Mi tío Memo

Hoy el corazón de mi tío Memo se quedó quieto, dejó de latir. La vida terrena se detuvo para dar paso a una superior y mejor en la que será recibido entre cantos y flores. La voz que todo lo sobrepasa y que no está a la altura de ningún concepto material se puso frente a mi tío Memo y le extendió los brazos para llevarlo al reino de la Luz. Le fue dada la chispa de la gloria y entró a ese lugar de felicidad eterna y de amor del que nunca se acaba.

La última vez que hablé con él me dijo: Estoy listo. Estoy listo para lo que Dios quiera, para seguir viviendo o para encontrarme con él, de ese tamaño era su fe. De esas dimensiones será la alegría de su certeza. Mi tío Memo es el hermano mayor de mi papá, nunca dejará de serlo. De todos los Durán Saavedra era el más virtuoso: tenía la habilidad de someter cualquier instrumento musical y hacerlo hablar al son que él quería. Llevaba la música en las venas. Su talento lo llevaba a escuchar una canción, sentarse al piano y tocarla como si conociera la partitura, como si él mismo la hubiera compuesto. Me encantaba escucharlo tocar el piano de casa de mi abuelito y sentí una felicidad enorme el día que tocó para mis hijas “El chorrito” en el de mi casa. El amor por la música me los inculcó él.

No fue lo único. Mi tío me enseñó a montar a caballo. En mi infancia, no hubo vacación que mi tío no nos llevara al rancho de mi abuelito a pasear a caballo. Nos levantábamos tempranito, a veces todavía estaba oscuro y tomábamos el rumbo a La Noria. Allá veíamos el amanecer. Betty, su hija menor y mi mejor cómplice de travesuras infantiles, mi tío Memo y yo hacíamos esos recorridos todos los días de las vacaciones. Lo escuchábamos platicarnos de Las Poquianchís, de los mitos y leyendas de la región, también nos platicaba de sus operaciones, era médico, de sus pacientes. Nos hacía cosquillas. Nos indicaba el modo correcto de subir al caballo, de agarrar la rienda, de controlar una bestia.

En mi tío admiré el amor por la raqueta, jugo frontenis por muchísimos años y lo hacía muy bien: es decir, era bueno y se divertía.

Mi tío Memo era puntual y metódico, de raza le viene al galgo. Nunca llegó ni temprano ni tarde a ninguna de sus citas. Lo recuerdo jugando damas chinas con mi padre en las mañanas de aquellas vacaciones infantiles. Me enseñó a jugar, a entender que el juego no se trataba de mover caniquitas de colores, sino de entender el tablero y de tener una estrategia de movimientos.

Recuerdo que una vez, cuando estaba aprendiendo a manejar, me llevó a Ciudad del Sol, en La Piedad. Me cedió el volante y justo cuando íbamos en plena subida, apagó el coche que era de velocidades. Si sales de ésta, habrás aprendido a manejar. Él fue el primero que me enseñó lo que era el mar. Mi primer viaje a la playa lo hice con la familia de mi tío Memo, fuimos a Mazatlán.

Tantos viajes a la playa, a Manzanillo, a Acapulco, a Mazatlán, tantos cocos en la playa, tantos juegos en el mar, tantos paseos en el rancho, tantas historias y tantas anécdotas no caben en las lágrimas que se me salen al saber que el corazón de mi tío decidió tomarse un descanso. Duele la tristeza de este cambio. La evidencia de ese paso es tan contundente, pues ese paso a la trascendencia se lleva la vida de por medio. Pero, la puntualidad tan característica de mi tío Memo, la claridad de ideas y la serenidad con la que me dijo: Estoy listo sirve no sólo de certeza, sino de consuelo.

Mis palabras son más cortas que todos mis recuerdos. El reflejo de unos y otros son como un arco iris que ahora vienen iluminados por otro fuego. En medio de la memoria, se dibuja un círculo de luz que unen el presente y el pasado con esa certeza que mi tío ya contempla. Le faltan potencia a mis palabras. Pero, mi tío va al Bien a platicarle de lo que vivió en este mundo y por fin tendrá ante sus ojos todo lo que es perfecto, armonioso y luminoso.

A mi tía Bertha, a mis primas: Paty, Mary y Betty, a sus nietos y a sus bisnietos les mando un abrazo lleno de cariño. La vida terrenal de mi querido tío Memo se detuvo, la de la trascendencia en la que él creyó tan firmemente, está iniciando.

