Mañana de lunes

Algunos lunes nos resultan más pesados que otros. Hay semanas que se inician ligeritas y mañanas que se llenan de rocío, hay otras que empiezan pesadas, húmedas y mojadas. A veces ni nos importa que el día amanezca con nubarrones grises y con charcos por todos lados, el buen humor y el ánimo todoterreno le gana a las condiciones climáticas. Otras, no.
El animo nacional sube de la euforia y se precipita al desencanto. No es justo, a la Selección Nacional hay que aplaudirle y decirles: bien jugado. A los holandeses también. Ni modos, así es el futbol. Lo que nos convierte este lunes en uno pastoso es que ya se nos diluyó el pretexto para andar súper contentos, porque la camiseta de nuestro equipo ya no se lucirá en la cancha y sobretodo porque nos vamos a enfrentar con la realidad, otra vez.
¿Qué pasó mientras estábamos pendientes de lo que pasaba en Brasil? Bien, bien no sabemos qué estuvieron haciendo los legisladores pero ya estamos próximos a saberlo. Sabremos si la preponderancia se inclinó por el servicio o por sector y entenderemos ante quien se inclinaron los legisladores. Sí.
Nos despertaremos con la noticia de que Tlane tiene su grupo de autodefensas y de que el Dr. Mireles está recluido en un penal de alta seguridad ¿qué no era el vocero de las autodefensas? También nos enteraremos de otro socavón que se abrió en el suelo de la Capital de la República y que la riqueza del subsuelo está cambiando de estatus. De los médicos que apoyan a los otros médicos y sus manifestaciones, tal vez también tendremos noticias.
El hecho de que se acerque peligrosamente un meteoro cargado de agua no ayuda mucho para aligerar el ánimo. Tampoco el hecho de amanecer con gripa.
Hay mañanas de lunes en las que uno preferiría quedarse en la cama, tomando té caliente y durmiendo hasta que pase la tormenta, se vayan las nubes y salga el sol.
Pero, por suerte, hay mañanas en las que las ganas de salir a trabajar, a pesar de todo, imperan.

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La afición mexicana

Los mexicanos somos apasionados en cualquier tema. Parece que se nos va la vida en un juego callejero de rayuela y a la menor provocación nos ponemos intensos. Somos así. Nuestra cotidianidad está llena de entusiasmos y fervores. En general, México es un pueblo de fe, confiamos más allá de la lógica. Aquí hasta los ateos creen: ponen sus esperanzas en la democracia. Si se trata de vivir, la vehemencia es una característica muy mexicana.
El futbol es uno de los terrenos donde propios y extraños demostramos el arrebato que nos quita el alma. El juego nos chifla y somos capaces de hacer locuras con tal de serle fiel a nuestra pasión. No hay otra selección en el mundo que tenga seguidores más leales, cariñosos, entusiastas y hasta ingenuos.
¿Hace cuántos mundiales hemos sabido de mexicanos que se quedan varados en el país sede porque fueron engañados por alguna agencia de viajes? Hay cantidad de historias de individuos que han dedicado la vida a guardar su dinerito para acompañar a la Selección en los partidos del Mundial. Gracias al amor que la afición mexicana le profesa al equipo nacional, los estadios en los que juega México se convierten en locales y se pintan de verde. Los jugadores siempre son apoyados.
La gente no sólo usa la camiseta de la selección, se disfraza, se personifica, lleva instrumentos, echa porras, grita y apoya con una pasión que es digna de admirarse.
Por lo general, los reporteros aprovechan para contar historias de un mexicano que se hizo pipí debajo del Arco del Triunfo en París y apagó la llama perpetua, o del chico que en un ataque frenético se lanzó por la borda, o de algún compatriota que arrastó el apellido y el orgullo nacional por las calles haciendo desaguisados. Entonces, los más agraviados defensores del honor nacional se rasgan las vestiduras y se revuelcan adoloridos por la falta de clase que se demuestra al salir del territorio nacional.
Yo no.
Hoy, si a alguien hay que rendirle tributo es a la afición mexicana. Son un grupo de apasionados que al grito de guerra, aprestan el acero y el bridón para que retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón que construyen con sus voces y sus porras. Esos sí son los soldados que el cielo le dio a la patria en cada hijo.
Honor a quien honor merece. Son esos mexicanos los que con tanto entusiasmo dicen Antes patria , que inermes tus hijos sus cuellos dobleguen, te juramos exhalar hasta el ultimo aliento, lo que nos convoca a lidaiar con valor.
A quienes critican a la afición mexicana yo les mando una sonora trompetilla. A los paisanos que tienen micrófono y lo han usado para lanzar críticas flamígeras contra la porra mexicana, les grito lo que se escucha en los estadios cuando el portero contrario despeja.
La afición mexicana merece una guirnalda de honor.

