Una mañana de domingo con Ceci

La casa amanece en calma. Hijas y marido están fuera. La casa está en calma, habitada por los ruidos del cucú, del péndulo del reloj de pie, del ronroneo del avión que nos pasa por encima y de uno que otro pajarito que dice buenos días con sus trinos. El calor de la noche fue sofocante, pero el rocío  de la mañana hace agradable salir a recoger el periódico que está en el pasto del jardín.

Acompaño el café oscuro con pan rústico, jamón y queso. También jugo de naranja y noticias escritas en papel periódico. El rayo de sol que se atreve a entrar a la sala, cae justo en el sillón en el que me gusta sentarme a leer. Me brinco las noticias de la primera plana, las de los estados, las internacionales. Titubeó y me brinco también las columnas de opinión y me voy directo a la sección de cultura. Me concentro en las sugerencias de nuevos libros, las novedades que vendrán en el verano para leer sin reloj. 

Caigo en la tentación y en un impulso pido tres libros. Justo cuando termino de dar el click recuerdo la de libros que tengo pendientes de leer. Me emociona pensar en que ahora tendré tiempo para leer y más leer, como le gustaba a Sor Juana. Tendré tiempo porque estamos acabando el semestre y vendrá la temporada de vacaciones. Será la recompensa de la misión cumplida.

Más de trescientos estudiantes pasaron por mis aulas este primer semestre del año. Cuando lo pienso siento un choque eléctrico de sorpresa. Más de seiscientos oidos y ojos fueron convocados a mi entorno y han concluido su periodo de clases. Muchos, conmigo, terminan su vida estudiantil. Seré su última maestra antes de convetirse en licenciados o en maestros de algo. Para muchos fui su acompañante desde segundo semestre y vi la transformación que sufrieron. Cambiaron sus caritas de muchachos asustados ante el reto universitario y ahora les veo como jóvenes que se preparan a entrar a paso firme a la vida profesional.

Ya acabé Ceci, dicen al referirse a la materia de Emprendimiento, de Planeación Financiera, de Modelos de Negocios, de Análisis de Casos, de Alta Dirección. Mis alumnos transforman estas materias en mi nombre y eso me hace sentir enorme. Feliz. Acabar Ceci es un logro que ambas partes celebramos. Los abrazos de agradecimiento son de ida y vuelta. Los alumnos se transforman en colegas y eventualmente, en amigos. 

Empezará Ceci el siguiente semestre. Para muchos, no hay otra alternativa. Pero, para la mayoría, empezar Ceci es una elección. Ver que mis grupos se llenan y que algunos no alcanzaron lugar me da una satisfacción impúdica. Ni modo, así es. Pero eso será el Agosto. Ahora. Tocará leer sin reloj. Escribir hasta acabar la novela que se resiste a abandonar mi dedicación. Hacer ejercicio. Tener cuidado de no quedarme encerrada en el torreón. Salir a caminar. Y, aunque no me guste, arreglar el tilichero que he ido acumulando a lo largo de semestre. Tendré que tirar basura.

Pero, hoy es la mañana de domingo que me gusta. Es la que está entre el fin de semestre y las entregas  y los examenes finales. Es la que antecede a las actas de calificaciones, a los exámenes profesionales, es la que me permite sonreir porque ya hice mi parte. 

Doy un trago largo al café, me sirvo un vaso de jugo de naranja, muerdo el pan rústico y disfruto las maravillas de estar a punto de entrar de vacaciones.  Me distraigo viendo como Chai se entretiene mirando a la ventana. Me arrebujo en el sillón y doy gracias a Dios, hay mañanas que son muy doradas.

Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo... Las primeras palabras de la novela de Rulfo son deslumbrantes. El lector recorre las líneas y entra a un mundo sin saber a dónde va a llegar. Se traspasa el umbral en forma inocente, y la magia de las letras empieza a apretar el cuello y no te suelta. Creemos que el oxígeno no llega al cerebro y por eso no entendemos. Tal vez no se trate de entender, se trate de resistir. 

