Casillero número 42

Por más años de los que me gustaría confesar, guardé mis cosas en el casillero número 42 del área del vapor en el baño de mujeres del Club Asturiano de México. Fue un regalo que mi papá me hizo para guardar las cosas cada que fuera a hacer ejercicio. Era uno de los casilleros más chiquitos, les decía que era un guardacosas de interés social. Cabía muy poco: mis canasta con el shampoo, el enjuague, el jabón, el rastrillo, la esponja; mi perfume, mis emblemáticas chanclas de hule con pequeñas pelotitas de tenis, mi pistola de aire para secarme el pelo y no mucho más. Otras tenían suites de lujo para guardar sus cosas, pero el privilegio del casillero 42 era el lugar en el que estaba.

Ahí tuve muchas vecinas que fueron mis amigas por muchos años. Vi llegar a una gran cantidad de gente nueva, acomodarse a mi lado. Vi que muchas se iban, porque conseguían un casillero más grande. Mucha gente rotó por el pasillo en el que yo tenía el cuarenta y dos. Una vez, me tocó ver como una nieta iba por las cosas de su abuelita que ya no volvería más al club. Muchas de las amigas que hice en el club se fueron a otros lugares, a vivir a otras ciudades, al cielo y yo seguí, por años, fiel a ese pequeño espacio que me vio llegar a guardar mis cosas, luego entraron también las de mis hijas, jamás cupieron mis raquetas, pero había lo suficiente para arreglarme después de mis partidos de tenis, de nadar o de ir al gimnasio. Cupieron una gran cantidad de recuerdos hermosos, de risas, de complicidades, de maravillas que hacen la vida.

No creí que llegaría el día en que tuviera que dejarlo ir. Pero, siempre llega el momento de decir adiós. Hoy fui a sacar las cosas de mi casillero 42. Me pude despedir de Jose, de Ceci y de Maripaz. No quise hacer un gran evento de algo que me estaba partiendo el corazón. Sin embargo, hay que ser prácticos en esta vida. El Club Asturiano que me vio sonreír tantas veces, que vio crecer a mis hijas y en el que he sido tan inmensamente feliz, hoy me queda muy lejos, ya casi no voy. Mis hijas ya no se paran por ahí y mi marido tenía más de dos años sin ir.

Hoy vacié el casillero cuarenta y dos, le di las gracias y lo bendije. Espero que la persona que llegue a ocuparlo lo tenga tantos años como lo tuve yo, que lo disfrute como yo, que lo quiera tanto como yo lo quise y que si algún día vuelvo a pasar por ahí, no se me salgan tantas lágrimas como las que derramé hoy. Hoy vacié el casillero cuarenta y dos pero me llevo todo lo que guardé ahí, momentos entrañables que siempre me devolverán tiempos felices.

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El conservador que hay en el corazón de AMLO

Cuando López Obrador arremete contra los conservadores, cuando se burla, cuando les llama adversarios, a mí me empieza a ganar la risa. Desde hace años, supimos que nuestro actual presidente es una figura que polariza, la congruencia no es su característica más definitoria. Por un lado dice una cosa y por el otro hace lo contrario. Por eso, siempre supimos que muchas de sus promesas de campaña fueron hechas para endulzar las preferencias de voto. Y, es que, aunque AMLO siempre se ha identificado con la izquierda, esconde a un gran conservador dentro de su piel.

Por eso, aunque muchos morenistas tienen pensamientos muy liberales, a López Obrador le cuesta pasar ciertos tragos. No hablemos del matrimonio igualitario, porque ese tema se lo tuvo que pasar aunque quienes lo conocen bien saben que le supo amargo. Pero, ahí están sus convicciones reflejadas en la opinión sobre quien se debe hacer cargo de los hijos —que las mujeres recurran a abuelas, tías o que se queden en casa a hacerse responsables de los niños—, que las mujeres que viven en albergues para refugiarse del maltrato intrafamiliar regresen a sus casas porque su gobierno va a cortar el flujo de recursos a estos espacios de seguridad.

Pero, no es el tema con las mujeres su único rasgo conservador. El ejercicio de poder centralizado, el ataque directo al federalismo al nombrar súper delegados que compartan poder con los gobernadores. Unos, los primeros elegidos por dedazo y otros, los segundos, elegidos por el voto popular, minan a la federación y van a favor del centralismo que no es otra cosa que una manifestación conservadora de ejercer el poder.

El tema de ir contra los organismos autónomos es otro signo de su entraña conservadora. Quiso ir por el Banco de México, ataca la Comisión Reguladora de Energía, va contra el INAI, quiere un Estado centrado en una sola persona: él. ¿Qué hay de liberal en ello?

Por eso, cada que AMLO se ríe de los conservadores a mí también me gana la risa.

