Mechas cortas y urgencias

Podríamos creer que la prisa y la poca tolerancia a la frustración es una cuestión de época y en una irrupción narcisista nos daría por querernos apropiar la urgencia y la inmediatez. Sin embargo, la prudencia marca una necesaria pausa para la reflexión.

Los instrumentos de la modernidad, esos que entregan resultados en nanosegundos, nos encaprichan y nos obnubilan haciéndonos creer que todo debe ser automático, instantáneo y nos enrollamos con eso de que el que espera desespera.

Pero, ni nos hagamos ilusiones, ya desde la Antigua Grecia, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo Zenón se refería a Aquiles como un personaje de mecha corta. Lo describió como un hombre de acción y de urgencia, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo y capaz de avanzar a velocidades vertiginosas veinte metros.

Sí, sostuvo Zenón, pero el intrépido y rápido Aquiles, para llegar al metro veinte, tuvo que avanzar otros diecinueve y tuvo que arrancar desde el número uno. Aquiles tuvo la perseverancia de dar los pasos necesarios sin saltarse uno sólo.

La diferencia es que en aquellos años la satisfacción comenzaba en el paso uno, en el primer palmo de distancia recorrida, en el propósito de avance y el gozo de conseguir el objetivo generaba alegría en el espíritu.

Zenón entendió las urgencias de Aquiles. Hoy, con la inmediatez màs que gozo, satisfacción y alegría en el espíritu, conseguimos una frustración estridente se no tenemos todo ya, en este momento. Si en la Antigua Grecia tuvieron esas prisas y encontraron una forma de transformarlas en regocijo, tal vez sería bueno respirar y disfrutar como ellos.

Hace 22 años

Hijita querida,

Hay recuerdos que conforme pasa el tiempo se desgastan, se vuelven porosos y terminan por caer en el olvido. Sin embargo, hay otros que quedan tan fijos en la memoria que parece que acaban de suceder. En esos casos, uno no puede dejar de sorprenderse de que las manecillas del reloj hayan avanzado tan rápido. El calendario dice que ya pasaron 22 años y la verdad es que parece que fue ayer que tu padre y yo salimos corriendo al hospital porque estabas a punto de nacer.

Siempre, Andrea mi niña, siempre te he dicho que tu hermana y tú han sido mis mejores sorpresas. Sigue siendo así. Pero, cada año que pasa, la potencia de ese asombro crece. Desde el primer momento en que te pusieron en mis brazos el corazón dio un vuelco y se lleno de un amor que antes no había conocido. Es el regalo que traen consigo los primogénitos.

Ahora, después de 22 años, al amor se le suma el orgullo de ser tu madre. Las sorpresas siguen. Este año estuvo plagado de tantos logros que alcanzaste, que cualquiera los podría ver como algo natural. Pero, una mamá —especialmente una mamá como la tuya— aplaude entusiasmada y mira al cielo para dar gracias a Dios por tantas bendiciones.

Tus logros este año te llevaron a exponer en Polanco, a montar una obra de teatro, a trabajar con éxito en una empresa trasnacional, a ganarte uno de los mejores promedios de tu carrera. El esfuerzo siempre te ha coronado y has tenido la fortuna de que tu talento sea reconocido.

Te miro y al hacerlo, digo con tanto orgullo: esa es mi hija.

Otro recuerdo vivo que se afianza en la memoria es el día que aprendiste a decir que no. Cualquier padre se queda de una pieza cuando su bebé toma una postura distinta a la de su mamá. Muchas veces, has agitado la cabeza, elevado el dedito y me has expuesto tus desacuerdos. Así es la vida, pero incluso cuando no estamos de acuerdo, en los terrenos que tenemos posturas distintas o llegamos al grado de tener puntos de vista antagónicos, el amor que te tengo llena cualquier hueco que se forma. Ese amor me lleva a abrir la mente, ampliar la visión y, sin cambiar mis puntos, respetar.

Estos 22 años contigo, hijita querida, han sido dulces y llenos de motivos de amor y orgullo. Te quiero con el alma. Le pido a Dios que te siga llenando de bendiciones, que te rodee de ángeles para que te cuiden, de santos que te acompañen en el camino, que la Virgen te tome de su mano para que no te desvíes, que el amor del Altísimo te envuelva siempre. Te quiero con amor. Te quiero más que a mis ojos.

