Mirar profundo

“Cuando se llega a cierto grado de miseria, lo invade a uno algo así como una indiferencia espectral y se ve a las criaturas como si fueran larvas”.Los miserables de Víctor Hugo

De chica, viaje mucho en carretera. A mi padre le gustaba manejar y cualquier pretexto era bueno para tomar el volante e irnos rumbo a la autopista. Los recuerdos de esos años son preciosos y me son preciados. Me gustaba sentarme junto a la ventanilla porque podía ver profundo, lejos, sin los muros de la cotidianidad de la casa, sin las bardas de las calles, sin el impedimento de los edificios que me obligaban a mirar cortito, ver a unos cuantos metros y ya. En cambio, con mi padre al volante, con la emoción de mi madre y mis hermanos, me sentía segura al mirar profundo. Cada que la memoria vuelve a ese punto, se dibuja una sonrisa que me llega de una oreja a la otra y alcanza el espacio en el que se encuentra mi alma.

              Me sorprendí mucho cuando mi hermana me contó que a ella le daba miedo cuando salíamos a carretera. Sus recuerdos la llevaban a una ocasión en la que pasamos por las barrancas de San Roberto. Era una noche oscura sin luna, la carretera era muy angosta y muy poco transitada. Ella se acuerda de haber ido apretando los dientes todo el tiempo y sudando frío. Le asustaban las profundidades de esos desfiladeros, de esas tinieblas y le mortificaba que mi padre cabeceara y perdiera el control del auto. Yo tenía hundido ese recuerdo y cuando ella lo reavivó, un escalofrío recorrió el caminito que va desde el sacro hasta el cráneo.

              Mirar profundo tiene sus requerimientos, qué duda cabe. Si pongo la mente en el recuerdo de aquellos campos sembrados de trigo, de las montañas verdes, de las florecitas silvestres y de los animales pastando pacíficamente, es fácil y agradable mirar profundo. Por contraste, si recuerdo las barrancas de la carretera de San Roberto, la cosa cambia. La profundidad toma otro cariz y el ombligo se retrotrae, se pega para atrás.

              En esa condición, la mirada de Víctor Hugo sobre la sociedad francesa de tu tiempo alcanza la genialidad universal. El autor tuvo la capacidad de transportarnos a una Francia en la que la malandanza y la desventura infectan al alma del ser humano a tal grado que transforman a la gente en individuos indiferentes, egoístas y ególatras. Uno de los pasajes magistrales en la novela de Los miserables es justo cuando Jean Valjean es acogido por el obispo Myriel. Es, tristemente, uno de los que más se olvidan, de los que más se soslayan.

              El obispo lo recibe a en su casa, le ofrece protección y cobijo, pero Valjean le paga mal: lo roba. Al huir es detenido por la policía y llevado en presencia del prelado. Los lectores estamos sobrecogidos, por un lado, sentimos pena por el protagonista y por el otro anticipamos que volverá a la cárcel. Lo que pocos vemos venir es la mirada de misericordia del obispo. Myrel pedirá que lo dejen libro porque la plata que trae Valjean no es un robo, es un regalo. Ese será el punto de quiebre que provocará la transformación del personaje. El obispo Charles-François-Bienvenu Myriel, conocido como obispo Myriel o monseñor Bienvenu es ese punto de apoyo que catapulta la metamorfosis que lleva a florecer y a prosperar a Valjean. Javert, por su parte, buscará justicia, no misericordia.

              ¿Qué requiere un ser humano para germinar? No todos los caminos son iguales. El duque Jorge de York no estaba llamado a ser el rey. La sucesión dinástica marcaba a su hermano el camino al trono y a él una vida en la corte, un espacio más discreto en el que su tartamudez no fuera un rasgo que debiera tomarse en cuenta. Sin embargo, Eduardo VIII abdica al trono y lo que antes no era importante entonces se convierte en un tema relevante. Jorge VI no podía ser un rey tartamudo, no era lo que el Reino Unido necesitaba en esa circunstancia. El pueblo requería ánimo. El primer ministro Winston Churchill le pidió al monarca pronunciar un discurso navideño. El rey necesita ayuda y la recibe de un personaje sin estudios, sin mucha preparación formal pero que es capaz de devolverle la confianza, de construir con el autoestima y de llevarlo al momento de animar a todo el Imperio. Lo logra y además, es recordado como uno de los reyes más queridos por sus súbditos.