Las provocaciones de Roma y Yalitza Aparicio

Desde antes de que Netflix pusiera al alcance de sus suscriptores la última película de Alfonso Cuarón, las reacciones ya se hacían sentir. Incluso, muchas personas sin haber visto Roma ya habían escuchado puntos de vista y , hasta se atrevían a opinar. El tema estaba en boca de todos. Por supuesto, las reacciones que provocaba ya corrían por las calles de la Ciudad de México —donde fue grabada— y trascendían fronteras. Antes de ver Roma, ya había recibido todo tipo de consejos: no la vayas a ver en la tele, vela en una pantalla grande; no vayas a llorar; vete sola al cine para que puedas llorar a gusto, haz esto, no lo hagas. Claramente, se estaba gestando el fenómeno del cual nos toca ser testigos.

No tuve la fortuna de ser de las primeras en ver Roma, cuando quise conseguir boletos en los poquísimos cines que la exhibieron, ya estaban agotados. Como suele suceder cuando eres de las últimas personas en conseguir el bien preciado del que ya todos gozaron, recibí muchas miradas de ternura —pobre, no la ha visto todavía—, comentarios de toda índole que empezaban con no te la voy a echar a perder pero… y entonces comenzaban las divergencias. La primera opción fue: te va a encantar y la segunda era la totalmente opuesta: a mí no me gustó nada, te aseguro que a ti tampoco te va a gustar. Me gusto, Roma me gustó.

              Más allá del gusto de las personas, que siempre será respetable aunque uno no lo comparta, lo interesante es reconstruir de qué modo la experiencia estética producida por esta película se habría convertido en una categoría central de la belleza contemporánea. Como dijera Jacques Derridá, el concepto de obra de arte se ha vuelto obsoleto, decir si nos gustó o no, resulta banal, la comprensión de los procesos del arte actual se ha canalizado mediante el concepto de experiencia estética. ¿Qué nos hicieron sentir Roma y Yalitzia Aparicio y cómo lograron que esta sensación fuera universal?

Ver Roma, me provocó una serie de emociones sorprendentes que tienen el efecto de ondas expansivas. Alfonso Cuarón logró con Roma algo muy similar a lo que se despertó en mi mente cuando terminé de leer Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Me sorprendió porque pudimos ver un México que ya no existe. Algo parecido a lo que consiguió Guillermo Cabrera Infante con Tres Tristes Tigres: escribió de la Habana que moriría con la Revolución Cubana antes de que la ciudad sospechara su propia muerte. Cuarón fue rebuscar un tiempo perdido, un México que se recupera a través de los sonidos callejeros del afilador, de los gritos del que vende tamales, de la banda de guerra que desfila; de la imagen en blanco y negro, de una casa decorada como se usaba entonces, de teléfonos de disco, de una familia de clase media con una historia que pudo sucederle a tantas, en una colonia que hoy no es lo que era. Cuarón descorrió la cortina y nos permitió espiar a través de una ventana. Echó las manecillas del reloj para atrás y se atrevió a enseñarnos ese tiempo que ya no va a volver.

Roma me provocó recuerdos entrañables: el coche de mi padre era como el del papá de la película,  mi mamá manejaba un Volkswagen que se parecía al del personaje de la madre, mi abuela materna que vivía con nosotros, el patio de la casa de mi amiga Almita era idéntico al de la película, la costumbre que teníamos de encender las luces a media tarde y dejar alguna prendida en las noches, las tardes en las que nos reuníamos en torno al televisor a ver algún programa toda la familia me resultó tan próximo. Todo eso se debió al cuidado que Cuarón tuvo para evocar por medio de detalles —como el Insurgentes evanescente de una niñez que lucha por no desdibujarse en el recuerdo—. Pero, lo que provocó Yalitzia traspasa las fronteras de la imagen que seduce.

Yalitzia, con su actuación, se metió en la mente y en el corazón. El personaje de Cleo me hizo recordar a Mariquilla, una jovencita que llegó a trabajar a casa de mis padres siendo una niña y salió vestida de novia para casarse. Mariquilla como Cleo nos cuidó a mis hermanos y a mí. Era la encargada de despertarnos, de ayudarnos a vestir, de acompañarnos a comer, de ayudarnos con las tareas, de leernos cuentos por las noches. También, me recordó a Odi, la nana de mis hijas que las atendió con cariño y esmero; sin su apoyo ni ellas ni yo podríamos contar lo que hoy somos. Yalitzia, al encarnar a Cleo, despertó un sentimiento de cariño puro que le tuve a Mariquilla y ese agradecimiento eterno que le tengo a Odi. Yalitzia le infundió al personaje esa delicadeza y dulzura que se encendió en muchos corazones. Lo que más me sorprendió fue enterarme de que esta misma sensación se comparte por personas de diferentes edades en diferentes latitudes. Y, si Derridá tiene razón: si Yalizia y Cuarón pudieron estimular esta experiencia estética, entonces estamos frente a una obra de arte con Roma.

