Sergio Pitol, en paz descansa

Crudo, cruel, petulante, sagaz, ácido, extraño, entrañable… así era el narrador que salió de la pluma de Sergio Pitol, uno de los escritores más cosmopolitas que ha dado la tierra mexicana. Murió a los ochenta y cinco años en la ciudad de Jalapa. Confesó haber leído todo lo que le cayó en las manos y eso habla de la curiosidad de un hombre y de la grandeza de una mente que ningún prejuicio lo detuvo al momento de perderse entre las líneas de un libro.

Imagino a Monsiváis y a Pacheco felices esperándolo en el más allá. Te tardaste en llegar, le habrán dicho. No importa, ya está ahí. Un hombre festejado por ser un traductor valiente, de lenguas extrañas; un viajero de travesías exóticas; un niño que creció entre historias de la Revolución Mexicana; un profesional que ocupó cargos diplomáticos; un hombre del cual nos interesa la lucidez con la que escribió y no los chismes que le rodearon al final de sus días.

Muere, Sergio Pitol, el hombre. A ese ser de carne y hueso se le abrieron las puertas del paraíso, desde el que podrá ver que sus letras no lo dejarán morir. Domará a la divina garza, mirará al mago de Viena, en fin, lo recordaremos por esa herencia de renglones, puntos y comas que nos dejó. De esa forma, seguirá entre nosotros.

Ay, Dios. Cuando te llevas a nuestros tesoros nacionales, nos quedamos tan solos. Basta mirar al rededor para darse cuenta. Y, claro, Sergio Pitol pertenece a otra generación, a otros tiempos, a otra vida. Por eso, los que veíamos en él una especie de eslabón en la cadena del tiempo —de ese otro tiempo que se nos deshace como si fuera una ráfaga de polvo—, sentimos pesar.

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Las vidas que no son interesantes y atrapan nuestra atención (La caza del carnero salvaje)

La caza del carnero salvaje salvaje

Haruki Murakami

Tusquets Editores, S.A.

 Barcelona,2016

Pensamos que no lo haría y lo volvió a hacer. Haruki Murakami nos vuelve a atrapar entre las redes de una vida de un joven con una cotidianidad poco interesante cuya característica más asombrosa es que fuma como loco y que acaba de pasar por un proceso de divorcio. La fórmula se repite: una existencia muy común, rayana en lo corriente y aburrida, que tiene una vuelta de tuerca que nos engancha desde el arranque.

Haruki Murakami ha sido considerado como uno de los escritores más prolíficos de la literatura japonesa de las últimas dos décadas. Su literatura ha sido un fenómeno de ventas, y con ello, se ha transformado en el autor japonés con mayor número de traducciones alrededor del mundo. Sus obras hacen parte de un fenómeno de masas y ante ello, la crítica no es ajena ni a esas características que lo acercan al arte ni las que lo llevan a ser un creador de oficio.

Con un estupendo inicio, Murakami nos toma de las solapas y no nos deja ir. Así abordamos la lectura de La caza del carnero salvaje. La historia arranca como si se tratara de una trama policíaca. Nos mete a la trama sin que estemos muy seguros hacia dónde nos dirigimos. La maestría de la pluma hace que el autor tome al lector por su cuenta y no lo deje ir.

“Un amigo mío se enteró por casualidad mientras hojeaba el periódico y me llamó para comunicarme que ella había muerto” (p. 13)

Por supuesto, queremos enterarnos de quién murió, que relevancia tiene ella en la historia, cómo se relaciona con el protagonista. Murakami hace bien el trabajo y nos monta en la narración desde el primer momento. Tenderá una línea narrativa y muchas más que nos darán vueltas y vueltas y terminaremos enfrascados en una estructura de historias aparentemente inconexas que tendrán un hilo conductor sutil.

Como es común en este autor, no nos enteramos de los nombres de los personajes hasta ya avanzada la historia. Una página antes de terminar el primer capítulo leemos el nombre de Yukio Mishima. En La caza del carnero salvaje nos da la impresión de que darle nombre a los personajes no le resultó muy importante a Murakami, incluso un gato ─elemento recurrentísimo en el mundo murakamiano─ empieza sin nombre y le es dado uno (sardina) en una forma tan a la ligera que el lector puede fruncir el ceño.

Pero Murakami tiene derroteros que no podemos sospechar. La novela policíaca se convierte en un thriller político, en una crítica a la sociedad japonesa, en una reflexión sobre la actualidad. El autor nos forma una caja de letras en la que todo cabe. Los temas que aborda, abarcan una gran cantidad de argumentos dispares que corresponden desde el Jazz y la musicalidad de sus obras, hasta mundos cuánticos, universos paralelos, zoología, cibernética e incluso el mismo fenómeno de japonización de su obra, la apreciación de lo japonés y el autor actuando como un mediador cultural que privilegia a Occidente, en medio de una ambigüedad ante una literatura que homogeniza Occidente y Oriente generando una hibridación cultural.

