No se vale

A cinco meses de haber iniciado el gobierno de la 4t, el Presidente López Obrador empieza a sentir los embates de la realidad. En Minatitlán ya no hubo Jetta Blanco, las solicitudes para tomarse selfies escaseó y las porras se cambiaron por gritos de No se vale.

Es verdad, los dichos son evangelios pequeños y no es lo mismo ver lo toros en el ruedo que desde la barrera. Las ovaciones, incluso aquellas que sospechamos que venían de acarreados, se van silenciando y los reclamos empiezan a escucharse, No se vale le gritan al paso.

¿Qué le reclaman al presidente? El clamor popular, el de alguna parte del pueblo bueno se puede resumir en el grito de un veracruzano que lo interpeló en Minatitlán: No se vale que yo te he apoyado durante 19 años y ahora que eres presidente me dejas sin trabajo.

La desilusión es grande ya que el nivel de empleo, según las cifras del IMSS, va con una tendencia hacía abajo. Ahí no se le puede echar la culpa al regadero de sexenios pasados ya que los niveles de empleo eran crecientes. Mediocres, según lo calificó López Obrador en campaña, pero crecientes al fin y al cabo.

Preocupa que la Secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, no se pronuncie con preocupación y de plano no le crea a las cifras del IMSS. Muchos de los que votaron por Morena en las elecciones de julio están desencantados. No hay una peor condena que perder el trabaja y no tener posibilidad de volverte a emplear porque no se están dando las condiciones para generar empleo.

No es menor el reclamo. No se vale es una seña de desilusión, pero también de un reclamo legítimo. Necesitamos reactivar el empleo y echar a andar la economía con propuestas responsables y no con ocurrencias o promesas de saliva. Lo que de verdad no se vale es tener la mirada en el pasado para culpar a todo el mundo de lo que no se hizo, no se vale no tomar la responsabilidad por la que tanto lucharon y en la que muchos creyeron.

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Pretextos literarios por escrito Número 19

https://www.porescrito.org/wp-content/uploads/2019/04/PRETEXTOS-019-FINAL-2.pdf

Masako

La futura emperatriz de Japón es una mujer tímida que ha recibido el mote de Princesa Triste dados sus largos períodos de depresión. Por diez años estuvo apartada de la convivencia pública, recluida en su palacio. Unos le atribuyen tanto pesar a la rigidez del protocolo japonés, sin embargo, ella sabía a lo que habría de someterse al casarse con el príncipe Naruhito. Masako es una mujer inteligente.

No podríamos imaginar que la futura emperatriz se imaginara protagonizando el cuento de la Cenicienta, ni mucho menos. Es sabido por todos que es una persona inteligente y preparada, que estudió en Harvard y que habla cinco idiomas. Claro, no es lo mismo ver los toros desde la barrera. Entiendo la pena de someterse a la presión de engendrar a un varón que continúe la línea sucesoria de la Casa Imperial Japonesa. Sin embargo, esa melancolía le puede derivar convertirse en un símbolo en pro de las mujeres. El varón no llegó, la pareja imperial tuvo a una niña y en la dinastía más antigua del planeta sólo los hombres pueden acceder al trono. Si las cosas no cambian, será el hijo del hermano menor del príncipes Naruhito quien siga con el linaje de la Casa del Crisantemo.

Y, tal vez sea la tristeza de Masako la que la lleve a lograr un triunfo sin precedentes: que los japoneses voten para que las mujeres puedan ser quienes ocupen el trono. Masako se convierte en un signo del paradigma que enfrentamos las mujeres, en una figura de lucha a favor de los derechos femeninos en una sociedad machista y eminentemente dominada por hombres. Tal vez sea la oportunidad de que la Casa Real Japonesa siga los pasos adelantados que su propia sociedad ya dio.

Ida Vitale, Premio Cervantes

Si no fuera porque al fondo de la imagen se ce al Rey de España de pie aplaudiendo, la fotografía pareciera la de una abuelita tan dulce y mirada de una mujer con cabellera totalmente blanca, arrugas marcadas y una sonrisa que parece que va a estallar en llanto. Pero, no es cualquier persona la que se lleva los brazos al pecho, es Ida Vitale la que abraza el Premio Cervantes.

Novelista, traductora, ensayista, académica y sobre todo, poeta, esta mujer uruguaya sabe de un tema que nos ocupa y nos preocupa: el exilio. Salió de aquel Uruguay agitado, con el salvoconducto del embajador de México en Montevideo y vino a estudiar a este país que ha sido tan afortunado al abrirle las puertas a tantas personas a lo largo de la Historia. “Un país de acogida que, a la vez, se benefició de la presencia de escritores…” dijo atinadamente el Rey de España sin dejar a un lado que sus propias tierras los habían expulsado. Sí, si no fuera por México tantos exiliados no habrían encontrado cobijo.

