Regresar

Dejar tu lugar de seguridad, el espacio favorito en el mundo, abandonar el pedacito de cielo parece un sinsentido y tal vez lo sea. Siempre es igual, cada verano llego con el corazón sonriente y regreso con ganas de quedarme otro ratito. Lo que pasa es que esta vez es algo distinto.

Llegué hace cuatro meses a refugiarme con mi familia y siempre creí que regresaríamos cuando ya todo hubiera pasado. Tambíen, estaba segura de que por más que durara, ésto no iba a durar tanto y la verdad es que no se le ve final a esta crisis pandémica.

Los que crean que no tengo llenadera están en lo correcto. Sigo con esa convicción infantil y verdadera de que en el mar la vida es más sabrosa. Y, no es que el deber me llame, desde aquí podría seguir cumpliendo con mis labores, pero es algo más fuerte. Me voy porque hay que ser solidarios y acompañar a la familia a seguir su camino.

Así que como cada año, aprovecho los últimos rayos de sol, me doy un chapuzón, miro al cielo y doy gracias. Acuérdate de mí, Acapulco porque lo que es yo, te llevo a donde quiera que voy, aquí en el corazón.

Veintiséis años de casada

Si hace veintiséis años, que me desperté con esa mezcla de emoción, felicidad e incertidumbre, alguien me hubiera dicho todo lo que iba a vivir en estos años de matrimonio, seguro habría pensado que estaba exagerando. Y no, estos años han sido una vida plena en la que los claros han sido más abundantes que los oscuros.

Tengo que reconocer que Carlos y yo somos personas muy diferentes. Cada uno tenemos una visión distinta de las cosas y creo que esa ha sido la sal y la pimienta de este matrimonio. En todos estos años de vida en común, la sorpresa sobre lo que mi marido ve y yo no percibo sigue siendo el elemento que continúa con la chispa del asombro encendida.

Claro, ese siempre fue y ha sido el primer escalón de una serie de actos de solidaridad, paciencia, perseverancia y mucho, mucho cariño. De otra manera, no hay forma de explicarse que sigamos caminando de la mano con una sonrisa y queriéndonos con amor del bueno.

Hemos tenido que tragar sapos y ranas, ni modo que no, los dos tenemos un carácter fuerte. Ha valido tanto la pena. El haz y en envés de este matrimonio nos han conducido por un camino de proyectos compartidos, satisfacciones y sinsabores que han dado como resultado una vida lograda.

Pareciera difícil lidiar con esta colección de caracteres, rasgos de personalidad y temperamentos tan diferentes, sin embargo, la receta se ha logrado a base de respeto, libertad y hábitos creativos. Parece simple y es verdad: nos casamos y hemos sido felices. Muy felices.

Estamos de manteles largos, de festejo y celebración. Es un gran éxitoque nos llena de orgullo y alegría.

Encontrar la plenitud de vida con un hombre como Carlos es un privilegio de vida por el que siempre estaré agradecida. La bendición de Dios ha formado parte de nuestra unión Gracias, mi Gog adorado. Te quiero con el alma.

El difícil arte de desmitificar la toma de decisiones

A cada ser humano nos toca desarrollarnos en un espacio y en tiempo específicos lo que nos lleva a tomar posición ante la realidad. Con esta visión que se construye sobre la base de nuestros valores, tradiciones, creencias, tomamos decisiones. También, no podemos negarlo, lo hacemos teniendo presentes nuestros miedos, prejuicios, angustias y todo esto nos envuelve en un velo por el que traspasan los mitos y leyendas que nos hemos creído. En el caso de las personas, de las organizaciones y de proyectos empresariales, tomar postura implica una doble connotación, ya que no solo se expresa desde el ser vital personal, sino también desde el hacer observable, es decir, el producto social-trabajo creativo u objetivo.

Y, en esta condición, en forma natural, a partir de lo que somos, tomamos decisiones. Asumimos una postura crítica o complaciente frente a un contexto histórico marcado por lo que nos toca vivir. Algunos enarbolamos la pluma como bandera, otros asumen un compromiso social desde el ejercicio profesional, algunos lo hacen en un quehacer empresarial.

Tomamos decisiones al elegir la posición desde la cual queremos dirigir nuestra vida. Emergemos de los márgenes para situarnos como personajes centrales de nuestro propio relato, nos convertimos en protagonistas que cuestionan y ponen en evidencia gustos y desagrados.

Algunas ocasiones, nuestra forma de decidir es reflexiva, analítica, busca un método cuidadoso y otras nos brota de la piel de manera natural. Es como si fuera parte de nuestra biología, como si viniera enredado en nuestra cadena genética. Pero, nos ha dado por generar todo un constructo sobre el tema de decidir. Nos formamos en la fila de un modelo cultural de titubeo, nos dejamos ganar por el miedo al error y perdemos la valía del que después de fallar, compone las cosas.

