Rotos

Se nos mueve la tierra. La superficie se agita y en unos cuantos segundos, se desmoronan casas, se hacen polvo las vialidades, se arrebatan vidas y lo que queda en pie luce tan frágil que nos da miedo estornudar. Nos tallamos los ojos para afocar la mirada, para valorar y entender lo que acababa de suceder cuando nos avisan que ahí viene un huracán categoría uno.

Los vientos que presagian la llegada de Max son tan poderosos que las cosas salen volando a gran velocidad. Por ahí se ve una silla de playa que va volando junto a una sombrilla, como si fueran fantasmas y cerramos los ojos porque no nos queremos imaginar el impacto cuando estos dos caigan al suelo o se estrellen contra una pared. No es lo único que vuela por los aires.

En Corea del Norte, siguen haciendo pruebas nucleares. Un día sí y otro también, nos enteramos con terror de que un necio va a la cabeza de la carrera armamentista y que no le importa nada. Él quiere estallar bombas como quien se divierte jugando con fuego. El nuevo Nerón siente fascinación por los aparatos de destrucción masiva y nadie le da una nalgada, le quita sus juguetes y lo manda a reflexionar al rincón. 

No se entiende nada.

La destrucción que causa un fenómeno natural nos da perspectiva, somos pequeños. La destrucción que se causa por la voluntad de un hombre nos pone en otra reflexión, somos imbéciles. 

Hace falta poner atención. El sufrimiento de gente en Chiapas y Oaxaca, en Houston o Miamai es doloroso. Ricos y poderosos quedan a la misma altura de los pobres y débiles. Se pierde todo y encontrar fuerzas para empezar de nuevo es cosa de grandes espíritus. La solidaridad y la ayuda es inherente al ser humano. Extender la mano es natural. También, hacer daño.

El mundo hace ruido, la tierra se mueve, los aires se agitan y en algún lugar del mundo, alguien se frota las manos y sonríe mientras ve que puede causar destrucción. Lo imagino tocando su lira mientras prepara el incendio. ¿Y si viera las fotografías de Juchitán? A lo mejor con esas imágenes se le calman las ansías. Andamos rotos, no hay duda.

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Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Dice el libro del Génesis que el el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces, el Creador separó la luz de las tinieblas y creó una bóveda en medio de las aguas para que se separaran unas aguas de las otras. Así, me imagino a Dios separando los mares celestiales de los terrenales.

Las mañanas en Acapulco nos dejan en claro la intención autoral de Dios. Las aguas del cielo se detienen en el firmamento y el azul de los océanos es de un tono diferente al que está en lo alto. Pero, hay ocasiones en que, al volver la mirada hacia arriba, nos podemos confundir.

Las nubes parecen esas espumas de las olas y podemos adivinar los oleajes celestiales en las aglomeraciones de los cúmulus nimbus que parecen algodones abigarrados o borregos que van en procesión.  La mirada puede confundirse, cómo de que no. El cielo y la tierra se unen en el agua, se tocan en el horizonte, pero mientras más alejados están, más se parecen. O, esa ilusión nos da Acapulco.

No me quiero ir

Siempre me quiero quedar, nunca me quiero ir. No importa si sólo es un fin de semana o fue el verano entero, jamás es suficiente. No se terminan de llenar los ojos de los amaneceres a treinta grados, de los donluises pecho amarillo, de las olas interminables del mar, de las caminatas matutinas, de los platillos de Reyna, de las horas de alberca, de los atardeceres de diorama, de las nubes de algodón, de las luces que se encienden una a una y las noches cálidas.

Las horas siempre se van tan rápido. Apenas llego, ya me tengo que ir. Esa es siempre la sensación.  Invitados vienen y van, las pláticas son eternas: desde que sale el sol hasta que se esconde detrás de las montañas. Risas y risas. La luna llena se vuelve menguante y otra vez se vuelve a llenar. Algunos llegan y quieren salir, otros comparten conmigo el deseo de siempre estar aquí. Los segundos parecen todos iguales y siempre hay algo distinto que hacer. La casa nos acoge, nos divierte, nos envuelve. No hay quien diga, ya estuvo bueno, ya me quiero ir. Yo menos que nadie. 

