Dar gracias y mirar al frente

A unas cuantas horas de que acabe el año, inclino el rostro y me pongo en actitud de agradecer. Han sido 365 días de un año auspicioso, de trabajo arduo y fructífero. La bendición de Dios se multiplicó en mil razones para dar gracias y elevar la mirada a lo alto del cielo.

Saber que el trabajo fue prolífico, que el cansancio valió la pena, que la salud es el primer don, que la fortuna acompaña a quien la sabe apreciar, que el amor puede durar veinticinco años y muchos más, que las hijas son buenas, que el corazón puede encontrar consuelo, la mente sabe reconocer errores y oportunidades, que siempre hay nuevos proyectos, que se puede regresar a lugares viejos y descubrir nuevos, que hay un mundo glorioso y que México es la tierra bendita es parte de la magia que la vida dio en este 2019.

Tan bueno fue el 2019 que me gustaría guardarlo en el bolsillo para que no se acabara. Cronos me sonríe con algo de ternura, hemos de avanzar, dirá. El pesebre con el Niño Dios y José al lado de María me refuerzan aquello que es mi fe, Ayasofia me dice que todo cabe si ampliamos las fronteras.

La tentación de quedarse sumergido en la bondad de los días que fueron no puede mermar la intención de mirar al frente. Con humildad, agradezco lo que hubo que fue dulce, bueno y abundante; pido perdón por las fallas y con fe miro al frente dando desde ya las gracias por lo que ha de venir.

Pido salud, prosperidad, amor y felicidad para mí y los míos. Inspiración y sabiduría para reconocer lo bueno y dejar que lo malo se aleje y vaya lejos. Fortaleza en la mano que guía el manubrio, claridad en el rumbo y buen camino. Lo que pido para mí lo pido para los míos entre los que se encuentran mis lectores. Que siga la buena fortuna, que lleguen y se multipliquen las bendiciones, que la vida sea dulce y suave, que la mano de Dios nos sea benigna y nos colme siempre con su venía y predilección. Pero, sobre todo, que sepamos ser aquello para lo que fuimos llamados y lo seamos con excelencia.

Matera

Al Salir de viaje, hay aspectos que una planea con precisión para evitarse sorpresas. Pero, es inevitable terminar sorprendido cuando una sale de casa y es una fortuna. Matera fue uno de esos regalos que recibes sin esperarlos y por eso el grado de asombro es mayor.

A unos kilómetros de la ciudad de Bari, hay una ciudad de piedra caliza que cautiva por su rareza. La presumen por haber sido el escenario en el cual Mel Gibson filmó La Pasión de Cristo —la selección fue impecable—, sin embargo, ese no es su mejor atributo.

Matera es una ciudad cuyo casco antiguo está edificado sobre y dentro de rocas. Hay casas que se alojaron en el hueco de una piedra. La mejor definición de Piedradura sería Matera. Por supuesto, el contraste de un cielo limpio y azul tan claro con el color arena logran un efecto que conmueve.

Hace aire y es tan poderoso que parece que tiene la intención de lanzarnos al vuelo, la temperatura no es tan baja, pero la sensación térmica es más fría. El café es sabroso, el panetone de Navidad es delicioso y la gente del lugar es muy amable.

Si alguna vez viajas a Bari —la ciudad de San Niclolás—, vale la pena hacer el esfuerzo de ir a Matera, después se podrá visitar Bari que es muy bella, pero Matera es única. Fue una ciudad sorprendente por original y porque nadie me había hablado de ella y conocerla fue una muy buena sugerencia: el hallazgo valió la pena.

Llueve en Venecia

Se escucha el rumor de las gotas chocando contra las piedras de la calle, las paredes de las casas y los techos de teja tan roja. El campanario toca las horas en forma puntual pero en el cielo pareciera que el tiempo se niega a avanzar. Son las ocho de la mañana y el día gris está metido en agua. Nunca mejor dicho que cuando llueve en Venecia.

El nivel del agua sube y se entremete en las calles que debieran estar secas. Turistas y locales sacan paraguas. Aprendemos a caminar entre lagunas que llegan a la rodilla. Hay que equiparse, no cualquier calzado funciona. Hay que protegerse, usar botas de plástico para no mojar los zapatos y los pies.

Venecia está más mojada que de costumbre. Los venecianos sufren, elevan una súplica. Hay alarma. El nivel del agua está subiendo y le gana a las calles. Entra a los negocios, a los hoteles, a los restaurantes… a San Marcos. Para caminar en la plaza, hay que ser valientes, el agua llega alto.

A muchos turistas y locales, el agua les angustia. No hay duda, tienen razón. Sin embargo, verlo y experimentarlo ha sido toda una aventura. Los venecianos hacen todo lo posible por mantener las cosas en un nivel de amabilidad para que los foráneos ni nos asustemos ni nos vayamos.

Venir a Venecia es entender las razones para vivir en las periferias, para llegar por la mañana y pernoctar en otro lugar. Pero, quien lo haga, perderá el embrujo de una ciudad majestuosa. Por la noche, se siente la soledad y también se experimenta el buen trato. La comida es excelente, el vino extraordinario y la ciudad abraza a quienes se quedan en sus entrañas a vivir la oscuridad de su noche.