              La mirada certera de Clint Eastwood nos regala una película profunda: Invictus. El film nos cuenta los acontecimientos sucedidos con la selección de rugby de Sudáfrica en los primeros años de la presidencia de Nelson Mandela. Justo esos años vividos en el país tras la abolición del sistema segregacionista del apartheid. Anthea Joubert, cónsul de Sudáfrica en México y la revista Pretextos literarios por escrito, llevaron a cabo un concurso mundial de poesía, narrativa y cuento para celebrar la figura de este activista que estuvo preso tantos años por sus ideales políticos y humanos. Recupero las palabras de Zoila María Molinet Carranzana, Primer lugar del Primer Concurso, Nelson Mandela en la categoría de Poesía, del certamen.

The solution must be determined by the people.

Nelson Mandela

Los árboles que a la vista dan a mi patio,

los planté para ti.

La buganvilla que se enreda,

tan solo la hemos dejado crecer

por ti.

El toronjil de menta abrazado a los olores del viento,

junto a la maravilla y el botón de oro, resplandecen

para ti.

En los meses lluviosos de junio.

los árboles que a la vista dan a mi ventana

no los cuido yo,

sin embargo,

parecen desear pertenecerte.

Si los hombres pudieran ser sabios

como la naturaleza que los acuna,

tu vida siempre sería brotes,

sólo brotes, Madiba.

              La gente que inspira tendrá vida que da brotes, que germina. Es posible que la mirada sea profunda si tomamos la decisión, si nos tomamos el tiempo y la disposición necesarias y si hacemos silencio interior acallando nuestros ruidos internos. Es posible que debamos buscar recursos: la humildad como primer peldaño para reconocer quienes han sido los pivotes que nos han llevado a ser lo que somos, la responsabilidad en nuestra toma de decisiones y el deseo de ponernos en marcha; de dirigirnos a un camino que nos ayude a florecer.

              Florecer no es fácil y puede ser doloroso. Mirar profundo a veces puede parecer sencillo, como cuando miraba el campo desde la ventanilla del coche de mi papá o muy doloroso, como el recuerdo de mi hermana en la autopista de San Roberto. Tal vez, por eso Hugo habló del espectro que se filtra en el ánimo y se vuelve indiferencia.  Nadie ha dicho que mirar profundo fuera un sendero pavimentado y sin baches. Para arrancar, hace falta valor.

Fuentes consultadas:

Abalos, Sherman, Unwin, Stewart (productores), Hooper, T. (Director) The King Speech, Cinta cinematográfica, Reino Unido

Conceptos clave y trabajos autónomos, (s.f.), Universidad Francisco de Vitoria, Universidad Anáhuac. Autor.

Eastwood, C. (productor y director) (2009) Invictus, Cinta cinematográfica, USA

Hugo, V. (Traducción Gallego, M.), (2015), Los miserables, Editorial Alianza Literaria, México.

Molinet Carranzana. (Octubre 2018). Los árboles. Pretextos literarios por escrito, 16, 65.

¿Qué estuvieron haciendo?

Pienso en la generación de niños que están naciendo en 2020, el año del Coronavirus y en todas aquellas criaturas que vendrán al mundo después del Covid-19. Pienso en ellas porque, aunque haya quienes no se estén dando cuenta, la Humanidad esta cruzando un hito den la Historia. Entonces, todos esos pequeños que han de venir nos preguntarán qué fue lo que estuvimos haciendo mientras el mundo se confinó en la protección de los hogares.

Es curioso, a lo largo de la vida, me han tocado muchas crisis. Soy de la generación a la que ya no la asustan con el fantasma de una crisis económica. ¿Otra? Así crecí, escuchando sobre devaluaciones, inflaciones, ajustes y nuevos comienzos. Me tocó estar en la Ciudad de México en los terremotos de 1985 y en el de 2017. Perdí un negocio con la emergencia del H1N1. En todas estas desgracias naturales y pandémicas, el mundo se paraba en otra forma.