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La promesa de una princesa

Sí, ya lo sospechábamos. Desde que percibimos que la abdicación de Juan Carlos y la coronación de Felipe VI llegaron en tiempos sumamente extraños, nos llegó el presentimiento de que algo había tras bambalinas. Observamos con recelo la decisión del viejo rey, los mimos de la nueva reina y nos decíamos por lo bajo, aquí hay gato encerrado.
Sí, ya salió el gato. Los rumores, cada vez más fuertes, van en el sentido de que la Infanta Cristina será imputada en el caso Noos. Entonces, la estrategia para dañar lo menos posible a la monarquía era echarla de la familia y que el escándalo manchara lo menos posible a la institución monárquica.
La situación es dura y habla mal de los que comparten escenario. Hasta dónde yo me quedé, los Borbón eran una familia y en teoría las familias no abandonan a sus integrantes, más bien los ayudan en épocas de vuelos bajos, los corrigen si algo anda mal y ven por ellos en tiempos difíciles. Anticipan los terremotos. Pero para los Borbón, tal parece que lo importante es el negocio familiar que ninguno de los usufructuarios han hecho nada para trabajarlo, sólo nacer.
Vamos, esto no es una defensa de las acciones de corrupción del antes yerno de oro de la Corona Española. Si hizo algo mal, que se lo demuestren y que pague por lo que hizo, como cualquier mortal. Sí ella fue cómplice que se lo prueben y que pague las consecuencias. Sin embargo, el caso Noos lleva años y lo único que sabemos son palabras, chismecitos, cavilaciones y pocos datos duros. Dicen que no hay más información por que Cristina está involucrada. ¿Será?
Pero sus padres y sus hermanos ya la condenaron antes que la justicia, la enviaron al exilio y la apartaron de la familia. Eso no habla bien de la familia real. ¿Dónde está su nobleza? Además leo las editoriales de periódicos españoles de todo tipo, de derechas, de izquierdas y en muchas ocasiones se apunta a Cristina como la culpable del deterioro de la monarquía. Dicen que ella se debió de divorciar de su marido y lanzarlo al precipicio de su suerte a navegar solo.
La institución monárquica esta dañada desde antes. El Rey Juan Carlos ya estaba perdiendo popularidad, desde antes de los escándalos de su hija. El mismo protagonizó varios.
La monarquía es un anacronismo en el siglo XXI. Pensar que alguien debe ocupar una primera magistratura por cuestiones de linaje, por lineas de sucesión y por derecho de nacimiento suena a cuento de hadas que incluso sus protagonistas ya no quieren representar. Letizia quiere brincarse el protocolo, salir con sus amigas, llorar cuando le de la gana y vivir. Eso es legítimo en el mundo de la gente común. Pensar que por ser hombre, tienes más derecho que por ser mujer, a ocupar el trono, da risa. Sí, ya sé que los de sangre azul se rigen por otros parámetros. A la gente de fuera del palacio, que contribuye a esas vidas de caramelo, ya les pesa ver esos palacios y esas vidas, cuando ellos han sido desahuciados, no tienen trabajo o están subempleados. Cristina no tiene la culpa de eso, tiene otras culpas.
Pero no es culpable por permanecer al lado de su marido y junto a sus hijos. Ella hizo una promesa, ser fiel en lo próspero y en lo adverso y la está cumpliendo. No se puede decir lo mismo de otros miembros de la Casa Real Española. Lo triste es que por ello la ven feo.
A Cristina la abandonó su familia por ser fiel a su marido y muchos españoles también. Si ella se hubiera divorciado, su marido seguiría su derrotero y ella hubiera estado en la ceremonia de coronación en primera fila. Incluso, se hubiera ganado una protección y jamás la hubieran imputado. Pero ella decidió de forma diferente.
Los hechos hablan de quienes los realizan. Unos abandonan, otros cumplen promesas. ¿Quién gusta más?

