El río de la sal

La ciudad de Mozart, Salzburgo, se construyó al lado del río de la sal. Su nombre se le dio a esta afluente de agua, no porque su caudal esté salado, sino porque sirvió de canal de conducto para la preciada mercadería. En aquellos días el pueblo estuvo rodeado de minas de sal que eran tan apreciadas, pues el producto de su extracción le daba vida al pueblo. Tanto es así, que la sal era conocida como el oro blanco.
La sal también dio nombre a este maravilloso pueblo amurallado. Fue rico y, mientras duró la extracción de la sal, se constituyó como uno de los centros económicos más importantes de Europa. Tal vez por eso la familia Mozart dejó el pueblo natal y se mudó a este en busca de buena fortuna. Aquí vivió el príncipe y arzobispo de Austria, un hombre afecto a la diversión. Amante de la cacería y de la música era el mecenas perfecto para los músicos de esos años.
Hoy las minas de sal están cerradas. No hay más que extraer. Salzburgo no es una ciudad industrial, vive del turismo y la cultura. Su hijo prodigioso le brindó a la ciudad los suficientes motivos para que la gente de todo el mundo la siga visitando a pesar del clima tan frío que siempre tiene.
Hace varios días que inició la Primavera y la temperatura parece de invierno. Es normal, dicen los lugareños. De menos ocho grados centígrados a cero es lo habitual en estas tierras. Será hasta mayo que el termómetro ceda y alcance los diez, los quince incluso los veinte grados, claro, ni todos los días, ni de forma constante.
Salzburgo es una eterna postal de Navidad. Claro, sin el árbol. Ahora la decoración va con el tema de la Pascua, de los huevos de chocolate en vez de esferas. El suelo está totalmente blanco y nieva. Es difícil caminar. Hay que hacerlo con cuidado para no resbalarse. Hay que cubrir la nariz y la boca para que el frío no llegue al interior del cuerpo, es preciso usar un par de calcetines en cada pie para que la humedad no traspase las botas y alcance los pies. Los guantes son indispensables.
Caminas dos metros y es preciso entrar a algún lado. Una tienda, una chocolatería, un restaurante, una cafetería, una casa de recuerdos, una iglesia. En Salzburgo hay muchas iglesias.
A los austriacos les gusta decir que el pueblo es la segunda Roma por el número de santuarios que se han construido. Es una muestra de la fuerza que la presencia de la iglesia católica ha tenido en el pueblo. No importa a donde voltees, encontrarás una capilla, una iglesia, un convento, un monasterio. En el de los capuchinos todavía hay monjes, en el de los benedictinos se hace una de las mejores cervezas de Austria. Si se observa con cuidado, todavía es posible encontrar mujeres que visten los trajes típicos de la región. Es porque somos provincianos, explican con orgullo. En Viena ya no los llevan.
Los años en los que la gente venía a Salzburgo atraídos por la sal ya han pasado. Hoy los turistas venimos a escuchar historias, música, ver teatro, marionetas, tomar buena cerveza, buen vino blanco y a soñar. A perdernos en sus calleceitas. A deambular en la ciudad nueva, que es muy antigua, o en la parte vieja. A comer en San Pedro, que dicen, es el restaurante más antiguo de Europa. A imaginar a Mozart componiendo, en plena madurez creativa, antes de partir a la aventura de Viena.
Salzburgo no defrauda, cumple su promesa se ser bella sin perder su escénica pueblerina.