Ida Vitale recibió el premio como lo hacen las grandes: con humildad. Bella, a sus noventa y dos años, con la emoción que nos tocó como tantos de sus poemas, le arrebató ovaciones a su público que estalló en aplausos a favor de la premiada al recibir el Cervantes.

Los ataques en Sri Lanka

El terror se hace presente, Sri Lanka sufre el peor ataque terrorista desde que terminó la guerra civil. Los atentados causan desconcierto, los residentes dicen que ya le habían perdido el miedo al terrorismo, los turistas padecen en carne propia el,pánico y el caos de los ataques. El equilibrio se rompió, ¿por qué?

El miedo a ser desplazados, las pugnas étnico-religiosas parecen ser parte de un complejo conglomerado de razones. Cingaleses, budistas y musulmanes conforman la identidad en Sri Lanka, hasta hace tan poco, la comunidad cristiana era vista como una fuerza unificadora que recibió en su seno a cingaleses y a tamiles, pero ahora es una de las principales afectadadas.

La imágenes nos ponen los pelos de punta, la piel se enchina y la razón vacila.

Bombas en iglesias, en hoteles y una constelación de ataques que terroristas que responden a las tensiones raciales sectarias y nacionalistas. ¿Cuándo vamos a entender los hombres y mujeres de este mundo que separándonos, dividiéndonos, matándonos sólo avanzamos al exterminio?

Restaurar

Mientras los expertos debaten sobre cómo se debe restaurar la Catedral de París, si debe de ser con los mismos materiales o si se deben utilizar nuevos, si se debe preservar la misma estructura o se puede renovar y en tanto unos van de un punto de vista al otro, en lo que todos estarán de acuerdo es que Notre Dame no puede quedarse en cenizas.

Me parece que restaurar, tal como lo define la RAE: “Poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía”, requiere de una reflexión profunda. El espíritu original de Notre Dame era ser un templo, un espacio de oración en el que se venere a Dios desde la fe católica. Por fortuna, en Francia, al cardenal todavía no se le había ocurrido al feliz idea de cobrar por entrar a rezar como sucede en muchas partes de Europa, pero el espacio de oración era sumamente reducido y quienes entraban a la catedral lo hacían como quienes traspasan el umbral de un museo.

La reflexión debiera girar en torno a devolverle el estado y estimación por el cual se construyó. Los católicos hemos hecho muy mal en permitir que la devoción que merece un lugar dedicado al culto sea tratado como una sala de exhibición. Como ejemplo, en Jerusalem, los turistas no pueden entrar a la Mezquita de la Roca porque para ellos ese es un espacio santo.

Me parece que los católicos debiéramos empezar a replantearnos por qué el Islam, tan escrito en su observancia, está ganando espacios en una Francia que parece tan indiferente a los temas de fe. Restaurar Notre Dame puede significar, en estos momentos, devolverle esa tradición de irse a encontrar con Dios en un espacio dedicado a la Virgen María en todas sus advocaciones.

Muchos podrán pensar que exagero, sin embargo, Notre Dame es una Catedral y tal vez sea tiempo de recuperar su esencia, eso para lo que fue creada. Restaurar es, en esta condición, devolverle esa cualidad intrínseca para la que fue edificada.

Notre Dame de París

Uno piensa que la eternidad toca ciertos elementos que hay en la tierra. Es falso. Nada es para siempre. Tristemente, lo hoy hoy vemos, mañana puede no estar ahí. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que la catedral de París dejaría de ser como siempre ha sido?

Las imágenes nos revolvieron el corazón. Notre Dame estaba envuelta en llamas y, a la distancia, nadie sabía por qué se había desatado un incendio de esa magnitud. Queríamos que los bomberos acabaran rápido, que pararan la destrucción y cuando cayó la aguja, los católicos perdimos para siempre uno de los monumentos más hermosos dedicados a Dios.

Las fotografías de dentro del templo reportan menos daños de los que creíamos que habría. Se perdió mucho, al menos no se perdió todo. Los católicos del mundo, los franceses, los parisinos, los que amamos el arte, los que creemos que Notre Dame es un lugar sagrado, los que admiramos lo que ahí se resguarda, los que sentimos devoción estamos de luto.

Esta Semana Santa, las conmemoraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo tienen un tinte de dramatismo terrible. Hay mucha tristeza, hay duelo, hay pérdida. Por fortuna, todo quedó en un saldo blanco, sólo hubo heroicos bomberos que salieron heridos al tratar de rescatar la casa de María en París.

Nada es para siempre. Ni siquiera este dolor que nos parte el corazón. Se restaurará Notre Dame. No será lo mismo. El fuego se comió parte de este santuario, de sus cenizas se erigirá una nueva versión. Habrá heridas que se tengan que sanar. Hoy, los católicos necesitamos consuelo. No nos queda más que elevar la mirada al cielo y buscar la eternidad en aquel que es el motivo y fuente del amor que dura por siempre.