Aún cuando su literatura sea aplaudida con mayor efusividad fuera de su país natal, Haruki Murakami ha sido, en gran medida, un promotor cultural del Japón contemporáneo que es ajeno a exotismos de Geisha, samuráis, flores de cerezo, ceremonias de té, entre otras que han permitido explorar al espectador Occidental el nuevo Japón, inmerso en tecnología y sumido en el consumo, pero que al mismo tiempo sigue configurado en sus tradiciones. Y, el aburrimiento como telón de fondo que le sirve para lograr una transformación:

“Quizás había captado una luz especial en medio de aquella mediocridad  o simplemente había pensado que estaría bien contar con una chica normalita.” (p. 43)

El grupo del carnero es uno muy poderoso que nos llevará a la búsqueda de un animal o de una figura y no hay forma de escapar a esa búsqueda. Pero, ¿qué vamos a buscar? Murakami nos mete a un mundo de símbolos, el carnero es el emblema de poder. El narrador, acompañado por su amante, se verá lanzado a una ardua investigación, digna de las mejores novelas policíacas americanas: antes de un mes debe encontrar el lugar donde fue hecha la fotografía y el animal que aparece en ella. Si no lo hace no sólo llevarán a la ruina a su pequeña agencia; también le convertirán en un paria en su propia sociedad. El grupo del carnero es lo bastante poderoso como para poder aniquilarle económica y socialmente. Y corresponde al lector internarse, junto con los protagonistas de la fascinante novela de Murakami, en esta contemporánea búsqueda de un Grial nada santo, el carnero mítico que, cuando es mirado por alguien a quien él elige, posee al desprevenido espectador, convirtiéndole en su morada y su instrumento. Un carnero que -dice la leyenda- se apoderó de Gengis Khan y que tal vez no sea más que la encarnación del poder absoluto.

El verdadero arranque de la novela es hasta la página 61

“En fin, así empezó La caza del carnero salvaje”.

La estructura de la novela se compone de un capítulo inicial muy corto. Los tres primeros capítulos inician con fechas y se dividen en subcapítulos de diferentes extensiones 1,2,3, 6 (como si 1+2=3 *2=6). El cuarto y el sexto son La caza del carnero salvaje I y II respectivamente. El ritmo de la narración es lento, sin embargo, la narración es amena. Las reflexiones sumergen al lector a un mundo en el que los símbolos son más importantes que las acciones. La oreja como signo de sexualidad.

La trama va sobre el protagonista, un hombre con una agencia de publicidad debe emprender la búsqueda del carnero mítico sin más pistas que una extraña fotografía. Una fotografía que le envió un antiguo amigo que desapareció hace años y que le envía cartas desde lugares desconocidos.

La estructura de los personajes es aparentemente sencilla El protagonista que se mete a una búsqueda extraña sin que tenga muchas esperanzas de tener éxito, su socio en el negocio de publicidad, un alcohólico anodino. Una amiga que conoce de forma extraña cuyas orejas le tienen fascinado. El secretario de una poderosa organización, que le hace el encargo de la búsqueda del carnero. Él chófer del secretario, una extraña persona fascinada con la religión y que dice tener el número de teléfono de Dios. La presencia de su amigo desaparecido que flota por toda la historia. Un anciano que ha pasado la mayor parte de su vida encerrado en su habitación estudiando a los carneros. Frente a este escenario desalentador, Murakami inscribe su literatura como una crítica social en la que sus personajes demandan salir de ese sistema, en la búsqueda de una identidad al tiempo que demuestra una fuerte resistencia al proceso modernizador que tuvo que vivir el Japón en un ritmo acelerado, en el que se celebraba la imitación de Occidente como triunfo del proyecto, sin importar el desprestigio de las tradiciones o el precio social que aquella aspiración implicaría para sus habitantes.

El propio Murakami juega con el lector:

“No tenía ni idea de qué estaba intentando contarme aquel hombre” (p.147)

Para entender el verdadero papel de la literatura contemporánea en Japón en la pluma de Murakami,  debemos evaluar el proceso que llevó el país desde su política de confinamiento, hasta el triunfo económico y gran recuperación de los años 60. Sólo así es posible responder la pregunta sobre la crítica a la indiferencia política y homogenización cultural que impone el status quo social, producto de la sobrestimación del individuo por el consumo y la promesa de una mercancía personalizada.

“En el mundo existe dinero así: te cabrea el simple hecho de poseerlo, usarlo hace que te sientas desgraciado; cuando lo terminas, te odias a ti mismo” (p. 178)

La modernidad se presenta como un fenómeno del progreso a través de la conciencia de un tiempo narrativo específico, lineal y continuo que no se detiene. Murakami crea, además de un tiempo histórico real en el que sumerge a sus personajes, enfatiza su cualidad de ser irrepetible permitiendo a la humanidad avanzar bajo la premisa de un futuro utópico. La caza del carnero salvaje reflexiona en el cambio de paradigma que generó la racionalidad como un nuevo renacer contrario al pensamiento de la fe, que correspondió al medio evo. Aquel despertar, generó un impulso por poner a la naturaleza al trabajo del hombre y con ello se generó un proceso que permitió a través de la instrumentalización y el auge de la técnica, la capacidad de generar bienes de consumo en masa que no le ha resultado suficiente al Hombre.