Arrancar

Cada año pienso igual, todos los seres humanos empezamos el año en días diferentes. Entre las vacaciones decembrinas, que por lo general abarcan buena parte de enero, hasta las fiestas de los Reyes Magos, el inicio de año se marca cuando las personas arrancan sus actividades.

Es decir, cuando empezamos con una rutina que nos dice que día a día tenemos que atender ciertos asuntos, acudir a determinadas citas, reunirnos en un lugar específico, ese es el momento preciso en el que arranca el año.

Para algunos, el arranque del año está íntimamente relacionado con el momento en el que la caja registradora empieza a sonar, cuando empezamos a facturar nuestros servicios; para otros tiene que ver con el ciclo escolar. Los ritmos y movimientos de las ciudades y de los pueblos reflejan ese contraste: entre la duermevela posterior a la vacación y el momento en el que pisamos el acelerador para ponernos en movimiento.

Con independencia del momento de arranque que cada persona tenga en sus actividades, a estas alturas del año ya todos hemos arrancado. Hay algo especial en estos días: una ilusión por volver a ponernos en movimiento, una ligera nostalgia por los días de descanso, un entusiasmo por lo que nos propusimos y queremos lograr, un temor por los riesgos que vamos a correr.

Los arranques tienen ese sabor acidulado, dulce y agrio. Son la combinación de la sabrosura del chile y el limón. Es que la piel se pone chinita al mirar el horizonte. El primer paso de los muchos que se darán para llegar a la meta de cada año, lo damos en diferentes fechas. Algunos ya lo dieron, otros estarán arrancando hoy.

Estrella de Belén

Dice la escritura que apareció una estrella en lo alto del cielo y que unos sabios del cielo supieron interpretar el signo. Se pusieron en movimiento, la siguieron y dejaron que ella dirigiera sus pasos a Belén donde encontraron un bebé con sus padres. Lo reconocieron, lo adoraron y dieron fe de las palabras del profeta Isaías que le dijo a Belén que sería una de las mas grandes pues ahí nacería el Mesías.

Cada seis de enero, los niños católicos despiertan con la ilusión de ver qué les dejaron en el árbol los Reyes Magos. Entienden de la sabiduría que tienen y algunos, en el fondo del corazón, temblaran ante la posibilidad de recibir carbón si no fueron buenos. La mayoría jugaran con sus regalos y pocos pensarán en el misterio de Belén.

Hoy que celebramos la fiesta de la Epifanía, pienso en los católicos que viven en Belén. Su situación es tensa. Son pocos, están en medio de las presiones religiosas entre musulmanes y judíos, de ateos y agnósticos a los que el significado no les dice nada, a corazones a los que el pesebre no los mueve, de las tensiones políticas y rodeados de un muro que les recuerda que están en Palestina. Viven custodiando el tempo de la Natividad. Cada vez son menos y el día que ya no haya católicos en Belén, el lugar donde la tradición ubica el pesebre se convertirá en mezquita.

En algunas familias, el seis de enero le dejan a los Santos Reyes galletitas y leche para agradecer los regalos y para que los sabios de oriente puedan seguir su camino. En otras, los niños oran para dar gracias. Hoy, yo pido por que la sabiduría de Oriente envuelva a Belén, porque el amor que se experimentó en la Epifanía se preserve y cuide a los católicos que viven y cuidan en lugar en el que nació Jesús. Hoy, seis de enero, pido por mis hermanos católicos en Belén.

Llueve en Venecia

Se escucha el rumor de las gotas chocando contra las piedras de la calle, las paredes de las casas y los techos de teja tan roja. El campanario toca las horas en forma puntual pero en el cielo pareciera que el tiempo se niega a avanzar. Son las ocho de la mañana y el día gris está metido en agua. Nunca mejor dicho que cuando llueve en Venecia.

El nivel del agua sube y se entremete en las calles que debieran estar secas. Turistas y locales sacan paraguas. Aprendemos a caminar entre lagunas que llegan a la rodilla. Hay que equiparse, no cualquier calzado funciona. Hay que protegerse, usar botas de plástico para no mojar los zapatos y los pies.

Venecia está más mojada que de costumbre. Los venecianos sufren, elevan una súplica. Hay alarma. El nivel del agua está subiendo y le gana a las calles. Entra a los negocios, a los hoteles, a los restaurantes… a San Marcos. Para caminar en la plaza, hay que ser valientes, el agua llega alto.

