La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Dice el libro del Génesis que el el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces, el Creador separó la luz de las tinieblas y creó una bóveda en medio de las aguas para que se separaran unas aguas de las otras. Así, me imagino a Dios separando los mares celestiales de los terrenales.

Las mañanas en Acapulco nos dejan en claro la intención autoral de Dios. Las aguas del cielo se detienen en el firmamento y el azul de los océanos es de un tono diferente al que está en lo alto. Pero, hay ocasiones en que, al volver la mirada hacia arriba, nos podemos confundir.

Las nubes parecen esas espumas de las olas y podemos adivinar los oleajes celestiales en las aglomeraciones de los cúmulus nimbus que parecen algodones abigarrados o borregos que van en procesión.  La mirada puede confundirse, cómo de que no. El cielo y la tierra se unen en el agua, se tocan en el horizonte, pero mientras más alejados están, más se parecen. O, esa ilusión nos da Acapulco.

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

Entre Amira y Aarón

Por alguna extraña razón, me toca estar sentada entre Amira y Aarón. La máquina súper inteligente que asigna los asientos de los vuelos entre Roma y Tel Aviv decidió mandarnos separados. Mi familia y yo estábamos regados en diferentes lugares a lo largo del avión, una en la fila 5 ventanilla, otra en la fila nueve, otro en la fila 19 y a mí me tocó estar sentada entre Amira y Aarón. No hay duda, el peor lugar es el asiento de en medio.

Entre Amira y Aarón además de los milenarios motivos de separación y encono, estoy yo. Ambos son inmensos, seguro son talla extra grande. Aarón viste de negro, igual que Amira. Ambos traen cubierta la cabeza: él usa una gorra de los Yankeys de Nueva y York y ella trae una pañoleta Hermés anudada en forma envolvente, no deja ver ni pelo ni orejas y casi, casi ni frente. El tiene la barba algo crecida. Su nariz es puntiaguda y jorobada, la de ella es recta y muy larga.

Aarón estira las piernas y las abre. Ocupa parte del espacio que me corresponde. Amira alza el descansabrazos y siento el contacto se su piel contra mi brazo. Mi lugar se reduce a la mitad en forma alarmante. Los dos miran al frente. No existo para ellos. En cambio, a mi estos dos me vienen apachurrando. Los olores se hacen presentes, algo agrio se mezcla con un toque dulce, parece que algo se va pudriendo. Ambos cierran los ojos. Aprovecho para bajar el descansabrazos y para empujar a sus confines la pierna de Aarón. El problema es que ambos son muy grandes. 

El avión se empieza a mover. Soy la única que se signa. Despegamos. Al poco tiempo, las señoritas pasan con el carrito ofreciendo comida Kosher. Aarón empieza a comer. Hace ruido. Amira y yo miramos al frente. El codo de Aaron hace intentos de incrustarse con mis costillas, pero debo decir que no lo hace. No sé que le sirvieron, huele raro pero se me despierta el apetito. Amira decide que es momento de explorar los confines de su bolsa. Busca sus lentes y saca una hoja con inscripciones que le resultan interesantes. Me rechinan las tripas. Tanto Aarón como Amira se vuelven a verme con recelo. Me arrepiento de sonreírles, ninguno me devuelve la cortesía. Tengo hambre.

Desde luego, ni siquiera puedo estirar el cuello para ver qué tal les está yendo a mis familiares. Apenas logro ver la fila delantera que está en diagonal a mí. En el, pasillo va sentado un hombre con barba muy larga, caireles a los lados de las orejas, cabeza cubierta con un gorrito en forma de círculo y trae una especie de chal sobre los hombros. Amira saca un pan de su bolsa. Lucha con el empaque y al abrirlo, me pega en el brazo. No se disculpa, creo que sintió feo, arrugó la nariz y se sobó la piel, como si quisiera borrar las huellas del contacto. Ahora soy yo la que miro al frente.

Amira hace ruido pero se acaba rápido su pan. Aarón come muy lento, mastica cada bocado, se toma su tiempo. Las señoritas no nos alimentan a los demás pasajeros. Ahora, no solamente tengo hambre, ya me dio sed. Espero que no me den ganas de ir al baño, no sabría como resolver semejante problema. Ya quiero llegar, me temo que el vuelo será eterno.