“Para llevar una vida de nómada durante largo tiempo haga falta una de estas inclinaciones: la religiosa, la artística o la espiritual.” (p.102)

El mosaico de Haruki Murakami nos vuelve a recetar una fórmula conocida que en La caza del carnero salvaje nos vuelve a atrapar.

Otra forma de ver la escritura (Mi verdadera historia, Juan José Millás)

 

 

Mi verdadera historia,

Juan José Millás,

Seix Barral, Madrid, 2017

Breve, brevísimo brebaje de angustia, ironía y misterio que deja perplejo al lector que siente que se acercó al barranco. Juan José Millás nos presenta una novela que casi parece un cuento porque se lee de una sentada. Bastan unas horas para dar cuenta de Mi verdadera historia sin embargo, al acabarlo de leer sientes que un mosquito te acaba de inocular un veneno que no tienes idea de los efectos que te acaba de dejar.

Mi verdadera historia se trata de un librito de apenas 107 páginas de letra muy grande, podrían haber sido menos de cien. Es la historia que contiene varias historias, por eso es novela y no es cuento, en la que se nos da cuenta de un crimen, se nos narra la transformación del personaje principal, se nos presentan personajes sumamente extraños, por lo tanto humanos, y entendemos las razones que tiene el protagonista para escribir.

Máscaras fuera, Juan José Millás llega al corazón de muchos escritores y nos deja expuestos en medio de un escenario en el que por fuerza nos vemos reflejados de una u otra forma. La novela arranca precisamente con las palabras que dan motivos a la escritura del personaje principal:

“Escribo porque mi padre leía” (p.7)

La novela está escrita con un narrador en primera persona que constantemente está interpelando al lector y lo mete en la escena que está describiendo. Aunque no es un recurso constante que utiliza el autor, es uno frecuente:

“Miradme en el salón de la casa de entonces, los muebles oscuros, oscuro yo también detrás de la butaca” (p.7)

“Sentid en vuestro corazón como se detiene el mío. Notad mi dolor en vuestro pecho. Padeced como si os perteneciera mi asfixia.” (p. 12)

“Miradme en mi habitación, sentado a la mesa, con el libro de Geografía abierto delante de los ojos” (p. 34)

El narrador es un adolescente casi niño que va creciendo a lo largo de la obra. Sí, en ese sentido también es una micro novela de formación y Juan José Millás hace del lenguaje un aliado para construir al personaje. Las palabras son sencillas pero lo que dicen no, lo cual es un gran acierto de la novela.

“Cada uno en cada sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres” (p.34)

El secreto no es tal, el lector lo va a ir viviendo con el personaje, estará con él al momento de cometer el crimen y Millás nos llevará a sentir ternura por los motivos que lo llevan a perpetrar el delito.

“Entonces, con las lágrimas cayendo sobre un mapa, como para representar un río, tomo una decisión liberadora.” (p. 35)

El lenguaje es a la vez ácido y lleno de ternura, pero Juan José Millás es un autor que debe leerse con cautela. Y, aunque tengamos precauciones, terminaremos picado el anzuelo. Nos convierte, a su gusto, en observadores amables. Nos da consejos y los aceptamos:

“Si dices que sí a todo, la gente te toma por normaol” (p.19)

El protagonista es un escritor que equipara la escritura con orinarse en la cama cuando ya no tienes edad para ese tipo de accidentes. La escritura, vista por el personaje, es una especie de descarga y, cuando estamos más entretenidos por la analogía, cuando nos morimos de risa por la metáfora, Millás nos toma por sorpresa y nos desnuda de cuerpo entero:

“Escribir se ejercerá extrañamente como un modo de dequite.” (p. 90)

“¿Y por qué escribes?, pregunta él. Porque tú lees, respondo yo.” (p103)

Millás escribe una novela con proporción aurea. Nos va llevando de la mano hasta el clímax hasta la tercera parte de la cortísima novela y luego nos lleva a la conclusión y al desenlace en el que veremos un personaje transformado.

Novela de pocos personajes: protagonista, padre, madre, novia (Irene), crimen, efectos. Es como una especie de filigrana, un bonsái al que no se le permiten frondosidades porque la brevedad será su mejor cualidad.

 

El escritor que podemos ser (Mirlo blanco, cisne negro, Juan Manuel de Prada)

Mirlo blanco, cisne negro

Juan Manuel de Prada

Seix Barral, Madrid, 2017

Tocó el turno a este libro de portada atractiva, que me recomendaron como una obra sincera y personal. Así, como sucede con mis lecturas, el libro esperó pacientemente su turno y se topó con una lectora algo exhausta después del último tabicón que había caído en mis manos. Mirlo blanco, cisne negro de Juan Manuel de Prada arranca con un lenguaje afectado, pretencioso y de repente dan ganas de estrellarlo contra la pared, pero por alguna extraña sensación no lo haces y qué bueno.

