Europa sin Grecia

Pensar en Europa sin Grecia parece un sinsentido tan grande que raya en la ridiculez. Los que observamos desde afuera abrimos los ojos y se nos caen las quijadas, ¿qué la visión eurocéntrica no surgió de la plaza pública de Atenas? Sí, pero eso fue hace mucho tiempo. Esto es otra cosa. El proyecto de la zona euro inició como una contrapropuesta al orden de comercio internacional que se estableció después de la Guerra Fría. Fue la protesta ante un rey dólar que se convertía en la moneda de curso legal del mundo y que ordenaba la Babelia propiciada por tantas monedas corrrientes en el mundo. Entonces, si Francia le quería vender a Alemania, saltaban del franco al dólar y después al marco. Los Estados Unidos marcaron el eje rector y Europa decidió poner fin a ese poderío de intermediación. Abajo las barreras, fuera los intermediarios, Europa también es una opción.

La zona Euro habría de ser un espacio unido por una moneda fuerte, que derribara fronteras, propiciara una actividad económica sostenida y permitiera el libre tránsito  para personas y mercancías. El proyecto sonaba muy bien pero había salvedades. Alemania estaba dividida y el territorio europeo tenía diferencias. El nivel de desarrollo e infraestructura no era uniforme, era preciso emparejar las diferencias. Los estados más fuertes estuvieron dispuestos a meter manos a la bolsa para cristalizar el proyecto. El plan era un ganar-ganar en pos de una Europa unida.

Sin embargo, no sólo jugaron las variables económicas, los europeos no son iguales, no piensan de la misma forma. Un español es diferente a un aleman, un portugués no actúa como un austriaco, un irlandés no vive como un eslovaco, un griego no piensa como un belga. El manejo de los recursos ha sido complicado, la exhuberancia de los italianos ha contrastado con la mesura alemana, la fiesta española y la apertura después de una etapa represiva devino en una crisis de pérdida de empleo. Chipre, Portugal, Irlanda, España y Grecia empezaron a pasarla mal después de unos años de muchas transformaciones. No todo resultó conforme al plan.

El problema en sí fue el mismo, se gastó más de lo debido y llegó el momento de pagar. El crédito se explotó mal y tronó una bomba de tiempo. Europa decidió permanecer unida, dar prorrogas, generar alternativas de solución. El sacrificio es duro y como siempre a unos les cuesta más que a otros. El problema de Grecia fue que se falseo la información contable y la mentira se descubrió en 2004. Alemania y Francia pusieron en grito en el cielo pero tendieron la mano. Nadie contaba con la astucia de un candidato que sacara adelante sus aspiraciones politicas poniendo al frente promesas populistas que enfrentaran a Europa con los electores.

Él ultimátum está dado, Grecia debe pagar y aceptar condiciones para seguir siendo parte de la zona Euro, el mandatario griego dice que no. Los bancos están cerrados y el mundo tiene puesta la mirada en las costas del Egeo. Desde allá la marejada financiera arrasa a los mercados del mundo ante la posibilidad de que los griegos se declaren en suspensión de pagos.  ¿Y las pensiones, y el dinero, y ahora qué va a pasar? Prometer no empobrece, dice el dicho, pero parece que las promesas de Tsipras no van a confirmar el dicho. 

Es un sinsentido pensar en Europa sin Grecia, por todos lados y para todas partes. Lo es para la zona en su conjunto ya que será la posibilidad del inicio del resquebrajamiento, lo es para Grecia que lo iniciara fatal fuera del cobijo europeo, lo es para el mundo que resentirá la volatilidad provocada por la situación. Todo luce tan fácil al tomar un micrófono y prometer, al escuchar y creer a un candidato que anticipa acciones sin prever consecuencias. 

¿Cómo hará el mundo para resistir el impacto de una Europa sin Grecia? ¿Cómo le harán los griegos para sortear esa soledad? ¿Qué le dice Tsipras a sus electores? Los convoca a un referéndum para este domingo, mientras el mundo ve si la ira de Zeus nos azotará desde el Olimpo. 

