La elección de Time

Como cada diciembre, la revista Time elige al personaje del año. La elección se refiere a una figura de impacto y trascendencia que pone el reflector de atención del mundo en el ojo del huracán. Por supuesto, la designación de La persona del año es una especie de tributo, un acto para honrar la obra, la acción, el ejemplo del elegido. La selección de este año es gloriosa. Son las mujeres del silencio, o mejor dicho, las que decidieron romper el silencio para denunciar que fueron víctimas de abuso.

Una víctima que decide hablar es una persona que trasciende el dolor a base de valor. El conjunto de valientes es tan diverso que causa admiración. Lo mismo está Ashley Judd, Taylor Swift, Susan Fowler —de Uber—, Adama Iwu —de Visa, la mexicana Isabel Pascual y una persona más de la que no conocemos su identidad.

La fotografía de la portada de Time me resulta sobrecogedora. Las mujeres miran de frente, vemos las caras valerosas, heroicas, de todas menos de una. No sé de quién es el brazo y ese dorso que decidió quedar en el anonimato. La figura, como la define Auerbach, es un signo, un símbolo que representa y completa el significado. Se hace presente en nuestra imaginación y ocupa un espacio vacío. Esa manga de terciopelo que no tiene rostro sustituye a todas las que siguen en silencio y nos lleva a reflexionar sobre la decisión que la lleva a quedarse callada.

Ese brazo y ese dorso pueden ser el tuyo o el mío, el de una madre o una hermana, el de una amiga o el de tu hija. Puede ser el de una mujer en plenitud, con fuerza o el de una anciana débil o el de una niña inocente. Todas las representaciones de las indefensas que padecieron el exceso de fuerza, el abuso de poder, la extralimitación, la transgresión, la invasión. Todas merecen una portada para sí mismas. Sin embargo, ese brazo nos reúne a todas las mujeres que hemos padecido el dolor de un abuso y ni tenemos la fuerza para gritar lo que sucedió ni el valor para poner la cara. No importa el rostro. Lo que importa es llamar la atención sobre una de las muestras de insensibilidad más grandes de la Humanidad.

Por las que no tienen esa voz, por las que el dolor no les permite mostrarse, por las que la vergüenza les prohibe delatar al agresor, por las que tienen miedo, por las que murieron antes de poder abrir la boca, por las que dejamos morir gracias a nuestro disimulo, por los que creen que ellas se la buscaron, por los que se pasaron de listos, por la impunidad que los protege, por tantas lágrimas que se han quedado en la penumbra, por ellas, por nosotras, me alegro tanto que Time haya dejado un espacio a las que queriendo, aun no pueden romper el silencio.

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Lágrimas por Jerusalem

“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.” Lc 19:41-44.

Para los creyentes de muchas religiones, Jerusalem es el centro del universo. La llamamos Tierra Santa. Los pasos de Dios y su mirada han quedado plasmadas en las calles y murallas de esta ciudad sagrada. Pero, la tierra prometida, la roca del profeta Mahoma, el sitio de la Resurrección de Jesús es un espacio que no encuentra calma desde hace años.

Caminar por las calles de Jerusalem es algo único. El misterio de lo divino, la diversidad de los cultos, el recelo de la fe se mezclan en un conglomerado tan diferente como entrañable. Es peligroso, es fuerte, es conmovedor. Amo Jerusalem con ese amor entrañable y apasionado que nada me detuvo para recorrer la Ciudad Santa antes del amanecer y llegar a centro de mi fe. Por eso, la piel se me enchina al ver la necedad de quienes sin deberla ni temerla meten ruido político que no suma paz.

Jesús lloró al ver Jerusalem desde el Monte de los Olivos. Sabía lo que esta ciudad iba a padecer.

No entendemos. La paz es el vehículo de la verdadera felicidad. Los muros, las separaciones, los detectores de metales, no sirven. Al revés, generan resentimiento. El muro que divide a Palestina de Israel es más alto que el que inicia en Belén y termina en Sisjordania. El respeto a las diferencias no se manifiesta con imposiciones. La tranquilidad huye presurosa frente a los gritos y a los golpes de poder.

