Sin fiscales

Cuando era pequeña y saliamos de viaje, mi papá nos daba dinero para gastar. Por supuesto, al entrar a una tienda, me queria comprar todo pero caía en la cuenta que no me iba a alcanzar. Mi mamá me recomendaba: para elegir lo que mas te conviene, piensa para qué lo vas a querer. El consejo me sigue sirviendo en la vida adulta. Creo que nos vendría bien a todos. Nos lleva a pensar para no comprar espejitos. La democracia mexicana ha creado muchas instituciones garantes de la voluntad del pueblo, de la transparencia, de la justicia. Resulta que en el papel lucen espléndidas, pero al aterrizar esas ideas no sabemos operarlas.

Tenemos fiscalías que debieran estar en cumplimiento de sus propósitos, pero no sabemos ponernos de acuerdo para elegir fiscales. Una institución acéfala no sirve pero cuesta. Nuestras fiscalías son caras e inoperantes. Amanecemos en los últimos días de octubre enfrentados a una realidad absurda: no hay fiscal general, no hay fiscal anticorrupción y no hay fiscal electoral. Lo que sí que tenemos es un escenario político en el que la confrontación y la polarización se hacen cada vez más presentes y la opinion de la sociedad civil se ve cada vez más alejada. Nos vemos de dos formas: comparsa de partidos politicos y espectadores indignados. 

A la luz de semejante despropósito, en el que creamos instituciones para dejarlas acefalas, podemos concluir: ha sido un error dejar la política a los políticos. Pascal Beltrán del Rio dice: Entre 1985 y 1996, la sociedad civil jugó un papel muy importante en la concepción y creación de instituciones que aseguraban que el interés público no fuese regido por el interés partidista. Sin embargo, habiendo creído terminado su trabajo, la sociedad se replegó y dejó a los partidos actuar a sus anchas en el escenario político. El resultado fue la captura de instituciones —como el antiguo IFE, hoy INE— donde impusieron a sus representantes mediante un sistema de cuotas. Mientras nos enojamos o aplaudimos como focas, hoy estamos pagando tres fiscalías que nos cuestan y están incompletas. Además, estamos pagando a legisladores que solo saben ver para sus conveniencias, sin mirar al pueblo. ¿Para que las queremos así?

En un país que tiene pobreza alimentaria, en el que la linea de bienestar no se cruza por obra y gracia del salario mínimo, el desperdicio es una ofensa. Mantener instituciones sin cabeza es lo mismo que no tenerlas, es relfejo de la incompetencia de nuestros legisladores y, sin duda, es la imagen del clientelismo político que tiene atorado al proyecto da país que todos deseamos. Nuestras instituciones parecen monstruos sin cabeza.

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Un viaje de amigas

En lo que el mundo anda preocupado por los niveles de consumo de heroína en Estados Unidos, por si Cataluña es España o ya dejó de serlo, por si la FEPADE tendrá o no un nuevo fiscal, si los senadores deben votar a oscuras o a plena luz del tablero, por si creer o no creer las amenazas de Norcorea sobre la inminente guerra nuclear, mis amigas Bibi, Anna y yo hicimos maletas y nos vinimos a San Miguel.

Seguramente, todos los grandes temas continuan respirando a su ritmo. Desde luego, las cosas seguirán su curso. Así que, nosotras, como quien decide voltear para otro lado, tomamos camino para San Miguel de Allende para convertirnos en testigos de honor de que la vida es divertidísima. Apenas íbamos tomando carretera y ya no aguantábamos la risa. Viajar entre amigas, sin más compañía que nosotras mismas y con el mejor interés de platicar sin el reloj en la mano ha sido una maravilla.

Es verdad, coincidio el cambio de horario. ¡Vaya metáfora! Se acabó el horario de verano y tuvimos que echar las manecillas del reloj para atrás. Pues, asi merito nos pasó. Muchos recuerdos, muchas palabras, mucha música, tantas anécdotas, buena comida, mejor bebida y las horas se iban volando mientras caminabamos por la subida tan empinada de la calle de Umarán. Sólo cuando nos faltaba el aire dejabamos de platicar, pero no por mucho tiempo.

