Unas palabras en medio de la pandemia

Dice Noah Harari que la tormenta va a pasar, pero las decisiones que tomemos para enfrentarla podrán afectar nuestras vidas permanentemente. Es verdad, la forma en que enfrentamos nuestras crisis, personales y comunitarias, nos dibujan de cuerpo entero como las personas que somos. Por eso, es preciso reflexionar en torno a lo que queremos ser en medio de esta pandemia.

Ya empezamos, nuestras reacciones son espontáneas. Frente al pánico, nos quitamos las caretas. Lo que dejamos ver, no siempre es nuestro lado más hermoso. Algunos actuamos con chabacanería, nos andamos riendo y fingimos ser Juan sin miedo, otros van de irresponsables abrazando, besando y mordiendo gente, otros usan tapabocas, se lavan las manos, usan gel antibacterial, obedecen las reglas y respetan la sana distancia, hay los que ven al semejante como una amenaza y les asusta la proximidad, hay quienes quieren huir despavoridos (pobres, ¿a dónde irán?) y tristemente, están los que quieren sacar una raja a su favor: los traidores, los que apuñalan por la espalda para quedarse con lo tuyo, los que se acorazan, los que se avorazan.

Por fortuna, están los héroes que sacan lo mejor de sí para sortear el temporal. Los médicos, enfermeras, científicos que están en el frente de batalla y se parten en alma para salir adelante. Los maestros que frente a la crisis trabajan más horas y dedican más tiempo a sus alumnos para sacar a flore sus cursos. Los dependientes de tiendas, fondas, lavanderías que están detrás del mostrador; los carpinteros, jardineros, albañiles que salen por su sustento; los emprendedores que no bajan la cortina, los empresarios que aguantan los embates.

La crisis va a pasar. Pero, las decisiones que tomemos nos van a acompañar cuando la pandemia haya acabado. Cuando lleguemos al feliz momento en el que seamos inmunes, cuando volvamos a nuestro día a día, ese que fuimos en la emergencia se va a quedar. Al borde del abismo podemos arrancarnos los cabellos, llorar a moco tendido, morder a nuestros semejantes o contemplar el vacío, mirar al cielo, sonreír al prójimo, consolar, contener la tristeza, buscar la trascendencia. Hablar con Dios, confiar.

La pandemia pasará y muchos querrán olvidarse de sus reacciones, tratarán de borrar lo que les pasó. Mejor nos anticipamos. Esto va a pasar y al mirar lo que hicimos, lo deseable será sentirnos orgullosos de nuestras reacciones. Ojalá.

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

Arrancar

Cada año pienso igual, todos los seres humanos empezamos el año en días diferentes. Entre las vacaciones decembrinas, que por lo general abarcan buena parte de enero, hasta las fiestas de los Reyes Magos, el inicio de año se marca cuando las personas arrancan sus actividades.

Es decir, cuando empezamos con una rutina que nos dice que día a día tenemos que atender ciertos asuntos, acudir a determinadas citas, reunirnos en un lugar específico, ese es el momento preciso en el que arranca el año.

Para algunos, el arranque del año está íntimamente relacionado con el momento en el que la caja registradora empieza a sonar, cuando empezamos a facturar nuestros servicios; para otros tiene que ver con el ciclo escolar. Los ritmos y movimientos de las ciudades y de los pueblos reflejan ese contraste: entre la duermevela posterior a la vacación y el momento en el que pisamos el acelerador para ponernos en movimiento.

Con independencia del momento de arranque que cada persona tenga en sus actividades, a estas alturas del año ya todos hemos arrancado. Hay algo especial en estos días: una ilusión por volver a ponernos en movimiento, una ligera nostalgia por los días de descanso, un entusiasmo por lo que nos propusimos y queremos lograr, un temor por los riesgos que vamos a correr.

Los arranques tienen ese sabor acidulado, dulce y agrio. Son la combinación de la sabrosura del chile y el limón. Es que la piel se pone chinita al mirar el horizonte. El primer paso de los muchos que se darán para llegar a la meta de cada año, lo damos en diferentes fechas. Algunos ya lo dieron, otros estarán arrancando hoy.