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Berlín y la libertad

Nunca como hoy, que veo el mapa del Berlín de la postguerra, he dudado más del concepto de libertad. ¿Qué es la libertad? Qué concepto tan curioso. El Berlín Occidental, el que le tocó controlar a los americanos, quedó rodeado por un muro que no les permitía ver más allá de lo que sucedía en los confines a los que fueron restringidos. Estaban rodeados, condenados a la incertidumbre de si les cerrarían los suministros de agua, luz, gas, alimentos. Encerrados y amenazados. Sin embargo, eran ellos, los de Berlín Occidental, los que se sentían libres.
Los habitantes de Berlín Oriental tenían todo el territorio de la Alemania de Oriente para recorrer, a pesar de lo cual, los que se sentían encerrados, eran ellos. ¿Qué es la libertad? ¿Cómo funciona?
La idea de que en el Berlín Occidental ellos podían tomar un avión y salir a cualquier parte del mundo los apadrino en los años del encierro. En realidad, fueron pocos los que se movieron más allá de las fronteras de la ciudad. Pero la sensación de poder hacerlo era su libertad.
En cambio, los del otro lado del muro, los que tuvieron rodeados a los “libres”, los que sí podrían haber viajado por su territorio alemán, tampoco lo hicieron. Se quedaron quietos dentro de los limites que marcaba la ciudad, mirando al muro, anhelando el otro lado.
Veo el mapa, imagino lo que debió ser el muro elevado de más de tres metros y sigo sin entender el agobio de los de afuera y el alivio de los de adentro. ¿Por qué no se fueron de aquí?, le pregunté a Guillermo, quien nació en Berlín y vivió los años de la construcción y destrucción del muro. ¿Y, por qué nos deberíamos de ir de nuestra ciudad? Aquí hemos vivido siempre. ¿Pero no se sentían agobiados?, le pregunté verdaderamente intrigada. ¿Agobiados? No. ¿Por? Nosotros éramos libres. Pero si estaban encerrados. Le dije señalando los limites del muro. Se puso serio. Jamás lo había visto desde esa perspectiva. No sé, la libertad es una cosa curiosa, dijo mientras pasaba el dedo sobre la línea roja del mapa que marcaba el lugar donde estaba el muro.
En la Berlín de hoy casi no se notan las huellas de la separación, pero si preguntas, todo el mundo te dirá que vivió del lado occidental. Muchos mienten. Les avergüenza decir que ellos fueron de los atrapados. ¡Qué curioso! Han pasado tantos años y la cicatriz sigue latiendo.
Es difícil de entender para los que no son berlineses. Queremos remozar la ciudad, pero no queremos olvidar la historia. Por eso, conservamos el Checkpoint Charlie con una pancarta que tiene una foto que de un lado tiene a un soldado americano y al otro uno soviético. Es el símbolo de quien se llevó qué parte del pastel en la postguerra. Siento horrible al ver esos rostros. Guillermo, al fin alemán, lo ve con naturalidad, le da la perspectiva del tiempo. Andrea toca el resto del muro que decidieron no tirar. Guillermo no ha alejado el dedo del mapa. Varias fotos. Hitler, un soldado americano, uno soviético, Winston Churchill, la reunión de Postdam, los cimientos de los cuarteles de la Gestapo, las barracas, las mujeres que lloran a un lado de esta pared, un niño travieso que se asoma de este al otro lado.
Sin duda, al ver Berlín se mueven los conceptos. El lujo y la sobriedad se confunden. La memoria histórica se llena con el vacío que dejó la idiotez humana. El concepto de libertad se cuestiona. Es curioso lo que le sucede al visitante en Berlín.

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Viajar en tren

A mi me gusta viajar y, de todas las formas que hay, la que mas me gusta es, sin duda, el tren. No en balde, los grandes de la literatura se obsesionaron con los rieles. Zola hizo de la locomotora un personaje, Tolstoi la hizo escenario de su sonata y principio y final de la protagonista de su principal novela, a la que Pamuck llamó la mejor novela jamás escrita, Anna Karenina. También el turco hace del tren motivo en su novela Nieve.
Voy en tren y las grandes ventanas del vagón se me figuran las pantallas del cine, sólo que sin la oscuridad. Las imågenes de los abetos nevados, de los techos cubiertos de blanco, de los arboles sin hojas, se suceden unas a otras en un vértigo de trescientos cincuenta kilómetros por hora y la percepción es de que nos deslizamos lentamente por las vías para ver pasar los pueblos y caseríos con el ritmo exacto para que se llenen los ojos y se pueble la memoria.
Cruzamos el bosque austriaco, nos topamos con aserraderos y lagos, con chalets de madera y doble techo que parecen figuras de chocolate con copetones de crema. Campanarios que tañen sus campanas a nuestro paso. La velocidad no se siente, tampoco traspasa el frío del exterior. El tren es un capullo protector en el que podemos observar todo desde un sitio de confort.
Esa es la diferencia y el privilegio del tren, su comodidad. En el avión vas todo apretado, no puedes estirar las piernas, el descansabrazos lo tienes que compartir con el vecino y las horas de espera para embarcar y descender son muchas y aburridas. Recoger el equipaje es cansado. En cambio, el tren no exige tanto trámite, no hay horas previas. Llegas para abordar y listo. Tú mismo te ocupas del equipaje. No hay que sufrir con interminables inspecciones.
En el barco te puedes marear,en el autobús el olor a combustible puede fastidiar el viaje y la forma de conducir del chofer puede transformar el viaje en un infierno.
El tren es un medio elegante, en ocasiones hasta hay un carro comedor en el que te sirven con manteles largos, cristalería fina y cubiertos hermosos.
La maravilla del tren, además, se finca en las imágenes que nos regala. Es la proximidad del que casi se integra, del que no rompe nada con la franja de asfalto o con el ruido, el silbido es melodioso, la cadencia de su ritmo ayuda al pasajero a admirar la sucesión de imágenes con el arrullo de un movimiento constante, libre de turbulencias, acelerones o frenones, mareas violentas. El tren con escudo protector cumple, como cinemascopio que brinda la mejor selección de paisajes para una turista ávida de ellas.
Sí, sin duda, me gusta viajar en tren.