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La llamada de Purificación

Ayer, mientras avanzaba lentamente por el Circuito Interior escuché la entrevista que Carmen Aristegui le hizo a Purificación Carpinteyro. Era tal el tráfico que me dio tiempo de escucharla toda y a detalle. Por momentos, tuve la impresión de ver como se cavaba una tumba sin que la futura ocupante se diera cuenta. Entre las ondas de radio, casi, casi pude ver al Tonto Coyote parado en el vacío del barranco a punto de caer, mientras el Correcaminos hacía bip-bip y le sacaba la lengua.
Purificación Carpinteyro no es cualquier mujer. Es una persona que tiene historia, que le gusta el reflector, que ha asestado golpes duros a gente que pensábamos intocable, y sobre todo es una mujer astuta. Pero se pasó de lista. Tal vez se sintió inalcanzable, pensó que podría jugar con fuego y salir ilesa. Pero se quemó.
Hay gente que con razón dice que se violó su privacidad, que eso es obtener información de forma ilegal y que eso no se vale. En eso no hay quién consienta. Sin embargo, es ella, la que se pone la cuerda alrededor del cuello. Carpinteyro dice que ella no ha hecho nada malo, que el negocio al que se refiere en esa llamada telefónica que circula urbi et orbi no existe, aún. Y que ella sí quiere invertir en este sector. Lo dijo con tal seguridad y prestancia que ni cuenta se dio del cinismo de sus declaraciones.
Sí, está mal que la espíen telefónicamente. Sí, es muy sospechoso que el escándalo se detone justo en el momento en que en el Congreso se cocina lo que puede ser un enorme regalo a Televisa. Sí, es cierto que no es la única, que hay más legisladores que hacen cochinadas a su favor. Sí, sin duda. Pero está peor agarrar con las manos en la masa a una diputada de izquierda que debería vigilar el bien general, torciendo destinos a su favor.
No hay que confundirnos, Si Purificación Carpinteyro fuera legisladora en otro lado, hoy no sólo estaría enfrentando un linchamiento mediático, estaría siendo obligada a retirarse de su curul, sería expulsada de su partido, se le estarían exigiendo muchas explicaciones y se le haría un vacío en su bancada. Lo que hizo no está bien. Está fatal, aunque ella ponga cara de ángel, lo que intentó hacer está pésimo.
Ayer, Carmen Aristegui le advertía a la diputada, como tratando de facilitarle un lazo salvación para que no se le fuera la boca, ¿Puri, te das cuenta de lo que estás diciendo? Pero Puri seguía dándole cuerda a su propio regodeo tan cínico. Por fin, acorralada por ella misma, terminó la entrevista, colgando la llamada. Luego vinieron las declaraciones de Acosta Naranjo y de sus compañeros de partido.
Ahora la diputada llora, con un discurso pseudo inteligente quiere marear al respetable y salir impoluta de este cochinero. Purificación se lamenta y toma el papel de princesa agraviada. No. Esta mujer ya se exhibió y a lo tonto. Ese tipo de planteamientos no se hacen por teléfono. Ese tipo de cochupos no se hacen. Ella solita cavó su tumba y los largos bigotes de Televisa ocultan una sonrisa agradecida.