Leer el periódico

Me gusta estar informada. Seguro, es una costumbre heredada. Vi a mi padre leer el periódico todos los días por las mañanas y sentarse a ver el noticiero por las noches. Me gusta enterarme. Y, si hay algo que he disfrutado es leer las columnas de opinión. Hoy, la vida me ha regalado escribir ese tipo de textos para varios medios.

El regocijo de tomar las hojas de periódico para mí es importante. Involucra los sentidos. Es el tacto de las hojas de papel, el sonido que hace al mover las hojas, el olor a tinta tan especial que sólo se percibe en el papel delgado del diario y ver que en la mesita del desayuno me está esperando mi dotación de noticias y autores me hace empezar el día con felicidad. Por eso, cada que me entero que un periódico opta por una versión digital, se me entristece el alma.

El País es un periódico que empecé a leer hace treinta años, cuando estaba en la Fundación Ortega y Gasset en Toledo. Fui muy feliz cuando pude acceder a él en línea y casi me da un vértigo gozoso cuando supe que podía tenerlo en papel. Por años, salí los domingos con un suéter de loco, despeinada y con una sonrisa enorme a buscarlo al puesto de periódico. Luego, me suscribí. Me acaban de informar que no más, ya no me llegará el periódico. Se vuelve digital. ¡Que pena!

Es una pena porque aunque se puede acceder en forma electrónica, no sabe igual. Dicen que es la modernidad y yo creo que hay algo de mezquindad. Es ruin matar una tradición. Es incomprensible que nos priven de un formato que se vende tan bien. Es insensato dejar de ser transmedial y enfocarse en un sólo medio. Pero, es así.

Con El País forje una relación que se interrumpió cuando regresé a México y la retomé cuando el periódico cruzó el Atlántico. Ya se sabe que en las segundas oportunidades los amores amarran con más fuerza: amé a Marías más por su columna el La Revisa —que también me quitaron—, he sido fiel a Vicent, a Muñoz Molina, a Grandes, a Savater. Me los quitan.

Ahora, habrá que suscribirse a otro medio que combine seriedad y buena pluma. Que marque distancia objetiva. Que no se aplaudidor ni boca floja. Habrá que empezar a forjar una nueva relación. Ni modo, duele mucho cuando una relación se acaba. Duele más cuando te dejan y eres tú quien se queda atrás.

Hace diez años… un 24 de noviembre

Hace diez años, un 24 de noviembre presenté mi primera novela, Hermana querida. Me sorprende que haya pasado tanto tiempo porque casi creo que apenas empecé a escribir. Para mí, la fecha es significativa porque da fe de mi debut como escritora.

Definir lo que es un escritor es una tarea complicada. Un escritor no es el que escribe, es el que encuentra un lector. Por eso, el 24 de noviembre, al presentar esta novela, mi primera, digo que me convertí en escritora. Ese día, conseguí lectores. He tenido la fortuna de escribir que que me lean.

Empecé a escribir para encontrar un refugio . Pero, en poco tiempo también lo hice para impresionar a los demás. Creo que lo que me llevó a la escritura fue la tristeza y la perpetua intención de recuperar un lugar grande en este mundo. Uno que sintiera un hueco cuando mi cuerpo estuviera hecho polvo y se hubiera desintegrado en el viento.

Escribir se transformó en delirio y epifanías; en desiertos y vacíos; en entumecimientos y lugares comunes. Creo que enloquecí en el momento en el que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultades para salir, principalmente, porque no quería huir.

Lo que siguió fueron muchas capas que representan las múltiples fronteras entre la cordura y lo que se forma con un sueño alocado. Deseché una parte de mi yo para escapar de un jardín de flores y al llegar a la luna, me di cuenta del yermo al que me fugué. Era demasiado tarde para arrepentimientos. Mejor habitar el polvo lunar propio y convertirlo en barro que pueda recibir el soplo de vida con la bendición de lo alto.