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Berlín, sobria.

Es primavera y en Berlín hace frío, amanece a menos siete grados centígrados y la temperatura se niega a escalar por encima de los dos, a pesar de que el sol brilla con poder. Si en las fotografías no se viera la nieve, cualquiera pensaría que el día está caluroso. Nada de eso. El viento sopla y da la impresión de que el invierno se quiere quedar con los alemanes.
Así es Berlín, bipolar, contrastante. Una ciudad ultramoderna y sobria. Un lugar con años de historia y tradición que se oculta. Hay que poner atención, hay que ir de mano de un experto para escarbar en sus entrañas y encontrar la ciudad de los libros. La del imperio, la de Hitler, la dividida, la de la guerra fría, la líder de Europa, todos esos hilos narrativos se pierden en una ciudad que se sigue reconstruyendo. En el paisaje se ven las grúas que movilizan enormes piezas de concreto. Berlín sigue en construcción. Es como la mujer que se arregla eternamente y no termina de estar lista.
Es por su historia. Hace algunos años parecía que Berlín no sería definitivo. Era en sí mismo una isla, un enclave sitiado de la Alemania Occidental en la Oriental. Se arreglaban las cosas de manera provisional, esperando tiempos mejores. Cuánta razón tuvieron. Esos tiempos ya están aquí. Acabó la división.
La austeridad alemana está siendo recompensada. El orden que se refleja en las calles viene de las casas. Nada fuera de su lugar. No hay excesos, están ocupados de lo necesario. Para muestra un botón: Ángela Merkel no vive en una residencia oficial. En Berlín no hay Casa Blanca, ni Rosada, ni Downing Street, ni Los Pinos. Ella vive en la casa que compró con su marido antes de ser la Canciller de Alemania. Un apartamento sencillo a la vera de la isla de los museos. Si no me lo advierten, no me hubiera enterado. Únicamente dos guardias de la policía municipal resguardan el lugar. No se despilfarra en escoltas, ni en parafernalia. Un cantante chafa en México tiene más custodios que la casa de la mujer más poderosa de Europa.
Así es Berlín. No hay grandes memoriales para los caídos en el holocausto. Hay pequeñas placas en el suelo que cuentan cada historia. Historia que debe ser elaborada por el lector. Nombre, fecha de nacimiento, fecha de aprensión, forma y lugar del asesinato, fecha de muerte. Cada uno debemos de llenar el espacio. Lo único que sabemos es que cada placa fue colocada frente a la casa donde habitó el judío en cuestión. El judío o aquel que fue clasificado como tal según los criterios del régimen. Tal vez en esa sobriedad se refleja de forma más dura la realidad de Berlín.
Guillermo, el experto que nos guío por Berlín me dijo,¿Ves esa pared en ese edificio, tiene nombres, los notas? Sí, claro. ¿Te fijas que al lado del edificio hay un terreno vacío? Sí, desde luego. Es la casa vacía. Me reí, pensé que se trataba de un chiste. Nada de eso. La casa vacía es un monumento. Ahí, en ese lugar hubo una casa que fue destruida por una bomba, los nombres son los de las personas que vivieron y murieron ahí. Jamás se construirá otra cosa ahí.
Ese es Berlín. No oculta sus co atrices pero tampoco las a da presumiendo. Sorprendente, pero debe ser descubierto. No se da tan fácilmente, hay que hacer la tarea.
Berlín es sobria y congruente. No se deja seducir por los cantos de la riqueza, no se emborracha con los vapores pasajeros de la gloria. Tal vez porque sabe de lo que le están hablando.
Por la noche, la ciudad se viste de luces, las suficientes, para hechizar al visitante. No es el resplandor encandilante de otras ciudades. Aquí no hay derroches. Es lo justo para dar belleza y realce a está ciudad que no se deja encantar por las sirenas.

