El abogado de El Chapo

Resulta que Adela Micha viajó a Nueva York a entrevistar al abogado de Joaquín Guzmán Loera. Jeffrey Lichtman es un hombre de cincuenta y cuatro años que defiende a clientes complicados, poco simpáticos y para decirlo con claridad, con amplias sospechas de culpabilidad. Pero, la justicia se sustenta en la presunción de inocencia, así que su trabajo es meterse en la mente del jurado a sembrar dudas razonables. Con el caso de El Chapo no pudo, hubo demasiada evidencia.

Lo curioso de esta entrevista es que Lichtman dijo varias cosas escandalosas que el juicio fue in circo preparado para inculpar a su pobrecito cliente, que las autoridades mexicanas son corruptos, que Peña, Calderón, Fox y Zedillo recibieron dinero del narco y que lo mejor es hacer un muro mas alto y más ancho para evitar que nuestra suciedad manche la limpieza de los Estados Unidos.

Es verdad, habló de lo terrible que es que los estadounidenses no puedan vivir sin drogas. El drama de los ciudadanos en Estados Unidos que no pueden con su cotidianidad si no es en un estado alterado de conciencia. Esa necesidad, esa ansiedad ha hecho millonarios a gente como Joaquín Guzmán Loera y ha derramado mucha sangre. Dijo, también que criminalizar las drogas transformó un buen negocio en un delito.

Vamos, no dijo nada nuevo.

Entonces, de sus silencios intuyo varias cosas. No dijo nada de los carteles que operan de aquel lado de la frontera. No habló de las complicidades que hay en Estados Unidos para que sus ciudadanos se droguen alegremente cada que quieran. ¿O, creerá que las sustancias entran y caminan solas y se distribuyen por generación espontánea? Y, si en México nuestras autoridades son corruptas, ¿allá son inmaculados o tontos? ¿No pueden ver los caminos de la droga?

De alguna manera, si Lichtman dijo que el juicio era un circo, quiere decir que la justicia estadounidense no es tan honesta ni tan prístina ni tan clara, ¿Eso nos quiso hacer entender? Lo terrible es que nos quiso vender espejitos y hay muchos que se los compraron.

Habló de Joaquín la persona y de El Chapo el personaje como si se tratara del Neo Robin Hood o la versión remasterizada de Chucho El Roto. No hubo un contrapunto, nadie que le dijera que el señor que defendió es un asesino, a lo mejor muy lúcido, muy inteligente, muy simpático, pero un asesino. No defendió a un buen hombre. La evidencia lo llevó a ser declarado culpable. Ni modo que creyéramos que el señor era inocente.

Mucho cinismo, muchas falacias, muchas sonrisas, poca verdad. Entiendo que Lichtman hizo lo que le correspondía, me hubiera gustado ver a Adela preguntando lo que nadie se atreve: ¿por qué en Estado Unidos necesitan personajes como El Chapo, por qué le compran tanto, por qué se drogan tanto?

Mezquindades y falsas apologías

La palabra figura, nos dice Erich Auerbach, significa originalmente imagen plástica. El término ha evolucionado, Es una consideración de cualidades y capacidades que nos sirven de punto de partida para crear un concepto que se ajuste a la forma física y sensible de algo. Es una consonancia que aparece ahí donde se necesita una representación. Entonces, la figura es al mismo tiempo, una visión onírica y fantástica que se pergeña a partir de un modelo real. 

La técnica ha depurado hasta el refinamiento lo que esta palabra envuelve. Una figura puede manifestar e insinuar algo sin pronunciarlo expresamente. Y así, de manera casi natural, por motivos políticos, tácticos, por la sencilla razón de lograr subrepticiamente un mayor efecto o, cuando menos, para que quede sin explicar aquello que se quiere encubrir, se libera una figura para que en el camino vaya dando pasos, crezca y gane tamaño. En un punto de exageración máxima, se busca que la verdad se opaque frente a una leyenda y se defiende lo que en realidad, resulta indefendible. Esa estridencia se llama mezquindad.

