Esperando el verano

Cada año, a estas alturas, tengo la misma sensación. A punto de acabar el semestre, cuando ya no hay clases y los exámenes están en curso, es decir, cuando la actividad disminuye pero todavía no se acaba, siento que estoy al límite y me paro de puntitas para ver cuanto me falta para estar dedicada a eso que tanto me gusta y por lo que trabajo a lo largo del año: la época para leer y leer, para escribir sin consultar el reloj.

En verano, me reúno con gente que quiero y me alejo de esos prietitos que vienen en la vida de todo ser humano. Tomo rumbos al sur o al Bajío y amparada Santa Lucía y su hermosa bahía o bajo las alas del Arcángel Miguel y me voy a desintoxicarme de la cotidianidad. Marido, hijas, perro, perico, libros, series, hojas en blanco por llenar hacen las ilusiones de que en cinco semanas voy a lograr la proeza de olvidarme y dedicarme a disfrutar.

Pero, desde luego, como sucede cuando estás en mente y alma en un lugar, pero el cuerpo sigue atado a la obligación de permanecer, entra esa angustia de ya querer llegar. El sabor es agridulce. Y, tal como pasa cada año, surge la pregunta: ¿y si en vez de aguantar los prietitos, los borrara y me dedicara a vivir como un verano eterno? La tentación es grande, a estas alturas del año.

Esperar el verano se ha vuelto una actividad vocacional. Y, cuando estoy a punto de que llegue, de abrazar mi mejor temporada del año, me entra esa cosquillita y me gustaría, no sólo que ya llegara si no que nunca acabara.

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Muchos festejos para Danny

Cuando una piensa en sus hijos, el corazón se pone en alto. Para mí, cada dieciocho de mayo me recuerda que uno de los mejores regalos que Dios me dio, una de las bendiciones más hermosas que he recibido, llegó precisamente en esta fecha. Hace diecinueve años llegó mi pequeñita, un poco antes de lo que la esperábamos, con el susto que da un parto anticipado y la ilusión de abrazar a esa hija que llegó del cielo, que entró en la vida con paso firme.

Son tantos recuerdos los que me llegan, tantas sensaciones y tantos sentimientos que parecen corredores infinitos que vienen cargados de vivencias y el cerebro se hace moño cada que quiero decir tanto y termino decidiendo que lo mejor es lo más sencillo: te quiero, hijita adorada.

Me has dado muchos motivos para sentirme orgullosa, pero justo hoy, tenemos doble motivo de festejos. Son esas coincidencias que Dios permite, en las que tu cumpleaños converge con la fecha en la que se cierra un período de estudios escolares. Acabas la preparatoria y yo todavía te veo con el uniforme del Kinder Hills, diciéndome que ya no eras chiquita, sino muy mediana. Te imagino corriendo con tus zapatos de velocidad y jugando a las escondidas.

Pero, esa chiquitina que caminaba como un barquito tambaleante se transformó en una persona que es capaz de pararse frente a una audiencia a presentar argumentos que no son fáciles de pronunciar y que fueron defendidos con inteligencia y mucha valentía. ¡Cómo no se me va a poner en alto el corazón al verte!

Eres la hija que sabe ser cómplice de gustos compartidos, la que busca, incansable, formar puentes, la que quiere ir a jugar tenis con su mamá, la que consuela, la que consiente, la que escucha y la que es capaz de decir lo que le gusta o no le gusta, que sabe expresar desacuerdos, la que lucha.

Porque, siempre, incluso desde antes de nacer, haz sabido luchar. No te asusta el rechazo, no te amedrentas con facilidad, ni te achicopalas, sabes darle el espacio a la tristeza y el tiempo suficiente para que la felicidad vuelva a germinar en tu corazón.

Te gradúas y cumples años. Muchos festejos para mi Danny. Muchos motivos de felicidad y razones para estar orgullosa. Eres fuente de millones de significados, de sentimientos, de alegrías, de satisfacciones, eres todo lo que una mamá quiere en una hija y más: te quiero con el corazón y con el alma.

