El líder como impulsor del progreso

Un líder contemporáneo fomenta y premia la creatividad entre sus seguidores, pues comprende qué es necesario para conseguir el cambio que busca.

Hablar de liderazgo es entrar a una especie de territorio en el que todo son buenas intenciones: se persigue el éxito, se administra adecuadamente cada recurso, se propician procesos de eficiencia, se rentabilizan los proyectos, se da buen ejemplo y un sinfín de requerimientos y requisitos que se le van acumulando a la lista que debe cumplimentar un buen líder. Los cambios tecnológicos, los avances científicos y las nuevas visiones que existen en torno al terreno laboral nos llevan a preguntarnos sobre las definiciones de liderazgo así como lo que significa ser un buen líder en la actualidad.

              Un líder, según la Real Academia de la Lengua, es la persona que encabeza y dirige.  La definición se ha trillado bastante y con suficientes razones: quien lleva el timón del barco le da rumbo, dirección, ritmo y tono al viaje. Y, si bien es cierto, que mover voluntades y coordinar esfuerzos no es un tema nuevo, es verdad que la forma de dirigir se está modificando. El reto en estos tiempos en los que el progreso parece esquivo, es cómo lograr brincar el estancamiento y conseguir un impulso que nos lleve hacia adelante.

              La respuesta que la mayoría busca puede estar llena de fantasías. Es fácil ser impulsor de progreso cuando todos los ingredientes están a la mano: una economía boyante, un producto deseado, una compañía sólida, un equipo de trabajo comprometido y además, todo en tiempo y forma. El problema es que entre el deber ser y lo que hay siempre existe un hueco que se llama realidad. No se puede tener todo en forma ideal, eso no es humano —lo peor es que hay ocasiones en que aunque esto se de así, siempre queremos algo más—. Lo curioso es que un liderazgo que promueva el progreso sabe que los elementos los tiene al alcance de la mano, en la mayoría de las ocasiones. Pero, debe aprender a alcanzarlos o a desarrollarlos.

Un líder sabe poner los pies en la tierra y reconocer que no todos en un equipo son de alto rendimiento. Algunos miembros pueden sentirse con derecho a ser holgazanes; otros pueden pensar que obtendrán un pase en blanco por sus errores. Algunos integrantes tienen errores o están instalados en su área de confort y otros viven felices en un estado de ceguera de taller. No se trata de rechinar dientes y apretar puños. Un líder busca formas para transformar la realidad, para aprovechar sus recursos y generar progreso. La piedra fundacional de un líder es la retroalimentación. ¿Cómo le das a alguien retroalimentación en estas situaciones?

Para variar, la observación sigue siendo el principal punto de partida. El antiguo método socrático puede ser de gran ayuda. La mayéutica propicia un diálogo metódico por el que el interlocutor interpelado descubre las verdades por sí mismo. Por lo tanto, es preciso comenzar un análisis haciendo preguntas que ayudarán a entender cómo la persona ve su trabajo y lo que quiere contribuir. Escuchar atentamente, y luego responder con una descripción amable pero inequívoca de las expectativas de su papel es la labor de un líder. Hacer esto establecerá el escenario para que se ofrezcan más comentarios sobre el rendimiento que se espera de cada persona. Si la dinámica hace que la conversación sea demasiado arriesgada o incómoda, considere la posibilidad de que un tercero acompañe al transmitir los comentarios.

Por otro lado, un líder sabe identificar si la persona no es una buena opción para su papel. En ese caso, sería útil pensar qué otra área de la empresa puede interesarse en las habilidades de la persona.  Los movimientos laterales son de gran ayuda ya que el bajo desempeño se puede deber a que la persona no está en una posición en la que puede desarrollar todo su potencial. Es decir, un líder busca alternativas.