La Humanidad ha sido proclive a crear figuras de reivindicación. Hay una fascinación por las historias del rico que era pobre, del malvado que sufrió en la infancia, del pecasor que se convierte, del perverso que hace cosas buenas. En la fantasía, los recursos para hacer que vuele la imaginación, van desde lo bien logrado hasta los intentos vulgares y desgastados de repetir la historia de la Cenicienta o de Pepe el Toro. El afán no es gratuito, ha generado pilas de dinero. Telecomedias, novelas ramplonas, escritos morbosos, películas con producciones espectaculares y pocos contenidos plagan al oferta que el consumidor enfrenta un día sí y el otro también. La fórmula ha sido desgastada y, como buena vaquita lechera, sigue generando utilidades, aunque la gente ya se sabe de memoria la trama y conozca el final de la anécdota.

Así las cosas, hay que tener cuidado. Crear una figura alrededor de un narcotrficante, en la que se le recubre de inventos e historias cursis, pero lindas; en la que se le dan cualidades para disolver su actuar criminal, es mentir. La mezquindad resulta no de la mentira, que ya de por sí es un signo fatal, sino de la falta de respeto ante las víctimas de un asesino cruel, de un ratero inmisericorde, de un hostigador que le chupa la calma a las personas hasta llevarlos a la desesperación y eventualmente a la muerte. ¿Que apología vale en torno a estas figuras? 

Ni narcocorridos ni narconovelas que cristalecen una retórica especial y una lírica superior —que aún no encuentro— valen la falta de respeto ante los héroes que han caído en una lucha desigual e inhumana. No hay justificación ante las lágrimas de una viuda, un huérfano, un mutilado, una familia que no encuentra a su hijo, una madre que perdió a su hija.  No hay criterio estético que sobrepase al deber ser, a los principios éticos que deben regir. No hay hipótesis que valga pena de ser confirmada frente a la pena de tantas personas. No hay palabras que merezcan ser pronunciadas si con ellas se piensa forjar una figura reivindicatoria a un delincuente. 

Menos aún si estos grupos delictivos han causado tanta pena a personas concretas, que tiene nombre y apellido. Así que nadie tiene derecho a escudarse en la libertad de expresión, el interés estético, el registro histórico para justificar la mezquindad de sus actos. No sólo es una canallada invitar a Joaquín Guzmán Loera a platicar, es una estupidez y  una falta de respeto a las víctimas, además de una provocación a la autoridad. Lamento la ruindad de un buen actor que se evidencia como mala persona. Lamento que una mujer con buena cuerpo deje ver lo que tiene entre las paredes craneales. Lamento a tantos que han aplaudido como focas lo que no hay forma de aprobar.

La falta de nobleza, lo despreciable no es nada más de Joaquín Guzmán Loera, es de todos aquellos que han tratado de exaltar la figura de un hombre que, a fuerza de romper la ley, ha hecho tanto daño. 

  

Entre cómicos y narcotraficantes

  • Hay líneas muy tenues que ponen a unos en un lado y los separa de otros. Sin embargo, los extremos se tocan y resultan tan similares. Hemos visto como en estas guerras, tanto policias y ladrones tienen una facinación por el mundo de la farandula. Parece que ambos grupos encuentran a la gente del espectáculo como buenos adornos que decoran bien y son una compañía agradable. Resulta que ambos lados de la recta tienen el gusto por las caras que se hacen famosas en las pantallas.

No es nuevo ver fotografias de estas celebridades sonriendo frente a maleantes. Tampoco nos resulta desconocido enterarnos de los que les sucede a estas personas que conviven tan de cerca con narcotraficantes, secuestradores y a ese tipo de finas personas. Lo malo es que la frivolidad exagerada se acerca peligrosamente a la estupidez. Andar de fiesta entre lobos es muy arriesgado.

Los narcocorridos, las narconovelas, los programas de crimen organizado son interpretaciones fantasiosas de las tragedias que   efectivamente suceden a diario. Tristemente, la trivialidad, la ignorancia y la indolencia hacen que personajes como Sean Penn, Kate del Castillo y tantos otros hagan declaraciones en las que ensalzan a un matón y ofenden a las víctimas de estos criminales. Se toman fotos, se hacen videos, brindan y conviven sin reflexionar en el mal que han hecho a sus semejantes. Se arropan en la libertad de expresión y sin reflexionar se arrojan alegremente a los brazos de grupos de alta peligrosidad. ¿Cuántos, creyéndose encantadores de serpientes, han encontrado un desrino fatal?