Es decir, salíamos de nuestra cotidianidad y hacíamos otras cosas. Prestábamos manos para ayudar: escarbábamos para encontrar sobrevivientes, cocinábamos y compartíamos lo que había en casa. En los terremotos, echamos la mano desde nuestra mejor forma de hacerlo. En el H1N1, nos confinamos, pero no a este grado y también nos hemos encerrado en las contingencias ambientales.

Pero, ahora, la vida descolocada ha tenido que seguir. Nos movieron el eje de rotación y nos encajaron otro a medio cuerpo y nos ordenaron empezar a girar en instantes. No tuvimos tiempo de reparar en el dolor de perder lo anterior, de despedirnos de lo que hubo ni de limpiarnos las heridas. Fue un se acabo y síguele con lo que viene.

¿Qué estuviste haciendo en el 2020?, me preguntarán y podré responder que estuve dando clase. Que el cambio resultó duro para maestros y alumnos, porque con la rapidez y el vértigo no entendimos a cabalidad que el mundo se movió, que muchos se instalaron en el enojo y la negación y no lograron moverse, pero hubo muchos, muchísimos que decidieron estar ahí usando la tecnología. Que nos reuníamos en forma virtual y que logramos conectarnos. Parecerá poco y no lo es. Estuvimos con nuestros alumnos buscando transmitir lo que sabemos, sin agobiarlos. Muchos maestros hemos estado ocupados en la tarea de hace girar al mundo que sigue sano. A los médicos les toca curar y reparar, a nosotros nos ha tocado preparar a los que enfrentarán los estragos de la pandemia viral.

¿Qué estuvimos haciendo? Yo estuve poniendo los cimientos del mundo que habitaremos después del Covid-19. Lo diré con mucho orgullo. Me tocó una labor noble, una que va a trascender.

Unas palabras en medio de la pandemia

Dice Noah Harari que la tormenta va a pasar, pero las decisiones que tomemos para enfrentarla podrán afectar nuestras vidas permanentemente. Es verdad, la forma en que enfrentamos nuestras crisis, personales y comunitarias, nos dibujan de cuerpo entero como las personas que somos. Por eso, es preciso reflexionar en torno a lo que queremos ser en medio de esta pandemia.

Ya empezamos, nuestras reacciones son espontáneas. Frente al pánico, nos quitamos las caretas. Lo que dejamos ver, no siempre es nuestro lado más hermoso. Algunos actuamos con chabacanería, nos andamos riendo y fingimos ser Juan sin miedo, otros van de irresponsables abrazando, besando y mordiendo gente, otros usan tapabocas, se lavan las manos, usan gel antibacterial, obedecen las reglas y respetan la sana distancia, hay los que ven al semejante como una amenaza y les asusta la proximidad, hay quienes quieren huir despavoridos (pobres, ¿a dónde irán?) y tristemente, están los que quieren sacar una raja a su favor: los traidores, los que apuñalan por la espalda para quedarse con lo tuyo, los que se acorazan, los que se avorazan.

Por fortuna, están los héroes que sacan lo mejor de sí para sortear el temporal. Los médicos, enfermeras, científicos que están en el frente de batalla y se parten en alma para salir adelante. Los maestros que frente a la crisis trabajan más horas y dedican más tiempo a sus alumnos para sacar a flore sus cursos. Los dependientes de tiendas, fondas, lavanderías que están detrás del mostrador; los carpinteros, jardineros, albañiles que salen por su sustento; los emprendedores que no bajan la cortina, los empresarios que aguantan los embates.

La crisis va a pasar. Pero, las decisiones que tomemos nos van a acompañar cuando la pandemia haya acabado. Cuando lleguemos al feliz momento en el que seamos inmunes, cuando volvamos a nuestro día a día, ese que fuimos en la emergencia se va a quedar. Al borde del abismo podemos arrancarnos los cabellos, llorar a moco tendido, morder a nuestros semejantes o contemplar el vacío, mirar al cielo, sonreír al prójimo, consolar, contener la tristeza, buscar la trascendencia. Hablar con Dios, confiar.

