Las propuestas de los candidatos

¡Qué curioso! Me parece que los candidatos tienen una gran confusión. Creen que una propuesta es lo mismo que un buen deseo. Al escucharlos, además de las obviedades con las que pretenden enamorarnos para ganar el voto, encontramos una lista de anhelos y buenas intenciones, que no son lo mismo que una propuesta.

Todos nos dicen que perciben que la gente está enfadada del mal gobierno y se sustentan ellos como la solución a los problemas de inseguridad, desempleo,salud, movilidad, basura, cultura, corrupción y en una de esas hasta del cambio climático. Lo dicen con una convicción tal, que casi convencen. Lo triste es que a la hora de conectar el qué con el cómo, no hay nada en concreto.

Con palabras y, en algunos casos con buenas intenciones, los candidatos se dirigen a sus votantes con campañas que reflejan el sentir de la gente. ¿Quién no quiere liberarse de la maldad? ¿Quién no aspira a una sitación mejor? Sin embargo, mencionar lo que está mal es una forma muy primitiva de hacer campaña. Así cualquiera. Prometer está fácil, lo complicado es aterrizar todas esas buenas intenciones y convertirlas en proyectos, en planes, en estrategias y en ejes de acción. Hacer una lista de anhelos es fácil, lucha para cumplimentarlos ya no es tan sencillo.

Al verlos dar una entrevista, agarran vuelo y prometen tantas cosas buenas que hasta sentimos que se van elevando del suelo y traen un nivel de flotación angélico. Lo malo es que acá, a nivel de tierra, los problemas son concretos y las soluciones requieren de gente que quiera y sepa tratarlos. 

Preferiría escuchar más propuestas que buenos deseos. Me encantaría ver a un candidato que habla de asuntos concretos, tal vez no tan elevados. Me gustaría saber cómo van a atender los pequeños problemas de la comunidad, esos que complican la vida cotidiana, esos como los baches en el pavimento, las banquetas rotas, las luminarias fundidas, los drenajes tapados, la modernización de los mercados, el abastecimiento de los hospitales, los apoyos a los emprendedores, el cuidado a los viejitos.
Pero, no. Todos hablan del hartazgo, y tienen razón. Estamos hartos. Son muy pocos los que tienen planes concretos que proponer. Por ello, hay que escucharlos con cuidado y detenernos a pensar en qué es lo que nos están diciendo. ¿Son anhelos o propuestas?

  

La famosa madre de Baltimore

Las imágenes ya le dan la vuelta al mundo. En medio de los disturbios y la violencia que se vive en las calles de Baltimore por las protestas de la población negra después del funeral de Freddie Gray, en el centro de la gresca, mientras se cometían actos vandálicos, se perpetraban robos a comercios y el intercambio entre la policia y la población civil era por medio de golpes, una mujer rolliza, de pelo largo, teñido con mechas californianas, vestida de color amarillo brillante desafía a la multitud y le da una lección al mundo.

En el video la vemos caminar decidida rumbo a uno de los manifestantes encapuchados, jalarlo por la espalda y a mano limpia, empezarlo a tupir a golpes. El vándalo sorprendentemente, no le hace nada. ¿Cómo? Si es su madre. El chico recibe el chaparrón de golpes, entre asustado y avergonzado. El audio, que no es muy bueno, pero rescata la mejor frase que he escuchado en mucho tiempo, la madre le grita: ¿Quieres ser valiente? Da la cara.

La valerosa madre de Baltimore no se dejó intimidar ni por los manifestantes, ni por las cámaras que consignaron cada bofetón, ni por los policias que no se atrevieron a parar a la mujer, ni por las críticas, ni por nada. Fue por su hijo y le dió una lección que recorre el mundo: para ser valiente hay que dar la cara. Así se hizo famosa. El video se viralizó en la red, se reprodujó centenares de veces, llegó a los encabezados de los diarios del mundo, a los noticieros más importantes de la televisión. Ojalá hubiera más madres así.