La curiosidad que mata al gato fuerza al lector a seguir leyendo, a toparse con la locura de Susana San Juan que la mantiene a salvo, con la fraternidad de Abundio que guía a Juan Preciado, con el desprecio a Miguel Páramo y el circo de su muerte, con el pecado del Padre Rentería. Nos subimos a una ráfaga de viento polvosa que nos mete al centro de Comala que vive oyendo murmullos de los muertos que la habitan.

Rulfo escribió y luego guardó la pluma. No volvío a publicar nada. ¿Para qué? Ya estaba escrito y lo había hecho muy bien. Hoy, el hombre cumpliría cien años. Ese que en su juventud fue tan guapo y que logró cubrirse con un halo de misterio que se confeccionó a la medida para transformarlo en leyenda.

Recuerdo que un día, cuando era una niña pequeña, fuimos a cenar tacos a un lugar en la calle de Miguel Ángel de Quevedo que se llamaba Los Tecolotes, o Los Búhos o algo así. Al entrar, mi papá se agachó y me dijo: mira ese señor es Juan Rulfo, es escritor. El tono que ocupó fue casi reverencial, me dejó claro que eso de escribir era algo importante y que se le reserva a los grandes.

Lo recuerdo sentado en una mesa, como si estuviera esperando a alguien. Estaba solo, vestido de traje negro, bien peinado, con canas, camisa blanca, un lunar en la mejilla izquierda. Podría decir que lo que más me impresionó fue su mirada, pero lo que me llamó la atención fue la corbata de formas geométricas que usaba. Fumaba. En ese teimpo era normal y permitido que la gente sacara sus cigarros y los encendiera en todos lados. Me gustaría decir que esa noche hablamos de la fuerza narrariva de Rulfo, del uso austero del lenguaje, de la potencia de su palabra, de la estructura de Pedro Paramo, de la influencia del Llano en Llamas sobre los autores de boom, pero sería mentir. Rulfo no fue tema en nuestra mesa.

Buenas noches, dijimos al entrar y él respondió con una sonrisa. Mi mamá me dijo que era mala educación estarlo viendo, asi que me concentré en mi plato para que mi mamá no me regañara. Por eso, no puedo decir que desde niña me adentré en el misterio del silencio rulfiano, del testimonio de abandono que se imprime en el Comala individual de cada mexicano o que tuve la certeza de estar a unos metros de quien tuvo el poder infinito de crear. 

Me gustaría decir que Rulfo me sonrió, que me invitó a su mesa y que platiqué con él sobre la forma en la que escribió tantas maravillas y, desde luego, serían patrañas. Me encantaría presumir que Rulfo me reveló los secretos de la escritura y no haría más que evidenciar que soy una mentirosa. Me gustaría decir que no obedecí a mi madre y que me pasé toda la noche viendo a Juan Rulfo, pero no es cierto.

Me tengo que conformar con decir que una noche que fui a cenar tacos con mi familia, vi a Juan Rulfo. No es mucho y tal vez sea demasiado. La anécdota no está para encender fuegos narrativos, pero me valgo de ella para recordar a un escritor —lo digo con la reverencia que usó mi padre— que nació hace cien años. Es preciso celebrar esas mentes que nos dejaron legados tan maravillosos. 

El privilegio de ser maestro

El que crea que el aula es un espacio protegido, cómodo y tranquilo es que jamás se ha enfrentado a un grupo. Ser maestro es algo tan fácil como capitanear un barco de velas en medio de un torbellino de aires acelerados con una tripulación distraída. Desde el puesto de mando, el timón no es dócil y dar rumbo parece complicado. Frente al oleaje, quisiéramos cerrar los ojos, los pronósticos no son nada buenos, la tormenta arrecia, las nubes son oscuras, los truenos y los relampagos caen tan cerca y nos sentimos tan poderosos como un corcho que flota sobre aguas embravecidas. 

En esa condición, nos creemos tan sólos, advertimos a los cuatro vientos sobre las amenazas que atisbamos desde el puesto de mando y creemos que nadie escucha. Elevamos los ojos al cielo y nos preguntamos ¿qué hacemos ahí, metidos en semejante lío? Pero, por alguna extraña razón, confiamos. Seguimos adelante. Nos aferramos a ese timón, nos llenamos las manos de polvo de gis, nos manchamos los dedos de tinta, llenamos pizarrones enteros que borramos y volvemos a llenar, hablamos y hablamos, sentimos que predicamos en el desierto, que somos sembradores que vamos aventando semillas en el desierto. Suspiramos. Jorobamos la postura. Elevamos los hombros. Volvemos a suspirar. Miramos al cielo. Volvemos a insistir.

