Hace diez años… un 24 de noviembre

Hace diez años, un 24 de noviembre presenté mi primera novela, Hermana querida. Me sorprende que haya pasado tanto tiempo porque casi creo que apenas empecé a escribir. Para mí, la fecha es significativa porque da fe de mi debut como escritora.

Definir lo que es un escritor es una tarea complicada. Un escritor no es el que escribe, es el que encuentra un lector. Por eso, el 24 de noviembre, al presentar esta novela, mi primera, digo que me convertí en escritora. Ese día, conseguí lectores. He tenido la fortuna de escribir que que me lean.

Empecé a escribir para encontrar un refugio . Pero, en poco tiempo también lo hice para impresionar a los demás. Creo que lo que me llevó a la escritura fue la tristeza y la perpetua intención de recuperar un lugar grande en este mundo. Uno que sintiera un hueco cuando mi cuerpo estuviera hecho polvo y se hubiera desintegrado en el viento.

Escribir se transformó en delirio y epifanías; en desiertos y vacíos; en entumecimientos y lugares comunes. Creo que enloquecí en el momento en el que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultades para salir, principalmente, porque no quería huir.

Lo que siguió fueron muchas capas que representan las múltiples fronteras entre la cordura y lo que se forma con un sueño alocado. Deseché una parte de mi yo para escapar de un jardín de flores y al llegar a la luna, me di cuenta del yermo al que me fugué. Era demasiado tarde para arrepentimientos. Mejor habitar el polvo lunar propio y convertirlo en barro que pueda recibir el soplo de vida con la bendición de lo alto.

Los que crean que es una dulce idea eso de sembrar en una franja desértica, no se enteran de los escozores del alma. Escribir es subirse al carromato acompañado de bestias.

Al escribir el alma se enrarece cada día. Se vuelve más espiritual y más irrelevante. Se abre una ventana en la que se buscan ángeles y entra tierra. Con la tierra se forma barro y así se forjan figuras y se atrapan lectores.

Hace diez años, me convertí en escritora no por mis méritos, sino por mis lectores.

Siete años

Hace siete años empecé a escribir este blog. Como todo lo que se inicia, hubo incertidumbre, ¿quién me leerá?, dudas, ¿es serio escribir un blog?, cuestionamientos, ¿para qué? Y entre todas las preguntas que se me ocurrieron antes de empezar, la que jamás se me ocurrió plantearme fue ¿por cuanto tiempo? Seguro pensé que lo que durara seria bueno.

Lo que jamás me imaginé al empezar a escribir este blog hace siete años fue la cantidad de satisfacciones que me iba a traer. Gracias a este blog, he recibido mucho. Me ha dado la posibilidad de reencontrarme con gente del pasado, de comunicarme con mis alumnos, lo mismo con los que están en el aula, como con aquellos que hace muchos tiempo que pasaron por mi salón, me ha acompañado al andar por el Camino de Santiago, ha viajado conmigo a Sudamérica, a Europa, a Asia. Ha contado sobre mi experiencia en Jerusalén, en el Roland Garros, en aquella final en que Roger Federer alzó por única vez la Copa de los Mosqueteros, ha felicitado a los míos en sus logros y ha contado mis tristezas y preocupaciones. Se ha metido conmigo en las pastas de los libros y me ha impulsado a escribir columnas de opinión en publicaciones como Forbes, WSI, Correo. Ha reportado sobre los premios y se a topado con uno que otro tropiezo. Vienen conmigo a San Miguel de Allende y a Acapulco.

En este blog se reúnen muchos lectores de tantas partes del mundo y esa diversidad me sigue pareciendo un misterio. Y, lo más importante que me ha dado son lectores. Gracias a los que han estado aquí desde el primer día, a los que van llegando, a los que no se han ido. Estas ventanas se abren para mostrar lo que estoy pensando. Gracias a los que se asoman desde España, Colombia, Puerto Rico, Australia, Austria, Dinamarca, Israel, Noruega, Francia, Italia, Estados Unidos, Japón, a los de cada rincón de este mundo que vienen a ver lo que hay por aquí, gracias a mis paisanos, a cada mexicano que me sigue.

