Frida Sofía

El nombre me pone los pelos de punta. Hace un año, las personas que vivíamos en la capital de la República Mexicana amanecimos con el ánimo por los suelos, sentíamos la garganta hecha nudo y una especie de polvito que nos picaba el cuerpo. Después del sismo del 19/09/17, porque la ironía no nos dispensó la mala broma de repetir la tragedia de un terremoto en la misma fecha, en el mismo lugar con casi tres décadas de diferencia, amanecimos alicaídos. Muchos salimos a la calle para ver en que podíamos ayudar, llevábamos a los centros de acopio alimento, agua, medicinas, picos, palos, cuerdas o lo que hiciera falta y queríamos ser útiles y solidarios. Por primera vez en mucho tiempo, la calle fue de los ciudadanos. Nos sentíamos más seguros afuera que en nuestras casas. No teníamos miedo de hablar con desconocidos, no nos asustaba que alguien nos fuera a asaltar o a hacer daño.

Otra vez, como hacía años no nos pasaba, nos sentamos frente al televisor para informarnos. Las redes sociales daban cuenta de muchos lugares en los que se necesitaba ayuda que luego resultaban ser falsos y, entonces, la televisión mexicana perdió una oportunidad de oro que la tragedia le estaba poniendo en bandeja de plata: ser una fuente confiable y creíble de información. No, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. En medio del dolor, de la destrucción, de los recuerdos surgía un nombre: Frida Sofía.

Nos enfrentaron a la realidad de la escuela Enrique Rébsamen, a imagenes de pequeñitos que fueron sacando de entre los escombros y luego nos dijeron que había una niñita que se llamaba Frida Sofía que estaba atrapada entre los pedazos que quedaron de esa construcción que después nos enteraríamos estaba rodeada de irregularidades, de permisos falsos, de certificados ilegales y de corrupción dolorosa, de esa que cuesta vidas. Pero, nada de eso importaba. Lo que queríamos era que Frida Sofía saliera con vida.

Televisa hizo una transmisión en la que casi segundo a segundo nos iba informando sobre los avances de ese rescate. Primero nos dijeron que era un niño, pero no sabíamos su edad. Me venció el sueño y me quedé dormida pidiendo a Dios por esa criatura. Soñé pesadillas. Mi primer pensamiento a día y medio del terremoto fue el niño que ya era niña y que se llamaba Frida Sofía. Puño en alto y todos guardaban silencio en los alrededores del Rébsamen y yo desde la casa también lo hacía y rezaba quedito. Hasta Denise Maerker engolaba la voz y todos llegamos a creer que si teníamos la esperanza en alto, lograríamos ver como sacaban a una nenita de las entrañas desbaratadas de una construcción vencida.

La tragedia subió de tono cuando empezó a llover en la Ciudad de México. La transmisión cambió de tono, la preocupación nos llevó al paroxismo y otra noche más me venció el sueño. Entre sueños, rezaba por Frida Sofía, por sus padres y sus familiares. En la mañana, me pregunté dónde estaría la familia de la pequeña y agradecí a los cielos que los reporteros fueran tan respetuosos con los familiares de la pequeña que estaba en semejante desgracia.

Y, el fiasco.

Frida Sofía no existe, nunca existió. Surgió de la mente retorcida de algún imbécil que además de estúpido es de un corazón tan negro como la oscuridad que reina en los infiernos. Así, la televisión mexicana que transmitió semejante mentirota, perdió el honor y la posibilidad de convertirse en un canal digno de comunicación confiable.  Nos volvieron a dar atole con el dedo y, al final, yo quisiera saber con qué afán lo hicieron.

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¿Quién es Carlos Ramos?

Carlos Ramos es el árbitro que ejerció como juez de silla en la final del USOpen que disputaron Serena Williams y Naomi Osaka. Es un hombre prestigiado y en esa condición fue elegido para arbitrar un juego tan importante. No era la primera vez que lo hacía. Su fama le precede y en el circuito es conocido como un hombre estricto. Un árbitro debe serlo.

Serena Williams también tiene una fama que la precede. Sabemos que es una campeona y al igual que McEnroe, Connors y Roddick, son jugadores agresivos e intolerantes con la autoridad. No es la primera vez que vemos a la señora Williams gritar, romper, raquetas, hacer berrinches y perder una final en el USOpen por conductas antideportivas. Ya había sucedido en su encuentro con Kim Clijsters en el que perdió un punto por amenazar a una nuez de silla. Ese punto la precipitó a perder el partido. Sin embargo, ella perdió el partido porque enfrentó a una mejor rival. Su tenis no le alcanzó para ganar. Pero, Clijsters es una jugadora con experiencia, una mujer educada que extendió la mano a Williams y festejó su triunfo. Ella ganó, Serena perdió.

