Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

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Desde la sombra, Juan José Millás

Desde la sombra

Juan José Millás

Seix Barral, Biblioteca Breve, España (2016)

Leí Desde la sombra por múltiples razones y también por una sola. Las múltiples razones fueron: una recomendación de Leonardo Curzio, el hecho de haber leído por años las columnas de Millás que publica en la revista dominical del El País, pero jamás sus libros y el hecho de que hubiera elegido un título tan parecido a uno de mis propios libros. La razón sola era que quería leer algo en español y esa opción me pareció atractiva.

Juan José Millás vence el reto de la hoja en blanco con una propuesta curiosa. Hace una versión moderna del duende remendón y la remasteriza en una especie de actualización para nuestro sistema operativo del siglo XXI. Ya sabemos lo que sucede con las actualizaciones, no todo es tan esplendido como creíamos. La aventura de Damián Lobo, personaje principal de la novela es curiosa, es una deconstrucción del viaje del en la que el personaje se diluye como una pastilla de jabón (181).

Se narra una anécdota inverosímil, un pequeño hurto en un mercado de pulgas detona una aventura de transformación singular. Se abre el telón para mostrar la vida de un hombre español que perdió el trabajo y con ello identidad y sentido de vida. Entra en un mundo de alucinación en el que el personaje declara: mi cabeza jamás había funcionado a tal velocidad, ni en situaciones laborales más comprometidas, que fueron muchas a lo largo de veinticinco años de trabajo (48).

Damián Lobo se transforma en el gnomo que desaparece de día y de noche hace pequeñas cosas buenas que ayudan en la cotidianidad, al principio de una familia y luego específicamente de Lucía, la protagonista femenina. Un armario se convierte, como en los Cuentos de Narnia, en un vehículo por el que se cruzan las rayas de la novela: la realidad y en cierto modo, la verosimilitud. La ranura desde la que me asomaba a la vida de otros (61)

Esos otros son Lucía y Fede, un matrimonio que vive en una casa en los suburbios de Madrid, tienen una hija, María Lucía y viven el vértigo de la vida en la que no alcanza el tiempo. Por supuesto, las labores domésticas recaen en una Lucía exhausta por el trabajo fuera de casa y es la única que se hace cargo del que se debe hacer para que el hogar funcione, pero no tiene tiempo de todo. Entonces, Damián Lobo se transforma en el Mayordomo Fantasma. El caso es aue la pila está llena de los chacharros sucios de la cena y las tazas del desayuno —continuó Damián—, así que me quité la chaqueta, me remangué la camisa y me puse a fregar (67).

Hay textos que son escritos para escritores, Millás lo entiende y busca innovar. Sustituye el monólogo interior con un talkshow que sucede en la cabeza de Damián Lobo, el Mayordomo Fantasma, retoma la figura psicológica del amigo imaginario de la infancia y lo materializa en una forma narrativa novedosa, curiosa y, a veces, molesta. Como si le diera vergüenza confesarlo, o como si dudaran entre decir la verdad o perder la oportunidad de que la cámara los enfocara (51).

Sergio O’Kane es el conductor sensacionalista de este show imaginario que será sustituido por Iñaki Gabilondo, un animador menos efectista, más porfesional y más de acuerdo con los gustos del padre de Lobo. En la mente del protagonista terminarán fusionados en un Iñaki O’Kane a los que admite y despide del pensamiento sin muchas razones evidentes. Aunque No sé, quizá no, da igual. Era el showman de televisión que me hacía entrevistas hasta ahora, pero lo he despedido porque resultaba vulgar. Estoy entrando en una etapa en la que prefiero el prestigio a la popularidad (136).

La novela está dividida en tre partes: en la primera, vemos como Lobo se mete en un atolladero por el cual términa viviendo de incógnito en casa de Lucía, Fede y María Lucía. En la segunda, vemos la transformación de Damián Lobo en El Mayordomo Fantasma y en la Tercera un viaje, una alergia y una oportunidad son la base que llevan al desenlace de la narración. El final es la evidencia de como un hilo narrativo puede pasar de lo inverosímil a lo interesante y llegar al desastre. Millás no supo qué hacer con el final.

A pesar de que está correctamente escrito, el lenguaje resulta afectado y en muchas ocasiones suena anticuado. Se le ven las costuras al intento de modernidad, cuando intenta meter artilugios como un celular, el ordenador, los chats, se revela la intención de quien mueve la pluma, falló la edición que debió cuidar esos detalles. Sin embargo, es un texto entretenido que en ocasiones toca los límites de lo sublime.

Digo que es sublime porque es la visión de un hombre frente al esfuerzo diario de los quehaceres domésticos. Un escritor es un observador, un buen escritor es un extraordinario observador que pone atención en los detalles para desvelar lo grande. Si la queja viniera de la pluma de una mujer, más de alguno la catalogaría como un exceso en el lloriqueo. Al venir de un externo que mira y toma en sus manos el cansancio que raya en el agobio, se llega al umbral de lo magnífico. Millás se asoma a la ternura Al pensar en la mano derecha de Lucía y en la ausencia de ese dedo índice, sintió una ternura sin límites por ella, e imaginó que la llevaba hasta su pecho para proteger el resto de los dedos. (152). Juega con el tiempo El tiempo había desaparecido (181), Todo sucedía en décimas de segundo que se estiraban como si el tiempo se hubiera convertido en una materia plástica.

