Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

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Dice el libro del Génesis que el el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces, el Creador separó la luz de las tinieblas y creó una bóveda en medio de las aguas para que se separaran unas aguas de las otras. Así, me imagino a Dios separando los mares celestiales de los terrenales.

Las mañanas en Acapulco nos dejan en claro la intención autoral de Dios. Las aguas del cielo se detienen en el firmamento y el azul de los océanos es de un tono diferente al que está en lo alto. Pero, hay ocasiones en que, al volver la mirada hacia arriba, nos podemos confundir.

Las nubes parecen esas espumas de las olas y podemos adivinar los oleajes celestiales en las aglomeraciones de los cúmulus nimbus que parecen algodones abigarrados o borregos que van en procesión.  La mirada puede confundirse, cómo de que no. El cielo y la tierra se unen en el agua, se tocan en el horizonte, pero mientras más alejados están, más se parecen. O, esa ilusión nos da Acapulco.

Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

¿Cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector? ( Recursos Inhumanos Pierre Lemaitre )

 

Recursos Inhumanos

Pierre Lemaitre, Juan Carlos Durán Romero (Traducción)

Negra Alfaguara, México 2017

En serio, ¿cuántas vueltas de tuerca aguanta un lector?, o lo qué es lo mismo, ¿cuánta confianza tiene el autor en su prosa como para someter a la paciencia del lector a semejante prueba? Por suerte, Recursos inhumanos, ganadora de varios premios de novela negra, cuenta con una prosa infernal muy bien escrita que atrapa la atención y muerde la curiosidad. En una especie de alquimia, Pierre Lemaitre nos hace pasar un buen rato haciéndonos sentir angustiados, enojados, perturbados y sin duda, identificados con Alain Delambre, el protagonista de la trama.

Recursos inhumanos es una espiral narrativa en la que los giros de la trama son parte fundamental de la forma de contar la historia y de desarrollar un thriller que nos toca el corazón, nos sienta en la orilla del sillón, nos lleva a querer lanzar el libro lo más lejos posible y nos fuerza a acabarlo a unas horas de haberlo empezado a leer.

El tema es fuerte: habla de la actualidad y de la realidad a la que se enfrenta gente con fuerza, experiencia, buenas credenciales, entusiasmo y ganas pero que carece de un bien fundamental: trabajo digno. ¿Por? Porque el tiempo pasó y después de los cuarenta y cinco ya eres un viejo. ¿Quién lo dice? Los cánones de recursos humanos. Pero, para no afectar las variables macroeconómicas y no hacer frente al terrible concepto de desempleo, simulamos el plenoempleo de Keynes a partir de un concepto ultramoderno y mega indigno: el miniempleo, como lo llama Lemaitre. Es decir, en términos económicos: el subempleo. ¿Qué es eso? Es la condición en la que una persona está desempeñando un trabajo para el que está sobre calificado, pero se contrata porque no tiene otra alternativa y, principalmente, porque tiene que seguir viviendo y pagando sus cuentas.

Pierre Lemaitre estructura la novela en tres grandes bloques: Antes, cuyo narrador es el protagonista, Durante en la que el narrador es Fontana, un exmilitar al que le fue encargado el operativo de un juego situacional y Después que es la conclusión de la novela y en donde la voz se le regresa al protagonista. La línea narrativa es progresiva, sigue un orden cronológico dentro de la novela. Los capítulos son cortos y van numerados en orden ascendente.

La trama es sencilla: Alain Delambre, un antiguo ejecutivo de recursos humanos que había tenido un éxito profesional aceptable, pierde el empleo —sin hacer muchos esfuerzos por conservarlo— y lleva cuatro años buscando trabajo, ha perdido la esperanza de encontrar empleo:

“La esperanza es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia” (p. 15)

Entonces, lleva años aceptando trabajos, cada vez más sencillos, más alejados de sus capacidades, menos suficientes para cubrir sus necesidades y tan sencillos que en ocasiones podrían dolerle a la familia.