Lo controvertido de las imagenes dan un poco de risa. Ver como la madre sorprende al hijo con las manos en la masa y lo reprende frente al mundo parece chusco. No lo es. Es aleccionador. Me llena de respeto una mujer que no se confunde y que sabe llamarle a las cosas por su nombre. Una mamá que  no duda en reprender a su hijo y que le dice que para ganar una causa por la buena hay que dar la cara, no esconderse tras un pasamontañas. 

Mientras el presidente Obama daba declaraciones tan cuidadosas y emitía una opinión lentamente, en la que dejaba la impresión de que elegía con la máxima precaución cada palabra que salía de sus labios, esta mujer salta a la palestra mundial, agarra de las orejas a su hijo y entre zarandeos lo saca de la zona de peligro y lo educa. Lo mete en los rieles del deber ser. ¡Qué teorías psicológicas ni qué nada! Ni Freud, ni Piaget, ni María Montessori, ni la UNESCO, ni nadie tiene vela en este entierro. Así, a la antigüita, sin miedo a los traumas, con mano firme, la madre hace lo que debe y de paso nos educa a todos los observadores.

El muchacho sólo eleva las manos para protegerse la cara. Sabe que con mamá más vale caminar derechito. Me gana la risa y la admiración por esta valiente, a la que no le temblaron ni la mano ni la voz para hacer y sobre todo para decir lo correcto. Me quito el sombrero.

Sé que se elevarán voces en su contra, que muchos dirán que esos no son modos, que el diálogo y la dignidad  y los derechos y… ¡Patrañas! La madre de Baltimore se hizo famosa por hacer lo debido. No titubeo. Tuvo la claridad necesaria. Habló en el idioma que se necesita para hacerse entender, no lo lastimó, lo abofeteó y pronunció las palabras de la valentía. Toya Graham, es el nombre de la madre que se hizo famosa por llevarse a golpes a su hijo para impedir que tomara parte en los disturbios de este lunes en Baltimore. Alzó la voz y nos dió una lección. Los valientes dan la cara, los otros, no.

  

De fotografías y candidaturas

Dice Mario Vargas Llosa, en entrevista con Antonio Caño, director del paríodico español El País, que si la palabra es sustutuída por la imagen, peligra la imaginación. “Se corre el riesgo de que desaparezca la libertad, la capacidad de reflexionar e imaginar y otras instituciones como la democracia”, advirtió. Estoy de acuerdo, en la Antigua Grecia, cuando alguien se quería enterar de lo que pensaba otro, bastaba ir a la plaza pública y sentarse a escuchar al maestro. Antes, la forma de conocer era a través de la palabra y , claro está, en términos de política, del dicho al hecho hay mucho trecho. Sin embargo, aunque lo de concretar estaba por verse, exponer el contenido, las ideas, los propósitos es importante. Nos da idea de la altura de miras, de las aspiraciones y, ni duda cabe, eso es una buena pista para evaluar a un candidato a puesto de elección popular. 

Sí, el gran problema es que hoy vemos mucho y escuchamos poco. Tan pronto abrimos la puerta de la casa y salimos a la calle, nos topamos con la cara de alguien que quiere atrapar nuestra intención de voto. En las calles abundan los pendones, los espectaculares y hasta en el cine vemos esa cara. La vemos en todo sitio, en todo lugar, de cabeza, al derecho, en impresos y en digitales. No sabemos quién es, qué piensa, cuáles son sus propuestas y lo único que tenemos para evaluar, es un rostro. Las campañas políticas se están basando en las fotografías que sustituyen las propuestas, los discursos, las ideas. Es, por mucho, el único material que nos dan para conocer a los que aspiran a un escaño, a gobernar una delegación política, un municipio, un estado. 

Y, en el colmo de la falta de palabras y del abuso de la imagen, vemos candidatos que no saben sonreír, que se les ve incómodos frente a la cámara. Estamos inundados de caras con sonrisas plásticas, con expresiones de botox, con líneas de ácido hialurónico, con maquillaje excesivo, con peinados de cartón. Lo mismo de candidatas que de candidatos. Los más hermosos salen beneficiados, pero no basta. Además en el delirio de la irreflexión, muchos de estos bellísimos personajes, imprimen fotos que en vez de invitar al voto, parece que están pidiendo un puñetazo en la cara. Son hermosos pero tienen algo que molesta.