  

La destrucción del equilibrio en The Children Act, Ian McEwan.

 

 

The Children Act

Ian McEwan

Doubleday, Random House

London, 2014.

Todo parece tan inocente, tan tranquilo, tan plácido pero cuidado, estamos frente a un autor de pluma pesada, sabemos que en cualquier momento Ian McEwan nos confrontará con un hecho disruptivo que alterará ese equilibrio tan palpable que los lectores disfrutamos en los primeros renglones de The Children Act. Nada de qué sorprenderse, McEwan es fiel a la estructura esquemática de su escritura. Lo asombroso es la forma en la que logra atraparnos a pesar de recurrir siempre al mismo método: una situación de arranque que plantea una escena en que los personajes están cómodos y un evento disruptivo que altera y destruye el equilibrio. Esta secuencia, según Cecilia Urbina, “sugiere un cuestionamiento: ¿existe un mal latente susceptible a introducirse por azar en la vida de los individuos?”[1] Esta interrogante lo ha acompañado a lo largo de su obra literaria.

En The Children´s Act, un McEwan seguro de su pluma, lo manifiesta desde el principio: habrá motivos para inquietarse, la armonía está a punto de romperse, siempre, cada vez. La emoción regente a lo largo de la novela es un contraste desorientador, la placidez frente a un mal oculto que quiere atacar. En las primeras páginas percibimos una necesidad de aventura en personajes que ni se dibujan audaces ni se les ve que tengan necesidad de cortejar el peligro. Son personas de casi sesenta años que viven en el desahogo que da el privilegio y que tienen una comezón por vivir la aventura que no experimentaron en la juventud. Es el prurito que se altera cuando se es consciente de que los años jóvenes ya pasaron. Es la sensación de querer hacer una travesura, que tienen todos los que siempre han sido ordenados y correctos en la vida.

McEwan nos introduce a una sala confortable, de un departamento de Londres, en una tarde lluviosa donde habita un matrimonio compuesto por Fiona May, juez que preside la sala de la Corte de Asuntos Familiares y Jack un catedrático. Es domingo y ella se prepara para la audiencia del lunes mientras toma un whisky. El marido se acerca a decirle que tiene una amante y no quiere divorciarse, simplemente quiere darle vuelo a una aventura. Ahí el primer golpe autoral, de los muchos que se presentarán en la novela.

La tensión inicial se tiende sobre los terrenos del matrimonio, la fidelidad, el divorcio y el abandono. “La riqueza casi falla al traer una felicidad prolongada. La cotidianidad se pintaba con batallas campales con la persona tan amada. Toda la pena diaria, tenía esos temas comunes, esa uniformidad humana de todos los días. (p. 5)” Pensamos que le trama se urdirá en torno a los valores que sustentan un matrimonio añejo, sin hijos, de cónyuges con estudios y preparación, que  siguen a la letra los principios del siglo XXI “Libertad económica y moral, virtud, compasión, altruismo, trabajo satisfactorio, compromiso en las tareas, una red de amistades, estima de los demás, persecución de la trascendencia y tenerse el uno y el otro como centro de la existencia. (P. 17)” Vuelvo a advertir, se trata de McEwan que engaña al lector ingenuo. El trae otro tema entre manos y lo abordará dándole una vuelta de cuerda a la novela. “¿Estaría la vida a punto de cambiar? p.15 ”

                A lo largo de las páginas brincamos del tema matrimonial al tema de Dios: “Aquellos que creen firmemente, no sólo en su existencia, sino que dicen conocer y entender su voluntad. (p. 28)”; al de la eutanasia: “Los clérigos deberían de intentar anular el potencial de una vida significativa para sostener una línea teológica. La ley por su parte tiene problemas similares cuando permite a los médicos sofocar, deshidratar, matar de hambre a pacientes que no tienen esperanza de sobrevivir ya los que no se les permite el alivio instantáneo de una inyección fatal. p. 31)”; al de la carencia de un toque humano frente al enfermo: “El viejo sistema, lento e ineficiente, exento del toque humano, p. 37”.