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España y Chipre

La situación de España no es muy diferente a la de Chipre. Ambas naciones tienen fuertes problemas con el sistema bancario, con la crisis del euro y con la pena de sus pueblos. Así es casi en cualquier lado del mundo. Algunos toman malas de decisiones y muchos pagan los platos rotos. En Chipre los ahorradores son castigados, habrán de pagar un impuesto sobre sus cuentas bancarias. En España los trabajadores reciben lo suyo, han de pagar con horas de vida. La edad de jubilación se retrasa, por lo pronto sus cuentas de ahorro no se tocan, menos mal.
Parece como si se cayeran las estructuras en algunos países, como si se vinieran abajo de los andamios de Europa. No hay fidelidad ni agradecimiento a la gente de a pie. Pedro, un guardia civil en paro me lo dice. Luché defender a mi patria, por ponérsela difícil a los terroristas y, mira: no tengo para mantener a mi familia. Me enrolé en el momento histórico inadecuado, dispuesto a morir si fuera preciso, con la convicción de que estaba haciendo lo correcto. Fue un llamado, es mi vocación, pero hoy ni mi experiencia, ni mi entrega son reconocidas. Me dejaron solo. Vivo exigido por el pago de la hipoteca que no puedo pagar. No es que no quiera, es que no tengo de que echar mano. No hay trabajo.
Muy triste. Lo veo y me da pena. Gente cono Pedro hizo que la España de Franco transitara en paz a la democracia, que siguiera funcionando en los años de plomo de ETA, que se la jugaron para estar ahí en lo prospero y en lo adverso. Hoy el revés fue para ellos. Para gente como Pedro, como Juan, como Belén, como Jimena, y como tantos españoles, y chipriotas que hoy sienten el peso de una economía parada y descuadernada.
No, no es justo. ¿Cómo crees que se siente una persona que ha dedicado su vida al trabajo y termina así?, pregunta Pedro. Tiene razón. Me parece terrible que justo cuando alguien está dispuesto a entrar a la siguiente etapa de la vida le digan que le faltan cinco años más de trabajo. Justo cuando le empiezan a tronar los huesos y no puede más que arrastrar los pies. Hay que seguir. Menos mal que sus ahorros eran a salvo, por lo pronto.
Ahorradores y trabajadores pagan la cuenta. Recuerdo las palabras de mi padre. Si trabajas y ahorras, jamás te irá mal. Mira si no, me dirá Pedro.
No. No es culpa de Alemania, ni de Ángela Merkel, sería injusto culpar a los alemanes. ¿Quiénes son los responsables? ¿Quiénes vilipendiaron los fondos y se gastaron lo que no era de ellos? Ahí está la punta del hilo.
Mientras tanto, España y Chipre guardan un gusto amargo en el tema del euro.

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Presentación de la novela La Herencia del Frío y Taller sobre literatura juvenil.

Presentación de la novela La Herencia del Frío y Taller sobre literatura juvenil..

La herencia del Frío

La herencia del Frío, primer libro de la saga escrita por Andrea Fischer, fue presentado esta tarde con gran éxito en Madrid. Una novela enmarcada en el género fantástico, una apuesta arriesgada y bien lograda que narra las aventuras de Idenaro, hijo de Cumerio, el señor Frío por llegar a Muna, el reino que limita con Crota su tierra. Los escenarios de la novela brotan de forma mágica y el dominio de la pluma nos hace olvidar que la autora cuenta con apenas quince años.
Acogida entre los escritores madrileños, Fernando Podadera acompañó a Andrea en la presentación.
Se encendió la expectativa y los asistentes manifestaron gran interés en la trama, en la construcción de los personajes y en la arquitectura de la novela.
Al final, Andrea Fischer fue entrevistada por varios reporteros de medios literarios impresos y se hizo una cápsula para Televisión Española.
Fue sorprendente la convocatoria de una autora mexicana, que causó interés en un grupo sumamante diverso, tanto en intereses como en edades. Desde un pequeñín de apenas siete años que se acercó tímidamente a pedir la firma de la autora, hasta escritores, y lectores de toda factura.
La herencia del Frío,
Editorial Mundibook,
Madrid, España, 2013.