Pero, hay quienes piensan que somos estridentes los que alabamos a Roma. Las críticas que Yalitzia Aparicio a recibido van desde la rayana vulgaridad hasta el oportunismo servil. Yo no sé si el arco que esta actriz dibujó entre Oaxaca y Hollywood sea una casualidad. Lo cierto es que muchas mujeres han suspirado por lograr lo que ella logró al interpretar a Cleo. Muchos hombres quisieran haber triunfado como lo está haciendo ella. Tantas críticas que ha recibido esta artista oaxaqueña desfallecen ante el brillo que le da cosechar grandes frutos. La sentencia con la que muchos se llenan la boca es que fue un golpe de suerte y que así como llegó se irá. ¿Y qué? Podemos citar varios ejemplos de genialidad a los que les bastaron uno o dos golpes. Pienso en Josefina Vicens o en el mismísimo Juan Rulfo. ¿Para qué escribir más si ya nos había dado Pedro Páramo? Es momento de que Yalitzia disfrute y lo que ha de venir, será tema del porvenir.

La experiencia estética que provoca Roma no es una respuesta pasiva con respecto al arte; antes bien, supone la capacidad para desarrollar la verdadera autonomía personal y la crítica del contexto social y político de aquellos días. En este marco, Roma se entiende como un estilo que, al no ser ya ni discursivo, ni conceptual, permite tener experiencias distintivas que reconfiguran la conciencia. Algunos críticos de Roma manifiestan la incompatibilidad entre la experiencia estética y contenidos políticamente relevantes, aduciendo que puede ser panfletario, dejándola como un mero juego interno para la obra. No es así. En Roma sucede lo contrario, es precisamente ese juego lo que la vuelve política; la subversión de la experiencia estética se encuentra en tomar elementos extraestéticos, precisamente, porque tiene una relación intrínseca con la verdad.

Las provocaciones de Roma y Yalitzia nos permiten adivinar el gran amor que Alfonso Cuarón le tuvo a esas mujeres de su infancia para haberles ofrecido semejante homenaje. Lo que se enciende en las mentes y los corazones de quienes la hemos visto,— en pantalla grande o chica, con lágrimas o sin ellas— fue más allá de cualquier confín demográfico o de edad. Roma nos ayuda a desentrañar misterios que no sabíamos estaban esperándonos, ahí en nuestro corazón.

Por escrito en Spotify

Por escrito está en el aire, escuchen nuestro primer programa… Lo van a disfrutar. Del click al siguiente enlace…

https://open.spotify.com/episode/2TcxWeDbG0L0wpOfLr6gYO?si=hh1F947MQBytmQoySH7iJg

El abogado de El Chapo

Resulta que Adela Micha viajó a Nueva York a entrevistar al abogado de Joaquín Guzmán Loera. Jeffrey Lichtman es un hombre de cincuenta y cuatro años que defiende a clientes complicados, poco simpáticos y para decirlo con claridad, con amplias sospechas de culpabilidad. Pero, la justicia se sustenta en la presunción de inocencia, así que su trabajo es meterse en la mente del jurado a sembrar dudas razonables. Con el caso de El Chapo no pudo, hubo demasiada evidencia.

Lo curioso de esta entrevista es que Lichtman dijo varias cosas escandalosas que el juicio fue in circo preparado para inculpar a su pobrecito cliente, que las autoridades mexicanas son corruptos, que Peña, Calderón, Fox y Zedillo recibieron dinero del narco y que lo mejor es hacer un muro mas alto y más ancho para evitar que nuestra suciedad manche la limpieza de los Estados Unidos.

Es verdad, habló de lo terrible que es que los estadounidenses no puedan vivir sin drogas. El drama de los ciudadanos en Estados Unidos que no pueden con su cotidianidad si no es en un estado alterado de conciencia. Esa necesidad, esa ansiedad ha hecho millonarios a gente como Joaquín Guzmán Loera y ha derramado mucha sangre. Dijo, también que criminalizar las drogas transformó un buen negocio en un delito.

Vamos, no dijo nada nuevo.

Entonces, de sus silencios intuyo varias cosas. No dijo nada de los carteles que operan de aquel lado de la frontera. No habló de las complicidades que hay en Estados Unidos para que sus ciudadanos se droguen alegremente cada que quieran. ¿O, creerá que las sustancias entran y caminan solas y se distribuyen por generación espontánea? Y, si en México nuestras autoridades son corruptas, ¿allá son inmaculados o tontos? ¿No pueden ver los caminos de la droga?

De alguna manera, si Lichtman dijo que el juicio era un circo, quiere decir que la justicia estadounidense no es tan honesta ni tan prístina ni tan clara, ¿Eso nos quiso hacer entender? Lo terrible es que nos quiso vender espejitos y hay muchos que se los compraron.