También digo que es un libro escrito con una intención dedicada a otros escritores y, en medio de la narración, encripta mensajes para los que pertenecemos a ese grupo que busca generar sensaciones en otros por medio de la palabra: Lo fantasmagórico poseía ahora una corporeidad insólita. Bastaba encender el interruptor de la lectura de aquellos volúmenes para que la realidad perdiera los límites acostumbrados. 

De alguna forma, Millás logra hacernos entrar en un mundo de fantasía con duendes y amigos imaginarios y eso se agradece, lo malo es que al final,  nos dejó caer y eso nos deja un chipote que no es agradable.

Bob Dylan, ¿en serio?

Una vez más, el jurado que asigna los Premios Nobel nos deja con la boca abierta y las cejas en alto. Sin el afán chillón de los que reclaman que sujetos de la estatura de Borges no lo consiguieron ni mucho menos con el de aquellos que dicen que se trata del más grande poeta que esté vivo, el hecho de que Bob Dylan haya ganado el Premio Nobel de Literatura de 2016 no deja de causar sorpresa. 

La justificación se respalda en el juicio de que Dylan le dio a la canción estadounidense una dimensión poética. Me parece que la decisión corre por un arriesgado filo y tiene la tentación de ser una ocurrencia. Tal vez sea el tono de Dylan, la voz rasposa, la cadencia de sus baladas las que me hacen sentirlo en otro ámbito y no en el de la Literatura. Sé que hace tiempo que sus versos se estudian en las escuelas secundarias como piezas literarias de los Estados Unidos y con independencia de si la clasificación es una extravagancia, un exceso o una justa apreciación, la verdad es que el Nobel de Literatura de este año me deja sorprendida.

Si la Literatura es el arte de la expresión escrita o hablada —¿hablar será lo mismo que cantar?— y si apelamos a su sentido más amplio, en el que cabe cualquier tipo de manuscrito, y la calidad de Dylan no está en tela de juicio, entonces los señores del Nobel  no se equivocaron. Pero, si atendemos a la estricta definición de Literatura en la que se excluye el canto pues, entonces estamos hablando de otra bella arte que es la música, parece que estamos hablando de una confusión.

Sin duda, Dylan sigue las cinco características que Humberto Eco exige a un texto literario: manipulación del contenido, ambigüedad, autorreferencia, hipercodificación e idiolecto estético. Sin embargo, no sé si para Dylan el instrumento artístico sea la palabra. No sé qué pasaría si le quitaramos los ritmos y las notas a sus poemas. ¿Seguirán siendolo? En Literatura la palabra es el vehículo que enciende la emoción, la imagen, en fin, la experiencia estética. ¿Es la palabra  lo que Dylan usó o fue un instrumento más? ¿Qué docora a quién, la palabra a la música o al revés? Si estuvieramos ciertos y claros que es el primer escenario, tendríamos que concordar con los señores del jurado. Sin embargo, no veo esa claridad de juicio.

La literatura es el arte de escribir bien, siempre que lo que se escriba sea algo estético.  Un cuento es literatura, aunque sea muy corto, una narración también pero, una anécdota no, a menos que esté bien narrada. El testamento de la abuela no es literatura ni lo es el grafitti con una rima burlona  sobre un profesor de la escuela secundaria, por muy bueno que se juzgue. 

Al pensar en el Premio Nobel de Literatura, me gusta imaginar a autores modelo,que sirven de referencia del buen escribir, con todo lo que puede o no gustar Bob Dylan, el señor es un músico a carta cabal, esa es su vocación y así participa en el concierto de la vida, lo de escritor, no creo. No es demérito de su producción, es un desacuerdo con la clasificación. No es un  criterio   de avanzada haber premiado a un músico,  es una confusión entre bellas artes. Es, en todo caso, una cuestión de identidad. 

Veremos la pertinencia del premio en su discurso de aceptación, podremos compararlo con la brevedad poética de Paz o con lo entrañable de Pamuq, lo mediremos contra Sartre y Camus, con la elegancia de Munro o la sencillez de Leessing. Veremos. Mientras en el barrio de Giza, hay una deuda pendiente que ya jamás se podrá pagar. No se trata de llorar por el desatino, pero sigo sorprendia. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura, ¿en serio?


 

Por escrito número 4

Seguimos insistiendo: queremos atrapar lectores y nunca dejarlos ir

Cuando lo mío no es tuyo

Ayer asistí a una conferencia sobre el deseo en la Literatura como reflejo de lo que se observa en la vida. El orador habló de la perspectiva de René Ginard y de como él piensa que las relaciones humanas evolucionan de la amistad a los celos, la envidia, la competitividad, la rivalidad y la violencia. Francamente, aunque no estoy de acuerdo, el punto de vista me resultó interesante. ¿Será posible que la fuerza que mueve al mundo sea desear lo que no se tiene, por la simple y sencilla razón de que es de uno? La propuesta es muy fuerte.

Es decir, según Ginard, deseamos algo, lo que sea, no porque sea objeto de gusto sino porque no es mío. Entonces, se trata de conquistar para arrebatar y apropiarse de lo ajeno. Pero, una vez que lo tengo a mi disposición, deja de tener valor. El anhelo se desbarata en el momento en el que lo tenemos en las manos y deviene la frustración. Insisto en que no estoy de acuerdo con una forma tan negra de planteamiento. No me parece que sea ley universal que yo me mueva por el impulso de quitarle a otro lo que es suyo para que sea mío, sin embargo, encuentro que hay parte de razón en esta idea.