Hay candidatas que caen mal por lo artificial que lucen en la imagen y candidatos que parece que estan oliendo algo putrído. ¿Será que no revisaron las fotos o que la elegida fue la mejor? Tal vez Vargas Llosa tenga razón a medias. Tal vez la imaginación nos lleve a pensar que el de la foto, no tuvo tiempo de arreglar la imagen o no tuvo el cuidado de elegir algo mejor o no hubo forma de poner una cara adecuada. En todo caso, la foto activa la imaginación y nos hace pensar si la persona que está en la pancarta hace sentir simpatía o rechazo. 

En donde sí tiene razón Vargas Llosa es que ese pequeño reducto que nos dejan al sustituir la imagen por las palabras es tan diminuto que no da para hacer una reflexión profunda. Así, con una fotografía, nos lanzan al juicio más primitivo y tenemos que confiar en el instinto animal que se activa al ver la fotografía, ¿qué me dicen las entrañas? ¿Me gusta esa cara o me asusta? 

No sabremos si hicimos una valoración adecuada de la persona, ni si el día de la foto tenían gripa, dolor de panza o si al señor del photoshop se le pasó la mano. ¿A eso se reduce el ejercicio de imaginacion que nos deja la practica democrática? Parece que sí.

  

¿Qué es un libro? 

Un libro es un dispositivo raro que cada día menos personas saben usar. Creo que esto se debe a que la mayoría de ellos vienen sin instructivo y a la gente le da vergüenza confesar que no sabe cómo utilizarlo. Es muy fácil, basta ponerlo entre las manos, abrirlo y dejar correr la mirada por sus renglones. Al hacerlo, el dispositivo se conecta en forma directa y en tiempo real con esa sección del cerebro humano que se llama imaginación, que también está cayendo en el desuso, y se producen colores, rostros, objetos, sonidos y olores. Sí, de forma misteriosa y sin que existan cables o conexiones o passwords, lo que alguien escribió se ilumina en la mente de quien lo está leyendo.

Los libros son como planos alternos en los que corren otras vidas que tienen sus propios sueños y complejidades. Lo mismo sucede si son de los que tienen números o teorías, si son técnicos o de autoayuda, si se refieren a ciencias exactas o humanidades. Pero si son de literatura, estos artilugios se transforman en agentes mágicos que ponen al descubierto mundos extraordinarios: sirven como máquinas de tiempo, como boletos de avión, como camarote de barco o asiento de tren. Dan voz a los tímidos, incluso a muertos y reviven a los que hace años, incluso siglos ya no están físicamente en esta tierra. Nos dan la oportunidad de apreciar al otro que con una pluma tuvo la capacidad de crear. 

Frente a un libro, tenemos la impresión de que el artefacto cuenta con la capacidad de meternos en realidades que nos hacen olvidar el mundo que nos rodea. Olvidamos la silla y la habitación en la que nos encontramos para ir a perseguir molinos, para sentir el viento de la desgracia que sentenció a la Cándida Eréndira, o padecemos el calor insufrible de Comala, nos perdemos en la penumbra de la casa de Aura, entendemos el invierno de Auster, vemos lo elemental en la evidencia que presenta Holmes, viajamos con Ulises, caminamos con Bloom o con Santiago, nos llega el aroma de naranja y azahares que Ana Karenina disfrutó con Vronski en Italia… Vivimos con ellos, lo que ellos viven. 

El hecho de que Sancho sea un hombre al que reconocemos y del que sabemos estatura, complexión, señas particulares y color de su vetimenta habla de lo eficiente que es el libro, es tan bueno que nos ha llevado a conocer más sobre las infidelidades de Madame Bovary que de lo que sucede con la vida de la vecina de enfrente. 

Un libro es un aparato que puede utilizarse a toda hora y por gente de toda edad. Es un cacharro que puede usarse una y mil veces sin que se descomponga. Es una maquinaria que forma vinculos. Antes de que San Anselmo viniera con la idea de la lectura en silencio, el libro era un motivo de reunión y un personaje central en torno al cual se organizaban reuniones. ¿Qué imagen puede ser más entrañable que la de una madre leyendo a sus hijos antes de dormir? Tal vez, la de un padre tomando un cuento para compartir con los suyos.