Children Act, nos presenta varias reflexiones. Fiona Maye es una prestigiada juez, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad en la corte. No tiene hijos y tiene un matrimonio de treinta años en crisis. También tiene un caso urgente que atender: Adam, un muchacho de diecisiete años se rehúsa a aceptar por motivos religiosos el tratamiento que le salvaría la vida. Él no puede decidir, por ser menor de edad y los médicos están apelando a la corte ya que los padres no quieren someter a su hijo al tratamiento.

El encuentro entre Fiona y Adam tiene repercusiones sorprendentes. Nadie se debe enganchar en las primeras intenciones de Mc Ewan, siempre tiene un propósito de fondo que nunca es evidente a primera vista. El lector se sorprende una y otra y otra vez a lo largo de la novela, así como se enternece y logra comprender los distintos puntos de vista que un narrador omnisciente descubre con objetividad al lector.

Se agradece la buena pluma que nos permite saltar de un tema al otro, de un hilo narrativo a otro, en el que se enredan personajes que conviven con el abandono, la violencia, el egoísmo, el miedo y sobre todo, la falta de certidumbre. Siempre contrastando entre la tranquilidad y el evento que la arrebata. ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

Frente a los hombres que no corrían en mundo sino que lo hacían correr, el expresaba esas frases, no como creencias abrigadas, sino como hechos: como un ingeniero describiendo la construcción de un puente. (p. 78)”

                “La fe es una atmosfera de sinceridad y fuerza que sostiene la creencia. (p.87)”

                “Sin fe, que abierto y hermoso le puede resultar el mundo, que terrible le debe resultar. (p.219)”.

                The Children Act es un éxodo de sentimientos y sensaciones que abren la puerta a la tristeza, al miedo frente a la muerte, al fin de los que tienen fe y al de los que no la tienen; a la postura frente a los que creen y a los que no, a las diferencias que se hermanan frente a la tristeza y el desamparo. La novela nos hace sospechar sobre el derrotero de esos jóvenes de los años sesenta, tan ansiosos, tan liberales, con tantos cuestionamientos y tan apasionados por el amor y la paz que ahora que tienen sesenta años y se han convertido en parte del status quo.

Como si se tratara de un músico que tiene tanta seguridad en las notas que nos llevarán al clímax, McEwan nos revela los acordes que se repetirán una y otra vez hasta el cierre de la sinfonía. El autor confía en los hechos disruptivos que asaltan por sorpresa y roban la calma. Ya lo sabemos y, sin embargo, seguimos cayendo embrujados ante la narración. Ian McEwan cree tanto en la estructura arquitectónica de sus novelas que no tiene miedo de repetirla nuevamente y, no sólo eso, se regodea con repeticiones del método en varias ocasiones a lo largo de la obra. El contraste que se da en situaciones en las que aparentemente no pasa nada. Las diferencias que surgen cuando todo es plano y uniforme. Y, claro, cuando el lector piensa que ya está cómodamente abordando el tema que el autor quiere desarrollar, llega McEwan y le destruye el equilibrio. Existe, cómo plantea Urbina, un mal latente susceptible a invadir la armonía de los seres, así, de repente. Tal parece que McEwan está determinado a demostrar que así es.

 

               

[1] Urbina C. La ruta de la creatividad, Ed. Casa Lamm, México 2013. p.43

¿A dónde irán?

Desde el avión veo una lancha que surca el mar a toda velocidad. ¿A dónde irán?, me pregunto. ¿A dónde irán?, se preguntarán ellos. En su avanzar dejan una estela de espuma que aunque es casi imperceptible por la altura, se puede ver. Sin embargo, la evidencia de ese paso se desdibuja a los pocos metros. 