No me queda claro que querían hacer Del Castillo, Penn y Guzmán en una reunión. Me parece que han de ser muy buenos clientes del Chapo y en esa condición, el señor Guzmán Loera los recibió. ¿Estarían ellos buscando una nueva línea de negocio y él nuevos socios? ¿Buscaban hacerse una fotografía para ponerla en la sala de la casa? Lo más seguro es que estuvieran pidiendo un descuento por volumen para su consumo personal. Sólo ellos conocen sus verdaderas intenciones. Así, a primera vista, no parece que hubieran ido en un afán de catequesis. Sabemos que las drogas destruyen y terminan fundiendo el cerebro y ahí está la prueba. ¿A quién en su sano juicio le parece inteligente exibir que ellos encontraron a alguien que las agencias de inteligencia internacional no ubicaron? ¿Les parecerá muy chistoso poner en evidencia al gobierno mexicano, a la CIA, al FBI, a la DEA, a la Interpol?

No lo es.

Me pregunto si estas personas serán llamadas a declarar por tener nexos con el narcotráfico. Deberían ser llamados a cuentas. Por menos, gente ha terminado viviendo infiernos. Si el brazo de la ley no llega a tocarlos o no los asusta, el lenguaje de venganzas y ajustes de cuentas de los criminales no son actos cómicos. El pozolero existe, las torturas no son parte de un guión de Hollywood, las redes delictivas son crueles y son reales.

Policias y ladrones, cómicos y cantantes no son mundos complementarios. Salir en la tele, ser cantante, actor, no debe constituir un privilegio para hacer idioteces. Lo malo es que eso se está convirtiendo en una práctica común. Lo peor es que los de un lado de la línea todo toleran, los del otro lado, no.

La camiseta del Chapo y el otro detalle

Alrededor de Joaquín Guzmán Loera siempre hay un halo de duda, de oscuridad, de embrollos y sospechas. Cada que se habla del delicuente más buscado del mundo queda la sensación de que ni sabemos todo ni nos lo van a decir. En esa condición, brota esa suspicacia que nos invita a no creer todo lo que se dice. Tanta parafernalia alrededor de su tercera captura me remite a esas películas de acción y, sin embargo, entiendo que así sea. Ni modo que la captura de semejante capo se diera con una sencilla nota de prensa. Lo cierto es que casi cualquier acción, incluso la más correcta, causa dudas en este concepto. Ni hablar de su reingreso al penal del que ya se fugo con tanta fastuosidad y facilidad.

Por eso, toda la especulación que se hace en torno a esta figura, da como efecto esa comezón incómoda, ese presentimiento de que falta algo y sobra mucho. Sentimos desconfianza. No le creemos del todo a las autoridades ni a los especialistas ni a los expertos nacionales ni extranjeros, ni a los policías ni a los políticos, a ellos menos que a nadie. Nos resulta sospechoso que la captura se haya dado en esta fecha ¿le dieron oportunidad de pasar la s fiestas con los suyos o se esperaron a dar a conocer la noricia ya que todos regresábamos de vacaciones? No  sabmeos, sólo sospechamos.

En esa tesitura, mejor nos quedamos con lo que podemos ver. Las pistas que llegan infiltradas en las imagenes a las que todos les ponen poca atención, a mi me jalan la mirada. Lo primero que me llamó la atención fue la camiseta que Joaquín Guzmán Loera traía al momento de la captura. Una pieza de tirantes hecha de algodón, sucia, gris, se veía luída, decolorada, vieja. Me llama la atención que un hombre tan poderoso y con tantos millones se vista como un pobre mecánico de esquina, como si no le alcanzara para andar limpio.

Recuerdo cuando lo atraparon por segunda vez, después de varios años de haberse fugado de Puente Grande. Vivía en un departamento amueblado con sillas de plástico y mesas de fórmica, con camas desvencijadas y mucho desorden. ¿A poco así vive un millonario? En el imaginario colectivo El Chapo Guzmán es un gran potentado, un sujeto poderoso que vive y viste de acuerdo a su inmensa fortuna. Se le representa con camisas de seda, relojes de oro, autos de lujo y rodeado de sirvientes y comodidades. Muy lejos de lo que nos mostraron. Lo creemos una especie de nuevo rico, no un mequetrefe que toma directo de la botella o en vasos de plástico, que usa ropa corriente, come barato y que vive en condiciones miserables. Casi lucía mejor la celda del penal del Altiplano que su habitación en la libertad y el uniforme era de mejor calidad que lacamiseta  mugrosa que llevaba al ser capturado.