Sería bueno que todas las amigas viajaran más seguido. Estoy segura que la Paz Mundial estaría más cerca si las amigas de este planeta pasaran más tiempo juntas sin otro quehacer que contarse sus cosas y dejar que las risas les quiten el aliento. Si las mujeres se divierten, la Tierra respira mejor. Uy, que si nos hemos divertido.

Por ahí vamos deteniendos en cada tienda de la calle de Relox, visitamos cad puesto del mercado de artesanías, nos detenemos a comer en algun lugar con techos altos, nos vamos a postrear —asi se dice aca en San Miguel cuando vas a comer postre y tomar cafe después de la comida, seguimos metiendo la nariz en cada lugar, nos sentamos en la plaza, nos topamos con muchas mojigangas, nos quedamos viendo el campanario de la iglesia, oímos mariachi, se nos deshace la garganta cantando que la vida no vale nada y vemos un burrito blanco que preside una fila de gente que lo sigue con entusiasmo. Segumos con las metáforas.

No queremos que se acabe el viaje, pero lo dicho, el tiempo corre a sus aires que aqui en San Miguel estan muy limpios. ¡Ay, que bonito es volar!, dice la cancion de la bruja. Yo siento que el tiempo se va volando y que las cosas toman otra dimensión cuando estás con  esas amigas a las que has querido por tantos años. Ya volveremos y nos enteraremos de lo que pasa alla afuera, hoy aqui en San Miguel, todo es motivo de recuerdos y risas. 

Cuando opinar se volvió una actividad de alto riesgo

La libertad de expresión es madre de muchas otras libertades. La prerrogativa de decir lo que pienso sin sentir escalofríos ha sido la lucha que ha motivado a muchos héroes. Defender las creencias, denunciar lo que no está bien, pensar distinto no debiera ser peligroso. Sin embargo, lo es. En México, opinar de volvió una actividad de alto riesgo. Elevar la pluma, abrir la boca, manifestar ideas resulta tan seguro que se corre el riesgo de perder la vida.

Escribir dejó de ser la actividad romántica del que escucha a las musas y vierte letras sobre la hoja en blanco. Sabemos que la letra con sangre entra, pero no pensamos que pudiera sacar sangre. Periodistas, editores, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, conocidos, no tan conocidos, de medios locales o globales, en el norte o en el sur,  corremos el riesgo de caerle gordo a alguien por lo que decimos y terminar golpeados, si nos va bien. Si nos va mal, ya sabemos…

El ejercicio de la pluma se convirtió en algo extremo. En México es más seguro caminar entre leones que opinar. Mueren más periodistas que personas devoradas por el rey de la selva. La libertad de expresión es un derecho tan fundamental que se cataloga como un derecho humano. Está consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Las constituciones de los sistemas democráticos también lo señalan por la razón más elemental: de la libertad de expresión deriva la libertad de prensa.

Por eso mismo, la libertad de expresión es madre de muchas otras libertades, es un elemento crítico para el desarrollo y el diálogo,  sin ella ninguna de estas libertades podría funcionar o prosperar. La libertad de expresión es un derecho universal que todo el mundo debe gozar. Todos debieramos tener el derecho a dar una opinión y a expresarnos; a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Abrir la boca con el único freno de la responsabilidad y el compromiso a la verdad es lo que debiera ser.

Pero, no sucede así.

Las bandas del crimen organizado, los delincuentes, las autoridades, los policias y ladrones, casi cualquiera puede levantar la mano y estrellarle el cráneo a una persona que opina. Están amparados por la impunidad y por el imperio de la injusticia.

La sangre que corre de los muertos que se atrevieron a hablar, los golpes recibidos por los que escribieron, las amenazas escuchadas, las advertencias no quedan nada más en aquellos que son víctimas de esta intolerancia inquisidora y asesina: son un agravio para la sociedad entera. Son el síntoma de una enfermedad que nos está matando a todos y que nos tiene las entrañas pudriendose a fuego lento. 