Cinco años, muchas gracias

Me resulta increíble pensar que ya son cinco años los que cumple este espacio. Un lustro de estar convocando, en torno a estas ventanas, a que se asomen a ver lo que estoy pensando. Es curioso, al pensar en este tiempo, me sorprendo al darme cuenta los cambios que hemos experimentado en el mundo, sin embargo, lo que ha permanecido es esa voluntad de reunirnos alrededor de estas letras que una veces lucen felices y animadas, otras tristes y sombrías, algunas furiosas y flamígeras. Palabras críticas, jamás complacientes, que han buscado desde la sinceridad del corazón, llamar la atención de quien está del otro lado y por la magia de la lectura encontrarnos en este mismo punto.

Como sucede siempre, la elasticidad del tiempo me hace sentir que no es tanto tiempo el que llevo escribiendo estas ventanas, sin embargo, cinco años ya cuentan. En aquellos primeros días, el susto del que inicia un camino me llevaba a cuestionar la validez de escribir un blog. Las críticas sobre la legitimidad de estos espacios hacía que me temblaran las piernas, pero como quien decide lanzar un mensaje al mar en una botella, corrí al encuentro de este espacio que me tenía reservadas enormes satisfacciones: lectores de tantas partes del mundo se acercaron a ver lo que estaba pensando, muchos se quedaron y ya no se fueron, otros acaban de llegar. Nos hemos acompañado en el camino, a lo largo de estos cinco años.

En este tiempo, he recibido numerosos comunicados de los lectores que pasan por aquí, he tenido la suerte de conocer a algunos personalmente. Están los asiduos y los que recien se estrenan, alumnos, maestros, conocidos, amigos, personas que viven cerca de mí, sea porque sin mis vecinos de cuadra o porque viven a kilómetros de distancia, tal vez separados por mares y océanos pero que vienen a asomarse y llegan puntuales a las citas de estas ventanas. Benditos todos los ojos que han recorrido estos renglones.

Muchos de los que se asoman, pasan a ver lo que escribí ese día. Otros abren ventanas del pasado. Hay muchos que hacen ambas cosas el mismo día. Les gusta saltar de una ventana a otra. Tambien están los que me regalan un poco de su tiempo diario y pasan la mirada en forma apresurada. Hay de todo tipo de visitantes en este espacio. 

Alguna vez, alguien me preguntó las razones que me llevan a escribir este blog. Son tantas las explicaciones que puedo dar, tantas las que se me ocurren, y sinceramente, todas se pueden condensar en una: quiero que me leas. Hemos alcanzado juntos esta meta. Hemos cruzado de la mano el umbral de los cinco años. Me felicito con el enorme agradecimiento que da saber que están ahí, que flexionaron las rodillas y sacaron el mensaje enrollado en esta botella virtual.  Vienen a asomarse y ya van cinco años que lo estamos haciendo posible.

Leer y mas leer, como lo dijo Sor Juana. Escribir sin fatiga con la ilusión de encontranos en el misterio de la palabra. Quien diga que  no hay palabras, miente. Hay una que tiene la suficiencia de la exactitud: gracias.

Gracias.

Gracias por tanta fidelidad.

Si como sostiene Ian McEwan, la lectura es la mejor forma de telepatía, si tu pensamiento y el mío convergen en estas ventanas, tal vez estamos mas cerca de lo que pensamos.

Gracias por pasar a ver lo que estoy pensando. Ya son cinco años. ( 5 es mi número favorito )

Fidelidad

La fidelidad es ese estado del alma que te permite permanecer leal sin distorsiones ni estridencias. Es confiar en la elección que se tomó y defenderla a pesar de los vientos contrarios, de las opiniones que se escuchan , de las críticas feroces, de las tentaciones que presentan otras alternativas. Ser fiel es ser fuerte, es tomar el timón con energía para salvar los escollos del presente con la mira puesta en lo alto.