Pollo con ciruelas, Marjane Satrapi

¿Cuánta ternura y cuánto odio cabe en un libro? Marjane Satrapi es la guía que nos conduce de la mano en el intrincado mundo de un arista que ha decidido morir. La cotidianidad se vuelve imposible de soportar desde que el músico ya no puede tocar el instrumento que le da identidad.

Su tar, un instrumento de cuerdas, similar al laúd, típico en Irán, con el que Nasser Alí —el personaje principal— despliega maravillas, se rompió, lo rompieron. El busca reemplazarlo, pero la tar y el músico estaban tan compenetrados que parecían uno mismo. La destrucción de uno dio paso al comienzo del derrumbamiento del otro. El deseo de muerte se hizo presente. Y, eventualmente llegó.

Pollo con ciruelas nos lleva al recorrido de todos los personajes que amaron a Nasser Alí y como se relacionaron con él en el proceso en el que Nasser Alí decide dejarse morir de tristeza y la historia que los unió en el pasado. Satrapi juega con flashbacks para mostrarnos su relación con el hermano menor, con su madre, con su esposa. También nos empuja al futuro, en flashforwards que nos permiten ver la vida de los hijos.

En Pollo con ciruelas entendemos la mente de un artista en contraste con la de los que conviven con uno y no lo son. La frustración del desencuentro entre los mundos concretos y los artísticos, la rabia y el desconsuelo, la impotencia y el ímpetu, las ganas y la dejadez. Al final, ese regusto de tristeza que se queda en quienes no se entienden y la imposibilidad por lograrlo.

Satrapi, con esta novela gráfica apela a los sentimientos universales a través de dibujos en los que nos permite atisbar la cultura iraní. El odio y el amor como motores de inspiración para llegar a aquella ilusión que nos sirvió de inspiración a lo largo de la vida ¿No es eso literatura?

Frida Sofía

El nombre me pone los pelos de punta. Hace un año, las personas que vivíamos en la capital de la República Mexicana amanecimos con el ánimo por los suelos, sentíamos la garganta hecha nudo y una especie de polvito que nos picaba el cuerpo. Después del sismo del 19/09/17, porque la ironía no nos dispensó la mala broma de repetir la tragedia de un terremoto en la misma fecha, en el mismo lugar con casi tres décadas de diferencia, amanecimos alicaídos. Muchos salimos a la calle para ver en que podíamos ayudar, llevábamos a los centros de acopio alimento, agua, medicinas, picos, palos, cuerdas o lo que hiciera falta y queríamos ser útiles y solidarios. Por primera vez en mucho tiempo, la calle fue de los ciudadanos. Nos sentíamos más seguros afuera que en nuestras casas. No teníamos miedo de hablar con desconocidos, no nos asustaba que alguien nos fuera a asaltar o a hacer daño.

Otra vez, como hacía años no nos pasaba, nos sentamos frente al televisor para informarnos. Las redes sociales daban cuenta de muchos lugares en los que se necesitaba ayuda que luego resultaban ser falsos y, entonces, la televisión mexicana perdió una oportunidad de oro que la tragedia le estaba poniendo en bandeja de plata: ser una fuente confiable y creíble de información. No, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. En medio del dolor, de la destrucción, de los recuerdos surgía un nombre: Frida Sofía.

Nos enfrentaron a la realidad de la escuela Enrique Rébsamen, a imagenes de pequeñitos que fueron sacando de entre los escombros y luego nos dijeron que había una niñita que se llamaba Frida Sofía que estaba atrapada entre los pedazos que quedaron de esa construcción que después nos enteraríamos estaba rodeada de irregularidades, de permisos falsos, de certificados ilegales y de corrupción dolorosa, de esa que cuesta vidas. Pero, nada de eso importaba. Lo que queríamos era que Frida Sofía saliera con vida.

Televisa hizo una transmisión en la que casi segundo a segundo nos iba informando sobre los avances de ese rescate. Primero nos dijeron que era un niño, pero no sabíamos su edad. Me venció el sueño y me quedé dormida pidiendo a Dios por esa criatura. Soñé pesadillas. Mi primer pensamiento a día y medio del terremoto fue el niño que ya era niña y que se llamaba Frida Sofía. Puño en alto y todos guardaban silencio en los alrededores del Rébsamen y yo desde la casa también lo hacía y rezaba quedito. Hasta Denise Maerker engolaba la voz y todos llegamos a creer que si teníamos la esperanza en alto, lograríamos ver como sacaban a una nenita de las entrañas desbaratadas de una construcción vencida.