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Mordullo

Un mordullo es un tipo de mordelón que muerde sin avisar y sin motivo aparente. Es de los que ataca inesperadamente y sorprende en tal forma que la víctima es incapaz de reaccionar. Los mordullos son especies muy comunes en los jardines de niños. Los pequeños, que aun no saben controlarse, muerden a sus compañeritos, no por atacarlos, sino para descargar su emoción. Es más, las educadoras no se sorprenden que las mordidas se propinen a los mejores amigos al calor del juego. Sin embargo, morder no está bien.
En el jardín de niños enseñan a los chicos que esa no es una forma correcta de expresar emociones y las maestras les instruyen en formas civilizadas para demostrar gustos o disgustos. Morder es una expresión primitiva, que emerge de la parte salvaje del ser humano y como todas los estremecimientos primitivos debe llevarse un proceso educativo para dominar esas pulsiones.
No es correcto comer con la boca abierta, eructar, expulsar gases, hablar con la boca llena. Es de mala educación. No importa que sean cuestiones naturales al cuerpo. Desde chicos, los seres humanos aprendemos a controlar esos hábitos y a refinar las costumbres. Si un niño muerde, se le explica que no es correcto, si reincide, se le castiga separándolo por un rato de sus amiguitos para que reflexione y pida perdón. Hasta que eso no suceda el mordullo no puede volver a jugar. Si muerde por una tercera ocasión la cosa se pone grave y se acerca peligrosamente a la explusión.
¿Qué le pasó a Luis Suárez? Entiendo que el señor estuviera muy emocionado, no es para menos, estaban mandando a su casa a Italia, ganándoles 1-0. ¿Será que no fue al kinder? ¿Qué sucedió con el árbitro mexicano? ¿Le faltaron ojos? ¿Le ganó la incredulidad ante semejante hecho? Tal vez.
Lo cierto es que es la tercera vez que el mordullo muerde a alguien en la cancha. No me imagino lo que hará fuera de ella en los momentos de máxima emoción de su vida. No me gustaría estar junto a él en esos momentos. Si estuviéramos en el kinder ya sabríamos que consecuencias iría a enfrentar el jugador uruguayo. Pero la FIFA, órgano dictatorial e impredecible, tendrá que actuar. Ultimamente se le ve muy delicado y poco tolerante. Si a Luis Suarez lo tasan con la misma vara con la que midieron a la porra mexicana… Pobre.

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Negligencia médica

La labor de médicos, enfermeras y de todos los que tienen que atender enfermos es encomiable. Tratan con gente adolorida, con familiares angustiados, trabajan en condiciones de tensión y muchos no cuentan con el material adecuado para llevar a cabo su labor. Encima, siempre pasa lo mismo, si el paciente se recupera, el milagro lo hizo Dios, si el paciente se agrava y muere, es culpa del médico tratante y su equipo. Al escuchar estos argumentos uno no tiene más que ponerse del lado de los médicos. Tienen razón cuando dicen que no son magos.
Sin embargo, cuando se sabe del caso del joven Roberto Edivaldo Gallardo Rodríguez y se escucha a su padre Sergio Gallardo Ramos, la cosa cambia. El chico que tenía quince años en el 2010, ingresó al Hospital de Pediatría del IMSS de Guadalajara el 15 de noviembre de 2009 por un cuadro asmático. Se le buscó implantar un catéter, cuenta el padre, pero al llevar a cabo el procedimiento se le perforaron ambos pulmones. Los médicos dicen que eso es un riesgo que corren en favor del paciente. En 16 días se le sometió a siete laparotomías exploratorias, operaciones quirúrgicas abdominales. Se encontró perforación intestinal y falta de circulación sanguínea intestinal. Se le realizaron resecciones, cortes intestinales en distintos segmentos, pero ninguno de los segmentos fue analizado por patólogos. Nunca hubo un patólogo en el quirófano, dice el padre. Nunca se detectó que el joven padecía tuberculosis intestinal y nunca se le brindó tratamiento para una enfermedad eminentemente curable.
Roberto Gallardo falleció en el hospital después de 55 días.
Eso es una tragedia. El certificado de defunción del IMSS señalaba que el fallecimiento era producto de una sepsis (infección) intestinal sin precisar la causa. El padre exigió una autopsia que determinó como causa de muerte un daño orgánico sistémico consistente con una tuberculosis intestinal.
Al conocer la versión del padre, de imaginar el cuerpo del joven, el padecimiento de la familia, uno no tiene más remedio que empatizar con el
paciente.
No sé si en este caso hubo negligencia médica. Sé que hubo sendas manifestaciones de apoyo a los médicos tratantes y sé que los médicos dicen que ellos no tienen el dedo de Dios para evitar la muerte. Es verdad.
Pero también sé que es difícil hablar de lo que les sucede a otros. Por eso, les cuento lo que me pasó a mí.
El domingo pasado tuve un dolor abdominal agudo, el peor de mi vida. La ambulancia de la Cruz Roja llegó por mí y me llevó al hospital Dalinde porque era el que quedaba más cerca. Al llegar los médicos de urgencias me recibieron y me preguntaron qué sentía y mil veces me dijeron que entendían mi dolor. Me auscultaron y me dijeron que me harían un ultrasonido para ver que me pasaba. También me advirtieron que debía esperar a que la vejiga estuviera llena para realizar el estudio y se fueron.
Ahí me dejaron sola con mi dolor. Si gritaba, si pedía un analgésico, la enfermera me decía con fastidio que no me podían dar nada. Así me quedé hasta que el dolor cedió por sí solo.
Los médicos estaban muy concentrados en sus tabletas viendo qué tan larga era la manifestación de médicos en Guadalajara, en la Ciudad de México y en tantos otros lados. Luego en ver el futbol.
La única persona que me acercó el riñón para vomitar fue la chica de la limpieza. El estudio no reflejó nada grave y por fin me dieron una pastilla. El ver la cuenta del hospital me volvió a doler el estómago. Me sacaron un ojo de la cara por no hacerme nada, prácticamente.
No sé si eso es negligencia médica. Sé que eso fue mal trato a una mujer que sentía que la vida se le iba por el dolor. Sé que los médicos batallan todos los días, sé que los pacientes luchan también. Nadie quiere estar enfermo.
No sé si lo que pasó con Roberto Gallardo merece que los médicos sean procesados o no. Veo a muchos médicos marchando en favor de sus colegas. También sé de muchos pacientes que son mal tratados por médicos y enfermeras. Lo sé en carne propia.

