Calidad docente

Nos han dicho tanto que sacar diez de calificación todo el tiempo no es importante, muchos de los más aplicados en el salón terminaron dando resultados mediocres fuera del aula. Y, como toda generalización, esa es muy mala. Muchos de los que obtuvieron buenas calificaciones se las ganaron a pulso, unos a base de constancia, otros de inteligencia y esas cualidades ayudan mucho en la vida real.

Pero, tenemos que reconocer que los maestros juegan un papel determinante. Tuve la fortuna de contar con profesores extraordinarios a quienes les debo mi formación, jamás terminaré de darle las gracias a Miss Ursula que siendo una jovencita nos abrió los brazos y nos enseñó a base de cariño y paciencia o el padre Sanabria que siendo un hombre con muchos años repartía conocimiento y experiencia entre los estudiantes.

Podríamos estar de acuerdo en que la juventud o la acumulación de años no se traducen en calidad docente. Sin embargo, la OCDE recomienda que por cada profesor de menos de treinta años debe haber dos mayores de cincuenta. La edad no es limitación ni sinónimo de buena docencia. Los profesores jóvenes son magníficos para asimilar tecnología y avances científicos, sociales y tener sensibilidad. Pero, es poco lo que pueden aportar de experiencia de vida. Es frecuente ver a profesores muy jóvenes abordando temas en forma muy académica sin que hayan podido corroborar en la práctica si lo que dicen y enseñan es cierto o si funciona. Son muy teóricos.

Por su parte, los profesores que ya cuentan con años de experiencia pueden hablar con ejemplos de vida de aquello que abordan en el salón de clases. Combinan la teoría con la práctica y se convierten en una fuente de conocimiento profundo por el acervo que la vida les ha permitido acumular. Es cierto, pueden resultar pedantes al hablar de sus ejemplos, a algunos les cuesta actualizarse y suelen ser menos tolerantes.

Insisto, toda generalización es inexacta. Hay profesores que siendo jóvenes son intolerantes y hay viejos que son tan dulces y accesibles que son los consentidos de sus alumnos. No hay duda, combinar experiencia e innovación es la fórmula perfecta para contar con una planta de profesores de calidad.

Que me disculpen quienes creen que con certificaciones internacionales, con códigos compartidos, con exámenes estandarizados, planes magisteriales plastificados y haciendo que los docentes llenen formularios no se logra la calidad académica. Son años de experiencia profesional, conocimiento teórico y sobre todo amor por la educación. La academia es una labor comprometida que requiere pasión y energía.

¿Qué hago con los niños?

 

Sin duda, desde que empezó la transformación lopezobradorista, hay veces que siento que el reloj ha echado las manecillas para atrás. Desde el tono de los discursos, que tienen esas pausas tan lopezportillistas y arengas echeverristas, hasta esos modos autoritarios en los que el Señor Presidente todo lo decía, todo lo controlaba y todo lo hacía. En aquellos años, las novelas en la radio y la televisión nos mostraban una sociedad de familias que tenían papá, mamá, hijos, mascota, felicidad y abundancia. El drama era que una mujer se enamorara y lograra realizar el amor con el principie azul para vivir felices para siempre en el beso eterno y la alegría sin fin.

Por supuesto, ya desde aquellos años, la sociedad mexicana se daba cuenta de que no todo es color de rosa. Hoy, muchas familias son uniparentales, el padre, en la mayoría de los casos, es una figura ausente, la madre tiene que salir a trabajar para conseguir el sustento de la casa y la distribución de edades de la pirámide poblacional no deja muchas alternativas para volver a aquellos años dorados en los que Pedro Infante salía a cumplir con miles de trabajos mientras la mujercita se quedaba en casa a administrar la pobreza.

Dada la compleja configuración de la dinámica familiar actual, sus transformaciones y el impacto que estos cambios tienen en la vida social, se vuelve relevante entender y tener una visión amplia de lo que sucede. Pero para el análisis y comprensión de estos procesos, es preciso enterarse de la forma en que los cambios en la familia se han visto reflejados en nuestros tiempos.

Podemos constatar que la institución familiar ha transformado su estructura y su conformación, pues interactúa y está sujeta a los cambios y fenómenos sociales, además de que va más allá de los miembros que la conforman. Para precisar su significado y función dentro de la sociedad, se deben considerar sus características de acuerdo con su contexto sociocultural, tipo de unión que cohesiona esta célula social, actividades económicas, discursos políticos, fenómenos demográficos y avances tecnológicos o educativos. Los mexicanos hemos cambiado mucho y hoy aceptamos la diversidad como algo propio de nosotros.

