El show que montó Donald Trump

Cuando una persona viene del mundo del entretenimiento, monta espectáculos cuyo objetivo es captar audiencias. Trump lo hizo y lo logró. ¿Por que no repetir la estrategia que siempre le cosecha buenos resultados? Este ha sido uno de los informes, State of the union, más vistos en los últimos años. No sólo los estadounidenses estaban al pendiente de lo que diría su presidente, en el mundo entero hubo gente pegada al televisor esperando lo que el señor diría y en México muchos catastrofistas estaban seguros de que escucharíamos una noticia fatal.

Pero, el mundo del espectáculo no funciona así. La intención de quien monta una producción es generar un golpe mediático que capte al público objetivo y lo divierta para que siga enganchado y no se vaya a otro lado. Por eso, Trump sigue con el objetivo claro y el foco puesto en sus votantes a quienes les dice lo que quieren oír. También, para esta ocasión, adoptó una estrategia que funciona bien en la industria: trató de conmover.

Sus adeptos le habrán creído, los republicanos le aplaudieron como morsas:con el agua hasta el cuello y vitoreando. Pero, eso de tratar de sacarle las lágrimas al respetable a costillas ajenas, como que no todo el mundo se la traga. Es más, estoy segura de que un buen número de espectadores se sintieron ofendidos la escuchar las palabras del señor Trump. Otros, habrán echado los ojos para atrás y habrán movido la cabeza.

El discurso de informe lo habrá dejado exhausto. Andy Borowitz dice que seguro que el presidente terminó cansadísimo de pretender ser quien no es, de fingir empatía por quien siente desprecio. Yo, creo todo lo contrario. El señor está tan acostumbrado que ya ni le salen los colores, disfrazarse y hacerse pasar por algo diferente le es cotidiano. En fin, así es la fiesta del espectáculo y el show continuará. Continuará hasta que la verdad lo alcance. Entonces…, entonces sí.

Pero, hoy por hoy, ni noticias fabulosas, ni confirmación de las tragedias que vaticinó el oráculo. Palabras, aire, actuación y mucho show. ¿Dónde está la sorpresa? ¿Dónde quedó la bolita?

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El gran Roger Federer

Siempre, siempre he sido fan de Roger Federer y me siento orgullosa de ello. Han sido años de verlo jugar y admirar lo que puede hacer con una raqueta. El tenis es un deporte de precisión, de entrega y sobre todo, de pasión. Ver jugar a este súper hombre es evocar emociones profundas, es estar al borde del precipicio y entender que hay algunos que son mejores que otros. Roger es el mejor de todos.

Lo digo a título personal, lo que en realidad carece de importancia objetiva. Pero, lo más importante es lo que dicen sus cifras, sus resultados. Hoy, después de ganar 20 veces un torneo de Grand Slam, nadie puede dejar de ver la grandeza de un tenista que celebró el triunfo como si se tratara del primero en su carrera. Y, eso es lo que lo hace grande, no se enfada de ganar, no le aburre lo que hace, sigue enamorado de la raqueta, la cancha y las bolas.

La persistencia de Roger Federer es tan grande como la fe que le tiene al trabajo duro. No ha habido en la historia del deporte blanco nadie que lo pueda igualar. Rivales ha tenido y han sido de la talla de Nadal, Djokovic, Murray, Sampras, Agassi, ha ganado y ha perdido. De las derrotas se ha levantado y en los triunfos ha celebrado con gran felicidad. No ha habido quien haya logrado lo que este tenista de oro sólido.

Roger Federer no ha sido arrogante. Cuando le ha ido bien, siempre ha permanecido fiel a su juego, a su familia, a sí mismo. Cuando le ha ido mal, ha buscado la forma de arreglar lo que está fallando. Y, cuando sus detractores han vaticinado que ya no habrá más, Roger se supera a sí mismo. Se acaban los elogios, no por otra cosa, las palabras no alcanzan para describirlo. Se me hace moño el cerebro y me crece el corazón, por eso es tan difícil escribir de alguien a quien se admira tanto.

¿Qué más se puede decir del hombre que ha dado incontables alegrías a sus admiradores? ¡Qué viva Roger Federer! El gran Roger Federer.