Entorpecemos la toma de decisiones cuando nos olvidamos de una verdad básica: errar es humano. Por eso, habría que empezar a desmitificar la gravedad de los errores, derribar esos modelos culturales de sumisión al éxito como única posibilidad y desmontar los estereotipos.

Ni hablar, no siempre se gana y poner en entredicho ese discurso autoritario e inhumano, no es volverse derrotista ni frívolo ni mediocre, es humanizar la mirada. No se trata de un panegírico a la irreflexión, ni una invitación a alejarse del análisis. Todo lo contrario. Se trata de desmitificar lo terrible que se vuelve tomar una decisión. Se trata de legitimar la dominación sobre la razón, sabiendo que en el camino no hay nada cierto. Si el camino se nubla, no hay que parar: hay que seguir caminando con precaución.

Creo que nos tomamos demasiado en serio. Y, cuando nos forjamos esas imágenes prístinas e inmaculadas de lo que somos, o deberíamos ser, vamos rigidizado tanto las expectativas de lo que esperamos que nos inmovilizamos. Si no logramos que se corresponda la realidad con nuestras fantasías, no nos movemos. Y, en esta búsqueda de la perfección, perdemos color y dejamos pasar oportunidades que otros pueden tomar, aunque no hayan sido tan perfectas.

Es difícil desmitificar estos modelos en los que nos presentan a gente ideal teniendo éxito permanentemente. Hay que decirlo de una vez: son irreales. Todos tenemos una cicatriz, a todos nos a salido un grano y todos nos hemos tropezado una o muchas veces. No hay perfecciones, no es humano. Pero, lo único cierto es que todo cambia y nada es para siempre. Desmitificar es disminuir o privar de atributos míticos a una persona o una cosa o a una actividad poniendo en evidencia sus características reales. Por lo tanto, animarnos a tomar decisiones, en todo tipo de contextos, controlados o difíciles, no debiera estar asfixiado por la oscuridad. Habría que darle luz a la razón y confiar que si las cosas salen mal, tendremos preparado un plan para que salgan mejor.

Sobre la rama de un sauce llorón

Imagina, porque los seres humanos tenemos ese privilegio, que estás cómodamente sentada en la rama de un sauce llorón a la orilla de un río. Te recargas en el tronco a descansar. Para subir, tuviste que conquistar esas rocas tan resbaladizas y puntiagudas. Pero, lo lograste. Controlaste cada movimiento para no derrapar y caer a esas aguas embravecidas. Venciste el miedo. Triunfaste. Llegaste al lugar al que querías. Al estirar los pies, para guardar el equilibrio, escuchas un crujido. La rama se está venciendo. Tienes que tomar una decisión.

Las opciones evidentes son: aferrarte a la rama, porque al fin y al cabo, ese es el lugar que elegiste y ahí es donde quieres estar o abandonar el proyecto, saltar al vacío. Por un lado, aferrarse puede traer como consecuencia que la rama se rompa y te caigas. Por el otro, abandonar ya de por sí es terrible y puede ser peor terminar encajado en una piedra. Claro, esas son las opciones evidentes, las que casi cualquiera puede ver. Pero, cabe la opción de que existan otras formas de salir bien librado.

Por lo general, a primera instancia, la mente nos presenta lo evidente. Sin embargo, pareciera que en este caso, hay algo que se debe perder. Nos gustaría que existiera una solución en la que el sacrificio fuera menos contundente, más ligero. Para ello, es necesario buscar una toma de decisiones creativa.

La creatividad es uno de los factores más complejos a explicar, no obstante, hablamos de ella como la piedra angular de los grandes proyectos. Lo primero será definir el concepto. La creatividad es la capacidad para innovar, “inventar”, dar soluciones imaginativas, generar nuevas ideas o ideas diferentes. Más concretamente, es la capacidad de desarrollar nuevas asociaciones de ideas que desemboquen en resultados diferentes a los obtenidos hasta el momento.

Por otra parte una persona creativa es aquella que no se pone límites a la forma de llegar a alcanzar la solución al problema o situación frente a la que se encuentran. Asimismo, cuentan con altas dosis de flexibilidad y adaptabilidad a las circunstancias de cada momento. También son conocedores de sus fortalezas y de las oportunidades del entorno.