En el encuentro contra Naomi Osaka, Williams estaba verdaderamente apabullada por una jovencita que le pasó encima como aplanadora. Eso la desesperó al punto de montar un berrinche que le mereció las sanciones que Ramos le aplicó. Sólo un ciego no ve lo que sucedió. La mujer violó el reglamento. El coach de Williams confesó que sí estaban haciendo trampas, el warning que aplicó Ramos fue correcto. Serena rompió una raqueta e insultó a un árbitro. Tuvo claras conductas antideportivas y violaciones al reglamento vigente. Ramos aplicó las reglas.

Ahora, algunas celebridades como Billie Jean King —quien ha luchado tanto por un deporte más igualitario—, sale a defender a Williams y se hunde con la jugadora. King dice que la sanción a Williams es por cuestiones raciales y de género. Me molesta que temas tan relevantes se esgriman para defender lo indefendible. Desgastar estos argumentos y poner a una jugadora berrinchuda que violó el reglamento en condición de víctima es verdaderamente indignante.

Ahora dicen que Carlos Ramos es machista y racista.

No.

Carlos Ramos es un hombre sensato, un árbitro que hizo su trabajo, que aplicó el reglamento a la letra. Me parece que Williams hizo trampa cuando su coach le hizo señas. Serena mintió cuando dijo que no era tramposa, su propio entrenador la echó de cabeza. Ramos la sancionó correctamente. Williams rompió una raqueta y fue sancionada correctamente por ese hecho. Serena perdió los estribos e insultó a la autoridad y recibió un castigo por ello. Carlos Ramos es el árbitro que aplicó las reglas y no se dejó impresionar por la figura de Serena Williams.

Ser mujer, ser afroamericana, ser una celebridad, ser amiga de Billie Jean King no te da carta blanca para violar reglamentos, no te hace intocable y no te blinda para que puedan portarte en forma antideportiva. ¿O si? Me alegro que la Federación de Tenis apoye el arbitraje. Me parece un error que no le hayan dado un reconocimiento por su actuación en el partido.

Carlos Ramos defendió el juego blanco que caracteriza al tenis. El tenis es un juego de caballeros, la nobleza es una de sus principales características. La patanería se debe alejar de las canchas. El honor del luego se debe respetar y proteger. No existe arbitraje a la carta, dijo con toda la razón del mundo, el juez de silla.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Naomi Osaka ganó con la raqueta en la mano. Serena Williams perdió.

Lo que en realidad sucedió a Serena Williams

El escándalo que se ha levantado en torno a la derrota se Serena Williams en la final del USOpen y los comentarios que a suscitado me dejan perpleja. Desde Don Lemon hasta Christopher Cuomo han tratado de hacer un panegírico torciendo la situación esgrimiendo razones que son sinrazones para justificar a la tenista afroamericana. Algunas veces se abusa del uso del micrófono. Dicen que lo que sucedió no hubiera pasado si ella hubiera sido hombre o si hubiera sido blanca. ¿En serio piensan jugar esa carta? Entonces, o no vieron lo que sucedió o les dieron línea para torcer la realidad.

Defender a Serena Williams es no entender. Justificar es no entender. El tenis es un juego de honor, es un juego de nobleza. Es un deporte con reglas que deben respetarse. Serena Williams recibió un warning por recibir instrucciones de su coach —lo que está prohibido— y le fue a gritar al juez de silla. Le dijo que ella no era tramposa y que ella no estaba recibiendo instrucciones de su entrenador. Más tarde, en conferencia de prensa el coach confesó que sí le estaba diciendo qué debía hacer, pero que como todos lo hacen, él lo hizo. Entonces, ¿es tramposa o no?

Luego, rompió una raqueta, recibió otro warning y le aplicó el castigo: perdió un punto. Eso dice el reglamento. Entonces llegó lo peor: le dijo a Carlos Ramos, el juez de silla que era un ladrón por robarle un punto y mentiroso por decirle tramposa. Entonces, la volvió a amonestar y eso la llevó a perder un juego.

Invocar que eso le sucedió a Serena Williams por ser negra o por ser mujer es faltarle al respeto a la raza negra y a las mujeres. Carlos Ramos es un prestigiado juez y lo único que hizo fue aplicar el reglamento. No debemos confundirnos. Cuando un tramposo se quiere esconder en su color de piel o en su género insulta y no debemos permitirlo.

Lo que en realidad sucedió fue que Serena Williams estaba desesperada porque no pudo ganar. Así de sencillo. La sacó de sus casillas que una novata le estuviera pasando encima. No le pudo ganar. Y, como lo hizo en el pasado, al darse cuenta de que no iba a ganar le echó a perder el triunfo a sus contrincantes. Lo hizo con Kim Clijsters también en en USOpen y ahora lo repitió con Naomi Osaka. ¡Qué pena! Una campeona como ella se revela como una mujer berrinchuda que no sabe perder.

¿No podría Carlos Ramos decir que le quitaron injustamente la miniatura del trofeo por discriminación por tener origen latino? Lo que en realidad sucedió a Serena Williams es que nos supo ganar. No le busquemos tres pies al gato.

Los restos de Franco

Los restos de Francisco Franco, el dictador español, saldrán del Valle de los Caídos después de cuarenta y tres años de estar ahí. Un dictador no puede tener una tumba de Estados en una democracia, dijo Carmen Calvo, la vicepresidenta. Las palabras suenan fuertes, hasta congruentes. Sin embargo, eso de andar removiendo cenizas y sacando muertos de los sepulcros es, por decir lo menos, demasiado gótico para mi gusto.

Muchos en España creen y tiene razón que es inaceptable haberle dado semejante sepultura a un hombre que maltrató a su patria y ese símbolo grandilocuente tiene mucho de incongruencia. La importancia de los símbolos patrios tiene que ver con aquello que une y da identidad a un pueblo. Claramente, Franco desune.

No obstante, hay algo que desde el otro lado del mundo, desde esa mirada del México que ha padecido dictaduras puras e imperfectas, que enciende las alarmas porque algo sabemos de golpes efectistas de los gobiernos entrantes. Cuidado, cuando un nuevo gobernante quiere ganar legitimidad, da un golpe de autoridad y mete a la cárcel a un rufián o saca a un muerto de su tumba, hay gozo por parte del pueblo, pero, no deja de ser un golpe efectista. En México, hemos padecido este tipo de espectáculos y hemos visto como quien los ejecuta empieza rodeado de aplausos y termina mal, también por decir lo menos.

Es verdad, El Valle de los Caídos es un lugar ambiguo: es una basílica, es una iglesia que en teoría debiera ser signo de paz y reconciliación. Aunque también es un monumento fúnebre cuyo centro es una tumba que siempre tiene flores. Ni hablar, los restos de Franco saldrán. Yo los dejaría en paz, no sea que se salga el fantasma y empiece a rondar por toda España, o que decida habitar algún cuerpo con mente débil y lo manipule para volver a hacer de las suyas.

¿Por encima de la ley?

La editorial de la revista The Economist nos plantea está pregunta respecto al presidente de los Estados Unidos ¿puede estar por encima de la ley? Los recientes acontecimientos que revelan las fechorías de Paul Manafort, su exjefe de campaña y de Michael Cohen, su antiguo abogado nos llevan a esta reflexión. Que estos señores hayan sido encontrados culpables de las acusaciones que enfrentaban no sorprende a casi nadie. Aunque la presunción de inocencia debe prevalecer, también es claro que si huele a estiercol, se oyen mugidos y sale leche, por ahí hay una vaca.

El predicamento en el que se encuentra el presidente Trump no se resuelve con declaraciones flamígeras ni con actitudes cínicas. La pregunta que el pueblo norteamericano se debe plantear es si algún ciudadano puede estar por encima de la ley. La fidelidad de sus huestes le alcanzará para torcer la ley, hacerla moño y seguir apoyando a un sujeto que claramente da evidencias de no tener respeto por las regulaciones.

El problema, según The Economist, no es legal, es político. Sin embargo, me parece que el meollo del asunto tiene que ver con la confianza que el pueblo estadounidense tiene y puede perder en la persona que dirige sus destinos. Es vergonzoso ver al habitante de la Casa Blanca dar este tipo de espectáculos. Siempre supimos que esa era la arena en la que Trump se desempeñaba. Pero, ¿será que los estadounidenses quieren un payaso que no respeta la ley para seguirlos representando?

