería ser madre de niñas y no de niños y su inconformidad llena de tristeza y mucho aburrimiento.

“Así, nadie se atreve a quejarse porque siempre hay un rastro del pedido original. No lo suficiente para que el convencimiento sea total, sólo para crear serias dudas que no llegarán a expresarse” (p. 53)

A Jodie le hace falta alguien que la comprenda. Siente a David lejano, le atemoriza y sospecha que está tramando algo contra ella y que toda su amabilidad y condescendencia son fingidas. Jodie necesita a una amiga:

“Los maridos y los críos y la distancia física habían cambiado las cosas y ahora nuestros puntos de referencia eran tan distintos que pensé que ya nunca recuperaríamos la intimidad” (p.21)

“Entonces vi que David estaba a mi lado, que llevaba un rato allí, anonadado, mudo, desolado. Supe todo eso sin mirarlo; cuando lo miré descubrí mucho más aún. Vi su desconcierto y su dolor, su absoluta incapacidad de comprender, su indignación, su desesperación, su temor y el inicio de la certeza de que yo estaba loca.” (p. 25)

Jodie va arrastrando su cotidianidad. Adora los momentos, los escasos momentos de soledad que tiene. Sale de su casa con cualquier motivo y alarga las salidas lo más que puede. Sale al mercado, a la tienda, a la lavandería.

“Me sentí atrapada en un juego psicológico totalmente desconocido para mí. Tuve ganas de estar sola otra vez, ahora no para pensar, sino únicamente para sentirme sola y libre de amenazas” (p. 87)

“A unos instantes de mi retorno a la vida que seguramente había escogido. Era un gran lujo poder estar sola de ese modo, en ese limbo; sin ser la esposa ni la madre de nadie. Sólo Jodie” (p.93)

Una ocasión, cuando está lavando la ropa conoce a un personaje curioso, a un escritor que se acaba de mudar al Soho con la intención de escribir una novela. Jack, el escritor, siempre le hace preguntas que Jodie no puede dejar de contestar de manera entrañable y profunda. Ella misma se pregunta cómo es que siempre termina contándole cosas de su pasado que nadie más sabría y le hace una promesa.

“Inmortalizaré ese momento para usted. Lo incluire en mi libro” (p. 101)

De repente, Joy una amiga de la juventud llama por teléfono y el corazón de Jodie da un vuelco. Ella vive en Brighton y la invita a visitarla. Jodie hace todo lo posible por que alguien le cuide a sus hijos, sin embargo, el día que tiene que reunirse con Joy, la persona que se los va a cuidar avisa que no podrá hacerlo. Por lo tanto, decide llevarse a los niños. Y, ese es el punto de quiebre de la novela.

En el trayecto en tren, mientras Jodie, Orlando y Mathew viajan a Brighton ella los mete al baño del tren, los cambia de ropa y los transforma en Rainbow y Willow, las dos hijas que siempre quiso tener y, en esa transformación viene el nombre de la novela: Mathew dice en forma tímida: No, mamá, no.

Para contrastar la aspereza y crudeza del lenguaje de la novela, Verity Bargate construye un personaje entrañable en Mathew el hijo mayor de Jodie, un pequeño que a su corta edad es capaz de entender y proteger a su madre:

“Mathew me salvó: esa criatura que aún no tenía dos años me acarició la mano y me hizo agachar la cabeza y hundió su cara en mis lágrimas hasta que no cupo ninguna más entre sus mejillas y las mías.” (p. 77)

Digo que Verity Bargate fue valiente al escribir esta novela pues se salió del estereotipo de la madre perfecta y nos muestra a una mujer atribulada, real, sobrepasada por el cansancio, humana, rebasada por las tareas del hogar y lo hace cuando ser políticamente correcto era lo esperado por las escritoras. Esta novela fue publicada en 1978 en Londres y nos muestra una realidad universal que hemos querido tapar con un dedo. Es cierto, muchas madres al dar a luz a sus hijos entran en una profunda tristeza y se sientan abrumadas sin que puedan encontrar ayuda.

No, mamá, no es una novela de soledad y de buenas intenciones que no se corresponden. David no es un mal esposo, es un esposo normal, común y corriente que no puede entender lo que le pasa a su mujer pero que asestará el golpe final y la vuelta de cuerda a esta novela cruda que vale la pena leer.

Es una novela fuere que por su escritura, al terminar de leerla, nos arrebata las palabras y sentimos un gran hueco en el estómago.

 

 

Entender, Andrea

Entender, Andrea, que creciste, es una de las verdades más evidentes y más complicadas de asimilar. ¿Cómo? Si aún te siento en el hueco de mis brazos y parece que la voz de tu padre anunciando que eras una niña sana y hermosa todavía hace ecos en el corazón. Es que así somos las madres. Nos empeñamos en creer que las hijas son nuestras pequeñas y que lo serán toda la vida, pero, por fortuna y por más que me cueste entenderlo, no es así.