Pero, sabemos que hay personas que están teniendo un desempeño pobre y que moverlas de lugar no resolverá el problema. Un líder que impulsa el progreso sabe como poner rampas que ayuden a que los baches en el camino sean salvados. Es decir, una persona que está a la cabeza dirigiendo un proyecto no baja las manos a las primeras de cambio. Recuerdo a mi padre contar sobre un ingeniero que era responsable de la edificación de un puente. Cuando la construcción iba a la mitad, el pilote central se derrumbó. El responsable fue a presentarle su renuncia al superior. El jefe no la aceptó. Le preguntó si sabía porque había ocurrido ese derrumbe y el ingeniero le dio todos los argumentos por los que había hecho ciertos cálculos que salieron mal. ¿Ya sabe dónde está el error? Pues, corríjalo.

Un líder entiende que en algún momento es posible que deba considerar alternativas que preserven la dignidad de los miembros de su equipo mientras despejan el camino para los empleados más productivos.  Un líder que busca el progreso, entiende. Hay situaciones en los que alguien puede reconocer que ya no está en la carrera para un trabajo superior, pero no está listo para retirarse, o se siente atascado porque sabe que no puede obtener un trabajo comparable en el mercado abierto y que una persona al frente debe saber reconocer y entender para tomar decisiones. Considerar la posibilidad de diseñar un proceso sabático para empleados de larga carrera, o experimentar con tareas a tiempo parcial, horarios flexibles o remotos pueden propiciar soluciones. Lis Kislik, consejera de empresas y profesora de NYU dice que uno de sus clientes creó un rol de mentor “de guardia” que sirve como el “guardián de la llama” e historiador para contar las historias y describir los antecedentes y la misión de la empresa de una manera que está inspirando un papel diario. Es decir, un liderazgo que propicia el progreso, entiende sobre las ventajas de tener a alguien que mantenga viva la misión, visión y valores de la empresa.

Las oportunidades para liderar grupos comunitarios o de la industria pueden ayudar a los miembros marginados del equipo a preservar el estado y la conexión en un rol de cabeza de figura que también sirve al negocio. Podrían dirigir actividades del consejo, organizar eventos comunitarios, o tomar parte en actividades con menos presión y exposición que en el negocio, pero todavía ofrece los placeres y satisfacciones tanto de la toma de decisiones como del liderazgo activo.

Por supuesto, un líder sabe que si alguna de estas rampas eventualmente conduce a la jubilación, debe asegurarse de celebrar de una manera que el miembro del equipo se sienta reconocido por su lealtad, años de servicio y su permanencia. Preparar placas, recuerdos y discursos apropiados para que la transición sea suave, satisfactoria y minimice la interrupción.

Un líder que impulsa el progreso entiende como jugar con los recursos que tiene a la mano, sabe estimular a los que andan desmotivados, espolear a los que están desperdiciándose, inspirar a los que traen la semilla que está lista para germinar y despedir en forma digna a aquellos que definitivamente no podrán formar parte de ese equipo.

Desconfianza

Cuando dejamos de creer que alguien va a actuar en forma correcta, cuando la suspicacia se hace presente, hay un freno que se aplica y el flujo normal de la vida se ralentiza por pura precaución. Sucede a nivel global y personal. Cuando falla la certidumbre y creemos que las cosas terminaran diferente de lo que nos prometieron, desconfiamos.

La confianza es un elemento frágil, se rompe pronto si no la cuidamos. Por eso, el prestigio debe cuidarse, el buen nombre debe construirse. El que no lo hace, pierde credibilidad y un chaparrón de infortunios te vienen encima. En el caso de Rosario Robles, no es que la gente le quite de entrada la presunción de inocencia, es que no le tenemos confianza.

Ayer escuché a cierta locutora que defendió a Robles sosteniendo que la prisión precautoria impuesta por el juez es excesiva ya que el delito que ella supuestamente cometió no merece ir a la cárcel. Imaginando que este punto de vista tuviera sustento, el problema que tiene Rosario es que hay sospechas que justifican la falta de confianza que se le tiene.

