Un caballero en Moscú o la corrección y las formas

Cecilia Durán Mena

Towles, A. (2016)

A gentleman in Moscow

Large Print Random House

Dicen por ahí que la prueba de verdadero disfrute de una lectura se da cuando sientes una combinación entre tristeza y logro cuando notas que estás a punto de terminar un libro. Por otro lado, uno no deja de tener ciertas sospechas cuando alguien te recomienda leer un best seller. Algo así como las antenitas críticas se eleva y termina uno elevando los hombros, torciendo la boca y accediendo a ver si efectivamente la lectura valió la pena o no. Este es el caso de Un caballero en Moscú del autor estadounidense Amor Towles. ¿Cómo no sospechar de un graduado de Yale que estudió literatura inglesa en Stanford y escribe sobre un caballero en Moscú? Y, al mismo tiempo, sus credenciales podrían darnos indicios de la pluma a la que nos podríamos enfrentar.

              Pero, la corrección nos dice que al autor hay que juzgarlo por su obra. Un caballero en Moscú es una novela que trata de la cortesía de las formas, de lo que significa ser una persona correcta y elegante y sobre todo, de que la distinción y la inteligencia no están peleadas. Amor Towles eleva la pluma y vierte palabras para demostrarnos que a través del lenguaje podemos encontrar el reflejo perfecto de una educación refinada, de un personaje que con los elementos que tuvo a la mano, logró hacerle frente al reto y salir victorioso.

              Alexander Rostov, es decir, el Conde Alexander Ilich Rostov es un noble ruso, un aristócrata culto que desde el principio de la novela —que arranca en 1922— es condenado a causa de un poema, por un comité revolucionario, que no sabe bien qué hacer con él. La condena es un arresto domiciliario perene en el Metropol, un lujoso hotel en el centro de Moscú donde él vivía. Nada mal, para una condena. Claro que no todo es lo bueno que parece y, para hacer justicia, tampoco todo o malo. Rostov se queda en el Metropol como una figura literaria interesante: allí, enquistado como una reliquia viva y bastante incómoda de una época desaparecida de zares y cortes, águilas bicéfalas, duelos, bailes y samovares, observará el paso del tiempo y cómo va a desmoronarse su mundo frente a los cambios que trae la Revolución del `17 y, como aquello que se quería cambiar, encontró formas para prevalecer.

“Un rey se fortalece con un castillo, un caballero lo hace con un escritorio” (p. 16)[1]

              Amor Towles elige un narrador avec que permanece muy próximo a los personajes, casi tanto que logra meterse dentro del personaje, cuando eso le es conveniente a la historia y también se aleja para tomar una distancia similar a la de un narrador omnisciente cuando lo considera pertinente. Se acerca para mostrarnos intenciones:

“Para Edmond Dantés, eran los pensamientos de venganza los que lo mantenían con la mente clara” (p. 45)[2]

              Y se aleja para describir y dar claridad:

“Su modelo de dominar sus circunstancias sería de un tipo diferente de prisionero: sería de una especie de serenidad anglicana”. (p. 45)[3]

              Un caballero en Moscú representa un gran reto lector que será recompensado con una novela a carta cabal. En una novela como esta que nos presenta Amor Towles cabe un poema, que es el punto que desata el hilo narrativo, caben anécdotas, cuentos, historias, refranes, referencias históricas. Podemos decir que esta es una novela costumbrista, ya que retrata los modos de una época que se acaba y otra que inicia; es realista por el detalle que le merecen las descripciones; es de misterio que germina en la última parte de la novela o el que se genera por el propio poema; es de formación ya que nos muestra la forma en que Rostov va evolucionando a lo largo de setecientas diecinueve páginas.

“Porque cuando la vida hizo imposible que un hombre persiguiera sus sueños, se encontrará el modo para que logre perseguirlos de todos modos.” (p 526)[4]

              Amor Towles demuestra que es posible sostener un lenguaje refinado y afectivo a lo largo de toda una novela de largo aliento. No se cae el tono en ningún momento. Además hace gala de su erudición con espléndidas citas históricas:

“Mientras que para Napoleón en Elba, paseaba entre pollos y defendía de las moscas y pisaba charcos de barro, fueron las visiones de un regreso triunfal a París las lo que galvanizaron su voluntad de perseverar.” (p.45)[5]

              El cautiverio del Conde Rostov en el Metropol, nos muestra la batalla contra la preconcepción de frivolidad de la aristocracia. Los personajes son una constelación prefigurada en torno al personaje principal. La costurera, el barbero, camareros, cocineros, bolcheviques, turistas, diplomáticos, todos para dejarnos ver como la nobleza de un personaje basta para crear un universo:

Rostov y Nina representan la amistad y la tutoría.

Rostov y la hermana representan la nostalgia.

Rostov y Anna Urbanová el amor.

Rostov y Sofía el amor paternal.

Rostov y el Gerente del Hotel; la envidia y el resentimiento.

Rostov y el poema; la fidelidad a un amigo.

Rostov y el Triumbirato; la amistad.

Rostov y Emile y Viktor Stepanovich; el respeto.

Rostov y el Metropol representan la posibilidad de libertad en cautiverio.

              Con el Conde Rostov, Amor Towles conquista un reto difícil de llevar a cabo: describir una transición —la de una nación y una época— el devenir de Rusia en la Unión Soviética, a partir de una visión crítica, jamás panfletaria. Rostov es la metáfora de un mundo viejo que no encaja con la nueva época. Por eso, el tono arcaico, la corrección, la elegancia sirven y son indispensables: son la llave que abre la puerta de salvación. Alexander Rostov cae bien a los empleados del hotel, resulta interesante para los nuevos del poder, útil para quienes quieren aprender de él y desde la simpatía de un personaje muy bien construido, refleja los cambios y los absurdos de aquellos que pretenden acabar con todo el pasado de la noche a la mañana.


[1] A King fortifies himself with a castle, observed the Count, a gentleman with a desk.

[2] For Edmond Dantés, it was the thoughts of revenge that kept him clear minded.

[3] His model of mastering his circumstances would be a different sort of captive altogether: an Anglican washed ashore.

[4] For when life made it impossible for a man to pursue his dreams, he wil convive to persue them anyway.

[5] While for Napoleon on Elba, strolling among chickens and fending off flies and stepping puddles of mud, it was visions of a triumphal return to Paris that galvanized his will to persevere.

Una historia de amor inocente (El rumor del oleaje)

Una historia de amor inocente (El rumor del oleaje)

El rumor del oleaje

Mishima

Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla

Alianza Editorial

Madrid, 2017

El rumor del oleaje es una tierna historia de amor de dos adolescentes, que recuerda a la de Romeo y Julieta pero nos exenta de la tragedia. Ocurre en la pequeña isla de Utajima, al sur de Japón. Sus pobladores viven en un mundo aislado y hermético, pero al mismo tiempo idílico. En la estructura de la novela hay un diálogo permanente entre la historia de amor y la que ocurre en la isla donde todos se conocen y saben de sus vidas. Es, asimismo, una clara muestra del talento del escritor japonés Yukio Mishima.

Esta novela fue publicada en 1954 y se sitúa en una pequeña isla del Japón alejada del ajetreo de otros lugares que se adentran más en la civilización naciente en el siglo XX.  Esta novela breve cuenta una delicada historia de amor entre dos jóvenes —una de las más bellas de la literatura universal—: un rudo pero sencillo muchacho natural de la isla y una joven que llega de fuera y que rápidamente llama la atención de todos los miembros de la comunidad por su belleza.