El valor de la fidelidad no se refiere únicamente a un contrato de exclusividad que firman dos que se aman. Eso es sólo una parte. Se debe ser fiel a aquello que conforma nuestro ser, nuestra identidad. La vocación es tema de lealtad. Los que hoy quieren una cosa y mañana otra, avanzan poco. Los que viven titubeando tienen la recompensa de ser como veletas con la consistencia de la brisa. Quienes se mueven al son de un soplido corren el riesgo de estar deteniendo el agua entre las manos. Al final, queda tan poco.

Las tendencias no favorecen mucho a la fidelidad. Se cambia de parecer en un abrir y cerrar de ojos. Si algo que antes me gustaba y formaba la pasión de mi alma, ahora me genera algo de molestia, lo hago bolita y lo arrojo al bote de basura. No hay una valoración al compromiso, no hay resistencia al temporal. Entonces, si veo el cielo nublado, abandono el puesto de mando y me encierro a hacer un berrinche. Si es posible, me bajo del barco y me subo a otro. Y, así sucesivamente. La inconstancia y la dejadez son malos consejeros.

La fidelidad y la perseverancia son buenas recetas. Es confiar en que tenemos herramientas suficientes para pasar la tormenta y salir triunfantes. Ser fiel no es ser estúpido ni aguantar sufrimientos que no llevan a ningün lugar. Ser fiel significa buscar soluciones antes que rupturas, ser consistente y congruente. Hacer y decir. Se vale cambiar de rumbo, se vale admitie que hay otros caminos. El riesgo de hacerlo un día sí y el otro también es terminar siendo víctima de la deslealtad, deshecho como una pastilla efervescente que dejó su escencia diluida en algún lado. 

Una mañana de domingo con Ceci

La casa amanece en calma. Hijas y marido están fuera. La casa está en calma, habitada por los ruidos del cucú, del péndulo del reloj de pie, del ronroneo del avión que nos pasa por encima y de uno que otro pajarito que dice buenos días con sus trinos. El calor de la noche fue sofocante, pero el rocío  de la mañana hace agradable salir a recoger el periódico que está en el pasto del jardín.

Acompaño el café oscuro con pan rústico, jamón y queso. También jugo de naranja y noticias escritas en papel periódico. El rayo de sol que se atreve a entrar a la sala, cae justo en el sillón en el que me gusta sentarme a leer. Me brinco las noticias de la primera plana, las de los estados, las internacionales. Titubeó y me brinco también las columnas de opinión y me voy directo a la sección de cultura. Me concentro en las sugerencias de nuevos libros, las novedades que vendrán en el verano para leer sin reloj. 

Caigo en la tentación y en un impulso pido tres libros. Justo cuando termino de dar el click recuerdo la de libros que tengo pendientes de leer. Me emociona pensar en que ahora tendré tiempo para leer y más leer, como le gustaba a Sor Juana. Tendré tiempo porque estamos acabando el semestre y vendrá la temporada de vacaciones. Será la recompensa de la misión cumplida.

Más de trescientos estudiantes pasaron por mis aulas este primer semestre del año. Cuando lo pienso siento un choque eléctrico de sorpresa. Más de seiscientos oidos y ojos fueron convocados a mi entorno y han concluido su periodo de clases. Muchos, conmigo, terminan su vida estudiantil. Seré su última maestra antes de convetirse en licenciados o en maestros de algo. Para muchos fui su acompañante desde segundo semestre y vi la transformación que sufrieron. Cambiaron sus caritas de muchachos asustados ante el reto universitario y ahora les veo como jóvenes que se preparan a entrar a paso firme a la vida profesional.

Ya acabé Ceci, dicen al referirse a la materia de Emprendimiento, de Planeación Financiera, de Modelos de Negocios, de Análisis de Casos, de Alta Dirección. Mis alumnos transforman estas materias en mi nombre y eso me hace sentir enorme. Feliz. Acabar Ceci es un logro que ambas partes celebramos. Los abrazos de agradecimiento son de ida y vuelta. Los alumnos se transforman en colegas y eventualmente, en amigos. 

