La santa sepultura 

La muerte es un misterio en el más amplio sentido de la palabra. Es un hecho arcano cuya explicación encuentra diversos matices según a quien se le pregunte. Para unos es el fin de la vida, para otros es un paso hacia una existencia más evolucionada, hay quienes creen que es la oportunidad de regresar en lo que se llega a la siguiente etapa y para los cristianos es el tránsito en el que llegaremos a ver el rostro de Dios. 

Los católicos creemos que la muerte merece ciertos ritos. Antes de morir, se aplican los santos óleos y cuando el alma se separa del cuerpo, se reza para pedir el eterno descanso de quien falleció. Es una especie de acompañamiento y de despedida. Se despiden los restos mortales y se acompaña el tránsito del alma para que llegue a buen puerto. Los cuerpos deben de tener un destino digno.

Independientemente del credo o forma de pensar, me parece que los restos mortales merecen respeto. Fumarse al padre, como presume Keith Richards haberlo hecho con el suyo, hacerlo un dije o un anillo, tenerlo como objeto decorativo de la casa, pasearlo en un carrito de bebé y tantas extravagancias, me parecen tan tenebrosas, como irrespetuosas. Es verdad, los ritos y las costumbres están dejando de tener vigencia, ya pocos se visten totalmente de negro al ir a un velorio, el luto es cosa de antes y dar un pésame tiene otros códigos. Muchos reciben las condolencias en el muro de Facebook. Eso de ir a dar un abrazo a los deudos, pocos lo hacen.

Hasta hace poco, los muertos eran sepultados. La incineración no era tan admitida, pero dado que cada vez hay más muertos y La Tierra tiene un espacio limitado, terminar hecho cenizas es una opción aceptada. Hay quienes tienen un nicho en alguna iglesia y los que prefieren ser arrojados al mar o quedar en las raices de un árbol. El Papa Francisco opina que los restos humanos han de quedar en un lugar santo. Claro, las críticas no se han dejado esperar.

Cuando oí la resolución de la Santa Sede, también levanté las cejas y torcí la boca. Pero, recordé la historia de Julia Pastrana, una mujer de cualidades excepcionales, inteligencia única y fealdad descomunal. Tuvo éxito gracias a esa cara con barba y mandíbula prolongada, viajó, hizo dinero, se casó, se embarazó y al dar a luz quedó muy débil. Murieron ella y su hijo. Lo único que le pidió a su marido, el Dr. Lent, fue que le dieran una santa sepultura. Ni eso le concedió. Momificó a ella y al bebé y los exhibió por toda Europa. Perdió el cadaver, lo encontó maltrecho, lo vendió y la pobre Julia Pastrana anduvo de circo en circo hasta que llegó a la Universidad de Oslo y la retuvieron para estudiarla y ver si era el eslabón perdido. Después de muchos años —Julia murió en 1860—, el 14 de Febrero de 2013 fue sepultada en Sinaloa, como fue su deseo. Quedó encerrada por años en una bodega, en nombre de la investigación.

Si pienso en Julia Pastrana, no tengo más que darle la razón al Vaticano. La ciencia no tiene que servir de vínculo deshumanizador. Pensar en la frivolidad que lleva a un fanático a hacer de su ser admirado un anillo, como sucedió con Luis Barragán, me da dolor de estómago. Vuelvo a entender las razones de la Santa Sede. También pienso en los muertos del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, o del 9/11 en Nueva York, o los de Hiroshima y Nagasaki, o los de Aleppo que no han alcanzado sepultura. ¿Qué piensan de ellos en Roma? O los que murieron ahogados, o los que han sido enterrados en fosas clandestinas, o los que han quedado expuestos al aire. ¿Ellos qué?

Insisto,la muerte es un asunto misterioso. No sé si sea preciso terminar en un cementerio o en un nicho de iglesia, no sé si los ríos y mares sean o no lugares santos. Ignoro las características que le concedan santidad a un seplucro, pero me temo que tener urnas en el clóset, cenizas en forma de piedra, o como relleno de un cigarro, no cumple con el estándar. En todo caso, prefiero lo dicho por el Vaticano, no sea que alguno de  mis queridos lectores se le antoje echarse un cigarrillo a mi salud o tenga ganas de convertirme en un bonito anillo. 

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Como en 1995

Detrás de la Parroquia de San Miguel Arcángel, en San Miguel de Allende, hay un café al aire libre en el que se puede desayunar muy bien. Sin embargo, lo más sorprendente de ese lugar es un pequeño pizarrón en el que hay una advertencia y una invitación. En este lugar no hay WiFi. Imáginemos que estamos en 1995 y póngamonos a platicar. ( Estaba escrito en inglés) Efectivamente, los que se quisieran conectar a Internet, tendrían que hacerlo consumiendo sus propios megas. Todos los que estábamos ahí, estabamos disfrutando del lugar sin estar atados a una pantalla.

La experiencia fue enriquecedora. Las manecillas del reloj se echaron hacia atrás y los sentidos alcanzaron una dimensión vieja y saludable que al experimentarla me hizo recordar aquellas pláticas de antes, cuando nos poníamos atención unos a otros. El café supo mejor, el cielo tan despejado y el rayo de sol que se filtraba entre el naranjo que nos daba sombra pudieron ser vistos sin el filtro de Snapchat, o sin la distracción qie implica el Whatsapp ni las notificaciones de Facebook. 

Por un momento, me quedé helada, hace veinte años que sucedían esas reuniones en las que Internet eran cosas del futuro reservadas para temas de trabajo y computadoras de escritorio. Las conexiones eran alámbricas y no eran accesibles para todo el mundo.Las ventajas de la movilidad , tan cotidianas para nosotros, hace veinte años no existían. Parece poco tiempo y al mismo hace tanto tiempo que estamos observando lo que pasa en el mundo en un artilugio que traemos con nosotros para todos lados.

Las campanas de la Parroquia me trajeron al presente y me dieron consciencia de que al estar entre los nuestros, podemos tener esa muestra de cariño y guardar nuestros aparatos. Al estar unos junto a otros, es delicioso hacer como en 1995 y ponernos atención. 

Incongruencia

El mundo está atestiguando una baja en la aceleración del crecimiento económico, en muchas regiones la desaceleración se transfroma en decrecimiento. No sólo estamos parados, nos estamos haciendo chiquitos. Nunca como ahora, el anhelo de que la siguiente generación tenga un mejor futuro que sus antecesores parece una fantasía. Los padres estamos enfrentando una cruda realidad: es posible que el porvenir de nuesteos hijos sea más duro que el nuestro. No es pesimismo puro, es verdad que se basa en datos duros. El desempleo no se abate con educación, los egresados de escuelas de nivel superior, al terminar sus estudios salen al mercado y encuentran ofertas poco alentadoras. La mayoría de los trabajos que se ofrecen, suenan más a subempleos que a otra cosa. Hay un desperdicio de las potencialidades y una subutilización de la capacidad técnica de la gente.

No se trata de despreciar ninguna forma de ganarse la vida, pero ver a un médico manejando un taxi, a un abogado sirviendo mesas, a un contador lavando toallas, en vez de estar operando, trabajando en tribunales o dando asesorías, duele. La digitalización de procesos ha hecho que las máquinas sean más eficientes, precisas y fáciles de operar que un empleado de carne y hueso.  Buscar trabajo es cada vez más complicado y encontrar un empleo adecuado es tan dificil que muchos terminan aceptando algo para lo que estan sobrecalificados. La frustración es la emoción regente de estos tiempos. El que quiere y puede trabajar, no encuentra dónde hacerlo.

En esta condición, el emprendimiento es una alternativa. Aterrizar ideas, generar proyectos que creen riqueza y fuentes de empleo es un camino de solución que debería ser apoyado por las autoridades. El emprendedor debería contar con el sostén del Estado y con el acompañamiento de quienes le representan. El fomento de la actividad emprendedora debiera ser una prioridad y no lo es. Al menos, no en la realidad.

El discurso oficial se llena de palabras de apoyo, cualquiera cree en la  buena voluntad y las intenciones, pero en el mar de incongruencias, el empresario nada contra corriente. Además del riesgo propio que enfrenta el que inicia un negocio, está la tramitología, la corrupción y las leyes y reglamentos que lejos de fomentar, inhiben el espíritu emprendedor. En la Ciudad de México se frena el crecimiento de los proyectos. 

Te dicen que emprendas, pero en tu casa no. O,  o tanto. Puedes usar el 20% para trabajar y si hay una denuncia ciudadana, adiós proyecto. Un vecino envidioso está facultado para enviar una inspección que, no sólo irrumpe en la intimidad del hogar, sino que puede transformar un sueño en pesadilla. Una visita de los inspectores puede acabar en una clausura si por alguna razón el negocio creció más de lo que a ellos les parece pertinente. Entonces, hay que crecer, pero poquito. Hay que tener éxito, pero no tanto.

¿Cómo vamos a apoyar al emprendedor, si no le damos oportunidad de crecer? El propósito de todo proyecto es generar utilidades y lograr el máximo desarrollo posible. Pero, si al despegar, el que debiera apoyar es el que te pone el freno, quedamos en un terreno absurdo. Así es la incongruencia.

Por escrito 5

De espejismos y debates

La señora Clinton salió a escena con un impecable traje blanco. El señor Trump vistió de azul marino. Ella sonriente, el un poco serio, ambos le recetaron a sus votantes más de lo mismo y el mundo pudo atisbar aquello en lo que se ha convertido la sociedad estadounidense. Sin grandes novedades, el debate de las Vegas encendió en varios expertos extranjeros una ilusión absurda. ¿Por quién votarías tú?, se preguntaban en los programas postdebate los analistas con caras de sabelotodos. Unos respondían con palabras complicadas y lenguajes afectados sus razones de preferencia por uno y otro candidato, como si sus preferencias fueran de interés y sobretodo, como si ellos fueran electores reales. Aunque los opinadores no eran estadounidenses, ya soñaban con el apoyo que le darían a la candidata demócrata si tuvieran la posibilidad de sufragar. Los efectos de Trump son inéditos.

Tan emocionados lucían, que hasta se les trababa la lengua y se les hacía agua la boca. Se les notaba el encandilamiento que les obnubilaba la vista y en un efecto sumamente sospechoso vitoreaban a Hillary y abucheaban a Trump con gran felicidad.  Nada nuevo bajo el sol, sin embargo, algo me despertó un recelo curioso. Imaginé que todos estabamos asistiendo a una puesta en escena en la que ya todo estaba acordado y cada quien representaba su papel con exactitud. Del nasty woman,  a la declaración de que el candidato republicano reconocerá la legitimidad de las elecciones, sólo si él gana, no hay nada novedoso. Lo que sí llama la atención es como la señora Clinton sale impoluta ante acusaciones reales y graves.

En la estridencia del señor Trump, nadie escucha —ni pide explicaciones plausibles— sobre la Fundación Clinton. Como entre un espejismo, la candidata demócrata sonrié y nada de muertito. Guarda silencio y aguarda con paciencia la oportunidad de que su adversario se tropiece con la lengua y, claro, no tiene que esperar mucho. Donlad sale con su ganzada y ella suspira aliviada. Nadie se detiene a pensar ¿qué explicación se debe dar sobre los donativos que un expresidente va recolectando y las cantidades que recibe una candidata por ir a dar conferencias ? 

Me pregunto si la señora Clinton al lado de otro candidato presidencial, luciría tan efectiva. Es frente a un impresentable como Trump que ella se agiganta. Sin embargo, una mujer que guardó secretos de estado en una cuenta de correo personal, un personaje al que el FBI no toca mientras hay militares que estan enfrentando procesos por esots temas, una historia de complejas complicidades, en las que ella fue protagonista de lo que hoy crítica, no resulta tan maravillosa. Pero,  muchos le compran sus espejismos y se encandilan. Eso, convoca mi sospecha.

Es verdad, de las dos opciones, Hillary Clinton es la menos mala. Frente a Trump hasta Incitatus, el caballo de Calígula, emperador romano sería mejor. Eso no significa que ella sea buena. Significa que, como alternativa, es lo que mejor vale. Aunque, honestamente, no hay mucho para emocionar. Los demás habitantes del mundo estamos invitados a atisbar lo que va sucediendo ahí adentro y contemplar en lo que se convirtió la sociedad estadounidense. De lejitos, no nos tenemos que confundir.

Desde la sombra, Juan José Millás

Desde la sombra

Juan José Millás

Seix Barral, Biblioteca Breve, España (2016)

Leí Desde la sombra por múltiples razones y también por una sola. Las múltiples razones fueron: una recomendación de Leonardo Curzio, el hecho de haber leído por años las columnas de Millás que publica en la revista dominical del El País, pero jamás sus libros y el hecho de que hubiera elegido un título tan parecido a uno de mis propios libros. La razón sola era que quería leer algo en español y esa opción me pareció atractiva.

Juan José Millás vence el reto de la hoja en blanco con una propuesta curiosa. Hace una versión moderna del duende remendón y la remasteriza en una especie de actualización para nuestro sistema operativo del siglo XXI. Ya sabemos lo que sucede con las actualizaciones, no todo es tan esplendido como creíamos. La aventura de Damián Lobo, personaje principal de la novela es curiosa, es una deconstrucción del viaje del en la que el personaje se diluye como una pastilla de jabón (181).

Se narra una anécdota inverosímil, un pequeño hurto en un mercado de pulgas detona una aventura de transformación singular. Se abre el telón para mostrar la vida de un hombre español que perdió el trabajo y con ello identidad y sentido de vida. Entra en un mundo de alucinación en el que el personaje declara: mi cabeza jamás había funcionado a tal velocidad, ni en situaciones laborales más comprometidas, que fueron muchas a lo largo de veinticinco años de trabajo (48).

Damián Lobo se transforma en el gnomo que desaparece de día y de noche hace pequeñas cosas buenas que ayudan en la cotidianidad, al principio de una familia y luego específicamente de Lucía, la protagonista femenina. Un armario se convierte, como en los Cuentos de Narnia, en un vehículo por el que se cruzan las rayas de la novela: la realidad y en cierto modo, la verosimilitud. La ranura desde la que me asomaba a la vida de otros (61)

Esos otros son Lucía y Fede, un matrimonio que vive en una casa en los suburbios de Madrid, tienen una hija, María Lucía y viven el vértigo de la vida en la que no alcanza el tiempo. Por supuesto, las labores domésticas recaen en una Lucía exhausta por el trabajo fuera de casa y es la única que se hace cargo del que se debe hacer para que el hogar funcione, pero no tiene tiempo de todo. Entonces, Damián Lobo se transforma en el Mayordomo Fantasma. El caso es aue la pila está llena de los chacharros sucios de la cena y las tazas del desayuno —continuó Damián—, así que me quité la chaqueta, me remangué la camisa y me puse a fregar (67).

Hay textos que son escritos para escritores, Millás lo entiende y busca innovar. Sustituye el monólogo interior con un talkshow que sucede en la cabeza de Damián Lobo, el Mayordomo Fantasma, retoma la figura psicológica del amigo imaginario de la infancia y lo materializa en una forma narrativa novedosa, curiosa y, a veces, molesta. Como si le diera vergüenza confesarlo, o como si dudaran entre decir la verdad o perder la oportunidad de que la cámara los enfocara (51).

Sergio O’Kane es el conductor sensacionalista de este show imaginario que será sustituido por Iñaki Gabilondo, un animador menos efectista, más porfesional y más de acuerdo con los gustos del padre de Lobo. En la mente del protagonista terminarán fusionados en un Iñaki O’Kane a los que admite y despide del pensamiento sin muchas razones evidentes. Aunque No sé, quizá no, da igual. Era el showman de televisión que me hacía entrevistas hasta ahora, pero lo he despedido porque resultaba vulgar. Estoy entrando en una etapa en la que prefiero el prestigio a la popularidad (136).

La novela está dividida en tre partes: en la primera, vemos como Lobo se mete en un atolladero por el cual términa viviendo de incógnito en casa de Lucía, Fede y María Lucía. En la segunda, vemos la transformación de Damián Lobo en El Mayordomo Fantasma y en la Tercera un viaje, una alergia y una oportunidad son la base que llevan al desenlace de la narración. El final es la evidencia de como un hilo narrativo puede pasar de lo inverosímil a lo interesante y llegar al desastre. Millás no supo qué hacer con el final.

A pesar de que está correctamente escrito, el lenguaje resulta afectado y en muchas ocasiones suena anticuado. Se le ven las costuras al intento de modernidad, cuando intenta meter artilugios como un celular, el ordenador, los chats, se revela la intención de quien mueve la pluma, falló la edición que debió cuidar esos detalles. Sin embargo, es un texto entretenido que en ocasiones toca los límites de lo sublime.

Digo que es sublime porque es la visión de un hombre frente al esfuerzo diario de los quehaceres domésticos. Un escritor es un observador, un buen escritor es un extraordinario observador que pone atención en los detalles para desvelar lo grande. Si la queja viniera de la pluma de una mujer, más de alguno la catalogaría como un exceso en el lloriqueo. Al venir de un externo que mira y toma en sus manos el cansancio que raya en el agobio, se llega al umbral de lo magnífico. Millás se asoma a la ternura Al pensar en la mano derecha de Lucía y en la ausencia de ese dedo índice, sintió una ternura sin límites por ella, e imaginó que la llevaba hasta su pecho para proteger el resto de los dedos. (152). Juega con el tiempo El tiempo había desaparecido (181), Todo sucedía en décimas de segundo que se estiraban como si el tiempo se hubiera convertido en una materia plástica.

También digo que es un libro escrito con una intención dedicada a otros escritores y, en medio de la narración, encripta mensajes para los que pertenecemos a ese grupo que busca generar sensaciones en otros por medio de la palabra: Lo fantasmagórico poseía ahora una corporeidad insólita. Bastaba encender el interruptor de la lectura de aquellos volúmenes para que la realidad perdiera los límites acostumbrados. 

De alguna forma, Millás logra hacernos entrar en un mundo de fantasía con duendes y amigos imaginarios y eso se agradece, lo malo es que al final,  nos dejó caer y eso nos deja un chipote que no es agradable.

Bob Dylan, ¿en serio?

Una vez más, el jurado que asigna los Premios Nobel nos deja con la boca abierta y las cejas en alto. Sin el afán chillón de los que reclaman que sujetos de la estatura de Borges no lo consiguieron ni mucho menos con el de aquellos que dicen que se trata del más grande poeta que esté vivo, el hecho de que Bob Dylan haya ganado el Premio Nobel de Literatura de 2016 no deja de causar sorpresa. 

La justificación se respalda en el juicio de que Dylan le dio a la canción estadounidense una dimensión poética. Me parece que la decisión corre por un arriesgado filo y tiene la tentación de ser una ocurrencia. Tal vez sea el tono de Dylan, la voz rasposa, la cadencia de sus baladas las que me hacen sentirlo en otro ámbito y no en el de la Literatura. Sé que hace tiempo que sus versos se estudian en las escuelas secundarias como piezas literarias de los Estados Unidos y con independencia de si la clasificación es una extravagancia, un exceso o una justa apreciación, la verdad es que el Nobel de Literatura de este año me deja sorprendida.

Si la Literatura es el arte de la expresión escrita o hablada —¿hablar será lo mismo que cantar?— y si apelamos a su sentido más amplio, en el que cabe cualquier tipo de manuscrito, y la calidad de Dylan no está en tela de juicio, entonces los señores del Nobel  no se equivocaron. Pero, si atendemos a la estricta definición de Literatura en la que se excluye el canto pues, entonces estamos hablando de otra bella arte que es la música, parece que estamos hablando de una confusión.

Sin duda, Dylan sigue las cinco características que Humberto Eco exige a un texto literario: manipulación del contenido, ambigüedad, autorreferencia, hipercodificación e idiolecto estético. Sin embargo, no sé si para Dylan el instrumento artístico sea la palabra. No sé qué pasaría si le quitaramos los ritmos y las notas a sus poemas. ¿Seguirán siendolo? En Literatura la palabra es el vehículo que enciende la emoción, la imagen, en fin, la experiencia estética. ¿Es la palabra  lo que Dylan usó o fue un instrumento más? ¿Qué docora a quién, la palabra a la música o al revés? Si estuvieramos ciertos y claros que es el primer escenario, tendríamos que concordar con los señores del jurado. Sin embargo, no veo esa claridad de juicio.

La literatura es el arte de escribir bien, siempre que lo que se escriba sea algo estético.  Un cuento es literatura, aunque sea muy corto, una narración también pero, una anécdota no, a menos que esté bien narrada. El testamento de la abuela no es literatura ni lo es el grafitti con una rima burlona  sobre un profesor de la escuela secundaria, por muy bueno que se juzgue. 

Al pensar en el Premio Nobel de Literatura, me gusta imaginar a autores modelo,que sirven de referencia del buen escribir, con todo lo que puede o no gustar Bob Dylan, el señor es un músico a carta cabal, esa es su vocación y así participa en el concierto de la vida, lo de escritor, no creo. No es demérito de su producción, es un desacuerdo con la clasificación. No es un  criterio   de avanzada haber premiado a un músico,  es una confusión entre bellas artes. Es, en todo caso, una cuestión de identidad. 

Veremos la pertinencia del premio en su discurso de aceptación, podremos compararlo con la brevedad poética de Paz o con lo entrañable de Pamuq, lo mediremos contra Sartre y Camus, con la elegancia de Munro o la sencillez de Leessing. Veremos. Mientras en el barrio de Giza, hay una deuda pendiente que ya jamás se podrá pagar. No se trata de llorar por el desatino, pero sigo sorprendia. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura, ¿en serio?


 

Debates que no son nuestros y nos afectan

Ayer por la noche, al terminar de ver el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump sentí un gran vacío. Las pifias del candidato republicano ya ni sorprenden ni causan escándalo, lo que sorprendió fue la tibieza con la que la candidata demócrata la trató. Tuvo la oportunidad de noquearlo y la despedició. Todo eso es verdad y lo sentí tan ajeno. Mis conclusiones sirven de poco, lo mismo que las de cualquier extranjero que los mire pelear, hablando de temas vulgares en forma tan descarada. No sirve de nada, esos debates no son nuestros; pero nos afectan.

En una costumbre muy estadounidense, la ropa sucia se expone al público. Los temas de sábanas se exhiben y revelan a un misógino que habla imbecilidad y media con otro estúpido del mismo calibre y el asunto se eleva al nivel de debate presidencial. La infidelidad marital y la perseverancia de una esposa que permanece al lado de su marido por razones tan íntimas que nada más a ellas conciernen están en boca de los candidatos a dirigir el destino de una de las naciones más poderosas del mundo. ¿Por qué es interesante eso?

Nos quieren chantajear con la imagen de un niño lleno de polvo, sobreviviente de un bombardeo en Aleppo, como si los participantes no tuvieran nada que ver. Hablan de discriminación por cuestiones de credo, pero lo que está en la mente es la platica de casillero y la ropa interior de un expresidente. Ella nadó de muertito y él se perdió en la ambigüedad que le fascina. A decir verdad, todos sabemos que los políticos estiran la realidad para llevar agua a su molino. También sabemos que en un debate no se solucionan los problemas, nada más nos enteramos de los estilos de cada quien.

A lo lejos, vemos dos personajes: uno se diluye como pastilla efervescente —o eso esperamos— y la otra se va consolidando —o eso queremos—. Nada podemos hacer más que contemplar a dos que como pájaros de pelea, se despluman y se exhiben dejando ver las costuras de su intimidad. Más cerca que nosotros, pero también a la distancia, Bill Clinton y la señora Trump observan a sus cónyuges. ¿Qué pensarán? Los hijos de Trump y Chelsea Clinton también están ahí escuchando las faltas más personales de sus padres. ¿Qué sentirán?

Y, en la tribuna, nosotros viendo debates ajenos que tarde o temprano nos van a afectar.

La catástrofe republicana

Ahora resulta que muchos republicanos influyentes le están pidiendo a Donald Trump que renuncie a la candidatura para la presidencia de su país. Demasiado tarde, ¿no creen? Desde luego, su flamante candidato ya les dijo que ni de chiste se va, como era evidente, y la pregunta obligada a todos estos que lo quieren echar es ¿por qué le abrieron la puerta? Arrepentirse es de sabios, pero todo tiene un tiempo y un lugar. Cuando la limosna llega tarde, ni los santos la agradecen. Ante lo previsible y al ver a un hombre descontrolado que puede llegar a dirigir el destino de su país, sienten miedo y se comen una cucharada del remedio que el señor le ha estado administrando a los electores.

Imagino que muchos de estos que piden la renuncia fueron tan incrédulos como yo y pensaron que el sujeto se tropezaría con la lengua y no avanzaría ni dos cuadras. Otros habrán pensado que era muy chistoso tener a un deslenguado para representarlos. La gran mayoría le creyeron sus babosadas y se asustaron. Una pequeña minoría vio en Donald Trump un títere facil de manipular y decidieron hacerlo crecer para hacerlo servir a sus intereses. Apostaron adecuadamente y están concretando su ocurrencia.

Sin embargo, al ver desde fuera en fenómeno norteamericano de las próximas elecciones, no hay mucho de que sorprenderse. Que a un mexicano le caiga mal Trump es lo evidente —la sorpresa es que haya simpatizantes latinos en sus filas, sin duda hay idiotas en todos lados—, pero en el mundo los estadounidenses no caen bien. En Europa se les valora por sus  defectos: son ignorantes, no saben comer, no entienden de gastronomía, no son puntuales, son arrogantes, se creen conquistadores, son metiches, son puritanos, no tienen raíces y la lista crece y crece. En Francia hay un movimiento, la antifrance, que denuncia como las compañías norteameircanas se han apoderado de lugares emblemáticos de las ciudades galas. En París, McDonald’s sustituyó sucursales de Hypopotamus a, una cadena francesa,en los Campos Elíseos,les molesta ver hamburgueserías americanas en Versalles, los italianos no descansaron hasta sacar a McDonald’s de la plaza del Pantheon y los spring breakers son vistos como una plaga que dejan más destrozos que ganancias.

A lo largo del tiempo, la globalización impulsó a las empresas estadounidenses a salir de sus territorios, ganando espacios y, es justo decirlo, generando riqueza. Pero, no siempre fueron bienvenidos ni resultaban simpáticos. El prejuicio con el que se calificó a los ciudadanos de Estado Unidos, muy originado por los soldados en la Segunda Guerra Mundial, se fue diluyendo y conocimos a ciertas personas amables, que sí hablaban algo más que inglés y que no se pasaban preguntando si el agua era potable o no. Pero, Trump le recordó al mundo aquella figura del gringo antipático, que no entiende códigos, que vive en shorts y camiseta de tirantes, que carga Pepto Bismol a todos lados y que arruga la nariz y no se entera que es tan ligero como un plomo. 

El mundo mira con recelo a Trump y parece que en casa el tipo ya no es tan simpático. Lo malo es que le dieron la silla principal y un micrófono para vociferar. Luce con arrogancia su ignorancia en cada tema y no le importa. Y, con esa actitud de fanfarrón, ya dijo que no va a renunciar. ¿Por qué le abrieron la puerta? La catástrofe del partido republicano está cantada, lo mismo si pierde que si gana. Peor, si gana.

Las razones de Robert de Niro

El actor norteamericano Robert de Niro filma un video, muy bien producido, elegante, en blanco y negro que provoca que el espectador se fije en su cara y ponga atención en sus palabras. Sin las estridencias que lo han llevado a ser uno de los villanos más reconocidos en la filmografía hollywoodense, sin vulgaridades ni chistes fuera de lugar, trando de ser lo más sobrio posible —no perdamos de vista de quien se trata—, el histrión da las razones por las que quisiera golpear a Donald Trump.

Sin gritos, con una calma súper calculada le dice a Trump que es un estúpido, un perro, un cerdo, un hombre que no hace la tarea, un tipo que no sabe de lo que está hablando, que no paga impuestos, que piensa que está jugando con la sociedad, invoca las palabras de Colin Powell que lo llamó un desastre nacional, lo clasifica como una vergüenza. Eso sólo es el comienzo. Sin embargo, lo importante es la prefinta que se plantea ¿cómo es posible que esta nación haya llegado a estos niveles? Enseguida dice que si Trump quiere golpear a alguien en la cara, De Niro quiere golpearsela a él. Cierra el video diciendo que no quiere verlo en el poder porque no confía que pueda dar una buena dirección y concluye invitando a la gente a votar por un buen futuro.

Las razones que De Niro tiene para querer golpear a Trump son compartidas por muchos, no nada más por demócratas, también republicanos. Sin embargo, la pregunta queda flotando en el ambiente ¿cómo es posible que esa nación haya llegado a estos niveles? Los estadounidenses están a punto de tomar una decisión crucial para la historia de la Humandiad y la mayoría no se entera. En un grado máximo de intoxicación por estupefacientes, con el atarantamiento que da estar pegado a una pantalla sin poner atención al entorno, con un grado de desinterés tan alto, con la ingenuidad de los que sin saber porqué, creen que este sujeto les podrá cumplir promesas y se acordará de ellos al llegar a lampresidencia y les cambiará la vida, el hombre puede llegar a ser Presidente de Estados Unidos porque los republicanos lo postularon. ¿cómo es posible que esa nación haya llegado a estos niveles? 

Los aspirantes que existían entre los republicanos, la verdad, no eran grandes opciones. Todos venían cargado de un discurso discriminatorio y con un acento muy cercano al odio. ¿Qué pasó con la amabilidad de los estadounidenses? ¿Dónde quedaron esos gringuitos felices, siempre sonrientes? La nación más diversa del mundo está renegando de su multiculturalidad y olvidan las palabras de los héroes que les dieron patria. Imagino las caras de Washington, Lincoln, Dr. Martin Luther King, Jr., al enterarse de quién es el sujeto que podría llegar a la presidencia de su país. Se volverían estatuas de sal del puritito coraje, de la rabia que produce la sinrazón de un hombre con cerebro de cacahuate y de las consecuencias que ha traído el desprecio que ha sembrado en campaña. Tal vez, ellos también tendrían ganas de golpear a Trump igual que De Niro.

Lo curioso es aue todos reperimos las razones que da De Niro para querer golpear a Trump y muy pocos dan cuenta de la pregunta que llama a la reflexión: ¿cómo es posible que esa nación haya llegado a estos niveles? Por favor, Que alguien nos lo explique.

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