De repente, sale el sol. Acaba la tormenta y te enteras que la tripulación que juzgaste distraída no sólo sacó a flote el barco de velas sino que lo transformó en un acorazado que rompió barreras. Entonces, no antes, en ese preciso momento, nos entra un golpe de realidad y entendemos que éste es un oficio de alto riesgo y de enormes grados de satisfacción. El privilegio de un maestro es ver que esa semilla sí germinó, que las palabras llegaron a su destino y que, en efecto, la tripulación superó al capitán. Llegamos a buen puerto, incluso a un mejor puerto que el que habíamos planeado.

Un maestro es como un marinero. Al llegar al puerto, besamos el suelo y nos limpiamos el sudor con el dorso de la mano. Caminamos tierra adentro y nos refuigiamos en nuestro lugar de seguridad favorito. Buscamos el descanso y la reflexión sobre las emociones vividas. Y, pasado un tiempo, el gusanito de la tentación nos vuelve a morder. No importa cuanto nos resistamos, queremos regresar. Necesitamos la adrenalina del gis, el pizarrón y el borrador. Desandamos los pasos, salimos de la concha de seguridad y nos enfrentamos al mar como barco de velas. 

Nos gusta el riesgo de enfrentar preguntas difíciles, a las que tenemos que ir a encontrar respuestas. Nos enciende esa indiferencia, ese desinterés, esa falta de ánimo que se transforma en esa chispa que cambia a un endeble velero en un barco fortificado. ¿Qué hago aquí, metida en semejante lío? Es la pregunta que cada maestro se hace cuando cree que las cosas no saldrán bien, cuando falta la fe y desfallece el empuje. La respuesta viene con la perseverancia del que siembra. El maestro está ahí porque el llamado es tan fuerte que ni lo podemos dejar de escuchar ni lo queremos resistir. 

El que crea que ser maestro es para valientes, es que tuvo la suerte de tener a verdaderos capitanes de barco en el salón. Mis mejores capitanes tienen nombre y apellido: Úrsula Tomassi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Ramón Moreno, Fernando Bermúdez  Barreiro, Abraham Nosnik, Andreas Koch, Mario Paoletti, John McCabe… También he tenido alumnos entrañables que han sido los mejores contramaestres que cualquier capitán pueda desear. Así, ¿cómo no agradecer el privilegio de ser maestra?

Día mundial del libro

¿Qué tiene este conjunto de hojas de papel manuscritas o impresas  o digitales que, cosidas o encuadernadas o guardadas en un archivo electrónico, forman un volumen? Se ha dicho tanto sobre este artefacto al que le han vaticinado mil muertes, al que se ha defendido con millones de argumentos, al que se le ha críticado por arcaico o por ultramoderno, al que se le ha tratado de encasillar en uno u otro formato y es que después de la rueda y la cuchara, no hay otro invento tan genial de la Humanidad, Umberto Eco dix it. 

El libro es ese vehículo que trasciende distancias, físicas o inmateriales, reales o virtuales. El libro es el puente que pone en contacto al lector con el autor, independientemente del lugar donde viva cada uno, si el texto acaba de ser escrito o lleva años de haber sido publicado, si el que escribió está vivo o muerto. El libro es la puerta a mundos diferentes, a universos en los que interactúan personajes que nos permiten ver sus modos de vida, sus rasgos físicos, sus sentimientos, sus anhelos, sus planes, sus pensamientos. 

Un libro es un amigo que no se reserva nada para sí. No guarda un sólo secreto. Todo lo cuenta, todo lo da, todo lo entrega. El pacto es sencillo: hay que recorrer los renglones para entrar en contacto con semejante grado de generosidad. Es una espiral de esfuerzos conjuntos de autor, editor en el que se plasman fantasías o realidades, o ambas, sean literarias, científicas, crónicas, críticas, teorías. Es el testigo fiel que está ahí para preservar el recuerdo y defenderlo del olvido.