Escribir.

Escribir es como lanzar una botella al mar que lleva un mensaje, es la esperanza de que alguien la encuentre, le quite el tapón, saque el mensaje y lo lea. Gracias, porque cada día tengo la satisfacción de que esa botella sufre el milagro de la multiplicación. Gracias por darme la satisfacción de saber que me leen. Cada año se aumentan el número de visualizaciones y mi agradecimiento se vuelve exponencial.

Gracias por ayudarme a cumplir estos primeros siete años.

Esperando el verano

Cada año, a estas alturas, tengo la misma sensación. A punto de acabar el semestre, cuando ya no hay clases y los exámenes están en curso, es decir, cuando la actividad disminuye pero todavía no se acaba, siento que estoy al límite y me paro de puntitas para ver cuanto me falta para estar dedicada a eso que tanto me gusta y por lo que trabajo a lo largo del año: la época para leer y leer, para escribir sin consultar el reloj.

En verano, me reúno con gente que quiero y me alejo de esos prietitos que vienen en la vida de todo ser humano. Tomo rumbos al sur o al Bajío y amparada Santa Lucía y su hermosa bahía o bajo las alas del Arcángel Miguel y me voy a desintoxicarme de la cotidianidad. Marido, hijas, perro, perico, libros, series, hojas en blanco por llenar hacen las ilusiones de que en cinco semanas voy a lograr la proeza de olvidarme y dedicarme a disfrutar.

Pero, desde luego, como sucede cuando estás en mente y alma en un lugar, pero el cuerpo sigue atado a la obligación de permanecer, entra esa angustia de ya querer llegar. El sabor es agridulce. Y, tal como pasa cada año, surge la pregunta: ¿y si en vez de aguantar los prietitos, los borrara y me dedicara a vivir como un verano eterno? La tentación es grande, a estas alturas del año.

Esperar el verano se ha vuelto una actividad vocacional. Y, cuando estoy a punto de que llegue, de abrazar mi mejor temporada del año, me entra esa cosquillita y me gustaría, no sólo que ya llegara si no que nunca acabara.

Después del silencio

Jamás en los poco más de seis años que tiene este blog, había habido un periodo de silencio tan prolongado como éste. Fueron catorce días en los que las ventanas no fueron escritas, fue un tiempo de descanso en el que la poca conectividad no me permitía tener acceso y no pude publicar.

Entre los días de desconexión, brotó la reflexión. La maravilla de estar presente y atenta a lo que sucedía en el aquí y el ahora ayudó a pensar bien en la posibilidad de escribir, de comunicar ideas y de expresar acuerdos y concordancia. Las vacaciones y la lejanía me ayudaron a dar perspectiva. Los acontecimientos en mi país me llevan a darme cuenta que por primera vez en mi vida adulta no voté por el candidato ganador. Aunque, este blog no es un espacio en el que toquen temas políticos únicamente, sí que se abordan.

Ahora, criticar debiera ser más fácil. Los elementos que me llevaron a votar diferente a las mayorías siguen ahí y no hay dificultades en elevar la piedra y acertar. Pero, eso se llama mezquindad. Por eso, tomar nuevos aires funcionó para limpiar esos ánimos y regresar a esa posición en la que la objetividad sea la mejor consejera. Seguir escribiendo será, en este espacio, como seguir platicando.

Después del silencio, vendrán las palabras. Será, como siempre, un deleite compartir. Ven, asómate a ver lo que estoy pensando.