A muchos turistas y locales, el agua les angustia. No hay duda, tienen razón. Sin embargo, verlo y experimentarlo ha sido toda una aventura. Los venecianos hacen todo lo posible por mantener las cosas en un nivel de amabilidad para que los foráneos ni nos asustemos ni nos vayamos.

Venir a Venecia es entender las razones para vivir en las periferias, para llegar por la mañana y pernoctar en otro lugar. Pero, quien lo haga, perderá el embrujo de una ciudad majestuosa. Por la noche, se siente la soledad y también se experimenta el buen trato. La comida es excelente, el vino extraordinario y la ciudad abraza a quienes se quedan en sus entrañas a vivir la oscuridad de su noche.

Cuando muere una amiga

Leticia Blázquez Pons fue mi mejor amiga en los años de Preparatoria. La conocí en la escuela, estudiamos juntas en el Simón Bolívar. Ambas llegamos en primero de secundaria a 1A con la madre Lucila como titular. En tercero ella se fue a vivir a Torreón y volvió al año siguiente. Fue entonces cuando nos hicimos mejores amigas.

Íbamos en 4D. Nos sentábamos juntas en el salón, ella a mi izquierda junto al pasillo. La recuerdo por su hermoso pelo negro, brillante y largo. Si cierro los ojos puedo ver sus manos largas y cuidadas. Ponte crema, me decía. Siempre arreglada, sabía maquillarse y aprendí a hacerlo con ella. Fue mi compañera de estudios, de aventuras, de travesuras. Era buena en matemáticas, física y tenía una habilidad para dibujar. Pero, lo suyo eran los idiomas.

La recuerdo en su Pacer, un auto de moda en los años ochentas. Manejaba muy bien. Oíamos música juntas y nos pasábamos las tardes viendo MTV videos de Duran Duran, Culture Club, Journey, Michael Jackson. Salíamos a tomar café y hablábamos de nuestros sueños, del futuro y de la vida.

Lety era una chica inteligente, sensata y muy interesante. Viajó mucho desde pequeña. Su padre era piloto de AeroMéxico y eso le facilitó recorrer el mundo desde muy niña. La imagino caminando en el atrio del monasterio del Escorial o recorriendo las calles de París de la mano de sus padres.

Hablábamos del futuro como si jamás se nos fuera a acabar. Al acabar la prepa ella decidió su vocación: sería maestra de inglés. Fue de las mejores. La vida nos separó. Lety se casó joven y se fue a vivir a Holanda. Le perdí la pista. Nos reencontramos casi quince años después. Ella era madre de dos niñas bellísimas y yo me acababa de casar. Nos prometimos vernos seguido. No cumplimos.

Coincidimos en una fiesta de generación. La vi luminosa, llena de éxito, triunfante en el mundo profesional, feliz. Así la quiero recordar. Plena, con ese brillo en los ojos tan de ella, con esa fuerza y determinación que hacía parecer que las dificultades eran nimiedades. La invité a las presentaciones de mis libros, a los aniversarios de la revista. Tuve la suerte de concretar algunos proyectos con ella. Su presencia en mi vida fue virtuosa. La quiero mucho.

Supe por ella de su enfermedad. Cuando me lo dijo, no se le notaba. Así de fuerte fue siempre. La última vez que nos vimos, nos tomamos una botella de tinto por el gusto de hacerlo. Me enteré por Facebook. Lety Blázquez, mi mejor amiga de los años hermosos de sueños y planes murió. Al saberlo, sentí que el mundo dejó de girar y creo que sí se paró el tiempo. Algo me jaló el ombligo.

Cuando una amiga muere, hay una parte que se va con ella. Lety: amiga de tantas aventuras, de travesuras y descubrimientos. La vida nos reunió siendo muy jóvenes. Vuelas, amiga querida y le pido a Dios que tengas buen viaje y que llegues sana y salva a tu destino.

Cumpleaños feliz

En los cumpleaños, uno tiende a mirar a los lados de su propia historia. Se vuelve la mirada hacia atrás y se tiende la vista al futuro. El presente se convierte en un pivote que sirve para asentar los pies y para tomar fuerte el timón y decidir el rumbo.

Al tender la vista atrás, pasan cosas simpáticas. Parece como si en lugar de tener una misma línea de vida, fueran varias vidas, múltiples personas que de entonces a la fecha conforman el ser que soy el día de hoy. Debo decir, que hay fragmentos de esa vida que me resultan tan lejanos como desconocidos y no tiene que ver con una cuestión temporal, pero tampoco puedo determinar el factor que me acerca o me aleja de ciertas partes de mi vida.