La pandemia pasará y muchos querrán olvidarse de sus reacciones, tratarán de borrar lo que les pasó. Mejor nos anticipamos. Esto va a pasar y al mirar lo que hicimos, lo deseable será sentirnos orgullosos de nuestras reacciones. Ojalá.

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

Arrancar

Cada año pienso igual, todos los seres humanos empezamos el año en días diferentes. Entre las vacaciones decembrinas, que por lo general abarcan buena parte de enero, hasta las fiestas de los Reyes Magos, el inicio de año se marca cuando las personas arrancan sus actividades.

Es decir, cuando empezamos con una rutina que nos dice que día a día tenemos que atender ciertos asuntos, acudir a determinadas citas, reunirnos en un lugar específico, ese es el momento preciso en el que arranca el año.

Para algunos, el arranque del año está íntimamente relacionado con el momento en el que la caja registradora empieza a sonar, cuando empezamos a facturar nuestros servicios; para otros tiene que ver con el ciclo escolar. Los ritmos y movimientos de las ciudades y de los pueblos reflejan ese contraste: entre la duermevela posterior a la vacación y el momento en el que pisamos el acelerador para ponernos en movimiento.

Con independencia del momento de arranque que cada persona tenga en sus actividades, a estas alturas del año ya todos hemos arrancado. Hay algo especial en estos días: una ilusión por volver a ponernos en movimiento, una ligera nostalgia por los días de descanso, un entusiasmo por lo que nos propusimos y queremos lograr, un temor por los riesgos que vamos a correr.

Los arranques tienen ese sabor acidulado, dulce y agrio. Son la combinación de la sabrosura del chile y el limón. Es que la piel se pone chinita al mirar el horizonte. El primer paso de los muchos que se darán para llegar a la meta de cada año, lo damos en diferentes fechas. Algunos ya lo dieron, otros estarán arrancando hoy.

Leer el periódico

Me gusta estar informada. Seguro, es una costumbre heredada. Vi a mi padre leer el periódico todos los días por las mañanas y sentarse a ver el noticiero por las noches. Me gusta enterarme. Y, si hay algo que he disfrutado es leer las columnas de opinión. Hoy, la vida me ha regalado escribir ese tipo de textos para varios medios.

El regocijo de tomar las hojas de periódico para mí es importante. Involucra los sentidos. Es el tacto de las hojas de papel, el sonido que hace al mover las hojas, el olor a tinta tan especial que sólo se percibe en el papel delgado del diario y ver que en la mesita del desayuno me está esperando mi dotación de noticias y autores me hace empezar el día con felicidad. Por eso, cada que me entero que un periódico opta por una versión digital, se me entristece el alma.

El País es un periódico que empecé a leer hace treinta años, cuando estaba en la Fundación Ortega y Gasset en Toledo. Fui muy feliz cuando pude acceder a él en línea y casi me da un vértigo gozoso cuando supe que podía tenerlo en papel. Por años, salí los domingos con un suéter de loco, despeinada y con una sonrisa enorme a buscarlo al puesto de periódico. Luego, me suscribí. Me acaban de informar que no más, ya no me llegará el periódico. Se vuelve digital. ¡Que pena!

Es una pena porque aunque se puede acceder en forma electrónica, no sabe igual. Dicen que es la modernidad y yo creo que hay algo de mezquindad. Es ruin matar una tradición. Es incomprensible que nos priven de un formato que se vende tan bien. Es insensato dejar de ser transmedial y enfocarse en un sólo medio. Pero, es así.

Con El País forje una relación que se interrumpió cuando regresé a México y la retomé cuando el periódico cruzó el Atlántico. Ya se sabe que en las segundas oportunidades los amores amarran con más fuerza: amé a Marías más por su columna el La Revisa —que también me quitaron—, he sido fiel a Vicent, a Muñoz Molina, a Grandes, a Savater. Me los quitan.

Ahora, habrá que suscribirse a otro medio que combine seriedad y buena pluma. Que marque distancia objetiva. Que no se aplaudidor ni boca floja. Habrá que empezar a forjar una nueva relación. Ni modo, duele mucho cuando una relación se acaba. Duele más cuando te dejan y eres tú quien se queda atrás.