El libro presenta la posibilidad al lector de entrar a lugares que en otra forma, tal vez, jamás podría presenciar. Por las hojas que entrelazan una historia podemos ver un asesinato en un tren, un hijo que se cuestiona sobre la muerte de su padre y los romances de su madre en la noche mientras camina por los pasillos de un castillo en Dinamarca, un pájaro que le da cuerda al mundo, un marciano que observa la tierra, un pueblo habitado por fantasmas, una mujer que reclama la necedad a los hombres que acusan a las mujeres sin razón, la mitad de un sol amarillo, un asesino serial que recorre las calles de Guanajuato, una hermana que se suicida y otra que busca entender sus razones, una oportunidad de conseguir un boleto a Tokio, un par de frailes gemelos que están en medio de una intriga que les cobró la vida.

El libro es el reflejo creador de una mano que quiso elevar la pluma. Es la oportunidad que tenemos para tomar la perilla y girarla para acceder. El pasaporte necesario para entrar es entender los signos del alfabeto. El que trasciende esa frontera accede a un espacio maravilloso en el que lo humano entra al terreno que también es sagrado.

Fernando Bermúdez Barreriro, in memoriam

Conocí a Fernando Bermúdez Barreiro en la Universidad Iberoamericana. Fue mi maestro en el Diplomado de Diseño de Imagen hace ocho años. De él aprendí lo que era la elegancia a carta cabal. Me enseñó que la máxima muestra de refinamiento es la inclusión. Por años fuimos amigos en Facebook y así era como nos manteníamos al día de lo que sucedía en nuestras vidas.

Años más tarde, invité a Fernando a participar en la revista Pretextos literarios por escrito. Sus colaboraciones tuvieron siempre dos características esenciales: eran valientes y entrañables. Tocó temas de inclusión y diversidad con fuerza y contundencia. Abrió puertas y ventanas con fuerza, no dejó nada debajo del tapete ni se amedrentó ante los posibles fantasmas que pudiera haber en el clóset.

La selección de las palabras de Fernando fueron amigas del tono sarcástico. En sus renglones supo mezclar el buen humor con el que enfrentó la vida. Tomó la pluma y nos dejó ver en sus textos cómo se le cuenta un secreto a una madre, cómo es la vida de un inmigrante, cómo se lidia con una enfermedad terminal.

La generosidad de los textos de Fernando Bermúdez Barreiro lo llevó a elevar la pluma a pesar de lo que significó escribir cuando la fuerza no ayuda y la debilidad va avanzando. Por ello, el mejor tributo con el que puedo homenajearlo, es invitarlos a leerlo. La magia de la lectura trasciende los límites de la presencia física.

El camino de Fernando lo llevó a trascender este mundo. Lo despido con tristeza. Le digo adiós a mi maestro y extrañaré a un gran colaborador de Pretextos literarios por escrito. Guardo la esperanza de que nos volveremos a encontrar. Creo firmemente que así será.

También estoy segura de que Fernando estará con nosotros siempre que tengamos la disposición de recorrer sus renglones. Lean sus textos en http://www.porescrito.org Es su voz, que al quedar por escrito no muere. Esa es la magia y la potencia que nos da la palabra. Descansa en paz, querido Fer.

 

Una buhardilla y dos transformaciones 

En septiembre de 2008, llegué a ese lugar como quien despierta en medio de una pesadilla oscura. Era una buhardilla en la calle de Malitzin en Coyoacán, un cuartucho que fue el garaje de una casa vieja y que estaba convertido en un salón de clases en el que se impartía un laboratorio de novela. Entré ahí cargando el peso de un exhilio producto de una traición. Como siempre pasa, me tomó tan desprevenida que cuando me di cuenta ya se había operado todo el urdimbre para expulsarme de una vida profesional fructífera. Ni cuenta me di del momento en el que me montaron en la balsa de Caronte y todavía no me entero quien le pagó las monedas para que remara sobre mi propia laguna Estigia.