Para tomar una decisión creativa, necesitamos elevar las miras. Seguramente, hay más posibilidades en ese sauce llorón que aferrarte a una rama que se está resquebrajando o que lanzarte a las piedras puntiagudas. Por supuesto, decidir en forma creativa tiene que relacionarse directamente con escuchar las advertencias para ponerlas a trabajar a nuestro favor. ¿Cuál es la elección que tú tomarías en esta situación?

Las virtudes de fracasar y aprender de prisa

Los expertos de Silicon Valley y los teóricos del emprendimiento elogian el fail fast —fracasar deprisa—, lo cual parece un contrasentido porque cualquiera que quiera empezar un proyecto nuevo, que quiera iniciar un negocio o aventurarse en un terreno nuevo lo que busca es tener éxito.  Las mediciones de riesgo, las precauciones y la prudencia tienen que ver con la forma en que la gente le da la vuelta al fracaso para enfilarse al triunfo y la consecución de sus metas. No obstante, lo que ellos plantean no es fracasar para quedarse ahí. De lo que se trata es de hacer lo que hacen las gallinas cuando se tropiezan: se levantan, se acomodan las plumas y siguen caminando como si nada.

Las nuevas tendencias que alaban el fracaso rápido ponen valor el concepto: fail fast, learn fast —fracasar deprisa, aprender deprisa— es decir, le ponen nombre y apellido porque consideran que los fracasos en vez de ser un punto final deben ser asumidos como errores que forman parte la vida y del trabajo. Es más, son un elemento fundamental. En esta condición, no es un problema equivocarse sino permanecer en el error. Y ahí empezamos con la complicación. Para poder aprender, necesitamos un elemento indispensable: humildad. La humildad no es sinónimo de apocamiento, sino que debe ser entendida como la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Es una cualidad humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus condiciones e impotencias y obra en consecuencia.

La humildad es relevante hasta el punto que los gurús de la Costa Oeste resaltan la capacidad de sacar inmediatamente lecciones de todo aquello que se les resiste. Fracasar no es humillarse, es la oportunidad de ver lo que falló para corregirlo. Han descubierto que la fuerza de estas experiencias fallidas suele hacer progresar a las personas y a las compañías más aprisa que las mejores teorías de emprendimiento.

En esta condición, vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Desgraciadamente, una de las deficiencias que presenta este punto de vista es que muchos emprendedores se apadrinan de la arrogancia y son incapaces de ver errores o de escuchar críticas constructivas. A lo largo de mi práctica profesional he visto como quienes inician algo distinto, aceptan mal la crítica. No les gusta que les digan que hay mejoras y caen en el terrible error de ver sus proyectos como hijos: no lo son. Si alguien critica un frutito de las entrañas de alguien más, se meterá en problemas sí o sí. Si alguien da una opinión del fruto de la mente y es divergente o, peor aún, contraria, lo peor que se puede hacer es no escucharla ya que se trata de posibles mejoras, puntos que se pasaron por alto o usos alternativos que no se habían considerado en un principio.

Lo cierto es que en torno al fracaso, hay diversos pareceres que se relacionan directamente con nuestra identidad y nuestros rasgos culturales. En Estados Unidos, pero también en el Reino Unido y en los países nórdicos, a los empresarios, los políticos o incluso a los deportistas les enorgullece explicar cómo superaron los fracasos iniciales, como si se tratara de cicatrices de guerra que les han hecho mejores. Mientras más fracasados fueron al principio, mejor resulta contar la forma en que consiguieron remontar y retomar el camino. Se cuelgan la medalla del perdedor que ya es triunfador y eso los llena de orgullo.

En cambio, en la Europa del sur y en los países latinoamericanos eso no es igual. Según Marius Carol, director editorial del periódico La Vanguardia, en nuestros países estos temas operan al contrario, intentamos protegernos detrás de nuestros títulos y nomenclaturas. Andamos escondiendo obstáculos o frustraciones, pensando que eso nos debilita o muestra nuestras flaquezas. Sentimos que si exponemos nuestros raquitismos quedamos listos para la burla, el escarnio y la tortura. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto. A nadie le gusta fracasar ni estar cerca de los fracasados. El meollo del asunto está en que aquellos presumen sus tropiezos porque consiguieron triunfar, no se quedaron ahí. Por lo tanto, aconsejan que si van a recorrer el camino amargo del desengaño, lo hagan rápido.

Sí, nos gusta pasar rápido los tragos medicinales con sabor desagradables. Pero, si hacemos eso son aprender será tan útil como quien se toma la medicina asquerosa y la escupe de inmediato. Por eso, no estoy de acuerdo con eso de fracasar rápido. ¿De qué sirve tratar de disimular o minimizar o justificar si lo que necesitamos es corregir? En cambio, el binomio virtuoso de fracasar y aprender tiene más sentido. Las elogias que se hacen del fracaso son tan efectivas como los aplausos que se dan cuando el teatro está vacío.