Por ejemplo, siento muy cercana a la niña que entró por primera vez al kinder y las sensaciones de ese día inaugural de clases. Y, por otro lado, siento tan lejana a la niña que iba a acompañar a su mamá a su maestra querida en Zamora. Parece que fue ayer que nacieron mis hijas, sin embargo, siento que la vida sin Carlos no es la mía. Recuerdo con precisión el día que conocí a Bibi y a Arturo y se me figura que hace una eternidad que estudié en el ITAM. Hay fragmentos de mi vida que parecen haber sido vividos por otra persona y otros que se han perdido en el olvido. Incluso, si alguien me dice ¿no te acuerdas de aquel día que pasó ésto y aquello? No lo recuerdo ni aunque me den detalles específicos. Lo que se borró quedó borrado.

Al pensar en el futuro, se me activa la imaginación. Siento que hay tantas cosas que me gustaría hacer y parezco niña en dulcería que no termina por decidirse qué es lo que va a elegir. Por fortuna, el inventario de los sueños sigue sobresaturado. Al cumplir años, se abren una serie de caminos que resultan floridos. Ya sé que me gustan los que son empinados, los que encienden la adrenalina y entiendo que la curiosidad me ha llevado a abrir puertas que me terminan sorprendiendo ampliamente.

Al ver al futuro, percibo circuitos que se fueron formando en el pasado. Es que en el cumpleaños convergen todos los tiempos. Los segundos se alojan en el corazón y en el espíritu, claro, también se reflejan en el cuerpo. Es una fortuna que así sea.

Hoy, de la mano de mi marido, caminamos al Tepeyac y con un agradecimiento humilde fui a dar gracias por las bendiciones que he recibido. En todos estos años, la vida ha sido un don bueno, lleno de emociones, de compañeros que han caminado a mi lado, de gente que me ha tenido buena voluntad, que me ha mostrado estima y amistad. Están los que me han amado en lo próspero y en lo adverso. Lo demás es lo demás que también ha sido parte de mi vida.

En el límite entre ese pasado y este futuro, me pongo de puntitas y miro a los dos lados. Recibo el abrazo de los míos, elevo los ojos al cielo y doy gracias infinitas por esta vida buena.

Caer en la tumba

Hubo un tiempo en que, para entender la estructura social de un pueblo, bastaba cruzare el umbral del templo. En los pasillos laterales de la iglesia, había nichos y tumbas que hablaban a gritos de la jerarquía que en vida tuvo el muerto.

Ir a misa, se convertía de alguna manera, en un acto fúnebre. Si ibas a una boda, ahí estaban los muertos escuchando los rezos y beneficiándose de las oraciones que no se dirigían a ellos. Lo mismo pasaba si ibas a un bautizo o a una celebración dominical.

¿Por qué entierran aquí a los muertos, mamá? Para que estén más cerca de los santos, de María Santísima y de Dios. Mira, ahí está la de tu abuelo. Bajo una loza de mármol blanco, con letras deslavadas, estaban los restos de su padre esperando la resurrección de la carne.

De niña, las tumbas me daban miedo. De grande, también. En el templo de Araceli, las tumbas no son simples lápidas. Son esculturas que representan al difunto en vestimentas de lujo. Mujeres en filigranas, hombres en uniformes militares. Rostros tan bellos que se han idos desgastando con el paso del tiempo, como si después de la muerte, siguieran sintiendo el paso de las manecillas del reloj.

Subí la escalinata de Araceli un día de luz encandiladora. Al entrar al templo oscuro, tropecé con una de las caras que estaban esculpidas en el suelo. Caí de panza entera sobre la estatua que coronaba la lápida. Intenté ser respetuosa, pero para levantarme tenía que apoyar las manos en la figura del cadáver.

No quería ponerlas en la cara ni en las piernas y tampoco tenía muchas opciones. Las puse sobre el pecho, recogí las piernas, me puse en cuatro puntos, apoyé los pies en el vientre y logré erguirme. Salté a un lado y me santigué.

Qué frío estaba el mármol, que tiesa estaba esa estatua. Qué inmóvil es la muerte. Salió en cura con las vestimentas moradas, empezó la misa. Recé por mi abuelo y por aquel hombre de rostro de piedra.