Palabreros

Hay escritores que tocas las palabras con guantes quirúrgicos. Las eligen con la misma precisión con la que un cirujano hace un corte exacto al empezar una operación. Las acomodan con la misma parsimonia con la que una enfermera pasa el bisturí y el escalpelo solicitados. Y, cuando concluyen sus escritos, logran acomodar en la charola de acero inoxidable un coágulo infeccioso que fue correctamente extirpado y que causa la misma emoción estética que una serie de azoteas grises en una ciudad contaminada.

Hay quienes creen que la corrección es arte y se equivocan. La corrección es el primer peldaño de los muchos que hay que subir y, desde luego, no es el único. Armar el rompecabezas de sintagmas, combinar significados y significantes, conjugar los tiempos adecuadamente, cuidar lo impecable de la ortografía son requisitos indispensables para iniciar el camino. Sin ello no se puede dar el paso inicial. Por supuesto, hay mucho más camino por andar.

El palabrero se queda ahí o tal vez se atreva a dar un paso más. Un palabrero atrevido experimentará con la estructura, medirá la extensión de sus textos, diseccionará al personaje, buscará un tema que le lleve cierto lugar preciso y luego, se quedara ahí, viendo como su estilo se vuelve pesado, de piedra y se mesara los cabellos y se los volverá a peinar, pues lo que le interesa es algo plasticoso, que no se salga de su lugar, que no haga sudar, que no se mueva, que se quede donde se dejó.

El palabrero no tiene voz. Sus composiciones son tan precisas que les falta vida. No se ensucian, les falta entrar al pantano de los sentimientos, al lodo del trabajo sentido, a la sordidez de las emociones, a la proximidad del abrazo, al calor de las lágrimas, al estruendo de una carcajada, a la falla de un acento, de una coma, al ritmo descompasado de una respiración que se agita.

Cuídenos Dios de los palabreros. Son vendedores de espejos fríos que engañan la inocencia del incauto. Atrapan al pretencioso en sus redes adecuadas. Son viborillas que se arrastran sobre vidrios transparentes que imaginan impolutos. Abusan de la gentileza del lector al que someten a muchas palabras sin lograr mover una fibra del corazón.

Bienaventurados los que hacen de la palabra un instrumento con el que se rajan el alma, con el que se rompen las entrañas y se abren la piel. Bienaventurados los que escriben para tocar al otro, para pinchar orgullos, alcanzar corazones, encender ilusiones, mover pensamientos. Bienaventurados los que iluminan sus sentires en otros corazones y nos regalan fantasías y realidades alternas. Bienaventurados los generosos que nos regalan llaves para ver otros escenarios. Bienaventurados los que se entregan en cuerpo y espíritu, de ellos será el reino de las letras.

Volver a visitar

Pueden pasar los años sin que se sienta que pasó el tiempo. Basta volver a los lugares que nos eran cotidianos, a los que acudíamos a diario para darnos cuenta que se movieron las manecillas del reloj. Ya son más de tres años y no había regresado a mi escuela. Creí que no era tanto, pero sí.

Traspasar el umbral de Casa Lamm fue permitir que los recuerdos me penetraran la piel y me habitaran de cuerpo entero. Recorrer los ojos por los rincones, por los techos tan decorados, sentarme a escuchar la disertación de la última de mis compañeras que publicó su tesis doctoral me transportó a los días de gran disfrute.

La mente me llevó a escuchar la voz de María Elena Sarmiento hablar de Lou Salomé, a Merick explicarme porqué le decían así, a Norma Elizondo contarme las razones que la trajeron a estudiar ahí. Mis amigos aparecían tan materializados que podía sentirlos tan cerca como cuando nos sentábamos a escuchar la clase o nos íbamos a tomar café o cruzábamos la calle de Álvaro Obregón a comer ensalada de jitomate y quesillo. El sabor del Alvariño y el de los sueños rotos que se estaban reconstruyendo ahí.