Había una vez en Cataluña…

Parece que la independencia de Cataluña tomó un camino de cuento chino. La narrativa errática, el arranque que atrapa el interés de la audiencia, la idea que cala hondo, el ardor que escuece el alma nacionalsta, el discurso victimizante de una región próspera que es devastada por una mano que sienten mas extranjera que propia y todo el relato que fue construido no bastó.Tanto  músculo textual se desintegra cuando no hay un fondo, cuando no hay cimientos que sostengan.

La diferencia entre una ocurrencia y una buena propuesta son el fin y los medios que se usarán para alcanzarlo. Si alguien empieza a aventar palabras a la hoja en blanco, será un palabrero. Si alguien se lanza a una aventura sin la realidad en la mano, será un vendedor de espejos. No importa que tan buen arranque tenga, tarde o temprano se les caerá la trama.

Por eso, hoy, el señor Puigdemont está pasando tragos gordos. Ya se le atragantaron las palabras y los motivos ya se le desgastaron. La huida de capitales de Cataluña fue la advertencia que no quiso escuchar. Pareciera que para que los catalanes se sintieran cómodos quedándose en España, debieran ser pobres y, en esa condición, recurrir a Madrid para estirar la mano y dejarse consentir. Eso de ser solidarios con otra región del país, les parecía un agravio. Ahora, se van quedando solos.

Las empresas se van, los turistas huyeron y en las calles de Barcelona los ánimos se siguen caldeando con tonos iracundos en jna dirección y en otra. Puigdemont dejó en suspenso una independencia que no se va a concretar porque no les conviene. Pero cuando se les ocurrió este cuento, no se imaginaron el final. Tal vez nunca lo tuvieron claro y ahora ya no saben que derrotero darle.

 

Cuarta ronda, muchos nervios

México, Estados Unidos y Canadá comparecen a la cuarta ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estados Unidos pone sobre la mesa propuestas inaceptables, mientras los mandatarios Trudeau y Peña se reunen en una cena lujosa y cordial el Palacio Nacional. El énfasis, para quien lo quiera entender, es claro: ni canadienses ni mexicanos se irán, seguiran negociando porque para eso estan ahí, para llevar a cabo un proceso que sea favorable para todos. Ninguno de los mandatarios se prestarán a ser rehenes de una sola posición, eso dijeron.

Pero, muchos medios se alzan con advertencias y admoniciones sobre el futuro sombrío del tratado comercial más grande del mundo. Y, aunque Trump se empeña en dañar la negociación —o eso parece—, sigo creyendo que todo el nerviosismo que se reporta tiene un punto de estridencia. Me parece que tanto susto no es prudente. Como que tanta preocupación me parece exagerada.

En negociación, dice la teoría, llega un momento en que las cosas se ponen álgidas. Las partes abren su juego y cada quien plantea sus conveniencias. Los estilos de negociación hacen evidente la personalidad de cada quien, unos son diplomáticos otros son patanes. Cada uno tiene su propio enfoque y tiene conveniencias divergentes, sin embargo, las que son convergentes son las que los tienen sentados ahí. En este caso, los beneficios que unen a los intereses de las tres naciones son mucho más grandes.

Es verdad, el tipo al que pusieron en la Casa Blanca es un ignorante que no entiende los beneficios de la globalización, o eso quiere hacer creer. Es un patán que cree que negociar es sinónimo de regatear, que piensa que con golpes en la mesa se consigue más y que a base de tuits se maneja una nación.  Eso eligieron y con eso hay que lidiar. Un negociador experto lo sabe, no se asusta: entiende las fases del proceso. 

La parte mexicana está compuesta por expertos negociadores. Es cierto, no hay garantías. Pero, el camino alternativo tampoco es pedregoso. Sin tratado comercial, están las reglas de la Organización Mundial de Comercio que protegen. Pero, las mejores protecciones nos vienen del consumidor estadounidense que no querrá pagar más por algo que antes le salía a menor precio. Eso lo entiende toda la gente. Incluso el viejecito necio que tienen despachando en la Oficina Oval. 

No veo muchas razones para estar tan nerviosos. Está pasando lo que sabíamos que iba a pasar, la negociación seria difícil, pero todavía no estamos en el momento de gritar a todos los vientos que ya se volvió imposible. No hay que adelantar vísperas. Por lo pronto, las calificadoras no se hacen cargo de las complicaciones propias de esta cuarta ronda. Si ellas están tranquilas, yo también. 