La anécdota que narra este libro es, como su título sugiere, la relación de dos autores que se encuentran en dos etapas diferentes de escritura. Uno Octavio Sánchez que ocupa el lugar del autor encumbrado que por sus propios vericuetos de vida se encuentra en una posición no muy favorable y Alejandro Ballesteros, el mirlo blanco, un joven escritor que duda de su escritura y que sale de la sombra gracias a un programa radiofónico del que Sánchez es anfitrión. Dados los elogios de Sánchez, el libro de Ballesteros se vuelve un éxito de ventas. Hasta ahí, ninguna novedad. No hay sorpresas, el título y el epígrafe en el que se cita a Alfred de Musset son las pistas que el autor le deja al lector atento.

José Manuel de Prada se encarga de dibujarnos el escenario que servirá para contar otras historias que se irán desdoblando a lo largo de la novela. En un estilo muy similar al que ocupa Manuel Puig en El beso de la mujer araña, en la que la narración discurre mientras un preso le cuenta al otro las historias que vio en el cine, así de Prada nos va contando las que sus personajes están escribiendo a lo largo de esta novela. Escritores que escriben dentro de una novela, cada uno con sus propios vicios, fallas y pasiones.

La narración que lleva una secuencia simple y lineal, va en primera persona y empieza cuando un provinciano Ballesteros llega a Madrid a promocionar su libro de relatos y asiste a fiestas literarias en las que de Prada hace patente lo perfectamente ridículo que es el mundo de los que persiguen fama y riqueza en la literatura y el regusto que se encuentra en ello:

“…me fue creciendo un rictus de amargura, como a otros les crece el bigote, que procuraba disimular con una sonrisita alevosa y sardónica, según el recurso más socorrido del fracasado cuando quiere dárselas de cínico” (p. 14)

Y, cómo por arte de los ángeles, en una de esas fiestas conoce a Nieves, la esposa de Octavio Sánchez quien será el pretexto que ocupa el autor para que nazca una amistad con Alejandro Ballesteros que será el eje sobre el cual girará la novela. A lo largo de cuatrocientos treinta y siete páginas, de Prada irá narrando las vicisitudes que necesariamente brotan entre un maestro y discípulo con las dosis fuertes de perversidad, fascinación e imposibilidad final.

La novela tiene una estructura sumamente sencilla que le facilita la vida al lector, son quince capítulos y un post scriptum que en la van discurriendo de manera lineal los acontecimientos. Lo que empantana la lectura son las palabras untuosas y raras que se insertan y multiplican a lo largo de las páginas:

“Y lo más flipante es que la gente cretina, los escritores nocilleros, lo tienen por un facha” (p. 123)

“Cuando se disponía a resoinder alguna chorrada inane, se interrumpió. “ (p. 125)

“Habían transcurrido aproximadamente quince días desde la zapatiesa del restaurante” (p. 167)

Utiliza combinaciones redundantes a lo largo de la narración que deslucen y hacen que un lector poco paciente eleve los ojos al cielo y piense, ¿para qué redundar?, entendí desde la primera:

“En su alborozo, había una oscecación o ceguera” (p. 120)

La puesta en escena que hace Juan Manuel de Prada en la primera parte de la novela puede hacerle la vida tortuosa al lector, puede aburrirlo y llevarlo a abandonar la lectura, sin embargo, el que haya sido paciente y llegue a sobre pasar el punto áureo y tenga la temeridad de seguir leyendo hasta más allá del capítulo diez empezará a cosechar sus recompensas.

Juan Manuel de Prada nos lleva a reflexionar sobre la vida del escritor y lo que significa esta vocación:

“Escritores correctos que saben redactar muy bien y luego resultan de una insipidez intolerable.” (p. 114)

“Y, correcto es lo peor que se puede ser en literatura. Al escritor correcto le quitas su corrección y se queda en nada.” (p. 130)

“Sólo con bondad y humildad puede uno acercarse a los demás como iguales. Y un novelista tiene que ver las desgracias y las alegrías de los otros como algo propio. Los soberbios, los engreídos, los egoístas podrán escribir todo lo que quieran, pero no pueden ser novelistas auténticos.” (p.161)

“El escritor verdadero no es dueño de sus propias decisiones.” (p.251)

“… derrumbó el andamiaje de mis ínfulas y pretensiones vanas, qu tanto daño hacen al escritor primerizo” (p. 253)

“También me convencieron de que un escritor sólo lo es de forma cabal cuando encuentra un editor dispuesto a vincular su porvenir con el suyo.” (p. 406)

En la lectura de Mirlo blanco, cisne negro encontramos una sátira de lo que es el mundo intelectual literario, una parodia de lo que viven los autores noveles que están a la caza de una buena editorial que los apoye, que los lleve a publicar libros que se vendan y estén efectivamente en los estantes de las librerías. Se burla de los escritores encumbrados y de los corrillos que se les forman con escritorcillos arribistas que quieren obtener un poco de la luz de su reflector.