Cada uno hemos recorrido nuestros caminos. Algunos pasos nos han llevado a destinos más lejanos. Logramos el cometido: nos graduamos y seguimos mirando al frente. Pero, volver tiene un gusto sabroso. También un poco amargo. Lo que fue parte de mí hoy esta ahí, en otra forma. Alfredo que siempre nos ayudaba con todos los apoyos técnicos se acercó a saludarme. Le di un gran abrazo. Entonces, sentí esa ausencia de esa patria pequeña y de mi gente tan querida. Entonces, me di cuenta de lo que te quita el paso del tiempo.

Me quitó la inocencia del que escribe sacándose el corazón y escurriéndose las tripas. Me quitó la ingenuidad al creer que escribir era un dictado de las musas. Me retiró la venda de los ojos y las espinas del corazón. Me quitó la fantasía frívola y la ñoñería de la arrogancia.

Y, también pude sonreír. El tiempo me ha dado mucho. Lo que entonces era incertidumbre, hoy es certeza. Lo que se sembró en aquellos años ya está germinando, estamos cosechando. Escribir y leer. Me dio a tantos autores y tantas letras que se han quedado en cientos de renglones. La imagen del pasado me llena de aire los pulmones y el corazón atesora cada día que pasé ahí, desde el primer día cuando entré como perro mojado hasta el último en que salí de la mano de María Elena y Merick cruzando el umbral al mismo tiempo.

Caminé por los pasillos, entré a los salones, fui al baño, toqué la barandilla de piedra, subí los escalones, me enteré de los cambios, movieron la oficina, ya no está el Café de las Musas ni la librería ni la joyería. Ya no estamos. Ya nos fuimos.

Salí sonriendo y con los ojos algo húmedos. Creo esos son los contrastes que se dan al volver a visitar esos lugares tan queridos.

Cuando opinar se volvió una actividad de alto riesgo

La libertad de expresión es madre de muchas otras libertades. La prerrogativa de decir lo que pienso sin sentir escalofríos ha sido la lucha que ha motivado a muchos héroes. Defender las creencias, denunciar lo que no está bien, pensar distinto no debiera ser peligroso. Sin embargo, lo es. En México, opinar de volvió una actividad de alto riesgo. Elevar la pluma, abrir la boca, manifestar ideas resulta tan seguro que se corre el riesgo de perder la vida.

Escribir dejó de ser la actividad romántica del que escucha a las musas y vierte letras sobre la hoja en blanco. Sabemos que la letra con sangre entra, pero no pensamos que pudiera sacar sangre. Periodistas, editores, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, conocidos, no tan conocidos, de medios locales o globales, en el norte o en el sur,  corremos el riesgo de caerle gordo a alguien por lo que decimos y terminar golpeados, si nos va bien. Si nos va mal, ya sabemos…

El ejercicio de la pluma se convirtió en algo extremo. En México es más seguro caminar entre leones que opinar. Mueren más periodistas que personas devoradas por el rey de la selva. La libertad de expresión es un derecho tan fundamental que se cataloga como un derecho humano. Está consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Las constituciones de los sistemas democráticos también lo señalan por la razón más elemental: de la libertad de expresión deriva la libertad de prensa.

Por eso mismo, la libertad de expresión es madre de muchas otras libertades, es un elemento crítico para el desarrollo y el diálogo,  sin ella ninguna de estas libertades podría funcionar o prosperar. La libertad de expresión es un derecho universal que todo el mundo debe gozar. Todos debieramos tener el derecho a dar una opinión y a expresarnos; a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Abrir la boca con el único freno de la responsabilidad y el compromiso a la verdad es lo que debiera ser.

Pero, no sucede así.

Las bandas del crimen organizado, los delincuentes, las autoridades, los policias y ladrones, casi cualquiera puede levantar la mano y estrellarle el cráneo a una persona que opina. Están amparados por la impunidad y por el imperio de la injusticia.