Violencia y parámetros

Para abordar de cualquier tema, no hay como los marcos de referencia, los parámetros, los datos duros. Lo demás son opiniones, unas más valiosas que otras, pero al final, son pareceres. Decir que México es un país violento es entrar en el eterno lugar común, es decir lo ya sabido. De tan conocido, ya nadie pone atención. Pero, decir que en Mexico mueren setenta personas diarias en forma violenta sí que llama la atención. Nos pone en contexto del dolor y del riesgo en que vivimos los mexicanos.

Pensar que cada hora de cada día mueren tres personas de muerte no natural es hablar de un estado de violencia mayúsculo. Cada media hora más de una persona es asesinada, perderá la vida en forma violenta, seguramente a manos del crimen organizado o de algún ladroncillo que tuvo acceso a un puñal o a una pistola. El dato duro es tan apabullante que si se tratara de una enfermedad estaríamos catalogándola como una epidemia.

¿Que nos pasó? Las películas de policías y ladrones se convirtieron en series de narcotraficantes que son lo que se vive en un entorno real. La bravuconeria se mezcla con corrupción, la falta de valores se convierte en campo fértil para la maldad, las malas prácticas invaden como cáncer a un cuerpo débil.

La deuda de la autoridad es grande, el vacío es enorme, el Estado parece desbordado e incapaz de cumplir la parte del acuerdo en la que yo pago impuestos y ellos velan por mi seguridad. Pero, ¿qué hay de nosotros mismos? El periodo de reflexión se hace imperativo. Claramente, la solución no está en ellos, ya mostraron su incapacidad.

Hablar de violencia y darle datos nos permite dimensionar. Dimensionar nos lleva a observar. Observar debiera llevarnos a analizar y a partir de la reflexión, podemos generar líneas de solución. Pero, si queremos tapar el sol con un dedo, si queremos desestimar nos seguirán matando. Ya son 3 cada hora, ¿qué estamos esperando para reaccionar?

4321, Paul Auster: las posibilidades de un personaje*

4321

Auster, Paul

Seix Barral, 2017

Cuando alguien declara que se ha preparado toda la vida para escribir algo, no queda más que levantar las cejas y preguntarse de qué se trata. Cuando quien lo dice es Paul Auster las proporciones cambian de dimensión. En el diálogo interno del lector siempre hay una duda, si esperó tanto para cumplir este objetivo ¿lo habrá logrado? Por supuesto, ya sabemos que lo que digan los autores de sus obras está demás. No queda más que saciar la curiosidad y atacar el mamotreto de novecientas cincuenta y siete páginas para enterarnos.

4321 es una novela que gira en torno a las posibilidades de un personaje: Archie Ferguson que Auster se encarga de convertir en múltiples líneas narrativas. Como si se tratara de llevar la teoría de cuerdas a la literatura, en la que se van desenvolviendo varios mundos paralelos en los que lo único que coincide son los personajes pero cuyas realidades son totalmente diversas, Auster nos presenta la vida en torno a un personaje protagónico que nació en 1947 en Newark, cuya madre es Rose Adler y cuyo padre es Stanley Ferguson (apellido que obtiene en forma extraña cuando su abuelo llega a Estados Unidos) y que está enamorado de Amy. Todo lo demás tendrá variantes narrativas a lo largo de la novela.

Auster le da a Ferguson cuatro alternativas diferentes de desarrollo. Lo sota e cuatro vidas. Enfrenta el tema de la paternidad, la amistad, el amor, la devoción materna, la familia, el arte, la literatura, la política, la vida, la muerte, Dios en forma distinta a partir de decisiones que se toman en cierto momento de la vida, que parecen irrelevantes y se convierten en puntos nodales. Pero, ¿y si en vez de eso hubiera decidido aquello? No se preocupe, señor lector. El autor nos dotará de alternativas. Si de opciones se trata, nadie quedará defraudado.

Pareciera que Auster, al entretejer todas estas líneas narrativas, se hubiera planteado el objetivo de escribir una propuesta de la nueva novela. Una en la que la trama sea tan importante que se multiplique por cuatro o que sea tan irrelevante que hasta se pueda contar cuatro veces. Como si se tratara de un chef haciendo recetas, el autor mete todo tipo de ingredientes y caben en el espacio de 4321: cuento corto, poemas, ensayos, historia y anécdota.