El apostolado del magisterio

Entre todo el desconcierto que se forjó a partir de la tragedia de la estudiante del ITAM, he escuchado voces de estudiantes, exalumnos y he leído posturas de alumnos de otras escuelas, de otras instituciones académicas y no he visto la de ningün profesor.

Yo estudié en el ITAM —y me gradué con honores— y he dado clases en muchas instituciones a diferentes niveles educativos. Sé que el que se para frente a un grupo debe tener una vocación de hierro y la piel muy dura. Se maestro es un apostolado y el que se quiera hacer millonario dando clases, está en el lugar equivocado.

Algunos optan por dar clases como un trampolín que usan para darse impulso mientras llega algo mejor, para otros es un refugio cómodo que protege de los embates de la vida profesional corporativa, para otros es el completador del sueldo y muchos decidimos ir a compartir lo que sabemos.

El trabajo de un profesor empieza mucho tiempo antes de presentarse con sus alumnos. Hay que preparar la clase, hay que estudiar para dominar el tema, hay que leer trabajos, hay que calificar. Esta es la descripción del puesto. Son múltiples los fines de semana dedicados a estar a la altura del aula.

Pero, una queja generalizada de profesores universitarios es que al llegar a clase, nos enfrentamos con alumnos distraídos, que no ponen atención y que no quieren hacer el menos esfuerzo por sacar su calificación. Son muchos los casos en los que un estudiante flojeo todo el semestre y al final a base de ruegos quiere una calificación que no les corresponde.

Por otro lado, los estudiantes se quejan de que hay profesores abusivos, arrogantes, burlones, extorsionadores, que humillan, que vejan y le rompen la autoestima a sus alumnos. Lo sé. Existen. No son inventos. Los padecí. Los padezco como colegas. Son estas súper estrellas que te ven para abajo, que se ríen de ti, que se sienten superiores y basan su superioridad en un índice bajísimo de quienes aprueban su materia. Esos no son profesores.

Tampoco lo son estos mediocres que legan con clases mal preparadas, que no saben de lo que hablan, esos chavo rucos que quieren ir a hacer amigos y que no saben qué hacen en el salón y cuál es el objetivo de su clase, que faltan a sus clases sin justificación alguna ni los que se enredan en los hilos que no tienen que ver con el magisterio.

Hablemos claro, un profesor es un apóstol del conocimiento. Si se para frente a un grupo, ha de dejar el alma al transmitir el saber de su materia. Tiene que buscar caminos para que se reciba el mensaje. Debe encontrar la forma para que sus alumnos se interesen, se esfuercen y consigan saber. No siempre se logra.

Hacemos mal los maestros que caemos en la tentación de bajar la exigencia. Faltamos al respeto a los estudiantes que pretenden una calificación a base de ruegos y concedemos. Traicionamos al magisterio cuando accedemos a la presión de dar a alguien lo que no se merece. Pero, nos condenamos cuando le faltamos a nuestros estudiantes. Más nos valiera no haber sido maestros si menospreciamos el esfuerzo, si humillamos, si rompemos a un ser humano. Un maestro que por su pequeñez como ser humano acaba con las posibilidades de una persona está maldito.

Un profesor de verdad, se compromete con la construcción de seres humanos.

Pero, debo decir, que hay materias más difíciles que otras. Que de repente, los alumnos se angustian frente a los conceptos y, a pesar de la buena intención de alumnos y profesores, aunque unos estudien y otros expliquen, no hay forma. No se traspasa el conocimiento. Ni modo, no debemos hacernos de la vista gorda y simular que sí se logró el objetivo.

Eso lo único que significa es que hay una clasificación reprobatoria. Una reprobada no es el fin del mundo. Esa vez no se aprobó, se aprobará a la siguiente. Y, si no se puede, no pasa nada. Si uno fracasa, en los intentos, si caemos, nos ponemos de pie, nos quitamos el polvo, elegimos otros caminos. Y ya. Una calificación no define a nadie. Hay vida después de los libros. Hay casos de éxito de gente que no se graduó con excelencias, el hombre que transformó al mundo del siglo XXI fue a una institución de la Ivy League y no terminó.

En medio de esta tragedia, hay que acompañar el dolor de la familia, amigos, compañeros y comunidad universitaria. De eso, no he oído mucho.

Soy guadalupana

Es curioso, hoy en día hay que explicar lo que antes era evidente. En el pasado quedaba claro que independientemente de credo, partido político, preferencias deportivas, gustos gastronómicos o cualquier predilección, los mexicanos llevábamos en la sangre el gen guadalupano.

Hoy es distinto, más allá del catolicismo , de si se están perdiendo adeptos, si están avanzando otros credos o si el ateísmo rampante se extiende como mancha de tinta en un mantel blanco, parece que hay algunos que no entienden lo que significa ser guadalupano.

