Cambios rápidos

Nos dijeron que la vida puede cambiar en un segundo y descolocarnos tan rápido que ni nos vamos a enterar. Nos advirtieron que de poco sirve la resistencia al cambio y que cerrar los ojos y oponer resistencia sólo complica mas las cosas. Pero, algunos decidieron dar batalla para defender los bastiones cotidianos, la tibia zona de confort y mientras pelean, dejan de ver que el suelo se acaba de desintegrar y que si no corren a otro sitio, la caída será irremediable.

Me dijeron que un hombre salió a la puerta de su casa a poner una señal para que la pandemia pasara de largo y que una mujer encendió una veladora para que se iluminara una luz en el camino. Me contaron de un anciano que elevó los ojos al cielo y le preguntó a su padre lo que debía hacer y que una viejecita abrazó fuerte su almohada para sentirse acompañada.

Escuché la historia de un joven que se perdió en la profundidad de una pantalla y la de un par de padres que no se dieron cuenta de que su hijo se había extraviado en el laberinto de su propio ser. Oí que una chica aprendió a rechinar los dientes y otra a morderse las uñas.

Supe de un hombre que salió al balcón a tocar su armónica y de un flautista que compuso una melodía para que un ejército de seres minúsculos y agresivos lo siguieran hasta salir del poblado donde vivía. Por ahí se escuchaban las risas burlonas de los que no creían en la existencia de lo invisible, de los desobedientes que hacían lo contrario a lo que se les indicaba, de los burlones que seguían sin entender que la infección ya los había atacado. Se veían los pedazos de inteligencia tirados por el suelo y hubo quien quiso ponerle una campana a todo aquel que estornudara y sacarlo a las periferias para que no se convirtiera en un foco de virulencia.

Están los que retiemblan desde las entrañas y dejan que les brinque el corazón, pero van a hacer lo que les toca. Están los que desoyen los gritos de la jauría necia y se ponen a recoger lo que se cayó, a limpiar lo que se ensució, a pegar lo que se rompió.

Vi a la mujer del espejo titubear. El balancín iba de la mezquindad tentadora a la esperanza que desgarra las entrañas. En todo caso, la tibieza había cambiado de temperatura, el escenario ya no es el mismo. Al filo del barranco, lo mismo se ve la oscuridad más profunda que el brillo de las estrellas. Dicen que en las alturas, hay ángeles volando. Son pocos los que los pueden ver.

Las preciosas ridículas y lo que significa una tarde de sábado

Ayer, fui al teatro con mi familia. La espléndida tarde de febrero se vio coronada con una puesta en escena de la Compañía Nacional de Teatro que es simplemente espectacular. Desde el teatro Del Bosque hasta el vestuario y la representación actoral dieron la fórmula precisa para que todo fuera perfecto. Si Moliere hubiera visto mis carcajadas, habría sonreído.

La alegría que se pulsa en una tarde de invierno que más bien parece primavera es un regalo de alegría que me gustaría atesorar en el corazón. Es un sentimiento que es necesario guardar porque el presente se marcha y la avidez de esos recuerdos nos poblaran el futuro. Ese futuro no está tan lejano.

Si lo que Moliere buscó al agradar al Rey Sol fue hacerlo reír mientras le mostraba una crítica aguda de aquello que pervivía en la sociedad francesa del absolutismo, hoy lo logra con tantos años de separación en familias mexicanas que deciden aprovechar la oportunidad de disfrutar de buen teatro.

Una tarde de sábado se vuelve alegría al saber que mi familia y yo disfrutamos de contemplar la belleza del alma de quienes encuentran alivio en el humor, en la risa profunda que nace de contemplar la ridiculez y no la vulgaridad. Las palabras de Moliere se valen de la universalidad del pensamiento y de la naturaleza humana para alcanzar la felicidad en una tarde de sábado en la que fuimos al teatro mi familia y yo.

Gracias por la invitación a la Compañía Nacional de Teatro.

El amor que nos pone nerviosos

El tema nos sigue poniendo nerviosos. Causa reacciones, lo mismo pudor que frescura, condena que aplausos pero jamás indiferencia. Nos pone a hablar y a pensar. También a sentir. Su evocación, su invocación, su sugestión y su representación son una de las principales fuentes de las que se ha nutrido el arte. Eros provoca.