Los que crean que es una dulce idea eso de sembrar en una franja desértica, no se enteran de los escozores del alma. Escribir es subirse al carromato acompañado de bestias.

Al escribir el alma se enrarece cada día. Se vuelve más espiritual y más irrelevante. Se abre una ventana en la que se buscan ángeles y entra tierra. Con la tierra se forma barro y así se forjan figuras y se atrapan lectores.

Hace diez años, me convertí en escritora no por mis méritos, sino por mis lectores.

Manifestación de taxistas

Ayer, igual que muchos capitalinos, no pude llegar a trabajar. El bloqueo que los taxistas hicieron paralizó la Ciudad de Mexico. Nos pasó lo mismo que Madrid, Berlín y otras ciudades europeas en las que la queja contra las compañías como Uber, Cabify o Didi. Parece que no les gusta la irrupción de la tecnología y que quieren privilegios en vez de competir en un mercado libre.

Fueron años de maltrato, de mal servicio, de autos sucios, choferes groseros, mal manejo, abusos. Y, aunque las plataformas empezaron muy bien y ahora ya no tanto, el problema está en otro lado. El clientelismo le aprieta el cuello a la Jefa de Gobierno. Sabe que parte de du cantera de votantes pagó por una placa para ser taxista. Sabe que muchos gremios de taxistas gozan de las prerrogativas de la lealtad y no sabe como abordar el problema. Pero, a decir verdad, no es la única que no sabe que hacer.

Ayer, escuelas, universidades, institutos, empresas decidieron seguir la vida como si en la Ciudad de México no pasara nada. Se exigió a estudiantes, profesores, trabajadores, ejecutivos acudir a sus lugares de trabajo o estudio poniendo en riesgo a la gente y contribuyendo a aumentar en nivel de problemas.

Hubo personas que se levantaron temprano para ir a clase de siete de la mañana o para empezar su labor y que pasaron diez horas paradas en sus autos sin poderse mover. Fue un absoluto desperdicio de tiempo, una calamidad, una frustración enorme que se aparejó con la angustia de una sanción por no haber llegado. Ya no hablemos de las emergencias.

Entiendo, hay empresas que no pueden parar y pérdidas que nadie quiere asumir por una razón más próxima a la sinrazón. Pero, hay otras que debieron parar: las instituciones educativas debieron proteger a maestros y estudiantes en vez de abonar al problema. Vi camiones escolares parados por horas y horas con niños desesperados y aburridos. Supe de madres que se quedaron atascadas en el tráfico por querer ir a rescatar a sus hijos.

Claudia Scheinbaum dijo que un porcentaje menor al uno por ciento son los quejosos y lo declara casi orgullosa. Me apena ver su incompetencia, si ese es el porcentaje ¿por qué no tuvo la capacidad de negociar con tan poquitos taxistas? Paralizaron la ciudad y el costo social fue muy alto.

Mañana de otoño

I

Hay mañanas de otoño en las que uno quiere acurrucarse entre el calor de las sábanas y dejarse abrazar. Pero, estiras la mano, te topas con un hueco. Él ya se ha ido. Te armas de valor y sales de la tibieza protectora de la cama.

II

Recolectas la muestra. Bajas con cuidado los escalones de la casa que justo esa mañana están tan llenos de dudas. Tiembla el cuerpo y vences el impulso de volver a la cama. La luz del baño se ha quedado encendida. Triunfas sobre la intención de desandar los pasos para ir a apagar lo que está prendido.

III

Abres la puerta de la casa. El aire del despertar otoñal es fresco, habitado por todas las verdades que aún no has dicho. También crees que trae respuestas decisivas. Caminas por la calle oscura. Te preguntas si le diste dos vueltas a la llave de la puerta. Das pasos en la intemperie, por la calle oscura, vacía, silenciosa. Caes en la cuenta de que es domingo y todavía no sale el sol.