El profesor francés Charles Pépin ha escrito un tratado, Las virtudes del fracaso, donde muestra su extrañeza por el hecho de que en la vieja Europa el error esté mal visto. Y pone ejemplos de cómo Steve Jobs, J.K. Rowling o Thomas Edison vivieron incontables fracasos antes de alcanzar su objetivo. Hoy nos cuentan las historias de tropiezos estrepitosos cuando la espectacularidad no está en morder el polvo sino en la enseñanza que se debe de obtener.

Aprender de los errores a base de humildad. Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus fracasos que luego se convirtieron en éxitos y logros. Por eso, la humildad es un valor opuesto a la soberbia. Quien obra con humildad no se vanagloria de sus acciones: rechaza la ostentosidad, la arrogancia y el orgullo, y prefiere ejercitar valores como la sobriedad y la mesura. En esta condición, el aprendizaje es como una buena semilla que germina en terreno fértil.

La humildad no supone una renuncia a la dignidad propia como personas o del proyecto, por eso no le teme al error. Finalmente, la humildad es también la actitud de quien se somete o rinde a la autoridad de una instancia superior: la realidad. Comportarse con humildad implica también evitar actitudes de prepotencia ante lo evidente sino optar por el acatamiento de lo que no funciona para remplazarlo por lo que sí va a funcionar. Se apela a la voluntad de entender y así aprender.

La sabiduría milenaria de Lao Tse se refleja en sus palabras: En el centro de tu ser tienes la respuesta; sabes quién eres y sabes lo que quieres. El hombre vulgar cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla. Apresurarnos a fracasar, como una forma de pasar rápido el trago amargo puede significar un golpe duro si no tenemos la fortaleza de asumir y aprender para corregir.

Qué combinación más extraña: literatura y deporte

Lo raro ha dado motivos de inspiración a la literatura. Las relaciones extrañas que se forjan entre dos puntos distantes son el caldo de cultivo en el que germinan las buenas historias. Y, sí, es tan difícil ver a un deportista leyendo un libro como a un escritor creyendo que el deporte puede ser materia de literatura. Alérgicos, líneas divergentes, polos opuestos, que casi por convención se repelen unos a otros, la literatura y el deporte han crecido en mundos paralelos. O, eso fue lo que nos dijeron.

No podemos negarlo. El deporte como espectáculo y sus protagonistas se ven como el terreno de las bajas pasiones, de los sentimientos más simples, casi obscenos, de las masas; hay quienes creen que la literatura, y todas las bellas artes, encarnan el reino de lo refinado, el entendimiento, el placer de la razón, la metáfora y la imaginación. Dicho eso, no nos podemos engañar, la literatura también se nutre de horror, de las pasiones, de los vicios y del reflejo de las emociones: en ello está el punto de encuentro indefectible entre la literatura y el deporte.   

En el principio fue la palabra. La palabra escrita. La palabra es sagrada, o eso es lo que la mayoría de las tradiciones religiosas nos enseñan. Antes que con la voz, con la radio, con la imagen televisiva, el deporte se contaba con palabras que despertaban la imaginación y el deseo de quien no podía verlo allí donde se competía. Los enviados especiales de los periódicos, los narradores deportivos, sus escritores más talentosos y de imaginación más libre, contaban la acción reinventándola de acuerdo con el mejor instrumento que tenían: una mirada soberana. Ellos tomaron prestada de Homero la épica para convertirla en un elemento inherente a la narración deportiva. Y la gozaron sus lectores que al día siguiente de un buen partido y hasta meses y años después la recreaban en su interior, y se seguían emocionando y generando ilusiones.

La desconfianza entre ambos mundos tiene Historia. Desde que el poeta Juvenal en la Antigua Roma dijera: “al pueblo pan y circo”, hasta la anécdota en España sobre lo dicho por un ministro del dictador Franco que proclamó “más deporte y menos latín”, los deportistas desconfiaron de la gente de la cultura y los miopes se quitaban los lentes, no fuera ser que los confundieran; los de las letras escondían el suplemento deportivo, por si acaso. En México, el deporte y la cultura crecieron entrelazados, inimaginables el uno sin el otro. Muchos intelectuales confiesan a bocajarro su amor por los deportes y los aficionados al deporte se muestran deseosos de conocer sus historias. Material ha habido de sobra.