La embajada de cualquier país en Jerusalem es una manifestación de falta de sensibilidad. La de Estados Unidos es un signo de imperialismo. Qué lejos lucen los acuerdos de Camp David, qué distantes están Arafat y Rabin, qué pequeños lucen Netanyahu y Trump, qué pena más grande siento por una ciudad que sin pedirlo, se ha convertido en un bastión político sin que le sea respetada su santidad.

Emanciparse

El lenguaje es un elemento vivo que crece, se modifica y genera nuevos significados. Por eso, lo que antes representaba una cosa, hoy expresa algo distinto. El término emancipación es un excelente ejemplo. Para la generación de mis padres fue algo tan diferente a lo que quiere decir para sus nietos. La emancipación se refiere a acceder a un estado de autonomía por cese de la sujeción a alguna autoridad. El antecedente histórico de la emancipación viene del Imperio Romano, la venia aetatis era concedida por el emperador a los varones mayores de veinte años, por virtud de la cual esos menores de edad disfrutaban de una capacidad que les permitía disponer de sus bienes muebles. La mayoría de edad en Roma se alcanzaba a los veinticinco años. En general, el que se emancipa sale de la comodidad del nido parental para volar con sus propios medios. Claro, ahora emanciparse significa muchas cosas diferentes, dependiendo de muchas variables, que no necesariamente devienen en dejar de depender de los padres.

Mi papá por ejemplo, salió de su pueblo natal a los trece años para continuar con sus estudios. Evidentemente, llegó a la Ciudad de México contando con el apoyo de su familia, aunque mi padre ya era independiente antes de terminar la carrera universitaria. Es decir, alcanzó la autonomía cuando rondaba los veinticinco, muy al estilo romano. Yo, en cambio, viví en casa de mis padres hasta que me casé. Seguí gozando del abrigo familiar a pesar de que yo empecé a trabajar muy pronto y era económicamente autosuficiente. El apoyo de mis padres me ayudó a ahorrar y era frecuente que mi papá pagara muchas de mis cuentas, mientras estaba soltera. Pero, era una cortesía. Ya no era una obligación.

En mi generación eran pocos los que salían de sus casas antes de casarse, si vivías en una ciudad en la que pudieras continuar tus estudios. Si no, salías de casa con el apoyo familiar y al terminar muchos enfrentaban la decisión de regresar al hogar o de buscar vida independiente. Lo que sí quedaba claro era que al emanciparse, la autonomía implicaba hacerse cargo de uno mismo al cien por ciento.

Hoy, emanciparse no significa ser independiente. La mayoría de los jóvenes salen de la casa familiar sin que ello represente que los padres dejen de apoyar. Los hijos se van, especialmente si en su lugar de nacimiento no hay posibilidades de estudio y reciben una mensualidad para mantenerse: se les paga renta, servicios, vestido, diversión. El paquete incluye menaje de casa, gastos de auto, salud, libros, colegiaturas, y un etcétera tan amplio como la profundidad de las carteras de los progenitores. Se emancipan pero poquito. Se independizan pero no tanto.

El apoyo que los emancipados reciben de papá y mamá no sólo incluye dinero, también incluye comida —que se llevan del refrigerador de los padres o que mamá les prepara para que se lleven a casa—, servicio de lavandería, tintorería, lavado del auto, zurcido y lo que haga falta. Normal, si hablamos de estudiantes. Pero, los emancipados siguen recibiendo ayuda incluso cuando han concluido los estudios y están en el trance de ver qué harán con sus vidas. Es decir, mientras piensan si quieren trabajar o hacer una maestría, si hacen un examen de colocación o si logran una posición laboral, los papás siguen apoyando. A veces esos periodos de incertidumbre se prolongan por años y encontramos a estos neoemancipados cumpliendo treinta y tantos años y recibiendo apoyo de los papás.