IV

Entras al laboratorio. La gente toma el turno que escupe una máquina despachadora de números. Se sienta. Los empleados se pierden el la profundidad de las pantallas planas de su computadora. Los que esperan miran el teléfono. Nadie responde tus buenos días.

V

Preguntas a quién debes entregarle la muestra. El empleado no te mira: espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Me vuelvo gris.

VI

Los momentos de espera se alargan y se vuelven pesados. El reloj mueve las manecillas con pereza dominical. La sala de espera está llena de caras verdes, rojas, amarillas, moradas que se van apagando y se vuelven grises. Hay dos empleados en admisiones que tienen la cara enojada.

VII

Vuelvo a preguntar. Espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Sigo siendo gris.

VIII

Todo es raro y difícil. Es como sentirse dentro de un espejo que se llenó de niebla. Es como ver reflejos atrapados por la bruma. Somos un extraño conjunto que espera. Una camisa echa bolas junto al cubo de la ropa sucia, un plato sin lavar en el fregadero, una blusa arrugada en el burro de planchar, un calcetín con un hoyo, un pensamiento fugaz, un grupo de personas que no se miran.

IX

Observo. Las comisuras de los labios están tiradas hacia abajo. La conciencia se diluye entre las fronteras de una pantalla.

X

Escucho mi nombre. Entrego mi muestra. Ponen una etiqueta en la que se lee mi nombre. También la edad. Digo gracias. Digo adiós. No hay respuesta.

XI

Salgo a la calle. El viento fresco me recuerda todas las verdades no dichas, las verdades decisivas. Miro al cielo. Parece como si la araucaria, el álamo, la jacaranda y el trueno movieran sus copas y agitaran sus ramas para saludarme. Les digo buenos días y ellos parecen contestarme, buen domingo.

XII

Amaneció. Los rayos del sol despertaron. Me miro en el reflejo de aquella ventana. Dejaste de ser gris. Escucha. Te acaban de decir algo importante. Todo va a estar bien.

Una novedad detectivesca: Muerte en Estambul de Petros Márkaris

Mákaris, Petros

Traducción del griego de Ersi Marina Samará Spiliotopulu

Muerte en Estambul

Editorial Tusquets, 2008

De cuando en cuando, uno se topa con novedades que sobresalen y llaman la atención. Muerte en Estambul es el extraño caso de una novela de policías y ladrones en la que suceden cosas extrañas gracias a la magnífica pluma de Petros Márkaris. Se teje una línea narrativa en la que un detective está investigando a un asesino serial y cae en la conclusión peculiar: no quiere atrapar al malo de la novela. En realidad, llega un momento en que el lector está de acuerdo con el planteamiento del autor y con las reflexiones del detective.

Kostas Jaritos es el detective que aparece en una serie de novelas de Petros Márkaris y es un personaje que sobresale por ser un investigador atípico. Se aleja de las figuras emblemáticas de Sherlock Holmes —que todo lo sabe—, de Hercules Poirot —que todo lo deduce—, de Phillipe Marlowe —que está al tanto de todo el teje y maneje de los casos—, sino que es un hombre contemporáneo que al que se le ve interactuando con su esposa, se le conocen los problemas familiares y expresa opiniones económicas, políticas, migratorias y nos permite ver un mundo ajeno en ojos cotidianos. Muerte en Estambul, cuyo título es una especie de homenaje a otros de Agatha Christie es una rareza que envuelve temas contemporáneos alrededor de una línea narrativa de detectives.

Muerte en Estambul no es la primera de las novelas protagonizadas por el comisario Jaritos. La serie, que arrancara en 1995 con Noticias de la noche, llega hasta 2016 y, por el momento, para regocijo de los seguidores de Márkaris, no está a la vista la jubilación de su irónico, tierno y muy humano protagonista. Esta novela pertenece a lo que se ha dado por llamar el género de novela negra mediterránea y otro de sus representantes es Manuel Vincent.