Mañana de otoño

I

Hay mañanas de otoño en las que uno quiere acurrucarse entre el calor de las sábanas y dejarse abrazar. Pero, estiras la mano, te topas con un hueco. Él ya se ha ido. Te armas de valor y sales de la tibieza protectora de la cama.

II

Recolectas la muestra. Bajas con cuidado los escalones de la casa que justo esa mañana están tan llenos de dudas. Tiembla el cuerpo y vences el impulso de volver a la cama. La luz del baño se ha quedado encendida. Triunfas sobre la intención de desandar los pasos para ir a apagar lo que está prendido.

III

Abres la puerta de la casa. El aire del despertar otoñal es fresco, habitado por todas las verdades que aún no has dicho. También crees que trae respuestas decisivas. Caminas por la calle oscura. Te preguntas si le diste dos vueltas a la llave de la puerta. Das pasos en la intemperie, por la calle oscura, vacía, silenciosa. Caes en la cuenta de que es domingo y todavía no sale el sol.

IV

Entras al laboratorio. La gente toma el turno que escupe una máquina despachadora de números. Se sienta. Los empleados se pierden el la profundidad de las pantallas planas de su computadora. Los que esperan miran el teléfono. Nadie responde tus buenos días.

V

Preguntas a quién debes entregarle la muestra. El empleado no te mira: espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Me vuelvo gris.

VI

Los momentos de espera se alargan y se vuelven pesados. El reloj mueve las manecillas con pereza dominical. La sala de espera está llena de caras verdes, rojas, amarillas, moradas que se van apagando y se vuelven grises. Hay dos empleados en admisiones que tienen la cara enojada.

VII

Vuelvo a preguntar. Espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Sigo siendo gris.

VIII

Todo es raro y difícil. Es como sentirse dentro de un espejo que se llenó de niebla. Es como ver reflejos atrapados por la bruma. Somos un extraño conjunto que espera. Una camisa echa bolas junto al cubo de la ropa sucia, un plato sin lavar en el fregadero, una blusa arrugada en el burro de planchar, un calcetín con un hoyo, un pensamiento fugaz, un grupo de personas que no se miran.

IX

Observo. Las comisuras de los labios están tiradas hacia abajo. La conciencia se diluye entre las fronteras de una pantalla.

X

Escucho mi nombre. Entrego mi muestra. Ponen una etiqueta en la que se lee mi nombre. También la edad. Digo gracias. Digo adiós. No hay respuesta.

XI

Salgo a la calle. El viento fresco me recuerda todas las verdades no dichas, las verdades decisivas. Miro al cielo. Parece como si la araucaria, el álamo, la jacaranda y el trueno movieran sus copas y agitaran sus ramas para saludarme. Les digo buenos días y ellos parecen contestarme, buen domingo.

XII

Amaneció. Los rayos del sol despertaron. Me miro en el reflejo de aquella ventana. Dejaste de ser gris. Escucha. Te acaban de decir algo importante. Todo va a estar bien.

Lo bueno de volver

Cada verano pasa lo mismo, hay una especie de transición que me hace pasar del modo de vacaciones y entrar al de regreso. Los últimos momentos antes de volver son trágicos, se valora el sol, no se quiere dejar de ver el mar, hay un gran esfuerzo por detener el tiempo y alargarlo para sacarle el máximo provecho, para que no se acaben los días de descanso.

No es que no quiera volver, es que no me quiero ir. Menos, cuando se ha tenido un verano espectacular, cuando todo salió a pedir de boca y los planes que se hicieron mejoraron tanto al hacerse realidad. Buenos recorridos, excelente comida, mejores bebidas, la mano de mi marido, la presencia de mis primas, la compañía de mis sobrinos, el cariño de Danny.

Me dediqué a leer y más leer. Casi ocho kilos de lectura, tal vez más. Descubrí a Markaris, me reencontré con Barnes, me entretuve con Dicker, me desilusionó Rosa Montero. Escribí muy poco. Caminé mucho. Subí de peso. Me reí con muchas ganas. Dormí. Descansé. Y, como si no tuviera llenadera, quería seguir así. La frase: anduve del tingo al tango es precisa.

Lo bueno de regresar es que empieza una especie de reconstrucción. El corte de pelo, el arreglo de manos, el ponerse a dieta, el activar las neuronas devuelve parte de la esencia. Se recupera el cuerpo y se activa el cerebro. Lo bueno de volver es que empieza la ilusión de la cuenta regresiva. Ya falta menos para el próximo verano.

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