Un libro es, al mismo tiempo, puerta y ventana que nos permiten asomarnos a lugares que la vista no alcanza. Es un secreto que se revela con paciencia y al que no le molesta repetir una y otra vez hasta que se entienda. Es un ser generoso que, aunque siempre cuenta la misma historia, es capaz de sorprendernos con alguna novedad en la relectura. Es paciente, esperará en el estante su turno una y otra vez, para ser elegido. 

Un libro, es sobretodo, un salvoconducto. El que sabe utilizarlo jamás estará solo, no conocerá el aburrimiento, ahuyentará la estupidez y se nutrirá de su generosidad. Ojalá fueramos más los que con pasión nos entregaramos al libro. Sin embargo, como todo lo bueno, existe una restricción, para disfrutarlo, hay que saber leer. En el mundo, una de las cicatrices más grandes es la línea que divide a los que son y no son analfabetas. Ojalá pudieramos borrarla y enseñar las bondades que se engendran en las páginas de un libro. Regalar un libro y enseñar a usarlo es una de la mejores acciones que se pueden ejercer. Sí, enseñemos a usar los libros.

  ¡Feliz dia del libro!

  

Las malas palabras y las groserías

Mi mamá no dice groserías ni habla con malas palabras. No le gustan. Cuando éramos chicos, si se nos iba la lengua, nos lavaba la boca con jabón y nos paraba en un rincón, mirando a la pared. El tema era serio y si traspasabamos los límites a la hora de hablar, sabíamos que habría consecuencias. Por eso, cuando de niños escuchábamos a alguien que se pasaba de tono nos daba risa y nos hacía gracia el atrevimiento. En la escuela, el que decía una mala palabra iba castigado a la dirección. Usar majaderías se convertía en una travesura, no era el lenguaje de todos los días. Era un acto de rebeldía. 

Los señores usaban palabras altisonantes entre ellos pero en presencia de niños o mujeres cuidaban el vocabulario. Jamás escuché a mi abuelo expresarse con groserías ni a mi papá usarlas frente a nosotros. Decir una majadería era arriesgarse a un bofetón o a un regaño. Para mí fue una sorpresa enterarme que lo que en casa era motivo de excomunión, en otros lados era una forma de saludarse y de convivir. Me hacía gracia escuchar el lenguaje florido de los veracruzanos que con alegría y sin afán de ofender sazonaban el habla. 

Sin embargo, en el fondo de mi ser sigue esa cosquillita que me hace reír al escuchar que alguien usa una picardía al hablar. Sigue siendo una travesura y un atrevimiento decir groserías, no es lo cotidiano y no debe serlo. La elección de las palabras es un tema de cuidado y también es una seña de identidad. Más allá del discurso que puede sonar mojigato, elegir el modo de expresarse es importante. Decir una palabra fuerte es una decisión que debe causar impacto, sea para ofender, para clarificar un concepto o para hacer reír. También para ocuparlas hay intención y precisión. Pero, si se convierten en la jerga de uso común, pierden fuerza.

Me resulta inadmisible el empleo de estas palabras en ciertos contextos. Desde mi punto de vista, un profesor no debe emplearlas en un salón de clase, no es correcto usarlas en un ambiente profesional, no es un lenguaje deseable entre personas de diferente jerarquía, no deben expresarse así quienes tienen acceso a algún medio de comunicación, a una cámara, a un micrófono o a una pluma. El que las use, deberá de tener una justificación y una intención específica para causar un impacto. El uso irreflesxvo de estas palabras revela el nivel de quen las ocupa, repito, es una seña de identidad.

Claro está, a nadie debe espantar el uso de ningún tipo de palabra, eso no es motivo de escándalo. Lo que enfada es el abuso de ellas y el mal uso. Me molesta ver que la gente se confunda y las use como si estuviera en una  cantina o en un billar. Me entristece observar que se usen como si fueran palabras tan extraordinarias que merecen un lugar especial en la cotidianidad porque propician falta de respeto. Las desprecio cuando se usan para hacer campaña política y me las recetan en anuncios de televisión, radio o medios impresos.