Hace diez años… un 24 de noviembre

Hace diez años, un 24 de noviembre presenté mi primera novela, Hermana querida. Me sorprende que haya pasado tanto tiempo porque casi creo que apenas empecé a escribir. Para mí, la fecha es significativa porque da fe de mi debut como escritora.

Definir lo que es un escritor es una tarea complicada. Un escritor no es el que escribe, es el que encuentra un lector. Por eso, el 24 de noviembre, al presentar esta novela, mi primera, digo que me convertí en escritora. Ese día, conseguí lectores. He tenido la fortuna de escribir que que me lean.

Empecé a escribir para encontrar un refugio . Pero, en poco tiempo también lo hice para impresionar a los demás. Creo que lo que me llevó a la escritura fue la tristeza y la perpetua intención de recuperar un lugar grande en este mundo. Uno que sintiera un hueco cuando mi cuerpo estuviera hecho polvo y se hubiera desintegrado en el viento.

Escribir se transformó en delirio y epifanías; en desiertos y vacíos; en entumecimientos y lugares comunes. Creo que enloquecí en el momento en el que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultades para salir, principalmente, porque no quería huir.

Lo que siguió fueron muchas capas que representan las múltiples fronteras entre la cordura y lo que se forma con un sueño alocado. Deseché una parte de mi yo para escapar de un jardín de flores y al llegar a la luna, me di cuenta del yermo al que me fugué. Era demasiado tarde para arrepentimientos. Mejor habitar el polvo lunar propio y convertirlo en barro que pueda recibir el soplo de vida con la bendición de lo alto.

Los que crean que es una dulce idea eso de sembrar en una franja desértica, no se enteran de los escozores del alma. Escribir es subirse al carromato acompañado de bestias.

Al escribir el alma se enrarece cada día. Se vuelve más espiritual y más irrelevante. Se abre una ventana en la que se buscan ángeles y entra tierra. Con la tierra se forma barro y así se forjan figuras y se atrapan lectores.

Hace diez años, me convertí en escritora no por mis méritos, sino por mis lectores.

Manifestación de taxistas

Ayer, igual que muchos capitalinos, no pude llegar a trabajar. El bloqueo que los taxistas hicieron paralizó la Ciudad de Mexico. Nos pasó lo mismo que Madrid, Berlín y otras ciudades europeas en las que la queja contra las compañías como Uber, Cabify o Didi. Parece que no les gusta la irrupción de la tecnología y que quieren privilegios en vez de competir en un mercado libre.

Fueron años de maltrato, de mal servicio, de autos sucios, choferes groseros, mal manejo, abusos. Y, aunque las plataformas empezaron muy bien y ahora ya no tanto, el problema está en otro lado. El clientelismo le aprieta el cuello a la Jefa de Gobierno. Sabe que parte de du cantera de votantes pagó por una placa para ser taxista. Sabe que muchos gremios de taxistas gozan de las prerrogativas de la lealtad y no sabe como abordar el problema. Pero, a decir verdad, no es la única que no sabe que hacer.

Ayer, escuelas, universidades, institutos, empresas decidieron seguir la vida como si en la Ciudad de México no pasara nada. Se exigió a estudiantes, profesores, trabajadores, ejecutivos acudir a sus lugares de trabajo o estudio poniendo en riesgo a la gente y contribuyendo a aumentar en nivel de problemas.

Hubo personas que se levantaron temprano para ir a clase de siete de la mañana o para empezar su labor y que pasaron diez horas paradas en sus autos sin poderse mover. Fue un absoluto desperdicio de tiempo, una calamidad, una frustración enorme que se aparejó con la angustia de una sanción por no haber llegado. Ya no hablemos de las emergencias.

Entiendo, hay empresas que no pueden parar y pérdidas que nadie quiere asumir por una razón más próxima a la sinrazón. Pero, hay otras que debieron parar: las instituciones educativas debieron proteger a maestros y estudiantes en vez de abonar al problema. Vi camiones escolares parados por horas y horas con niños desesperados y aburridos. Supe de madres que se quedaron atascadas en el tráfico por querer ir a rescatar a sus hijos.