El acierto de esta novela es que Márkaris nos mete de inmediato en el escenario que será una de las grandes mesuras que el autor tiene para el lector. Estamos en Hagia Sophia, en Estambul acompañando a un grupo de turistas en su recorrido por el lugar:

“La altura de la cúpula de Santa Sofía es de cincuenta metros con sesenta centímetros… suena la voz de la guía.” (p. 11)

El comisario Kostas Jaritos y su mujer, Adrianí, han viajado hasta Estambul con la idea de descansar unos días y mitigar algunos de sus problemas cotidianos. Entre ellos, ocupa un lugar preeminente el matrimonio civil de su hija Katerina, cuya negativa a casarse por la iglesia, a la manera tradicional, no abandona en ningún momento el pensamiento de su padre y, mucho menos, el de su ofendida y temperamental madre.

“¿Qué hacer cuando las decisiones de los hijos atormentan a los padres?” (p.17)

Las relaciones entre los miembros del grupo griego que comparte visitas, autocar y hotel, tampoco ayudan a que la estancia sea idílica.

“La cháchara informativa de la guía turística, más que ilustrarme, confunde.” (p. 12)

Pero todo puede empeorar: entre visitas a catedrales, mezquitas, tiendas y mucha, mucha comida local, Jaritos traba contacto casual con el escritor Markos Vasiliadis; ello lo lleva a embarcarse en la búsqueda de una anciana dama, María Jambu, la que fuera nana de la familia de Vasiliadis. Poco más se sabe de la señora, aparte de su viaje a Estambul desde la zona rural en la que habían transcurrido los últimos años de su vida.

“Se llama María Jambu, anoche quise averiguar si había viajado con ustedes” (p. 37)

Lo que parece inicialmente un simple caso de desaparición, se complica con el hallazgo del primero de una serie de cadáveres, griegos unos, otros turcos, que trastocará los días de ocio de Jaritos para transformarlos en una desafiante, y a ratos gravosa, colaboración con las fuerzas turcas de la ley.

“—¿Cabe la posibilidad de que también a ella la envenenaran? —Pinta que no. Si hubieran comido juntos, la habríamos encontrado en la casa. De haber muerto más tarde, estaría en algún hospital. En todo caso, la estamos buscando.” (p. 40)

Entre los elementos más interesantes de la obra, se encuentra la necesidad, propia de la novela negra, de plasmar la realidad social de las circunstancias de los personajes; en el caso de Muerte en Estambul, parece cumplirla con pasmosa facilidad.

“Supongo que me quedaré con la duda porque, cuando se trata de Adrianí, es imposible distinguir entre la verdad y la ficción.” (p. 55)

Así, encontramos multitud de escenas perfectamente reconocibles para quien esté familiarizado con el tradicional carácter griego, donde la familia ocupa un lugar primordial y las tradiciones, insertas en un mundo constantemente cambiante, son casi intocables.

“Todos los opresores tienen la misma cara, y todos los edificios construidos bajo su mandato, el mismo estilo.” (p. 59)

Su compromiso con el trabajo y la investigación complica sobremanera la relación del comisario con Adrianí, vivo retrato de la típica esposa griega; con todo, la mayor parte de las escenas cotidianas funcionarían igualmente en otros escenarios, por ejemplo, uno en el que la lengua fuese el español en cualquiera de sus variantes.

“Será que mi mujer tiene poderes de adivinación o que su maldición ha sufrido efecto, porque en cuanto salimos del comedor… pregunto aliviado pensando que podré disfrutar el resto de mis vacaciones y, al mismo tiempo, podré cerrarle la boca a Adrianí.” (p. 56)

Ahí es donde cobra más sentido la subclasificación de novela negra mediterránea que el propio Márkaris y gran parte de la crítica han dado a la serie del comisario Jaritos. Por oposición a la novela negra nórdica, los crímenes de la mediterránea son tal vez menos retorcidos, menos sangrientos. Lo importante no son los balazos, los chorros de sangre o la imagen del crimen sino la crítica social que se adhiere al género, haciendo una denuncia con sustento económico y político.