La lectura de 4321 ha de ser lenta, un lector desesperado aventará el libro tan lejos como le dé el brazo. El lector tiene que estar atento ya que puede desorientarse en un principio, al punto que parece que el autor cometió un error, pues sorprende tanto el cambio en el estilo como en los temas, como el hecho de que esté moviendo todo lo que ya nos había dicho. En la narración  el estilo es muy descriptivo, exhaustivo y hay un uso  frecuente de oraciones  complejas y extensas. El lenguaje es muy cercano a la edad en la que se encuentra el personaje y el vocabulario va de acuerdo a ello.

La novela comienza como una historia de la inmigración a principios del siglo XX y parte de una anécdota, verosímil y graciosa, de un tal Isaac Reznikoff, judío ruso quien en su viaje en barco hacia Estados Unidos decide, como tantos, cambiarse el nombre al llegar a su destino para poder así comenzar una nueva vida. Un compañero de viaje le aconseja que se ponga el nombre de “Rockefeller”, con lo cual seguro se garantizará su buena suerte, pero en el momento de tener que decirle su nombre al oficial en Ellis Island, Reznikoff olvida el nombre sugerido por su compañero y en cambio le dice al oficial en yiddish “IIkh hob fargessen” (“lo he olvidado”), lo cual el oficial de inmigración malinterpreta como “Isaac Ferguson”, nombre con el cual queda bautizado. (p.9)

Este origen de error y confusión sienta el tono y la actitud hacia el sueño americano: “nada ocurrió tal como había imaginado que sería su país de adopción” (p.9) Nos enteramos de la historia del Isaac, su establecimiento en Nueva Jersey, su matrimonio y el nacimiento de sus hijos, prestándoles atención a los detalles históricos en una narrativa de corte realista. Se cuenta igualmente el matrimonio de su hijo Stanley con Rose Adler y el capítulo termina con el nacimiento del protagonista de la novela, Archibald (“Archie”) Ferguson, en Newark, Nueva Jersey, en 1947. “Así nació Ferguson, y al emerger del cuerpo de su madre, durante unos segundos fue el ser humano más joven de la tierra”. (p. 40)

El siguiente capítulo es la continuación del primero y conocemos detalles de la infancia de Ferguson. La fiesta austeriana empeiza en el capitulo 1.2 cuando parece que la narración falla y que algo se deshace. Pero, no es así, es Paul Auster el de la pluma. No es error, es intención. Se nos presenta el primer giro, la primera de muchas variaciones sobre la vida del protagonista. Las variantes 1.3 y 1.4 nos dejan claro que estamos leyendo narraciones paralelas. Los personajes son constantes, sin embargo, el papel que juegan es diferente. Sus destinos también lo son.

Como telón de fondo vemos detalles de la Historia de los Estados Unidos, los momentos históricos como la Segunda Guerra Mundial, el discurso del Dr. Martin Luther King, el asesinato de Kennedy, los movimientos de derechos humanos, la guerra de Vietnam y también eventos deportivos como el cambio de sede de los Dodgers que dejaron Nueva York para irse a California. Pareciera que Auster le quiere rendir un homenaje a la generación de los baby boomers y nos entrega un manual de entendimiento, un registro de época.

También, Auster nos regala una lista de lecturas, de autores para revisar, tanto de la literatura estadounidense como del mundo en general. Lo mismo con la música, nos sugiere, a través de lo que lee y escucha Ferguson qué es lo que un joven de clase media de los Estados Unidos en el tiempo de la posguerra y Guerra Fría leía y escuchaba en su momento.

Las cuatro historias de Ferguson en 4321 nos llevan a preguntarnos si el experimento de Auster es o no fallido. Por momentos los personajes nos resultan entrañables y en otros son francamente fastidiosos. La serie de detalles abruma al lector y se entiende a aquellos que, a pesar de los esfuerzos, no logró llegar al final. Para recorrer todas las páginas de este libro hace falta perseverancia. Ahora nos queda preguntarnos si llegar al punto final valió la pena o si alguna de estas líneas narrativas quedó demás.

20 años, Andrea

Como cada 14 de enero, siento que el corazón crece por dos razones que son una misma: me entra una ternura que no me cabe en el cuerpo y siento un orgullo tan grande que no hay palabras para explicarlo. El amor no tiene una descripción justa. No hay forma de abarcar semejantes dimensiones. Me hice madre hace 20 años y fue de la mejor forma posible.