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Cuando la jaula no es de oro.

El espacio no alcanza los dos metros cuadrados. Las paredes están hechas de un metal entramado y el piso es de cemento pulido. Si fuera un albergue para gatos o la perrera municipal, la sociedad protectora de animales, Greenpeace, los partidos ecologistas del mundo y todos los que luchan por los derechos de los animales se quejarían, armarían sendas manifestaciones, lucirían pancartas de protesta y lo más probable es que la prensa, los medios y las autoridades les harían caso. Es una crueldad que un animal viva así. Pero no es un albergue de animales. Ahí están confinadas personas. Son niños los que están recluidos en esas jaulas.
Las jaulas están dispuestas una después de la otra, como en las azoteas de edificios en los que la gente cuelga la ropa limpia a secar. No se ve una cama, ni instalaciones sanitarias, ni controles de higiene, ni enfermeras, ni pediatras, ni nada. Luce en todo su esplendor un hacinamiento terrible y eso es una bomba de tiempo que explotará en infecciones, enfermedades, infestaciones, parasitosis, peleas y todo lo que resulta al confinar a seres humanos en espacios tan insalubres y tan reducidos.
Esta evidente violación a los derechos humanos e infantiles no se encuentra en Irak, Afganistán, Ciudad Juárez, Apatzingán o en Sinaloa. Este maltrato infantil se lleva a cabo en Estados Unidos, en las narices del presidente Barak Obama, flamante premio Nobel de la Paz. ¿Dónde está Human RightsWatch?¿Qué pasa con la ONU y la UNICEF? ¿Por qué las ONGs no denuncian lo que está pasando en el jardín de su casa? ¿Por qué andan tan distraidos y no ven esta terrible situación? No. No se trata de niños que estén secuestrados, aunque eso parece. Son criaturas que caminaron desde Centroamérica, solas, para reunirse con sus padres que trabajan en Estados Unidos. Son pequeños que dieron muchos pasos para alcanzar el sueño americano.
La cara más cruel de la migración es la que ven los niños. Las cifras son de terror. Según el embajador de Estados Unidos en México, más de cincuenta y dos mil menores indocumentados no acompañados han sido detenidos y confinados en ese país de sueño. Niños que viajan solos, sin un adulto que los guíe, que los proteja y que enfrentan la pesadilla de ser tratados peor que animales en el país de ensueño.
¿Será que el presidente Obama está muy lejos de estas áreas de confinamiento y no se entera de las maravillas que se hacen en el país que tiene a su cargo? ¿Quién protege a estos niños? El tema es serio. En este año y con cifras a Abril eran 5644 menores asegurados en aquel país, de los cuales 3880 tenían entre doce a diecisiete años y 1764 eran de edades que oscilaban entre los cero y los once años de edad. Eso es un escándalo. Las autoridades quieren lavarse las manos, iniciar una campaña para desalentar la migración infantil. Aunque esas soluciones por ridículas causan risa, a mi me hierve la sangre de indignación. ¿Y los niños encerrados?
En primer lugar hay que sacar a esas criaturas de las jaulas. Hay que fincar responsabilidad sobre esos malditos que fueron capaces de tratar a niños peor que a animales. Hay que atender en forma urgente esta emergencia humanitaria.
El sueño americano cada día se convierte más en una pesadilla de crueldad y violación de los derechos humanos. En ese suelo, por el que tanta sangre se derramó para vivir en justicia e igualdad, se encierra a menores de edad en jaulas que no son de oro.
Con cifras del periódico Reforma