              El rumor del oleaje registra con precisión y a detalle la vida de esa comunidad de pescadores. Están lejos de lo que ocurre en el resto del Japón. Ellos y sus familias viven como lo hicieron sus antepasados. Aquí nada ha cambiado. El autor recrea la armonía que existe entre la naturaleza y los habitantes de la isla.

“Tenía la frente húmeda de sudor y le brillaban las mejillas. Soplaba el viento del oeste, recio y frío, pero a la chica parecía agradarle, pues volvía la cara enrojecida por el esfuerzo hacia el viento y dejaba que ondease su cabello”. (p. 16)

La novela destaca por dos aspectos muy importantes: su sencillez y su hermosura. “El rumor del oleaje” destaca por la pulcritud con la que fue escrita, la simplicidad con la que narra la historia y la precisión con la que escribió esta anécdota de amor juvenil. Entrar a Mishima por esta novela es un acierto ya que nos invita a la lectura de sus obras más arriesgadas, sin tener la sensación de entrar en el territorio desconocido de una literatura excesivamente exótica o en la complejidad del modernismo del siglo XX. Nada de eso encontraremos aquí.

“En aquel momento experimento el vago placer de la curiosidad satisfecha” (p. 17)

              La sencillez es la virtud del escritor, pero con un notorio rigor formal. No es una novela simple ni desabrida, todo lo contrario. Desde los primeros capítulos, Mishima evita hacer un complejo despliegue literario, construyendo en su lugar, los cimientos de su historia y su tan especial ambientación. Así se proporciona la información necesaria sobre el lugar, los personajes, la geografía y los datos complementarios, para arrancar con todas las certidumbres posibles para después desarrollar la historia llevando de la mano al lector como si de un cuento se tratase, con una evidente e incluso extraña afabilidad. Se agradece que el autor no nos torture con una verborrea innecesaria.

“Shinji y Ryuji intercambiaron miradas y se echaron a reír. Era de suponer que ambos se habían ruborizado, pero el bronceado de su piel era demasiado intenso para que se les notase” (p.30)

La importancia de la comprensión de un fenómeno de cambio de paradigma en una sociedad completamente diferente a la nuestra, como la japonesa. Esta novela es un recorrido de significaciones y símbolos sociales de la Modernidad japonesa. La obra de Yukio Mishima, la literatura japonesa de posguerra, estuvo marcada fuertemente por la influencia de la devastación de Japón. Mishima escribe en forma velada sobre la confrontación entre la Modernidad y la tradición desde las expresiones artísticas.

“Entonces, pensó: ¿podría Dios castigarme por una plegaria tan egoísta?” (p. 40)

“No le quedó más que un profundo remordimiento, la sensación de que había dejado de hacer algo importante” (p. 41)

Comprender la relación teórica entre sociedad y literatura; analizar en la literatura de Mishima la situación social del Japón de la posguerra; y entender la crítica a la modernidad japonesa en la obra de Mishima es la oportunidad que nos presenta esta novela. Por lo tanto, sirve tanto para entender las transformaciones sociales de Japón como para analizar la relación entre sociología y literatura. 

“Pero el pueblo y el puerto, encarados al noroeste, seguían sumidos en la noche” (p.50)

“Las malas intenciones no pueden viajar tan lejos como las buenas” (p.63)

Todos estos elementos aportan razones para escoger a este autor intenta guardar las tradiciones y fidelidad al Japón imperial, lo que se refleja en su literatura. Mishima forjó su estilo literario a través de las secuelas de la guerra, por lo que sus escritos son un espejo de la Modernidad en Japón, y presentan un campo fértil para entender la relación entre sociología y literatura. 

“Bueno, no hay ninguna duda de que esta hija mía que ya se ha hecho adulta es fea. Eso me entristece deveras. Yo mismo soy tan feo que es de suponer que tengo la culpa. Claro que en realidad debe de ser cosa del destino” (p.79)

Al buscar entender las transformaciones sociales de la modernización japonesa a través de El Rumor del Oleaje de Yukio Mishima, se buscó resolver un vacío. La hermenéutica nos permite entender relaciones complejas entre el texto y su correspondencia con su momento histórico. Esta correspondencia es lo que se conoce como intertextual, es decir, supera a los contenidos y formas, y se juzgan intencionalidades que entrelazan el contexto social, el contenido textual, los silencios textuales, la forma y la expresión del conjunto.

“Siempre deseaba que, aunque fuese una sola vez, un hombre la mirase y sus ojos dijeran te quiero en lugar de me quieres” (p. 80)

El otro método es el pragmático, que conlleva una relación connotativa del discurso que denota, es decir cómo los discursos se insertan más allá de su denotación semántica, en un orden más amplio, en su connotación socio cultural.

Muchos lectores coinciden que el personaje central de la novela es la vida en la isla y su naturaleza, no los jóvenes enamorados. Como parte de esa vida están las tradiciones y las costumbres ancestrales del Japón. Está también el océano y el ruido de las olas, la fuerza del viento y de la lluvia, los amaneceres y los atardeceres, los olores del mar.

Con paciencia, Mishima nos va narrando la historia, como si su técnica fuera el goteo. Poco a poco iremos atestiguando el enamoramiento entre los muchachos. Mishima nos muestra ese cariño que oscila entre la inocencia y el erotismo, que pone el acento en la atracción mutua que sienten los protagonistas de la novela. Shinji es un valeroso pescador y Natsuo, la bondadosa hija de un comerciante recién llegado. En la narración no hay nada superfluo, nada indirecto, y nada escondido. Esta novela puede ser leída por un niño o por un novato sin mayores problemas. Sin embargo, el ritmo que impone su lectura es semi-lento, como si esta parsimonia fuera un requisito para degustar de sus cualidades literarias, entre otras: la belleza poética, el oportuno uso de simbolismos y un preciso manejo del lenguaje.

Por supuesto, en la literatura y en la vida, hay obstáculos que sortear. Otra muchacha enamorada previamente del joven y otro muchacho que también se ha fijado en la recién llegada provocarán (la primera de manera involuntaria y el segundo de manera muy voluntaria) que los enamorados tengan que enfrentar la oposición del padre de ella y que el muchacho tenga que superar una dura prueba para conseguir a su amada.

“En aquel momento tan sólo experimentó el vago placer de la curiosidad satisfecha, y ahora, transcurrido un buen rato, cuando subía por el sendero que llevaba al faro, se dio cuenta de lo grosera que había sido su inspección. La vergüenza le coloreo las mejillas.” (p. 17)

La acción se desarrolla en Utajima, una diminuta isla japonesa con su provinciano ambiente marítimo. En ese microcosmos abundan los chismorreos, las supersticiones, las leyendas y las maldiciones; pero al mismo tiempo esa isla nos ofrece un virtuoso entorno moral, en el que la gente es incapaz de robar o matar, y se mantiene a salvo de las influencias negativas del exterior. Hay al menos un par de escenas eróticas decididamente castas, en las que la blancura del libro y de sus personajes destaca por sobre todas las cosas.