La historia de Robles nos lleva a recordarla como una mujer inteligente, sí, pero siempre metida en enredos. Rosario se ha rodeado de asuntos espinosos que llevan a la gente a no tenerle confianza a pesar de que dio la cara, cosa que no han hecho otros implicados.

Es verdad, tal vez Rosario Robles tuvo el arrojo de presentarse y enfrentar los cargos. Es posible que al juez se le haya pasado la mano. Es cierto que otros de sus compinches andan a salto de mata. Pero, ella perdió la confianza. Es una pena, tal vez la estén usando de chivo expiatorio. Sí, pero ella anduvo metida en un ajo que tiene que explicar y pocos creen que haya actuado en forma correcta.

Proteger la vida

Después de los atentados de Dayton, Ohio y de El Paso, Texas, con el regusto amargo y la tristeza de ver la capacidad de odio que tienen esos jóvenes es preciso reflexionar. Como si el mundo estuviera puesto al revés, vemos que los antivalores se ponen de moda y el odio germina como hierba salvaje en el corazón de muchos humanos.

Hemos condenado a Caín como el hermano malvado y elevamos la quijada de burro a cualquier semejante que ni vea la vida como yo ni comparta mi punto de vista. Por quítame estas pajas, una bala acaba con una vida. Mientras el mundo lloraba la muerte de inocentes en atentados absurdos, en Guanajuato y Michoacán se rebasaba la cifra de muertos.

Con una frialdad cercana a la frivolidad, un hombre seguía atendiendo su puesto y vendiendo sus cosas mientras pendían sobre él una serie de cadáveres. No hubo ni empatía ni miedo ni consciencia ni nada, mejor mirar cortito y voltear a otro lado sin meterme en lo que no me importa.

En este momento, algún semejante está muriendo ahogado tratando de cruzar una frontera que lo lleve a una mejor vida; una mujer está siendo asesinada porque se puede, un bebé sin nacer pierde la oportunidad de vivir, una persona recibe una bala y ni se entera porqué.

Es momento de proteger la vida y dejarnos de babosadas.

La visita de Trump

Hoy, Donald Trump como presidente de Estados Unidos visitará Dayton y El Paso. Lo hará, dicen, como jefe de estado. Irá a dar el pésame a las familias que perdieron a los suyos, rezará con las víctimas, los acompañará en el dolor. Se hará acompañar por su esposa. Buena suerte.

La tarea se ve difícil, incluso para para él que es un hombre de espectáculo acostumbrado a mover emociones. Trump sabe conmover a la gente, pero, a decir verdad, lo hemos visto arengado odio y a partir de ello generando simpatía y fanatismo. ¿Podrá convencer de que va en buena lid, que sus intenciones son buenas, que no cree que los mexicanos —es decir, los latinos— son malos hombres y todas las ofensas que ha vociferado? Dirá que eso de Shoot them! era lenguaje figurado.

Qué difícil será para Trump este día. Si vence este reto pasará de ser un cómico a ser un estadista. Es un salto mortal con un alto riesgo en su desempeño. La verdad, no se le ven tamaños. Aunque, el hombre puede sorprender. Sin embargo, su pasado lo atestigua y sus palabras lo acompañan.

El hombre es un bully, un narcisista, un supremacista blanco, un tipo que hizo de la ignorancia su mejor cantera y, si bien lo disparó ni jaló el gatillo, si pidió que alguien lo hiciera. Los habitantes de Dayton y de El Paso tendrán que hacer acopio de generosidad y valentía para recibirlo y no perder el control.

Ni hablar, ¿veremos a Donald Trump pedir perdón? Ojalá. No quiero ni pensar lo que sienten todos los latinos que se deslumbraron con el show de este sujeto. ¿Seguirán adorándolo? Todo puede ser. Pero el que juega con fuego de puede quemar y este hombre está chamuscado.