La tragedia subió de tono cuando empezó a llover en la Ciudad de México. La transmisión cambió de tono, la preocupación nos llevó al paroxismo y otra noche más me venció el sueño. Entre sueños, rezaba por Frida Sofía, por sus padres y sus familiares. En la mañana, me pregunté dónde estaría la familia de la pequeña y agradecí a los cielos que los reporteros fueran tan respetuosos con los familiares de la pequeña que estaba en semejante desgracia.

Y, el fiasco.

Frida Sofía no existe, nunca existió. Surgió de la mente retorcida de algún imbécil que además de estúpido es de un corazón tan negro como la oscuridad que reina en los infiernos. Así, la televisión mexicana que transmitió semejante mentirota, perdió el honor y la posibilidad de convertirse en un canal digno de comunicación confiable.  Nos volvieron a dar atole con el dedo y, al final, yo quisiera saber con qué afán lo hicieron.

¿Quién es Carlos Ramos?

Carlos Ramos es el árbitro que ejerció como juez de silla en la final del USOpen que disputaron Serena Williams y Naomi Osaka. Es un hombre prestigiado y en esa condición fue elegido para arbitrar un juego tan importante. No era la primera vez que lo hacía. Su fama le precede y en el circuito es conocido como un hombre estricto. Un árbitro debe serlo.

Serena Williams también tiene una fama que la precede. Sabemos que es una campeona y al igual que McEnroe, Connors y Roddick, son jugadores agresivos e intolerantes con la autoridad. No es la primera vez que vemos a la señora Williams gritar, romper, raquetas, hacer berrinches y perder una final en el USOpen por conductas antideportivas. Ya había sucedido en su encuentro con Kim Clijsters en el que perdió un punto por amenazar a una nuez de silla. Ese punto la precipitó a perder el partido. Sin embargo, ella perdió el partido porque enfrentó a una mejor rival. Su tenis no le alcanzó para ganar. Pero, Clijsters es una jugadora con experiencia, una mujer educada que extendió la mano a Williams y festejó su triunfo. Ella ganó, Serena perdió.

En el encuentro contra Naomi Osaka, Williams estaba verdaderamente apabullada por una jovencita que le pasó encima como aplanadora. Eso la desesperó al punto de montar un berrinche que le mereció las sanciones que Ramos le aplicó. Sólo un ciego no ve lo que sucedió. La mujer violó el reglamento. El coach de Williams confesó que sí estaban haciendo trampas, el warning que aplicó Ramos fue correcto. Serena rompió una raqueta e insultó a un árbitro. Tuvo claras conductas antideportivas y violaciones al reglamento vigente. Ramos aplicó las reglas.

Ahora, algunas celebridades como Billie Jean King —quien ha luchado tanto por un deporte más igualitario—, sale a defender a Williams y se hunde con la jugadora. King dice que la sanción a Williams es por cuestiones raciales y de género. Me molesta que temas tan relevantes se esgriman para defender lo indefendible. Desgastar estos argumentos y poner a una jugadora berrinchuda que violó el reglamento en condición de víctima es verdaderamente indignante.

Ahora dicen que Carlos Ramos es machista y racista.

No.

Carlos Ramos es un hombre sensato, un árbitro que hizo su trabajo, que aplicó el reglamento a la letra. Me parece que Williams hizo trampa cuando su coach le hizo señas. Serena mintió cuando dijo que no era tramposa, su propio entrenador la echó de cabeza. Ramos la sancionó correctamente. Williams rompió una raqueta y fue sancionada correctamente por ese hecho. Serena perdió los estribos e insultó a la autoridad y recibió un castigo por ello. Carlos Ramos es el árbitro que aplicó las reglas y no se dejó impresionar por la figura de Serena Williams.

Ser mujer, ser afroamericana, ser una celebridad, ser amiga de Billie Jean King no te da carta blanca para violar reglamentos, no te hace intocable y no te blinda para que puedan portarte en forma antideportiva. ¿O si? Me alegro que la Federación de Tenis apoye el arbitraje. Me parece un error que no le hayan dado un reconocimiento por su actuación en el partido.

Carlos Ramos defendió el juego blanco que caracteriza al tenis. El tenis es un juego de caballeros, la nobleza es una de sus principales características. La patanería se debe alejar de las canchas. El honor del luego se debe respetar y proteger. No existe arbitraje a la carta, dijo con toda la razón del mundo, el juez de silla.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Naomi Osaka ganó con la raqueta en la mano. Serena Williams perdió.