Habló de Joaquín la persona y de El Chapo el personaje como si se tratara del Neo Robin Hood o la versión remasterizada de Chucho El Roto. No hubo un contrapunto, nadie que le dijera que el señor que defendió es un asesino, a lo mejor muy lúcido, muy inteligente, muy simpático, pero un asesino. No defendió a un buen hombre. La evidencia lo llevó a ser declarado culpable. Ni modo que creyéramos que el señor era inocente.

Mucho cinismo, muchas falacias, muchas sonrisas, poca verdad. Entiendo que Lichtman hizo lo que le correspondía, me hubiera gustado ver a Adela preguntando lo que nadie se atreve: ¿por qué en Estado Unidos necesitan personajes como El Chapo, por qué le compran tanto, por qué se drogan tanto?

Similitudes

La fotografía es del 9 de febrero de 2019 pero bien podría haber sido de septiembre u octubre de 1968. En la imagen se ve un automóvil del ejército, es descapotable. En el centro, vestido de civil, está el Presidente de la República. Va flanqueado por dos uniformados: el Secretario de Marina y el de la Defensa Nacional. Está rodeado por uniformados de a caballo y si no fuera porque sus rasgos físicos son tan diferentes, podríamos confundir a López Obrador con Díaz Ordaz. Van avanzando por lo que se puede ver, por el Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México.

Se trata de una fotografía de la agencia EFE que se tomó en la conmemoración del 106 aniversario de la Marcha de la Lealtad. Por eso, hay veces que al ver este tipo de retratos siento que entramos en la máquina del tiempo y hemos echado el minutero para atrás. Yo creí que nuestro actual Presidente se autodenominaba la antítesis de aquellos mandatarios y que su transformación nos llevaría a un cambio opuesto a las propuestas de esos que nos dijo eran responsables de todos nuestros males. Lo sigue diciendo todas las mañanas en sus conferencias de prensa. Seguramente, cuando López Obrador trata de alejarse de la figura neoliberal y eleva el dedo para juzgar el pasado no se da cuenta de las similitudes que está apersonando. Muchos de sus seguidores más fieles, ya lo están notando.

Es posible que el señor Presidente no haya visto esta foto, pues si la viera se sentiría tan sorprendido por las similitudes con el pasado. A lo mejor se la están escondiendo, suele suceder. Claro que el Presidente Díaz Ordaz, cuando estuvo a cargo, no tenía el cabello repleto de canas ni le tocó luchar tanto por llegar al poder; pero ambos son parecidos en las circunstancias: les toco gozar de mucho, muchísimo poder. Han pasado más de cincuenta años desde aquellos hechos sucedidos en la Plaza de las Tres Culturas mancharan de rojo la plancha de Tlatelolco, pero como se parece lo de entonces a lo de hoy.

De aquellos años para acá, a los uniformados le ha tocado apechugar, aunque a algunos opinan que han aumentado su radio de influencia y otros creen que se les ha desprotegido. Desde los años de la segunda mitad de siglo XX, en México hemos visto desfilar populistas, estatistas, neoliberales, de derechas, de izquierdas, alternancias pacíficas. Las fuerzas armadas han estado ahí, en los planes DN3, en el combate para recuperar la seguridad pública, en el cuidado de la nación. Desde Echeverría hasta Ernesto Zedillo, dio igual quien fuera el que ocupara la silla presidencial, el Ejército y la Marina estuvieron detrás de quien detentara el poder ejecutivo.

En tiempos de Vicente Fox, las cosas no cambiaron. Tal vez, el pudor que mostraban los presidentes para las fuerzas armadas fuera por ese reclamo de la izquierda que siempre elevaba el puño y enseñaba los dientes por la cercanía entre el poder civil y el castrense. Pero, el primer presidente panista de México llevó las cosas un poco más allá: hizo al general Macedo de la Concha el primer Procurador de la República de origen militar. Felipe Calderón llevó las cosas un poco más lejos: se vistió de uniforme y nos dejó en claro que el era el comandante en jefe de las fuerzas armadas. Claramente, hoy ese pudor desapareció

En los años calderonistas, la izquierda estaba enojadísima porque se ponía al Ejército y a la Marina a llevar a cabo tareas que no les correspondían. Se quejaban, con razón, de ver que la independencia del ejecutivo se viera afectada por la cercanía al poder de las armas. Uno de los lemas de campaña de López Obrador era transformar la situación, regresar a los uniformados a los cuarteles y crear una fuerza civil que nos garantizara la seguridad que se había perdido. Se acabaría con el derramamiento de sangre y con una guerra que había causado muchas bajas por combatir los efectos del crimen organizado. No será así.

No sucederá. La cuarta transformación de López Obrador ha decidido estar cerquita del Ejercito y la Marina. Tan cerquita, que hoy me recuerda a otro mexicano al que le gustaba pasearse por Reforma flanqueado por uniformados. Espero que mañana las imágenes que circulen por ahí no nos recuerden a otro tipo de regímenes lejanos a valores, ya no digamos de la izquierda, sino de democracia.

¿Qué hago con los niños?

 

Sin duda, desde que empezó la transformación lopezobradorista, hay veces que siento que el reloj ha echado las manecillas para atrás. Desde el tono de los discursos, que tienen esas pausas tan lopezportillistas y arengas echeverristas, hasta esos modos autoritarios en los que el Señor Presidente todo lo decía, todo lo controlaba y todo lo hacía. En aquellos años, las novelas en la radio y la televisión nos mostraban una sociedad de familias que tenían papá, mamá, hijos, mascota, felicidad y abundancia. El drama era que una mujer se enamorara y lograra realizar el amor con el principie azul para vivir felices para siempre en el beso eterno y la alegría sin fin.

Por supuesto, ya desde aquellos años, la sociedad mexicana se daba cuenta de que no todo es color de rosa. Hoy, muchas familias son uniparentales, el padre, en la mayoría de los casos, es una figura ausente, la madre tiene que salir a trabajar para conseguir el sustento de la casa y la distribución de edades de la pirámide poblacional no deja muchas alternativas para volver a aquellos años dorados en los que Pedro Infante salía a cumplir con miles de trabajos mientras la mujercita se quedaba en casa a administrar la pobreza.

Dada la compleja configuración de la dinámica familiar actual, sus transformaciones y el impacto que estos cambios tienen en la vida social, se vuelve relevante entender y tener una visión amplia de lo que sucede. Pero para el análisis y comprensión de estos procesos, es preciso enterarse de la forma en que los cambios en la familia se han visto reflejados en nuestros tiempos.

Podemos constatar que la institución familiar ha transformado su estructura y su conformación, pues interactúa y está sujeta a los cambios y fenómenos sociales, además de que va más allá de los miembros que la conforman. Para precisar su significado y función dentro de la sociedad, se deben considerar sus características de acuerdo con su contexto sociocultural, tipo de unión que cohesiona esta célula social, actividades económicas, discursos políticos, fenómenos demográficos y avances tecnológicos o educativos. Los mexicanos hemos cambiado mucho y hoy aceptamos la diversidad como algo propio de nosotros.

Sin perder de vista que los problemas sociales no reconocen las fronteras disciplinarias impuestas por la ciencia, la antropología social y la demografía principalmente, centran su interés en visualizar cómo, por qué y cuáles son las causas de que las familias modifiquen su estructura partiendo del concepto de familia, el cual no sólo se limita a la unión entre un hombre y una mujer para la procreación de los hijos. Hay madres solteras, viudas, padres solos, parejas cuyo ingreso no es suficiente para cubrir las necesidades del hogar, abuelos, hermanos que se hacen cargo, tíos que viven en el mismo lugar, primos que son como hermanos. Me parece que el Presidente López Obrador desde su pináculo de poder perdió de vista que no todas las familias tienen el privilegio de contar con una serie de recursos que el presupone son inherentes a la sociedad mexicana.

Le falla el cálculo al Señor Presidente cuando desde el lujo de Palacio Nacional, rodeado de reporteros y de sus empleados, le ordena a las madres que se hagan responsables de sus hijos. Seguro no tomó en cuenta que hay familias que no cuentan con un salario que sirva para cubrir sus necesidades y que ambos padres deben de dejar la casa para buscarse el pan con el sudor de la frente. Tampoco se da cuenta que hay mujeres que sólo se tienen a sí mismas para mantener su hogar, que hay hombres que están en esa misma situación: no tienen una tía, una abuela, una hermana que les pueda ayudar. A lo mejor, viven en una ciudad distinta a la de sus familias, puede ser que sus familiares no estén en condiciones de cuidarse ni a ellos mismos o peor aún, que los padres no confíen en que mientras ellos están trabajando sus hijos estarán bien. ¿No sabrá López Obrador que los abusos infantiles más frecuentes se perpetran por familiares cercanos de los niños?

Falla López Obrador en su respuesta sobre ¿qué hago con los niños? Durante mucho tiempo, la familia fue y es considerada como una institución fundamental donde las personas se desarrollan como entes socioculturales, por lo que es de gran interés realizar un análisis sobre su conceptualización, pues su estructura y conformación ha cambiado y es vital que se reformule el concepto de familia para darla a conocer no como una institución estática sino cambiante y por lo tanto con diferentes necesidades a satisfacer. Ese es el análisis que me gustaría escuchar de un mandatario, no las simplezas que se dicen detrás de un micrófono cuando no se conoce el tema del que se está hablando. Por lo pronto mi mamá ya corrió, ¿estará cuidando a los hijos de mi hermana?

El jucio del Chapo

Terminó el juicio del Chapo y fue declarado culpable. En realidad, no hay sorpresa en el veredicto que emitieron los miembros del jurado, sin embargo, hay cuestiones sorprendentes con respecto a lo que sucedió en el estado de Nueva York y esto que la prensa y el mundo de espectáculo ha dado por llamar el “Juicio del siglo”.

El Chapo Guzmán es una figura curiosa. Joaquín Guzman Loera es un narcotraficante peligroso, un hombre que se dedicó al trasiego de drogas duras a nivel internacional, un asesino cruel y un espíritu despiadado, no obstante, El Chapo es un personaje al que se le quiso aproximar a la figura de Chucho el Roto o a Robin Hood y gracias a la frivolidad de gente como Kate del Castillo o al oportunismo de Sean Penn se pasó de largo que este sujeto tuvo la sangre fría de matar a familias enteras y luego mandarlas deshacer en tinas de ácido.

Parece que la defensa de Guzmán Loera podrá hacer poco para revertir lo que se anticipa como una sentencia de por vida. En realidad, a nadie sorprende el hecho de que un hombre que hizo tanto daño haya sido encontrado culpable. Lo que sorprende es que al Chapo no le haya sucedido como a Al Capone que no fue sentenciado por los delitos que cometió sino por ser un evasor de impuestos.

Sin embargo, no es lo único que sorprende. Llama la atención que en el juicio, haya evidencia de la forma en la que este peligroso narcotraficante metía alegremente cantidades escandalosas de droga a Estados Unidos desde muchas partes del mundo, pero no se hable de cómo se distribuía en territorio estadounidense. Como siempre, los carteles de la droga de aquel lado de la frontera permanecen en el anonimato. Sabemos los nombres de las organizaciones delictuosas de México, Colombia, Centroamerica, conocemos de las operaciones de los rusos y en Europa, pero parece que al entrar a Estados Unidos la droga tiene patitas y se mueve en forma autónoma y alegre. No hay algún cartel en Chicago, o en Texas, o en California, o en Nueva York o en ningún lugar. Seguramente, la droga llega a las manos y a las narices de sus consumidores por osmosis o por generación espontanea o por la gracia de alguna fuerza oculta.

Algo falla en la justicia estadounidense, allá están buenos para señalar a los que nacieron fuera de sus fronteras, ¿serán tan ingenuos para creer que ninguno de sus ciudadanos tienen que ver con esos crímenes? Me parece que no hay peor ciego que el que no quiere ver y allá no ven que ese flagelo los seguirá golpeando si no empiezan a aplacar a los narcotraficantes de allá.

Maduro, el insostenible

En la imagen se ven tres cajas de trailer, una amarilla en el centro y dos color celeste que están atravesadas sobre los carriles de una autopista. Frente a estos estorbos, hay una especie de malla anticiclónica y en tres carriles hay unos bloques de concreto. La fotografía muestra una vista aérea de la frontera entre Cúcuta, Colombia y Táchira, Venezuela. Está bloqueada para impedir el paso de ayuda humanitaria. La mente preclara que pergeñó semejante idea es la de Nicolás Maduro.

Como sucede en estos tiempos, en las redes sociales hay muchos simpatizantes del régimen chavista en México. Elevan el puño a favor de la revolución bolivariana y cuando alguien opina en contra de Nicolás Maduro se rasgan las vestiduras y gritan que todo esto se debe a los abusos y al aislamiento al que se han visto sometidos por el enemigo maldito que representa Estados Unidos. Para ellos, el mal está en el exterior y es culpa de los yankees todo lo malo que pasa en Venezuela. Es ese cruel cerco económico, igual al que le impusieron a Cuba, lo que los tiene así.

Pero, si entre Castro y Chávez había grandes diferencias; entre Castro y Maduro hay una fundamental: astucia. No imagino a ningún mandatario que goce de sus facultades mentales alegar que el envío de alimento y medicina sea una provocación. El fundamento que los que apoyan al sucesor de Chávez tienen, es decir culpar al bloqueo económico del extranjero de la precaria situación venezolana, se las acaba de tirar Maduro a base de arrogancia y falta de sensibilidad. Si Maduro se hubiera tomado el tiempo de leer a Maquiavelo, se habría enterado que lo peor que puede hacer un mandatario es tener con hambre al pueblo.

Imagino a Maduro como esos changos que agitan el avispero seguros de que van a conseguir miel y no se dan cuenta de lo que están provocando. Mientras en México unos apoyan a Nicolás Maduro a la distancia, hay venezolanos que están enfermos y no tienen medicina, hay hambrientos a los que se les está negando alimento. No se puede tapar el sol con la sombra de un ideal bolivariano. Simón Bolívar ya se habría levantado en armas para liberar a Venezuela, esa era su naturaleza.

Hoy, la diplomacia trata de arreglar lo que Maduro descompone. No se trata de apoyar a Guaidó, se trata de ver las razones del pueblo venezolano al que no hay necesidad de bloquearlo desde el exterior. Su presidente ya lo está haciendo. Maduro está bloqueando la entrada del convoy de ayuda humanitaria, habrase visto. Esa posición es insostenible.

Las formas de dar testimonio (Sostiene Pererira)

Sostiene Pereira

Antonio Tabucchi,

Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira,

Anagrama, Barcelona 1999

Algunas veces, las razones metaliterarias te llevan a volver a un libro, como quien regresa a los brazos un amor antiguo. En este caso, la esplendida edición limitada que editó Anagrama de Sostiene Pereira fue lo que obró la magia de la seducción. Un hermoso contraforro que semeja los azulejos marino y blanco, como aquellos que hay en las fachadas de las casas lisboetas, sirvió de pretexto para releer uno de los libros que logró el consenso de la crítica: Tabucchi es un gran escritor.

Con la genialidad del escritor que es Antonio Tabucchi, nos narra la cotidianidad de un periodista —Pereira, el personaje principal— que dirige la página cultural de un diario vespertino que se edita en Lisboa en plena dictadura de Salazar. Los retruécanos de Tabucchi nos muestran el gran amor que tiene por Portugal, su tierra adoptiva, y por la capital portuguesa. En Sostiene Pereira Lisboa es escenario y es personaje, es las dos, a veces una, a veces la otra y muchas veces toda a un tiempo. Lisboa es un conjunto de producción escrita que realza la belleza por medio de la palabra. La creación lisboeta se refiere a la transformación de la realidad, a la trasformación de ambientes, situaciones, emociones y personajes en donde los autores dan su propia visión del mundo, que por más realista que parezca, será siempre ficticia. En Lisboa, Tabucchi encuentra ese grado de misterio, de aventura, de contraste en el que se revuelven temas políticos, la anchura del Tajo, el contraste entre las fortalezas y las casitas con fachadas decoradas de azulejos y techos de color de arcilla.

La relación entre el autor y la ciudad en la que narra los sucesos es de suma importancia en Sostiene Pereria. Antonio Tabucchi es un escritor italiano, y también portugués por voluntad y nacionalización. Nació en Pisa el 24 de septiembre de 1943 y murió en Lisboa el 25 de marzo del 2012. En su primer año de universidad en la Sorbona, en 1960, descubrió a Fernando Pessoa y se enamoró del escritor y de Portugal. Aprendió portugués y se convirtió en experto en la obra de Pessoa. Con su esposa, nacida en Lisboa, fueron los traductores de este escritor al italiano. Sus conceptos de saudade, ficción y heterónimos provienen de él. Se especializó en literatura portuguesa e hizo de Portugal su segunda patria. Una visita a Lisboa inició su amor por esta ciudad. Tabucchi eligió vivir seis meses en Lisboa y otros seis en la Toscana donde enseñaba literatura portuguesa en la Universidad de Sienna.

Sostiene Pereira, publicada en 1994, es una novela que transcurre en Lisboa y que le atrajo mucha fama. Ganó con ella el Premio Super Campiello y el Jean Monnet de Literatura Europea. Se filmó  la película sobre esta novela con Marcelo Mastroianni como Pereira. Tabucchi participó en el guión (1996). Sostiene Pereira es una de esas novelas en las que sientes que entraste a un mundo aparte, perfectamente sostenido. Un mundo ficcional que transcurre principalmente en Lisboa. Una ciudad que se percibe umbrosa, oxidada, tensa, en la que está sucediendo algo tras bambalinas.

La novela trata sobre un periodista viudo, Pereira, que habla con el retrato de su esposa y escribe la página cultural del Lisboa, este periódico olvidable, conservador, proportugués. Es muy gordo, suda mucho, tiene problemas de corazón y de presión alta. Conoce a un joven, Monteiro Rossi, porque se interesa en un artículo suyo que trata sobre la muerte y su relación con la vida:

“La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que una la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida” (p. 9)

Entonces, busca en la guía telefónica al autor, lo encuentra y le encarga escribir necrológicas y efemérides para el Lisboa, que él personalmente le paga, no el periódico. No las puede publicar porque están politizadas como está todo en ese momento en Lisboa. Al avanzar la narración nos enteraremos que Monteiro Rossi está involucrado en un movimiento en contra de la dictadura de Salazar.