“A mi edad, uno no se levanta a las cuatro de la mañana para ganar un cuarenta y cinco por ciento del salario mínimo simplemente para que no se te queden rígidas las articulaciones… No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería” (p.17)

Desde el primer capítulo nos muestra el hecho disruptivo que detonará la acción en la novela y que nos revelará la emoción regente: una combinación explosiva entre ira acumulada y desesperanza:

“No puedo leer los códigos sin gafas y eso para mí es un lío. Tengo que sacarlas del bolsillo, ponérmelas, contar los números… Y pierdo tiempo. Si me vieran hacerlo, la Dirección se enfadaría. Y precisamente esa mañana, el primer paquete que agarré no tenía código. Mehmet se puso a gritar. Me agaché, y en ese momento, me dio una patada en el culo. Eran poco más de las cinco de la mañana. Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy directivo en paro” (p.16)

Con una economía irresistible de palabras, el autor nos ha dejado claro de qué va la novela. También la tragedia de un francés que está súper calificado y se tiene que someter a la autoridad de un migrante turco que tiene un vocabulario semejante al de un niño de diez años y no sabe hablar el idioma. En tres pinceladas nos muestra el cuadro de la escena.

Evidentemente, Lemaitre apela a la empatía que el lector tendrá a su protagonista, a la solidaridad que habrá con Nicole, esposa del protagonista, con hijas. Sabe que habrá un rechazo hacia los grandes ejecutivos que se deshacen de sus trabajadores como un jugador de cartas deja sus piezas en el pote. Nos sube a una trama que en la sección de Antes se encarga de dibujar con una precisión de milímetro para no dejarle dudas al lector.

“El suelo de linóleo ya se comba de manera lamentable en las esquinas. Furiosa, en medio del desastre, Nicole lleva ese cárdigan de lana gastado que no puede reemplazar y que le da un aspecto enjuto. Un aire pobre” (p. 53)

“Deudas, problemas profesionales en un empleo anterior, familia problemática, hermana pequeña en una residencia para incurables, esposa alcohólica, vicios, excesos de velocidad, orgías, líos de faldas, amantes, dobles vidas, taras…, cosas de ese tipo” (p.91)

Hasta ahí, la novela es impecable, tal vez un poco trágica y victimizante, pero corre adecuadamente. Durante marca el punto de quiebre. Aquí la narración se convierte en un thriller que no parará de moverle el piso al lector. Cuando creemos que ya se está desanudando la trama, otro giro, otra vuelta de tuerca, más información, más datos, más posibilidades, otros desenlaces probables.

Lemaitre se enreda con la verosimilitud. A veces, lo hace en forma muy peligrosa y daña el escenario de credibilidad. Pero para resultar creíble, el autor se sustenta en la teoría moderna de Recursos Humanos y de Administración por Competencias, lo cual es loable. Encontramos ecos administrativos: el señor ha leído a Porter, Mayo y sabe del ciclo administrativo. También ha repasado economía y, sin mencionarlo, podemos descubrir a Keynes y a Adam Smith, también a David Ricardo.

Sin duda, encontraremos referencias directas, aunque no explícitas a Derridá, Proust, Sartre, Fiszgerald, Dante y a varios filósofos en los planteamientos reflexivos en torno a lo correcto, especialmente se puede reconocer la teoría kantiana.

Al llegar al punto final, el lector se siente cansado. Es posible que la novela brillara más si no se hubiera abusado tanto de la paciencia del lector en las secciones de Después y de Durante. Me queda claro que es una gran novela que apela a un problema muy concreto que se ha generalizado en el mundo y con el que muchos en varias partes de la Tierra nos podemos sentir identificados.

“Tengo que convertirme en alguien real, un hombre de carne y hueso, con rostro, un nombre, una esposa, hijos y una tragedia ordinaria que podría sucederle a cualquier lector. Debo convertirme en algo universal” (p. 281)

De la traducción de Juan Carlos Durán digo que está sumamente castellanizada. Como dijera Octavio Paz: Traduttore, traditore. Pierre Lemaitre es un escritor experimentado y su pluma luce por encima de la traducción. Hace varios guiños al lector y no le importa revelarse frente a quien recorre sus renglones con atención:

“Soy un novelista que busca información muy precisa sobre un secuestro con rehenes.” (p. 89)

“No estoy escribiendo mis memorias, solo estoy dejando constancia de mi historia” (p. 252)

“¿Si quisiera contarme su vida, que me contaría en primer lugar” (p. 261)

Recursos inhumanos es una lectura recomendable, con cierto toque moralizante que puede resultar algo chocante. Sin embargo, Pierre Lemaitre tuvo la puntería de dar en un blanco sumamente doloroso para cierto sector de la población que además es purulento, apestoso, viscoso con el que el resto de las personas no queremos tener contacto, no nos queremos identificar y nos llena de terror. ¿No son esos los elementos de un excelente thriller?