Se desluce la figura que emula a Chucho el Roto, un hombre vestido de camiseta gris de tirantes no se acerca a la imagen de Robin Hood y dicho sea de paso, tampoco luce tan maldito, como sabemos que es. Así con las manos amaradas no parecía ese hombre astuto que está siempre al acecho, que tiene alianzas mundiales, que dirige una organización tan global y exitosa, ni mucho menos un potentado capaz de seguir gestionando su negocio tras las rejas y de planear tan espectaculares huídas.

Pero sí es ese personaje malvado que mata, envenena, roba y hace daño. Sí es ese perverso que ni conoce la pidedad y es amo de lo desalmado. Se le notó en un pequeño detalle. Dicen que los ojos son las ventanas del alma. No sé, a veces lo son, otras no. Dicen que en las minucias se ve el universo. Unas sí y unas no, ustedes juzquen. Ayer, una vez que fue bañado, revisado medicamente, fichado, despojado de su camiseta gris, uniformado y presentado a los medios de comunicación Joaquín Guzman Loera hizo algo inaudito. En el momento en que lo bajaron del vehículo militar e iba escoltado por varios elementos de las fuerzas armadas, con la cara agachada por la mano de uno de los custiodios, Joaquín Guzmán Loera detuvo el paso, se soltó la cabeza y en un movimiento suave y calculado, miró a los reporteros, posó a las cámaras y sonrió.

Yo, que estaba siguendo en vivo la transmisión, sentí que la piel se me hacía de gallina.

  

Un detalle del Chapo Guzmán

Alrededor de Joaquín Guzmán Loera hay una cortina de humo formada por una serie de adjetivos que nos hace difícil entender al personaje. Entre los narcocorridos que lo ensalzan, las declaraciones de  la brutalidad con que opera, la eficiencia de las operaciones de su organización, las fugas, su apariencia física, la lealtad de sus subalternos y tantas cosas, El Chapo surge y Guzmán Loera se esfuma. Estamos más impactados por los súperpoderes de esta figura que por lo que en realidad es este individuo.

Entre las sospechas de que en realidad El Chapo salió por la puerta grande del Penal de Almoloya, despidiéndose de mano y dando las gracias, como todo un caballero que acaba de cerrar un trato, hasta las versiones de un túnel construido en forma ultrasilenciosa, hay una leyenda en ciernes. Cada quien cree a este respecto, lo que mejor le acomoda. Ni las versiones oficiales ni las alegorías populares parecen tan ciertas. Y, luego, las filtraciones, los videos, los recorridos cuasi turísticos que se da a reporteros, nacionales y extranjeros, nublan peor el panorama.

Entre todo el torbellino que se causó desde que Joaquín Guzmán Loera se escapó de Puente Grande hasta la versión de las heridas en la pierna y en la cara porque ahora sí, ya merito lo volvemos a agarrar, un detalle captó mi atención. Sucede en el video que se ha dado a conocer recientemente, de los supuestos últimos minutos en los que El Chapo estuvo en la celda de Almoloya.

Entre un ruido infernal de una televisión a todo volúmen, unos tímidos martillazos,  aparece un sujeto que está recostado en una cama. Luego, esa persona se levanta, camina unos cuantos pasos, se desaparece por instantes, como si se agachara, vuelve a la cama y ¡estira las cobijas! ¡Se regresa a acomodar la cama! y luego desaparece para no regresar jamás.Nadie se ha dado cuenta de ello y tal vez sea una nimiedad pero quizás sea el reflejo de mucha información de esa persona.

¿Cuántas veces hemos escuchado la voz de una madre ordenando que el hijo tienda la cama? ¿Cuántas veces nos lo dijeron? ¿Cuántas lo hemos dicho nosotros mismos? ¿Cuántas hicimos caso o nos hicieron caso? Pero, Joaquín Guzmán Loera en uno de los momentos más apresurados de su vida, regreso a estirar las cobijas antes de huir de su celda. Sin urgencias ni atropellos, con calma que rayó en la parsimonia, regresó, tendió la cama y luego huyó. 