Las razones de este nuevo lado de la emancipación tiene que ver con los salarios simbólicos, los bajos sueldos, los alquileres tan caros, los tiempos de estudio que se han alargado y la escasez de fuentes de empleo. El problema se ha generalizado, pasa en México, en España, en Francia, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo. Esta pseudo emancipación tiene consecuencias a nivel sociológico. Los jóvenes no entienden que han alcanzado la vida adulta porque falta algo fundamental: independencia económica. Es triste ver a personas que están a punto de cumplir treinta años dependiendo de sus padres sin llegar a ser completamente adultos. ¿Qué pasó?

La cifra es objetiva y refleja los alcances de esta pseudo emancipación. Según El Pais, el 79% de los jóvenes —emancipados o no— reciben apoyo de sus padres. La cifra creció con respecto a 2008 en el que el porcentaje era del 52%. ¿Será que los padres de estos tiempos se han encargado de construir nidos tan cómodos que ya nadie quiere salir de ahí? ¿Será que siempre ha sido así? Lo cierto es que entre el miedo, la ilusión, los riesgos, las ideas chocan con la realidad que descarrila los sueños de muchas generaciones.

Lo que quedará de los Estados Unidos

La presidencia de Donald Trump parece un chivo en cristalería. Los movimientos de este sujeto parecen torpes y violentos pero se mueven en una línea estratégica que lo lleva a conseguir sus metas. Sus convicciones son tan firmes como la roca de Gibraltar y su perseverancia es inquebrantable. No le gusta el libre comercio, no entiende de economía, no le caen bien los migrantes, le interesan poco los derechos humanos, no sabe de diplomacia, considera que el cambio climático es una tontería.Así ejerce su mandato, entre gritos y sombrerazos, va derecho y no se quita. Se ve a sí mismo y tiene tantos puntos ciegos que se parece al personaje principal del cuento El traje nuevo del emperador.

Así ganó la presidencia, así abandonó el TPP, el Acuerdo de París, el Tratado de Refugiados. Así va como una aplanadora arrasando con todo lo que tiene a su alcance. Y, así fue como le prometió a sus conciudadanos hacer de su nación algo grande otra vez. Lo está logrando: está haciendo un gran desastre. La imagen del estadounidense ignorante, bobalicón, pedante y súper racista ha agitado el desprecio mundial vuelve por los fueron de este sujeto. Pasaron muchos años para que se borrara esa caricatura mal planteada del gringo que come sin modales, que viste de shorts y usa camisas floreadas, que no quiere usar zapatos y jamás se pone una corbata.

Y, luego vino la imagen desdibujada de los Chicago boys, de los bostonianos civilizantes, de los yuppies que se comían el mundo a puños pero que no hacían ruido con la boca, conocían de vino y buen vivir. Creímos que todos eran Paul Auster, Michael Porter, Michelle Obama o Reese Witherspoon. Nos olvidamos de los gambusinos, del kukuxklan, de las sectas como la de Waco Texas, de las señoras que guardan cadáveres en el congelador y de los sujetos como Harvey Weinstein.

Y, Trump les habló a ellos. Lo escucharon. Lo llevaron a la presidencia. Lo apoyan. Su presidente es fiel a ellos. Es consistente. Con la consciencia, o inconsciencia, de hacer y luego reparar, va tirando acuerdos y deshaciendo lo que tardaron años en levantar.

En esa consistencia, Trump toma lo que le conviene a sus intereses, usa a quien le ayuda y cuando deja de serle útil lo abandona. La lista de colaboradores que se han quedado colgados en el aire y caen al precipicio es larga y no hay novedades. Desde Spicer hasta Flynn sobran ejemplos de las traiciones de la administración trumpista. Muchos auguran que ya empezó la recta final de este mandato. Se le desmorona el entramado, el problema no es ese, es responder a una pregunta elemental. ¿Qué quedará de Estados Unidos después de Trump?