De la bebecita que tuve entre los brazos a la mujer que me llena de besos yo quisiera decir que no hay diferencia. Pero, mi hija primera ya es una universitaria que me prueba a cada momento lo que es un debate bien sostenido, de qué se trata tener ideas divergentes, lo que significa caminar dando pasos firmes. El amor a primera vista que se despertó tan pronto me la acercaron, siendo el ser humano mas joven del mundo, se ha multiplicado. La diferencia entre aquella Andrea recién nacida y la que hoy tengo frente a mí hay un conjunto infinito de motivos que me llevan a sonreír y agradecer al Altísimo.

El tango de Gardel dice que 20 años no es nada, pero la nada es vacío y esa bebecita es una persona con ideas firmes, planes independientes, proyectos propios. Es plena. Me imaginé que la maternidad sería difícil, con Andrea ha sido un trago dulce. Creí que la maternidad sería una tarea abrumadora, con Andrea ha sido un goce de pláticas, caminatas, fotografías, textos e infinidad de motivos para quererla con todas las fuerzas que Dios le dio a mi alma.

Desde los días de la estimulación temprana hasta la graduación en la Escuela Moderna Americana, desde que aprendió a garabatear con una crayola en el Kinder Hill’s hasta que publicó su primer artículo en la prensa; desde que se atrevió a subirse a la bici sin rueditas hasta que la vi salir de casa manejando su auto; desde que se moría de risa al dar los primeros pasos agarrando con fuerza un par de pelotas hasta cuando la vi presentar su libro en Madrid, ha habido tantas emociones, tan buenas y maravillosas que no existe forma de denominarla sin quedar a deber.

Después de 20 años, sigo elevando la mirada al cielo para agradecer la mejor bendición y la mayor sorpresa que transformó tanto mi vida que lo intenté de nuevo. El amor sin fin existe. Hoy, que ambas estamos de pie, que Andrea tiene tanto camino por andar y que yo he recorrido mucha parte del mío; hoy que cumples 20 años pido que una lluvia de abundancia, fortuna, suerte, favor, dicha, protección o cualquiera de las formas en las que podamos denominar la gracia de Dios.

Que el Señor te bendiga y te guarde, te manifieste su rostro y siempre esté cerca de ti, hijita hermosa. Mi bendición por siempre, nena hermosa y queridísima.

Sexta ronda de negociaciones del TLCAN

Se aproximan las fechas para que los representantes de las mesas de negociación se sienten a dialogar en Montreal. Les toca el turno a los canadienses ser anfitriones y antes de que se lleve a cabo el encuentro ya estamos empezando a escuchar el ruido y los estertores que se generan en torno a los posibles resultados. Normal.

Las etapas de negociación se deben aproximar al puerto. Ahora sí, empiezan a brotar las diferencias reales y los desacuerdos importantes. Cada parte deberá plantear sus desavenencias conforme a sus intereses y su trabajo será defender las causas de aquellos a los que representan.

Si le hacemos caso a Donald Trump, los mexicanos no debemos temer nada. Según el presidente de los Estados Unidos, los mexicanos somos súper negociadores que les hemos sacado hasta sangre a las piedras estadounidenses. Claro, el señor es un loco extravagante que ya empezó a despotricar y a twittear que ellos van a despedirse y ya. No lo creo.

No lo creo porque no hay loco que coma lumbre. A los estadounidenses y a los canadienses no les conviene dejar este convenio, a Mexico tampoco. Cada parte tendrá que ceder si quiere tener una negociación exitosa. A los mexicanos nos tocará ajustar los salarios que nos está dando una ventaja competitivas frente a ellos y es injusto ser competitivos a base de sueldos bajos y compensaciones de hambre.

Los gritos y sombrerazos serán estruendosos, no hay que asustarnos. No hay razones para ello. Así son estos procesos. Espero que triunfe la razón, la conveniencia tripartita y la cordura. Si no, tampoco es el fin del mundo.no se nos acaban las alternativas.

Por eso, mientras se escuchan estruendos e interferencias en el ambiente, lo mejor es confiar en que nuestros representantes están trabajando y saben lo que están haciendo. Y, como dijera el gran sabio mexicano, Ahí está el detalle, Chato.

Sin conductor

Resulta que la gran innovación de la Feria de Las Vegas es el vehículo inteligente y electrónico. La tendencia de vanguardia es un auto sin conductor. La feria que se centraba en videojuegos, entretenimiento, televisores, teléfonos móviles y demás artilugios para divertir, abre sus puertas a la industria automotriz. Parece que esa es la megatendencia que ocupará nuestros anhelos y dará cuenta de nuestros bolsillos.