Caín se movió y mató a Abel por envidia. El Génesis no nos cuenta la historia de la relación de los hermanos, no sabemos si eran cercanos, si jugaban, si se reían juntos, si peleaban frecuentemente, si llevaban una relación normal como la de cualquier familia en la que ahorita me enojo pero en cinco minutos estoy muerta de risa. Lo que sí sabemos es que Caín mató a Abel. La quijada de burro inauguró la forma infame de deseo, en la que no importa que sean de misma sangre, quiso lo suyo y lo obtuvo a como diera lugar. Asi, entró al mundo la capacidad de arrebatar la vida para tener algo que era ajeno. Caín deseaba el amor que Dios le tenía a Abel.

Este conflicto es tan cotidiano, como los hermanos que se pelean por el dulce que el otro tiene en la boca. Los berrinches de la niña que quiere jugar con la muñeca, con esa específca que no puede tener porque la está usando su hermana. ¿Qué pasa cuando la madre se la quita para acallar los llantos de la anhelante? La chillona pierde interés y la arrebatada gana resentimiento. Es una historia que se repite una y otra vez, en lo pequeño y en lo grande. La mujer se desea por ser de otro, el marido, el auto, la casa, la blusa, desde lo trascendente hasta lo nimio, pasa por un impulso de querer para mí lo que es tuyo.

Tan cierto es que suena lógico, sin embargo, no es determinante. No en todos los casos. El que quiere lo mío y me lo arrebata es un canalla y no hay otra forma de llamarlo. Además no todo es así, muchos que se contienen, verán lo que no es suyo y volverán la mirada a sus terrenos para administrarlos y hacerlos crecer. Otros anhelará eso que no es de nadie. Por ejemplo, en un juego de tenis, los contendientes quieren ganar. El triunfo no es de ninguna de las partes y ambas se esfuerzan por conseguirlo.

Cuando lo mío no es tuyo hay una frontera que algunos quieren traspasar con la mirada, con un sentimiento ahogado, con un puñetazo, con una intriga, eso no debe ser la consecuencia determinada. El libre albedrío nos llevará a envidiar o a admirar lo que no entra en mis límites y se encuentra en los de otro. La decisión que tomemos frente a esa alternativa habla de quienes somos y de lo que estamos hechos, ¿no?

La destrucción del equilibrio en The Children Act, Ian McEwan.

 

 

The Children Act

Ian McEwan

Doubleday, Random House

London, 2014.

Todo parece tan inocente, tan tranquilo, tan plácido pero cuidado, estamos frente a un autor de pluma pesada, sabemos que en cualquier momento Ian McEwan nos confrontará con un hecho disruptivo que alterará ese equilibrio tan palpable que los lectores disfrutamos en los primeros renglones de The Children Act. Nada de qué sorprenderse, McEwan es fiel a la estructura esquemática de su escritura. Lo asombroso es la forma en la que logra atraparnos a pesar de recurrir siempre al mismo método: una situación de arranque que plantea una escena en que los personajes están cómodos y un evento disruptivo que altera y destruye el equilibrio. Esta secuencia, según Cecilia Urbina, “sugiere un cuestionamiento: ¿existe un mal latente susceptible a introducirse por azar en la vida de los individuos?”[1] Esta interrogante lo ha acompañado a lo largo de su obra literaria.

En The Children´s Act, un McEwan seguro de su pluma, lo manifiesta desde el principio: habrá motivos para inquietarse, la armonía está a punto de romperse, siempre, cada vez. La emoción regente a lo largo de la novela es un contraste desorientador, la placidez frente a un mal oculto que quiere atacar. En las primeras páginas percibimos una necesidad de aventura en personajes que ni se dibujan audaces ni se les ve que tengan necesidad de cortejar el peligro. Son personas de casi sesenta años que viven en el desahogo que da el privilegio y que tienen una comezón por vivir la aventura que no experimentaron en la juventud. Es el prurito que se altera cuando se es consciente de que los años jóvenes ya pasaron. Es la sensación de querer hacer una travesura, que tienen todos los que siempre han sido ordenados y correctos en la vida.

McEwan nos introduce a una sala confortable, de un departamento de Londres, en una tarde lluviosa donde habita un matrimonio compuesto por Fiona May, juez que preside la sala de la Corte de Asuntos Familiares y Jack un catedrático. Es domingo y ella se prepara para la audiencia del lunes mientras toma un whisky. El marido se acerca a decirle que tiene una amante y no quiere divorciarse, simplemente quiere darle vuelo a una aventura. Ahí el primer golpe autoral, de los muchos que se presentarán en la novela.