La sangre que corre de los muertos que se atrevieron a hablar, los golpes recibidos por los que escribieron, las amenazas escuchadas, las advertencias no quedan nada más en aquellos que son víctimas de esta intolerancia inquisidora y asesina: son un agravio para la sociedad entera. Son el síntoma de una enfermedad que nos está matando a todos y que nos tiene las entrañas pudriendose a fuego lento. 

Cinco años, muchas gracias

Me resulta increíble pensar que ya son cinco años los que cumple este espacio. Un lustro de estar convocando, en torno a estas ventanas, a que se asomen a ver lo que estoy pensando. Es curioso, al pensar en este tiempo, me sorprendo al darme cuenta los cambios que hemos experimentado en el mundo, sin embargo, lo que ha permanecido es esa voluntad de reunirnos alrededor de estas letras que una veces lucen felices y animadas, otras tristes y sombrías, algunas furiosas y flamígeras. Palabras críticas, jamás complacientes, que han buscado desde la sinceridad del corazón, llamar la atención de quien está del otro lado y por la magia de la lectura encontrarnos en este mismo punto.

Como sucede siempre, la elasticidad del tiempo me hace sentir que no es tanto tiempo el que llevo escribiendo estas ventanas, sin embargo, cinco años ya cuentan. En aquellos primeros días, el susto del que inicia un camino me llevaba a cuestionar la validez de escribir un blog. Las críticas sobre la legitimidad de estos espacios hacía que me temblaran las piernas, pero como quien decide lanzar un mensaje al mar en una botella, corrí al encuentro de este espacio que me tenía reservadas enormes satisfacciones: lectores de tantas partes del mundo se acercaron a ver lo que estaba pensando, muchos se quedaron y ya no se fueron, otros acaban de llegar. Nos hemos acompañado en el camino, a lo largo de estos cinco años.

En este tiempo, he recibido numerosos comunicados de los lectores que pasan por aquí, he tenido la suerte de conocer a algunos personalmente. Están los asiduos y los que recien se estrenan, alumnos, maestros, conocidos, amigos, personas que viven cerca de mí, sea porque sin mis vecinos de cuadra o porque viven a kilómetros de distancia, tal vez separados por mares y océanos pero que vienen a asomarse y llegan puntuales a las citas de estas ventanas. Benditos todos los ojos que han recorrido estos renglones.

Muchos de los que se asoman, pasan a ver lo que escribí ese día. Otros abren ventanas del pasado. Hay muchos que hacen ambas cosas el mismo día. Les gusta saltar de una ventana a otra. Tambien están los que me regalan un poco de su tiempo diario y pasan la mirada en forma apresurada. Hay de todo tipo de visitantes en este espacio. 

Alguna vez, alguien me preguntó las razones que me llevan a escribir este blog. Son tantas las explicaciones que puedo dar, tantas las que se me ocurren, y sinceramente, todas se pueden condensar en una: quiero que me leas. Hemos alcanzado juntos esta meta. Hemos cruzado de la mano el umbral de los cinco años. Me felicito con el enorme agradecimiento que da saber que están ahí, que flexionaron las rodillas y sacaron el mensaje enrollado en esta botella virtual.  Vienen a asomarse y ya van cinco años que lo estamos haciendo posible.

Leer y mas leer, como lo dijo Sor Juana. Escribir sin fatiga con la ilusión de encontranos en el misterio de la palabra. Quien diga que  no hay palabras, miente. Hay una que tiene la suficiencia de la exactitud: gracias.

Gracias.

Gracias por tanta fidelidad.

Si como sostiene Ian McEwan, la lectura es la mejor forma de telepatía, si tu pensamiento y el mío convergen en estas ventanas, tal vez estamos mas cerca de lo que pensamos.