Me da coraje que esas palabras irrumpan en mi cotidianidad porque yo soy responsable de lo que expreso, no de lo que escucho. Usar groserias es cruzar un límite. Traspasarlo no debería ser un acto comun. Las campañas que quieren causar impacto usándolas, revelan la identidad de quienes las usan. Más si se trata de un partido político que se propone como opción.  

  

El verdadero problema del INE

¿Es posible jugar un partido de futbol sin arbitros? Sí, claro que es posible. Entonces, ¿para qué se necesitan? Para que el partido se desempeñe conforme a las reglas y que el resultado sea obtenido por los méritos, preparación y habilidad de los participantes y no por el desaseo de los jugadores. Un árbitro debe cuidar la limpieza y la equidad de las condiciones del partido, pero de que se puede jugar sin ellos, se puede. La consecuencia es caer en la tentación del atajo, de la trampa y de la suciedad. Sin árbitro, esas prácticas quedan al juicio de las partes y,en última instancia, el tramposo será relegado pues nadie querrá jugar con él. 

La democracia es similar a un partido de futbol, sin embargo, no es una cascarita llanera. El acto de elegir a servidores por medio del voto, implica una serie de procedimientos que deben ser vigilados, regulados, transparentados ya que en ello va el destino de los pueblos. Las consecuencias del juego democrático van más allá de un marcador, por ello, un árbitro que cuide las formas y que garantice la limpieza es indispensable.

En México, estos árbitros salen muy caros. Los mexicanos hemos querido pagar ese precio para garantizar que el voto sea respetado. De las autoridades electorales hemos visto de todo, los que son verdaderos ejemplos y los que han sido títeres al servicio de manos ocultas, o de intenciones que de tan visibles, se vuelven cínicas. Lo curioso es ver como hoy esos árbitros se quieren desmarcar de su actividad principal y dejarle a las partes actuantes la responsabilidad que ellos deberían asumir.

En el tema del Partido Verde Ecologista, que ha violado sistematicamente las reglas electorales, que ha traspasado los niveles de decencia en forma reiterada, que se ha convertido en una figura de vergüenza democrática, el Instituto Nacional Electoral decide ignorar las reglas y dejarle a las urnas la posibilidad de castigo a un partido que hace trampa en todo momento y en todo lugar. La ilegalidad del Partido Verde ni es secreto ni es novedad, sus engaños han sido señalados y ha recibido pequeñas sanciones. Son pequeñas porque el verdadero castigo sería quitarle el registro a este, evidente, negocio familiar que pagamos todos los mexicanos, que ha servido para enriquecer a unos cuantos y que viola y se burla hasta el cansancio de la autoridad.

¿Qué pasa en un partido de futbol cuando un jugador se burla del árbitro? Le sacan la tarjeta roja. Pero aquí el árbitro no quiere expulsar al jugador, quiere que seamos los electores los que nos encarguemos de hacer la tarea que les corresponde. Entonces, me pregunto, ¿para qué están ellos ahí? De que sirve el dineral que sale del bolsillo de cada mexicano y se les entrega a ellos. Recorde os, de que se puede jugar sin árbitros, se puede, con más ganas si la garantía de limpieza, transparencia y respeto de las reglas no se está dando. Lo malo es que la intención de voto por el Partido Verde sigue creciendo. Nos meten goles gracias a que el árbitro está distraido, o se hace el desentendido. Dejar que en las urnas se repliegue al tramposo es muy arriesgado.

El juego democrático a diferencia de un partido de futbol es que el resultado en las urnas nos afecta a mucha gente. El riesgo es que ante la tibieza del arbitraje, otros empiecen a doblar las reglas y entonces la democracia mexicana se vuelva una cascarita llanera de dado cargado. Ese es el verdadero problema del INE.