El odio como seña de identidad

Sería fácil hablar de la terrible actitud de odio que el Presidente Trump ha adoptado para ganar elecciones, generar voto y construir una cantera de adoradores. Pero, dadas las circunstancias, sería mezquino. El atentado en El Paso, Texas estuvo a horas de distancia del de Dayton, Ohio. Pero, tampoco está alejado de lo que sucedió en Nueva Zelanda, en Niza, en Barcelona o en Sandy Hook. El odio es un hilo comunicante que esta presente.

Muchas voces se elevan para señalar que este ha sido el atentado en el que ha habido más mexicanos muertos. A mí ese dato me parece irrelevante, estamos hablando de vidas humanas que se apagaron por una bala, de gente inocente que fue a hacer la compra y la asesinaron por el simple hecho de estar ahí. Al hacer esos señalamientos vamos en sentido contrario, hay que condenar la muerte, independientemente de la raza de quien perdió la vida para no caer en aquello que criticamos con dolor. Las autoridades aún no revelan la identidad de las víctimas. Pero, se sabe que hay una nena de 10 años.

El odio a los hispanos es terrible y sus consecuencias ponen a temblar. Igual que el odio a los judíos, a los de raza negra, a los gitanos, a los indios, a los musulmanes, a los que no son como yo. Las declaraciones xenófobas han traído consecuencias. Los candidatos que azuzan el odio han conseguido popularidad y han ganado elecciones, pero ¿se sentirán responsables por estos atentados? Parece difícil que alguien se atribuya influencia en hechos tan delicados. Sacarán las manos, esconderán el brazo qué lanzó la piedra, silbarán su disimulo mientras otros lloran la desgracia.

Pero, criticar a la distancia es tan sencillo. Buscar qué es lo que estamos haciendo mal, complica el día de cualquiera. Patrick Cruisus, el asesino de El Paso, era un solitario aficionado a la informática, presuntamente víctima de acoso escolar. Un tipo de carácter explosivo que en su confusión de valores, creyó estar actuando como héroe defendiendo a su país. Pero, el tipo perdió, según expresaba en sus redes sociales, que había perdido el sentido de la vida.

El odio trae esas consecuencias: amargura y destrucción. Le hemos dado la espalda al amor, a la caridad, a la esperanza y a la fe. Los episodios sangrientos han sido perpetrados en su mayoría por jóvenes que expresaron un gran vacío en la vida. Los vecinos de Patrick Crusius no sabían que él vivía ahí porque no interactuaba con nadie. Se marinaba solo en el odio de alta intensidad y en el hueco de su ocio. Se sumió en n el abismo de su oscuridad.

Ned Peppers, Dayton, Ohio

No ha pasado un día y ya hay otro atentado. Todavía nos estamos sacudiendo por los temblores que nos causa pensar lo que sucedió en el Wal-Mart de El Paso, Texas cuando nos enteramos de que diez personas más murieron en un tiroteo en las inmediaciones del Bar Ned Peppers en la ciudad de Dayton, Ohio. Parece que la crueldad no tiene fin y que la razón no quiere casarse con la posibilidad de parar el derramamiento de sangre.

La razón es terrible: vender armas es un buen negocio. El propio Sam Walton defendió su derecho a poner a la venta pistolas y rifles diciendo que se trataba de proveer suministros a quienes se dedican a la caza deportiva, que él mismo practicaba. Muchos sostienen que una bala es parte de la identidad de un estadounidense y defiende la libertad de poder comprarlas hasta en el súper. No veo cómo puede ser un deporte matar a un animal con un rifle automático o con una pistola automática que avientan lluvias de balas por segundo. Eso es divertirse masacrando.