 

La visión de Charlie Hebdo 

Los kioskos de París ponen en sus vitrinas el ejemplar de la semana de Charlie Hebdo. Lo sabemos, no es una revista fina, no usa un lenguaje diplomático ni le gusta atenuar la realidad, en todo caso, la exagera. Usan el cartón político como un género de opinión y se escapan de todo cartabón teórico de reglas y preceptos. Si se tiene la piel delgada, mejor no acercarse a estas páginas. Enarbolados en la libertad de expresión, toman posiciones extremas y de repente se les pasa la mano. Sin embargo, retratan el sentir general y se atreven a poner en tinta lo que muchos no se atreven. 

Si el Presidente Trump se asomara a ver las viñetas de Charlie Hebdo vería una caricatura que lo retrata según lo ven muchos franceses. Visión que muchos otros comparten. Lo dibujan con una figura muy similar a la de un cerdo, un sujeto gordo que usa ropa que le deja expuesto el trasero, parte que se rasca constantemente. Lo plasman llegando tarde, minimizando la ceremonia del 14 de julio, sin saber que significa su presencia, haciendo comentarios fuera de lugar y sin darse cuenta que no se da cuenta, comiendo sin modales, diciendo estupideces, cometiendo incorrecciones con la esposa del anfitrión, en fin, siendo quien es.

A Macron lo dibujan como un Apolo o como un Eros que mira a su invitado con desprecio.  El cartón ocupa toda la plana de la página 2. En la portada la cara del Presidente Francés se representa con los dientes de fuera y los ojos abiertos mientras el estadounidense va con los ojos cerrados y cara de bulldog. Las caras de ambos se asientan sobre unas cuchillas que llevan los colores de Israel, el Estado Judío. Abajo, como aplastados, se ven caras de personas angustiadas que sistiene banderas francesas. Make 14 julliet great again. El que quiera entender, debe abrir los ojos. El mensaje deja la piel de gallina.

Charlie Hebdo no es una publicación complaciente, todo lo contrario. Parece que ellos ven a Macron como a un hombre serio y de Trump confirman lo que todos en el mundo alcanzamos a ver. El comentario editorial es fulminante, la profundidad de este señor se refleja en 140 caracteres, no da para mucho más. También lo plasman como un tarado muy peligroso.

Debo decir que, en general, Charlie Hebdo no es de mis publicaciones favoritas. Creo que hay temas que siempre se deben tratar con respeto y que ellos abordan en forma sumamente insolente y hasta desconsiderada. No obstante, el ejemplar de esta semana me causó gracia y despertó mi empatía. No se trata de una postura puritana —lejos de ellos— en la que se ve a los Estados Unidos como la encarnación de la antifrance, se trata de reflejar una figura que sólo los estadounidenses entienden qué hace ahí. 

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

Con Trump en París

En lo único que no pensé fue en la posibilidad de coincidir con Donald Trump en París. La Ciudad Luz se desquicia con semejante visitante. Desviaciones, guardias, ejército en las calles, alertas, antipatía, críticas, todo eso flota entre el ambiente. A los parisinos no les gusta la visita. A mí también se me saltan las tuercas. Entre el tráfico, los parisinos fuera de casa, los miles de turistas y la lluvia nocturna, el clima se nos desordena. 

París se siente extrañame te sola. Las colas interminables se acortan, podemos pasar a ver la Saint Chapelle rapidísimo, las colas al Museé D’Orsay son cortísimas, en L’Orangerie casi no hay gente. Es una delicia. Pero, claro que me da por aospechar. ¿Que pasa aquí? Si preguntas, la gente sonríe para ocultar los nervios.Los profesionales te dicen que todo está bien ¿será? Hay cierta desarmonía.

No hay nada que indique que hay algo raro, sólo la historia reciente. Por lo demás todo en su lugar, como debe de ser. Pero el tráfico se nota. Trump está en París y su presencia desquicia a todos. Macron lo ve con un dejo dedesprecio. Le dice que es el representante de un país amigo, pero le pone distancia. Podemos concluir que estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo.

Veo a loa dos mandatarios, uno parece un ganso que sonríe mientras la casa se le desmorona, el otro es un cisne educado que sabe poner las palabras adecuadas para sus ideas. Dice que la reunión que tuvieron se contrastará con una cena amigable en la Torre Eiffel, al buen entendedor, pocas palabras.

El ganso habla de su gansito, dice que sus reuniones con abogados rusos no tuvieron importancia. Aquí se burlan de el hombre que se cree tan poderoso y propios y extraños se aguantan la risa. Cenaron. Estarán juntos en la ceremonia del 14 de Julio. Melania tiene permanente cara de angustia mientras Mme. Macron sonríe  con serenidad. Hay electricidad en el ambiente.