Titubeos en Cataluña

En España, la gente aguantó la respiración por unos instantes, guardaron silencio y escucharon lo que Carles Puigdemont tenía que decir. El mundo entero esperaba una declaración de tipo volado: cara o cruz, sí o no. Pero el señor se equivocó de juego o se cambió de tablero. Dijo que sí, pero hoy no. No hay mas que ver las evidencias para juzgar. Cuando alguien tiene frío se le pone la piel chinita y los dientes le castañetean. Parece que la estridencia independentista llegó al punto de quiebre y, ante las evidencias, le tembló la mano.

Las palabras de Carles Puigdemont dejaron de ser tan firmes y determindas. El referéndum tuvo resultados y generó efectos. Evidentemente, no los que él quería. La necedad de no escuchar las advertenicas, el poco alcance de miras que no le dio para ver lo que pasaría un día después, la arrogancia que lo llevó a violar la ley, a no escuchar a otros catalanes que le decían que ese no era el camino, la ira con la que se juzgó a los que amando a Cataluña no querian apartarse de España, tuvo consecuencias de amplio espectro. La independencia choca con los intereses económicos, los mercados son muy nerviosos, las empresas huyen buscando mesura, estabilidad. 

Los que piensan que una independencia no se pide por favor, los que juzgan que para lograrla hay que violar la ley y armar una revuelta se olvidan que no estamos en el siglo XIX. Hoy hay otras formas que buscan consensos y que son democráticas. Lo que pasó en Cataluña fue un despropósito en el que se le jalaron los bigotes al tigre con una inocencia que asombra a los que contemplamos a la distancia. Tal ve les faltó mirar a Escocia. 

Los valores de unidad, solidaridad y patriotismo quedaron en entredicho. El argumento era que Cataluña pagaba mucho a España, que era la región rica que cargaba a un muerto pesado, que ellos eran las hormigas y los demás las cigarras. Olvidaron que a veces así toca. Un resentimiento histórico se apoderó de la inteligencia de algunos y otros se valieron de ello para sacar a la gente a la calle y para amedrentar a quienes no pensaran que la independencia era una buena idea. No lo era, no lo es, dadas las condiciones.

Por eso Carles Puigdemont titubea, abre la rendija al diálogo y echa un paso atrás. Mariano Rajoy puede aprovechar este titubeo y alzarse con la gloria de la inteligencia. No está fácil. El reto es muy duro. Requiere de un pulso de relojero y de un manejo firme pero diplomático. Hablar, dar paso a la inteligencia. Pero, con la firmeza que el caso ocupa para frenar el caos catalan. La ley prevee caminos que hasta ahora no se han empleado y que parece que hoy son la alternativa. Pobres catalanes, buscando la independencia pueden terminar con el artículo 155 sobre sus espaldas.

El 155 permite al Gobierno de desde controlar las finanzas de la Generalitat, a dar órdenes o tomar el control de conselleries, la destitución de cargos o la disolución del Parlament. Lo que no puede hacer es suprimir o suspender la autonomía. En todo caso, buscando avanzar dieron los pasos del cangrejo. Hoy, ante el encontronazo, la fuente de riqueza catalana ya no parece tan abundante. Los turistas, las empresas y sus fuentes de ingreso huyen, así son los mercados. 

Por eso, frente a las consecuencias, Puigdemont dice que se va y se va y se va…, pero no se ha ido. Tal vez ya se dio cuenta que Cataluña no tiene otro lugar en el que más valga. Se lo dineron propios y extraños. Las facturas históricas que tendra que pagar ya le estan quitando la firmeza a sus palabras. Ahora, tendrá que definirse. 1-0 fue su apuesta,  o debe confundirse, él inició este juego.

La soledad de Ricardo Anaya

Dice Rafael Moreno Valle que cuando él se quiere enterar de lo que sucede en el PAN, le pregunta a Dante Delgado —dirigente de Convergencia—. No lo dice de broma, lo dice en serio. El senador Javier Lozano cuenta que hace mucho rato que la línea de comunicación con la dirigencia de su partido está rota. Margarita Zavala se fue del PAN sin hablar con Ricardo Anaya. 