La tensión inicial se tiende sobre los terrenos del matrimonio, la fidelidad, el divorcio y el abandono. “La riqueza casi falla al traer una felicidad prolongada. La cotidianidad se pintaba con batallas campales con la persona tan amada. Toda la pena diaria, tenía esos temas comunes, esa uniformidad humana de todos los días. (p. 5)” Pensamos que le trama se urdirá en torno a los valores que sustentan un matrimonio añejo, sin hijos, de cónyuges con estudios y preparación, que  siguen a la letra los principios del siglo XXI “Libertad económica y moral, virtud, compasión, altruismo, trabajo satisfactorio, compromiso en las tareas, una red de amistades, estima de los demás, persecución de la trascendencia y tenerse el uno y el otro como centro de la existencia. (P. 17)” Vuelvo a advertir, se trata de McEwan que engaña al lector ingenuo. El trae otro tema entre manos y lo abordará dándole una vuelta de cuerda a la novela. “¿Estaría la vida a punto de cambiar? p.15 ”

                A lo largo de las páginas brincamos del tema matrimonial al tema de Dios: “Aquellos que creen firmemente, no sólo en su existencia, sino que dicen conocer y entender su voluntad. (p. 28)”; al de la eutanasia: “Los clérigos deberían de intentar anular el potencial de una vida significativa para sostener una línea teológica. La ley por su parte tiene problemas similares cuando permite a los médicos sofocar, deshidratar, matar de hambre a pacientes que no tienen esperanza de sobrevivir ya los que no se les permite el alivio instantáneo de una inyección fatal. p. 31)”; al de la carencia de un toque humano frente al enfermo: “El viejo sistema, lento e ineficiente, exento del toque humano, p. 37”.

Children Act, nos presenta varias reflexiones. Fiona Maye es una prestigiada juez, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad en la corte. No tiene hijos y tiene un matrimonio de treinta años en crisis. También tiene un caso urgente que atender: Adam, un muchacho de diecisiete años se rehúsa a aceptar por motivos religiosos el tratamiento que le salvaría la vida. Él no puede decidir, por ser menor de edad y los médicos están apelando a la corte ya que los padres no quieren someter a su hijo al tratamiento.

El encuentro entre Fiona y Adam tiene repercusiones sorprendentes. Nadie se debe enganchar en las primeras intenciones de Mc Ewan, siempre tiene un propósito de fondo que nunca es evidente a primera vista. El lector se sorprende una y otra y otra vez a lo largo de la novela, así como se enternece y logra comprender los distintos puntos de vista que un narrador omnisciente descubre con objetividad al lector.

Se agradece la buena pluma que nos permite saltar de un tema al otro, de un hilo narrativo a otro, en el que se enredan personajes que conviven con el abandono, la violencia, el egoísmo, el miedo y sobre todo, la falta de certidumbre. Siempre contrastando entre la tranquilidad y el evento que la arrebata. ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

Frente a los hombres que no corrían en mundo sino que lo hacían correr, el expresaba esas frases, no como creencias abrigadas, sino como hechos: como un ingeniero describiendo la construcción de un puente. (p. 78)”

                “La fe es una atmosfera de sinceridad y fuerza que sostiene la creencia. (p.87)”

                “Sin fe, que abierto y hermoso le puede resultar el mundo, que terrible le debe resultar. (p.219)”.

                The Children Act es un éxodo de sentimientos y sensaciones que abren la puerta a la tristeza, al miedo frente a la muerte, al fin de los que tienen fe y al de los que no la tienen; a la postura frente a los que creen y a los que no, a las diferencias que se hermanan frente a la tristeza y el desamparo. La novela nos hace sospechar sobre el derrotero de esos jóvenes de los años sesenta, tan ansiosos, tan liberales, con tantos cuestionamientos y tan apasionados por el amor y la paz que ahora que tienen sesenta años y se han convertido en parte del status quo.

Como si se tratara de un músico que tiene tanta seguridad en las notas que nos llevarán al clímax, McEwan nos revela los acordes que se repetirán una y otra vez hasta el cierre de la sinfonía. El autor confía en los hechos disruptivos que asaltan por sorpresa y roban la calma. Ya lo sabemos y, sin embargo, seguimos cayendo embrujados ante la narración. Ian McEwan cree tanto en la estructura arquitectónica de sus novelas que no tiene miedo de repetirla nuevamente y, no sólo eso, se regodea con repeticiones del método en varias ocasiones a lo largo de la obra. El contraste que se da en situaciones en las que aparentemente no pasa nada. Las diferencias que surgen cuando todo es plano y uniforme. Y, claro, cuando el lector piensa que ya está cómodamente abordando el tema que el autor quiere desarrollar, llega McEwan y le destruye el equilibrio. Existe, cómo plantea Urbina, un mal latente susceptible a invadir la armonía de los seres, así, de repente. Tal parece que McEwan está determinado a demostrar que así es.

 

               

[1] Urbina C. La ruta de la creatividad, Ed. Casa Lamm, México 2013. p.43

Las batallas en el desierto (o la ternura del lenguaje)

Las batallas en el Desierto

José Emilio Pacheco

Fondo de Cultura Económico

México, 2010

Uno de los retos más grandes que enfrenta un escritor al empuñar la pluma es dar verosimilitud a los personajes. Para ello, es necesario dotarlos de atributos que le den forma, es decir, darles nombre, estructura física, edad, entorno y voz. De todos, uno de los más difíciles es la voz. Lograr que el lector identifique al personaje y que jamás quepa duda de quién es quién dentro de un cuento o una novela, es uno de los éxitos más grandes de un escritor. Lo es todavía más cuando la voz del personaje es tan entrañable como la de Carlitos, el Las batallas en el desierto. No en balde se convirtió en un clásico de forma inmediata.