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El grito de la afición mexicana

Este lunes pasado, la Federación Mexicana de Futbol recibió una carta de amonestación en la que la FIFA presenta un reclamo formal contra el grito que la afición mexicana da a los porteros rivales cada que se hace un despeje. Dicen que el rugido de de la fanaticada es discriminatorio y tiene tintes homofóbicos. Además tal parece que hasta damos mal ejemplo, la porra brasileña le gritaba las mismas voces a Guillermo Ochoa, el portero mexicano. Asumo que según la FIFA somos una mala influencia.
Varios comentaristas, de esos que viajan cada cuatro años a las Copas del Mundo y que en teoría han crecido y desarrollado su carrera profesional en torno al futbol, se rasgan las vestiduras, se echan ceniza en la cabeza, vuelven los ojos al cielo y arman un circo —sin animales— para darle la razón a la FIFA. Resulta que estos personajes se avergüenzan de las expresiones de pasión y se les cae la cara a pedazos cada que escuchan el grito apasionado.
Yo me pregunto, ¿en qué momento se les obnubiló la razón? ¿Qué, no se dan cuenta de que están en un estadio de futbol y no en una sala de conciertos, comentando una pieza de ballet? Se confunden y a mí me gana la risa.
El futbol no es golf, ni tenis. Es un deporte que genera pasiones, desata frustraciones y libera alegrías. No se trata de las carreras de caballos de Royal Aston, ni la gente asiste al espectáculo luciendo glamorosos sombreros, corbata de moño, fajín y zapatos de charol. ¡Por favor! Ahora resulta que Blatter, José Ramón Fernandez, David Faitelson et al tienen la piel tan delgada que les causa urticaria la picardía mexicana. A mí me hacen gracia. Una persona que le tiene miedo a las palabras, demuestra la dimensión de su criterio.
Como dijera Alfonso Reyes, la palabra justa es difícil de encontrar. El contexto importa, viste al vocablo y le da dimensión. Si se busca en el diccionario la palabra puto se define como una expresión vulgar de quien ejerce la prostitución, algo molesto, despreciable o difícil. En México así se les llama a los homosexuales de sexo masculino.
Pero la palabra sola no significa nada, debe de ir acompañada de entonación, pronunciación, acentuación para tomar magnitud sintáctica. Me parece que el grito de la afición tiene más que ver con una travesura festiva, con un descargo de emoción que con un insulto. No es lo mismo escuchar a a la mitad de un estadio gritar ¡Puto! Y morirse de risa que ver como la gente le avienta plátanos a Samuel Eto. No es igual que lo que sucede con las barras que agreden en forma salvaje a las autoridades responsables de preservar el orden. Hay que contextualizar antes de clamar por ayuda al cielo.
En varios noticieros cuestionaron a Héctor González Iñarritu, Director de Selecciones Nacionales, sobre las medidas que se tomarían con la afición. Algunos de estos comentaristas tan puros, castos y correctos, le sugirieron empezar una campaña encabezada por Guillermo Ochoa para pedirle a los fanáticos que no griten y que guarden silencio. ¿Preferirán que los aficionados canten loas en latín? ¿Será bueno regalarles ejemplares con mantras que inducen la meditación? Héctor González casi se desborda a carcajadas, pero guardó la compostura y la gallardía para hacer brillar su lucidez.
Comentó que el entusiasmo en los estadios lleva a expresar apoyo a los equipos con porras con gritos y con diversas expresiones que son pícaras y no ofensivas. Son manifestaciones juguetonas que tienen como intención presionar al rival.
Sucede en el basketball cuando va a haber un tiro y la porra agita tubos de unicel para distraer a los jugadores contrarios, en el beisbol cuando el organista del estadio estimula a la porra para que grite, en el football americano cuando el público se mueve para confundir al pateador.
Además, vamos a ver si nos entendemos. México tiene una de las mejores aficiones del mundo. El dato lo tomo de la encuesta publicada por la propia FIFA en el año 2010. Es una porra que acompaña a su equipo a pesar de los resultados de lágrima que han dado los jugadores en forma sistemática e histórica. El amor y la fidelidad por la Selección Mexicana lleva a muchos a ahorrar toda la vida para apoyar al equipo nacional. Para varios ese es su primer viaje al extranjero y seguramente será el último.
Los aficionados mexicanos viajan y generan una derrama económica importante para las ciudades en las que juega México. Gastan en hospedaje, comida, fiesta, recuerdos, entradas a los estadios. Por eso el equipo mexicano es una garantía de gradas llenas y boletos agotados.
En serio, Monsieur Blatter, ¿va a amonestar a la afición que más aporta recursos a los mundiales? En serio, ¿nos vamos a solidarizar con este reverendo sinsentido?
Tengo amigos homosexuales que gritan lo mismo que los demás cuando el portero despeja. Una encuesta de ESPN revela que el grito tiene como propósito jugar, que la selección sienta apoyo y los rivales sientan presión. No hay intenciones ofensivas. Se trata de participar y estimular al equipo. Me parece rídicula y exagerada esta amonestación. ¿O no?