Me imagino al dirigente del PAN tan solo en su oficina. Lo veo, frente al espejo ensayando algún discurso, con esa voz tan modulada que más que político, parece nana arrullando su bebé. Seguro se esta acicalando el pelo tan rubio, se revisará que el nudo de la corbata esté perfecto y se pasará la mano sobre la solapa en donde está el disntintivo blanquiazul. Estará con la puerta cerrada y por eso no se entera que el partido se le está desmoronando.

Dicen que cuando Nerón incendió Roma se fue a los límites de la ciudad a ver como las flamas consumían los edificios mientras él tocaba la lira. Era como si contemplara la belleza de la destrucción que había causado y se extasiara en ello. Luego, lloraría. Pero, mientras tanto, disfrutaba al ver como todo se reducía a cenizas. 

La salida de Margarita Zavala no es el cerillo que inició el incendio panista. De hecho, muchos panistas de cepa creen que el círculo al que ella pertenece capturó al partido y que su salida es liberadora. No obstante, escuchar que otros panistas se sienten apartados por su líder, ya empieza a preocupar.

En la última elección, cuando Felipe Calderón era presidente en funciones, el PAN cayó a ser la tercera fuerza política después de haber ganado la elección. El partido sufrió un golpe durísimo, pero aun no veiamos lo peor. Después vinieron los dimes, diretes, promesas, traiciones, juegos de sillas y todas las maravillas que les conocimos una vez que volvieron a meter al PRI a Los Pinos.

La renuncia de Margarita Zavala lastima al panismo porque la intención de voto se divide. Hay quienes dicen que esto ayuda al PRI y otros piensan que López Obrador se muere de risa. Lo que es un misterio es lo que piensa Ricardo Anaya. Ni sus propios compañeros de partido lo saben.

En fin, no nos queda más que imaginarnos la soledad profunda en la que está Ricardo Anaya. Pero, tal vez sea una fantasía, tal vez esté mas y mejor acompañado de lo que creemos. Lo malo es que sólo él lo sabe.

Lo que desearon en Barcelona

Dicen que hay que tener cuidado con lo que se pide ya que se nos puede conceder. En Barcelona, los habitantes estaban hartos. Ya no querían tanta gente en la Ciudad Condal. Muchos turistas en las calles, en los restaurantes, en el estadio, en las tiendas, les quitaban la posibilidad de gozar. Mejor que se vayan. Recientemente, hubo manifestaciones y expresiones de turismofobia. Además, muchos que ni siquiera son catalanes se fueron a vivir ahí dado que muchas empresas se fueron a afincar en Cataluña.  Lo que para otros sería el cielo, para los habitantes de esa hermosa ciudad era una pesadez. 

Parece que desde el domingo de la semana pasada, se les está cumpliendo el deseo a los barceloneses. En desbandada, ante la posibilidad de que aumente la violencia, los turistas han borrado ese destino de sus intenciones de viaje. El Prat se volverá un aeropuerto tranquilo, sin tantos vuelos, y el puerto dejará de recibir tantos cruceros. Las empresas están saliendo de Barcelona ante la posibilidad de que Cataluña proclame su independencia. ¿Eso era lo que querían?

Me apena ver lo que pasa en Barcelona. Carmen La Foret, en su novela Nada, describe la ciudad como un espacio poco iluminado, lugubre, sombrío, triste. Eran los años de la primera mitad del siglo XX. El esplendor del lugar se empezó a dar a partir de los Juegos Olímpicos. Para poder servir de sede, se invirtió mucho. En los años ochentas se impulsó la transformación y cada que tuve la fortuna de estar ahí, la ciudad se veía más chula. 

Barcelona se convirtió en ejemplo, en referente del bien hacer, del rescate de los espacios urbanos. Claro, todos los que veíamos las mejoras cuando estabamos de visita, nos sentiamos contentos. Sin embargo, la última vez que estuve allá, la amabilidad se transformó en hostilidad. En muchos restaurantes del Paseo de Gracia, los meseros me contestaban en inglés si les hablaba en español, cuando se enteraban de que era mexicana se relajaban un poco y algunos sí contestaban en español, otros preferían no pronunciar palabras en castellano. Al pagar la cuenta en el Hotel Avenida, el recepcionista me dijo que si queria que me hablaran en español me fuera a Madrid. Eso hice. 