Lo que en realidad sucedió a Serena Williams

El escándalo que se ha levantado en torno a la derrota se Serena Williams en la final del USOpen y los comentarios que a suscitado me dejan perpleja. Desde Don Lemon hasta Christopher Cuomo han tratado de hacer un panegírico torciendo la situación esgrimiendo razones que son sinrazones para justificar a la tenista afroamericana. Algunas veces se abusa del uso del micrófono. Dicen que lo que sucedió no hubiera pasado si ella hubiera sido hombre o si hubiera sido blanca. ¿En serio piensan jugar esa carta? Entonces, o no vieron lo que sucedió o les dieron línea para torcer la realidad.

Defender a Serena Williams es no entender. Justificar es no entender. El tenis es un juego de honor, es un juego de nobleza. Es un deporte con reglas que deben respetarse. Serena Williams recibió un warning por recibir instrucciones de su coach —lo que está prohibido— y le fue a gritar al juez de silla. Le dijo que ella no era tramposa y que ella no estaba recibiendo instrucciones de su entrenador. Más tarde, en conferencia de prensa el coach confesó que sí le estaba diciendo qué debía hacer, pero que como todos lo hacen, él lo hizo. Entonces, ¿es tramposa o no?

Luego, rompió una raqueta, recibió otro warning y le aplicó el castigo: perdió un punto. Eso dice el reglamento. Entonces llegó lo peor: le dijo a Carlos Ramos, el juez de silla que era un ladrón por robarle un punto y mentiroso por decirle tramposa. Entonces, la volvió a amonestar y eso la llevó a perder un juego.

Invocar que eso le sucedió a Serena Williams por ser negra o por ser mujer es faltarle al respeto a la raza negra y a las mujeres. Carlos Ramos es un prestigiado juez y lo único que hizo fue aplicar el reglamento. No debemos confundirnos. Cuando un tramposo se quiere esconder en su color de piel o en su género insulta y no debemos permitirlo.

Lo que en realidad sucedió fue que Serena Williams estaba desesperada porque no pudo ganar. Así de sencillo. La sacó de sus casillas que una novata le estuviera pasando encima. No le pudo ganar. Y, como lo hizo en el pasado, al darse cuenta de que no iba a ganar le echó a perder el triunfo a sus contrincantes. Lo hizo con Kim Clijsters también en en USOpen y ahora lo repitió con Naomi Osaka. ¡Qué pena! Una campeona como ella se revela como una mujer berrinchuda que no sabe perder.

¿No podría Carlos Ramos decir que le quitaron injustamente la miniatura del trofeo por discriminación por tener origen latino? Lo que en realidad sucedió a Serena Williams es que nos supo ganar. No le busquemos tres pies al gato.

Recordando a Aristóteles

Ayer estuve escuchando una cátedra muy interesante sobre la ética aristotélica. Las reflexiones del profesor me hicieron recordar la voz de mi querido padre Sanabria que fue mi maestro de ética en preparatoria. Han pasado muchos años desde que yo estuve en ese salón de clases y muchísimos más desde que Aristóteles reflexionó en torno al comportamiento del Hombre, sin embargo, la pertinencia de sus postulados sigue siendo vigente.

Podemos o no estar de acuerdo con el filósofo, pero reflexionar sobre lo que hace el Hombre, sus acciones, su búsqueda por el bien individual a partir de criterios universales me lleva a conclusiones sumamente sencillas, tal vez poco elevadas pero realmente prácticas: nos hace falta pensar. Nos es necesario detenernos y observarnos para entendernos.

Aristóteles define al Hombre como un ser social, como un ser de conductas. El individuo tiene comportamientos que son sujetos de estudio -observación-  para ver si va por el camino correcto o se a extraviado en la búsqueda de la felicidad. Por ello, podemos deducir que la ética es la ciencia que nos ayuda a entender cuál es la ruta que me lleva a la alegría y en dónde se encuentran los puntos que nos llevan a equivocarnos.

Entonces, si yo tengo claro lo que es la felicidad, todo es glorioso. El problema empieza cuando no sé lo que es la felicidad porque en este estado de duda y confusión pueden pasar dos cosas: que cualquier cosa me parezca felicidad o que nada sea felicidad.