Chalchihuatlán y Chenaló

A veces vemos sin ver, o peor aún: perdemos la mirada en la lejanía y desestimamos lo que tenemos lejos. Estamos acostumbrados a pensar que la tragedia está lejos, que la guerra está más allá de nuestras fronteras, que los conflictos de identidad pertenecen a otras latitudes y nos olvidamos de lo que tenemos cerca en nuestra casa, con nuestra gente. El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, A.C., lanza una severa advertencia, hay una situación de emergencia en la zona de los Altos de Chiapas.

Hay comunidades que están viviendo en terror, se escuchan rumores de que entrará gente armada a agredir a personas que se encuentran en la zona, falta la comida, los negocios bajaron las cortinas, las gasolineras están cerrando, se amenaza con cortes de energía eléctrica. La gente reporta estar abandonada a su suerte, tienen miedo y el ruido de los balazos no para. Hay aproximadamente setenta mil personas afectadas por esta crisis de la que nadie habla.

El conflicto que desató la violencia es viejo, tiene cuarenta y cinco años. Se trata de una disputa por los límites territoriales entre Chalchihuatlán y Chenaló. La confrontación inició en 1975 cuando San Pablo Chalchihuatlán recibió el Reconocimiento y Titulación de Biens Comunales que tardó quince años en ser ejecutado. El municipio vecino de Chenaló se inconformó y empezaron los dimes y diretes, los juicios y expedientes, los temas con el Tribunal Unitario Agrario y con la espera eterna de una sentencia.

El que espera se desespera, especialmente cuando pasan los años y las soluciones no llegan. Los enojos crecen, los enconos se vuelven más agrios y algo que pudo haberse solucionado en forma sencilla se convierte en un problema que pone en peligro a setenta mil personas que están siendo desplazadas, que tienen que abandonar su tierra porque tienen miedo de perder la vida.

Pero, tan acostumbrados como estamos a mirar lejos y a sentir que los problemas están en otro lado, dejamos que nuestra gente padezca sin ser atendida. La gente está armada y centenares de familias han sido desplazadas. Muchos huyen a refugiarse a los montes, mientras otros cortan las carreteras y bloquean los accesos a los municipios dejándolos completamente incomunicados.

Esto sucede en casa, en nuestro México, con nuestra gente. Pareciera que más de cuarenta años no le han sido suficientes a nuestras autoridades para arreglar este problema. Mirar a otro lado no ayuda a nadie. Pero, a veces vemos sin ver o preferimos mirar a otro lado. Sin embargo, llegan momentos en los que las lagrimas de los nuestros no pueden ser desatendidas. Chiapas no está lejos: está en México.

La solidaridad que debemos de mostrar con nuestra propia gente inicia cuando los miramos, cuando al verlos nos enteramos y forjamos un criterio al respecto. Así, con la mirada puesta en la gente que tiene que salir huyendo y que no encuentra amparo en las instituciones, que encuentra refugio en cuevas en vez de en el Estado. Así podemos empezar a exigir.

Mientras los futuros candidatos a los puestos de elección popular están eligiendo sus trajes y posan para las fotos en las que presumirán sus mejores sonrisas, en los Altos de Chiapas hay dos comunidades que están siendo asoladas por la angustia, el llanto y la desesperación. Es obligación del Estado Mexicano garantizar la paz, ese es el contrato social que tenemos establecido. Ese es el derecho que nos deben certificar.

No obstante, mientras todos estamos distraídos en los grandes temas nacionales, en los Altos de Chiapas hay gente que recorre los pasos del conflicto y la tristeza. ¿Qué no hemos aprendido la lección de la Historia? En Chenaló y Chalchihuatrlán hay una crisis que nadie parece ver.