Por primera vez, no me sentí tan bienvenida como otras veces. Visitar la Sagrada Familia fue caro, entrar a la Catedral, también. Los taxistas cobraban tarifas exorbitantes. En fin, sentí que los catalanes estaban muy enojados. Me dio pena, con lo bien que habían hecho las cosas. Siempre he creído que esa tierra aloja gente industriosa que además sabe combinar el arte y el buen vivir. Pero, se olvidaron de estar contentos por su logro. 

No son todos, me decía mi amiga Carme que es originaria de ahi, lo malo es que son muchos y hacen ruido. Estos que se han mareado y han hecho del amor a lo catalán desprecio a lo diferente no somos todos. Me decia como apenada. Lo malo es que si los tratas de contradecir, capaz que te cortan la lengua y te mandan a la hoguera. No entienden y no escuchan. Están apoyados por una fracción de politicos que se han dedicado a manipular y a calentar cabezas. 

Pues, hoy veo una foto de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, en una reunión con los consules afincados en la ciudad, tratando de convencerlos de que no se asusten, que todo está bien, que la ciudad es segura, que se puede confiar. Pues, ¿qué no era eso lo que querian? Sacar a todos y cerrar las puertas para vivir felices para siempre. Hay que tener cuidado con lo que se desea. Por lo pronto, ya empezó la desbandada de empresas y los turistas están cancelando sus viajes para allá. ¿Quién gana con todo esto?

Cuando los problemas no se atienden a tiempo

Cuando los problemas no se atienden a tiempo, se solucionan sólos. Claro, la solución no es la óptima. Eso es la evidencia de la incapacidad de quienes deben administrar un problema y gestionar un camino que lleve a una respuesta de arreglo. Pero, cuando el gato se queda pasmado, el raton hace fiesta, se burla, llega al lugar principal, se sienta en la cabecera, se come el banquete y le provoca dolor de estómago y nauseas a todo el mundo.

Miren al Presidente de los Estados Unidos, un ratón gordo, torpe y viejo que corrió frente al gato republicano que no lo supo parar a tiempo, que no detuvo su marcha —sea porque lo desestimó o porque no supo pararlo— y ahora vemos a un perfecto incapaz que no sabe gestionar emergencias. No sabe que hacer frente a una crisis natural, insulta a los damnificados de Puerto Rico, les dice que salen muy caros; en Las Vegas se niega a hablar de la regulación de la poseción de armas; expulsa a los dreamers, se obsesiona con el Obamacare, propone muros, acaba con tratados y no sabe que hacer con la amenaza nuclear de un asiático. El mundo no deja de preguntarse cómo fue que este hombre llegó ahí. Facil, nadie hizo el trabajo de pararlo a tiempo.

Algo similar sucede con la crisis catalana. Puigdemont corrió alegremente con un discurso populista, patriotero y agresivo, mientras Mariano Rajoy lo veía crecer sin hacer nada. Pudo orientarse al diálogo, no lo hizo. Pudo haberlo mandado detener porque estaba convocando a la ilegalidad y perpetrando alta traición, tampoco lo hizo. Dejó que el vaso se llenara a tal nivel que se desbordó. Corrió sangre. Se fisuró el Estado Español. Perdieron todos. El Rey intervino tarde. Pudo haberse pronunciado antes. Perdió esa oportunidad.

Ahora, tenemos a un par de ratones responsables de crisis que traspasan los límites de sus fronteras. El daño que causa Trump alcanza a propios y a extraños. Sus estragos son de amplio espectro y de largo plazo. Nos parece una eternidad el momento en que lo saquen de la Casa Blanca. Lo de Puigdemont apenas empieza y ya tiene a los europeos con la preocupación a tope. El mundo mira a estos sujetos y no logra entender cómo es que llegaron a donde están y se pregunta cuándo se van a aplacar. Pero, la pregunta principal es: ¿por qué no los pararon a tiempo?