De Prada hace un juego de espejos, en el que refleja el proceso creativo, el pegote de quien quiere copiar un estilo, la autoría superior y la imposibilidad de un discípulo de escribir como su maestro, dejándonos ver que nadie podrá escribir como su maestro porque cada uno tiene su propia voz. En el capítulo ocho, la novela hace de Saldaña el centro de la narración y de la opinión del maestro sobre la obra de su discípulo:

“No es una ventolera, Paloma, es simple aceptación de la realidad: Madonna es un bodrio de principio a fin. No tiene sentido andarla podando o a haciéndole arreglos…

¿Después de todo el esfuerzo y el tiempo que has empleado piensas echarlo todo por la borda?  —me preguntó con aspereza, antes de ablandar un poco el tono— Por supuesto que eres novelista. Anda, Anda, si de verdad no estas conforme con la primera versión que escribiste, vuelve con humildad a ella y trata de mejorarla.” (p.192)

Tal como lo dice Juan Marsé quien acuñó la frase: prosa de sonajero, es decir, ese  tipo de escritura que está llena de florituras, que se oye afectada y es campanuda, enflautada de adjetivos y frases alambicadas, podemos ver en Mirlo blanco, cisne negro una prosa de sonajero. Toparnos con hojas y hojas, y más hojas, que buscan estallar como fuegos artificiales lingüísticos estéticamente impecables pero vacías de fondo. Es decir, aquello que el mismo critica se le puede aplicar a su novela sin problemas.  A veces, como el propio de Prada dice, nos atragantamos de tanta juntaletras:

“Jóvenes promesas que repitieron como loritos toda la alfalfa sitémica y se las daban de comprometidos, empezó a escupir con desdén, sobre los tommtainas que veneraban a las viejas glorias y a las jóvenes promesas como si fuesen la conciencia moral de Occidente. Tanto juntaletras inane” (p. 183)

El lenguaje brillante y rebuscado como principio y fin último. No importa lo que se cuenta: lo único relevante es cómo se cuenta. Es sólo forma, porque no hay fondo: prosa sonajero, prosa vanidosa y hueca. De Prada se arriesga con Mirlo blanco, cisne negro a adormecer al lector con el ritmo lento de un cascabelero. Lleva los elementos de la novela al extremo: una trama es insustancial, los diálogos imposibles y los personajes meros estereotipos: Octavio Sánchez el escritor venido a menos pero capaz de escribir una obra perdurable, el novelista novato y ñoño que se debate entre la atracción por el mal y la rectitud del bien y personajes femeninos pintados con la delicadeza de una brocha gorda que parecen generar cierta tirria en el autor: mujeres adorno Paloma la novia del novel y Nieves la del viejo están como un par de burbujas algo necesarias y algo prescindibles.  Las usa para causar tensión erótica que se le viene encima cuando la hace explícita:

“Siempre que te ves con ese Saldaña te mete los perros en danza y vuelves nervioso y cansado —dijo Paloma que husmeaba en la razón recóndita de mi desasosiego—. No sé lo que habláis cuando estáis juntos, pero más valdría que no fueses a verlo. —Y ratificó— a verlos” (p.219)

Palabras, palabras, palabras. Pero no alta literatura, podrán opinar. Sin embargo, se habla mucho de Literatura:

“La literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces” (p. 142)

“Asentí sin atreverme a añadir que la literarura es saturnal y devora a sus mejores hijos” (p. 252)

“Pero una cosa es que una quiera dejar la literatyra y otra muy distinta que la literatura quiera dejarlo a uno, Porqu, cuando la letratura nos quiere de3 veras, es una maldición y una condena perpetuas, din derecho a revisión” (p. 418)

Puede ser que, Mirlo blanco, cisne negro no sea una obra literaria que pueda llevarnos a las alturas de los más grandes exponentes de la literatura mundial, sin embargo, el final es bueno. Eleva el suspenso y el lector comprometido encontrará recompensas en las últimas páginas que se vuelven entretenidas y emocionantes. El libro resulta pesado, pero tiene el mérito de desnudar un mundillo que tiene una pantalla que obnubila el pensamiento y la razón de muchos. El escritor es un ser de carne y hueso que tiene que hablar con las musas y que también tiene que comer como cualquier terrícola. Esas pretensiones de los que apenas empiezan, esas payasadas de los que ya se creen en la cima, esos círculos parnasianos que existen no nada más en Madrid, quedan bien descritos por de Prada y deja a los autores nóveles un mensaje claro: cada uno escribe al nivel que puede y en concordancia con su propia voz, lo demás son pastiches desagradables. La novela concluye con la siguiente reflexión del protagonista:

“Caminé hacia mi destino sin ira ni rencor, también sin saber si acababa de liberarme o condenarme para siempre” (p.433)

El lector podrá dispensar a Juan Manuel de Prada tanta palabreja y al final, si un escritor le Mirlo blanco, cisne negro, se reirá de las ocurrencias, como cuando Saldaña tira a la alberca aquellas obras literarias que le parecen que no valen la pena —¿Habría Saldaña tirado este libro?— podrá entender que la escritura se encuentra:

“Allá donde estés disfrutando de la escritura…como si de ella aflorase la fuerza orogénica que permite escribir libros fulgurantes y atroces en los que las palabras aúllan de dolor y de júbilo” (p.437)

Por escrito No. 12

http://www.porescrito.org/wp-content/uploads/2018/02/PRETEXTOS_WEB1.pdf

Ordem y Progresso

Palabreros

Hay escritores que tocas las palabras con guantes quirúrgicos. Las eligen con la misma precisión con la que un cirujano hace un corte exacto al empezar una operación. Las acomodan con la misma parsimonia con la que una enfermera pasa el bisturí y el escalpelo solicitados. Y, cuando concluyen sus escritos, logran acomodar en la charola de acero inoxidable un coágulo infeccioso que fue correctamente extirpado y que causa la misma emoción estética que una serie de azoteas grises en una ciudad contaminada.