Empezará Ceci el siguiente semestre. Para muchos, no hay otra alternativa. Pero, para la mayoría, empezar Ceci es una elección. Ver que mis grupos se llenan y que algunos no alcanzaron lugar me da una satisfacción impúdica. Ni modo, así es. Pero eso será el Agosto. Ahora. Tocará leer sin reloj. Escribir hasta acabar la novela que se resiste a abandonar mi dedicación. Hacer ejercicio. Tener cuidado de no quedarme encerrada en el torreón. Salir a caminar. Y, aunque no me guste, arreglar el tilichero que he ido acumulando a lo largo de semestre. Tendré que tirar basura.

Pero, hoy es la mañana de domingo que me gusta. Es la que está entre el fin de semestre y las entregas  y los examenes finales. Es la que antecede a las actas de calificaciones, a los exámenes profesionales, es la que me permite sonreir porque ya hice mi parte. 

Doy un trago largo al café, me sirvo un vaso de jugo de naranja, muerdo el pan rústico y disfruto las maravillas de estar a punto de entrar de vacaciones.  Me distraigo viendo como Chai se entretiene mirando a la ventana. Me arrebujo en el sillón y doy gracias a Dios, hay mañanas que son muy doradas.

Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo... Las primeras palabras de la novela de Rulfo son deslumbrantes. El lector recorre las líneas y entra a un mundo sin saber a dónde va a llegar. Se traspasa el umbral en forma inocente, y la magia de las letras empieza a apretar el cuello y no te suelta. Creemos que el oxígeno no llega al cerebro y por eso no entendemos. Tal vez no se trate de entender, se trate de resistir. 

La curiosidad que mata al gato fuerza al lector a seguir leyendo, a toparse con la locura de Susana San Juan que la mantiene a salvo, con la fraternidad de Abundio que guía a Juan Preciado, con el desprecio a Miguel Páramo y el circo de su muerte, con el pecado del Padre Rentería. Nos subimos a una ráfaga de viento polvosa que nos mete al centro de Comala que vive oyendo murmullos de los muertos que la habitan.

Rulfo escribió y luego guardó la pluma. No volvío a publicar nada. ¿Para qué? Ya estaba escrito y lo había hecho muy bien. Hoy, el hombre cumpliría cien años. Ese que en su juventud fue tan guapo y que logró cubrirse con un halo de misterio que se confeccionó a la medida para transformarlo en leyenda.

Recuerdo que un día, cuando era una niña pequeña, fuimos a cenar tacos a un lugar en la calle de Miguel Ángel de Quevedo que se llamaba Los Tecolotes, o Los Búhos o algo así. Al entrar, mi papá se agachó y me dijo: mira ese señor es Juan Rulfo, es escritor. El tono que ocupó fue casi reverencial, me dejó claro que eso de escribir era algo importante y que se le reserva a los grandes.

Lo recuerdo sentado en una mesa, como si estuviera esperando a alguien. Estaba solo, vestido de traje negro, bien peinado, con canas, camisa blanca, un lunar en la mejilla izquierda. Podría decir que lo que más me impresionó fue su mirada, pero lo que me llamó la atención fue la corbata de formas geométricas que usaba. Fumaba. En ese teimpo era normal y permitido que la gente sacara sus cigarros y los encendiera en todos lados. Me gustaría decir que esa noche hablamos de la fuerza narrariva de Rulfo, del uso austero del lenguaje, de la potencia de su palabra, de la estructura de Pedro Paramo, de la influencia del Llano en Llamas sobre los autores de boom, pero sería mentir. Rulfo no fue tema en nuestra mesa.

Buenas noches, dijimos al entrar y él respondió con una sonrisa. Mi mamá me dijo que era mala educación estarlo viendo, asi que me concentré en mi plato para que mi mamá no me regañara. Por eso, no puedo decir que desde niña me adentré en el misterio del silencio rulfiano, del testimonio de abandono que se imprime en el Comala individual de cada mexicano o que tuve la certeza de estar a unos metros de quien tuvo el poder infinito de crear. 

Me gustaría decir que Rulfo me sonrió, que me invitó a su mesa y que platiqué con él sobre la forma en la que escribió tantas maravillas y, desde luego, serían patrañas. Me encantaría presumir que Rulfo me reveló los secretos de la escritura y no haría más que evidenciar que soy una mentirosa. Me gustaría decir que no obedecí a mi madre y que me pasé toda la noche viendo a Juan Rulfo, pero no es cierto.