El orden de este proceso me pone la piel de gallina. ¿Quién es Joaquín Guzmán Loera? Los rasgos de personalidad se revelan en los momentos de mayor celeridad. Ver la actuación de una persona en momentos de extrema tensión es gozar del privilegio de analizar una especie de radiografía. Aquí no hay opiniones, puntos de vista o pareceres, son datos duros. Las imágenes están ahí y han sido vistas por el mundo entero. El señor Guzmán se asomó al hoyo y en vez de brincar y desaparecer, regresó a tender la cama y dejar las cosas arregladas. ¡Qué miedo!, ¿no?

  

Diversiones el Altiplano

Hasta donde yo me quedé, el penal del Altiplano era de alta seguridad. Claro que después de lo del Chapo, las cosas han cambiado mucho. Antes, cuando este penal se llamaba Almoloya, hasta la gente del pueblo se sentía afectada y resentía el nombre: se les relacionaba con el espacio al que iban a dar los delincuentes más malos, los ladrones más codiciosos, los matones más crueles, es decir, lo peor de lo peor. Los mas peligrosos se encerraban ahí. Tanto así, que los habitantes del pueblo se organizaron para solicitar que le cambiaran el nombre y pasó de ser Almoloya al Altiplano. 

Por años nos hicieron creer que ese penal era una fortaleza infranqueable a la que sólo determinados funcionarios tendrían acceso y nos hicieron fantasear en lo que sucedería ahí adentro. Nos imaginábamos una especie de Alcatraz de última generación o de un Sing Sing remasterizado. Pero el Chapo nos destruyó la fantasía y nos avisó que hay puertas más grandes que las de los penales de Jalisco. Fue despedazar el sueño de un búnker como el de la Feme Nikita en México. 

Por si fuera poco y por si no hubiéramos aprendido la lección con Florence Cassez, ahora resulta que esto del entretenimiento le gusta a los funcionarios que deberían estar velando por nuestra seguridad. Me escandalicé cuando vi a Adela Micha con Monte Alejandro Rubido en la supuesta celda del Chapo. Pensé que como este hombre ya se iba, como ya sabía que lo iban a correr, pues se animó a darles más motivos y metió a Televisa hasta la cocina. Pensé que eso no volvería a sucedería jamás.

Ahora me desayuno con que en la primera plana del periódico madrileño El País se revela que ellos también tuvieron acceso a la celda de Joaquín Guzmán Loera. En un reportaje dan cuenta de las condiciones del lugar.  Parece que las puertas del penal de alta seguridad más importante de México resultaron tan grandes y tan abiertas que ahora le damos la bienvenida a cualquiera. En el desastre del sistema penitenciario, tal vez los funcionarios decidieron cambiar de giro, ahora en vez de Penal de Alta Seguridad se imaginan que se trata de una atracción.

Claro, una atracción reservada a unos cuantos. No es para cualquiera, hay que ser una celebridad del mundo del espectáculo para acceder. Pronto veremos fotos de Niurka Marcos o de Paquita la del Barrio posando desde la famosísima celda. ¿Cómo no? ¿Quién no quisiera gozar de estos privilegios? Así se forjan las leyendas, así todos quieren ver el lugar donde vivía Pablo Escobar o el espacio que ocupaba Al Capone. ¿Cómo no publicitar a nuestra propia atracción? 

El Penal del Altiplano se convierte en algo mucho más rentable, es lógico. Si ya probó ser un fiasco como cárcel de alta seguridad, hay que transformarlo en algo que si sirva, en un modelo de negocios que está funcionando, creo que no falta mucho para ser un centro de diversiones. Así, puede que los habitantes de Almoloya quieran regresarle el nombre. ¿O no?

  

¿Y los carteles estadounidenses?

Jack Riley, director interino de la DEA, declara con la autoridad que le da haber perseguido por muchos años a Joaquín Guzmán Loera, que El Chapo es el traficante más peligroso del mundo. Tanto él como el Cartel de Sinaloa tienen dominado el mercado de heroína en Estados Unidos. En un informe que dio ante la Cámara Baja estadounidense  Riley expresó que el grupo de Guzmán Loera y otras organizaciones criminales mexicanas se disputan las plazas más lucrativas de venta de drogas como son Nueva York, Filadelfia y Washington, mismas que a tes estaban en manos de colombianos.