Sin perder de vista que los problemas sociales no reconocen las fronteras disciplinarias impuestas por la ciencia, la antropología social y la demografía principalmente, centran su interés en visualizar cómo, por qué y cuáles son las causas de que las familias modifiquen su estructura partiendo del concepto de familia, el cual no sólo se limita a la unión entre un hombre y una mujer para la procreación de los hijos. Hay madres solteras, viudas, padres solos, parejas cuyo ingreso no es suficiente para cubrir las necesidades del hogar, abuelos, hermanos que se hacen cargo, tíos que viven en el mismo lugar, primos que son como hermanos. Me parece que el Presidente López Obrador desde su pináculo de poder perdió de vista que no todas las familias tienen el privilegio de contar con una serie de recursos que el presupone son inherentes a la sociedad mexicana.

Le falla el cálculo al Señor Presidente cuando desde el lujo de Palacio Nacional, rodeado de reporteros y de sus empleados, le ordena a las madres que se hagan responsables de sus hijos. Seguro no tomó en cuenta que hay familias que no cuentan con un salario que sirva para cubrir sus necesidades y que ambos padres deben de dejar la casa para buscarse el pan con el sudor de la frente. Tampoco se da cuenta que hay mujeres que sólo se tienen a sí mismas para mantener su hogar, que hay hombres que están en esa misma situación: no tienen una tía, una abuela, una hermana que les pueda ayudar. A lo mejor, viven en una ciudad distinta a la de sus familias, puede ser que sus familiares no estén en condiciones de cuidarse ni a ellos mismos o peor aún, que los padres no confíen en que mientras ellos están trabajando sus hijos estarán bien. ¿No sabrá López Obrador que los abusos infantiles más frecuentes se perpetran por familiares cercanos de los niños?

Falla López Obrador en su respuesta sobre ¿qué hago con los niños? Durante mucho tiempo, la familia fue y es considerada como una institución fundamental donde las personas se desarrollan como entes socioculturales, por lo que es de gran interés realizar un análisis sobre su conceptualización, pues su estructura y conformación ha cambiado y es vital que se reformule el concepto de familia para darla a conocer no como una institución estática sino cambiante y por lo tanto con diferentes necesidades a satisfacer. Ese es el análisis que me gustaría escuchar de un mandatario, no las simplezas que se dicen detrás de un micrófono cuando no se conoce el tema del que se está hablando. Por lo pronto mi mamá ya corrió, ¿estará cuidando a los hijos de mi hermana?

Maestros armados

Ya no sé si me da risa o me da pánico oír las ocurrencias del presidente de Estados Unidos. Donald Trump propone armar a los maestros y entrenarlos para que en caso de que a algún estudiante se le ocurra sacar una metralleta en el salón de clase, la maestra saque una pistola o un rifle y ponga orden. Claramente, el señor no tiene idea de lo que es ser un profesor. Por suerte, yo no soy maestra en ninguna universidad estadounidense, sino, ya me veo cargando computadora, bolsa y rifle por los pasillos hasta llegar al salón de clases.

Si, de por sí toda la vida ando con dolor de espalda por todo lo que cargo desde el estacionamiento hasta el aula, un rifle sería como ponerle una raya más al tigre. Tendría que sumarle a la computadora, exámenes, libros y cuadernos, el peso de un arma poderosa porque una pistolita daría risa. O, tendría que decidir entre llegar al salón con libros o con una Ak-47. Me imagino que mis alumnos se sentirían felices de ver a sus profesores caminar por los pasillos con sus armas colgadas al hombro. Tal vez, pondrían mas atención a una mujer que además de enseñarlos a pensar, los persuada con un rifle como mejor argumento.

Seguro que ningún loco entraría a mi salón, presa del miedo de verme armada. Se mosquearía y no se atrevería a disparar a sus compañeros porque ahí estaría yo con mi rifle para defenderlos. Entonces, según imagino, el maestro que se vea en semejante situación deberá apuntar y disparar al alumno para evitar mas muerte. Entonces, un profesor deberá anotar en su descripción de puestos que una de las habilidades para pararse frente a un grupo es la puntería y otra será la sangre fría. Habrá que disparar y matar, ¿cuántos maestros de kínder hasta doctorado querrán hacer eso?

Por suerte, no soy maestra en Estados Unidos. Pero, me imagino a Michael Porter entrando a Harvard con semejante ametralladora y a Mika Ronkainen en Georgetown con un rifle de alto poder o a Miss Christie en el Jardín de Niños, o al Profe Paul en la primaria… ¿irán a poner percheros para colgar las pistolas o las tendrán que dejar el arma sobre el escritorio? Tal vez las de los profesores de diseño serán de colores y las de la facultad de medicina vendrán con un dispositivo que tenga gel antibacterial.