A esta altura, en el atardecer, el reflejo del sol le da al agua la apariencia de una piel de mujer joven, pero no tanto. Las olas que se distinguen son pequeñas arrugas que comienzan a brotar y los destellos de luz figuran poros de una epidermis eterna e interminable.

El cielo aborregado visto desde arriba tiene una sensación distinta. Parece una colcha de piel de alpaca que cubre la enorme cama de la bóveda celeste que acuna al sol. Es una red nubosa que se teje entre el cielo y el mar. En medio estoy yo.

La sombra de las nubes se refleja en la supercifie del mar, en cambio, la figura del avión es tan pequeñita que no se hace notar. No parece haber más evidencia del paso más que el rugido que sale de los motores que va quedando en el camino y que se desvanece en cuestión de segundos. 

Hay figuras en esos cúmulos aborregados. Caras sonrientes, como las de los dibujos de los niños, elefantes de trompas arrugadas, tortugas con caparazones que miden kilómetros, hipopótamos y pantalones de mezclilla arrugados. Perros y gatos, rostros, muchos rostros. La cara de una bruja. La bruja sonríe. Parece estar de buen humor. Todos están de buen humor. También yo. El sol del oeste es un foco amarillo redondo y luminoso. El azul del cielo es muy pálido, tímido ante el dorado de los rayos que atraviesan la ventana y llegan a las caras, a esas caras que veo en las nubes y a esta cara mía. En un parpadear cambian, unas se deshacen otras se transforman.

Ojalá se pudiera caminar en las nubes, correr descalza sin hundirse en la ilusión de lo mullido. Ojalá se pudiera saltar sobre ellas, en forma lenta, impulsarse y salir disparada, dibujar un parábola antes de  alcanzar el destino, hacer pirueta sin sentir miedo y acunarme sonriendo en ese tejido apretado de vapor de agua. No, no se puede, ojalá se pudiera, pero no. ¿O, si se puede? 

Se puede ver, no tocar. Así son muchas más cosas de las que quisieramos aceptar. Las podemos percibr de una  forma y disfrutar de ellas, intentar hacerlo en otra forma es atentar contra su esencia y desperdiciar momentos de felicidad. Eso, imagino, debe ser la contemplación. Encontrar la forma de encontrarte, sin la necesidad de imponer condiciones, sin el imperio de mi voluntad sobre la tuya, con el único afán de estar a tu lado. Eso, me imagino debe ser el Amor al que te refieres y la Fe que se requiere. 

No dejan de ser curiosos los efectos que causan estos instantes de  observación de la naturaleza. La dimensión entre lo pequeño y lo grande. Los espacios en donde se manifiesta lo inmenso y donde algunos logran encontrarte. 

Ya no veo la lancha y seguro ellos no ven el avion. ¿A dónde irán? Me parece que todos llevamos el mismo destino, sólo que unos lo ven de una forma y otros lo sentimos de otra. Sin duda, todos vamos al mismo lugar. 

  

Diferencias

Hablar de diferencias es arriesgarse a entrar a mundo pantanoso y resbaladizo. Por lo general, la gente se escandaliza, se lleva las manos a la boca, frunce el ceño y se santigua, como si eso bastara para sanjar la brecha que existe entre las personas. El escritor austriaco Thomas Bernhard se ganó la antipatía de muchos al decir que en Salzburgo sólo vivían burgueses y burreros. 

Y es que claro, quien quiera hablar de diferencias debe saber que sacará chispas. Los límites son incómodos y a nadie le gusta estar del lado de los burreros. A los burgueses les parece que  no es delicado resaltar las diferencias. Ahí empieza el gran mal, nos hacemos de la vista gorda, soslayamos el tema y pasamos de largo a pensar en otras cosas.

Con mucha razón el recerendo Martin Luther King decía, no me duelen tanto las acciones de los malos como la indiferencia de la gente que se dice buena. Entonces, por no pisar terrenos resbalosos preferimos pasar de largo sin siquiera tocar el tema, ya mo se diga pasar a acciones de ayuda o solución.