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El discurso de un rey

Ni hablar, tenemos que hacer una pausa en esta fiebre futbolística, alejar la mirada de Brasil y dirigirla a España. ¿Por qué habrán elegido esta fecha específica para coronar a Felipe VI? La historia nos lo dirá con el tiempo. No creo que sea casual que justo cuando el mundo tiene puesta la atención en balones, piernas y silbatos tengamos que hacer una pausa para ver brillos, cetros y coronas.
Los escenarios son disímbolos y distantes aunque hay muchos que piensan que ambos son equiparables en términos de frivolidad. Pero, permítanme, por favor, una cosa es el futbol y otra es la monarquía. Sin embargo, varios piensan que estamos hablando del negocio del espectáculo. Es posible que tengan razón.
Llegó el día de la coronación del nuevo rey de España. En la misma circunstancia, su padre pronunció hace treinta y nueve años un breve discurso. No duró más de cinco minutos. Casi al terminar dijo: Si permanecemos unidos le habremos ganado al futuro.
Sí, la monarquía parece un símbolo anacrónico en estos tiempos de cambios vertiginosos. En esta época en que las cosas cambian y pierden vigencia, en que la caducidad de lo moderno no alcanza ni los seis meses, la monarquía le está ganando al futuro. Las palabras iPhone, wifi, interconectividad, silicón, carbono, leds, combinan en forma extraña con términos como cetro, protocolo, liturgia, corona y crucifijo (que pertenece al Congreso).
En 1975 el recién coronado rey pronunció las palabras de su discurso con mucho cuidado. Sabía que era preciso ser precabido, agradecer a Franco sin agraviar a la izquierda. Pero las cosas cambian y aquellas palabras de Juan Carlos de Borbón hoy le conceden razón. En aquellos días la izquierda suspiraba por una República y era tratada con pinzas, se le hablaba bonito para que quisiera sumarse al proyecto monárquico.
Hoy no sorprende oír el discurso a favor de la monarquía por parte de Rajoy, lo que deja al mundo patidifuso es escuchar a representantes del PSOE defendiendo el proyecto de coronar a un nuevo rey. Entiendo que para ello se sustentan en la ley vigente y en la constitución española, pero hasta dónde yo me quedé, el socialismo tiene como misión la igualdad de los gobernados. La monarquía establece diferencias por linaje, es decir, el color de la sangre marca quienes deben estar aquí y quienes se deben sentar allá. Muchos españoles ya no quieren estas clasificaciones.
Habrá que estar pendientes de las reacciones que se den en esta ceremonia. Las de los asistentes e invitados a los distintos actos, junto con los de la ciudadanía que salga a la calle a ver el recorrido del nuevo Rey, desde el Congreso hasta el Palacio Real. Otro elemento que medirá el pulso emocional y los distintos niveles de sensibilidad serán, como en cualquier espectáculo, los aplausos. Tanto la intensidad como la duración cuentan. Habrá que fijarse si aparecen o no las escarapelas republicanas o las fotos o carteles que mostraron algunos diputados en el Congreso durante el debate de la ley de abdicación. Veremos y escucharemos lo que el nuevo rey le tiene que decir a sus súbditos y al mundo.
Hace treinta y nueve años Juan Carlos I dijo, em>Si permanecemos unidos le habremos ganado al futuro, evidentemente se refería a la preservación de la hegemonía del reino español, sin embargo, dadas las circunstancias y en vista del contexto que vive el mundo, no nos queda más que darle la razón. La monarquía española le ha ganado al futuro.