¿Quién puede estar por encima de la ley? Esto es lo que nuestros vecinos deberán empezarse a preguntar.

(The Economist, 25/08/2018)

Un salto al vacío

Dice The Economist que los líderes carismáticos que llegan al poder después de haber alborotado resentimientos son casi siempre falsos profetas, que prometen seguridad y prosperidad incluso cuando erosionan sus cimientos. El peligro que representan para las nuevas democracias es mayor que en las más arraigadas. Trump está constreñido por el Congreso, un poder judicial independiente, una prensa libre y una burocracia con una larga tradición de seguir la ley. López Obrador, por el contrario, gobernará un país que ha sido democrático sólo desde el año 2000, y donde la corrupción es generalizada y está empeorando. El principal trabajo del próximo presidente debería ser reforzar las instituciones que sostienen una economía moderna, la democracia y, sobre todo, el estado de derecho. El riesgo con el Sr. López Obrador, quien será el primer presidente no inclinado a la tecnocracia en 36 años, es que hará exactamente lo contrario.

Lo que no podemos olvidar es que la tecnocracia ha tenido sus grandes éxitos y que los planteamientos de un candidato que hizo campaña por años no pueden ser los de un presidente electo.

Entonces, escuchamos tanto a López Obrador como a su equipo de transición hablar con una ligereza que no corresponde a la de un personaje que quiere hacer Historia. O no sabe cómo funciona la maquinaria o quiere pasar al recuerdo colectivo con una imagen negativa.

No podemos ir en contra del reloj sin pagar un precio alto. Basta mirar a Maduro que está dejando a Venezuela hecha girones.

Escuchar al equipo de transición a veces da tanto vértigo que quisiéramos pensar que esto no nos está pasando. Defienden babosadas como quien lo hace con un dogma de fe. Para muestra, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Ni se trata de no inspeccionar lo que huela a corrupción ni de ponerlo en una ruta virtuosa, mas bien parece que quieren darle de patadas a un proyecto que se prometió en campaña tirarlo abajo y que de hacerlo puede traerle consecuencias muy dolorosas al país.

El imperio del cinismo

Parece que en este mundo, para sobrevivir hay que ser un cínico. Ejemplos sobran, pero hay tres que me tienen pasmada. Los dos primeros me indignan, el tercero me duele.

Ver a Donald Trump evidenciado por sus amigos Cohen y Manafort me dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Ya sabíamos que los chismes que corrían por ahi eran ciertos, que Stormy Daniels era una realidad y que el presidente de los Estados Unidos es un cínico redomado con la suerte de tener una base fiel que lo apoya a pesar de las vergüenzas a las que los somete. Lo que pasa es que una cosa es el rumor y otra es la certeza. Uno creería que en esta condición la figura de semejante personaje se debilitaría, no obstante, lo vemos sonreír como si nada y seguir con la misma actitud.

El caso de Elba Esther Gordillo, una mujer que llevaba un nivel de gastos que dejaría pálido a los reyes absolutistas. Una maestra que compraba joyas que le habrían resuelto la vida a una sección entera de profesores, regresa aclamada por sus huestes como si fuera una nueva versión de Ulises. No hay ni memoria ni lógica en el sinsentido de ver a un personaje así vitoreado por masas. Hierve la sangre frente a esa sonrisa. Pero, ahora hasta nos dicen que estuvo presa por cuestiones políticas. Me imagino que nos subestiman a tal nivel como para decirnos semejantes cosas y pensar que nuestra ingenuidad no tiene límites. ¿Tendrán razón?

El tercero duele, es el caso de los sacerdotes pederastas y el código de silencio con el que se protegieron para seguir haciendo el mal. Duele porque quienes debieron hacer el bien optaron por el camino del mal. Escondieron su hocino de lobos detrás de una sotana manchando con sus porquerías una institución que reúne a gente que buscamos el bien. Los católicos no nos merecemos este tipo de cinismo en el centro de nuestra Iglesia, no debiéramos ser embarrados por semejante oprobio, ni queremos proteger a monstruos que dañan a los más desvalidos. De eso no se trata el amor de Dios.

Es horrible que a curas, a maestros y a gobernantes se les encuentre un hilo de semejanza tan espantoso. Son cínicos que hacen sus porquerías y esperan a que sus fieles los salven a pesar de sus espantosas fallas.

¿Qué pasó con la decencia y el lenguaje?