En esta tierra bendita, saber de las vidas de los ídolos deportivos, genera gran curiosidad. Más que noticias y cuentos de los que se leen en las revistas del corazón, queremos conocer la raíz de la que surgieron, saber sobre sus tradiciones, sus raigones. Nos interesa la metáfora de la vida humana reflejada en un corredor de fondo, siempre solo; de los futbolistas que debían buscar en tierras extranjeras el éxito.

Pero, sólo los que tenían oportunidad de viajar al extranjero, encontraban alimento para su espíritu hambriento. No se encontraban libros serios que hablara de ídolos deportivos. Había suertudos, sí, siempre que supieran leer en otros idiomas, francés, inglés o italiano. Hasta hace nada, la literatura deportiva sobrevivía en las catacumbas.

Por fortuna, la literatura se atrevió a entrar al terreno de juego. Bajó a nivel de cancha. Se interesó por mirar a estos héroes y por desmitificarlos para transformarlos en personajes redondos. Y, es que en México hay mucho material: desde la vida de figuras emblemáticas como El Santo o Blue Demon, hasta boxeadores como Sal Sánchez o Mantequilla Nápoles; anécdotas como la del Tibio Fernández que se llevó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México en 1968 gracias a las porras que lo animaron a nadar más rápido aunque ya casi desfallecía.

Pero, de un tiempo para acá, se ha producido el milagro.  Se avanza a pasos para recuperar el terreno perdido. No hay que buscar en el extranjero lo que ya en casa se produce abundante y bueno, o se traduce. Han nacido editoriales que no desprecian la llamada literatura deportiva, dos palabras que juntas ya no conforman un oxímoron, y algunas, incluso piensan solo en ella y en sus autores. Parece que el agua y el aceite lograron convivir y las líneas paralelas se torcieron para poder tocarse.

En el siglo XXI, la literatura deportiva se ha renovado en el mundo con diversas actividades que exaltan la relación entre inteligencia y deporte y promueven el equilibrio entre la mente y el cuerpo. En México, las relaciones entre el deporte y la literatura comprenden hoy una cancha múltiple con, al menos, cinco centros de interés: la producción, la comunicación, la mitología, el conocimiento y la promoción de la lectura y de las letras. Parece que hemos encontrado un punto de encuentro y dejamos de lado el contrapunto de separación.

Destruyendo la torre de marfil

No todas las letras son prístinas, impecables y perfectas. Hay las que se manchan de barro y de sangre, las que embarran su tinta de queja y se revuelven en contra de lo que jamás debió de ser y sin embargo, es. Frente a la narrativa aplaudidora, surgió una literatura de contenido social. México ha dado grandes plumas a la literatura de protesta a los escritores que le han dado de patadas a la torre de marfil que quiere pasar la mirada por encima de los hechos que nos cimbran y nos hacen tiritar.

              Ricardo Flores Magón y su periódico Regeneración para incitaron al pueblo a luchar por sus derechos. Escribió textos como  “Dos revolucionarios”, del 31 de diciembre de 1910, y “El apóstol”, de 7 de enero de 1911. Dos años después, en 1913, aparece La llaga, de Federico Gamboa, novela que, según José Emilio Pacheco, es la metáfora de la sociedad como una celda más amplia que oprime a todos.

La posición del escritor revolucionario o de contenido social se mantiene firme contra las llamadas “torres de marfil”; exige que el artista en general tenga una función social. Muchos artículos polemizaran al respecto. Autores como Jorge FerretisCarlos Gutiérrez Cruz y Xavier Icaza atacarán de frente a la literatura sin contenido social.

Dentro de la literatura de contenido social de incluye la literatura de temática obrera o proletaria. Estas obras critican a las clases explotadoras. Además de ser una corriente realista que contribuye a una causa política, pretende la socialización de la literatura; es decir, llevarla a las masas, ponerla a su alcance. Las tres revistas más representativas fueron CrisolFrente a frente y Ruta.

Algunos textos de los estridentistas fueron publicados en la revista Horizonte. Sin embargo, los estridentistas no hallaron seguidores entre las masas que no entendían ni la poesía vanguardista ni el sentimiento de las grandes ciudades. Se debe recordar que el Estridentismo también propuso una poética revolucionaria. De hecho, el mismo Gutiérrez Cruz rechaza lo que él consideraba superficialidad y formalismo de los “futurismos literarios” en un artículo llamado “Arte lírico y arte social”, aparecido en la revista Crisol, en septiembre de 1930.