La consecuencia es terrible: los muertos, los heridos no son escenografía. Me imgaino lo que pensarán estos dos ratones que estan sentados en la cabecera. Por las caras que se les ve, no están disfrutando el banquete. Parece que a ellos también les duele la panza. Pero ninguno de los dos sabe como parar, no entienden como bajarse del problema que causaron. Lo malo es que nadie quiere agarrarlos de las orejas, darles una sacudida de nalgadas y ponerlos a reflexionar en un rincón.

Ojalá alguien se atreviera. 

Pudiendo haber hecho las cosas bien, miren a Cataluña

Ver las noticias de lo que sucede en Cataluña me deja confundida. La sinrazón se corona y se sienta el el puesto principal como protagonista de la escena. Una votación que no cumple con los requisitos de la legalidad, que se hizo contra viento y marea, que tuvo tanta prisa que desembocó en una especie de golpe de estado, un evento mal organizado, un dado cargado en el que no hubo manera de controlar los votos, ni de legitimarlos, ni de comprobar si el resultado atiende a la voz del pueblo o a la conveniencia de alguien más. 

La desorganización se transmite en tiempo real. A la distancia, tan lejos de la península, sin intereses a favor o en contra, con la mayor objetividad, veo que todo eso es un sinsentido cruel y absurdo. Los Mossos, la policía que debe guardar el orden y salvaguardar la seguridad contemplan el desastre sin apenas moverse. Ven como los policías federales salen heridos y no hacen nada. Apenas hace unos meses, estaban trabajando mano a mano en el atentado de Las Ramblas y ahora hay más de trescientos heridos. Eso, por donde se vea, es un desastre.

No entiendo por qué Cataluña tiene que padecer está corredera de sangre. Si hubieran hecho las cosas bien, como ha sucedido en otras partes del mundo —Escocia, por ejemplo—,  la víspera hubiera sido tomada como tiempo de reflexión y hoy los habitantes de esa región de la península ibérica habrían conseguido, civilizadamente el resultado que buscan: una respuesta. No obstante, tiene gente lastimada y hay una fisura entre la gente que sólo el cielo podrá resolver. 

Pero, pudiendo hacer las cosas bien, tomaron una opción equivocada. Lo digo porque hay mucha gente lastimada, porque no hay forma de legitimar sangre derramada, porque no existió la seriedad de una urna transparente, porque los colegios electorales no se constituyeron adecuadamente, porque no hubo control de los votantes y por la principal razón: porque la votación es ilegal. Así, en vez de encontrar la simpatía mundial, se quedan solos: Europa no apoya este referéndum, ni Estados Unidos, ni la ONU, ni el concierto de naciones que habita el mundo. No entre ellos mismos hay consenso.

Se quiso transmitir en tiempo real el conteo de votos de una de estas urnas, que seguramente venía embarazadísima. De repente, entre forcejeos y tropezones, la urna cayó y las papeletas con los votos rodaron por el suelo. No es metáfora, sucedió y sirve para ejemplificar lo que pasó este primero de octubre en Cataluña. En un movimiento de todos pierden, de esos que nos dicen en la escuela que no debemos hacer, pierde Rajoy, pierde Puigdemont, pierden los Mossos —bonita imagen la que dieron al mundo—, pierden los heridos, pierde Cataluña. ¿Quién ganó? 

Pierden identidad. Hablar de los catalanes hoy es cosa de locos, nade sabe lo que es eso. Esta coyuntura los llevó al extremo de la intolerancia. Intoxicados por lo catalán, ya no se sabe lo qué es eso. Serrat, Marsé, Montero y muchos ideólogos de izquierda fueron catalogados como anarquistas —y catalogarlos de anarquistas ya lleva su cuota de exceso e ignorancia—, por el hecho de manifestar su desacuerdo con el referéndum.

En Europa, ya va a caer la tarde y lo que debio de ser un día para conocer la voluntad de los que viven en Cataluña se convirtió en una demostración de daño, de heridos, de complacencias, de complicidades, de sorderas, de sangre que mancha a unos y a otros. Ahora, ¿qué sigue?

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