Gracias por pasar a ver lo que estoy pensando. Ya son cinco años. ( 5 es mi número favorito )

Una buhardilla y dos transformaciones 

En septiembre de 2008, llegué a ese lugar como quien despierta en medio de una pesadilla oscura. Era una buhardilla en la calle de Malitzin en Coyoacán, un cuartucho que fue el garaje de una casa vieja y que estaba convertido en un salón de clases en el que se impartía un laboratorio de novela. Entré ahí cargando el peso de un exhilio producto de una traición. Como siempre pasa, me tomó tan desprevenida que cuando me di cuenta ya se había operado todo el urdimbre para expulsarme de una vida profesional fructífera. Ni cuenta me di del momento en el que me montaron en la balsa de Caronte y todavía no me entero quien le pagó las monedas para que remara sobre mi propia laguna Estigia.

En mi propia selva negra, me topé con un Virgilio sumamente peculiar: malencarado a primeras instancias, de estampa hosca y con una colección de palabras poco amables, Celso Santajuliana parecía un guía poco confiable y por razones que sólo el cielo entiende, me quedé. Traspasé el umbral de esa buhardilla sin saber que después no habría regreso posible. Sin duda, en esos tiempos, la comprensión del entorno me resultaba complicada. Aquí se imparte un taller para escribir una novela en nueve meses, pero no se confundan, aquí se dan las bases, ni se lee ni se corrige nada de lo que escriban. Es más, si no escriben, me da igual, decía un Celso sin miedo a sus palabras.

Cada jueves a las doce del día estuve puntual a mi cita. El grupo era muy nutrido, dadas las circunstancias. Eramos doce asistentes, hombres y mujeres que como nos decía Celso, teníamos que tener algo roto para estar ahí a esas horas. Maldita sea, vaya si estaba rota. Me sentía con las rodillas descarapeladas, las manos pisadas y la lengua llena de tierra. Para escribir, decía quien se convirtió en mi sensei, hay que estar roto, de esa ranura salen las letras. Los que están enteros no pueden escribir nada que valga la pena. Pues si de desgarraduras se trataba, yo esataba apta para derramar lágrimas y letras suficientes para llenar las hojas de una novela. 

La buhardilla era fría, húmeda, tenía los muros con pintura amarilla descarapelada, las sillas eran incómodas pero la magia de la creación tenía un lugar para contener la curiosidad de quienes tienen la intención de escribir. El pizarrón estaba sobre un tripié algo cojo y tenía una superficie bastante desgastada, pero nada de eso quitaba la potencia de las palabras que ahí se estaban incubando.

La historia la he contado muchas ocasiones. En esos nueve meses de laboratorio de novela se gestó mi primera publicación, fue la única que produjo la décima generación y me llevé el ombligo de ese cuerpo integrado por los libros que se escriben en ese taller. Al terminar, Celso ya era más amable pero igual de duro. Te corro de la calidez del nido, fuera de aquí, sal a volar, haz de la escritura oficio y no te vuelvas a aparecer por aquí: ya eres escritora. 

Me fui sin creer mucho en sus palabras. Lo curioso de ser escritor es que pasa mucho tiempo antes de que en verdad te lo creas. Poco tiempo después, con Hermana querida ya en librerías, pasé por la buhardilla y se me arrugó el corazón: tenía unos espantosos sellos que decían Clausurado por violar la ley. Unos oficiales del mal junto con vecinos de corazón negro mandaron sellar la casa porque no tenía uso de suelo para impartir cursos. Eran los tiempos en los que Coyoacán era elsitio más   popular de lugares clausurados por las razones más absurdas y malévolas. 

El laboratorio de novela cambió de sede y la casa y su buhardilla estuvieron clausurados mas de seis años. Decidí dejar de pasar por la calle de Malitzin porque ver esos sellos me irritaba el alma y me indignaba el corazón. Pero, ayer, casi sin querer pasé por ahí con mis hijas y el alma me regresó al cuerpo. La casa ya no tiene sellos y la buhardilla está transformada en un café y una heladería que pertrnecen a un conjunto que ofrece muchas opciones al sibarita.