Claudia Scheinbaum dijo que un porcentaje menor al uno por ciento son los quejosos y lo declara casi orgullosa. Me apena ver su incompetencia, si ese es el porcentaje ¿por qué no tuvo la capacidad de negociar con tan poquitos taxistas? Paralizaron la ciudad y el costo social fue muy alto.

Mañana de otoño

I

Hay mañanas de otoño en las que uno quiere acurrucarse entre el calor de las sábanas y dejarse abrazar. Pero, estiras la mano, te topas con un hueco. Él ya se ha ido. Te armas de valor y sales de la tibieza protectora de la cama.

II

Recolectas la muestra. Bajas con cuidado los escalones de la casa que justo esa mañana están tan llenos de dudas. Tiembla el cuerpo y vences el impulso de volver a la cama. La luz del baño se ha quedado encendida. Triunfas sobre la intención de desandar los pasos para ir a apagar lo que está prendido.

III

Abres la puerta de la casa. El aire del despertar otoñal es fresco, habitado por todas las verdades que aún no has dicho. También crees que trae respuestas decisivas. Caminas por la calle oscura. Te preguntas si le diste dos vueltas a la llave de la puerta. Das pasos en la intemperie, por la calle oscura, vacía, silenciosa. Caes en la cuenta de que es domingo y todavía no sale el sol.

IV

Entras al laboratorio. La gente toma el turno que escupe una máquina despachadora de números. Se sienta. Los empleados se pierden el la profundidad de las pantallas planas de su computadora. Los que esperan miran el teléfono. Nadie responde tus buenos días.

V

Preguntas a quién debes entregarle la muestra. El empleado no te mira: espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Me vuelvo gris.

VI

Los momentos de espera se alargan y se vuelven pesados. El reloj mueve las manecillas con pereza dominical. La sala de espera está llena de caras verdes, rojas, amarillas, moradas que se van apagando y se vuelven grises. Hay dos empleados en admisiones que tienen la cara enojada.

VII

Vuelvo a preguntar. Espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Sigo siendo gris.

VIII

Todo es raro y difícil. Es como sentirse dentro de un espejo que se llenó de niebla. Es como ver reflejos atrapados por la bruma. Somos un extraño conjunto que espera. Una camisa echa bolas junto al cubo de la ropa sucia, un plato sin lavar en el fregadero, una blusa arrugada en el burro de planchar, un calcetín con un hoyo, un pensamiento fugaz, un grupo de personas que no se miran.

IX

Observo. Las comisuras de los labios están tiradas hacia abajo. La conciencia se diluye entre las fronteras de una pantalla.

X

Escucho mi nombre. Entrego mi muestra. Ponen una etiqueta en la que se lee mi nombre. También la edad. Digo gracias. Digo adiós. No hay respuesta.

XI

Salgo a la calle. El viento fresco me recuerda todas las verdades no dichas, las verdades decisivas. Miro al cielo. Parece como si la araucaria, el álamo, la jacaranda y el trueno movieran sus copas y agitaran sus ramas para saludarme. Les digo buenos días y ellos parecen contestarme, buen domingo.

XII

Amaneció. Los rayos del sol despertaron. Me miro en el reflejo de aquella ventana. Dejaste de ser gris. Escucha. Te acaban de decir algo importante. Todo va a estar bien.

Una novedad detectivesca: Muerte en Estambul de Petros Márkaris

Mákaris, Petros

Traducción del griego de Ersi Marina Samará Spiliotopulu

Muerte en Estambul

Editorial Tusquets, 2008

De cuando en cuando, uno se topa con novedades que sobresalen y llaman la atención. Muerte en Estambul es el extraño caso de una novela de policías y ladrones en la que suceden cosas extrañas gracias a la magnífica pluma de Petros Márkaris. Se teje una línea narrativa en la que un detective está investigando a un asesino serial y cae en la conclusión peculiar: no quiere atrapar al malo de la novela. En realidad, llega un momento en que el lector está de acuerdo con el planteamiento del autor y con las reflexiones del detective.