Cerca de los Tres Caracoles

Muchos creen que el Código Romanoff no es verás, para el efecto no importa. Leonardo Da Vinci había llegado al taller de Verocchio en donde conoció a Sandro Boticelli y se hicieron amigos. El documento sostiene que la verdadera vocación de Leonardo era la de ser cocinero pero a su padre eso le parecía poco y por ello siempre lo impulsó a ser artista y lo hizo aprendiz del mayor artista de Florencia, uno de los más protegidos por los Medici. Pero, el gran Leonardo seguía escuchando el llamado de la estufa, las ollas, las especias y la sal.

Convenció a Sandro Boticelli de tomar el local en la esquina del PonteVecchio para abrir un restaurante. Algunos dicen que los maesteos le pusieron Los Tres Caracoles, otros que ese nombre era el que ya tenía. Las delicadezas que servían, como zanahorias hechas esculturas, platos simétricos y coliridos fueron acogidos en forma tal que tuvieron que salir corriendo del lugar y volver a las bellas artes. Muchos historiadores sostienen que esta narración es falsa, es una leyenda más alrededor de esros grandes florentinos. A mí me hace gracia.

Caminando por Florencia, recorrimos las calles desde la estación de Santa María la Novella hasta Il Duomo de Santa María de Fiori. Dicen que si el cielo tuviera puertas, serían las de Bautisterio de esta hermosa catedral. El calor es terrible, treinta y seis grados y nada de nubes. Parece que el cielo decidió ponerse a temperatura de comal. Nos estamos friendo. Pasamos la Plaza de la Signoria y nos dirigimos al Ponte Vecchio, nos detenemos en cada ventana, cruzamos el Arno, hacemos fotos y llegamos a un pequeño restaurante  al otro lado del río.

La vista del puente es inmejorable. Desde esas ventanas puedo verlo en toda su extensión y con aire acondicionado. El Paraíso existe. El Arno refleja la imagen del puente y de los edificios. Pienso en Sandro y en Leonardo como dos amigos que cocinan juntos mientras miran la vista que tenemos frente a nosotros. Sin nacimientos de Venus, ni Caballos, ni Giocondas, ni altares, sino con papas, cebollas, fogones, cacerolas. 

Florencia nos trata bien, comemos felices las delicias de la Toscana. Entiendo la tristeza de Dante que fue expulsado de la ciudad y nunca pudo volver. Lo quisieron traer de regreso, pero el poeta no se quiso arrodillar. Y, aunque murió en Mantua, puedes toparte con su figura casi en cada esquina.  Pienso en Virgilio, en Maquiavelo, en los Medici, siento a Dante. Siempre es así.

Lo más valiente de Florencia es la capacidad que tiene para honrar a sus grandes con humor. Así, Sandro y Dante quedan plasmados en las calles y hacen reír a quien pone atención y los alcanza a ver.

Los muros de Belén 

Cuando pienso en Belén, siempre evoco el pesebre, motivos relacionados con la Navidad, con Jesús niño, con el mistwrio de sus primeros días, con la Sagrada Familia, en fin, con unión, armonía y felicidad. Me vienen a la mente la Iglesia de la Natividad  y la Misa de Gallo. Sin embargo, me topo con una novedad que no estaba aquí hace veinte años: un muro que divide Israel y Palestina. Más allá de creencias religiosas, de posiciones políticas, de razones y sin razones, esta cortina de concreto con púas  electrificadas es  contundente. Ni juntos nirevueltos, separados y cada quien en su lugar.

El no pasarás es claro. Cruzar la línea es entender que la vida no se ve igual de  un lado que del otro. Amal, nuestra guía, nos explica que ella no puede cruzar la línea a placer. Si quiere hacerlo tiene que pedir permiso. Ese permiso no está disponible para todos los días, sólo para fiestas religiosas, sólo,para determinadas fiestas religiosas. Ni de chiste pasará a ir de compras, a tomar un café, a ir a la playa. El tema es serio.

Se vuelve aún más serio cuando se trata de los cristianos que viven en Belén dado que son una minoría. Además, su presencia en el lugar va descendiendo. Los franciscanos están a cargo de los sitios religiosos del catolicismo en la Tierra Santa. En Belén tienen escuelas: elementales e intermedias, preparan a los chicos para ir a la universidad. Pero, Amal nos cuenta que  muchos de los católicos nacidos en Belén emigran. Se van y no vuelven. Las razones son variadas, a pesar de que no existe persecución religiosa abierta, sí hay. También la falta de oportunidades se una razón para irse de ahí. Otra, la más común, es que los chicos salen de Belén para estudiar en otros lados,  se enamoran, se casan y ya no vuelven a su tierra original. 