Las batallas en el desierto es una novela corta de apenas treinta y seis páginas, en las que con la maestría de José Emilio Pacheco, se logra retratar en forma fiel y puntual la época de los años sesenta, en aquel momento en que la guerra Cristera se hallaba menos lejana de lo que nuestra infancia está ahora(19), en una Ciudad de México en la que ya había supermercados pero no televisión, radio tan solo (15). De una ciudad que es difícil imaginar con tranvías que corren sobre vías, en la que las fronteras entre los barrios se marcaban en otras formas y de la cual queda testimonio gracias a que hubo escritores que quisieron dejar memoria de aquellos años.

La brevedad de Las batallas en el desierto es una de las características más sorprendentes ya que en pocas páginas se retrata una sociedad, en toda su diversidad, con sus mitos y prejuicios, además de responder algunas de las preguntas que se plantean los adolescentes que están entrando a la etapa del descubrimiento.

La intención autoral explícita es dejar testimonio de una Ciudad de México que ya no existe: Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad (51). La voz toma un lugar preponderante, la narración se hace en primera persona, son los recuerdos de un adulto de los años en que estaba a punto de ser adolescente y dejar de ser niño. ¿Demolieron también al niño?

La novela nos cuenta la historia del primer amor de Carlitos, el protagonista, cuando todavía era tan chico que no había más remedio que enamorarse de una mujer adulta… en el que los juegos las batallas en el desierto de un patio con piso de polvo de arcilla (19). José Emilio Pacheco eligió, con la precisión de un relojero, las mejores palabras que nos dejan ver el mundo desde los ojos de un niño. De un chico que estudia en una escuela de la colonia Roma en los tiempos de la presidencia de Miguel Alemán.

La vida de Carlitos, hijo de un emprendedor que ha fallado varias veces, que tiene una fábrica de jabón que está siendo devastada por la competencia de productos extranjeros, nos es narrada con el lenguaje de un niño de una familia católica, venida a menos, en los años cuarenta. En el escenario, vemos la realidad de un México enfrentado a problemas de salud Fue el año de la poliomielitis, escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos(16); a contrastes y adquisición de nuevas costumbres Pan Bimbo, jamón queso Kraft, tocino, margarina, mantequilla de maní, kétchup, mayonesa, mostaza. Eran todo lo contrario del pozole, la birria, las tostadas de pata y el chicharrón en salsa verde (27). O, los contrapuntos señalados con palabras como Empezábamos a comer hamburguesas, pays, donas, jotdogs, malteadas, aíscrim… La cocacola sepultaba las aguas frescas de Jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache (17).

                José Emilio Pacheco logra una novela que crea un vínculo entre Carlitos y el lector. Una relación forjada a base de palabras, puntos y comas que urden una anécdota, aparentemente simple, pero que está cimentada en una estructura compleja. El telón de fondo está siempre relacionado con los acontecimientos históricos de esos años y la tensión se maneja alrededor del tema de la corrupción. El presidente inauguraba enormes momentos inconclusos a sí mismo (19).

                Las batallas en el desierto es una novela que refleja una dimensión en la que los personajes viven en diferentes estratos sociales, rodeados de un entorno que los permiten convivir, por la casualidad de las circunstancias, que nos permite tener una visión muy cercana de lo que era la Ciudad de México de ese tiempo. Nos enteramos de que Carlitos es el nombre del narrador hasta la página veintinueve, como si Pacheco hubiera olvidado darle nombre a su protagonista, como si se hubiera percatado de esa falta cuando ya llevaba avanzado el texto.

Los diálogos se insertan en el cuerpo de los párrafos y la lectura se agiliza con las vivencias, los escenarios que nos preparan al momento cumbre del relato, el amor de Carlitos por Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo. Si bien la emoción regente a lo largo del texto es ese amor infantil, es también el pretexto autoral para mostrar una vida oscurecida por habladurías, chismes que se sostienen por las personas de conducta intachable contra quienes no siguen esos patrones de conducta.

El amor de Carlitos lo vuelve humano, tangible y entrañable: Estaba sólo, nadie podía ayudarme. El mismo Héctor consideraba todo una gran travesura, algo divertido, un vidrio roto por un pelotazo. Ni mis padres ni mis hermanos ni Mondragón ni el padre Ferrán ni los autores de los tests se daban cuenta de nada, me juzgaban según sus leyes en las que no cabían mis actos (43). Carlitos es un niño lo suficientemente consciente para ver los juicios que los adultos, desde su visión, hacen de su conducta y al mismo tiempo lleno de sentimientos e ideales tan profundos que enfrentan a una sociedad que no logra comprender y eso constituye el nudo de la obra.

José Emilio Pacheco hizo de las palabras el vehículo que nos lleva al pasado y nos permite ver un panorama que ya no existe. Ya no existen esos edificios que fueron derrumbados y esos ideales de un hombre que recuerda por amor a su primera ilusión logra reflejar y denunciar de manera impecable las formas de un México que se llenó de polvo y terminó por desvanecerse. También hizo del lenguaje un instrumento maravilloso de ternura.

  

Los pasos de López y la visión particular de Jorge Ibargüengoitia

Los pasos de López,

Jorge Ibargüengoitia,

Joaquín Mortiz,

México, 1987

 

Tocó el turno de salir de los estantes a Los pasos de López de mi amadísimo Jorge Ibargüengoitia. Lo tomé entre las manos consintiendo ese cosquilleo que brota en el estómago cuando vas a encontrarte con alguien entrañable, con esa sonrisa bobalicona de quien espera grandes cosas del autor. Ya he dicho que Ibargüengoitia es uno de mis autores favoritos y que la pluma se tropieza cuando se escribe de lo que se considera casi, casi propio.