Entre 1924 y 1925, Mariano Azuela es redescubierto. En 1929 surge el grupo literario de acción que no pretende establecer una nueva teoría del arte, sino dirigirse a las masas. Se trata del Agorismo, cuyos miembros afirman que la misión del artista es “interpretar la realidad cotidiana”. Para los agoristas, mientras existan problemas colectivos, será indigna una actitud pasiva. Uno de los miembros más representativos de este grupo fue el nacionalista Héctor Pérez Martínez, quien incluso llegará, en 1932, a reprocharle a Alfonso Reyes su ausencia de preocupación por lo mexicano. Reyes le contesta en su texto “A vuelta de correo”, por un lado, que lo mexicano siempre ha estado presente en su obra, y por otro, que la única manera de ser provechosamente nacional consiste en ser universal.

El periódico El Nacional convoca a un concurso de novela revolucionaria en 1930. Se envían más de sesenta manuscritos. La novela ganadora, Chimeneas, de Gustavo Ortiz Hernán, no se publica hasta 1937, seguramente por su excesiva tendencia proletaria.  

En 1934 apareció la revista Fábula, en la que participaron algunos autores interesados en el contenido social, como Emilio Abreu Gómez y Miguel N. Lira. Uno de los principales teóricos y escritores de la literatura de contenido social con pretensiones revolucionarias fue José Mancisidor, que editó en Jalapa la revista Ruta. Entre los miembros más reconocidos de este grupo se hallaban Armando List Arzubide y Nellie Campobello, autora de narrativa de la Revolución.

Muy relacionadas con la literatura de contenido social están la narrativa indigenista, que se manifiesta sobre todo en la novela, y la literatura del petróleo. Existe también una novela de Aurelio Robles Castillo¡Ay Jalisco… no te rajes! O la guerra santa, que se considera como manifestación de la Narrativa Cristera y toca problemas sociales y políticos.

La literatura de contenido social siguió su trayectoria durante los años cuarenta y cincuenta. En 1941 apareció el último libro de Alfonso FabilaAurora campesina. Entre las manifestaciones de un teatro social sobresale Los robachicos (1946), obra de un antiguo miembro del Ateneo de la JuventudJosé Vasconcelos. También son representativos  autores como María Chuy con el Evangelio de Lázaro Cárdenas y Tierra de hombres; Roberto Blanco Moheno.

La posibilidad de tomar la pluma y usar las letras para derruir la prístina torre de marfil en la que se encuentran muy cómodamente conviviendo la conveniencia, el interés, la corrupción y el abuso requiere valor. No se trata de un tipo de literatura panfletaria, se trata de dar una voz a aquellos que, por tener la garganta tan apretada que apenas pueden respirar, no pueden hablar.

Se trata entonces, de tender un puente de solidaridad para aquellos que desde la marginalidad piden ayuda, se trata de lanzar una tablita de salvación a aquellos sufrientes que estorban la hermosa vista de los que habitan la torre de marfil.

Abrir las puertas

El confinamiento al que nos ha sometido esta pandemia ha representado un reto tan amplio que nos ha sido difícil entenderlo. Miramos alrededor y vemos a gente confinada a piedra y lodo pero, también vemos a personas que no se protegen. Algunos tiemblan de miedo frente al germen y otros creen que no existe. Hay municipios que no registraron contagios y hay otros que ya tienen su red de hospitales saturada. Unos salen para irse de fiesta y otros para ganar dinero y traer el pan y la sal a la mesa de la casa. Nos machacaron hasta los huesos con la campaña de la sana distancia y de repente, nos topamos con que ya vamos a abrir las puertas; incluso cuando el semáforo epidemiológico está en rojo, es decir, cuando nos está alertando sobre un riesgo máximo de contagio.

               El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, presentó el mapa de México con colores del semáforo de riesgo epidemiológico. Al verlo, nos damos cuenta de que en 31 de 32 entidades, el indicador se ve en rojo; sólo Zacatecas está en naranja. “La epidemia no ha concluido, tiene que completar varios ciclos de transmisión en varios puntos del país. No debe nadie confundirse de que se está en descenso, porque no es el caso”, indicó el funcionario, ¿entonces? Hay algo que no se entiende, hay un sinsentido en abrir las puertas cuando estamos en un momento crítico. Por un lado, la gente tiene una imperiosa necesidad de salir a trabajar y por otra se siente que tanto sacrificio de quedarnos guardados va a servir de muy poco si decidimos abrir las puertas en estos momentos.

              Se siente que el Dr. López-Gatell como dice una cosa, dice otra. “La nueva normalidad es porque las actitudes, respecto a la prevención, son elementos que no se pueden quitar, probablemente en años, porque nos permiten convivir con este nuevo virus en todo el mundo”, sostuvo. El subsecretario afirmó que cada mandatario decidirá las actividades que pueden abrir con base a esto. No se le entiende, pareciera que el criterio no es claro, no hay uniformidad y eso da miedo. La información confunde, no es clara.