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Chipre

Desde España se observa a Chipre, esa pequeña isla del Mediterráneo, mitad europea, mitad asiática, puerta continental, que también tiene sus problemas. Chipre es muy Europa, según los economistas y eso es raro, lo es más incluso que la propia Turquía que tantos esfuerzos ha hecho por pertenecer a la liga del Euro, sin lograr su admisión.
Chipre debería ser puente entre Europa y Asia pero se volvió un corral. Tiene los ojos de Rusia puestos en ella, una buena parte de su territorio está ocupado por los turcos y además alberga dos bases militares británicas.
Los bancos en Chipre están a punto de quebrar. Dicen que los que deben no tienen para pagar. Los acreedores exigen su pago. Las deudas se deben pagar, de eso ni la duda cabe. Sin embargo es chistoso como la exigibilidad en unos casos es más demandante que en otros.
Los ingleses dejaron como legado del imperio británico las bases de Acrotiri y Dhekalia y no han pagado renta desde los años setenta.
Si los chipriotas en lugar de autorizar impuestos al ahorro en la isla, cobraran a los ingleses lo que les deben, con recargos y actualizaciones, estoy segura de que se aliviaría bastante la situación de este pequeño país.
Por eso yo digo, que los que deben paguen, que paguen todo y bien. Las cuentas entonces ya no le gustan tanto al Imperio.
Chipre es un caso extraño, de hibridación y choque de culturas. Griegos y musulmanes, dos formas diferentes de ver al mundo, de entenderlo. Dos maneras de encuadrar la vida. ¿Cómo resolverá la isla sus problemas?

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Réquiem por la Bardencilla

La crisis en España no respeta ni a sus iconos. Agarra parejo, arrasa hasta con sus estrellas y con los barrios emblemáticos de Madrid. Javier Bardem además de extraordinario actor es empresario. Tiene una serie de restaurantes en la capital española, uno de los cuales se inauguró hace tiempo en Chueca y era de los lugares consentidos de la movida madrileña.
Como si no fuera suficiente con los desahucios, Madrid se queda con una serie de locales vacíos que cierran por falta de clientes. Así le sucedió a la Bardencilla de Chueca. Ayer, viernes, fue su último día de operaciones. La imagen fue triste, para despedir ese mágico lugar estábamos Andrea, dos amigas españolas y yo. Éramos los únicos clientes. Ni un alma entró en el tiempo que estuvimos ahí.
Es por la crisis, me comentó el gerente con cara tan larga y tan triste que me faltaron las palabras. Lo siento, fue todo lo que pude decir. La crisis española arrasa con todos. Los pobres son más pobres y según Pedro Narváez, periodista de La Razón, al terminar esta crisis, lo seguirán siendo, lo malo es que ahora serán más. No se ven posibilidades.
No. Las mesas están vacías. Así han estado por casi un año.
La pobreza puede provocarla la política, la avaricia de unos cuantos, la falta de miras y de leyes que protejan a la gente. La cara más horrible de la crisis es la de los que al bajar la cortina se quedarán sin empleo. Nos vamos, no hay quien resista, dijo uno de los meseros. Se trató de aguantar, de navegar en el temporal. No se pudo. Naufragamos.
Hay hambre, me dijo uno de los chicos del bar. No hay trabajos. No sé que vamos a hacer para enderezar la situación. He visto gente esculcando la basura afuera de los supermercados, no queremos terminar así. Lo siento, repetí.
La estética de la crisis es terrible. Salimos de ahí después de haber cenado estupendamente, sin embargo, el gusto fue amargo. Una pena. El réquiem por la Bardencilla es reflejo fiel de lo que sucede en España.

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Para alabar a una hija

Para alabar a una hija no hay como darle voz a un tercero..Reseña de la Herencia del Frío por Andrea Fischer Durán

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