Medir al enemigo (Truth, la película)

Parece que los dramas periodisticos están de moda. El periodismo de investigación da un paso al frente y se abre paso en los telones de Hollywood. La trama está basada en hecho reales. Protagonizada por una estupenda Cate Blanchett y un sereno Robert Redford, se trata un tema espinoso que saca ronchas: un expresidente y el cumplimiento del deber. George W. Bush es subido a la palestra para cuestionarlo sobre si recibió provilegios que le evitaron ir a Vietnam y la veracidad sobre su servicio militar. En fin, la fórmula que muchos periodistas andan buscando: poner en entredicho a un poderoso. Desde mi punto de vista, esta cacería de brujas no lo es tanto, es mas bien la reflexión que se debe hacer antes de enfrentar a un enemigo poderoso.

Cate Blanchett da vida a Mary Mapes, productora del segmento periodístico 60 Minutes para la CBS y quien reúne a un grupo de colegas para investigar la veracidad de unos memorandos que ponen en duda la participación de Bush en el servicio militar en la década de los 70. A pesar de existir ciertas dudas sobre el origen de los documentos, el equipo opta por compartir la noticia con el público vía Dan Rather interpretado por Robert Redford, presentador de noticias de la cadena televisora. Apenas la noticia sale a la luz, el equipo enfrenta una serie de cuestionamientos sobre de la veracidad de los documentos presentados en televisión, poniendo en riesgo sus carreras profesionales y su integridad.
La historia es sobre la guerra que enfrentan este grupo de periodistas. Las cosas no salen bien y van de mal a peor. La película es fiel al presentar a Mapes como una mujer con buen olfato que se precipita. Piensa más en las glorias que el material puede traerle, en premios y reconocimientos que en los peligros que se engendran al meterse con un poderoso. Es presa de la ingenuidad. No mide las reacciones que puede tener un presidente en funciones y que, además está en campaña. Tampoco prevé las reacciones de sus empleadores.

Todos sabemos que George W. Bush logró la reelección. 

El equipo de contrataque no se pone frente a la pantalla. Sin embargo, queda claro que hicieron bien su trabajo. Lograron poner en evidencia los descuidos, que por las prisas, cometió el grupo de 60 minutos. Los precios de las urgencias de la televisión se sobreponen a la meticulosidad que debe haber en una investigación periodistica de semejante envergadura y se pagan muy caro.

Robert Redford dice como Rather que lo importante es la verdad, y se olvida de la veracidad. Lo curioso es cómo no se pone en duda si Bush fue probo respecto al servicio militar, parece que a todos les queda claro que no lo fue. El nodo del problema es si para probar la falta de probidad, se usó material legítimo o no. La verdad quedo de lado.

Me parece interesante que en medio de la discusión, se hace referencia al trabajo periodístico que sacó de la Casa Blanca a Nixón. La diferencia entre uno y otro, tal vez fue la sorpresa. Ahora, los equipos que asesoran a los poderosos ya tienen antecedentes y no se dejan sorprender tan fácilmente. Los cuidados se deben aumentar, las precisiones se deben cuidar. Una desesperada Mapes se da topes al ver como la verdad pierde relevancia y la atención general corre en otras direcciones. No puede creer que Bush tenga tanta suerte. No fue suerte.

Y, aún cuando todo esté amarrado, cuando un poderoso sea evidenciado  con las manos en la masa, no hay que ser ingenuos. Hay que medir al enemigo, evaluar las consecuencias y decidir si el esfuerzo vale o no la pena. Es una cuestión de valoración de riesgos. El peso de un pez gordo siempre es mayor que el de un periodista que cree descubrir una mina de oro. Sacarse un tigre en la rifa no es tsn buena noticia.  Meterse a patear a un grandote requiere de tener la cabeza fría y los pies en la tierra. Claro, si eso fuera así, tal vez nadie lo haría.

¿Quién quiere perder trabajo y prestigio a cambio de nada?

