Mis razones y las de Margarita

Estoy enojada con Margarita Zavala. Debo decir, ahora que se bajó de la contienda, que mi intención de voto nunca apuntó en su dirección. No me gusta que un cónyuge le pase a otro la estafeta con tan poca distancia en el tiempo. Y, aunque voté por Felipe Calderón en su momento, la frivolidad del equipo del que se rodeo, el amiguísimo, el círculo tan cerrado que hubo en esa administración harían que no quisiera votar por esa continuidad de proyecto. Mi enojo con Margarita no va por la vía de la desilusión de ver a la candidata independiente bajarse del caballo.

Desde que Margarita se convirtió en candidata y tal vez un poco antes, su figura se empezó a desdibujar. Cuando el partido en el que militó no la tomó en serio como aspirante a la presidencia, perdimos a la mujer ecuánime, serena, bien articulada y vimos a una persona a la que habían metido en una faja mediática a la que le hicieron repetir como merolico un guión que no le venía bien y que era evidente que ni le gustaba ni lo sabía interpretar. Se le vio dubitativa, irritada, torpe y perdió el atractivo con el que pudo seducir a esa parte del electorado que le tenía consideración.

Ella se quejó de que el piso no era parejo, que no tuvo oportunidades y se sostuvo en tantos pretextos que la llevaron a renunciar. Ahí me empiezo a enojar, ella sabía las condiciones antes de renunciar al PAN y lanzarse por una candidatura independiente. Más me enoja cuando la escucho decir esto como una víctima. Me molesta pensar en que Margarita tuvo posibilidades y se abalanzó anticipadamente, como quien al llegar a un banquete se atiborra con el entremés por no tener la paciencia de esperar al plato fuerte. Si ella se hubiera esperado seis años, hoy no la veríamos despeñándose en una intención de voto de cinco por ciento, no la veríamos diluyéndose en un triste último lugar de preferencias —y eso que ahí está El Bronco, qué pena—.

No le creo a Margarita Zavala que sólo la reflexión la haya llevado a anunciar su renuncia en el programa Tercer Grado de Televisa, francamente los modos me hacen sospechar. Tanta inocencia no existe.

Pero, mi enojo con Margarita Zavala va más por la vía de verla serena, sonriente y clara cuando ya no es candidata. Eso me confirma que su búsqueda por la presidencia fue precipitada. No estaba lista. Para entrar a estas contiendas hay que llegar preparada y bien entrenada. Le falló en cálculo. Como candidata nunca tuvo esa claridad ni conectó con la audiencia. Las pocas oportunidades que tuvo para hacerse escuchar las desperdició y es una pena. Lo bueno es que en este país siempre hay otras oportunidades para candidatos presidenciales, la perseverancia es todo un activo, ya se ve.

¿Quién pierde con esta renuncia? Perdemos las mujeres una presencia en la boleta, —aunque su nombre aparezca, ya no es opción— , pierden sus seguidores que le tuvieron fe a su proyecto, pierden las candidaturas independientes. Aquí la pregunta clave es ¿quién gana? Adivinen quién, está claro y no es evidente.

Entiendo las razones que tuvo Margarita para hacerse a un lado, aquí están las mías para estar enojada con ella, aunque, como lo dije, mi intención nunca fue votar por ella. Puedo apostar que, en breve, la veremos sumarse al proyecto del que se beneficiará con esta renuncia.

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Haciendo maletas

Parece que las campañas políticas van cayendo cada vez en estrategias mediáticas de niveles de chiste. Hace años, cuando Cuauhtémoc Cárdenas era candidato a la presidencia se contaba un chiste en el que en un mitin había un muchacho bien vestido, muy perfumado y con un reloj muy caro vitoreando al candidato. Resaltaba junto a las huestes de gorrudos — así iba el chiste—. Cuando le preguntaron al elegante qué hacía ahí, el contestaba que su papi le había dicho que si ganaba Cárdenas, harían las maletas y se irían a vivir a París. Bueno, pues estos días, Marina Taibo, tan mediática como su padre, mandó a todos los que no apoyen a AMLO a hacer maletas. Es un chiste que cae muy mal a quienes no estamos con su candidato.

El hecho de que yo no apoye al candidato de Morena no me deja en condición de querer salir del país a vivir a otro lado. Ni a mí ni a muchos. México es mi tierra, aquí está mi gente y gane quien gane aquí quiero seguir trabajando porque amo ser mexicana y tengo el orgullo y ejerzo el privilegio de haber nacido en esta bendita tierra.

El impulso fajador y de golpeteo está empezando a rasgar el tejido social. Agitar el avispero es mala idea. Gane quien gane tendrá que gobernar para sus apoyadores y para sus detractores. Insistir en esa estrategia boxística es una muestra del resentimiento que se quiere irritar y de la visión cortoplazista que tiene quien la usa. Después de la elección, los que no queremos a López Obrador aquí vamos a seguir. ¿Qué van a hacer con nosotros?

Y, esa estrategia que les ha dado tanto apoyo popular está fastidiando a muchos. Sería mejor que le bajaran a la intensidad de su encono y le subieran al nivel de su discurso. ¿Hacer maletas? No, no creo.

Focos de violencia

Estamos inmersos en una sociedad que ha activado muchos focos de violencia. Salimos a la calle y escuchamos bocinazos de los coches que no avanzan por el tránsito tan pesado, los ciclistas se lanzan sin el menor cuidado lo mismo contra los autos que contra los peatones, hay abuso escolar, infantil, en la oficina, corremos peligro de que nos asalten en la calle o en el transporte público, nos enteramos de asesinatos a jóvenes, mujeres, hombres, niños, viejos. Andamos por la vida con los puños apretados y el ceño fruncido. Miramos por encima del hombro si escuchamos pasos detrás de nosotros y sospechamos que nos están siguiendo, aunque no sea así. Hemos embrollado la madeja de la vida en exceso.

Y, por si fuera poco, al llegar a la casa, en vez de sentirnos en paz, empezamos a pelear porque uno le va al pinto y otro al colorado. En familia, nos dividimos, nos enojamos con los amigos que no piensan votar por el que yo quiero. Nos abruma la estupidez ajena y la brizna en el ojo ajeno nos resulta más insoportable que la viga que vamos cargando. Y, nos enoja ver encabezados que nos avisan que en México disolver un cuerpo en ácido cuesta ciento cincuenta dólares. ¿Cuándo perdimos el buen humor?

Andamos tan enojados que se nos nota y poco hacemos por controlarnos. La ira se apodera del escenario y, apenas nos rascan tantito ya nos andamos peleando. Los medios de comunicación tampoco ayudan, estamos siendo bombardeados por mensajes de encono: la irresponsabilidad política no conoce límites. El respeto, valor olvidado en el pasado, impedía que un adversario se expresara de otro con calificativos despreciativos y descalificaba con argumentos sólidos. El enojo exacerbado enciende focos de violencia de todo tipo.

Los delitos de ira están fracturando a nuestra sociedad y seguimos atizando el fuego. Me gustaría que eleváramos el nivel y que respiráramos para insuflar paz en el ambiente. La violencia acarrea barbarie, nubla la razón y no hay forma de que tengamos algo virtuoso que tenga como madre a la violencia.

El escándalo que causó El Bronco

Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, es un hombre del norte de México, donde se habla golpeado, se privilegia la franqueza, se evita andar por las ramas y a la gente le gusta trabajar. Esta forma de ser para algunos puede ser muy ruda y hasta agresiva pero es una fórmula de éxito que por años le trajo prosperidad a la región. La gente de Monterrey se enfoca, se plantea objetivos y va por ellos. El candidato independiente tiene estos patrones de personalidad. Así es él, puede o no gustar, así es él. No hay sorpresas.

En el debate del domingo pasado, El Bronco fue lo que siempre ha sido. No se puso máscaras ni edulcorantes, no fingió ser lo que no es ni usó lenguajes afectados ni poses aprendidas ni siguió el guión de ningún asesor. Se pintó de cuerpo entero. El hombre llevaba una consigna clara y cumplió a cabalidad su cometido. El que tenga oídos que oiga.

Por eso, me hace una gracia enorme ver el escándalo que causaron sus ocurrencias. Hacer de las aulas de México un cuartel y convertir a nuestro país en un Estado Bárbaro es un chiste que tuvo efecto de amplio espectro. El objetivo era conectar con la gente y lo logró; era servir de ayuda a otro candidato y ayudó; era que la gente hablara de él y lo!estamos haciendo. Visto así, el escándalo de El Bronco es todo un éxito estratégico.

Claro, la risa se nos empieza a quitar cuando nos damos cuenta del porqué la gente conectó con semejante idea. El enojo de una sociedad que todo lo disimula con guasas nos permite adivinar el nivel de rabia que hay entre la gente. La ilusión que brota de imaginar a los rateros mancos da miedo. No sé qué opinará Bejarano, Ahumada, Duarte, Duarte de Ochoa, Padrés, Salinas, Bribiesca, Lozoya y pónganle los nombres que quieran a esta lista que puede ser interminable. Rastreen desde el Tlatoani hasta al raterillo de tres pesos y verán la dimensión del miedo. Los que se quedan con lo que no es suyo, los que plagian, los que engañan, los que simulan, los que se aprovechan, los que copian, los que planean el mal, los que pudiendo evitarlo lo permiten, tantas razones que pueden llevar a alguien a que le mochen la mano y cuántos mexicanos con el cerebro en el estómago podrían decir ¡que se las mochen!

No sé si fue un exabrupto, una ocurrencia o un movimiento calculado, pero a El Bronco le salió bien la movida. Me parece que candidatos y ciudadanos tenemos que ver porqué semejante babosada nos tiene dándole tanta importancia.

Sergio Pitol, en paz descansa

Crudo, cruel, petulante, sagaz, ácido, extraño, entrañable… así era el narrador que salió de la pluma de Sergio Pitol, uno de los escritores más cosmopolitas que ha dado la tierra mexicana. Murió a los ochenta y cinco años en la ciudad de Jalapa. Confesó haber leído todo lo que le cayó en las manos y eso habla de la curiosidad de un hombre y de la grandeza de una mente que ningún prejuicio lo detuvo al momento de perderse entre las líneas de un libro.

Imagino a Monsiváis y a Pacheco felices esperándolo en el más allá. Te tardaste en llegar, le habrán dicho. No importa, ya está ahí. Un hombre festejado por ser un traductor valiente, de lenguas extrañas; un viajero de travesías exóticas; un niño que creció entre historias de la Revolución Mexicana; un profesional que ocupó cargos diplomáticos; un hombre del cual nos interesa la lucidez con la que escribió y no los chismes que le rodearon al final de sus días.

Muere, Sergio Pitol, el hombre. A ese ser de carne y hueso se le abrieron las puertas del paraíso, desde el que podrá ver que sus letras no lo dejarán morir. Domará a la divina garza, mirará al mago de Viena, en fin, lo recordaremos por esa herencia de renglones, puntos y comas que nos dejó. De esa forma, seguirá entre nosotros.

Ay, Dios. Cuando te llevas a nuestros tesoros nacionales, nos quedamos tan solos. Basta mirar al rededor para darse cuenta. Y, claro, Sergio Pitol pertenece a otra generación, a otros tiempos, a otra vida. Por eso, los que veíamos en él una especie de eslabón en la cadena del tiempo —de ese otro tiempo que se nos deshace como si fuera una ráfaga de polvo—, sentimos pesar.

Carne y arena va a Washington

Muchos no están de acuerdo con el hecho de que el arte tome una postura política. Sin embargo, cuando tenemos frente a nosotros una pieza artística que nos conmueve y que tiene una bandera ideológica, la combinación resulta virtuosa en dos sentidos: cumple con el objetivo artístico y transmite un pensamiento que nos hace reflexionar.

González Iñarritu es una mente creativa e inteligente. Sabe hacer germinar arte y reflexión, tiene una mirada que nos pone en la mira aquello que no hemos visto por desconocimiento, desprecio, obviedad, o porque sencillamente no quisimos. Carne y arena es una producción que nos mete a la experiencia de un migrante en forma virtual. Desde la seguridad de estar viviendo una situación de mentiritas nos ponemos en los zapatos de un inmigrante y vemos lo que se siente.

Ganó un Oscar honorarios por Carne y arena, la montó en La Ciudad de México, en Cannes y ahora lo hará en Washington. La noticia llega justo cuando el presidente Trump está mandando guardias armados a la frontera. ¿Querría ir este señor a vivir esta experiencia? Dice González Iñarritu que al vivirla busca generar empatía para estos seres humanos. Busca que al entrar en esos zapatos caminantes se les entienda y, tal vez, se les pueda amar.

En fin, ¿no es eso el arte? El arte busca una expresión estética en la que se transmitan emociones, ideas y se refleje una realidad del mundo, ¿no es así? Pues, Carne y arena está en la ciudad de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca. ¿Alguien se atreverá a llevar a Donald Trump?

Andaba de parranda

Por suerte, apareció Fabián Hipólito Enemecio vivo y sin rastro de violencia. El periodista fue reportado como desaparecido de 30 de marzo y claro que en este México que duele, enterarse de que un comunicador que no tiene la costumbre de desvanecerse sin dejar rastro puso a la familia y a la sociedad en su conjunto con los pelos de punta y la carne de gallina. Por fortuna, emergió a la escena pública sano y apenado explicando que se le acabó el saldo del teléfono y por eso no se había comunicado.

Mas allá del suspiro de alivio de propios y extraños, mas allá de la suspicacia —¿con quién se andaría paseando?—, queda en el ambiente ese regusto angustioso que envuelve a la tarea de publicar opinión. La libertad de expresión es un derecho humano, decir lo que quiero con responsabilidad es un pilar de la democracia. Si una sociedad se debe preocupar por lo que dice o deja de decir ya que en eso se le puede ir la vida, estamos frente a pilares de sal.

La canción El muerto vivo, una rumba catalana basada en hechos reales, aplica más que bien para la broma. Pero, tristemente, no todos los periodistas desaparecidos en México regresan. Eso es lo que nos duele en México. Hoy, por suerte, podemos respirar, Fabián Hipólito andaba de parranda.

Quemar los libros de Vargas Llosa

Para cambiar el nivel de crítica y sacar un poco de provecho a la ocurrencia de Carmen Bojórquez sobre quemar los libros de Vargas Llosa, habría que entender que el escritor peruano no siempre resulta un personaje adecuado. Con esa manía de opinar sobre asuntos de toda índole, se ha llevado sorpresas nada agradables, como cuando fue expulsado de México por calificar a la nación como la dictadura perfecta. En Cataluña no resulta muy simpático. Tampoco es muy querido en varios círculos por boquiflojo. El hecho de que sus opiniones caigan mal, las hace políticamente incorrectas pero no necesariamente equivocadas. Claro que para verificar si el señor lleva o no razón, habría que leer sus textos. Me parece que eso de quemar sus libros es una idea mala, pues además de contaminar, nos regresa a una época oscura en la que alguien impone su criterio y nos priva la posibilidad de elegir según nuestro leal saber y entender. ¿Eso quieren los de Morena? ¿Esa es la esperanza de México?

Hace poco nos advirtió a los mexicanos sobre las terribles tormentas que se nos vendrían encima si votamos por López Obrador y el peligro de retroceder si optamos por el autoritarismo. Evidentemente, las hueste morenistas se irritaron y empezaron a dar gritos adoloridos de guerra.

Gracias a las polémicas que causan sus constantes declaraciones a favor de los gobiernos liberales, de las economías de mercado, de la globalización, en contra del socialismo, de los regionalismos, Vargas Llosa se ha ganado a pulso la antipatía de muchos políticos en el mundo. La desilusión que se llevó con el régimen de Fidel Casto, el desencanto que experimentó al visitar Moscú, sus intentos personales para ser presidente lo han llevado a opinar sobre temas que conoce desde una perspectiva que a muchos les resulta irritante.

La personalidad irritante del peruano no debe espantar a nadie. Hasta sus amigos le llegaron a dar uno que otro moquete y le retiraron su amistad, Gabriel García Márquez le puso un tortazo a media cara y por ello se ha generado un fanatismo contra vargasllosista. No es el único autor que ha generado desprecio, Camilo José Cela y el mismísimo Nabokov gozaron del,privilegio del desprecio y ello no les quita la grandiosidad de sus letras.

Dice Vicente Cruz, periodista del periódico El País que cada día debería haber un nuevo lector de Vargas Llosa. Tiene razón y la señora Bojórquez puede frenar su ímpetu incendiario. Ni siquiera recomendaría que si ella quiere quemar la obra del autor, queme sus propios libros, destruir la letra en un país que necesita leer es un crimen. Lo mejor será que si ella no quiere, que no lo lea. Lo que esta mujer no sabe, es que al soltar al aire la idea de su quema de libros, le dio a la obra de Vargas Llosa un impulso y generó curiosidad en posibles nuevos lectores, ¿tendremos que estarle agradecidos?

Por lo pronto, el 1 de marzo ya salió a la venta su último libro La llamada de la tribu y Bojórquez, a querer o no, ya le dio un empujoncito comercial. Nadie sabe para quien trabaja. Otro favor que tenemos que agradecerle a esta mujer es el habernos revelado la forma en que Morena piensa tratar a los libros. A mí me dio miedo.

Balas en la Universidad

Parece que nos confundimos. Las aulas se usan para dar y recibir clases. Los espacios universitarios son para llevar una vida estudiantil. Quienes ahí asistimos, con independencia de la institución educativa a la que vayamos, tenemos que tener amor al conocimiento, a forjar pensamiento crítico, a los libros, al pizarrón, a los alumnos y a los maestros. En fin, se va a estos lugares a aprender.

Veo que en muchos casos, la universidad sirve de pretexto a muchos para hacer otras cosas. El reventón y el rigor universitario son difíciles de combinar. Las distracciones generan bajos rendimientos y los malos hábitos de estudio se gestan cuando a lo largo del semestre se distribuye mal la carga de trabajo y como la liebre de la fábula, se quiere correr a la meta en los últimos minutos. Por supuesto, las horas que se le robaron al estudio se compensan con noches de desvelo, jarras de café, súplicas a los profesores y algunos se ayudan con sustancias para aguantar el ritmo de estudios en forma artificial.

Claro, ahí está el blanco perfecto. El mercado ideal en el que se demanda ayuda para el estrés, algo para aguantar noches y noches despierto, lo que sea para combatir el insomnio. Y, en vez de que exista una autoridad que acompañe a estos chicos para ayudarlos a forjar buenos hábitos de estudio y de vida, resulta más fácil mirar a otro lado o invocar una autonomía que a estas alturas tiene a la máxima casa de estudio con un problema de narco menudeo y balas en sus facultades.

En la UNAM suceden cosas que no debieran pasar. La venta de cigarros de marihuana, tachas y demás sustancias prohibidas se hace a plena luz del día, con un descaro que me lleva a pensar que ahí no hay una autoridad real que pueda poner un alto a estos maleantes que van a profanar la vida universitaria. Nos escandalizamos ante lo que sucede en las escuelas en Estados Unidos y aquí no hacemos nada por proteger a nuestros muchachos estudiantes.

Nos asustamos de la muerte y nos abrazamos a la mortaja. Por favor, la autonomía no debe ser anarquía. A Ciudad Universitaria entra cualquiera sin necesidad de identificarse. En el corazón de la Universidad, hay gente que no tiene nada que ver con la institución que tiene secuestrado el auditorio Justo Sierra y hace años que todos lo sabemos. Hace años que nadie hace nada.

Me parece que la autonomía no está para generar caos, está para propiciar el libre pensamiento. Las balas y la drogas van en contra de ello. ¿Hasta cuándo la rectoría, el gobierno de la Ciudad de México y el gobierno federal se van a dejar de echar la bolita? ¿Cuántas balas más? ¿Qué están esperando?

Ñoños y Fifís

Todavía estamos en precampañas y ya nos está rechinando el cerebro. Aún no arrancan las campañas y ya estamos que no aguantamos un spot más. Cada día nos atiborran con mensajes que nos intentan convencer de que el precandidato —la palabra es ridícula en sí misma— es la encarnación de la pulcritud, el pundonor, la honestidad, el buen tono. Cada precandidato tiene la llave del éxito y el mejor chiste para contar. ¡Sálvenos, por favor!

En medio de toda esta parafernalia mediática y como, en teoría, aún no arrancan las campañas formalmente, hemos visto a personajes que sonríen, atacan pero poquito, que se moderan, que toleran y que no se muestran tal como son. Pero, Andrés Manuel López Obrador que ha llevado una campaña más larga que su nombre, ya se le anda descomponiendo el carácter. Ya se está dejando ver.

Resulta que quienes lo critican forman parte de esa nebulosa extraña llamada la mafia del poder. Si la crítica es malintencionada —que las hay— o si es objetiva —qué también las hay, qué caray—, el señor se molesta y asoma esa cara intolerante que lo ha llevado a perder al final cuando al principio estaba encabezando encuestas de preferencias de votos. Sus críticos se dividen en dos grupos para el líder de Morena: o son ñoños o son fifís. Ahí va incluido Jesús Silva Herzog Márquez.

López Obrador muestra costuras que debería ocultar. Más allá de la intolerancia que ya le conocemos, el eterno candidato debiera elegir mejor sus palabras. Fifí era un adjetivo usado en la década de los sesentas y principios de los sesentas que quedó en desuso. Se refería a algo mu refinado, refinadísimo y se puso de moda ponerle a los perritos french poodle Fifí para resaltar su elegancia y su delicadeza. Ya nadie ocupa ese vocablo. Es anacrónico, es viejo.

El señor López Obrador debiera tener cuidado, no por lo evidente sino por lo que no alcanza a ver. Esta elección la van a definir los jóvenes y a los millenials eso de la vejez no les gusta nada, toleran mal lo viejo, huyen como de la peste lo que no huela a joven, abominan lo que se aleja de la juventud, les choca lo que no es juvenil. Entonces, denominar a sus críticos con semejantes vocablos, además de ser incorrecto, es tan conveniente como darse un balazo en el pie.

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