Hay quienes creen que la corrección es arte y se equivocan. La corrección es el primer peldaño de los muchos que hay que subir y, desde luego, no es el único. Armar el rompecabezas de sintagmas, combinar significados y significantes, conjugar los tiempos adecuadamente, cuidar lo impecable de la ortografía son requisitos indispensables para iniciar el camino. Sin ello no se puede dar el paso inicial. Por supuesto, hay mucho más camino por andar.

El palabrero se queda ahí o tal vez se atreva a dar un paso más. Un palabrero atrevido experimentará con la estructura, medirá la extensión de sus textos, diseccionará al personaje, buscará un tema que le lleve cierto lugar preciso y luego, se quedara ahí, viendo como su estilo se vuelve pesado, de piedra y se mesara los cabellos y se los volverá a peinar, pues lo que le interesa es algo plasticoso, que no se salga de su lugar, que no haga sudar, que no se mueva, que se quede donde se dejó.

El palabrero no tiene voz. Sus composiciones son tan precisas que les falta vida. No se ensucian, les falta entrar al pantano de los sentimientos, al lodo del trabajo sentido, a la sordidez de las emociones, a la proximidad del abrazo, al calor de las lágrimas, al estruendo de una carcajada, a la falla de un acento, de una coma, al ritmo descompasado de una respiración que se agita.

Cuídenos Dios de los palabreros. Son vendedores de espejos fríos que engañan la inocencia del incauto. Atrapan al pretencioso en sus redes adecuadas. Son viborillas que se arrastran sobre vidrios transparentes que imaginan impolutos. Abusan de la gentileza del lector al que someten a muchas palabras sin lograr mover una fibra del corazón.

Bienaventurados los que hacen de la palabra un instrumento con el que se rajan el alma, con el que se rompen las entrañas y se abren la piel. Bienaventurados los que escriben para tocar al otro, para pinchar orgullos, alcanzar corazones, encender ilusiones, mover pensamientos. Bienaventurados los que iluminan sus sentires en otros corazones y nos regalan fantasías y realidades alternas. Bienaventurados los generosos que nos regalan llaves para ver otros escenarios. Bienaventurados los que se entregan en cuerpo y espíritu, de ellos será el reino de las letras.

El premio Alfaguara para Jorge Volpi (el riesgo que se corre al escribir sobre la inmundicia)

Me entero de que Jorge Volpi ganó el premio Alfaguara con Una novela criminal, que narra la trama del caso Cassez-Vallarta, una inmundicia que nos duele como mexicanos, que expone la frivolidad de un régimen, el poder de una cara, el oportunismo, la poca importancia que se da al servicio a la justicia y, sobre todo, lo nada relevantes que resultan las víctimas en un tema tan doloroso.

Leo las alabanzas sobre el laureado y su nueva obra. Muchos se inclinan ante el premiado y vitorean la obra. Eso, de entrada me hace sospechar. La mayoría de los que lo alaban ni siquiera han leído el libro. Dicen que la obra es un intento de poner al lector frente a los hechos sin que medie un filtro que nuble la objetividad. Según leo, la intención de Volpi es que el lector llegue a sus propias conclusiones y emita su juicio. Ya se sabe que lo que un escritor diga de su propia obra es totalmente irrelevante. Su creación es un ser independiente al creador. Pero eso de decir que la obra es una puesta en escena transparente me hace arrugar la cara. En fin, me resulta difícil creerlo.El primer filtro que hay es el propio Volpi. Más allá de su genuina intención, está la forma en la que el vio el caso, la selección de la evidencia, la elección de las palabras, la forma en la que presenta los sucesos. Todo tiene el sello del autor, no hay remedio. Así sucede cuando uno escribe. Por más que el escritor tome distancia, ahí está su pluma.

En segundo lugar, está el título de la obra. El propio autor confiesa que es una novela. No es una crónica ni un reportaje. Por lo tanto, hay ficción. Ni siquiera tratando de imitar a Truman Capote, nos quitamos el filtro. Las novelas reportaje, las novelas testimonio han sido criticadas precisamente porque el híbrido se sostiene con la estabilidad de un bebé aprendiendo a caminar. El género de esta entrega es periodístico-literario que nace en los años 60, se define como una corriente rompedora en el periodismo e innovadora en literatura que persigue llevar a cabo una investigación periodística exhaustiva basada en hechos reales y explicar la historia con un tono literario. Pretende construir un texto escena por escena, incluir gran cantidad de diálogos, definir con detalle a los personajes, adoptar siempre un punto de vista para explicar la historia. Y, por eso la falla, esas selecciones ya marcan un tamiz por el que tiene que pasar el lector.