Alétheia (en griego ἀλήθεια “Verdad”), es el concepto filosófico que se refiere a la sinceridad de los hechos y la realidad. La Altéheia de Parménides se vincula con la correspondencia entre la verdad y la congruencia. Para Aristoteles, altéheia es el descubrimiento, el desocultamiento de la Verdad. A este recorrido a través de las diferentes posibilidades humanas de relacionarse con el ente en orden a su aprehensión y a su apropiación en el conocimiento es al que nos invita el filósofo para reflexionar en torno a la felicidad como un fin humano.

Insisto, han pasado muchos años. La voz del padre Sanabria llega como un recuerdo que parece más bien un susurro. Y, la pregunta se escucha como un estruendo. ¿Voy por el camino correcto o me extravié en algún punto?

Pretextos literarios por escrito 15

Seguimos atrapando lectores para nunca dejarlos ir.

Pretextos literarios por escrito Número 15

Volver a ver Vaselina

Hay películas que envejecen bien, Vaselina es una de ellas. Hace cuarenta años que John Travolta y Olivia Newton John salieron a escena a reinterpretar una versión de los años cincuenta. Y, aunque la consciencia te hace saber que esa película se estrenó hace mucho tiempo, el número impacta. Sí son muchos años. Tenía miedo de ir y de reencontrarme con un vejestorio que me desilusionara. No sucedió. Le tengo cariño especial a esa película. Cuando la fui a ver, fue la primera vez que mis padres me dejaban salir sola con mis amigos, sin adultos de la familia que nos acompañaran.

Nos llevó Miss Theresa Robinson, nuestra maestra de inglés a todo un grupo de niños de su grupo de sexto de primaria. La mujer era valiente. Llevábamos la advertencia de portarnos súper bien y nos comportamos. Fuimos al Dorado 70, un cine enorme en Plaza Universidad y nos sentamos en la última fila. Cantamos todas las canciones que Miss Theresa nos había hecho aprender de memoria. Salimos felices y nuestros héroes Sandy y Tony no nos defraudaron.

No, no defraudaron ni entonces ni ahora.

En aquella época veía a Rizzo algo vieja para estar en la escuela y con trabajos Olivia Newton John se ajustaba a la edad del personaje. Ahora, me di cuenta de cosas que entonces me pasaron desapercibidas: el tratamiento hollywoodense de los personajes, el estereotipo de la escuela, el baile como motor de alegría dieron y siguen dando a los jóvenes una gran motivación y a los que hacen películas mucho dinero. Hay cosas que no cambian.

Pero, cambiamos nosotros. Pensé en esa niña que fue a ver con sus amigos Vaselina. La vi y ella me vio. Ambas nos sorprendimos de que lo que bien se aprende no se olvida. Recordé y canté todas las canciones con ese entusiasmo infantil de la primera vez. Me enternecí al recordar las sensaciones y preocupaciones de esos años. Espero que aquella niña tan inquieta, tan traviesa, tan malportada, se sienta satisfecha de lo que vio. Estoy segura de que se sorprendió, eso sin duda. Nos sonreímos, eso sin duda.

Al final, ver Vaselina, cantar como niña, ver a ese Travolta que me hizo suspirar, ver los bailes y escuchar las canciones me remitió a esa etapa bendita de la Escuela Emerson en la que mis amigos y yo sentíamos y teníamos en mundo para comernoslo a puños. Recordar es traer al presente esa posibilidad. También, es darnos cuenta que el tiempo no pasó en vano.

Todos los adioses (Rosario Castellanos)

Todos los adioses es una película sobre fragmentos escogidos de la vida de Rosario Castellano. Son pedazos que nos muestran la complicada vida amorosa que tiene una escritora prolífica que se casa con alguien que no tiene la misma capacidad creativa.

Algunos de podrán confundir y pensar que se trata de una exposición de motivos de una autora luchando por los derechos de la mujer, no creo que sea sólo eso, sería restringir el argumento a algo importante, sin duda, pero pequeño en términos del gran tema que sí se trata: el retrato del creador en su entorno.

Pocos podrán entender la mente de una escritora que vive obsesionada con sus personajes, sus tramas, sus versos al nivel de no poder elevar la mirada de la hoja que está tecleando para tener una conversación con su marido, o no dejar el mundo de fantasía para abrazar a un hijo que le costó el alma parir.

En todos los adioses no hay juicios. Es una sutil secuencia de provocaciones, de puntos que muestran para que el que observa los conecte y llegué a sus propias conclusiones. Es entrar a la cotidianidad de una mente creativa exitosa y femenina y ver lo que sucede y enterarnos de que en la vida de un poeta no todo es poesía.

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