Yo que creía que enseñar era compartir, ahora me entero que para el presidente de los Estados Unidos es mejor volver a los tiempos en los que la letra entraba con sangre. ¿Cuántos maestros se querrán ensuciar las manos? Me aterra pensar en la respuesta, mejor que nos gane la risa.

Graduaciones 

Se supone que las fiestas de graduación son celebraciones por un logro académico. Se trapasa un umbral de formación que ayuda al individuo a ser una mejor persona. Usar toga y birrete es un orgullo que no muchos pueden experimentar. La toga es una prenda que comenzó a ser utilizada por primera vez en la Roma republicana como símbolo de rango entre los ciudadanos de la República. La Toga romana era una prenda semicircular, voluminosa y elegante, que originalmente se utilizaba como prenda diaria de uso común y que  para usarse en las sesiones del Senado o en ceremonias solemnes. 

La Toga como prenda universitaria, comenzó a ser utilizada en el siglo XI, cuando la Universidad de Toulouse en Francia, la adoptó como atuendo para distinguir al Rector y a sus Consejeros; en la Universidad de París, fundada en 1231, se instituyó y reglamentó por primera vez, como una prenda para resaltar a quienes la institución los había distinguido con reconocimientos, grados y dignidades propias de su trayectoría académica. De esta forma y a partir de ese momento, fue adoptada como símbolo de dignidad en diversas universidades del mundo.

El birrete es el signo de los eruditos, por años fue reservado únicamente para quienes tenían el grado de doctor. Un erudito es quien demuestra tener conocimientos sólidos en una o varias disciplinas. Es decir, es gente que pertence a un grupo selecto que se distingue por su saber. Es decir, son sabios. Un sabio es prudente, es juicioso. Por eso, ver a escuincles con toga y birrete sorteandose a golpes, me resulta verdaderamente indignante. 

Más allá de los acontecimientos diversos —eso es lo lamentable— y de los chismes y las fotografías, está el reflejo de aquello en lo que nos estamos convirtiendo. De repente, un puño se estrella en la cara de un muchacho que ni es de los graduados, ni estudia en esa escuela, ni era invitado, pero ahí andaba viendo, junto con un grupo de amigos si se podía colar. Pudo hacerlo. Él y sus amigos se colaron. Anduvieron por ahí, gozando de la fiesta, de la misma forma en que lo estuvieron haciendo varios grupos de colados, hasta que se armó la gresca. 

Hay tantas preguntas que contestar. ¿Dónde está la seguridad de los salones de fiestas? En estos lugares debe haber perosnal que resguarde cada festejo y evite problemas. Brilló por su ausencia. Además, quisiera saber que prurito primitivo provoca a ir a meterse donde no te llaman para causar problemas y buscarse broncas. Y, ¿qué pasó con la prudencia de  los sabios de toga y birrete? Mas que perosnas ejemplares, parecían gorilas embravecidos, empequeñecidos por sus impulsos y envilecidos. 

No fueron sólo dos escuelas de gente rica, han sido varias. La cuestión es que hay gente que le gusta causar pleitos y otra a la que le fascina pegarse a golpes. Es una pena. La toga y el birrete envilecidos por aquellos que se supone son los sabios de la sociedad. Una  pena.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 28/08), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos. 

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Lápices y cuadernos

¡Quiero ser maestra! , lo dice una pequeña de nueve años. Claro, quién a esa edad no quiso serlo. La no jugó a la escuelita tuvo un amigo enamorado de la profesora. El gis y la pizarra eran símbolos aspiracionales y los lápices y los cuadernos constituían en mundo ideal. Luego, al crecer, muchas dejaron esas pretenciones y decidieron seguir otros caminos. Muchas, incluso, pensaron en el magisterio como un juego de niñas pequeñas que sientan a sus muñecos y a sus peluches para oírlas dar clase.

Sin embargo, no es juego de niñas. Hoy, José Naranjo reporta para El País, la historia de Fatumata Mohamed, una pequeña nigeriana de nueve años, que como muchas de nosotras a esa edad, quiere ser maestra, sólo que su aspiración es seria. Es una de las muchas niñas desplazadas y amenazadas por Boko Haram. Salió huyendo de Michika, su pueblo natal y cruzó el desierto hasta llegar al refugio de Yola. Corrió desesperada para alejarse de las armas y de las amenazas de un grupo que sigue secuestrando niñas para ponerlas al servicio de militares que abusan de ellas física y sexualmente.