Imagino a los legisladores estadounidenses asintiendo con gravedad y consternación ante la obviedad de las palabras e Riley. Seguro se habrán mirado unos a otros con los ojos tan abiertos como un plato sopero y se habrán llevado las manos a la boca para contener un grito desesperado. Sí, espejitos en Capitol Hill.

Las declaraciones como las del señor Riley siempre me llevan a preguntarme varias cosas. ¿Por qué siempre que se habla de  crimen organizado, los grupos son mexicanos, rusos, colombianos, chinos, árabes y nunca estadounidenses? Parece que en Seattle o en Forth Worth o en Boston todos se portan bien y nadie hace uso de estupefacientes. Al escucharlo nos hace creer que la gente llega de fuera y distribuye la droga sin complicidad alguna de ciudadanos américanos. Seguramente piensan que las drogas se mueven solas y se consumen por adictos de todas partes del mundo menos de Estados Unidos. Seguro las drogas circulan por arte de magia y la compran seres imaginarios.¿ Claro que no!

Como de costumbre, es más fácil elevar el dedo y señalar a quien se deje para echarle la culpa del problema de narcotráfico. No acusan recibo de que este problema, como cualquier otro, no se inicia con la oferta sino con la demanda acelerada y descontrolada que se ha disparado entre los habitantes de Estados Unidos. El problema de delincuencia se inicia  con un conflicto de salud, los toxicómanos en ese país van en aumento. Allá les gusta consumir drogas, intoxicarse con analgésicos, fumar marihuana, corroerse con cocaína, atarscarse de heroína y el sistema de salud norteamericano no ha sido eficiente para inhibir la demanda de drogas de sus habitantes. No han podido frenar el apetito voraz que tienen por los narcóticos. Es más fácil decir que los carteles son peligrosos que hacerse cargo de prevenir el consumo de drogas.

Sí, El Chapo es peligroso, es más es peligrosisimo. En eso tiene razón el señor Riley. Pero no va sólo. Hay muchos estadounidenses que lo ayudan, sea consumiendo, sea distribuyendo o facilitandole las cosas para que su operación siga creciendo. La agencia antinarcóticos ha hecho muy mal su trabajo. Ni ha tomado al toro por los cuernos, ni ha prevenido que los adictos sigan demandando drogas, ni ha movido un dedo para capturar a sus nacionales involucrados. Se han dedicado a ver lo que sucede afuera dejando que el problema interno se agigante. Tampoco han logrado detectar los carteles estadounidenses que, estoy segura, también existen.

Dice el señor Riley que ha dedicado su vida a atrapar al Chapo Guzmán. Debe estar muy frustrado. ¿Y si también se dedicara a buscar a los Smith, Jones, Robertson y tantos otros que también delinquen allá? Tal vez si hubiera promovido planes para inhibir el consumo entre sus compatriotas, estaría presentando mejores resultados en vez de presentarse ante sus legisladores a declarar obviedades. Todos sabemos de la peligrosidad de los carteles mexicanos, pero repito, no crecieron solos. La gravedad del tema es que seguirán creciendo si no se toman medidas reales para disminuir el consumo y prevenir la distribución. claro que es más fácil levantar el dedo y reírse de las autoridades mexicanas que dejaron ir dos veces a Guzmán Loera. Claro, eso es más sencillo. Ademas, el hubiera no existe.

   

Otra vez El Chapo

En el silencio de una celda vacía se centra la estupefacción del mundo. ¿Cómo que se volvió a escapar? Lo increíble de la noticia llama a la risa y a la broma en primera instancia. Los memes, los chistes, las vaciladas brotan con la facilidad yerba en el ingenio de los mexicanos. Mejor morirnos de risa que de miedo.

Apenas hace unos meses las autoridades exhibían al mundo la imagen de un hombre avejentado, enfermo, con la cabeza gacha y nos presumían la miseria del hombre más buscado, del delincuente más peligroso, de la versión remasterizada de Al Capone.  Joaquín Guzmán Loera, el sanguinario Chapo, reducudido a un guiñapo que vivía en un departamento modestísimo, con muebles de plástico en condiciones de lágrima sería ingresado al penal del Altiplano donde purgaría todas sus culpas.

Más valdría no haber visto tanto. Mejor ni se hubiera hecho tanto ruido de esa captura. Nos enteramos de las tácticas que llevaron a una captura sin balas ni sangre. Nos sentimos orgullosos y la gente de bien sonreímos ante la victoria de los buenos sobre el mal. ¡Ahí tienen todos los que han hecho fama y fortuna enalteciendo las fechorías del narco! ¡Para que vean los que se embelesan con narcocorridos, narcomovelas, narcohéroes! ¡Entiendan, ni es la historia de Robin Hood ni se trata de Chucho el Roto! Pero en pocos meses la ilusión se reduciría a la estupefacción: El Chapo lo volvió a hacer.

El hombre débil y macilento hizo del penal de Maxímizima seguridad de la Nación su cuartel de operaciones y a fuerza de billetazos construyó un túnel para poner pies en polvorosa. ¿Volverá Joaquín Guzmán a vivir en la modestia de un departamento clasemediero? ¿Se irá a disfrutar de una vida de lujos y dispendio en las calles de Chicago? ¿Andará jugando en las olas de Mazatlán?

¿Qué nos queda a nos mexicanos al enterarnos que la puerta del Altiplano fue más grande que la de Jalisco? Me imagino la cara de Osorio Chong al informarle a su jefe semejante notición. El sofocón que se habrá llevado el Señor Presidente y lo descompuesto que estará el rostro de la Primera Dama. Otra vez El Chapo nos la hizo. 

No podemos dejarnos engañar. hay voces que piden la dimisión del Presidente, la reununcia de la Procuradora, del Secretario de Gobernación, del General Secretario, del gabinete legal y ampliado. ¿Para qué? Se van ellos y nosotros nos quedamos aquí, ensartados con el problema que más nis debe de preocupar: ¿que vamos a hacer ahora que El Chapo lo volvió a hacer? A ver si cuando se nos acabe la risa no nos acobarda el miedo.

  

La celebridad del Chapo Guzmán

Como si se tratara de una novela policiaca, con una prosa que fluye, arranca un reportaje en el que la importante revista The New Yorker narra la captura del Chapo Guzmán.
Así es, nuevamente Guzmán Loera llega a las páginas de otra revista influyente. Es importante que este personaje llame la atención de estas publicaciones, mientras que otros mexicanos de bien, han pasado su vida acumulando méritos y haciendo las cosas correctamente, no logran alcanzar las flores de estas publicaciones.
Como buen narrador, Patricia Radden Keefe, autor del reportaje, va sembrando pistas sin revelar quién es el personaje central de su historia. Nos cuenta de la aprehensión de un lugarteniente del Chapo en el aeropuerto de Schipol. También nos informa que a este sujeto le gusta viajar, le fascina la buena ropa, y nos hace notar la joya que lleva en el dedo de la mano. Un anillo grueso de plata con la figura de una sonriente calavera. Nos enteramos del arresto de José Rodrigo Arechiga, por una alerta de la Interpol y de que este nombre había usado un pasaporte falso para desplazarse por el mundo.
El artículo está tan bien escrito que hasta es disfrutable, casi tan gozoso como podría ser una novela de Raymond Chandler, lo malo es que estos no son hechos ficticios, no son producto de la imaginación ni hijos de la fantasía. Ojalá, pero no. Son la puritita verdad.
Entonces es cuando me cae el veinte y se me pone la piel de gallina. No es ficción. El Chino Ántrax existe, las fotografías del sujeto posando con un AK42de oro son de verdad y las mascotas exóticas están vivitas y coleando. Lo que se escucha en los narcocorridos no son ocurrencias del autor, ni invenciones inspiradas por las musas. Es cierto.
Se habla de la reputación del Chapo, se le compara con la figura mítica de El Zorro, se le denomina the uncatchable. Pero, como decimos en México, a toda canillita le llega su fiestecita. Por fin cayó el malvado.
Me preocupa el tono. Así cómo sucedió con Al Capone, que fue transformado en un emblema que sirve para dar tours y para hacer souvenirs, así puede suceder con El Chapo. Ya hasta se le ven las ventajas comerciales al apodo, y se exageran los rasgos para que luzca guapo.
Joaquín Guzmán Loera no es un símbolo de otra cosa que no sea la muerte y corrupción, igual que lo fue Capone. Y, que me disculpen sus mercedes, la capacidad corruptora de este señor no se quedó únicamente de este lado de la frontera, también le manchó, y mucho, las manos a varias legiones de personas allende las fronteras.
En fin, no sólo Forbes se ocupó del Chapo, también The New Yorker, así va Joaquín Guzmán por los rumbos de la celebridad.