El autor se reconoce desde los primeros renglones. Encontramos las señas de identidad de esa pluma ácida y sardónica que sabe hacer uso de la ironía como pocos han logrado hacerlo. Ibargüengoitia elige los hilos para tejer la trama de Los pasos de López entre las fronteras de la Historia, las leyendas, los mitos, los chismes que se guardan en la médula de la mexicanidad.

Toma sucesos y anécdotas para salpimentarlos con ficción y verdad tergiversada. Cuenta, a su modo, una historia que ya creemos conocer, nos seduce a pensar que estamos frente a una novela histórica que trata de la Guerra de Independencia de 1810, o de su primera parte, pero los nombres no coinciden aunque las intrigas se parecen. Desde luego, lectores y autor podrán encontrar muchas similitudes, no obstante, Ibargüengoitia consolida una novela que, con independencia de los guiños históricos que hace, se planta por sí sola. No hay necesidad de conocer el pasaje de la Historia de México para seguir el hilo conductor de la novela ni para entender a carta cabal de qué va lo que nos cuenta.

Para cualquier nación su Historia oficial, esa que nos cuentan en los libros de texto, sus mitos y verdades, las leyendas que forjan héroes y malvados, adquieren relevancia en la construcción de una mirada que fragua la identidad. La potencia se acentúa cuando se aborda el nacimiento de una personalidad nacional. El pasado se convierte en un refugio y en una fuente inagotable de fantasías. El trabajo de quien escribe novela histórica no es serle fiel a los sucesos tal como sucedieron. Es dialogar, a partir de la Literatura con los personajes históricos, es imaginarlos y prefigurarlos, es darles voz y verlos actuar la anécdota, reflexionar, dudar, cometer errores. Es ponerlos a respirar y quitarles lo solemne a lo que la Historia a ritualizado.

Con un juego de espejos, el autor construye en la novela un espacio para que los Héroes que dieron patria y libertad no se sientan abollados. La identidad queda oculta tras nombres ficticios que son fáciles de descubrir ya que esta gesta heroica es ampliamente conocida. Insisto, aunque no se conociera, la novela tiene sólidos cimientos para correr por sí misma.

Es una novela que se narra en primera persona en la voz del teniente Matías Chandon que se ve involucrado en forma casual, casi como un tropezón, en el movimiento de insurrección que busca la Independencia de México. Chandon relata los hechos cuando éstos ya acontecieron. Al inicio de la novela vemos a un hombre que narra desde la ingenuidad y la inocencia que da el desconocer lo que ha de venir. No tiene idea de que se va a convertir en un General del Ejército Libertador.

Periñon, el sacerdote que se identifica como el padre fundador de la insurgencia es un hombre inteligente y apasionado que aparece como un individuo con debilidades y virtudes idénticas a las de todo el mundo. Se desmitifica al héroe, se le baja de los altares patrios y se le describe como un hombre humanizado. Parte de la desmitificación viene de los nombres Matías Chandon, recuerda la marca de champaña Möet Chandon y el del cura suena como el del monje que descubrió la bebida burbujeante, Dom Periñon.

Periñon es López y el autor lo revela de la siguiente forma:

“Periñon dio como siempre, cuatro golpes pausados y, como la primera vez, la voz cascada advirtió:

—Aquí no hay nadie, ya todas las muchachas se durmieron.

Entonces Periñon anunció:

—Es López.

Inmediatamente se descorrieron los cerrojos, se abrió la puerta y salieron a la calle media docena de putas que se hincaron en el empedrado y besaron la mano de López” (80)

La emoción regente de la novela oscila entre la actitud titubeante, como la del cura Juanito Pinole, y traidora de algunos personajes como Adarviles que no se cansa de traicionar a lo largo de la novela, y la convicción desorganizada de otros. Por un lado los criollos dudosos de traicionar a la Corona y por el otro, gente que no sabía cómo y por qué pero seguía al señor cura:

“—Queremos que nos lleves a donde vayas.

—¿Y, a dónde creen que voy?

—A donde quieras.

—Con estas palabras que oyen, quedan admitidos como soldados del Ejército Libertador.

Al paso que vamos, nunca tendremos un ejército en forma. Todos tenían hambre, cosa que habría de convertirse en una de nuestras mayores preocupaciones” (120)

Ibargüengoitia retrata los contrastes sociales, los pobres y los ricos, los indios y los criollos, los apellidos y lo hace mostrando y apuntando con sutileza lo que el autor quiere que el lector atento note. Lo hace con la maestría de pluma de quien domina la ironía:

“Estaba poniendo sobre la cama espléndida mi ropa, que se veía muy modesta” (15)

“—Mire las casas de la gente pobre. Qué bonitas son ¿verdad? Son muy sencillas pero están muy arregladitas. Si usted se fija, en ninguna falta una macetita con flores.” (16)

“Eran indios que traían de lejos, los separaban de sus familias, trabajaban de sol a sol y no les pagaban sueldo.” (17)

“Pasemos a hablar de apellidos, el de usted me suena —dijo Carmelita—. Si no me equivoco viene usted de una familia distinguida. ¿No son los Mejillón Chambón, condes de Casaplana?” (17)