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Culpa de los padres

Me pregunto qué pensará la madre de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, cuando escucha las declaraciones del Secretario de Gobernación o del Jefe de Gobierno con respecto al bullying. ¿Qué sentirá una mujer que por la mañana despide a su hijo, lo manda a la escuela y se lo regresan casi muerto, cuando se entera que Emilio Chuayfett y Miguel Ángel Mancera dicen que los responsables del bullying son los padres de familia? Me pongo en el lugar de los padres de este niño que murió por los golpes de sus compañeros y porque una maestra no fue capaz de parar el abuso a tiempo. ¿Qué podrían haber hecho estos padres?
Cada mañana, millones de padres de familia confiamos la educación y la seguridad de nuestros hijos a una institución educativa que debe hacerse responsable de la academia y de la integridad física y psicológica de sus estudiantes. Muchos hasta pagamos por eso.
Es verdad, los padres debemos estar presentes y al pendiente de nuestra parte en la formación de nuestros niños. Sin embargo, creo firmemente en el trabajo en equipo que se debe hacer y en los puentes de comunicación que debe haber entre la escuela y la casa.
Aquí nadie debe sacarle las manos al asunto.
Cada quien debe cumplir a cabalidad con su tramo de responsabilidad. Aventarle la culpa a los padres de lo que sucede en las escuelas me parece negligente. Dejar a la escuela sola, también. Me cuesta trabajo escuchar las declaraciones de las autoridades porque me parece que se lavan las manos, como de costumbre.
Maestros desbordados, autoridades permisivas, niños agresivos, padres distraídos suena a una pésima combinación. Pero abrir la boca sin hacer nada, no se vale. Tengo una propuesta.
¿Y si cada quién hacemos lo que nos toca? Los padres debemos desalentar la violencia y acercarnos a nuestros hijos, hablar y enteramos de lo que sucede en sus vidas. La escuela debe propiciar ambientes cordiales y los maestros deben asegurarse de que así sea. Si algo se sale de orden, hay que comunicar. Muchos padres, especialmente de adolescentes no saben lo que sucede con sus hijos, no porque no estén al cuidado sino porque ellos se portan de una forma en casa y de otra fuera de ella. No hay que asustarse, así es la naturaleza humana.
Si algo anda mal en la escuela, la casa debe apoyar y corregir. Lo mismo debe suceder en ambas vías. Pero si los colegios no informan, los maestros se distraen o no quieren meter las manos, los padres seguramente no nos enteraremos. Por eso pasan las tragedias como la de Tamaulipas con Héctor Alejandro que por desgracia quedará como un estigma.
Me parece injusto culpar a los padres por el bullying. Especialmente cuando los abusos suceden en presencia de autoridades escolares, en terrenos en los que ni padres ni madres están presentes. Estamos en mal camino si buscamos a quién echarle la culpa del bullying en vez de ocuparnos en encontrar caminos de solución. ¿Y las víctimas?
Si las partes interesadas se avientan la bolita ¿quién protege a las víctimas?

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