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Los simpatizantes de El Chapo

Es duro ver las imágenes de gente manifestándose a favor de un capo. Parece ilógico que existan personas que salgan a las calles a dar su apoyo a Joaquín Guzmán Loera y, sin embargo, ayer varios grupos en las ciudades de Mocorito, Guamuchil y Culiacán elevaron la voz para pedir la libertad de “El Chapo”, o ya de perdida, un juicio justo. La verosimilitud sobra, es lo inverosímil lo que impera.
Ojo, que no se piense que era un grupo de salvajes, o de gente que ignoraba lo que estaba haciendo ahí. Eran grupos organizados, uniformados, que vestían con camisetas blancas, confeccionadas para la ocasión, que portaban pancartas para hacer públicas sus exigencias. Arrugar la nariz, elevar el dedo índice para señalarlos y apuntar lo equívoco del acto es no entender nada. Lo interesante será preguntarnos por las razones que le dieron valor a todas estas personas que, conociendo de la gravedad de la situación, se atrevieron a retar al Gobierno Federal de semejante forma.
Hay que entender que la enfermedad que nos aqueja como sociedad y que se llama narcotráfico tiene muchas aristas. Es un animal que tiene varias espinas. Un modelo que se alimenta de una gran cantidad de variables que se deben de atender con cuidado.
Para llegar a una evaluación correcta es preciso entender que el tema económico-financiero es de muy alta importancia. La derrama de la actividad del narco genera prosperidad para muchas regiones. Atención. No estoy construyendo un panegírico de la ilegalidad, pero ver el tráfico de drogas como una operación de sicarios, sangre, balas, traiciones, miedo y armas es tener una vista parcial del fenómeno. Eso funciona para las series de televisión, para escribir una novela sangrienta, para la vida real, no. Hoy en día los carteles son corporaciones trasnacionales, con redes logísticas sofisticadas, con estrategias financieras que involucran a instituciones en varios países del mundo que están dirigidas por personas preparadas y que saben de lo que están haciendo. También son grupos que ayudan a las comunidades.
Dejar de lado que los grupos de mafiosos construyen iglesias, pavimentan calles, generan empleos, pagan bien el trabajo de campo, es no estar viendo en forma global el problema.
Por eso la gente quiere al Chapo Guzmán. En las regiones de influencia de estas organizaciones criminales ha habido progreso y eso es muy duro de reconocer. Los carteles de la droga han sido eficientes en rellenar los huecos que los gobiernos —municipal, estatal y federal— han dejado. Esos hoyos que se han formado por incompetencia, por corrupción o por las dos cosas, los delincuentes los han aprovechado a su favor.
Duele ver que en Sinaloa haya grupos que apoyen a un asesino, a un delincuente de la talla de Guzmán Loera, pero hay que entender las razones del hambre, del desempleo y de la injusticia que este hombre aprovechó a su favor.
Claro que El Chapo no es Robin Hood ni Chucho El Roto. No es un santo, es todo lo contrario. Desde luego, lo que sí es, es un empresario que supo darle a la gente mucho de lo que le hacía falta. Lo hizo para su propia ventaja y en beneficio de sus actividades. Al hacerlo, muchos también gozaron de las mieles de la gestión y operación del cartel. Por eso lo quieren. Eso es muy duro.
Es muy intenso enfrentarnos con la simpatía sincera a un hombre de la talla de Joaquín Guzmán Loera. Por eso pudo andar a salto de mata tantos años, tiene muchos adeptos que le son fieles. No sólo en Sinaloa. ¿A poco en Chicago no tuvo cómplices? ¿O en Texas la droga se distribuía sola? ¿O anduvo tocando de puerta en puerta para vender sus productos por toda la Unión Americana? Yo creo que allá también tiene sus simpatizantes, pero de eso nadie habla.

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