Lo bueno de volver

Cada verano pasa lo mismo, hay una especie de transición que me hace pasar del modo de vacaciones y entrar al de regreso. Los últimos momentos antes de volver son trágicos, se valora el sol, no se quiere dejar de ver el mar, hay un gran esfuerzo por detener el tiempo y alargarlo para sacarle el máximo provecho, para que no se acaben los días de descanso.

No es que no quiera volver, es que no me quiero ir. Menos, cuando se ha tenido un verano espectacular, cuando todo salió a pedir de boca y los planes que se hicieron mejoraron tanto al hacerse realidad. Buenos recorridos, excelente comida, mejores bebidas, la mano de mi marido, la presencia de mis primas, la compañía de mis sobrinos, el cariño de Danny.

Me dediqué a leer y más leer. Casi ocho kilos de lectura, tal vez más. Descubrí a Markaris, me reencontré con Barnes, me entretuve con Dicker, me desilusionó Rosa Montero. Escribí muy poco. Caminé mucho. Subí de peso. Me reí con muchas ganas. Dormí. Descansé. Y, como si no tuviera llenadera, quería seguir así. La frase: anduve del tingo al tango es precisa.

Lo bueno de regresar es que empieza una especie de reconstrucción. El corte de pelo, el arreglo de manos, el ponerse a dieta, el activar las neuronas devuelve parte de la esencia. Se recupera el cuerpo y se activa el cerebro. Lo bueno de volver es que empieza la ilusión de la cuenta regresiva. Ya falta menos para el próximo verano.

Primas

En la familia de mi papá habemos muchas mujeres, tuve la fortuna de que mis tíos tuvieran hijas. Con mis primas forjé los recuerdos más entrañables de la infancia. Cuando era niña, las vacaciones las pasábamos en La Piedad, Michoacán y desde días antes de que nos fuéramos para allá yo anhelaba estar en la tierra de mis padres donde sabía que me iba a divertir jugando damas chinas, turista, stop, yendo a la plaza a comer papitas, buñuelos, andar a caballo recorriendo el rancho de mi abuelo, jugando a las casitas en casa de mi tía Tolla, acompañando a mis primas a la clase de piano con la señorita Angelina o a la de mandolina en la academia del padre Guante.

En la adolescencia la diversión también se mezclaba con confidencias. Platicar con mis primas era una delicia. Ellas eran súper valientes, se fueron muy chicas a Guadalajara a estudiar y esa autonomía siempre me llamó la atención. La responsabilidad para manejar tanta libertad a mí me admiraba porque mientras yo seguía en la comodidad y protección de mi casa paterna, ellas ya estaban haciendo frente a la vida. Pero, cada vacación nos reuníamos y ellas me contaban de la universidad, de como se divertían, de los amigos y novios, de lo que creían que debía ser el futuro. Yo las escuchaba con admiración. Alguna vez las visité en su departamento de estudiantes y, una vez más se construyó un recuerdo padrísimo en el que las risas y la emoción se hizo presente.

El destino nos llevó por caminos en los que nos hemos reunido y nos hemos separado. Pily vivió con nosotros un tiempo en la Ciudad de México y volvió a Guadalajara a convertirse en una Oftalmóloga exitosísima. Mary y yo trabajamos juntas por años en uno de los mejores proyectos profesionales en los que he participado, luego se casó y se fue a vivir a Cancún. Betty estudió lo mismo que yo y actualmente vive en en paraíso de Panajachel, Guatemala: es una empresaria a todo terreno.

Este verano, tuve la fortuna de recibirlas en casa y reunirnos después de muchos años de no vernos y mucho menos pasar una vacación juntas. Por un lado, fue como retroceder las manecillas del reloj, como echar para atrás el tiempo y como si los años no hubieran pasado. La conversación surgió de la misma forma natural de toda la vida, los recuerdos de infancia se revivieron, nos pusimos al día con el entusiasmo de adolescentes. Al mismo tiempo, a todas se nos notan las medallas que nos ganamos al luchar en la vida, cada una tenemos las señas que nos dejaron los afanes y combates que nos ha tocado pelear. Por otro lado, fue como si el reloj se hubiera vuelto loco y avanzara el tiempo en forma vertiginosa sin que hubieran pasado tantos años, mas de los que quisiéramos confesar.

Reunirnos fue reconocernos, reconocernos fue mirarnos y sonreírnos con ternura. Fue adivinar y atinar. Fue reírnos de los chistes rancios, desgastados por el tiempo pero que igual nos hacen reír, enterarnos de lo nuevo, anticipar lo que vendrá, contarnos nuestros proyectos. Fue ver a Diego y a Carla, Pili, a Ann y a Danny. Fue hablar de nuestros viejos y de lo actual. Fue hacer cosas que no habíamos hecho juntas como salir a caminar, ir al kayak, forjar nuevos recuerdos.

Insisto, por fortuna en mi familia paterna hay muchas mujeres. Tener a mis primas es una maravilla.

Tormenta eléctrica

Los fenómenos meteorológicos dan imágenes y sucesos que para muchas personas terminan quedando para siempre en su memoria. La contemplación de la naturaleza cuando pierde la calma es algo aterrador y maravilloso. Es fascinante. Desde las tempestades épicas, tormentas y huracanes desastrosos, a temperaturas altas o bajas las expresiones del medio ambiente nos dan dimensión de lo que es el ser humano. El clima siempre ha sabido como sorprender a las personas, y ayer en Acapulco la naturaleza se manifestó.

Creímos que sería una simple lluvia y tal vez lo fue. El fenómeno meteorológico nos dejó a muchos boca abierta. La lluvia cayó como una especie de catarata en medio de vientos muy rápidos que silbaban y una tormenta con rayos y truenos muy ruidosos. Era como si el mar y el cielo estuvieran peleando. Zeus y Poseidon se gritaban y Eolo también participaba.

El cielo cambiaba de colores y el mar tomaba su turno para hacer lo mismo. Las cosas volaban por los aires y los rayos que nacían en las nubes entraban entre las olas del mar. Medio Acapulco se quedó sin luz. La oscuridad tan negra se iluminaba por segundos y apretábamos las mandíbulas esperando el estruendo. Primero, la piel se nos puso de gallina pero ganó la admiración al ver que la naturaleza habla con autoridad y majestad.

Esperando el verano

Cada año, a estas alturas, tengo la misma sensación. A punto de acabar el semestre, cuando ya no hay clases y los exámenes están en curso, es decir, cuando la actividad disminuye pero todavía no se acaba, siento que estoy al límite y me paro de puntitas para ver cuanto me falta para estar dedicada a eso que tanto me gusta y por lo que trabajo a lo largo del año: la época para leer y leer, para escribir sin consultar el reloj.

En verano, me reúno con gente que quiero y me alejo de esos prietitos que vienen en la vida de todo ser humano. Tomo rumbos al sur o al Bajío y amparada Santa Lucía y su hermosa bahía o bajo las alas del Arcángel Miguel y me voy a desintoxicarme de la cotidianidad. Marido, hijas, perro, perico, libros, series, hojas en blanco por llenar hacen las ilusiones de que en cinco semanas voy a lograr la proeza de olvidarme y dedicarme a disfrutar.

Pero, desde luego, como sucede cuando estás en mente y alma en un lugar, pero el cuerpo sigue atado a la obligación de permanecer, entra esa angustia de ya querer llegar. El sabor es agridulce. Y, tal como pasa cada año, surge la pregunta: ¿y si en vez de aguantar los prietitos, los borrara y me dedicara a vivir como un verano eterno? La tentación es grande, a estas alturas del año.

Esperar el verano se ha vuelto una actividad vocacional. Y, cuando estoy a punto de que llegue, de abrazar mi mejor temporada del año, me entra esa cosquillita y me gustaría, no sólo que ya llegara si no que nunca acabara.

El último día de la vacación de verano

Siempre es igual, cada año. me pasa lo mismo, el último día de la vacación quisiera que fuera el primero. Siempre espero esta temporada del año con mucho anhelo, la planeo con anticipación, busco los días que estaré fuera, los que estaré en Acapulco, elijo con esmero mis lecturas y con ilusión a mis invitados. Cuento los días para que inicie la vacación, disfruto cada día, le saco el mayor jugo y cuando llega el último día siento que todo pasó tan rápido y no quisiera volver. Jamás tengo llenadera.

Unas horas antes de volver, me siento en la hamaca, pierdo la mirada en el mar, miro a la Roqueta, no puedo creer que atravesé la Bahía para llegar hasta allá, miro la alberca parece que fue ayer que mis hijas no alcanzaban a pisar lo hondo, pienso en la cantidad de niños que han aprendido a nadar aquí, la de invitados que nos han visitado en esta casa, en los que ya son parte de la tripulación de verano, los que se han dado de baja, los que di de baja, los que no volverán, los que tal vez vuelvan, los que aún queriendo, no volverán, los nuevos. Tanta gente. Tantos cariños. Y, sí, también tantos recuerdos: Luca y Vito, Muffin, Bodo, Cheto, Shekel, cuentan y conviven con todas las personas que han venido a Arimatea. Dios en medio de todos.

La de risas, chistes, juegos y recuerdos que hemos construido aquí. Por eso, nunca me quiero ir, si pudiera, no me iría. Entonces, empiezo a planear el próximo verano, así irme me duele menos, porque siento que en realidad, aquí me quedo un poco.

A la Roqueta, ida y vuelta

Hace relativamente poco tiempo, descubrí la maravilla de subirte a un kayac a remar en el mar. Me enseñó Blas, el encargado de la playa de la Bocana en Acapulco. Fue él quien me animó a subirme, el que se convirtió en mi maestro y el que me alentó a ir traspasando fronteras. Me he subido al kayac sola pero es mas divertida remar en compañía.

Un día le dije que quería ir en el kayac desde la Bocana a la Roqueta y me dijo que él me acompañaba. Tenía dos años diciendo que algún día lo haría. En mi lista de propósitos de Año Nuevo, figuró el dichoso viaje a la Roqueta y cada que venía a Acapulco, miraba a la isla y hacía mis cálculos sobre lo fácil o lo difícil que podría ser recorrer la distancia y llegar hasta allá.

Mis hijas y mi marido me veían con cara de desconfianza y buscaban apretar el tornillo que se me había aflojado. Yo seguía haciendo cuentas, a veces veía la isla muy lejana y otras no me parecía tan descabellado remar hasta allá. Recordé una conferencia en la que Bill Gates le preguntaba a la audiencia hacía cuánto que no se planteaban una locura, hacía cuánto que no imaginaban algo imposible de lograr y me acordé que muchas cosas importantes en mi vida empezaron así, con una idea disparatada.

Por eso, con esa misma insensatez con la que hice el Camino de Santiago, con las mismas dudas y las mismas caras de mis familiares, la idea fue tomando forma y el anhelo se convirtió en plan. Tenía que lograrse este año y para ello era necesario encontrar compañeros de viaje. Alguien que aceptara el reto de venir con Blas y conmigo. Nada es imposible cuando el planteamiento es claro, aunque sea disparatado.

Pues, mi prima Pily y su hija fueron mis mejores cómplices. Como ya se hizo tradición cada verano, vinieron con nosotros a Acapulco. Le dije a Pily y luego, luego se animó, también mi sobrina se unió al plan. Buscamos a Blas, pusimos fecha y hora. Una noche antes de salir, sentí que la dimensión de la locura se me venía encima. Todas las razones de porqué no debía hacerlo me mordieron por la noche, soñé pesadillas, desperté echa polvo y Blas habló para atrasar la salida: no nos veríamos a las 7:30 a.m. sino a las 8:30. ¿Sería una advertencia divina?

Ya se sabe, el que espera desespera. Pero, mis compañeras de travesía estaban listas y animadas. Salimos de la casa. Mi marido me despidió con preocupación. Al llegar a La Bocana el mar nos recibió con gusto. Una garza imperial nos despidió desde una roca. Me sentí la protagonista de El viejo y el mar. Salimos alrededor de las 9:00. Primero mi prima, luego mi sobrina, luego salí yo y al final Blas se hizo a la mar. Al principio todo fue normal, el paisaje familiar. Al pasar el primer hito, es decir, al cruzar la máxima distancia a la que había llegado otras veces, me sentí una conquistadora. Era como la Magallanes del siglo XXI. Luego empecé a pensar en la profundidad del mar y como Burro de Shrek me decía: no miro abajo, no miro abajo. Se me revolvió el estómago y me empecé a marear. La Roqueta se veía tan lejos.

Blas gritó: miren, ahí va una tortuga. Era un animal enorme y muy simpático. Nadaba rapidísimo y nos fue acompañando un rato. Blas apuntó a lo lejos, había unos puntitos blancos. Son pescadores, salieron por cazones. Ahí hay un arrecife y la gente va a pescar. En poco tiempo, los puntitos se transformaron en lanchas, los hoteles de la costera se empezaron a acercar y el faro frente a Caleta ya estaba a la vista. La Roqueta estaba cerca, pero teníamos que rodear para evitar las corrientes cruzadas.

Rodeamos. Tres pelícanos nos dieron la bienvenida. Entramos a la playa de la isla. El mar se transformó, paso de ser azul profundo a un turquesa claro. Parecía que estábamos en El Caribe. Blas llegó primero, le ayudó a bajar a Pily, a mí y por último a mi sobrina. Lo logramos, lo logramos, levantábamos el remo en señal de victoria. Tardamos una hora veinte en el recorrido. Descansamos quince minutos, tomamos agua y fotos. Caí en la tentación de ir a buscar una lancha para que nos llevara de regreso, no había. El plan seguiría como al principio. A remar de regreso.

La bocana se ve lejísimos desde La Roqueta. Blas nos dijo que el regreso se trataba de gozar el deleite del mar, de la brisa y del sol. Fue un buen consejo. Especialmente, cuando sientes que las cuerdas de los brazos se están haciendo nudos, que el sol te da de frente y que la sal del mar te pica en la piel. Porque efectivamente, ver Acapulco desde el centro de la Bahía de Santa Lucía es un privilegio. El regreso fue rápido, a pesar de que la corriente agitaba el kayac.

Misión cumplida. Llegamos a la Boca a. Blas sonreía complacido. Nosotras, victoriosas corrimos a quitarnos la sal en la regadera de agua dulce. Le pusimos palomita al propósito de Año Nuevo, La Roqueta ida y vuelta fue posible.

Hoy, miro al mar con mucho agradecimiento. Tengo una relación diferente con Poseidón. Tengo otro motivo más de amor profundo con el Acapulco de mi alma. Blas, mi prima y mi sobrina me ayudaron a cumplir un sueño que rayaba en la locura, sin ellos hubiera sido imposible. Así, con esas ideas insensatas y con buenos compañeros de viaje, la vida es tan bella.

Cuando un barco se va

Hay, en los primeros días de enero, una especie de duermevela. Cada uno arrancamos el año en momentos diferentes. Pero, la cotidianidad nos llega a cada quien en momentos diferentes. En esta condición en la que el calendario marca que ya empezamos pero, cuando unos seguimos de vacaciones y otros ya están trabajando duro, pero no tanto como cuando todos lo estamos haciendo, hay un burbujeo curioso que es como los reflejos que se meten en la alberca. Son pero no son.

Esa especie de realidad alterna me recuerda las realidades virtuales a las que tenemos acceso. Es lo que es y parece otra cosa. Como cuando un barco avanza en el mar. La sensación de los que van a bordo es que la nave se desliza con suavidad y lentitud sobre las olas del mar, la realidad es que el avance desarrolla velocidades tan altas que en minutos se deja atrás lo que cae por la borda.

Así, en este estado que semeja una alteración de la consciencia, en el que hay tiempo para escuchar los parloteos de las chachalacas, para ver a los donluises que se paran en el vidrio y empiezan a silbar o a los pericos que viajan en pareja, o nos detenemos en el ritmo del pájaro carpintero que esta estrellando el pico en el dintel de la ventana, parece que cumplimos con esa remota ilusión de detener el tiempo y de poseer el espacio.

Ni el ayer, ni el sitio en el que estuvimos —cercano o lejano—, ni el futuro próximo y el de largo plazo, ni el frío o el calor, o el olor a sal interesan mucho. Hay un embrujo, una especie de amor que lo mismo baja del cielo, se enreda en las nubes, hace un chapuzón en el agua salada del mar y nos llena de azules profundos y delicados, de rosas y anaranjados, del sol que nace al nuevo día y del reflejo sobre las casas y la bahía mas hermosa del mundo.

Y, de repente, el barco se pone en movimiento y como un caracol avanza en una aparente lentitud que en realidad es vértigo y pienso en la vida. En como, tenemos la ilusión de detener el tiempo y en realidad vamos rapidísimo en las alas de un reloj que no se detiene y corre a grandes velocidades.

Rotos

Se nos mueve la tierra. La superficie se agita y en unos cuantos segundos, se desmoronan casas, se hacen polvo las vialidades, se arrebatan vidas y lo que queda en pie luce tan frágil que nos da miedo estornudar. Nos tallamos los ojos para afocar la mirada, para valorar y entender lo que acababa de suceder cuando nos avisan que ahí viene un huracán categoría uno.

Los vientos que presagian la llegada de Max son tan poderosos que las cosas salen volando a gran velocidad. Por ahí se ve una silla de playa que va volando junto a una sombrilla, como si fueran fantasmas y cerramos los ojos porque no nos queremos imaginar el impacto cuando estos dos caigan al suelo o se estrellen contra una pared. No es lo único que vuela por los aires.

En Corea del Norte, siguen haciendo pruebas nucleares. Un día sí y otro también, nos enteramos con terror de que un necio va a la cabeza de la carrera armamentista y que no le importa nada. Él quiere estallar bombas como quien se divierte jugando con fuego. El nuevo Nerón siente fascinación por los aparatos de destrucción masiva y nadie le da una nalgada, le quita sus juguetes y lo manda a reflexionar al rincón. 

No se entiende nada.

La destrucción que causa un fenómeno natural nos da perspectiva, somos pequeños. La destrucción que se causa por la voluntad de un hombre nos pone en otra reflexión, somos imbéciles. 

Hace falta poner atención. El sufrimiento de gente en Chiapas y Oaxaca, en Houston o Miamai es doloroso. Ricos y poderosos quedan a la misma altura de los pobres y débiles. Se pierde todo y encontrar fuerzas para empezar de nuevo es cosa de grandes espíritus. La solidaridad y la ayuda es inherente al ser humano. Extender la mano es natural. También, hacer daño.

El mundo hace ruido, la tierra se mueve, los aires se agitan y en algún lugar del mundo, alguien se frota las manos y sonríe mientras ve que puede causar destrucción. Lo imagino tocando su lira mientras prepara el incendio. ¿Y si viera las fotografías de Juchitán? A lo mejor con esas imágenes se le calman las ansías. Andamos rotos, no hay duda.

Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Dice el libro del Génesis que el el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces, el Creador separó la luz de las tinieblas y creó una bóveda en medio de las aguas para que se separaran unas aguas de las otras. Así, me imagino a Dios separando los mares celestiales de los terrenales.

Las mañanas en Acapulco nos dejan en claro la intención autoral de Dios. Las aguas del cielo se detienen en el firmamento y el azul de los océanos es de un tono diferente al que está en lo alto. Pero, hay ocasiones en que, al volver la mirada hacia arriba, nos podemos confundir.

Las nubes parecen esas espumas de las olas y podemos adivinar los oleajes celestiales en las aglomeraciones de los cúmulus nimbus que parecen algodones abigarrados o borregos que van en procesión.  La mirada puede confundirse, cómo de que no. El cielo y la tierra se unen en el agua, se tocan en el horizonte, pero mientras más alejados están, más se parecen. O, esa ilusión nos da Acapulco.

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