Me sorprende la avidez que tiene el Hombre por deshacerse del Hombre. Buscamos máquinas que nos sustituyan, que hagan nuestro trabajo y que mejoren nuestro desempeño. La revolución tecnológica despierta la pesadilla de las mentes brillantes que, escribiendo novelas de ciencia ficción, nos advirtieron de la sustitución que estamos presenciando. Adiós a la piel, bienvenido el plástico, olvídense de la materia gris, que viva el aluminio.

Entonces, parece que estamos buscando construir un mundo en el que dominen los coches sin conductor. Pronto, el acto de conducir será una extravagancia. Y, mi resistencia natural al cambio activa ciertos mecanismos de defensa que me alertan sobre un futuro que no me parece tan agradable. Claro, si puedo delegar la actividad de manejar en una ciudad congestionada, lo hago sin dudarlo. Pero, me angustia pensar poner mi rumbo en manos de nadie, o de una máquina.

Conducir siempre me ha parecido una actividad muy humana. Es estar alerta a lo que sucede en el entorno, tomando decisiones que dan rumbo. No es algo trivial. Pero, parece que al Hombre le gusta el aletargamiento de la pantalla, aprovechar el traslado para ir jugando o trabajando. No sé, puede parecer anticuado y seguro que esta modernidad me cuesta mucho trabajo, sin embargo, eso de andar por los caminos del mundo sin conductor, no me gusta.

Recibir a los Reyes Magos

Cada mañana de seis de enero evoca en los católicos un sentimiento infantil que abre la puerta a una serie de recuerdos maravillosos. Y, son maravillosos porque nos vuelven a ese estado de la niñez en el que se mezcla la inocencia con la ilusión. La víspera nos acostamos temprano para recibir a los reyes del oriente que, dependiendo de nuestro comportamiento durante el año, nos dejaran lo que pedimos en la carta o carbon.

Esa noche, los niños se van a dormir sin rechistarle a los padres, dejarán a los pies del Árbol de Navidad su zapato para que los Reyes Magos identifiquen dónde deben de dejar la entrega en cuestión y también dejarán galletas y leche para los viajeros que seguro estarán cansados de darle la vuelta al mundo cargando regalos.

Como padres, la ilusión y la inocencia germinan en los corazones. Es convertirse en cómplice y testigos de felicidad. Las mañanas del seis de enero generalmente están cargadas de gozo, sonrisas y juego. Son gloriosas. Y, aunque no faltan los chistes, los cuentos y las anécdotas que narran situaciones amargas, la verdad sea dicha, Melchor, Gaspar y Baltazar son figuras que significan gusto para los niños.

El enigma de los Santos Reyes que vinieron siguiendo la Estrella de Belén es también una figura que encarna dos virtudes teologales: la esperanza y la fe. Los sabios de oriente salieron de la comodidad de sus reinos para ir en busca de Dios, escucharon el llamado, siguieron sus señales, caminaron, buscaron y recibieron su recompensa: adoraron al Niño Jesús en el pesebre. No se dejaron confundir por las apariencias, no se dejaron desanimar por el reto, no le tuvieron miedo a la incomodidad, padecieron la incomprensión, la incertidumbre y la duda con gallardía. Miraron al frente. Llegaron a su destino.

Tuvieron el discernimiento de sabios para diferenciar entre un rey malvado al que le notaron las intenciones y un bebé que estaba acostado en un pajar, entre animales, pastores y sus padres. Esa es la estampa navideña que nos traen los benditos Reyes Magos, la de la perseverancia que rinde frutos. Más allá de los regalos, más que el oro, incienso y mirra, los Santos Reyes nos dejan el regalo de la claridad de quienes con fe buscaron a Dios y lo encontraron.

Cuando un barco se va

Hay, en los primeros días de enero, una especie de duermevela. Cada uno arrancamos el año en momentos diferentes. Pero, la cotidianidad nos llega a cada quien en momentos diferentes. En esta condición en la que el calendario marca que ya empezamos pero, cuando unos seguimos de vacaciones y otros ya están trabajando duro, pero no tanto como cuando todos lo estamos haciendo, hay un burbujeo curioso que es como los reflejos que se meten en la alberca. Son pero no son.