En mi propia selva negra, me topé con un Virgilio sumamente peculiar: malencarado a primeras instancias, de estampa hosca y con una colección de palabras poco amables, Celso Santajuliana parecía un guía poco confiable y por razones que sólo el cielo entiende, me quedé. Traspasé el umbral de esa buhardilla sin saber que después no habría regreso posible. Sin duda, en esos tiempos, la comprensión del entorno me resultaba complicada. Aquí se imparte un taller para escribir una novela en nueve meses, pero no se confundan, aquí se dan las bases, ni se lee ni se corrige nada de lo que escriban. Es más, si no escriben, me da igual, decía un Celso sin miedo a sus palabras.

Cada jueves a las doce del día estuve puntual a mi cita. El grupo era muy nutrido, dadas las circunstancias. Eramos doce asistentes, hombres y mujeres que como nos decía Celso, teníamos que tener algo roto para estar ahí a esas horas. Maldita sea, vaya si estaba rota. Me sentía con las rodillas descarapeladas, las manos pisadas y la lengua llena de tierra. Para escribir, decía quien se convirtió en mi sensei, hay que estar roto, de esa ranura salen las letras. Los que están enteros no pueden escribir nada que valga la pena. Pues si de desgarraduras se trataba, yo esataba apta para derramar lágrimas y letras suficientes para llenar las hojas de una novela. 

La buhardilla era fría, húmeda, tenía los muros con pintura amarilla descarapelada, las sillas eran incómodas pero la magia de la creación tenía un lugar para contener la curiosidad de quienes tienen la intención de escribir. El pizarrón estaba sobre un tripié algo cojo y tenía una superficie bastante desgastada, pero nada de eso quitaba la potencia de las palabras que ahí se estaban incubando.

La historia la he contado muchas ocasiones. En esos nueve meses de laboratorio de novela se gestó mi primera publicación, fue la única que produjo la décima generación y me llevé el ombligo de ese cuerpo integrado por los libros que se escriben en ese taller. Al terminar, Celso ya era más amable pero igual de duro. Te corro de la calidez del nido, fuera de aquí, sal a volar, haz de la escritura oficio y no te vuelvas a aparecer por aquí: ya eres escritora. 

Me fui sin creer mucho en sus palabras. Lo curioso de ser escritor es que pasa mucho tiempo antes de que en verdad te lo creas. Poco tiempo después, con Hermana querida ya en librerías, pasé por la buhardilla y se me arrugó el corazón: tenía unos espantosos sellos que decían Clausurado por violar la ley. Unos oficiales del mal junto con vecinos de corazón negro mandaron sellar la casa porque no tenía uso de suelo para impartir cursos. Eran los tiempos en los que Coyoacán era elsitio más   popular de lugares clausurados por las razones más absurdas y malévolas. 

El laboratorio de novela cambió de sede y la casa y su buhardilla estuvieron clausurados mas de seis años. Decidí dejar de pasar por la calle de Malitzin porque ver esos sellos me irritaba el alma y me indignaba el corazón. Pero, ayer, casi sin querer pasé por ahí con mis hijas y el alma me regresó al cuerpo. La casa ya no tiene sellos y la buhardilla está transformada en un café y una heladería que pertrnecen a un conjunto que ofrece muchas opciones al sibarita.

De la buhardilla brotaron dos transformaciones, la casa alberga ahora la sucursal del Mercado del Carmen, es un espacio gourmet que tiene el mismo concepto de San Angel. Ahora, ahí se encuentra una veintena de locales y su transformación es gloriosa. La veo y me contemplo a mí misma. Ahí entró una mujer atribulada por una rotura y salió una escritora que ha hecho de las letras un oficio, tal como se lo instuyó su sensei. Miro y recuerdo. Me gusta lo que hicieron con esa buhardilla, me gustan las trasforma iones que brotaron de ese lugar.

Por escrito, primer aniversario

Primer aniversario (Pulsa aquí para obtener la versión digital)

Mi suegro

Ayer, el minutero se detuvo y el corazón dio un brinco. Los granos del reloj de arena de la vida de mi suegro transcurrieron y como un barco que zarpa en otro rumbo, los fuimos a despedir. De este lado, nos quedamos sus amores, sus amigos, sus hermanos, su prima, sus sobrinos, sus hijos, sus nietas. Nos paramos en el filo del muelle y elevamos la mano para decirle adiós a un hombre que entendió la aventura de la vida.