De la buhardilla brotaron dos transformaciones, la casa alberga ahora la sucursal del Mercado del Carmen, es un espacio gourmet que tiene el mismo concepto de San Angel. Ahora, ahí se encuentra una veintena de locales y su transformación es gloriosa. La veo y me contemplo a mí misma. Ahí entró una mujer atribulada por una rotura y salió una escritora que ha hecho de las letras un oficio, tal como se lo instuyó su sensei. Miro y recuerdo. Me gusta lo que hicieron con esa buhardilla, me gustan las trasforma iones que brotaron de ese lugar.

Cuatro años, muchas gracias

Estoy de plácemes.Estoe blog cumple cuatro años. ¡Sí, cuatro! El regocijo me hace estallar de felicidad y es que la aventura de escribir y ser leída ha tenido frutos maravillosos, todos muy agradecibles. Es increíble, el paso del tiempo me sorprende. Ya son cuatro años de estar abriendo ventanas y de estar mandandando invitaciones para que se asomen a ver lo que estoy pensando. La celebración viene por todas las veces que éstas han sido aceptadas.  Dice Ian McEwan que la mejor forma de telepatía es la escritura. El pensamiento de uno pasa a la mente de otro a través de la palabra.

Lo que inició como una especie de experimento se ha consolidado y somos una comunidad que en la cotidianidad se encuentra a través de estas palabras. Ni en el mejor sueño me hubiera imaginado el alcance que este espacio llegaría a alcanzar. Lectores de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Uruguay, Perú, Japón, China, República Checa, España, Portugal, Islandia, Suecia, Finlandia, Nueva Zelanda, Austraia, Guatemala, Argentina, Puerto Rico, Grecia, Rusia, de los confines del mundo y desde luego de Méxicollegan a asomarse con mayor frecuencia de la que pude imaginar.

Me a tocado escribir desde mi casa, en la oficina, en la universidad, en un barco, en un tren, en un camión, de vacaciones, en El Camino, en México y fuera de mi tierra. Me ha tocado narrar de lo propio y lo ajeno. La risa, la indignación, el asombro, los cariños, los amores, las tristezas, las puestas de sol, los,planes, las satisfacciones, en fin, mi vida de escritos cotidianos ha quedado en este espacio. Escribir se ha convertido en el hábito que le da forma a mi vida. La pluma es el timón que da dirección. Mis momentos más felices transcurren escribiendo.

Sin duda, el camino de las letras es misterioso. Las palabras tienen pies propios y una vez publicadas recorren los rumbos que les da la gana, van como misioneras buscando su espacio y me llena de ternura saber que han sido recibidas. Lo mismo opioniones que críticas, reseñas que narraciones, viajes que hechos cotidianos, en este ejercicio varipinto y personal, muchos se suman y traspasan el umbral para ver qué hay en el interior de estas ventanas.

La maravilla de la tecnología nos hace aprovechar ventajas que otros en épocas pasadas hubieran deseado tener. Puedo escribir y ser leída. Puedo opinar y encontrar consensos y desacuerdos. Puedo estar presente allá donde tú estás, con la velocidad de la luz, a cualquier hora con la facilidad con la que se abre una ventana y te deja ver lo que habita mi mente en ese momento. Es una bendición vivir en una época en la que la voz se puede elevar y la pluma puede escribir sin que medie otra cosa que dos voluntades que se encuentran. 

No hay festejo que valga si no viene acompañado de palabras agradecidas. Muchas gracias a todos los que hacen posible este ejercicio telepático, a los que entran y aceptan la invitación. A los que leen. A los aue vienen a visitar a diario, a losque  ocasionalmente están aquí, a los que llegaron lor casualidad y se quedaron, a los que me acompañan desde el primer día,  a los aue hoy se asomaron, a los que conozco físicamente, a los que tengo el privilegio de ver sólo en forma virtual, a los que conocí por este espacio, a todos y a tantos mi mejor palabra por tantas que han leído aquí. Gracias.

Gracias, los espero siempre.

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