“Nos sentamos a platicar. Ellos se trataban con mucha familiaridad: Pepe era Aldaco, Luis era Ontananza, Periñón era Domingo, el presbítero Concha era Juanito y la corregidora era Carmelita para todos. Yo estaba en otro nivel y me llamaban teniente.” (24)

“En las bancas estaba lo mejorcito de la Cañada, tres bancas llenas de españoles importantes, en la cuarta criollos decentes… y así en orden descendente hasta llegar a la que vendía veladoras en la mesita” (74)

Ibargüengoitia maneja el tiempo como relaciones de cronología entre el relato y la historia. En general, elige una estructura lineal en la que los sucesos siguen un orden temporal de la cadena de sucesos en la diégesis. Sin embargo, en ciertos momentos de la historia hace uso de la prolepsis, en la que hace referencia a la anticipación de hechos incompletos por medio de una frase plantada, aparentemente con descuido, y cuyo fin es dejarnos claros un punto del futuro narrativo y la forma en que ésta se resolvió:

“Cuando supe esto más agradecimiento sentí hacia Don Pablo y más pena me dio lo que ocurrió después” (93)

“No uno ni otro sabían que aquella sería la primera y la última vez que el padre Pinole entraría en la casa de los Aquino”(99)

“No me imaginaba que aquél era el principio de la acción militar más vergonzosa en la que he participado” (106)

Consciente de que en la novela hay espacio para todo, Jorge Ibargüengoitia se hace espacio para incluir una escena dialogada en forma de guión de teatro. (115-116) Pero también constriñe la historia y no deja que crezcan ramas que únicamente contribuirían a dar follaje sin aportar valor a la anécdota central.

“Contó la leyenda de que los antiguos propietarios habían construido un cuarto secreto. No interesa.” (71)

Nos sumerge en el ambiente de guerra, que es fúnebre a pesar de la victoria.

“—Mira, pon a tu gente a hacer zanjas para enterrar a los muertos.

El entierro es la parte más terrible de la victoria.” (156)

En Los pasos de López, las masas insurrectas carecen de rostro y de personalidad, son sobajadas como chusma y su presencia anónima y multitudinaria se consigna entre la burla y el desprecio. No se detiene a elevar alabanzas sobre la grandeza de la gesta independentista y elige acertadamente a un narrador carente de convicciones que se deja llevar por la oleada de acontecimientos, como seguramente sucede en muchas ocasiones a los que participan en una lucha armada.

 

Dice Juan Villoro que la Literatura sirve para arreglar la verdad y acomodarla como más nos guste. Ibargüengoitia acomoda, un gresca, tal vez la Guerra de Independencia de México, y da su propio punto de vista sobre quienes fueron los Corregidores, sobre los espacios campiranos que adorna con nopaleras y huizaches, sobre el ejército, las batallas, la lealtad y la traición. No defrauda jamás, la pluma hiriente, del maestro de la ironía. Nos enseña a héroes que se equivocan en el peor momento en forma garrafal y nos deja ver los aciertos de los antagónicos en los minutos cruciales.

Como punto final nos vuelve a jugar una pasada:

“Diecisiete años pasaron antes de que alguien se diera cuenta de que, en el acto de contrición que le llevaron, Periñon, en vez de firmar, nomás escribió López” (171)

Por eso, conviene seguir Los pasos de López. Perderse entre los renglones que fueron escritos por una mano que sabía empuñar la pluma

El hombre invisible (G.K. Chesterton)

Vintage Detective Stories
The Invisible Man
G.K. Chesterton
Collector’s Library,
Gloucester Crescent, London 2012
Algunos cuentos invernales son piezas de relojería narrativa en las que el clima juega un papel relevante. El frío es un personaje principal, puede ser el protagonista que lleva el peso de la anécdota o puede tratarse del elemento que nos da la pauta para resolver un misterio.
El hombre invisible de G.K. Chesterton es un cuento que reúne las mejores características de este tipo de textos. En la brevedad de trece hojas, el autor crea un ambiente de misterio, una historia de detectives en la que se mezcla miedo y se pica la curiosidad del lector para resolver una curiosa situación. Hay una mujer que no puede contraer matrimonio a pesar de que tiene varias propuestas ya que sus pretendientes son amenazados de muerte. Evidentemente, hay un asesinato en el relato.
Chesterton, igual que Henry James en Una vuelta de tuerca , inicia el cuento introduciéndonos al ambiente que después abandonará, es el pretexto para crear atmosfera, una pastelería en Londres sirve como excusa para introducir la historia. Se toma el tiempo de describirnos hasta la forma en la que están envueltos los dulces y chocolates y nos describe con minucia los elementos del aparador de la tienda.
Los chocolates estaban envueltos en papeles metálicos verde y rojo, muchos mejores que el chocolate en sí mismo
El autor hilvana una narrativa descriptiva con notas irónicas.
Justo cuando el lector se está saboreando las delicias de la tienda el autor le mete un golpe narrativo al lector y tiende las bases del misterio y del horror, en las que el frío tomaran un lugar importante.
Un aparador tan bien arreglado en el que lucía un pastel de bodas que alguna vez fue apetitoso, parece una montaña cubierta de nieve, como las imaginamos en el Polo Norte
El invierno y sus elementos están presentes a lo largo de la narración, al principio en forma discreta que crece conforme avanza la narración para ganar espacio preponderante en la resolución del misterio.
El frío en Londres es duro y Chesterton se vale de él para anudar una historia. Lo evidente se pasa por alto, salvo para el observador Padre Brown, el detective del cuento. El invierno y el Padre Brown se introducen en el cuento casi sin que el lector se de cuenta y con ello se construye una joya de la narrativa inglesa. ¿Qué está pasando con los pretendientes de esta mujer?
Como lo dijo el autor, Casi cualquiera puede escribir una novela, pocos pueden escribir una historia de misterio y agrego, son menos los que lo logran en la brevedad de trece hojas. Así, rápido pero sin prisas se trata el amor Puro y verdadero como un montoncito de monedas de medio centavo. los contrastes entre la locura y la salud mental, entre un detective francés Flambaud y el punto de vista inglés del Padre Brown. La esperanza de la protagonista Miss Laura Hope, la fealdad y la riqueza de Smythe y una fortuna hecha con robots que hacen el quehacer sin robarse el licor de la casa y sin coquetearle al patrón. Sin querer, también encontramos ciencia ficción.
En esta época decembrina en la que baja la actividad de trabajo y aumenta la social, en la que la vacación está llena de compromisos y reuniones que nos impiden leer sin parar, pero que tenemos tiempos para relajarnos, El hombre invisible es una lectura deliciosa en la que podemos apreciar la magnificencia de una pluma y la brillantez de mente un autor, en donde la capacidad de síntesis no le resta al lenguaje poético y se logra el balance entre las palabras para provocar miedo y misterio.
Por si fuera poco, la edición de Collector’s Library es una delicia con un hermoso papel con filo de oro y pastas duras. Reseñar un cuento es sólo una invitación a leer y, en especial El hombre invisible, es la demostración que el género de detectives es Literatura.