Carlos Alberto Fischer Marmolejo fue orgulloso originario de la ciudad de Zitácuaro, con una herenica de migración y con raíces profundas en su tierra. Fue un gran atleta, jugador de futbol americano, integrante del Pentatlón,  egresado de la Facultad de Química, funcionario de las principales empresas petroleras del mundo, pieza clave en la negociación de tantos  tratados de Libre Comercio que beneficiaron a México, poca gente sabía tento de autos y tractocamiones como él. Fue un hombre de plática sabia, de consejo útil, de mente clara. Fue mi suegro, para fortuna mía.

Mi suegro tuvo la cualidad de la puntualidad, jamás lo vi llegar tarde. Tenía un gran acervo de conocimiento que atesoraba en la cabeza y del que jamás presumió pero del que supo hacer uso. Conmigo siempre fue correcto, discreto que supo dar las palabras adecuadas en el momento justo. Consoló cuando fue preciso, animó cuando fue necesario, aconsejó y dio su opinión, festejó junto a nosotros cada oportunidad de éxito y tendió la mano cuando llegaron los tropiezos. Nunca encontré un tema de conversación que él no supera abordar, desde las frivolidades de la cotidianidad hasta las complejidades de los cambios en la vida moderna.

Disfruté de su compañía. 

Especialmente, disfruté verlo explicarle a sus nietas los secretos de la tabla periódica, lo sencillo que era la física cuántica,contarles  de las estrellas que hay en el cielo, de los misterios del sabor a chocolate. Compartí con él el gusto por el vino y por la uva Carmenere. Lo vi sonreír cada que su hijo nos llevaba a comer con él y con Lucía. Lo admiré por entender los signos de su cuerpo y por la valentía con la que aceptó el rumbo que lo llevaría a zarpar.

Hoy, agitamos las manos para decir adiós. En el otro lado del muelle, lo esperan amores entrañables, sus padres, su tía, su hermana Nena. Imagino la felicidad que tienen de volverlo a abrazar, lo felices que están de recibirlo. Nosotros nos quedamos con la certeza de que él nos habrá de esperar en nuestro día.

Me quedan sus manos en el reflejo idéntico de las manos de Dany, la claridad de pensamiento de Andrea, la fortaleza de Carlos, su hijo mayor. En mi cotidianidad se queda un hombre que se refleja en los míos día a día. ¡Misión cumplida, querido suegro! Con esa parte suya, que es mía, esa luz que brota de una imagen que mezcló corrección, cariño, sabiduría y respeto, la guardo para siempre como un tesoro que a mí será eterno. Ahí va un ganador que supo aprovechar los granos de la vida y los segundos de la vida. 

Incongruencias

Imagino que los dioses del Olimpo se pusieron a discutir sobre las fibras del Ser Humano y decidieron ponerlo a prueba. El reto consistiría en ver si el Hombre era un ser que podía albergar una inteligencia clara y un buen corazón. Para ello, liberaria un duende que jugaria el papel de la incongruencia, empezaría a darle vuelta a la rueda de lo ridículo y vería cuantos idiotas se enganchaban en ese afán. 

La colectividad de los dioses se dividían en dos grupos: los que estaban seguros del buen olfato del Hombre y los que apostaban por su estupidez. Los del primer grupo sentían pena por sus adversarios al imaginar lo fácil que sería ganar en este juego. ¿Quién podría pensar en la derrota cuando las pruebas resultarían tan evidentes?  Sin embargo, los del otro bando confiaban en que la arrogancia y el enfado serían sus mejores aliados. Los resultados fueron apallunatemente atroces. 

Sólo así se explica que la gente haya optado por el Brexit, pensando que esa sería una forma de solucionar algo, o que al llevar a un multimillonario clasista, ignorante, ostentoso, tramposo, despectivo, boquiflojoa la Casa Blanca, se ocuparía de los desfavorecidos, o que los catalanes lograrían la independencia de España y su permanencia en la Unión Europea, o que Castro no era un dictador, o que México va a pagar por un muro. No habría manera de que la inteligencia del Ser Humano se nublara a tal grado y que el corazón de la gente se encogiera a tal forma como para dar paso a esas opciones.