Entender, hijita hermosa, que hoy cumples veintiún años, que ahora sí eres mayor de edad en todo el globo terráqueo es un trago gordo y hace falta valor decidirse a pasarlo. Quisiera poderte llevar de la mano, arrullarte, leerte cuentos, abrazarte todo el día, llenarte de besos y gritarle al mundo lo orgullosa que estoy de ser tu madre, pero, hace tiempo que aprendiste a caminar y hoy tus pasos son firmes.

Entender, mi vida, que ser madre significa darte alas para que vueles tan alto y respetar la elección del rumbo y sorprenderme ante las alturas que alcanzas; es abrir la puerta para que corras a descubrir, a conquistar, a experimentar; es morderme las manos y dejar que te caigas, que te equivoques, que te desplomes como lo tuve que hacer cuando empezaste a dar tus primeros pasos, cuando vi que te aferrabas a los sillones y yo misma te animaba a soltarte y, cuando perdías el equilibro y te ibas sobre las pompas, a veces llorabas con lágrimas gordas y otras me sorprendías con las carcajadas que te provocaba haberte caído.

Entender, Andrea, que la puerta está abierta para que salgas y para que vuelvas. Entender que soy madre de una mujer adulta y respetar tu libre albedrío, tus elecciones, tus ideas, tus convicciones, tus miedos es confiar en el trabajo que con tanto amor tu padre y yo hemos hecho en estos años, es creer que Dios te acompaña y te bendice y te cuida. La puerta abierta es la invitación para que puedas ir al mundo con la seguridad de que el amor que te tengo alcanza para que te sientas acompañada sin invadirte, para que sientas respaldo en el desamparo, para que tengas la certeza de que habrá consuelo y consejos y, también regaños cuando sean precisos.

Entender que ahora, seguiremos siendo cómplices, que nos gustarán cosas iguales y diferentes, que nos reiremos y nos enojaremos pero que siempre, siempre, siempre seré tu mamá y que ejerceré ese privilegio hasta el último aliento.

Entender, Andrea, que si a Dédalo le faltó claridad al entregar las alas, le falló la energía al dar las advertencias, le faltaron pulmones al gritarle a su hijo que tuviera cuidado, y se le quebró la sabiduría al prevenir a su hijo, a mí que soy tu madre, que me tiembla el cuerpo y el alma de pensar que puedo cometer esos errores; si a Dédalo le faltó algo que me pueda faltar a mí también, le pido a Dios que las bendiciones que todos los días le pido para ti, complementen los huecos que hayan quedado. Entender que prefiero ser trampolín que obstáculo, impulso que freno, faro y no tiniebla, cariño y no juicio.

Entender, que te quiero más allá de todo entendimiento.

Entender, Andrea, que la niña que le pedimos a Dios con tanto fervor ya creció, que la tierra buena en la que sembramos semillas de cariño y valor ya germinó, que la promesa se cumplió me obliga a mirar al cielo y dar gracias por tanta, tanta bondad.

¡Feliz cumpleaños, Hijid!

El México bueno

El México bueno del que habla López Obrador existe, sin embargo, parece que el Presidente sólo lo mira cuando se trata de obtener votos, de criticar lo que sucedió en el pasado. Aquí estamos. Somos ese México entrañable que está dispuesto a salir y remover piedras con la esperanza de encontrar vida, a salir a la calle a ofrecer agua y alimento, a ayudar en lo que se pueda aunque no tengamos mucho, aunque no tengamos herramientas o conocimientos técnicos. Somos los que nos ponemos en una fila y ofrecemos nuestras manos para hacer lo que nos digan que hace falta.

Aquí estamos, no nos hemos evaporado. Estamos, más allá de divergencias políticas. Cuando se ha necesitado chairos y fifís, izquierda y derecha, tontos y listos, transformadores y tecnócratas, sabios e ignorantes, intelectuales y obreros, ateos y gente de fe, derechos y jorobados, hombres y mujeres hemos ayudado a nuestros semejantes y a México. Sabemos dar la mano.

Este México bueno merece respeto. Es un México que aguanta la verdad, que no quiere que le den atole con el dedo, que está listo para entender cuál es el problema, enfrentar las consecuencias, ser pacientes y prepararse para lo que se tiene frente a sí. Pero, si no nos ven, si no nos explican, si nos dan una nalgada y nos mandan al rincón, nos enojamos y empezamos a despotricar. Elevamos a voz para decir que la Cuarta Transformación es una Transformación de Cuarta, gritamos en contra de las medidas que nos afectan y nos damos cuenta de que nos están contando mentiras.

La escasez de gasolina nos pone frente a una situación irritante porque desconocemos todo: no sabemos qué la originó ni cuándo va a acabar; no creemos las razones -los huachicoleros siguen vendiendo y ahora lo hacen con descaro alrededor de estaciones de servicio que no tienen gasolina- ni entendemos. El México bueno es inteligente y sensible, si nos explicaran tendríamos claro el panorama y nos organizaríamos para sacar las cosas adelante, ya hemos dado pruebas de nuestra capacidad como sociedad civil.