“El mar era el lugar donde se ganaba la vida, un campo ondulante en el que, en lugar de espigas de trigo mecidas por la brisa, la blanca y amorfa cosecha de olas ondeaba eternamente por encima del azul uniforme de un suelo delicado y productivo.” (P. 30)

“…un día así le parecía el más estupendo de los festivales. Era un festival glorioso, pero no por el azul del cielo y las banderas que ondeaban en lo alto de las astas rematadas con bolas doradas, sino por la tormenta, el mar enfurecido y un viento que ululaba al soplar entre las abatidas copas de los árboles” (p. 87)

Pero la verdad es que esta sinopsis resulta engañosa, ya que el argumento, que es de una sencillez pasmosa no es precisamente lo que hace de esta novela el clásico que es. En cambio, si algo destaca de la misma es el lirismo que transmite la prosa de Mishima de principio a fin. Desde el primer momento nos vemos atrapados por la atmósfera bucólica de esa isla que parece apartada del progreso, y suspendida en el tiempo, en la cual se mantiene un estilo de vida tradicional dominado en todos sus aspectos por el mar: los hombres dedicados a la pesca enfrentando los peligros del mar en sus pequeños barcos y las mujeres dedicadas a bucear medio desnudas para recoger ostras del fondo marino. La descripción de ambas actividades que crean lazos de unión entre los miembros del mismo género (los hombres formando una especie de clubs sociales de jóvenes y las mujeres acostumbradas a ver sus cuerpos desnudos y a hablar de los mismos entre ellas con total confianza) constituye el trasfondo de la historia de amor y supone con la misma un contraste de una belleza difícil de explicar.

“Chiyoko estaba convencida de las ventajas de unas facciones tan feas como ella creía que lo eran las suyas: una vez que su rostro se endurecía en el molde, podría ocultar sus emociones con mucha mayor destreza que un rostro hermoso. Sin embargo, lo que ella consideraba fealdad no era más que la máscara de yeso de una virginidad absorta en sí misma”. (p.104)

En definitiva, una pieza ideal para introducirse en la obra de uno de esos escritores que de no haberse suicidado tan joven, como luego haría su maestro y amigo Yasunari Kawabata, probablemente habría ganado el Premio Nobel de literatura como sí que hizo aquel, ya que su prestigio que ya era mucho en vida, no hizo más que crecer tras su muerte.

Algunas consideraciones sobre La Celestina

En el Renacimiento español el escritor culto no sólo lee con admiración a los clásicos y los imita, sino también a los escritores en lengua romance del siglo XV o a sus mismos contemporáneos; no hay más que mirar al fondo de sus textos para descubrir objetos, ideas o palabras imitadas de esas obras: en La Celestina podemos descubrir versos de Jorge Manrique; en el Lazarillo e incluso en los poemas de fray Luis de León o de san Juan de la Cruz asoma el Orlando furioso de Ariosto en la traducción de Jerónimo de Urrea.

              Toda gran obra literaria tiene en su texto elementos de otras creaciones anteriores que su autor ha leído, y al mismo tiempo se convierte en materia de imitación para los escritores que la leen, que a veces reconocen también hilos literarios de esa estofa que la forma. La imprenta va a favorecer y a ampliar esa corriente creativa porque la difusión de la obra literaria se multiplica y también lo hace la misma creación.

              En ese momento fundacional de los géneros literarios que es el siglo XVI, en el que deberían incluirse los últimos años del XV —y lo es precisamente por el auge de ese sistema revolucionario de difusión—, se van a escribir unas obras geniales, como La Celestina o La vida de Lazarillo de Tormes, que enseguida se van a convertir en textos a imitar, en lugares de irradiación de formas narrativas, de ideas, de palabras.

              La Celestina es uno de los pilares de la literatura, no sólo por la originalidad y belleza de la obra en sí misma, sino por el rastro que dejó y sigue dejando en toda la literatura posterior. Muy cercanas a ella están las continuaciones que llevan su nombre: la Segunda Celestina de Feliciano de Silva, impresa en 1534, la Tercera parte de la Tragicomedia de Celestina de Gaspar Gómez, de 1536; y la mejor, sin duda alguna, la Tragicomedia de Lisandro y Roselia de Sancho de Munón, publicada en Salamanca en 1542.

La influencia de La Celestina en la literatura posterior es amplísima. Desde el principio fue objeto de continuaciones como la Segunda Celestina de Feliciano de Silva. Su influencia fue grande en obras de Lope de Vega como La Dorotea y El Anzuelo de Fenisa. También la tuvo presente el autor de La Lozana Andaluza y el género de la novela picaresca. Fue traducida durante el siglo XVI al italiano, alemán, francés y holandés.

Fernando de Rojas usa un lenguaje culto y latinizante, cargado de artificios, y un habla popular lleno de refranes y de expresiones vivaces. Sin embargo, la separación no es nítida; el uso de los diferentes registros del lenguaje no corresponde de forma absoluta a los estamentos sociales distintos – señores y plebeyos. -, sino que se entrecruzan ambas tendencias, dependiendo no sólo del emisor, sino también del interlocutor y del asunto tratado. No obstante, hay que apreciar una clara tendencia a la diferenciación.

El estilo elevado, por su parte, presenta una cierta moderación, si bien encontramos aún la frecuente colocación del verbo en el final de la frase, consonancias, amplificaciones, latinismos léxicos y sintácticos como el uso frecuente del infinitivo y el participio de presente. En cuanto a la crítica sobre el exceso de erudición, hay que decir que la abundancia de sentencias y alusiones históricas y mitológicas se interpretan hoy como una convención estilística análoga al hecho de que en el Siglo de Oro todos los personajes hablasen en verso.

También el lenguaje popular, tan rico en La Celestina, está sujeto a cierta mesura; es prudente el uso de los modismos del hambre y prescinde de dialectalismos y de formas de ambientación localista que le hubieran proporcionado fáciles elementos de comicidad y colorismo. En cambio, es de destacar la gran abundancia de refranes.

En La Celestina la técnica del diálogo se manifiesta con suma perfección, pudiéndose distinguir diferentes tipos según la intención del autor: monólogos caracterizadores y ambientadores – importantísimos, ya que, al no estar destinada la obra para la representación, sirven a su vez de acotaciones dramáticas-, diálogos oratorios y diálogos breves de gran riqueza.

La Celestina es una obra única en cuanto a la creación de caracteres. Aunque Calisto y Melibea aparecen como protagonistas, es Celestina la que señorea la obra entera; éste es el hecho que justifica el cambio de título. Es, sin duda el personaje mejor logrado y a la vez el más complejo de los personajes creados por Rojas. Sobre este personaje se han cargado todos los calificativos imaginables, hasta el demoníaco. Y Celestina no es un personaje demoníaco sino humano en el sentido de que su existencia sólo es posible porque existe una sociedad urbana que de alguna manera la necesita.

Celestina es un personaje que vive del vicio y de las bajas pasiones de los demás. Y todo esto lo aprovecha en beneficio propio. Pero sin los vicios y miserias morales de la ciudad, Celestina no sería posible. Lo que sí hace Celestina es servirse de todas las artes, desde la hechicería a las ocasiones para lograr su propósito: dinero. Porque la gran pasión de Celestina es la avaricia. La avaricia es la que la lleva a pervertir a los criados de Calisto: por avaricia no se detiene ante nada ni le importan los medios. Sus conocimientos de la naturaleza humana, el engaño, la falsedad, la pretendida compasión, el cinismo y la ironía, la hechicería y sobre todo su inmensa experiencia, todo lo pone al servicio de su gran pasión, que no es la lujuriar sino la avaricia.

Celestina ha pasado a la posteridad como la encarnación de la moral sin escrúpulos, puramente utilitaria, para lo que todo es lícito si es en provecho propio No repara en medios para lograr sus objetivos, y el proceso de perversión a que somete a los criados de Calisto es algo cercano a lo demoníaco.