  

Pascuas de Resurrección 

El sudario está doblado, la mortaja no contiene el cuerpo. En el sepulcro que José que Arimatea ofreció a Jesús no hay nadie. Las mujeres que con las prisas de los acontecimientos de un viernes terrible que se anecia en convertirse en sábado, no pudieron amoertajarlo, habían ido a perfumar y a preparar los restos mortuorios del Maestro, encuentran el sepulcro vacío.

Forma es vacío y vacío es forma.

Apenas las toma el sobresalto, cuando un humilde jardinero les hace la pregunta que obra la maravilla de abrirlres los ojos: ¿por qué lo buscan entre los muertos? y, caen en la cuenta de que el milagro se ha consumado. Es Jesús mismo el que le hace la pregunta. Ahi ya no hay nadie. Después, muchos verán y creerán. Comerán con él, platicarán, escucharán, verán sus llagas y hasta meterán la mano en la herida del costado. Creerán. Otros, creeremos sin haber visto.

Forma es vacío y vacío es forma.

Las explicaciones de lo que sucedió en el sepulcro de Arimatea son siempre insuficientes para el que no quiere creer, ninguna evidencia basta. En cambio hay quienes abrazamos la fe mas allá de todo eso. Vivmos la fe como un don que nos ha sido dado de lo alto y agradecemos el ser depositarios de esa virtud. No se recibe por méritos propios, es un regalo.

Para los Cristianos, la Pascua de Resurrección es una fiesta de felicidad y júbilo. Es entender que las puertas se abrieron y que Jesús nos espera y que también está con nosotros, a la distancia del pensamiento. Sé que hay quienes no lo sienten así, no obsante, no por ello deja de ser cierto. 

Forma es vacío y vacío es forma.

La soledad del seplulcro es la evidencia de que ahí se cumplieron las palabras. El que tenga ojos, que vea. Esa es la invitación. En ese hueco sepulcral, en esa tumba, no hay nadie. Está vacía. Esa es la felicidad del cristiano. Jesús vive.

Así como las representaciones del camino al Calvario en Latinoamérica, Cristos dolientes, lastimados, sangrinetos, se aproximan con justicia a la verdad,  las hechas en Europa sobre el triunfo de Jesús son reflejo claro de lo que creemos que sucedió en el sepulcro. Salió un Jesús triunfante, fuerte, vencedor. La representación del resucitado que está en el frontispicio de la Basílica de San Pedro o en San Juan de Letrán enfrentan al observador con el milagro que hoy festejamos: ¡Resucitó, aleluya!

Forma es vacío y vacío es fondo.

Por ello, por todo en lo que creemos, por la alegría de la mejor noticia, por lo que sucedio en ese sepulcro, por las visitas que Jesús le hizo a sus discípulos, por las veces que me hace sentir su presencia, para los que tienen fe y para los que no la tienen, para los que la sienten robustecida y para aquellos que la ven flaquear, para todos: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

  

Muerte de cruz

Para el mundo cristiano, el Viernes Santo es un día de reflexión. Pensamos en la muerte, en la muerte que para el corazón, que deja los pulmones sin aire, sin temperatura a la piel y le niega movimiento al cuerpo. En ese estado desconocido, que para tantos es definitivo y para otros significa un paso, meditamos. Para todos la muerte es algo tan difícil de entender. No nos gusta pensar en ella ni en primera persona ni en lo que sucederá cuando le pase a nuestros seres queridos. Mejor ni hablar del tema. 

La muerte de Jesús para los cristianos está envuelta entre signos. Se forma un arco simbólico entre el Pesebre de Belén y la Cruz del Calvario. Claro que es más fácil observar la escena de un nacimiento que contemplar el martirio de la muerte. Los católicos hemos reproducido escenas de la Cruz en miles de formas: pinturas, esculturas, vitrales. Las representaciones latinoamericanas se aproximan más a la verdad que las europeas.

Ahí la dificultad. Esos Cristos ensangrentados, coronados con espinas, heridos, tristes son imagenes que se acercan mucho a lo que sucedió y dan miedo. No hay misterios, la muerte sobresalta, inquieta incluso al más sereno. Los acontecimientos del Viernes Santo desasosegaron incluso a los más queridos por Jesús. Pedro, el más valiente fue cobarde. Judas traicionó. Todos corrieron espantados y se encerraron. 

Sólo la Madre y el más querido de sus apóstoles estuvieron al pie de la Cruz.

Siete palabras. 

No fueron suficientes los azotes, los clavos, las caídas, hubo que traspasar el costado con una lanza. El cuerpo sin vida de Jesús quedó colgado en la Cruz. Los evangelistas reportan un eclipse, se rasgó el manto del templo, la tierra tembló. El Hijo del Hombre moría. ¿La muerte, dónde está la muerte?, pregunta Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Ahí, en ese cuerpo sin vida. En esa espalda lacerada, en esa frente perforada, en ese pecho abierto y entre esas llagas. Ahí está la muerte. Jesús se sometió a la muerte y no a cualquiera, a una muerte de cruz con todo lo que ello significó para las suyos en ese tiempo y para los que creemos en él sin haberlo visto.

La muerte de un cuerpo que entrega la vida. La que debe entrar en el sepulcro de Arimatea. La que no se mueve. La que todos, creyentes o no, encontraremos algún día.  

Muchos creeran que ese fue el final. Otros, como los apóstles ante la muerte, correrán asustados. Pocos se atreveran a fijar los ojos en el misterio y aguantar el signo de la Cruz. Juan y María se sobrepusieron al miedo y al dolor. Ahí estuvieron. Die pie, junto a Jesús. 

Hoy, los cristianos reflexionamos en torno a la muerte. Hoy, los que tenemos fe sabemos que perderla es tan fácil como correr a esconderse y conservarla es una cuestión de valor.  

  

Traidores

Estamos en la cuarta zona del noveno círculo, esa que se denominó el Hielo del Cocito. Ahí en ese mismo lugar el el que Dante decidió poner a los peores traidores de la Historia, a aquellos que mordieron la mano de sus benefactores, a los que levantaron las armas contra los que fueron buenos, a los que vendieron a su maestro, a los que recibieron monedas a cambio de un beneficio que les valió el premio del Infierno.

En el último canto de Infierno, acompañando a Dante y a Virgilio, después de haber descendido a lo más oscuro, encontramos a Belsebú, principio de todo mal. Ahí, la inscripción en latín, advierte: las señales del mal avanzan. Nos será permitido ver, la cortina se decorrerá y nos permitirá la visión del horror máximo. Entre la neblina, se percibe algo que parece una gran fortaleza, tal vez un molino. Es el monstruo. Una ráfaga helada estremece el alma. Las sombras de los condenados están cubiertas de hielo, son agujas transparentes, son montículos de paja helada que pesan sobre su espalda. Les traspasan la piel.

Cada traidor está en posición distinta, unos con la cabeza entre los pies, otros con  el cuerpo hecho un arco inverso, unos con la nariz enterrada en el suelo, cada uno, dependiendo del grado de traición y culpa sufre una incomodidad severa, tienen un rictus de dolor que corresponde en sentido inverso al premio que prtendieron obtener al pepretrar la traición. Pero, Dante no les da voz, están perrificados, callados, no pueden lamentar su culpa. Ni siquiera eso pueden

La visión culminante del Infierno muestra a un demonio atrapado por el hielo hasta el pecho, derrotado y abatido. Impotente ante Dios. Un diablo de tres cabezas que desprende odio, ignorancia e imposibilidad. Cada cabeza tiene una boca que masca a los peores traidores de la Humanidad. El peor está en el centro: es Judas Iscariote.

Del hocico de Belcebú, caen babas sanguinolentas. El castigo es mascar eternamente al traidor maldito. Remorderlos. El castigo es para los más grandes traidores: el que por sentirse tan bello, traicionó a Yaveh y el que por amor al dinero traicionó a Jesús. El traidor es el peor de los pecadores en la Comedia de Dante. En la vida también.

Un traidor cambia la bondad de su benefactor por un bien que imagina superior pero en lugar de pedirlo por la buena, elige la traición. Enterrar una daga por la espalda, recibir monedas es igual que volver la espalda, que hablar mal del que hizo bien, de devolver maldad al que entregó lo bueno. La peor de las traciones se perpetró un jueves antes de que fuera viernes. En una cena entre amigos. Al tomar el pan de la misma canasta que lo hizo su maestro. Así empiezan las grandes deslealtades, en la cotidianidad del que estando bien quiere estar mejor eligiendo el mal camino.

Judas Isacriote salió con el estómago lleno de cenáculo, pero con el corazón frío. Fue a recibir su paga y en Getsemaní cumplió su parte del trato. El peor de los pecados es la tradición.  El peor de los castigos es ese reflejo que encandila hasta llevar a la confusión de creer que levantar el brazo y estirar la mano para recibir algo a cambio de abjurar, apostatar, de obrar en contra de quien fue bueno. Ese brillo que obnubila la mente dura poco. El estigma del traidor queda en su mirada. 

El desasosiego es el premio del traidor. Belsebú los muerde y los muerde, tal vez no como Dante cree, tal vez no como el mundo los ve. Muchos traidores van caminando por el mundo, aparentemente impunes. Así se fue Judas Iscariote caminando con las monedas de oro en el bolsillo. Pero le pesaron mucho. Cada traidor enontrará una rama y terminará colgado de ella, con los pies al aire, girando sobre su propio eje. Real o metafóricamente. Todos, sin excepción tratando de justificar lo que hicieron, sentirán el frío del que habla Dante y, también, la mordidas de aquel que siendo bello se convirtió en el peor de los monstruos.

  

Obama en Cuba

Así como Guillermo Cabrera Infante empieza su novela con el epígrafe de Lewis Carroll, y trató de imaginar cómo se vería la luz de la vela cuando está apagada, refiriéndose a una vida cubana que estaba desfalleciendo, usando la metáfora de ese momento en el que se acaba la luz y aún queda el fulgor que cederá a la oscuridad, con ese mismo ímpetu que da el último acorde de esa gran sinfonía, justo antes de la estridencia del aplauso, así de esa misma forma veo como la visita de Barack Obama tendrá efectos inmediatos en la isla. 

Como si pudiera sostener el tiempo con unas pinzas, al igual que Cabrera Infante, observo una nación que está a punto de cambiar. Esos muros de mar entre los que vivió encerrada la población cubana por años y años, esa promesa de la Revolución, esa necesidad extrema que busca canjear dignidad por un par de medias o por una pastilla de jabón, esos trajes remendados en El Tropicana, esa literatura asfixiada, esas canoas que se hacían a la mar en busca desesperada de un Miami lejano, esa nación dividida entre lo que sucede entre una Península y un régimen prolongado por años y heredado de familiar a familiar por tantas generaciones, todo Cuba está a punto de cambiar.

Ver a un presidente estadounidense que llega con mujer, hijas y suegra, repartiendo sonrisas y abriendo puertas son parte de ese imaginar una luz que se apagó por tantos años y que está a punto de volverse a encender. Los signos de los tiempos hablan. El presidente cubano no estuvo al pie de la escalerilla del Air Force 1 para recibir a su distinguidísimo invitado, ni le dio la bienvenida, hubo que esperar hasta el día siguiente para que ambos mandatarios pudieran hablar. ¿Cuál es la prisa? Qué más dan unas horas después de casi noventa años en que jn presidente de Estados Unidos no se parara por ahí. 

Guantánamo sigue ahí, a pesar de tantas promesas. El embargo se suavizó. No ha acabado. Las inversiones en el sector turístico empiezan a fluir. Sheraron ya compró el Hotel Inglaterra, ya se oueden hacer reservaciones en línea desde sitios estadounidenses, Google ya tendió líneas a la isla y los cruceros harán en Cuba algunas paradas. Habrá dinero que llegará a la isla. Obama sonríe y Castro se ríe. El juego cubano viene con sones y timbales. 

Han pasado muchos años. Los cubanos que salieron de la Habana y llegaron a Miami tienen tanto que decir sobre el regimen en la isla que tal vez prefieran guardar silencio en favor de la familia que se quedó. Muchos entienden que es mejor que la actividad económica llegue a Cuba y el progreso beneficie a sus primos y tíos. Tal vez ni los conozcan ni los recuerden ni los hayan visto jamás. Tal vez algunos tengan el ceño fruncido y el hígado inflamado porque Obama está a la mesa con Castro. 

Tal vez, lo ciero es que hoy, igual que Cabrera Infante, trato de imaginar como se verá la luz de la vela que iluminará a la isla, cuando esté encendida, una vez más. Dama y caballeros, con ustedes… sin trabalenguas, con la musicalidad de los cubanos, siento mucho gusto por lo que les va a llegar. Por fin. 

  

Regalo de mi abuela

Los caminos que tiene el amor son misteriosos. Hoy, veintiuno de marzo, día en que nace la primavera, también era cumpleaños de mi abuela materna a la que siempre llamé Mami Lolita. Fui su primera nieta y en esa condición, el que pega primero, pega dos veces. Ese sólo mérito me ganó ser su consentida y como un cariño tan grande no es esteril, en mí germinó otro que persiste aún después de la muerte. 

Mi Mami Lolita murió en 1994, el año en que me casé. Es curioso que después de tantísimo cariño que nos tuvimos, la sueño muy poco. El abismo que abre la muerte es profundo pero no definitivo. Para muestra un botón. Ayer, recibí un regalo de mi abuela.  Como siempre, el mas allá se consigue ángeles en la tierra que completen la tarea, en este caso fue mi prima La Güera.

Mi Mami Lolita tejía a gancho y lo hacía en forma espectacular. El dicho de rápido y bien, no ha habido quien de evapora ante las manos hábiles de mi abuela —no me gustó jamás decirle abuelita a una mujer tan hermosa que nunca dio signos de vejez mientras estuvo sana—. El ganchillo se movía a toda velocidad para dejar espacio a creaciones maravillosas. Lo mismo blusas de hilo, que bufandas de estambre, que vestiditos, capitas, cobijita de bebé o lo que se le ocurriera en esos momentos. El máximo de los regalos era un mantel. 

Sí, a pesar de la velocidad de tejido, un mantel requería de mucho tiempo y dedicación para quedar listo. Era tejer muchos cuadritos y luego ir uniendólos uno a uno. La recuerdo haciéndolo y explicándome la mística de semejante tarea. hay que hacerlo con cuidado, fijándote que todo coincida para disimular las costuras. Los manteles son como las familias, las uniones debes ser fuerte para que no se separen, incluso cuando tienes que tallar para que salga la mugre. Sus dos hijas, las únicas que tuvo, recibieron uno de estos manteles. Hoy, gracias a la generosidad de La Güera, yo, en el día del cumpleaños de mi Mami Lolita recibí uno. Uno de los dos que les dejó a sus hijas.

El que le correspondió a mi Tía Luz Elena está conmigo. Al ver el mentel, lo abracé como si la estuviera abrazando a ella. Mi sorpresa fue enormemente grata, entre los hilos todavía se conserva ese aroma tan especial del perfume de mi Mami Lolita. Sin duda, los caminos que unen el más allá con los que estamos acá son misteriosos. La unión de los hilos es tan fuerte que las puntadas se abren paso para dar cariño. Tal como ella me enseñó, es de bien nacido ser agradecido. Gracias, Güera. Gracias, Mami Lolita. ¡Feliz cumpleaños! Ya recibí tu regalo.

  

Tequisquiapan, Qro.

Lo que me gusta de Tequisquiapan es difícil de explicar. El pueblo tiene actitud. No sé qué es lo que le da esta calidad, tal vez sea el azul del cielo, las nubes tan algodonadas, el adoquín, o esa plaza tan maravillosa. Tal vez sea que sus calles y sus rincones son muy limpios o que en el jardín del arte se vende rompope, mermeladas, nueces, amaranto, ajonjolí y queso. Es posible que todo se deba al sabor de las conchas de vainilla con nata de leche tibia. O, puede ser que la combinación de todo de como resultado un pueblo que fascina al visitante.

El poblado es grande, sin embargo, lo que encanta y atrae al visitante es el perímetro que se forma alrededor del centro histórico. Hay tanta herencia en este terreno que los espíritus tan antiguos dan la bienvenida a quienes se dan una vuelta por acá. Otomíes y Chichimecas poblaron la región antes de la epoca colonial. Los españoles se fascinaron por las bondades del clima y porque fueron bien recibidos por los pobladores originales. En realidad, la paz y la amistad se respiran en Tequisquiapan.

Es cabecera de la ruta del queso y el vino. Hay varias casas vinícolas que están floreciendo y las queseras están emprendiendo con formas modernas de curar la leche para generar quesos. Los sibaritas se sienten atraídos por la oferta. La hotelería tiene una buena relación entre lo que se paga y el servicio que se recibe. Sin embargo, la restaurantería tiene sus lados oscuros. Los precios son equiparables a los de la Ciudad de México, la calidad de los alimentos es muy buena pero el servicio no siempre está a la altura de los precios. Falta capacitación. No es cuestión de amabilidad, ya que la gente en Tequisquiapan es muy cortés, lo que sucede es que si alguien pide algo ligeramente fuera del guión, como más hielo o alguna nimiedad, la gente no sabe cómo responder.

Al ser ruta de queso y vino, el visitante espera probar los productos de la región. Pero, falta entrenar al personal para ofrecer botellas, entender el tipo de uvas, de acentos, de sabores. Tampoco saben que hacer si alguien regresa el vino porque no estaba bien. En ese sentido, es mucho mejor el servicio de desayunos que el de comidas y cenas. Es necesario que se tomen medidas ya que el sentir general es que Tequisquiapan es uno de los pueblos mágicos más caros del circuito y los servicios tienen un gran camino que recorrer para estar a la altura de los precios y las expectativas.

Dicho esto, hay que reconocer que el sonido de las campanas introduce un sabor exquisito y el señor que da bola a los zapatos, que tiene su silla en una de las esquinas del jardín es tan cuidadoso con el calzado que quita las agujetas para no mancharlas y deja la piel tan brillante que parece de charol. El balance es positivo. Tequisquiapan es un pueblo mágico del que no te quieres ir. Te vas y ya lo empiezas a extrañar.

  

Peña de Bernal, Querétaro 

El tañido de las campanas de la iglesia se pierden entre los acordes de la música que se escucha en todo el pueblo. Una bocina emite los acordes del piano de Chopin. Sí, con una basta. Pareciera que en ella recae la responsabilidad de marcar el ritmo de la vida del lugar. De este modo, no importa en que punto, en que calle, en que esquina te encuentres, puedes escuchar la música y ver la Peña.

El hilo conductor lo da la música y la compañía va por cuenta de una enorme piedra que corona una montaña. Son unas cuantas calles de un pueblecito mexicano en el que los colores salen al encuentro del visitante. Por instantes, sientes que estás en un set cinematográfico preparado especialmente para rodar una película. Si entrecierras los ojos, imagino que podrás ver a Dolores del Río al lado de Pedro Armendariz o a Jorge Negrete llevando serenata a María Felix o a Pedro Infante caminando junto a Luis Aguilar.

Peña de Bernal es un pueblo mágico en el estado de Querétaro. Esta situado en la ruta del queso y el vino. Tiene el cielo azul intenso, el aire limpio y las nubes blancas. Las calles están bien trazadas, la movilidad es comi de libro de texto, conviven automóviles, bicicletas, caballos, burros y peatones en armonía. Aquí se puede admirar el tercer monolito más grande del mundo.

Dicen que la peña era un volcán que después de hacer erupción, decidió irse a dormir. El crater está tapado por la lava que se solidificó. El magma que quedó como coraza es lo que formó este monolito que sería el mas grande del mindo si no existiera el Peñón de Gibraltar en el Mediterráneo o el Pao de Açucar en Río de Janeiro. 

La artesanía está influenciada por las piedras minerales de la región y por la lana que trabajan las manos indígenas. Esta es región chichimeca y otomí. Lso rasgos de los habitantes de la ciudad respinden a la herencia indigena. Disfrutamos un clima de veinte grados, delicioso. La gente nos dice que por las noches baja la temperatura y se prenden las chimeneas. 

Los helados artesanales de carrito son deliciosos, los vende una hermosa mujer de piel morena, trenzas negras que le llegan a la cintura y un rostro en el que se contiene todo el tiempo. En la iglesia, los santos están tapados con un lienzo morado. Aquí se siguen las antiguas tradiciones católicas. La virgen de Dolores está en el centro del altar. Es el viernes previo a la Semana Santa. 

Comemos en una terraza desde la que se ven tanto la peña como la plaza del pueblo. Desde ahí, siento que domingo no todo lo que sucede ahí. La bocina sigue emitiendo acordes, ahora no es Chopin, es Tracy Chapman. Las campanas vuelven a sonar. Los tañidos entran al corazón y dan tanta alegría. Sí, Bernal, su Peña, su plaza, su gente y sus colores tienen algo mágico. 

  

Calidad del aire

Ayer, la calidad del aire fue pésima en la Ciudad de México. La recomendación es encerrarnos, no salir, quedarnos quietos. Movernos no está recomendado. Hacer ejercicio al aire libre, menos. Andar en bici es malo para la salud y usar el coche es criminal. La solución queda en manos de los particulares que o nos alineamos o nos alineamos, no hay de otra. Se fataliza el uso del auto, al que le atribuyen las culpas por ensuciar lo que la naturaleza había limpiaso tan violentamente la semana pasada. Es muy fácil lanzar la responsabilidad a tantos que asumir la que le corresponde al Estado.

Si bien los autos son una fuente de contaminación, no es la única. Investigadores de la UNAM pronosticaron que las medidas del nuevo reglamento de tránsito elevarían los niveles de contaminación. Predicaron en el desierto, no fueron escuchados y la profecía se cumplió. Las autoridades prefieren esconder las manos que asumir la responsabilidad. También, estudiosos de la misma universidad propusieron una forma de programar los semáforos para agilizar la vialidad y bajar los niveles de contaminación, no han sido escuchados. En el Palacio del Ayuntamiento se padece de sordera.

La descoordinación es total. La Comisión Ambiental Metropolitana avisa de la contingencia y la obras viales no se suspenden. Los propios vehículos oficiales obstruyen la circulación y alentan el ritmo de la ciudad, ayudan a incrementar los niveles de contaminación. Ayer, un tapón vial se formó en la calle de Patricio Sanz. El caos vial lleva días. El flujo de circulación de autos se redujo por dar espacio a los ciclistas. En el  carril de los coches, el camión que recolecta la basura se para obstruyendo el paso. Los automovilistas invaden el espacio de los ciclistas. Los ciclistas el de los peatones. Los peatones se bajan al arroyo vehicular. Los autos permanecen parados mientras las señoras salen a tirar la basura. Quince minutos de obstrucción vehicular. ¿No sería mejor recoger la basura a otra hora?

Se ofrecen servicios de transporte gratuitos. Son insuficientes. El Metro y el Metrobús van más apretados que una caja de cigarros nueva y no cabe un alma más. Además no llegan a todos lados. El servicio se hace lento ante una demanda aumentada en un momento y, no podemos negar que se cometen robos y faltas de respeto, especialmente a mujeres que sufren de toqueteos por todos lados. Entre los empujones por salir o querer entrar se provocan accisentes. Ademas la red de transporte no abarca toda la ciudad. Los peseros que suplen las insuficiencias del servicio, contaminan y abonan al problema.

Pero Miguel Ángel Mancera está muy ocupado tratando de adaptar modelos de ciudades extranjeras a la Ciudad de México. Eso en principio no está mal, lo malo es que copia, como un estudiante en examen, en lugar de innovar. Hace una reproducción sin tomar en cuenta las diferencias y las peculiaridades de está megalópolis. Ya nos está empezando a costar tanta necedad, ahí está la calidad del aire. ¿Qué sigue?

  

La constitución de la Ciudad de México 

El tema ha logrado lo que casi ningún otro, nos ha unido en un sentimiento casi idéntico. ¿No es eso democracia? El problema es que la unión se finca en un desinterés generalizado y en una rabia por el presupuesto que se juzga exagerado para el constituyente. La actual administración se pertrecha en el Palacio del Ayuntamiento y con prácticas virreinales ni vi ni oye ni le interesa involucrar a los súbditos que habitamos el Valle de Anáhuac. No obstante, debiéramos. 

La constitución de la Ciudad de México es una oportunidad para pensar qué tipo de ciudad queremos. El asunto no es trivial, a pesar de que nuestras actuales autoridades así nos lo hagan creer. Es momento de considerar el tipo de ordenamiento urbano que queremos para esta ciudad. Aquí se nos presenta la gran oportunidad  de meterle mano a lo que debe ocurrir en el entorno que habitamos millones de mexicanos.

En este sentido, los capitalinos podemos acabar con cotos de poder, con puntos de corrupción y abuso del que hemos sido víctimas los capitalinos. Ordenar el uso de suelo es una prioridad. Reflexionar sobre los permisos de construcción. Cuidar el emprendimiento. Fomentar la actividad económica. Atender la seguridad de los habitantes. Sentar las bases de una convivencia armónica. Acabar con la situación de calle. Dar fin a la pobreza. Pensar en una estética de las colonias. Facilitar la vida. Eso es lo que tenemos que estar discutiendo. 

La discusión debería ser abierta. La inclusión de notables como constituyentes es una decisión sabia pero no suficiente. Somos muchos habitantes y es preciso que nos tomen opinión. Las instrucciones que se dan desde un escritorio sin bajar al terreno de la acción, generalmente van de lo malo a lo pésimo, fíjense en el Reglamento de Tránsito. Ese es el mejor ejemplo de la sordera autoritaria del Gobierno de la Ciudad. Ha causado mayores niveles de contaminación, sospechas fundadas de corrupción y una molestia generalizada. 

Se fracasa al intentar dar acomodo a reglas que funcionan en otros lugares. No somos otros lugares. Es tanto como querer ajustar el zapato de Cenicienta al pie de las hermanastras. No cabe, aprieta, se resbala, incomoda, duele. ¿Y si en lugar de copiar, diseñamos algo a la medida de nuestras necesidades? Para ello, en vez de voltear a otros lares es necesario contemplarnos a nosotros mismos. 

Aquí están los expertos. Somos los ciudadanos los que padecemos la corrupción, la inseguridad, la extorsión, la contaminación, el tráfico los que debemos decir qué queremos y qué solución podemos ofrecer. Nosotros, los que estamos en el terreno de la cotidianidad, sabemos cuáles son las mejores rutas. Pero no nos ven ni nos oyen. Por eso el desinterés.

Entonces, si las autoridades no nos oyen ni nos ven, los constituyentes deberían hacerlo. Es una cuestión de honor hacer bien su trabajo, es una oportunidad histórica que les da la posibilidad de dejar su nombre marcado porque tuvieron el valor de hacer bien las cosas. Sí, se puede dar la vuelta, tomar el reto y aprovechar para dejarnos leyes que hagan de la Ciudad de México el espacio que debe ser. 

  

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