Imagino a los dioses del Olimpo con las quijadas caídas, jamás se habrían anticipado a un escenario tan grotesco. Ni unos ni otros podrían haber pensado en semejantes resultados. Ahora los dioses estarán preocupados, su juego le resultó demasiado mal a unos y tan bien a otros que están espantados. ¿Cómo arreglar este entuerto? Coronaron a la incongruencia de manos de la maldad y la idiotez, las situaron en el trono y bajarlas pacificamente está complicado. Ahora sus criaturas ya no creen en ellos, estan tan engolosinadas en sí mismas que se creen autónomas. 

Si los dioses se ponen de acuerdo, tal vez decidan encerrar en una botella a este duende que ya hizo muchos desaguisados. Ojalá opten por enviar un ejercito de ángeles que vengan a componer tanta maledicencia, que arregle tanto coraje, que alivie la ira, que traiga vientos de inteligencia y sepa insuflar amor.

Travesuras con mi prima Betty

Hace cuarenta años, mi tía Berta, la hermana más chica de mi papá se casó. El revuelo en casa de la novia estaba a todo volúmen. Mis tías se arreglaban y arreglaban la casa porque la ceremonia civil iba a ser ahí. Los corredores brillaban a limpio y las mesas con manteles tan largos se pusieron en los pasillos y parte del patio central. Llenaron la pila de cantera de agua y flores blancas. Snoopy y Platero, los peritos de mi tía Marta quedaron encerrados en el pasadizo que lleva a la fábrica de hielo. El ambiente olía a los azahares de novia, a las delicias de la cocina y a los perfumes que le rociaban a los vestidos de gala. Todos andábamos emocionadícimos.

A Betty, mi prima y cómplice de travesuras, y a mí nos arreglaron rápido y nos mandaron a sentar a la sala para que no estuvieramos dando lata. En eso llegaron un grupo de personas con maletas metálicas, luces, pantallas y artilugios. También los mandaron a la sala. Eran los fotógrafos. Los vimos sacar sus artefactos y montar el set para hacer su trabajo.  A Betty y a mí se nos encendió el foco. Nos propusimos salir en todas las fotos que fueran a tomar ese día. Las primeras fueron las obligadas en las que mi tía posó con sus sobrinas más chicas. Mis hermanos no figuraban, eran muy pequeños. Pero las siguientes fueron estratégicamente planeadas. Así, como que no quería la cosa, nos parabamos detrás de mi tía o del novio, nos sentabamos disimuladamente cerca, nos asomábamos, nos poniamos en cuclillas, nos atravesabamos, hacíamos lo que fuera preciso para salir en todas las fotos y lo logramos

Nuestra travesura fue todo un éxito. No hay una foto de la boda de mi tía Berta y mi tío Ernesto en la que Betty y yo no salgamos, aunque sea en una esquina. En cada foto está la cara de Betty y la mía. Ni la mamá de la novia ni las hermanas ni los  hermanos ni el papá ni las amigas ni los cuñados ni los suegros salieron tantas veces como nosotras. Entonces teníamos alrededor de nueve años. Fue una de las bodas más divertidas a las que he ido en toda mi vida. Cada que nos colabamos a una foto, nos moríamos de risa.  Claro, la pasamos risa y risa. 

Hoy, recorro los caminos de Michoacán con rumbo a La Piedad. Vamos a celebrar los cuarenta años de ese matrimonio. Mucho ha cambiado. No tengo nueve, mis padres no van a estar en La Piedad. Hay muchos ausentes y nuevas presencias. Estaremos los que debemos estar. Andrea vino conmigo. Ahora, Betty no estará en ese festejo. La echo de menos desde ahora y eso que todavía no estamos en la fiesta. ¿Como le hare para salir en todas las fotos? Creo que no podré, no creo que mi hija quiera colarse conmigo para salir en cada foto. Sin duda, me hace falta mi cómplice de travesuras.

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