Me tengo que conformar con decir que una noche que fui a cenar tacos con mi familia, vi a Juan Rulfo. No es mucho y tal vez sea demasiado. La anécdota no está para encender fuegos narrativos, pero me valgo de ella para recordar a un escritor —lo digo con la reverencia que usó mi padre— que nació hace cien años. Es preciso celebrar esas mentes que nos dejaron legados tan maravillosos. 

El privilegio de ser maestro

El que crea que el aula es un espacio protegido, cómodo y tranquilo es que jamás se ha enfrentado a un grupo. Ser maestro es algo tan fácil como capitanear un barco de velas en medio de un torbellino de aires acelerados con una tripulación distraída. Desde el puesto de mando, el timón no es dócil y dar rumbo parece complicado. Frente al oleaje, quisiéramos cerrar los ojos, los pronósticos no son nada buenos, la tormenta arrecia, las nubes son oscuras, los truenos y los relampagos caen tan cerca y nos sentimos tan poderosos como un corcho que flota sobre aguas embravecidas. 

En esa condición, nos creemos tan sólos, advertimos a los cuatro vientos sobre las amenazas que atisbamos desde el puesto de mando y creemos que nadie escucha. Elevamos los ojos al cielo y nos preguntamos ¿qué hacemos ahí, metidos en semejante lío? Pero, por alguna extraña razón, confiamos. Seguimos adelante. Nos aferramos a ese timón, nos llenamos las manos de polvo de gis, nos manchamos los dedos de tinta, llenamos pizarrones enteros que borramos y volvemos a llenar, hablamos y hablamos, sentimos que predicamos en el desierto, que somos sembradores que vamos aventando semillas en el desierto. Suspiramos. Jorobamos la postura. Elevamos los hombros. Volvemos a suspirar. Miramos al cielo. Volvemos a insistir.

De repente, sale el sol. Acaba la tormenta y te enteras que la tripulación que juzgaste distraída no sólo sacó a flote el barco de velas sino que lo transformó en un acorazado que rompió barreras. Entonces, no antes, en ese preciso momento, nos entra un golpe de realidad y entendemos que éste es un oficio de alto riesgo y de enormes grados de satisfacción. El privilegio de un maestro es ver que esa semilla sí germinó, que las palabras llegaron a su destino y que, en efecto, la tripulación superó al capitán. Llegamos a buen puerto, incluso a un mejor puerto que el que habíamos planeado.

Un maestro es como un marinero. Al llegar al puerto, besamos el suelo y nos limpiamos el sudor con el dorso de la mano. Caminamos tierra adentro y nos refuigiamos en nuestro lugar de seguridad favorito. Buscamos el descanso y la reflexión sobre las emociones vividas. Y, pasado un tiempo, el gusanito de la tentación nos vuelve a morder. No importa cuanto nos resistamos, queremos regresar. Necesitamos la adrenalina del gis, el pizarrón y el borrador. Desandamos los pasos, salimos de la concha de seguridad y nos enfrentamos al mar como barco de velas. 

Nos gusta el riesgo de enfrentar preguntas difíciles, a las que tenemos que ir a encontrar respuestas. Nos enciende esa indiferencia, ese desinterés, esa falta de ánimo que se transforma en esa chispa que cambia a un endeble velero en un barco fortificado. ¿Qué hago aquí, metida en semejante lío? Es la pregunta que cada maestro se hace cuando cree que las cosas no saldrán bien, cuando falta la fe y desfallece el empuje. La respuesta viene con la perseverancia del que siembra. El maestro está ahí porque el llamado es tan fuerte que ni lo podemos dejar de escuchar ni lo queremos resistir. 

El que crea que ser maestro es para valientes, es que tuvo la suerte de tener a verdaderos capitanes de barco en el salón. Mis mejores capitanes tienen nombre y apellido: Úrsula Tomassi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Ramón Moreno, Fernando Bermúdez  Barreiro, Abraham Nosnik, Andreas Koch, Mario Paoletti, John McCabe… También he tenido alumnos entrañables que han sido los mejores contramaestres que cualquier capitán pueda desear. Así, ¿cómo no agradecer el privilegio de ser maestra?

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