Kostas Jaritos es el detective que aparece en una serie de novelas de Petros Márkaris y es un personaje que sobresale por ser un investigador atípico. Se aleja de las figuras emblemáticas de Sherlock Holmes —que todo lo sabe—, de Hercules Poirot —que todo lo deduce—, de Phillipe Marlowe —que está al tanto de todo el teje y maneje de los casos—, sino que es un hombre contemporáneo que al que se le ve interactuando con su esposa, se le conocen los problemas familiares y expresa opiniones económicas, políticas, migratorias y nos permite ver un mundo ajeno en ojos cotidianos. Muerte en Estambul, cuyo título es una especie de homenaje a otros de Agatha Christie es una rareza que envuelve temas contemporáneos alrededor de una línea narrativa de detectives.

Muerte en Estambul no es la primera de las novelas protagonizadas por el comisario Jaritos. La serie, que arrancara en 1995 con Noticias de la noche, llega hasta 2016 y, por el momento, para regocijo de los seguidores de Márkaris, no está a la vista la jubilación de su irónico, tierno y muy humano protagonista. Esta novela pertenece a lo que se ha dado por llamar el género de novela negra mediterránea y otro de sus representantes es Manuel Vincent.

El acierto de esta novela es que Márkaris nos mete de inmediato en el escenario que será una de las grandes mesuras que el autor tiene para el lector. Estamos en Hagia Sophia, en Estambul acompañando a un grupo de turistas en su recorrido por el lugar:

“La altura de la cúpula de Santa Sofía es de cincuenta metros con sesenta centímetros… suena la voz de la guía.” (p. 11)

El comisario Kostas Jaritos y su mujer, Adrianí, han viajado hasta Estambul con la idea de descansar unos días y mitigar algunos de sus problemas cotidianos. Entre ellos, ocupa un lugar preeminente el matrimonio civil de su hija Katerina, cuya negativa a casarse por la iglesia, a la manera tradicional, no abandona en ningún momento el pensamiento de su padre y, mucho menos, el de su ofendida y temperamental madre.

“¿Qué hacer cuando las decisiones de los hijos atormentan a los padres?” (p.17)

Las relaciones entre los miembros del grupo griego que comparte visitas, autocar y hotel, tampoco ayudan a que la estancia sea idílica.

“La cháchara informativa de la guía turística, más que ilustrarme, confunde.” (p. 12)

Pero todo puede empeorar: entre visitas a catedrales, mezquitas, tiendas y mucha, mucha comida local, Jaritos traba contacto casual con el escritor Markos Vasiliadis; ello lo lleva a embarcarse en la búsqueda de una anciana dama, María Jambu, la que fuera nana de la familia de Vasiliadis. Poco más se sabe de la señora, aparte de su viaje a Estambul desde la zona rural en la que habían transcurrido los últimos años de su vida.

“Se llama María Jambu, anoche quise averiguar si había viajado con ustedes” (p. 37)

Lo que parece inicialmente un simple caso de desaparición, se complica con el hallazgo del primero de una serie de cadáveres, griegos unos, otros turcos, que trastocará los días de ocio de Jaritos para transformarlos en una desafiante, y a ratos gravosa, colaboración con las fuerzas turcas de la ley.

“—¿Cabe la posibilidad de que también a ella la envenenaran? —Pinta que no. Si hubieran comido juntos, la habríamos encontrado en la casa. De haber muerto más tarde, estaría en algún hospital. En todo caso, la estamos buscando.” (p. 40)

Entre los elementos más interesantes de la obra, se encuentra la necesidad, propia de la novela negra, de plasmar la realidad social de las circunstancias de los personajes; en el caso de Muerte en Estambul, parece cumplirla con pasmosa facilidad.

“Supongo que me quedaré con la duda porque, cuando se trata de Adrianí, es imposible distinguir entre la verdad y la ficción.” (p. 55)

Así, encontramos multitud de escenas perfectamente reconocibles para quien esté familiarizado con el tradicional carácter griego, donde la familia ocupa un lugar primordial y las tradiciones, insertas en un mundo constantemente cambiante, son casi intocables.