La expresión de Julian Assange

Ni hablar, a toda capillita le llega su fiestecita y aunque sabíamos que esto iba a suceder tarde o temprano, la detención de Julian Assange se llevó las ocho columnas de muchos diarios en todo el mundo. Después de que Ecuador le retirara el asilo diplomático, el fundador de WikiLeaks, el hombre que puso a temblar a medio mundo y a varios súper poderosos, fue detenido por la policía de Londres. No hay pillo que salga con bien, decía mi abuela y en este caso, se confirmó el dicho.

Primero, Scotland Yard ratificó la detención por medio de un twit. Luego, varios medios internacionales publicaron la fotografía de un hombre con el cabello cano, barba larga que le regala una media sonrisa a los que captaron la imagen, hace un guiño y eleva el pulgar derecho, como si estuviera diciendo: no pasa nada, no importa nada. Si Assange tiene cuarenta y siete años, se ve como de sesenta y siete. La vida de encierro en la embajada de Ecuador le cobró caro. 

Ahora, tendrá que enfrentar a la justicia por haber publicado miles de documentos secretos del gobierno de los Estados Unidos. El pronóstico no luce favorable y, hay que decirlo, el señor no se le ve muy preocupado. Algo sabrá que lo lleva a sonreír y retar al mundo y a quienes pidieron su extradición con esa expresión. 

Assange se llama a sí mismo un activista, se cree un paladín de la libertad de expresión, un analista que sabe interpretar datos y un cazador de información que la revela al mundo. Se sustenta como un defensor de la transparencia. En 2006, crea un portal para filtrar información confidencial: WikiLeaks. No se trata de chismecitos sabrosos, el sitio publica numerosos documentos sobre las guerras de Irak y Afganistán y nos permite conocer la verdad detrás de esa guerra. Lo que sospechamos en aquellos años, salió a la luz dejando expuestos videos terribles en que fuerzas estadounidenses disparan contra civiles. Se abre fuego contra personas indefensas. Para muchos, lo que Assange hizo fue un acto heroico, para otros es un criminal. Lo cierto es que lo que nadie podemos negar es que el fundador de WikiLeaks es un hombre astuto. 

En 2010, es acusado por un delitos sexuales: acoso y violación. Se gira una orden de extradición a Suecia. Pero, el caso no llega a buen puerto dadas las dificultades para continuar con una investigación veraz. Assange siempre se ha declarado inocente y sigue diciendo que él no cometió esos delitos. A la fecha sigue firme en sostener su inocencia a ese respecto.

En el 2012, las cosas se le complican y Assange pide asilo político y se refugia en la embajada de Ecuador en Londres. Se asume como un perseguido político y sostiene que: “mientras WikiLeaks siga siendo amenazado, también lo está la libertad de expresión y la salud de todas nuestras sociedades.”

Julian Assange consigue apoyos importantes. La Organización de las Naciones Unidas determina que el fundador de WikiLeaks sufre de facto una detención ilegal, ya que no tiene libertad de movimiento, no puede salir de las instalaciones de la embajada ecuatoriana en Londres pues, al hacerlo se cumplimentaría la orden de aprensión. Durante sus años de encierro en la embajada, concedió varias entrevistas en las que hizo gala de ser un hombre informado y con datos del día. Actuaba con la seguridad de quien sabe mucho sobre lo que hay que saber. Sin embargo, también pierde al principal soporte que lo tiene viviendo al margen de la justicia. El presidente de Ecuador, Lenin Moreno declaró que Assange violó las disposiciones expresas de las convenciones sobre asilo diplomático al seguir vinculado con WikiLeaks. 

Claro, al retirarse la protección del asilo, la petición de extradición a Estados Unidos trae como consecuencia la detención de este personaje tan controvertido. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos ha informado que Assange puede ser condenado hasta a cinco años de cárcel. Si este hombre sabe tanto, ¿no sabía hacer cuentas? Estuvo encerrado desde 2012, si se hubiera entregado, ya estaría por cumplir dos años en libertad, si el jurado que lo habrían asignado lo hubiera encontrado culpable y el juez le hubiera dado la pena máxima. ¿A qué le tiene miedo Julian Assange? 

O, tal vez la pregunta es ¿quién le tiene miedo a JulianAssange? Su futuro es muy previsible. Enfrentará la justicia, será sometido a un proceso, se le dictará sentencia, purgará un tiempo. Eso ya lo sabemos, pero, si en cinco años sale, qué tanto tendrá que decirnos este australiano que sabe mucho de muchos.

La expresión que Julian Assange tiene en fotos y en los videos que muestran el momento de su captura me ponen la piel de gallina. No es la de un preso contrito ni la de un hombre arrepentido, no es la de una persona asustada, ni seria. Assange va muerto de risa, como burlándose. A lo mejor, en sus años de encierro en la embajada de Ecuador, el hombre perdió una tuerca. Pero, más que un loco, vemos la expresión de un hombre que aún no ha dicho la última palabra.

 

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

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