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El plenoempleo en México

Sorprende leer que México se encuentra en plenoempleo, es decir, en este país todos los trabajadores que tiene capacidad de desempeñarse encuentran empleo. Las cifras del IMSS y del INEGI revelan que en tierras mexicanas se tiene un mercado laboral robusto. Según estas instituciones, mes a mes se incorporan a las filas del mundo laboral aquellos que están buscando trabajar. Desde luego, el dato es duro y, a pesar de la seriedad de la información a mí me da por sospechar. 

Claro, siempre hay letras pequeñas a las que debemos ponerle atención. Es cierto, hay mucha gente que está incorporandose a la trinchera de la actividad económica, pero los sueldos que consiguen son de mala calidad. Muchos son absorbidos por la informalidad. Parece que hemos pasado de una situación en la que ya no hay gente que trabaje cero horas en un periodo, a personas que trabajan y reciben pago, aunque no sea muy bueno. Muchos dirán preferible algo que nada y tendrán razón. No sé, tal vez alla plenoempleo de diversas calidades.

No se trata de ser pesimista. De lo perdido, lo encontrado. Es mejor ganar mal que no ganar nada, pero seguimos desperdiciando talento. Una economía que tiene personas que pudiendo trabajar, no encuentra en donde hacerlo, está derrochando porque no apovecha en plenitud sus capacidades. Tener médicos manejando taxis, licenciados en gastronomía atendiendo el mostrador de cafeterías, contadores vendiendo electrónicos no tiene nada de indigno, pero están preparados para hacer algo mejor. 

La brecha que existe entre lo que pueden hacer y lo que están haciendo se llama subempleo. El subempleo merma la autoestima, genera tristeza, rencor y una sensación de impotencia en quienes se encuentran en esta situación. Al,parecer, el patrón se ve beneficiado con una persona competente que se desempeñará por menos dinero, pero eso es una falacia. El trabajador que no está bien remunerado  se siente inquieto, se irá. O, bien, buscará equilibrios. Estará distraído. En todo caso, tampoco el patrón se beneficia totalmente con este escenario.

Generar empleos de mejor calidad es el reto que enfrenta México, pagar mejor a su gente y dignificar a su fuerza labiral es un pendiente en estas tierras. Es verdad, el plenoempleo que gozamos deja pálido de envidia a otros pueblos. Eso no es consuelo. Es una gran noticia saber que hay fuentes de empleo, sería mejor si estas fueran de calidad.

Amar a los que no nos quieren

Texas está inundado. El vecino con el que compartimos gran parte de nuestra frontera hace agua y no importa si Houston es una ciudad rica, si el estado es petrolero, si desde Austin el cielo se ve más gris, si el gobernador Perry aparece a cuadro para informar de los esfuerzos de rescate, allá el agua les llegó a los aparejos. Harvey mostró la vulnerabilidad que tenemos los seres humanos cuando la naturaleza ruge.

No es la primera vez que un huracán deja estragos en la nación mas poderosa del mundo. Katrina devastó la ciudad de Nueva Orleáns y la dejó hecha un pantano. En aquel entonces, México tendió la mano. Hizo política de buen vecino y mandó ayuda. Los mexicanos somos solidarios y aunque no tenemosrecursos ilimitados, lo que hay se comparte. La sociedad civil se organizó, hubo centros de colecta, el gobierno se acercó y prestó ayuda. Estuvimos para algo mas que consolar, nos ocupamos.

Pero, hoy enfrentamos una situación diferente. Siempre hemos sabido que nuestros vecinos no nos quieren, pero hasta ahora el disimulo y la buena educación había privado. Resulta que mientras en Houston están desalojando a la gente, el presidente Trump aprovecha para recordarnos su desprecio: indulta al toro anciano que es el Sheriff Arpaio, se avienta a decir que somos delincuentes y que va a hacer el muro y nosotros lo vamos a pagar. Vaya con el liderazgo del señor.

Me parece una actitud malhechora aprovechar la tragedia para ayudarle a un cómplice a brincarse la ley, me resulta criminal que mientras la gente pierde su patrimonio el hombre esté gritando estupideces desde Washington. El gobierno federal estadounidense luce mal, desarticulado, torpe y lento para remediar los males que le aquejan a su gente. Gran parte de la base que apoya a este sujeto se quedó sin nada de la noche a la mañana. Trump en lugar de concentrarse en mandar ayuda, se dedica a insultar por el placer de hacerlo. ¿Qué sentirán sus votantes al ver lo que hace su líder?