Ni modo, un primer paso es reconocernos diferentes. Entender que existe una brecha enorme que separa a personas que carecen de todo es empezar a verlas. Si las vemos, podremos entenderlas. Si nos percatamos de su existencia, nos atreveremos a extender la mano. Si negamos las diferencias, estamos fomentando su crecimiento. ¿Queremos ser igualitarios? Hablemos sin miedo y con responsabilidad de lo que nos hace distintos. Hay cosas que no van a cambiar jamás, pero hay muchas que con voluntad, sí que se pueden.

Tú y yo no somos iguales, si podemos decirlo con tranquilidad y sin agresiones, si podemos verlo con naturalidad y sin escándalo, entonces lograremos irnos acercando. Podremos vernos y eso, hoy, ya es avance.

  

El video de Donald Trump

Donald Trump no es simpático, nunca lo ha sido ni jamás lo va a ser. En su estuche de habilidades, esa no se logra encontrar, sin embargo, no se le puede tachar de ser estúpido, por más que él se empeñe en parecerlo. Se le puede decir que es tan soberbio que raya en la idiotez, que es tan indolente que no le importa exhibirse como un cretino, que es tan majadero que parece un deficiente mental y que el uso de la palabra lo desperdicia a niveles que nos hace pensar que perdió el cerebro. Pero, Donald Trump no tiene un pelo de tonto.

Digo que no es estúpido porque, con independencia de la historia romántica del hijo de un pobre hombre que era obrero en el ramo de la construcción y luego desarrolló un imperio, Trump tiene un MBA de la Universidad  de Wharton, sí tiene una fortuna que ha sabido mantener y hacer crecer. También tiene olfato y sabe dónde estar para que los proyectos germinen. Eso sí. 

Pero de ahí a llegar a ser Presidente de lso Estados Unidos hay una gran brecha que le hace falta llenar. Convencer a los electores, lograr apoyos para la campaña, entrar a las grandes ligas de la toma de decisiones requiere personas con mejores arrestos. Los estadounidenses ya tuvieron su ración de bravocunería mezclada con miedo y no les gustó. El último de los Bush los dejó tan asustados y enfadados que prefirieron al candidato todo sonrisas, más educado, más preparado y que tuvo mejores modos.

Las bravatas de Donald Trump no tienen importancia, no hay forma de que un personaje cuyo mejor elemento de campaña es mostrar billetes, llegue a la Casa Blanca. Mr. Trump olvida que el sector que decide en la democracia más perfecta es elitista en serio y no se dejan deslumbrar con espejitos. No les gustan las disonancias de los nuevos ricos que exhiben monedas y falta de clase. También olvida que los que llevaron en la última elección presidencial a que el fiel de la balanza se inclinara por los demócratas fueron los latinos.

Tampoco es el hombre guapo que vaya a deslumbrar a las masas con un rostro hermoso, un pelo perfecto, una sonrisa dorada y porte impecable. No, ni de chiste. Ni es un poeta que vaya a seducur por la elección de palabras o la articulación de ideas. Está claro que mucho que decir no tiene.

Lo que Trump sí tiene es cara y no le importa lo que la gente opine de él. Eso en política no es bueno. Eso me hace sospechar ya que el señor no es tonto.Parece como si le estuviera haciendo un facor a Hillary Clinton, como si le stuviera arando el campo al enemigo y tendiendo un puente de plata al adversario. ¿Será  que hubo un pacto entre estos dos?

Trump tiene un plan y aunque dice que quiere ser presidente de los Estados Unidos , yo creo que a da tras otra cosa. Si no ¿por qué hacer semejantes declaracioenes que bien sabe, no lo acercan a su aspiración?  Cuidado, el hombre no es tonto, tiene olfato y anda detrás de algo, ¿qué será?