Fatumata tuvo suerte. Llegó a Yola y puede ir a la escuela. Aprende a escribir y a leer. Tiene cuadernos y lápices. Es de las privilegiadas que pudo escapar, que se aventuró al desierto y le ganó al hambre, al sol, a la sed y a quienes quisieron someterla a un estado de esclavitud. Muchas no tienen su suerte. Para ella ser maestra representa un privilegio, es una aspiración alta y no un juego de niñas. No quiere ser médico ni dedicarse a la ciencia, quiere enseñar. 

Quiero hacer lo que estan haciendo conmigo, enseñar a los niños a leer y escribir porque eso me ha hecho feliz. Me gustan mis lápices y mis cuadernos. Quiero estar con los niños para que aprendan a usarlos. Fatumata me recordó la importancia que tienen esos juegos de infancia. Esos sueños que terminan forjando vocaciones y dando sentido a la vida.   Esos juegos que dadas las circunstancias, ganan diepmensiones espectaculares.

  

Educar sin frustración

Ayer, en un acto de conmemoración del día de las madres y en evidente preparación para el festejo del día del maestro, el presidente Peña interrumpió su discurso y, por unos instantes, se quedó serio. Al retomar el hilo del discurso, con palabras improvisadas pidió educar sin frustración. Se refirió al espíritu de la Reforma Educativa e hizo énfasis en la visión de formar para largo plazo. Después siguió elogiando a las madres.

No sé si la pausa fue actuada. No parecía, más bien daba la impresión de que el Presidente estaba pensando en algo personal, en algo íntimo y que en esos segundos dejó que las palabras emergieran. Cuando volvió en sí, regresó al tema de la maternidad. Pocos se dieron cuenta de que Enrique Paña entreveró un tema tan importante, y que le preocupa sinceramente. Al menos eso dijo sin pronunciar palabras. Esa mirada al cielo, ese cerrar los puños, ese arrugar de labios, en fin, ese suspiro.

Estoy de acuerdo con el Presidente. No sé qué recuerdos o qué pensamientos le evoquen al titular del ejecutivo las palabras educación y frustración. Evidentemente, el encadenamiento de ambas no genera círculos virtuosos. ¿Cuántos maestros ven en el salón de clases una vocación verdadera? Me parece que pocos. Basta ver a varios de los que en vez del aula, eligen la calle y en lugar del gis, empuñan las armas. Eso es el extremo, pero también están los que creen que el aula es un círculo en el Infierno y los que ven a los estudiantes tan agradables como un pisotón en un dedo fracturado.

Educar sin frustración es enfrentar el salón de clase con el mismo gusto que un marino toma el timón del buque al zarpar a la mar. Es ser feliz entre los alumnos. Es encontrar realización. Es dificil. Basta imaginar mocosos llorones, escuincles groseros, adolescentes insolentes, estudiantes que en vez de ver a un profesor ven a un empleado y autoridades que premian al flojo, al majadero, al que falta al respeto, al que no pone atención. Y se pone peor: los alumnos que llegan con hambre, que fueron golpeados, que tienen sueño porque tuvieron que esperar a que el padre llegara de la fiesta o a la madre que no llegó, al que entró al salón intoxicado, oliendo a alcohol y no se acuerda de lo que sucedió ayer y que va a tener repercuciones mañana. 

Se entiende al maestro que frente a las burlas diga, nos vemos en el examen, y se las cobre haciendo una prueba que ni él mismo puede resolver. Se entienden los gritos, las amenazas, los ya me las pagarás, Sí, se entienden, no se justifican. Educar sin rencor, se puede. Estar frente al salón de clases sin aventar vinagre, se puede. Educar sin generar frustración, se debe.

Creo que la intención del Presidente Peña es buena. Es posible que busque empatía para aquellos que necesitan un empujoncito para salir adelante. Es posible que trate de evitar los empellones que reciben tantos mexicanos desde tan temprano. Un estudiante debe encontrarse en un terreno que propicie la creatividad, la imaginación, el buen trato: la educación. ¿Cuántos se pierden en el intento?

Educar sin frustración es de dos vías. El regocijo de quienes eligen ese camino es un premio muy grande. No hay mayor satisfacción que ver cómo se transforma la cara enfurruñada de un estudiante que no entiende, en una sonrisa porque ya le salió el ejercicio. Ver que un alumno entiende y sale saltando de gusto en vez de  irse con cara arrugada o lágrimas en el rostro debería ser la meta de un profesor. Lo es de los que lo son de adeveras.

Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con Enrique Peña Nieto, pero en esta idea de educar sin frustración, sí. Claro, no está fácil.

  

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