El riesgo de esta novela es el mismo que sufrió A sangre fría de Truman Capote. Muchos de los que no creen en esta corriente han clasificado a Capote como un oportunista y se cuestiona el arribismo del autor, incluso cuando tuvo un gran cuidado al abordar la situación de las víctimas. El riesgo que corrió Capote es el mismo que corre Volpi. Ambos decidieron perpetuar en la memoria un hecho inmundo, terrible y si uno terminó manchado, el otro puede acabar igual.

Si los ponemos a competir, el caso abordado por Volpi es aún mas inmundo que el de Capote. ¿Por qué lo digo? Porque en el caso de A sangre fría la justicia prevaleció, en esta cloaca vergonzosa, claramente no. En el caso de Truman Capote, las víctimas estaban muertas, aquí no. Al igual que el escritor estadounidense, el mexicano crea escándalo con su texto. El riesgo que se corre al escribir de inmundicias es creer que se puede volar sobre el fango sin ensuciarse. No importa que tan impecable sea la prosa o que tan objetivo sea el punto de vista, escribir sobre ese caso, por fuerza, ensucia las manos. Mostrar las manos sucias a las víctimas, después de haber revuelto tanta suciedad es algo que no imagino que pueda salir bien. Ni hablar, cada quien escribe y premia lo que le parece bueno. Aunque ello no lo entrañe.

Por mi parte, no podré criticar este libro. No pienso leerlo, no quiero. Quienes han sufrido un crimen de seguridad entenderán mis razones.

4321, Paul Auster: las posibilidades de un personaje*

4321

Auster, Paul

Seix Barral, 2017

Cuando alguien declara que se ha preparado toda la vida para escribir algo, no queda más que levantar las cejas y preguntarse de qué se trata. Cuando quien lo dice es Paul Auster las proporciones cambian de dimensión. En el diálogo interno del lector siempre hay una duda, si esperó tanto para cumplir este objetivo ¿lo habrá logrado? Por supuesto, ya sabemos que lo que digan los autores de sus obras está demás. No queda más que saciar la curiosidad y atacar el mamotreto de novecientas cincuenta y siete páginas para enterarnos.

4321 es una novela que gira en torno a las posibilidades de un personaje: Archie Ferguson que Auster se encarga de convertir en múltiples líneas narrativas. Como si se tratara de llevar la teoría de cuerdas a la literatura, en la que se van desenvolviendo varios mundos paralelos en los que lo único que coincide son los personajes pero cuyas realidades son totalmente diversas, Auster nos presenta la vida en torno a un personaje protagónico que nació en 1947 en Newark, cuya madre es Rose Adler y cuyo padre es Stanley Ferguson (apellido que obtiene en forma extraña cuando su abuelo llega a Estados Unidos) y que está enamorado de Amy. Todo lo demás tendrá variantes narrativas a lo largo de la novela.

Auster le da a Ferguson cuatro alternativas diferentes de desarrollo. Lo sota e cuatro vidas. Enfrenta el tema de la paternidad, la amistad, el amor, la devoción materna, la familia, el arte, la literatura, la política, la vida, la muerte, Dios en forma distinta a partir de decisiones que se toman en cierto momento de la vida, que parecen irrelevantes y se convierten en puntos nodales. Pero, ¿y si en vez de eso hubiera decidido aquello? No se preocupe, señor lector. El autor nos dotará de alternativas. Si de opciones se trata, nadie quedará defraudado.

Pareciera que Auster, al entretejer todas estas líneas narrativas, se hubiera planteado el objetivo de escribir una propuesta de la nueva novela. Una en la que la trama sea tan importante que se multiplique por cuatro o que sea tan irrelevante que hasta se pueda contar cuatro veces. Como si se tratara de un chef haciendo recetas, el autor mete todo tipo de ingredientes y caben en el espacio de 4321: cuento corto, poemas, ensayos, historia y anécdota.

La lectura de 4321 ha de ser lenta, un lector desesperado aventará el libro tan lejos como le dé el brazo. El lector tiene que estar atento ya que puede desorientarse en un principio, al punto que parece que el autor cometió un error, pues sorprende tanto el cambio en el estilo como en los temas, como el hecho de que esté moviendo todo lo que ya nos había dicho. En la narración  el estilo es muy descriptivo, exhaustivo y hay un uso  frecuente de oraciones  complejas y extensas. El lenguaje es muy cercano a la edad en la que se encuentra el personaje y el vocabulario va de acuerdo a ello.