Este verano hubo kayak, aprendimos a subirnos y a remar en el mar. Quisimos llegar hasta La Roqueta, será el año que entra. Siempre hay buenos pretextos para volver y estar aquí. Las lecturas se hicieron sin mirar el reloj. Bodo y Muffin nos regalaron esos motivos para sonreír. Una maravillosa tormenta de relámpagos iluminó el cielo. Nueva colección de recuerdos, muchísimas fotos, bríos renovados para volver a la cotidianidad y, aunque el cansancio se perdió entre los días de la vacación y se derritió en el calor del estío, no quiero volver. ¿Quién se quisiera ir de este paraíso? El deber aguarda.

Dice el slogan:  Habla bien de Acapulco. No hace falta, el puerto se defiende solo. Insisto, no hay lugar más bello en el mundo. La Bahía de Santa Lucía se basta y se sobra y la generosidad y la majestuosidad no se puede abarcar con palabras. Aquí las noticias  internacionales se atenúan y las nacionales no lucen tan graves. El sabor a sal y el aroma a brisa marina todo lo alivian. Como niña, quisiera abrazarme al suelo y no irme jamás. Y, en el fondo del corazón escucho una voz que me dice, no llores, vas a volver, siempre vas a volver y yo voy a estar aquí.

A pesar de todo… Acapulco

Según indican las estadísticas emitidas por la Secretaría de Turismo Municipal, Acapulco registró una ocupación hotelera promedio general del 74.7 por ciento. Según desde donde se vea, la cifra puede decir muchas cosas. A simple vista, el número no luce muy bien. En plena temporada vacacional, el puerto debería estar a reventar y no es así. Se ve más bien solo. Muchos turistas que antes venían para acá, prefirieron irse a pasear a otro lado.

No está el horno para bollos. El jueves, los maestros de la CNTE volvieron a tomar la Autopista del Sol. Aunque fueron dos horas las que bloquearon ambos sentidos, muchos paseantes prefirieron darse la vuelta en redondo y se fueron para otro lado. ¿A quién le gusta iniciar la vacación parado por tiempo indefinido, en pleno rayo de sol y sin posibilidades de ir al baño? Nadie quiere empezar el descanso haciendo corajes.

Luego, el viernes por la mañana, nos desayunamos con la noticia de que atraparon a un operador importante de los Beltrán Leyva. El Ruso y dos mujeres fueron detenidos, sin balazos ni escándalos, por el área de Diamante, en pleno Boulevard de las Naciones. En las calles, hay vehículos del Ejército , de la Policia Federal y, en general, los turistas y las armas no se llevan bien. Los rumores de que en la morgue del puerto, los refrigeradores son insuficientes, pone los pelos de punta a cualquiera.

Enciendo la televisión y veo imagenes de Munich. Todavía no se me olvidan las de Niza y ya estamos estrenando nuevo atentado. Veo a expertos opinando y sus palabras me suenan huecas, adivinatorias. Más que argumentos, me parece que estoy escuchando a niños que cogieron el palo de la piñata y están dando golpes de ciego. Ni Niza ni Munich ni Nigeria ni Afganistán ni Oaxaca ni Acapulco tienen una explicación plausible. 

Dicen que tanta violencia en Acapulco se debe a que organizaciones criminales antagónicas se están peleando la plaza. ¡Qué raro! ¿Será que no se dan cuenta que están asustando a los clientes? ¿A quién le van a vender sus artículos si la gente deja de venir? No entiendo y cuando no comprendo algo, me da por sospechar. Aquí hay gato encerrado. 

Elevo los ojos al cielo y en vez de encontrar respuestas, me topo con un cielo multicolor que se refleja en el espejo de agua de mar. Amanecer a veintinueve grados, sentir que el sol gana potencia, salir a caminar, meterse a la alberca, jugar en el mar, comer delicioso, disfrutar del calorcito, verme la piel bronceada, morirme de risa, contemplar un velero, seguir con la mirada un parachute, subir en kayak, tomar agua de tamarindo, estar en familia, platicar con Reyna… En fin, tantos motivos para seguir amando Acapulco.

A pesar de todo, habemos quienes seguimos pensando que este es el mejor lugar del mundo. Según donde se vea y dadas las circunstancias, el 74.7 por ciento de ocupación hotelera, no está mal. Y, es que esta Bahía es maravillosa. A pesar de tanto, Acapulco y sus colores, siguen dándonos el mejor pretexto para venir.

#Era familiar

Resulta que habrá una serie de conferencias que tendrán lugar en el Hotel Princess en Acapulco. Los participantes son tan variados y la variedad está curiosa. Estarán despostillados, personajes empolvados y también funcionarios en activo. Desde Pedro Ferriz de Con hasta Margarita Zavala, desde el Presidente Salinas, hasta los panistas Fox y Calderón, desde Miguel Ángel Mancera hasta Andrés Openhaimer. Con el eslogan Nos vemos en Acapulco, estos personajes de la vida nacional se aflojaran la corbata, se bajarán de los tacones para compartir sus puntos de vista.

Acapulco será anfitrión de gente destacada y dejará que este verano se le vea como una pasarela diversa. Estarán los que se quieren dejar ver. Entre el sol y la playa, no muy alejados del CNTE de las protestas y los bloqueos, estos notables vienen a ilustrarnos sobre todo lo que ellos pueden hacer por el mundo y por nosotros, si se les da una oportunidad. Algunos hablarán de lo que falta por hacer y otros de las maravillas que nos regalaron cuando tuvieron la batuta en las manos.

No deja de llamar la atención que tanta celebridad quiera venir a iluminarnos. No me imagino lo que  Ferriz querrá decirnos. Espero que las palabras de Zavala sirvan para decirnos qué tiene para ofrecer, además de su visión femenina. Quiero escuchar cómo explicará Mancera tanta ocurrencia, o las reacciones que tendrá el respetable cuando vea subir a Carlos Salinas al escenario. 

Las cosas se pondrán interesantes en Acapulco. Al estar en uno de los lugares más hermosos de México, merecemos escuchar las propuestas de tantos notables para solucionar los problemas. Me gusta que lleguen hasta acá, en donde el horno no está para bollos, y vengan a proponer soluciones a problemas fuertes que  nacieron  y se dejaron crecer a unos cuantos metros del lugar en el que ellos estarán tomando un micrófono.

Un Don Luis bajo la lluvia

Llueve. El termómetro marca veinticinco grados centígrados. Las gotas son gruesas pero no muy constantes. Caen despacio, la brisa sopla lento. Parece que se avecina el final de la tormenta. El olor a tierra mojada perfuma el ambiente. El aroma a sal que viene del mar se alborotó con la tromba de anoche.

Sale el sol. Las nubes parecen hechas de algodón de feria. Unas son rosas y otras de un gris que casi parece azúl. El mar está en calma, oscuro, marino, casi negro. Los foquitos de las calles ya están apagados, sólo unos cuantos distraídos siguen encendidos. La Bahía de Santa Lucía amanece tranquila, húmeda y en silencio.

La mirada se pierde en la inmensidad del puerto. Recorre la punta desde Caleta hasta Icacos. Va desde la Roqueta hasta el Farallón del Obispo. El ánimo va al compás del goteo que se escurre del cielo. Las ondas en la alberca se convierten en círculos que se forman cuando cada bolita de agua choca contra la superficie. Hay muchos círculos. 

En el límite de la alberca está un Don Luis. Es un gorrión de pecho amarillo que por estas tierras le llaman así. Es, según la tradición, un mensajero. Avisa cosas buenas. Anuncia si van a llegar visitas. Es la señal de que hay maravillas que se conjuran en el futuro. En forma más valiente que estoica, resiste el chaparrón. Le caen las gotas encima y el pajarito no parece notarlo.

Lo veo desde mi lugar. Estoy disfrutando de la lluvia sin mojarme. El Don Luis es un pájaro adulto. Es, para las dimensiones de un pardalillo, grande y fuerte. Me hace sonreir. Recibe las gotas sobre la cabeza y las deja resbalar. Tiene las alas bien pegadas al cuerpo. No se resiste a los impactos, simplemente deja que le rueden por el cuerpo. No padece la tormenta. 

Un Don Luis bajo la lluvia jala la mirada y la atención. Lo veo y me ve. Es como una pequeñísima bola de tenis, redonda, amarilla. Es un maestro ínfimo y a la vez infinito. ¿Cuántas veces te he visto, Don Luis? Por fin, cae la última gota. El pajarito mira al cielo, extiende las alas, agita el cuerpo, se sacude el agua, mueve la cola como diciendo adiós. Sé que los gorriones no sonríen, éste sí sonrió. Así se resiste una tormenta, pereció decir.Tomó impulso y salió volando al cielo. Por fin se mimetizó con los colores de las nubes.

Sin duda, las mañanas en Acapulco son gloriosas. 


 

Caminar con Bodo

  Caminar con Bodo, mi perrito, por las mañanas me hace pensar en el tiempo. Lo veo caminar como dando saltitos, con las orejas elevadas, la lengua de fuera y una sonrisa que le cruza la cara y que jamás lo abandona. Para Bodo todo es presente y en esa condición, todo es disfrutable. Ya olvidó, por suerte, que alguien lo dejó amarrado a un bote de basura en Chapultepec y no está pensando en que la próxima semana hay tanto por hacer. Él sencillamente disfruta de los pasos, del buen clima, de la espléndida vista del mar, del azul del cielo y de la sombra de los árboles. ¿Para qué más?

En Bodo el tiempo verifica lo dicho por San Agustín. Es un presente continuo que se fija a nosotros por medio de la atención. Incluso el pasado es presente al evocarlo, por medio de recuerdos lo arrancamos del ayer y lo traemos al ahora. Lo mismo pasa con el futuro, lo que ha de venir se trae al aquí y se hace presente. Sí, para Bodo toda esa sucesión de actos que están pegados al tiempo transcurren en lo que está pasando en este momento. No hay rencores ni angustias. Por eso siempre está contento. 

Si lo regañas, baja las orejas, esconde el rabo y al siguiente segundo ya está sonriendo. Al caminar va husmeando todo, huele cada planta, olisquea cada fragmento del pavimento, va dejando su huella en cada poste, en cada árbol, en cada mata. Va a buen ritmo, no se atrasa ni se adelanta. Entiende bien eso del andar. 

Caminar con Bodo me hace conciente de lo importante que es estar en el aquí y el ahora. Dejar, por unos cuantos días, en paz el pasado y en tranquilidad el futuro. Disfrutar de los pasos, del rumor de la brisa del mar, de los cocoreos de las chachalacas y de ese viento suave que me quita el calor. Esa ráfaga que me descoloca el pensamiento y me hace poner atención y poder, por un instante, detener el reloj.

La bocana

En Acapulco, al despuntar el día, abro los ojos y me topo con la superioridad del espectáculo: la inmensidad del cielo se viste de los mejores tonos que van desde el azul más intenso hasta el rosa apasionado. El sol se refleja en el mar y las nubes se dibujan entre las olas. Hay que poner atención para no terminar confundiendo la bóveda celeste con la profundidad de las aguas. 

Las lucecitas de la ciudad se apagan porque los rayos del sol se encienden. Esa es la señal para saltar de la cama y salir a caminar. Digo que voy a hacer ejercicio pero mi verdadera intención es permitir que la mañana se me meta en el cuerpo y el el milagro de un nuevo día se encarne en mí. Es la sensación de la brisa salada que se combina con los veintidós grados a las ocho de la mañana. 

Hay varias rutas y circuitos que me gusta hacer, sin embargo, el que más me reta es el camino que me lleva a la bocana. Es un trayecto de casi seis kilómetros de subidas y bajadas, de pendientes con altos grados de inclinación que exige fortaleza física y voluntad. Es un sendero que en ir y venir se invieten dos horas de caminata intensa. En esta ruta me entrené para hacer el Camino de Santiago. Por eso, caminar rumbo a esta entrada de mar siempre tiene evocaciones especiales.

El tramo final lleva al mar. Es una vereda ecológica en la que se respetó el entorno original. Al caminar por ahí te salen al encuentro amates muy altos con raices de grandes dimensiones, laureles, papayos y mangos. El olor a fruta combinado con los aromas de sal revigorisa el cuerpo. El sonido del arroyo que busca encontrarse con el mar es una especie de mantra alegre que alaba la inmensidad. El agua corre entre las rocas y piedras de rio.

Hay un punto en el que el agua dulce se funde con agua salada. Los remolinos que se forman por este encuentro confunden al observador que ya no sabe cuál corriente es de esa agua clara y joven y cuál es el comienzo de la infinidad del Pacífico. Ahí, en ese punto, el arroyo se convierte en algo superior, cambia de nivel y se eleva. Es una transición similar al alumbramiento de la vida, es dejar la pequeñez que ya no puede contener al bebé para lanzarlo a la grandiosidad del mar.

La fusión es tranquila, los remolinos son círculos concéntricos que se hacen y deshacen para dar continuidad, para dejar correr el cauce de las aguas. Es una imagen perfecta que la naturaleza nos ofrece para entender que la vida no es un antónimo de la muerte, simplemente son etapas que llevan un mismo sentido. Unos ni siquiera lo ven, otros lo desestiman, para algunos adquiere un significado, para mí, que casi puedo ver entre la maleza como se  dibuja una flecha amarilla, el significado del verano, del agua, del cielo significa la evidencia de la mano de Dios.

Me gusta observar esos remolinos y elevar la mirada a ese punto en el que la redondez de la tierra forma una línea  en la que el mar toca el firmamento. Pensar en Dios y agradecer. Después emprender el camino de regreso que me lleva al descanso de verano que me prepara para los día de trabajo que vendrán y me llevarán a un entorno tan distinto.

  

  

Cuadrimotos en la playa

Los días de verano encuentran miles de formas para dar cauce a la diversión. Ir a la playa a pasar el día parece una buena idea. Los toldos en El Revolcadero son la estampa de la diversidad, familias que llevan a la abuelita a pasear, madres que van con niños chiquitos a jugar con la arena, chicas esculturales que van a lucir el bikini, chicos que van a ver bikinis, madrugadores que corren a todo lo largo, surfistas que llegan con las tablas para dejarse llevar por las olas y cada grupo tiene sus propias formas de querer sacar el mayor provecho de los rayos de sol.

Los niños pequeños van con palas y cubetas a construir castillos de arena y las nenas que apenas están aprendiando a caminar van de la mano de sus madres a mojarse la punta del dedito gordo mientras los jóvenes rentan jet skies, se suben a la banana y pagan por un paseo en cuadrimoto. No hay nada más peligroso que el caos que se provoca cuando nadie pone orden a la gente que se quiere divertir. 

Los palaperos venden cocos con ginebra, cervezas,tequilas derechos o en margarita, piñas coladas, chamoyadas o lo que el cliente pida y el barman pueda preparar. Los deportes acuáticos se promocionan y la renta de cuatrimotos es libre. Nadie verifica si quienes van a subirse al triciclo todoterreno tienen la edad para hacerlo o si  son aptos para manejarlo. El estado etílico, la edad, la pericia y todas esas minucias son lo de menos, lo importante es  divertirse.

Por ahí una melena rubia de agita con la brisa del mar mientras va por la arena a toda velocidad. Las risas exageradas y la torpeza en el manubrio se subordinan a la diversión. Treinta kilómetros por hora es mucho a la hora de sortear a la viejita que camina tan lento, la mamá que cuida criaturas, al corredor que va concentrado en el ejecricio y conectado a los audífonos, al nene que hace castillos. Pasar a milímetros de esa pequeña que se suelta de la mano y corre rumbo al mar es lo de menos. Lo importante es divertirse.

Mas allá otra melena de intenso color negro juega carreras con otros que también traen cuatrimotos. Los conductores son muy jóvenes, no tienen más de quince años. Uno de ellos no parece ser ni de de diez, lleva atrás a un chiquito que no rebasa los dos años. ¿Cuántos accidentes se evitaron ayer gracias a la casualidad? Estamos a la espera de una tragedia, en cualquier momento nos enteraremos de que un conductor de cuatrimoto aventó a un viejito, lastimó a un pequeño o se llevó entre las ruedas a alguien. En cualquier momento nos enteraremos de que ese conductor iba intoxicado o que tenía menos de trece años de edad.

¿Dónde están las autoridades para poner orden? La Playa del Revolcadero, una de las más populares  y concurridas en Acapulco es un reflejo del desorden que nadie quiere ver. Estamos esperando que pase la tragedia para tapar el pozo. ¿Y si en vez de hacer eso, si en vez de esperar a que brote sangre y haya una desgracia las autoridades ponen manos a la obra? 

Urge.

Ayer varios viejitos, niños, madres salvaron el pellejo por obra y gracia de la casualidad. Tal vez hoy no haya tanta suerte.

  

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