Mientras en Washington el presidente Trump nos tacha de maleantes, él hace de las suyas. Mientras el sujeto que vive en la Casa Blanca grita consignas y desatiende a su gente, en México estamos organizando colectas para ayudar a los texanos. En México nos da por amar a los que no nos quieren.

¡Gracias por no tener miedo! (#TodosSomosBarcelona)

En Barcelona se prepearan para hacer frente a sus palabras. Después de los atentados en Las Ramblas se pidio No tinc por, es decir, se convocó a no tener miedo. Lo hicieron lema para decirle al terror que no contaran con su angustia. Pero, una cosa es decir y otra hacer. Poner una banderita con palabras en el balcón de la casa y encerrarse a temblar, no sirven de mucho. La valentía busca brillar y en una manifestación sin precedente, habrá una protesta masiva en contra de la violencia y el terrorismo.

Saldrán por la tarde de los Jardines de Gracia y acabarán en la Plaza Cataluña. La alcaldesa, Ada Colau marchará junto a una escuadra por demás variada, integradora, podríamos decir. Protegidos por la Guardia Urbana, junto a Colau, caminarán el mismísimo presidente de España,Mariano Rajoy, el presidente de la Genreralitat, Carles Puigdemont y su majestad Felipe VI, Rey de España, que será el primer monarca en unirse a los plebeyos en una manifestación. 

¡Gracias por no tener miedo!, dice el lema de campaña y hacen referencia a los momentos sobrecogedores que se vivieron por los atentados de Las Ramblas. Se busca rendir un homenaje a los caídos y a quienes pusieron manos y recursos para ayudar. Se busca agradecer al solidario, al comprometido y al valiente que se puso al servicio de los ciudadanos. Tambien, se quiere dar la cara a todos los que a base de desprecio causan la muerte y se llevan la vida gritando consignas de separación.

Hoy, dicen los diarios locales, Cataluña quiere dar ejemplo. Espero que se hagan cargo de sus palabras. No tener miedo es una forma de parar el odio. Otra es detener las muestras de desprecio. En Cataluña ha habido pintas de abominación. Entre los radicales, todo lo que no es catalán, no gusta. Una forma de dejar de tener miedo y de parar el carro del terror es cuidar lo que se dice y ser congruentes con las acciones. Hay que guardar el rencor en un cajón. No sé si las razones políticas y el anhelo de separación valgan tanto como para transformar a un pueblo en aquello que se critica. 

Para volver a la normalidad, a la vida tranquila es parar las muestras de radicalización que conducen al desprecio. Pararlas de tajo. Para poner en una mesa de negociación las ideas con claridad, no se necesita ser grosero, ni perulante, ni odioso, ni agresivo. Se necesita ser lucido y para ello se requieren dos cosas: honestidad y conocimientos. Si eso es lo que veremos hoy en Barcelona, entonces y sólo así, podremos decir ¡gracias por no tener miedo! Tendremos los ojos puestos ahí. Sí, con solidaridad por el dolor y con una búsqueda genuina de poner fin al horror.

Una lección alemana

De los alemanes hemos aprendido muchas cosas: austeridad, orden, disciplina, hacer cerveza y la dureza de la claridad de ideas. Un alemán no hace concesiones, no traspasa límites ni por un milímetro, no olvida. Si caminas por Berlín, sientes la vergüenza de lo que se hizo mal. No se apapachan, son duros y afrontan la cicatriz del daño inflinfido con firmeza, no les tiembla la mano para levantar el dedo y juzgarse a sí mismos.

Al recorrer las calles de Berlín, al visitar sus monumentos memoriales, el museo del Holocausto no queda duda, los alemanes se hacen cargo y la severidad de su juicio no deja una rendija para que la duda se infiltre. Por si acaso, en Alemania los dichos se acompañan   con hechos: la ley prohibe hacer el saludo que se hacía para reverenciar al Fürher. Así, nadie se confunde. El símbolo nazi es una vergüenza y el que se atreva a usarlo, ya sabe las consecuencias.