              Por su lado, el presidente de la república anda inquieto. Ya se le queman las habas para andar de gira, para acercarse a la gente. No se siente a gusto confinado entre las paredes de Palacio Nacional. Quiere salirse y necesita puertas abiertas. En el confinamiento se le han desajustado muchas variables y necesita poner en orden a muchos desobedientes. Aseguró, nuevamente, que se “ha domado a la pandemia” de Covid-19 —lo que contradice el dicho del funcionario de sus confianzas— y reiteró que “no se trata de números, que le mandamos el pésame a las familias”. Está claro, no es cuestión de cifras frías y lejanas, pero los números son objetivos: no mienten.

              Si Zacatecas es el único estado en el que el semáforo no está en rojo, significa que ahí el riesgo es alto —lo cual no es un gran consuelo— y todos los demás estados tienen un grado máximo de riesgo. Si la gráfica que representa el comportamiento del contagio es como el de una curva normal de Gauss, al pasar del punto más alto de contagio, se llegará a un punto de inflexión y eventualmente se entrará en un decrecimiento del número de personas infectadas. No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que todavía no hemos cruzado ese punto, todavía no llegamos ahí. Pero, estamos a punto de abrir las puertas.

              La pregunta que se me viene a la mente es ¿qué significa abrir las puertas? Es necesario tener un protocolo de regreso, saber qué pasos tenemos que seguir para la desinfección, cuáles van a ser las reglas de la nueva convivencia, cómo y dónde debemos usar tapabocas, caretas, guantes. Falta información y se necesita capacitar a la gente para que podamos entender las formas de una nueva sana convivencia.

              Dicen por ahí que Luis XIV, el Rey Sol, decía: “vístanme despacio que voy de prisa”. Todos queremos regresar a la normalidad lo antes posible; no hay quien pueda preferir estar encerrado que vivir en libertad, pero me temo que sería mejor si fuera en forma ordenada e informada. Así que, si vas a abrir las puertas, entérate de lo que debes hacer para protegerte.

Los maestros y la pandemia

Para ser maestro se requiere tener vocación. No cualquiera se para frente a un grupo a dejar lo que sabe y lo que es. Enseñar es un trabajo duro, que requiere de preparación, de preparación previa, de desempeño frente a los estudiantes, de tareas que se deben realizar después del horario de trabajo. El magisterio es una especie de peregrinar en el que los maestros tenemos que caminar contracorriente para lograr nuestro objetivo que es luchar contra la ignorancia y hacer del conocimiento un triunfo.

Nuestra cotidianidad transcurre entre salones de clases, pizarrones, gises, plumones, tareas, PowerPoint. Nos dijeron que eso es arcaico y que la enseñanza debía cambiar. Nos movieron el tapete y tuvimos que cambiar nuestros instrumentos. Adiós al aula, a la escuela, a la universidad, al calor de la convivencia y nos tuvimos que adaptar en horas a medios electrónicos.

Nuestras casas se transformaron en recintos de enseñanza, nuestra computadora en canal de comunicación. Aprendimos a usar plataformas que fueron nuestros nuevos salones, video conferencias que nos cortaban la comunicación cada cuarenta minutos, nos desgañitamos frente a una pantalla y sustituimos las caras de los alumnos por nombres para que el rendimiento del ancho de banda fuera mejor.

Además, nos llenaron de formatos para justificar que sí estábamos trabajando, nos auditaron para verificar que no nos hacíamos tontos, se metieron nuestros salones virtuales a ver lo que hacíamos y por poco se compromete la libertad de cátedra. Nos angustiamos y nos sobrepusimos. Ahora si el modem falla, se nos ponen los pelos de punta y si picamos un botón que no es, sentimos que se nos para el corazón. Hablamos frente a una pantalla y no tenemos la certeza de que nos estén haciendo caso, contamos un chiste sin saber si nos oyeron o si se lo va a llevar el viento, nos partimos el alma para mantener la atención a distancia. Transformamos la lejanía y nos hicimos presentes. Nos cambiaron las reglas del juego y aprendimos de volada.

Si los médicos y enfermeras han estado en la primera línea del frente de batalla, a nosotros nos tocó la segunda trinchera. Los maestros de preescolar y primaria son campeones, les tocó lidiar en campos complicadísimos: tratan con alumnos pequeños y con padres furiosos a los que nada les parece. Los de educación media tienen que traspasar las fronteras de la distracción propia de los adolescentes. Los que estamos en educación superior nos las ingeniamos para generar debate que mueva las neuronas de nuestros alumnos. A todos nos ha tocado contener la tristeza, manejar la apatía, controlar los nervios —ajenos y propios— para hacer posible la comunicación y transmitir conocimiento.