“Todos los opresores tienen la misma cara, y todos los edificios construidos bajo su mandato, el mismo estilo.” (p. 59)

Su compromiso con el trabajo y la investigación complica sobremanera la relación del comisario con Adrianí, vivo retrato de la típica esposa griega; con todo, la mayor parte de las escenas cotidianas funcionarían igualmente en otros escenarios, por ejemplo, uno en el que la lengua fuese el español en cualquiera de sus variantes.

“Será que mi mujer tiene poderes de adivinación o que su maldición ha sufrido efecto, porque en cuanto salimos del comedor… pregunto aliviado pensando que podré disfrutar el resto de mis vacaciones y, al mismo tiempo, podré cerrarle la boca a Adrianí.” (p. 56)

Ahí es donde cobra más sentido la subclasificación de novela negra mediterránea que el propio Márkaris y gran parte de la crítica han dado a la serie del comisario Jaritos. Por oposición a la novela negra nórdica, los crímenes de la mediterránea son tal vez menos retorcidos, menos sangrientos. Lo importante no son los balazos, los chorros de sangre o la imagen del crimen sino la crítica social que se adhiere al género, haciendo una denuncia con sustento económico y político.

“Estampamos los nombres de Atatürk o de Venizelos en cualquier calle o pasaje que se nos ponga por delante, sea una avenida, un callejón o un camino de cabras.” (p. 58)

Pero ello no obsta para que la crítica social, principal aditamento del género, mantenga intacta toda su fuerza. Los problemas de convivencia entre culturas enfrentadas desde hace siglos se ponen de relieve a través de reflexiones en torno a la posición de las minorías en Europa o sobre la vida de los griegos que permanecieron en Estambul a pesar de las crudas presiones para expulsarlos tras los diversos desastres de los años cincuenta. No sale bien parado, gracias al eficaz retrato de caracteres de Márkaris, el oportunismo de quienes aprovecharon la presión política para enriquecerse con la pobreza y la miseria de otros.

“Soy un hijo de la minoría turca en Alemania. Cada vez que un turco mataba, robaba o agredía a alguien, le cargaban las culpas a la comunidad entera, porque los alemanes creen que todos somos iguales.”. (p. 164)

En medio de todo esto, la figura de quien comete los crímenes, acción desencadenante del núcleo de la investigación del comisario, se erige prácticamente en espíritu vengador de las injusticias sufridas en sus propias carnes y en las de sus seres queridos. La empatía del lector, guiado por el protagonista, así como el aprecio por la justicia poética de la obra, resultan inevitables.

“Por lo demás, la estancia está vacía. En la cama está tendida una mujer con el cabello blanco, labios carnosos y vello sobre el labio. Está en los huesos, y las mejillas, hundidas, se le han pegado a las encñias.” (p. 231)

En esta joya de la ambientación geográfica, política y humana, no solo Jaritos, también el comisario Murat, su esposa, las amigas grecoturcas de Adrianí, incluso la propia esposa e hija de Kostas Jaritos, se encuentran, al igual que Estambul (o Constantinopla), entre dos mares: la tradición frente a la modernidad, las obligaciones familiares frente a la libertad, la responsabilidad frente al deseo. El choque entre lo griego y lo turco queda, por tanto, convertido en mero símbolo, denotativo de una dicotomía de ingentes dimensiones y prácticamente irresoluble.

“Le doy una palmadita amistosa en la espalda, sin añadir ningún comentario, No quiero decirle que podría ser el último destello de luz antes de la muerte” (p.233)

También, vemos la claridad de la estructura del personaje:

“Por suerte, Adrianí nunca se ha engañado a sí misma, siempre ha sabido quien soy: Kostas Jaritos, madero griego” (p. 35)

Para concluir, la novela negra mediterránea tiene un toque de felicidad con el que Márkaris nos redime en las páginas finales:

“Intento borrar de mi mente la imagen de María y sustituirla con la de Katerina y Fanis. Por fin, mientras el coche baja hacia el puerto, lo consigo.” (p. 24)

Anteriores Entradas antiguas

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: