Lluvia en el Camino

Es domingo y salimos de Águeda con el cielo nublado. Me despido de los simpáticos paraguas colgantes que adornan las calles del pueblo. Caminamos unos cien metros y aquello a lo que le tenía tanto miedo se hace presente. Empieza a llover con fuerza. El mercurio baja su nivel varias rayas en el termómetro. Lo que quise evitar me sale de frente. No hay nada más que hacer más que seguir caminando. No hay forma de darle la vuelta. Las nubes son una larga cortina gris que se extiende por kilómetros y kilómetros y no deja ver la luz del sol. La chamarra impermeable impide que el agua llegue a la piel. pero… Ni modo, hay que avanzar. Siento una enorme tentación de volver hacia atrás, sin embargo, recuerdo a la esposa de Lot, no quiero terminar como estatua de sal. Respira, respira, me digo. Tengo miedo y ganas de llorar. Piso un charco, el agua me salpica hasta las cejas. Recuerdo que me gustaba saltar sobre ellos. Por fin la atención se aleja del malestar de sentir un arroyo que corre desde la frente, por la nariz hasta llegar a la boca; se centra en los sonidos.
Son conciertos difíciles de describir, no hay fonemas para recrear el choque de las gotas contra el charco, o las ramas de los eucaliptos que se mueven por el peso del agua, o las botas que pisan a veces, arena mojada, adoquines húmedos o montículos de lodo. tampoco hay una manera exacta de decir la diferencia entre el rumor de las gotitas finas y delgadas contra la chamarra que el tamborileo de las gototas gordas y pesadas.
En el camino hay de dos, o te centras en la incomodidad, o ves más allá. Con la lluvia es difícil elevar la mirada. Lograr un mayor alcance es complicado. Si el chipi chipi es ligero se puede platicar con el compañero, si la tormenta es fuerte, hay que guardar silencio. La tormenta de hoy es fuerte, a veces. se alterna con ratos de lluvia moja tontos. Hay tramos en los que de plano no llueve nada y hasta sale el sol. Pasamos por caseríos, pueblos, veredas entre los bosques, zonas industriales y acotamientos muy estrechos de la autopista a Oporto.
Caminar cuando está lloviendo no es agradable. Tampoco es tan desagradable como imaginé en un principio. Es verdad, a todo se acostumbra uno. Soy cuidadosa, en tiempos de lluvia los pasos deben ser seguros para no tropezar y llenarse de lodo. Que las suelas se llenen de barro, eso sí, pero una caída, eso no.
Al caminar bajo la lluvia pensé en Santiago, en su misión de evangelizar y llevar la buena nueva hasta el fin del mundo. Pensé en la mía, en todas las puertas que quiero abrir, las promesas que quiero alcanzar y las Compostelas que espero para mí y para los míos. ¿Me pregunto si el apóstol también tuvo dudas? El acotamiento se hace cada vez más estrecho y los camiones pasan cada vez más cerca. Seguro en algún momento hasta tuvo miedo. Encima la flecha que marca el camino no es clara, ¿Derecha o izquierda? Derecha. Vamos a dar a un tramo de la autopista, en el que el acotamiento está invadido de plantas, la barra de protección está caída y caminamos junto a un precipicio de unos treinta metros de profundidad. Al fondo, el río. Estoy segura de que nos equivocamos, pero no digo nada. Si abro la boca se me mete toda el agua.
A lo lejos vemos la flecha, era por el otro lado. ¡No! Sin embargo, el camino corre paralelo a la autopista. ¡Vaya, por lo menos! Seguimos, con la esperanza de reconectar. Llegamos al puente que cruza el río Vouga. Al mirar al frente vemos que el puente que está sobre el camino que señalaba la flecha, está roto. No hay paso. En el que nosotros estamos nos permite cruzar sin problemas. ¡Sí! Continuamos dando pasos. Al final del puente encontramos una flecha amarilla que marca la dirección, hay que seguir derecho. El puente roto me recuerda que las líneas paralelas por más que se extiendan jamás se tocan. Es mejor dejar de aspirar a mundos paralelos, pueden llevarnos a senderos rotos.
La lluvia le sube la potencia a aroma eucalipto. La lluvia en el camino tiene su razón de ser.

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Los paraguas de Águeda Portugal

El camino de Santiago nos trajo a Águeda un pueblecito en el centro norte de Portugal, de tres calles, en dónde ahora llueve y al rato también. Empieza un chipipipi de gotitas muy finas y en un segundo se suelta una tromba que parece no tener fin para segundos después darle paso a los rayos del sol. Los rayos del sol son tímidos y huidizos. A la menor provocación se esconden detrás de las nubes. No me queda claro que los incita a salir, ni que los motiva a ocultarse.
El otoño ya entró en Águeda, para recibirlo los moradores del pueblo cuelgan paraguas en las tres calles principales –y casi las únicas– del pueblo. En una calle son de colores, en otra con dibujos de limones y en la última son blancos sostenidos por unas piñatas en forma de humanos de colores brillantes. Es el festival de esta ciudad que está en busca de su identidad. Antes era un pueblo industrial que vivía de la fabricación de bicicletas, hoy busca un nuevo rostro. Recibe turismo y peregrinos que van, ya sea a la ruta de Santiago o van por el camino a Fátima. En Portugal los dos caminos se marcan y se distinguen. Uno el azul, va al Santuario de la Virgen, el otro, amarillo va al del apóstol.
Es sábado y no hay mucho que hacer. Los comercios cierran a la hora de la comida y los restaurantes tampoco tienen mucha gente. El vinho verde es delicioso, comemos muy bien y, en comparación de otros lugares, relativamente barato.
A la hora del postre, visitamos una pastelería típica portuguesa. Al entrar el olor a café fuerte nos despierta el antojo por un pan de la región. Los panaderos heredaron la tradición de los monjes por lo que los nombres de los panes parecen benditos: pan de Belén, obispos, jesuitas –juro que hay un pan que se llama así– clarisas, pan de Dios. La mayoría tienen como relleno una pasta de naranja con un sabor delicado, no muy dulce pero sí muy anaranjado. Las natas tienen crema pastelera, hay flanes y jericayas. Hay porciones grandes y dulces diminutos que sirven de un bocado.
Las casas del pueblo tienen mosaicos en todos los tonos de azul. Algunos incluso tienen relieve. Eso le da personalidad al pueblo. Las campanas de la iglesia se oyen en todo Águeda. Es una construcción blanca, con techo en dos aguas y está en la cima de un montículo. Se llega por un callejón con escalones que es una vía dolorosa. Tiene marcadas las estaciones del viacrucis con grandes cruces de madera y en mosaicos se representa el cuadro de la estación del camino doloroso de Jesús al Gólgota. A la iglesia, entran y salen personas muy elegantes. Es día de boda. Habrá fiesta. La novia entra al recinto antes de mojarse. Hay charcos en el atrio y en cada rincón del pueblo.
Mañana a caminar. Miro el cielo y veo muchas nubes que se mueven muy rápido. Espero que corran y podamos caminar sin lluvia pero sí con sombra. Por lo pronto, el viento sopla y agita los paraguas de mil colores que adornan las calles de Águeda.

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Mealhada

Llovió toda la noche, el cielo está gris y siguen cayendo gotas gruesas. Hemos decidido no caminar el día de hoy. No siempre se puede avanzar. El agua está helada y el viento muy frío. El cielo está totalmente gris, no hay un pedazo que se pinte de azul.
Detenerse es una oportunidad de reflexión. No es posible controlar todo y hay que tener la humildad para reconocer y entender aquello que no está en nuestra mano modificar. Paciencia. Hay que esperar a que pase la tormenta.
Por momentos parece que la lluvia cede, el rumor de las gotas se aligera, pero en un segundo el ritmo se acelera y el torrente de agua aumenta. Plop, plop, plop. En los charcos se forman círculos concéntricos que se hacen y se rehacen constantemente. Círculos que crecen y se expanden de un diámetro diminuto hasta abarcar el total de la dimensión del charco. Así, una y otra y otra vez. Entre las tejas chorrean ríos de agua que tiñen el techo de un rojo mas intenso. El suelo está resbaloso.
No hoy no es día de caminar. Es día de observar para descubrir la voz del camino que en ocasiones habla como hojas de arboles movidas por el viento, como el aroma a bosque y eucalipto, como zumbidos de mosca o ladridos de perro. Hoy es gotear de lluvia. Hoy es ver círculos que aparecen y desaparecen.
Las flechas y las conchas están mojadas. Muchas están recién pintadas. Otras han sido sustituidas por mosaicos que tiene la flecha amarilla ya la concha. Marcan una nueva ruta al peregrino. Se nota el trabajo recién hecho. Eso siempre me sorprende. La gente que se encarga de guiar al peregrino. Su trabajo es discreto y poco valorado, sin embargo, es indispensable, sin esas marcas no hay forma de segur una ruta.
La seguiremos mañana, cuando deje de llover.

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Coimbra, la capital antigua

Inicio el Camino desde la ciudad de Coimbra, la antigua capital de Portugal. Es una ciudad rodeada por una muralla y edificada al lado del río Mondego, un río que se alimenta de las afluentes de arroyos y ojos de agua cercanos. Es un río que lo mismo es ancho y caudaloso que tranquilo. Depende de la época del año y del nivel de lluvias para determinar sus dimensiones. Este año va con mucha agua. Llueve toda la noche. Insisto, me persigue el agua. En río no es de gran calado, por eso, los portugueses, navegantes por vocación, cambiaron la capital al Lisboa. Pero dejaron en la antigua capital monasterios, palacios, calles y edificios que revelan el linaje de la ciudad.
Coimbra es una ciudad universitaria, el Rey Denis, un mandatario muy querido por su pueblo por ser audaz y visionario, edificó la universidad mas antigua del país y eso constituye un orgullo para los habitantes de la ciudad. Los alumnos están regresando a clases. Nos toca ver las novatadas. Los decanos se visten totalmente de negro y con sombrero y capa. Los novicios no tienen ese privilegio. Ellos lucen orejas de burro de papel. Van coronados por la ignorancia y marchan por los callejones de esta ciudad antigua. Gritan consignas y se mueren de risa.
Es bueno iniciar en Coimbra, aquí hay una tradición relacionada con el Camino. Santa Isabel de Portugal, reina esposa de Denis, fue peregrina. c
Caminó a Santiago. Su Compostela fue la humildad. La soberana no iba equipada con botas de senderismo, ni ropa de licra dry fit, iba con el habito del peregrino. Al volver, entró al convento de las hermanas clarisas, regaló todas sus joyas y vivió de modo austero. al morir fue enterrada en el convento antiguo. Su cuerpo permanece incorrupto. El próximo año, exhibirán la mano de la gentil peregrina. Harán una ventana en la tumba de piedra caliza.
Salimos de la Quinta de las Lagrimas, un bellísimo lugar que debe su nombre a un mal amor. La hija del dueño se enamoró de un hombre de menor posición. Se a amaron en la fuente – del amor– un ojo de agua cristalina que lleva a otro, el de la muerte, dónde el padre asesinó a su heredera por no entender que aquel amor no le era aprobado. La madre de la chica lloró y lloró. Su tristeza le dio nombre a la propiedad.
El día está nublado, es agradable caminar así. El aire no es ni tibio pero el ejercicio nos hace entrar en calor. La brisa se agradece. Vamos rumbo a Mealhada.
Atrás se queda la ciudad amurallada, la antigua capital portuguesa, el río y la universidad. También las huellas de dos peregrinos.

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¿Qué hago aquí?

Llegué a la antigua ciudad de Coimbra para iniciar, otra vez, el Camino de Santiago. La pregunta que inició como un murmullo iba incrementando su volumen. Quise ignorarla. Imposible, se hacia escuchar ¿Qué hago aquí?
¿Qué? Tan lejos de casa y de los míos, dispuesta a ponerme una maltratada, a dejar que me broten ampollas, a sudar, a caminar hasta que se me acaben las suelas. ¿Cómo para qué? Pensé que a veces a los peregrinos se les tacha de algo más que ingenuos. El piso se sumió unos centímetros y la cabeza me daba vueltas. Encima, empezó a llover, el agua me sigue. Una tormenta tan fuerte y continua como la persistencia de la duda.
Nada pasa en el camino sin un motivo. Decidí enfrentarme a la pregunta y con la mayor honestidad posible di mi mejor respuesta. Quiero caminar para abrir puertas, para destrabar el amor que se quedó enredado entre rencores, para iluminar respuestas que permanecen ocultas en la oscuridad,para pedir gracia. Para mi y para los que amo.
Fue una noche de terror, sí. Pero una vez exorcizada la angustia, quede lista.
Caminar limpia, deja que los malos sentimientos salgan para dejar el corazón vacío, listo para recibir las compostelas prometidas. Con el alma llena de basura no hay espacio para lo bueno. En la mañana, con el espíritu ligero, todo es fácil.
Una de las enseñanzas del camino es estar ligeros, de pesos físicos y también de los del alma. Ahora los pensamientos tienen el volumen adecuado, ese que permite mirar las flechas amarillas y las conchas que marcan la dirección. Un paso y otro y otro que llenan de alegría y serenidad.
Aveces, efectivamente, después de la tempestad, viene la calma. Es verdad que el agua me persigue. También los arco iris. Un arco perfecto se dibujo en el horizonte. La respuesta llegó en forma de símbolo.

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Tiempo de espera

Por más que uno coordine todo y trate de sincronizar tiempos y movimientos de la mejor manera, siempre hay lapsos de espera. Si en situaciones normales, esperar es desesperante, después de un vuelo de mas de diez horas… es peor.
No me puedo quejar, he tenido tiempo de todo, en realidad de mucho. Madrid, como siempre me recibe bien y de buenas. Ya vi a mi editora, comí con mis amigas madrileñas, dejé la mitad del equipaje encargado, regresé al aeropuerto y una vez más, hay que tener unos momentos de espera.
Tengo sueño y una sensación de que voy flotando sobre agua. Es el cansancio, Madrid está a más de treinta grados, sin nubes en el cielo, ni aire que sople. No hay marcha madrileña, las terrazas de Chueca están vacías, en la Gran Vía no hay tanta gente. El calor y el cansancio se hacen un vapor que se me mete a la cabeza, al cuerpo. El segundero va a toda velocidad, pero el minutero se mueve a pasos de tortuga.
Antes de caminar, otra sala de espera, otro avión, otro taxi y por fin dormir. Dormir para reparar el cuerpo y. Por fin, volver al Camino.
Nos llaman a abordar el avión, bueno, avión es un decir, desde aquí parece un mosquito diminuto. Es un aparato chiquitín de apenas cincuenta pasajeros. Se escucha ya la melodía del acento portugués. La piel se estremece. Grandes flechas amarillas señalan la ruta al avión. Ya en el asiento, miro al cielo. Hay una única nube algodonada que cubre al sol. Los rayos en forma de concha señalan rumbo a Portugal. No hay duda, el camino ya inició.

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Viajar en avión

Sigo pensando que viajar en avión es un acontecimiento extraño. Especialmente si los vuelos son largos. El espacio del asiento siempre es pequeño. Después de dos horas las piernas duelen, se hinchan y ya no se sabe dónde colocar los pies. La comida, por lo general, sabe a pasto y huele a hule. Las señoritas que aparecen en los vídeos anunciando la aerolínea no se parecen en nada a las que van en este avión. No son amables, ni simpáticas y su actitud de servicio deja mucho que desear. ¿Me pregunto si piensan que este vuelo a Madrid es un pretexto para ir de compras y no su fuente de empleo? Seguro es eso, si no, quién se explica que este conjunto de mujeres en vez de atender al pasajero como es debido, le tuerzan la boca, lo ignoren o huyan despavoridas a ocultarse detrás de la cortina. Bueno, ni para ofrecer su mercancía duty free sonríen.
Es probable que a todos, tripulación y pasajeros, el cerebro nos saque chispas por el cambio de horario y nos produzca jetlag, dolor de cabeza, tendencias asesinas o mal humor.
Los minutos se colapsan, no sabemos si ayer en la mañana fue hace un siglo o recién acaba de pasar. Lo que el ritmo vital entiende por noche pronto será tarde o día o lo que la luz solar y los giros de la tierra sobre su eje decidan.
Mis compañeros de vuelo, Erick y Migue, van al Maratón de Berlín. Están súper emocionados y con una meta fija en la mente, correr en menos de tres horas diez. Ellos van de buen humor, se ríen y comparten sus experiencias deportivas conmigo. Ellos sí son correctos y amables.
En realidad, no me puedo quejar. El vuelo no va tan lleno, hay muchos asientos libres y eso ayuda a no ir unos encima de otros, pero, de todas formas el espacio es pequeño, siempre es pequeño.
Me debato entre la tentación de quitarme los zapatos o dejármelos puestos. Me los dejo. Recuerdo que una vez se me hincharon tanto que tuve que salir del avión descalza. No. No me vuelve a pasar. Mejor me levanto, dejo mi asiento y me pongo a caminar por los pasillos.
La mayor parte de la gente va dormida. Unos van con la boca abierta. Qué envidia. Yo no me puedo dormir. Tengo sueño pero no consigo arrullarme. Vuelvo a mi asiento, me enrollo la cobija y hago esfuerzos, nada. Morfeo no vuela en avión.
Ya van cuatro horas de vuelo, faltan seis. ¿O, ya van seis y faltan cuatro? El continente americano queda atrás y Europa ya se adivina en el mapa que muestra en la pantalla el itinerario de viaje. En la penumbra una mujer abre la puerta del compartimento superior provocando una avalancha de bolsas y objetos sobre un pasajero que va dormido. su despertar no fue grato.
Encienden la luz, es hora de desayunar. No tengo hambre, más bien me duele la panza. No hago caso, se que en estos casos es mejor engañar al cuerpo. Obedezco. El café se me atora.
Iniciamos el descenso. Sobrevolamos Santiago de Compostela, en minutos estaremos en Madrid.
Sin duda, sigo pensando que volar es un acontecimiento extraño.

El camino

El Camino de Santiago es un peregrinar misterioso, lleno de señales y símbolos que el caminante debe ir interpretando según su leal saber y entender. Sí, pero también debe estar abierto para recibir la luz de lo Alto. Es un camino que implica renuncias y retos.
Si el camino inicia en el momento en el que el peregrino sale de su casa, el mío ya inició. Una vez más, con enorme ilusión y gran orgullo pongo la señal de la concha y tomo rumbo. Bendiciones oficiales, buenos deseos, enhorabuenas, recomendaciones, amigos y la señal de mi madre, mis hijas y marido en el corazón.
Si el año pasado la purificación vino en forma de tormenta estomacal, este fue una tromba tropical que me dejo varada en Acapulco y casi rompe en mil pedazos el sueño de caminar. Pero no. El camino se abre paso, si la Compostela del año pasado fue importante, ésta debe ser de mayor calado.Ya Dany me dio un adelanto de lo que voy a encontrar. Ella misma me entregó la señal que me distinguirá este año.
Los peregrinos, según la palabra, han de ir de dos en dos, mi compañero inició días antes. Me espera para juntos volver a vivir esta experiencia. Volaré para iniciar el camino. El camino portugués, ese que Santiago distinguió como el de mayor espiritualidad. Seguiré las señales, flechas amarillas, conchas que me indiquen la dirección correcta.
Me resulta increíble lo ligera que va mi maleta este año. Lo poco que necesito en realidad. Caminaré ligera. Eso me hace sonreír. ¿Cómo no? Hoy llevo todo el peso en la espalda, mientras más ligera mejor. Así, caminaré. Así, sin pesos adicionales, ni físicos ni espirituales.
Ligera para recibir las bendiciones de los que desean con una sonrisa ¡Buen camino! Que así sea.

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¿Y Luis Miguel?

¿Alguien sabe dónde anda Luis Miguel? Sí, me refiero a ese personaje que se le conoce como El Sol y cuya imagen inunda los escaparates en Acapulco. Ese que luce la piel eternamente bronceada y que le cantaba a los bikinis chiquititos, muy bonitos, de color amarillo y que entonaba cantos para no culpar ni a la playa, ni a la lluvia, ni a nada. A ese Luis Miguel me refiero. Al que se toma fotos con el señor Gobernador luciendo una a sonrisa perfecta.
Es importante saber de él, pues este Acapulco en el que filmó esos vídeos manejando un waverunner necesita ayuda. Por desgracia, el protagonista del que hablo aún no aparece en escena. Ya han levantado la mano para ofrecer ayuda muchas personalidades, El Potrillo, Alejandro Fernández ya se puso con su cuerno, Eugenio Derbez comprometió la taquilla de su más reciente película en favor de los damnificados. Es más, hasta los que no somos estrellas fulgurantes hemos puesto nuestro granito de arena. Veo muchos centros de acopio en la Ciudad de México y en todos se ha recibido mucha ayuda. Ayer vi a un niño que escribía un mensaje de consuelo y esperanza en el empaque de rollos de papel higiénico, ” es para que quien lo reciba sepa que les mando esto con cariño.”
Así es, en el elenco de ayuda, no luce el brillo del Sol; por lo menos no todavía. Cuando digo el Sol, me refiero a Luis Miguel, no al sol que hace días, por fin, se dejo ver en Acapulco. Las nubes de Manuel se van alejando.
Si alguien ve a Luis Miguel, avísenle, por favor, lo que está pasando en el puerto. Estoy segura de que aún no lo sabe, si no, no se entiende cómo es que no ha levantado la mano para ofrecer su ayuda. Seguro anda ocupado, o paseándose por Roma, o meditando en el Tíbet, o jugando en Las Vegas.
Por favor, explíquenle que hay comunidades perdidas debajo del lodo, familias que después de la tromba perdieron casa, vestido y sustento. Díganle que Acapulco está de luto. Infórmenle de la situación, estoy segura de que no sabe. Y, sería muy lamentable que por falta de información vaya a pasar a la historia como un personaje codo e indolente. Estoy segura de que tan pronto se entere, va a correr a hacer un depósito súper generoso a favor de los damnificados por Manuel. También sé que les va a ir mal a su representante y a su gerente de relaciones públicas. Los regañará y los reprenderá por no haberlo enterado, y de inmediato se pondrá a mano con este puerto, del cual dice ser imagen.
Por favor, si alguien sabe dónde anda Luis Miguel, cántenle la canción del Flaco de Oro “Acuérdate de Acapulco” , sí, esa que incluyó en su disco de Boleros, a ver si la tonada le trae recuerdos para que ya se decida ayudar al puerto.

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El nivel del agua

Pasan dos cosas al mismo tiempo, baja el agua y se muestran las heridas. Sin duda, no se puede culpar a nadie de la furia de la naturaleza. Fue mala suerte que Ingrid y Manuel llegaran al mismo tiempo a territorio nacional para nublar y mojar más del ochenta por ciento del país. Ni hablar. Sin embargo, al bajar el nivel del agua también se debe hacer un análisis de los daños. ¿Cuáles se pudieron evitar? ¿Cuáles fueron provocados por negligencia? ¿Cuáles por corrupción?
Sin duda la negligencia fue no avisar sobre la potencia de los meteoros que entraban a México por ambos lados. Dice David Korenfeld, titular de la Comisión Nacional del Agua que la dependencia a su cargo lanzó un comunicado para alertar sobre las condiciones meteorológicas para el fin de semana. Me imagino que el comunicado fue muy discreto. En Acapulco nadie le adviritió a nadie de lo que estaba por ocurrir. La negligencia obligó a incurrir en gastos y a destinar recursos que hacían mas falta en otro lado. Para sacar a los cincuenta mil turistas varados en el puerto hubo necesidad de ampliar la frecuencia de vuelos comerciales y mandar vuelos con aeronaves de la marina y las fuerzas armadas. Dicen que las lineas aéreas dieron espacios gratis, yo no se de nadie que haya aprovechado un lugar en un avión de línea sin haber pagado un clavo. Fue al revés, la gente tuvo que pagar un sobre precio para salir de Acapulco. Sin embargo, a pesar de las horas haciendo filas, de los circos ya espectáculos que dio la gente bien que estuvo en el Foro Imperial, ellos fueron los menos afectados. Lo triste es que todos los esfuerzos y recursos que se invirtieron por sacar a tanto angustiado, se pudieron haber canalizado mejor si se hubiera hecho una alerta enérgica y una advertencia contundente de lo que estaba por venir. Mientras en Acapulco había llanto y desesperación por salir del puerto, en las comunidades de Atoyac, Tecpan, en la Costa Grande, en la Chica, el hambre y la muerte se hacían presentes.
Los daños por corrupción son los que más indignan, y que por desgracia, fueron los que más lastimaron. La devastación y las vidas de las personas que fueron arrastradas por la corriente tienen su origen en la tranza y el cochupo. Viviendas construidas en humedales, en cuencas y pasos de arroyos y ríos. El agua tiene memoria y reclama sus espacios. No. Muchas de las heridas no fueron provocadas por la mala suerte, ni por la conjunción de Ingrid y Manuel. Fue la catástrofe que se gestó cuando alguien construyó donde no debía. La desgracia se acunó con las manos manchadas por la corrupción.
Veo al gobernador Ángel Aguirre caminado con el agua hasta el pecho en la comunidad de Tixtla. En realidad trae el agua hasta el cuello. Al dejar de llover, al volver los ríos y lagunas a sus cauces cotidianos, se ven los niveles de maldad causados por la falta de probidad. El soborno aceptado, la mordida ofrecida, el asalto, el engaño, las estampas del abuso más vil que le arranca al ser humano el don más preciado que tiene: la vida.
Al bajar el nivel del agua se verán las marcas de humedad, se contarán los daños, se informará sobre el número de muertos. Las cifras no corresponderán con la realidad que supera cualquier ficción. ¿Pero, cuándo se hará el recuento de lo mal hecho? ¿Quién responderá por la negligencia? ¿Quién por la corrupción?
Hay responsables. Unos por omisión, otros por obra. Unos pensaron que sus trampas ya habían quedado borradas por el paso del tiempo, pero al bajar el nivel del agua, quedaron expuestas.

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