 

El sorprendente Acapulco

No hace ni tres días que Carlos azotó con furia al bellísimo puerto. Las afectaciones que hizo en conjunto con Blanca que llegaba del Golfo, se potenciaron. El mar de fondo se llevó entre las olas a la playa de la Angostura, las marisquerías y los sueños de mucha gente trabajadora que se parte el alma todos los días sirviendo a la genta que se acerca al mar para pasarla bien. Apenas antier, vimos las imágenes de lanchas volteadas sobre sus quillas, con los remos boca abajo y la desoladora certeza de la pérdida total. Ni de cerca fue lo que el paso de Manuel afectó a Acapulco, pero tanto viento no hizo caricias. Las palapas quedaron descopetadas y las palmeras despeinadas, muchos vidrios rotos y negocios hechos trizas. Todo estaba mojado y oliendo a humedad.

Sin embargo hoy, el sorprendente Acapulco surge en medio de todo entre rayos dorados y un sol maravilloso. El calorcito aprieta y la luz brilla intensamente. Ya huele a aceite de coco y a bronceador. Ya empiezan a salir las pelotas de playa de mil colores y los veleros recorren la linea del horizonte. Los que conocemos el puerto no dejamos de asombrarnos ante la capacidad de reconstrucción que tiene este rincón del mundo. Una y otra vez, la Bahía de Santa Lucía nos da motivos para admirarla y entregarle el corazón. Aquí no pasa nada, aunque haya pasado mucho.

El azul del mar, las nubes algodonadas y la brisa soplan con la sabiduria de la naturaleza. Ni mil presagios con sus nubarrones pueden con el esplendor de este lugar. Ni los vientos sostenidos de 140 kilómetros por hora ni las ráfagas de 160 se llevan la belleza que hay aquí. Todo en calma y todo en orden. Como una mujer que en su andar sufre un tropezón, así Acapulco se sacude, se acomoda y sigue adelante. Los acapulqueños elevan los hombros y sonríen. La vida sigue. 

Es jueves y es día de pozole. Es día de reunión y de alzar la copa llena hasta los bordes de mezcal amargo. La fiesta semanal no se pospone y el pretexto siempre es bueno para salir a compartir el pan y la sal. Todos los colores se dan cita en una mesa en la que ni falta el buen humor ni se perdona el buen sabor. Aquí están las chalupitas, las pescadillas y su majestad el pozole para hacerle frente a cualquier congoja. Es cierto, no se ve mucha gente por acá. Pero ya llegarán. Mientras, disfrutamos sin aglomeraciones ni tráfico de estar en este pedacito de cielo que cada día esta más lindo.

Hay Acapulco para rato y para todos: para los que vienen, comen y se van, para los que están de festejo, para los que  llegan de escapada, para los que vienen en familia y para los que le hemos empeñado el corazón. El mal que  en otros lados dura cien años, aquí no dura ni tres días. Las albercas, las canchas de tenis, los campos de golf y la playa, en fin, Acapulco en su conjunto ya está listo. ¿No me creen? Juzguen ustedes. 

   

Cuando la ciudadanía se mueve

Cuando la ciudadanía se mueve pasan cosas que van de lo sorprendente a lo maravilloso. En México es frecuente ver a hombres y mujeres arreados por el interés de ganarse una torta y un refresco sin saber en realidad qué hacen o a quién apoyan. El fenómeno no es nuevo, de ello se nutrio la literatura del tiempo de la revolución. Hay que ir a hacer bola. Sin embsrgo, también hemos testificado momentos en los que la gente hace frente común, sin que nadie los convoque, sin pretender alcanzar intereses oscuros o conseguir dádivas pegajosas. Hemos visto a personas congregarse para ayudar en las desgracias como el terremoto de ’85 o el huracán Gilberto, para protestar contra la inseguridad en marchas pacíficas y ordenadas, para poner las cosas en su lugar.

Al ciudadano le cuesta trabajo romper con prácticas que lo afectan directamente ya que tiene que enfrentar un aparato pesado y poderoso. Pero en esos misterios que provocan milagros cotidianos, sin que haya una voz sucia que los organice, la mano invisible los pone de acuerdo y se logran grandes metas. Sólo así se explican los triunfos de las candidaturas ciudadanas y el fin de partidos clientelares que han servido de negocios familiares y de fuente inagotable de corrupción y enriquecimiento ilicito, además, desde luego de ser un manantial de despilfarro. 