Eres, hijita mía, la niña que le pedí a Dios. Para la que pido bendiciones, protección, salud, felicidad y un camino lleno de amor.

Escucha el Episodio 4 de la Temporada 1 de Por escrito

Episodio 4, Temporada 1 Por escrito

La vista de mi ventana

Hace cuatro años, la vista desde mi ventana anunciaba una primavera temprana. La jacaranda que nacía en la puerta de mis vecinos, extendía con generosidad los brazos para mostrarme su copa rebosante de flores moradas. Esa maravillosa vista, no la volveré a ver. Por alguna extraña razón, decidieron cortarla y en menos de veinte minutos en vez de un árbol en flor en el lugar quedo un muñón de tronco.

Ya sé, nada es para siempre. Pero el hueco que hay en la calle es de un tamaño similar al del que se me hizo en el corazón. Ahora, veo directamente la ventana de mis vecinos. No es, ni de cerca, tan agradable como gozar de la protección de la cortina de hojas que nos daba la jacaranda.

Ver a mi vecino lavarse los dientes frente a la ventana me deja una sensación tan diferente a la de ver flores moradas. Ver a mi vecina despeinada en bata me pone los nervios en la misma condición que cuando me enteré que habían ejecutado a la jacaranda.

Hay hábitos difíciles de desarraigar. A mí me gustaba abrir la ventana y ver la jacaranda, especialmente en esos días de primavera temprana. Ahora, si abro la ventana como de costumbre, ya no me encuentro con la belleza de ese árbol que estuvo ahí incluso antes de que yo llegara con mi familia a esta casa.

Ahora, queda el hueco, la ventana y el recuerdo.

Entender, Andrea

Entender, Andrea, que creciste, es una de las verdades más evidentes y más complicadas de asimilar. ¿Cómo? Si aún te siento en el hueco de mis brazos y parece que la voz de tu padre anunciando que eras una niña sana y hermosa todavía hace ecos en el corazón. Es que así somos las madres. Nos empeñamos en creer que las hijas son nuestras pequeñas y que lo serán toda la vida, pero, por fortuna y por más que me cueste entenderlo, no es así.

Entender, hijita hermosa, que hoy cumples veintiún años, que ahora sí eres mayor de edad en todo el globo terráqueo es un trago gordo y hace falta valor decidirse a pasarlo. Quisiera poderte llevar de la mano, arrullarte, leerte cuentos, abrazarte todo el día, llenarte de besos y gritarle al mundo lo orgullosa que estoy de ser tu madre, pero, hace tiempo que aprendiste a caminar y hoy tus pasos son firmes.

Entender, mi vida, que ser madre significa darte alas para que vueles tan alto y respetar la elección del rumbo y sorprenderme ante las alturas que alcanzas; es abrir la puerta para que corras a descubrir, a conquistar, a experimentar; es morderme las manos y dejar que te caigas, que te equivoques, que te desplomes como lo tuve que hacer cuando empezaste a dar tus primeros pasos, cuando vi que te aferrabas a los sillones y yo misma te animaba a soltarte y, cuando perdías el equilibro y te ibas sobre las pompas, a veces llorabas con lágrimas gordas y otras me sorprendías con las carcajadas que te provocaba haberte caído.

Entender, Andrea, que la puerta está abierta para que salgas y para que vuelvas. Entender que soy madre de una mujer adulta y respetar tu libre albedrío, tus elecciones, tus ideas, tus convicciones, tus miedos es confiar en el trabajo que con tanto amor tu padre y yo hemos hecho en estos años, es creer que Dios te acompaña y te bendice y te cuida. La puerta abierta es la invitación para que puedas ir al mundo con la seguridad de que el amor que te tengo alcanza para que te sientas acompañada sin invadirte, para que sientas respaldo en el desamparo, para que tengas la certeza de que habrá consuelo y consejos y, también regaños cuando sean precisos.