En esa condición, no imagino a Angela Merkel ni a ningún ciudadano albergando dudas sobre el juicio de la historia. Seguramente, la Alemania nazi tuvo algunas cosas buenas, dentro de su maldad, alguse podrá rescatar. Así es la naturaleza humana. Pero, a los alemanes no les interesa. La cilesa fue de tal magnitud que opaca lo demás. Esa claridad es admirable. Una mancha en un mandil blanco lo hace ver suicio, está demás intentar ver los rastros de limoieza en algo que se ensució.

La lección alemana debería permear a rodos los pueblos. Especialmente, aquellos que desde su posición de vencedores, condenaron aquellos procederes y declararon la guerra a un símbolo con el que no se identificaron. El exterminio de aquellos años se hizo sobre la justificación del desprecio. Si los alemanes no toleran la mención de la iniquidad, ¿por qué esos países vencedores hoy imitan lo que ayer despreciaban? Seguro, olvidaron. Sólo los locos olvidan, valdría la pena aprender la lección de los alemanes.

La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

Los riesgos de la radicalización 

El mundo se estremece. En esta semana, la tensión brincó de Charlottesville a Barcelona. Apenas estábamos solidarizándonos con las víctimas de Las Ramblas cuando otro flash informativo nos volvía a quitar la calma: ahora era Cambrils. Los muertos y los heridos ni la deben ni la temen y les cubió la sombra del fanatismo atroz. Hoy, en el silencio del luto, la gente llora y Cataluña grita: No tinc por: No tengo miedo. Es valeroso salir a poner la cara frente al terror, pero la verdad es que nadie en su sano juicio puede decir que la vida sigue igual que siempre. El temor se aloja en el cuerpo al pensar quién será el siguiente.

Wikileaks advirtió sobre el proceso de radicalización en Barcelona. Es triste, pero la sociedad dividida se vuelve vulnerable. Romper el tejido social no es buena idea. Jugar a encender chispas pone en riesgo a la población. Frente a la tragedia, el análisis es necesario. Es indignante pero real: la unidad se ha roto por objetivos mezquinos: las aspiraciones políticas han agitado el avispero y han azuzado el odio en forma irresponsable. ¿Vale la pena esa división?

Entiendo que no es lo mismo ver el toro desde la barrera, pero esta fractura entre Cataluña y España siempre me ha resultado difícil de comprender. Entiendo las rivalidades porque se dan en todos lados. En México, en los años ochentas empezó una campaña en las ciudades de Guadalajara y Monterrey que decía: Haz patria y mata a un chilango. Chilango en aquellos años era la forma despectiva de dirigirse a los oriundos de la Ciudad de México. Los tonos iban escalando, las estridencias iban subiendo de intensidad y hubo un niño muerto. Todo empezó como un chiste, como algo gracioso. Un asesinato no da risa. Borraron las pintas y se acabó de tajo esa babosada. La sociedad se hizo cargo.

La división profunda que causó la campaña de Trump tiene costos y ya están empezando a pagar el precio. Las fobias y los odios que antes estaban guardadas en el closet, se exhiben en forma vulgar y tienen consecuencias. En Barcelona las pintas de odio se podían leer en todos lados. Desde el odio a los turistas hasta el desprecio a cualquiera que no hable catalán hay un arco de radicalización que termina sacando lágrimas. Es necesario conseguir serenidad y parar. 

El fundamentalismo es como la humedad en las paredes, se instila sin que nos demos cuenta y va dañando la estructura. De pronto, el paisaje urbano se mancha con desprecio y enseguida, el lenguaje ya se ensució con arrogancia y terminamos con ultrajes y vilipendios. Nos volvemos hijos de la soberbia y, llena la boca y la actitud de esa supremacía que me da ser quien soy, termino llorando una desgracia.

Los riesgos de la radicalización es que nos quedamos expuestos a la violencia. La petición del señor Hayer, padre de la víctima de Charlottesville, es lo conduscente: es urgente parar el odio. Decir que no tenemos miedo es una manera de continuar el camino, pero hay que recomponer la dirección. Si no, el hueco que forma la división entre la población seguirá siendo un riesgo y una oportunidad para que el mal penetre.