El lenguaje es una seña de identidad, lo que hablamos también habla por nosotros. El que usa un lenguaje técnico revela la profesión que ejerce, el que elige palabras complicadas revela una personalidad compleja, quien prefiere la sencillez del mensaje nos deja ver a una persona práctica. ¿Qué pasa cuando el lenguaje es procaz, grosero, que insulta? Pues, en la misma línea de pensamiento, podemos entender que así son las personas.

El lenguaje es el reflejo de quienes somos, por lo tanto, es muy importante elegir adecuadamente el vocabulario con el que nos queremos expresar. Si descuidamos las palabras estamos revelando que somos personas despreocupadas y eso tarde o temprano puede convertirse en un evento similar a escupir al cielo.

El uso de las palabras no es un tema menor. Tristemente, en el mundo hay una tendencia creciente que marca el desaseo del lenguaje. Decir groserías, utilizar palabras altisonantes, expresarse con vulgaridad pareciera ser un hecho que ya a pocos sorprende. En aulas de estudio, en espacios universitarios, en ambientes profesionales el lenguaje padece el descuido a diario. Es tan fácil decir palabras que suenan mal en momentos en el que nos sentimos cómodos o que estamos muy irritados.

Estamos perdiendo la costumbre de usar un lenguaje decente.

En la cotidianidad, desde que amanece hasta que anochece, lo usual es escuchar majaderías. Al salir de casa en el trayecto al gimnasio, la gente va mascullando groserías y lanzando majaderías al que se le atravesó, al que no le dio el paso y hasta al que lo saludó. En el gimnasio es muy frecuente escuchar a entrenadores animar a sus pupilos a base de peladeces y palabras ofensivas: échale gorda, muévete marrana son parte del argot cotidiano que muchos de los que están ejercicios ya han asimilado como normales. En los pasillos de la universidad, los muchachos se hablan con palabras poco educadas y de repente uno se pregunta si está en una casa de estudio o en un billar.

Inclusive, en programas de televisión y de radio el lenguaje se ha vulgarizado en forma alarmante. En horarios familiares escuchamos palabras que antes se reservaban al espacio de adultos y los cómicos se creen muy graciosos cuando se expresan con groserías.

Todo esto podría parecer algo pasado de moda o un discurso de púlpito que se escuchaba en el siglo pasado. No obstante, mi lucha ha sido por componer el lenguaje y adaptarlo a los ambientes en los que nos encontramos. Debemos de elegir las palabras precisas, no hay palabras malditas pero para todo hay un uso correcto y un lugar para ejercerlo.

Por eso, ayer que escuché a Chris Cuomo en CNN hacer un panegírico sobre la decencia del lenguaje, no pude más que ponerme feliz. Cuomo sostiene y estoy de acuerdo que quien usa un lenguaje grosero y vulgar muestra la pobreza de sus argumentos y la falta de ideas. Se refería al tema de Donald Trump ofendiendo a Omorosa, una afroamericana que trabajó en la Casa Blanca y que está publicando un libro muy oportunista para criticar al Presidente de los Estados Unidos. El debate entre Trump y Omorosa no es de mi interés porque son tal para cual, lo que llamó mi atención fue precisamente la caída precipitosa que se ha dado en el lenguaje que se utiliza desde el poder ejecutivo de una nación de la talla de los Estados Unidos.

Es lamentable ver como un hombre de estado elige tan mal las palabras, cuando en otros tiempos otro líder mundial, Winston Churchill, ganó un Premio Nobel de Literatura por sus discursos. En fin, no hay punto de comparación. Pero, el efecto del lenguaje de Trump se ve en la forma en la que se eligen las palabras para expresarnos a diario. Sería tan bueno volver a aplicar la decencia en el lenguaje. Creo que es una forma fácil de empezar a resolver tanta violencia y agresividad que padece el mundo en estos momentos.

El lenguaje decente nos muestra como personas cuidadosas que buscamos expresarnos en forma ordenada, coherente y minuciosa, haciendo un análisis del vocabulario que queremos utilizar. El lenguaje debe ser una herramienta que nos ayude a mostrar preparación, seguridad, calidad y firmeza en las ideas.

Lo que está haciendo Netflix

Lo que Netflix está haciendo, debió haberlo hecho Televisa. Pero, parece que la televisora mexicana no se ha dado cuenta de que el mundo cambió y que los formatos se transfiguraron. Sin embargo, la nostalgia y el recuerdo son grandes activos que se pueden explotar. Netflix lo sabe y lo aprovecha en una forma genial. Ademas sigue experimentando.