  

Otra buena noticia para México

Parece que como quien sale con una red a atrapar mariposas, así México salió esta semana a encadenar una serie de buenas noticias y es sorprendente como, entre tanta basura mediática y contenido de porquería se pasan por alto temas que son motivo de felicidad. Me refiero al hecho de que México volvió al escenario de las grandes ligas en términos de turismo.

¿Qué quiere decir eso, especificamente? Quiere decir, según la Organización Mundial de Turismo, que México regresó a la tabla de los diez destinos más visitados en el mundo. Fueron poco más de veintinueve millones de turistas los que llegaron a disfrutar de la oferta de playas, cultura, ciudades coloniales, salud, compras en tierras mexicanas. 

México es el segundo país más visitado de América, solamente lo supera Estados Unidos. Es decir, estamos por encima de Canadá y de cualquier otro destino latinoaméricano. Recibimos a más gente que la mayoría de los países asiáticos, sólo China, Turquía y Rusia están  en una mejor posición y los dos últimos atraen en lamparte más europeizada.  No está nada mal, dadas las circunstancias. 

Sí, la oferta que México plantea al mundo es muy atractiva. La relación precio-calidad es sumamente seductora. Con poco dinero, un visitante puede disfrutar de infraestructura hotelera y en restaurantes muy superior a lo que por el doble de precio se disfruta en otro lados. Además, la hospitalidad mexicana es un activo que se empieza a valorar por los trotamundos. Esa amabilidad que expresa con sinceridad: mi casa es tu casa, ha dado frutos  en la preferencia de los viajeros. 

Curiosamente, el interés turístico no abarca unicamente las maravillosas playas, famosas a nivel mundial por su belleza natural, por el clima y la temperatura del mar, ni se centra en la magnífica arquitectura colonial de ciudades tan apreciadas como San Miguel de Allende, Zacatecas, Oaxaca o San Cristobal  de las Casas. No. También se aprecian las ventajas de las compras que entre los descuentos, el tipo de cambio y la comodidad de las plazas comerciales, dan a México un lugar relevante entre los que conocen y saben de compras.

Sin embargo, también se reconoce la capacidad profesional de los mexicanos en el terreno de la salud. Venir a encontrar el remedio a padecimientos en México ha resultado muy conveniente. Los servicios médicos son de altísima calidad y los precios con respecto a lo que se cobra en otras partes del mundo son competitivos. Estudios de laboratorio, radiológicos, de imagenología, horas de quirófano, consultas, cirugías, servicios dentales, tienen una popularidad creciente dentro del turista que quiere curar un padecimiento que en casa sale malo y caro.

Otro factor es el intercambio universitario. Muchos extranjeros vienen de intercambio a complementar sus estudios a la Ciudad de México, a Guadalajara y a Monterrey. Hay respeto por la academia y reconocimiento del catedrático mexicano. Se respeta y se busca la oferta de educacion superior. 

También el turismo religioso es un factor que ayuda a México a regresar a la tabla de popularidad. Los mexicanos sabemos tratar al peregrino. No los sometemos a procesos engorrosos, no les cobramos cuotas para entrar a los santuarios, ni les hacemos padecer la angustia de ver que un espacio de oración se convirtió en un museo o un adoratorio de selfies. Al peregrino se le quiere, se le acoge y se le respeta. En el Tepeyac, en el valle de San Juan de los Lagos, en Chalma o en cualquier lugar en el que exista una imagen de veneracion, la gente es bienvenida con expresiones de color y fe.

Lo curioso es que entre tanta basura mediática, estas buenas noticias se pasen por alto. Hay que resaltarlas y celebrar otra buena noticia para México.  

Los sinsentidos en la Ciudad de México

Parece que en una de las ciudades más grandes del orbe se vive en el mundo al revés. Se escuchan los discursos oficiales, se analizan los planes de gobierno, se examinan los programas de desarrollo y las intenciones que ahí se plasman y uno podría concluír que la Ciudad de México es una chulada que se mueve como relojito bien sincronizado. Sin embargo, al pasar por el tamiz de la evaluación, las cosas cambian radicalmente. 