Si los cristianos se van, los sitios religiosos quedarían en manos del Estado palestino que podría convertirlos en mesquitas o en museos, nos advierte Amal. No me gustaría ver la Basílica de la Natividad convertida en otra cosa. Salimos de la iglesia y antes de irnos de regreso a Jerusalén, veo los muros de la ciudad natal de Jesús.

Es un muro de cemento, alto, electríficado. El estómago se hace nudo y la piel se ponde de gallina. Amal lo ve y guarda silencio, mira al suelo y con palabras que se oyen rotas nos dice que eso tiene pocos años, tal vez seis o siete. Del lado de Belén hay pintas, dibujos, graffitti. Son representaciones de solidaridad, protestas, lamentaciones. Por ahí vemos el trabajo de Banksy y de muchos otros que usaron pintura para expresar reprobación ante esta forma brutal de separar.  Del otro todo es gris.

No me gustan los muros. No son solución 

Copiarle a Ámsterdam

De repente, a las autoridades de la Ciudad de México les da por copiar o por querer hacerlo. Quisieran que la capital del país tuviera características similares a otras ciudades y se les olvida que la nuestra es un caso peculiar. De Ámsterdam han querido copiar la relación de los ciudadanos con las bicicletas y se ha querido improvisar una red de carriles para que los ciclistas se lancen a las calles dejando el coche de lado, tal como lo hacen en Holanda. Pero, olvidan que  la población total de Holanda es menor a la de Iztapalapa y la extensión de su capital es equivalente a la de la Colonia del Valle. Copiar así es poner un parche mal pegado.

Pero, hay cosas que valdría la pena copiar. Sin duda, hay cosas que vi en Ámsterdam que me gustaría ver la la Ciudad de México. Por ejemplo, las autoridades municipales y los restaurantes y comercios están trabajando en conjunto para producir energía. Los negocios clasifican la basura en cuatro categorías: vidrio, aluminio, papel, orgánica. Las dos primeras se reciclan y se aprovechan para hacer vidrio y aluminio nuevo, las dos segundas se aprovechan para generar energía. La basura no es un problema, es una fuente de vida y movimiento para la ciudad. Me gustaría que en vez de tener problemas sobre dónde poner tanta basura que generamos a diario, la pudiéramos transformar de la misma forma que lo hacen en esta ciudad.

De la misma forma, imágenes de La ronda de noche pueblan la ciudad, se pueden ver fragmentos del cuadro de Rembrandt por todos lados. Lo mismo sucede con Van Gogh, girasoles, autorretratos, recamaras son temas con los que se convive en cada esquina. En México, Diego y Frida son tema pero ni de chiste tan intenso, Siqueiros, Cuevas, Coronel, el Calendario Azteca, no están tan presentes y las invitaciones a los museos no inspiran la arquitectura urbana. Debiéramos copiar el amor que Ámsterdam le tiene a sus artistas. 

Me encantaría que la Ciudad de México recuperara sus canales y poder transitar en trajinera de Xochimilco a Azcapotzalco, y eso sería hermoso. Aunque, podríamos conformarnos con cuidar la belleza de los parques y el disfrute de las calles. Caminar con seguridad por la ciudad, independientemente de la hora que sea o del barrio en el que nos encontremos. En Ámsterdam los turistas podemos caminar por la zona roja sin temor, con una sensación de seguridad, se puede salir a cenar y caminar por barrios turísticos sin enfrentarnos a locales clausurados, negocios que no pueden operar porque autoridades y vecinos los bloquean a placer. Sería hermoso copiarle a Ámsterdam el empuje económico y la capacidad de generar empleo.

Pero, hay una suerte de empeño de copiar e improvisar adaptaciones, cuando debiéramos copiar las virtudes alcanzables. Me gustaría que en la Ciudad de México se usara el claxon como lo hacen en Ámsterdam, no oí un sólo claxonazo. Me encantaría ver policías  a los que les tuviera confianza. Toparme con gente sonriente y amable que atienda al público con amabilidad y eficiencia. Porque, si vamos a copiarle algo a Ámsterdam, deberíamos ver qué de todas esas cualidades nos son compatibles, útiles y virtuosas. 

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