Así, las candidaturas ciudadanas le quitaron el registro al Partido del Trabajo que ni aportó a la democracia y le costo millones a los mexicanos y se llevaron al chorro al Partido Humanista al que ni siquiera se le dio oportunidad de acomodarse cuando ya estaba fuera. Esos partidos moroneros son un sinsentido para la causa democrática ya que no representan a ningún tipo de minorías ni hacen propuestas ni dan a conocer caras nuevas ni echan a andar proyectos. Sólo gastan y generan basura.

La sorpresa que se habrán llevado al enterarse que su registro se lo llevó la ráfaga de votos que se emitieron en favor de las candidaturas independientes, a regresar el feudo que ya creían tan suyo, en el que estaban tan instalados y que manejaron con tanta autonomía. No hay nada eterno. Los que acababan de llegar no alcanzaron a degustar bien las mieles del vivr del presupuesto ni lograron hacer una fortuna que durara varias generaciones. ¿Qué será peor, entregar lo que casi se degusta sin haberlo paladeado o devolver lo que fue modus viviendior tanto tiempo?

No sé, pero las cosas maravillosas que suceden cuando la ciudadanía se mueve, acuerda y decide es que se fortalece la democracia y se debilitan las estructuras. 

  

El reto del Bronco

Para Tomás Linares

Con un tono franco y discurso directo, Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón sedujo a población regiomontana, conmovió a sus  paisanos y les arrebató la gubernatura a los partidos formales. Desde la campaña, como quien clama en el desierto, dijo que las encuestas le daban la ventaja y que iba a ganar. Pocos le creían. ¿Quién le cree a un candidato que dice que las trae todas con él? Todos dicen lo mismo, sin embargo, El Bronco —así le gusta que le digan— tuvo razón y ahora es el Gobernador electo del estado de Nuevo León. 

¿Por qué es relevante hablar del Bronco? Por ser el primer candidato independiente que enfrenta al sistema de partidos y gana. Por ponerle resistencia al aparato y vencer. El expriista dejó la militancia de su partido y tomó un camino que parecía complicado de seguir y ganó las elecciones. Jugar fuercitas  contra el músculo de la partidocracia y ganar tiene su chiste. También tien su formula.

 Jaime Rodríguez creó un personaje al que denominó El Bronco y se encargó de difundirla. Contó la anécdota y lo hizo bien. En Wikipedia podemos leer la historia romántica de un hombre que nace en el ejido de Pablillo y con esfuerzos inauditos, sale adelante, va a la escuela, obtiene una licenciatura y llega a ser alcalde de uno de los municipios más industriosos de la República Mexicana. La historia del héroe, versión remasterizada, región norte.

Sin duda, a los mexicanos nos gusta la gente que sabe hablar derecho, que dice las cosas por su nombre y que le jala los bigotes a los grandes. Nos fascinan  los pesonajes de a caballo y sombrero de paja que sonríen y saludan a la gente. Nos encantan los que se ponen a nivel del terreno  y nos tratan como iguales. Nos gustan las personas alegres, simpáticas, que no disimulan esa afición por la travesura, que ponen la cara y juegan con la ironia. El Bronco es ese personaje atrabancado y malicioso que se arriesga entre el humor y la inocencia, entre la picardía y la verdad y que tiene una forma de decir las cosas que hace sonreír. Tiene las palabras para expresar críticas con un tono socarrón y camina con seguridad sobre la cuerda floja.

Ya hemos visto a ese tipo de personajes valientes, rápidos con la palabra, atrevidos en la tribuna, hábiles con la promesa, a los que el pueblo se les rinde, le entregan el voto y una vez en funciones, algo pasa y se desinflan. Ya tuvimos un presidente de la República así. Para ejecutar, no alcanzan las buenas intenciones. Las palabras son ligeras y las arrastra el viento, las campañas mediáticas son efectivas para llevar a alguien a concretar sus aspiraciones, lo bueno viene a la hora de sentarse en el escritorio a ejecutar. 