En lo grande y en lo pequeño hay problemas. Basta detenerse en el asunto de la Línea 12 del Metro, la obra dorada del sexenio pasado y nos topamos con una amarga verdad. Las palabras no honran los hechos. En ese proyecto todo estuvo mal, desde la concepción hasta la ejecución. No hubo un sólo acierto. Tantos errores y cálculos contrahechos parecen salir de un cuento de chistes pero se nos quita la risa al ver el dineral que se tiene que pagar por algo que no funciona. Ya nos dan ganas de llorar cuando vemos los resultados del estudio que se presentó en la Asamblea de Representantes. Se mencionan los errores pero no hay sólo nombre que apunte a la responsabilidad de los hechos. Parece como si los actos se hubiesen generado en forma espontanea y fueran hijos del viento. Todos sacan las manos y fueron tantos los que movieron el asunto que es sencillo salir del tema sin pagar las consecuencias. 

Cada uno desde su trinchera le avienta la bolita al otro. Funcionarios, exfuncionarios, empresarios, inversionistas, todos dicen yo no fui, como si eso fuera suficiente. Nada queda claro y la transparencia es tan limpia como el agua turbia de un río contaminado. Lo cierto es que la evidencia nos dice que un gobierno capitalino galardonado como el del mejor alcalde del mundo tiene esta terrible mancha y un consorico prestigioso que recibió todo el apoyo, falló descomunalmente.

Entonces, cualquiera pensaría que si los grandes fallan, habría que volver la mirada a los pequeños y apoyarlos para que sean los micro y pequeños empresarios los que saquen la casta en favor de esta gran ciudad. Ja, ja, sí, cómo no. Los emprendedores en esta capital sufren el acoso de las autoridades. Están sujetos a inspecciones y verificaciones que constituyen el foco de corrupción más grande que mata el espíritu empresarial. El INVEA está dotado de dientes para clausurar de forma definitiva un establecimiento sin dar oportunidades de corrección por la buena. Las autoridades delegacionales y hasta los comités vecinales tienen autoridad para acabar con un negocio,mincluso antes  de abrir. El empresario en esta ciudad debe calcular en sus gastos una cuota para mantener a raya a estas voraces aves de rapiña. Gastos que no tienen recibo y que por lo mismo, son no deducibles.

Las autoridades saben de estos problemas y en vez de poner manos a la obra para poner remedio, elevan los hombros y le advierten al emprendedor que el camino está dificil y se va a poner peor. Ese es el apoyo y el acompañamiento de las autoridades centrales y delegacionales, una advertencia atenta de que no hay muchas alternativas para florecer. Sin fomento para la pequeña y mediana empresa ¿cómo le vamos a hacer? Los grandes consorcios fallan, fíjense en la Línea 12 del Metro y a los chicos los ahogan. Cuenten las sanciones al consorcio ICA-Alstom-Carso y comparenlo con la cantidad de sellos de clausura que hay en todos los barrios de la Ciudad de México. ¿De qué se trata?

 ¡Ah, pero eso si! La basura electoral nos promete una tierra de gracia y soluciones y cambios espectaculares. Los mismos incapaces que frenan el desarrrollo, saltan a otras aspiraciones sin haber cumplido por las que fueron votados. Es un sinsentido total. Se exonera a corruptos, se disculpa a los grandes y se amaga a los pequeños. ¿Así, cómo?

  

La primera economía de hispanoamérica

Es difícil que México capte la atención de diarios europeos como no sea para reportar alguna fechoría del crimen organizado, para informar de actos de corrupción o indolencia de la clase gobernante o de algún desastre natural. Además cuando dan cuenta de ello, generalmente es en notas de páginas internas y con pocas palabras. Por lo tanto, cuando hay una buena noticia que aparece en primera plana, aunque no se lleve las ocho columnas, es motivo de festejo.

El períodico español El País, hace mención de la nota del Fondo Monetario Internacional que reporta a México como la primera economía del sector de hispanoamérica, situandose un lugar por arriba de España. La reacción es curiosa, los españoles se sorprenden de quedar rezagados.  Sé lo que muchos pensarán, que si la crisis española, que si tampoco es novedad, que si no está en horno para bollos, que en realidad las cosas no están cuajando al nivel que se esperaba. Sí, sí, todo eso es cierto, pero también lo es que el FMI reporta a México en el lugar número trece en el ranking de economías mundiales, por encima de la madre patria y de Rusia. 