La novela comienza el 28 de julio de 1938:

“Lisboa refulgía en el azul de la brisa Atlántica” (p. 11)

La novela describe todos los movimientos de Pereira, qué come, qué tranvía o taxi toma, por qué calle pasa, si le es difícil subir una de las muchas colinas de Lisboa, si prefiere caminar o si ese día tomará limonada con hielos. La primera oración nos da una pista que ya adivinamos desde el título mismo de la novela, y que se repetirá en múltiples ocasiones a lo largo de las páginas:

“Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía…” (p. 7)

Quizás leer algunas citas muy cortas sobre Lisboa nos lleve a entender como Tabucchi enreda la ciudad con el tema político:

“De improviso, cesó la brisa atlántica, del océano llegó una espesa cortina de niebla y la ciudad se vio envuelta en un sudario de bochorno. Antes de salir de su oficina, Pereira apagó el ventilador, se encontró en las escaleras a la portera, aspiró una vez más el olor a frito que flotaba en el zahuán y salió por fin al aire libre. Frente al portal se hallaba el mercado del barrio y la Guardia Nacional Republicana estaba estacionada allí.” (p. 12)

“Porque el país callaba, no podía hacer otra cosa sino callar, y mientras tanto la gente moría y la policía era la dueña y señora” (p. 13)

“Y, mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, mirba la Avenida Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praca de Rossio, de estilo inglés; y en el Terreiro do Paco se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo…” (p.15)

Es decir, Tabucchi nos deja claro como el personaje principal está totalmente ligado con el entorno de Lisboa y, también, de su tiempo político, la dictadura de Salazar. Lisboa y el calor del verano, envuelven al personaje que escapa en dos ocasiones a ciudades cercanas. Nos muestra detalles como el Café Orquidea, donde va nuestro personaje continuamente,  porque ahí solo sirven omelettes que es lo que a este personaje le gusta comer.

La estructura que Tabucchi eligió para narrar esta novela es muy efectiva. Los capítulos son cortos, lo que permite avanzar rápidamente en la lectura. El narrador es un testigo, ya que en realidad, estamos leyendo un testimonio. Es decir, el narrador no se compromete con la historia, simplemente deja registro de los hechos que le contó alguien más: el declarante. Entonces, el narrador le avienta la responsabilidad de los hechos a quien protagoniza: Pereira y se da el lujo de ser imparcial y frío frente a los sucesos.

Tabucchi lleva las riendas de la narración, en algunos casos la contiene. Parece que nos va a proveer de una nueva rama narrativa y como si se tratara de un jinete experimentado que va montando un animal inquieto, jala la rienda y juega con el lector:

“Sostiene Pereira que pensó en su infancia… pero de su infancia no quiere hablar, porque sostiene que no tiene nada que ver con esta historia” (p. 125)

“Al día siguiente por la mañana Pereira fue despertado por el teléfono, sostiene. Todavía estaba sumido en su sueño, un sueño que le parecía haber soñado durante toda la noche, un sueño larguísimo y feliz que no considera oportuno revelar porque no tiene nada que ve con esta historia” (p. 137)

“Se pasó una buena parte de aquella tarde así, pensando en su infancia, pero eso es algo de lo que Pereira no quiere hablar, porque no tiene nada que ver con esta historia, sostiene.” (p. 148)

Sostiene Pereira nos cuenta sobre la relación que tiene el protagonista con Monteiro Rossi y con su novia Marta. Tabucchi sabe como irritar al lector que constantemente se pregunta por qué Pereria accede a los abusos de estos jóvenes, los invita a cenar, les paga los cafés, consiente que le siga entregando artículos impublicables y se los paga de su bolsa, los ayuda a extremos que son inentendibles, como llevarlo a su casa:

“Pereira le acompañó al baño y le dio una camisa limpia, su camisa color caqui. Le estará un poco ancha, dijo, pero qué le vamos a hacer… Había aparecido de repente en su casa y otras cosas más… No dijo nada, aplazó la conversación para más tarde y volvió al salón.” (p. 149)

“Había caído la noche y las velas difundían una luz tenue. No sé por qué hago todo esto por usted, Monteiro Rossi, dijo Pereira” (p. 152)

“Pereira apagó las velas y se preguntó por qué se había metido en aquella historia, ¿por qué alojar a Monteiro Rossi, por qué telefonear a Marta y dejar mensajes en clave, por qué inmiscuirse en historias que no le atañían?” (p. 154)

Sostiene Pereira es una novela que no tiene desperdicio, es una suma de contrapuntos entre: la vida y la muerte; la soledad y la compañía; la trascendencia y la cotidianidad; el valor de la literatura y la libertad de expresión; la política de una dictadura y la represión militar.

Antonio Tabucchi nos deja a los lectores de la décima edición una nota que nos lleva a entender la visión del autor y es verdaderamente entrañable. Insisto, Sostiene Pereira es una novela tan bien estructurada en la que nada le sobra y nada le falta. No tiene desperdicio.

 

 

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