Es importante también es señalar que Celestina ama su oficio y lo realiza con el interés de un profesional, como otros realizan el suyo, según ella misma dice. El fundamento de dicho comportamiento lo constituyen dos aspectos: su filosofía del amor y una definida actitud psicológica.

Para ella, el amor es una fuente de vida que la naturaleza proporciona y, por lo tanto, es bueno, es obra de Dios; además, en su vida ha sido ley y norte. Psicológicamente, ella goza al revivir, realizando su oficio, el esplendor de su juventud.

Un pedazo de vida (Shakespeare Palace)

Shakespeare Palace,

Ida Vitale,

Lumen, México (2017)

Asomarse a la vida de un escritor tiene algo de curiosidad y de metichería a la que el propio autor invita cuando presenta una autobiografía. En el caso de Ida Vitale, con Shakespeare Palace la invitación que nos extiende es prudente, nos dejará asomarnos, pero poquito. Nos narra un fragmento de su vida, diez años: de 1974 a 1984, en los que vivió el exilio en México.

Ida Vitale nació en Motevideo en 1923, es una de las poetas más importantes de la Generación del 45 de Uruguay, que reunió a autores tan diversos como Idea Vilariño, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Amanda Berenguer, Emir Rodríguez Monegal o Ángel Rama. A pesar de que Ida Vitale rechaza el criterio generacional para organizar la literatura, hay un hilo conductor y de unión que este grupo tuvo en común: ideales políticos bien definidos, la actitud rebelde típica de la juventud de cualquier parte del mundo. Ida Vitale se casó con Ángel Rama: tuvieron dos hijos y más tarde se divorciaron. Con su segundo marido, el escritor Enrique Fierro, la poeta huyó del golpe de Estado que sufrió su país en 1973. Su exilio mexicano duraría diez años, hasta que en 1984 los militares sometieron a plebiscito su permanencia en el poder. Acataron el resultado contrario y la pareja regresó a Montevideo para marcharse, años después, a Austin, Texas.

“Existe un dolor previo a operación y confiamos que se anulará con lo que aceptamos padecer. El resto le incumbe al cirujano. En el exilio, las responsabilidades pasan a ser mayoritariamente nuestras.” (p. 64)

“El exilio a veces implica el alejamiento de una sociedad, que siendo la nuestra, es decir, estando vinculados a ella por obligaciones y derechos, de pronto deja de correspondernos, de ser acogedora”. (p. 65)

Shakespeare Palace es un guiño que la autora uruguaya hace al lector que está a punto de meter la nariz entre las pastas del libro que cuenta parte de su vida, es la memoria del exilio de Vitale en México que le abrió las puertas y la recibió durante la dictadura uruguaya. Es el relato narrado por una mujer de 95 años que conserva sana la lucidez e intacta la elegancia poética. Vitale nos permite entrar a su cotidianidad, a la forma en que se enfrenta con la magnitud de la Ciudad de México, a la generosidad que muchos funcionarios y artistas mexicanos le dispensaron, primero a ella que llegó antes que su marido y luego a su esposo, para integrarlos a una sociedad que siempre ha recibido con brazos abiertos a exiliados y, para ella, lo que significó aceptar esas gentilezas.

“Un distinto estado de espíritu, una para mí sorprendente aptitud para aceptar lo que viniese, me llevaba a no discutir nada, predispuesta al nuevo trance.” (p.33)

 Esta autobiografía nos permite atisbar la vida de la intelectualidad mexicana desde la visión de una extranjera que describe lo que significa vivir el exilio en México y nos ayuda a comprender y valorar los pequeños quehaceres cotidianos que, al cabo, configuran nuestras vidas. O, como lo expresa la propia Ida Vitale:

“Como todo lo bueno, suele ser ignorado” (p. 113)

Escribe para pensar en lo suyo, para legitimar su efímero paso por el mundo y para acreditar que no estuvo sola en ese paseo, que hubo hombres y mujeres con un nombre propio y una vida que merece ser recordada. Habla lo mismo de su casero que de Octavio Paz, habla de sus quehaceres en el Colegio de México y de cómo es manejar un VW en el tránsito de la Ciudad de México, habla de otros exiliados: uruguayos, argentinos, chilenos. Escribe para recuperar recuerdos:

“No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad… Sin embargo, la libertad tiene sus recursos y los usa en la elección de sus recuerdos”. (p. 11)

En Shakespeare Palace, Ida Vitale consigue una amalgama bellísima y extraña de desorden y pulcritud, de recuerdos azarosos y análisis clarividentes. Nos lleva a presenciar junto a ella, la comida de una fonda que las cenas en casa de Alvaro Mutis. Transforma la neblina del pasado en una literatura radicalmente contemporánea: no nos cuenta la sucesión de años de vivir en México sino sucesos. No sigue un orden cronológico sino que libera los acontecimientos del yugo del tiempo: un fulgor apenas que sin duda merece ser contado.

“Mi empleo del tiempo no conocía digresiones, porque siempre estaba llamada por una urgencia muy concreta tendiente a hacer del vago futuro una construcción más o menos amable, dotada de perfiles no agresivos en medio de la irregularidad implícita en el hecho de ser extranjeros”. (p. 67)

Ida Vitale afloja la pluma y condensa con lucidez y elegancia poética el estupor y el desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio. Es prudente ya que en sus recuerdos aparecen celebridades como Gabriel García Márquez, —y nos sorprende con un anacoluto extraviado en Crónica de una muerte anunciada— de Octavio Paz y la generosidad que siempre tuvo para las letras de Elena Garro, Juan Rulfo o Julio Cortázar. Al mismo tiempo, nos narra de poetas maravillosas y desconocidas como la mexicana Enriqueta Ochoa o la argentina Elena Jordana, que fue su vecina y fundadora de las ediciones de El Mendrugo donde publicó, sin ir más lejos, Nicanor Parra. Personajes en este texto que han muerto y ella sigue viva.

“Corredores in fin de la memoria, decía Octavio. Corredores que van entre la oscuridad y la luz y en lo que me pierdo por momentos, pero en lo que tambióne registo amigos que lo son desde un tiempo cuyo comienzo me cuesta fijar.” (p. 196)

 En las memorias de Vitale hay también gente de la que habla y que no tienen nombre en el texto: colegas, compañeros de trabajo, indígenas con vestidos de manta, vecinas divinas y caseros hermosos; como siempre, algún impresentable al que se refiere sin dar nombre: vidas que ya fueron y que, sin embargo, se empeñan en no irse porque, como afirma la poeta, existen los “muertos-río”: seres queridos que siguen con nosotros mientras nosotros los pensemos. Vitale nos enseña que los seres queridos son extensiones de nosotros mismos, prolongaciones de nuestras carnes, tuétanos de nuestros huesos. Por eso, la poeta uruguaya convierte esta autobiografía en un homenaje a la vida de los otros: huellas y ausencias imborrables.

“Sin duda, pertenecía a esa clase de seres cuyas importantísimas actividades, horarios y requerimientos deben ser conocidos y acatados por el resto de la insignificante humanidad” (p. 102)

Abrir la cortina y permitir que otras generaciones de asomen a ese México, a esa América Latina y a esa intelectualidad de los años setentas y principios de los ochentas justificaría por sí sola la existencia de este libro que, más allá de un mero ejercicio sentimental, es una fuente riquísima de imágenes de la Ciudad de México. Pero, Ida Vitale es poeta y se fina en los pequeños detalles: el canto de los clarines, el tráfico urbano, el sabor sin escapatoria del chile o el hacinamiento de los transportes públicos. El recuerdo de una lluvia de polvo asfixiante y la nieve sanadora casi mágica por inusual en México. Un día nevó en el monte Ajusco y la poeta uruguaya escribió: “Hacer bello lo otro / es gloria de la nieve”.

La escritura de Vitale es enigmática y certera, metafórica y clarísima en la disección de las emociones más íntimas e intrincadas de la experiencia humana. Sin embargo, algunas veces, nos resulta fría. Aleja el ojo del narrador, especialmente cuando narra que sus hijos, exiliados también y que vivían con su padre, o cuando nos cuenta que su marido murió. Lo hace desde la distancia narrativa que le permite el dominio de la pluma. Nos muestra la nostalgia de una mujer que vuelve la vista sobre su propia vida:

“La nostalgia raramente llegaba unida a paisajes, luces, olores o sabores. Siempre nacía del recuerdo de una amiga o amigo o de la cuidada memoria de sus veneraciones mayores” (p.112)

Gracias a estas memorias, comprendemos el estupor y el peso del desánimo de quien es extranjero porque se ha visto obligado al exilio y accedemos a la extrañeza del recién llegado que desconoce el léxico cotidiano, esos otros nombres que les dan a las verduras y sin los cuales es imposible ingresar en la comunidad de acogida.

“El exilio puede ser la réplica a una amenaza que se teme grave o inminente y que proviene de una ajena voluntad humana o de un Estado. O, en el peor de los casos, refleja sí, el sentir de una mayoría poco a poco dominada, pervertida por una minuciosa dirección que anula la sensibilidad y los principios morales que se declaran errados y por lo tanto nulos. “ (p. 69)

La experiencia de Ida Vitale nos lleva a entender qué significa tener amigos y haber nacido con suerte: ser privilegiada en un mundo terrible marcado por la raza y por la clase. Tuvo la fortuna de trabajar como profesora, traductora y periodista desde los primeros momentos de su llegada a México, el placer siempre de la escritura a pesar de todo. De la mano de la poeta uruguaya tomamos conciencia de cómo el tiempo opera en nuestro cuerpo y en nuestro modo de pensar y cuán importante es la generosidad.

“Aquellos fulgores de lo vivido, prolongan un momento, efímero, como todo lo humano y a la vez duradero, aunque ya sólo en mí.” (p. 195)

Shakespeare Palace es el nombre irónico y cariñoso que Enrique Fierro e Ida Vitale dieron a su primer hogar mexicano. Allí, al final de unas escaleras oscuras, la poeta descubrió que “contra lo sordo / te levantas en música, / contra lo árido, manas”. Estos versos del exilio nos recuerdan que el don de Vitale para el manejo del léxico no es exclusivo de estas memorias luminosas, sino que es una cualidad esencial y reconocible en toda su obra poética. Ella, Premio Cervantes 2018 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2015, sigue siendo poco conocida en nuestro país. Ojalá la lectura de Shakespeare Palace sirva para que ustedes lleguen a su poesía

Ida Vitale, Premio Cervantes

Si no fuera porque al fondo de la imagen se ce al Rey de España de pie aplaudiendo, la fotografía pareciera la de una abuelita tan dulce y mirada de una mujer con cabellera totalmente blanca, arrugas marcadas y una sonrisa que parece que va a estallar en llanto. Pero, no es cualquier persona la que se lleva los brazos al pecho, es Ida Vitale la que abraza el Premio Cervantes.

Novelista, traductora, ensayista, académica y sobre todo, poeta, esta mujer uruguaya sabe de un tema que nos ocupa y nos preocupa: el exilio. Salió de aquel Uruguay agitado, con el salvoconducto del embajador de México en Montevideo y vino a estudiar a este país que ha sido tan afortunado al abrirle las puertas a tantas personas a lo largo de la Historia. “Un país de acogida que, a la vez, se benefició de la presencia de escritores…” dijo atinadamente el Rey de España sin dejar a un lado que sus propias tierras los habían expulsado. Sí, si no fuera por México tantos exiliados no habrían encontrado cobijo.

Ida Vitale recibió el premio como lo hacen las grandes: con humildad. Bella, a sus noventa y dos años, con la emoción que nos tocó como tantos de sus poemas, le arrebató ovaciones a su público que estalló en aplausos a favor de la premiada al recibir el Cervantes.

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

Las formas de dar testimonio (Sostiene Pererira)

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi,

Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira,

Anagrama, Barcelona 1999

Algunas veces, las razones metaliterarias te llevan a volver a un libro, como quien regresa a los brazos un amor antiguo. En este caso, la esplendida edición limitada que editó Anagrama de Sostiene Pereira fue lo que obró la magia de la seducción. Un hermoso contraforro que semeja los azulejos marino y blanco, como aquellos que hay en las fachadas de las casas lisboetas, sirvió de pretexto para releer uno de los libros que logró el consenso de la crítica: Tabucchi es un gran escritor.

Con la genialidad del escritor que es Antonio Tabucchi, nos narra la cotidianidad de un periodista —Pereira, el personaje principal— que dirige la página cultural de un diario vespertino que se edita en Lisboa en plena dictadura de Salazar. Los retruécanos de Tabucchi nos muestran el gran amor que tiene por Portugal, su tierra adoptiva, y por la capital portuguesa. En Sostiene Pereira Lisboa es escenario y es personaje, es las dos, a veces una, a veces la otra y muchas veces toda a un tiempo. Lisboa es un conjunto de producción escrita que realza la belleza por medio de la palabra. La creación lisboeta se refiere a la transformación de la realidad, a la trasformación de ambientes, situaciones, emociones y personajes en donde los autores dan su propia visión del mundo, que por más realista que parezca, será siempre ficticia. En Lisboa, Tabucchi encuentra ese grado de misterio, de aventura, de contraste en el que se revuelven temas políticos, la anchura del Tajo, el contraste entre las fortalezas y las casitas con fachadas decoradas de azulejos y techos de color de arcilla.

La relación entre el autor y la ciudad en la que narra los sucesos es de suma importancia en Sostiene Pereria. Antonio Tabucchi es un escritor italiano, y también portugués por voluntad y nacionalización. Nació en Pisa el 24 de septiembre de 1943 y murió en Lisboa el 25 de marzo del 2012. En su primer año de universidad en la Sorbona, en 1960, descubrió a Fernando Pessoa y se enamoró del escritor y de Portugal. Aprendió portugués y se convirtió en experto en la obra de Pessoa. Con su esposa, nacida en Lisboa, fueron los traductores de este escritor al italiano. Sus conceptos de saudade, ficción y heterónimos provienen de él. Se especializó en literatura portuguesa e hizo de Portugal su segunda patria. Una visita a Lisboa inició su amor por esta ciudad. Tabucchi eligió vivir seis meses en Lisboa y otros seis en la Toscana donde enseñaba literatura portuguesa en la Universidad de Sienna.

Sostiene Pereira, publicada en 1994, es una novela que transcurre en Lisboa y que le atrajo mucha fama. Ganó con ella el Premio Super Campiello y el Jean Monnet de Literatura Europea. Se filmó  la película sobre esta novela con Marcelo Mastroianni como Pereira. Tabucchi participó en el guión (1996). Sostiene Pereira es una de esas novelas en las que sientes que entraste a un mundo aparte, perfectamente sostenido. Un mundo ficcional que transcurre principalmente en Lisboa. Una ciudad que se percibe umbrosa, oxidada, tensa, en la que está sucediendo algo tras bambalinas.

La novela trata sobre un periodista viudo, Pereira, que habla con el retrato de su esposa y escribe la página cultural del Lisboa, este periódico olvidable, conservador, proportugués. Es muy gordo, suda mucho, tiene problemas de corazón y de presión alta. Conoce a un joven, Monteiro Rossi, porque se interesa en un artículo suyo que trata sobre la muerte y su relación con la vida:

“La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que una la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida” (p. 9)

Entonces, busca en la guía telefónica al autor, lo encuentra y le encarga escribir necrológicas y efemérides para el Lisboa, que él personalmente le paga, no el periódico. No las puede publicar porque están politizadas como está todo en ese momento en Lisboa. Al avanzar la narración nos enteraremos que Monteiro Rossi está involucrado en un movimiento en contra de la dictadura de Salazar.

La novela comienza el 28 de julio de 1938:

“Lisboa refulgía en el azul de la brisa Atlántica” (p. 11)

La novela describe todos los movimientos de Pereira, qué come, qué tranvía o taxi toma, por qué calle pasa, si le es difícil subir una de las muchas colinas de Lisboa, si prefiere caminar o si ese día tomará limonada con hielos. La primera oración nos da una pista que ya adivinamos desde el título mismo de la novela, y que se repetirá en múltiples ocasiones a lo largo de las páginas:

“Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía…” (p. 7)

Quizás leer algunas citas muy cortas sobre Lisboa nos lleve a entender como Tabucchi enreda la ciudad con el tema político:

“De improviso, cesó la brisa atlántica, del océano llegó una espesa cortina de niebla y la ciudad se vio envuelta en un sudario de bochorno. Antes de salir de su oficina, Pereira apagó el ventilador, se encontró en las escaleras a la portera, aspiró una vez más el olor a frito que flotaba en el zahuán y salió por fin al aire libre. Frente al portal se hallaba el mercado del barrio y la Guardia Nacional Republicana estaba estacionada allí.” (p. 12)

“Porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora” (p. 13)

“Y, mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, mirba la Avenida Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praca de Rossio, de estilo inglés; y en el Terreiro do Paco se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo…” (p.15)

Es decir, Tabucchi nos deja claro como el personaje principal está totalmente ligado con el entorno de Lisboa y, también, de su tiempo político, la dictadura de Salazar. Lisboa y el calor del verano, envuelven al personaje que escapa en dos ocasiones a ciudades cercanas. Nos muestra detalles como el Café Orquidea, donde va nuestro personaje continuamente,  porque ahí solo sirven omelettes que es lo que a este personaje le gusta comer.

La estructura que Tabucchi eligió para narrar esta novela es muy efectiva. Los capítulos son cortos, lo que permite avanzar rápidamente en la lectura. El narrador es un testigo, ya que en realidad, estamos leyendo un testimonio. Es decir, el narrador no se compromete con la historia, simplemente deja registro de los hechos que le contó alguien más: el declarante. Entonces, el narrador le avienta la responsabilidad de los hechos a quien protagoniza: Pereira y se da el lujo de ser imparcial y frío frente a los sucesos.

Tabucchi lleva las riendas de la narración, en algunos casos la contiene. Parece que nos va a proveer de una nueva rama narrativa y como si se tratara de un jinete experimentado que va montando un animal inquieto, jala la rienda y juega con el lector:

“Sostiene Pereira que pensó en su infancia… pero de su infancia no quiere hablar, porque sostiene que no tiene nada que ver con esta historia” (p. 125)

“Al día siguiente por la mañana Pereira fue despertado por el teléfono, sostiene. Todavía estaba sumido en su sueño, un sueño que le parecía haber soñado durante toda la noche, un sueño larguísimo y feliz que no considera oportuno revelar porque no tiene nada que ve con esta historia” (p. 137)

“Se pasó una buena parte de aquella tarde así, pensando en su infancia, pero eso es algo de lo que Pereira no quiere hablar, porque no tiene nada que ver con esta historia, sostiene.” (p. 148)

Sostiene Pereira nos cuenta sobre la relación que tiene el protagonista con Monteiro Rossi y con su novia Marta. Tabucchi sabe como irritar al lector que constantemente se pregunta por qué Pereria accede a los abusos de estos jóvenes, los invita a cenar, les paga los cafés, consiente que le siga entregando artículos impublicables y se los paga de su bolsa, los ayuda a extremos que son inentendibles, como llevarlo a su casa:

“Pereira le acompañó al baño y le dio una camisa limpia, su camisa color caqui. Le estará un poco ancha, dijo, pero qué le vamos a hacer… Había aparecido de repente en su casa y otras cosas más… No dijo nada, aplazó la conversación para más tarde y volvió al salón.” (p. 149)

“Había caído la noche y las velas difundían una luz tenue. No sé por qué hago todo esto por usted, Monteiro Rossi, dijo Pereira” (p. 152)

“Pereira apagó las velas y se preguntó por qué se había metido en aquella historia, ¿por qué alojar a Monteiro Rossi, por qué telefonear a Marta y dejar mensajes en clave, por qué inmiscuirse en historias que no le atañían?” (p. 154)

Sostiene Pereira es una novela que no tiene desperdicio, es una suma de contrapuntos entre: la vida y la muerte; la soledad y la compañía; la trascendencia y la cotidianidad; el valor de la literatura y la libertad de expresión; la política de una dictadura y la represión militar.

Antonio Tabucchi nos deja a los lectores de la décima edición una nota que nos lleva a entender la visión del autor y es verdaderamente entrañable. Insisto, Sostiene Pereira es una novela tan bien estructurada en la que nada le sobra y nada le falta. No tiene desperdicio.

 

 

Fractura: metáfora de ansiedad y efecto contrario

 

Fractura

Andrés Neuman

Alfaguara, México 2018

Fueron tantas las recomendaciones que me hicieron para Fractura que decidí adelantarme y darle un empujoncito para que llegara al lugar del siguiente de la lista. El libro me atrapó de inmediato y estaba tan contenta de empezar a leerlo, sin embargo, me resultó difícil continuar tan entusiasmada conforme iba avanzando en la lectura. Es decir, Andrés Neuman es un escritor con oficio y en ello no hay falla. No obstante, hubo momentos en que sentí que la anécdota no iba para ningún lado y que si le hubiera metido algo de recorte al texto, le habría hecho un favor a la novela.

La metáfora elegida por Neuman busca reflejar ansiedad y peligro, pero el hecho de que haya decidido tender la novela sobre la base de esa figura habla al mismo tiempo de ambición y de riesgo: el de que se haga del kintsugi, —artesanía japonesa entretejida que consiste en convertir las fracturas de un objeto en parte explícita de su propia belleza—es una referencia tan conocida que se acerca peligrosamente al lugar común.

“Cuando una cerámica se rompe , los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte en donde se quebró. Las fracturas y sus reparaciones quedan expuestas en vez de ocultas y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto.” (p. 25)

Por lo tanto, partiendo desde ahí, se adivina a un narrador demasiado confortable, demasiado obvio y en muchas ocasiones, demasiado extraviado. Es verdad, la mayoría de sus casi quinientas páginas se leen con agilidad y podemos encontrar estímulos valiosos que nos impulsan a seguir leyendo. Pero, con Fractura pasa lo mismo que cuando esperamos probar un platillo delicioso y resulta que le falta sabor. Además, podemos anticipar su estrategia y eso lleva a que su ejecución resulte demasiado adivinable. La consecuencia obvia es que el lector puede llegar a perder interés, distraerse o llegar a fastidiarse en el camino.

En estricta justicia, Fractura tiene una estructura que no se rompe nunca, lo que demuestra el mérito notable de un narrador experimentado. Lo malo es que frecuentemente se entrevén hilos de la red que sostiene en pie el juego de voces y conceptos, es como si a Neuman, siendo un sastre diestro, le hubieran quedado las costuras expuestas, como si hubiera tenido tanta prisa o como si hubiera decidido no darle acabado a su trabajo.

La narración empieza en Tokio con un terremoto que le sirve como pretexto de ignición.

“Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria” (p. 19)

La novela propone varias líneas narrativas y analepsis curiosas. Conoceremos al protagonista, un superviviente de Hiroshima que, ya anciano, recibe la noticia de la tragedia nuclear de Fukushima.

“Hay novedades sobre la central nuclear de Fukushima. Y ahora sí son alarmantes. El radio de evacuación se ha triplicado…” (p.33)

Serán las mujeres de su vida, quienes nos narrarán las diferentes etapas de Yoshie Watanabe. Al mismo tiempo, leeremos la vida solitaria del personaje que ya está viejo y está de regreso en Tokio y lo conoceremos en voz de la francesa Violet, de la estadounidense Lorrie, de la argentina Mariela y de la española Carmen las que por orden de aparición nos contarán al protagonista joven que va a estudiar a Francia y que irá migrando por requerimientos de la empresa Me en la que trabaja. La otra línea narrativa es la que nos presenta a Watanabe solo y que por alguna extraña razón —que raya en lo inverosímil—  tiene un impulso que lo  fuerza a emprender un viaje hacia la zona del desastre que ocasionó el terremoto.

Entreverado al relato de ese viaje, escuchamos las voces de las mujeres que marcaron la vida del señor Watanabe en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Insisto en que las voces femeninas son perfiles psicológicos muy logrados; pero las fórmulas lingüísticas utilizadas para caracterizarlas se abusan y pecan de evidentes. Fastidia leer el capítulo de  Lorrie y las cicatrices que nos muestra a una mujer neoyorquina, con un discurso poblado por anglicismos traducidos de una charla americana.

“Yo tenía, ya sabes, una sensación fuera de contexto.” (p.161)

“Cuando te decidas hablar en serio, querida, seguiremos conversando”. (p. 166)

Son hilos que asoman demasiado; en palabras Lorrie utiliza para hacer evidente que Yoshie Watanabe no habla bien inglés:

“Y lo repitió varias veces, Lorrie, Lorrie (o más bien Lohie, Lohie) (p.162)

Me refiero a estas decisiones estilísticas, son decisiones destempladas. Por otra parte, entretejiendo biografía e historia, los personajes de Fractura representan ejes culturales y geográficos diversas que incrustar incrustar los grandes temas de la Historia contemporánea a la existencia de Watanabe: Hiroshima, la postguerra, y cuanto más indirecto Neuman juega con esos elementos, mejor le funciona. En este sentido, las páginas argentinas son mejores. En cambio, las voces de Violet y Lorrie serpentean los peligros de la mera dispersión o de un uso estratégico de momentos estelares, como si no quisiera dejar de aprovechar el once de septiembre neoyorkino o madrileño el once de marzo en tono tan cercano que rechina y puede lucir algo forzado.

Además, Neuman mete con calzador a un periodista argentino, Jorge Pinedo, simulando mal un alter ego del autor, que quisiera escribir un reportaje sobre los desastres nucleares. Lo curioso es que el pobre no logra entrevistar al huraño Watanabe. Tampoco se entiende qué extraña curiosidad le despierta ese misterioso señor japonés. Y en el colmo, no logra ni rematar un trabajo que debería ser fríamente periodístico. No le funciona el ejercicio.

Watanabe, durante buena parte de la novela va perfilándose y desdibujándose simultáneamente bajo la mirada que ellas ofrecen. También lo muestra en el viaje que hace a la región de desastre. Ahí la voz de Neuman se parece mucho a la de Murakami, se vuelve muy ja`ponés A partir de ahí, el estilo se vuelve abstracto, las frases son sintéticas. A partir del aterrizaje en Sendai Watanabe va adquiriendo rasgos de identidad del último personaje con el que convivió.

“Con el segundo té, Watanabe descubre que la aparente serenidad de Ariichi esconde otra inquietud. Su mayor preocupación son las tumbas de sus ancestros que se hayan en el cementerio más al norte” (p. 467)

Watanabe afirma que, con los años, uno pierde opiniones y gana ideas: es justo lo que ocurre con esta novela. Aquí están sus mejores páginas, concentradas en aquello que de verdad convoca al lector y lo conmueve: la memoria del superviviente y su soledad, precaria pero bellísimamente conectada con el otro. Watanabe deambulando solitario es la redención de la novela.

“Empezó a preocuparse más por su salud. Antes nunca quería ir al médico, huía de las consultas como de la peste. Prefería aguantar un dolor que hacerse una prueba. Pisar el hospital te hace sentir más enfermo” (p.429)

El lenguaje es impecable, la mirada en ningún sitio me hace sospechar que aunque los capítulos finales son los mejores de toda la novela, Neuman no supo cómo terminar su Fractura.

 

Irrupción en la intimidad (Spring, Karl Ove Knausgaard)

Spring

Karl Ove Knausgaard

 (Traducción, Ingvild Burkey, Ilustraciones Anna Bjerger)

Penguin Press, 2016, U.S.A.

Desgarrar la protección que te da la cortina de intimidad es una decisión autoral complicada. Por un lado, muchos conocen tu cotidianidad y eso de la vida diaria no siempre es luminoso ni perfecto; y por otro lado qué se hace con una tristeza tan profunda, con una situación que te desgarra el alma. Escribir es una forma de catarsis, especialmente cuando eres un escritor en serio de la talla de Karl Ove Knausgaard. Sin embargo, eso de quedar expuesto es duro. Claro, eso de generar utilidades cuando tu propia tragedia está bien escrita puede ser tentador.

Spring es la novela con la que Karl Ove Knausgaard decide regresar al oficio. Después de haber escrito el último volumen de Mi lucha, una saga de 6 libros, cuya última frase fue: Ya no soy escritor, regresa con otra serie continuada de cuatro libros que están titulados conforme a las estaciones del año. El tema es, como el lo denomina, la enfermedad de una familia.

La novela nos hace saber que se trata de una epístola para su hija que aún no ha nacido pero que ya nació. Vemos al narrador, protagonista, que también es el escritor, como un padre muy presente y muy comprometido con sus cuatro hijos. Lo acompañamos a darle la mamila a una bebita recién nacida lo mismo que cuando mete la ropa a lavar a la lavadora, lo vemos recoger la casa, lavar los trastes, llevar a los niños a la escuela, prepararles el desayuno, ponerles la pijama. Nos muestra una cotidianidad bucólica, en una casa en el medio un bosque en el que los vecinos están lejos y se necesita coche para llegar a cualquier lado.

“La vida que vivo está separada de ti por un abismo. Está lleno de conflictos, deberes, cosas que no han sido atendidas… y en una corriente continua donde casi nada se detiene pero todo está en movimiento. [1]

El lenguaje es preciso y las palabras que se seleccionaron fueron para tomar al tiempo por las manecillas y ralentizarlo. La traducción del noruego es fiel a esa forma en que Ove Knausgaard hace que los segundos se arrastren a lo largo de la narración. Las descripciones nos recuerdan al realismo francés de Balzac, muy al estilo de Eugenie Grandet. Todo parece ser como una tacita de porcelana, no obstante, tanta perfección nos hace sospechar y el lector tiene razones para la duda.