La novela comienza como una historia de la inmigración a principios del siglo XX y parte de una anécdota, verosímil y graciosa, de un tal Isaac Reznikoff, judío ruso quien en su viaje en barco hacia Estados Unidos decide, como tantos, cambiarse el nombre al llegar a su destino para poder así comenzar una nueva vida. Un compañero de viaje le aconseja que se ponga el nombre de “Rockefeller”, con lo cual seguro se garantizará su buena suerte, pero en el momento de tener que decirle su nombre al oficial en Ellis Island, Reznikoff olvida el nombre sugerido por su compañero y en cambio le dice al oficial en yiddish “IIkh hob fargessen” (“lo he olvidado”), lo cual el oficial de inmigración malinterpreta como “Isaac Ferguson”, nombre con el cual queda bautizado. (p.9)

Este origen de error y confusión sienta el tono y la actitud hacia el sueño americano: “nada ocurrió tal como había imaginado que sería su país de adopción” (p.9) Nos enteramos de la historia del Isaac, su establecimiento en Nueva Jersey, su matrimonio y el nacimiento de sus hijos, prestándoles atención a los detalles históricos en una narrativa de corte realista. Se cuenta igualmente el matrimonio de su hijo Stanley con Rose Adler y el capítulo termina con el nacimiento del protagonista de la novela, Archibald (“Archie”) Ferguson, en Newark, Nueva Jersey, en 1947. “Así nació Ferguson, y al emerger del cuerpo de su madre, durante unos segundos fue el ser humano más joven de la tierra”. (p. 40)

El siguiente capítulo es la continuación del primero y conocemos detalles de la infancia de Ferguson. La fiesta austeriana empeiza en el capitulo 1.2 cuando parece que la narración falla y que algo se deshace. Pero, no es así, es Paul Auster el de la pluma. No es error, es intención. Se nos presenta el primer giro, la primera de muchas variaciones sobre la vida del protagonista. Las variantes 1.3 y 1.4 nos dejan claro que estamos leyendo narraciones paralelas. Los personajes son constantes, sin embargo, el papel que juegan es diferente. Sus destinos también lo son.

Como telón de fondo vemos detalles de la Historia de los Estados Unidos, los momentos históricos como la Segunda Guerra Mundial, el discurso del Dr. Martin Luther King, el asesinato de Kennedy, los movimientos de derechos humanos, la guerra de Vietnam y también eventos deportivos como el cambio de sede de los Dodgers que dejaron Nueva York para irse a California. Pareciera que Auster le quiere rendir un homenaje a la generación de los baby boomers y nos entrega un manual de entendimiento, un registro de época.

También, Auster nos regala una lista de lecturas, de autores para revisar, tanto de la literatura estadounidense como del mundo en general. Lo mismo con la música, nos sugiere, a través de lo que lee y escucha Ferguson qué es lo que un joven de clase media de los Estados Unidos en el tiempo de la posguerra y Guerra Fría leía y escuchaba en su momento.

Las cuatro historias de Ferguson en 4321 nos llevan a preguntarnos si el experimento de Auster es o no fallido. Por momentos los personajes nos resultan entrañables y en otros son francamente fastidiosos. La serie de detalles abruma al lector y se entiende a aquellos que, a pesar de los esfuerzos, no logró llegar al final. Para recorrer todas las páginas de este libro hace falta perseverancia. Ahora nos queda preguntarnos si llegar al punto final valió la pena o si alguna de estas líneas narrativas quedó demás.

Celebramos dos años. Pretextos literarios por escrito

Después de dos años, seguimos con el mismo entusiasmo. Nuestro objetivo es atrapar lectores para nunca dejarlos ir. El refrendo anual de esta intención nos lleva a celebrar. Elevamos las copas y encantados gritamos ¡salud!, ¡enhorabuena!, ¡qué viva Por escrito! Como en cualquier fiesta de cumpleaños, hubo aplausos, abrazos, risas, canto, fotografías.

También motivos de agradecimiento.

La revista Pretextos literarios por escrito cumple dos años gracias a la generosidad de tanta gente y de tantas instituciones. Nuestros anfitriones de la tarde de ayer —celebramos el aniversario en el Día de Gracias—, la Biblioteca, Ibby México nos posibilitó la reunión en el mejor espacio, en el más congruente dada nuestra misión: entre libros. Escritores y lectores nos encontramos en un espacio que trascendió el ámbito de las letras. Nos conocimos, nos abrazamos, nos tomamos fotografías. Nos transformamos, dejamos de ser renglones y frases para convertirnos en gente de carne y hueso que respira y tiene corazón.

La Universidad del Claustro de Sor Juana ha sido cómplice y simiente. El taller de lectura, el taller de escritura creativa, el taller de apreciación artística siguen abiertos para recibir la curiosidad de los amantes y aventureros de arte. La convocatoria para el ciclo que inicia en enero está recibiendo inscripciones en contacto@porescrito.org

Muchos jóvenes, escritores nóveles, lectores ávidos, gente nueva, los que estuvieron ahí desde el principio, los que ya no están, todos nos reunimos en torno a una revista que germina cada bimestre y se construye de prosa, verso e imagen. La intención de dar a conocer nuevas propuestas está germinando. En el III Certamen literario con el sello de la casa se premiaron textos de España, Bolivia, Chile, República Dominicana, Chile, Argentina, México.

A todos los que con entusiasmo formamos, coordinamos, escribimos, diseñamos, colaboramos y hemos contribuido de manera directa o indirecta en el crecimiento de este proyecto: Millones de gracias. Cada nombre ha quedado ya Por escrito.

Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

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