Al Bronco le ayudaron dos cosas, el desenfado de su personaje y el enfado de las personas ante un aparato inoperante. El triunfo de Jaime Rodríguez es el castigo al dispendio partidista que le cobra a la gente por escuchar más de lo mismo. Promesas que serán olvidadas, baños de pureza en aguas turbias, cochupos encubiertos, babosadas y traiciones sostenidas a quienes los han favorecido con el voto.

El reto de Bronco va más allá de sacar adelante a un estado con gente entrona, industriosa y trabajadora que está sometida por el crimen organizado. Está más alto que regresarle la tranquilidad a la gente para volver a invertir, para desarrollar el espíritu emprendedor que los caracteriza, para volver a las calles a trabajar por la buena. El reto está en cumplir lo que prometió en campaña. No lo tiene facil.

El reto está en no quedarse chiquito ante el nivel de expectativas que generó durante la campaña. La gente le creyó y sufragó a su favor, ahora hay que cumplir. Ser pícaro implica ser una persona con humor y además con un nivel de inteligencia ya que se supone que todo lo que se dice es por una razón especial, o que se busca significar algo particular con ello. Una persona puede actuar con gracia para obtener el resultado deseado. Ya lo logró, ahora hay que cumplir. 

  

El regalo de Cristina

Cristina de Borbón despierta como la mayoría de los seres humanos en la tierra, sin un título nobiliario. No sé si eso la haga plebeya o si la revocación del privilegio de ser la Duquesa de Palma de Mallorca le haya cambiado el color de la sangre. Lo cierto es que la coordinación de los tiempos es curiosa. Como regalo de cincuenta años deja de pertenecer a la Casa del Rey y parece que el hecho le sentó bastante bien.

Si los monarquistas la imaginaban llorando, rechinando dientes y con el pelo revuelto, se equivocaron. Se le vio relajada, caminando por las calles de Ginebra festejando con su madre, a la que también se le notaba muy sonriente. Alejarse de la frivolidad y de la estupidez aligera la vida. Mientras las revistas de corazón analizan las setenta, sí: setenta, fotografías que muestran la vida pública y privada de los monarcas, Cristina y Sofía salen a festejar, como cualquier mortal, un cumpleaños feliz. Ni las persiguen fotografos ni les interesa posar para la foto.

Las imágenes acartonadas, mil veces estudiadas, con sonrisas rígidas y cabelleras perfectamente acomodadas, con vestidos de diseñadores, tacones y corbatas de millones de euros, contrastan con los pantalones pescadores, los zapatos planos y el cabello sin fijador. Adiós a las miles de exigencias diseñadas para dar gusto a masas y a hacer millonarios a los que se dedican a publicar historias rosas.

Muchos pensarán que Cristina recibió su merecido. Tienen razón. La Infanta fue despojada del privilegio que da la nobleza y se convirtió en un ciudadano más. Entró al mundo en dónde las cosas se ganan con base en meritos y no merecimientos, en el que hay que trabajar para conseguir las cosas y en el que las diferencias no se miden en términos de condición de nacimiento. Fue extraditada del perimetro color pastel para entrar a los tonos de la vida real. ¡Qué curioso!

Mientras en otros palacios, el protocolo, las reglas, las instrucciones deben seguirse. Hay colores, longitudes, espacios, saludos, lugares especificos para cada quien. Hay formas de caminar, hay altos de falda, tonalidades para vestir, sentimientos que no se debdn mostrar. Ni lágrimas, ni demostraciones de cariño efusivas, ni carcajadas espontáneas, ni nada que les pueda arrugar la ropa. 

¡Wow! Qué buen regalo le dieron a Cristina. Tal vez, esa fue la mejor forma de decirle: ¡feliz cumpleaños!

  

Anteriores Entradas antiguas

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: