Hace 22 años

Hijita querida,

Hay recuerdos que conforme pasa el tiempo se desgastan, se vuelven porosos y terminan por caer en el olvido. Sin embargo, hay otros que quedan tan fijos en la memoria que parece que acaban de suceder. En esos casos, uno no puede dejar de sorprenderse de que las manecillas del reloj hayan avanzado tan rápido. El calendario dice que ya pasaron 22 años y la verdad es que parece que fue ayer que tu padre y yo salimos corriendo al hospital porque estabas a punto de nacer.

Siempre, Andrea mi niña, siempre te he dicho que tu hermana y tú han sido mis mejores sorpresas. Sigue siendo así. Pero, cada año que pasa, la potencia de ese asombro crece. Desde el primer momento en que te pusieron en mis brazos el corazón dio un vuelco y se lleno de un amor que antes no había conocido. Es el regalo que traen consigo los primogénitos.

Ahora, después de 22 años, al amor se le suma el orgullo de ser tu madre. Las sorpresas siguen. Este año estuvo plagado de tantos logros que alcanzaste, que cualquiera los podría ver como algo natural. Pero, una mamá —especialmente una mamá como la tuya— aplaude entusiasmada y mira al cielo para dar gracias a Dios por tantas bendiciones.

Tus logros este año te llevaron a exponer en Polanco, a montar una obra de teatro, a trabajar con éxito en una empresa trasnacional, a ganarte uno de los mejores promedios de tu carrera. El esfuerzo siempre te ha coronado y has tenido la fortuna de que tu talento sea reconocido.

Te miro y al hacerlo, digo con tanto orgullo: esa es mi hija.

Otro recuerdo vivo que se afianza en la memoria es el día que aprendiste a decir que no. Cualquier padre se queda de una pieza cuando su bebé toma una postura distinta a la de su mamá. Muchas veces, has agitado la cabeza, elevado el dedito y me has expuesto tus desacuerdos. Así es la vida, pero incluso cuando no estamos de acuerdo, en los terrenos que tenemos posturas distintas o llegamos al grado de tener puntos de vista antagónicos, el amor que te tengo llena cualquier hueco que se forma. Ese amor me lleva a abrir la mente, ampliar la visión y, sin cambiar mis puntos, respetar.

Estos 22 años contigo, hijita querida, han sido dulces y llenos de motivos de amor y orgullo. Te quiero con el alma. Le pido a Dios que te siga llenando de bendiciones, que te rodee de ángeles para que te cuiden, de santos que te acompañen en el camino, que la Virgen te tome de su mano para que no te desvíes, que el amor del Altísimo te envuelva siempre. Te quiero con amor. Te quiero más que a mis ojos.

Ecos y reflejos

La mañana amanece húmeda, llovió por la noche, hay muchas nubes grises, el piso está mojado. En fin, el clima no pudo ser mejor. Es perfecto, tal como a ella le gusta. Se despertó temprano, estoy segura de que ninguna alarma le dijo que era hora. Eligió con cuidado y escogió la blusa favorita. Debo decir que se ve preciosa. Las palabras de una madre siempre tienden a describirlas así. No por eso deja de ser verdad que se ve tan linda, tan grande y tan segura.

Viene a despedirse, a pedir de la bendición. Elevo los ojos al cielo, pido la protección de Dios y de la Corte Celestial. Se va con una sonrisa que no le cabe en el rostro. El eco del día en que la dejé en el kínder en manos de Miss Vero y se despidió encantada de ir a jugar resuena en mis recuerdos. En su primer día de escuela, ella entró dando de saltos y yo me quedé en la puerta con el corazón algo arrugado. Hoy ese reflejo destella y me hace chispas en la boca del estómago.

Escucho la puerta del garage que se cierra, el coche arranca y el tallar de las ruedas en el pavimento se aleja. Ahí va Andrea a su primer día de trabajo. El primer empleo que consiguió por sus méritos, sin que papá o mamá metiéramos las manos. Como estoy de vacaciones, me quedo acurrucada en la cama. El tiempo pasa tan rápido, me lo dijeron siempre y es verdad. Me hago bolita y abrazo las rodillas con fuerza. Sonrío. Aquel día que la dejé en el kínder dibujé unas alas que hoy se extendieron y ya se agitan para volar.

Los ciclos de la vida son virtuosos. Vuelvo a mirar al cielo. Ahora, además de pedir protección, doy gracias y alabanzas porque en su gran poder, Dios me escuchó y me sigue escuchando. Hoy me hija se fue a trabajar.

Por escrito en Spotify

Por escrito está en el aire, escuchen nuestro primer programa… Lo van a disfrutar. Del click al siguiente enlace…

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Entender, Andrea

Entender, Andrea, que creciste, es una de las verdades más evidentes y más complicadas de asimilar. ¿Cómo? Si aún te siento en el hueco de mis brazos y parece que la voz de tu padre anunciando que eras una niña sana y hermosa todavía hace ecos en el corazón. Es que así somos las madres. Nos empeñamos en creer que las hijas son nuestras pequeñas y que lo serán toda la vida, pero, por fortuna y por más que me cueste entenderlo, no es así.

Entender, hijita hermosa, que hoy cumples veintiún años, que ahora sí eres mayor de edad en todo el globo terráqueo es un trago gordo y hace falta valor decidirse a pasarlo. Quisiera poderte llevar de la mano, arrullarte, leerte cuentos, abrazarte todo el día, llenarte de besos y gritarle al mundo lo orgullosa que estoy de ser tu madre, pero, hace tiempo que aprendiste a caminar y hoy tus pasos son firmes.

Entender, mi vida, que ser madre significa darte alas para que vueles tan alto y respetar la elección del rumbo y sorprenderme ante las alturas que alcanzas; es abrir la puerta para que corras a descubrir, a conquistar, a experimentar; es morderme las manos y dejar que te caigas, que te equivoques, que te desplomes como lo tuve que hacer cuando empezaste a dar tus primeros pasos, cuando vi que te aferrabas a los sillones y yo misma te animaba a soltarte y, cuando perdías el equilibro y te ibas sobre las pompas, a veces llorabas con lágrimas gordas y otras me sorprendías con las carcajadas que te provocaba haberte caído.

Entender, Andrea, que la puerta está abierta para que salgas y para que vuelvas. Entender que soy madre de una mujer adulta y respetar tu libre albedrío, tus elecciones, tus ideas, tus convicciones, tus miedos es confiar en el trabajo que con tanto amor tu padre y yo hemos hecho en estos años, es creer que Dios te acompaña y te bendice y te cuida. La puerta abierta es la invitación para que puedas ir al mundo con la seguridad de que el amor que te tengo alcanza para que te sientas acompañada sin invadirte, para que sientas respaldo en el desamparo, para que tengas la certeza de que habrá consuelo y consejos y, también regaños cuando sean precisos.

Entender que ahora, seguiremos siendo cómplices, que nos gustarán cosas iguales y diferentes, que nos reiremos y nos enojaremos pero que siempre, siempre, siempre seré tu mamá y que ejerceré ese privilegio hasta el último aliento.

Entender, Andrea, que si a Dédalo le faltó claridad al entregar las alas, le falló la energía al dar las advertencias, le faltaron pulmones al gritarle a su hijo que tuviera cuidado, y se le quebró la sabiduría al prevenir a su hijo, a mí que soy tu madre, que me tiembla el cuerpo y el alma de pensar que puedo cometer esos errores; si a Dédalo le faltó algo que me pueda faltar a mí también, le pido a Dios que las bendiciones que todos los días le pido para ti, complementen los huecos que hayan quedado. Entender que prefiero ser trampolín que obstáculo, impulso que freno, faro y no tiniebla, cariño y no juicio.

Entender, que te quiero más allá de todo entendimiento.

Entender, Andrea, que la niña que le pedimos a Dios con tanto fervor ya creció, que la tierra buena en la que sembramos semillas de cariño y valor ya germinó, que la promesa se cumplió me obliga a mirar al cielo y dar gracias por tanta, tanta bondad.

¡Feliz cumpleaños, Hijid!

20 años, Andrea

Como cada 14 de enero, siento que el corazón crece por dos razones que son una misma: me entra una ternura que no me cabe en el cuerpo y siento un orgullo tan grande que no hay palabras para explicarlo. El amor no tiene una descripción justa. No hay forma de abarcar semejantes dimensiones. Me hice madre hace 20 años y fue de la mejor forma posible.

De la bebecita que tuve entre los brazos a la mujer que me llena de besos yo quisiera decir que no hay diferencia. Pero, mi hija primera ya es una universitaria que me prueba a cada momento lo que es un debate bien sostenido, de qué se trata tener ideas divergentes, lo que significa caminar dando pasos firmes. El amor a primera vista que se despertó tan pronto me la acercaron, siendo el ser humano mas joven del mundo, se ha multiplicado. La diferencia entre aquella Andrea recién nacida y la que hoy tengo frente a mí hay un conjunto infinito de motivos que me llevan a sonreír y agradecer al Altísimo.

El tango de Gardel dice que 20 años no es nada, pero la nada es vacío y esa bebecita es una persona con ideas firmes, planes independientes, proyectos propios. Es plena. Me imaginé que la maternidad sería difícil, con Andrea ha sido un trago dulce. Creí que la maternidad sería una tarea abrumadora, con Andrea ha sido un goce de pláticas, caminatas, fotografías, textos e infinidad de motivos para quererla con todas las fuerzas que Dios le dio a mi alma.

Desde los días de la estimulación temprana hasta la graduación en la Escuela Moderna Americana, desde que aprendió a garabatear con una crayola en el Kinder Hill’s hasta que publicó su primer artículo en la prensa; desde que se atrevió a subirse a la bici sin rueditas hasta que la vi salir de casa manejando su auto; desde que se moría de risa al dar los primeros pasos agarrando con fuerza un par de pelotas hasta cuando la vi presentar su libro en Madrid, ha habido tantas emociones, tan buenas y maravillosas que no existe forma de denominarla sin quedar a deber.

Después de 20 años, sigo elevando la mirada al cielo para agradecer la mejor bendición y la mayor sorpresa que transformó tanto mi vida que lo intenté de nuevo. El amor sin fin existe. Hoy, que ambas estamos de pie, que Andrea tiene tanto camino por andar y que yo he recorrido mucha parte del mío; hoy que cumples 20 años pido que una lluvia de abundancia, fortuna, suerte, favor, dicha, protección o cualquiera de las formas en las que podamos denominar la gracia de Dios.

Que el Señor te bendiga y te guarde, te manifieste su rostro y siempre esté cerca de ti, hijita hermosa. Mi bendición por siempre, nena hermosa y queridísima.

Escuela Moderna Americana 

Como sucede con los grandes acontecimientos, parece que fue ayer que Carlos y yo estábamos a punto de tomar una de las decisiones más importantes de nuestra trayectoria de padres: la escuela a la que deberían ir nuestras hijas. La elección no fue fácil, especialmente por ese halo que cubre a la escuela en la que estudió mi marido. Oí todo tipo de opiniones, de propios y extraños, que si muy pesada, que si generadora de estrés, que si elitista, que si agresiva, que si sumamente competitiva. Y, efectivamente, todo eso es verdad. Decidimos que la Escuela Moderna Americana era la mejor opción que teniamos para heredar lo mejor que se le puede dar a un hijo: educación. 

La Escuela Moderna Americana es una escuela de alto rendimiento. Exige y forma. Prepara para enfrentar los obstáculos de un mundo competitivo. Sus egresados, en general, no se amedrentan con los riesgos, no se achican ante el riesgo, ni aceptan por cierto lo primero que se les dice. Saben defender sus ideas, aprenden a debatir, luchan por sus resultados. Al revés de lo que sucede en otros sistemas educativos, aquí los alumnos tienen que demostrar para ganarse una calificación. No hay prefectos que pongan contra la pared al profesor, no hay tutores que aboguen a posteriori para que se mejore una nota en forma artificial, no valen los ruegos, ni las amenazas. Vale el esfuerzo y se evalúa el mérito. 

Algunas veces, los egresados se quejan de la falta de apoyo que reciben de la escuela. Sienten que fueron dejados a su suerte al enfrentar una prueba o al tratar de defenderse de un acto de autoridad. Y, efectivamente, la Escuela Moderna Americana no apapacha, no acaricia, no consiente. Y, en esa condición, forma. Un egresado de la escuela no estará de rodillas pidiendo que se le suba puntos en el trabajo o en las pruebas. Ya saben que así no ganaran nada. Es verdad, bloquean en camino a la mediocridad. 

Lo sé porque he sido madre de dos alumnas de la Escuela Moderna Americana y ayer vi como Andrea uso toga y birrete en la ceremonia de graduación. Conozco de cerca, desde dentro, las quejas que hay, los actos de pequeña autoridad que ejercen algunos mandos administrativos, los puntitos que no brillan. No hay instituciones perfectas. Pero, en la evaluación global, la institución es magnífica. Así son las escuelas de alto rendimiento, preparan para la vida, dan herramientas para la reflexión que lleva a una buena toma de decisiones.

Si por sus hechos los conoceréis, veo a Carlos y en él reconozco los puntos admirables que le fueron grabados en la escuela. Miro a Andrea, sonriente y segura, no se traga el primer anzuelo, es prudente, reflexiva y tiene bases de análisis tan sólidas que me hacen valorar todo lo que la Escuela Moderna Americana le dio.

Ayer, mi hija Andrea traspasó el umbral, dejó de ser alumna, ya es egresada. Las palabras tienen la contundencia del agradecimiento por el trabajo realizado durante quince años: gracias, muchas gracias. A Miss Lilly, a Miss Ambar, a Miss Deny, A Miss Lourdes, a Miss María Luisa (qepd), al profesor Carlos Martínez del Toro, a Yara, a Tex, a Isabel Arregui, Fernando Trigo, Nuri Contreras, Miss Angie, a Javier García-Salcedo, a Yamil Narchi que pusieron en el corazón de Andrea las mejores herramientas para salir al mundo a enfrentar la vida. Gracias a la señora Rodríguez por haber tomado a mi Andrea en sus brazos que mirando a Carlos le dijo: gracias por haber vuelto y por tenernos la confianza para educar a tu hija. Te prometo que lo vamos a hacer bien, como lo hicimos contigo. No te vamos a fallar.  Efectivamente, después de quince años puedo decir que cumpmieron la promesa.

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