Vivir con ochenta y ocho pesos

Subió el salario mínimo. Las reacciones frente a esta decisión son pendulares, van de un extremo a otro. Por un lado, están aquellos que piensan que es justo y necesario y que el incremento se quedó corto y por el otro están los que opinan que el aumento tendrá un efecto inflacionario y que la mejora no servirá para nada. En fin, desde los extremos entre loas y diatribas, el salario mínimo llega a ochenta y ocho pesos con treinta y seis centavos. Este crecimiento salarial me lleva a pensar en las familias que se deben sujetar a este ingreso.

Las cifras son impersonales, frías, lejanas. Cuando aterrizamos en situaciones concretas se nos pone la piel de gallina. Imaginar cómo es la vida de aquellos que tienen que pagar una renta, servicios como luz, gas, comida y lo indispensable para vivir no nos lleva muy lejos. La fantasía se nos agota al tratar de ver cómo le hace una familia para pagar bienes y servicios que suben mucho más que lo que se incrementa su capacidad de pago.

Puede ser que la medida sea inflacionaria y que traiga menos beneficios que lo que nos quieren hacer creer. Seguramente, muchos políticos toman esta bandera para llevar agua a su molino y para conseguir puntos en el electorado que para aliviar la necesidad de la gente. Sí, pero la verdad es que con ochenta y ocho pesos con treinta centavos no hay forma de vivir con decoro.

No hablo de lujos o de necesidades superfluas, hablo de comer, de transportarse, de vestir: de tener lo básico. Entendiendo que el Estado se hará cargo de aquello que haga falta. Asumiendo que el Estado no sube los precios de los servicios que proporciona. No, no hay forma que podamos comprender cómo es que se pueda decir que ochenta y ocho pesos con treinta centavos le puede alcanzar a alguien para vivir. Estamos hablando de cuatro euros, de seis dólares y puesto en perspectiva ¿qué individuo puede hacer rendir esa cantidad?

Es probable que el incremento traiga ventajas menores a quienes debiera beneficiar. Es casi seguro que con ocho pesos más no se vaya a resolver ningún problema. Es seguro que el meollo del problema no radica en unos cuantos pesos de crecimiento del ingreso personal. El problema es que en México,  la gente que gana poco, gana muy poco.

 

Otra vez, el buen fin

Una vez más el consumidor enfrenta en buen fin. Anuncios publicitarios, correos electrónicos, sugerencias de big data, redes sociales vibrantes, anuncios de radio, se vuelven impactos que buscan llamar la atención e impulsar el consumo. Oferta, descuento, oportunidad, son las palabras que nos pueblan la cabeza y nos dejan mareados. Sentimos ansiedad de aprovechar tanto remate que terminamos comprando cosas que no necesitamos y que pagaremos a cortas mensualidades. Es más, seguiremos pagando cuando la compra haya sido olvidada.

La intención es buena, activar el consumo es poner la economía en movimiento. Si y sólo si el consumo se corresponde con la capacidad de pago. Cuando nos excedemos, cuando compramos más de lo que podemos pagar, nos metemos en camisa de once varas y el circulo virtuoso se convierte en una calamidad. La calamidad inicia en un absurdo si encima compramos lo que no necesitamos. La compra se convierte en un desperdicio que se quedara arrumbada, olvidada, pero que tendremos que seguir pagando.

Como siempre, el análisis y la reflexión son el antídoto. La continencia es la mejor recomendación. El consumo inteligente activa la economía, el sobre endeudamiento, no. Es increíble la cantidad de veces que tropezamos y compramos ropa, aparatos eléctricos, electrónicos, juguetes y monaduchas que no volveremos a usar y que quedarán olvidadas en el fondo de un cajón.

Para el buen fin, el consejo de mi mamá es pertinente: cuando vayas a comprar algo, piensa en dónde lo vas a poner y cuántas veces lo vas a usar. Así, tal vez comprar una televisión o una computadora o una herramienta de trabajo sea una buena opción en vez de comprar otra camiseta de algodón color blanco que a la primera lavada quedará inservible y que tendremos que seguir pagando, incluso cuando ya nos olvidamos de ella.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos –cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio–, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

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