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Salvador Novo

Cada que me voy a referir a un favorito, la pluma se me hace moño y me cuesta trabajo rendir un homenaje cercano a lo que quiero manifestar de aquellos a los que admiro. Siempre es así y siempre lo sigo intentando. Ayer fue cumpleaños de Salvador Novo y me dieron ganas de escribir sobre este hombre de quien me hubiera gustado ser amiga.
Nació el treinta de julio de 1904 en la Ciudad de México. Vivió sus primeros años en Torreón, Coahuila y a los doce años regresó con su madre a vivir con su familia, separado de su padre a quien no vio morir. Fue vecino de Coyoacán y cronista de la Ciudad de México desde 1965 por decreto del presidente Díaz Ordaz, también fue poeta, ensayista, dramaturgo, en fin, fue escritor. Novo fue un hombre elegante por los cuatro costados, también muy fino. Tal vez demasiado, a juicio de muchos.
Su prosa es impecable, hábil y rápida, pero lo que más encanta es esa picardía que usó al escribir. Le gustaba, según lo narra en Estatua de sal : la fineza del aroma a aceite de los conductores de camión. Los conductores son mi gran debilidad. Se interesó en plasmar la transformación de un México rural en uno urbano desde los ojos curiosos e ingenuos de un chico provinciano que llega a una ciudad poblada de ruidos y olores novedosos. Return ticket es un ejemplo de ello.
Muchos le reclaman que no escribió jamás una novela de largo aliento como ni fue un poeta de altas grandilocuencias, ni fue un acróbata que logrará subir alto en la escalera de la burocracia, pero pocos tienen la intensidad de escritura que Novo alcanzó.
Los escritores debemos estarle agradecidos, Novo fue un gran recolector de pasado, un minero de datos que dejó en sus páginas periodísticas los cimientos de una novela. Es autor de poemas que por sus pocos renglones alcanzan la perfección,
Digo que me gustaría imaginar que pude ser su amiga. Un compañero culto y sofisticado con quien platicar y con el que me podría enterar de tantas cosas. Un hombre que le escribió a la amistad, tal vez porque en su época no podía hablar del amor como a él le interesaba. El amor —que mueve al sol y a las estrellas— ha recibido infinidad de tributos de todos los escritores, la Amistad como tema reduce el campo en que pueden, en cambio, espigarse las reflexiones que esta fraterna, serena, depurada y perdurable manifestación del amor ha inspirado, a través de los tiempos, a los más selectos espiritus.
Desde el primer párrafo, Novo exhibe su cultura, cita la,última frase de la Comedia de Dante, nos hace ver el anhelo de la escritura del amor a la que el mismo se impone una restricción y pone foco y acento a uno de los sentimientos más nobles. Ese que se cimienta en las cualidades más admirables del se humano, al que dedica prosa y poesía con una altura de vuelos que lleva alto al lenguaje.
A mí me gustaría pertenecer a esos selectos espíritus que gozaron de su amistad. Estaría en la lista de Torres Bodet, Pellicer, Villaurrutia, Cuesta, Vasconcelos, Owen y Nandino. A la de los jóvenes que renovarían la Literatura del primer tercio del siglo XX. Ser parte de Los contemporáneos.
Sin duda, me gustaría haber sido amiga de un hombre que dentro de su petulancia tuvo la sencillez de declarar Confieso que tengo más libros que tiempo para leerlos.
Y, tal vez sí sea su amiga. Lo leo sin morbo, sin juicios por sus gustos ni por sus preferencias. Lo hago con gusto, porque me gusta. Porque lo admiro y creo que esa es una buena base de amistad. Tal vez lo sea porque lo recuerdo en el día de su cumpleaños y eso hacen los amigos.

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