Lo que Netflix hizo con Luis Miguel fue un gran experimento que revivió a un cantante del que ya poco se esperaba. Tal como sucedía antes, cuando esperábamos el programa del domingo por la noche, cada generación tuvo el suyo —los de de la mía fueron El Hombre Nuclear, La Mujer Biónica, Los Ángeles de Charlie—, ahora jóvenes y viejos estábamos al pendiente de que se liberara el capitulo de Luis Miguel, la sierie. Ahora, ya hay playeras con la frase Coño, Mickey, y en Acapulco todos los antros tocaron las canciones del Sol y en las pantallas se proyectaron videos de sus canciones y el BabyO fue lo que siempre ha sido, el mejor lugar para ir a divertirse en las noches de Acapulco.

La casa de las flores tuvo otro tipo de entrega, liberó los capítulos de la primera temporada de un jalón. Del elenco ni Cecilia Suárez, ni Aislinn Derbez, ni las escenas sexuales me llamaron tanto como la figura de Verónica Castro. La chaparrita de oro de México, a quien recuerdo más que por sus discos o por sus novelas, por su habilidad como conductora de los programas de noche, me pareció uno de los mejores golpes de astucia de Netflix.

Por supuesto, Verónica Castro no defrauda, entrega lo que siempre supimos que seria capaz de dar. Lo que más disfruté al verla nuevamente en pantalla fue esa sonrisa simpatiquísima y esos ojos que aguantan cualquier evidencia del paso del tiempo o del bisturí. La casa de las flores en su primera temporada me hizo sonreír, sin embargo, el acierto de Netflix mas que el contenido, es la estrategia.

Netflix está reviviendo a nuestros iconos mexicanos. Nos pica la nostalgia y nos hace regresar las manecillas del reloj, también tiende puentes entre una generación y otra. Televisa los hizo grandes pero los dejó morir. Hoy, Netflix entiende los signos de los tiempos y aprovecha la ventana de oportunidad que otros dejaron pasar.

La paz de los sepulcros

La muerte, dónde está la muerte, nos pregunta San Pablo. Parece que la muerte se hace evidente en los sepulcros. Pero, los cementerios, las tumbas, los nichos, las urnas donde depositamos a los muertos no son lugares tan pacíficos como quisiéramos creer. La Humanidad ha hecho poco por preservar la paz de los sepulcros.

Desde toda la vida, hemos sabido que las tumbas son profanadas por diversas razones: roban las joyas con las que los muertos fueron enterrados, sacan cadáveres para venderlos a los estudiantes de medicina, sacan a la gente para volver a vender el espacio, ocupan los nichos desatendidos para guardar todo tipo de cosas. Si acaso te toca ser un muerto célebre, o te llenan de flores o te llenan de insultos, depende.

Si, además elegiste un campo de futbol para que tus restos fueran depositados, ya sabrás que si te sacan de ahí, como sucedió en el Camp Nou, no habrá sorpresas. Pero, si moriste hace siglos y fuiste un donador para que se construyera una iglesia y de repente la institución decide vender el inmueble y el nuevo propietario lo convierte en un bar, como sucedió en Dublín, en un hotel, como pasó en Canadá, como que la cosa se pone algo terrorífica.

Hay algo de morbo que pica a la gente cuando se trata de lo que sucederá con los restos de la gente. En España, cuando se enteraron de que iban a exhumar los restos de Franco, las visitas al Valle de los Caídos se elevaron significativamente. De repente, se pone de moda ir a visitar lo que dejará de ser un templo y se convertirá en algo más.

Tal vez soy demasiado conservadora, puede que sea romántica y llegar a la estridencia del gótico, pero, ¿sería mucho pedir que dejen a los muertos en paz? No sé. Entiendo que el cuerpo es un envase y que los despojos mortuorios no contienen a la persona. La ventaja de creer en el más allá, me deja ver que la muerte no es el punto final. Pero, eso de estudiar con el cráneo de alguien, o de echarte una cerveza sobre la tumba de alguno, me pone la piel de gallina.

Si le pones nombre, pues es peor. Este es el occipital de don Juan, o salud por Mr. and Mrs. O’Higgins cuyos huesos están aquí junto mientras me como una hamburguesa con papas fritas sí que está de terror, ¿o no?

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