Y, entre tanto, los atentados siguen y siguen, las cifras se elevan y la sangre sigue corriendo. En los Estados Unidos, la cifra actualizada al momento es de 1195 personas asesinadas en este tipo de atentados, de ellos 119 eran niños y adolescentes. La víctima de más edad fue una mujer de 92 años, Louse De Kier que recibió un disparo en Carthage, N.C. El más joven fue un bebé de ocho meses, Carlos Reyes que murió en el atentado de San Ysidro, California. Se han utilizado 315 armas y 175 de las que usaron estos tiradores fueron compradas en forma legal.

Las masacres han ocurrido en lugares como escuelas, restaurantes, bares, oficinas, cines, espacios de oración. Estos atentados traen como resultado muerte, dolor, heridas y cicatrices con las que la sociedad debe lidiar. Familias que pierden a uno de sus integrantes, inocentes que quedan mutilados, gente que tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar en el momento inadecuado.

Y, las cifras siguen creciendo, a veces, con menos de veinticuatro horas de diferencia. El Paso y Dayton están de luto y eso no es por un deportista, es porque un asesino tuvo acceso a un arma.

Ahora, El Paso

Una vez más, sucedió. La ciudad fronteriza de El Paso, Texas tuvo uno de los días más amargos de su historia. La cotidianidad se interrumpió en el momento en que un hombre empezó a tirar balazos a la gente que hacía el súper el sábado por la mañana.

Pasó que sin razón aparente, un joven decidió acribillar a parroquianos mientras hacían la compra. Veinte personas muertas y hay otras veinte heridas, por lo menos. Fue en una sucursal de Wal-Mart una tienda que vende armas y que ha defendido el derecho que tienen de hacerlo.

No está claro de dónde sacó el tirador el arma que usó por la mañana. Pero, Sam Walton siempre de declaró a favor de la venta de armas con fines deportivos. Él mismo era un cazador y el actual director general de la compañía, Doug McMillon insiste en atender las necesidades de gente que busca una pistola o un rifle para actividades deportivas.

Ahora, le tocó a El Paso. Pero, si el tema de la venta de armas sigue el mismo curso, ¿cómo se podrán evitar este tipo de atentados cobardes? Es triste pensar en personas que fueron a comprar las cosas que necesitaban para la semana y en vez de fruta y verdura se toparon con una bala.

La responsabilidad social de las empresas no puede soslayar la pertinencia de seguir haciendo negocios que ponen en riesgo a la sociedad. Le tocó a El Paso, una ciudad texana. El atentado se perpetró en un estado que ama las armas en una compañía que vende pistolas y rifles. La desgracia cayó, ¿qué vendrá después?

Lo bueno de volver

Cada verano pasa lo mismo, hay una especie de transición que me hace pasar del modo de vacaciones y entrar al de regreso. Los últimos momentos antes de volver son trágicos, se valora el sol, no se quiere dejar de ver el mar, hay un gran esfuerzo por detener el tiempo y alargarlo para sacarle el máximo provecho, para que no se acaben los días de descanso.

No es que no quiera volver, es que no me quiero ir. Menos, cuando se ha tenido un verano espectacular, cuando todo salió a pedir de boca y los planes que se hicieron mejoraron tanto al hacerse realidad. Buenos recorridos, excelente comida, mejores bebidas, la mano de mi marido, la presencia de mis primas, la compañía de mis sobrinos, el cariño de Danny.

Me dediqué a leer y más leer. Casi ocho kilos de lectura, tal vez más. Descubrí a Markaris, me reencontré con Barnes, me entretuve con Dicker, me desilusionó Rosa Montero. Escribí muy poco. Caminé mucho. Subí de peso. Me reí con muchas ganas. Dormí. Descansé. Y, como si no tuviera llenadera, quería seguir así. La frase: anduve del tingo al tango es precisa.

Lo bueno de regresar es que empieza una especie de reconstrucción. El corte de pelo, el arreglo de manos, el ponerse a dieta, el activar las neuronas devuelve parte de la esencia. Se recupera el cuerpo y se activa el cerebro. Lo bueno de volver es que empieza la ilusión de la cuenta regresiva. Ya falta menos para el próximo verano.

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