Esa especie de realidad alterna me recuerda las realidades virtuales a las que tenemos acceso. Es lo que es y parece otra cosa. Como cuando un barco avanza en el mar. La sensación de los que van a bordo es que la nave se desliza con suavidad y lentitud sobre las olas del mar, la realidad es que el avance desarrolla velocidades tan altas que en minutos se deja atrás lo que cae por la borda.

Así, en este estado que semeja una alteración de la consciencia, en el que hay tiempo para escuchar los parloteos de las chachalacas, para ver a los donluises que se paran en el vidrio y empiezan a silbar o a los pericos que viajan en pareja, o nos detenemos en el ritmo del pájaro carpintero que esta estrellando el pico en el dintel de la ventana, parece que cumplimos con esa remota ilusión de detener el tiempo y de poseer el espacio.

Ni el ayer, ni el sitio en el que estuvimos —cercano o lejano—, ni el futuro próximo y el de largo plazo, ni el frío o el calor, o el olor a sal interesan mucho. Hay un embrujo, una especie de amor que lo mismo baja del cielo, se enreda en las nubes, hace un chapuzón en el agua salada del mar y nos llena de azules profundos y delicados, de rosas y anaranjados, del sol que nace al nuevo día y del reflejo sobre las casas y la bahía mas hermosa del mundo.

Y, de repente, el barco se pone en movimiento y como un caracol avanza en una aparente lentitud que en realidad es vértigo y pienso en la vida. En como, tenemos la ilusión de detener el tiempo y en realidad vamos rapidísimo en las alas de un reloj que no se detiene y corre a grandes velocidades.

Arrancar el 2018

Como cada año, The Economist hace una reflexión al seleccionar al mejor país del mundo. No se trata de crecimiento económico, o de progreso, o de utilidades, o al menos, no sólo es eso. Se trata de elegir a la nación que ha hecho transformaciones para mejorar. La propuesta me parece gloriosa, especialmente al arrancar la primera hoja del calendario.

Me resulta algo inspirador hacerme cargo de lo que necesito mejorar, no sólo como una intención que se anota como algo bueno que se escribe por cumplir y se arroja al bote de basura al iniciar la cotidianidad. Volver a vivir haciendo lo mismo puede ser un enorme desperdicio. Lo que pasa es que, aunque sabemos lo que debemos hacer para mejorar, no lo planteamos en la forma adecuada. Es decir, lo hacemos por cumplir un trámite, por complacer a alguien más y, como lo dijera el afamado filósofo: Ahí está el detalle, chato.

Mejorar ¿qué y para qué? Al final, mejorar significa ser mas feliz, encontrar los modos que nos llenen de alegría y que nos lleven a alegrar el entorno —seres queridos incluidos—. Entonces, empezar con lo que me propicia salud es un buen comienzo. Mantenerse sano, aliviar el cuerpo, cuidarnos es la primera prioridad. Por eso, hacer ejercicio que nos divierta, comer lo que nos da placer con la moderación debida, conservar un peso adecuado, es el mejor lugar para empezar.

Luego, mejorar la mente. Ejercitar el cerebro, quitarle telarañas, limpiarlo, dotarlo de nuevas ideas. Leer es una de las mejores propuestas. Leer para compartir es una idea estupenda. Reunirse a compartir las reflexiones que se generan de un libro es una de las experiencias más gratificantes que pueden existir. Un buen inicio es entrar a un taller de lectura, en comunidad es mas fácil lograr el éxito.

También hay que mejorar el corazón. Extender los brazos para recibir y dar en vez de enrollarlos en torno a nosotros mismos. Compartir momentos, cuidar a los amigos, recuperar viejas amistades, amar a nuestros viejos, entender a nuestros hijos, cultivar la relación con la persona que amamos. Tallar y blanquear los sentimientos, echarle desinfectante para que se acaben los resentimientos y los malos amores, aprender a caminar juntos, unas veces para arriba sudando y haciendo esfuerzo, otras para abajo cuidando de no irnos de bruces.

Volver la mirada a Dios. Juntar las manos, agradecer la vida, aceptar las bendiciones, pedir protección, abandonarnos a la bondad extrema y al poder perfecto. Confiar y caminar. Bendecir. Alabar. Dejarnos habitar.

Los griegos eran sabios, la felicidad entra en una mente sana que tiene un cuerpo sano. Alma, mente, corazón en armonía y un 2018 auspicioso para todos los lectores que se asoman a este blog a ver lo que estoy pensando. Tomemos el timón y avancemos.

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