Así es. Así ha sido siempre. El amor representa una de las más profundas liberaciones del hombre. ¿Cómo no figurar ese momento en el que se desatan las caricias y suspiros y ya no te puedes detener? El instante de los besos apasionados y las palabras dulces, la llave que desboca las emociones, transforma a la pasión en frenesí desesperado cuando la temperatura del cuerpo sube y la humedad brota. El deseo de explorar un mundo pleno de gozo. Cruzar el umbral, traspasar el límite del yo para compartir la otredad, alcanzar la combinación insuperable. 

A partir de sus primeros pasos la Humanidad ha experimentado la curiosidad de entrar al laberinto de las sensaciones. Lo mismo con juegos paganos que con rituales sagrados, ya sea solos o acompañados. Desde la antigüedad los secretos amorosos han sido compilados para instruirnos. Entre los más conocidos están el Kama Sutra, el Ananga Ranga, el Jardín Perfumado, las Posiciones de Aretino, Sade. Tantos otros. La diferencia radica en las formas en que reaccionan las diferentes culturas. Textos y estampas para entrar en los misterios del placer. 

Algunos libros revelan los secretos del amor místico al que se llega primero por los goces externos que han de anteceder al goce interior. El Kamasutra, que se ha convertido en una especie de marca para cuestiones de erotismo es un libro sagrado. Otro libro parecido proveniente de la India es El Anga Ranga, escrito especialmente para instruir en los secretos amorosos a una chica de la casta de los poderosos, dentro de una filosofía del amor místico, su lectura resulta sumamente instructiva y curiosa. También gráfica.

El Jardín Perfumado es un manual árabe sobre el arte del amor, escrito por Jeque Nefzawi en Túnez. Es considerado como una obra maestra de la literatura amorosa, trata el tema del erotismo con un estilo poético muy elegante y lo presenta en forma de parábolas para facilitar el entendimiento del mensaje que pretende transmitir. 

La Grecia clásica tuvo la ventaja de no tener que poner límites, el amor se encontraba en todas partes y se desarrollaba en la espontaneidad y la evidencia.  La Edad Media conservó la cuasi-libertad de manifestación hasta que se marcó una distinción ideológica rigurosa y estableció un punto de partida entre lo decente y lo que no lo era. Así nace la literatura amorosa que toma consciencia de sí misma justamente cuando se le condena como deshonesta.

Por eso, durante siglos este tipo de literatura fue rechazada por Occidente. Los sonetos lujuriosos de Pietro Arentino se mantuvieron en secreto, eran algo así como el paradigma de la poesía licenciosa. Se escribieron para comentar literariamente las imágenes del acto amoroso en diversas posiciones dibujadas por Giulio Romano y grabadas por Marcantonio Raimondi. Estas composiciones son divertidas e incitantes, nos mueven a la complicidad. Su gracia y su ingenio se transforman en poesía, hacen del amorun objeto de risa, aunque no por eso dejan de ser profundamente bellos.   

Tras la reacción puritana del siglo XIX, la literatura del amor sufre, causa escándalo. Tal es el caso de Baudelaire, D.H. Lawrence cuyas novelas, relatos y ensayos provocaron alboroto a principios del siglo pasado. Por un lado atrajeron condena pero al mismo tiempo conquistaron la curiosidad de un público ansioso por destruir los prejuicios sociales de la Inglaterra victoriana. Sin embargo, el autor del Amante de Lady Chatterley nunca pretendió ser un autor ni erótico ni anarquista. “Simplemente quise ser un artista”, dijo.

Henry Miller huyó del puritanismo estadounidense y se fue a escribir a Paris. Narró sus experiencias, contó las historias de sus amigos, a menudo extraños individuos, de sus numerosos amores y de la “pesadilla climatizada” como él le llama a la censura norteamericana. Miller se comunica con el lector y da cuenta de sus andanzas en un tono vivo y alegre con fondo negro. “Cuando escribí Trópico de Cáncer elegí un tono feliz, lejos de la sangre, el remordimiento y las lágrimas”.

Imposible pasar por alto la obra de Juan García Ponce. Un trabajo que traza un juego de inteligencias, de imágenes, de palabras y amor, un amor que es una celebración a la vida. La obra del autor yucateco se caracteriza no sólo por su extensión sino más bien por su intensidad.  Sus libros nos llevan de la mano y con detalles nos enseñan los símbolos más sobresalientes de la narrativa erótica contemporánea. Amor, pasión, lados oscuros, intimidad, desasosiegos, aventuras, arte y el logro de romper esquemas con una sociedad que hace escándalo del amor y que conlleva a que el lenguaje sea un silencio. Silencio que se convierte en escritura poética y que después de leer La Invitación o Inmaculada o los placeres de la inocencia, nada es igual.

La literatura del amor ha pasado a ser en la actualidad un género literario noble. Es la búsqueda por humanizar el entorno. Las expresiones culturales han proyectando las emociones y han sensualizado el universo. La magia afrodisíaca teje los ciclos de la vida del hombre y por ello los mitos, rituales y las artes desde las antiguas civilizaciones expresan una amplia variedad de temas sensuales. 

​Pero, el amor sicalíptico también se expresó a Dios. Santa Teresa de Ávila. Palabras apasionadas que se elevan a lo alto de los cielos: Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti. De tal suerte pudo amor, alma, en mí te retratar, que ningún sabio pintor supiera con tal primor tal imagen estampar. La vehemencia de las palabras nos dan muestra de un amor arrebolado que la mujer plasmó para dar cauce a ese sentimiento inspirado por el amor más alto: el amor a Dios. 

El artista de hoy y el del pasado a través de estos temas buscan el tesoro más preciado: la provocación, el cortejo, la seducción: el amor. Ante Eros no cabe la indiferencia y sólo existen dos opciones la sonrisa y el placer o la mueca y la condena. ¿Cuál eliges? Si. El tema nos sigue poniendo nerviosos.

Mechas cortas y urgencias

Podríamos creer que la prisa y la poca tolerancia a la frustración es una cuestión de época y en una irrupción narcisista nos daría por querernos apropiar la urgencia y la inmediatez. Sin embargo, la prudencia marca una necesaria pausa para la reflexión.

Los instrumentos de la modernidad, esos que entregan resultados en nanosegundos, nos encaprichan y nos obnubilan haciéndonos creer que todo debe ser automático, instantáneo y nos enrollamos con eso de que el que espera desespera.

Pero, ni nos hagamos ilusiones, ya desde la Antigua Grecia, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo Zenón se refería a Aquiles como un personaje de mecha corta. Lo describió como un hombre de acción y de urgencia, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo y capaz de avanzar a velocidades vertiginosas veinte metros.

Sí, sostuvo Zenón, pero el intrépido y rápido Aquiles, para llegar al metro veinte, tuvo que avanzar otros diecinueve y tuvo que arrancar desde el número uno. Aquiles tuvo la perseverancia de dar los pasos necesarios sin saltarse uno sólo.

La diferencia es que en aquellos años la satisfacción comenzaba en el paso uno, en el primer palmo de distancia recorrida, en el propósito de avance y el gozo de conseguir el objetivo generaba alegría en el espíritu.

Zenón entendió las urgencias de Aquiles. Hoy, con la inmediatez màs que gozo, satisfacción y alegría en el espíritu, conseguimos una frustración estridente se no tenemos todo ya, en este momento. Si en la Antigua Grecia tuvieron esas prisas y encontraron una forma de transformarlas en regocijo, tal vez sería bueno respirar y disfrutar como ellos.

Hace 22 años

Hijita querida,

Hay recuerdos que conforme pasa el tiempo se desgastan, se vuelven porosos y terminan por caer en el olvido. Sin embargo, hay otros que quedan tan fijos en la memoria que parece que acaban de suceder. En esos casos, uno no puede dejar de sorprenderse de que las manecillas del reloj hayan avanzado tan rápido. El calendario dice que ya pasaron 22 años y la verdad es que parece que fue ayer que tu padre y yo salimos corriendo al hospital porque estabas a punto de nacer.

Siempre, Andrea mi niña, siempre te he dicho que tu hermana y tú han sido mis mejores sorpresas. Sigue siendo así. Pero, cada año que pasa, la potencia de ese asombro crece. Desde el primer momento en que te pusieron en mis brazos el corazón dio un vuelco y se lleno de un amor que antes no había conocido. Es el regalo que traen consigo los primogénitos.

Ahora, después de 22 años, al amor se le suma el orgullo de ser tu madre. Las sorpresas siguen. Este año estuvo plagado de tantos logros que alcanzaste, que cualquiera los podría ver como algo natural. Pero, una mamá —especialmente una mamá como la tuya— aplaude entusiasmada y mira al cielo para dar gracias a Dios por tantas bendiciones.

Tus logros este año te llevaron a exponer en Polanco, a montar una obra de teatro, a trabajar con éxito en una empresa trasnacional, a ganarte uno de los mejores promedios de tu carrera. El esfuerzo siempre te ha coronado y has tenido la fortuna de que tu talento sea reconocido.

Te miro y al hacerlo, digo con tanto orgullo: esa es mi hija.

Otro recuerdo vivo que se afianza en la memoria es el día que aprendiste a decir que no. Cualquier padre se queda de una pieza cuando su bebé toma una postura distinta a la de su mamá. Muchas veces, has agitado la cabeza, elevado el dedito y me has expuesto tus desacuerdos. Así es la vida, pero incluso cuando no estamos de acuerdo, en los terrenos que tenemos posturas distintas o llegamos al grado de tener puntos de vista antagónicos, el amor que te tengo llena cualquier hueco que se forma. Ese amor me lleva a abrir la mente, ampliar la visión y, sin cambiar mis puntos, respetar.

Estos 22 años contigo, hijita querida, han sido dulces y llenos de motivos de amor y orgullo. Te quiero con el alma. Le pido a Dios que te siga llenando de bendiciones, que te rodee de ángeles para que te cuiden, de santos que te acompañen en el camino, que la Virgen te tome de su mano para que no te desvíes, que el amor del Altísimo te envuelva siempre. Te quiero con amor. Te quiero más que a mis ojos.

Arrancar

Cada año pienso igual, todos los seres humanos empezamos el año en días diferentes. Entre las vacaciones decembrinas, que por lo general abarcan buena parte de enero, hasta las fiestas de los Reyes Magos, el inicio de año se marca cuando las personas arrancan sus actividades.

Es decir, cuando empezamos con una rutina que nos dice que día a día tenemos que atender ciertos asuntos, acudir a determinadas citas, reunirnos en un lugar específico, ese es el momento preciso en el que arranca el año.

Para algunos, el arranque del año está íntimamente relacionado con el momento en el que la caja registradora empieza a sonar, cuando empezamos a facturar nuestros servicios; para otros tiene que ver con el ciclo escolar. Los ritmos y movimientos de las ciudades y de los pueblos reflejan ese contraste: entre la duermevela posterior a la vacación y el momento en el que pisamos el acelerador para ponernos en movimiento.

Con independencia del momento de arranque que cada persona tenga en sus actividades, a estas alturas del año ya todos hemos arrancado. Hay algo especial en estos días: una ilusión por volver a ponernos en movimiento, una ligera nostalgia por los días de descanso, un entusiasmo por lo que nos propusimos y queremos lograr, un temor por los riesgos que vamos a correr.

Los arranques tienen ese sabor acidulado, dulce y agrio. Son la combinación de la sabrosura del chile y el limón. Es que la piel se pone chinita al mirar el horizonte. El primer paso de los muchos que se darán para llegar a la meta de cada año, lo damos en diferentes fechas. Algunos ya lo dieron, otros estarán arrancando hoy.

Estrella de Belén

Dice la escritura que apareció una estrella en lo alto del cielo y que unos sabios del cielo supieron interpretar el signo. Se pusieron en movimiento, la siguieron y dejaron que ella dirigiera sus pasos a Belén donde encontraron un bebé con sus padres. Lo reconocieron, lo adoraron y dieron fe de las palabras del profeta Isaías que le dijo a Belén que sería una de las mas grandes pues ahí nacería el Mesías.

Cada seis de enero, los niños católicos despiertan con la ilusión de ver qué les dejaron en el árbol los Reyes Magos. Entienden de la sabiduría que tienen y algunos, en el fondo del corazón, temblaran ante la posibilidad de recibir carbón si no fueron buenos. La mayoría jugaran con sus regalos y pocos pensarán en el misterio de Belén.

Hoy que celebramos la fiesta de la Epifanía, pienso en los católicos que viven en Belén. Su situación es tensa. Son pocos, están en medio de las presiones religiosas entre musulmanes y judíos, de ateos y agnósticos a los que el significado no les dice nada, a corazones a los que el pesebre no los mueve, de las tensiones políticas y rodeados de un muro que les recuerda que están en Palestina. Viven custodiando el tempo de la Natividad. Cada vez son menos y el día que ya no haya católicos en Belén, el lugar donde la tradición ubica el pesebre se convertirá en mezquita.

En algunas familias, el seis de enero le dejan a los Santos Reyes galletitas y leche para agradecer los regalos y para que los sabios de oriente puedan seguir su camino. En otras, los niños oran para dar gracias. Hoy, yo pido por que la sabiduría de Oriente envuelva a Belén, porque el amor que se experimentó en la Epifanía se preserve y cuide a los católicos que viven y cuidan en lugar en el que nació Jesús. Hoy, seis de enero, pido por mis hermanos católicos en Belén.

Llueve en Venecia

Se escucha el rumor de las gotas chocando contra las piedras de la calle, las paredes de las casas y los techos de teja tan roja. El campanario toca las horas en forma puntual pero en el cielo pareciera que el tiempo se niega a avanzar. Son las ocho de la mañana y el día gris está metido en agua. Nunca mejor dicho que cuando llueve en Venecia.

El nivel del agua sube y se entremete en las calles que debieran estar secas. Turistas y locales sacan paraguas. Aprendemos a caminar entre lagunas que llegan a la rodilla. Hay que equiparse, no cualquier calzado funciona. Hay que protegerse, usar botas de plástico para no mojar los zapatos y los pies.

Venecia está más mojada que de costumbre. Los venecianos sufren, elevan una súplica. Hay alarma. El nivel del agua está subiendo y le gana a las calles. Entra a los negocios, a los hoteles, a los restaurantes… a San Marcos. Para caminar en la plaza, hay que ser valientes, el agua llega alto.

A muchos turistas y locales, el agua les angustia. No hay duda, tienen razón. Sin embargo, verlo y experimentarlo ha sido toda una aventura. Los venecianos hacen todo lo posible por mantener las cosas en un nivel de amabilidad para que los foráneos ni nos asustemos ni nos vayamos.

Venir a Venecia es entender las razones para vivir en las periferias, para llegar por la mañana y pernoctar en otro lugar. Pero, quien lo haga, perderá el embrujo de una ciudad majestuosa. Por la noche, se siente la soledad y también se experimenta el buen trato. La comida es excelente, el vino extraordinario y la ciudad abraza a quienes se quedan en sus entrañas a vivir la oscuridad de su noche.

Cuando muere una amiga

Leticia Blázquez Pons fue mi mejor amiga en los años de Preparatoria. La conocí en la escuela, estudiamos juntas en el Simón Bolívar. Ambas llegamos en primero de secundaria a 1A con la madre Lucila como titular. En tercero ella se fue a vivir a Torreón y volvió al año siguiente. Fue entonces cuando nos hicimos mejores amigas.

Íbamos en 4D. Nos sentábamos juntas en el salón, ella a mi izquierda junto al pasillo. La recuerdo por su hermoso pelo negro, brillante y largo. Si cierro los ojos puedo ver sus manos largas y cuidadas. Ponte crema, me decía. Siempre arreglada, sabía maquillarse y aprendí a hacerlo con ella. Fue mi compañera de estudios, de aventuras, de travesuras. Era buena en matemáticas, física y tenía una habilidad para dibujar. Pero, lo suyo eran los idiomas.

La recuerdo en su Pacer, un auto de moda en los años ochentas. Manejaba muy bien. Oíamos música juntas y nos pasábamos las tardes viendo MTV videos de Duran Duran, Culture Club, Journey, Michael Jackson. Salíamos a tomar café y hablábamos de nuestros sueños, del futuro y de la vida.

Lety era una chica inteligente, sensata y muy interesante. Viajó mucho desde pequeña. Su padre era piloto de AeroMéxico y eso le facilitó recorrer el mundo desde muy niña. La imagino caminando en el atrio del monasterio del Escorial o recorriendo las calles de París de la mano de sus padres.

Hablábamos del futuro como si jamás se nos fuera a acabar. Al acabar la prepa ella decidió su vocación: sería maestra de inglés. Fue de las mejores. La vida nos separó. Lety se casó joven y se fue a vivir a Holanda. Le perdí la pista. Nos reencontramos casi quince años después. Ella era madre de dos niñas bellísimas y yo me acababa de casar. Nos prometimos vernos seguido. No cumplimos.

Coincidimos en una fiesta de generación. La vi luminosa, llena de éxito, triunfante en el mundo profesional, feliz. Así la quiero recordar. Plena, con ese brillo en los ojos tan de ella, con esa fuerza y determinación que hacía parecer que las dificultades eran nimiedades. La invité a las presentaciones de mis libros, a los aniversarios de la revista. Tuve la suerte de concretar algunos proyectos con ella. Su presencia en mi vida fue virtuosa. La quiero mucho.

Supe por ella de su enfermedad. Cuando me lo dijo, no se le notaba. Así de fuerte fue siempre. La última vez que nos vimos, nos tomamos una botella de tinto por el gusto de hacerlo. Me enteré por Facebook. Lety Blázquez, mi mejor amiga de los años hermosos de sueños y planes murió. Al saberlo, sentí que el mundo dejó de girar y creo que sí se paró el tiempo. Algo me jaló el ombligo.

Cuando una amiga muere, hay una parte que se va con ella. Lety: amiga de tantas aventuras, de travesuras y descubrimientos. La vida nos reunió siendo muy jóvenes. Vuelas, amiga querida y le pido a Dios que tengas buen viaje y que llegues sana y salva a tu destino.

Cumpleaños feliz

En los cumpleaños, uno tiende a mirar a los lados de su propia historia. Se vuelve la mirada hacia atrás y se tiende la vista al futuro. El presente se convierte en un pivote que sirve para asentar los pies y para tomar fuerte el timón y decidir el rumbo.

Al tender la vista atrás, pasan cosas simpáticas. Parece como si en lugar de tener una misma línea de vida, fueran varias vidas, múltiples personas que de entonces a la fecha conforman el ser que soy el día de hoy. Debo decir, que hay fragmentos de esa vida que me resultan tan lejanos como desconocidos y no tiene que ver con una cuestión temporal, pero tampoco puedo determinar el factor que me acerca o me aleja de ciertas partes de mi vida.

Por ejemplo, siento muy cercana a la niña que entró por primera vez al kinder y las sensaciones de ese día inaugural de clases. Y, por otro lado, siento tan lejana a la niña que iba a acompañar a su mamá a su maestra querida en Zamora. Parece que fue ayer que nacieron mis hijas, sin embargo, siento que la vida sin Carlos no es la mía. Recuerdo con precisión el día que conocí a Bibi y a Arturo y se me figura que hace una eternidad que estudié en el ITAM. Hay fragmentos de mi vida que parecen haber sido vividos por otra persona y otros que se han perdido en el olvido. Incluso, si alguien me dice ¿no te acuerdas de aquel día que pasó ésto y aquello? No lo recuerdo ni aunque me den detalles específicos. Lo que se borró quedó borrado.

Al pensar en el futuro, se me activa la imaginación. Siento que hay tantas cosas que me gustaría hacer y parezco niña en dulcería que no termina por decidirse qué es lo que va a elegir. Por fortuna, el inventario de los sueños sigue sobresaturado. Al cumplir años, se abren una serie de caminos que resultan floridos. Ya sé que me gustan los que son empinados, los que encienden la adrenalina y entiendo que la curiosidad me ha llevado a abrir puertas que me terminan sorprendiendo ampliamente.

Al ver al futuro, percibo circuitos que se fueron formando en el pasado. Es que en el cumpleaños convergen todos los tiempos. Los segundos se alojan en el corazón y en el espíritu, claro, también se reflejan en el cuerpo. Es una fortuna que así sea.

Hoy, de la mano de mi marido, caminamos al Tepeyac y con un agradecimiento humilde fui a dar gracias por las bendiciones que he recibido. En todos estos años, la vida ha sido un don bueno, lleno de emociones, de compañeros que han caminado a mi lado, de gente que me ha tenido buena voluntad, que me ha mostrado estima y amistad. Están los que me han amado en lo próspero y en lo adverso. Lo demás es lo demás que también ha sido parte de mi vida.

En el límite entre ese pasado y este futuro, me pongo de puntitas y miro a los dos lados. Recibo el abrazo de los míos, elevo los ojos al cielo y doy gracias infinitas por esta vida buena.

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