“Estampamos los nombres de Atatürk o de Venizelos en cualquier calle o pasaje que se nos ponga por delante, sea una avenida, un callejón o un camino de cabras.” (p. 58)

Pero ello no obsta para que la crítica social, principal aditamento del género, mantenga intacta toda su fuerza. Los problemas de convivencia entre culturas enfrentadas desde hace siglos se ponen de relieve a través de reflexiones en torno a la posición de las minorías en Europa o sobre la vida de los griegos que permanecieron en Estambul a pesar de las crudas presiones para expulsarlos tras los diversos desastres de los años cincuenta. No sale bien parado, gracias al eficaz retrato de caracteres de Márkaris, el oportunismo de quienes aprovecharon la presión política para enriquecerse con la pobreza y la miseria de otros.

“Soy un hijo de la minoría turca en Alemania. Cada vez que un turco mataba, robaba o agredía a alguien, le cargaban las culpas a la comunidad entera, porque los alemanes creen que todos somos iguales.”. (p. 164)

En medio de todo esto, la figura de quien comete los crímenes, acción desencadenante del núcleo de la investigación del comisario, se erige prácticamente en espíritu vengador de las injusticias sufridas en sus propias carnes y en las de sus seres queridos. La empatía del lector, guiado por el protagonista, así como el aprecio por la justicia poética de la obra, resultan inevitables.

“Por lo demás, la estancia está vacía. En la cama está tendida una mujer con el cabello blanco, labios carnosos y vello sobre el labio. Está en los huesos, y las mejillas, hundidas, se le han pegado a las encñias.” (p. 231)

En esta joya de la ambientación geográfica, política y humana, no solo Jaritos, también el comisario Murat, su esposa, las amigas grecoturcas de Adrianí, incluso la propia esposa e hija de Kostas Jaritos, se encuentran, al igual que Estambul (o Constantinopla), entre dos mares: la tradición frente a la modernidad, las obligaciones familiares frente a la libertad, la responsabilidad frente al deseo. El choque entre lo griego y lo turco queda, por tanto, convertido en mero símbolo, denotativo de una dicotomía de ingentes dimensiones y prácticamente irresoluble.

“Le doy una palmadita amistosa en la espalda, sin añadir ningún comentario, No quiero decirle que podría ser el último destello de luz antes de la muerte” (p.233)

También, vemos la claridad de la estructura del personaje:

“Por suerte, Adrianí nunca se ha engañado a sí misma, siempre ha sabido quien soy: Kostas Jaritos, madero griego” (p. 35)

Para concluir, la novela negra mediterránea tiene un toque de felicidad con el que Márkaris nos redime en las páginas finales:

“Intento borrar de mi mente la imagen de María y sustituirla con la de Katerina y Fanis. Por fin, mientras el coche baja hacia el puerto, lo consigo.” (p. 24)

XXV aniversario

Hace veinticinco años, frente al altar de la Capilla de la Virgen del Rayo, en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, Carlos y yo nos prometimos sernos fieles en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad y amarnos y respetarnos todos los días de la vida hasta que la muerte nos separe. Recuerdo con tanta emoción que el Padre Hernández, el párroco que nos casó, nos pidió que nos tomáramos de ambas manos y las juntáramos para recibir la bendición: lo que Dios a unido que no lo separe el hombre. La fuerza divina llegó para formar un vínculo poderoso que nos ha protegido.

Así empezó esta aventura de altas y bajas en las que el cariño ha sido constante. En estos años, nuestro matrimonio ha tenido de todo: la prosperidad nos ha tenido de la mano y adversidad nos ha visitado. La enfermedad nos ha sacado sustos y la salud ha prevalecido. La vida nos regaló dos hijas tan hermosas como el amor que nos tenemos. Andrea y Daniela son la mejor muestra que da testimonio de lo que las palabras no alcanzarán a expresar. Los sombrerazos, las turbulencias, las tinieblas son un negrito en el arroz de una relación en la que las risas, la palabra sincera, la complicidad y admiración de ida y vuelta nos han llevado a formar un gran equipo. Si el negrito nos ha llegado a parecer la piedra que Sísifo va empujando montaña arriba, hemos sido dos los que codo a codo la han hecho rodar.