Pero, no nos ven, no nos hablan, no nos explican. El México bueno quiere que las cosas se hagan en forma diferente, tal como prometieron los que hoy están al frente del país. Pero al igual que antes, al igual que siempre, siguen dándonos atole con el dedo y queriendo tapar el sol con un dedo. ¿No sería mejor que nos dijeran lo que está sucediendo? Háblenos, somos buenos.

Necear

Parece que las necedades en el mundo tienen víctimas, pero los necios siguen ya que los victimarios no las padecen, al menos no en primera instancia. Sin embargo, la obstinación es un escupitajo que se lanza al cielo y la ley de gravedad no se puede modificar. Las cosas caen por su propio peso. El muro atrapa a Trump, las andanzas de Maduro lo condenan al aislamiento, la crisis política de Nicaragua hunde la economía, el Reino Unido pasa aceite con el Brexit y en México a pocos días de iniciado el mandato de López Obrador vemos que las buenas intenciones no bastan.

Las necedades terminan siendo un asunto central y un signo que lastima a los ciudadanos. En Venezuela no se cuenta con el apoyo del grupo de Lima y México se acoge al principio de no intervención para no firmar la condena a los hechos de Maduro. Tal vez, por lo mismo, Mexico guarda silencio ante la crisis nicaragüense que tiene a tantos ciudadanos huyendo en busca de algo mejor, muchos están viviendo en situaciones terribles en la frontera, mientras esperan entrar a los Estados Unidos. Con el tema del muro, Trump se desespera e insulta, acá el silencio de la administración y la templanza del Canciller Ebrard empieza a ser incómodo.

La gente no sólo no está contenta, sino que sufre. Los venezolanos, los nicaragüenses, los hondureños y muchos mexicanos padecen las necedades de sus mandatarios. Necear es una muestra de que se está acabando el margen de maniobra. Las seducciones que se lograron a base de espejismos no pueden durar toda la vida y llega el momento de darse cuenta.

Necear también es signo de falta de pericia. Es ver que alguien llegó a un callejón sin salida y ya se paralizó, no ve opciones, no aprecia alternativa, no tiene otro plan. En Gran Bretaña el Parlamento acorrala a May, Trump tiene cerrada la administración de su país, Maduro recibe condenas mundiales… Hay que entender que no hay capital político que alcance frente a un necio y nadie deja de ver sus afectaciones por más cariño que un político carismático lo intente.

Sin gasolina

Dicen que estamos exagerando con el tema de desabasto de gasolina. Desde la Ciudad de México, veíamos los toros lejos desde la barrera. Contemplábamos con solidaridad lo que sucedía en Guanajuato, Michoacán, Jalisco y demás estados del interior de la República. Incluso, cuando escuchamos que alguien dijo que el problema ya estaba aquí y que seis gasolineras habían cerrado en la Ciudad de México, pensamos que todavía no había de qué preocuparse. En la conferencia matutina del Presidente López Obrador se nos aconsejó llenar el tanque y entonces se nos puso la piel de gallina.

Le hice caso al Presidente, quise ir a llenar el tanque de gasolina de mi auto. Las gasolineras que hay alrededor de mi casa están cerradas. Todas están cerradas. No hay ni diésel, ni magna, ni premium. Por mis rumbos no hay gasolina. ¿Qué hacer? Gastarme lo poco que me queda de combustible en ir a buscar o regresarme y esperar a ver si durante el día la cosa se normaliza.

La disyuntiva que se presenta es curiosa. Entrar en pánico o guardar la calma. Trabajar desde casa y restarle un integrante al caos puede significar ver que ahí viene la tormenta y quedarme quieta mientras todos huyen; correr como loca por toda la ciudad buscando gasolina puede resultar tan fructífero como dibujar rayas en el agua. No hay forma de saber si el desabasto tiene dimensiones de desastre o si estamos exagerando las dimensiones del problema.

¿Será que no hay combustible, que no tenemos reservas, que no hay gasolina y que todo esto es una cortina que se oculta detrás del combate a los huachicoleros? ¿Será que nuestras refinerías no funcionan y no queremos importar lo que nos hace falta? ¿Estamos frente a las consecuencias de la impericia administrativa? El presidente dice que el problema se resolverá rápido pero no nos dice cuándo. No tenemos un compromiso ni una fecha que le ponga fin al problema.

Medio tanque no es mucho y parece que tampoco es poco. Tengo miedo de quedarme sin gasolina. Las distancias que debo recorrer en esta ciudad no se logran andar en bici o caminando. Tal vez sea momento de quedarse quieta, las colas y los bocinazos en las gasolineras ya al alcanzaron a la Ciudad de México. Siento un hoyo en el estómago. El instinto me dice que debo correr a conseguir combustible, la razón me advierte que eso no es buena idea. No me quiero quedar sin gasolina.

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