La petición de la Guardia Civil en Barcelona 

Otro golpe de terror. Barcelona cae víctima de la intolerancia, del odio y de la crueldad. El desprecio vuelve a protagonizar la narrativa de las lágrimas. La noticia recorrió los kilómetros y me llegó en forma de imagen al celular. No supe ni lo que estaba abriendo cuando ya enfrentaba el horror. La agencia noticiosa que daba a conocer los hechos en Las Ramblas subió un video de alguien que iba caminando, filmando a personas en el suelo, unas inmóviles y otras lastimadas junto a un charco de sangre. Ahora le tocó a Barcelona, trece muertos y más de cien heridos. Los sucesos tenían algunos minutos de haber tenido lugar.

En instantes, antes que nada, la primera reacción fue tocar base con la gente querida que vive en Barcelona. En seguida, la reflexión. Las imágenes eran brutales. Las redes sociales se poblaron de fotografías dramáticas. Las personas que vi, estaban en el suelo, victimizadas, dolientes, sin defensa. La pregunta gira en torno a lo que se debe hacer: mostrar e informar o abstenerse y respetar. Si difundir esas fotos es señalar y exhibir lo que es el terrorismo o si es dar escenario y servir de propaganda. 

La respuesta es de cada consciencia. La Guardia Civil pide que no se suban fotos a la red. Entiendo lo que dicen quienes se acogen a la libertad de expresión. Pero, pienso en ese ojo y en esa lente. En la necesidad de enseñar. En el temblor de las manos y en los esfínteres flojos, en las lágrimas y en las ideas que se agolpan sin encontrar coherencia. Sólo así se entiende que alguien pueda ir dando pasos, saltando heridos y muertos sin soltar el aparato y poner las manos libres a disposición de ayudar. 

El aturdimiento inmediato a la tragedia obnubila la sensatez. No se puede pedir prudencia a los que se escaparon por un suspiro de la casualidad de la tragedia. Pero, en la serenidad que llega en los minutos posteriores, se escucha la petición de la Guardia Civil. Por favor, no difundas las imágenes. El dolor es de todos.

Llevan razón. La necesidad de informar se debe subordinar al respeto de quienes perdieron la vida, de sus deudos, de sus heridos y de su gente. Barcelona llora. Lo de menos es si lo hace en la lengua catalana o castellana, si eres local o turista, si vas de izquierda o de derecha. Los que vimos las imágenes nos hermanamos con el sentimiento. Vayan las condolencias llenas de respeto. El dolor es de todos. Basta de odio. Basta ya. 

El padre de Heather Haye

El funeral de Heather Haye, víctima de los eventos de Charlottesville, acaparó la atención de los medios y de la gente en Estados Unidos. El presente se impusó al futuro. El inicio de las renegociaciones del tratado de libre comercio en América del Norte quedaron en un segundo lugar, relegados a un rincón de las redes sociales, de los informativos, de los medios de información. Las declaraciones de Donald Trump encendieron la ira de propios y extraños y fueron el cerillo que incendió los ánimos de todos los que no pueden creer los niveles de cinismo al que se ha llegado en terminos de racismo. En medio de esta estridencia, el panegírico del padre de Heather fue de gran impacto.

Con ideas sencillas, claras y sentidas, con una economía  de palabras el señor Haye deja al mundo una lección necesaria: Dejen el odio y perdonen como Jesús perdonó en la Cruz. En pocos meses, la sociedad norteamericana se ha dividido, casi  podemos escuchar el desgarre de ese tejido social y es momento de pararlo. Radicalizar no es buena idea. El escándalo de lo que este hombre ha hecho es lamentable. Vemos como movimiento racistas brotan de la misma forma que hongos en la humedad. Los que estaban ocultos, moviéndose entre las sombras, salen envalentonados y embravecidos.

Del dolor de un padre que despide a su hija brota una solución: dejar de odiar. Me impactan las palabras. Bajarle al desprecio que siento por este sujeto, por sus palabras y actitudes, no es fácil. Yo estoy lejos, los que están cerca lo deben tener más complicado. Dejar el odio es la mejor alternativa. Esta noche, en Charlottesville la gente salió a la calle con velitas encendidas para tratar de darle batalla al desprecio y lugar al perdón. Ojalá muchos sigan ese ejemplo y encuentren la generosidad para disculpar. 

Me asombra la potencia de las palabras del padre de Heather Haye, que se pone a la cabeza, lo dice en primera persona y empieza a dar pasos para ir adelante, espero que su ejemplo se pueda seguir. Estados Unidos está dividido y en esa condición, se debilita. No es ese el camino de la grandeza, es al revés. 

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