Entender que ahora, seguiremos siendo cómplices, que nos gustarán cosas iguales y diferentes, que nos reiremos y nos enojaremos pero que siempre, siempre, siempre seré tu mamá y que ejerceré ese privilegio hasta el último aliento.

Entender, Andrea, que si a Dédalo le faltó claridad al entregar las alas, le falló la energía al dar las advertencias, le faltaron pulmones al gritarle a su hijo que tuviera cuidado, y se le quebró la sabiduría al prevenir a su hijo, a mí que soy tu madre, que me tiembla el cuerpo y el alma de pensar que puedo cometer esos errores; si a Dédalo le faltó algo que me pueda faltar a mí también, le pido a Dios que las bendiciones que todos los días le pido para ti, complementen los huecos que hayan quedado. Entender que prefiero ser trampolín que obstáculo, impulso que freno, faro y no tiniebla, cariño y no juicio.

Entender, que te quiero más allá de todo entendimiento.

Entender, Andrea, que la niña que le pedimos a Dios con tanto fervor ya creció, que la tierra buena en la que sembramos semillas de cariño y valor ya germinó, que la promesa se cumplió me obliga a mirar al cielo y dar gracias por tanta, tanta bondad.

¡Feliz cumpleaños, Hijid!

2019

Tal como me lo recomendaron, levanté la pierna izquierda para empezar el año con el pie derecho. Me apreté entre abrazos fuertes y dejé que los buenos deseos me traspasaran la piel para iniciar el año a tambor batiente. Elevé las copas y brindé por un año magnífico y de repente me pregunté qué quiere decir todo eso.

Si miro al frente, ¿qué quiero ver? Si vuelvo la mirada atrás, ¿qué quiero agradecer? Pareciera que somos un barquito de papel que sigue el rumbo que marca la corriente y, para ser sinceros, muchas veces no tenemos más remedio. Pero, siempre es una opción ver cuáles son las cartas con las que nos toca jugar la partida y tratar de participar de la mejor forma. Eso sí.

En medio de turbulencias, de cambios, de altos y bajos, de proyectos y realidades, podemos decidir y por eso mismo levanté la pierna izquierda porque empezar con el pie derecho significa tomar el timón y aferrarse a él. Quiere decir no pasar la responsabilidad a alguien más sino ponerse en primera persona a actuar.

Desear, para los que uno quiere lo mismo para uno mismo: salud y buena condición física, cariño, risas, abrazos; buena fortuna y capacidad para disfrutarla; agudeza para ver oportunidades y valor para aprovecharlas; esperanza, fe y amor para ponerlas en práctica. Respeto y paciencia en primera y en tercera personas.

Deseo muchas lecturas, muchos encuentros entre quien esto escribe y sus lectores, que los renglones nos unan y encontremos este punto de unión para concordar y discernir, para desacordar y disentir, para dialogar. Felicidades. Feliz año nuevo.

Claridad

Pedir claridad en el último día del año me parece una petición. Especialmente ahora que resulta tan complicado entender al mundo. Si el populismo avanza, si el,egoísmo atrapa, si cada vez hay más gente que se siente sola, hay algo que no está conectándose como debería.

La claridad que pido es esa luz que me permita ver con precisión, que me revele lo evidente en mí y en mi entorno, que me permita valorar lo que hice en este año que termina y me lleve a elegir los pasos adecuado para llegar al lugar que anhelo.

Pero, para saber qué rumbo debo tomar, primero debo saber a dónde quiero llegar. Es entender que la pureza de los deseos vienen acompañados con pequeñas y grandes imperfecciones. Eso significa ser Humano.

Claridad, según Descartes, es percibir la verdad y entenderla. Es el conocimiento de los hechos presentes, en persona que llegan a nuestra mente. Es la luz que nos toca el corazón y lo abre al entendimiento.

Pedir claridad para dimensionar lo que hicimos y lo que queremos hacer nos impulsa a la acción verdadera y nos enseña a ser felices. Ser claro consiste en ser entendible en la expresión de las ideas de forma tal, que se pueda acceder al contenido de forma fácil de comprender, independientemente del tema que abordemos. Claridad es nitidez, es limpieza, es ser asertivos, es de dejar de dar rodeos. Es trazar una linea recta para lograr lo que queremos.

Es, sobretodo, descubrir la forma de ser fieles a nosotros mismos.

A mis lectores queridos les deseo lo que quiero para mí: claridad en 2019.

Feliz año.

Familias endeudadas

El tema de la economía familiar ha cambiado poco a lo largo de los años. Los extremos que hay en la recta de la distribución del ingreso no son nuevos. Por un lado, los que tienen de todo en exceso y por el otro los que no logran salir adelante con sus ingresos. El sistema de reparto de riquezas ha engendrado desigualdades desde que la Humanidad vive en sociedad. No hay novedad.

Desde Víctor Hugo hasta los chalecos amarillos, en Francia ha habido una especie de tolerancia tensa. Se aguanta y se aguanta con un estoicismo casi elegante hasta que la burbuja revienta en forma violenta y se arma la revolución. Pero, más allá de estos movimientos colectivos y multitudinarios, está la amargura de entender que el esfuerzo diario no alcanza.

Entonces, se recurre a la deuda. Desde la época victoriana hasta nuestros días, pedir prestado alivia una situación temporal, se atiende la emergencia en el presente y se posterga al porvenir. ¿Se vale? A veces, no hay de otra; pero otras se abusa del endeudamiento y se infla una pompa que llega a cubrirlo todo y que termina en una tragedia fatal. Eso le sucedió a la familia Shelley.

Percy se endeudó a niveles que Mary desconocía. Ella estaba concentrada en cuidar a su hija enferma que acababa de nacer. Por eso, aquella noche en que fueron expulsados de su casa y salieron a pedir posada en medio de la lluvia, le causó tanta sorpresa. No lo vio venir. Como Percy no se imaginó que endeudarse a tal nivel los dejaría en la calle, se llevaría la vida de su hija y sumiría a su mujer en una de las depresiones más tristes que puede haber.

Con este contexto, se entiende mejor a ese monstruo que salió de la mente atormentada de Mary Shelley. Pero, no todos contamos con una mente tan prodiga como para hacer de la tristeza y la desesperanza una obra literaria que se convierta en un clásico.

Es mejor hacer cuentas, entender que lo que entra debe ser mayor a lo que sale de nuestra cartera y así, en la medida de lo posible, acercarse a la deuda cuando sabemos que estaremos en condiciones de pagarla. Sé que en ocasiones, las circunstancias se salen de control. Basta leer Frankenstein para entenderlo.

Temporada de reuniones

Llegó diciembre y con el último mes del año, también llegan las reuniones. En esta temporada aprovechamos a reunirnos con gente con la que convivimos en el día a día o para ver a aquellos que sólo son amistades decembrinas —nada más nos vemos para cargar los peregrinos y… hasta el año que entra—. Cenas de compromiso, reuniones de trabajo, pachangas entre amigos, fiestas familiares, de todo hay.

Entre los brindis, los manteles largos, los villancicos, las luces del árbol de Navidad, el pesebre, los ponches, las burbujas hay algo que me llena de gusto. Muchos de los que nos reunimos lo hemos hecho por años y eso es un privilegio. Seguimos aquí. Claro, están los que se han ido, los que no quisieron estar, los que no pudieron venir, los que se alejaron y volvieron a aparecer y una que otra nueva adquisición. Pero, en general, seguimos siendo los mismos.

Será que diciembre nos plantea la tentación de olvidarnos de todos los propósitos que hicimos y no pudimos concretar. O, será que la dieta se esfuma ante tanta delicia. O, será que queremos ser más indulgentes y decidimos abrazarnos tal como llegamos. Ya vendrá enero para ponernos a dieta, ser prudentes y soñar con algo mejor. En diciembre nos damos la oportunidad de poner los pies en la tierra y aceptar lo que tenemos; nos dan lo mismo los cientos de urgencias y ponemos pausa para reunirnos y decir ¡salud! Que dicho sea de paso, es el mejor deseo que podemos expresar. O, será que diciembre nos vuelve más humanos.

En esta temporada de reuniones, nuestra parte social se engrandece y nos dejamos abrazar. Extendemos los brazos y acunamos a muchos, con ese gusto que da el hacerlo porque podemos. Entonces, aflojamos el cuerpo y nos permitimos caer a merced de la risa. Porque, al fin y al cabo, el año se está acabando. Ya llegará enero con su seriedad. Ya habrá momentos para hacer una pausa para ponernos a pensar.

Por lo pronto, la temporada de reuniones llega con ese aroma festivo que nos permite ser más divertidos, relajados, humanos y sobretodo, más felices.

Fractura: metáfora de ansiedad y efecto contrario

 

Fractura

Andrés Neuman

Alfaguara, México 2018

Fueron tantas las recomendaciones que me hicieron para Fractura que decidí adelantarme y darle un empujoncito para que llegara al lugar del siguiente de la lista. El libro me atrapó de inmediato y estaba tan contenta de empezar a leerlo, sin embargo, me resultó difícil continuar tan entusiasmada conforme iba avanzando en la lectura. Es decir, Andrés Neuman es un escritor con oficio y en ello no hay falla. No obstante, hubo momentos en que sentí que la anécdota no iba para ningún lado y que si le hubiera metido algo de recorte al texto, le habría hecho un favor a la novela.

La metáfora elegida por Neuman busca reflejar ansiedad y peligro, pero el hecho de que haya decidido tender la novela sobre la base de esa figura habla al mismo tiempo de ambición y de riesgo: el de que se haga del kintsugi, —artesanía japonesa entretejida que consiste en convertir las fracturas de un objeto en parte explícita de su propia belleza—es una referencia tan conocida que se acerca peligrosamente al lugar común.

“Cuando una cerámica se rompe , los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte en donde se quebró. Las fracturas y sus reparaciones quedan expuestas en vez de ocultas y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto.” (p. 25)

Por lo tanto, partiendo desde ahí, se adivina a un narrador demasiado confortable, demasiado obvio y en muchas ocasiones, demasiado extraviado. Es verdad, la mayoría de sus casi quinientas páginas se leen con agilidad y podemos encontrar estímulos valiosos que nos impulsan a seguir leyendo. Pero, con Fractura pasa lo mismo que cuando esperamos probar un platillo delicioso y resulta que le falta sabor. Además, podemos anticipar su estrategia y eso lleva a que su ejecución resulte demasiado adivinable. La consecuencia obvia es que el lector puede llegar a perder interés, distraerse o llegar a fastidiarse en el camino.

En estricta justicia, Fractura tiene una estructura que no se rompe nunca, lo que demuestra el mérito notable de un narrador experimentado. Lo malo es que frecuentemente se entrevén hilos de la red que sostiene en pie el juego de voces y conceptos, es como si a Neuman, siendo un sastre diestro, le hubieran quedado las costuras expuestas, como si hubiera tenido tanta prisa o como si hubiera decidido no darle acabado a su trabajo.

La narración empieza en Tokio con un terremoto que le sirve como pretexto de ignición.

“Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria” (p. 19)

La novela propone varias líneas narrativas y analepsis curiosas. Conoceremos al protagonista, un superviviente de Hiroshima que, ya anciano, recibe la noticia de la tragedia nuclear de Fukushima.

“Hay novedades sobre la central nuclear de Fukushima. Y ahora sí son alarmantes. El radio de evacuación se ha triplicado…” (p.33)

Serán las mujeres de su vida, quienes nos narrarán las diferentes etapas de Yoshie Watanabe. Al mismo tiempo, leeremos la vida solitaria del personaje que ya está viejo y está de regreso en Tokio y lo conoceremos en voz de la francesa Violet, de la estadounidense Lorrie, de la argentina Mariela y de la española Carmen las que por orden de aparición nos contarán al protagonista joven que va a estudiar a Francia y que irá migrando por requerimientos de la empresa Me en la que trabaja. La otra línea narrativa es la que nos presenta a Watanabe solo y que por alguna extraña razón —que raya en lo inverosímil—  tiene un impulso que lo  fuerza a emprender un viaje hacia la zona del desastre que ocasionó el terremoto.

Entreverado al relato de ese viaje, escuchamos las voces de las mujeres que marcaron la vida del señor Watanabe en París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid. Insisto en que las voces femeninas son perfiles psicológicos muy logrados; pero las fórmulas lingüísticas utilizadas para caracterizarlas se abusan y pecan de evidentes. Fastidia leer el capítulo de  Lorrie y las cicatrices que nos muestra a una mujer neoyorquina, con un discurso poblado por anglicismos traducidos de una charla americana.

“Yo tenía, ya sabes, una sensación fuera de contexto.” (p.161)

“Cuando te decidas hablar en serio, querida, seguiremos conversando”. (p. 166)

Son hilos que asoman demasiado; en palabras Lorrie utiliza para hacer evidente que Yoshie Watanabe no habla bien inglés:

“Y lo repitió varias veces, Lorrie, Lorrie (o más bien Lohie, Lohie) (p.162)

Me refiero a estas decisiones estilísticas, son decisiones destempladas. Por otra parte, entretejiendo biografía e historia, los personajes de Fractura representan ejes culturales y geográficos diversas que incrustar incrustar los grandes temas de la Historia contemporánea a la existencia de Watanabe: Hiroshima, la postguerra, y cuanto más indirecto Neuman juega con esos elementos, mejor le funciona. En este sentido, las páginas argentinas son mejores. En cambio, las voces de Violet y Lorrie serpentean los peligros de la mera dispersión o de un uso estratégico de momentos estelares, como si no quisiera dejar de aprovechar el once de septiembre neoyorkino o madrileño el once de marzo en tono tan cercano que rechina y puede lucir algo forzado.

Además, Neuman mete con calzador a un periodista argentino, Jorge Pinedo, simulando mal un alter ego del autor, que quisiera escribir un reportaje sobre los desastres nucleares. Lo curioso es que el pobre no logra entrevistar al huraño Watanabe. Tampoco se entiende qué extraña curiosidad le despierta ese misterioso señor japonés. Y en el colmo, no logra ni rematar un trabajo que debería ser fríamente periodístico. No le funciona el ejercicio.

Watanabe, durante buena parte de la novela va perfilándose y desdibujándose simultáneamente bajo la mirada que ellas ofrecen. También lo muestra en el viaje que hace a la región de desastre. Ahí la voz de Neuman se parece mucho a la de Murakami, se vuelve muy ja`ponés A partir de ahí, el estilo se vuelve abstracto, las frases son sintéticas. A partir del aterrizaje en Sendai Watanabe va adquiriendo rasgos de identidad del último personaje con el que convivió.

“Con el segundo té, Watanabe descubre que la aparente serenidad de Ariichi esconde otra inquietud. Su mayor preocupación son las tumbas de sus ancestros que se hayan en el cementerio más al norte” (p. 467)

Watanabe afirma que, con los años, uno pierde opiniones y gana ideas: es justo lo que ocurre con esta novela. Aquí están sus mejores páginas, concentradas en aquello que de verdad convoca al lector y lo conmueve: la memoria del superviviente y su soledad, precaria pero bellísimamente conectada con el otro. Watanabe deambulando solitario es la redención de la novela.

“Empezó a preocuparse más por su salud. Antes nunca quería ir al médico, huía de las consultas como de la peste. Prefería aguantar un dolor que hacerse una prueba. Pisar el hospital te hace sentir más enfermo” (p.429)

El lenguaje es impecable, la mirada en ningún sitio me hace sospechar que aunque los capítulos finales son los mejores de toda la novela, Neuman no supo cómo terminar su Fractura.

 

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