Spring nos pone frente a una familia de tres hijos justo cuando la pareja decide tener un cuarto. Estamos en la mente del narrador que disfruta de esa vida familiar, alejada de las grande metrópolis, que le acomoda vivir entre árboles y en contacto con la naturaleza ya que eso le acomoda para invocar a las musas. No se entiende bien a bien a qué hora escribe un padre que está tan ocupado de las tareas parentales. La mujer es una figura desdibujada que no se le ve. No se muestra mucho en la novela, aunque será la parte central y motivo de la anécdota en la que se centra la novela. Este libro se trata de la depresión de su mujer y las consecuencias de que la vida siga adelante aunque ella no pueda con ese ritmo.

“Era como si toda la energía de la casa estuviera siendo succionada hacia ella”[2] (p. 123)

La novela nos hace sentir el enojo y la frustración que tiene el protagonista alrededor de una situación en la que vemos que este padre de familia actúa prácticamente como si fuera un viudo, la presencia de la mujer es más bien una ausencia que causa una gran molestia.

“Obviamente, la gente se quedaba mirando, yo los dejaba mirar fijamente. Yo estaba en un lugar donde otras personas y sus opiniones no importaban. Después, los lamentos salvajes, la desesperación salvaje.” (p. 32)[3]

Y, efectivamente, a Karl Ove no le importa que miremos fijamente, le da lo mismo que el lector se entere de lo que está sucediendo en la intimidad de su casa, no tiene pudor frente a quien está leyendo y muestra a sus hijos jugando, a su esposa ausente, a un padre desbordado por las actividades diarias, la soledad de una familia que necesita ayuda y cuyo día a día pudiendo ser bello se descompone en una serie de cosas que se necesitan hacer para seguir viviendo y que parecen rebasar las capacidades familiares.

“Yo estaba harto de todos los susurros, toda la inmovilidad, la falta de iniciativa, la impotencia, el desvío de mirar a otro lado.” (p.106)[4]

La novela gira en torno a la reflexión de lo que es la depresión en uno de los miembros de la familia y de como los demás deben de seguir tirando, de como los demás debes seguir adelante y de como afecta las vidas de los otros integrantes de la familia. La vida sigue pero tiene repercusiones cuando alguien decide ponerse en pausa:

“La enfermedad tiene que hacer contigo no tomar responsabilidad por ti mismo. Cuando estás abajo, usted no asumes la responsabilidad sobre ti, cuando estás arriba, tampoco asumes la responsabilidad de tu persona” (p. 125)[5]

Spring nos deja claras las razones por las que el autor, narrador y protagonista está enojado con su mujer y con la decisión terrible que decide tomar cuando está embarazada de la niña a la que se dirige esta novela. Karl Ove nos dice que la intención es que su hija entienda lo que sucedía mientras los demás vivían el trance previo a su nacimiento y semanas después de que ella llegó a este mundo. Comparte la dureza y la crueldad que tiene que enfrentar un padre solo cuando sus hijos están tan pequeños. Contrasta con mucha habilidad la inocencia de los niños, sus ganas de jugar, de ver la tele, de salir al patio, con la oscuridad de su madre y la desesperación del padre. Contrasta los elementos de una vida casi perfecta con el infierno de una tristeza que llega y se instala sin que logremos entender bien a bien qué fue lo que la provocó. Nos enteraremos de forma tangencial, y el lector debe estar muy atento para no pasar desapercibidas las razones.

Belleza y terror, oscuridad cuando debe haber alegría, la vida de diario y sus secretos son el hilo narrativo que se entreteje en las páginas de Spring.

“La gran y aterradora belelza no nos abandona, está allí todo el tiempo, en todo lo que es siempre lo mismo, en el sol y las estrellas, en la hoguera, anuncio la oscuridad, en la alfombra azul de flores bajo el árbol” (p. 177) [6]

La novela llega en una traducción al inglés de Ingvild Burkey y con ilustraciones espléndidas de Anna Bjerger. La contracubierta tiene colores brillantes en los que se contrastan diferentes tonos de azules que se van degradando en contraste con ocres que se van oscureciendo y una niña que está acostada en la arena cerca de una playa. La novela se divide en tres partes y un epílogo.

Depués de leer Spring me queda claro que es un texto bien escrito que transmite sentimientos universales y esto le da un rango de Literatura que no se le puede regatear. Sin embargo, en otro nivel, no sé que tan válido es exponer tu vida a ese nivel, que tan necesario es dejar que los lectores se enteren de ese nivel de intimidad. Porque, todo cambia cuando sabes que los personajes son reales, que no es ficción, que todo lo que lees —novelado o no— verdaderamente sucedió. ¿Qué necesidad hay de narrar y dejar tan expuesta a una mujer que se obnubiló por la tristeza? No lo sé. Al terminar de leer, queda una especie de desarmonía que me hace reflexionar su una pluma tiene derecho a desgarrar tanto. Insisto, no lo sé.

[1] The life that I live is separated of You by an abyss. It is full of conflicts, duties, things that have not been answered… and in a continuous stream where almost nothing stops but everything is moving.

[2] It was as if all the energy in the house was being sucked towards her

[3] Obviously, people stared, I let them stare. I was in a place where other people and their opinions did not matter. Afterwards, wild regrets, wild despair.

[4] I was fed up with all the whispering, all the immobility, the lack of initiative, the helplessness, the turning away.

[5] The illness has to do with you not taking responsibility for yourself. When you are down, you do not take responsibility for yourself, when you are up, you do not take responsibility for yourself either

[6] The great and terrifying beauty does not abandon us, it is there all the time, in everything that is always the same, in the sun and the stars, int the bonfire ad the darkness, in the blue carpet of flowers beneath the tree.

Pollo con ciruelas, Marjane Satrapi

¿Cuánta ternura y cuánto odio cabe en un libro? Marjane Satrapi es la guía que nos conduce de la mano en el intrincado mundo de un arista que ha decidido morir. La cotidianidad se vuelve imposible de soportar desde que el músico ya no puede tocar el instrumento que le da identidad.

Su tar, un instrumento de cuerdas, similar al laúd, típico en Irán, con el que Nasser Alí —el personaje principal— despliega maravillas, se rompió, lo rompieron. El busca reemplazarlo, pero la tar y el músico estaban tan compenetrados que parecían uno mismo. La destrucción de uno dio paso al comienzo del derrumbamiento del otro. El deseo de muerte se hizo presente. Y, eventualmente llegó.

Pollo con ciruelas nos lleva al recorrido de todos los personajes que amaron a Nasser Alí y como se relacionaron con él en el proceso en el que Nasser Alí decide dejarse morir de tristeza y la historia que los unió en el pasado. Satrapi juega con flashbacks para mostrarnos su relación con el hermano menor, con su madre, con su esposa. También nos empuja al futuro, en flashforwards que nos permiten ver la vida de los hijos.

En Pollo con ciruelas entendemos la mente de un artista en contraste con la de los que conviven con uno y no lo son. La frustración del desencuentro entre los mundos concretos y los artísticos, la rabia y el desconsuelo, la impotencia y el ímpetu, las ganas y la dejadez. Al final, ese regusto de tristeza que se queda en quienes no se entienden y la imposibilidad por lograrlo.

Satrapi, con esta novela gráfica apela a los sentimientos universales a través de dibujos en los que nos permite atisbar la cultura iraní. El odio y el amor como motores de inspiración para llegar a aquella ilusión que nos sirvió de inspiración a lo largo de la vida ¿No es eso literatura?

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