Muchos van a recordar esta pandemia como un periodo difícil. No hay duda. Pero, pocos van a saber decir qué fue lo que hicieron en este tiempo Yo sí que lo sé. En este tiempo tuve el privilegio de estar dando la batalla al Covid19 desde la segunda trinchera. Yo estuve dando clase.

Felicidades, maestros. Lo volvimos a hacer.

Besos

Dice el dicho que un beso y un vaso de agua no se le niegan a nadie. Y, mientras la primavera sigue siendo la época en la que las especies se aparean después del letargo invernal, a los seres humanos ese rubro se nos ha complicado mucho. Las dificultades en el terreno romántico se han multiplicado desde que nos tienen confinados. El tema preocupa y nos pone a imaginar cómo serán las relaciones amorosas después de la pandemia.  A partir del día en que Adán despertó de aquel sueño profundo y se topó con Eva, el amor es un tema esencial que ocupa la mente de la raza humana.

              Cuando se enciende la chispa de la atracción de una persona por la otra y se da paso al deseo de estar juntos, se inicia un camino con múltiples divergencias. Puede ser que un encuentro casual se convierta en algo permanente o que jamás se repita; cabe la posibilidad de que surja una relación inseparable o algo que será efímero. Si se será algo de años o de días, si los involucrados serán inseparables o compartidos, si buscarán la fidelidad o serán abiertos, todo al final se reduce a algo elemental: habrá besos.

              ¿Cómo se ajustará la idea del amor a esta situación de pandemia? Entiendo que todo toma su lugar, eventualmente. De hecho, en los últimos años, las relaciones amorosas se han cuestionado y se han modificado. Desde las aventuras poliamorosas, los amoríos casuales, las parejas abiertas, las tradicionales y cualquier otro tipo de combinaciones, todas se convierten en formas de convivencia romántica que trata actualizarse y estar a la altura de la modernidad.

Además, hay mucha ayuda que antes no había. Todo cabe en una pantalla: nuevas posibilidades para darle flujo a la fantasía erótica o romántica. Hay para todos los gustos y niveles de compromiso. Por ejemplo, las plataformas para conocer personas, hoy el que busca, encuentra. Lo malo es que no hay certeza de lo que se va a encontrar.

              De hecho, pareciera que hay una nueva tendencia para superar la idea del amor y una crítica dura a la familia como la célula mínima que representa a la sociedad. Tampoco es que eso represente una novedad, la Historia nos da ejemplos de estructuras sociales mínimas diversas: clanes, harenes, células multiparentales, comunas y tantas otras. Claro, en estas experimentaciones, también el ser humano se ha topado con grandes barreras y ha tenido que vivir estas consecuencias. Reemplazar la vinculación entre esta chispa primigenia y la necesidad de que el ser amado —deseado— tenga una preferencia exclusiva, ha sido complicado y nos ha puesto frente a un escenario de amargura y en muchos casos de soledad. La apertura abre huecos.

Si ves a tu ser amado de la mano de otra persona, tal vez, se despierten los celos o la envida por las palabras que se le dedican al otro, por los momentos que no te consagra a ti y el amor vuelve al mismo lugar.  Te quiero para mí. Hay una chispa que desata un fuego y, aunque hay otros caminos, el más placentero es el que la Humanidad ha seguido desde antiguo y eventualmente se llega a un punto en el que habrá un beso. ¿Cómo serán los besos después del Covid-19?

En las últimas décadas del siglo XX, cuando aún se exploraban los entresijos del SIDA, las expresiones amatorias se limitaron y se circunscribieron a una fidelidad que llegó a ser temerosa. Cuando se entendieron las formas posibles de contagio y se supo que la solución era tomar precauciones, los preservativos pasaron de ser un método de anticoncepción a ser un procedimiento de protección. Sólo la confianza abría la oportunidad para dejar de usarlo o los temerarios se animaban a olvidarlo. Pero, los besos se ofrecían y se daban con ánimo y gran libertad. Esta cepa de coronavirus se transmite por la saliva y nos deja en un estado de indefensión si queremos besar a alguien.

No me refiero nada más a los besos apasionados que involucran ánimo erótico, también aquellos llenos de ternura que se le da a una hija, al que acompaña el saludo fraternal para un amigo, el que sella un pacto entre colegas, el que se da como un signo de respetuosa despedida. Puede suceder que nos de miedo andar de besucones. Porque, una cosa es vivir con tapabocas y careta y otra muy distinta es dar un beso con ese nivel de protección. Entiendo que para todo hay nuevas formas, pero no hay que darle muchas vueltas: hay cosas que saben mejor a la antigüita. 

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