Es cierto que Brasil está en el lugar número ocho, y que nuestros socios comerciales, Canadá y Estados Unidos revelan mejores cifras, y que tal vez México no ha avanzado si no más bien, los demás han retrocedido en forma mas acelerada. Puede ser. Sin embargo, el hecho de que este país de gente buena sea mencionado por algo que no tiene que ver con escándalos, desaparcidos, crímenes o asuntos de terror, es una buena noticia. 

Hay que aprovechar estas oportunidades para cacarear el huevo, son tan escasas que es necesario dar cuenta de ellas, antes de que otra cosa pase, ¿no? Hay que celebrar antes de que el unitema sean los lamentables niveles de las campañas electorales, o de que nos demos cuenta que el tema de la educación pierde lugares, De que la seleccion de Estados Unidos nos ganó por dos goles a cero,  o de que el informe de la Asamblea Legislativa sobre la Linea 12 dice que todo, todo estuvo mal hecho pero no señala quién o quiénes lo hiciern tan mal.

Tal vez la reflexión sea esa, México, a pesar de la poca atención que se da a la  educación, de la corrupción cínica y rampante, de la impunidad y de todos los males que ya sabemos, es la primera economía de Hispanoamérica. La pregunta obligada es ¿en dónde estaríamos si no tuvieramos todos esos problemas? 

 

La importancia de una cobija de puntitos

¿Por qué será que cuando uno está lejos extraña pequeñas cosas? Se echa de menos ese par de pantuflas viejas, esa almohada suave, ese buenos días que se escucha justo al despertar, esa respiración acompasada, ese aroma a café. Generalmente, los recuerdos no vuelan a los grandes discursos que se pronunciaron, ni a las majestuosas obras, ni a las enormidades de la vida. No, lo hacen a esos detalles que hacen que la vida florezca a diario en forma constante.

No sé si es el lado de la cama o la cafetera de casa lo que da ese aroma único, o si son esos ronrroneos amorosos o ese agitar de cola y esos ladridos, o esos ojos que sonríen al verte o esa tranquilidad que da el calor que transmite ese abrazo. No sé si es la olla en la que se cuecen los frijoles o el molcajete de piedra lo que hace únicos los sabores anhelados. No sé si son las flores del jardín o la regadera del baño, o si es la bata o la pijama que ya no huele a nuevo. No sé lo qué es eso que causa esa tibieza en el corazón que unicamente se encuentra al volver a casa.

Lo cierto es que arropada en una cobija de puntitos, con mis viejas pantuflas puestas, con la pijama arrugada y el jetlag encima, me siento en la cama y le doy un sorbo al café. Todos están dormidos. Recorro la mirada por las paredes y reconozco cada rincón, a pesar de que la luz no está encendida. No tengo que adivinar, sé bien. Lo curioso es que los recuerdos que brotan recién llegada, tampoco son los datos históricos, ni las precisiones artísticas, ni las cifras escuchadas. No son las magníficencias las que habitan los recuerdos más entrañables.

Son las experiencias de una calesa en Palermo, de una caminata en Capri, del chofer de taxi que nació en Anacapri, del café en el malecón de Civitavechia, de un mimo en Roma, de una ventana en Venecia, de una italiana que nos contó en el tren extraña a sus gatos que se quedaron en Turín, de una familia de canadienses que dijeron que como México no hay dos, de las bicis en Barcelona, de la impresión al ver la cola para entrar a San Pedro, es el primer gol del Chicharo en el Bernabéu, es Irene contandome sus planes, son las Pilys que encontramos en París, son los chistes de Dany y los momentos de una magnífica, esa sí, dolcefarniente, con un sol espléndido, aunque el termométro marcara cinco grados centígrados. Es el abrazo de mi hija.

Tal vez la cobija de puntitos sea importante porque alguien se ocupó de que estuviera ahí, en ese lugar para que al regresar me sintiera bienvenida, para que al enrollarme en ella confirmara que sí, efectivamente había regresado a casa.

  

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