Cuando era una estudiante de Secundaria en el Colegio Simón Bolívar, antes de entrar a clases, corría a la capilla y le pedía a la Virgen del Rayo y al Señor San José por un buen marido. Me lo concedieron. En la Ibero, Gina, una de mis maestras de integración nos recomendaba que no buscáramos al más guapo porque la edad los volvía feos, ni al más rico porque el dinero no alcanza para unir nada, tampoco al rey de las fiestas porque tanto chiste aburre. Busquen al más inteligente, al que sepa platicar, al que te sorprenda, al que te deje ver puntos de vista que tú jamás hubieras imaginado, al que te escuche.

Ni Diógenes con su lámpara hubiera encontrado un mejor hombre. Carlos es eso y más por eso lo sigo queriendo por encima de todo y con todas mis fuerzas. A las pruebas me remito. Soy la harina de su costal, soy la vid que decidió estar en el centro de su jardín, nuestras hijas como ramos de olivo porque me ha enseñado que el amor no es ciego sino generoso y compasivo. Carlos es bueno, no es egoísta ni envidioso, se alegra con el bien, no lleva cuentas. Ha creído, me ha esperado, me ha disculpado, ha aguantado sin límites. Por eso es mi adoración.

Hace XXV años, le prometí que siempre seríamos nuestra media naranja. La verdad es que, con el paso de los años y de los kilos, dejamos de ser naranja y nos convertimos en toronja con límites cercanos a ser nuestro medio melón. Seremos la fruta que nos toque ser, siempre embonados, juntos, enojados o muertos de risa, de acuerdo o con puntos de vista encontrados, juguetones o serios, pero con ese amor del bueno del que dura y se queda sin importar los embates de la prosperidad, los retos de la adversidad, la mortificación de la enfermedad, los excesos de la salud.

Soy afortunada de haber encontrado al hombre de mi vida y de tenerlo a mi lado para decirle que después de veinticinco años quiero ir por otros veinticinco o más y seguir a su lado después de los límites que marque la vida.

Ecos y reflejos

La mañana amanece húmeda, llovió por la noche, hay muchas nubes grises, el piso está mojado. En fin, el clima no pudo ser mejor. Es perfecto, tal como a ella le gusta. Se despertó temprano, estoy segura de que ninguna alarma le dijo que era hora. Eligió con cuidado y escogió la blusa favorita. Debo decir que se ve preciosa. Las palabras de una madre siempre tienden a describirlas así. No por eso deja de ser verdad que se ve tan linda, tan grande y tan segura.

Viene a despedirse, a pedir de la bendición. Elevo los ojos al cielo, pido la protección de Dios y de la Corte Celestial. Se va con una sonrisa que no le cabe en el rostro. El eco del día en que la dejé en el kínder en manos de Miss Vero y se despidió encantada de ir a jugar resuena en mis recuerdos. En su primer día de escuela, ella entró dando de saltos y yo me quedé en la puerta con el corazón algo arrugado. Hoy ese reflejo destella y me hace chispas en la boca del estómago.

Escucho la puerta del garage que se cierra, el coche arranca y el tallar de las ruedas en el pavimento se aleja. Ahí va Andrea a su primer día de trabajo. El primer empleo que consiguió por sus méritos, sin que papá o mamá metiéramos las manos. Como estoy de vacaciones, me quedo acurrucada en la cama. El tiempo pasa tan rápido, me lo dijeron siempre y es verdad. Me hago bolita y abrazo las rodillas con fuerza. Sonrío. Aquel día que la dejé en el kínder dibujé unas alas que hoy se extendieron y ya se agitan para volar.

Los ciclos de la vida son virtuosos. Vuelvo a mirar al cielo. Ahora, además de pedir protección, doy gracias y alabanzas porque en su gran poder, Dios me escuchó y me sigue escuchando. Hoy me hija se fue a trabajar.

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