Guadalupe es un signo de amor. Basta darse una vuelta al Tepeyac para entender. Hoy que el tema de las vibras es lo que más importa, puedo decir que lo que sucede en la Villa vibra a frecuencias perfectas en las que se topa uno con la alegría de ver a la Morenita, con la esperanza que da ir a pedir un milagro, la maravilla de presenciar como se ofrecen promesas y juramentos para alejarse de un vicio, las intenciones para recomponer el camino, la gratitud por una gracia alcanzada. Se llama fe y es auténtica.

Como soy guadalupana y creo que Dios existe —independientemente del nombre que cada quien quiera darle—, creo que María de Guadalupe es su madre y tiene esa maternidad amorosa que todos los seres humanos buscamos, más allá de cualquier diferencia. Por eso, porque el amor es universal y su búsqueda trasciende límites, es que hay judíos guadalupanos, ateos que aman a Guadalupe, cristianos que respetan el milagro del Tepeyac.

Hay detractores, ni modo y no importa. Guadalupe está en la Villa y es una casa de puertas abiertas a quien quiera entrar. Ave María, reina del cielo, tú que proclamaste la grandeza de Dios desde la humildad, te digo, Virgencita hermosa, como te lo dijo Juan Diego: señora mi Ama, Niña Celestial, Amada Madre de Dios, felicidades en tu día. Como dijo ese hijito tuyo, cada que voy a tu cerrito, entro al paraíso. Nos elegiste,. No hizo nada igual con ninguna otra nación”
(Non fecit taliter omni nationi)
, fueron las palabras de Benedicto XIV cuando se le presentó la imagen de la Virgen de Guadalupe y admirando su belleza aprobó las obras del patronato de Guadalupe en México.

¡Bendita madre del cielo! Tal como lo dice el Nican Mopahua, ahí seguimos yendo los guadalupanos a reconocerte divina, a presentarte nuestras plegarias y a admirar el milagro que nos fue dado.

Cuando muere una amiga

Leticia Blázquez Pons fue mi mejor amiga en los años de Preparatoria. La conocí en la escuela, estudiamos juntas en el Simón Bolívar. Ambas llegamos en primero de secundaria a 1A con la madre Lucila como titular. En tercero ella se fue a vivir a Torreón y volvió al año siguiente. Fue entonces cuando nos hicimos mejores amigas.

Íbamos en 4D. Nos sentábamos juntas en el salón, ella a mi izquierda junto al pasillo. La recuerdo por su hermoso pelo negro, brillante y largo. Si cierro los ojos puedo ver sus manos largas y cuidadas. Ponte crema, me decía. Siempre arreglada, sabía maquillarse y aprendí a hacerlo con ella. Fue mi compañera de estudios, de aventuras, de travesuras. Era buena en matemáticas, física y tenía una habilidad para dibujar. Pero, lo suyo eran los idiomas.

La recuerdo en su Pacer, un auto de moda en los años ochentas. Manejaba muy bien. Oíamos música juntas y nos pasábamos las tardes viendo MTV videos de Duran Duran, Culture Club, Journey, Michael Jackson. Salíamos a tomar café y hablábamos de nuestros sueños, del futuro y de la vida.

Lety era una chica inteligente, sensata y muy interesante. Viajó mucho desde pequeña. Su padre era piloto de AeroMéxico y eso le facilitó recorrer el mundo desde muy niña. La imagino caminando en el atrio del monasterio del Escorial o recorriendo las calles de París de la mano de sus padres.

Hablábamos del futuro como si jamás se nos fuera a acabar. Al acabar la prepa ella decidió su vocación: sería maestra de inglés. Fue de las mejores. La vida nos separó. Lety se casó joven y se fue a vivir a Holanda. Le perdí la pista. Nos reencontramos casi quince años después. Ella era madre de dos niñas bellísimas y yo me acababa de casar. Nos prometimos vernos seguido. No cumplimos.

Coincidimos en una fiesta de generación. La vi luminosa, llena de éxito, triunfante en el mundo profesional, feliz. Así la quiero recordar. Plena, con ese brillo en los ojos tan de ella, con esa fuerza y determinación que hacía parecer que las dificultades eran nimiedades. La invité a las presentaciones de mis libros, a los aniversarios de la revista. Tuve la suerte de concretar algunos proyectos con ella. Su presencia en mi vida fue virtuosa. La quiero mucho.

Supe por ella de su enfermedad. Cuando me lo dijo, no se le notaba. Así de fuerte fue siempre. La última vez que nos vimos, nos tomamos una botella de tinto por el gusto de hacerlo. Me enteré por Facebook. Lety Blázquez, mi mejor amiga de los años hermosos de sueños y planes murió. Al saberlo, sentí que el mundo dejó de girar y creo que sí se paró el tiempo. Algo me jaló el ombligo.

Cuando una amiga muere, hay una parte que se va con ella. Lety: amiga de tantas aventuras, de travesuras y descubrimientos. La vida nos reunió siendo muy jóvenes. Vuelas, amiga querida y le pido a Dios que tengas buen viaje y que llegues sana y salva a tu destino.

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